Comunicación e interacción social.
Aportes de la comunicología al estudio de la ciudad, la identidad y la
inmigración
Academia de Comunicación y
Cultura
Universidad de la Ciudad de México
http://www.geocities.com/mrizog
Resumen
Este texto reflexiona en términos teóricos y conceptuales acerca de las
posibles aportaciones que puede hacer la comunicología al estudio de la
relación entre la ciudad, la identidad y la inmigración. En un primer momento
se define la comunicación, y se establecen vínculos conceptuales entre este
concepto y el de interacción social. En un segundo momento, el texto aborda los
tres conceptos básicos objeto de la reflexión. Para acabar, se establecen
algunos lineamientos para la comprensión de la ciudad, la identidad y los
procesos migratorios desde el enfoque comunicológico, y especialmente desde la
dimensión de la interacción.
Partiendo de una definición
general que entiende la comunicación como proceso básico para la construcción
de la vida en sociedad, como mecanismo activador del diálogo y la convivencia
entre sujetos sociales, este ensayo se plantea como objetivo explorar las
posibles aportaciones de la comunicología al estudio de la relación entre
ciudad, identidad e inmigración.
En primer lugar,
se establecen los principios constructivos de la comunicación como dimensión
constitutiva de lo social, de ahí que aboguemos por una discusión en torno a la
comunicación que va más allá de los medios de difusión masiva. Así entonces, se
parte de una perspectiva que está a caballo entre los modelos psicosocial y
sistémico de la comunicación. El texto concluye con la exposición de las
posibles articulaciones de la comunicación con la ciudad, la identidad y las
migraciones.
I.
La comunicación como dimensión constitutiva de lo
social
Es sabido que la comunicación puede entenderse como la
interacción mediante la que gran parte de los seres vivos acoplan sus
respectivas conductas frente al entorno mediante la transmisión de mensajes,
signos convenidos por el aprendizaje de códigos comunes. También se ha
concebido a la comunicación como el propio sistema de transmisión de mensajes o
informaciones, entre personas físicas o sociales, o de una de éstas a una
población, a través de medios personalizados o de masas, mediante un código de
signos también convenido o fijado de forma arbitraria. Y más aún, el
concepto de comunicación también comprende al sector económico que aglutina las
industrias de la información, de la publicidad, y de servicios de comunicación
no publicitaria para empresas e instituciones. Estas tres acepciones ponen en
evidencia que nos encontramos, sin duda alguna, ante un término polisémico.
El debate académico en torno a la comunicación ha sido
dominado por una perspectiva que reduce el fenómeno comunicativo a la
transmisión de mensajes a través de los llamados medios de comunicación de
masas. Sin ánimos de considerar vacío e innecesario dicho debate, consideramos
que la comunicación va más allá de esta relación mediada. Es, antes que nada, una relación interpersonal. En palabras
de Jesús Galindo (2001) ”la comunicación no sólo es una necesidad emergente,
sino un estilo de vida, una cosmovisión, el corazón de la sociabilidad (...) La
comunicación es efecto de un contexto ecológico de posibilidad, donde las
diferencias se encuentran, pueden ponerse en contacto y establecer una
estrategia para vincularse cooperando, coordinando, corepresentando”.[1]
Desde esta perspectiva, hablar de
comunicación supone acercarse al mundo de las relaciones humanas, de los
vínculos establecidos y por establecer, de los diálogos hechos conflicto y de
los monólogos que algún día devendrán diálogo. La comunicación es la base de
toda interacción social, y como tal, es el principio básico, la esencia, de la
sociedad. Sin comunicación, diría Niklas Luhmann (1993), no puede hablarse de
sistema social: “Todo lo que es comunicación es sociedad (...) La comunicación
se instaura como un sistema emergente, en el proceso de civilización. Los seres
humanos se hacen dependientes de este sistema emergente de orden superior, con
cuyas condiciones pueden elegir los contactos con otros seres humanos. Este
sistema de orden superior es el sistema de comunicación llamado sociedad”
(Luhmann, 1993: 15).
Por tanto, la sociedad y la cultura
deben su existencia a la comunicación. Es en la interacción comunicativa entre
las personas donde, preferentemente, se manifiesta la cultura como principio
organizador de la experiencia humana. En este sentido, la vida social puede ser
“entendida como organización de las relaciones comunicativas establecidas en el
seno de los colectivos humanos y entre éstos y su entorno” (Moreno, 1988: 14)[2]. En otra obra, la
autora hace hincapié en esta misma idea: “Considero la existencia humana, la
vida social humana, como actividad comunicativa, la cultura como producto
humano cargado de significados” (Moreno, 1990: 15).
I.1. Hacia una definición posible
En poco más de cincuenta años, la "teoría de la
comunicación" ha tratado de ser construida desde diferentes perspectivas.
Desde el enfoque de una teoría física, hasta los enfoques críticos de la
Escuela de Frankfurt, pasando por una concepción social con base en la lengua o
con base en la antropología cognitiva, una teoría psicológica con base en la
percepción o en la interacción, y todos aquellos estudios que ponen el acento
en los efectos sociales y psicológicos de su aplicación institucional en el
campo de la comunicación de masas[3]. Este panorama hace que la comunicación sea considerada, junto
con otros conceptos de las ciencias sociales como son la cultura y la
identidad, un término polisémico donde los haya.
El abordaje de la comunicación debe tomar en cuenta
esta diversidad de perspectivas y acercamientos. La comunicación como campo de
conocimiento debe ser capaz, así pues, de integrar las distintas miradas que se
han hecho hacia este objeto multidimensional que denominamos comunicación.
En líneas generales, y siguiendo el esquema elaborado
por Jesús Galindo (2003), hay dos núcleos básicos de la “vida comunicológica
posible”: la comunicación de masas y los estudios culturales. En palabras del
autor, la primera está “anclada en un programa que puede cerrarse en lo
mediático, los segundos en un movimiento que puede considerarse abierto a todo
lo que significa, lo culturológico y sus mediaciones” (Galindo, 2003: 4). El
autor añade un tercer núcleo, el que aglutina todo lo referente a las terapias,
o lo que es lo mismo, la comunicación vista desde una perspectiva sistémica:
“Han sido los trabajos sobre terapia los que han ensayado cierta profundidad en
las relaciones interpersonales cara a cara, desde la perspectiva de la
interacción, en un fondo que puede nombrarse como de comunicación
interpersonal” (Galindo, 2003: 4).
Aún tomando como referencia a la propuesta de Jesús Galindo, los objetos de la
comunicología se pueden organizar en cuatro dimensiones: la primera es la
que se refiere a la expresión, las formas, la configuración de la información;
la segunda tiene como eje central a la difusión, esto es, a los medios de
difusión masiva; la tercera es la dimensión de la interacción, que tiene como
centro a la relación entre sistemas de comunicación; y por último, está la
dimensión de la estructuración, la más amplia, la más abarcadora, la que aborda
la relación entre sistemas de información y sistemas de comunicación. En otro
orden de elementos, la comunicología, desde su emergencia como campo del saber,
se ha nutrido de las aportaciones teóricas de disciplinas muy diversas. En
concreto, hablamos de siete fuentes teóricas de la comunicología, a saber:
cibernética, sociología funcionalista, sociología cultural, sociología
fenomenológica, psicología social, economía política y semio-lingüística[4].
Según el diccionario de la Real Academia Española, la
comunicología es la ciencia interdisciplinaria que estudia la comunicación en
sus diferentes medios, técnicas y sistemas. La perspectiva sistémica que nos
interesa, sin embargo, apunta una definición sustancialmente distinta, y
entiende a la comunicología como el “estudio de la organización y composición
de la complejidad social en particular y la complejidad cosmológica en general,
desde la perspectiva constructiva-analítica de los sistemas de
información y comunicación que las configuran” (Galindo, 2003: 12).
Esta perspectiva de corte sistémico encuentra su
fundamento en la comprensión de la comunicación como telón de fondo de toda
actividad humana. Dicha actividad se constituye en social, y como tal, persigue
o implica objetivos sociales. Como reguladora de las relaciones humanas, la
comunicación debe entenderse, por lo tanto, como base para toda interacción
social. Y es más, plantear la comunicación desde el punto de vista sistémico
implica considerarla como un conjunto de elementos en interacción donde toda
modificación de uno de ellos altera o afecta las relaciones entre otros
elementos[5].
Así entonces, puestos a considerar el proceso de la
comunicación, debiera tenerse como telón de fondo que toda la actividad humana,
en tanto que vida social, se constituye en actividad social con objetivos
sociales. Esta visión, claramente sistémica, y que tiene sus orígenes en las
aportaciones de Talcott Parsons (1966)[6], señala cómo la acción social no
consiste tan sólo en respuestas particulares ante estímulos situacionales
particulares, sino que el agente envuelve la relación de un verdadero sistema
de expectativas relativas a la configuración social en que se encuentra. El
concepto de interacción social organizada parece ser el que mejor define la
relación social. Aunque las interacciones sociales en forma de relaciones
terminan por fijarse ritualmente en esquemas de conducta social.
II.
Interacción social e interacción comunicativa
Inevitablemente, en el estudio de la comunicación en el medio
social, ésta se halla relacionada con los conceptos de acción e interacción. La
acción social puede ser entendida desde la perspectiva positiva de Émile
Durkheim (1973) como el conjunto de maneras de obrar, pensar y sentir, externas
al individuo y dotadas de un poder coercitivo, en cuya virtud se imponen a él[7]. O puede ser entendida desde la
perspectiva subjetivista de Max Weber
(1977), en la medida en que los sujetos de la acción humana vinculen a
ella un significado subjetivo, referido a la conducta propia y de los otros,
orientándose así cada una en su desarrollo. O puede finalmente comprenderse a
partir de la fusión de la óptica positiva y subjetiva, que se integran en el concepto más holístico
de praxis social, desde la que todo conocimiento humano individual, inserto en
el conocimiento social, está basado en las relaciones sociales de producción y
transformación de la realidad, que han sido fijadas por los propios hombres en
un proceso de desarrollo real y material de las condiciones históricas dadas.
Los seres humanos establecen
relaciones con los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como
procesos sociales[8]. Así, la comunicación es fundamental en toda relación social,
es el mecanismo que regula y, al fin y al cabo, hace posible la
interacción entre las personas. Y con ella, la existencia de las redes de
relaciones sociales que conforman lo que denominamos sociedad. Así entonces,
los seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de
interacciones que pueden calificarse como procesos sociales. Y como ya quedó
claro, toda interacción se fundamenta en una relación de comunicación.
Cicourel (1979) toma la noción de “esquema común de
referencia” de Alfred Schutz (1964) para definir toda situación de interacción
social. Según el autor, “a partir de los procesos interpretativos los actores
pueden comprender diferentes acciones comunicativas, reconocer las
significaciones y las estructuras subyacentes de las acciones comunicativas,
asociar las reglas normativas generales a las escenas de interacción vividas
por medio del conocimiento socialmente distribuido, desglosar la interacción en
secuencias” (Cicourel, 1979: 13).
En este sentido, esta perspectiva nos permite
establecer ya un primer vínculo entre identidad y comunicación. En primer
lugar, porque la identidad, como emergente, siempre es producto de los procesos
de interacción social. Y en segundo lugar, y derivado de esto primero, la
identidad es un proceso de negociación y ajuste que conforma la construcción de
la intersubjetividad y el mundo de significados compartidos. La identidad, así
entonces, requiere de la interacción para ser definida y negociada.
Los elementos simbólicos, “susceptibles de ser dotados
de un significado subjetivo por parte de las personas implicadas en la acción”
(Gómez Pellón, 1997: 110), son los que nos permiten hablar de la interacción
social. Y dado que toda interacción social se fundamenta en la comunicación, es
pertinente hablar de interacción comunicativa.
La interacción comunicativa es un proceso de organización
discursiva entre sujetos que, mediante el lenguaje, actúan en un proceso de
constante afectación recíproca. La interacción es la trama discursiva que
permite la socialización del sujeto por medio de sus actos dinámicos, en tanto
que imbrican sentidos en su experiencia de ser sujetos del lenguaje. En este
sentido, interactuar es participar en redes de acción comunicativa, en redes
discursivas que hacen posible, o vehiculan, la aprehensión, comprensión e
incorporación del mundo. Interactuar, entonces, nos permite comprender el
entorno físico y dotar de sentido y significado a nuestra experiencia en el
mundo[9].
III.
La ciudad desde la óptica de la comunicación
Los enfoques de la comunicación están enriqueciendo el abordaje, la
explicación y el análisis de lo que representa la ciudad desde un punto de
vista social, económico, político o urbanístico. A los enfoques sociológicos, económicos, antropológicos y
urbanísticos, así pues, hay que sumar la relevancia que toma la ciudad como
objeto de estudio primordial para la disciplina de la comunicación.
Aunque la pregunta por la ciudad y las formas de
vida que se dan en ella no constituye una novedad en el campo de la
comunicación, se puede afirmar que, en la actualidad, esta vieja preocupación
requiere de una mirada más abierta, interdisciplinar, que no reduzca los
estudios a los conjuntos de prácticas comunicativas que tienen como telón de
fondo el espacio citadino. Esto es, si bien se ha abordado la ciudad desde la
comunicación, se aprecia una falta de problematización del papel mismo de la
ciudad como generadora de formas de socialidad –y de comunicación- específicas.
Los estudios sobre prácticas culturales-comunicativas, por un lado, y los
estudios acerca de la presencia de los medios de comunicación en el espacio
urbano, por el otro, han sido las temáticas predominantes en las
investigaciones que han abordado la cuestión desde la disciplina de la
comunicación.
A pesar de lo reduccionista de los abordajes
apuntados, no se pretende afirmar en ningún momento la inutilidad de tales
estudios. En palabras de Rossana Reguillo (1997), “la pregunta por la comunicación en la ciudad
no se reduce a la infraestructura de los sistemas comunicativos, a la
configuración de públicos en relación a esta infraestructura, aunque unos y
otros de estos elementos sean parte consustancial de todo estudio sobre la
ciudad y puntos de partida para el análisis, mientras no conviertan a la ciudad
en un sistema cerrado o se diluyan en una apertura infinita” (Reguillo, 1997:
27).
“Entre las muchas representaciones (o imágenes y
paradigmas) utilizados para interpretar la ciudad, aquella que la ve como un
sistema de comunicación es probablemente la más actual y significativa” (Gómez
Mompart, 1998: 1). Entendemos por sistema un conjunto complejo e
interrelacionado de espacios, actores y acciones en actividad constante. Como
ya se ha dicho anteriormente, uno de los principios básicos de la teoría de
sistemas es que la sociedad no puede existir sin la comunicación; es, en sí
misma, comunicación.
Dentro de estas reflexiones que consideran la ciudad
como sistema de comunicación, destacan aquellos autores que enfatizan que la
importancia de la ciudad se debe a su capacidad para establecer vínculos
comunicativos. Al respecto, Marc Guillaume (1993) afirma que "lo que hace
que la ciudad sea el espacio conmutativo por excelencia es la capacidad de
establecer (o de cortar) la comunicación y el intercambio entre los hombres o
entre los hombres y la información o incluso entre los hombres y las
cosas" (Guillaume, 1993: 49)[10].
Alfredo Mela (1994) considera que el entorno o
sistema urbano puede ser planteado como producto de la interdependencia de tres
subsistemas con lógicas de funcionamiento, reglas y dinámicas autónomas: un
sistema de localización de la actividad; un sistema de comunicación física, y
un sistema de comunicación social (Mela, 1994: 10). El primer subsistema haría
referencia a los campos sociales que constituyen una ciudad; el segundo
contiene todo lo referente a los soportes físicos empleados para la transmisión
de información; y el tercero, por último, englobaría las formas de
comunicación, de interacción comunicativa, que se dan entres los diversos
actores que conforman la ciudad.
Si partimos de que la
ciudad es un espacio de sociabilidad, de construcción de sujetos, mirar la
ciudad desde la comunicación implica, en primer lugar, considerar la relación
entre la cultura objetivada –lo que en palabras de Pierre Bourdieu (1992)
constituyen los campos y sus capitales específicos- y la cultura incorporada o
interiorizada –el habitus, siguiendo la propuesta del sociólogo francés.
Ambas culturas se ponen en escena en forma de lo que él mismo denomina
prácticas culturales. En palabras de Rossana Reguillo (1997), esta
consideración se resume en “la observación de la presencia de instituciones,
discursos y prácticas objetivas en las representaciones de los actores urbanos”
(Reguillo, 1997: 24). La relación entre lo objetivo y lo subjetivo, dimensiones
básicas de la cultura y, por ende, de la identidad cultural, puede ser mirada y
objetivada en las prácticas sociales o culturales, a partir de ejes analíticos
y organizadores de la ciudad como son lo público y lo privado, lo central y lo
periférico y, en una dimensión más simbólica, lo legítimo y lo ilegítimo. Así
entonces, la ciudad no se reduce a su dimensión espacial o campal –objetiva-,
pero tampoco es sólo un conjunto de representaciones incorporadas por los
sujetos. Es, como queda claro en la afirmación anterior, una compleja
combinación entre ambas dimensiones.
Las percepciones acerca de la ciudad contemporánea se
alimentan en gran medida del imaginario urbano construido, representado y
narrado por los medios de difusión masiva. Así entonces, la ciudad y sus
representaciones mediáticas se producen mutuamente. Como constructores de la
realidad, o difusores de representaciones sociales[11] acerca del
mundo, los medios configuran un determinado “mito urbano”. En palabras de
Amendola (2000), “viajamos atraídos por estas imágenes de ciudad y de lugares,
frecuentemente sólo para encontrar en la experiencia la confirmación de la
imagen conocida y para poder narrar nosotros mismos un relato de ciudad ya
escrito” (Amendola, 2000: 173). En este sentido, compartimos con el autor que
la imagen urbana, en su dimensión mediatizada, es penetrante y constituye un
importante factor de socialización que anticipa el conocimiento de las
ciudades, que se convierten en algo conocido antes de haber sido vividas o
experimentadas.
En la misma línea se sitúa la reflexión de Gómez
Mompart (1998), quien afirma que “la construcción imaginaria
de la ciudad, producida por las industrias de la cultura y de la comunicación,
entabla individual y colectivamente un diálogo con el ciudadano, quien
contrasta su visión con la versión mediática, retroalimentándose mutuamente”
(Gómez Mompart, 1998: 3).
En este sentido, se puede decir que los ciudadanos,
sujetos sociales, leen la ciudad como primer referente de su experiencia
existencial, y a la vez, negocian sus percepciones y vivencias con las lecturas
que vienen propuestas –o impuestas- por parte de los medios de difusión masiva.
Se produce, así entonces, una negociación –que puede ser compartida o puede
generar un choque- entre las cosmovisiones producto de la experiencia subjetiva
de los individuos y las versiones que los medios construyen sobre la
experiencia urbana.
Lo interesante del debate es ver hasta qué punto una
y otra dimensión pueden entenderse de forma independiente. Esto es, ¿hasta qué
punto podemos hablar de experiencias y percepciones subjetivas acerca de la
ciudad sin tomar en cuenta la imagen que de ella transmiten los medios? Y a la
inversa, ¿pueden los medios construir versiones sobre la experiencia urbana sin
antes aprehender cómo es que está siendo vivida la ciudad por parte de los
sujetos que la habitan? La imposibilidad de dar respuesta a una y otra pregunta
nos sitúa en el centro del debate, y hace que consideremos, antes que nada, la
interdependencia entre las versiones e imágenes de la ciudad, vivida y
construida mediáticamente.
Las imágenes que de la ciudad tienen sus habitantes
–y, siguiendo la argumentación del párrafo anterior, también aquellas personas
que no la habitan- se nutre, por tanto, de construcciones mediáticas. Sin
embargo, el vivir la ciudad aporta una experiencia que difícilmente puede ser
substituida por la imagen que de ella conforman los media. Esta
afirmación se sustenta en que, a pesar de que una ciudad es impensable sin su
relato, sin el imaginario o la representación que se crea entorno a ella, dicho
relato es diferente al objeto que
representa; no obstante, analíticamente es difícil, quizás imposible, cortar
esta estrecha relación entre la ciudad y las narraciones que la toman como
objeto a representar.
Y es que la ciudad puede ser mirada y vivida de
muchas y muy diversas maneras. Las narraciones de los medios son, solamente,
una forma posible de ver la ciudad. Dada esta multiplicidad de miradas, de
formas de ver y vivir las ciudades, podemos decir que las fronteras entre la
ciudad y los relatos que se hacen de ella tienden a perderse o, al menos, a
difuminarse. Y a ello han contribuido en gran medida los discursos de los
medios de comunicación, en cuyos discursos “el mundo real se transforma en un
espectáculo permanente en el que se eliminan las barreras entre actor y
espectador, entre simulación y realidad, entre historia y ficción” (Amendola,
2000: 81).
Desde otras
perspectivas, se pone el énfasis en los tipos de discursos que circulan por el
espacio urbano, discursos que se entretejen para dar lugar a formas de
socialización concretas. Y, por ende, a formas de percepción (autopercepción y
heteropercepción) también específicas. Hugo Gaggiotti (2001) considera que en
la ciudad pueden producirse dos tipos de discursos: unos, los que incluyen las
percepciones de los elementos de la cultura que entienden el término “ciudad”
en función de estructuras permanentes de la mentalidad constitutiva de la
cultura urbana (el pueblo, el vecindario, la ciudad); y otros, los que incluyen
las percepciones de los grupos sobre acciones propias a la vida urbana,
acciones que los grupos advierten indisolublemente unidas a lo urbano y hacen
que la ciudad se perciba especialmente a partir de estas categorías mentales. Sobre estas percepciones, dice Gaggiotti (2001), los
grupos gestan una percepción de la ciudad en la que reconocen tres formas
posibles:
a. Una ciudad
idealizada en el pasado, que les sirve para explicar el origen y justificar
y tratar de entender su presente por la búsqueda del génesis, el "de dónde
venimos", "cómo nacimos". Esta ciudad se construye a partir de
la invención de elementos simbólicos, lugares y personajes, que se ligaran muy
especialmente a un momento, también simbólico, que se denomina la
"fundación de la ciudad".
b. Una ciudad idealizada en el futuro, que
ayuda a los grupos a organizar su proyecto de ciudad, la cual se compara y liga
a otras ciudades. En esta mimesis con otras ciudades se procura, además, la
búsqueda de la identidad colectiva a partir de la comparación ("somos
como", "somos distintos a", "Barcelona es como").
c. Una ciudad idealizada en transición, que cohesiona los grupos
en torno a un discurso polarizador, o bien a favor de la ruptura con el pasado
o bien a favor de la continuidad con el pasado, como condición indispensable
para la consecución de la ciudad (Gaggiotti, 2001: 229)[12].
Por lo dicho en este apartado, consideramos que un
ámbito que no consiga establecer condiciones para la comunicación es imposible
que se constituya como ámbito urbano. Vista
desde la comunicación, la ciudad se convierte en un escenario con anclajes de
creatividad teórico-metodológica para “entender las distintas formas de
agregación social y las maneras que los actores se sitúan en su entorno
espacial en un proceso que los constituye al tiempo que son constituidos,
dinamizando (con ellos) la cultura” (Reguillo, 1995: 131).
Así entonces, la ciudad es escenario privilegiado de
interacciones sociales y, por tanto comunicativas. Desde esta perspectiva,
deberíamos entender la ciudad como sistema de comunicación, como red de
relaciones sociales que sólo son posibles mediante la comunicación.
IV.
La comunicación como principio constructivo de las
identidades
La construcción de identidades se fundamenta en
sistemas de clasificaciones de los sujetos sociales, establecedores de un
“nosotros” frente a un “ellos”. Dichas construcciones requieren de interacciones
entre sujetos, y la interacción es, en sí misma, comunicación. Partiendo de
esta definición que entiende la comunicación como
proceso básico para la construcción de la vida social, como mecanismo activador
del diálogo[13] y la convivencia, debemos preguntarnos qué papel
juega ésta en el juego constante de negociaciones, de definiciones y
redefiniciones identitarias.
Un enfoque
interesante para el estudio de la identidad desde la óptica de la comunicación lo proporciona la
Psicología Social, que ha abordado la comunicación como proceso mediante el que
el ser humano adquiere la conciencia de sí mismo. Los orígenes sociales del self
o “sí mismo” se pueden sintetizar como sigue: la conciencia de uno mismo se
construye de forma dinámica a través de las interacciones que los sujetos
establecen entre sí.
IV.1. Los aportes del Interaccionismo Simbólico[14]
Que nos podamos percibir como un
“yo” (o dentro de un “nosotros”) depende de nuestra capacidad para ver a los
demás como “otros”. La cultura y el aprendizaje humanos se realizan mediante la
comunicación, o interacción simbólica, por la que se adquiere el propio sentido
del ser, carácter e identidad. Según Ch. Horton Cooley (1964), el yo reflejado,
o "yo espejo", es la constitución de un yo a partir de la interacción
con los demás. Para otro de los autores más representativos de la corriente del
Interaccionismo Simbólico, G. Herbert Mead (1959), esta constitución hace del
yo un ser objetivo y subjetivo, de forma que este último es capaz de considerar
al objetivo (mi o me) abriendo paso a la conciencia. Para Mead, vamos
adquiriendo nuestro sentido del yo de un modo simétrico a nuestro sentido de la
existencia del otro. Así, cada uno de nosotros llega a ser consciente de una
especie de “otro generalizado”, a saber, la sociedad en general.
Cada
situación de interacción se define atendiendo al bagaje simbólico que poseemos
y que proyectamos in
situ, definiendo la
situación. La interacción
simbólica resulta ser un medio por el cual se realiza la socialización humana
que acompaña toda la vida del ser social. En definitiva, los procesos individuales
y sociales son como repertorios articulables de interacciones sociales cargadas
paulatinamente de más significados, según se amplían y diversifican las
experiencias. Así, el sentido del yo y el sentido del otro generalizado, a
través de este tipo de interacciones simbólicas, se van manteniendo y
reforzando, permitiendo a los seres humanos reconocerse como tales y dotar de
sentido a sus experiencias.
Dentro de las teorías sociales, y la teoría de la comunicación es una de
ellas, podemos hablar de la existencia de tres perspectivas básicas: la
positivista, la hermenéutica y la sistémica. Desde esta última, también llamada
situacionista, se promueve una metodología sistémica más compleja que las
propuestas en los enfoques anteriores, lo cual implica un distanciamiento de la
dicotomía entre cuantitativo y cualitativo.
El Interaccionismo Simbólico se sitúa en la última de las perspectivas
anteriores. Sus postulados básicos son los siguientes: 1) Los humanos actúan
respecto de las cosas sobre la base de las significaciones que éstas tienen
para ellos; 2) La significación de estas cosas deriva, o surge, de la
interacción social que un individuo tiene con los demás actores; y 3) Estas
significaciones se utilizan como un proceso de interpretación efectuado por la
persona en su relación con las cosas que encuentra, y se modifican a través de
dicho proceso. Las tres premisas anteriores convergen en el énfasis dado a la
naturaleza simbólica de la vida social. El análisis de la interacción entre el
actor y el mundo parte de una concepción del actor y del mundo como procesos
dinámicos y no como estructuras estáticas y escleróticas. Por tanto, se asigna
una importancia enorme a la capacidad del actor para interpretar el mundo
social y para actuar en él.
Uno de los conceptos de mayor importancia dentro de la corriente del
Interaccionismo Simbólico fue el de self,
propuesto por Goerge Herbert Mead (1959). En términos generales, el self (“sí mismo”) se refiere a la
capacidad de considerarse a uno mismo como objeto. Así, tiene la peculiar
capacidad de ser tanto sujeto como objeto, y presupone un proceso social: la
comunicación entre los seres humanos. El mecanismo general para el desarrollo
del self es la reflexión, o la
capacidad de ponernos inconscientemente en el lugar de otros y de actuar como
lo harían ellos. Para Mead (1959: 184-185), "sólo asumiendo el papel de
otros somos capaces de volver a nosotros mismos", lo cual nos lleva a
remarcar, una vez más, la total interdependencia entre la identidad y la
alteridad.
De Erving
Goffman (1979) retomamos, sobre todo, su enfoque dramático de la vida
cotidiana. En términos generales, el enfoque dramático permite comprender tanto
el nivel macro (institucional) como el nivel micro (percepciones, impresiones y
actuaciones de los individuos) y, por lo tanto, el de las interacciones
generadoras de la vida social. Sin embargo, el poder interpretativo de este
modelo tiene como límites a los mundos culturales análogos al de las sociedades
anglosajonas, por lo que deberá ser alimentado con estudios de casos que
permitan el ajuste de las categorías de análisis a los contextos
correspondientes.
Uno de los
elementos más decisivos de la obra de Goffman (1979) fue la conceptualización
del “ritual”. Su enfoque nos acerca a una forma de comprender el ritual que lo
aleja de lo extraordinario y lo ubica como parte constitutiva de la vida diaria
del ser humano. Para el autor, la urdimbre de la vida cotidiana está conformada
por ritualizaciones que ordenan nuestros actos, por lo que podemos ver a los
rituales como manifestaciones de la cultura encarnada, incorporada,
interiorizada. O lo que es lo mismo, podemos ver a los rituales como puestas en
escena –prácticas- de lo que Pierre Bourdieu (1972) denomina habitus[15], esto es, la cultura incorporada,
interiorizada por los sujetos sociales.
Las personas
actúan tras una “máscara expresiva”, una “cara social”, dice Goffman (1979),
que le ha sido prestada y atribuida por la sociedad, y que le será retirada si
no se comporta del modo que resulte digno de ella[16]. En este
sentido, los individuos actúan en la escena cambiante de la vida cotidiana
tratando de presentar cada vez una imagen convincente y positiva de sí mismos
según la naturaleza de la escena presentada y las expectativas de los interlocutores.
El término de máscara de Goffman (1979) ha sido equiparado, en otros casos, con
el concepto de fachada. Teresa Velázquez (1992) define la fachada como “lo
visible del individuo, las formas de presentación (acciones, actitudes, manera,
tono, indumentaria...) en cada momento de actuación” (Velázquez, 1992: 116).
Rescatamos dos
ideas básicas del concepto de ritual de Erving Goffman (1979). La primera es
que nos permite relacionar a los rituales con los procesos de comunicación,
puesto que los primeros son actos humanos expresivos que requieren de la
comunicación para existir. La segunda idea hace referencia a la relación entre
los rituales y la comunicación específicamente no verbal, objetivada en los
movimientos del cuerpo, en tanto que los rituales actúan sobre el cuerpo
generando obligatoriedad y asimilación de posturas según el contexto cultural
en el que el individuo se halle inmerso.
Junto con los
aportes del Interaccionismo Simbólico consideramos pertinente hacer un breve
apunte acerca de las tesis comunicacionales aportadas por la Escuela de Palo
Alto, también conocida como Universidad Invisible. Según Watzlawick, Beavin y
Jackson (1967), es imposible no
comunicar, por lo que en un sistema dado, todo comportamiento de un miembro
tiene un valor de mensaje para los demás; en segundo lugar, en toda
comunicación cabe distinguir entre aspectos de contenido – semánticos- y
aspectos relacionales entre emisores y receptores; como tercer elemento básico,
los autores señalan que la definición de una interacción está siempre
condicionada por la puntuación de las secuencias de comunicación entre los
participantes; por último, establecen que toda relación de comunicación es
simétrica o complementaria, según se base en la igualdad o en la diferencia de
los agente que participan en ella, respectivamente.
La principal
aportación de estas corrientes de estudio es que “el concepto de comunicación
incluye todos los procesos a través de los cuales la gente se influye
mutuamente” (Bateson y Ruesch, 1984). En este sentido, se rompe con la visión
unidireccional de la comunicación y se abren las posibilidades para comprender
el fenómeno desde una óptica circular, que sin duda alguna, enriquece el debate
comunicativo y permite relacionar la comunicación con otros aspectos de la
cultura y la sociedad, en este caso, con la construcción de las identidades.
V.
La comunicación en el estudio de las migraciones
En otro orden de ideas, debemos ver qué papel juega
la comunicación en la construcción y reconstrucción de las identidades en el
caso concreto de los sujetos inmigrantes. Un enfoque interesante es el que
plantea Néstor García Canclini (1990), quien define los cambios identitarios
que se producen por los movimientos migratorios a partir de dos conceptos: la
descolección y la desterritorialización. Ambos procesos ponen en duda que la identidad esté formada
a partir de la ocupación de un territorio delimitado y con base a la colección
de objetos, prácticas y rituales. Para García Canclini (1990), “las migraciones
dan un espacio propicio para entender el sentido de la desterritorialización de
la cultura” (García Canclini, 1990: 42) y, por tanto, ofrecen también un rico
panorama para un acercamiento a los cambios y modificaciones identitarias
a que están sujetos los
inmigrantes. A este concepto se
contrapone lo que Gilberto Giménez denomina
reterritorialización. Según
Giménez (2001), si bien “la
globalización implica cierto grado de desterritorialización con respecto a las
formas tradicionales de territorialidad dominadas por el localismo y el sistema
internacional de estados-naciones, constituye en realidad una nueva forma de
apropiación del espacio por parte de nuevos actores” (Giménez, 2001: 8).
Esta forma de
entender las migraciones, relacionadas con la identidad y con el espacio, nos
hacen replantear la validez de las categorías que se han venido usando hasta
hace pocos años para referirse al territorio. Necesitamos, tal y como afirma
Roger Rouse (1988), “una cartografía alternativa del espacio social, basada más
bien sobre las nociones de circuito y frontera” (Rouse, 1988: 1-2). El autor propone estos conceptos para romper
con la dicotomía clásica entre centro y
periferia.
Las migraciones han sido tradicionalmente abordadas por disciplinas como
la antropología y la sociología. Las ciencias de la comunicación han surgido en
el panorama de estudio muchos años después, con propuestas que generalmente
parten de una visión de la comunicación reducida a lo massmediático. Así
entonces, predominan estudios acerca de los discursos de los medios sobre la
inmigración, sobre el papel de los medios en la integración de los inmigrantes,
etc. Se deja a un lado, por tanto, todo lo referente a la comunicación
interpersonal.
Sin embargo, desde los años noventa viene desarrollándose cada vez con
más fuerza la corriente de estudios de la Comunicación Intercultural. Desde
esta perspectiva, la comunicación recupera su dimensión de interpersonal, y se
entiende como diálogo, como vínculo, como interacción. Sin embargo, y pese a la
importancia que otorgamos a este tipo de estudios, se advierte una falta de
sistematización de la información obtenida, que puede deberse a la poca
reflexión metodológica y técnica con la que son abordados los estudios de
comunicación intercultural.
Además de abrir el árbol de exploración conceptual, es necesario, por
tanto, alimentar las investigaciones con una reflexión mayor acerca de los
métodos y las técnicas empleados. En esta dimensión, las técnicas de
entrevista, entre las que se encuentra la historia de vida, pueden abrir nuevos
caminos de búsqueda que, sin duda, ampliarán y darán más alcance a la
investigación en comunicación intercultural.
En el caso que nos ocupa, son pocos los estudios que abordan la
inmigración desde la dimensión interpersonal de la comunicación. Destacan
trabajos acerca de redes entre migrantes, pero hay que destacar que en muy
pocas ocasiones estos trabajos son realizados desde la comunicología, siendo la
historia, la antropología y la sociología las disciplinas que mayor presencia
han tenido en el abordaje de este objeto de estudio.
Para concluir, y
para dejar clara la importancia de la dimensión interpersonal de la
comunicación en los estudios sobre inmigración, podemos aventurarnos a exponer
algunas de las situaciones comunicativas en que se hallan inmersos los
inmigrantes. Los sujetos inmigrantes se comunican con su núcleo más cercano
(generalmente compatriotas), con inmigrantes procedentes de otros países, con
ciudadanos “autóctonos” (donde entra en juego la relación de auto y heteroidentificaciones)
y con el entorno, en el sentido físico-simbólico del mismo (con las calles, con
sus itinerarios urbanos, con los objetos culturales que usan en sus vidas
diarias, con los espacios privados, etc.).
En estos juegos
de vínculos, de negociaciones comunicativas, los inmigrantes –así como
cualquier otro individuo- ponen en escena su “yo”, de modo que la interacción
entre ellos y los otros genera nuevas formas de percepción de uno
mismo.
VI.
A modo de cierre
Este texto ha pretendido abrir la reflexión en torno
a las posibles aportaciones que la comunicología puede hacer al estudio de la
relación entre identidad, ciudad y migración. Lejos de querer abordar
ampliamente estos tres conceptos, se ha pretendido exponer brevemente cómo
pueden ser tratados desde el enfoque de la comunicación. De alguna forma, y sin
desmerecer los estudios sobre medios, uno de los puntos clave del ensayo ha
sido la consideración de la interacción como dimensión comunicológica
fundamental para estudios que no tienen como centro de reflexión a los medios
de difusión masiva. Como ha quedado demostrado en el apartado dedicado a la
interacción social y comunicativa, la psicología social y la sociología
fenomenológica han nutrido en gran manera a la mirada comunicológica, sobre todo
para el abordaje de las identidades, como construcciones del yo frente
al otro, así como para el abordaje de la ciudad, considerada ésta como
escenario de la sociabilidad.
Sin otro
objetivo que el de abrir el debate de los objetos de la comunicología, las
reflexiones anteriores han puesto de manifiesto la importancia del enfoque de
la comunicación en un caso específico: la relación entre la identidad, la
ciudad y la migración.
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[1]Galindo, Jesús. “De la sociedad de información a la comunidad de comunicación. La cibercultura en evolución a través de la vida social de las tecnologías de información y comunicación”, disponible en http://www.geocities.com/arewara/arewara.htm (Fecha de consulta: Abril de 2002).
[2] Cabe destacar que Moreno parte de un paradigma concreto que “.se
ocupa de examinar cómo se han organizado históricamente las relaciones sociales
entendidas como relaciones comunicativas, y teniendo en cuenta su globalidad y
su transformabilidad o dinamicidad” (Moreno, 1990: 18).
[3] El enfoque físico lo encontramos en la propuesta del proceso
lineal de comunicación de Shannon y Weaver, desarrollado en los años 40. Los
enfoques críticos, representados en los trabajos de Adorno y Horkheimer, entre
otros, tuvieron su máximo esplendor en la época de entreguerras, mientras que
los enfoques lingüísticos de Saussure son próximos a la década de los 60. En
esa misma década triunfan las perspectivas de corte sistémico, propuestas por
los integrantes de la llamada Escuela de Palo Alto, específicamente por Bateson
(1972), Watzlawick (1967) y Goffman (1969). Previas a todos estos enfoques, los
años 30 se caracterizan por el auge de los estudios de los efectos de los
medios de comunicación de masas, cuyos máximos representantes fueron Lasswell,
Lazarsfeld y Hovland.
[4] La mirada comunicológica a la ciudad, la identidad y la inmigración abarca, al menos, tres de las dimensiones de la comunicología: difusión, interacción y estructuración. En cuanto a las fuentes teóricas, son sobre todo la sociología cultural, la sociología fenomenológica y la psicología social las disciplinas que han hecho aportaciones al estudio de los tres objetos antes mencionados.
[5] En palabras de Marc y Picard
(1992), “la comunicación puede ser definida como un sistema abierto de interacciones; esto significa
que aquello que sucede entre los interactuantes no se desenvuelve nunca en un
encuentro a solas cerrado, en un ‘vacío social’, sino que se inscribe siempre
en un contexto” (Marc y Picard, 1992:
39).
[6] De hecho, Parsons (1966)
concibe al complejo de comunicaciones interpersonales como uno de los elementos
que conforman cualquier estructura comunitaria; para el autor, las relaciones
de interacción entre dos personas están relacionadas en su aspecto físico, dos
lugares discernibles entre sí; pero la comunidad no se queda en este mero
intercambio físico o espacial, ya que la comunicación siempre supone el poseer
una cultura común.
[7] Para Durkheim (1973) existe,
por encima de las representaciones privadas de los sujetos, un mundo de
“nociones-tipo” que regula las ideas y que supera al propio individuo. Así
entonces, el individuo interactúa con estos códigos para transformarlos y
estructurarlos según su interpretación personal.
[8] Según la tesis interaccionista, la construcción cognoscitiva del sujeto se
produce por la interacción con el medio ambiente, a través de una relación de
interdependencia o de bidireccionalidad entre el sujeto cognoscente y el objeto
cognoscible.
[9] En una línea similar, M.
Carmen López (1994: 218) afirma que “la forma más concreta de interacción
social es la comunicación”. La autora añade que “la comunicación presupone un
fenómeno más fundamental: la intersubjetividad. Efectivamente, la comunicación
con otro, en cualquier caso, debe presuponer la existencia del otro como
posible receptor e intérprete del significado comunicado” (López, 1994: 229).
[10] El autor define la conmutación como "un conjunto de técnicas y de dispositivos que permiten reordenar, reorganizar, de una forma permanente los nexos sociales, los lazos interindividuales de la vida cotidiana” (Guillaume, 1993: 48-49).
[11] Hablar de representaciones sociales implica una referencia obligada al
concepto de “conciencia colectiva” de Durkheim (1970). Esta noción “es del todo
pertinente para comprender la sociedad contemporánea y sus diversas
efervescencias, las que se efectúan en torno o a partir de sentimientos, de
emociones, de imágenes, de símbolos, causas y efectos de esta conciencia
colectiva” (Maffesoli, 2001: 101). En este sentido, la ciudad no se constituye
únicamente de cosas materiales, sino que la idea que los individuos se hacen de
la ciudad misma es tanto o más importante que la imagen material que la ciudad
desprende o contiene.
[12] Estas tres formas pueden
complementarse con lo que Michel Foucault (1984) denomina ciudad tópica,
utópica y heterotópica. Dichas formas de ciudad han quedado expuestas en el
capítulo 2 de esta segunda parte de la investigación.
[13] Para
abordar este asunto se ha utilizado el concepto de diálogo intercultural,
entendiendo que las relaciones interculturales pueden ser visualizadas como
“acciones en situación de comunicación” (Velázquez, 2001: 3). Pese a esta
consideración de la comunicación como mecanismo activador del diálogo, no hay
que caer en la simplificación de asociar automáticamente comunicación y diálogo
intercultural. Al respecto, retomamos la apreciación de Xavier Laborda (1993):
“La comunicación es un camino que va hacia la alteridad, hacia el que no soy
yo. En muchas ocasiones, sin embargo, resulta totalmente insuficiente”
(Laborda, 1993: 96).
[14] Fue Herbert Blumer quien, en
1938, otorgó el nombre de Interaccionismo Simbólico a esta corriente. Las
escuelas que la integran ser marcaron como finalidad el estudio de los procesos
de interacción social en el entendido de que éstos tienen por sustancia el
intercambio comunicacional. En lo fundamental, el Interaccionismo Simbólico
postula que las definiciones de las relaciones sociales son establecidas de
forma interactiva por sus participantes.
[15] “El habitus se define como
un sistema de disposiciones durables y transferibles –estructuras estructuradas
predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes- que integran todas
las experiencias pasadas y funciona en cada momento como matriz estructurante
de las percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes cara a una
coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a predecir” (Bourdieu, 1972:
178). Así pues, el habitus, como cultura incorporada, es el conjunto de
esquemas prácticos de percepción, apreciación y evaluación, a partir del cual
los sujetos producen sus prácticas, su cultura en movimiento.
[16] La acción dramatúrgica es la
interacción entre un agente social que hace presentación de sí mismo, y un
grupo social que se constituye en público. El actor suscita en su público una
determinada imagen o impresión de sí, revelando su subjetividad de forma más o
menos calculada con miras a esa imagen que quiere dar. La acción dramatúrgica
está dirigida a un público que desconoce las intenciones estratégicas y cree
estar en una acción orientada al entendimiento.