LA OTRA MIRADA DE LA COMUNICACIÓN...
De la mirada simple a la simplemente mirada compleja
Universidad de Colima
No es ninguna novedad
resaltar la importancia que han tenido los medios de difusión colectiva para
los estudiosos del campo académico de la comunicación.
La estructura y su función han sido los ejes teóricos clásicos con mayor
predominio desde donde se han abordado a los medios de difusión colectiva.
Nuestra reflexión no estará
enfocada a discutir desde que corrientes teóricas y desde cuales lupas de
observación se han abordado a los medios, ni mucho menos responder cuáles de
éstas han sido las más o las menos atinadas. Nuestro interés radica, más bien, en reflexionar acerca del costo social
que se paga al reducir el estudio de la comunicación sólo al análisis de los
medios de difusión colectiva. Como si en la sociedad únicamente figuraran éstos
para entender un proceso comunicativo.
No dudamos de lo importante y lo necesarios que son los medios de
difusión colectiva para el
funcionamiento informativo de la sociedad, pero también estamos seguros que en
la sociedad, entendida como un sistema complejo (Bertalanffy, 1998; Luhmann,
1991; Morin, 1990; Wallerstein, 1999 y 1995) donde confluyen un cúmulo de
relaciones, no todo son medios de
difusión colectiva.
Partimos de la idea de creer que si atendemos el contexto social de
donde emerge un discurso emitido en determinadas condiciones de enunciación por
el iniciador del acto comunicativo, el mensaje resultaría ser igual a la suma
de las partes que componen el proceso comunicativo como sistema global y no como un aspecto fragmentado de dicho
proceso. En ese sentido, el resultado de nuestro mensaje tendría el destino
previamente planeado y la
intencionalidad esperada de quien lo emite.
Por considerar que es fundamental poner atención en el contexto social
en el que se halla inserto el discurso pronunciado por un sujeto en
determinadas condiciones de enunciación, es que en este trabajo se intente
recuperar para su discusión los usos del lenguaje; no sólo la referencialidad,[i]
esto es, “del contenido de verdad y falsedad de lo que se dice” (Prieto,
200:15) sino también la expresividad, conceptos que facilitan pensar que el
problema de la comunicación sea mucho más amplio que tan sólo medios de
difusión colectiva. Entoces la comunicación será percibida como un proceso
complejo que emerge de la interacción de la sociedad y su contexto, al grado de
constituirse en una totalidad
autorregulada (Morin, 1996; LovelocK, 1994; Maturana y Varela, 1990) en
donde la presencia de lo imaginario en las relaciones cotidianas tienen cabida.
De ahí que nos preguntemos: ¿qué papel juega la comunicación en el campo
del lenguaje y la organización formal del texto y el discurso? ¿Cuál es el
trasfondo del proceso comunicativo efectuado mediante el acto de habla? ¿Por
qué es importante entender el contexto situacional en el que se construye el
discurso pronunciado por un sujeto en determinadas condiciones de enunciación?
¿Qué estrategia debe seguir un sujeto para que su discurso surta la reacción
intencionalmente planeada ante el destinatario del mensaje?
A grandes rasgos, el objetivo del texto es precisamente reflexionar
sobre la existencia de la(s) otra(s) mirada(s) posible(s) de pensar a la
comunicación.
A ello se debe que hayamos estructurado este relato en tres apartados.
En el primero, trataremos de convencer en qué sentido nos
parece pertinente pensar que la comunicación es algo más que medios colectivos
de comunicación. Todo ello con la finalidad de promover, desde una mirada
horizontal, otra alternativa de análisis de este campo de estudio que se está gestando hoy, al igual que al
biología, como una ciencia crucial y significativa en la conformación de
conciencias colectivas y en la construcción de mundos posibles que hacen falta
en nuestra sociedad actual.
El segundo apartado, lo dedicaremos a reflexionar, a partir de
experiencias personales concretas, sobre la función de la comunicación,
específicamente en el campo del lenguaje concebido como auténtico paradigma
comunicacional y como materia prima para entender procesos cognitivos y de
comunicación en donde la seducción de las
palabras, como diría Grijelmo (2002) y el poder de las mismas hacen que la
intención de un mensaje surta el efecto esperado por el emisor del mismo,
siempre en cuando se haya atendido el contexto social en el que el discurso fue
emitido.
La tercera parte plasma las reflexiones finales.
En efecto, la marcada
presencia de los medios de difusión colectiva en la sociedad contemporánea,
decíamos en la sección introductoria de este trabajo, ha acaparado la atención
de estudiosos del campo de la comunicación al considerarlos el objeto de
estudio principal de sus investigaciones. Esta actitud selectiva por parte de
los interesados en el estudio de los llamados por algunos “mass
media” (Monsiváis, 1987, Barbero, 1997, Thompson, 1998, Lull, 2000) ha
favorecido a la perspectiva reduccionista y cerrada, poco ambiciosa de pensar a la comunicación como un campo de
estudio exclusivo al análisis de los medios y, por ende, permanecen descuidados
temas y aspectos fundamentales para entender que la comunicación es mucho más
que eso.
La comunicación como campo de estudio complejo necesita urgentemente ser
atendido desde miradas sistémicas, holistas, horizontales, integradoras y
abiertas que permitan configurar redes de relaciones entre los elementos que lo
integran y con ello dar cause al proceso de interacción que caracteriza al
ejercicio comunicacional.
Precisamente, enseguida, enfocaré
mi relato hacia la atención de algunos aspectos importantes para entender el
trabajo comuncacional, en donde el uso del lenguaje como recurso expresivo de
esa capacidad de seducir y gozar con la palabra mediante un discurso fresco,
vivo, no alejado a nuestros modos cotidianos de comunicarnos, desempeña un
papel importante al dar sentido a las relaciones cotidianas que es lo que nos
vuelve seres elementalmente humanos.
Recordemos que es precisamente por nuestra capacidad de usar toda la
riqueza que nos proporciona el lenguaje como recurso expresivo, lo que nos
diferencia de cualquier otro ser vivo.
Grijelmo comenta al respecto que “ El más inteligente de los monos es
incapaz de hablar, pero el más estúpido de los humanos podrá hacerlo aunque sea
analfabeto” (2000:14). Esta acotación obedece a que precisamente el habla forma
parte de una esencia innata, y la adquisición del lenguaje, el primer
aprendizaje, no tiene relación directa con la inteligencia.
Recordemos también que la capacidad del habla se debe a la dotación
genética del ser humano y, como lo subrayan los psicolingüistas, en lo esencial
está impresa en el genotipo de nuestra especie. En ese sentido ¿por qué no
detenernos a reflexionar desde el ámbito de la comunicación, sobre este aspecto
legítimo, válido y fundamental en la constitución de las relaciones humanas?
En el intento de recuperar algunos temas para el trabajo comunicacional
o mejor dicho, para el análisis de situaciones comunicacionales y para la
práctica de comunicar, y con ello cumplir con mi promesa anteriormente
planteada, me apoyaré en la propuesta que hace Daniel Prieto Castillo en lo que
él llama “la fiesta del lenguaje[ii]:
los procesos comunicacionales antes que los productos; la cultura como práctica
antes que el conjunto de categorías; los elementos en que se juega el uso del
lenguaje, antes que la discusión sobre la esencia de este último; la presencia
del relato en la vida cotidiana; los recursos expresivos utilizados en cualquier
proceso comunicacional”[iii] (2000:11).
Intentemos, entonces, diseñar estrategias de comunicación en las que
hagamos uso del lenguaje, como recurso expresivo para que el mensaje atraiga o
capte la atención del receptor por la forma intencional en el que el discurso
fue expresado por parte del emisor. No olvidemos que para que esta acción surta
el efecto deseado, debemos considerar que tanto la coherencia verbal y la
presentación de las ideas expresadas son importantes en todo el relato
construido, pero sobre todo la atención prestada al contexto social que permeó
la construcción del relato. Atender el contexto social es importante porque
será el detonador del proceso reflexivo que debe seguir quien modula
(configuración de sentido) y modela (configuración de forma) el mensaje
enviado; incluso éste tiene que interactuar con el lenguaje utilizado, al grado
de calibrar[iv]
(De Bono, 1999 y 1997) la reacción que el relato tendrá al ser recibido por el
receptor, todo por el simple hecho de
haber interactuado anticipadamente con el juego de palabras que conformaron el
discurso emitido, pero también por
haber atendido la situación en la que se construyó el relato manifestado en
determinadas condiciones de enunciación.
Recordemos que nuestra acción de pensar está regida por palabras, es
decir, pensamos con palabras; y la manera en que percibimos estos vocablos, sus
significados y sus relaciones, influyen, sin duda alguna, en nuestra forma de
sentir.
Cabe aquí traer a colación lo señalado por el ensayista español, José
Antonio Marina, acerca de que el lenguaje
forma parte de la estructura de nuestra inteligencia (Marina, 1998), en el
sentido de que nos pone en comunicación
con nosotros mismos. Y la manera en que nos comunicamos con nosotros mismos
es la misma en la que pensamos y razonamos, la forma en la que usamos una
herramienta adquirida sin esfuerzo durante la infancia predispuesta a crecer y
desarrollarse en la etapa adulta de nuestra vida.
En ese sentido, el poder seductor que impregna a la palabra, resulta
ser estratégico para provocar en el
receptor una sensación de disfrute, de placer al escucharla y con ello el
emisor reciba a cambio una inmediata y favorable retroalimentación, producto del efecto causado mediante la seducción
de su discurso.
Al respecto Alex Grijelmo comenta:
“En esa larga historia de los términos que ahora pronunciamos,
determinadas palabras se han impregnado de un poder seductor: hacia los demás y
también ante la propia conciencia (es decir: ante la propia inconsciencia)”
(2000:26).
Concuerdo con Grijelmo que existe algo en el lenguaje que se transmite
con un mecanismo similar al genético debido a sus cromosomas internos que según
este autor hacen crecer a las palabras, y también debido al sentido hereditario
que caracteriza a aquellas y a nosotros.
“Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también heredamos las
palabras y sus ideas, y eso pasa de una generación a la siguiente con facilidad
que demuestra el aprendizaje del idioma materno. Lo llamamos así, pero en él
influyen también con mano sabia los abuelos, que traspasan al niño el idioma y
las palabras que ellos heredaron igualmente de los padres de sus padres, en un
salto generacional que va de oca en oca, de siglo a siglo, aproximando a los
ancestros hasta convertirlos en coetáneos. Se forma así un espacio de la
palabra que atrae como un agujero negro todos los usos que se le hayan dado en
la historia” (2000:13).
En ese sentido “nada podrá medir
el poder que oculta la palabra” tal como lo afirma Grijelmo (2000:11):es decir
el espacio verdadero de las palabras, el que contiene su capacidad de
seducción, se desarrolla en los lugares más espirituales, etéreos y livianos
del ser humano. He ahí la razón por la que se piensa que una palabra posea dos
grandes valores: el primero se considera personal del individuo porque se halla
unido a su propia vida; y el segundo se vincula con éste pero contempla a toda
la colectividad. Y es el segundo significado el que abarca un campo amplio,
donde se insertan mucho más sensaciones que la que se pudieran extraer de su
preciso enunciado académico.
“Las palabras arraigan en la
inteligencia y crecen con ella, pero traen antes la semilla de una herencia
cultural que trasciende al individuo. Viven, pues también en los sentimientos,
forman parte del alma y duermen el la memoria (...) Nada podrá medir el espacio
que ocupa una palabra en nuestra historia” (Grijelmo, 2000:11).
En otras palabras, el espacio de las palabras no se puede medir por el
simple hecho de que éstas atesoran significados a menudo ocultos en el
intelecto humano; sentidos que, sin embargo, quedan al alcance del conocimiento
inconsciente.
Tal parece, entonces, que los
usos dados a las palabras quedaran ocultos en nuestro subconsciente y es desde
ahí, lugar privilegiado para almacenarse, desde donde transitarán los hilos del
llamado mensaje subliminal,[v]
para con ello dar cause a la seducción de
las palabras. Aspecto del que nos ocuparemos en el apartado
siguiente.
Comunicación en el campo del
lenguaje: poder y seducción de la palabra
como camino a la capacidad expresiva con reflexión
Sin duda, son
las palabras los embriones de las ideas, el germen del pensamiento. La creencia
del poder que éstas ejercen cuando se les usa de forma correcta, es decir,
cuando los mensajes presentan una permanencia y continuidad discursiva, una
riqueza narrativa, una referencialidad
y una expresividad claras y coherentes, no es un tema nuevo[vi],
pero sí desatendido por los estudiosos de la comunicación.
Quizá por pensar que dicha temática podría insertarse mejor
en la lingüística, semiótica o en el
análisis del discurso, entre otras disciplinas que sean afines al estudio de
esta problemática. Sin embargo, la palabra como medio comunicacional requiere
de un análisis profundo por parte de los comunicólogos interesados en
estudiar contextos sociales
contemporáneos, en los que sin duda, necesitan establecer relaciones entre la
comunicación social con la complejidad que caracteriza a nuestra vida
cotidiana. Asimismo con las implicaciones del lenguaje y el espacio de la
afectividad que dan sentido a las relaciones humanas que parecen desmoronare
con facilidad cada día, en lugar de configurar colectividades que constituyan
mundos posibles.
El significado emocional que se ha ido acumulando a las
palabras durante siglos, tal pareciera que en los años que corren tiende a
desvanecerse, lo que hace que nos preocupemos más por su significado formal y
nos olvidemos de su función evocativa.
Porque recordemos que las palabras no sólo significan: también evocan.
En este sentido, comparto la opinión de Yolanda Fernández
al pensar que el lenguaje no es un producto, sino un proceso psíquico, y
estudiar este proceso es estudiar la psiquis humana (Fernández, 1999) .
Sobre el tema del lenguaje, Bruner (1998) considera que cual
quiera que sea el uso que se le dé, el lenguaje presenta siempre una estructura
organizada por niveles “cada uno de los cuales proporciona constituyentes para
el nivel inmediatamente superior. Como observó Jakobson en su análisis clásico
del sistema de sonidos del lenguaje, los rasgos distintivos del sonido
lingüístico son determinados por los fonemas que ellos constituyen en el nivel
inmediatamente superior; los fonemas se combinan según reglas en el nivel
superior siguiente constituyendo los morfemas, etcétera. (...). La estructura
del lenguaje está constituida de manera que nos permite ir desde los sonidos
del habla, pasando por los niveles intermedios, hasta las intenciones de los
actos de habla y el discurso” (1998:33).
En ese sentido, el camino que seguimos para recorrer esa
ruta, trazada por Bruner, es variable porque todo depende de cual sea nuestra
intención narrativa.
Lo que hay que contemplarse es que al momento de formular
cualquier expresión, se realice un ejercicio reflexivo (la acción que se
refleja hacia uno mismo) del proceso de selección y combinación de palabras que
conforman nuestro discurso expresado y cargado de intencionalidad narrativa. La
manera en que seleccionamos y combinamos las palabras empleadas para comunicar
ideas dependerá del uso que deseamos darle al enunciado. De esta manera, tanto
la selección como la combinación, integran los dos actos
primitivos que constituyen el lenguaje, y que Jakobson llamaría el eje vertical y eje horizontal del lenguaje. “En el eje vertical de la selección
predomina el requisito de preservar o modificar el significado mediante la
sustitución de palabras. En el eje vertical habrá siempre una cuestión de
elección: o bien conservar la referencia lo más literalmente posible, o bien
crear un cambio de clima mediante la metáfora, o bien (como instaban Jakobson y
el Círculo de Praga a los poetas) hacerlo extraño para superar la lectura
automática” (en, Bruner, 1998: 33-34).
Respecto al segundo eje, el eje horizontal de la
combinación, se dice que es inherente al poder generativo de la sintaxis para
combinar palabras y frases. Su expresión más elemental es la predicación
(manera más evolucionada de hacer comentarios sobre temas que nos permiten
asignar una “función verdadera” a la expresión) si se prefiere llamar de forma
tradicional, la yuxtaposición de un comentario sobre un tema, cuando el tema es
conocido o dado por supuesto y el comentario es algo nuevo que se le agrega.
Con base a todo este planteamiento expresado acerca del
lenguaje, sabemos que éste, tal como la psicología lo ha demostrado, procede de
un encadenamiento de la razón; y nada resulta causal en él, puesto que como
bien lo señala W. Humboldt “el hablar es condición del pensar” (en,
Grijalmo,2000: 25).
Asimismo, sabemos también que pensamos con palabras; y la
forma en la que percibimos estos vocablos, sus significados y sus relaciones,
influyen en nuestra forma de sentir. Mucho de eso es debido al significado
emocional, aludido anteriormente, del
que resulta que las palabras se encuentren impregnadas de un poder seductor:
hacia los demás y también ante la propia conciencia (es decir: ante la propia
inconsciencia).
Precisamente, por el análisis de la propia conciencia y el
afán por ver en los actos las intenciones, es que las palabras presenten un
poder oculto por cuanto evocan.
“Su historia forma parte de su significado pero queda
escondida a menudo para la inteligencia. Y por eso seducen. Y esa capacidad de
seducción no reside en su función gramatical (verbos sustantivos, adverbios,
adjetivos... todos por igual pueden compartir fuerza) ni tiene el significado
que se aprecia a simple vista, a simple oído, sino en el valor latente del
sonido y de su historia, las relaciones que establece cada término con otros
vocablos, la evolución que haya experimentado durante su larguísima existencia
o, en otro caso, el vacío y la falsedad
de su corta vida” (Grijelmo, 2000:28).
Al respecto, Nietzsche expresó en su tiempo que toda
palabra es un prejuicio, y que toda palabra tiene su olor, en el sentido que
para él toda palabra es previa a sí misma, existía antes de pronunciarla. Y en
eso reside su poder.
Debemos aclarar que, para efectos de este trabajo, no
pretendemos referirnos a ese poder intrínseco de las palabras, sino al que
puede pasar inadvertido en una comunicación. Ese sentido subliminal,
subyacente, oculto o semioculto que
constituye el elemento fundamental de su fuerza y que el receptor desconoce.
Creemos, con base en nuestra experiencia personal, que al
emplear las palabras de esta manera, el emisor consigue el efecto esperado,
porque desde el principio éste empleó las palabras que consideró adecuadas para
poder buscar, con intención encomiable un resultado planeado mediante el
proceso reflexivo implementado.
Ante todo esto, podemos concluir expresando que la
potencialidad seductora que tienen las palabras es debido a la fuerza que posee
cada vocablo y a su propia historia oculta, así como también al propio
enriquecimiento progresivo que se produce en su estructura semántica, pero
sobre todo al significado emocional que provocan hacia su interlocutor y a la
función evocativa de las mismas.
Creemos, al igual que reflexiona Grijelmo que:
“Todo eso
conforma una potentísima capacidad de seducir, porque estos términos esconden
al oído consciente gran parte del significado. También constituye un elemento
de primera magnitud el sonido de cada término; las connotaciones que impliquen
en sus sílabas (...) Cómo se elige cada
palabra para el momento adecuado, cómo se expresa con música lo que en realidad
es un ruido, cómo se tocan los lugares sensibles de nuestra memoria... eso es
la seducción de las palabras” (2000: 30).
No queda entonces la menor duda de que la seducción de las
palabras, si bien parte de un intelecto, éste no se encamina a la zona racional
de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones. En este sentido, las
palabras no apelan a que un razonamiento sea comprendido, sino a que sea
sentido y de esta forma el valor connotativo de las palabras ejercen una
función sublime; sitúan al emisor en una posición de ventaja ya que éste conoce
perfectamente el valor completo de los términos que utiliza para construir su
mensaje y con ello lograr lo que intencionalmente se esperaba comunicar.
Consideraciones finales
[i] Entiéndase
por esto a la adecuación del mensaje a su tema, es decir al modo en que, tanto
lo verbal como lo icónico, presentan una situación o una persona.
[ii] Según el
autor “La fiesta del lenguaje es vivida fuera de la escuela, en las relaciones
cotidianas, el retruécano, la burla, el
doble sentido, el chiste, el juego de palabras, el sentido de oportunidad, la
imitación, el juego de diminutivos y de exageraciones... Y es vivida también,
nos guste o no, en los grandes medios de difusión colectiva” (Prieto,2000: 9).
[iii] El subrayado
es mío.
[iv] Entiéndase en
el sentido que Edgar de Bono lo emplea, es decir, como la acción de adelantarse
a una reacción esperada sobre alguna situación previamente planeada.
[v] La palabra
“subliminal” procede de “sub” (por
debajo) y “límina” (umbral). “Subliminal” se aplica a las ideas, imágenes o
conceptos que se perciben en el cerebro por debajo del umbral de la conciencia;
sin darnos cuenta. Es decir, que llegamos al subconsciente de la persona sin
intermediación del cerebro consciente, de manera inadvertida para la razón. (A
veces se ha escrito, incluso por especialistas, con la grafía “subliminar”).
[vi] La creencia
en el poder de la palabra tiene sus antecedentes atinadamente bien subrayados
por Fuenzalida, al manifestar que “el poder de la palabra, ha atravesado la
historia de Occidente, por no decir de la humanidad (...) Vale la pena recordar
aquí a Nietzsche quien, refiriéndose a Sócrates, señala que en un determinado
momento de la historia de Occidente apareció un hombre absolutamente convencido
de que a través del discurso es posible cambiar al ser. Es decir, ni las
experiencias ni la relación directa con la propia realidad, tenían la capacidad
de transformar a un ser humano, de transformarlo radicalmente” (Prieto,
2000:24).
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