COMENTARIO EDITORIAL

COMPENDIO:  Volumen 7 Número 2 - Mayo de 1984

LA UNIVERSIDAD URUGUAYA 

Situación coyuntural y profundos desafíos

Dr. Carlos A. Gómez Haedo

Once años de infamia no borran la historia ascendente de una Nación, pero vaya si pesan como un lastre que se opone al desarrollo de las libertades fundamentales en la enseñanza y al desarrollo de la persona, a la capacidad creativa y a la necesidad de cambio en una sociedad dinámica como la actual.

Recién erguidos sobre las ruinas morales y materiales de  este pequeño país, observamos, mientras se va levantando la bruma de la “seguridad”  el enorme desorden que queda como fruto directo del autoritarismo. Justamente aquello que fue la médula del discurso de esta dictadura, autoproclamado en las estridencias (banda militar mediante) de cuantas efemérides, o trozos de caminos o puentes se inauguraban; justamente, decimos, se disuelve como espuma en el viento, en cuanto se levanta este débil telón de la democracia y se proyecta la necesaria luz en el desolado escenario del Uruguay 84.

Una primera y sabia solución para la Universidad

Frente a la coyuntura inmediata los sectores gremiales universitarios, y en la Concertación Nacional, los integrantes da las fuerzas sociales y Partidos Políticos, han acordado una solución que interpreta nuestra Historia, nuestras modalidades y la realidad presente. Se ha logrado consenso para que los distintos órdenes universitarios elijan autoridades para este período transitorio, las que serán designadas por el gobierno electo por la mayoría del pueblo, después del 1º de Marzo de 1985. Se admite así que recogiendo una tradición -totalmente desconocida en el periodo de la dictadura- se comience a ejercer la Autonomía Universitaria. Se realiza  con un Reglamento provisorio, pero en hechos no es el Poder Administrador quien interviene a la Universidad, sino, que es ella misma la que se autointerviene. Esto se hace con las mayores garantías, con numerosas consultas y reflexiones de todos, desde hace meses, consagrando sucesivamente por elecciones los delegados estudiantiles, docentes y egresados de las distintas Facultades 

 A diferencia de la Universidad Argentina que vive  otra realidad y otro grado de destrucción, en que el Rector y los Decanos “normalizadores” son nombrados directamente por el Poder Ejecutivo, nuestra Universidad y nuestros Partidos Políticos han interpretado muy bien una realidad y un sentir distinto, restaurando de hecho y desde el comienzo, la autonomía, el cogobierno y la representatividad de los órdenes. Es cierto que éste es un período transitorio, que  los Consejos son interinos y que sus atribuciones son limitadas, pero estas características se han acordado también entre todos. Por ello expresamos que la solución lograda es buena, oportuna, democrática y eficaz.

Los apremios del momento y el futuro de la Enseñanza Superior

Esta Universidad que ingresa en un interinato con las características señaladas, tiene obligaciones que cumplir acordadas por todos los sectores políticos y gremiales Debe desarticular el aparato represivo creado por la dictadura; debe lograr que los cursos continúen. Debe en el caso  la  Facultad de Medicina, mantener los servicios asistenciales y especialmente ubicado está el Hospital de Clínicas cuyo deterioro llega a extremos llamativos y alarmantes. Le  corresponde incorporar a las Facultades y Escuelas a los docentes excluidos por causa directa o indirectamente atribuibles a la Intervención de la Universidad. También están comprometidas las autoridades interinas a regularizar los padrones electorales y encauzar la Universidad hacia una salida institucional con autoridades definitivas.

Los desafíos de la Universidad

Mientras tanto todos los órdenes deben paralelamente además de trazar el diagnóstico de la situación actual que adquiere realmente color de desastre, reiniciar el estudio de las transformaciones imprescindibles para que las nuevas estructuras universitarias coincidan con el nuevo país que debe abrirse paso. Debe existir un real acuerdo nacional, por encima de las posiciones particulares de sectores, sobre las transformaciones imprescindibles. Existen rasgos con tendencias mundiales de cambio que marcan a fuego a todas las Universidades. Algunos han sido ya señalados en Compendio pero a manera de síntesis recordatoria, indicamos algunos:

1º) La necesidad de participación de las Universidades e Institutos Universitarios en la revolución científico-tecnológica (tecnotrónica post-industrial según la sinonimia). En los países dependientes o subdesarrollados adquiere esto un tinte de urgencia impostergable: significa elegir tecnologías, investigar la aplicabilidad de las mismas, plantear prioridades y en especial significa reincentivar la investigación, e incorporar investigadores, laboratorios, bibliotecas, etc. Una reunión publicitada  estos días organizada por la UNESCO que congregó a científicos uruguayos distribuidos en distintas partes del mundo, ha puesto en el tapete para nuestro país este problema. Que además significa la posibilidad de reinserción en forma ventajosa de varios ex docentes calificados en las distintas ramas del conocimiento (física, biología, estadística, matemáticas, etc.).

2º) La extensión de las ramas del conocimiento con creación de nuevas actividades y ampliación con distintos niveles de profundidad de las ya existentes (licenciaturas, maestrías y doctorados). Esto significa ampliación y diversificación de la matrícula.

3º) La ampliación de la enseñanza a post grado manteniendo el criterio de educación continua.

4º) La democratización del gobierno universitario con participación estudiantil de Docentes y Egresados. Sobre ello la Universidad de Uruguay tiene amplia experiencia.

5º) La adecuación a los planes de desarrollo nacional. Así no podemos desconocer que a nivel por ejemplo, de la Facultad de Medicina existen además de los estudiantes de Medicina (más de 5.000) 3.000 estudiantes de tecnología médica y numerosos estudiantes de la Escuela de Parteras y de Escuela de Enfermería Carlos Nery.

La Facultad debe volver a tener, a propósito de este tema, su Escuela Universitaria de Enfermería, que hacía honor a nuestra Universidad y participar activamente, de la formación de la enfermera universitaria. Todo esto tiene indudablemente que ver con el Plan Nacional y el Sistema Nacional, de Salud que se adopte. No podemos caer ni en la política suicida de la limitación lisa y llana del alumnado ya ensayada por dictadura, ni en la demagogia del simple dejar hacer o dejar pasar. Necesitamos conocer con fluidez cuántos especialistas y qué tipo de especialistas se necesitan en los próximos años. Debemos saber cómo se va a planear la atención primaria y debe participar la Facultad de Medicina y la Universidad en la discusión del tipo profesional que va a ejecutar dicha tarea.

Así también se deberá planear qué participación deberán tener la enfermera universitaria y los técnicos médicos en la tarea de los equipos de salud. La disyuntiva es claramente visible: intervenimos en el proceso de cambio y formamos como consecuencia técnicos de salud para el tipo de desarrollo que elegimos o seguiremos la herencia de la alienación que la dictadura creó y llevó hasta los últimos grados en este país. Porque no dio respuesta a ninguno de los desafíos, y cuando intentó hacerlo lamentablemente se equivocó.


COMENTARIO EDITORIAL

COMPENDIO: Volumen 7 Número  3-4 - Setiembre de 1984

ATENCIÓN AL PRIMARIAZO

Dr. Hugo Dibarboure Icasuriaga

De pronto invade las conciencias médicas lo que se ha dado en llamar, parece que irreversiblemente atención primaria. Esta invasión constituye un hecho altamente positivo en un medio donde hace diez años no había interlocutores al respecto. En la misma medida que la importancia del tema y lo súbito de su irrupción, son indispensables definiciones claras para poder encontrar, en función de ellas, los cauces correctos para su mejor desarrollo.

La atención primaria es el nuevo nombre que designa el viejo problema de ofrecer servicio a la gente, es decir, para emplear un lenguaje más elaborado, a la masa de la población. Ofrecer servicio cotidianamente a lo largo del tiempo, fácilmente accesible, profesionalmente correcto, sin meandros burocráticos superfluos, que permita establecer mediante esa permanencia una relación humanamente gratificante entre usuarios y equipo sanitario pero además muchas veces decisiva a la hora del juicio profesional. Al fin la base de la anamnesis es el conocimiento de la persona a quien se interroga. Ofrecer servicio en la inmediación del habitat y el trabajo, allí donde se juega la vida. Ofrecerlo activamente sin la espera del hecho consumado que muchas veces imposibilita la restitutio ad integrum.

Paralelamente debe señalarse que este despertar de la conciencia médica a la atención primaria, se produce en un medio que institucionalmente la ha ignorado en forma sistemática, subvalorando la actividad profesional que en ella se realiza, confundiendo calidad con naturaleza (excelencia del servicio con nivel donde se ofrece), confusión que a priori considera excelente la atención en la cúpula y mala o prescindible en el nivel basal.

Así, pues, la conciencia médica que despierta a la atención primaria es la del especialismo, expresión de las ideas médicas predominantes, constructor de una estructura sanitaria a su medida, no a medida de las necesidades de la población, dominador de las instituciones que en definitiva lo expresan. En otras palabras, las conciencias ganadas adolecen de inexperiencia en el tema. Sea dicho lo que antecede con el mayor respeto pero advirtiendo el hecho, no sea que en el afán de crear la atención primaria en el país, terminemos inventando nuevas formas para su postergación.

Lo que antecede se justifica porque es posible escuchar que con la mejor buena intención se dicen algunos disparates referidos a estos temas como por ejemplo:

 

- que en Montevideo el problema se resuelve con la creación o puesta en funcionamiento de algunas policlínicas barriales;

- o habilitando 18 horas diarias las policlínicas hospitalarias

- o en aras del especialismo a ultranza, integrando en el nivel basal las categorías, por ejemplo, de oncólogos generales, diabetólogos de la atención primaria, “pequeños cirujanos” de dispensario.

Estos ejemplos pueden considerarse anécdotas excesivas, pero en realidad son síntomas de la tendencia a reproducir en el nivel local, el único modelo de atención que se conoce: el hospitalario.

Por todos estas razones nos parece conveniente establecer una vez más definiciones que creemos indispensables para que prosperen la atención primaria y la medicina general que es la disciplina médica que en ella se ejerce:

           

1. La medicina general no es una suma elemental de especialidades superpuestas según criterio del especialista docente o según el gusto que cada uno desarrolló en la formación profesional o en el trabajo médico. La medicina general es una disciplina específica cuyas características son:

A) en lo referente a la atención individual: la medicina de lo cotidiano; la medicina de la atención holística, globalizadora del hombre; la medicina de la atención permanente, del hombre en su devenir,

B) en lo referente a la atención de la comunidad la medicina basada en la satisfacción de la demanda de atención médica, centrada en la familia, referida a los principales problemas de la salud pública (ver “Del especialismo a la atención médica permanente”, Compendio, No. 1, 1984).

2. El desarrollo de la atención primaria y de la medicina general requiere una estructura sanitaria que los contemple y que no existe hoy en el país.

Esta estructura debe permitir el desarrollo orgánico de aquellos caracteres específicos en los ámbitos naturales de cualquier actividad médica: atención, docencia e investigación.

En otras palabras, coyunturalmente podrá servirnos habilitar algunas policlínicas más pero si paralelamente no impulsamos la actividad médica que se ejerce en ella estaremos determinando la persistencia del problema de fondo.

Algunos hechos que cualquier observador advierte, expresan estos problemas que planteamos:

- Por ahí andan cientos de médicos jóvenes buscando una policlínica donde ganar unos pesos para ir subsistiendo, pero a la vez con los materiales del curso de postgrado bajo el brazo. Es decir, considerando esta actividad como transitoria, considerando que con una especialidad podrán ganarse la vida y con la medicina general no. Dejemos la vocación en el lugar que le corresponde; los hechos dan la razón a quienes buscan el postgrado de una especialidad pensando que así se ganarán mejor a vida.

- Existe una multiplicidad de policlínicas barriales de distinto carácter que subrayan la carencia de un sistema organizado que dé cobertura a la necesidad que las generó.

- Existen miles de usuarios que disponen de una cobertura asistencial que se presume satisfactoria: la mutual. Sin embargo, el servicio que se les ofrece es fuertemente centralizado, copia casi textual del modelo hospitalario. En la medida de ello, determina dificultades de acceso, peregrinaciones penosas, desatención o postergación yatrógena de la atención, sobrecarga de determinados servicios, mayor costo sin que eso suponga, todo lo contrario, mejor servicio.

En resumidas cuentas, el excepcional momento histórico que vive el país determina una actividad intensa en todos los sectores, también en el de la salud. Las carencias elementales que sufre este sector suponen la necesidad de medidas inmediatas que tienden a satisfacerlas o atenuarlas.

No es contradictorio con lo anterior elaborar las bases estructurales de un modelo donde puedan empezar a andar la atención primaria y la medicina general aunque al comienzo sólo se abarque una fracción del universo. Un modelo en el que pueda enseñarse la medicina que en él se realiza, en el que puedan investigarse problemas que sólo se dan o pueden estudiarse en su ámbito, que pueda valorarse a sí mismo y determinar sus propias necesidades. Un modelo, en fin, en el que su personal no tenga que cambiar de actividad, especializarse, para “progresar” en la carrera, es decir, acceder a otras opciones curriculares pero fundamentalmente remunerativas. A nuestra manera de ver, un planteo de esta índole exige acuerdos entre el sector público (Universidad, Ministerio de Salud Pública) y el sector privado (mutualismo, Federación Médica del Interior) o por lo menos entre los subsectores del sector público.

La trascendencia del tema justifica que sin prisas pero sin demoras meditemos colectivamente sobre él. Sería oportuno realizar un simposio o un evento similar al respecto. Que la coyuntura no nos encandile, de tal forma que sin dejar de prestarle atención, podamos echar las bases de una nueva forma organizativa de la atención médica en el país en función de la atención primaria y sus relaciones con los demás niveles asistenciales.


COMENTARIO EDITORIAL

COMPENDIO: Volumen 7 Número 5 - Diciembre de 1984

LA VIDA GREMIAL RECUPERADA: HACIA UNA NUEVA FACULTAD

Dr. Juan Carlos Macedo.

El Uruguay democrático republicano tras el ejercicio directo de su soberanía en la constitución de sus instituciones.

Otra vez participamos del espectáculo vasto de la esperanza como potencialidad de los hechos cotidianos: las organizaciones gremiales a la luz del día, la Universidad, la Facultad en su sitio, democráticamente constituídas.

Es cierto, el pasado nunca muere totalmente (es posible o deseable que no deba), pero en todo caso, hoy, no escribimos bajo la dictadura. Exilio, insilio y cárcel son ahora ocasiones de reencuentro. Si hay olvido, y el olvido forma parte de la vida, los desaparecidos y los muertos, la tortura, no son parte de esa circunstancia.

La dictadura, experimento sistemático y extremado de la destrucción, vencida no por ciclos naturales, sino por la naturaleza empecinada de los que resistieron la miseria fácil de los miserables, no dejó un espacio en blanco. Quiero decir que no hay un tiempo cero. El país, la Universidad-Facultad, nuestras organizaciones gremiales, son una continuidad, con rupturas aquí y allá, es claro, pero como crecimiento de una tradición, es decir, de lo que nos identifica desde los puntos varios que puede una mirada.

Nuestra Universidad-Facultad no fue, es cierto, la soñada. Pero las causas de la “separación del país”, del “autoaislamiento”, que, tantos gustan ahora mencionar con intención, con ingenua y mala intención, explicativa de su desarticulación, atribuyéndosela a la radical politización o aún “partidización” de sus órdenes, obedeció en realidad a la radical, sí, pero decisión de persistir en el fiel cumplimiento de los fines que a ley Nº 12549 (Carta Orgánica de la Universidad de la República) obliga, cuando el país era conducido por la reacción política hacia la dictadura.

Lo de las culpas de la Universidad es un aspecto de la tan liviana, interesada, y aún estúpida, a veces, generalización de que “todos somos culpables”.

Art. 2º. Fines de la Universidad. La universidad tendrá a su cargo la enseñanza pública superior en todos los planos de la cultura, la enseñanza artística, la habilitación para el ejercicio de las demás funciones que la ley le encomiende.

Le incumbe así mismo, a través de todos sus órganos, en sus respectivas competencias, acrecentar, difundir y defender la cultura; impulsar y proteger la investigación científica y las actividades artísticas, y contribuir al estudio de los problemas de interés general y propender a su comprensión pública; defender los valores morales y los principios de justicia, libertad, bienestar social, los derechos de la persona humana y la forma democrático-republicana de gobierno.

Esto que reconoce, sin duda, un origen evangélico, se basa en una abusiva tergiversación del pensamiento de Cristo. Cristo, actúa desde la inocencia dispuesto al perdón de su cruzada por la salvación. Hasta setenta veces siete estuvo dispuesto a perdonar. Pero ni el paraíso, ni el purgatorio, ni el infierno quedan abolidos. Para el culpable introdujo la redención, pero el culpable que opta por la culpa no es redimido por el volumen restante, aún abultado de los otros culpables. Por otra parte, la Iglesia reconoce santos y herejes: no todos son culpables.

Basta pues de esa proposición reaccionaria que sólo busca la inacción detrás del grito, fuerte sí, pero vacío de justicia. Ni los marxistas, pues, ni los neopositivistas, ni los neokantianos, ni los liberales de cuño popperiano, ni aún los monárquicos que también los hubo, ni los otros, pues en la universidad hubo cupo para todos, destruyeron la Universidad. Fue el fascismo nativo, tan poblado de miserables como desprovisto de moral, tan inculto como fascista, a quien le corresponden los merecimientos de este acto, de celebrada ocasión sin duda. “Cuando oigo la palabra cultura llevo la mano al revólver”: esa es toda la ideología del fascismo.

 

De acuerdo, nuestra Universidad–Facultad no fue la soñada. Ni siquiera, tal vez, la necesaria, si la referimos al proyecto de independencia, desarrollo y reafirmación nacional. Esto no es una consigna partidaria, pero es claro que es política universitaria. Política en su correcta acepción por cuanto supone una acción que legítimamente aspira a influir en los acontecimientos y la construcción social. Pero esta aspiración-obligación política no tiene como finalidad suplir o convertirse en rectora de toda la transformación social, que es la democracia, competencia del pueblo organizado en los partidos políticos.

Esa finalidad de la Universidad, por obvia, por legal, tiene una explicación que se autoabastece en su enunciado. Repito, ni siquiera fue tal vez necesaria. Pero fue la posible, la que en el cultivo de la más amplia libertad y tolerancia pudimos construir. Pues la Universidad no es una isla, nunca lo fue respecto del país real. Si fue una isla, fue por aislada por la desenfrenada reacción, que siempre ha pretendido confundir, asimilar, el país real con el país urgente de sus necesidades de dominación. Dice Julián Marías (y aunque no lo dijera) que el país real no coincide, no es, el país actual. Ningún corte transversal es el país total. El país real es desde Artigas hasta el proyecto colectivo abierto hacia el futuro, es esa consolidada síntesis, y la continuada responsabilidad por conservar, por descubrir, crecer. Por construir y por cambiar.

A la Universidad le incumbe ese país real. El es su referencia. No el de circunstancias de grupos o de proximidades. Esto no significa separa, aislar, partir la polarización dialéctica en que las cosas naturalmente interactúan, suceden, sino ubicar las prioridades. Un aspecto conflictivo, de tensiones subidas, que se vincula con lo anterior en la relación poder político-Universidad es el problema del presupuesto universitario. Es éste el punto donde ha adquirido mayor visibilidad, seguramente, el enfrentamiento entre una Universidad autónoma comprometida con ese país real, una Universidad como factor de cambio, y la Universidad bien comportada, fábrica de profesionales invictos en la lectura de segunda mano, la Universidad silenciosa reflejo pasivo de la historia que hacen otros, es decir, la Universidad colonizada y colonizadora de la dependencia. Los insuficientes presupuestos han sido el medio por el que el poder político ha expresado, habitualmente, su adhesión a la opción colonizada y colonizadora de universidad.

Pero una Universidad como factor de cambio exige de nosotros, que ésta, nuestra Universidad, cambie. No es despropósito injusto sino reconocimiento, decir que, a pesar de las declaraciones de encendidos y radicales tonos, del bullicio de la legítima protesta callejera (desproporcionada y salvajemente reprimida la mayor parte de las veces por el poder político), la práctica universitaria ha sido esencialmente conservadora. Nuestra Universidad es resistente a los cambios. Pero también convengamos en que la Universidad como organización institucional, como estructura, no ha sido una preocupación privilegiada de los distintos órdenes que participan de su gobierno. Los diversos gremios universitarios, los grupos que los constituyen, se han preocupado con más frecuencia por disputar posiciones que sólo colateral y forzadamente se vinculan con el problema universitario, que por definir el verdadero papel de la Universidad en un programa de independencia nacional. La praxis gremial universitaria sin ese esfuerzo de definición teórica, se convierte en un reflejo subsidiario de otras prácticas con ajustes o encajes aleatorios en la especificidad de lo universitario. Es decir, se convierte en mera agitación al servicio de la reacción. Más allá del discurso y del deseo.

La Universidad durante la dictadura fue desnaturalizada en su condición social de centro de estudios superiores con funciones docentes, de investigación y extensión, funciones éstas que se implican una a otra inseparablemente en la realización fáctica del pensamiento científico, y en la responsabilidad ética del universitario. De la Universidad que conocimos sólo se sostuvo la arquitectura pero robándole a los edificios con la limpieza de sus exteriores, ese particular encanto, crepuscular es cierto, pero solidario, que la pátina del tiempo otorga a las fachadas. Por lo demás fue un organismo de administración de la arbitrariedad, del acomodo, aún del nepotismo.

La reconstrucción de la Universidad implica entonces dotarla nuevamente de su naturaleza. Y esta debe ser la tarea prioritaria que sus órdenes organizados gremialmente deben asumir. Es en torno a este objetivo, a la construcción de una Universidad como factor de cambio social que debemos orientar nuestros afanes. Sin confundirla con el centro o la vanguardia de los cambios, pero tampoco como residuo de los cambios. En suma, producir desde ella, democráticamente, las estrategias que convengan y converjan al gran cambio, que desde la redota, desde el éxodo, Artigas puso en marcha.

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