Once años de infamia no borran la
historia ascendente de una Nación, pero vaya si pesan como un lastre que se
opone al desarrollo de las libertades fundamentales en la enseñanza y al
desarrollo de la persona, a la capacidad creativa y a la necesidad de cambio en
una sociedad dinámica como la actual.
Recién erguidos sobre las ruinas
morales y materiales de este pequeño
país, observamos, mientras se va levantando la bruma de la “seguridad”
el enorme desorden que queda como fruto directo del autoritarismo.
Justamente aquello que fue la médula del discurso de esta dictadura,
autoproclamado en las estridencias (banda militar mediante) de cuantas efemérides,
o trozos de caminos o puentes se inauguraban; justamente, decimos, se disuelve
como espuma en el viento, en cuanto se levanta este débil telón de la
democracia y se proyecta la necesaria luz en el desolado escenario del Uruguay
84.
Una primera y sabia solución para la Universidad
Frente a la coyuntura inmediata los
sectores gremiales universitarios, y en la Concertación Nacional, los
integrantes da las fuerzas sociales y Partidos Políticos, han acordado una
solución que interpreta nuestra Historia, nuestras modalidades y la realidad
presente. Se ha logrado consenso para que los distintos órdenes universitarios
elijan autoridades para este período transitorio, las que serán designadas por
el gobierno electo por la mayoría del pueblo, después del 1º de Marzo de
1985. Se admite así que recogiendo una tradición -totalmente desconocida en el
periodo de la dictadura- se comience a ejercer la Autonomía Universitaria. Se
realiza con un Reglamento
provisorio, pero en hechos no es el Poder Administrador quien interviene a la
Universidad, sino, que es ella misma la que se autointerviene. Esto se hace con
las mayores garantías, con numerosas consultas y reflexiones de todos, desde
hace meses, consagrando sucesivamente por elecciones los delegados
estudiantiles, docentes y egresados de las distintas Facultades
A diferencia de la Universidad Argentina que vive
otra realidad y otro grado de destrucción, en que el Rector y los
Decanos “normalizadores” son nombrados directamente por el Poder Ejecutivo,
nuestra Universidad y nuestros Partidos Políticos han interpretado muy bien una
realidad y un sentir distinto, restaurando de hecho y desde el comienzo, la
autonomía, el cogobierno y la representatividad de los órdenes. Es cierto que
éste es un período transitorio, que los
Consejos son interinos y que sus atribuciones son limitadas, pero estas características
se han acordado también entre todos. Por ello expresamos que la solución
lograda es buena, oportuna, democrática y eficaz.
Los apremios del momento y el futuro de la Enseñanza Superior
Esta Universidad que ingresa en un
interinato con las características señaladas, tiene obligaciones que cumplir
acordadas por todos los sectores políticos y gremiales Debe desarticular el
aparato represivo creado por la dictadura; debe lograr que los cursos continúen.
Debe en el caso la
Facultad de Medicina, mantener los servicios asistenciales y
especialmente ubicado está el Hospital de Clínicas cuyo deterioro
llega a extremos llamativos y alarmantes. Le
corresponde incorporar a las Facultades y Escuelas a los docentes
excluidos por causa directa o indirectamente atribuibles a la Intervención de
la Universidad. También están comprometidas las autoridades interinas a
regularizar los padrones electorales y encauzar la Universidad hacia una salida
institucional con autoridades definitivas.
Los desafíos de la Universidad
Mientras tanto todos los órdenes
deben paralelamente además de trazar el diagnóstico de la situación actual
que adquiere realmente color de desastre, reiniciar el estudio de las
transformaciones imprescindibles para que las nuevas estructuras universitarias
coincidan con el nuevo país que debe abrirse paso. Debe existir un real acuerdo
nacional, por encima de las posiciones particulares de sectores, sobre las
transformaciones imprescindibles. Existen rasgos con tendencias mundiales de
cambio que marcan a fuego a todas las Universidades. Algunos han sido ya señalados
en Compendio pero a manera de síntesis
recordatoria, indicamos algunos:
1º) La necesidad de participación
de las Universidades e Institutos Universitarios en la revolución científico-tecnológica
(tecnotrónica post-industrial según la sinonimia). En los países dependientes
o subdesarrollados adquiere esto un tinte de urgencia impostergable: significa
elegir tecnologías, investigar la aplicabilidad de las mismas, plantear
prioridades y en especial significa reincentivar la investigación, e incorporar
investigadores, laboratorios, bibliotecas, etc. Una reunión publicitada
estos días organizada por la UNESCO que congregó a científicos
uruguayos distribuidos en distintas partes del mundo, ha puesto en el tapete
para nuestro país este problema. Que además significa la posibilidad de
reinserción en forma ventajosa de varios ex docentes calificados en las
distintas ramas del conocimiento (física, biología, estadística, matemáticas,
etc.).
2º) La extensión de las ramas del
conocimiento con creación de nuevas actividades y ampliación con distintos
niveles de profundidad de las ya existentes (licenciaturas, maestrías y
doctorados). Esto significa ampliación y diversificación de la matrícula.
3º) La ampliación de la enseñanza
a post grado manteniendo el criterio de educación continua.
4º) La democratización del
gobierno universitario con participación estudiantil de Docentes y Egresados.
Sobre ello la Universidad de Uruguay tiene amplia experiencia.
5º) La adecuación a los planes de
desarrollo nacional. Así no podemos desconocer que a nivel por ejemplo, de la
Facultad de Medicina existen además de los estudiantes de Medicina (más de
5.000) 3.000 estudiantes de tecnología médica y numerosos estudiantes de la
Escuela de Parteras y de Escuela de Enfermería Carlos Nery.
La Facultad debe volver a tener, a
propósito de este tema, su Escuela Universitaria de Enfermería, que hacía
honor a nuestra Universidad y participar activamente, de la formación de la
enfermera universitaria. Todo esto tiene indudablemente que ver con el Plan
Nacional y el Sistema Nacional, de Salud que se adopte. No podemos caer ni en la
política suicida de la limitación lisa y llana del alumnado ya ensayada por
dictadura, ni en la demagogia del simple dejar hacer o dejar pasar. Necesitamos
conocer con fluidez cuántos especialistas y qué tipo de especialistas se
necesitan en los próximos años. Debemos saber cómo se va a planear la atención
primaria y debe participar la Facultad de Medicina y la Universidad en la
discusión del tipo profesional que va a ejecutar dicha tarea.
Así también se deberá planear qué
participación deberán tener la enfermera universitaria y los técnicos médicos
en la tarea de los equipos de salud. La disyuntiva es claramente visible:
intervenimos en el proceso de cambio y formamos como consecuencia técnicos de salud para el tipo de desarrollo que
elegimos o seguiremos la herencia de la alienación
que la dictadura creó y llevó hasta los últimos grados en este país. Porque
no dio respuesta a ninguno de los desafíos, y cuando intentó hacerlo
lamentablemente se equivocó.
De pronto invade las conciencias médicas
lo que se ha dado en llamar, parece que irreversiblemente atención primaria.
Esta invasión constituye un hecho altamente positivo en un medio donde hace
diez años no había interlocutores al respecto. En la misma medida que la
importancia del tema y lo súbito de su irrupción, son indispensables
definiciones claras para poder encontrar, en función de ellas, los cauces
correctos para su mejor desarrollo.
La atención primaria es el nuevo nombre que designa el viejo problema
de ofrecer servicio a la gente, es decir, para emplear un lenguaje más
elaborado, a la masa de la población. Ofrecer servicio cotidianamente a lo
largo del tiempo, fácilmente accesible, profesionalmente correcto, sin meandros
burocráticos superfluos, que permita establecer mediante esa permanencia una
relación humanamente gratificante entre usuarios y equipo sanitario pero además
muchas veces decisiva a la hora del juicio profesional. Al fin la base de la
anamnesis es el conocimiento de la persona a quien se interroga. Ofrecer
servicio en la inmediación del habitat y el trabajo, allí donde se juega la
vida. Ofrecerlo activamente sin la espera del hecho consumado que muchas veces
imposibilita la restitutio ad integrum.
Paralelamente debe señalarse que
este despertar de la conciencia médica a la atención primaria, se produce en
un medio que institucionalmente la ha ignorado en forma sistemática,
subvalorando la actividad profesional que en ella se realiza, confundiendo
calidad con naturaleza (excelencia del servicio con nivel donde se ofrece),
confusión que a priori considera excelente la atención en la cúpula y mala o
prescindible en el nivel basal.
Así, pues, la conciencia médica
que despierta a la atención primaria es la del especialismo, expresión de las
ideas médicas predominantes, constructor de una estructura sanitaria a su
medida, no a medida de las necesidades de la población, dominador de las
instituciones que en definitiva lo expresan. En otras palabras, las conciencias
ganadas adolecen de inexperiencia en el tema. Sea dicho lo que antecede con el
mayor respeto pero advirtiendo el hecho, no sea que en el afán de crear la
atención primaria en el país, terminemos inventando nuevas formas para su
postergación.
Lo que antecede se justifica porque
es posible escuchar que con la mejor buena intención se dicen algunos
disparates referidos a estos temas como por ejemplo:
- que en Montevideo el problema se
resuelve con la creación o puesta en funcionamiento de algunas policlínicas
barriales;
- o habilitando 18 horas diarias
las policlínicas hospitalarias
- o en aras del especialismo a
ultranza, integrando en el nivel basal las categorías, por ejemplo, de oncólogos
generales, diabetólogos de la atención primaria, “pequeños cirujanos” de
dispensario.
Estos ejemplos pueden considerarse
anécdotas excesivas, pero en realidad son síntomas de la tendencia a
reproducir en el nivel local, el único modelo de atención que se conoce: el
hospitalario.
Por todos estas razones nos parece
conveniente establecer una vez más definiciones que creemos indispensables para
que prosperen la atención primaria y la medicina general que es la disciplina médica
que en ella se ejerce:
1. La medicina general no es una suma elemental de especialidades
superpuestas según criterio del especialista docente o según el gusto que cada
uno desarrolló en la formación profesional o en el trabajo médico. La
medicina general es una disciplina específica cuyas características son:
A) en lo referente a la atención
individual: la medicina de lo cotidiano; la medicina de la atención holística,
globalizadora del hombre; la medicina de la atención permanente, del hombre en
su devenir,
B) en lo referente a la atención
de la comunidad la medicina basada en la satisfacción de la demanda de atención
médica, centrada en la familia, referida a los principales problemas de la
salud pública (ver “Del especialismo a la atención médica permanente”,
Compendio, No. 1, 1984).
2. El desarrollo de la atención
primaria y de la medicina general
requiere una estructura sanitaria que los contemple y que no existe hoy en el país.
Esta estructura debe permitir el
desarrollo orgánico de aquellos caracteres específicos en los ámbitos
naturales de cualquier actividad médica: atención, docencia e investigación.
En otras palabras, coyunturalmente
podrá servirnos habilitar algunas policlínicas más pero si paralelamente no
impulsamos la actividad médica que se ejerce en ella estaremos determinando la
persistencia del problema de fondo.
Algunos hechos que cualquier
observador advierte, expresan estos problemas que planteamos:
- Por ahí andan cientos de médicos
jóvenes buscando una policlínica donde ganar unos pesos para ir subsistiendo,
pero a la vez con los materiales del curso de postgrado bajo el brazo. Es decir,
considerando esta actividad como transitoria, considerando que con una
especialidad podrán ganarse la vida y con la medicina general no. Dejemos la
vocación en el lugar que le corresponde; los hechos dan la razón a quienes
buscan el postgrado de una especialidad pensando que así se ganarán mejor a
vida.
- Existe una multiplicidad de
policlínicas barriales de distinto carácter que subrayan la carencia de un
sistema organizado que dé cobertura a la necesidad que las generó.
- Existen miles de usuarios que
disponen de una cobertura asistencial que se presume satisfactoria: la mutual.
Sin embargo, el servicio que se les ofrece es fuertemente centralizado, copia
casi textual del modelo hospitalario. En la medida de ello, determina
dificultades de acceso, peregrinaciones penosas, desatención o postergación
yatrógena de la atención, sobrecarga de determinados servicios, mayor costo
sin que eso suponga, todo lo contrario, mejor servicio.
En resumidas cuentas, el
excepcional momento histórico que vive el país determina una actividad intensa
en todos los sectores, también en el de la salud. Las carencias elementales que
sufre este sector suponen la necesidad de medidas inmediatas que tienden a
satisfacerlas o atenuarlas.
No es contradictorio con lo
anterior elaborar las bases estructurales de un modelo donde puedan empezar a
andar la atención primaria y la medicina general aunque al comienzo sólo se
abarque una fracción del universo. Un modelo en el que pueda enseñarse la
medicina que en él se realiza, en el que puedan investigarse problemas que sólo
se dan o pueden estudiarse en su ámbito, que pueda valorarse a sí mismo y
determinar sus propias necesidades. Un modelo, en fin, en el que su personal no
tenga que cambiar de actividad, especializarse, para “progresar” en la
carrera, es decir, acceder a otras opciones curriculares pero fundamentalmente
remunerativas. A nuestra manera de ver, un planteo de esta índole exige
acuerdos entre el sector público (Universidad, Ministerio de Salud Pública) y
el sector privado (mutualismo, Federación Médica del Interior) o por lo menos
entre los subsectores del sector público.
La trascendencia del tema justifica
que sin prisas pero sin demoras meditemos colectivamente sobre él. Sería
oportuno realizar un simposio o un evento similar al respecto. Que la coyuntura
no nos encandile, de tal forma que sin dejar de prestarle atención, podamos
echar las bases de una nueva forma organizativa de la atención médica en el país
en función de la atención primaria y sus relaciones con los demás niveles
asistenciales.
El Uruguay democrático republicano
tras el ejercicio directo de su soberanía en la constitución de sus
instituciones.
Otra vez participamos del espectáculo
vasto de la esperanza como potencialidad de los hechos cotidianos: las
organizaciones gremiales a la luz del día, la Universidad, la Facultad en su
sitio, democráticamente constituídas.
Es cierto, el pasado nunca muere
totalmente (es posible o deseable que no deba), pero en todo caso, hoy, no
escribimos bajo la dictadura. Exilio, insilio y cárcel son ahora ocasiones de
reencuentro. Si hay olvido, y el olvido forma parte de la vida, los
desaparecidos y los muertos, la tortura, no son parte de esa circunstancia.
La dictadura, experimento sistemático
y extremado de la destrucción, vencida no por ciclos naturales, sino por la
naturaleza empecinada de los que resistieron la miseria fácil de los
miserables, no dejó un espacio en blanco. Quiero decir que no hay un tiempo
cero. El país, la Universidad-Facultad, nuestras organizaciones gremiales, son
una continuidad, con rupturas aquí y allá, es claro, pero como crecimiento de
una tradición, es decir, de lo que nos identifica desde los puntos varios que
puede una mirada.
Nuestra Universidad-Facultad no
fue, es cierto, la soñada. Pero las causas de la “separación del país”,
del “autoaislamiento”, que, tantos gustan ahora mencionar con intención,
con ingenua y mala intención, explicativa de su desarticulación, atribuyéndosela
a la radical politización o aún “partidización” de sus órdenes, obedeció
en realidad a la radical, sí, pero decisión de persistir en el fiel
cumplimiento de los fines que a ley Nº 12549 (Carta Orgánica de la Universidad
de la República) obliga, cuando el país era conducido por la reacción política
hacia la dictadura.
Lo de las culpas de la Universidad
es un aspecto de la tan liviana, interesada, y aún estúpida, a veces,
generalización de que “todos somos culpables”.
Art. 2º. Fines de la Universidad.
La universidad tendrá a su cargo la enseñanza pública superior en todos los
planos de la cultura, la enseñanza artística, la habilitación para el
ejercicio de las demás funciones que la ley le encomiende.
Le incumbe así mismo, a través de
todos sus órganos, en sus respectivas competencias, acrecentar, difundir y
defender la cultura; impulsar y proteger la investigación científica y las
actividades artísticas, y contribuir al estudio de los problemas de interés
general y propender a su comprensión pública; defender los valores morales y
los principios de justicia, libertad, bienestar social, los derechos de la
persona humana y la forma democrático-republicana de gobierno.
Esto que reconoce, sin duda, un
origen evangélico, se basa en una abusiva tergiversación del pensamiento de
Cristo. Cristo, actúa desde la inocencia dispuesto al perdón de su cruzada por
la salvación. Hasta setenta veces siete estuvo dispuesto a perdonar. Pero ni el
paraíso, ni el purgatorio, ni el infierno quedan abolidos. Para el culpable
introdujo la redención, pero el culpable que opta por la culpa no es redimido
por el volumen restante, aún abultado de los otros culpables. Por otra parte,
la Iglesia reconoce santos y herejes: no todos son culpables.
Basta pues de esa proposición
reaccionaria que sólo busca la inacción detrás del grito, fuerte sí, pero
vacío de justicia. Ni los marxistas, pues, ni los neopositivistas, ni los
neokantianos, ni los liberales de cuño popperiano, ni aún los monárquicos que
también los hubo, ni los otros, pues en la universidad hubo cupo para todos,
destruyeron la Universidad. Fue el fascismo nativo, tan poblado de
miserables como desprovisto de moral, tan inculto como fascista, a quien le
corresponden los merecimientos de este acto, de celebrada ocasión sin duda.
“Cuando oigo la palabra cultura llevo la mano al revólver”: esa es toda la
ideología del fascismo.
De acuerdo, nuestra
Universidad–Facultad no fue la soñada. Ni siquiera, tal vez, la necesaria, si
la referimos al proyecto de independencia, desarrollo y reafirmación nacional.
Esto no es una consigna partidaria, pero es claro que es política
universitaria. Política en su correcta acepción por cuanto supone una acción
que legítimamente aspira a influir en los acontecimientos y la construcción
social. Pero esta aspiración-obligación política no tiene como finalidad
suplir o convertirse en rectora de toda la transformación social, que es la
democracia, competencia del pueblo organizado en los partidos políticos.
Esa finalidad de la Universidad,
por obvia, por legal, tiene una explicación que se autoabastece en su
enunciado. Repito, ni siquiera fue tal vez necesaria. Pero fue la posible, la
que en el cultivo de la más amplia libertad y tolerancia pudimos construir.
Pues la Universidad no es una isla, nunca lo fue respecto del país real. Si fue
una isla, fue por aislada por la desenfrenada reacción, que siempre ha
pretendido confundir, asimilar, el país real con el país urgente de sus
necesidades de dominación. Dice Julián Marías (y aunque no lo dijera) que el
país real no coincide, no es, el país actual. Ningún corte transversal es el
país total. El país real es desde Artigas hasta el proyecto colectivo abierto
hacia el futuro, es esa consolidada síntesis, y la continuada responsabilidad
por conservar, por descubrir, crecer. Por construir y por cambiar.
A la Universidad le incumbe ese país
real. El es su referencia. No el de circunstancias de grupos o de proximidades.
Esto no significa separa, aislar, partir la polarización dialéctica en que las
cosas naturalmente interactúan, suceden, sino ubicar las prioridades. Un
aspecto conflictivo, de tensiones subidas, que se vincula con lo anterior en la
relación poder político-Universidad es el problema del presupuesto
universitario. Es éste el punto donde ha adquirido mayor visibilidad,
seguramente, el enfrentamiento entre una Universidad autónoma comprometida con
ese país real, una Universidad como factor de cambio, y la Universidad bien
comportada, fábrica de profesionales invictos en la lectura de segunda mano, la
Universidad silenciosa reflejo pasivo de la historia que hacen otros, es decir,
la Universidad colonizada y colonizadora de la dependencia. Los insuficientes
presupuestos han sido el medio por el que el poder político ha expresado,
habitualmente, su adhesión a la opción colonizada y colonizadora de
universidad.
Pero una Universidad como factor de
cambio exige de nosotros, que ésta, nuestra Universidad, cambie. No es despropósito
injusto sino reconocimiento, decir que, a pesar de las declaraciones de
encendidos y radicales tonos, del bullicio de la legítima protesta callejera
(desproporcionada y salvajemente reprimida la mayor parte de las veces por el
poder político), la práctica universitaria ha sido esencialmente conservadora.
Nuestra Universidad es resistente a los cambios. Pero también convengamos en
que la Universidad como organización institucional, como estructura, no ha sido
una preocupación privilegiada de los distintos órdenes que participan de su
gobierno. Los diversos gremios universitarios, los grupos que los
constituyen, se han preocupado con más frecuencia por disputar posiciones
que sólo colateral y forzadamente se vinculan con el problema universitario,
que por definir el verdadero papel de la Universidad en un programa de
independencia nacional. La praxis gremial universitaria sin ese esfuerzo de
definición teórica, se convierte en un reflejo subsidiario de otras prácticas
con ajustes o encajes aleatorios en la especificidad de lo universitario. Es
decir, se convierte en mera agitación al servicio de la reacción. Más allá
del discurso y del deseo.
La Universidad durante la dictadura
fue desnaturalizada en su condición social de centro de estudios superiores con
funciones docentes, de investigación y extensión, funciones éstas que se
implican una a otra inseparablemente en la realización fáctica del pensamiento
científico, y en la responsabilidad ética del universitario. De la Universidad
que conocimos sólo se sostuvo la arquitectura pero robándole a los edificios
con la limpieza de sus exteriores, ese particular encanto, crepuscular es
cierto, pero solidario, que la pátina del tiempo otorga a las fachadas. Por lo
demás fue un organismo de administración de la arbitrariedad, del acomodo, aún
del nepotismo.
La reconstrucción de la
Universidad implica entonces dotarla nuevamente de su naturaleza. Y esta debe
ser la tarea prioritaria que sus órdenes organizados gremialmente deben asumir.
Es en torno a este objetivo, a la construcción de una Universidad como factor
de cambio social que debemos orientar nuestros afanes. Sin confundirla con el
centro o la vanguardia de los cambios, pero tampoco como residuo de los cambios.
En suma, producir desde ella, democráticamente, las estrategias que convengan y
converjan al gran cambio, que desde la redota, desde el éxodo, Artigas puso en
marcha.