Acteal

 

II. El camino de los muertos

            (Segunda de tres partes)

 

 

 

                               1

 

  El de mil novecientos noventa y siete  fue un verano  mortífero. Pol Pot hizo ejecutar a su ministro de defensa  Son Sen y a once miembros de la familia de este, en Cambodia. El concejal del partido Popular Miguel Angel Blanco fue secuestrado en Ermua y asesinado por un comando de Eta.  El asesino serial Andrew  Philip Cunanan  mató a tiros al diseñador Gianni Versace, en Miami. El último  día de agosto murió la princesa Diana  de un choque automovilístico en París; seis días después murió la Madre Teresa de un infarto en Kolkata, India.

Argelia registró las sucesivas masacres intraislámicas de Darait Labguer: cincuenta muertos; Si Zerrouk: cincuenta; Oued El-Had :cuarenta; Souhane: sesenta; Bení Ali: entre sesenta y cien; Rais: noventa y ocho; Guelb El-Kebir: cincuenta y tres;  y Benhala, una aldea satélite de Argel, donde  el veintiuno de septiembre , luego de diez días de aullidos nocturnos de chacales, animal que no existe en la región, comandos del  Grupo Islámico Armado tomaron el pueblo casa por casa y mataron  a cuatrocientos lugareños, sin perdonar  ancianos, mujeres y niños. (Wikipedia. The Free Encycplopaedia. Año 1997)

Al otro lado del mundo, en Los Altos de Chiapas, los bandos rivales de  San Pedro Chenalhó preparaban  el camino hacia su propia masacre. La división de los pueblos había tomado el camino de la vendetta: el camino de los muertos.  En la entrega anterior de Nexos hice la historia de esa fractura hasta fines del mes de septiembre en que los comandos armados   del EZLN y sus adversarios habían  convertido la comarca de San Pedro Chenalhó en un infierno de emboscadas recíprocas  y batallas incipientes. Durante el verano, la violencia hormiga de los pueblos se había vuelto hormiguero. El otoño iba a ser violento y  mortífero también.

El veintitrés de septiembre, día vaticano de San Andrés Fournet,  en el paraje de Narajantik alto, un grupo de zapatistas detuvo a Manuel Vázquez Pérez, lo amarró a un árbol dos horas y estuvo golpéandolo para obligarlo a entregarles unas armas que supuestamente había escondido.  Según la PGR, el grupo amenazó luego a los habitantes de la comunidad

con privarlos de la vida si no ingresaban a las filas del EZLN. ( …) Con esta amenaza los pobladores se vieron obligados a proporcionarles alimentos y realizar guardias de vigilancia, por espacio de dos meses, hasta que decidieron escapar del poblado y desplazarse a la cabecera  municipal de Chenalhó (Procuraduría General de la República: Libro blanco sobre Acteal, Chiapas. (México, PGR, noviembre 1998)… “Asesinatos y agravios perpetrados a simpatizantes del Ayuntamiento Consitucional de Chenalhó”. p.49-50)

 

El veinticinco de septiembre, de San Carlos de Sesse, unos trescientos encapuchados  zapatistas llegaron a  la comunidad de Yabteclum  a bordo de varios vehículos y se reunieron en la cancha de basquetbol por espacio de hora y media. Advirtiendo que José Pérez Gómez los observaba desde el techo de la escuela,  pues los había oído venir por la carretera y se asomó a ver qué pasaba, fueron a detenerlo para preguntarle “cuántas armas había en su comunidad” y quién  era ahí “el cabecilla de los priístas”. “El agraviado logró zafarse de sus agresores intentando huir”, dice la PGR, “pero fue detenido y golpeado” (Ibid.)

Al día siguiente, de San Cosme y San Damián,  en la comunidad de Xucumumal fue   asesinado el “simpatizante priísta” Lucio Pérez Ruiz por

 

tres simpatizantes del EZLN con armas de fuego de distintos calibres. La necropsia arrojó datos de que la víctima tenía lesiones producidas por objetos cortocontundentes (machetes). El homicidio se perpetuó en presencia de dos hijos menores de edad de Pérez Ruiz, quienes refirieron que ese  veintiséis de septiembre caminaban de su lugar de trabajo rumbo a su domicilio y que tres personas les salieron al paso.  (Ibid)

 

         Los pueblos armados aprovecharon la visita del presidente Ernesto Zedillo a San Cristóbal de las Casas el primero de octubre,    día de Santa Teresita del Niño Jesús , para formularle la insólita pero transparente petición de  que emitiera un decreto para autorizar que los pueblos  hicieran lo que ya hacían: “tener armas de fuego en sus casas para ‘su legítima defensa’” . 

Casi a la misma hora que las autoridades de Chenalhó pedían esto a Zedillo, el presidente  priísta   del vecino    municipio de Mitontic, Sebastián Rodríguez, era secuestrado para exigirle el pago de veinticinco mil pesos como indemnización por la muerte de tres simpatizantes zapatistas, asesinados dos meses atrás. El alcalde pagó la suma y fue liberado. En la madrugada del día siguiente,  dos de octubre, día  de los Santos Ángeles de la Guarda, veinticinco  zapatistas encapuchados  dieron muerte a cuatro vecinos de la comunidad de Las Limas, entre ellos a una niña de seis años, e hirieron a seis. Los  adultos muertos  fueron Pascuala Núñez Maldonado y loslos hermanos Manuel y Belisario Gutiérrez Núñez. La niña  se llamaba Marcelina Gutiérrez Hernández. (Hirales, Camino a Acteal (México, Rayuela Editores, 1998) p. 58-59;  Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas (En adelante CDHFBC): Camino a la masacre. Los materiales del  CDHFBC  pueden consultarse en su sitio  electrónico www.frayba.org.mx.,    )

El tres de de octubre, día de San Francisco  Borja, fue amenazada de muerte  en Chenalhó Irene Santiz Pérez, testigo ocular del homicidio de seis jóvenes zapatistas, arrojados desde la   Cima de Chixiltón un año antes, el diecinueve de agosto de 1996. Según el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas

 

siete individuos se presentaron en el restaurante donde Irene labora y uno de ellos le dijo: "Ay, Irene, siempre te mueres; como mataron a tus amigos, así vas a ser tú. Si estás dispuesta a sacar a los que están en la cárcel no te mato". (CDHFBC)Camino a la masacre. “Antecedentes” Los hechos constan en una carta  enviada por la amenazada al propio CDHFBC)

 

                  Durante octubre y noviembre,  dice  Gustavo Hirales, los habitantes de Los Chorros y las comunidades cercanas siguieron armándose, al tiempo que aumentaba su agresividad:

 

 Lo que empezó como una labor de autodefensa pronto se convirtió, por la propia dinámica de los enfrentamientos, en actividades de ataque. Armados y con el pretexto de defenderse y de limitar a los zapatistas, e incluso de recuperar lo que les había sido despojado, empezaron a cometer ilícitos que poco a poco se fueron haciendo más sistemáticos y diversificados.

 

        La simpatía y el apoyo de las autoridades  del municipio a este oficio de tinieblas fueron claras:

 

Hubo una relación de solidaridad y apoyo de parte de las autoridades municipales de San Pedro Chenalhó hacia los grupos comunales de autodefensa. . . Existen testimonios de personas que afirman haber visto al presidente municipal de Chenalhó, Jacinto Arias, comprando armas en las colonias La Hormiga y Primero de Mayo en San Cristóbal de las Casas.   Se ha corroborado la utilización, en algunos momentos, de los transportes municipales para la movilización de personas afectas al ayuntamiento constitucional.    Este aval, tácito o expreso, revistió a los grupos de autodefensa comunal de legitimidad ante la población, y ante los propios cuerpos estatales y municipales de seguridad pública. Por ello, los pojwanej mantenían relaciones más  que cordiales, se dice, con los elementos de la policía comisionados en el área.  Tal sería el caso de Lorenzo Pérez Hernández, un joven actualmente preso, que se paseaba con su cuerno de chivo por la comunidad lo Los Chorros, y lo mostraba a los policías, según relata Sebastián Pérez. (Hirales. Camino …p. 46-47)

 

Llamar a esto una  estrategia  paramilitar  suena exagerado, pero no hacía falta mucho más para estimular mortíferamente la autodefensa de los pueblos. La  peligrosidad de la situación era   clara para  todos, incluido el gobierno estatal, en cuya actitud frente a la escalada, sin embargo, parecía imponerse una vieja costumbre de omisión en  materia de pugna entre los pueblos indígenas, como diciendo: “las cosas de los pueblos se arreglan entre los pueblos, las cosas de indios se arreglan entre indios. No hay peor idea que meterse  en ese berenjenal”. 

Manuel Anzaldo, ex guerrillero en los setentas, en los noventas líder del partido cardenista en la región de Los Altos, refiere su reunión con el  entonces gobernador, Julio César  Ruiz Ferro, a  finales de septiembre o principios de octubre de aquel año:

 

Le dijimos a Ruiz Ferro: “Mira, gobernador: estos cabrones (los priistas, los cardenistas) ya tienen armas. Es nuestra obligación como partido decírtelo, y es nuestra obligación adelantarte de que está muy grueso”. Dice Ruiz Ferro: “No, pues es que, ¿sabes? Mejor vete a ver al general Castillo (comandante militar de la zona), y ahí ven qué onda. Yo no me puedo comprometer a nada”. … Fuimos a ver a Renán (Castillo) y lo único que nos dijo fue: “Miren: no te oí y no te vuelvo a oír,  pero si me los topo ( a los armados), me los chingo”. La realidad fue diferente porque sí se los topó (a los priístas y cardenistas armados) y les quitó las armas, pero luego se las regresaron . Inclusive  por ahí hay unos oficios, muy inocentes, donde los comisionados ( de los pueblos)  firman solicitando que les devuelvan las armas, porque son su única defensa. Así, con esa argumentación. Y los soldados sabían que así era, que era la única posibilidad que tenían de salvar su vida”. (Alejandro Posadas: Acteal: la otra injusticia capítulo ‘La opción de la violencia’. Manuscrito en preparación,.  p. 40)

 

 

                          2

 

        En el día vaticano  de Francisco de Asís, cuatro de octubre de mil novecientos noventa y siete, fue muerto un indígena priísta y otro herido durante  dos enfrentamientos con zapatistas en  los municipios de Tila y Chenalhó. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, fue herido “en las inmediaciones de su ‘trabajadero’ de la comunidad de La Esperanza”, el señor Sebastián  López, de Los Chorros. Poco más tarde,  La Esperanza

 fue atacada por un grupo de personas provenientes de Los Chorros con un saldo de varias casas quemadas y  el desplazamiento de cincuenta y dos familias. (CDHFBC, p.23)

        El asalto a la comunidad de La Esperanza fue  un indicio  claro de que los comandos  de autodefensa de los pueblos priístas y cardenistas ya eran, también, grupos de ataque y saqueo.

        El 10 de octubre, día de Santo Tomás de Villanueva Arzobispo,  el municipio autónomo de Polhó emitiò un comunicado diciendo:

nosotros, los zapatistas, no queremos mancharnos las manos con sangre indígena, pues son nuestros hermanos, son nuestra misma gente, nuestra misma sangre.  

Se declaraban listos para dialogar,  con la única condición de que la fuerza de seguridad pública fuese retirada.

 El  día quince de octubre , de Santa Teresa de Jesús, una columna priísta se hizo presente en la comunidad de Tzanembolom amenazando y disparando. Casi quinientas personas del pueblo huyeron de él, mientras los agresores saqueaban sus propiedades y mataban sus animales.  Terminado el saqueo, ausentes ya los agresores del pueblo,  cerca de cincuenta zapatistas  armados con pistolas y machetes entraron a Tzanembolom, rodearon el domicilio y dieron muerte  al ex  zapatista  Gabriel Gómez Guillén y  a su sobrino, el menor Romeo Arias Gómez, dejando heridos  también a José Eulogio Gómez Guillén, Lucio López y Amílcar Arévalo.  La familia Gómez Guillén, según Hirales, “había militado en el zapatismo y desertado posteriormente”. (Posadas y Flores: Acteal: la otra injusticia, p. 8 ; CDH FBC Camino a la masacre. . . COMPLETAR) p. 24; Hirales,  Camino a Acteal,. p. 59)

         El veintitrés de octubre, de San Juan de Capistrano, un grupo de priístas/cardenistas, acompañados de unos policías de la seguridad pública y a bordo de un camión de tres toneladas  propiedad del municipio de San Pedro Chenalhó, agredieron  con arma de fuego al  señor Manuel Santiz Gómez  en la comunidad de Las Láminas, de la que salieron huyendo a las montañas, por estos hechos,  veintiocho familias (ciento treinta personas). (CDHFBC, Ibid.  p. 25 e Hirales, Ibid.  p. 60)

El veinticinco de octubre, día de los santos Macabeos, un grupo de treinta priìstas/cardenistas que volvían a Los Chorros fueron emboscados  a la altura del paraje  Majomut por un grupo de encapuchados zapatistas, con saldo de trece heridos, entre ellos Antonio Etzin López, Sebastián Gómez Arias, Abelardo Girón Luna, Juan Luna Etzin, Agustín Gómez Negocios y Andrés Sánchez Jiménez,  negándose las víctimas a rendir hacer denuncias legales  “sea por evitarse los gastos y la rutina burocrática que ello implica, sea porque confían más en sus propias formas de hacerse justicia”. (Hirales : Camino a Acteal,  p. 61. PGR Informe preliminar sobre la investigación de los hechos delictuosos ocurridos en el municipio de Chenalhó, estado de Chiapas. Boletín 023/98, del 23 de enero de 1998, y “Cronología de eventos previos a la masacre de Acteal”)

        Tres escaramuzas fatales llenaron el día veintisiete de octubre.

En el poblado de Canolal , en una secuencia de hechos difícil de establecer, fueron agredidas por personas armadas los priístas Agustín Ruiz Pérez y Elías Pérez Pérez, y un grupo de priístas quemó viviendas y expulsó del poblado a los simpatizantes del municipio autónomo de Polhó.

Ese mismo día, cuatro indígenas totziles fueron emboscados en la comunidad de Joventic por un grupo de encapuchados zapatistas. Otros dos fueron heridos, por agresores no identificados en Bajoventic, mientras iban camino a su  parcela a trabajar. Por la mañana, un grupo armado proveniente de Los Chorros entró a la comunidad de Chimix disparando al aire para amedrentar a la población,  y destrozó y saqueó la tienda del señor Manuel Pérez Luna,   simpatizante zapatista , como la mayoría de los habitantes del poblado. Acaso como   consecuencia de  la maniobra violenta, acaso como su origen, el mismo día fueron agredidos con armas de fuego en  las inmediaciones de Chimix  los priistas Juan Pérez Pérez, Lorenzo Ruiz Vázquez, Elías Pérez y Agustín Pérez Gómez .  Sobre todo, ese día desapareció, cuando iba a su casa   “a meter sus animalitos” el priista Benito Moreno Hernández, cuyo cuerpo apareció , mutilado de los brazos, la espalda y el pecho, muchos días después, el trece de noviembre. CDHFBC,  (Camino a lamasacre (COMPLETAR) 27   Hirales 61,63-4;  PGR: “Informe…” y “Cronología…”.   )

        La incursión  antizapatista de Chimix se repitió al día siguiente en lo que se  ha calificado como el segundo enfrentamiento armado de priístas y zapatistas.  Según la versión del Sistema de Información Campesina, esta segunda  incursión  parece haber sido “un ataque planeado al campamento zapatista situado en la fracción Chimix, al lado de la ermita católica del poblado, en el que se decía que había cerca de trescientas a cuatrocientas gentes armadas”.  Según esta versión, la comunidad había invitado a los pojwanej a vengar la muerte de Lucio Vázquez Ruiz y  la desaparición de Benito Moreno Hernández.

        La narración de los hechos  sabe a versión  interesada, aunque de primera mano:

 

Cuando llegaron, los zapatistas estaban jugando en el campo de basquetbol. Rápidamente les avisaron que llegaban los pojwanej y corrieron por sus armas. Alrededor de la ermita católica se dio el enfrentamiento.  Alrededor de  treinta o  cuarenta zapatistas armados con AKs, M1, rifles 22 y escopetas. Los pojwanej eran seis de Los Chorros, dos de Chimix y dos de Canolal. Ya para entonces tenían tres cuernos, una Uzzi uno, y los demás 22 y escopetas. El enfrentamiento empezó a las 3 de la tarde y terminó cerca de las 5:30.Realmente no se conoció el resultado. Los pojwanej no sufrieron bajas pero varios zapatistas cayeron.  Dicen que murieron diez o quince zapatistas aunque los pojwanej dicen haber visto caer a cuatro o cinco contrincantes. Como los zapatistas  tenían trincheras para protegerse, los priístas no pudieron entrar al campamento. De ahí salieron (los priístas) a apoyar a los de Aurora Chica, a los que estaban atacando los de Xcumumal y había muertos y heridos.  Los de Aurora Chica se habían organizado con los de Canolal y antes de que llegaran los pojwanej  de Los Chorros, se habían enfrentado con los zapatistas de Aurora y los habían desalojado . Cuatro muertos aparecieron después de eso, dos milicianas y dos insurgentes. (La  crónica mencionada, puede leerse en “La historia reciente de Chenalhó y la masacre de Acteal”, una reconstrucción de los hechos hecha por Manuel Anzaldo, líder del partido cardenista en la zona. “La historia. . .” y otros materiales pudieron consultarse un tiempo en el  sitio electrónico, hoy fuera del aire, del llamado Sistema de Información Campesino (SIC). Una copia de los materiales del SIC   obra en mi poder y puede consultarse en el  sitio electrónico de Nexos, en contigüidad  con este artículo.)

 

        Ninguna de las bajas zapatistas consta en los registros de seguridad pública, que sólo consignó como heridos en el enfrentamiento, según el CDHFBC, a los   señores Elías Pérez Pérez (24 años ), Agustin Pérez Gomez (25), Lorenzo Ruiz Vázquez (26) y Juan Pérez Hernández (24).  Se registran también  en ese día   dos emboscadas  con arma de fuego en el paraje de Chimix en las que perdió la vida César Santiz Pérez, simpatizante priísta. Los  enfrentamientos de Chimix del  veintiocho de octubre  causaron el desplazamiento de ochocientas familias de sus poblados a  distintos lugares de refugio, según la PGR y de mil doscientas personas según el CDHFBC. (CDHFBC,  Camino a la masacre 27   ;  PGR: “Informe…” y “Cronología…”.   )

 

 

                                       3

 

        El enfrentamiento de Chimix y las repetidas incursiones de grupos armados priístas  y cardenistas  para amedrentar y saquear aldeas zapatistas, eran ya  expresión de un modus operandi de los comandos de autodefensa creados desde  aquellas reuniones de septiembre en Los Chorros.  Se  iban volviendo también, como se ha dicho, unidades de ataque y despojo.  Hirales resumió bien ese proceso. En un principio, escribe,

 

 los defensores se limitaban a la defensa de los poblados en los linderos de su periferia; después se llevaron a cabo expulsiones y desalojos de las familias afines al zapatismo dentro del radio de sus propios poblados.  Luego se pasó al terreno de la agresión, robo de bienes e incendio de viviendas. De ahí en adelante al parecer se planeaba el saqueo de casas y parcelas de los pobladores contrarios más indefensos.  El incendio de casas de realizaba, por uno y otro bando, para que sus antiguos moradores no regresasen a las comunidades y para eliminar cualquier vestigio o rastro de los saqueos . Los agresores se dividían en cuando menos dos grupos. Uno, el que portaba las armas, sorprendía a las víctimas al irrumpir a tiros en las comunidades.  La mayoría de las veces disparaban al aire y hacían huir a los pobladores, mientras que el segundo grupo iba desarmado, entraba a saquear las casas y a cosechar el café. (Hirales, Camino a Acteal,  P. 49))

 

Sebastián Pérez,  un testigo  directo de los hechos, contó al suplemento Masiosare, de La jornada:

 

Los hombres armados salían a otros parajes, iban a quemar las casas de los civiles.  Al principio lo quemaban todo, pero luego los policías les dijeron que no, que sacaran primero las cosas. Entonces sacaban los costales de maíz y frijol , los radios, machetes, picos, azadones, todo lo sacaban. Ya vacía la casa le echaban gasolina para quemarla.

 

Luego del saqueo, vendían lo saqueado:

 

Avisaban a la gente que llegara a comprar. Todo lo daban más barato. Había gente que tenía hasta su televisión y la vendieron. Cuando acababan de vender se iban a comprar más armas. Así lo hicieron en otros parajes. (Citado en Hirales,  ibid. , p. 50)

 

Los comandos antizapatistas propagaron sus  acciones de hostigamiento y saqueo en las primeras semanas de noviembre. El día  dos dispararon sus armas para hacer huir de sus cafetales  a  simpatizantes zapatistas  de Naranjatik Alto, Poconochim y Yashmejel . El cinco dispararon desde un camión de tres toneladas, presumiblemente de la alcaldía de Chenalhó, sobre un templo presbiteriano en Aurora Chica. El diez entraron a la comunidad de Yibeljoj y cobraron un impuesto forzoso de 335 pesos, con la amenaza de desalojar de la población a quien no pagara. Disparos destinados a inducir el miedo en la población se escucharon  el día once de noviembre en las cercanías de Pechiquil, la Esperanza, Chimix y Polhó, donde los disparos alcanzaron algunas casas. 

El ambiente era tenso y parecía favorable para los pueblos antizapatistas. El trece de noviembre, el municipio autónomo de Polhó convocó a una reunión para iniciar un diálogo. Asistieron ciento veinte personas, representantes de distintas organizaciones y poblados, pero no los principales convocados: los sanpedranos  brillaron por su ausencia. La reunión se convocó de nuevo para el día  veintiuno de noviembre en la sede de la Unión de Productores de Majomut, en Polhó,  pero al día siguiente de hecha la convocaori, el diablo asomó la cola. 

El viernes catorce de noviembre,  día de Santa Gertrudis, en la carretera que une San Cristóbal con Chenalhó, a la altura del entronque a San Andrés Larraínzar, fue asesinado el profesor Mariano Arias Pérez, militante priísta, originario de la comunidad de Yibeljoj. Venía de San Cristóbal de cobrar su quincena, en una combi de pasajeros que se  topó de pronto con un  coche atravesado en el paso de la carretera. Cuando la combi se detuvo, tres individuos se acercaron a ella, bajaron a los pasajeros, identificaron al maestro y le dispararon a quemarropa suficientes veces para cerciorarse de su muerte. El coche sin placas apareció  abandonado en la comunidad de Chamula horas más tarde. Según la diócesis de San Cristóbal , el maestro priísta solía expresar su desacuerdo con las  acciones de sus correligionarios. Una manera de sugerir que lo habían ejecutado sus propios compañeros.  Familiares y allegados a la víctima sostuvieron, por el contrario, que los asesinos del profesor habían sido “chamulas zapatistas” de la comunidad de Vashakmen.

 Al día siguiente, un grupo de gente armada de Los Chorros entró a Yibeljoj para acompañar el cortejo fúnebre de Mariano Arias Pérez. La familia del profesor pidió al sacerdote  Michel Chanteau, párroco de la parroquia sanpedrana, que  oficiara  el  responso por el muerto. Por la tarde,  ya en San Pedro, el alcalde de Chenalhó Jacinto Arias Cruz, amenazó de muerte a Chanteau, en la casa de su conocida mutua,  Ema Villafuerte.

 

“Sabemos que usted coordina todo lo que  sucede en Chenalhó,” dijo el alcalde al sacerdote. “y si usted no controla a su gente un día lo vamos a matar. Se lo digo cara a cara, padre. Vamos a quemar su cuerpo para que no se enfermen los gusanos, y si no, vamos a quemar la casa parroquial.”  (John Womack  Jr.: “Acteal”, Nexos , no.258, junio 1999.)

 

Chanteau era un viejo conocido y  un viejo rival de los principales de Chenalhó , un antiguo párroco, pastor  religioso y organizador  político de los  indígenas de la zona desde los años del mítico congreso indigenista del año 1975, semilla  espiritual de tantos frutos en la huerta de los agravios y las reivindicaciones indigenistas de  Chiapas. Nacido y educado en Normandía, refiere Womack, Michel Chanteau “tenía treinta y cuatro años cuando se mudó a San Pedro en 1965”. Era entonces

 

un veterano del barrio comunista Ivry-sur Seine, acababa de tomar un curso rápido con Iván Illich, era fiel al obispo Samuel Ruiz y al Vaticano II. En espacio de unos años, su respeto y trabajo por los pobres de la parroquia le hicieron tener una gran influencia sobre ellos. Al igual que los misioneros de Las Cañadas, aprendió la lengua  de los pobres, aprendió el nuevo catecismo y continuamente reclutó catequistas. Entre 1973 y 1975, el ‘padre Miguel’ fue uno de los dos ‘promotores’ de la zona totzil en el Congreso Indígena, en donde los delegados de Chenalhó hablaron de la lucha de los pueblos de Los Chorros y de Puebla por proteger sus ejidos contra un terrateniente invasor; exigieron la ampliación de Los Chorros, relataron la exitosa lucha de Puebla por liberar a uno de sus habitantes injustamente encarcelado, se quejaron de la incompetencia y la corrupción de las agencias federales, de la extorsión en el mercado de San Pedro Chenalhó, de la mano de obra forzada en las carreteras, de la explotación en las fincas, de la venta ilegal de bebidas alcohólicas, de los médicos inútiles, de las escuelas inservibles y acusaron a un maestro por su nombre, el hermano del antiguo presidente municipal, de haber abusado sexualmente de las niñas mayores de su escuela”. (Ibid..)

 

El grupo armado de Los Chorros permaneció en Yibeljoj y sus cercanías todo el sábado de duelo. Los vecinos oyeron disparos  intermitentes durante la madrugada del domingo, intimidando a la población. Un helicóptero  con autoridades del estado llegó al entierro, pasado el cual, y retiradas las autoridades, los hombres armados de Los Chorros detuvieron y golpearon  al agente municipal, reclamándole su pasividad ante los autores del crimen,   es decir, ante los zapatistas y Las Abejas, en cuya neutralidad los priístas y los cardenistas de la zona no creían, y cada vez rehusaban con mayor encono . Los armados, identificados como   Pedro Méndez López, Antonio Santíz López, Antonio Méndez Jiménez, Diego Hernández Gutiérrez y Roberto Méndez  exigieron a varios miembros de la comunidad la cooperación de  trescientos treinta pesos, destruyeron y saquearon la  casa del también profesor Juan Gómez Pérez, dispararon sobre algunas casas y robaron  el café de otras, que encontraron abandonadas. Había bastantes chozas desiertas pues , a resultas de aquella jornada, setenta y cinco familias huyeron de Yilbejoj ,  buscando refugio en el monte y otras aldeas. (Hirales: Camino a Acteal, pp. 64-7; PGR,  “Informe preliminar…” y “Cronología…”. CDHFBC: Camino a la masacre.  (COMPLETAR) pp. 26-29)

Al asesinato  del profesor Mariano Pérez Arias y el asedio sobre Yibeljoj, siguió la semana más sangrienta y agresiva de un año agresivo y sangriento. Por lo que hace a los homicidios, el dieciocho de noviembre fueron asesinados en  la comunidad de Aurora Chica cuatro simpatizantes zapatistas, dos mujeres y dos hombres:    Rosa Pérez López,  Elena Hernández Pérez, Mario Hernndez Pérez y Mariano Santiz Gómez.

El día diecinueve de de noviembre,  de San Odón, quince personas armadas se introdujeron a la ermita de Tzajalhucum para exigir a un centenar de  fieles que se hicieran priístas, y los obligaron después a robar  doce casas de adversarios . Ese mismo día fueron emboscadas en Pechiquil las simpatizantes zapatistas Rosa Santiz y Antonia Luna Pérez, que salió herida del trance. El veinte de noviembre, en Acteal , fueron muertos José Gómez Guzmán y Pablo Jiménez Pérez, de filiación  desconocida a ninguno de los bandos. (El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas dijo haber recibido del Consejo autónomo de Polhó la noticia del asesinato de otros dos zapatistas, pero fueron desmentidos por  el gobierno de Chiapas sin que  el Centro insistiera en su versión, admitiendo que no había hecho sino difundir una información que había recibido, sin que le constaran los hechos. P.  29, 31 (PGR: “Informe preliminar…” y “Cronología…”; Hirales: Camino a Acteal, p.66-68; Posadas y Flores: Acteal: la otra injusticia, ms. ,p. 12 y CDHFBC:  Camino a la masacre…   29)  

La violencia  de esos días provocó un éxodo de lugareños amedrentados que la diócesis de San Cristóbal cifró en cuatro mil quinientos y el gobierno del estado en cuatrocientos, divergencia típica de  las versiones  salidas de un bando y otro a todo lo largo del conflicto chiapaneco donde no hay una sola fuente neutral, plenamente confiable. Toda la información que surge del corazón del conflicto tiene su propio sesgo político, moral o ideológico. La primera víctima desconsiderada del conflicto chiapaneco, como de todas las guerras, fue  la información veraz y esto incluye, con muy pocas excepciones, a todos los actores, testigos  y cronistas del jeroglífico.

Lo cierto es que los   desplazados  fueron una de las más opresivas consecuencias de la violencia entre los pueblos  de Chenalhó. Las cifras acumuladas del año  de mil novecientos noventa y siete permiten   suponer que para fines de noviembre  habían sido desplazadas unas seis mil personas, la quinta parte de la población total del municipio, un verdadero cataclismo social cuyo impacto humano puede imaginarse si se imagina la posibilidad de que  la violencia endémica hubiera ocasionado en  el país llamado México un éxodo forzado de veinte millones de personas, prófugos de sus casas, pueblos y ciudades, por temor a perder la vida.

El  día veinticuatro de noviembre, de San Clemente Papa, el Consejo  Autónomo de Polhó invitó a la Cocopa a mediar en el conflicto y convocó a un diálogo para el día veintinueve, pero  los de Chenalhó lo rechazaron porque la reunión sería en Polhó, y no estaba la refriega para confianzas.  Además, la cosecha de café estaba en su apogeo. Había riesgo  de perder   la pizca de veinte mil sacos en las inmediaciones de Majomut y versiones de que  la seguridad pública protegía a priístas para que cosecharan en los cafetos de simpatizantes zapatistas. (La Unión de  Ejidos de Ejidos de la zona había exportado el año anterior doscientas siete toneladas de café a Europa y Estados Unidos). (CDHFB, p.30 31)

En efecto, las incursiones priístas  se multiplicaban sobre  siembras y aldeas.  Despojaban a los zapatistas de su café y sus bienes, como antes los zapatistas los habían despojado de su mina de arena.  La búsqueda cruda de  botín  y ventajas económicas entre las comunidades, no  había sido nunca, ni era ahora , un motivo menor de la pugna entre los  pueblos pobres de Chenalhó,  al fin de cuentas  “tan sólo otro triste municipio de Los Altos de Chiapas”. (Así lo lodefinió el historiador John Womack jr., luego de recorrer su magro paisaje económico y social.   Ver Womack: “Acteal”, Nexos num. 258, junio 1999, p. 63.)

 El  día primero de diciembre, de San Eloy, la llamada Misión Civil e Internacional de  Observación para la Paz , hizo la usual crónica alarmada de las atrocidades de la zona cargando los dados hacia los agravios zapatistas sin incluir  un indicio siquiera de los otros, asunto común a las versiones de  la diócesis y la prensa antioficial, especialista en callar solidariamente las barbaridades del zapatismo. Mientras la  Misión viajaba y peroraba, el consejo autónomo de Polhó denunció la quema  de cuatro casas de zapatistas en Takiukum y Yibelboj, cosa que negó el gobierno del estado . Y en una emboscada en Tzajalhucum , cuando iban a recoger café, fueron atacados a tiros, por supuestos zapatistas, los exzapatistas Lucio Gómez Guillén,    su hermano de quince años Jacobo Gómez Guillén y Porfirio Gómez Pérez, a resultas de lo cual murió el primero y fueron heridos los otros. (Hirales: Camino a Acteal, p. 70,71; CDHFBC, Camino a la masacre)

 

 

 

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A pesar de la violencia desatada, o precisamente por ella, el cinco de de diciembre se llevó a cabo la primera de cinco reuniones conciliatorias entre   los alcaldes de Chenalhó, Jacinto Arias Cruz, y de Polhó, Domingo Pérez Paciencia. También fueron convocados quince delegados y cinco representantes de cada ayuntamiento, el delegado de gobierno  de Chiapas en los Altos,  el delegado de la  Comisión Nacional de Derechos Humanos en Los Altos  ,  el comisionado estatal de Derechos Humanos, el secretario para la Atención de los Pueblos Indígenas, el subprocurador de Justicia Indígena,  los representantes de la Organización Las Abejas,  los representantes de la Unión de Ejidos y Comunidades de Cafeticultores de Majomut y  los miembros el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas.  La sola enunciación de los convocados indica, por un lado, la   sobrepoblación y  por el otro la fragmentación representativa  de los actores en el conflicto, una de las plagas políticas en la convulsa Chiapas de los años noventa.  (PGR: “Informe preliminar…”; Hirales: Camino a Acteal, p. 77-78, CDHFBC :  Camino a la masacre  p. 39)

Se pactó ahí una tregua, mientras se elaboraba una agenda que se presentaría el día once de diciembre. Ese mismo día de San Sabás, cinco de diciembre, se supo que el priísta Benedicto Gómez Gutiérrez  había sido muerto y  su hijo Fidelino Gómez Pérez lesionado durante una emboscada en Chimix. Dos días después  se denunciaron  disparos, amagos y robos de café en Yibeljoj. El diez de diciembre, de la Virgen de Loreto,  hirieron a Pascuala Méndez en la colonia Belisario Domínguez de Chenalhó y llegó a San Cristóbal de las Casas , en su segunda gira chiapaneca, Danielle Mitterand. Ese día el subcomandante Marcos hizo su reaparición con un desplegado denunciando la existencia de paramilitares antizapatistas en la zona y “el hecho innegable de que indígenas zapatistas estén siendo asesinados y perseguidos, sin que ellos respondan a las agresiones”.  Esto, dijo Marcos, había  generado una opinión pública desfavorable al gobierno federal, al gobierno local y a sus “paramilitares”, para remediar lo cual  los paramilitares  atentarían contra el nuncio apostólico Justo Mullor durante su inminente visita a Chiapas, con la intención de culpar a los zapatista del hecho. (CDHFBC, Canmino a la masacre p. 39  p.82-3,)

  La segunda reunión conciliatoria del once de diciembre  empezó con los reproches de los de Polhó por el hecho extravagante de que el alcalde de Chenalhó hubiera traído a la reunión a  sesenta y dos representantes en lugar de los quince acordados. No bien se abordaba el primer punto de la agenda, cuando el alcalde de San Pedro, Jacinto Arias, informándole que había un enfrentamiento en Chimix  y se quemaban casas de priístas. Los convocados nombraron una comisión de verificación de estos hechos, la cual acudió al lugar y desmintió las versiones. Los reunidos en Las Limas  llegaron a varios acuerdos ese día. El principal de ellos: suspender las agresiones. El en importancia: formar una comisión de verificación para las denuncias de violencia recíproca.  El tercero: reunirse otra vez, en el mismo lugar, el  dieciséis de diciembre. (Hirales: Camino a Acteal, p. 79-80; PGR: “Informe preliminar…”)

El quince de de diciembre, de Santa María de la Rosa, el nuncio apostólico del Vaticano, Justo Mullor, inició una visita de cuatro días a Los Altos de Chiapas. No se detuvo en Chenalhó, ni tuvo en su gira mayor incidente que el reclamo que hizo a un grupo  de priístas por tener cerrado un templo católico  en  un paraje de la zona chol llamado El Limar y  unas palabras agrias  de los zapatistas en El Salto: “Nuncio, no eres bienvenido, sólo Samuel Ruiz es bienvenido (“Womack: Acteal ; Hirales:  Camino a Acteal, p. 83.)

Según lo convenido, el  día dieciséis de diciembre,  de Santa Adelaida Viuda, volvieron a reunirse  los representantes de los dos municipios en Las Limas y se formó la Comisión de Verificación acordada en la reunión previa, integrada otra vez por representantes de todos los representados en la junta. Su tarea sería definir la veracidad de las acusaciones recíprocas y ofrecer un informe de sus resultados el día diecinueve. El municipio autónomo  de Polhó denunció ese mismo día que sus rivales habían incumplido ya de hecho el pacto de no agresión pues habían quemado casas en los últimos días en Yashjemel, Chimix y Majomut.

 Al día siguiente, diecisiete de diciembre, como por ironía del calendario día de San Lázaro, fue muerto en una emboscada  en el paraje de Quextic Agustín Vázquez Secum, vecino de la aldea del mismo nombre, cuya secuela fúnebre conduce por un hilo de ira a la siniestra pila de muertos de Acteal.

Como todos los hechos cardinales del camino  de sangre de Acteal, el asesinato de Vázquez Secum  es objeto de dos versiones.

Una, la de sus acompañantes, José Vázquez Ruiz, Lorenzo Gómez Vázquez y Fernando Vázquez Luna, dos de los cuales fueron heridos en la refriega. Según esta versión, el muerto y los sobrevivientes fueron  emboscados en el paraje llamado Quextic por dos hombres armados que pudieron identificar porque al cortar cartucho para dispararles se les cayó el pañuelo que traían sobre la nariz,  mal atado a la nuca . Reconocieron sin titubear en ese peripecia a Bartolo López Luna y Javier Luna Pérez, zapatistas del poblado muy cercanos al grupo de Las Abejas de Quextic.

La segunda versión   señala  que Agustín Vázquez Secum “bajó a su cafetal . . . armadísimo”,  “dispuesto a matar a la persona que se le atravesara”. El consejo autónomo de Polhó  agregó, en u n comunicado, que de la muerte de este priísta 

 

le echan la culpa a las bases de apoyo del EZLN pero, en esa comunidad (Quextic) no hay ninguna base de apoyo del EZLN, además esta siempre rodeada de seguridad publica, paramilitares y soldados federales. El priísta que murió es una persona que tiene algo de dinero y no muy le gusta meterse en problemas. Meses antes, los priístas de Chimix habían despojado de tres armas al priísta que murió. (Citado en Andres Aubry y Angelica Inda: “¿Venganza o truco paramilitar?” La Jornada , miércoles 21 de enero de 1998.  )

 

El  ex sacerdote radicado en la zona, André Aubry y su compañera, la periodista Angélica Inda,  completaron la versión citando a otro testigo de Las Abejas según el cual

 

el difunto Agustín sí era del PRI, pero no estaba de acuerdo con el trabajo de los paramilitares, de tal forma que se negaba a las cooperaciones que exigían. Para evitar que su ejemplo indisciplinara al partido, otros priistas mas radicales del paraje vecino de La Esperanza lo balearon el 17 por la mañana cuando tapiscaba su cafetal en Quextic (Ibid.)

 

        El primer testimonio citado por Aubry e Inda fue dado por Juan Capote   al Centro  de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, y presentado por este en una conferencia de prensa, pero no incorporado en su recuento   de los hechos Camino a la masacre, ampliamente citado en este relato.

Aubry e Inda no identifican al segundo testigo, pero explican:

 

 En contexto paramilitar, no es admisible que un campesino, como don Agustín, tenga armas y no se una a las pandillas de matones, o que goce de ingresos y no coopere con la guerra, que tenga envidiable cafetal y no contribuya con su producto al botín exigido para reponer el parque. Su afiliación al PRI no es ninguna garantía. Al contrario, en un contexto de guerra sucia, se convierte (post mortem o en vida después de la quema de su casa como escarmiento) en argumento susceptible de achacar responsabilidades al EZLN.  Si sobreviven, esos priístas también engrosan las filas de los desplazados.

 

Es decir, en resumidas cuentas, que a Vázquez Secum lo habían matado sus propios compañeros priístas para evitar su disidencia.

En  la guerra de información de Chenalhó, es frecuente el cargo de que  los bandos matan a sus desertores: priístas a priístas desafectos y zapatistas a zapatistas arrepentidos. Una forma  de acercarse a la verdad es privilegiar la versión de los familiares y amigos de la víctima. En el caso del asesinato de Vázquez Secum, es una forma también de acercarse a  la narración precisa de lo que siguió, porque la reacción de amigos y familiares de Vázquez Secum  conduce directamente a la matanza de Acteal.  Es el homicidio que  terminó de derramar el vaso de la violencia en  la zona. (CDHFBC:  Camino a la masacre)

El homicidio de Vázquez Secum   no existe por su nombre en el informe Camino a la masacre del  centro Fray Bartolomé de las Casas, que hemos citado reiteradamente en esta historia, pues es una fuente central. De todas las omisiones   y exageraciones  que cubren como un espeso moho los hechos de Acteal, opacos todavía en cuestiones centrales,  ésta es sin duda la mayor. Sin echar luz sobre ese crimen es imposible  explicar la masacre que siguió. En la versión del Camino a la masacre del centro  las Casas falta el puente final  del camino. El centro pasa como sobre ascuas por este crimen clave diciendo en su  comunicado de prensa del dieciocho de diciembre:

 

Un nuevo hecho de violencia con saldo de un muerto, además de otros sucesos el día de ayer 17 de diciembre, han impedido que la acordada Comisión de Verificación, --integrada por representantes del Ayuntamiento de San Pedro Chenalhó y del Consejo Autónomo de Polhó, Organización Civil las Abejas, el CDHFBC, la CNDH y la CEDH--  cumpliera con su misión.

 

Efectivamente,  “el nuevo hecho de  volencia” impidió  seguir adelante con la conciliación. La reacción de los  deudos del muerto fue amenazante y violenta. Y algo más.

 

 

                        5

 

        Agustín Vázquez Secum quedó muerto en el campo, camino al cafetal a que se dirigía, en las proximidades del pueblo  de Quextic, donde su medio hermano Manuel Vázquez Ruiz, era el comisionado de vigilancia, es decir, el jefe del grupo de autodefensa creado ahí en los últimos meses, como en las otras comunidades de priístas y cardenistas del lugar: Los Chorros, La Esperanza, Pechiquil, Chimix. Su muerte, la de un notable a quien sus adversarios consideraban rico y peleonero,   un  priísta  conocido, desafiante y bien armado del lugar, conmocionó a Quextic y sus aldedores.  Los parientes  y amigos que recogieron el cadáver, dijeron esa misma tarde que tomarían venganza matando a alguien de Las Abejas, pues no había en su ánimo duda  que lo habían matado dos gentes cercanas a esa agrupación. 

Por la noche, durante el velorio, los deudos repitieron  sus amenazas contra  Las Abejas, diciendo que les aplicarían la ley del Talión “matando a una persona de Acteal”. Los grupos de Las Abejas radicados en Quextic,  empezaron a huir esa noche del poblado y a refugiarse en  Acteal Centro. El cuerpo de Vázquez  Secum   fue llevado a San Cristóbal y devuelto, embalsamado, como a las once de la noche. Al día siguiente, después del entierro, volvieron a escucharse las voces de venganza de los deudos. Refieren estos hechos dos testigos presenciales del velorio, Juan y Javier Capote, miembros de Las Abejas  de Quextic,  que se vieron obligados a acudir al velorio a Vázquez Secum por consideración a sus hermanos, de filiación priísta,  casados nada menos que con las hijas del muerto. (Hirales: Camino a Acteal, p. 100)

El enervamiento de la zona fue  visible de inmediato. Unos cincuenta priístas instalaron un retén en Chimix  para revisar vehículos y detener zapatistas. El dieciocho de diciembre,  un miembro Las Abejas, José Méndez Paciencia, acompañado de otro miembro de la agrupación. Javier Capote, uno de los hermanos presentes en el velorio de Agustín Vázquez Secum,  salió Quextic rumbo a al municipio vecino de Pantelhó a vender café .Los Acompañaban también  Isaías y José Ruiz Pérez. Fueron detenidos en el camino a la altura de La Esperanza por un grupo de  gente armada dirigida por Victorio Oyalte Paciencia , un conocido cardenista de la zona. Los hombres de Victorio Oyalte les quitaron el café que llevaban y los encarcelaron por el presunto delito de vender café en un día de guardar, es decir, en el día de duelo por la muerte de  Agustín Vázquez Secum. De la cárcel de La Esperanza los  llevaron a la de Chimix y no los soltaron sino hasta la noche del día siguiente, luego de que sus familiares aceptaron pagar una multa de tres mil quinientos pesos por cada uno de ellos,  más ciento cinco pesos de cooperación para la compra de armas y parque. Además de pagar esas multas y esas contribuciones, los detenidos debieron aceptar explícitamente su ingreso formal al PRI. No eran los únicos detenidos. Había otros once cautivos   “por la misma falta” (vender café en tiempos de luto), pero como ellos “manifestaron voluntariamente su deseo de convertirse en priístas, la multa se les redujo a 500 pesos”. (PGR: Libro blanco. . . , p. 70 Hirales: Camino a Acteal,pp. 100-101.)

Los presos fueron liberados de la cárcel y remitidos  en su  calidad de nuevos priistas conversos  a la casa de Manuel Vázquez Ruiz en Quextic, donde , como se verá, tenían planes para ellos. 

Fue ese día del señor  de la discordia, dieciocho de diciembre de mil novecientos noventa y siete cuando  el Centro Las Casas  y la Conai  suspendieron, por falta de condiciones propicias, las tareas de verificación acordadas en Las Limas. El Fray Bartolomé no describió en sus detalles la situación, pero presentó testimonios de las familias que huían de Quextic, todas las cuales referían las amenazas reiteradas contra ellas, razón por la cual se habían refugiado en el campamento Los Naranjos, a un costado del caserío de Acteal Centro. Se sentían más seguros ahí, donde los zapatistas eran mayoría,  que en la otra aldea llamada también Acteal, pero Acteal Alto, distante  sólo dos kilómetros, donde la mayoría eran priístas.

Según lo acordado tres días antes, el  día diecinueve de diciembre, del  santísimo papa San Urbano, el presidente de San Pedro Chenalhó , Jacinto Arias, acudió a la reunión  de conciliación prevista en Las Limas para  denunciar el homicidio de Vázquez Secum y exigir su indagación y castigo. Pero ese día  los representantes de Polhó no asistieron ya a la reunión, argumentando  falta de garantías  por la violencia desatada. Dos días después, el veinte de diciembre, de Santo Domingo  Abad (San Domingo de Silos), Antonio Vázquez Secum, padre del muerto y del jefe del grupo de autodefensa de Quextic, Manuel Vázquez Ruiz, dio por terminado el duelo y dirigió su mirada a quienes  habían matado  a su hijo. El homicidio de su hijo, recordó más tarde Antonio Vázquez Secum, había producido en él “enorme tristeza e ira”, y la determinación de “vengar su muerte”. (PGR: Boletín de prensa 016/98,  del 16 de enero 98.   El homicidio de su hijo”, dice el boletín, “ produjo en Antonio Vázquez Secum enorme tristeza e ira, lo que le determinó querer vengar su muerte”.)

Aquel  sábado veinte de diciembre,  Antonio Vázquez Secum  envió a Felipe y a Juan  Luna Pérez  a Los Chorros, para que hablaran con el hombre fuerte del ejido,  su tocayo Antonio López Santiz. Quería el apoyo de ocho gentes armadas para vengar la muerte de su hijo. Antonio López Santiz  oyó con atención la encomienda de los Luna Pérez, ya que los familiares de su tocayo y su hijo muerto “habían aportado para la compra de armas y cartuchos”  en los inicios  de los pojwanej. Decidió convocar   de inmediato una asamblea para dirimir el pedido. Ese mismo día, ya entrada la noche,   la asamblea de Los Chorros acordó dar al amigo de Quextic el apoyo que pedía. (Hirales: Camino a Acteal p. 98 y Testimonio de Sebastián Pérez  Queremos de las armas que matan mucha gente”, Masiosare, La jornada, 4 de enero de 1998.)

 La petición de Vázquez Secum y el apoyo  de Los Chorros encendió la comarca antizapatista, le dio una dirección a su agravio.  Priístas  de todas las  aldeas se reunieron en  La Esperanza  y amenazaron con atacar Acteal si Las Abejas no se iban del poblado. Las Abejas que huían de Quextic, como se ha dicho,  se refugiaron en Acteal Centro, que se convirtió por razón del mismo éxodo, hijo del odio disperso, en el blanco  perfecto del odio aglomerado. (Hirales: Camino a Acteal,  p. 98)

 En la madrugada del siguiente día,  domingo veintiuno de diciembre,  día de San Pedro Canisio, los peticionarios de  Antonio Vázquez Secum regresaron a Quextic  acompañados de un grupo bien armado de powjanej  (defensores) de Los Chorros. Esa misma mañana, dice la Procuraduría de la República, Antonio López Santiz, el jefe de los comandos  de autodefensa  de la zona, hizo venir a Los Chorros a gente de distintas  comunidades. Las reunió  “en el templo evangélico”, con el fin de “formar comisiones que visitarían las comunidades aliadas para poner de acuerdo a su gente en la venganza acordada” (Hirales,   Camino a Acteal, p. 99)

  Los priístas de Quextic saquearon las casas de las familias de Abejas que habían huido del pueblo en los  últimos tres días.  Usaron para ello a simpatizantes zapatistas y a miembros de Las Abejas, a quienes obligaron a hacer la tarea pesada   de cargar con el botín del saqueo y con  la acusación  de ser ellos los saqueadores. Fueron  cargadores obligados esa vez Juan y Javier Capote, Ramiro Vázquez Pérez y José Méndez Paciencia, los mismos  que habían detenido en el camino a Pantelhó y conservaban retenidos.    De aquel saqueo, Juan Capote recordaría lo siguiente:

 

  Sacaban los quintales de café y nos obligaban a cargarlos. Nosotros les decíamos que no podíamos cargar tanto, pero nos encañonaban y con chicotes de caballos nos obligaban a cargarlos. Había café verde, café cereza, café que se estaba fermentando, bien pesado. No podíamos siquiera levantarlos, y nos obligaban… Desde el sábado en la tarde (veinte de diciembre) ya estaban planeando  que el domingo todos ellos nos iban a llevar a robar esas casas,  apoyados por las gentes de Los Chorros y La Esperanza. El domingo, como cuatro o cinco gentes de Los Chorros llegó . . . armados con ‘cuernos de chivo’. . .Ellos fueron los que tomaron la iniciativa, los de Los Chorros. Robaron café, ropa, mochilas, láminas, aves. En todas las casas hicieron lo mismo” (Testimonio de Juan Capote, Hirales:Camino a Acteal, p. 101)

 

A las cinco de la tarde del domingo veintiuno de diciembre, en casa de Manuel Vázquez Ruiz, medio hermano del muerto,  tuvo lugar la reunión decisiva. Su propósito, dijo más tarde su  fundamental instigador, Antonio Vázquez Secum,  presente en  ella, fue acordar el ataque  a los refugiados  de Las Abejas en Acteal, “para vengar la muerte de mi hijo”. (PGR Boletín 16 de enero 1998). 

La correría, acordaron también, como era uso y costumbre de los últimos meses, habría de terminar  en saqueo. Quienes tuvieran armas atacarían, los desarmados irían atrás para  saquear    las casas , los animales, los huertos y los cafetos de los  agredidos. Al efecto, había sido traída a la reunión más gente que los vengadores armados.  Entre ellos,   algunos  de miembros  de Las Abejas, detenidos el día anterior y obligados a  declararse priístas, como José Méndez Paciencia. 

Aduciendo que saldrían muy temprano al día siguiente, se prohibió a todo mundo ir a su casa o retirarse del lugar al concluir la reunión.  Se pidió, sin embargo, a los de Quextic, que  fueran a sus casas y trajeran  tortillas para dar de comer a los  invitados de Los Chorros, a razón de diez tortillas cada uno. Méndez Paciencia era de Quextic, así que a la medianoche recibió permiso para ir a su casa por las tortillas  implicadas. Pero  Méndez Paciencia, sigue la PGR, no fue a su casa a buscar tortillas sino que la emprendió a pie por al monte húmedo rumbo a Acteal Centro para poner sobre aviso a sus pobladores. Una vez en el poblado, dijo lo que había visto y oído al representante de Las Abejas en Acteal, el  catequista Alonso Vázquez Gómez, y a su esposa, Marcela Capote Vázquez, quienes decidieron no huir, sino quedarse en el lugar, orando, y dejar a Dios su suerte. (PGR: Libro Blanco. . ., pp. 98-99) 

 Según la reconstrucción de los hechos de la Procuraduría,  lo visto y oído  por Méndez Paciencia no era toda la  suma de furias que estaba por caer sobre Acteal Centro. Durante el mediodía del mismo veintiuno de diciembre, poco antes de la hora en que los de  Quextic y Los Chorros empezaron a acordar su correría, el dirigente  la comunidad vecina de Canolal, Agustín Ruiz Pérez, invitaba a comer a elementos de la seguridad pública destacamentados ahí, para pedirles prestados sus uniformes. El comandante de la partida, Bersaín Martínez Mendoza, estuvo de acuerdo, por lo que doce de sus hombres se quitaron los arreos  oscuros, de un azul retinto, en  el cobertizo de la escuela, sin que haya precisión sobre lo que se pusieron a cambio, y entregaron doce uniformes al solicitante quien los  puso a su vez en las manos de los doce vengadores  dispuestos de Canolal. 

 El mismo día veintiuno de diciembre, de San Pedro Canisio, había tenido lugar también una junta en Los Chorros,  de la cual Sebastián Pérez, un testigo presencial del grupo Las Abejas, recordaría lo siguiente:

 Ahí vimos que los guardias  fueron a pedir su uniforme con los policías de seguridad pública. Ellos prestaron los uniformes. Se vistieron todos, se pusieron un pañuelo en la cara, subieron al camión y se fueron. No sabíamos que iban a matar. Allí iba también mi hijo y mi yerno. Testimonio de Sebastián Pérez  “Queremos de las armas que matan mucha gente”, (“Masiosare”, La jornada, 4 de enero de 1998))

 

No hay constancia de cómo consiguieron sus uniformes respectivos los cuatro vengadores que durmieron en la casa de Juan Luna Pérez en Acteal Alto, pero  según los testigos y la PGR de eso estaban vestidos a las ocho de la mañana del día veintidós de diciembre mientras esperaban en las afueras de Acteal Alto que se les reunieran los  otros grupos de  conjurados  provenientes de La Esperanza, Canolal y Quextic, suficientes para una columna de cincuenta gentes, divididas en varios grupos.

También se incorporó ese día, según la investigación de la PGR, por sus propias veredas, un puñado de voluntarios de Pechiquil, a donde  habían llegado muy de mañana cuatro gentes de Los Chorros y dos de La Esperanza, entre ellos Victorio Oyalte Paciencia y Agustín Hernández Ruiz, para pedir al dirigente de la comunidad, Hilario Guzmán, que su grupo de autodefensa  apoyara la incursión  contra Las Abejas. Hilario Guzmán consultó a los ancianos de Pechiquil sobre la petición de sus cofrades de La Esperanza y Los Chorros, y los ancianos acordaron participar en el ataque.

         De modo que alrededor de  las nueve de la mañana del lunes veintidós de diciembre, día  de Santa Clotilde, reina y viuda,  confluyeron en su caminata armada por distintas veredas los  vengadores  de Agustín Vázques Secum, con el fin declarado  de atacar y saquear  el campamento Los Naranjos, crecido en el  costado de Acteal Centro por los refugiados de Las abejas  que huían de las  mismas   comunidades de donde provenían también los vengadores: Quextic, Los Chorros, Pechiquil, Canolal, La Esperanza y Chimix. Los vengadores salidos de Queshtic iban caminando rápido, a no dudarlo, pues el  instigador central de la partida, el anciano de la ira, Antonio Vázquez Secum, admitió después que había salido  de Quextic al día siguiente con quienes marchaban sobre pero que  “contrariamente a su deseo, el grupo lo dejó atrás”. (PGR:  Libro blanco…, p. 100.)

Resume Hirales, que sigue en esto la versión de la Procuraduría: “El ataque se había planeado de forma envolvente, arribando por diferentes flancos, con el propósito de que nadie escapara”. Y que nada quedara por saquear. Iban  para ello en las partidas más cargadores que vengadores, en la certeza de que en Acteal, explicò Juan Capote

“había ya mucho café almacenado  y aparatos eléctricos y todo lo que pudieran encontrar. Nosotros (los cargadores) teníamos que salir a recibir todo lo robado ese día en la carretera donde  hay dos postes y donde está la casa de los Luna”. (Testimonio de Juan Capote, en Hirales, Camino a Acteal, p. 102).)

 

A vengar la muerte de Agustín Vázquez y a saquear las viviendas de zapatistas y abejas en Acteal,  salieron los grupos aquella mañana, avanzando por las veredas,  familiares para ellos, de la  engañosa selva  de Los Altos, de ricas copas y suelos pobres, precaria y pródiga, infértil y feraz. Todos juntos, armados y concertados en su misión homicida, cayeron ese día sobre una aldea indefensa llamada  Acteal y mataron durante horas, con la complicidad  de la fuerza pública de la región, a cuarenta y cinco personas: seis ancianos, veintiún mujeres,  cuatro niños, catorce niñas.

 Confesiones recientes de los autores de la matanza y análisis rigurosos de las evidencias del caso, cuentan otra historia, acaso más terrible, pero radicalmente distinta de la que hemos leído hasta hoy sobre lo que sucedió el veintidós de diciembre en Acteal. Una historia que nadie ha escuchado y acaso nadie escuchará, la historia alternativa de ese día señalado.

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