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Vida Un objeto, un pedazo de mundo sin vida le proporcionaba un goce cinético inexplicable. Tanto tiempo sumergido en las profundidades del océano hicieron que la materia de la cual estaba hecho perdiera su origen, olvidara su pasado de vida silvestre y libre. En este momento, el plástico se encontraba con una movilidad que yació enterrada en siglos de transformación pero con la voluntad que le era propia en vida. El tiempo había borrado todo vestigio de independencia. Un tubo de plástico tan sólo útil para quién desease enrollar algún hilo, eso es lo que sostenía la anciana entre sus manos. ¿Cuál será el pensamiento de una etiqueta de papel? y ¿Cuál el de una hebra de lana? Todos ellos fueron sujetos de mutaciones increíbles, alejadas de su cotidianeidad. Todos ellos olvidaron como se sentía el calor sobre la piel, o el viento. Ya no son pelo, ni sangre, ni carne. Sus respectivas condiciones actuales los alejaron para siempre del pasado, próximo o lejano. Retraídos en pensamientos noctámbulos, un par de ojos observaban con asombro e interés una lombriz de lana que se deslizaba por sobre el suelo de madera. Con vida prestada, serpenteaba por entre las patas de las sillas, avanzaba sobre los cojines de tela, se enroscaba cuidadosamente sobre sí mismo. Ellos la seguían sin parar. La lombriz alargaba su cuerpo eternamente, saliendo de desde una caja de mimbre. Un par de orejas intentaban escuchar el latido de un corazón extraviado dentro de una ovejera. Una silueta lanuda procuraba pasar desapercibida con tal de sorprender a su presa por la espalda. De pronto, un salto glorioso. Súbitamente, una garra recoge del suelo una cola áspera. Una boca prueba su bocado y luego lo escupe. Es un ser insípido y desabrido; no contiene sangre ni liquido alguno. Y por lo tanto sigue con vida. Tal vez no servía de alimento, sino que como juguete. El gato continúa sus ataques; la lombriz se le escapa por entre los dientes y las u?as afiladas, pero el animal no cede. Desde arriba, una mirada de reproche se clavó sobre una piel suave y tersa. Entonces ocurrió el forcejeo producto en parte del enojo y en parte de la preocupación. El trabajo se detuvo abruptamente y el ovillo se deslizó sobre un suelo entablado dejando escapar algunos segundos, los que rodaron sobre el suelo a la vez que se desparramaba la lana. "Deja eso" dijo enseguida una voz proveniente de un enorme cuerpo. Pero el juego seguía. Las garras agarraban, los dientes mordían, el cuerpo se retorcía sobre la presa inmóvil y abandonada a su suerte. Como es de esperar, el mas fuerte ganó: un tirón fuerte y la presa resultó liberada de su captor. Pero no obtuvo su libertad. Seguía sometida a un espíritu ajeno que, tratando de recuperar el tiempo perdido, la manipulaba y envolvía sobre sí misma. ¿En cuál lugar de nuestro cuerpo se encuentra el alma?. A lo mejor nuestro ser reside en la maraña de cabellos, sobre nuestra cabeza. Ciertas personas creen que ellos tienen un poder sobre nosotros: si algún brujo los encuentra, es capaz de hacernos volver locos. Es por eso que debemos esconderlos al lado de una estufa, o bien enterrarlos en un lugar secreto. ¿Se volverán locas las ovejas cuando les tomamos a la fuerza su hermoso cabello? Tal vez en aquél momento, cuando jugaba un gato con la lana, en algún lugar del mundo una oveja se estaba volviendo loca. Veía visiones de muebles antiguos, de cojines y sillones, de suelos entablados y pulcramente encerados. En algún lugar de la campiña inglesa, una oveja sufría de alucinaciones esquizofrénicas producidas por el juego de un gato dentro de una habitación de ciudad. Detrás de una cortina que descolgaba del marco de una puerta, una pequeña mente humana ágil y despierta observaba toda la situación. Esperaba un instante de descuido para realizar una acción de sabotaje: el hurto del canastillo de mimbre. Mientras un cuerpo a?oso se levantaba y perseguía a la mascota, un ni?o se acercaba sigilosamente hacia su meta. Un par de pisadas demasiado silenciosas como para ser escuchadas por los oídos distraídos de su abuela se acercaba hacia un canasto enigmático, lo apresaba con sus manos y lo sustraía. ¿Quién, de niño, no ha llevado a cabo un plan semejante? Hurtar el canastillo de mimbre para observar su contenido tantas veces prohibido. Adentro encontraríamos el secreto de las arrugas de nuestra abuela, resolveríamos el misterio del olor a alcanfor, conoceríamos el pasado. En sus entrañas estaría ese secreto que nos era vedado, y que por lo tanto deseábamos conocer. Levantó la tapa del canasto y palpó con su mano el contenido, aún incógnito. Se encontró con puntas afiladas, texturas suaves, palillos, y un sinfín de artículos invisibles a su vista. La mano buscaba, a tientas, hasta que encontró una gran masa de lana, suave y calurosa. Levantó la tapa que le impedía ver para hallarse con la madeja de lana sobre la cual había trabajado su abuela. La tomó entre sus brazos y comenzó a zambullirse en ella: en un comienzo sólo las manos, luego el cuerpo, hasta quedar todo rodeado por ella. El hilo se le pegaba por todos lados al niño, como si tratara de evitar que se le escapara el tiempo, ese mismo que escaseaba en la vida de su abuela. .En otro lado de la habitación, el animal, la bestia innombrable ya no merodeaba cerca. Era tiempo de retomar tanto el soplo como el trabajo postergado. Era tiempo de volver a la suavidad del gesto y de dar vida a la lana inerte. Recuperar tal vez los segundos extraviados, atajar a lo mejor aquellos que aún no emprenden el vuelo. De vuelta al sillón, la memoria intentaba recordar los hechos y sin embargo no encontraba respuestas a lo que ante sus ojos se presentaba: el vacío. Todo, el trabajo, la tranquilidad y la dedicación perdidos en los meandros de un cerebro olvidadizo. El canasto no se encontraba en el lugar que la mente le asignaba. Al igual que una planta desaparece debido al paso del tiempo, al igual que los recuerdos son llevados por el viento de los a?os, de esa misma forma se esfumó el baúl de los misterios. Pero si se observa cuidadosamente el suelo, es posible que se encuentre alguna pista que la lleve hacia el objeto extraviado. Por entre los cojines que yacían sobre el suelo se observaba una lombriz que suavemente serpenteaba hacia la cortina que descolgaba del marco de la puerta. La anciana miraba con detención a este ser con vida propia y esperaba. Se acercó hacia el lugar que la mantenía atenta y descorrió suavemente la tela. La mirada le cambió. Ya tranquila, sonrió por haber encontrado algo perdido, aunque se veía distinto. Detrás de las cortinas sólo se podía apreciar un gran ovillo de lana enmarañado. En los intersticios que se producían entre los filamentos enredados asomaba un par de ojos de niño. A un lado, el costurero. Entonces, dos miradas se encontraron de pronto y frente a frente. Dos sonrisas se desprendieron y chocaron suavemente contra los ojos del otro. Una recupera su baúl. Otro encuentra un nuevo juego. El gato, mientras tanto, observa y deja escapar algunos segundos de vida en un bostezo. JULIO GARCIA R. |
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