En los años de la dictadura, de la
intervención y el silencio, núcleos de universitarios siguieron reuniéndose y
discutiendo la Universidad del futuro.
Cuando ello fue posible, grupos
como el CLAEH y otros foros de discusión de similar importancia, publicaron
valioso material sobre la nueva Universidad que se deseaba.
Muchas de esas ideas renovadoras
preexistían antes de la intervención. De todo eso hoy deseamos rescatar un
concepto en el que hay general coincidencia y analizar su aplicación a la enseñanza
de la medicina.
La Universidad debe abrirse a su país.
Debe dejarse impregnar por él y al mismo tiempo penetrarlo profundamente. La
compenetración debe ser tal que en algunos aspectos los límites de la
Universidad con el medio social sean indemarcables.
Esto que lo deseamos hacia afuera,
lo vemos también hacia adentro. Cátedras, Institutos y Departamentos, sin
perder su identidad, deberán intercambiar experiencias, colaborar
estrechamente, cabalgar armónicamente sus actividades. No más
enclaustramiento.
Creemos que esto es esencial a la
nueva Universidad que todos deseamos. Debemos allanar el camino para que ella
supere límites artificiales y se integre progresivamente a la vida del país.
No estamos inventando ni descubriendo nada sino expresando ideas y aspiraciones
colectivas.
Estos conceptos se aplican muy
específicamente a la enseñanza de la medicina. Hace mucho tiempo hay
coincidencia en la necesidad de extender la enseñanza fuera del ámbito
hospitalario. En ello convergen varias necesidades. Se hace imprescindible
buscar nuevos campos de enseñanza que acerquen el estudiante al ejercicio real
de la profesión.
Esta naturalmente no se ejerce solo
en los hospitales y menos aún, solo en los de Montevideo. Otros medios médicos
abrirán nuevas posibilidades y un campo fértil para la enseñanza y la
investigación.
Converge también en esta necesidad
otro factor fundamental que rebela nuestra conciencia social.
Estamos acostumbrados aún cuestionándola,
a una enseñanza clasista. Aprendemos medicina en el hombre enfermo sí, pero en
cuanto pobre. Quienes están obligados a ser pobres por una injusta distribución
de la riqueza, deben recurrir para su asistencia a los organismos
‘gratuitos’ del Estado. En ellos reciben una atención con graves carencias,
como todos sabemos, que además deben pagar prestando su cuerpo y su mente para
la enseñanza de la medicina. Se agrava aún más su falta de confort elemental,
con la agresión inevitable un una sala llena de estudiantes de pre y postgrado,
que deben auscultar un soplo, palpar su hígado enfermo o interrogar sus
angustias.
El aprendizaje de la medicina
requiere inevitablemente el contacto con el hombre enfermo. Distribuyamos
equitativamente esa relación inevitable. Siempre molesta cuando reiterativa,
otras veces enriquecedora en cuanto contacto humano, si se hace en condiciones
de una asistencia médica digna.
Utilicemos todos los recursos
asistenciales del país para enseñar medicina. Hospitales privados y mutuales,
policlínicas zonales y rurales y aún consultorios médicos individuales pueden
ser válidos para la enseñanza. Naturalmente que los niveles, formas y
programas serán los que la Universidad establezca técnicamente.
Se trata ahora con imaginación y
con audacia de abrir nuevos caminos, de romper viejos enclaustramientos
mentales. No estamos proponiendo que de un día para otro se derramen cientos de
estudiantes por los hospitales mutuales.
No es esa la intención, pero sí
debemos dar pasos firmes hacia una tal apertura.
Sólo un Internado extendido al ámbito
mutual podrá dar cuenta de la aspiración de que sea obligatorio, como está
decidido por el Plan de Estudios de la Facultad, cuya vigencia ha ratificado el
Consejo. Internado que deberá incluir en sus rotaciones solo aquellas
estructuras asistenciales que por su capacidad técnica y humana permitan una fértil
presencia para el estudiante.
Este es un ejemplo concreto y
lograble en el corto plazo de extensión extrahospitalaria de la enseñanza médica.
Otro puede ser, también en el corto plazo, el de las Residencias Médicas y aún
el de la enseñanza curricular de postgrado. Es conocido universalmente que
aquellos servicios que reciben estudiantes, mejoran ineludiblemente, por su
fermental presencia, el nivel asistencial. Es la contrapartida que recibirán
quienes se integren en estos planes.
Toda estructura asistencial apta
para la docencia deberá aportar algún esfuerzo material y voluntad creativa.
Los pacientes, los verdaderos
depositarios de todo esfuerzo asistencial, recibirán el directo beneficio de
una medicina de mejor nivel.
Los cursos del Ciclo Clínico Patológico
iniciados este año en el Hospital Escuela de Paysandú, de honrosos
antecedentes en la materia, hacen realidad estas ideas. Allí los estudiantes,
impulsados por su iniciativa creadora y acompañados por el magnífico grupo
humano que integra el personal de salud de la zona, extenderán su docencia a
centros privados del área de la medicina colectiva.
En esa como en todas las ciudades
del país, los médicos han creado con su esfuerzo, muy buenos centros
asistenciales que pueden perfectamente habilitarse para la enseñanza de la
medicina. Ya se están organizando con similar potencial docente, los médicos
de Maldonado. Existen entre tanto núcleos de elevado nivel científico y humano
con capacidad docente, como el Grupo Migues en Canelones, íntimamente vinculado
a esta Revista; confiamos en el surgimiento de nuevos grupos en el Interior.
Sólo se necesita abrir caminos que
económicamente hagan posible la estadía de estudiantes en ellos. En
Montevideo, entre tanto, con excelente capacidad instalada en el ámbito mutual,
con fácil acceso de los docentes que en ellas trabajan, deben comenzar a darse
pasos de similar apertura.
Estas posibilidades se comparecen
además con un grave problema, al que los universitarios y el pueblo todo no
pueden estar ajenos. La Universidad ha quedado presupuestalmente asfixiada, críticamente
pobre. Esta penuria económica que todo hace pensar habrá de extenderse a los
próximos años, nos obliga a extremar esfuerzos en la búsqueda de financiación
y recursos. Lo que no viene a través de su presupuesto regular deberá ser
aportado en otras formas por la comunidad y eventualmente por organismos
internacionales.
Es un desafío y una apuesta a la
imaginación.
‘Los delincuentes por los que
ustedes se interesan, no sólo gozan de todas las garantías legales y humanas,
sino que además están alojados en cárceles modernas de ‘cinco estrellas’,
privilegio que no tienen nuestros delincuentes comunes’.
Dr. (médico) Federico
GARCIA-CAPURRO, Consejero de Estado, en caRta dirigida al Dr. (médico) Richard
H. Goldstein, del Albert Einstein College of Medicine of New York, en respuesta
a la preocupación expresada por éste acerca de la situación de los deternidos
políticos, el 16-10-79.
El objetivo de la prisión, para
los presos políticos uruguayos, consistió en el intento de destrucción psíquica,
física y moral de los detenidos. Este se inició en el momento de la privación
de libertad con la tortura y fue continuado con la reclusión en
establecimientos especiales dotados de una estructura elaborada cuidadosamente,
para lograr ese fin.
Los procedimientos iniciados en
ambas instancias -tanto la tortura como la reclusión- fueron similares y
estuvieron dirigidos a la anulación sistemática de los mecanismos de adaptación
de la víctima, para mantener el equilibrio y la integridad de su persona.
Al caer en prisión, el individuo
pierde sus puntos referenciales habituales y los debe sustituir por otros, que
son, fundamentalmente, el medio social carcelario y las relaciones con el medio
familiar y social exterior. Estos aspectos fueron sistemáticamente atacados a
través de la organización carcelaria, con la finalidad del debilitamiento o
destrucción a largo plazo de los detenidos.
Es conveniente recordar que el
prisionero ingresa al establecimiento de reclusión luego de haber sido sometido
a la tortura y como consecuencia de ésta a menudo su autovaloración está
profundamente alterada.
Ese es el nivel basal sobre el que
la prisión en Uruguay se preocupó de actuar para profundizar y ensanchar el daño
producido en la primera instancia.
La estructura carcelaria para
prisioneros políticos ejerció sus efectos destructivos a tres niveles:
individual, grupo familiar y medio social.
A nivel individual:
a) Agresión física: La agresión física directa no fue un
procedimiento empleado habitualmente con los detenidos en el Establecimiento de
Detención de que se ocupa el presente relato. Sin embargo se enfocó la acción
a través del efecto acumulativo de varios factores generadores de enfermedad,
aplicados sobre prisioneros con penas de reclusión largas (previstas entre dos
y cuarenta y cinco años). Dichos factores fueron:
Alimentación: variable en el tiempo; en períodos escasa, aunque
habitualmente suficiente desde el punto de vista calórico global. La monotonía
de la alimentación y las limitaciones al ingreso de alimentos del exterior,
originó dietas carenciadas sobre todo de vitaminas y oligoelementos.
Frío-humedad: determinados por una estructura maciza de hormigón
armado, levantada del suelo sobre columnas también de hormigón y sin ningún
sistema de acondicionamiento térmico para combatir el frío o el calor
ambientales. No estaba permitido el empleo de métodos individuales de calefacción,
incluyendo la realización de ejercicio físico destinado a combatir el frío.
Los pocos casos en que se autorizó una
estufa eléctrica dentro de la celda fueron por estricta indicación médica y
sometido al riesgo permanente de la anulación de dicha autorización. Los
revestimientos de muros favorecían la condensación de la humedad ambiente.
Sedentarismo: el prisionero debía permanecer dentro de la celda
23 horas al día, disponiendo de una hora para recreo fuera de ella si no estaba
sancionado. Un número relativamente bajo de prisioneros que desarrollaban
tareas en el Penal (talleres, cocina, quinta, etc.) permanecía más tiempo
fuera de la celda.
Reducción del espacio vital: las celdas inicialmente fueron
diseñadas para detenidos comunes que las habitarían individualmente durante la
noche, ya que el resto del día desarrollarían -de acuerdo a la concepción
primitiva de esa cárcel- tareas productivas. En este espacio fueron recluídos
dos prisioneros por celda, salvo en el sector de ‘seguridad’ durante 23
horas al día. Parte de los prisioneros fueron alojados en construcciones de
tipo galpones (barracas) en las cuales el espacio que correspondía a cada uno
era reducido, con hacinamiento.
Falta de aire y sol: de lo anterior se deduce la carencia de estos
elementos.
Hacinamiento: también se deduce de lo anterior. El espacio libre
correspondiente a cada preso en la celda era de 1 m2 y en barraca de
1.5 m2.
Falta de higiene: el baño corporal debía ser autorizado
expresamente, bajo vigilancia estricta y con un tiempo limitado, siempre muy
breve. Si se realizaba dentro de la celda motivaba una sanción.
La tensión permanente: esta ha sido una de las
constantes durante la reclusión y un claro factor generador de afecciones
psico-somáticas (afecciones gastrointestinales, cardiovasculares,
osteomusculares, dermatológicas, odontológicas, etc.).
Omisión, negligencia e impericia en la atención médica:
la atención médica estaba a cargo de médicos militares. Estos veían a los
prisioneros en la Enfermería del Establecimiento de Reclusión o en el Hospital
Militar Central cuando eran llevados para consulta o internación. Todos estos médicos
tienen grado militar y están sujetos a la jerarquía militar. A modo de ejemplo
puede citarse que todos los actos médicos por ellos determinados, debían
contar con la autorización expresa del Jefe de Reclusión (un Oficial no médico)
para hacerse efectiva (solicitudes de exámenes de laboratorio, traslados al
Hospital Militar, otorgamiento de
regímenes alimenticios y reposos por enfermedad, autorización para baño
diario por afecciones dermatológicas, permisos para tenencia de bolsa de agua
caliente o estufa eléctrica, etc.).
El traslado de un preso al Hospital
Militar requería un pesado proceso burocrático y de seguridad que no fue
modificado, aún en los casos de extrema urgencia, como paro cardíaco, en los
que se debió continuar las medidas de reanimación, a la espera del mismo.
En el Hospital Militar los presos
eran internados en una sala con altas medidas de seguridad; se identificaban por
un número y el acceso del personal médico militar estaba estrictamente
limitado a los que eran designados por la Dirección.
Si era necesario el traslado a otro
sector (Radiología, interconsulta, etc.) el preso era llevado esposado y a
menudo con los ojos vendados. El preso nunca tuvo la posibilidad de ser atendido
por médicos ajenos a las Fuerzas Armadas.
Por razones de espacio no es
posible realizar una descripción más completa de la estructura sanitaria, pro
es suficientemente elocuente para admitir que la omisión y negligencia en la
atención médica era la norma.
b) Agresión psico-emocional:
Debilitamiento de las defensas psíquicas:
a través de una modificación desfavorable del medio ambiente, frío, falta de
confort mínimo; estructura de la celda, reducción del espacio vital, que crea
conflictos y genera stress; alimentación deficiente y monótona, que al mismo
tiempo aumenta la sensibilidad al frío y genera aburrimiento y pérdida del
humor; horarios rígidamente reglamentados con una rutina monótona que sin
embargo era quebrada de manera imprevista y deliberada; realización
‘contra-reloj’ de acciones cotidianas individuales tales como comer o bañarse,
prohibición absoluta de toda iniciativa; falta de privacidad y observación
permanente por parte de los carceleros; perturbaciones del sueño por ruidos,
luces, gritos, golpes metálicos, etc.
Aislamiento: se buscó el aislamiento del conjunto de los presos
con el medio exterior y de ellos entre sí. Con respecto a lo primero la única
vinculación que tenían los prisioneros con el exterior estaba dada por la
visita de sus familiares que se realizaba quincenalmente con grandes
limitaciones de comunicación y bajo vigilancia. La información proporcionada
por las autoridades a través de la red interna de parlantes era cuidadosamente
seleccionada y censurada, lo mismo que el ingreso de material informativo. Recién
en 1984 se permitió el ingreso de un diario, un ejemplar por semana, para un
sector restringido. Radio no se permitió nunca. La televisión solo mediante el
uso de programas previamente grabados en video-cassette a partir de 1983.
Desde setiembre de 1972 hasta
mediados de 1980, no ingresó al Penal ninguna persona u organismo sin vinculación
con las Fuerzas Armadas o el Gobierno. En esa fecha, y luego de cuatro años de
gestiones, se realizó la primera visita de la Cruz Roja Internacional, con
posibilidad de entrevistar privadamente a los prisioneros
El aislamiento de los presos entre
sí fue un objetivo permanentemente buscado: la población carcelaria estaba
estrictamente dividida en sectores de no más de 50 presos que tenían prohibida
toda forma de comunicación, incluyendo el saludo entre presos de distintos
sectores. Un simple cruce de miradas era sancionado. A su vez, los presos del
mismo sector podían comunicarse solamente durante los horarios de recreo. Los
desplazamientos se hacían en rigurosa formación, con las manos atrás, la
mirada al frente y con la orden de absoluto silencio. De esta forma cada preso
tenía una hora diaria (durante el recreo) para relacionarse con los compañeros
de su sector, no pudiéndose reunir grupos mayores de dos personas o realizar
cualquier actividad colectiva. De esta manera se combatió toda forma de
nucleamiento o vínculo interpersonal que signifique apoyo, afectividad y
solidaridad humanas.
Inseguridad: la amenaza de un ataque provoca más pánico que el
ataque mismo. Esto explica la altísima tensión a la espera de nuevas medidas,
de nuevas arbitrariedades. Pero una vez que esto ocurre, la nueva situación
pierde su efecto ya que permite adaptarse a lo nuevo. Esto obligó a las
autoridades a un continuo cambio y renovación de normas. Uno de los ejemplos más
claros de la desestabilización es la política seguida en cuanto a la ubicación
del preso: reestructuras permanentes, continuos cambios de celda o del compañero
de celda, de ala, de sector, de piso, de Celdario a Barraca, de cuchetas dentro
de la misma Barraca. Prohibición de adecuar la celda a las necesidades mínimas
para una vida estable (repisas, estantes, etc.). Se vive continuamente como en
campamento, pero durante años. Los cambios de celda son sorpresivos y con pocos
minutos para acomodar y trasladar los objetos personales. Dada las condiciones
de estricta compartimentación, el cambio de celda puede ser comparable a la
mudanza brusca de casas, barrio, trabajo, etc. La inseguridad e incertidumbre
crean la sensación de un poder sin límites y por lo tanto buscan frenar todo
tipo de acción. Mediante la despersonalización se buscó acentuar la
inseguridad generando sentimiento de pérdida: se pierde el nombre, el pelo y la
ropa, como elementos de identificación.
Todo es uniforme, todo es gris. El
prisionero se transforma en una cosa, sin derechos, sin iniciativas ni
pertenencias. Se busca automatizar la conducta; se intenta anular el
pensamiento, la iniciativa, la capacidad renovadora y creativa. Todo esto crea
una inseguridad permanente donde la arbitrariedad y el terror son los únicos
elementos que la cárcel le ofrece al prisionero en sustitución de lo perdido.
A nivel de grupo familiar
El objetivo fue la destrucción del
mismo a través de:
a)régimen de visitas: quincenal para adultos y mensual para niños,
frecuencia suficiente para mantener la necesidad del vínculo pero insuficiente
para desarrollarlo. De breve duración (45 a 60 minutos) y carente de contacto
directo e intimidad (separados por un vidrio y comunicados por teléfono, con
grabación de la visita). La visita se desarrollaba además en un ambiente tenso
y represivo hacia el preso y familiares.
Este único vínculo era inestable,
ya que estaba sujeto a interrupción por sanciones.
b) correspondencia: restringida (en espacio y destinatarios) y
censurada. La demora deliberada en la entrada y salida de la misma dificultaba
la continuidad en la comunicación.
c) hostigamiento directo a la familia: interponiendo trámites
engorrosos, largas esperas a la intemperie, y frecuentemente destrato personal y
humillación.
A nivel de medio social
El objetivo fue la desinserción y
el aislamiento, a través de una política sistemática de persecución de todas
las formas de información y discusión de la realidad. La información oficial
brindada fue siempre interesadamente distorsionada. Se buscó además el
desarraigo del medio laboral, dificultando la continuidad de estudios y el
aprendizaje de oficios.
Las consecuencias de todo esto se expresaron a distintos niveles. En un
elevado porcentaje se logró una inestabilidad psico-emocional que llevó a más
de un 60% de los presos a consumir psicofármacos en forma permanente.
Aproximadamente un 10% sufrió trastornos psiquiátricos mayores, frecuentemente
cuadros delirantes y alucinatorios crónicos. Es ilustrativo que los delirios
alucinatorios fueron casi siempre auditivos y de contenido persecutorio.
La asistencia psiquiátrica estaba
exclusivamente en manos del psiquiatra militar. El preso con trastornos psiquiátricos
era sometido a un hostigamiento y persecución selectiva, junto con un manipuleo
de la medicación, que creaba dependencia; por otro lado se intentó utilizarlo
como un elemento perturbador de la convivencia. La agresividad generada en los
presos se expresó en sus formas extremas como auto-agresividad, que llevaron al
suicidio a 9 de ellos.
Fueron muy numerosos los intentos
de autoeliminación. Menos frecuentemente se observaron conductas
hetero-agresivas; la más grave se trató de un preso con un delirio crónico y
agresividad manifiesta, a quien se le adjudicaron tareas en la leñera del Penal
y donde mató de un hachazo a otro compañero. En el aspecto somático se observó
una diversa patología determinada fundamentalmente por secuelas de la tortura (paresias y trastornos sensitivos de miembros
superiores por las ‘colgadas’; várices de miembros inferiores por
‘plantones’), y por las condiciones físicas
de la reclusión y la tensión: agravación de enfermedades respiratorias,
aparición de hipertensión y coronariopatías en personas jóvenes, ulcus
gastroduodenal y hemorragias digestivas, infecciones estacionales, hepatitits,
tuberculosis.
En una categoría de menor gravedad
relativa pero altamente frecuente se ubican las afecciones ósteo-articulares,
dermatológicas, circulatorias periféricas y digestivas funcionales, trastornos
de la visión y la acomodación por la luz artificial y el espacio estrecho.
Como un hecho aparte, comprobado
pero no interpretado, se destaca el alto número de enfermedades neoplásicas.
La mortalidad en esta población fue significativa, sobre todo si se
considera que un porcentaje elevado de la misma eran jóvenes y previamente
sanos. Treinta murieron en prisión, a los que debe agregarse los suicidios
durante la detención y los fallecidos fuera de la cárcel, pocos días después
de liberados. De aquellos se destaca que la principal causa de muerte fue de
origen cardíaco (10), cinco por neoplasias, cuatro por cuadros infecciosos
graves (peritonitis, septicemia), una por anemia aguda, tres por accidente
vascular encefálico y el resto distribuido en diversas causas (insuficiencia
renal, lupus eritematoso).
Conclusión:
La tortura fue un procedimiento utilizado sistemáticamente en nuestro
país a los opositores políticos, con los siguientes objetivos:
a) la información
b) el castigo
c) la intimidación
La prisión o la cárcel
tuvieron por cometido extender las fases b) y c) de la tortura, aplicadas
durante todo el tiempo de reclusión para alcanzar la destrucción psíquica, física
y moral, mediante una política carcelaria cuidadosamente elaborada. Los
resultados fueron comentados en las líneas precedentes.