EL CAMINO
HACIA LA “NUEVA COMUNICACIÓN”.
Breve
apunte sobre las aportaciones de la Escuela de Palo Alto
Dra. Marta Rizo García
Academia de Comunicación y Cultura
Universidad de la Ciudad de México
http://www.geocities.com/mrizog
I. Para abrir el debate
Desde el primer tercio del siglo XX hasta la
actualidad, la teoría de la comunicación se ha ido construyendo desde
perspectivas muy diferentes. Desde la teoría físico-matemática de Shannon y
Weaver, conocida como “Teoría matemática de la información”, hasta la teoría
psicológica con base a la percepción propuesta por Abraham Moles, pasando por
una teoría social con base en la lengua –Saussure-, con base en la antropología
cognitiva –Levi Strauss- o con base a la interacción –Bateson, Watzlawick,
Goffman. Y más aún, también han destacado las aportaciones en el campo de los
efectos de la comunicación de masas, un ámbito representado por nombres como
Lasswell, Lazarsfeld, Berelson y Hovland, y las teorías críticas de la
comunicación, promovidas desde la Escuela de Frankfurt por intelectuales como
Adorno, Horkheimer y Marcuse, entre otros.
Este panorama pone en evidencia la complejidad del asunto, las
múltiples aportaciones con que se ha tratado de dotar de coherencia a lo que
conocemos como Teoría de la Comunicación. Ello es resultado, entre otros
factores, de la polisemia misma del concepto de comunicación.
Es sabido
que la comunicación puede entenderse como la interacción mediante la que gran
parte de los seres vivos acoplan sus respectivas conductas frente al entorno
mediante la transmisión de mensajes, signos convenidos por el aprendizaje de
códigos comunes. También se ha concebido a la comunicación como el propio
sistema de transmisión de mensajes o informaciones, entre personas físicas o
sociales, o de una de éstas a una población, a través de medios personalizados
o de masas, mediante un código de signos también convenido o fijado de forma
arbitraria. Y más aún, el
concepto de comunicación también comprende al sector
económico que aglutina las industrias de la información, de la publicidad, y de
servicios de comunicación no publicitaria para empresas e instituciones. Estas
tres acepciones ponen en evidencia que nos encontramos, sin duda alguna, ante
un término polisémico.
El debate
académico en torno a la comunicación ha sido dominado por una perspectiva que
reduce el fenómeno comunicativo a la transmisión de mensajes a través de los
llamados medios de difusión. Sin ánimos de considerar vacío e innecesario dicho
debate, consideramos que la comunicación va más allá de esta relación mediada.
Es, antes que nada, una relación interpersonal.
Desde esta
perspectiva, hablar de comunicación supone acercarse al mundo de las relaciones
humanas, de los vínculos establecidos y por establecer, de los diálogos hechos
conflicto y de los monólogos que algún día pueden devenir diálogo. La
comunicación es la base de la interacción social, y como tal, es el principio
básico de la sociedad, su esencia. Sin comunicación, diría Niklas Luhmann
(1993), no puede hablarse de sistema social:
“Todo lo
que es comunicación es sociedad (...) La comunicación se instaura como un
sistema emergente, en el proceso de civilización. Los seres humanos se hacen
dependientes de este sistema emergente de orden superior, con cuyas condiciones
pueden elegir los contactos con otros seres humanos. Este sistema de orden
superior es el sistema de comunicación llamado sociedad” (Luhmann, 1993:
15).
Por tanto,
la sociedad y la cultura deben su existencia a la comunicación. Es en la
interacción comunicativa entre las personas donde, preferentemente, se
manifiesta la cultura como principio organizador de la experiencia humana. En
este sentido, la vida social puede ser “entendida como organización de las
relaciones comunicativas establecidas en el seno de los colectivos humanos y
entre éstos y su entorno” (Moreno, 1988: 14).
II. Aproximación sistémica a la
comunicación
La concepción anterior apunta a situar el debate en
una aproximación sistémica de la comunicación. Desde este enfoque, la
comunicación se puede definir como un “conjunto de elementos en interacción en
donde toda modificación de uno de ellos afecta las relaciones entre los otros
elementos” (Marc y Picard, 1992: 39). Esta definición nos acerca al concepto de
sistema, cuyo funcionamiento se sustenta a partir de la existencia de dos
elementos: por un lado, la energía que lo mueve, los intercambios, las fuerzas,
los móviles, las tensiones que le permiten existir como tal; y por el otro, la
circulación de informaciones y significaciones, misma que permite el
desarrollo, la regulación y el equilibro del sistema.
En este sentido, la comunicación es un sistema
abierto de interacciones, inscritas siempre en un contexto determinado. En
palabras de Marc y Picard (1992: 39), como sistema abierto la comunicación
obedece a ciertos principios. Primero, el principio de totalidad, que implica
que un sistema no es una simple suma de elementos sino que posee
características propias, diferentes de los elementos que lo componen tomados
por separado. Segundo, el principio de causalidad circular, que viene a decir
que el comportamiento de cada una de las partes del sistema forman parte de un
complicado juego de implicaciones mutuas, de acciones y retroacciones. Y
tercero, el principio de regulación, que afirma que no puede existir
comunicación que no obedezca a un cierto número mínimo de reglas, normas,
convenciones. Estas reglas son las que, precisamente, permiten el equilibrio
del sistema.
Los tres principios apuntados en el párrafo
anterior constituyen una de las principales aportaciones de la Escuela de Palo
Alto a la comprensión de la comunicación. En la obra clásica de Watzlawick,
Beavin y Jackson, Teoría de la comunicación humana (1971), se
hace hincapié en estos principios básicos del sistema. La totalidad se explica
afirmando que “cada una de las partes de un sistema está relacionada de tal
modo con las otras que un cambio en una de ellas provoca un cambio en todas las
demás y en el sistema total” (Watzlawick et. al., 1971: 120). El principio de
causalidad circular se explica a partir del concepto de retroalimentación,
proveniente del enfoque cibernético inaugurado por Norbert Wiener en 1948[1].
Por último, el principio de regulación es nombrado a partir del término
equifinalidad, comprendido como el conjunto de elementos que dotan de estabilidad
al sistema.
Todo lo anterior pone en evidencia que la
comunicación, antes que nada, es un sistema abierto de interacciones. De hecho,
las primeras definiciones de comunicación apuntan a su vertiente interpersonal,
relacional, más que a la concepción mediada que ha prevalecido y dominado el
pensamiento sobre comunicación a lo largo de su existencia como campo
académico. El predominio de los medios de difusión como centro de la reflexión
oscurece las aportaciones de todo lo concerniente al diálogo, al vínculo entre
seres humanos, a la capacidad de éstos para comunicarse consigo mismos, con los
otros y con el entorno físico y simbólico en el que se desenvuelven.
La comprensión de la
comunicación como interacción se fundamenta en una tesis amplia que concibe a
la primera como telón de fondo de toda acción social. Ya Talcott Parsons (1966)[2] señaló que la acción social no consiste tan sólo en
respuestas particulares ante estímulos situacionales particulares, sino que el
agente envuelve la relación de un verdadero sistema de expectativas relativas a
la configuración social en que se encuentra. El concepto de interacción social
organizada parece ser el que mejor define la relación social. Aunque las interacciones
sociales en forma de relaciones terminan por fijarse ritualmente en esquemas de
conducta social.
Inevitablemente,
así entonces, en el estudio de la comunicación en
el medio social, ésta se halla relacionada con los conceptos de acción e
interacción. La acción social puede ser entendida desde la perspectiva positiva
de Émile Durkheim (1973) como el conjunto de maneras de obrar, pensar y sentir,
externas al individuo y dotadas de un poder coercitivo, en cuya virtud se imponen
a él[3]. O puede ser entendida desde la perspectiva subjetivista de
Max Weber (1977), en la medida en que
los sujetos de la acción humana vinculen a ella un significado subjetivo,
referido a la conducta propia y de los otros, orientándose así cada una en su
desarrollo. O puede finalmente comprenderse a partir de la fusión de la óptica
positiva y subjetiva, que se integran
en el concepto más holístico de praxis social, desde la que todo conocimiento
humano individual, inserto en el conocimiento social, está basado en las
relaciones sociales de producción y transformación de la realidad, que han sido
fijadas por los propios hombres en un proceso de desarrollo real y material de
las condiciones históricas dadas.
Los
seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de interacciones
que pueden calificarse como procesos sociales[4]. Así, la comunicación es
fundamental en toda relación social, es el mecanismo que regula y, al fin y al
cabo, hace posible la
interacción entre las personas. Y con ella, la existencia de las redes de
relaciones sociales que conforman lo que denominamos sociedad. Así entonces,
los seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de
interacciones que pueden calificarse como procesos sociales. Y como ya quedó claro,
toda interacción se fundamenta en una relación de comunicación.
Aaron Cicourel (1979) toma
la noción de “esquema común de referencia” de Alfred Schutz (1964) para definir
toda situación de interacción social. Según el autor,
“a partir de los procesos
interpretativos los actores pueden comprender diferentes acciones
comunicativas, reconocer las significaciones y las estructuras subyacentes de
las acciones comunicativas, asociar las reglas normativas generales a las
escenas de interacción vividas por medio del conocimiento socialmente
distribuido, desglosar la interacción en secuencias” (Cicourel, 1979: 13).
Los elementos simbólicos,
“susceptibles de ser dotados de un significado subjetivo por parte de las
personas implicadas en la acción” (Gómez Pellón, 1997: 110), son los que nos
permiten hablar de la interacción social. Y dado que toda interacción social se
fundamenta en la comunicación, es pertinente hablar de interacción
comunicativa.
En términos generales, la interacción puede concebirse
como la acción recíproca entre dos o más agentes. Sin embargo, situándonos en
un marco de reflexión un tanto más complejo, interesa remarcar que, al margen
de quién o qué inicie el proceso de interacción, el resultado de ésta es
siempre la modificación de los estados de los participantes.
Desde el nacimiento de las ciencias sociales y humanas,
la interacción social se erigió como uno de sus conceptos básicos. Además, este
término ha favorecido un avance muy destacado en campos de conocimiento como la
psicología social y la sociología fenomenológica. Desde este punto de vista,
por tanto, el concepto de interacción hace referencia a la emergencia de una
nueva perspectiva epistemológica en la que los procesos de comunicación entre
seres humanos pasan a ocupar un lugar central para la comprensión de los
fenómenos sociales. Todo esto se relaciona con la concepción de la persona como
un ser social, un ser que sólo puede desarrollarse como tal a través de la
comunicación con sus semejantes.
La interacción comunicativa es un proceso de
organización discursiva entre sujetos que, mediante el lenguaje, actúan en un
proceso de constante afectación recíproca. La interacción es la trama
discursiva que permite la socialización del sujeto por medio de sus actos
dinámicos, su adaptación al entorno y la comprensión de las acciones propias y
ajenas.
III.2. La interacción como “corazón” de la
comunicología
En la propuesta de “Hacia una comunicología posible”,
impulsada y coordinada por Jesús Galindo, se apuntan cuatro dimensiones
comunicológicas fundamentales, que de menor a mayor complejidad, son las
siguientes: expresión, difusión, interacción y estructuración[5].
La dimensión de la interacción aborda la configuración y organización de
sistemas de comunicación, esto es, el desarrollo de vínculos entre seres vivos.
Esta dimensión es, según Jesús Galindo, el “corazón de la comunicología”
(Galindo, 2004) y se ha desarrollado fundamentalmente a partir de las
aportaciones de la Psicología Social, la Sociología Fenomenológica y la Cibernética
–tanto de primer como de segundo orden-. Paradójicamente, pese a que las
primeras definiciones de la comunicación apuntan sobre todo a su dimensión de
establecimiento de vínculos e interacciones, son todavía muy escasas las
aportaciones que se han realizado a esta dimensión desde el campo académico de
la comunicación. La difusión sigue siendo la dimensión fundamental en torno a
la que se estructura la mayor parte del pensamiento comunicológico.
En el marco del proyecto “Hacia una comunicología posible”
se han desarrollado sistemas de información bibliográfica que permiten ordenar
o dotar de coherencia a la producción académica sobre comunicación. El análisis
de estos sistemas ordenadores de la producción campal deja ver, claramente, el
predominio de la dimensión de la difusión. En el terreno de la interacción son
muchas menos las obras consideradas como fundamentales para la Comunicología. Y
cabe destacar, además, que casi todas ellas, provienen de disciplinas distintas
a la comunicación, lo cual confirma la hipótesis de que nuestro campo todavía
no presta mucha atención a este ámbito del pensamiento comunicológico. La
Escuela de Palo Alto, así como la corriente del Interaccionismo Simbólico, son
los que aportan mayor parte de la obra en torno a la dimensión comunicológica
de la Interacción[6]. Este
elemento hace que consideremos importante, por tanto, la revisión de los
principales aportes de estas escuelas al campo de la comunicación.
IV. La Escuela de Palo Alto: hacia una “Nueva
Comunicación”
La preocupación por la interacción no es nueva en la
agenda de las ciencias sociales. Ya desde los años ciencuenta, los
investigadores de la llamada “Escuela de Palo Alto”, también conocida como
“Colegio Invisible”, dieron cuenta de las situaciones globales de interacción
de las que participa el ser humano. Si bien durante esa época el modelo lineal
de la comunicación propuesto por Shannon y Weaver gozaba de una posición
dominante en la reflexión teórica sobre la comunicación, algunos investigadores
norteamericanos trataron de partir de cero en el estudio de los fenómenos
comunicativos. Fue así como se pasó del modelo lineal al modelo circular de la
comunicación, enormemente influido por las ideas de la cibernética –de la que
proviene el concepto de feed-back o retroalimentación-[7].
Por oposición al modelo lineal de Shannon y Weaver,
conocido también como el “Modelo telegráfico”, la propuesta de la Escuela de
Palo Alto se conoce, también, como “Modelo orquestral de la comunicación”. En
palabras de Yves Winkin (1982: 25), “el modelo orquestral, de hecho, vuelve a
ver en la comunmicación el fenómeno social que tan bien expresaba el primer
sentido de la palabra, tanto en francés como en inglés: la puesta en común, la
participación, la comunión”.
Para los representantes de Palo Alto, procedentes de
disciplinas como la antropología (Gregory Bateson, Ray Birdwhistell, Edward
Hall), la sociología (Erving Goffman) y la psiquiatría (Paul Watzlawick, Don
Jacskon), entre otras, la investigación y reflexión sobre la comunicación sólo
puede darse a partir de la formulación de la siguiente pregunta: ¿Cuáles son,
entre los millares de comportamientos corporalmente posibles, los que retiene
la cultura para constituir conjuntos significativos?. Para hallar respuestas a
esta interrogante, los investigadores del Colegio Invisible partieron, en un
primer momento, de tres consideraciones básicas:
a.
La
esencia de la comunicación reside en procesos de relación e interacción.
b.
Todo
comportamiento humano tiene un valor comunicativo.
c.
Los
trastornos psíquicos reflejan perturbaciones de la comunicación.
La principal aportación de esta corriente de
pensamiento es que “el concepto de comunicación incluye todos los procesos a
través de los cuales la gente se influye mutuamente” (Bateson y Ruesch, 1984).
La comunicación fue estudiada, por tanto, como un proceso permanente y de
carácter holístico, como un todo integrado, incomprensible sin el contexto en
el que tiene lugar. La definición de comunicación que se puede extraer de la
obra de estos autores es común a todos los representantes de la Escuela de Palo
Alto. En uno de los pasajes iniciales del libro, Bateson y Ruesch (1984: 13)
afirman que “la comunicación es la matriz en la que se encajan todas las
actividades humanas”. De ahí que este enfoque inaugure una forma de comprender
la comunicación mucho más amplia, superando el enfoque anterior y ubicando la
reflexión sobre la comunicación en un marco holístico, como fundamento de toda
actividad humana.
Los denominados “Axiomas de la comunicación” ponen en
evidencia las ideas anteriores. Según Watzlawick, Beavin y Jackson (1971), es
imposible no comunicar, por lo que en
un sistema dado, todo comportamiento de un miembro tiene un valor de mensaje
para los demás; en segundo lugar, en toda comunicación cabe distinguir entre
aspectos de contenido o semánticos y aspectos relacionales entre emisores y
receptores; como tercer elemento básico, los autores señalan que la definición
de una interacción está siempre condicionada por la puntuación de las secuencias
de comunicación entre los participantes; por último, establecen que toda
relación de comunicación es simétrica o complementaria, según se base en la
igualdad o en la diferencia de los agentes que participan en ella,
respectivamente.
El
planteamiento de estos axiomas rompe con la visión unidireccional o lineal de
la comunicación. De alguna manera, los axiomas marcan el inicio para comprender
que la comunicación no es sólo cuestión de acciones y reacciones; es algo más
complejo, y debe pensarse desde un enfoque sistémico, a partir del concepto de
intercambio. Así entonces, “la comunicación en tanto que sistema no debe pues
concebirse según el modelo elemental de la acción y la reacción, por muy
complejo que sea su enunciado. En tanto que sistema, hay que comprenderla al
nivel de un intercambio” (Birdwhistell, 1959: 104)[8].
Los axiomas de la comunicación vienen a confirmar
el modelo relacional, sistémico, que enmarca toda la reflexión sobre los
fenómenos comunicativos realizada desde la Escuela de Palo Alto. En una
situación comunicativa, por tanto, es la relación misma lo fundamental que hay
que estudiar, más que las personas que están implicadas en ella. De ahí que la
interacción se erija como el centro del debate y como el objeto a atender antes
que cualquier otro elemento[9].
Ver
la comunicación de forma holística, ubicarla en el marco de un contexto
determinado, obliga a pensar las metodologías o formas de acercarse a ella.
Alex Mucchielli (1998) recupera los aportes de la Escuela de Palo Alto y afirma
que, según este enfoque, “una acción, una comunicación, es decir, una
interacción, si se analizar por sí misma carece de sentido” (Mucchielli, 1998:
42). En este sentido, hace hincapié en una de las ideas fundamentales aportadas
por Paul Watzlawick, quien en una de sus obras principales afirma que “un
segmento aislado de comportamiento es algo que formalmente no se puede definir,
es decir, que carece de sentido” (Watzlawick et. al., 1971: 37). Estas
consideraciones ponen en evidencia que el contexto es una de las categorías
analíticas fundamentales para el estudio de la comunicación. Así pues, las
acciones, las interacciones, no pueden entenderse si no se ubican en un
contexto, sin atender al sistema en el que se realizan o tienen lugar.
Todas
estas afirmaciones se sintetizan con lo que los investigadores de la Escuela de
Palo Alto nombraron como “encuadrar las observaciones” (Watzlawick et. al.,
1971), lo cual significa que “hay que aprender a mirar todo el entorno de un
fenómeno comunicativo para poder percibir el conjunto de actores implicados”
(Mucchielli, 1998: 46).
En el mismo tenor, los
mismos investigadores se situaron en lo que se denomina investigación hic en
nunc. La lectura de un pasaje de la obra de Watlawick puede hacer
comprensible la naturaleza básica de este tipo de investigación:
“Sin
ninguna duda, el comportamiento se encuentra determinado, al menos
parcialmente, por la experiencia anterior, pero se es consciente de lo
aventurado que resulta buscar las causas en el pasado... La memoria se basa
esencialmente en pruebas subjetivas... Pero todo lo que A le dice a B sobre su
pasado está ligado estrechamente a la relación actual en curso entre A y B y se
encuentra determinado por dicha relación. Si, por el contrario, se estudia
directamente la comunicación de un individuo con los miembros de su entorno...
se pueden llegar a identificar diferentes modelos comunicativos de valor
diagnóstico, que permitan determinar una estrategia de intervención terapéutica
tan apropiada como sea posible. Este tipo de enfoque constituye más bien una
investigación hic et nunc que una investigación del sentido simbólico,
de las motivaciones o de las causas deducidas del pasado... El síntoma... deja
percibir bruscamente su significación si se lo reemplaza en el contexto de
interacción actualmente en curso entre un individuo y su medio humano. El
síntoma aparecerá como una redundancia, como una regla de ese “juego”
específico que caracteriza su interacción, y no como el resultado de un
conflicto sin resolver entre dos fuerzas intrapsíquicas superpuestas”
(Watzlawick et. al., 1971: 40-41).
El pasado, así entonces, es sustituido por la
situación de interacción presente, la que se está dando “aquí y ahora”. Esta
forma de abordar la comunicación constituyó una novedad. El punto de vista
determinista según el cual lo pasado influye necesaria y directamente sobre lo
presente, se deja a un lado para dotar de mayor importancia al momento actual,
a la situación comunicativa que, enmarcada en un contexto determinado pero
presente, es portadora del significado sustantivo que caracteriza a esa misma
situación de interacción.
Aunado a este enfoque
presente, otro cambio importante en la perspectiva propuesta por la Escuela de
Palo Alto para el abordaje de los fenómenos comunicativos es la importancia
otorgada al qué y al como de la situación, abandonando la reflexión sobre las
causas de las situaciones y los sujetos mismos que en ellas participan.
Atendiendo a esta idea, se puede decir que la perspectiva interaccional
“es algo nuevo... examina los acontecimientos y los
problemas en términos de comportamientos entre individuos de un sistema de
relaciones sociales... se dirige hacia el “qué” y el “cómo” de la situación (en
vez de hacia el por qué o el quién)... le interesa menos el origen o los fines
últimos que la situación actual, así como el modo en el que se perpetúa y se
podría modificar” (Weakland, 1977: 456).
La intención de este artículo no ha sido examinar
en profundidad los aportes de la Escuela de Palo Alto a los estudios de la
comunicación. Más bien se han tratado de sentar las bases mínimas para la
comprensión de la naturaleza de estos enfoques, y de exponer brevemente una
forma de conceptuar la comunicación que poco tiene que ver con la comunicación
mediada a través de los medios de difusión masiva, que sin duda sigue siendo la
acepción que goza de mayor aceptación no sólo en el campo académico de la
comunicación sino también socialmente.
Explorar la dimensión comunicológica de la
interacción pasa por revisar fuentes teóricas como la psicología social, la
cibernética y la sociología fenomenológica. Y la Escuela de Palo Alto, por la
diversidad y heterogeneidad de sus principales exponentes, toma partido en las
tres fuentes. La “Nueva comunicación” está apuntada, pero queda mucho por
hacer, mucho por discutir y reflexionar, para recuperar la naturaleza del
compartir, del vincular, del poner en común... Para recuperar el corazón
conceptual de la comunicación que hoy en día parece estar secundado.
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[1] La obra de Norbert Wiener que inaugura, de alguna forma, el enfoque cibernético es Cibernética, o el control y comunicación en animales y máquinas (Barcelona, Tusquets, 1985).
[2] De hecho, Parsons (1966) concibe al complejo de comunicaciones interpersonales como uno de los elementos que conforman cualquier estructura comunitaria; para el autor, las relaciones de interacción entre dos personas están relacionadas en su aspecto físico, dos lugares discernibles entre sí; pero la comunidad no se queda en este mero intercambio físico o espacial, ya que la comunicación siempre supone el poseer una cultura común.
[3] Para Durkheim (1973) existe, por encima de las representaciones privadas de los sujetos, un mundo de “nociones-tipo” que regula las ideas y que supera al propio individuo. Así entonces, el individuo interactúa con estos códigos para transformarlos y estructurarlos según su interpretación personal.
[4] Según la tesis interaccionista, la construcción cognoscitiva del sujeto se
produce por la interacción con el medio ambiente, a través de una relación de
interdependencia o de bidireccionalidad entre el sujeto cognoscente y el objeto
cognoscible.
[5] Para mayor información acerca del programa “Hacia una comunicología posible”, ver los artículos de Jesús Galindo disponibles en la página web del autor: http://www.geocities.com/arewara/arewara
[6] Como representantes de estas corrientes de pensamiento, en el sistema de información elaborado por el grupo de estudio “Hacia una comunicología posible” están presentes las obras de Goffman (1972), Mead (1968) y Watzlawick et.al. (1971), y otras obras que de alguna manera son cercanas o recogen parte de las ideas planteadas desde las corrientes anteriores: Marc y Picard (1992), Mucchielli (1998).
[7] De hecho, el feed-back o retroalimentación es el concepto que marca la diferencia entre ambos modelos de la comunicación. El modelo lineal de Shannon y Weaver se fundamentaba, básicamente, en la relación unidireccional entre emisor, mensaje y receptor. Con el modelo circular, por tanto, se vislumbra la posibilidad de la respuesta, que dota de circularidad y hace más interactivo el proceso de comunicación.
[8] Citado en Winkin (1982: 77).
[9] Los tipos de interacción nos remiten a la diferencia establecida entre señales analógicas y señales digitales. Las primeras se refieren a lo que se conoce como comunicación no verbal, esto es, a los gestos, las posturas, el paralenguaje, etc., a todo lo que no remite a unos códigos concretos. Por su parte, las señales digitales están sujetas a palabras comprensibles a partir de un código determinado, y serían lo que comúnmente se conoce como comunicación verbal, hablada. Junto a esta clasificación, la Escuela de Palo Alto abordó la comunicación a partir de la distinción entre interacción simétrica y complementaria. Suscribiendo a Mucchielli (1998), esta distinción favorece la constitución de roles complementarios: por un lado el individuo sumiso favorece el rol autoritario del que manda, y por el otro, ambos miembros pueden instaurar y mantener la igualdad de posiciones e intercambian sus interacciones a modo de espejo.