Hacia una pedagogía de
la investigación en comunicología. Reflexiones desde la práctica.
Academia
de Comunicación y Cultura
http://www.geocities.com/mrizog
En este artículo se presenta
una reflexión en torno a la pedagogía de la investigación en comunicología. El
debate se sitúa en el cómo de la enseñanza de la investigación en el campo de
la comunicología, y específicamente en los niveles de licenciatura. A la
reflexión en torno a los conceptos básicos que hay que tomar en cuenta para
pensar la pedagogía de la investigación se aúna la exposición de ejemplos
prácticos que pueden ayudar a ilustrar las ideas presentadas. Un primer momento
está constituido por la exposición de las diferencias entre investigar y
enseñar a investigar; en un segundo momento se proponen algunos lineamientos
que ayuden a la formación de investigadores en el campo de la comunicología; el
texto se cierra con algunos comentarios que han resultado de la práctica
docente de la autora.
Palabras
clave:
Investigación,
pedagogía, comunicología.
Las aptitudes que hacen
posibles las actitudes y prácticas de investigación no son naturales, sino que
son aprehendidas, incorporadas a lo largo del proceso de enseñanza y
aprendizaje de los estudiantes. Desde el ámbito académico es necesario no
omitir las condiciones que posibilitan la práctica investigativa, esto es, la
emergencia de sujetos con el hábito de investigación adquirido. Antes de ello,
sin embargo, es importante aclarar las distinciones entre investigar y enseñar
a investigar. Una cosa son las disposiciones, competencias y modos de
pensamiento y acción que implica la práctica de la investigación social; y la
otra son las formas como facilitamos estas habilidades en el momento de la experiencia
en el aula. En este punto, más que situar el debate en lo que entendemos por
investigar, ubicamos la reflexión en torno a cómo los docentes estamos
enseñando a investigar. La reflexividad llega a su máximo nivel si nos
planteamos no sólo cómo estamos enseñando a investigar, sino también qué
aptitudes y qué lagunas o ignorancias tenemos los docentes para transmitir
estos conocimientos prácticos.
Pensar la investigación
supone una aproximación a conceptos tales como conocimiento, teoría, habilidades,
actitudes, prácticas de campo, análisis, espacio conceptual, entre otros
muchos. Si bien los conocimientos teóricos son fundamentales para la praxis
investigativa, no debemos considerarlos suficientes por sí mismos. Y esto,
porque investigar es una práctica que retorna sobre sí misma, que se apropia de
las operaciones, acciones y caminos recorridos, y utiliza sus errores para
reformularse. En este sentido, la investigación es reflexiva, es un proceso en
continua construcción y reconstrucción, y en ningún caso es algo estático. En
el ámbito de la pedagogía, estas afirmaciones implican el análisis de las
estrategias de enseñanza-aprendizaje que se están poniendo en práctica en las
materias relacionadas con la investigación.
Este texto se centra, particularmente,
en la enseñanza de la investigación en el campo de la comunicación. Y esta
elección no es en balde. Siendo la comunicología una disciplina que todavía no
goza de una delimitación totalmente consolidada, nos parece pertinente abordar
qué metodologías, métodos y técnicas estamos proporcionando los docentes a los
estudiantes de las licenciaturas en comunicación. Pareciera obvio decir que las
ciencias de la comunicación se han alimentado de metodologías procedentes de
otras disciplinas, tales como la sociología y la antropología; sin embargo, y
aunado a la necesidad de re-pensar la especificidad de la mirada
comunicológica, consideramos necesario hacer hincapié en las particularidades
que debiera tener la investigación en este campo de pensamiento.
El planteamiento de una
pedagogía de la investigación se ubica en un debate de mayor alcance, el que
aborda las diferencias y semejanzas entre la educación y la formación. A esta
última la entendemos como un proceso propio del ser humano, mientras que la
educación hace referencia a algo más restringido como es la producción de
conocimientos en una situación de interacción entre profesores y estudiantes.
Al respecto, Bernard Honore (1980, p. 20) afirma que
la formación puede ser
concebida como una actividad por la cual se busca, con el otro, las condiciones
para que un saber recibido del exterior, luego interiorizado, pueda ser
superado y exteriorizado de nuevo, bajo una nueva forma, enriquecido, con
significado en una nueva actividad.
Esta afirmación viene a
confirmar que el proceso de formación se da en una dinámica de interioridad y
exterioridad, que transforma no sólo a los individuos, sino a toda la
colectividad en la que éstos están inmersos, así como a la cultura a la que
pertenecen. En este sentido, la educación nunca es un proceso individual; es,
antes que nada, la objetivación de la distribución colectiva del conocimiento.
Como afirma Jorge A. González (2003, p. 36),
la inteligencia no tiene nada que ver con una medida o un ‘don’
individual, siempre está distribuida. Por supuesto que no hay inteligencia
distribuida sin individuos, pero nuestra inteligencia (nuestra capacidad
para resolver con eficacia diversos problemas) no está localizada ‘en la
cabeza’ de cada cual, sino que siempre está distribuida en los objetos que
manipulamos, en las relaciones que mantenemos y en las interacciones
lingüísticas que generamos.
Por tanto, si el concepto de
educación es reducido a la mera transmisión de saberes, a la transmisión de
información, la educación y la formación están poco relacionadas. No ocurre lo
mismo si extendemos la educación a todas las dimensiones de lo humano, al
desarrollo de las potencialidades del ser. En este último sentido, estaríamos
considerando a la educación y la formación como un mismo proceso.
II.1. El vínculo entre profesor y estudiante
Los procesos de
enseñanza-aprendizaje se caracterizan, antes que nada, por la situación de
interacción que se da entre el profesor o facilitador y los estudiantes. En la
enseñanza de materias teórico-prácticas, como es el caso de la investigación,
el vínculo se acentúa porque el profesor se encuentra ante un grupo de
estudiantes a quien transmitir, no tanto saberes teórico-conceptuales, sino más
bien prácticas y habilidades, aptitudes para el quehacer investigativo.
Esta consideración de
interacción entre profesor y estudiante rompe con el paradigma clásico de la
enseñanza magistral. Jesús Ibáñez (1985) afirma, en términos metafóricos, que
sólo se puede aprender cuando la “víctima” –el estudiante- rompe la relación
con el “verdugo” -el profesor-:
El doble papel del profesor, el que enseña
(y examina) y el que permite aprender, genera una situación de doble vínculo o
doble ligadura sin salida aparente (…) Aprender y aprobar no son compatibles,
sólo puede aprender el que no necesita aprobación. Sólo se empieza a aprender
después que se ha aprobado, después que la víctima ha roto su relación con el
verdugo. (Ibáñez, 1985, pp. 302-303).
Cualquier propuesta
pedagógica, en este caso la enseñanza de la investigación en el campo de la
comunicología, debe plantearse esta relación entre docente o facilitador y
estudiantes. Enseñar implica, por tanto, la puesta en escena de la relación
entre profesor y alumno. Y por ello, es importante tener en todo momento
presente esta situación de interacción.
En términos generales, la
investigación se puede comprender como la representación concreta de la
actividad científica. Así considerada, la investigación “aglutina a todo un
conjunto de procesos de producción de conocimientos unificados por un campo
conceptual común, organizados y regulados por un sistema de normas e inscritos
en un conjunto de aparatos institucionales materiales” (Ducoing et. al., 1988,
p. 23).
Sin embargo, enmarcada en la
dimensión más amplia de la formación, la investigación no debe –quizás ni
puede- ser transmitida como un objeto, sino
que ha de entenderse como un proceso en constante desarrollo, como un
constante abrir y cerrar, como un camino fundamentado en preguntas que dará
lugar a nuevas interrogantes.
Así, para la formación en
investigación hay que tomar en cuenta que el aprendizaje siempre será más
eficaz si se logra que el estudiante entienda la investigación como algo en lo
que está involucrado. Esto es, se debe transitar de la enseñanza de la
investigación como materia obligatoria a la formación de investigadores que
comprendan la investigación desde un orden de deseo y pasión. Desde un orden de
implicación, compromiso y significación.
III.1. Rasgos de la investigación
Investigar es producir
conocimientos, resolver problemas, plantear preguntas, intervenir en lo social
con voluntad transformadora. De todas estas formas de comprender la
investigación nos parecen fundamentales las dos primeras, en tanto que
consideramos que la investigación no es posible sin la existencia de un
problema práctico o de la vida cotidiana que el investigador transformará en
problema de conocimiento. Todo ello nos lleva a apuntar algunas características
básicas de la investigación:
-
Es un quehacer práctico. No
hay investigación sin problema, sin fundamentación teórico-conceptual.
-
Es un quehacer vinculado con
los problemas y necesidades nacionales.
-
Es un quehacer de carácter
institucional.
-
Es un quehacer
comprometido que cuestiona el rumbo y los significados de la construcción
científica y que se interesa por los por qué, para qué y para quiénes
investigamos. (Sánchez Puentes, 1991, p. 88).
Investigar
es, por tanto, una actividad práctica, orientada a la resolución de problemas,
ubicada en un marco institucional –público o privado- y comprometida con la
construcción de conocimiento sobre lo social. Por otra parte, hablar del oficio de investigador es hablar del know how del quehacer científico, esto
es, del conjunto de saberes, estrategias y habilidades básicas para la
actividad de la investigación. En términos metafóricos, Jesús Ibáñez (1996)
define la investigación como
una
operación de caza. Investigar viene de vestigo
(seguir las huellas de la presa en el camino). Los dispositivos de
investigación son dispositivos de prelación: son capturados los cuerpos (en la
selección de la muestra, o en la reunión de grupo, o en la elección de una
institución) y son capturadas las almas –las hablas- (en la entrevista, en la
discusión, en la asamblea). (Ibáñez , 1996, p. 61).
En otro sentido, Pierre
Bourdieu apunta a la interdependencia necesaria entre la teoría y la
investigación. Parafraseando a Kant, Bourdieu (1995, p. 116) afirma que la investigación
sin teoría es ciega, y lo mismo a la inversa. Así, y aunque se privilegie la
dimensión de intervención, práctica, de la actividad de investigación, es
necesario no perder de vista que toda investigación debe sustentarse en un
espacio teórico-conceptual concreto, en una suerte de lente teórica que
permitirá al investigador ver más allá de lo evidente.
La enseñanza de la
metodología de investigación no debe asumirse completamente como sinónima de la
enseñanza de la investigación. La metodología se puede enseñar de forma
expositiva, a partir de la presentación de los métodos, técnicas e instrumentos
que ordenan la producción de conocimientos acerca del mundo social. Distinta a ello es la enseñanza de la
investigación, esto es, la transmisión de aptitudes para la práctica
investigativa. Se suele decir que el modo de aprender a investigar es
investigando. O lo que es lo mismo, sólo se puede enseñar a investigar desde la
práctica, transmitiendo modos de hacer, operaciones y habilidades a los
estudiantes.
La posibilidad de la
práctica de la investigación presupone la existencia de un sujeto peculiar. Un
sujeto que pueda comprender que las relaciones entre las cosas no son tan
importantes como las relaciones conceptuales entre problemas, y que estas
últimas constituyen el criterio básico para la delimitación de un objeto de
investigación.
Por otra parte, la enseñanza
de la investigación presupone introducir a este sujeto en unas reglas de juego
específicas, las del campo académico, o campo de construcción de conocimientos.
En este sentido, es pertinente un acercamiento al concepto de “campo” de Pierre
Bourdieu (1995, p. 54), quien lo define como
una red o configuración de relaciones objetivas entre
posiciones. Estas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en las
determinaciones que imponen a sus ocupantes, ya sean agentes o instituciones,
por su situación actual y potencial en la estructura de la distribución de las
diferentes especies de poder o de capital.
La constitución del sujeto
epistémico apuntado en párrafos anteriores nos sitúa ante una distinción
fundamental: sujeto de investigación no es sinónimo de sujeto de sentido común.
El primero incluye al segundo, pero no a la inversa. El sujeto del sentido
común es un sujeto dóxico[1],
es decir, afirma lo que cree y cree lo que ve. Dicho de otra forma, se trata de
un sujeto que no se pregunta cómo ha llegado a generar esa afirmación o juicio,
cómo ha llegado a creer lo que cree.
Es tarea de la pedagogía de
la investigación la inmersión de los sujetos –los estudiantes- en esta trama de
preguntas sobre el conocer, así como en los modos en que se opera con las
ideas, supuestos y preguntas de los que se parte y a los que se llega. Así
pues, la pregunta central no debe ser qué conocemos, sino más bien cómo
conocemos lo que conocemos. De ahí que se considere algo central de la
enseñanza de la investigación el asumir que todo trabajo de investigación parte
de un problema práctico que se convierte en problema de conocimiento.
Debemos superar, así
entonces, la idea de que enseñar metodología equivale a enseñar a investigar.
Se suele decir que es en los niveles de pregrado donde se debe enseñar
metodología, esto es, un lenguaje básico sobre el significado de la
investigación como construcción de conocimientos. Y que la enseñanza de cómo
hacer investigación debe dejarse para los niveles de postgrado, donde la formación de investigadores se fundamenta
en la formación de líneas y equipos de investigación. Sin embargo, somos de la
opinión de que una buena formación en investigación desde pregrado amplía las
capacidades de construcción de conocimiento por parte de los estudiantes. Y en
otro tenor, consideramos que la
enseñanza del quehacer investigativo, por su carácter eminentemente práctico,
puede ser fuente de motivación para los estudiantes de pregrado, que, no en
pocas ocasiones, consideran excesivamente teórica la formación que reciben.
IV.1. ¿Cómo plantear la pedagogía de la
investigación?
Esta pregunta puede
resolverse desde múltiples miradas o perspectivas. Son muchas las formas de
proceder, las formas de reflexionar en torno al cómo enseñamos a investigar. A
nuestro entender, las propuestas pueden sintetizarse en dos: o bien se enseña a
investigar a partir de una formación teórica sobre los métodos y técnicas de
investigación; o bien se enseña a investigar a investigando.
Sin ánimos de considerar
vacía tal distinción, sí nos parece pertinente remarcar el carácter simplista
de la misma. Nuestro enfoque parte de la vinculación entre teoría y praxis, de
la necesidad de no desligar el conocimiento de corte teórico y la construcción
de conocimiento a partir del trabajo empírico. El problema está en la
importancia otorgada a una y otra dimensión: la teoría y la práctica. Algo que
a nuestro entender se resuelve solamente en el momento de la práctica docente
de la investigación. En el momento de la enseñanza de la investigación, así
pues, hay que dejar claro que la teoría es necesaria e imprescindible para el
desarrollo de una investigación consistente. O lo que es lo mismo, pese a que
se enseñe a investigar investigando, desde la práctica, los estudiantes deben
ser conscientes, en todo momento, que la inmersión que hagan en su objeto de
estudio será más rica y compleja si se acercan a él con un marco teórico y
conceptual completo, mismo que les permitirá ver más allá de lo que se puede
observar a primera vista.
La enseñanza de la
investigación se produce a varios niveles. En primer lugar está el nivel
meramente pedagógico, esto es, el que se plantea cómo enseñar lo que se
pretende enseñar. En este punto, se puede partir de problemas cercanos a las
experiencias subjetivas y sociales de los estudiantes, de modo que sean éstos
mismos quienes decidan sus temas de interés. En otro orden está el nivel
epistemológico, que implica la innovación, esto es, el apartarnos de la forma
clásica de enseñar a investigar mediante la exposición de “recetas”
metodológicas. Siguiendo a Pierre Bourdieu (1993), no se puede escindir el
método de la teoría y de la práctica concreta de investigación, de modo que el
enseñar a investigar no puede limitarse a la exposición del cómo se investiga.
En este mismo nivel se debe plantear el tema de la vigilancia epistemológica,
esto es, la importancia de que el sujeto de investigación esté atento al
proceso de producción de conocimiento que está siguiendo, sin perder de vista
ninguna de sus acciones u operaciones prácticas. Lejos de ofrecer un catálogo
cerrado de formas de operar, en este punto se propone la reflexión constante
acerca de las propias prácticas, misma que contribuirá a una posterior mejora o
reformulación de las estrategias seguidas.
El último nivel, no por ello menos importante, es el de la comunicación
de la investigación. Esto nos acerca a la necesidad de impulsar, desde la
práctica docente, una cultura de comunicación sólida entre los estudiantes, que
permita una mayor interacción entre éstos, hacia adentro del grupo, y de ellos
hacia el exterior. Siguiendo a Jesús Galindo (2001a), la cultura de
comunicación constituye “hábitos de contacto, interacción, vínculo, con los
distintos y diversos”. Para el mismo autor, “con una alta y consistente cultura
de comunicación, los sujetos sociales buscan interactuar lo más posible para
intercambiar información, dialogar, imaginar juntos, colaborar, cooperar,
convivir” (Galindo, 2001b). En última instancia, no se debe desvincular la
práctica de la investigación del cómo esta se comunica o se da a conocer a
otros. En este tenor, y en una reflexión meramente pedagógica, es
imprescindible ofrecer a los estudiantes la posibilidad de elegir entre los
múltiples formatos o modalidades que puede adoptar el denominado informe de
investigación.
Todo lo dicho anteriormente
nos lleva a considerar que enseñar a investigar constituye una actividad
compleja, multidimensional. Sánchez Puentes (1995) resume la enseñanza de la
investigación a partir de los objetivos que la caracterizan. Para el autor,
enseñar a investigar es:
-
Fomentar y desarrollar una serie
de habilidades y actitudes propias de la mentalidad científica.
-
Capacitar y entrenar en
algunas formas probadas de generar conocimientos.
-
Transmitir el oficio de
productor de conocimientos. (Sánchez Puentes, 1995, p.125).
En términos pedagógicos, así
entonces, enseñar a investigar supone fomentar en los estudiantes la “capacidad
de plantear problemas originales a partir de reconstruir las diversas
aproximaciones a un objeto de estudio” (Díaz Barriga, 1990, p. 61). Dicho de
otro modo, los docentes debemos, por un lado, ejercitar la curiosidad de los
estudiantes para que sean capaces de plantear problemas prácticos creativos; y
por el otro, impulsar en ellos la capacidad para que conviertan estos problemas
en problemas de conocimiento, a partir de la lectura teórica y crítica de lo
que se ha dicho acerca de ellos.
La reflexión sobre la
enseñanza de la investigación privilegia una formación práctica para la
actividad científica. Se considera que se aprende a investigar investigando;
que se aprende a investigar al lado de un investigador; y que no se puede
enseñar a investigar separadamente de la teoría. En otro orden de
consideraciones, se suele definir a la investigación como forma de vida, y se
pone énfasis en que la investigación tiene que servir para cultivar la
tolerancia[2].
-
La articulación de teoría y
práctica.
-
La recuperación y uso de las
experiencias de los estudiantes.
-
El desarrollo en los
estudiantes del ejercicio de interrogarse sobre su entorno.
-
La importancia de tener claro
qué se quiere aportar con la investigación.
-
La necesidad de poner en
práctica los conocimientos técnicos adquiridos, mediante el ejercicio de
prácticas de campo.
-
La libertad creativa de los
estudiantes.
Asimismo, la propuesta
privilegia el impulso docente de una mirada abierta en los estudiantes. De una
mirada integradora, habituada a buscar y necesitada de hallar; comprometida con
cada hallazgo en una interpretación de nuevos sentidos que la llevarán a una
nueva revisión y la lanzarán a una nueva búsqueda. Esta mirada se complementa
con la importancia otorgada al trabajo en equipo, a la distribución colectiva
de la inteligencia. Todo ello, en el entendido de que no existen investigadores
aislados, de que el conocimiento no lo construyen individuos solos, sino que
más bien se trata de una construcción colectiva, interactiva, dialógica,
participativa.
La propuesta se puede
sintetizar a partir del vínculo entre cultura de investigación, cultura de
información y cultura de comunicación.
La cultura de investigación nos permite identificar problemas del mundo
y obtener respuestas de conocimiento que amplían nuestra capacidad de
percepción. Por su parte, la cultura de información nos posibilita generar
conocimientos mediante el manejo de configuraciones complejas de información
empírica y conceptual, tanto en el momento previo al desarrollo de la
investigación, como a posteriori, a modo de herramienta de análisis de
la información obtenida. Y todo ello, mediante la cultura de comunicación, ha
de hacerse visible, comunicable, compartible. La cultura de comunicación, por
tanto, ejercita y distribuye la capacidad de volver visibles las formas de
organización del conocimiento; las vuelve comunicables con base a una relación
horizontal en la que la inteligencia no está en uno, sino en todos.
Para establecer algunos
lineamientos específicos de la enseñanza de la investigación en el campo de la
comunicología, es preciso apuntar, en primer lugar, lo que consideramos que
constituye a la comunicología como campo disciplinar específico, con objetos de
estudio propios. Siguiendo la propuesta de Jesús Galindo, enmarcada dentro del
proyecto “Hacia una comunicología posible”, consideramos que son cuatro las
dimensiones que abarca el espacio conceptual comunicológico: en primer lugar
está la expresión, que se refiere a la configuración de información, a la
forma; en segundo lugar está la difusión, objeto privilegiado por la disciplina
desde su nacimiento, dedicado al estudio de los sistemas de información, esto
es, de los denominados medios de difusión masiva; como tercera dimensión
tenemos a la interacción, que se aproxima a todo aquello relacionado con los
sistemas de comunicación, con el establecimiento de contacto, de diálogos y
vínculos entre los sujetos sociales; por último, está la estructuración,
orientada a la organización y configuración tanto de sistemas de información
como de sistemas de comunicación.
Por otra parte, y aún dentro
de la propuesta de “Hacia una comunicología posible”, la revisión histórica del
campo comunicológico permite establecer, según Jesús Galindo, un total de siete
fuentes teóricas, mismas que permitieron la emergencia, el desarrollo y la organización conceptual del campo académico
de la comunicación. Estas fuentes son la mediología, la cibernética, la
psicología social, la sociología cultural, la economía política, la sociología
fenomenológica y la semio-lingüística[3].
Tenemos, así pues, objetos
de estudio, por un lado, y fuentes teóricas, por el otro. Todo ello puede
producir efectos no sólo en las materias teóricas de las licenciaturas en
comunicación, sino que también debiera afectar en la construcción misma del
conocimiento sobre comunicación y, por ende, en la enseñanza de la
investigación en este campo de estudios. Además, la vinculación de ambos
elementos, objetos y fuentes teóricas, permite generar un diálogo constante
entre las materias de corte más teórico y las materias específicamente
metodológicas o de investigación en comunicación. El diálogo, sin duda, puede
traer consigo la proliferación de estudios que, con un buen sustento teórico y
metodológico, promuevan y consoliden la producción académica en el campo de la
comunicología.
V.1. El qué y el cómo de la investigación
Enseñar a investigar, como
se ha dicho anteriormente, implica generar en los estudiantes la capacidad de
preguntarse por su entorno de forma creativa. En términos pedagógicos, el
estudiante debe ser orientado en tal actividad, ya que algo que parece
sencillo, la elección de un tema a investigar, puede convertirse en muchas
ocasiones en el principal obstáculo o problema con que se encuentran los
estudiantes. Ofrecer un mapa conceptual de la comunicología que dé a conocer
las cuatro dimensiones que la conforman, puede ser una buena herramienta para
ayudar al estudiante a la elección del objeto de estudio a investigar. De
alguna forma, el estudiante será capaz de ubicar su tema de investigación en
una de las cuatro dimensiones, y así, se le facilitará también la tarea de
búsqueda de información sobre lo que se ha investigado en torno al tema[4].
El qué de la investigación,
el tópico u objeto de estudio, va acompañado de la elaboración de una ruta o
programa metodológico, un mapa de operaciones metodológicas y técnicas que
deben guiar la investigación. Para el diseño de esta ruta, también consideramos
pertinente el uso de las cuatro dimensiones comunicológicas, en el entendido
que su explicación vaya acompañada de una exposición de cómo se ha investigado
lo que se ha trabajado dentro de cada una de ellas. En el mismo tenor, en el
punto de configuración de la ruta metodológica a seguir, puede ser propicia una
breve explicación de las principales fuentes teóricas de la comunicología,
mismas que desde su nacimiento han hecho uso de métodos y técnicas de
investigación específicos.
Así pues, con la ayuda de
las cuatro dimensiones, por un lado, y de las fuentes teóricas, por el otro, se
ofrece al alumno no sólo un mapa de objetos de estudio posibles dentro del
campo comunicológico, sino también una guía para la revisión de investigaciones
sobre comunicación realizadas desde otras disciplinas que ayudaron a la
conformación del campo.
Vale la pena remarcar que la
gran mayoría de fuentes históricas de la comunicología son ejes de conocimiento
básicos para muchas de las materias que conforman las áreas más teóricas de los
planes de estudio en comunicación. A corte de ejemplo, probablemente la
mediología sea sobre todo retomada en materias de teorías funcionalistas de la
comunicación; y en el mismo sentido, la sociología cultural puede ser
fundamental en materias relacionadas con los estudios culturales; otro ejemplo
más: la sociología fenomenológica y la psicología social deben ser parte de la
formación de los estudiantes en las materias relacionadas con los enfoques
sistémicos de la comunicación, así como en materias más prácticas relacionadas
con la comunicación en su vertiente de interpersonal.
Todo ello confirma que la
propuesta comunicológica permite el diálogo entre la teoría y la práctica,
entre el qué se ha hecho y el cómo se ha hecho. Dicho de otra forma, enseñar a
investigar en comunicología debe partir de la importancia de no dejar a un lado
los conocimientos teóricos acerca del origen y los principios constructivos de
la disciplina; y asimismo, debe privilegiar el estudio de fondo de las
metodologías que se han empleado en las investigaciones sobre los diversos
objetos comunicológicos que se vienen trabajando desde la emergencia de este
campo del conocimiento.
V.2. La
propuesta de una comunicometodología
Si la comunicología es la
construcción teórica del campo de conocimientos sobre el fenómeno de la
comunicación, la comunicometodología es su dimensión práctica, constructiva, de
intervención. Existe una comunicología posible, ordenada en un espacio
conceptual con cuatro dimensiones teóricas fundamentales, y con una génesis
disciplinar concreta. Parafraseando a Jesús Galindo (2003c), la
comunicometodología es la perspectiva tecnológica concreta de la comunicología
posible:
Por una parte aprendemos cómo es que ponemos en común lo que
nos configura como entidades socio-culturales, la Comunicología, y por otra a
partir de ese aprendizaje podemos intervenir las formas de esa construcción y
configurar otras, alterar las que tenemos, confirmar y reforzar nuestros
procesos de configuración, la Comunicometodología.
Así,
la Comunicología participa en la construcción de conocimientos científicos,
mientras que la comunicometodología interviene en las situaciones de
comunicación dadas. De ahí que sea la dimensión de la Interacción la que puede
hacer emerger de forma más clara una comunicometodología concreta. Detectar un
problema y ensayar sus posibles soluciones es la principal operación de la
comunicometodología. Quizás por ello sea pertinente distinguirla de los métodos
y técnicas de investigación tradicionales. La comunicometodología es un
programa de intervención per se; para su desarrollo requiere del uso de
técnicas de investigación como pueden ser la entrevista a profundidad o la
investigación-acción, por citar sólo algunas.
En
todo caso, la comunicometodología tiene como fin la intervención –y
consiguiente mejora- de las relaciones interpersonales, de las puestas en común
entre las personas. Tal y como afirma Jesús Galindo (2003c), la
comunicometodología trabaja
mirando primero cómo ponemos en común lo que tenemos en
común, y luego mirando cómo buscamos y hacemos para poner en común eso, y cómo
podemos hacer para hacerlo mejor o de otra manera, o dejarlo de hacer o hacerlo
menos.
La
complejidad de la propuesta comunicometodológica hace que sea difícil su
enseñanza en los primeros niveles de formación de comunicadores y
comunicólogos. Más bien consideramos necesario ubicar esta propuesta
específicamente en cursos dedicados a la comunicación interpersonal, a la
dimensión comunicológica de la Interacción.
La Academia de Comunicación
y Cultura de la Universidad de la Ciudad de México, una institución nacida hace
poco más de dos años, cuenta con un plan de estudios organizado con base a seis
ejes de materias: Comunicación, Cultura, Lenguaje, Metodología, Comunicación
Aplicada y Práctica en Medios. De ellos, los cuatro primeros son de corte
teórico y los dos últimos constituyen el corazón práctico de la licenciatura.
Por el contenido de este
artículo, debemos prestar atención sobre todo al eje de Metodología[5],
mismo que se desarrolla a lo largo de seis semestres y que está organizado como
se ilustra en el siguiente cuadro:
|
Cuarto semestre |
Quinto semestre |
Sexto semestre |
Séptimo semestre[6] |
Octavo semestre |
Noveno semestre |
|
Metodología
cuantitativa |
Metodología
cualitativa |
Metodología para el
análisis de la producción mediática. Metodología para el
análisis de la emisión mediática. Metodología para el
análisis de la recepción mediática. |
Metodología para el
análisis de procesos socio-culturales. Metodología para el
análisis de procesos de comunicación interpersonal. |
Seminario
de tesis |
Hasta el momento sólo se han
impartido las materias de los semestres cuarto y quinto, por lo que las
reflexiones que apuntamos a continuación no contemplan el resto del Eje, aunque
sí se harán algunas referencias generales a él.
Las materias de Metodología
cuantitativa y cualitativa están orientadas a la enseñanza de algunos de los
aspectos básicos a tomar en cuenta en el proceso de investigación. Lejos de ser
materias expositivas, en estos cursos se propone como trabajo final la
elaboración de una investigación grupal sobre algún aspecto relacionado con la
Comunicación y la Cultura, ejes conceptuales de la licenciatura. Así, la
dinámica de los cursos contiene, por un lado, la presentación de métodos y
técnicas ubicados en cada uno de los enfoques, la explicación de sus principios
constructivos, sus principales usos, ventajas e inconvenientes; y por el otro,
la realización de trabajo de campo grupal que, siempre bajo la asesoría del
docente, se erige como materia prima del trabajo de investigación. En estos
primeros cursos no se exige un alto grado de elaboración conceptual y teórica[7],
más bien se trata de que los estudiantes se familiaricen con el uso de ciertas
técnicas cuantitativas (encuesta, análisis de contenido) y cualitativas
(entrevista a profundidad, historia de vida, grupo de discusión,
etnografía).
Desde el inicio de las
materias, se plantean los lineamientos básicos de los proyectos de
investigación, esto es, la determinación del tópico u objeto de estudio,
pregunta de investigación, problema práctico y de investigación, técnicas y
productos esperados[8]. Estos
elementos se trabajan de forma grupal en todas las sesiones, ocupando una de
las tres horas semanales asignadas para las materias. Este trabajo constante
hace que los estudiantes no pierdan de vista el sentido del trabajo de investigación
que van a realizar, y de algún modo permite un seguimiento del proceso por
parte del docente. Se trata de un proceso fundamentalmente reflexivo, de abrir
y cerrar, ya que todas las sesiones concluyen con una dinámica de hermenéutica
colectiva, de presentación ante el grupo del trabajo realizado por cada uno de
los equipos de investigación.
Los cursos impartidos hasta
el momento dejan entrever algunas consideraciones que contribuyen a confirmar
que la mejor forma de enseñar a investigar y es investigando. A partir de la
combinación entre exposición teórica de los métodos y técnicas, por un lado, y
de aplicación práctica de los mismos para los trabajos de investigación, por el
otro, los estudiantes han sido capaces de operar como equipos de investigación
no sólo en lo que concierne a la organización del proyecto, sino también, y
esto es lo más importante, en lo que se refiere al desarrollo de una
investigación completa, con un breve estado del arte, un planteamiento del
problema, una estrategia metodológica, un capítulo de análisis e interpretación
y unas conclusiones.
En todo momento se ha
promovido el pensamiento reflexivo, crítico y creativo de los estudiantes,
siempre aunado al seguimiento constante por parte del docente.
VII. A modo de conclusiones
Dice Bachelard (1993, p.144)
que “el espíritu científico sólo puede constituirse destruyendo al espíritu no
científico”. Esto nos lleva a considerar, para concluir estas reflexiones, que
los docentes debemos ser capaces de hacer explícita nuestra orientación
epistemológica acerca de cómo enseñamos, cómo investigamos y cómo nos colocamos
frente al conocimiento dentro de los campos del saber en los que nos
encontramos. Sólo mediante esta tarea de reflexividad podremos ser conocedores
de cómo opera nuestra labor docente, de hacia dónde va, de qué efectos está
causando entre nuestros estudiantes.
Los docentes que nos
dedicamos a la investigación científica debemos operar, entonces, como
científicos, como constructores de conocimiento permanentemente autovigilados.
Y si además, nuestra labor está orientada a la enseñanza del quehacer
científico, más importante es la reflexividad constante acerca de cómo estamos
enseñando. Acerca de qué tipo de sujetos de conocimiento estamos creando con
nuestro trabajo diario.
En este texto se ha querido
abrir el debate acerca del cómo de la investigación en el campo de la
comunicología. Para ello, se ha intentado clarificar la importancia de no tomar
por separado la reflexión teórica sobre este campo de conocimiento, por un
lado, y la reflexión en torno a las formas de construcción de conocimientos,
las estrategias metodológicas concretas, que pueden fomentar una mayor riqueza
conceptual y dotar de consistencia campal a la mirada comunicológica sobre los
fenómenos sociales.
BIBLIOGRAFÍA
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[1] La doxa es el discurso social común, el discurso de primer orden, dado como obvio. Parafraseando a Bourdieu (1993), la doxa es el conjunto de interpretaciones de primer orden de la realidad, vividas como evidentes. Ya desde Platón y Artistóteles se distingue la doxa del conocimiento científico. Luis Alberto Warat (1990) define la doxa como “las opiniones comunes”, que estarían constituidas “por un conglomerado de argumentos verosímiles, formados a partir de las representaciones ideológicas, de las configuraciones metafísicas y de las evocaciones denotativas”.
[2] Estas consideraciones, que compartimos, han sido extraídas del Documento de trabajo “Espacio curricular: proyectos y metodologías de la investigación”. Artículo en línea, disponible en http://abc.gov.ar/Lainstitucion/SistemaEducativo/Polimodal/Programas/Documentos/ProyectoyMetodologiadeInvestigacion.doc (Fecha de consulta: noviembre 2003).
[3] Las referencias al proyecto “Hacia una comunicología posible” se encuentran en varios textos de Jesús Galindo revisados para la elaboración de este artículo. Estos textos están disponibles en la página web del autor: http://www.geocities.com/arewara/arewara.htm (Fecha de consulta: abril 2004).
[4] Al respecto, desde el proyecto y grupo de estudio “Hacia una comunicología posible” se trabaja a partir de la construcción de sistemas de información bibliográfica, mismos que permiten la construcción de mapas conceptuales sobre los objetos de estudio propios de las cuatro dimensiones de la comunicología. En términos pedagógicos, la tarea de elaboración de estos sistemas de información también se considera prioritaria en el ámbito de la docencia de investigación en el campo de la comunicología.
[5] La autora de este trabajo funge como responsable de este Eje desde su incorporación a la Academia de Comunicación y Cultura de la Universidad de la Ciudad de México en marzo de 2003.
[6] Los semestres sexto y séptimo están constituidos por materias optativas. Todos los demás cursos son indispensables.
[7] Cabe destacar en este punto que los primeros cursos del Eje de Metodología se imparten simultáneamente a los primeros cursos de los Ejes de Comunicación, Cultura y Lenguaje, los tres que ofrecen los contenidos fundamentalmente teóricos de la licenciatura, mismos que son considerados y recomendados para la elaboración de los marcos teóricos o espacios conceptuales que los estudiantes realizan para el trabajo final de investigación.
[8] Este conjunto de elementos a delimitar ha sido trabajado a partir de la propuesta de Booth (et.al.) (2001).