Regreso a Acteal
I. La fractura
Primera de tres partes
Héctor Aguilar Camín
Regreso a Acteal es una crónica de los hechos del año de
1997 en el municipio de San Pedro Chenalhó, de los Altos de Chiapas. Cuenta
cómo se fracturaron y se mataron los pueblos hasta incubar la masacre de
Acteal, el veintidós de diciembre de aquel año. El historiador, el periodista y
el escritor se dan cita en este relato alucinantemente real que vuelve a contar
las cosas que creemos saber y, al contarlas, las revela nuevamente: frescas, atroces y desconocidas.
El relato tiene tres partes: 1. La fractura, que
presentamos en esta edición de Nexos y las que publicaremos en noviembre y diciembre:
II. El camino de los muertos y III.
El día señalado. Regreso a Acteal es un ejercicio de restitución
de la memoria. El regreso a un momento oscuro que no hay que olvidar ni falsear.
1
En la mañana fresca del diecisiete de
diciembre de mil novecientos noventa y siete,
Agustín Vázquez Secum, vecino y principal de Queshtic, pequeña aldea
recalcitrante del sacudido municipio de San Pedro Chenalhó en Los Altos de Chiapas, fue muerto a tiros cuando iba a su cafetal,
armado con un rifle , en la compañía preventiva de tres amigos, priístas como
él, lo que en aquellos tiempos y aquellos lugares sólo quería decir que eran contrarios a la expansión sobre sus
pueblos de las armas y el influjo del
Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Dos de los acompañantes del muerto,
Lorenzo Gómez y Fernando Vázquez, fueron heridos en la misma refriega,
pero alcanzaron a saber que sus
atacantes eran Bartolo López y Javier Luna, dos
simpatizantes del EZLN, pues les salieron al paso enmascarados con pañuelos
pero al cortar cartucho perdieron el
disfraz.
La versión de los zapatistas adversarios de Agustín Vázquez Secum,
es que éste había bajado a atender su cafetal “armadísimo”, “dispuesto a matar
a la persona que se le atravesara”, siendo el muerto una “persona que tiene
algo de dinero y no muy le gusta meterse en problemas”. Según
La muerte de Vázquez
Secum interrumpió la tercera reunión
que los bandos en pugna habían concertado para ese día, luego de dos semanas de
acuerdos y recelos sobre cómo parar la violencia
matrera de los pueblos. En los
últimos meses de mil novecientos noventa y siete los secuestros, las
emboscadas, los saqueos y los muertos habían crecido de más en las aldeas, milpas, veredas y caminos
del municipio. Tanto, que los mismos
rivales de la zona, una de las más pobres del país, mal gobernada
siempre e ingobernable ahora, habían empezado
a hablar. No había faltado nunca esa violencia hormiga entre los
habitantes de San Pedro Chenalhó que se nombran a sí mismos pedranos o
sanpedranos. Catorce de las treinta y
cuatro denuncias recibidas en la agencia del ministerio público del municipio
durante mil novecientos noventa y cuatro
habían sido por homicidios y lesiones, siendo esas denuncias excepción
en un ambiente donde nadie se fiaba de
la ley
y sus alcances. Pero en los primeros siete meses de mil novecientos noventa y siete, la cifra de denuncias por violencia había subido a
cuarenta y tres, con veintidós muertos y
veinte heridos por arma de fuego. (CDHFBC: La masacre de Acteal Informe, 1997. Los materiales del Centro
de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas pueden consultarse en su
sitio electrónico www.frayba.org.mx.. La cuenta de los actos violentos denunciados en esos meses ha sido hecha por
los autores de Acteal: la otra injusticia ,
manuscrito en preparación de Alejandro Posadas y Eric Hugo Flores cuyos
descubrimientos respecto de lo que sucedió realmente el 22 de diciembre en Acteal es el origen de
esta crónica. Según las cuentas de Posadas y Flores, entre el veinticinco de
junio y el dieciocho de diciembre de 1997 fueron denunciados en Chenalhó cuarenta y tres actos
violentos, en los cuales murieron
veintidós personas y otras veinte resultaron heridas por arma de fuego.
Veintisiete de las cuarenta y tres denuncias fueron hechas contra “zapatistas”; dieciséis contra
“priístas” o “cardenistas” (del Partido
Cardenista de Reconstrucción Nacional). El manuscrito, en proceso de edición,
puede consultarse en el sitio electrónico de Nexos, en contigüidad con
este artículo. Del libro de Posadas y
Flores pueden consultarse también dos
adelantos publicados en Nexos:“Acteal:
la otra injusticia”, no. 342, junio de
2006 y “Acteal nueve años después”, No.
El punto de arranque de aquella creciente
era cosa sabida para los de ahí,
para el gobierno estatal y para el gobierno
federal, que mantenía en la zona, desde el inicio de la tregua y las conversaciones con el EZLN un poroso pero visible despliegue de soldados. La mala temporada había dado
inicio tres años atrás, justamente en
diciembre de mil novecientos noventa y cuatro, cuando los rebeldes zapatistas,
hasta entonces confinados a su encierro
insurreccional de Las Cañadas,
recibieron la orden de “dejar sus posiciones” y “avanzar” sobre los
municipios vecinos para establecer
nuevas zonas de influencia. Recibían con esa
proclama ampulosa al nuevo gobierno de Ernesto Zedillo, unos días
después de su instalación el primero de diciembre y unos días antes de que lo
engullera el remolino de la mayor crisis
fiscal de la era del PRI, experta en crisis fiscales. En realidad los rebeldes
no avanzaron de Las Cañadas hacia ningún lado, simplemente incitaron a sus
muchos simpatizantes que tenían en
municipios vecinos a tomar la iniciativa política y manifestarse como parte del
movimiento zapatista.
Las elecciones
presidenciales de julio de aquel año no
habían dejado duda sobre el contagio zapatista de San Pedro Chenalhó, hasta
entonces bastión tradicional del PRI.
Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Partido de
El once de marzo de mil novecientos noventa y
cinco, día de San Eulogio de Córdoba en
el santoral vaticano, fue emitida la
llamada Ley para el Diálogo,
El pobre triunfo generó protestas y tomas de ayuntamientos en ocho municipios de la zona, empezando
por San Pedro Chenalhó, un archipiélago
de sesenta y un comunidades
dispersas en ciento treinta y nueve kilómetros cuadrados de bosques de coníferas, una tierra verde, bella, falsamente
fértil, donde sobrevivían entonces unos
treinta mil sanpedranos, casi todos
tzotziles nativos de ahí, casi todos
en chozas y aldeas que por su mayor parte ignoraban el asfalto, el drenaje y la luz eléctrica. (Según datos del INEGI, en 1990 el 90 por
ciento de las viviendas del municipio de Chenalhó tenía piso de tierra, el 88
por ciento no tenía drenaje, el 78 por ciento no tenía luz. El 93 por ciento de
la población ocupada ganaba menos de dos salarios mínimos. El municipio ocupaba
el décimo lugar en marginación dentro del marginado estado de Chiapas y el
cuarto en desnutrición. 51 por ciento de los adultos mayores de quince años
eran analfabetas. Susana Esquinca: “Lo que distingue a Chenalhó: pobreza,
marginación e intolerancia”, Siempre, 8 de enero 1998. y CDHFBC: Camino
a la masacre I. Contexto .Principales indicadores socieconómicos. )
Pasaron las protestas, pero no el agravio. El
diecisiete de diciembre de mil
novecientos noventa y cinco, tres años estrictos antes del día en que habría de ser muerto en
las afueras de su aldea Agustín Vázquez Secum, un grupo de gente armada proveniente de
Javier Ruiz había
sido catequista de la diócesis de San Cristóbal y era su fama
haber participado en la célebre
toma de aquella ciudad el primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro.
Alguien lo recordaba llegando cuatro días
después de aquellos hechos a
Polhó, una de las comunidades mayores del municipio, jactándose de haber dado
muerte “a muchos soldados” (Hirales, Camino a Acteal, p. 21)
Desde aquellos días Javier Ruiz había
empezado, con sus hermanos Antonio y Manuel, a visitar las comunidades del
municipio en busca de adhesiones para sacudirse los mandos viejos de la
región. Un cronista local recordaría más tarde la
visita de los Ruiz a la comunidad de Los Chorros, un poco venida a menos, pero
con tradición y orgullo de comunidad
recia, tradicionalmente enfrentada a la preponderancia política y territorial de San Pedro, la
cabecera municipal. Ahí los Ruiz habían
explicado a los habitantes de Los
Chorros “cómo era el movimiento
armado”, diciendo no que eran
simpatizantes del EZLN sino “una
organización independiente que luchaba contra el mal gobierno, contra los
corruptos, contra los terratenientes, contra los casatenientes, los
latifundistas, los ‘capitalinos’" (por “capitalistas”). Fueron luego a
Yibeljoj y a
2
Fue así como “empezaron las divisiones de las
comunidades”, recuerda el cronista de
aquellas jornadas: los que se acercaron al zapatismo ya no quisieron trabajar
en las tareas de los pueblos, ni hacer caminos, ni construir escuelas, ni
abrir zanjas para el agua potable, según
los programas vigentes entonces del Programa de Solidaridad, que daba dinero para obras municipales a cambio de trabajo
comunitario. “Ya no podemos trabajar”, decían. “Si quiere el gobierno darnos lo
que queremos, (que nos lo dé). Nosotros ya no vamos a dar nuestro trabajo”. ([1] La crónica mencionada, puede leerse en “La historia reciente de Chenalhó y la
masacre de Acteal”, una reconstrucción de los hechos hecha por Manuel
Anzaldo, líder del partido cardenista en la zona. “La historia. . .” y otros materiales pudieron consultarse un
tiempo en el sitio electrónico, hoy
fuera del aire, del llamado Sistema de
Información Campesino (SIC). Una copia de los materiales del SIC
obra en mi poder, por cortesía del propio Anzaldo, y puede
consultarse en el sitio electrónico de Nexos, en contigüidad con de este artículo. )
En diciembre de mil novecientos noventa y cinco los
hermanos Ruiz y sus aliados se reconocieron finalmente partidarios del EZLN, y el diecisiete de
diciembre emprendieron la referida
toma de la presidencia de San Pedro
Chenalhó. Hicieron “una marcha que salió de
Los ocupantes de la alcaldía mantuvieron
su posesión hasta el veintisiete de enero de mil novecientos noventa y seis, día de Santa
Ángela de Mérici, en que los echaron de mala manera. Cuenta el cronista:
Los priístas Victorio Ruiz y Cristóbal Vázquez,
organizaron a la gente para atacar al EZLN. A las cuatro de la mañana, llegó la
seguridad pública y la policía judicial. Los zapatistas se escaparon. Unos
cuantos fueron detenidos, pero gracias a la intervención de
Los ocupantes dejaron la
alcaldía el veintisiete de enero pero bajo la advertencia de que el lugar estaba
tomado por los naguales de los
zapatistas, que podían volverse cosas y
mariposas Según esto, habían dejado sus
espíritus en las sillas y los escritorios para volver a ser hombres
cuando alguien se sentara en ellas, y tomarles las nalgas y ejercer procazmente
su sorpresa. Todo transcurría en Chenalhó desde siempre, como en el mundo
tzotzil con un pie puesto en la magia y
otro en la dura vida de la escasez. (Ibid.
“La historia reciente de Chenalhó…”, loc
cit y Manuel
Anzaldo, conversación con HAC, 19 octubre 2006. Respecto del animismo totzil puede leerse el
libro de P. Pitarch Ramón: Ch’ulel: una etnografía de las almas
tzeltales (México, Fondo de Cultura
Económica, 1996), citado por Juan
Pedro Viqueira en su excepcional Encrucijadas chiapanecas. Economía, religión
e identidades. (México, Tusquets/El Colegio de México. 2002). Escribe
Viqueira que la iglesia católica nunca logró arraigar con fuerza entre los
indígenas de Chiapas, porque estos “mantenían una visión del mundo y una
concepción del hombre –compuesto de varias almas, algunas compartidas con
animales y fuerzas de la naturaleza—incompatibles con los dogmas católicos”. p.
357.)
Los prófugos se refugiaron en Polhó, con
Javier Ruiz a la cabeza, y esperaron su
turno en la historia. El dieciséis de febrero de aquel mismo año de mil
novecientos noventa y seis, día de San Macario Viejo, luego de diez meses de
charlas circulares, se firmaron los acuerdos de San Andrés Larráinzar,
correspondientes a la primera de las cinco mesas convenida en mayúsculas como de Derechos y
Cultura Indígena. El diálogo entró en
crisis casi al iniciarse las conversaciones sobre la segunda mesa, porque en esos días
sentenciaron en
Roto el diálogo, los zapatistas procedieron
a darse la autonomía por propia mano, es
decir, por mano de sus bases de apoyo y sus cuerpos armados,
mediante el arbitrio de fundar
“municipios autónomos” en su zona de influencia. En los meses siguientes
definieron territorios, eligieron alcaldes, promulgaron leyes y se dispusieron
a gobernar de hecho sobre todas las zonas donde hubiera suficientes simpatías
para la causa zapatista. (Así describió el proceso de
aquella soberanía armada el asesor zapatista Luis Hernández Navarro: “Los municipios
autónomos son, desde la lógica de la rebelión comunitaria, manifestación
directa de su soberanía. . . Y son, paradójicamente, una vía para
desmilitarizar el conflicto impulsando que sean representantes civiles, y no
mandos militares quienes ejerzan la autoridad”
(“Municipios autónomos: la razón estratégica”, en La jornada, 12 de mayo de
1998)) El
trece de abril de mil novecientos
noventa y seis, día de San Martín
Papa, hubo asambleas en las comunidades y barrios zapatistas aledaños
a Polhó, donde se habían refugiado en enero
los prófugos de San Pedro. Hablando en voz alta y votando a mano a
alzada, como mandan sus usos y
costumbres, las comunidades ungieron alcalde nuevamente a Javier Ruiz. Dos días
más tarde, el dieciséis de abril, día de
San Benito Vagabundo, declararon fundado
el “municipio autónomo de Polhó”, con
jurisdicción y mando sobre treinta y tres comunidades de las ciento una que tenía la hasta entonces indivisa comarca sanpedrana.
La instalación del municipio
autónomo obligó a los habitantes de toda la jurisdicción sanpedrana
a definirse por uno u otro bando: debían obedecer al alcalde de aluvión de
Polhó o al alcalde electo de San Pedro.
Para que no quedara duda de su autoridad
ni de su fuerza, los mandos del municipio autónomo
empezaron a cobrar impuestos de guerra en los pueblos y peajes
en los caminos. El veinticinco de junio , día de Santo Tomás Moro Mártir,
mataron a Miguel Pérez Gutiérrez y a Mariano Pérez Bac, vecinos de Takikum. El
día veintiocho de junio, de San Ireneo Obispo, mataron a Agustín Gutiérrez
Arias, vecino de Poconichim. El día seis
de agosto, de
El día
trece de agosto, de San Etanislao de Polonia, el alcalde autónomo de Polhó, Javier Ruiz, se
presentó con catorce seguidores en el
predio llamado San José Majomut, frontero del caserío de Polhó. Portaban
machetes, dice
El
dieciséis de agosto siguiente , día de San Esteban Húngaro, el
municipio autónomo de Polhó informó al constitucional
de San Pedro su decisión soberana, ya ejercida, de quedarse con la mina. La nota decía:
Por medio de la presente, el H.
Ayuntamiento Municipal por acuerdo del pueblo en rebeldía le hace saber a usted
el siguiente acuerdo.
1. El banco de arena
ubicado en el barrio Majomut del paraje Polhó será administrado por el H.
Ayuntamiento Municipal por lo que queda estrictamente prohibido explotarlo, por
particular y colectivo sin previa autorización del H. Ayuntamiento municipal a
partir del día 16 de agosto de 1996.
2. Esperamos que usted haga
público este oficio con el resto de su gente que estén bajo su autoridad.
3. Si por alguna razón no cumplieran con
este acuerdo serán arrestados por el H. Ayuntamiento.
(Citado
en Hirales, Camino a Acteal, pp.
25 y 26. Conviene notar que, pese al encono manifiesto, el municipio autónomo
de Polhó mantenía la comunicación formal con
las autoridades de San Pedro, aunque no fuera sino para advertirle de sus decisiones, las cuales juzgaba legítimas, pues entre las
comunidades autoasignadas a la jurisdicción del municipio autónomo de Polhó,
había quedado la de San José Majomut.)
Pero el predio de Majomut no sólo tenía dueños, sino que les había
costado veintidós años adueñarse de él. En mil novecientos setenta y cuatro, en los
tiempos en que la gente del campo sin
tierra podía pedirla al gobierno, el predio arenoso de San José de Majomut
había sido pedido por los habitantes de Los Chorros para ampliar su ejido en favor de sus
jóvenes. El ejido de Los Chorros, uno de
los primeros otorgados en reparto
gratuito por la reforma agraria mexicana, tenía cuatrocientos ejidatarios con
derechos adquiridos y setecientos avecindados, en espera de nuevas dotaciones. Las
autoridades tardaron veinte años en responder aquella petición, así que el quince de febrero de mil novecientos noventa y cuatro, día de San Pablo Ermitaño, veintinueve
jóvenes aventajados de Los Chorros ocuparon el predio demandado de San José
Majomut, aprovechando, como muchos otros,
la rebelión zapatista. Izaron las banderas del EZLN para tomar las tierras, pero para hacer las
gestiones ante el gobierno usaron las siglas del Partido Cardenista de
Reconstrucción Nacional. Por su
cercanía con estas siglas la gente de Los Chorros fue llamada
“cardenista” mucho tiempo después incluso de que las siglas hubieran
desaparecido del firmamento de siglas de
la política nacional.( Hacia finales de
los años setenta, bajo la guía del
Partido Socialista de los Trabajadores (PST), se había dado en la región
una ola de invasiones de fincas que después el gobierno dio a los campesinos
como ejidos. El PST despareció como
partido, pero resurgió de sus cenizas en los años ochentas como el Partido
Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional. Los campesinos sanpedranos que habían peleado por sus
tierras con el PST, asumieron las nuevas siglas para persistir en
su antigua manera de hacerse de tierras, eso que la costumbre nacional llamaba
justicia agraria.)
Un año
después de aquellos hechos, el veintidós de enero de mil novecientos noventa y
cinco, día de San Vicente Mártir, la secretaría de
Para
escarbar en forma aquellas arenas de
oro, el diez de octubre del mismo año de
noventa y cinco, día de San Francisco Borja, sesenta y seis vecinos del predio
Majomut se constituyeron ante el registro nacional agrario como
La apropiación del predio por los autónomos de
Polhó, “causó, como era de esperarse,
gran malestar entre los miembros de
La disputa por la mina trajo amagos, agravios y
agresiones. El veintiuno de noviembre de mil novecientos noventa y seis, día de la
presentación de
Al
finalizar el año de mil
novecientos noventa y seis, había expulsiones
de pobladores en distintas
aldeas de Chenalhó. Familias acusadas de
ser “priístas” o de ser “zapatistas”
eran despojadas de sus pertenencias y
sus siembras, y echadas de sus pueblos. Al empezar mil novecientos
noventa y siete la comarca sanpedrana
tenía ya los síntomas de una
tierra dividida: se era “autónomo” y “zapatista” o “priísta” y “cardenista”, y en ser una u otra
cosa iba de por medio la seguridad de
cada quien. La coacción física,
la amenaza, la burla y la
vejación de desafectos, eran usos en auge de los grupos rivales.
3
Siguió una primavera
ardiente en los parajes de la selva fría. El veintidós
de mayo de mil novecientos noventa y siete, día de Santa Rita de Casia, un grupo zapatista quemó
nueve casas en Yashjemel (“Tierra mojada” en tzotzil), provocando la huida
de ochenta lugareños hacia la priísta
colonia Puebla. A la mañana siguiente,
día de San Bautista Rossi, tres
zapatistas “encapuchados” fueron
detenidos en la colonia Puebla y uno de
ellos golpeado y atado a un poste de la cancha de basquetbol en escarmiento para sus correligionarios. A la mañana siguiente, veinticuatro de mayo, día de María
Auxiliadora, los autónomos de Polhó enviaron una comisión de dieciséis personas a
San Pedro, la cabecera, para
negociar el rescate de los retenidos en la colonia Puebla. Pero justamente cuando
pasaban por la colonia Puebla,
fueron interceptados por priístas armados que les prohibían usar el
camino. Siguió lo que los priístas
describieron como un enfrentamiento y los autónomos como una emboscada, con
resultado de dos heridos y un muerto,
todos de Polhó. El muerto, aseguraron los de Polhó, había sido Cristóbal Pérez Medio,
un profesor bilingüe, respetado en la
zona, cuyo cuerpo no pudo rescatarse en el fragor de la refriega, ni hallarse
en los días siguientes. Los emisarios de
Polhó se dispersaron por el monte. En los siguientes días, temiendo represalias recíprocas, casi dos mil priístas
dejaron sus aldeas para refugiarse en el ejido Puebla, y unos mil quinientos
zapatistas dejaron las suyas para
refugiarse en Naranjatik Alto y Poconichim.
Veintinueve familias de Las Abejas, que se proclamaban neutrales y contrarias a
la violencia en un territorio donde se
iban acabando los matices, fueron intimidadas con disparos, exigiéndoles que se
volvieran priístas, y retenidas en Yashjemel por órdenes del presidente
municipal de San Pedro Chenalhó, Jacinto
Arias Pérez. Las Abejas eran una organización de productores rurales cuyos
miembros vivían por igual dentro de las comunidades autónomas y dentro de las
priístas. Eran la organización favorita
de la diócesis de San Cristóbal, su organización , en un territorio competido, religiosa
y organizativamente , que empezaba a mostrar fracturas políticas tajantes.
Una parte de
las pugnas comunitarias, no su eje , era la competencia pastoral, el alineamiento religioso. Desde los años
cincuentas las iglesias presbiterianas habían hecho su camino en los pueblos de
los Altos, explica Juan Pedro Viqueira, abriendo la posibilidad
de una “afiliación voluntaria a una institución que no se organizaba, como
Es
difícil mejorar la relación también
sencilla y profunda de ese proceso hecha por Juan Pedro Viqueira:
Convertirse
a la nueva fe suponía no sólo optar por pertenecer voluntariamente a un grupo
de adscripción (y en la práctica de ayuda mutua) del que no formaban parte la
mayoría de los vecinos, sino también romper con el sistema de cargos
religiosos, que había sido un componente fundamental del poder político local.
De hecho, un importante efecto colateral de estas conversiones fue reforzar el
poder de la presidencia municipal, que así se convirtió en la única institución
de gobierno considerada legítima por todos los habitantes. Además de introducir una diversidad de
adscripciones abiertas y voluntarias entre los indígenas que rompían con la
ficción de la unidad comunal, estas iglesias constituyeron sus propias jerarquías
religiosas que escapaban al ámbito municipal. Al dedicar largas horas a la
lectura y estudio de la biblia e impartir cursos de capacitación (de
enfermería, entre otros) crearon una nueva élite indígena, capaz de
relacionarse eficazmente con la administración federal y estatal.
La oleada
evangélica desafió la hegemonía de la diócesis católica, sigue Viqueira, que
respondió con la misma moneda, fundando “capillas en los parajes” y creando una “nueva jerarquía religiosa”
de sacerdotes descalzos. Catequistas,
diáconos y prediáconos proliferaron hasta tocar con el credo redentorista de la
teología de la liberación las más remotas aldeas, dando a la diócesis
liberacionista y a su apóstol guanajuatense Samuel Ruiz capacidad de
“movilizar a miles de indígenas con una eficacia sólo comparable a la
del estado y la era del PRI”. (Viqueira, Encrucijadas.
. . p. 358)
El veinticinco de mayo, día de San Gregorio VII (San Gregorio
Papa), la contienda sorda de los pueblos dio un salto. Fue secuestrado el priísta Manuel Pérez Takimut, hombre de
cincuenta y dos años, respetado nativo del paraje de Yabteclum, donde había sido “pasión” (detentador del cargo
tradicional de las fiestas de la pasión), y era ahora gestor de los dineros que
el gobierno federal canalizaba a las
comunidades rurales pobres mediante el programa llamado Procampo. Pérez Takimut había salido al mediodía
de su casa en el barrio de Natuluc,
precisamente para acudir en Yabteclum a una reunión sobre el Procampo. Cuando regresaba de la reunión, como a las
cuatro de la tarde, cien metros antes de llegar a su casa, fue interceptado por
los zapatistas Agustín Capote, Tomás García Gutiérrez, José Ruiz y cuatro más, del mismo paraje de Yabteclum. No
lo dejaron llegar a su casa, lo obligaron a ir con ellos al campamento que
tenían los zapatistas en Xolomtoj, y ahí lo amarraron y encapucharon y lo
tuvieron así cuatro días, hasta el mediodía del veintinueve de mayo, de San Maximino de
Aquitania, en que lo mataron, y lo fueron a enterrar en Polhó. Nadie supo por
qué lo detuvieron ni lo que exigían o reprochaban de él, nadie supo siquiera de
su paradero, sino que se le tuvo por
desaparecido hasta que poco después de su muerte un zapatista arrepentido,
testigo de los hechos, se los confió a su viuda Marcela Pérez Jiménez.( “Muertos
antes del 22 de Diciembre a manos de simpatizantes del EZLN y del Ayuntamiento
Autónomo de Polhó”, en Sistema de Información Campesino, loc. cit.)
El
mismo día que mataron a Pérez Takimut, sin saber todavía su paradero, los de
San Pedro cursaron una invitación múltiple a
El
veinticuatro de junio, de San
Juan Bautista, hubo un nuevo acercamiento entre los de San Pedro y los de Polhó para discutir
sus temas pendientes: el banco de arena, los amagos a Las Abejas en Yashjemel y
la desaparición de Pérez Takimut, de
quien no se sabía el paradero, pero sí el secuestro. Las pláticas no fueron lejos porque agentes
rurales de San Pedro detuvieron como sospechosos del secuestro de Takimut a Federico Ruiz Pérez y Ernesto
Gómez Santiz, dos vecinos autónomos de Polhó, y los llevaron a
San Pedro para interrogarlos .Los soltaron al día siguiente, sin probarles
nada, pero el diálogo quedó roto.( Hirales, Camino… pp.30-31 CDHFBC: Camino
a la masacre 4. Del banco de arena a la guerra.)
Se instaló entonces una tensa calma en la
región, interrumpida sólo por el boicot zapatista a las elecciones federales del seis de julio de aquel año, día
de Santa María Goreti, Virgen y Mártir. Doce de las dieciocho casillas
electorales de Chenalhó no pudieron
instalarse ese día. Fueron quemadas o destruidas para cumplir la consigna zapatista
de boicotear “pacíficamente” las elecciones. (Hirales, Camino a Acteal, p. 28.)
Los zapatistas atacaron y quemaron un gran número de
casillas en las Montañas Mayas y en
La batalla electoral se disolvió, pero no la otra.
El veintidós de julio, día de Santa
María Magdalena, los autónomos expulsaron a veintisiete familias de diferentes
rancherías vecinas de Polhó por no ser de la causa zapatista. A fines de
julio, un regidor de San Pedro, José Ruiz Pérez, se presentó en Los Chorros
a invitar a los ejidatarios a recuperar
la mina de Majomut. Fue una visita decisiva.
“Esta
propiedad pertenece al ejido”, dijo el regidor a los habitantes de Los Chorros. “Necesitamos
apoyarnos para recuperar el banco de arena y el ejido”. “Algunos pobladores
estuvieron de acuerdo en la recuperación” dice en su relato el Centro Fray Bartolomé de las
Casas, y apoyaron las acciones encaminadas al enfrentamiento con los miembros del
municipio autónomo de Polhó”. (CDHFBC: Camino a la
masacre. 2.Del banco de arena a la guerra.)
El primer enfrentamiento no fue provocado, sin
embargo, por los cardenistas de Los Chorros, sino por los zapatistas de Polhó.
El día veinte de agosto, de San Bernardo Doctor de
4
El
día treinta de agosto, del Beato Tomás
de Kempis, las autoridades de Los Chorros convocaron a una asamblea en la casa
ejidal para discutir el nuevo avance de los autónomos sobre el predio de
Majomut. No se llegó a ningún acuerdo pero la tensión y las recriminaciones calentaron
la asamblea. Refiere el centro Fray
Bartolomé de las Casas:
un
grupo de miembros de Las Abejas dijeron que no querían más problemas, ni más
muertos, pero no fueron escuchados. Durante
El domingo
siete de septiembre, de Santa Regina Virgen y Mártir, apareció en estado de
avanzada descomposición el cuerpo de Cristóbal Pérez Medio , muerto el veintidós de mayo en el tiroteo del ejido
Puebla. Lo descubrió su viuda, Antonia
Luna López, cuando colocaba una veladora en la tumba de su suegra. Vio un bulto
a cinco metros de la sepultura, en el cementerio de Polhó, y lo notificó a las autoridades. Al abrirlo
encontraron un cráneo con tiros,
dos zapatos crucero carcomidos, una trusa, una camisa
podrida, un pantalón podrido, una ánfora de plástico de un litro, un mechón
suelto de pelo, un peine y dos trozos de mecate de metro y medio... El día
nueve de septiembre la señora Antonia
reconoció ante el Ministerio Público que tramita la investigación que la
osamenta presentada coincide con la de su esposo. Las incrustaciones dentales
fueron los elementos que tuvo para poder determinar la coincidencia con él. El
perito médico forense de
En su comunicado de prensa, el Centro Fray Bartolomé
de las Casas explicó:
Lamentamos las circunstancias en que perdiera la vida
el profesor Cristóbal Pérez medio, en un conflicto intracomunitario, en donde
por razones de intolerancia política no se permitió el desarrollo de un diálogo
y encuentro entre las partes. Posturas que deben ser revisadas por las
distintas corrientes políticas que conviven en un mismo territorio y que
cometen actos vandálicos. (CDHFBC:, “
Comunicado de prensa del 12 de septiembre, Camino a la masacre. )
Había sido una larga incubación de aquellos actos vandálicos y aquellos conflictos intracomunitarios. La
posibilidad de diálogo se desvanecía en la región. Crecían la afrenta y el
duelo. Un relato de primera mano mezcla los ingredientes desde adentro:
Los “autónomos" eran
soberbios, presumían que no había nadie que venciera a los zapatistas, que los
guerrilleros zapatistas eran muy poderosos, que uno solo de ellos podía matar a
mil soldados y que no le pasaba nada, que eran tan poderosos que podían
transformarse en mariposas y huir de sus enemigos, que podían ver sin ser
vistos y matar sin ser matados. . . Empezaron los robos y los crímenes impunes
contra la población civil. . . Se instalaron los campamentos de entrenamiento
de los zapatistas en Xcumunal, en Tulantic, en Polhó, en Poconichim. Por
cientos los simpatizantes zapatistas se preparaban para la guerra, hombres y
mujeres se entrenaban, recibían preparación militar. Semanas enteras pasaban en
las montañas, ni las mujeres que estaban criando descansaban. Empezaron a
circular visiones terribles. Que si los niños de pecho lloraban eran ahorcados
y arrojados a las simas o a los ríos para que no estorbaran a las mujeres en
sus prácticas o en sus combates. Se formaron los destacamentos de Milicianos,
luego los Insurgentes, todos comandados por los "guerrilleros",
ladinos y extranjeros, que tenían fama de poderosos e invencibles. Joaquín
Vázquez Pérez, el hijo del poderoso "Mol Vicente", cacique temido de
Los Chorros, junto con otros habitantes de los Chorros fueron en varias
ocasiones a Polhó a suplicar que no siguiera el enfrentamiento. Se humillaron,
los ancianos de Los Chorros se humillaron frente a los comuneros de Polhó, sin
ningún resultado. Los ejidatarios estaban ya cansados de los asesinatos, del
hostigamiento, de la falta de respeto de los zapatistas y decidieron tomar la
justicia en su propia mano. . .Los
viejos subieron a rezar a las montañas, entraron a las cuevas a llevar velas,
fueron a los ojos de agua; los religiones rezaron a Dios, y a todos les
comunicaron que los "chenalhoes” no iban a ser vencidos, que iban a
triunfar, que iban a sufrir, que iban a ser perseguidos que quizá algunos iban
a morir pero que al final triunfarían". Así les hablaron las voces.( “Historia reciente de Chenalhó y la matanza de
Acteal”, en Sistema de Información Campesina, loc. cit. Juan Pedro
Viqueira me hace notar que sonon interesantes las expresiones sobre los rezos:
“Los viejos subieron a rezar a las montañas”, dice el testigo. Se refiere con
ello a los viejos de las religiones tradicionales ancestrales de la memoria
indígena. “Los religiones rezaron a Dios”. Sigue, y se refiere con ello por
igual a católicos y evangélicos. La expresión sugiere que el alineamiento
religioso no era lo fundamental en el conflicto, pues había tradicionalistas,
presbiterianos y católicos en los dos bandos. Los dividía la violencia política, más que la religión.
Juan Pedro Viqueira, conversación con HAC
8 septiembre 2007)
A
mediados de septiembre los comisariados ejidaless de las comunidades de Puebla
y Los Chorros convocaron asambleas. El
catorce de septiembre, día de la
exaltación de
El dieciséis de septiembre, día del
señor de los Milagros de Buga, en medio de
intensos rumores de que los zapatistas asaltarían y arrasarían la
comunidad de Los Chorros, tuvo lugar la asamblea en este ejido, el poblado de
mayor tradición y orgullo de la región. La gente de Los Chorros se había hecho de sus tierras a pulso, invadiendo los
predios y resistiendo por décadas las agresiones de los caciques , hasta
arrebatarles la casa mayor de la hacienda de Los Chorros y la finca de café
de
La asamblea se instaló sin sobresaltos.
El presidente del comisariado ejidal, Alfonso López Luna, y el agente municipal de Los
Chorros, Agustín Santiz Etzin, explicaban a los asistentes que los zapatistas
preparaban un ataque a la comunidad,
cuando de pronto, seguido de treinta hombres, irrumpió en la
asamblea Antonio López Santiz, hombre rico e influyente en la zona , al que “mucha
gente busca para pedirle prestado”.
Antonio tomó la palabra, refiere Gustavo Hirales, para decir que los zapatistas
ya estaban entrando a los pueblos , que los iban a matar y que Las Abejas ayudaban a los rebeldes. Sacó entonces una pistola y dijo:
“Tenemos
que tener nuestras armas para defendernos. Yo no tengo miedo a que lleguen los
zapatistas porque tengo mi arma y me puedo defender”. Luego alzó del suelo unos
trapos de los que desenvolvió un rifle AK-47.
Siguió hablando: “Todos debemos tener un arma. Tenemos que comprar armas
para defendernos, todos tenemos que cooperar. El que no quiera lo vamos a matar
por traidor”.
Antonio y
sus hombres se apoderaron a partir de ese momento de la dirección de la
comunidad y empezaron a organizar a la gente para la autodefensa. Se fijó una paga obligatoria de cien pesos por
familia para comprar armas y municiones,
con penas de castigos y multas para los que se negaran
Sesenta familias del grupo Las Abejas que vivían en Los Chorros, presentes en la
asamblea, no estuvieron de acuerdo y
defendieron su neutralidad en la contienda, oponiéndose por principio a la violencia.
Las sesenta familias dejaron el pueblo
al día siguiente para refugiarse en Naranjatik Alto.Sus casas fueron quemadas y siete de sus miembros encarcelados por “autónomos”. (Hirales,
Camino a Acteal p. 39-41: CDHFBC: Camino a
Antonio López Santiz
dispuso cavar trincheras en los alrededores del ejido y que se hicieran
guardias nocturnas, del anochecer al
alba, en espera del ataque de los
zapatistas que se juzgaba inminente. La comunidad de Los Chorros se cerró, se convirtió en una
fortaleza . Por directivas del mismo Santiz, se reclutó y armó a media docena de jóvenes, el mayor de
veintitrés años, el menor de diecisiete, para que hicieran rondas y velaran en
defensa del lugar. Era un “grupo compacto, aparentemente sin grados ni
jerarquías”, al que llamaron los pojwanej,
que significa “defensores” en la lengua tzotzil. Les compraron armas y les
asignaron un pago de setecientos pesos a la quincena.( Libro Blanco sobre Acteal 3.3 Grupos de civiles armados simpatizantes del
Ayuntamiento de Chenalhó y del Partido Cardenista.Hirales,
Camino.
. . p. 42-3; Sistema de
Información Campesina. “Historia reciente…”, loc. cit)
5
La impreparación guerrera de los tristes poblados sanpedranos era clara. Sabían de
carabinas viejas y de rifles calibre veintidós para cazar en el monte.
Debían aprender todo lo demás que hacía falta para defender sus pueblos contra
grupos mejor entrenados, que se asumían como un ejército y habían presumido
tener al menos algo remotamente parecido a eso: el Ejército Zapatista de
Liberación Nacional. Según el sistema de Información Campesina, citado por Gustavo Hirales,
los pojwanej
empezaron preguntando a los mismos vendedores como se manejaban las armas;
éstos, solícitos al ver la posibilidad de un próspero negocio les enseñaron los
rudimentos. Después con los que habían
entrado a trabajar de soldados y algunos a la seguridad pública les decían
algunas otras informaciones fragmentarias e incompletas, pero así empezaron a
prepararse.
Tuvieron sus propios reclutas, sigue Hirales, que algo sabían de
armas:
Marcos Arias Pérez y Pablo Hernández Pérez,
indígenas originarios de
Y reclutaron lo que faltaba:
Se comisionó a Tomás Pérez Méndez a
reclutar personas con conocimientos en el manejo de armas y defensa personal
(ex militares o policías), a los cuales se les llegó a pagar, según versiones
cercanas a
Los ecos de la junta de los Chorros crearon gran tensión en la zona y versiones
falsas de todos tipos sobre lo que sucedía.
El Frayba, por ejemplo, recibió
de sus informantes la noticia de que un simpatizante zapatista, Armando Pérez,
había sido asesinado y denunció el hecho en un boletín del 20 de septiembre. El
boletín desató reacciones violentas entre los zapatistas, dando lugar a la ejecución de dos simpatizantes priístas, Joaquín Vázquez Pérez
y Mariano Vázquez Jiménez. Por este incidente, tres días después, las
autoridades municipales de Chenalhó
acusarían al Frayba de instigar la
violencia en la zona.( Hirales, Camino… p. 42, CDH FBC Camino a la masacre. 4.2
La declaración de guerra, pp. 18-19)
Los hechos
de sangre decisivos, sin embargo, se dieron en torno al litigio por el predio
Majomut y su mina. A petición del partido cardenista, dada la inminente disputa
armada en su torno, el secretario de gobierno de Chiapas, Homero Tovilla, se comprometió a que el veintiuno de
septiembre haría llegar un destacamento
de seguridad pública a custodiar el predio. Ese día, treinta ejidatarios de Los
Chorros salieron a Majomut para
atestiguar la maniobra. Llevaron desde luego su pozol de faena, pero también
sus escopetas, rifles y pistolas. Llegaron al mediodía a la mina, un cerro
excavado en un recodo del monte y del camino, y comenzaron a limpiar el terreno
que volvían a sentir suyo. Pero el
destacamento no llegó. Como a las tres de la tarde se apareció en cambio por el lugar un grupo
armado de zapatistas que se asumían también dueños del lugar. Siguió un tiroteo que dejó dos muertos por bando. En la entrada
de la mina quedó muerto el priísta Joaquín Vázquez Pérez, el joven hijo de
Vicente Vázquez , ex presidente del comisariado ejidal de Los Chorros y
fundador del ejido. A unos metros de Joaquín
quedó el cadáver de otro jovencito, Mariano Vázquez Jiménez,
tránsfuga del bando zapatista a
quien, según una versión, le dio muerte su propio hermano. (“Mariano Vázquez Jiménez . .
. estaba harto de las humillaciones y la explotación de los nuevos caciques y
se había decidido a participar junto con los ejidatarios. A él, su propio
hermano, miliciano zapatista, lo mató. SIC. “Historia reciente...”; Hirales: Camino…p. 45-46)
Los muertos zapatistas fueron levantados
del campo por sus propios compañeros, como al parecer era su costumbre para desaparecer sus bajas de la vista pública
y alimentar la leyenda de invencibles, aún de inmortales, que difundían en las
zonas donde actuaban. Por esta razón, sus muertes no fueron consignadas en el
informe oficial que dio cuenta del hecho. El Centro Fray Bartolomé de las Casas
reprochó la omisión y dio a conocer que
habían caído también dos
“simpatizantes del Municipio Autónomo de Polhó”: Antonio Pérez Castro y Agustín
Luna Gómez, éste último , un “joven que acababa de
regresar de la ciudad de México después de haber participado en la
marcha-caravana de los 1,111 zapatistas que exigieron al gobierno el
cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés firmados el 16 de febrero de
La refriega de Majomut ha sido vista por Gustavo
Hirales, como el primer enfrentamiento en forma entre los nacientes grupos de autodefensa y los
zapatistas armados. La escaramuza cara a cara con los zapatistas prestigió a
los de Los Chorros, dice Hirales, cuya
actitud de batalla pareció inspirar
a las comunidades no zapatistas
de la zona. A partir de entonces,
los grupos de autodefensa prosperaron, y fueron temidos. “Este hecho”,
refiere el Frayba, “provocó gran zozobra en la zona y decenas de familias
dejaron sus casas”.( El Centro Fray
Bartolomé de las Casas reportó así aquel incidente detonante: “El 22 de septiembre
La ausencia de fuerza pública multiplicó las fuerzas privadas. Siguiendo el
ejemplo de Antonio López Santiz y Tomás Méndez Pérez, que habían organizado el
grupo de autodefensa en Los Chorros, Javier Gutiérrez Méndez organizó
el de Chimix, Miguel Luna Pérez el de Queshtic, Antonio Pérez Gómez el de Canolal, Hilario
Guzmán Luna y Antonio Lima Ruz el de Pechiquil, Pablo Hernández Pérez el de
Tzajalhuncum.
Los
defensores hacían rondas nocturnas en sus poblaciones armados primero con
rifles veintidós, luego con armas de calibres mayores, hasta que pudieron mostrar algunas escopetas, fusiles semiautomáticos
AR-15 y algunos temibles cuernos de
chivo. A partir de ese momento, la rivalidad entre zapatistas/perredistas y
priistas/cardenistas derivó hacia la confrontación armada. “Los comandos
zapatistas se adiestraban en Xcumumal,
Tulantic, Poconichim y Polhó,” sigue Hirales, mientras que “los grupos de autodefensa comunal lo hacían
en Los Chorros, Pechiquil y Tzajalhuncum”. (Hirales, Camino…, p. 57)
Y los muertos siguieron, y el encono.
(Nexos noviembre: II. El Camino de los muertos)
.