COMENTARIO EDITORIAL

Volumen 2  Número 1 - Marzo de 1979

LA MEDICINA CLINICA

Dr. Juan Carlos Macedo

Conocimiento y método de conocimiento donde es el cuerpo (cuando ejercicio de organicidad) casi el único modo e instrumento; centrado en el hombre en situación de enfermedad y su múltiple entorno, como objeto de saber. Un acto de esperanza; pues trata del dolor, en estrechísimo roce con la muerte; cercado por los mitos de resurrección y de la ficción tecnológica. Conducta consecuente más o menos regularizada, hondamente penetrada por la solidaridad; tanto, que resulta inútil distinguir entre conocimiento y aliento en su realización. Y una estructura de organización operativa: niveles de atención, distribución o mercado de trabajo, escuelas de formación; círculos de actualización. Una de las maneras, entonces, de la realización o existencia de la práctica social; uno de sus saberes, la medicina clínica, integra la cultura del hombre.

Una reflexión o propuesta o proyecto en este territorio, no puede obviar que las bases materiales de una cultura se abren a una historia cuyos fundamentos esenciales suponen:

a)      una geografía; cierto lugar preciso; un límite pero no limitación, si no área de responsabilidad; espacio constituyente; referencia y recursos estables en el curso de la formación y entrega de lo propio, propio en el sentido de apropiación y de apropiado a la universalidad. Una geografía en fin, con tanta naturaleza como fuerza ontológica.

b)      Una actividad productiva, poyética, a través de la cual culmina la naturaleza su estatuto de conciencia en el hombre (en la más estricta etimología; conciencia; conocimiento). Producción o participación o compromiso. Proyectados a la especie; en todos sus instantes límites, esto es, de un individuo en la historia.

 

Aceptados plenamente ambos constituyentes, geografía y poyesis, recién entonces puede hablarse de una realidad. De ésta y de otras. Realidad como acto y hechura de una práctica. Y otra vez recién entonces, pasa a ser posible la concreción de la condición mayor o determinante de una presencia terrestre: la identidad.

En este contexto, reconocer nuestra situación de marginalidad en el mundo de la cultura médica, no puede tener otra intención que la de compartir un diagnóstico. Consecuencias muy distintas tiene, sin embargo, el no reconocimiento hasta la aceptación de nuestra condición de epígonos en el proceso de producción del saber.

Si la marginalidad significa comprender de las fronteras, el epigonismo significa la presencia del espíritu colonizado, con establecimiento en el plano gnoseológico de la confusión o pérdida del objeto de conocimiento en la situación del ser por el parecido, y en el plano de la acción, la dependencia, el sometimiento a la inmovilidad del deslumbramiento.

Si cultivo o memoria,  su futuro es la historia de la opción que hoy realicemos.


COMENTARIO EDITORIAL

COMPENDIO : Volumen 2  Número 2 - Mayo de1979

SOBRE LA VIABILIDAD-LEGITIMIDAD DEL TRABAJO CLINICO: ELEMENTOS PARA EL DIÁLOGO.

“El pensamiento científico moderno es verdaderamente un umbral diferencial de la cultura”(1)

Dr. Juan Carlos Macedo

 

Si se admite el criterio, que el concepto de cultura, sólo puede ser comprendido enmarcado en las peculiaridades del curso de un grupo social en trayectoria; con suficiente trayectoria, esto es, con suficiente necesidad y aliento hacia una identidad; Peculiaridades en  sus vínculos ineludibles de universalidad. Cultura, entonces, como un emergente de una historia concreta cuyas exigencias constituyentes asientan sobre determinada geografía y una cierta poyesis(2), estará en condiciones de iniciar un planteo con deliberado propósito de diálogo sobre nuestra medicina actual en sus perspectivas.

Lo infrecuente de la discusión en este terreno, lo inhabitual del lenguaje necesario para expresarlo, muchas veces, pero sobre todo, tal vez, las consecuencias de sus conclusiones, constituyen obstáculos para una práctica en tal sentido, que, unidas a la situación permanente de inmediatez o urgencia a la que nos somete la inorganicidad del mercado de trabajo en nuestra profesión, han hecho que pensar la medicina en términos de cultura se haya convertido en un ejercicio ausente o por lo menos raro.

Ninguna excusa vale, sin embargo, para esta omisión. Pues sólamente en ella, en esa discusión, podremos ubicar correctamente las más de las preguntas o insatisfacciones que diariamente nos plantea el ejercicio médico. En definitiva, cultura proviene de cultivar, practicar, cuidar, honrar(3). Todas estas acciones, es obvio, atienden básicamente al sentido de responsabilidad. Si tenemos en cuentas las presencias formantes más generales del problema médico, tal como fuera esquematizado en un comentario previo(4), Sociedad, Medicina y Médicos y Personal de Salud no Médico, esta nota viene a ubicarse en el punto Medicina. Subyace a una de las insatisfacciones o confusiones más comunes en todos los ambientes de trabajo médico (es innecesario confirmarlo con cualquier becario de regreso) una pregunta que puede ser formulada del siguiente modo: ¿puede concebirse o realizarse una práctica médica legitima, legitimidad definida como éticamente sin fisuras, diagnóstica y terapéuticamente eficaz, productora de conocimientos o formalizadora de nuevas prácticas, viables económicamente o socialmente totalizadora, racional o aun  científicamente cumplida, en suma, en un lugar del mundo, éste, que ha sido adjetivado como subdesarrollado? Responder afirmativamente esta pregunta supone la propuesta  de un programa o por lo menos, cierta fidelidad a un proyecto de futuro.

En primer término corresponde señalar que subdesarrollado no significa semánticamente nada en los campos de la antropología y de la historia, “no es un término científico, sino burocrático”(5). Para comprender mejor esta aseveración, vale la pena transcribir en amplitud el desarrollo de esa idea: “A pesar de su vaguedad intelectual –o tal vez a causa de ella- es palabra predilecta de los economistas y sociólogos. Al amparo de su ambigüedad se deslizan dos seudo ideas, dos supersticiones igualmente nefastas: la primera es dar por sentado que existe sólo una civilización o que las distintas civilizaciones pueden reducirse a un modelo único, la civilización occidental moderna: la otra es creer que los cambios de las sociedades y culturas son lineales, progresivos y que, en consecuencia pueden medirse.

Este segundo error es gravísimo: si efectivamente pudiésemos cuantificar y formalizar los fenómenos sociales –desde la economía hasta el arte, la religión y el erotismo- las llamadas ciencias sociales serían como la física, la química o la biología. Todos sabemos que no es así. La identificación entre modernidad y civilización se ha extendido de tal modo, que  en América Latina muchos hablan de "nuestro subdesarrollo cultural”(6). Para abundar en un caso extremo podríamos decir, que, si tomamos como modelo de desarrollo lo que han hecho o hacen las sociedades que se han autodenominado "civilizadas" o que se autodenominan "desarrolladas", terminaríamos por concluir en que tener esclavos o matar multitudinariamente en la cámara de gases, serían parámetros o antecedentes de desarrollo.

Repitiendo la cita previa: todos sabemos que no es así.

Ubicado pues el desarrollo en su condición de eufemismo con intención (imposición - sumisión) colonizadora, podremos compartir lo que sigue. La legitimidad en medicina no asume un modelo único. En el plano del conocimiento, donde no puede negarse la acumulación del saber y la universalidad de su validez, lo que importa comprender es, que, lo que define la naturaleza legítima de una práctica es el ejercicio de un modo de pensar, de una manera de realizar sujeta a racionalidad y objetividad (esto no incluye la infalibilidad), denominada Método Científico(7).

Dos premisas deben presidir lo siguiente: A) El conocimiento clínico es irreducible a toda otra forma de conocimiento dentro del campo de las ciencias médicas. B) Si bien los principios (la ciencia) que fundan la técnica son universales, no lo es su aplicación.

Irreducible es decir, que ocupa por sí misma cierto nivel con presencia plena en el mundo de la realidad. Cierto es que puede y debe ser explicada desde distintos ángulos de la mirada: desde la genética, desde la bioquímica, la fisiología, la sicología analítica o no, etcétera, pero sin que ninguna de esas explicaciones le elimine en su nivel concreto de existencia. Es pasible, pues, de una explicación no reductiva; denominada de multinivel; pero no de una explicación eliminativa(8).

Conocer clínicamente, esto es, diagnosticar(9), exige el ejercicio de la especialidad de un modo operativo básicamente sensorial, en el más estricto significado fisiológico del término, y esencialmente orgánico o corporal en su doble vertiente biológica-biográfica. Sensorio y corporalidad actúan ambos, en ambos participantes de la situación: el clínico y el paciente. Este modo operativo es la historia clínica; anamnesis y examen físico; un aspecto particular del método experimental, a partir de la cual, en verdad ya desde su inicio, se desarrolla el pensamiento clínico, una práctica hipotético-inductivo-deductiva (del signo a la nosología, de la nosología al signo), que por supuesto no excluye la intuición, la imaginación o aún el golpe de suerte.

En torno a diagnosticar, resulta aclaratoria la siguiente cita: “El centro de la actividad cognoscitiva de los seres humanos son las hipótesis, y no los datos. Los datos se acumulan para utilizarlos como evidencia a favor o en contra de hipótesis; y hasta la mera recolección de datos presupone un núcleo de hipótesis"; (por ejemplo, que hay algo observable, que los medios de observación son adecuados o pueden corregirse, etc.).

Considérese el procedimiento de un médico práctico cuando se enfrenta con un caso. No empieza por observar a su paciente de un modo cualquiera y sin prejuicios, sin más finalidad que la de obtener datos en bruto y de cualquier clase interpretable. La misma recolección de datos va, por el contrario guiada y justificada por ciertas hipótesis que subyacen a su procedimiento empírico. Así, por ejemplo, la auscultación, la exploración por el tacto, el uso de instrumentos, cada una de esas maneras de proceder a la búsqueda de datos presupone un cuerpo de hipótesis anatómicas, fisiológicas y hasta físicas. Los datos que obtiene con la ayuda de tales procedimientos y sobre la base de tales hipótesis le son luego útiles para formular hipótesis diagnósticas que acaso finalmente desee someter a contraste mediante procedimientos más finos, como son los análisis bioquímicos, por ejemplo. En resolución cuando se encuentra con un problema de diagnóstico, el médico no parte de un borrón y cuenta nueva respecto de su anterior trabajo, sino, por el contrario, de un cuerpo de presupuestos, algunos de los cuales funcionan como hipótesis rectoras, y otras como líneas de interpretación de sus datos.

Contando con este trasfondo podrá conseguir datos y los interpretará y usará para producir  y contrastar ulteriores hipótesis (diagnósticas)(10). Dicho de otro modo, el razonamiento clínico se elabora contemporánea y sucesivamente al tiempo de su realización empírica. Recoger datos no es pues, una actividad inocente. Y como corolario, una buena historia clínica o una historia clínica completa, según suele decirse, es aquella que ha logrado reunir todos los datos. ¿Pero qué significa exactamente todos, en ese contexto? Significa todos aquellos que en un momento dado tengan relevancia para el objetivo propuesto (diagnóstico) en el campo nosológico considerado, y su realización está sujeta a condiciones particulares del clínico actuante. Acá interviene el tan reivindicado, con justicia, claro está, pero instrumentalmente mal interpretado, ojo y olfato o vuelo clínico.

Esta singularidad no es una característica de la clínica sino del clínico; a su vez, sujeta a estudios, experiencia, y, sobre todo, capacidad personal de imaginación (11) (12).

La lectura de una historia clínica de Hipócrates (siglo V A.C.) (13)(14), una de Montanus (1498-1551)(15), de Boerhaave (1668-1738)(16), de Bright (1789-1858)(17), de Freud (1856-1939)(18), y una actual(19), que permiten ver, por lo menos dos, de los referentes más importantes en base a los cuales se construye o estructura el relato clínico: 1)Según las normas de verdad, que, en cada momento de la historia, produce un saber particular(20). Es con este antecedente que puede decirse que las diferencias entre la historia  hipocrática y la nuestra, no dependen tanto de que Hipócrates supiese menos medicina que nosotros, sino que la sabía de otro modo(21), 2) De la particularidad del objetivo propuesto. Freud, quien dio a la clínica su último aporte fundamental, hasta ahora, muestra en sus historias la nueva dimensión (médica) del relato biográfico: el relato del que habla resulta apenas una excusa involuntaria de otro, pero el mismo relato, transcurrido en el silencio; la anamnesis como signo. Guiada por un campo teórico definido, cuya validez no importa analizar aquí.

La historia freudiana no se diferencia de las otras tanto por la extensión de la anamnesis, como por la diferente intención que la construye. Esto no significa decir que desde Freud es posible la historia total. La totalidad a secas sólo cabe como una utopía en la ironía apenumbrada, desoladamente vital del escritor(22).

No existe, pues, una única historia  clínica, sino historias, tantas como problemas se planteen en el trabajo clínico. En conclusión, la Clínica constituye un lugar específico del saber humano, es el modo teórico-instrumental de producción del diagnóstico médico en el espacio de una relación, pues “siempre es la relación con el individuo enfermo, por intermedio de una clínica, la que justifica la calificación de patológico”(23). ¿De qué otro modo comprender la disnea, las clases de dolor o la histeria, o dónde ubicar entonces entidades sindromáticas como el síndrome del angular del omóplato, por ejemplo?(24). Es la existencia de la especificidad de esta relación como campo de conocimiento la que convierte  en patología lo que de otro modo hubiese sido, por ejemplo una desgracia personal-familiar como la histeria.

Los principios  que fundan la técnica son universales; no lo es su aplicación. Este punto atiende básicamente a lo que denominamos el estudio de un enfermo; de un modo más general, a la conducta ante el mismo. Ha adquirido cierta notoriedad actualmente, a través  de las frecuentísimas publicaciones en las revistas médicas de mayor circulación de numerosos análisis de los problemas formalizados en las relaciones riesgo-beneficio, costo-beneficio(25), etcétera. Estos tipos de análisis, seguramente valiosos, corren el riesgo de cierto rechazo inconsciente, al ser mirados superficialmente como una manera de introducir dos variables, consideradas íntimamente como espurias en el trabajo del clínico: la economicista y la de masificación. Esto sin embargo no es así. El trabajo del clínico reconoce un único objetivo, la recuperación personal-familiar-social del enfermo a su cuidado, en su concreta individualidad. Pero la clínica reconoce en esa actuación una doble vertiente: una finalidad práctica, asistencial, signada por la eficacia y otra cognoscitiva, de investigación, signada por lo que con fines didácticos de separación, llamaremos la “verdad”.

El objetivo diverso no implica, sin embargo, una diferencia en el modo de ejercer el pensamiento, en ambos casos, lo rige o debería regirlo, el método científico. Esta incomprensión es una de las fuentes más importantes de la debilidad o inconsistencia productiva de nuestra práctica clínica. Esto afecta la asistencia pero también a la docencia. Hace muy cara a la primera, es decir, socialmente impracticable, y confunde a la segunda: la clínica es convertida en patología.

La pérdida del concepto de la clínica como el del mundo fenoménico emergente de la intersección entre el ser-vivido (el paciente) y el ser-recibido (el clínico), etcétera, pues caben otros pares, y el desvío del método, en la acción del consultorio, hacen que el problema motivo de consulta tome dos caminos habituales: a) La reducción al síntoma-estímulo, desencadenante de una respuesta-especialidad farmacéutica. Es decir, el campo nosológico ausente es sustituido por el del vademécum terapéutico. b) La reducción patológica; El enfermo es sustituido por la descripción de la enfermedad. El fenómeno empírico es confundido con su abstracción formalizadora. El caso de la reducción al síntoma no merece otros comentarios pues representa una violación inexcusable de los principios de la ética médica. El caso de la reducción a la patología ofrece otro tipo de interés. Es el fundamento que sustenta el prejuicio tecnológico, concretado en “el estudio del enfermo”, entre otros expedientes retóricos. Junto a la patologización, opera en realidad otro prejuicio de mayor dimensión y peores consecuencias, el de la salud o normalidad como fenómeno positivo. En la brevedad de este relato no puede discutirse extensamente este problema. Baste señalar que los parámetros sanitarios son tasas referentes a mortalidad, prevalencia e incidencia de enfermedad. Esto es así, porque la salud existe médicamente como negatividad frente a la positividad de la enfermedad.

Veamos dos ejemplos concretos cotidianos derivados de esta situación: los exámenes de rutina y el estudio del hipertenso. Respecto a los primeros, no cabe duda que en su realización se mezclan diversamente la tradición, una fuerte acción de placebo sobre el médico, y la complicidad gratificante del enfermo, pues los exámenes de sangre, supone, demuestran creíblemente que es sano, o en su defecto explican por fin el origen de sus males. Esta práctica, por lo tanto, viene a adecuarse conservadoramente con las pautas culturales referentes a la salud, enfermedad y exploración médica aceptadas por la sociedad.

En el momento actual, sin embargo, los exámenes de rutina constituyen la rutina de naufragio de la clínica. Una rutina de los humores corporales sólo podría aceptarse en caso de la existencia de un definido perfil bioquímico de normalidad, cuyas alteraciones por otro lado expresaran definidamente los fenómenos clínicos; es decir, sería el caso de un correlato síntoma o síndrome, con alteración específica bioquímica. Sabemos que esto no es así. Se han desarrollado si, pero como complemento informativo para determinadas situaciones clínicas, grupos de determinaciones humorales(26). Ellos, sin embargo, deben ser considerados conceptualmente en el mismo nivel del conocido funcional hepático, entre otros, pero de ningún modo supone su existencia una inversión del proceso clínico. El laboratorio no sustituye al clínico, no por ahora, y hasta tanto no logremos materializar en informaciones de todas las técnicas existentes y futuras, los mitos de la normalidad y anormalidad (¿podrá realmente lograrse esto?).    

Debe quedar claro, que no estamos diciendo que la anamnesis y el examen físico son autosuficientes o que el pensamiento clínico no necesita más que esos instrumentos. Estamos diciendo que solicitar una glucemia, por ejemplo, sólo cabe en dos situaciones: como una decisión de política sanitaria que busque concretamente saber el número de posibles diabéticos en determinado territorio o población, o, si ese no es el caso, como complemento informativo para el diagnóstico con sentido terapéutico frente a coyunturas concretas (polidipsia, polifagia, poliuria, adelgazamiento; por citar las más clásicas).

Veamos ahora el caso del hipertenso. Lo común de la hipertensión(27) permite ver el estudio del hipertenso, individuo concreto, las consecuencias nefastas, para cualquier sistema de salud y para la persona en particular, de la no-distinción entre práctica asistencial e investigación clínica. Si sabemos que la palpación del precordio en decúbito con una rotación de 45º es quizás el método más sensible, más sencillo, menos traumatizante, y más informativo de la hipertrofia ventricular izquierda(28), no resulta racional entonces realizar un ECG para obtener la misma información.

Ubicados en la misma situación asistencial, no parecen haber motivos que hacen particularmente útiles para el estudio y tratamiento del hipertenso, el contar con una radiografía de tórax y un ECG(29). Es obvio, que esta “simplificación” por revalorización semiológica sólo es posible en la medida que los clínicos desarrollemos planes de investigación concurrentes, que permitan estas conclusiones. De otro modo la realización de un estudio paraclínico; puede convertirse en una omisión ética, con consecuencias terapéuticas potencialmente desfavorables.

Pero sobre las posibilidades de la investigación clínica, esto es, sobre las posibilidades de producción de conocimientos clínicos en nuestro medio, examinaremos, en otra oportunidad, la hipótesis de que es la inorganicidad del mercado de trabajo médico el principal obstáculo, tal vez, para su realización. Sin que esto signifique alentar una excusa para no producir. De otro modo, justificaríamos a Petrarca (1304-1374) cuando en carta al papa Clemente VI enfermo(30) dice: “Puesto que, como siempre, especialmente en este estado, conviene ser breve a quien con Tu Santidad quiera razonar, te diré pocas cosas con ánimo sincero y devoto. Sé que tu lecho está asediado por los médicos: y esta es la primera razón de mis temores...”


Comentario Editorial

COMPENDIO: Volumen 2  Número 3 - JULIO de 1978

INSISTIENDO EN NUESTRAS REFLEXIONES

“No existe cultura sin historia o tiempo y sin comarca”

Prof. Dr. Carlos Gómez Haedo

Como lógico desarrollo de nuestros editoriales estamos sosteniendo que la situación de dependencia económica, o de pobreza, referido a las distintas naciones, no significa que no exista posibilidad de creación cultural. Algo en que los economistas modernos insisten, es la reducción de las jornadas de trabajo, con la creación del mayor plazo del tiempo libre. La crisis significa lo inverso. Nosotros aspiramos además a que el trabajo clínico, como decíamos, tiene un profundo sentido cuando se le puede dar amplia dimensión de su contenido en el análisis integral de una situación individual, entrelazado siempre con su consiguiente categorización nosológica.

En la profundización de esos aspectos creativos, existen posibilidades de transitar hacia los sectores llamados de las materias básicas, poniendo entonces a su servicio a las distintas ciencias (bioquímica, genética, fisiología, física, etc.), para volver de nuevo a enriquecer con la interpretación científica el hecho de la observación clínica. Y en la misma profundización, cualquiera sea el tipo, existe una evidente recompensa que se proyecta sobre nuestro propio trabajo. Por ejemplo, cuando los “Grupos Balint” analizan la vertiente psicológica en el ámbito de la actividad clínica inmediatamente surge vigoroso ese aspecto creador: el binomio médico-enfermo se influye mutuamente ¡y en que grado! Tanto para la educación como para la medicina son especialmente válidas estas reflexiones.

Dentro de los factores que explican los caracteres que la Cultura adquiere, citamos la Historia, creadora de coyunturas, de etapas y de transformaciones más o menos aceleradas; así como factores antropológicos, psicológicos, biológicos, sociológicos, políticos, etc. Explicarían en especial algunos hechos que se reflejan en la consideración de los problemas de la salud y de la educación en nuestro país.

Desde el fondo de nuestra Historia por ejemplo, José Artigas, estableció el ingreso de libros, de armas y de medicinas o vacunas, sin el tributo de Impuestos de Aduana. Se vivía la Revolución Americana en su plenitud, y las directivasas de Jefferson y la Revolución Francesa, eran pilares de esa formación. Pero paralelamente se introducen también la vacuna antivariólica en la organización primaria, dada por las fuerzas revolucionarias criollas. Nuestra liberación política como pueblo americano,  unió a ese ideal el deseo inmanente de cultura creadora por lo tanto, de ímpetu nacional de descolonización y de una organización sanitaria mínima, que se proyectaba en posibilidades sobre toda la población.

Esto aparece a manera de prólogo en nuestro cauce histórico independentista. Pero además influyeron sin lugar a dudas, una constitución demográfica homogénea de tipo predominantemente europeo, en las concentraciones urbanas desarrolladas fundamentalmente en los últimos 50 años del siglo pasado y comienzos del actual. Esas corrientes inmigratorias tuvieron a su vez, matices particulares. En el terreno educacional numerosos maestros e intelectuales, sobre todo españoles, desterrados políticos por sus ideas anti absolutistas y republicanas, integraron el movimiento renovador Vareliano de la Escuela Nueva, ayudando a la construcción de la misma (1876-1877). A nivel laboral, la afluencia de obreros italianos, españoles, franceses e incluso Alemanes, tanto en esta margen del Río de la Plata como en la vecina Buenos Aires, introdujeron con su mano de obra, las ideas y los reclamos del obrero urbano europeo de la época con su naciente movimiento de organización. De ellos surgió el movimiento de las mutualidades, “Organizaciones de Ayuda Mutual” que dan origen en su establecimiento y dinámica a la incipiente organización de la Seguridad Social y al Movimiento que se llamará Mutualismo así como al Cooperativismo.

 Aquí se daban factores o pautas europeas, trasladados a nuestra primitiva organización social. Son los hijos de los inmigrantes los que recibían ahora la cultura desde los bancos de las Escuelas y Liceos del Uruguay, que sus padres aprendieron como autodidactas.

“M’hijo el Doctor” se había convertido en auténtica realidad sociológica rioplatense.

Mientras tanto, en este país desgarrado primero por las guerras independentistas y luego por las luchas civiles, se entraba de lleno a comienzos del siglo en la Democracia Política, como forma de convivencia.

Pero si a nivel escolar la transformación gestada por José Pedro Varela es sustancial revolucionando a nuestro retrasado sistema de Instrucción, en la evolución de la historia de la Enseñanza Superior, el Movimiento Reformista de Córdoba de 1918 recorrió como una vibración toda América Latina. Estudiantes que serán luego ilustres universitarios de todas las ramas profesionales, lanzaban en esa época sus problemas, que en esencia reclamaban la apertura de las aulas, la sustitución del academismo, la necesidad de una enseñanza profesional relacionada con las auténticas características de Latinoamérica; la intervención de los jóvenes educandos en la gestión universitaria; la separación de las influencias dogmáticas o religiosas, etc.

Pero también  es la época de Sandino y los marines de Nicaragua y esa juventud antiimperialista que integró Rodó como adalid en nuestro país, tomaba también posición sin defecciones.

Resulta a veces sumamente difícil independizar el momento que corre del resto de nuestra historia, con sus fracasos o sus aciertos, pero con la espontánea y libre acción de los hijos de esta tierra, los protagonistas, con sus luces y sombras; las de todos.

 Así podemos entender en el campo de la educación que se hayan desarrollado pautas, que si bien reflejaron muchas veces lo europeo, constituyen un cauce de donde surgieron personalidades distinguidas en el terreno universitario. Pero nos interesa muy especialmente el campo de la salud. En él las distintas situaciones generales crearon aristas específicas en el movimiento de evolución de dicho sector: 1º) el incipiente sistema del Mutualismo constituyó el núcleo de la multifacética organización de la seguridad social

2º) el propio organismo asistencial del Sindicato Médico, el CASMU, nacido en el año 1920 pretendió, lográndolo desde una forma inicial y evidente, elevar el nivel asistencial del mismo sector mutual. Debido a su presencia decisiva se establecieron normas de especialización, calificación, así como libre elección y libre afiliación al ejercicio profesional. Constituyó por primera vez además en América Latina y probablemente como experiencia original, en el mundo, a establecer un diálogo educativo con los propios sectores integrantes de  los Seguros a quienes se iba a dar cobertura asistencial. En la medida que los médicos colectivizaban su trabajo educaban sobre los derechos y deberes de la población, frente al propio cuerpo técnico y a la asistencia prestada. Pero también se educaban los médicos en una amplia comprensión de los problemas asistenciales de la mayoría de la población. 

3º) El Ministerio de Salud Pública mantuvo dentro de estructuras mucho más lentas en el cambio, una cobertura que en algún momento disminuyó cuando comenzaron a surgir los seguros parciales de salud pero que continuaron adquiriendo por razones estructurales,  en especial en el interior del país, una especial importancia. 

Pero todo el sistema de la seguridad pretende garantizar lo imprevisto y en especial la zozobra en materia de enfermedad o desempleo, ya sea bajo forma de pre pago (mutualismo de afiliación individual) o de la participación en la financiación por patrono y/o Estado, (seguros parciales de salud). No hablaremos ahora de nuestros desaciertos, que seguramente son muchos. Pero todas esas pautas culturales, antropológicas, biológicas y sociales influyeron manteniendo algunos rasgos profesionales que nos diferencian incluso de nuestros vecinos. El empobrecimiento profesional siguió en nuestro país a la crisis económica de la propia población. No hubo hiatus entre nuestro destino como profesionales y el de la mayoría de nuestras gentes. Nuestra marcha se caracterizó por un sentido de valores en el que como en el ámbito general de las virtudes de los ciudadanos eran su mejor defensa y la libertad de oportunidades era una meta por lo menos parcialmente alcanzable. Se trataba de los mismo sectores profesionales, normas de ética médica, en un mundo cambiante y que crea el desafío permanente de nuevas situaciones.

 Defecciones morales, idolatría de valores del poder, o del dinero, miedos en fin, los hubo siempre, pero no constituían sino una minoría con relación al conjunto.

 

Y vaya si eso no es también una de nuestras tradiciones que todavía tiene vigencia en el sentir de nuestra profesión médica y de los universitarios en general..

 


COMENTARIO EDITORIAL 

COMPENDIO: Volumen 2  Número 5  - Diciembre de1979

MEDICO, MEDICINA Y SALUD

Dr. Juan Carlos Macedo

A propósito de la Declaración de Alma-Ata sobre Atención Primaria de Salud publicada en nuestro número anterior, viene al caso la necesidad de precisar la ubicación que en  el terreno conceptual tienen algunas formulaciones en ella contenidas. Se trata, en verdad, de reiteraciones, que sirven en la medida en que no son motivo habitual de discusión entre los médicos, pero que por lo mismo, son el origen de ciertas confusiones en el lugar de la práctica.

En primer lugar, la Salud. definida positivamente como un estado del ser consigo mismo (completo bienestar) y con el ámbito social en que se desenvuelve, es a no dudarlo, la expresión en el lenguaje burocrático, de la felicidad. Es pues, una resultante, una aspiración, una situación. Y uno de los derechos fundamentales del hombre, reconociéndosela expresamente en esa calidad como un objetivo social prioritario, a ser alcanzado en un nivel aceptable por todos los pueblos del mundo en el año 2.000. En consecuencia, su estatuto actual y de factibilidad existe en estrecha dependencia de las tradiciones y realidades socio-culturales y económicas de la comunidad considerada.

Desde el punto operacional o valorativo los criterios que juzgan estados de salud no  pueden referirse entonces, a la biología, ni aún a la antropología, sino que deben encontrarse en el marco más amplio de las ciencias políticas y sociales. Estrictamente, la salud como estado de completo bienestar físico, mental y social, no es un asunto privado de la medicina, sino uno rigurosamente político.

 

De ahí que la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud declara textualmente que son “los gobiernos (los que) tienen la obligación de cuidar la salud de sus pueblos, obligación que sólo puede cumplirse mediante la adopción de medidas sanitarias y sociales adecuadas”. Queda claro, así que el estado de salud no es problema de diagnóstico  clínico o de conjetura o conducta terapéutica, sino de acierto y voluntad política.

 

La misma Declaración lo dice: “Para ello (para iniciar y mantener la atención primaria de salud) será preciso ejercer la voluntad política para movilizar los recursos del país y utilizar racionalmente los recursos externos posibles”. La Salud Pública o sector sanitario de la administración gubernamental, es sólo uno de los integrantes que constituyen su estrategia. Por otro lado, la acción del clínico, del médico, que asiste, General, Internista o Especialista, la suya se ubica específicamente en la antropología. Ello no supone omisión para con otras áreas de responsabilidad y más cuando su condición, no debemos olvidarlo, es el fruto de un esfuerzo colectivo de toda la sociedad (de ayer y de hoy) concretado en la formación y funcionamiento de los centros de estudios superiores de los que ha egresado. Pero aún sin minimizar este condicionamiento, en definitiva, ético, es obvio, que, la demanda de sus servicios y las consecuencias más evidentes o inmediatas de su acción se refieren al plano individual, al hombre enfermo. Así, su objetivo sólo es social por su extensión: el hombre como especie es un ser social.

Al médico corresponde afirmar la presencia de enfermedad o su ausencia y esto siempre referido a un instante concreto. Pues la doble mirada (paciente y médico) que estructura lo patológico  y que construye el espacio de su afirmación o negación (el campo nosológico) está signada por la historicidad. También le corresponde la prevención, pero prevención dependiente y como extensión del mismo campo nosológico.

La salud, sin embargo, “no es sólo la ausencia de afecciones o enfermedades”. Por último, entre la salud, derecho humano fundamental, problema totalizador, por ende, político, y el individuo enfermo, ejercicio del médico, se organizan en el ámbito de la práctica, los servicios de atención médica. La atención primaria, sin embargo, comprende un área mucho más vasta que el que corresponde y puede el sector de la administración sanitaria. Dice la Declaración que entraña la participación además del sanitario, de todos los sectores  y campos de actividad conexos  del desarrollo nacional y comunitario, en particular, la agricultura, la zootecnia, la alimentación, la industria, la educación, la vivienda, las obras públicas, las comunicaciones, etc

Y tanto depende de éstos, que el nivel de salud de una comunidad depende sólo escasamente de los logros de la revolución científico-técnica aplicados a la clínica.

Es bueno reflexionar sobre estos conceptos, pues permiten ubicarnos racionalmente en el proceso social de nuestro país.

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