COMENTARIO EDITORIAL

Volumen 9 Número 1- Marzo de  1986

    HACIA UNA ENSEÑAZA MEDICA SOCIALMENTE AVANZADA

        Dr. Roberto Avellanal

En los años de la dictadura, de la intervención y el silencio, núcleos de universitarios siguieron reuniéndose y discutiendo la Universidad del futuro.

Cuando ello fue posible, grupos como el CLAEH y otros foros de discusión de similar importancia, publicaron valioso material sobre la nueva Universidad que se deseaba.

Muchas de esas ideas renovadoras preexistían antes de la intervención. De todo eso hoy deseamos rescatar un concepto en el que hay general coincidencia y analizar su aplicación a la enseñanza de la medicina.

La Universidad debe abrirse a su país. Debe dejarse impregnar por él y al mismo tiempo penetrarlo profundamente. La compenetración debe ser tal que en algunos aspectos los límites de la Universidad con el medio social sean indemarcables.

Esto que lo deseamos hacia afuera, lo vemos también hacia adentro. Cátedras, Institutos y Departamentos, sin perder su identidad, deberán intercambiar experiencias, colaborar estrechamente, cabalgar armónicamente sus actividades. No más enclaustramiento.

Creemos que esto es esencial a la nueva Universidad que todos deseamos. Debemos allanar el camino para que ella supere límites artificiales y se integre progresivamente a la vida del país. No estamos inventando ni descubriendo nada sino expresando ideas y aspiraciones colectivas.

Estos conceptos se aplican muy específicamente a la enseñanza de la medicina. Hace mucho tiempo hay coincidencia en la necesidad de extender la enseñanza fuera del ámbito hospitalario. En ello convergen varias necesidades. Se hace imprescindible buscar nuevos campos de enseñanza que acerquen el estudiante al ejercicio real de la profesión.

Esta naturalmente no se ejerce solo en los hospitales y menos aún, solo en los de Montevideo. Otros medios médicos abrirán nuevas posibilidades y un campo fértil para la enseñanza y la investigación.

Converge también en esta necesidad otro factor fundamental que rebela nuestra conciencia social.

Estamos acostumbrados aún cuestionándola, a una enseñanza clasista. Aprendemos medicina en el hombre enfermo sí, pero en cuanto pobre. Quienes están obligados a ser pobres por una injusta distribución de la riqueza, deben recurrir para su asistencia a los organismos ‘gratuitos’ del Estado. En ellos reciben una atención con graves carencias, como todos sabemos, que además deben pagar prestando su cuerpo y su mente para la enseñanza de la medicina. Se agrava aún más su falta de confort elemental, con la agresión inevitable un una sala llena de estudiantes de pre y postgrado, que deben auscultar un soplo, palpar su hígado enfermo o interrogar sus angustias.

El aprendizaje de la medicina requiere inevitablemente el contacto con el hombre enfermo. Distribuyamos equitativamente esa relación inevitable. Siempre molesta cuando reiterativa, otras veces enriquecedora en cuanto contacto humano, si se hace en condiciones de una asistencia médica digna.

Utilicemos todos los recursos asistenciales del país para enseñar medicina. Hospitales privados y mutuales, policlínicas zonales y rurales y aún consultorios médicos individuales pueden ser válidos para la enseñanza. Naturalmente que los niveles, formas y programas serán los que la Universidad establezca técnicamente.

Se trata ahora con imaginación y con audacia de abrir nuevos caminos, de romper viejos enclaustramientos mentales. No estamos proponiendo que de un día para otro se derramen cientos de estudiantes por los hospitales mutuales.

No es esa la intención, pero sí debemos dar pasos firmes hacia una tal apertura.

Sólo un Internado extendido al ámbito mutual podrá dar cuenta de la aspiración de que sea obligatorio, como está decidido por el Plan de Estudios de la Facultad, cuya vigencia ha ratificado el Consejo. Internado que deberá incluir en sus rotaciones solo aquellas estructuras asistenciales que por su capacidad técnica y humana permitan una fértil presencia para el estudiante.

Este es un ejemplo concreto y lograble en el corto plazo de extensión extrahospitalaria de la enseñanza médica. Otro puede ser, también en el corto plazo, el de las Residencias Médicas y aún el de la enseñanza curricular de postgrado. Es conocido universalmente que aquellos servicios que reciben estudiantes, mejoran ineludiblemente, por su fermental presencia, el nivel asistencial. Es la contrapartida que recibirán quienes se integren en estos planes.

Toda estructura asistencial apta para la docencia deberá aportar algún esfuerzo material y voluntad creativa.

Los pacientes, los verdaderos depositarios de todo esfuerzo asistencial, recibirán el directo beneficio de una medicina de mejor nivel.

Los cursos del Ciclo Clínico Patológico iniciados este año en el Hospital Escuela de Paysandú, de honrosos antecedentes en la materia, hacen realidad estas ideas. Allí los estudiantes, impulsados por su iniciativa creadora y acompañados por el magnífico grupo humano que integra el personal de salud de la zona, extenderán su docencia a centros privados del área de la medicina colectiva.

En esa como en todas las ciudades del país, los médicos han creado con su esfuerzo, muy buenos centros asistenciales que pueden perfectamente habilitarse para la enseñanza de la medicina. Ya se están organizando con similar potencial docente, los médicos de Maldonado. Existen entre tanto núcleos de elevado nivel científico y humano con capacidad docente, como el Grupo Migues en Canelones, íntimamente vinculado a esta Revista; confiamos en el surgimiento de nuevos grupos en el Interior.

Sólo se necesita abrir caminos que económicamente hagan posible la estadía de estudiantes en ellos. En Montevideo, entre tanto, con excelente capacidad instalada en el ámbito mutual, con fácil acceso de los docentes que en ellas trabajan, deben comenzar a darse pasos de similar apertura.

Estas posibilidades se comparecen además con un grave problema, al que los universitarios y el pueblo todo no pueden estar ajenos. La Universidad ha quedado presupuestalmente asfixiada, críticamente pobre. Esta penuria económica que todo hace pensar habrá de extenderse a los próximos años, nos obliga a extremar esfuerzos en la búsqueda de financiación y recursos. Lo que no viene a través de su presupuesto regular deberá ser aportado en otras formas por la comunidad y eventualmente por organismos internacionales.

 

Es un desafío y una apuesta a la imaginación.


COMENTARIO EDITORIAL

Voumen  9 - Número 4-5 - Diciembre de 1986

LAS PRISIONES POLÍTICAS EN URUGUAY: UNA CONTINUACIÓN DE LA TORTURA

Dr. Raúl Lombardi (SMU)

‘Los delincuentes por los que ustedes se interesan, no sólo gozan de todas las garantías legales y humanas, sino que además están alojados en cárceles modernas de ‘cinco estrellas’, privilegio que no tienen nuestros delincuentes comunes’.

Dr.  (médico) Federico GARCIA-CAPURRO, Consejero de Estado, en caRta dirigida al Dr. (médico) Richard H. Goldstein, del Albert Einstein College of Medicine of New York, en respuesta a la preocupación expresada por éste acerca de la situación de los deternidos políticos, el 16-10-79.

El objetivo de la prisión, para los presos políticos uruguayos, consistió en el intento de destrucción psíquica, física y moral de los detenidos. Este se inició en el momento de la privación de libertad con la tortura y fue continuado con la reclusión en establecimientos especiales dotados de una estructura elaborada cuidadosamente, para lograr ese fin.

Los procedimientos iniciados en ambas instancias -tanto la tortura como la reclusión- fueron similares y estuvieron dirigidos a la anulación sistemática de los mecanismos de adaptación de la víctima, para mantener el equilibrio y la integridad de su persona.

Al caer en prisión, el individuo pierde sus puntos referenciales habituales y los debe sustituir por otros, que son, fundamentalmente, el medio social carcelario y las relaciones con el medio familiar y social exterior. Estos aspectos fueron sistemáticamente atacados a través de la organización carcelaria, con la finalidad del debilitamiento o destrucción a largo plazo de los detenidos.

Es conveniente recordar que el prisionero ingresa al establecimiento de reclusión luego de haber sido sometido a la tortura y como consecuencia de ésta a menudo su autovaloración está profundamente alterada.

Ese es el nivel basal sobre el que la prisión en Uruguay se preocupó de actuar para profundizar y ensanchar el daño producido en la primera instancia.

La estructura carcelaria para prisioneros políticos ejerció sus efectos destructivos a tres niveles: individual, grupo familiar y medio social.

 

A nivel individual:

a) Agresión física: La agresión física directa no fue un procedimiento empleado habitualmente con los detenidos en el Establecimiento de Detención de que se ocupa el presente relato. Sin embargo se enfocó la acción a través del efecto acumulativo de varios factores generadores de enfermedad, aplicados sobre prisioneros con penas de reclusión largas (previstas entre dos y cuarenta y cinco años). Dichos factores fueron:

Alimentación: variable en el tiempo; en períodos escasa, aunque habitualmente suficiente desde el punto de vista calórico global. La monotonía de la alimentación y las limitaciones al ingreso de alimentos del exterior, originó dietas carenciadas sobre todo de vitaminas y oligoelementos.

Frío-humedad: determinados por una estructura maciza de hormigón armado, levantada del suelo sobre columnas también de hormigón y sin ningún sistema de acondicionamiento térmico para combatir el frío o el calor ambientales. No estaba permitido el empleo de métodos individuales de calefacción, incluyendo la realización de ejercicio físico destinado a combatir el frío. Los pocos casos en que se autorizó  una estufa eléctrica dentro de la celda fueron por estricta indicación médica y sometido al riesgo permanente de la anulación de dicha autorización. Los revestimientos de muros favorecían la condensación de la humedad ambiente.

Sedentarismo: el prisionero debía permanecer dentro de la celda 23 horas al día, disponiendo de una hora para recreo fuera de ella si no estaba sancionado. Un número relativamente bajo de prisioneros que desarrollaban tareas en el Penal (talleres, cocina, quinta, etc.) permanecía más tiempo fuera de la celda.

Reducción del espacio vital: las celdas inicialmente fueron diseñadas para detenidos comunes que las habitarían individualmente durante la noche, ya que el resto del día desarrollarían -de acuerdo a la concepción primitiva de esa cárcel- tareas productivas. En este espacio fueron recluídos dos prisioneros por celda, salvo en el sector de ‘seguridad’ durante 23 horas al día. Parte de los prisioneros fueron alojados en construcciones de tipo galpones (barracas) en las cuales el espacio que correspondía a cada uno era reducido, con hacinamiento.

Falta de aire y sol: de lo anterior se deduce la carencia de estos elementos.

Hacinamiento: también se deduce de lo anterior. El espacio libre correspondiente a cada preso en la celda era de 1 m2 y en barraca de 1.5 m2.

Falta de higiene: el baño corporal debía ser autorizado expresamente, bajo vigilancia estricta y con un tiempo limitado, siempre muy breve. Si se realizaba dentro de la celda motivaba una sanción.

La tensión permanente: esta ha sido una de las constantes durante la reclusión y un claro factor generador de afecciones psico-somáticas (afecciones gastrointestinales, cardiovasculares, osteomusculares, dermatológicas, odontológicas, etc.).

Omisión, negligencia e impericia en la atención médica: la atención médica estaba a cargo de médicos militares. Estos veían a los prisioneros en la Enfermería del Establecimiento de Reclusión o en el Hospital Militar Central cuando eran llevados para consulta o internación. Todos estos médicos tienen grado militar y están sujetos a la jerarquía militar. A modo de ejemplo puede citarse que todos los actos médicos por ellos determinados, debían contar con la autorización expresa del Jefe de Reclusión (un Oficial no médico) para hacerse efectiva (solicitudes de exámenes de laboratorio, traslados al Hospital Militar, otorgamiento  de regímenes alimenticios y reposos por enfermedad, autorización para baño diario por afecciones dermatológicas, permisos para tenencia de bolsa de agua caliente o estufa eléctrica, etc.).

El traslado de un preso al Hospital Militar requería un pesado proceso burocrático y de seguridad que no fue modificado, aún en los casos de extrema urgencia, como paro cardíaco, en los que se debió continuar las medidas de reanimación, a la espera del mismo.

En el Hospital Militar los presos eran internados en una sala con altas medidas de seguridad; se identificaban por un número y el acceso del personal médico militar estaba estrictamente limitado a los que eran designados por la Dirección.

Si era necesario el traslado a otro sector (Radiología, interconsulta, etc.) el preso era llevado esposado y a menudo con los ojos vendados. El preso nunca tuvo la posibilidad de ser atendido por médicos ajenos a las Fuerzas Armadas.

Por razones de espacio no es posible realizar una descripción más completa de la estructura sanitaria, pro es suficientemente elocuente para admitir que la omisión y negligencia en la atención médica era la norma.

 

b) Agresión psico-emocional:

Debilitamiento de las defensas psíquicas: a través de una modificación desfavorable del medio ambiente, frío, falta de confort mínimo; estructura de la celda, reducción del espacio vital, que crea conflictos y genera stress; alimentación deficiente y monótona, que al mismo tiempo aumenta la sensibilidad al frío y genera aburrimiento y pérdida del humor; horarios rígidamente reglamentados con una rutina monótona que sin embargo era quebrada de manera imprevista y deliberada; realización ‘contra-reloj’ de acciones cotidianas individuales tales como comer o bañarse, prohibición absoluta de toda iniciativa; falta de privacidad y observación permanente por parte de los carceleros; perturbaciones del sueño por ruidos, luces, gritos, golpes metálicos, etc.

Aislamiento: se buscó el aislamiento del conjunto de los presos con el medio exterior y de ellos entre sí. Con respecto a lo primero la única vinculación que tenían los prisioneros con el exterior estaba dada por la visita de sus familiares que se realizaba quincenalmente con grandes limitaciones de comunicación y bajo vigilancia. La información proporcionada por las autoridades a través de la red interna de parlantes era cuidadosamente seleccionada y censurada, lo mismo que el ingreso de material informativo. Recién en 1984 se permitió el ingreso de un diario, un ejemplar por semana, para un sector restringido. Radio no se permitió nunca. La televisión solo mediante el uso de programas previamente grabados en video-cassette a partir de 1983.

Desde setiembre de 1972 hasta mediados de 1980, no ingresó al Penal ninguna persona u organismo sin vinculación con las Fuerzas Armadas o el Gobierno. En esa fecha, y luego de cuatro años de gestiones, se realizó la primera visita de la Cruz Roja Internacional, con posibilidad de entrevistar privadamente a los prisioneros

El aislamiento de los presos entre sí fue un objetivo permanentemente buscado: la población carcelaria estaba estrictamente dividida en sectores de no más de 50 presos que tenían prohibida toda forma de comunicación, incluyendo el saludo entre presos de distintos sectores. Un simple cruce de miradas era sancionado. A su vez, los presos del mismo sector podían comunicarse solamente durante los horarios de recreo. Los desplazamientos se hacían en rigurosa formación, con las manos atrás, la mirada al frente y con la orden de absoluto silencio. De esta forma cada preso tenía una hora diaria (durante el recreo) para relacionarse con los compañeros de su sector, no pudiéndose reunir grupos mayores de dos personas o realizar cualquier actividad colectiva. De esta manera se combatió toda forma de nucleamiento o vínculo interpersonal que signifique apoyo, afectividad y solidaridad humanas.

Inseguridad: la amenaza de un ataque provoca más pánico que el ataque mismo. Esto explica la altísima tensión a la espera de nuevas medidas, de nuevas arbitrariedades. Pero una vez que esto ocurre, la nueva situación pierde su efecto ya que permite adaptarse a lo nuevo. Esto obligó a las autoridades a un continuo cambio y renovación de normas. Uno de los ejemplos más claros de la desestabilización es la política seguida en cuanto a la ubicación del preso: reestructuras permanentes, continuos cambios de celda o del compañero de celda, de ala, de sector, de piso, de Celdario a Barraca, de cuchetas dentro de la misma Barraca. Prohibición de adecuar la celda a las necesidades mínimas para una vida estable (repisas, estantes, etc.). Se vive continuamente como en campamento, pero durante años. Los cambios de celda son sorpresivos y con pocos minutos para acomodar y trasladar los objetos personales. Dada las condiciones de estricta compartimentación, el cambio de celda puede ser comparable a la mudanza brusca de casas, barrio, trabajo, etc. La inseguridad e incertidumbre crean la sensación de un poder sin límites y por lo tanto buscan frenar todo tipo de acción. Mediante la despersonalización se buscó acentuar la inseguridad generando sentimiento de pérdida: se pierde el nombre, el pelo y la ropa, como elementos de identificación.

Todo es uniforme, todo es gris. El prisionero se transforma en una cosa, sin derechos, sin iniciativas ni pertenencias. Se busca automatizar la conducta; se intenta anular el pensamiento, la iniciativa, la capacidad renovadora y creativa. Todo esto crea una inseguridad permanente donde la arbitrariedad y el terror son los únicos elementos que la cárcel le ofrece al prisionero en sustitución de lo perdido.

 

A nivel de grupo familiar

El objetivo fue la destrucción del mismo a través de:

a)régimen de visitas: quincenal para adultos y mensual para niños, frecuencia suficiente para mantener la necesidad del vínculo pero insuficiente para desarrollarlo. De breve duración (45 a 60 minutos) y carente de contacto directo e intimidad (separados por un vidrio y comunicados por teléfono, con grabación de la visita). La visita se desarrollaba además en un ambiente tenso y represivo hacia el preso y familiares.

Este único vínculo era inestable, ya que estaba sujeto a interrupción por sanciones.

b) correspondencia: restringida (en espacio y destinatarios) y censurada. La demora deliberada en la entrada y salida de la misma dificultaba la continuidad en la comunicación.

c) hostigamiento directo a la familia: interponiendo trámites engorrosos, largas esperas a la intemperie, y frecuentemente destrato personal y humillación.

A nivel de medio social

El objetivo fue la desinserción y el aislamiento, a través de una política sistemática de persecución de todas las formas de información y discusión de la realidad. La información oficial brindada fue siempre interesadamente distorsionada. Se buscó además el desarraigo del medio laboral, dificultando la continuidad de estudios y el aprendizaje de oficios.

Las consecuencias de todo esto se expresaron a distintos niveles. En un elevado porcentaje se logró una inestabilidad psico-emocional que llevó a más de un 60% de los presos a consumir psicofármacos en forma permanente. Aproximadamente un 10% sufrió trastornos psiquiátricos mayores, frecuentemente cuadros delirantes y alucinatorios crónicos. Es ilustrativo que los delirios alucinatorios fueron casi siempre auditivos y de contenido persecutorio.

La asistencia psiquiátrica estaba exclusivamente en manos del psiquiatra militar. El preso con trastornos psiquiátricos era sometido a un hostigamiento y persecución selectiva, junto con un manipuleo de la medicación, que creaba dependencia; por otro lado se intentó utilizarlo como un elemento perturbador de la convivencia. La agresividad generada en los presos se expresó en sus formas extremas como auto-agresividad, que llevaron al suicidio a 9 de ellos.

Fueron muy numerosos los intentos de autoeliminación. Menos frecuentemente se observaron conductas hetero-agresivas; la más grave se trató de un preso con un delirio crónico y agresividad manifiesta, a quien se le adjudicaron tareas en la leñera del Penal y donde mató de un hachazo a otro compañero. En el aspecto somático se observó una diversa patología determinada fundamentalmente por secuelas de la tortura (paresias y trastornos sensitivos de miembros superiores por las ‘colgadas’; várices de miembros inferiores por ‘plantones’), y por las condiciones físicas de la reclusión y la tensión: agravación de enfermedades respiratorias, aparición de hipertensión y coronariopatías en personas jóvenes, ulcus gastroduodenal y hemorragias digestivas, infecciones estacionales, hepatitits, tuberculosis.

En una categoría de menor gravedad relativa pero altamente frecuente se ubican las afecciones ósteo-articulares, dermatológicas, circulatorias periféricas y digestivas funcionales, trastornos de la visión y la acomodación por la luz artificial y el espacio estrecho.

Como un hecho aparte, comprobado pero no interpretado, se destaca el alto número de enfermedades neoplásicas.

La mortalidad en esta población fue significativa, sobre todo si se considera que un porcentaje elevado de la misma eran jóvenes y previamente sanos. Treinta murieron en prisión, a los que debe agregarse los suicidios durante la detención y los fallecidos fuera de la cárcel, pocos días después de liberados. De aquellos se destaca que la principal causa de muerte fue de origen cardíaco (10), cinco por neoplasias, cuatro por cuadros infecciosos graves (peritonitis, septicemia), una por anemia aguda, tres por accidente vascular encefálico y el resto distribuido en diversas causas (insuficiencia renal, lupus eritematoso).

Conclusión:

La tortura fue un procedimiento utilizado sistemáticamente en nuestro país a los opositores políticos, con los siguientes objetivos:

 

a) la información

b) el castigo

c) la intimidación

La prisión o la cárcel tuvieron por cometido extender las fases b) y c) de la tortura, aplicadas durante todo el tiempo de reclusión para alcanzar la destrucción psíquica, física y moral, mediante una política carcelaria cuidadosamente elaborada. Los resultados fueron comentados en las líneas precedentes.

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