Interacción y comunicación. Apuntes para una reflexión sobre la
presencia de la Interacción en el campo académico de la comunicología[1].
Academia de Comunicación y
Cultura
Universidad de la Ciudad de
México
http://www.geocities.com/mrizog
La comunicación, desde sus
orígenes como disciplina, se ha asociado casi exclusivamente al estudio de los
medios de difusión masiva[2].
En este sentido, puede decirse que la mayor parte de la producción académica
realizada desde la comunicología se ubica en una perspectiva mediológica. Esta
primera afirmación nos obliga a plantear, para empezar, la comprensión del
espacio conceptual de la comunicología en cuatro dimensiones: la difusión, la
estructuración, la interacción y la expresión[3].
La primera hace referencia, como se apuntaba anteriormente, a los medios de
difusión colectiva. Una segunda dimensión comunicológica se refiere a la
interacción, esto es, a la comunicación interpersonal en sus múltiples caras,
abordadas sobre todo desde las perspectivas
de la teoría sistémica, la cibernética, y los aportes de otras ciencias
sociales como la psicología social y la sociología fenomenológica. En la
expresión cabrían todas aquellas reflexiones y estudios que se enfocan al ámbito
de la forma, a las características expresivas de los textos y discursos
comunicativos. Por último, la estructuración se presenta como el paraguas
conceptual que agrupa a todos aquellos trabajos que de una u otra forma se
centran en la dimensión macro de la comunicación; en esta dimensión se unen las
otras tres[4].
Siendo
la interacción “el corazón de una comunicología posible” (Galindo, 2003), esta
dimensión puede ser considerada una de las más importantes para comprender los
fenómenos comunicativos. En este panorama, pudiera parecer paradójica la casi
nula presencia de investigaciones y trabajos que, desde el campo académico,
ponen el acento en ella. Según Jesús Galindo (2003), “la interacción cara a
cara y todo lo demás no mediático no es comunicación en un sentido oficial”.
Lejos de querer dar cuenta únicamente de esta débil presencia, nos parece más
sustancial un acercamiento de corte reflexivo y propositivo. Es decir, primero
tenemos que preguntarnos por los principios constructivos básicos de la interacción
como dimensión comunicológica, para luego intentar plantear las causas de su
poca presencia en el debate intelectual generado desde el campo académico de la
comunicación. Todo ello se enmarcará en la exposición del diagnóstico de
presencia de la interacción en el proyecto “Hacia una comunicología posible”.
En un último momento se apuntarán las líneas de acción posibles, las propuestas
concretas que ayuden a un mejor y mayor desarrollo de la dimensión de la
interacción en la producción científica sobre comunicación.
I. Primer
momento. Comunicación e interacción social
En sus acepciones más
antiguas, el término comunicación hacía referencia a la comunión, la unión, la
puesta en relación y el compartir algo.
Esta definición, sin duda alguna, se aleja del asociar la comunicación
casi automáticamente a la transmisión de información a través de un vehículo
técnico: los medios masivos. Si las primeras definiciones de comunicación
apuntaban a esa dimensión más interpersonal, más relacional, en la actualidad
parece que estas aproximaciones quedaron atrás y no son casi tomadas en cuenta
en la reflexión comunicológica. Es por ello que nos parece pertinente iniciar
este primer momento con una reflexión extensa acerca de la comunicación como
interacción.
Es
sabido que la comunicación puede entenderse como la interacción mediante la que
gran parte de los seres vivos acoplan sus conductas frente al entorno. También
se ha concebido a la comunicación como el propio sistema de transmisión de
mensajes o informaciones, entre personas físicas o sociales, o de una de éstas
a una población, a través de medios personalizados o de masas, mediante un
código de signos también convenido o fijado de forma arbitraria. Y
más aún, el concepto de comunicación también comprende al sector
económico que aglutina las industrias de la información, de la publicidad, y de
servicios de comunicación no publicitaria para empresas e instituciones. Estas
tres acepciones ponen en evidencia que nos encontramos, sin duda alguna, ante
un término polisémico[5].
Dentro
de este abanico de posibilidades, abogamos por una definición general que
entiende la comunicación como proceso básico para la construcción de la vida en
sociedad, como mecanismo activador del diálogo y la convivencia entre sujetos
sociales. Desde esta
perspectiva, hablar de comunicación supone acercarse al mundo de las relaciones
humanas, de los vínculos establecidos y por establecer, de los diálogos hechos
conflicto y de los monólogos que algún día devendrán diálogo. La comunicación
es la base de toda interacción social, y como tal, es el principio básico -la
esencia-, de la sociedad. Sin comunicación, diría Niklas Luhmann (1993), no
puede hablarse de sistema social: “Todo lo que es comunicación es sociedad
(...) La comunicación se instaura como un sistema emergente, en el proceso de
civilización. Los seres humanos se hacen dependientes de este sistema emergente
de orden superior, con cuyas condiciones pueden elegir los contactos con otros
seres humanos. Este sistema de orden superior es el sistema de comunicación
llamado sociedad” (Luhmann, 1993: 15). Tomando estas ideas en
consideración, podemos decir que partimos de una perspectiva que está a caballo
entre los modelos psicosociales y sistémicos de la comunicación[6].
La sociedad y la cultura deben su existencia a la
comunicación. Es en la interacción comunicativa entre las personas donde,
preferentemente, se manifiesta la cultura como principio organizador de la
experiencia humana. En este sentido, la vida social puede ser entendida como “organización
de las relaciones comunicativas establecidas en el seno de los colectivos
humanos y entre éstos y su entorno” (Moreno, 1988: 14). De alguna manera, este
enfoque propone “imaginar el tejido social como una trama de interacciones”
(Galindo, 1997).
I.1.
Hacia una teoría de la comunicación
En poco
más de cincuenta años, la "teoría de la comunicación" ha tratado de
ser construida desde diferentes perspectivas. Desde el enfoque de una teoría
física, hasta los enfoques críticos de la Escuela de Frankfurt, pasando por una
concepción social con base en la lengua o con base en la antropología
cognitiva, una teoría psicológica con base en la percepción o en la
interacción, y todos aquellos estudios que ponen el acento en los efectos
sociales y psicológicos de su aplicación institucional en el campo de la
comunicación de masas[7]. Este
panorama hace que la comunicación sea considerada, junto con otros conceptos de
las ciencias sociales, como son la cultura y la identidad, un término
polisémico donde los haya. Y hace que la comunicología sea una “muestra de las
confusiones a que puede llevar la desformalización cuando previamente no se ha
pasado por periodos e instancias de formalización” (Follari, 2000).
La
comprensión de la comunicación como telón de fondo de toda actividad humana se
fundamenta en una perspectiva de corte sistémico. La actividad humana se
constituye en social, y como tal, persigue o implica objetivos sociales. Como
reguladora de las relaciones humanas, la comunicación debe entenderse, por lo
tanto, como base de toda interacción social. Y es más, plantear la comunicación
desde el punto de vista sistémico implica considerarla como un conjunto de
elementos en interacción donde toda modificación de uno de ellos altera o
afecta las relaciones entre otros elementos[8].
O visto desde otro ángulo, el estudio de la comunicación desde un enfoque
sistémico parte de la necesidad de un análisis de carácter holístico que ponga
atención en el contexto de la situación. En palabras de Mucchielli (1998: 42),
“una acción, una comunicación, es decir, una interacción, si se analiza por sí
misma carece de sentido”, por lo que un individuo y sus acciones “no se pueden
analizar más que en el sistema en el que se realizan”. Desde este enfoque la
comunicología se puede definir como el “estudio de la organización y
composición de la complejidad social en particular y la complejidad cosmológica
en general, desde la perspectiva constructiva-analítica de los sistemas de
información y comunicación que las configuran” (Galindo, 2003).
La concepción de la actividad humana como actividad social
con objetivos sociales tiene sus orígenes en las aportaciones de Talcott
Parsons (1966)[9]. El autor pone énfasis en cómo la
acción social no consiste tan sólo en respuestas particulares ante estímulos
situacionales particulares, sino que el agente envuelve la relación de un
verdadero sistema de expectativas relativas a la configuración social en que se
encuentra. El concepto de interacción social organizada parece ser el que mejor
define la relación social, que termina por fijarse ritualmente en esquemas de
conducta social.
I.2. Interacción social e interacción comunicativa
En términos generales, la
interacción puede ser entendida como la acción recíproca entre dos o más
agentes. Y yendo más allá, al margen de quién o qué inicie el proceso de
interacción, lo que interesa destacar es que el resultado es siempre la
modificación de los estados de los participantes. No en balde, el concepto de
interacción social se ha erigido como básico para las ciencias sociales y
humanas, y ha permitido un avance muy destacado en campos del conocimiento como
la psicología social, entre otros. En este marco, el término de interacción
hace referencia, antes que nada, a la emergencia de una nueva perspectiva epistemológica,
ya que los procesos de comunicación entre seres humanos pasan a ocupar un lugar
central para la comprensión de los fenómenos sociales. Todo esto se relaciona
con la comprensión de la persona como un ser social, un ser que sólo puede
desarrollarse como ente de la sociedad a través de la comunicación con sus
semejantes.
Inevitablemente, en el estudio de la comunicación en el medio
social, ésta se halla relacionada con los conceptos de acción e interacción. La
acción social puede ser entendida desde la perspectiva positiva de Émile
Durkheim (1973) como el conjunto de maneras de obrar, pensar y sentir, externas
al individuo y dotadas de un poder coercitivo, en cuya virtud se imponen a él[10]. O puede ser entendida desde la
perspectiva subjetivista de Max Weber
(1977), en la medida en que los sujetos de la acción humana vinculen a
ella un significado subjetivo, referido a la conducta propia y de los otros,
orientándose así cada una en su desarrollo. O puede finalmente comprenderse a
partir de la fusión de la óptica positiva y subjetiva, que se integran en el concepto más holístico
de praxis social, desde la que todo conocimiento humano individual, inserto en
el conocimiento social, está basado en las relaciones sociales de producción y
transformación de la realidad, que han sido fijadas por los propios hombres en
un proceso de desarrollo real y material de las condiciones históricas dadas.
Los seres humanos establecen
relaciones con los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como
procesos sociales[11]. Así, la
comunicación es fundamental en toda relación social, es el mecanismo que regula
y que, al fin y al cabo, hace
posible la interacción entre las personas. Y con ella, la existencia de las
redes de relaciones sociales que conforman lo que denominamos sociedad. Esto
equivale a decir que toda interacción se fundamenta en una relación de
comunicación.
Cicourel
(1979) toma la noción de “esquema común de referencia” de Alfred Schutz (1974)
para definir toda situación de interacción social. Según el autor, “a partir de
los procesos interpretativos los actores pueden comprender diferentes acciones
comunicativas, reconocer las significaciones y las estructuras subyacentes de
las acciones comunicativas, asociar las reglas normativas generales a las
escenas de interacción vividas por medio del conocimiento socialmente
distribuido, desglosar la interacción en secuencias” (Cicourel, 1979: 13). Los
elementos simbólicos son los que nos permiten hablar de la interacción social.
Y dado que toda interacción social se fundamenta en la comunicación, es
pertinente hablar de interacción comunicativa. Esta última la comprendemos como
un proceso de organización discursiva entre sujetos que, mediante el lenguaje,
actúan en un proceso de constante afectación recíproca.
En
este marco de reflexión, debemos entender a la comunicación como un modo de
acción, esto es, como un modo de interacción entre personas, grupos y
colectivos sociales que forman “comunidades”. Así, las modalidades específicas
de la interacción se erigen como la trama constitutiva de lo social. De ahí que
se puedan usar como sinónimos los términos de interacción comunicativa e
interacción social.
El enfoque sistémico nos ofrece un punto de partida
interesante para abordar el significado del concepto de interacción, y su
vinculación con los procesos de comunicación interpersonal. Ya desde la Escuela
de Palo Alto se intentó dar cuenta de las situaciones globales de interacción
de las que participa el ser humano. Desde esta perspectiva, la comunicación fue
estudiada como proceso permanente, no como situación estática susceptible de
ser capturada de forma fija. Los investigadores de la Escuela de Palo Alto,
procedentes de disciplinas como la antropología, la matemática y la
psiquiatría, entre otras, fundamentaron sus aportaciones en tres hipótesis
previas: la primera se refiere a que la esencia de la comunicación reside en
procesos de relación e interacción; la segunda apunta a que todo comportamiento
humano tiene un valor comunicativo, por lo cual es imposible no comunicar; y la
tercera y última, más concretada en el terreno de estudios psicológicos, afirma
que los trastornos psíquicos reflejan perturbaciones de la comunicación[12].
La principal aportación de esta corriente de estudio es que “el concepto de comunicación
incluye todos los procesos a través de los cuales la gente se influye
mutuamente” (Bateson y Ruesch, 1984). En este sentido, se rompe con la visión
unidireccional de la comunicación y se abren las posibilidades para comprender
el fenómeno desde una óptica circular, que sin duda alguna puede contribuir a
enriquecer el debate comunicativo y permite relacionar la comunicación con
otros aspectos de la cultura y la sociedad.
Es también necesario hacer referencia a las
aportaciones de las Escuelas del Interaccionismo Simbólico[13]. Sus postulados fundamentales convergen en el énfasis dado a la naturaleza
simbólica de la vida social. El análisis de la interacción entre el actor y el
mundo parte de una concepción de ambos elementos como procesos dinámicos y no
como estructuras estáticas. Así entonces, se asigna una importancia enorme a la
capacidad del actor para interpretar el mundo social y para actuar en él[14]. Uno de los conceptos de mayor importancia
dentro de esta corriente fue el de self, propuesto
por George Herbert Mead (1959). En términos generales, el self (“sí mismo”) se refiere a la capacidad de considerarse a uno
mismo como objeto, y por tanto, tiene la peculiar capacidad de ser tanto sujeto
como objeto, y presupone un proceso social: la comunicación entre los seres
humanos.
Por otra parte, de Erving Goffman (1959) se puede
retomar, sobre todo, su enfoque dramático de la vida cotidiana, que permite
comprender tanto el nivel macro (institucional) como el nivel micro
(percepciones, impresiones y actuaciones de los individuos) y, por lo tanto, el
de las interacciones generadoras de la vida social. Uno de los elementos más
decisivos de la obra de Goffman (1979) fue su conceptualización del “ritual”,
alejado de lo extraordinario y comprendido como parte constitutiva de la vida
diaria del ser humano. Para el autor, la urdimbre de la vida cotidiana está
conformada por ritualizaciones que ordenan nuestros actos, por lo que podemos
ver a los rituales como manifestaciones de la cultura encarnada, incorporada,
interiorizada. Las personas actúan tras una “máscara expresiva” -una “cara social”, dice Goffman (1979)-,
que les ha sido prestada y atribuida por la sociedad, y que les será retirada
si no se comportan del modo que resulte digno de ella[15].
En este sentido, los individuos actúan en la escena cambiante de la vida
cotidiana tratando de presentar en todo momento una imagen convincente y
positiva de sí mismos según la naturaleza de la escena presentada y las
expectativas de los interlocutores.
Lo
dicho hasta el momento nos permite considerar a la interacción como base de la
comunicación, y ésta, a su vez, como principio
fundamental de existencia de lo social. Siguiendo a Jesús Galindo
(2001), “la comunicación no sólo es una necesidad emergente, sino un estilo de
vida, una cosmovisión, el corazón de la sociabilidad (...) La comunicación es
efecto de un contexto ecológico de
posibilidad, donde las diferencias se
encuentran, pueden ponerse en contacto
y establecer una estrategia para vincularse cooperando, coordinando, corepresentando”. La comunicación es,
antes que nada, vínculo, relación.
Desde
la psicología social, la interacción se ha abordado sobre todo con base a
reflexiones sobre la llamada comunicación interpersonal, término que se
contrapone a la comunicación mediada. Desde esta perspectiva, la comunicación
interpersonal siempre es de doble dirección; su principal configuración es el
“cara a cara”, la proximidad entre emisores y receptores, o entre sujetos
participantes en el proceso de interacción. Pese a ser ésta la dimensión básica
de la comunicación interpersonal, autores como Joan Costa (2000) hablan de
otras dos dimensiones más dentro de este tipo de comunicación. Por una parte,
estaría la comunicación interpersonal caracterizada por la distancia física
entre los sujetos: “Es una intercomunicación lejana en la cual no hay cara a
cara y el contacto personal requiere mediadores técnicos y sistemas
interpuestos como el teléfono, el correo postal o electrónico” (Costa, 2000).
En este sentido, el autor asimila este tipo de comunicación interpersonal a lo
que en otros momentos se ha venido llamando únicamente comunicación mediada.
Por otra parte, estaría lo que el autor denomina comunicación relacional, “que
se extiende de modo continuado -aunque necesariamente intermitente- en el
tiempo, y que por esto mismo es diferente de las comunicaciones corrientes o
generales, que son más numerosas y puntuales, pero menos implicantes porque no
establecen nexos duraderos entre personas” (Costa, 2000).
II. Segundo
momento. La dimensión de la interacción en “Hacia una
comunicología posible”
El proyecto “Hacia una
comunicología posible” nace con el afán de construir un campo que, pese a ser
de los de mayor presencia en México, padece aún de una débil definición conceptual,
de una incierta delimitación de fronteras con respecto a otras disciplinas. Sin
ánimos de negar que la ciencia de la comunicación se ha nutrido, desde su
fundación, de las aportaciones de otras disciplinas como la cibernética, la
sociología, la psicología social y la lingüística, entre otras, este proyecto
parte de la necesidad de dotar de consistencia campal, de organizar, a la
comunicología. La constatación de las fuentes históricas y la delimitación de
los objetos de estudio propios de la comunicología son dos caminos
fundamentales para lograr dicho objetivo.
La
tabla siguiente recoge las obras que dentro del proyecto editorial 100 Libros de comunicología del grupo de
estudio “Hacia una comunicología posible”
han sido ubicadas en la dimensión de la Interacción[16].
Como se puede observar, además de los datos bibliográficos, se presentan otros
descriptores más enfocados al contenido: el primero define el género al que
pertenece la obra, esto es, si se trata de un ensayo, un libro de metodología,
histórico, teórico, etc.; el segundo hace referencia al criterio campal, a si
la obra se produjo dentro o fuera del campo de la comunicología y a si puede
ser considerada una obra clásica dentro del campo; el último se refiere al
criterio histórico, es decir, a la fuente teórica de la obra. Estas reflexiones
se sitúan en una primera etapa de organización del campo de la comunicología:
en el momento de revisión, descripción y sistematización de la bibliografía
sobre el tema. Por ello, el diagnóstico o balance que se presenta en estas
páginas es sólo una pieza del rompecabezas.
Las
16 obras que integran la siguiente tabla forman parte de un sistema de
información mayor, que contiene un total de 334 libros de comunicología, 43 de
los cuales se sitúan en la dimensión de la interacción. En este sentido, lo
primero que destaca es la poca presencia cuantitativa de obras referidas a la
dimensión comunicológica de la Interacción. Por supuesto, el sistema de
información no contiene todos los libros existentes, de ahí que tomemos la
precaución de señalar que el diagnóstico que se ofrecerá en las páginas
siguientes es parcial y limitado, pero no por ello menos representativo de lo
que sucede en el conjunto de producción dentro del campo de la comunicología.
En la tabla sólo incorporamos los libros que, finalmente, se han considerado
para el proyecto 100 libros de comunicología.
|
AUTOR |
AÑO |
TÍTULO |
EDITORIAL |
CIUDAD DE EDICIÓN |
PAÍS DE CREACIÓN |
GÉNERO |
CLASIFICACIÓN CAMPAL |
FUENTE HISTÓRICA |
|
Austin, J. L. |
1981 |
Cómo hacer cosas con
palabras |
Paidós |
Barcelona |
Estados Unidos |
Teoría |
Fuera Dentro |
Semio-lingüística |
|
Badura, Bernhard |
1979 |
Sociología de la
comunicación |
Ariel |
Barcelona |
Alemania |
Teoría |
Fuera Dentro |
Cibernética |
|
Castilla del Pino, Carlos |
1973 |
La incomunicación |
Ediciones de Bolsillo |
Barcelona |
España |
Ensayo |
Fuera Dentro |
Psicología social |
|
Dabas, Elina y
Najmanovich, Denise (comp.) |
1995 |
Redes. El lenguaje de los
vínculos |
Paidós |
Buenos Aires |
Argentina |
Colectivo |
Fuera Dentro |
Cibernética |
|
Eco, Humberto |
1978 |
Tratado de Semiótica
general |
Nueva Imagen-Lumen |
México |
Italia |
Teoría |
Dentro Fuera |
Semio-lingüística |
|
Ellis, Richard y McClintock, Ann |
1993 |
Teoría y práctica de la
comunicación humana |
Paidós |
Barcelona |
Estados Unidos |
Teoría |
Dentro Fuera |
Psicología social |
|
Freire, Paulo |
1976 |
¿Extensión o
comunicación? |
Siglo XXI |
México |
Brasil |
Ensayo |
Fuera Dentro |
Sociología Fenomenológica |
|
Goffman, Erving |
1971 |
La presentación de la
persona en la vida cotidiana |
Amorrortu |
Buenos Aires |
Estados Unidos |
Teoría |
Fuera Dentro |
Psicología social |
|
Marc, Edmond y Picard, Dominique |
1992 |
La interacción social.
Cultura, instituciones y comunicación |
Paidós |
Barcelona |
Francia |
Teoría |
Fuera Dentro |
Psicología social |
|
Mead, George Herbert |
1968 |
Espíritu, persona y sociedad |
Paidós |
Buenos Aires |
Estados Unidos |
Teoría |
Fuera Dentro |
Psicología social |
|
Mucchielli, Alex |
1998 |
Psicología de la comunicación |
Paidós |
Barcelona |
Italia |
Teoría |
Dentro Fuera |
Psicología social |
|
Nethol, Ana María y Piccini, Mabel |
1984 |
Introducción a la pedagogía de la comunicación |
Terra Nova- UAM |
México |
Argentina |
Ensayo |
Dentro Fuera |
Psicología social |
|
Prieto, Francisco |
2001 |
Comunicación interpersonal |
Coyoacán |
México |
México |
Pedagogía |
Dentro Dentro |
Psicología social |
|
Searle, John |
1980 |
Actos de habla |
Cátedra |
Barcelona |
Estados Unidos |
Teoría |
Fuera Dentro |
Semio-lingüística |
|
Sebeok, Thomas A. |
1996 |
Signos: una introducción a la semiótica |
Paidós |
Barcelona |
Estados Unidos |
Teoría |
Fuera Dentro |
Semio-lingüística |
|
Watzlawick, Paul (et. al.) |
1971 |
Teoría de la comunicación humana |
Tiempo Contemporáneo |
Buenos Aires |
Estados Unidos |
Teoría |
Dentro Dentro |
Psicología social |
Fuente: Sistema de Información “100 libros de
comunicología”, elaborado por el grupo de estudio “Hacia una comunicología
posible”, integrado por el Dr. Jesús Galindo Cáceres, el Dr. Tanius Karam y la
autora del artículo.
Una
vez revisado el cuadro anterior, se está en condiciones de apuntar algunos de
los elementos que caracterizan a la dimensión de la Interacción. Comenzaremos
por los criterios de corte más teórico para concluir con una breve referencia a
la distribución geográfica de las obras.
En
cuanto al género de los libros, destaca una mayor presencia de los libros
teóricos, con 11 obras, y de ensayos, con 3. Se advierte la inexistencia de
estudios de caso, por lo que se puede decir que la interacción sigue siendo
objeto de reflexión teórica, más que objeto de investigaciones empíricas. Dicho
de otra forma, la interacción se erige como objeto de estudio teórico y no como
objeto de observación en la práctica. Por otra parte, y tomando como referencia
el criterio o descriptor campal, es relevante destacar que la mayoría de obras
fueron escritas desde campos de conocimientos distintos a la comunicología –10
de las 16-, por lo que se advierte que la interacción es un objeto de estudio
privilegiado para disciplinas como la Psicología Social, y en menor medida,
para la comunicología. Siguiendo en el mismo criterio de clasificación campal,
nuestra discusión concluyó con que sólo 3 de los 16 libros ubicados dentro de
la dimensión de la interacción pueden ser considerados obras clásicas para el
campo de la comunicología: La
presentación de la persona en la vida cotidiana, de Erving Goffman (1971), Espíritu,
persona y sociedad, de George Herbert Mead (1968) y Teoría de la comunicación humana, de Paul Watzlawick (et.al.)
(1971). Esta última afirmación confirma lo dicho en las líneas anteriores, ya
que las tres obras clásicas tienen como fuentes teóricas a la Psicología Social
y a la sociología fenomenológica, y concretamente se inscriben en el
Interaccionismo Simbólico, las dos primeras, y en la Escuela de Palo Alto, la
última. Todo ello nos lleva al terreno histórico de la construcción teórica
sobre la dimensión comunicológica de la interacción. Con respecto a este
descriptor, la tabla anterior despeja datos interesantes: más de la mitad de
las obras señaladas, concretamente 9, proceden de la Psicología Social; a
éstas, le siguen la semio-lingüística –con 4 obras-, la cibernética –con 2
obras-, y la sociología fenomenológica –con una única obra-. Como se puede apreciar,
la mediología, única fuente histórica directamente vinculada con la
comunicación en sentido estricto, no tiene presencia como base teórica de las
obras sobre interacción.
Del
análisis de la tabla surgen otros datos que, pese a ser más contextuales, también
apuntan aspectos relevantes para la comprensión de la cuestión. En este
sentido, destacamos la relativa igualdad en cuanto a las cifras de obras
producidas en América del Norte –7-, Europa –5- y América Latina –4-. Dentro de
la producción latinoamericana, sólo uno de los libros seleccionados es de un
autor mexicano: Comunicación interpersonal, de Francisco Prieto (2001).
Por último, con respecto a la época de producción, también se destaca una
semejante presencia de obras de los noventa –5-, y de los ochenta –3-; en este
caso, lo destacable es el predominio de obras de los años setenta, con 7 libros
seleccionados[17].
En
un terreno de reflexión teórico-conceptual, se puede afirmar que en muchas de
las obras destacadas los conceptos fundamentales con los que aparece vinculada
la interacción son las redes sociales, el lenguaje, la personalidad, los grupos
humanos y la comunicación. No en balde, muchos de estos conceptos son
fundamentales en los espacios conceptuales que han caracterizado desde sus
orígenes a la psicología social y la sociología fenomenológica, principales
fuentes históricas para el desarrollo de la dimensión de la interacción en el
pensamiento comunicológico.
A
modo de síntesis, se ilustran a continuación los datos surgidos del sistema de
información bibliográfica sobre Interacción apuntados en los párrafos
anteriores:
|
Género |
Criterios campales |
Fuente histórica
|
Época |
Dimensión geográfica
|
|||||
|
Teoría |
11 |
Dentro
del campo |
6 |
Psicología social |
9 |
1960 |
1 |
Europa
|
5 |
|
Ensayo |
3 |
Semio-lingüística |
4 |
||||||
|
Readers |
1 |
Cibernética |
2 |
1970 |
6 |
América del Norte |
7 |
||
|
Pedagógicos
|
1 |
Sociología Fenomenológica |
1 |
||||||
|
Metodológicos |
- |
Fuera del campo |
10 |
Sociología cultural |
- |
1980 |
3 |
||
|
Estudios
de caso |
- |
Mediología |
- |
1990 |
5 |
América Latina |
4 |
||
|
Histórico |
- |
Economía política |
- |
2000 |
1 |
||||
Fuente: Elaboración propia a partir del Sistema de
Información “100 libros de Comunicología”.
Para concluir este breve diagnóstico, se destacan
algunas tendencias:
·
La poca presencia que tiene la dimensión de la interacción en el campo
de la comunicología.
·
La fuerte presencia de obras de contenido teórico como principales
aportaciones a esta dimensión y la consecuente ausencia de estudios de caso
empíricos.
·
El predominio de obras escritas desde fuera del campo de la
comunicología.
·
El protagonismo de la Psicología Social como fuente histórica de la
comunicología que mayor espacio conceptual ha aportado a la construcción de la
Interacción como dimensión comunicológica.
III. Tercer momento. Algunas rutas posibles para recuperar la interacción
en los estudios de comunicación
Las
cuatro dimensiones de la comunicología se encuentran en condiciones muy
desiguales en cuanto a presencia campal. Ya se ha afirmado que es la difusión
la dimensión que mayor debate y producción académica ha generado a lo largo de
los aproximadamente 60 años de existencia del campo académico de la
comunicación, iniciado en Estados Unidos y Europa y posteriormente desarrollado
en América Latina. El caso de México se caracteriza por esta misma tendencia al
predominio de la difusión, “la dimensión con mayúsculas en el movimiento
mexicano hacia una Comunicología posible” (Galindo, 2004).
Los medios de difusión masiva son, por tanto, el
núcleo temático básico del debate comunicológico, el objeto de estudio
primordial y privilegiado por una disciplina que, a décadas de su nacimiento,
sigue luchando por construir su estatuto disciplinario[18].
Dicho de otra forma, “la controversia sobre la especificidad de la ciencia, o
de las ciencias, que pueden y deben ocuparse de la comunicación sigue todavía
completamente abierta” (Rodríguez Bravo, 2001). Y el punto clave está, así
pues, en encontrar qué es lo hace especial a la mirada comunicológica, qué la
hace diferente de otras miradas sobre los fenómenos sociales. Algunos autores consideran
que esta especificidad viene marcada por mirar “la puesta en forma de la vida
social en la materialidad discursiva; los recursos a través de los cuales los
sentidos que estructuran la vida social son articulados y puestos en forma”
(Fasano et.al., 2002). Dicho de otro modo, la mirada comunicológica es
particular en tanto se centra en ver los tejidos sociales a partir de los
sistemas de información y comunicación que los constituyen.
La psicología social y la sociología fenomenológica
son las fuentes teóricas que más han aportado a la comunicología,
específicamente en su dimensión de interacción. La semio-lingüística sería la
fuente histórica fundamental de la dimensión de la expresión, mientras que la
estructuración tiene como pilares básicos a los enfoques de la sociología
cultural y la economía política. Este marco de análisis que toma como punto de
partida a las fuentes históricas de la comunicología como disciplina, deja
entrever nuevamente la necesidad de recuperar dichas fuentes y de, yendo más
allá, utilizarlas o aprovecharlas para dotar de estatuto disciplinario a las
denominadas ciencias de la comunicación. La voluntad de consolidar la entidad
de la comunicología no debe confundirse con un afán de negación de su
nacimiento como campo de conocimiento interdisciplinario. Sin embargo, la
actual falta de delimitación campal, la consideración ampliamente aceptada de
que las ciencias de la comunicación son, per se, interdisciplinarias, no
lleva a ninguna parte. La revisión de la génesis del campo puede contribuir a
la reflexión en torno a la especificidad de la mirada comunicológica, una
mirada que, sin duda, ha estado marcada por la distinción entre la dimensión
profesional, práctica, del campo de la comunicación, y su vertiente teórica,
conceptual, como campo de producción de conocimientos.
En este punto, es imprescindible considerar el papel
de la Educación Superior, entendida como el campo de producción y reproducción
de saberes, en este caso sobre la comunicación. En el contexto mexicano, las
licenciaturas en comunicación son cada vez más numerosas; miles de estudiantes
egresan anualmente de centros de estudios sobre comunicación. Y en este
panorama de auge y consolidación de este campo de estudios, todavía no está
claro el plan curricular y los perfiles de egreso, algo que sin duda tiene que
ver con las dificultades que sigue habiendo para delimitar disciplinariamente a
la comunicología. La dicotomía básica confronta, o toma en cuenta, dos perfiles
básicos: el comunicador y el comunicólogo. El primero como hacedor, como
profesional de la comunicación en su sentido práctico o aplicado, como actor de
los medios de difusión masiva y de las instituciones que producen y difunden
productos comunicativos en general[19];
el segundo, quizás menos claro, como investigador, como actor del campo
académico dedicado a la producción y reproducción de saberes específicos sobre
comunicación[20]. El debate
está abierto, y la claridad es todavía muy escasa en los planes de estudio de
comunicación del país. En palabras de Fasano (et.al.) (2002),
“independientemente del matiz que cada academia o cada graduado imprima a su
formación, lo cierto es que genéricamente su mirada [la
del comunicólogo] se entrena desde un lugar
de cruce de gran parte de las ciencias sociales y humanas”.
¿Qué podemos hacer ante este panorama? ¿Cómo podemos
pensar y repensar a la ciencia de la comunicación? ¿Cómo debemos formar a los
profesionales de este campo del conocimiento? Quizás sea aventurado afirmar
rotundamente que la construcción de la comunicología como ciencia es la única
vía para dar respuesta a estas interrogantes. Sin embargo, en la actualidad
parece ser, al menos, el vehículo más consistente, puesto que genera debates a
nivel teórico pero con efectos en la práctica. Dicho de otra forma, la
construcción de una comunicología posible permite, por un lado, discutir y dar
a conocer la génesis y los fundamentos de la disciplina, y por el otro, puede
–o así debiera ser- afectar a la construcción académica y profesional de un
campo que parece todavía inmiscuido en un mar de dudas y lagunas conceptuales y
metodológicas. Ordenarlas, dotarlas de coherencia, sistematizarlas, es el
primer paso de esta aventura de construcción campal.
Esta propuesta no goza, en la actualidad, de una
consolidación notable entre los pensadores de la comunicación. Es más, en
muchas ocasiones la batalla por la construcción de una Comunicología autónoma
se considera perdida, superada o, en no menos casos, innecesaria. En términos
de Follari (2000), “no hay autonomía de este campo disciplinar, pues su objeto
no surge desde la peculiaridad de constitución de un nuevo campo teórico, sino
desde la directa necesidad social de explicarse un espacio concreto de
funcionamiento de ámbitos de lo real”. Si bien, como ya se ha apuntado
anteriormente, la comunicología tiene un origen interdisciplinar, consideramos
necesario retomar el debate sobre la necesidad de dotar a esta disciplina de
objetos y enfoques teóricos concretos, propios de ella, sobre todo por el
desarrollo del abundante cuerpo de conocimiento que se ha generado desde sus
instituciones. Y no menos importante es la consideración de que la
comunicología, finalmente, implica una nueva perspectiva de pensamiento que no
sólo se concentra en la construcción teórica sino también, aunque en estos
momentos todavía es escaso su desarrollo, en la construcción de metodologías
específicas[21].
En las próximas líneas se establecen algunas rutas de
acción posibles para contribuir al debate acerca de estos temas. Siendo la
interacción la dimensión que nos ocupa, en este documento se hará hincapié,
únicamente, en algunas estrategias que pueden ayudar a la recuperación de esta
dimensión comunicológica como básica dentro de la producción de saberes y las
prácticas que conforman el campo de la comunicación.
Todas las rutas que se proponen son sólo
orientaciones, posibilidades, y parten de la necesidad de repensar los planes
de estudio sobre comunicación, específicamente en los niveles de licenciatura
pero también en lo que concierne a estudios de postgrado.
III.1. Rutas posibles a nivel de licenciatura
Algo
que llama la atención cuando se revisan los planes de estudio de comunicación
es la falta de claridad con respecto al objeto mismo de la comunicación como
disciplina. Esta falta de claridad se percibe, sobre todo, en la delimitación
de los perfiles de egresados de las carreras de comunicación. Como se ha dicho
anteriormente, no está claro si lo que se busca es formar a comunicadores, a
profesionales de los medios de difusión masiva, o si por el contrario es la
figura del comunicólogo –el investigador y productor de conocimientos sobre
comunicación- la que se busca crear en las escuelas de comunicación. El debate
parece no conducir a ninguna parte, por lo que parece urgente retomar el debate
acerca de la delimitación campal de los estudios de comunicación[22].
Siendo la difusión la dimensión comunicológica que
mayor presencia parece tener en el campo académico de la comunicación, parece
más urgente integrar a las otras dimensiones que conforman el espacio
conceptual de este campo de conocimiento. Así pues, la interacción debe ser
recuperada, hecha visible en los planes de estudio de comunicación. Una primera
ruta posible es tomar en cuenta las aportaciones de la psicología social y la
fenomenología en las materias de introducción a la comunicación. De esta forma
se conseguiría abordar el concepto de interacción, como fundamento de la
comunicación humana, para hacer hincapié en que los estudios de comunicación no
sólo comprenden a la comunicación mediada.
Orientar al estudiante hacia lecturas procedentes de la psicología
social y la sociología fenomenológica puede ser una primera línea de acción a
fin de generar discusiones sobre comunicación que vayan más allá de los medios
de difusión masiva. Siguiendo en el ámbito más teórico, sería importante que
enfoques como la teoría sistémica y la cibernética –fundamento esta última de
la denominada teoría matemática de la información- adquirieran presencia en las
áreas o ejes de teorías de la comunicación incluidos en los planes de estudio.
En un orden más práctico, pero no por ello menos importante, puede ser válido y
eficaz ilustrar la dimensión de la interacción con base a ejemplos de
investigaciones empíricas que hayan abordado el tema, así como con ejemplos
procedentes de la propia cotidianidad de los estudiantes.
Todo ello puede contribuir a fomentar la
investigación de cuestiones relativas a la comunicación interpersonal y no
privilegiar únicamente los estudios sobre medios. En este sentido, teoría e investigación
deben ir estrechamente relacionadas, de manera que los conceptos abordados
desde una perspectiva más conceptual tengan efecto en las materias de
metodología de la investigación. Esta vinculación se hace evidente si se
considera que investigar es problematizar lo social: el estudiante parte de un
problema práctico que, para ser abordado, debe construirse a partir de espacios
conceptuales coherentes, a partir de categorías que permitan al sujeto alcanzar
un grado de abstracción mayor al de la mera problemática que se toma como punto
de partida[23].
A nivel de licenciatura, esta reflexión en torno a
los métodos de investigación científica, debe complementarse con la reflexión
sobre los propios métodos de la actividad profesional del comunicador. Dader
(2001) añade un tercer ámbito de reflexión no menos importante: los métodos de
la práctica docente en los centros de formación en comunicación. Estas
puntualizaciones deben ser contempladas en los diseños de los planes
curriculares sobre comunicación. Luego de definir con claridad los perfiles que
se busca crear, las academias deben esforzarse por considerar a la reflexividad
metodológica como complemento esencial de las materias más orientadas a la
construcción teórica, por una parte, y a la práctica profesional, por la otra.
III.2. Rutas posibles a nivel de postgrado
Los postgrados en
comunicación necesitan de la consolidación campal de la comunicología para
desarrollarse con consistencia tanto teórica como metodológica. Algo que llama
la atención es la relativa autonomía de este tipo de estudios, en el sentido
que en muchos de los casos éstos se imparten en centros o facultades de
ciencias sociales.
Un
primer nivel de reflexión nos hace pensar en la necesidad de tomar en cuenta
algunas premisas o necesidades básicas. Huir de los enfoques puramente
mediológicos o de difusión, para ampliar el espacio conceptual de la
comunicología, parece ser el punto de partida fundamental: la interacción, la
expresión y la estructuración deben retomarse como base para el desarrollo de
conocimiento comunicológico. En el caso concreto de la Interacción, como
dimensión que ocupa el centro de nuestra reflexión, una ruta posible puede ser
promover la reflexión teórica y la producción de saber sobre todo lo que
concierne a la comunicación interpersonal, a las relaciones intersubjetivas
entre los seres humanos. En este punto nuevamente parece conveniente recuperar
la génesis de la comunicología como campo de saber, y hacer hincapié en las
aportaciones que disciplinas como la psicología social y la sociología
fenomenológica han hecho al campo. Con el fin de no deslindar teoría de
práctica, y siendo los estudios de postgrado los niveles fundamentales para el
desarrollo de investigaciones tanto teóricas como aplicadas, se considera
conveniente fomentar el estudio conjunto de la interacción y de las estrategias
metodológicas y los paquetes técnicos que más claramente pueden acercarse a su
estudio. Dicho de otra forma, retomar a la Interacción como dimensión básica de
la comunicología no debe agotarse en su abordaje teórico, sino que debe ir más
allá y permitir la construcción de la interacción también como objeto de
investigación empírica. Esto se hace imprescindible en este nivel, sobre todo
si tomamos en cuenta que la metodología suele ser la gran laguna en el proceso
de formación a nivel de licenciatura.
Lo apuntado hasta el momento
deja entrever claramente dos niveles de discusión fundamentales para la
recuperación de la interacción como dimensión fundamental en los estudios de comunicología.
El primero es el nivel teórico-conceptual, que se relaciona con las materias
teóricas que se proponen en los planes de estudio. El segundo nivel se
corresponde con las materias de corte más práctico, metodológico o técnico,
donde se tendría que recuperar a la interacción como objeto de estudio más que
como concepto sobre el cual reflexionar.
Sin ánimos de considerar vacío e innecesario el debate en torno a la
dimensión de la difusión, en este artículo se ha pretendido explorar la
presencia de la interacción en la comunicología. Habiéndose detectado una débil
presencia de esta dimensión en la producción académica sobre comunicación, se
han ofrecido algunas rutas para su posible recuperación en los planes de
estudio de comunicación.
En la primera parte del texto
se ha ubicado conceptualmente a la interacción, comprendiéndola como fundamento
de las relaciones sociales y, por tanto, como materia prima de los procesos de
comunicación. El marco general de la reflexión se ha situado en los debates
generados en el grupo de estudio “Hacia una Comunicología posible”, que han
dado lugar a la sistematización bibliográfica a la que se ha hecho referencia a
lo largo del artículo. El último apunte ha tenido como fin exponer algunas
posibles estrategias que pueden contribuir a que se tome más en cuenta a la
dimensión de la interacción, en este caso en los espacios privilegiados de
construcción campal: las instituciones de educación superior que se dedican a
la formación de profesionales de la comunicación en sus múltiples
vertientes.
Dadas estas consideraciones,
este artículo se considera un primer apunte de lo que debería generar la
discusión en torno a la comunicología como ciencia con estatuto disciplinar
delimitado. Tomando como punto de partida la división de la comunicología en
cuatro dimensiones, sería conveniente trabajar a profundidad las tres
dimensiones restantes, así como continuar el debate teórico en torno a las
fuentes históricas que han contribuido a la emergencia de un campo de estudios
como la comunicología, caracterizado por una génesis interdisciplinaria, por
una presencia cada vez más fuerte en el campo de la educación superior en
México, y por seguir siendo, quizás paradójicamente, un ámbito de conocimiento
poco formalizado y consolidado conceptualmente.
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[1] Las reflexiones que se
abordan en este texto se originan en los encuentros del grupo de estudio “Hacia
una comunicología posible”, coordinado por el Dr. Jesús Galindo Cáceres en el
marco del Doctorado en Comunicación de la Universidad Veracruzana. El artículo
se sitúa una etapa de revisión, sistematización y descripción bibliográfica, de
“historia y reconstrucción reflexiva” (Galindo, 2004).
[2] Esta afirmación se contradice, en alguna medida, con la definición del término “comunicología” que el teórico y publicista Eulalio Ferrer introdujo en 1992 en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “Ciencia interdisciplinaria que estudia la comunicación en sus diferentes medios, técnicas y sistemas”.
[3] Esta clasificación tiene su origen en las
reflexiones y aportaciones del Dr. Jesús Galindo Cáceres. Para mayor
información, sus textos pueden ser consultados en la página http://www.geocities.com/arewara/arewara
[4] Siguiendo a Jesús Galindo (2004), en orden de complejidad, la expresión se refiere a la configuración de información; la difusión y la interacción plantean la composición, organización y desarrollo de sistemas de información y de sistemas de comunicación, respectivamente; por último, la estructuración hace referencia a la composición, organización y desarrollo de ambos sistemas simultáneamente.
[5] En general pueden diferenciarse seis acepciones al término de comunicación: la transmisión de un estado o propiedad; un comportamiento de un ser viviente que influye sobre otro; el intercambio de valores sociales; la transmisión de información; el acto de compartir significados; la formación de una unidad social teniendo en común valores, modos de vida y reglas de actuación. Estas acepciones se construyen sobre la base de la taxonomía de Luciano Gallino (1995: 181-183).
[6] Alex Mucchielli (1998) habla de cuatro
paradigmas fundamentales para el estudio de la dimensión psicológica de la
comunicación. Uno de ellos es el paradigma de relación-sistémico, que estudia
las relaciones entre individuos y que parte, fundamentalmente, de la primacía
otorgada a la interacción. La importancia dada a la interacción constituye una
de las principales aportaciones de los trabajos de la Escuela de Palo Alto.
[7] El enfoque físico lo encontramos en la propuesta del proceso lineal de comunicación de Shannon y Weaver, desarrollado en los años 40. Los enfoques críticos, representados en los trabajos de Adorno y Horkheimer, entre otros, tuvieron su máximo esplendor en la época de entreguerras, mientras que los enfoques lingüísticos de Saussure son próximos a la década de los 60. En esa misma década triunfan las perspectivas de corte sistémico, propuestas por los integrantes de la llamada Escuela de Palo Alto, específicamente por Bateson (1972), Watzlawick (1967) y Goffman (1969). Previamente a la emergencia de todos estos enfoques, los años 30 se caracterizan por el auge de los estudios de los efectos de los medios de comunicación de masas, cuyos máximos representantes fueron Lasswell, Lazarsfeld y Hovland, entre otros.
[8] En palabras de Marc y Picard (1992: 39), “la comunicación puede ser definida como un sistema abierto de interacciones; esto significa que aquello que sucede entre los interactuantes no se desenvuelve nunca en un encuentro a solas cerrado, en un ‘vacío social’, sino que se inscribe siempre en un contexto”.
[9] De hecho, Parsons (1966) concibe al complejo de comunicaciones interpersonales como uno de los elementos que conforman cualquier estructura comunitaria; para el autor, las relaciones de interacción entre dos personas están relacionadas en su aspecto físico, dos lugares discernibles entre sí; pero la comunidad no se queda en este mero intercambio físico o espacial, ya que la comunicación siempre supone el poseer una cultura común.
[10] Para Durkheim (1973), por encima de las representaciones privadas de los sujetos existe un mundo de “nociones-tipo” que regula las ideas y que supera al propio individuo. Así entonces, el individuo interactúa con estos códigos para transformarlos y estructurarlos según su interpretación personal.
[11] Según la tesis interaccionista, la construcción cognoscitiva del sujeto se
produce por la interacción con el medio ambiente, a través de una relación de
interdependencia o de bidireccionalidad entre el sujeto cognoscente y el objeto
cognoscible.
[12] Estas premisas forman parte de los denominados “Axiomas de la comunicación”. Para mayor información, ver Watzlawick (et.al.) (1971).
[13] Fue Herbert Blumer quien, en 1938, otorgó el nombre de Interaccionismo Simbólico a esta corriente. Las escuelas que la integran se marcaron como finalidad el estudio de los procesos de interacción social en el entendido de que éstos tienen por sustancia el intercambio comunicacional. En lo fundamental, el Interaccionismo Simbólico postula que las definiciones de las relaciones sociales son establecidas de forma interactiva por sus participantes.
[14] Los trabajos y reflexiones
realizados desde el Interaccionismo Simbólico parten de tres consideraciones
básicas: 1) Los humanos actúan respecto de las cosas sobre la base de las
significaciones que éstas tienen para ellos; 2) La significación de estas cosas
deriva, o surge, de la interacción social que un individuo tiene con los demás
actores; y 3) Estas significaciones se utilizan como un proceso de
interpretación efectuado por la persona en su relación con las cosas que
encuentra, y se modifican a través de dicho proceso.
[15]
Según la teoría de la acción dramatúrgica, el actor suscita en su público una
determinada imagen o impresión de sí, revelando su subjetividad de forma más o
menos calculada con miras a esa imagen que quiere dar. La acción dramatúrgica
está dirigida a un público que desconoce las intenciones estratégicas y cree
estar en una acción orientada al entendimiento.
[16]
Pese al título, la selección abarca un total de 140 libros: 75 extranjeros, 25
mexicanos, 5 diccionarios, 15 de metodología y 20 obras colectivos.
[17] Los datos geográficos y de época que se han apuntado a nivel general se corresponden, en gran parte, con las características específicas del desarrollo de la comunicología en el contexto concreto de México. A este respecto, Jesús Galindo (2004) afirma que la psicología social es una de las tres fuentes que han tenido poco desarrollo en México, junto con la sociología fenomenológica y la cibernética. El autor explica que la psicología social fue considerada en los años setenta como la ciencia madre de la comunicación, pero en la actualidad parece que el campo académico de la comunicación “ha tenido una mirada ciega a este campo de conocimiento” (Galindo, 2004).
[18] Esta consideración ha hecho que varios autores propugnen la necesidad de buscar una definición de comunicación que valga para todos. Al respecto, Newman (1976: 91-101) afirma que es necesario buscar “un significado para la comunicación, que permita a todas las personas que tienen que ver con la comunicación, independientemente de su formación, su área profesional, o sus propósitos inmediatos, hablarse de manera inteligible”.
[19] Como afirma Margarita Reyna (2003: 51), “ser profesional de la comunicación era ante todo trabajar en los medios; lo que al menos ya permitía intentar distinguir, aunque de manera borrosa, alguna destreza técnica que diferenciara a este saber-hacer, pretendidamente experto, de un saber ordinario”.
[20] Follari (2000) define a los comunicadores como sujetos “que tendrán capital importancia en la constitución de la opinión pública futura, los constructores de los futuros sentidos comunes”, mientras que los comunicólogos son los “estudiosos de la comunicación que también resultarán decisivos para configurar una especie de sentido común de segundo orden acerca de qué son los medios, qué influencia tienen y –sobre todo- qué hacer con ellos y respecto de ellos”. Pese a que esta diferenciación apunta a dos perfiles claramente distintos, podemos observar como nuevamente se apunta a los medios de difusión como único objeto de estudio de las ciencias de la comunicación. Esto se relaciona con la afirmación de Jesús Galindo (2003) de que “quitando la identidad corporativa de los medios de difusión todo lo demás es una inmensidad de posibilidades de orden”.
[21] En este sentido, Joan Costa (1999: 62) afirma que “la comunicología, que es el puente que arranca de las ciencias de la comunicación, establece metodologías y define sus aplicaciones a la gestión de la comunicación”. En este punto se encuentra definida la dimensión más práctica o aplicada, de intervención, que debiera caracterizar a la comunicología. Es lo que Jesús Galindo (2003) propone nombrar como Comunicometodología.
[22] La profesionalización de los estudios de comunicación tienen su origen en las propuestas surgidas de un seminario organizado por el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina (CIESPAL), y celebrado en Quito (Ecuador) en 1963. En este seminario, el CIESPAL concluyó que las escuelas de periodismo deberían tener nivel universitario; que el programa académico debería contar con un mínimo de cuatro años; que en el currículum tendrían que incluirse tanto cursos humanísticos como técnico-profesionales; que las escuelas tendieran a convertirse en facultades autónomas dentro de las universidades; y, por último, que las escuelas de periodismo deberían convertirse en escuelas de ciencias de la información o de la comunicación (cfr. Fuentes Navarro, 1990: 181-210).
[23] Esta necesidad de pensar conjuntamente teoría e investigación se ubica en un debate de mayor alcance. Por una parte, en la consideración de que la teoría “constituye sin duda el mapa de ruta y el foco de luz que hace avanzar el re-conocimiento de cualquier territorio científico” (Dader, 2001; Giner, 2001). Por la otra, en comprender que “no habrá generación teórica sólida sin reflexionar simultáneamente sobre los utensilios, es decir, los métodos, a partir de los cuales la realidad del campo específico se re-conoce y sus distintos elementos se relacionan” (Dader, 2001).