El libro como objeto de estudio de la comunicología.

Reflexión sobre las posibles rutas de investigación

 

 

Dra. Marta Rizo García*

 

 

1.    Abriendo el debate

 

La propuesta “Hacia un Comunicología Posible” parte de la clasificación de los objetos básicos de la comunicología en cuatro dimensiones: la expresión, la difusión, la interacción y la estructuración). La primera hace referencia al a forma y configuración de la información; la segunda, a la configuración y el desarrollo de sistemas de información; la interacción se centra en los sistemas de comunicación, en los vínculos interpersonales, y por último, la estructuración abarca las relaciones entre sistemas de información y sistemas de comunicación, siendo ésta la dimensión más compleja.

Por otra parte, y teniendo como telón de fondo la búsqueda de los orígenes que hicieron de la comunicología una disciplina, esta propuesta considera específicamente siete fuentes teóricas de este campo del saber: cibernética, sociología funcionalista, sociología crítica-cultural, economía política, semio-lingüística, psicología social y sociología fenomenológica[1].

Las posibilidades son muchas, y sin duda alguna, enriquecen la reflexión en torno a la especificidad de la comunicología como disciplina, y ofrecen una mirada más compleja en torno a sus objetos, metodologías y enfoques. Así pues, y pese al predominio campal de los estudios sobre difusión, y concretamente sobre los medios de difusión, la comunicología abarca objetos que pueden ser abordados desde miradas muy diversas. Las combinaciones básicas entre dimensiones y fuentes teóricas se pueden resumir como sigue:

 

-          La cibernética ha trabajado fundamentalmente sistemas de información y sistemas de comunicación, por lo que se la puede relacionar sobre todo con la dimensión de la estructuración.

-          La semio-lingüística se ha enfocado al estudio de las formas, de los contenidos y discursos, por lo que fundamentalmente está relacionada con la dimensión de la expresión.

-          La psicología social y la sociología fenomenológica han abordado en mayor medida a los sistemas de comunicación, a las relaciones interpersonales entre sujetos. Es por ello que la dimensión privilegiada por estas fuentes teóricas es la interacción, aunque como se verá, ofrecen también espacios conceptuales consistentes para abordar la difusión y la estructuración.

-          La economía política trabaja con objetos de estudio macro, y en el campo específico de la comunicología ha abordado sobre todo cuestiones referentes a los medios de difusión (concentración, políticas, legislación, etc.), aunque también hay estudios que, desde este enfoque, se aproximan a la dimensión más abarcadora de la estructuración.

-          La sociología funcionalista es la fuente teórica predominante en el campo académico de la comunicación desde su surgimiento. Todos los estudios sobre los medios, sobre todo los que inauguraron el campo durante la primera mitad del siglo XX, se ubican en la dimensión comunicológica de la difusión.

-          Por último, la sociología crítica-cultural se corresponde con lo que hoy denominamos Estudios Culturales, enfoque que aborda fundamentalmente la relación entre cultura y comunicación, con un énfasis especial en los medios. Aquí, nuevamente, la difusión aparece como dimensión básica, aunque la estructuración también tiene cabida.

 

Las consideraciones anteriores abren el debate en torno a qué aportaciones puede hacer la comunicología a los estudios sobre el libro. El libro, no sólo tomado como objeto material sino más bien considerado como bien simbólico, cultural, como soporte y, a la vez, como discurso.

A primera vista, pareciera que la expresión y la difusión son las dos dimensiones que contemplan al libro como objeto de estudio. La primera, porque se centra en el análisis de la forma, de la configuración de información, que en el caso del libro tendría en los análisis lingüísticos, del discurso y literarios, su materia prima. Y la segunda, al considerar al libro como medio de difusión, junto con otros medios como la prensa, la radio y la televisión, porque pone sobre la mesa el debate en torno a las particularidades del soporte “libro” como medio transmisor de información al público lector y porque, a la vez, con el advenimiento de las nuevas tecnologías de información y comunicación, se preocupa en la actualidad de ver hasta qué punto éstas constituyen una amenaza para la existencia del libro.

Las siguientes páginas intentan profundizar sobre este debate. Pero la pretensión es, precisamente, no reducir la reflexión en la consideración del libro como forma y como medio, sino que, mediante el empleo del espacio conceptual de la comunicología, se pretenden abordar las múltiples posibilidades que ésta ofrece, en el sentido que el libro puede ser concebido como objeto perteneciente también a las dimensiones de la interacción y la estructuración. No se trata de explotar todas las propuestas posibles acerca de cómo investigar el libro, sino más bien de explorar posibilidades, posibles rutas a seguir, tanto conceptuales como metodológicas. Las preguntas son más que las respuestas, y lo que se presenta en este texto tiene la voluntad de abrir más que de cerrar, de impulsar el debate más que de reducirlo y hallar respuestas únicas.

 

 

2.    El libro: forma de expresión y medio de difusión

 

La mayoría de definiciones y reflexiones sobre los medios de comunicación de masas no toman en cuenta al libro. El modelo lineal de la comunicación, establecido por Shannon y Weaver en los años cuarenta, fundamentado en la relación unidireccional entre el emisor, el mensaje y el receptor, no abarca la amplitud y complejidad del proceso comunicativo que tiene lugar entre sujetos, o entre sujetos y objetos a través de mediaciones diversas. El modelo de Shannon y Weaver se ajusta a lo que son hoy los medios de difusión de masas, mal llamados medios de comunicación. Como afirma Manuel Alonso (2004: 21), “los medios de difusión han ganado una cota semántica al hacerse llamar medios de comunicación”. O lo que es lo mismo, hay que distinguir entre transmisión de información, actividad básica de los medios, y comunicación. Este segundo concepto es más amplio y abarcador, toma en cuenta no sólo la información en sí misma sino los procesos de intercambio, de interacción, vínculo y diálogo, como fundamentales para cualquier actividad humana. Así entonces, para que los medios fueran realmente de comunicación habría que tomar en cuenta la posibilidad de retroalimentación o feed-back, capacidad de respuesta y diálogo a la que nos tienen poco acostumbrados los medios masivos.  

Luego de exponer una breve revisión histórica del libro, en este apartado se ofrecen algunas de sus definiciones básicas y se advierte la posibilidad de considerarlo un objeto de estudio de la comunicología en sus dimensiones de expresión y difusión.

 

2.1. Breve aproximación a la génesis del libro[2]

 

Tal y como lo conocemos hoy, el libro debe su aparición al surgimiento de la imprenta en 1492. Sin embargo, los primeros libros datan de muchos siglos antes. Los primeros que se conocen eran planchas de barro con caracteres o gráficos marcados con un punzón. Si bien las reflexiones acerca del origen del libro todavía no gozan de consenso, se dice que los primeros en utilizarlos fueron los pueblos de la Mesopotamia. Más cercanos al objeto que hoy conocemos como libro fueron los papiros egipcios, griegos y romanos, extraídos de los juncos del río Nilo y enrollados alrededor de palos de madera. En esa época, Alejandría, Atenas y Roma eran los grandes centros de producción de libros, y desde esas ciudades se exportaban a todo el mundo. El copiado se realizaba a mano, lo cual implicaba un proceso lento y costoso hacía que los libros fueran sólo accesibles a las personas más ricas. El pergamino, u otros materiales derivados de pieles secas de animales, no presentaban tantos problemas de conservación como los papiros. Los pergaminos fueron utilizados por los persas y los hebreos, entre otros pueblos. Hacia el siglo IV antes de Cristo, el pergamino sustituyó casi por completo al papiro como soporte para la escritura.

Se considera a los códices del siglo IV como antecedentes directos del libro actual. La misma palabra “códice” significa libro en latín. Los códices, utilizados en un primer momento por griegos y romanos, eran cuadernos de hojas hechas de madera cubierta de cera, material que permitía la reutilización de las hojas para la escritura.

En la edad media europea, fue la Iglesia la encargada de producir libros. La mayor parte de ellos reproducían fragmentos de la Biblia. En esta época, los libros fueron mejorando su presentación: las portadas, de madera, a menudo aparecían reforzadas con piezas de metal, y se cerraban mediante candados. Algunas iban cubiertas de piel, e incluso las había con ornamentos de oro, plata, esmalte y piedras preciosas. Todo ello hacía de los libros un objeto escaso, muy valorado y costoso.

En Oriente, los libros estaban escritos sobre tablas de bambú, madera, cáñamo y corteza. Se plegaban en forma de acordeón y su máximo valor se hallaba en la caligrafía, considerada en ese entonces como una de las bellas artes en el mundo oriental. Antes de que Gutenberg inventara la imprenta en 1492, en China ya se había inventado la impresión a partir de bloques móviles, pero la enorme cantidad de caracteres del idioma chino hacía muy complejo el uso de este sistema.

El siglo XV ve nacer dos de las innovaciones tecnológicas que revolucionaron la producción de libros en el continente europeo. La primera fue el papel, que los europeos aprendieron de los musulmanes, y éstos de los chinos. Y la segunda fue la imprenta, a partir de tipos móviles, construidos de metal, inventados por los mismos europeos, concretamente por el alemán Johann Gutenberg. El invento de la imprenta simplificó la producción de libros, y los convirtió en objetos relativamente fáciles de confeccionar y, por ello, más accesibles a la población. América Latina recibió el invento de la imprenta unas décadas más tarde, concretamente en 1540, cuando comenzó a funcionar la primera en México.

Con la Revolución Industrial, en los siglos XVIII y XIX, se mecanizó completamente la producción de libros. Y ya en la actualidad, los avances tecnológicos han permitido la multiplicación a gran escala de los tirajes de ejemplares. Los relativamente bajos costos de producción han permitido acceder a los libros a la mayoría de la población.  

 

2.2. Algunas definiciones del libro

 

Antes de definir al libro, conviene diferenciar varias de sus dimensiones. Una cosa es concebir al libro como soporte, como objeto material, físico. Y otra cosa muy distinta es comprenderlo como contenido, lo que nos acerca al libro en sentido simbólico, como bien cultural. Se ha hablado mucho del libro como soporte, de su proceso de fabricación y edición, de los índices de ventas, del número de ejemplares por habitante, etc. Mucho menos se dice sobre el contenido de los libros, sobre su valor simbólico que va más allá de su dimensión puramente material. En todo caso, el libro es un objeto que ha dado lugar a múltiples definiciones. Enrique Richter (2001) señala algunas como las siguientes:

 

-    Es uno de los medios de comunicación más poderosos de que haya podido disponer la civilización.

-    Es el principal impulsor del progreso y divulgación del pensamiento humano.

-    Permite ejercitar la capacidad de pensar, de disentir, de emocionarse libremente, sin prejuicios.

-    Es el más importante creador, transmisor y difusor de ideas, conocimientos, sabiduría, verdad, belleza, pensamientos y cultura.

-    Es el pilar fundamental de la educación activa y de la reflexión crítica.

 

Como se puede observar, las definiciones anteriores ponen el acento en el libro fundamentalmente como medio de transmisión de conocimientos.

 

2.2.1. El libro como forma de expresión

La definición del libro como forma de expresión combina su consideración como soporte físico y, a la vez, como contenido. El libro como soporte, como materialidad, está conformado por si tamaño, peso, calidad del papel, disposición del texto en la página, color, etc. Los elementos paralingüísticos serían los gráficos y las fotografías, entre otros, mientras que los paratextos (Genette, 1987) se corresponderían con el título, el nombre del autor, el índice, el prólogo, la introducción, la editorial, el lugar, etc. Y las partes del libro, por último, serían la cubierta, el lomo, la portada y la contraportada.

Por el contrario, el libro como contenido es un relato, en el sentido de discurso articulado con un principio y un fin. Según sea su género, podremos hablar de un libro literario –novela, poesía, cuento, teatro, etc.- o de un libro científico –ensayo, investigación, teoría, divulgación, etc.-. En todo caso, lo que interesa es que el libro se concibe, en esta segunda acepción, como un medio para la expresión del ser humano.

El lenguaje se erige como el centro de la reflexión. Es el canal mediante el cual el ser humano se expresa. En este caso, por medio de la palabra escrita. Así pues, considerar al libro como forma de expresión supone comprenderlo como una unidad de análisis para herramientas metodológicas y teóricas pertenecientes sobre todo a las ciencias del lenguaje, tales como el análisis del discurso, el análisis semiótico o el análisis estructural del relato, entre otros. En este caso, pues, no importa tanto el soporte, más bien importa el contenido, los mensajes que el autor expresa a través de sus palabras.

Por medio del lenguaje, “el mundo deja de parecer caótico, meramente continuo y contingente, para presentársenos dotado de estructura y orden” (Ochoa, 1998). Esta consideración nos acerca al tema de la competencia comunicativa de los lectores. Siguiendo a Ochoa (1998), “la lectura contribuye de manera importantísima a desarrollar la competencia comunicativa del lector, es decir, a conocer las alternativas y las reglas de múltiples códigos lingüísticos que permiten insertarse adecuadamente en situaciones concretas de comunicación”.

El lenguaje, por tanto, no es sólo un vehículo para la transmisión de información, sea de forma mediada o interpersonal, sino que, yendo más allá, determina la forma como las personas estructuran la realidad y permite la comunicación entre ellas.

En este contexto, afirma ochoa Ochoa (1998), “debemos reconocer en el libro un instrumento que brinda múltiples posibilidades de trabajo”. Algunas de sus ventajas son su fácil manejabilidad, la posibilidad del contacto físico entre el lector y el texto y los escasos requerimientos de espacio a los que está sujeto su uso.

Si el libro es una forma de expresión, de transmisión de experiencias e ideas, la lectura se erige como una de las principales formas de apropiación de conocimientos. Noé Jitrik (1987) la define como “una actividad que se erige como una construcción entre individuo y texto y que está determinada por diversos factores culturales que orientan y definen las expectativas de lectura y los resultados del proceso”.

 

2.2.2. El libro como medio de difusión

El modelo básico de la comunicación, aplicado concretamente a los medios de difusión, propone considerar seis elementos fundamentales que tienen cabida durante el proceso. El primero es la fuente, el agente que concibe los mensajes y los pone en circulación. En segundo lugar está el transmisor, el conjunto de elementos técnicos que permiten la codificación de los mensajes. Después está el canal, el vehículo que permite la circulación de la información o mensaje. El receptor está conformado por los elementos técnicos que permiten la decodificación de los mensajes, y puede estar integrado tanto por lenguajes como por recursos humanos y materiales. El destinatario es el agente o actor que recibe los mensajes y los interpreta. Y, por último, el medio es el sistema en el que se integran todos los elementos anteriores. Por tanto, el medio, como totalidad, se distingue de sus partes.

Como medio de difusión, el libro comparte sobre todo características con la prensa, o con el conjunto de medios escritos. Específicamente son tres los rasgos comunes en la prensa y el libro. Por una parte está la creación, que en ambos casos se da en letra impresa sobre papel. Con respecto a la difusión, también en ambos casos se trata de un proceso diferido. Y por último, en cuanto a la recepción, tanto la prensa como el libro exigen competencias de alfabetización en el receptor, por un lado, y permiten la elección del lugar de consumo, por el otro.

El mundo del libro, pese a compartir los rasgos anteriores con los medios de difusión escritos, tiene un proceso comunicativo específico, que lo hace distinto a otros medios. Así entonces, en el proceso participan un autor, la fuente del mensaje; un agente literario, quien gestiona la edición de la obra; un editor, la persona que selecciona y encarga las obras para su publicación, esto es, quien inicia, controla y gestiona el proceso de transmisión; la industria gráfica, que se encarga de completar el proceso, imprimiendo y dándole forma final al libro; el libro mismo, es decir, el soporte físico o material del mensaje; la distribuidora, el primer componente del canal de difusión; la librería, quien vende los libros al público receptor; las bibliotecas, como importantes espacios que amplían los canales de difusión de los libros en el espacio y en el tiempo; y, por último, los lectores, las personas que leen los libros, quienes son a la vez receptores y destinatarios en el proceso de comunicación.

Desde el espacio conceptual de la comunicología, el libro puede ser considerado un sistema de información, esto es, una configuración formal de información que organiza, transmite y expresa ideas, conceptos, emociones. Como sistema de información, el libro requiere de una mediación entre su soporte físico y su receptor. Esto se traduce en la necesidad de compartir, autor y lector, un mismo código: el idioma.

 

 

3.    El libro desde la interacción y la estructuración: otras rutas de investigación posibles

 

Los apartados anteriores ponen de manifiesto que el libro ha sido abordado, fundamentalmente, como forma de expresión y como medio de difusión. Esto no sitúa en las dos dimensiones de menor complejidad dentro del espacio conceptual de la comunicología: la expresión y la difusión.

            Sin embargo, somos de la opinión que las dos dimensiones comunicológicas restantes, la interacción y la estructuración, también ofrecen rutas de investigación posibles para el abordaje teórico y metodológico del libro como objeto de estudio. Siguiendo a Jesús Galindo (2003), la dimensión de la interacción combina elementos de la psicología social –relaciones interpersonales, grupales y colectivas- con elementos de la sociología de los vínculos –contactos, asociaciones, redes-. Dice el autor que la interacción agrupa “todos los fenómenos de acción simultánea de afectación humana intencional o no, lo que se ha llamado comunicación interpersonal” (Galindo, 2003).

            Por su parte, la dimensión más compleja, la estructuración, combina elementos de la economía política y la sociología crítica-cultural, e incluye todos los elementos de configuración de estructuras social-económicas desde una perspectiva de comunicación-información” (Galindo, 2003). La estructuración aborda, por tanto, las relaciones entre los sistemas de información y los sistemas de comunicación.

 

3.1. El libro y la interacción

 

El acto de lectura implica, antes que nada, la interacción entre un sujeto lector y un objeto libro. Esta simple afirmación pone de manifiesto que el libro puede estudiarse como parte de un proceso de comunicación fundamentado en la interacción, en la comunicación establecida entre el lector y el mismo libro.

            La interacción puede tener lugar a varios niveles: por un lado, como lectores podemos interactuar con el libro mismo, considerado éste como soporte, como objeto material; por otro, podemos establecer una relación de interacción con el autor del libro, a quien accedemos de forma indirecta a través de sus palabras; y más aún, podemos interactuar con los personajes que aparecen en el libro, con quienes mantenemos diálogos, a quiénes interpelamos… Y el proceso tiene dos direcciones, dado que también el autor puede interpelarnos a nosotros como lectores, y de igual forma pueden hacerlo los personajes.

            En el mismo tenor, Solé (1994: 21) define leer como “un proceso de interacción entre el lector y el texto mediante el cual el primero intenta satisfacer los objetivos que guían su lectura.” Esta definición nos enfrenta al debate en torno a la capacidad interpretativa del lector. En un primer momento, se consideraba que el libro contenía toda la información necesaria, y que al lector le restaba, únicamente, descifrarla. Esta consideración veía, por tanto, al proceso de lectura como un acto unidireccional, como una propuesta de un autor que simplemente debe ser recibida y asumida por el lector. O dicho de otra forma, la información era de emisor (autor) a receptor (lector), sin posibilidad de retroalimentación. Posteriormente surgió un modelo más complejo, que toma en cuenta precisamente la interacción que se establece entre el lector y el texto. Desde este segundo enfoque se considera que el sujeto lector, al leer, transporta todo su bagaje de conocimientos y experiencias para significar lo que lee. De ahí que se haya denominado a este enfoque como interactivo, dada la existencia de dos flujos de comunicación, del lector al libro y del libro al lector. Bajo este punto de vista, entonces, cada lector es distinto, y otorga un significado distinto al libro. En palabras de Pimentel (1990), “reconocer que es el lector quien reconstruye el significado interactuando con el texto lleva a aceptar la posibilidad de que diferentes lectores comprendan un mismo texto de diferentes maneras, sin que esto signifique que unos han comprendido y otros no. Cada lector habrá comprendido lo que su perspectiva acerca del mundo le permita comprender, cada uno se habrá acercado en la medida de sus posibilidades al mensaje que el autor quiso transmitir”.

Sin duda, leer es un acto comunicativo complejo. Al hablar de las relaciones entre el lector y el texto, Ochoa (1998) afirma que “el texto aparece ante el lector como un objeto de escritura en estado de reposo, propuesto a la mirada para producir significados; se trata de una especie de estado de vacío que contiene, potencialmente, todo un universo de significaciones y que requiere de un lector para actualizarse”. Así entonces, el libro es sólo una propuesta de sentido, y es el lector quien lo decodifica y termina por otorgar significaciones concretas a su contenido. De ahí que se puede hablar, como afirma Umberto Eco (1981), de un “lector modelo” Para el autor, los lectores modelo son aquellos que son capaces de enfrentar incisivamente el texto para ir identificando, paulatinamente, el andamiaje básico que configura la estructura de valores y significaciones que la lectura ofrece para su aceptación o rechazo.

Todo lo anterior confirma que la lectura es un proceso activo e interactivo, a través del cual el lector construye el significado del texto. Siguiendo a Frank Smith[3],  para leer son necesarios dos tipos de información: la visual y la no visual. La visual viene dada por el texto, mientras que la información no visual es aportada por el lector, quien pone en juego, como decíamos, sus conocimientos, competencias y experiencias para interpretar el texto. Alicia Pimentel (1990) complementa esta idea al afirmar que “la lectura, como cualquier otro acto inteligente, implica la posibilidad por parte del sujeto de realizar anticipaciones: la interacción entre la información no visual y la información visual hace posible la construcción permanente de hipótesis sobre el significado y la forma de lo que sigue en el texto, así como la elaboración de estrategias para verificar o rechazar dichas hipótesis y para formular otras nuevas más ajustadas al texto, cuando las originales no encuentran confirmación en la información visual. Leer implica entonces correr riesgos, aceptar equivocarse, pero implica también construir formas de autocontrol que hacen posible la rectificación del error”.

            Un último aspecto a destacar dentro de las posibilidades de la dimensión de la interacción para el abordaje del libro es el tema de las bibliotecas. Estos espacios pueden ser estudiados como lugares de interacción –de comunicación interpersonal- en torno al objeto libro. Más allá de ser sistemas de información, que también lo son, las bibliotecas ofrecen a personas muy diversas –que a menudo ni se conocen- la posibilidad de interactuar. Las bibliotecas pueden ser estudiadas como escenarios de lectura, como espacios en donde los lectores establecen contacto –interacción- con los libros y, además, con otros lectores.

 

 

3.2. El libro y la estructuración

 

Según el esquema de la Comunicología, la dimensión de la estructuración se centra en las relaciones entre sistemas de información y sistemas de comunicación. Es, por ello, la dimensión más compleja, y ha sido fundamentalmente abordada desde enfoques macro como la Economía Política y la Sociología Crítica-Cultural. En este apartado se quiere poner de relieve, a grandes rasgos, la posibilidad de los estudios sobre el libro ubicados en la dimensión de la estructuración. Son muchos los ejemplos de ello. Aquí señalaremos sólo algunos.

            Las investigaciones sobre la industria del libro son el más claro ejemplo. En ellas se toman en cuenta variables de difusión de sistemas de información, esto es, de distribución –a mayor o menor escala- de libros. Ésta sería la dimensión de los sistemas de información. Por otra parte, en este tipo de investigaciones se suele tomar en cuenta también la variable de los lectores, a través de preguntas por el número de lectores potenciales, lectores reales, compradores de libros, etc. Los datos, más allá de reflejar números, se erigen como una forma de representación de esta relación entre los libros, y su industria, por un lado, y los lectores, por el otro.

            Son menos los estudios que toman en cuenta las variables estructurales y, a la vez, las variables o consideraciones más micro, tales como los contextos de lectura, la recepción misma de la lectura, etc. Los extremos pocas veces aparecen en un mismo tipo de investigaciones, lo cual no significa que no se pueda ni deba hacer. De hecho lo ideal serían programas de investigación sobre el mundo del libro, en los que se abordara el objeto en sus múltiples posibilidades.

            Otro tipo de estudios que entrarían dentro de la dimensión de la estructuración son aquellos que se centran en la economía del mundo del libro. Aquí cabe destacar investigaciones que, desde la economía política, ponen el acento en la concentración de las editoriales en las grandes ciudades, por ejemplo, o en el encarecimiento de los libros, o también en las dificultades de distribución de algunas editoriales a nivel internacional. Todo ello, en algunas ocasiones, da lugar a micro-estudios que ponen de manifiesto que estos obstáculos económicos y estructurales impiden que la lectura llegue a un mayor número de sujetos. Nuevamente aparece como posible la relación entre los libros, como sistemas de información, y los sujetos.

            El mundo de la promoción de la lectura es un exponente importante de las posibilidades de la investigación del libro desde la dimensión de la estructuración. Precisamente, la finalidad básica de la promoción de la lectura es poner los libros al alcance del mayor número de personas posibles, creando los espacios idóneos para ello (salas de lectura, bibliotecas, exposiciones, ferias, etc.) y formando a profesionales dedicados a esta actividad. La tarea de la promoción es poner en relación los sistemas de información, los libros, y las personas. Y más aún, es también poner en relación a las personas entre ellas, para ver qué hacen con los libros, cómo interactúan con ellos y entre ellos, qué significados les dan, para qué les sirven, etc.

Sin duda alguna, el mundo de la estructuración está por explorar en lo que a estudios sobre el libro se refiere. Sin embargo, parece que las propuestas de la economía política, por un lado, y la promoción de la lectura –muchas veces sustentada en aspectos provenientes de la sociología cultural-, están abriendo el camino a ello.

           

           

4.    El futuro del libro

 

Casi nunca se ha visto que una nueva tecnología haya aniquilado la anterior. “El desarrollo de nuevos medios de comunicación trae consigo la aparición de nuevos lenguajes, de diversas formas de representación y modos diferentes de sentir, de ver y de decir” (Peña, 2000). Más allá de su función instrumental, los medios de comunicación son, antes que nada, configuradores de nuevos lenguajes.

Por ello, y pese a las críticas que se han suscitado, consideramos que Internet puede ser un gran aliado para desarrollo del libro, y ofrece una multitud de posibilidades para la creación, la producción y la difusión de contenidos escritos. Y es que las nuevas tecnologías han beneficiado al libro en varios sentidos. Primero, han permitido que se difundan obras de clásicos que ya era improbable encontrar en las librerías. Segundo, han contribuido a aumentar la visibilidad del libro, en el sentido que con Internet los libros pueden estar expuestos al público durante las 24 horas del día, teniendo como público, así entonces, a una cantidad mucho mayor de lectores potenciales. Tercero, han permitido un descenso de los costos de la lectura para el lector, hasta el punto que han posibilitado que la lectura sea muchas veces gratuita. Cuarto, han enriquecido formalmente a los libros, propiciando la inclusión de imágenes y gráficos y, no menos importante, generando intertextualidades entre varios libros distintos, vinculados entre sí. Algo que, sin duda, no permite el libro en papel.

Como afirma Peña (2000), “estamos preocupados porque los jóvenes ya no leen o porque no leen lo que nosotros quisiéramos que leyeran y que dediquen, en cambio, tanto tiempo al cine, a la televisión, a la música rock o al computador. Y puesto que creemos que la lectura es de libros exclusivamente, los hemos dado de baja como lectores y hemos terminado por declarar a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías como enemigos número uno del libro y la lectura” (Peña, 2000). Siguiendo al autor, y asumiendo completamente su postura, debiéramos considerar tal vez que con las nuevas tecnologías hay muchas más cosas por leer y muchos más lectores de los que creemos.

Todo ello ha llevado a afirmar, en el terreno de los integrados, que más que al fin de la lectura, estamos asistiendo a una profunda mutación de las formas de leer. Las nuevas tecnologías, y concretamente Internet, están modificando el paradigma de la lectura, implicando transformaciones en los textos mismos, en los contextos, en los públicos y en los modos de leer. Si tratamos de reflexionar en torno a estas transformaciones empleando el espacio conceptual de la propuesta “Hacia una comunicología posible”, podemos decir que la transformación de los textos está relacionada con la dimensión de la expresión; la de los contextos con la difusión; y la de los públicos y los modos de leer, aunque también están relacionados con la difusión, se acercan más a la dimensión comunicológica de la interacción.

Por todo lo anterior, no podemos seguir viendo a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de información y comunicación como amenazas para la lectura y el libro. Por el contrario, la están enriqueciendo. Con los medios y las nuevas tecnologías se han desarrollado nuevos lenguajes, nuevas formas de comunicación e interacción; al fin y al cabo, han emergido, y siguen emergiendo, nuevas lógicas, nuevas formas de comunicación de los saberes y de los afectos, nuevas sensibilidades y formas de relación.

 

4.1. El hipertexto, una nueva propuesta de lectura

 

El hipertexto es una nueva forma de escritura que reemplaza la lógica lineal por una estructura en forma de red. Y que da lugar, por tanto, a una lectura eminentemente interactiva. Mientras que el libro “tradicional” tiene un principio y un fin establecidos y, de alguna forma, inamovibles, el hipertexto otorga mayor libertad al lector. Éste tiene múltiples opciones a elegir, es él quien decide por dónde comenzar, y puede saltar de texto a texto sin mayor complicación.

            La definición de esta nueva propuesta de lectura, de este nuevo lenguaje, nos obliga a detenernos por un momento en la definición o las características de los libros digitales, puesto que el hipertexto es su configuración básica. Fundamentalmente, los libros digitales permiten un acceso más sencillo a las definiciones y relaciones de los conceptos, puesto que los autores de este tipo de libros pueden ir definiendo las palabras mediante los hipervínculos –en este caso, podríamos verlos como una especie de pie de página-. A la vez, se considera también un beneficio el hecho que el libro pueda ir acompañado con ejercicios “en línea” sobre sus mismos contenidos, lo cual permite al lector ir resolviendo sus dudas y comprobando sus capacidades, a la vez que sigue leyendo. Por otra parte, en la mayoría de libros digitales los autores incluyen como forma de contacto sus correos electrónicos, de forma que se convierte en algo sencillo el contactar con el autor para plantear dudas, comentarios, elogios o críticas, y eso, más allá de que el autor responda o no, nos parece que aumenta la interacción del lector con el texto.

            El hipertexto, como nuevo lenguaje, y el libro digital, como su soporte básico, permiten por tanto la creación de lectores más activos, de autores más cercanos a sus lectores y de libros más accesibles a un mayor número de personas. Y estos son solo algunos de sus beneficios…

 

 

5.    Para cerrar…

 

En este texto se han presentado algunas rutas y debate posibles para ampliar el espacio conceptual de las investigaciones que tienen al libro como objeto de estudio. Pese a que se reconoce la relevancia de los estudios que comprenden al libro como medio de difusión, consideramos que la reflexión sobre este objeto debe ir más allá, debe poder ser ubicada en otros espacios conceptuales de mayor complejidad. De ahí que hayamos abogado por la distinción de cuatro dimensiones básicas –expresión, difusión, interacción y estructuración- para el abordaje del libro desde una mirada comunicológica. Las ciencias de la comunicación tienen mucho que aportar a la investigación del libro, que parece ser un objeto tomado en cuenta sobre todo por académicos y estudiosos provenientes de otras disciplinas, como la pedagogía, las ciencias del lenguaje, la economía y la política.

            El debate está abierto. Son muchos los conceptos a discusión. Muchas las posibilidades de ampliar el espacio de reflexión en torno al libro, considerado como medio, pero también considerado como actor de un proceso de comunicación, en este caso el acto de leer. Se ha querido concluir el texto con un breve apunte en torno al futuro del libro. Primero, por ser éste un tema que nos preocupa a nivel personal. Segundo, porque consideramos que el libro no desaparecerá mientras siga habiendo lectores… Y todo ello, tomando en cuenta que la lectura, lejos de las imágenes apocalípticas, no sólo lo es de libros en su sentido más tradicional. El libro tradicional, en papel, puede desaparecer. Pero no desaparecerá la lectura, y menos los lectores.

 

 

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

 

Alonso Erausquin, Manuel (2004) El libro en un libro: la edición, primer medio de comunicación de masas, Madrid, Ediciones de la Torre.

 

Basset, Ivana (2004) “¿Matará el Internet al libro?, en Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación, Núm. 86, 2004. Artículo en línea, disponible en http://comunica.org/chasqui/86/basset86.htm (Fecha de consulta: julio 2004).

 

Eco, Umberto (1981) Lector in Fabula, Barcelona, Lumen.

 

Galindo, Jesús (2003) “Apuntes de historia de una Comunicología posible. Hipótesis de configuración y trayectoria”. Artículo en línea, disponible en http://www.geocities.com/arewara/arewara.htm (Fecha de consulta: junio 2004).

 

Genette, Gerard (1987) Seuils, París, Editions du Seuil.

 

Jitrik, Noé (1987) “Cuando leer es hacer”, en VV.AA. (1987) Lectura y Cultura, México, UNAM.

 

Ochoa, Adriana de Teresa (1998) “El libro como medio de comunicación”, en Didáctica de los medios de comunicación, Programa Nacional de Actualización Permanente, México, Secretaría de Educación Pública.  Artículo en línea, disponible en http://vasconcelos.ilce.edu.mx:2000/redescolar/cursoredescolar/
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Palacios de Pimentel, Alicia (et.al.) (1990) Comprensión lectora y expresión escrita: experiencia pedagógica, Buenos Aires, Aique.

 

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* Doctora en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente, profesora-investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura y del Centro de Estudios sobre la Ciudad de la Universidad de la Ciudad de México. Miembro del Grupo de Acción en Cultura de Investigación (GACI, México), de la Red de Estudios en Cibercultura y Nuevas Tecnologías de Información y Comunicación (RECIBER, México), del Grupo de Estudio Hacia una Comunicología Posible (GUCOM, México) y de la Red de Estudios y Formación en Comunicología y Teorías de la Comunicación (REDECOM, México). [email protected]

[1] Para mayor información sobre la propuesta de “Hacia una comunicología posible”, ver textos de Jesús Galindo, coordinador del grupo, en la página http://www.geocities.com/arewara/arewara.htm. También, ver el Portal de Comunicología, disponible en http://www.geocities.com/comunicologiaposible.

[2] La información sobre el origen y evolución del libro ha sido extraída de la página web http://icarito.latercera.cl/especiales/medios/libro.htm (Fecha de consulta: agosto 2004).

 

[3] Citado en: Palacios de Pimentel, Alicia (et.al.), Comprensión lectora y expresión escrita: experiencia pedagógica, Aique, Buenos Aires, 1990.

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