COMUNICOLOGÍA
COMO CIENCIA APLICADA
Diana
María del Rocío Cardona Stoffregen
Norma
Macias Dávalos
Universidad Intercontinental
El
detonador que aceleró el proceso de nuestra reflexión, lo vivimos a mediados
de los noventa, cuando la institución que nos permite crecer en su interior, la
Universidad Intercontinental, tuvo que enfrentarse a la renovación del plan de
estudios para la carrera de Ciencias de la Comunicación.
Éste fue el momento ideal para hacernos las preguntas importantes
respecto a la razón de ser de los estudios en comunicación: ¿qué distinguía
a una licenciatura de una formación técnica? ¿qué se podía enseñar a nivel
universitario que no pudiera ser aprendido en la práctica laboral? ¿qué
requería la sociedad de los profesionistas formados en el estudio de la
comunicación que no se estaba cubriendo con el trabajo en las aulas?
En
esa ocasión, se realizó una investigación que cubrió tres aspectos de interés:
1.-
El estudio del campo de la comunicación y las innovaciones conceptuales y
tecnológicas que habían surgido en los últimos diez años; parte del trabajo
en este rubro fue conocer y analizar los planes de estudio de las principales
universidades que ofrecen la carrera de Comunicación. A partir de esta
información, valoramos los enfoques que nos hacían similares y sopesamos los
posibles sellos que nos diferenciaban. El primer descubrimiento fue la notoria
polaridad entre los planes de estudio cuya orientación era la práctica dentro
de los medios de comunicación, y los planes que se enfocaban a la reflexión crítica
y a la investigación social. Ninguno
de ellos (hasta ese momento) había incluido los avances tecnológicos y el uso
de la computadora en el campo de la comunicación, tampoco abordaban aspectos de
globalización e interculturalidad que estaban cada día más en el centro de la
reflexión teórica sobre sociedad y comunicación.
2.-Se
realizó una encuesta con egresados de la licenciatura con el fin de conocer el
giro de las empresas en las que se desenvolvían, el tipo de puestos y
actividades que realizaban, así como la preparación que necesitaban en el
ejercicio de la comunicación y que no había sido cubierta por el programa
universitario. Los resultados de la
investigación nos mostraron que muchos de los puestos ocupados por los comunicólogos
requerían de habilidades argumentativas, el uso de la tecnología de punta y
conocimientos de administración y organización.
3.-Se
hizo un estudio con empleadores en diversos rubros para entender su percepción
sobre el comunicólogo, en general, y las habilidades que de éstos requerían.
En esta área pudimos detectar que los empleadores preferían contratar a
psicólogos o administradores aún en el área de comunicación institucional
porque estos egresados parecían tener más habilidades en planeación,
metodologías de trabajo y evaluación de resultados que las personas egresadas
de Comunicación.
Como
es sabido, en los estudios de comunicación tenemos dos campos de enseñanza
casi deslindados por completo: el desarrollo de habilidades técnicas para el
manejo de los medios de comunicación y la enseñanza de teorías de la
comunicación combinadas con fundamentos sociológicos, filosóficos, crítica
ideológica y todo aquello que suene a cultura general.
¿Por qué de esta dicotomía? Quizá
la historia misma del surgimiento de la disciplina nos da la respuesta: por un
lado, el estudio de la comunicación cobra importancia y se estructura como
disciplina diferenciada en el momento en el que aparecen los medios de
comunicación masiva y es necesario nutrir a ese campo laboral emergente de
personas con cierto oficio para el manejo de éstos (en un sentido
primordialmente operativo –técnico-, más que conceptual); por otro lado, la
necesidad de justificar este campo como estudio universitario y acreditarlo como
disciplina encausa al profesional de la comunicación a asumirse como un “crítico
social”, sintetizando conocimiento producido por diversas disciplinas sociales
y humanas. Raúl Fuentes menciona tres modelos
fundacionales del campo académico: la formación de periodistas (que da
lugar a las primeras carreras de comunicación con la idea de capacitar
profesionales en difusión de información), el comunicador como intelectual
(perfil que origina la licenciatura en la Universidad Iberoamericana,
entendiendo al comunicólogo como un humanista, experto en cultura), y el científico
social (abandonando la habilitación en el uso de las herramientas, se centraba
en la formación crítica y conocimientos sobre investigación).
En los programas actuales de las diversas instituciones que imparten la
licenciatura se notan elementos de los tres modelos que han sido mezclados sin búsqueda
de un perfil determinado, “lo cual afecta de manera directa no sólo a la
formación profesional de “comunicadores” sino también, mediante ésta, a
las demás dimensiones, estructuras y prácticas del campo académico, entre
ellas la investigación y la formación de investigadores de posgrados”[1].
Como
se puede apreciar, la falta de identidad y de rumbo en la Academia de Comunicación
tiene repercusiones en varios ámbitos; especialmente, en el campo profesional,
el cual se ha visto superado por una avalancha de egresados universitarios
buscando una oportunidad laboral, pero a la mitad de formación entre las
habilidades técnicas que espera el empleador, el conocimiento teórico que
pretende la universidad, y la muy poca capacidad de autoreflexión sobre su
disciplina y su responsabilidad social.
Gracias
a la investigación citada anteriormente, decidimos apoyar dentro del plan de
estudios ciertos aspectos que consideramos indispensable incluir para la formación
de los profesionales de la comunicación:
a)
Manejo
de tecnología de punta
b)
Visión
de globalización e interculturalidad de cara al nuevo milenio
c)
Áreas
de especialidad que promovieran que el alumno definiera su enfoque de interés
desde mediados de su formación
d)
Vinculación
del estudiante con la práctica laboral en diversos ámbitos además de los
medios de comunicación: las empresas comerciales y estatales, las agencias de
investigación, las agrupaciones, la consultoría y la generación de
microempresas de comunicación
Otra
vez una demanda teórico-práctica, sin un vínculo claro de ambas áreas al
enfrentar el trabajo concreto y cotidiano de la comunicación: “los agentes
que trabajan en el campo de la producción de cultura y en la elaboración
y supervisión de los discursos comunicativos insisten en la posesión de
ciertos requisitos mínimos para ocupar sus puestos. Entre ellos se encuentran
preponderantemente la cultura general y el tener experiencia más o menos
certificable (que se podría llamar cultura especializada u oficiosa)”[2].
Pero, si bien se ha entendido así el mínimo a cubrir dentro de la
profesión, no quiere decir que un egresado con estos requisitos sepa hacer el
puente entre teoría y práctica, ni que la cultura general garantice al comunicólogo
la óptima formación para interactuar en la sociedad, diseñar y difundir
mensajes y, mucho menos, analizar problemáticas sociales.
Como señala Raúl Fuentes: “El campo
profesional de la comunicación es, paradójicamente, muy poco conocido al
interior de la mayor parte de las escuelas de comunicación y, por tanto, un
referente curricular muy poco preciso en general. Desde el punto de vista de la
formación de profesionales de la comunicación, esta deficiente mediación
universitaria entre el campo profesional y el subcampo
educativo es un factor clave de desarticulación, que también afecta al
proceso de institucionalización de la comunicación como subcampo científico”[3].
Si
bien con el nuevo plan de estudios deseábamos cubrir las áreas mencionadas,
también buscábamos dotar al egresado de las habilidades y conocimientos que le
permitieran hacer un puente entre el conocimiento teórico y el práctico: “Lo
que hacía falta era un hilo conductor de los conocimientos que conforman la
currícula y una concepción de la función de un comunicólogo en los distintos
escenarios sociales como un profesional capaz de agrupar los procesos desde la
investigación y la crítica, la propuesta coherente de contenidos y su
realización con la mejor calidad en el manejo de la tecnología. Es decir, un
perfil que, no sólo agrupara los conocimientos dándoles
una razón de ser, sino que le añadiera una sistematización del trabajo bajo
una óptica exclusiva de la disciplina y acotando el propio campo de acción”[4].
A
pesar de la claridad del objetivo que perseguíamos, el camino transitado desde
1996 no ha sido sencillo porque nos encontramos ante una disciplina reciente y
en conformación, con muchas cosas por definir y mucho trabajo por hacer.
Había que pensar también el papel que tiene la universidad en la
formación de comunicólogos y cómo puede el trabajo académico, que en estos
ámbitos se produce, tener una incidencia real en la sociedad.
Lo
que se hizo en el diseño del Plan 1996 fue proponer una solución para lograr
la articulación de teoría y práctica, así como permitir un espacio de
participación entre alumnos y campo laboral que condujera a una formación más
completa y vinculada con la práctica profesional.
Para
lograr estos propósitos se tomaron dos decisiones particulares: la primera a
nivel conceptual y de estructura del conocimiento, y la segunda a nivel didáctico-
pedagógica.
Para
el nivel conceptual decidimos mantener materias teóricas y prácticas, pero
pensar en la metodología para poder intervenir en la sociedad.
Crear las materias gozne que no dejaran este vínculo al azar.
Por
un lado teníamos todas aquellas materias que dan un soporte teórico (las que
llamamos las ciencias madres de la comunicación: Filosofía, Sociología, Lingüística,
Psicología y las teorías de la comunicación), metodológico (materias de
investigación y análisis) y socio-cultural (cultura mexicana y problemática
contemporánea).
Por
el otro, respetamos en la currícula las materias que permiten al alumno no sólo
el estudio de los medios de comunicación sino el desarrollo de las habilidades
para el manejo de los mismos. Se anexó un área de tecnología que daba
especial importancia a los avances mediáticos, la reflexión al respecto y el
uso de la computadora en el ámbito de la comunicación.
El
gozne y vínculo entre ambos grupos serían las materias de Planeación de la
Comunicación I y II, obligatorias para tercer y cuarto semestre de la carrera.
La
separación categórica entre la academia y el campo laboral es un asunto que
notoriamente afecta la formación del profesionista en esta disciplina. Como señala
Raúl Fuentes: “Las relaciones entre práctica de investigación
y profesionales, en los casos en que se dan (especialmente en los
campos de la mercadotecnia, la publicidad y la propaganda), no cruzan el espacio
universitario. Además de las razones ideológicas que lo impiden en muchos
casos, en otros, donde se busca esta articulación, parecen ser insuperables
obstáculos la carencia, en las universidades, de las infraestructuras tecnológicas
que requiere el ejercicio de la investigación aplicada y la incompatibilidad de
escalas temporales, pues mientras los procesos universitarios suelen realizarse
en plazos largos y a ritmos lentos, la investigación “profesional” exige
resultados en plazos muy cortos y ritmos extremadamente rápidos”[5].
Con
el interés de intentar la vinculación antes mencionada y permitir al alumno
enfrentarse a las problemáticas reales en tiempos reales, pero tomando en
cuenta las posibilidades de infraestructura de nuestra universidad, queríamos
intentar la creación de espacios donde fuera posible el intercambio entre
academia y práctica laboral. De ahí una de las aportaciones más novedosas y
arriesgadas al plan de estudios: la creación de doce materias denominadas
Desarrollo de proyectos. Éstas
materias tocan varios campos dentro de la comunicación, desde aquellos
mayoritariamente técnicos como la televisión o la radio, como otros metodológicos
o de áreas emergentes: la propaganda, la comunicación institucional, la
educación, el arte, la investigación aplicada.
El objetivo de estas materias era aplicar el conocimiento y la
experiencia del estudiante en la resolución de problemas concretos de
comunicación vinculados con la práctica profesional y la información real
proporcionada por empresas e informantes clave. El reto era que el docente del
área específica a la que perteneciera el Desarrollo de proyectos, debía
manejar un protocolo de trabajo en común, volverse un facilitador de información,
un moderador y un vínculo con las organizaciones que proveerían las
situaciones reales a resolver.
Para
lograr que el alumno aplicara la metodología en cada una de las materias, éstas
estarían seriadas con Planeación II, obligando a que el alumno empleara el
protocolo de trabajo visto en esta materia siempre que fuera a resolver un caso
o proponer un área de oportunidad.
La
otra aportación, en el campo de la didáctica, era el trabajo al interior de
estas doce materias: la dinámica en clase sería tanto individual como por
equipos, logrando que por medio de la discusión de los posibles diagnósticos y
estrategias se llegara a la mejor resolución colegiada de un caso concreto y
existente en el área laboral que abordara la materia.
El alumno tendría que preguntarse sobre su entorno y buscar información
para hacer diagnósticos en comunicación y ensayar posibles soluciones mediante
la elaboración de una propuesta y el uso de los medios, como herramientas, para
conseguir el objetivo.
La
teoría del constructivismo, así como técnicas didácticas empleadas
especialmente en las clínicas (medicina, odontología, etc) y la propuesta PBL
(Problem Based Learning), Aprender Resolviendo Problemas, nos abrieron el
panorama acerca de cómo trabajar en la resolución de casos y cuáles eran las
ventajas de aprendizaje con estas dinámicas:
·
no enseñar a los estudiantes sino permitir que
ellos aprendan
·
habilitarlos en la identificación de problemas
·
reforzar la necesidad de investigación
·
fomentar la síntesis de conocimientos, la
exposición de argumentos, la discusión y el diálogo
·
capacitar al docente para ser un facilitador de
información y un evaluador capaz de centrar el aprendizaje en el proceso y no
en el resultado
Si
bien la propuesta resolvía la desvinculación de teoría y práctica, necesitábamos
desarrollar la manera de lograr que se aplicara el conocimiento teórico, se
produjera información nueva (investigación), se diseñaran y difundieran
mensajes, todo para intervenir en la realidad.
Por
ello se volvió vital construir el contenido conceptual y las habilidades a
desarrollar en las materias pilar del plan: Planeación de la Comunicación I y
II. Éstas tendrían como finalidad
proveer al alumno de una metodología de trabajo centrada en definir objetivos y
diseñar estrategias para alcanzarlos. De
esta manera combatiríamos la tendencia más común en la práctica de la
comunicación: dar soluciones nacidas de la inspiración del creativo o de
circunstancias azarosas que no pueden explicarse ni repetirse para obtener
resultados previsibles.
Aquí
fue donde empezó nuestra verdadera aventura dentro de la definición ontológica
de la comunicación. ¿Cómo
encontrar el contenido preciso para estas materias sin pasarnos al terreno de la
mercadotecnia o la administración? ¿Cómo ayudar a un estudiante a diferenciar
un problema que puede ser resuelto desde la comunicación de otro que depende de
factores ajenos al intercambio de mensajes y competen a otras disciplinas? ¿Cuáles
eran las estrategias comunicológicas que nos definían? ¿Cómo construir una
metodología de trabajo propia de la comunicación? ¿Dónde encontrar textos,
reflexiones, propuestas, avances, para contestar estas preguntas?
La
labor de responder a todo esto se volvió primordial para nuestra Unidad Académica
ya que el perfil de egreso dependía de que pudiéramos articular el Plan de
Estudios en la práctica como había sido concebido en la teoría: logrando que
el egresado pudiera detectar una problemática social en cualquier nivel
de comunicación, investigar, diagnosticar, elaborar un plan
estratégica, llevarlo a cabo gracias a su manejo de las herramientas o
medios y, finalmente, evaluarlo y rediseñarlo.
Estas palabras se volvieron nuestro punto de partida para empezar a
construir conjuntamente con nuestros alumnos dentro del aula, un método y
protocolo de trabajo para entender cuál es la función real del comunicólogo
en la sociedad, para redefinir lo que enseñamos y la conciencia que despertamos
con ello.
A
pesar de partir de una necesidad operativa, la reflexión nos ha llevado al
centro epistemológico de los estudios en comunicación. Este texto pretende
compartir con los interesados, no sólo nuestra reflexión sobre lo que la
disciplina es y debiera ser, también nuestros avances respecto a la metodología
que proponemos como protocolo de trabajo de todo profesional de la comunicación,
nuestra visión en la formación de comunicólogos y la vinculación entre
universidad y sociedad.
El
sendero del saber disciplinario
Hablar
de una disciplina presupone un estudio más o menos riguroso que tiene una forma
de mirar al mundo o algún aspecto de él que la diferencie de otras
aproximaciones a la realidad. Tal
disciplina deberá no sólo construir una metodología de trabajo para desentrañar
aquello que se haya puesto como centro de interés, y diseñar herramientas
propias que le auxilien en tal labor; también deberá elegir ciertas formas de
conocer y de nutrir su búsqueda con el material de otras ciencias para poder
construir entonces sí, su marco teórico y el conocimiento derivado de combinar
mirada, teoría, metodología, investigación y aplicación del conocimiento
generado a la realidad.
Si
la metodología empleada tiene las características del método científico[6],
entonces, además, el estudio o disciplina podrá denominarse ciencia porque
preverá las reacciones de su objeto al enfrentarlo a situaciones similares.
En
las observaciones modernas al respecto, la misma ciencia dice que no es su
posibilidad de emplear lenguaje matemático en algunas de sus teorías y
validarlas como miden su “cientificidad”, sino en su capacidad de
preguntarse y teorizar; en su
posibilidad, partiendo de lo anterior, de desarrollar modelos, presuposiciones,
y formas de enfrentar la comprensión de la realidad. “El valor de la teoría,
inseparable del valor de la metodología y del acercamiento empírico, es
esencial para dar validez al trabajo científico”[7].
A
pesar de este entendido para abordar los distintos objetos de estudio, el
pensamiento contemporáneo busca nuevos horizontes. Hemos entendido que la
realidad es compleja y no puede ser comprendida por segmentos; hoy vislumbramos
que la interdisciplina (los caminos no explorados por encontrarse en el
intersticio entre un tipo de estudio y otros) y la transdisciplina (la mezcla de
miradas y saberes diversos sobre un mismo fenómeno) nos permiten recomponer y
entender mejor nuestro mundo. Hoy
ubicamos el riesgo de tener miradas únicas o simplistas a fenómenos complejísimos
que tocan muchas áreas del conocimiento al mismo tiempo.
Actualmente,
pareciera que intentar definir una disciplina no es sólo difícil sino una pérdida
de tiempo, ya que las tendencias unificadoras claman por las interrelaciones y
no por las diferencias. Por el todo
y no por las partes.
Sin
embargo, en este furor nos olvidamos de que el pensamiento complejo es producto
de un largo proceso del conocimiento humano y que el primer nivel para que tal
conocimiento fuera posible consistió en distinguir
para definir, y una vez conceptualizado el elemento de la realidad,
conocerlo e integrarlo a unidades más complejas.
La
comunicación y la disciplina
Nacer en plena mitad del siglo XX sin duda tiene grandes ventajas… y enormes desventajas; más si de conocimiento se trata, denomínese ciencia, disciplina o estudio.
En
el siglo XX comprendimos que no existe la objetividad que clamaban los científicos
tradicionales, sabemos que los fenómenos son complejos y no deben ser
encasillados en esquemas simplistas, creemos también que la cultura y la forma
de asimilarla da multiplicidad a todos los procesos humanos y que la
interdisciplina y la transdisciplina son los caminos que debemos recorrer para
entender las múltiples conexiones de los conocimientos antes fragmentados de la
realidad. Hemos decidido, en un mundo sobresaturado de información y que ha
demostrado rupturas con los ideales de la modernidad, que las exploraciones
fenomenológicas de la realidad enriquecen más nuestra mirada que las
aproximaciones sólo teóricas o empiristas en constante antagonismo.
Qué
gran ventaja para una disciplina nacer justo cuando el conocimiento humano lleva
tantos caminos recorridos, tantas experiencias de los errores en la concepción
tradicional de lo que llamamos “ciencia”.
Qué gran oportunidad ver la luz desde la interdisciplina, evitándonos
el largo transitar de otras ciencias por caminos que conducen a un mundo
subjetivo y fragmentado.
Así
fue como nació el estudio de la comunicación como una disciplina separada de
aquellas otras ciencias que ya se habían ocupado del fenómeno del flujo de la
información como la Sociología, la Filosofía, y a últimas fechas, la Cibernética.
Pero
no todo es fiesta en este naciente saber.
¿Por qué? Pues porque aparecer en la etapa
posterior a la Segunda Guerra Mundial cuando la reflexión sobre el mundo y el
ser nos han llevado a reconocer al humano como un sujeto escindido, fragmentado
y, por ende, alejado de la posibilidad de conocer (como lo aseguraba el objetivo
investigador científico del siglo XIX), nos ha permitido reflexionar que el
conocimiento obtenido del mundo está condenado a ser siempre parcial e
incompleto, ideologizado, propio de una cultura, un tiempo y un espacio. En
resumen, hoy concebimos toda mirada como subjetiva, pero esto ha provocado más
dudas que certezas. “Legítimamente, le pedimos al pensamiento que disipe las
brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las
leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar
nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de
manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras
ideas”[8].
Y
cabe señalar el problema raíz de haber nacido ahorrándonos los siglos
anteriores de estructura del pensamiento: somos una ciencia a la deriva, que
no ha definido, ni siquiera, su objeto de estudio. Trabajamos en la
interdisciplina sin saber cuáles son nuestras propias metodologías de
aproximación al fenómeno de la comunicación, sin haber establecido una mirada
propia que al menos nos justifique como un estudio diferenciado de otras
ciencias sociales; no sabemos la función social del comunicólogo más allá
del trabajo técnico que nos ha vinculado con los medios masivos de comunicación,
y no hemos construido un corpus teórico que defina los límites, alcances y
metas de nuestra disciplina.
Nacer
en el siglo XX nos privó incluso de concebirnos como ciencia, ya que el método
de las denominadas así ha sido cuestionado y menospreciado por muchos.
Nos privó de tener un nombre para tales estudios condenándonos a ser
llamados como el propio fenómeno que se estudia: Comunicación (como si la
Sociología fuera una ciencia llamada Sociedad), o denominándonos como una síntesis
de conocimientos de otras ciencias que se agrupan en un fenómeno: Ciencias de
la Comunicación, o Ciencias y Técnicas de la Información.
Percibiendo
la situación actual a la que se enfrenta un estudio nacido en la posmodernidad
y cargando con los excesos, ausencias y ambigüedades propias de la época, nos
atrevemos a pensar que ninguna disciplina puede crecer firme en estas
condiciones. El estudio de la comunicación ha tenido gran impacto social como
opción profesionalizante, el término se ha extendido como hiedra, pero sin raíces
que lo mantengan vinculado al suelo: a la función social de trabajar
directamente con la información.
A
pesar de los juicios de valor que ahora puedan hacerse de la historia y filosofía
de la ciencia, es necesario volver nuestra vista atrás y empezar a construir
estudios permitiéndoles recorrer un camino más largo que el de las demandas
actuales de un campo laboral siempre cambiante.
Es necesario ser reduccionistas (en el propósito, no en la visión) para
delimitar nuestro objeto, diferenciarlo, conocer sus elementos, aclarar sus
procesos y avanzar como cualquier otra ciencia; para, en un segundo momento,
pluralizarla, interrelacionarla, repensarla, es decir, complejizarla.
Estando
conscientes de los riesgos de la disyunción o reducción de un fenómeno en
unidades simples, debemos partir de ahí para aislar y comprender el fenómeno
de la comunicación, sabiendo que tendremos que reintegrarlo a la red compleja
de la realidad para estudiar sus conexiones, interacciones y procesos simultáneos
e infinitos: “el universo comienza
como una desintegración, y es desintegrándose que se organiza”[9].
El
avance enorme que tuvo la ciencia occidental desde el siglo XVII hasta fines del
siglo XIX no puede negarse que se debió al orden perfecto que exigía en la
obtención del conocimiento, a la reducción de la realidad en unidades
elementales, pero a fin de cuenta manejables por la lógica humana. Es necesario
rescatar este orden y estructura estricta antes de dar otro paso.
El pensamiento científico avanza usando la simplicidad porque intenta buscar las verdades más allá de las evidentes, y para ello se vuelve indispensable evitar la confusión y explicar cada descubrimiento para poderlo contraargumentar.
Si bien es cierto que en este afán reduccionista para comprender los fenómenos la ciencia dejó de lado aquello que no podía ser explicado racionalmente, parece evidente conceder que tuvo que partir de ahí para llegar a descubrimientos cada vez más complejos.
Así
hoy, las ciencias tradicionales han armado un gran corpus teórico respecto a
sus respectivos fenómenos de estudio y están en posibilidad de enfrentar
nuevos retos: “La tendencia
a estudiar sistemas como entidades más que como conglomerados de partes es
congruente con la tendencia de la ciencia contemporánea a no aislar fenómenos
en contextos estrechamente confinados sino, al contrario, abrir interacciones
para examinarlas, y examinar segmentos de la naturaleza cada vez mayores”[10].
Edgar Morín defiende la visión compleja del mundo tomando como ejemplo la situación de las ciencias tradicionales y su enfrentamiento a un momento histórico que exige otras reflexiones, otros conceptos acerca de quién es el sujeto que conoce y el objeto por conocer, métodos más flexibles y nexos interdisciplinarios que sigan siendo un campo tan fértil como lo fue anteriormente el pensamiento reduccionista, pero está claro que, comparada con esas ciencias, la Comunicación está lejos de tal fase; primero, debe mirar atrás para encontrar su identidad y su razón de ser en el mundo.
De seguir por el camino tomado, las disciplinas y estudios de más reciente consolidación, especialmente algunas ciencias sociales, seguirán construyendo conocimiento a partir de fuentes diversas, llegando a una mezcla difícil de diferenciar con otros estudios, confundiendo sus saberes y sus métodos al grado de egresar profesionistas sin identidad ni eficacia en el campo laboral.
No se puede llegar a ninguna conclusión sobre la realidad, sobre una mirada, sobre un fenómeno de estudio cuando se navega en un mar de confusión en donde todas las teorías son posibles y son relativas, donde todo es circunstancia y el conocimiento avanza trabajosamente hacia la profundización de un fenómeno complejo.
Cuando Morin propone el pensamiento complejo y una sola ciencia unificadora que no reduzca sino integre unidad y diversidad, supone que las disciplinas dejen de ser “entidades cerradas” como lo fueron durante siglos, pero no propone que pierdan su identidad.
La
verdadera ganancia del saber disciplinario de siglos anteriores, citando a
Morin, sería la siguiente: “...
la simplificación es necesaria, pero debe ser relativizada. Es decir, que yo
acepto la reducción consciente de que es reducción, y no la reducción
arrogante que cree poseer la verdad simple, por detrás de la aparente
multiplicidad y complejidad de las cosas”[11].
Eso es lo que debe entender el estudio de la comunicación durante su
trayecto a la consolidación.
Las
disciplinas humanas: Estudios de la complejidad.
El trabajo de las disciplinas que tienen como centro al ser humano y sus relaciones sociales es una labor doblemente ardua, ya que se es sujeto y objeto a la vez. Aunado a este inconveniente, los procesos humanos están en constante movimiento, fluyen y se modifican de fenómeno a fenómeno, las circunstancias son múltiples y la cultura es un entramado de signos que forma cadenas sin fin de interpretación.
Levi Strauss afirma que un científico social se aproxima a una realidad aproximadamente unitaria (un individuo, familia, grupo social) que es, en realidad, una apariencia que oculta otras dimensiones inaccesibles al observador externo.
Al
ser el mundo social y de la comunicación horizontes infinitos con múltiples
interpretaciones, el sujeto tiene que ser consciente de su propia posición ante
el fenómeno, ya que es él quien pondrá límites al fluxus[12]
que le presentan las situaciones concretas del mundo. Él tendrá que establecer
las fronteras del sistema observado para poder estudiarlo; delimitará sus
entradas y salidas de información y sus elementos componentes; para ello, estará
implícita su comprensión del fenómeno, los sesgos al elegir cierto punto de
vista y el alcance de su mirada. La
conciencia sobre una circunstancia que implica al observador en varios ámbitos
(sus códigos culturales, psicológicos, morales, emocionales) se vuelve difícil
de explicar y evidenciar, pero es parte del estudio del fenómeno humano.
“Dado que la observación es una experiencia subjetiva y depende de la teoría;
el científico no recoge datos, los construye; y el científico es, ni más ni
menos, un hombre o una mujer en un contexto social; podría cultivar su oficio
en, con y a través de su subjetividad, crítica, reflexiva, ya no apoyándose
en la “pura” objetividad, sino reconociendo su participación activa, su
interpretación vigilante”[13].
Es
esta relación del estudioso con un fenómeno en movimiento que lo contiene y
con el que interactúa, en donde está la complejidad de las ciencias sociales.
La relación con cada circunstancia determinará las variables, los elementos
estables, lo azaroso y, por ende, la forma del fenómeno (objeto observable).
El sujeto tiene que reconocerse parte de ese entramado o red de
relaciones humanas mientras trabaja, ya que diferentes elecciones acerca de su
observación darán distintas variables, resultados e indeterminaciones.
La
producción de conocimiento dentro de una disciplina, transformará también el
ambiente del que se alimenta el investigador.
Una metodología definida y un punto de vista para mirar un objeto de
estudio, develarán una cara del fenómeno, pero quizá oculten otra.
De ahí la trascendencia de estar en constante intercambio con diversas
disciplinas que miran el mismo fenómeno; hay que contrastar e incluir otras
miradas: debemos mantener el diálogo como estrategia de crecimiento.
Comunicación
e intervención
Otras
ciencias estudian el fenómeno de la comunicación: la psicología desde la
perspectiva interpersonal, la antropología como producto cultural, la filosofía
como asunto inherente al ser, la sociología como fenómeno de masas. ¿Qué
mirada debería aportar una
disciplina mal llamada comunicación? ¿una Comunicología[14]
posible?
Hasta
ahora se ha limitado a ser una recopiladora de todo lo dicho sobre el tema, sin
métodos propios de investigación, con una teoría que describe los fenómenos
de comunicación actuales aún en pañales, cargando a cuestas con la
responsabilidad de lo hecho y dicho en los medios de comunicación masiva y
volviéndose capacitadora en haceres básicos (generalmente técnicos) para
aquellos que se insertan en la sociedad como “expertos en comunicación
humana”. La Comunicación, hasta el momento, no ha tenido tiempo de hacer
mucho más, pero sí de ganarse una reputación de poca ética social y muy poca
eficiencia de sus profesionistas para cumplir con los objetivos trazados por sus
empleadores.
¿Debería existir una
disciplina conformada de esta manera? ¿Deberíamos egresar comunicólogos que
saben usar herramientas tecnológicas, pero no saben vincular su uso con el cúmulo
de conocimientos sociales descriptivos que aprendieron en las aulas?
Para
nosotros la Comunicología no tendría razón de existir si no la concebimos
como una ciencia aplicada.
La diferencia básica entre
el estudio de la comunicación humana hecha por otras disciplinas y por la
Comunicología sería el objetivo final de este estudio.
Las
ciencias puras están integradas por un sistema dinámico de conocimientos que
pretende, de forma racional, establecer explicaciones para los fenómenos que
les compete estudiar y crear modelos que permitan comprender mejor lo observado
y sus causas. Su fin último es entender la naturaleza.
La observación de la naturaleza puede empezar por cualquier parte, hay
menos restricciones respecto a la utilidad inmediata de la producción
intelectual, está guiada por el espíritu de conocer más, cualquier pregunta
es digna de reflexionarse y abrir una posible aventura que permita acumular más
saberes.
En
el caso de la ciencia aplicada sus objetivos son más específicos: busca
resolver problemas, mejorar procesos, innovar y crear otras alternativas de
aplicación del conocimiento a la realidad con el fin de mejorar la vida del
hombre y sus sociedades; en resumen, pretende intervenir en la vida humana.
Cualquier
ciencia aplicada tiene como reto central conocer las investigaciones y
aportaciones de las ciencias descriptivas vinculadas a su objeto de estudio para
aprovechar sus avances y aplicarlos a la resolución de problemas concretos.
Las
ciencias puras y las aplicadas, por consiguiente, deben trabajar de la mano,
nutriéndose y compartiéndose problemas y soluciones, provocándose
creativamente para lograr modelos de utilidad o productos concretos que
beneficien al colectivo.
La
Comunicología como ciencia aplicada tendría que tener un cuerpo nuclear que
comprendiera teoría y tecnología; y una forma de aplicación, de intervención
con herramientas que le permitieran incidir en la realidad: la metodología.
El plan de estudios de 1996 al que hemos
hecho referencia, tiene como objetivo egresar estrategas de la comunicación.
Es decir, la formación del comunicólogo está centrada en su capacidad
de diagnóstico e intervención en problemas sociales, la comunicometodología.
Lo que entendemos por este perfil no es una
tarea fácil de lograr, pero es una meta que vale la pena porque da identidad al
estudio de la comunicación, posibilita la aplicación del conocimiento, tiene
demanda en el terreno profesional de la comunicación y es una necesidad social.
Para lograr la profesionalización del
comunicólogo como estratega, es indispensable hacerlo sensible a las diversas
circunstancias sociales, capaz de analizar el entramado social en toda su
complejidad, hábil para investigar con el fin de llegar a un diagnóstico de la
situación comunicacional, capaz de elaborar un plan estratégico e
implementarlo, y por último, apto para evaluar los resultados, rediseñar las
estrategias y documentar los casos que permitan, algún día, llegar a tipificar
ciertos diagnósticos y las posibles soluciones de un problema: hacer clínica
en comunicación.
Después de compartir el camino que nos ha traído a este punto, encontramos importante mencionar ciertas perspectivas a futuro. A recientes fechas, se conformó un grupo de estudio en Comunicología del cual formamos parte. La red de investigación (REDECOM), coordinada por Jesús Galindo, tiene como objetivo ampliar la discusión teórica sobre la comunicación y aportar sistemas de información como punto de partida para formalizar los estudios en el área. En este grupo participan catedráticos e investigadores de diversas instituciones a quienes nos une el deseo por seguir aprendiendo y compartiendo nuestros avances dentro de esta aventura.
En este contexto, el presente libro es sólo una propuesta en un campo que se está construyendo, que está abierto a ideas creativas, y a trabajos de investigación novedosos.
Falta mucho por descubrir e inventar para afianzarnos como ciencia aplicada. Por ello pensamos este trabajo como un detonador de ideas, como una provocación para la discusión y la reflexión. Como una invitación a todo comunicólogo a unirse en el viaje de conformar nuestra disciplina de cara al siglo XXI.
[1] FUENTES, Raúl; La emergencia de un campo académico; p. 90
[2] ANDINO, Eduardo; “Goznes: vectores de la experiencia para entender la comunicación contemporánea”; p. 74
[3] FUENTES, Raúl; op cit; p. 116
[4] CARDONA, Diana; “Diseño y Administración de una carrera de comunicación en una universidad privada de la Ciudad de México. Universidad Intercontinental” en Anuario de Investigación CONEICC X; p. 343
[5] FUENTES, Raúl; op cit; p. 138
[6] Uso del método hipotético-deductivo no sólo para validar sus hipótesis sino para contrastarlas con otras posibles.
[7] BELLÓN, Elizabeth; “Vigilancia para quitar el velo”, en Anuario de Investigación CONEICC X; p. 23
[8] MORIN, Edgar; El pensamiento complejo; p. 29
[9]
MORIN, Edgar; op cit; p. 92-93
[10] ACKOFF, en VON BERTALANFFY; Teoría general de los sistemas; p. 8
[11]
MORIN, Edgar; op cit; p.143
[12] Fluxus comunicacional: forma de diseminación de la información en un sistema social donde muchos sujetos y estructuras interactúan y se afectan mutuamente produciendo a su vez otro foco de diseminación de información que llega a distintos niveles del sistema.
[13] BELLÓN, Elizabeth; op cit; p. 22-23
[14] Término acuñado por Eulalio Ferrer en los setentas, y retomado por Jesús Galindo para agrupar el corpus teórico de la comunicación