Regreso a Acteal

 

I.  La fractura

 

Primera de tres partes

 

 

Héctor Aguilar Camín

 

Regreso a Acteal es una crónica de los hechos del año de 1997 en el municipio de San Pedro Chenalhó, de los Altos de Chiapas. Cuenta cómo se fracturaron y se mataron los pueblos hasta incubar la masacre de Acteal, el veintidós de diciembre de aquel año. El historiador, el periodista y el escritor se dan cita en este relato alucinantemente real que vuelve a contar las cosas que creemos saber y, al contarlas, las revela  nuevamente: frescas, atroces y desconocidas. El relato tiene tres partes: 1. La fractura, que presentamos en esta  edición de Nexos y  las que publicaremos en noviembre y diciembre: II. El camino de los muertos y III. El día señalado.  Regreso  a Acteal es un ejercicio de restitución de la memoria. El regreso a un momento oscuro que no hay que olvidar ni  falsear.

 

 

 

               1

 

En la mañana fresca del diecisiete de diciembre de mil novecientos noventa y siete,  Agustín Vázquez Secum, vecino y principal de Queshtic, pequeña aldea recalcitrante del sacudido municipio de San Pedro Chenalhó en  Los Altos de Chiapas, fue  muerto a tiros cuando iba a su cafetal, armado con un rifle , en la compañía preventiva de tres amigos, priístas como él, lo que en aquellos tiempos y  aquellos lugares  sólo quería decir que  eran contrarios a la expansión sobre sus pueblos de las armas y  el influjo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.  Dos de los acompañantes del muerto,  Lorenzo Gómez y Fernando Vázquez, fueron heridos en la misma refriega, pero  alcanzaron a saber que sus atacantes  eran   Bartolo López y Javier Luna, dos simpatizantes del EZLN, pues les salieron al paso enmascarados con pañuelos pero  al cortar cartucho perdieron el disfraz.

La versión de los zapatistas adversarios de Agustín Vázquez Secum, es que éste había bajado a atender su cafetal “armadísimo”, “dispuesto a matar a la persona que se le atravesara”, siendo el muerto una “persona que tiene algo de dinero y no muy le gusta meterse en problemas”. Según la Procuraduría General de la República, la víctima lo era de sus matadores personales y de un impersonal pero mortífero entorno de rivalidades y antagonismos políticos, económicos y religiosos, profundizados a raíz del movimiento armado del primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro. (Cfr. Testimonio de Juan Capote al Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de  las Casas, (en adelante CDHFBC), citado en  Gustavo Hirales., Camino a Acteal, (Rayuela Editores, 1998), p.92 y “Pronunciamiento del Consejo Autónomo de Polhó”, citado por  Andrés Aubry y Angélica Inda: “Venganza o truco paramilitar”, en La jornada , 21 de enero de 1998. Procuraduría General de la República: El libro blanco sobre Acteal.Introducción ( México, PGR, 1998))

        La muerte de Vázquez Secum interrumpió la tercera   reunión que los bandos en pugna habían concertado para ese día, luego de dos semanas de acuerdos y recelos  sobre cómo parar la  violencia  matrera de los pueblos. En los últimos meses de mil novecientos noventa y siete los secuestros, las emboscadas, los saqueos y los muertos habían crecido de más en las aldeas,  milpas, veredas y  caminos  del municipio. Tanto, que los mismos  rivales de la zona, una de las más pobres del país, mal gobernada siempre e ingobernable ahora, habían empezado  a hablar. No había faltado nunca esa violencia hormiga  entre los  habitantes de San Pedro Chenalhó que se nombran a sí mismos pedranos o sanpedranos.   Catorce de las treinta y cuatro denuncias recibidas en la agencia del ministerio público del municipio durante mil novecientos noventa y cuatro  habían sido por homicidios y lesiones, siendo esas denuncias excepción en un  ambiente donde nadie se fiaba de la  ley  y sus alcances. Pero en los primeros siete meses de  mil novecientos noventa y siete, la cifra  de denuncias por violencia había subido a cuarenta y tres, con  veintidós muertos y veinte heridos por arma de fuego.  (CDHFBC: La masacre de Acteal Informe, 1997. Los materiales del  Centro  de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas pueden consultarse en su sitio  electrónico www.frayba.org.mx..  La cuenta de los actos violentos  denunciados en esos meses ha sido hecha por los autores de  Acteal: la otra injusticia , manuscrito en preparación de Alejandro Posadas y Eric Hugo Flores cuyos descubrimientos respecto de lo que sucedió realmente  el 22 de diciembre en Acteal es el origen de esta crónica. Según las cuentas de Posadas y Flores, entre el veinticinco de junio  y el dieciocho  de diciembre de 1997 fueron denunciados  en Chenalhó cuarenta y tres actos violentos,  en los cuales murieron veintidós personas y otras veinte resultaron heridas por arma de fuego. Veintisiete de las cuarenta y tres denuncias fueron hechas  contra “zapatistas”; dieciséis contra “priístas” o  “cardenistas” (del Partido Cardenista de Reconstrucción Nacional). El manuscrito, en proceso de edición, puede consultarse en el sitio electrónico de Nexos, en contigüidad con este artículo. Del libro de  Posadas y Flores pueden consultarse también  dos adelantos publicados en Nexos:“Acteal: la otra injusticia”, no. 342, junio de  2006 y  “Acteal nueve años después”, No. 348 m  diciembre 2006)

 

El punto de arranque de aquella creciente era  cosa sabida para los de ahí, para  el gobierno estatal y para el gobierno federal, que mantenía en la zona, desde el inicio de la tregua  y las conversaciones con el EZLN un  poroso pero visible despliegue    de soldados. La mala temporada había dado inicio tres años atrás,  justamente en diciembre de mil novecientos noventa y cuatro, cuando los rebeldes zapatistas, hasta entonces  confinados a su encierro insurreccional de Las Cañadas,  recibieron  la orden de    “dejar sus posiciones” y “avanzar” sobre los municipios vecinos  para establecer nuevas zonas de influencia. Recibían con esa  proclama ampulosa al nuevo gobierno de Ernesto Zedillo, unos días después de su instalación el primero de diciembre y unos días antes de que lo engullera el remolino  de la mayor crisis fiscal de la era del PRI, experta en crisis fiscales. En realidad los rebeldes no avanzaron de Las Cañadas hacia ningún lado, simplemente incitaron a sus muchos simpatizantes que tenían  en municipios vecinos a tomar la iniciativa política y manifestarse como parte del movimiento zapatista.

        Las elecciones presidenciales  de julio de aquel año no habían dejado duda sobre el contagio zapatista de San Pedro Chenalhó, hasta entonces bastión tradicional del PRI.  Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Partido de la Revolución Democrática, la opción de izquierda  en las boletas, había arrasado en las urnas del municipio  con el 69 por ciento de los votos. Las cosas fueron radicalmente distintas el año siguiente, durante las elecciones  para el congreso  local y los municipios de Chiapas.  ¿Por qué un cambio tan grande? Por la siguiente pequeña historia:

         El once de marzo de mil novecientos noventa y cinco, día de San Eulogio  de Córdoba en el santoral vaticano, fue emitida la  llamada Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en Chiapas, a cuyo amparo se instalaron en San Andrés Larráinzar  las primeras mesas de diálogo   entre el gobierno federal y los rebeldes chiapanecos. El EZLN  no creía, ni cree, en las elecciones y pese a que las negociaciones apenas se iniciaban, o precisamente por ello,  lanzó la consigna de no acudir  a las  urnas en las elecciones municipales de octubre. Sus simpatizantes acataron la consigna y ese fue el origen de su ruina electoral o, al menos de  la del PRD, con el que  el EZLN no tenía afinidad, sino competencia. De los  casi catorce mil electores registrados en Chenalhó casi once mil  aceptaron la consigna zapatista y no votaron,  pero  casi tres mil  sí votaron, y votaron por el PRI que obtuvo de ese modo   un triunfo chirle, pero triunfo al fin, suficiente para llevar a su candidato a la alcaldía.( De los 13 967 electores registrados en el municipio, el PRI obtuvo 2 947 votos. El Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción  Nacional, casi desaparecido en el país pero no en las zonas indígenas de Chiapas, recogió 270 votos. CDHFBC, Camino a la masacre,  I. Contexto. Situación política y elecciones ; Hirales: El camino a Acteal, pp.20-21. )

 

        El  pobre triunfo generó  protestas y tomas de ayuntamientos   en ocho municipios de la zona, empezando por  San Pedro Chenalhó, un archipiélago de sesenta y un  comunidades dispersas en ciento treinta y nueve kilómetros cuadrados de  bosques de coníferas,   una tierra verde, bella, falsamente fértil,  donde sobrevivían entonces unos treinta mil sanpedranos,   casi todos tzotziles nativos de ahí,  casi todos en   chozas y aldeas  que por su mayor parte ignoraban  el asfalto, el drenaje y la luz eléctrica. (Según datos del INEGI, en  1990 el 90 por ciento de las viviendas del municipio de Chenalhó tenía piso de tierra, el 88 por ciento no tenía drenaje, el 78 por ciento no tenía luz. El 93 por ciento de la población ocupada ganaba menos de dos salarios mínimos. El municipio ocupaba el décimo lugar en marginación dentro del marginado estado de Chiapas y el cuarto en desnutrición. 51 por ciento de los adultos mayores de quince años eran analfabetas. Susana Esquinca: “Lo que distingue a Chenalhó: pobreza, marginación e intolerancia”, Siempre, 8 de enero 1998. y CDHFBC: Camino a la masacre I. Contexto .Principales indicadores socieconómicos. )

 

        Pasaron las protestas, pero no el agravio.   El  diecisiete de diciembre de  mil novecientos noventa y cinco, tres años estrictos  antes del día en que habría de ser muerto en las afueras de su aldea Agustín Vázquez Secum, un grupo de gente armada  proveniente de La Cima se agolpó en la casa del alcalde saliente de San Pedro Chenalhó,  Pedro Mariano Arias,  y lo forzó a entregar el palacio municipal, con el bastón de mando característico de las comunidades indígenas. El grupo ungió luego  alcalde de alzada a su líder, Javier Ruiz,  del pueblo de Polhó,  y  como secretario reincidente a Pablo Vázquez Ruiz,  de La Esperanza, dueño de ese cargo tiempo atrás, durante una alcaldía priísta.  

        Javier Ruiz había sido catequista de la diócesis de San Cristóbal y  era su fama  haber participado en la  célebre toma de aquella ciudad el primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Alguien lo recordaba llegando cuatro días  después  de aquellos hechos a Polhó, una de las comunidades mayores del municipio, jactándose de haber dado muerte “a muchos soldados” (Hirales, Camino a Acteal, p. 21)

        Desde aquellos días Javier Ruiz había empezado, con sus hermanos Antonio y Manuel, a visitar las comunidades del municipio en busca de adhesiones para sacudirse los mandos viejos de la región.   Un cronista local recordaría más tarde la visita de los Ruiz a la comunidad de Los Chorros, un poco venida a menos, pero con tradición  y orgullo de comunidad recia,  tradicionalmente enfrentada a la preponderancia  política y territorial de San Pedro, la cabecera municipal. Ahí  los Ruiz habían explicado  a los habitantes de Los Chorros  “cómo era el movimiento armado”,  diciendo no que eran simpatizantes del EZLN sino “una organización independiente que luchaba contra el mal gobierno, contra los corruptos, contra los terratenientes, contra los casatenientes, los latifundistas, los ‘capitalinos’" (por “capitalistas”). Fueron luego a Yibeljoj y a La Esperanza, donde había sentado su influencia política el Partido  Cardenista de Reconstrucción Nacional,  al que llamaban simplemente en  la región Partido  Cardenista. Y ahí habían dicho que “para pelear con el gobierno” hacía falta no sólo la movilización política, como querían los cardenistas, sino también “por vía de las armas”.  “Ya no es necesario explicarles mucho”,  dijeron a los de La Esperanza, pues “ustedes ya saben como es, ya tienen una política contra del gobierno. Basta (de) que no tenemos carretera, que no tenemos hospitales, agua potable, electrificación. Basta que no tenemos escuelas. Ahí vamos a luchar nosotros. Ahora estamos platicando secretamente, ahorita no podemos mencionar las personas que están organizando. Pero el subcomandante Marcos está en favor de los indígenas y él quiere derramar su sangre para los pobres que no han logrado nada del gobierno”. Los Ruiz siguieron su prédica por las otras comunidades de ascendencia cardenista, fueron a Poconichim, a Puebla, a Yashjemel, a Takikum. Los cardenistas oyeron sus palabras y se sumaron a sus promesas. “Necesitamos más”, decían. “Es mejor tomar el cuerno de chivo y arrancarle al gobierno lo que necesitamos”. 

 

 

2

 

Fue así como “empezaron las divisiones de las comunidades”, recuerda el  cronista de aquellas jornadas: los que se acercaron al zapatismo ya no quisieron trabajar en las tareas de los pueblos, ni hacer caminos, ni construir escuelas, ni abrir  zanjas para el agua potable, según los programas vigentes entonces del Programa de Solidaridad, que daba dinero  para obras municipales a cambio de trabajo comunitario. “Ya no podemos trabajar”, decían. “Si quiere el gobierno darnos lo que queremos, (que nos lo dé). Nosotros ya no vamos a dar nuestro trabajo”. ([1]  La  crónica mencionada, puede leerse en “La historia reciente de Chenalhó y la masacre de Acteal”, una reconstrucción de los hechos hecha por Manuel Anzaldo, líder del partido cardenista en la zona. “La historia. . .” y otros materiales pudieron consultarse un tiempo en el  sitio electrónico, hoy fuera del aire, del llamado Sistema de Información Campesino (SIC). Una copia de los materiales del SIC   obra en mi poder, por cortesía del propio Anzaldo, y puede consultarse en el  sitio electrónico de Nexos, en contigüidad  con de este artículo. )

 

En diciembre de mil novecientos noventa y cinco los hermanos Ruiz y sus aliados se reconocieron finalmente  partidarios del EZLN, y el diecisiete de diciembre  emprendieron la referida toma  de la presidencia de San Pedro Chenalhó. Hicieron “una marcha que salió de La Cima”, sigue el  cronista, armados con machetes y palos, diciendo que “en la punta de los cerros había vigilancia armada por los ‘insurgentes’, para que no pasara nada. ‘No tengamos pena para la toma de la presidencia porque nuestros compañeros "insurgentes" nos están protegiendo. Si vienen los soldados aquí van a quedar todos’". Javier Ruiz y su grupo se plantaron en  la casa municipal de Chenalhó (“Olla de agua” en la lengua tzotzil) para impedir que la ocupara el presidente  electo en octubre, Manuel Arias Pérez,   hermano del alcalde saliente,  Pedro Mariano Arias Pérez, hijos ambos del alcalde de otros tiempos,  Miguel Arias Cura.

Los ocupantes de la alcaldía mantuvieron su posesión hasta el veintisiete de enero de  mil novecientos noventa y seis, día de Santa Ángela de Mérici, en que los echaron de mala manera. Cuenta el cronista:

Los priístas Victorio Ruiz  y Cristóbal Vázquez, organizaron a la gente para atacar al EZLN. A las cuatro de la mañana, llegó la seguridad pública y la policía judicial. Los zapatistas se escaparon. Unos cuantos fueron detenidos, pero gracias a la intervención de la Conai (Comisión Nacional de Intermediación en el conflicto chiapaneco) y la Cocopa (Comisión de Concordia y Pacificación del mismo conflicto) rápidamente fueron liberados. De los vigilantes zapatistas alrededor del cerro dijeron que se habían dormido”.

Los ocupantes dejaron la alcaldía  el veintisiete de enero pero  bajo la advertencia de que el lugar estaba tomado por los naguales  de los zapatistas,  que podían volverse cosas y mariposas Según esto, habían dejado sus  espíritus en las sillas y los escritorios para volver a ser hombres cuando alguien se sentara en ellas, y tomarles las nalgas y ejercer procazmente su sorpresa. Todo transcurría en Chenalhó desde siempre, como en el mundo tzotzil  con un pie puesto en la magia y otro en la dura vida de la escasez. (Ibid. “La historia reciente de Chenalhó…”,  loc cit  y Manuel Anzaldo, conversación con HAC, 19 octubre 2006.  Respecto del animismo totzil puede leerse el libro de P. Pitarch Ramón: Ch’ulel: una etnografía de las almas tzeltales (México, Fondo de Cultura  Económica, 1996), citado por  Juan Pedro Viqueira en su excepcional Encrucijadas chiapanecas. Economía, religión e identidades. (México, Tusquets/El Colegio de México. 2002). Escribe Viqueira que la iglesia católica nunca logró arraigar con fuerza entre los indígenas de Chiapas, porque estos “mantenían una visión del mundo y una concepción del hombre –compuesto de varias almas, algunas compartidas con animales y fuerzas de la naturaleza—incompatibles con los dogmas católicos”. p. 357.)

Los prófugos se refugiaron en Polhó, con Javier Ruiz  a la cabeza, y esperaron su turno en la historia. El dieciséis de febrero de aquel mismo año de mil novecientos noventa y seis, día de San Macario Viejo, luego de diez meses de charlas circulares, se firmaron los acuerdos de San Andrés Larráinzar, correspondientes a la primera de las cinco mesas  convenida en mayúsculas como de Derechos y Cultura Indígena.  El diálogo entró en crisis casi al iniciarse  las conversaciones   sobre la segunda mesa, porque en esos días sentenciaron en la Ciudad de México al asesor preso del EZLN, Javier Elorriaga; para  paliar la protesta de los zapatistas,  las autoridades federales soltaron al asesor, quien hasta pudo estar presente en la discusión de San Andrés  como miembro de la delegación zapatista. Pero  pero no bien se habían  reanudado las pláticas, con Elorriaga presente,   cuando fueron sentenciados otros guerrilleros presos, ahora en Veracruz. El diálogo se rompió del todo para no reiniciarse más, dejando pendiente la discusión del tema que se había vuelto el centro de la agenda guerrillera: el reconocimiento de la autonomía constitucional y territorial indígena.

Roto el diálogo, los zapatistas procedieron  a darse la autonomía por propia mano, es decir,  por mano de sus  bases de apoyo y sus cuerpos armados, mediante  el arbitrio de fundar “municipios autónomos” en su zona de influencia. En los meses siguientes definieron territorios, eligieron alcaldes, promulgaron leyes y se dispusieron a gobernar de hecho sobre todas las zonas donde hubiera suficientes simpatías para la causa zapatista.  (Así describió el proceso  de aquella soberanía armada el asesor zapatista Luis Hernández Navarro: “Los  municipios  autónomos son, desde la lógica de la rebelión comunitaria, manifestación directa de su soberanía. . . Y son, paradójicamente, una vía para desmilitarizar el conflicto impulsando que sean representantes civiles, y no mandos militares quienes ejerzan la autoridad”  (“Municipios autónomos: la razón estratégica”, en La jornada, 12 de mayo de 1998))       El  trece de abril de  mil novecientos noventa y seis, día  de San Martín Papa,  hubo asambleas en  las comunidades y barrios zapatistas aledaños a Polhó, donde se habían refugiado en enero  los prófugos de San Pedro. Hablando en voz alta y votando a mano a alzada,  como mandan sus usos y costumbres, las comunidades ungieron alcalde nuevamente a Javier Ruiz. Dos días más tarde,  el dieciséis de abril, día de San Benito Vagabundo,  declararon fundado el “municipio autónomo de Polhó”, con  jurisdicción y mando sobre treinta y tres comunidades de las  ciento una que tenía  la hasta entonces indivisa comarca sanpedrana. La instalación del municipio autónomo  obligó a los  habitantes de toda la jurisdicción sanpedrana a definirse por uno u otro bando: debían obedecer al alcalde de aluvión de Polhó o  al  alcalde electo de San Pedro.

        Para que no quedara duda de su autoridad  ni de su fuerza, los mandos del municipio autónomo  empezaron a cobrar impuestos de guerra en los pueblos   y peajes   en los caminos. El veinticinco de junio , día de Santo Tomás Moro Mártir, mataron a   Miguel Pérez Gutiérrez  y a Mariano Pérez Bac, vecinos de Takikum. El día veintiocho de junio, de San Ireneo Obispo, mataron a Agustín Gutiérrez Arias, vecino de Poconichim. El  día seis de agosto, de la Transfiguración del Señor, mataron a Antonio López, vecino de Aurora Chica.( “Antecedentes de la violencia en Chenalhó. Muertos antes del 22 de Diciembre a manos de simpatizantes del EZLN y del  Ayuntamiento Autónomo de Polhó”. Sistema de Información Campesina, loc. cit.  Procuraduría General de la República: Libro  blanco 3.2 Asesinatos y agravios perpetrados a simpatizantes del Ayuntamiento Constitucional del Municipio de Chenalhó y a simpatizantes del Partido Cardenista” Averiguaciones previas AL7A/370/96, AL7A/SJI/ 198/96, AL7A/SJI /271/97, radicadas en  la Procuraduría General de Justicia del Estado de Chiapas.)

El día  trece de agosto, de San Etanislao de Polonia,  el alcalde autónomo de Polhó, Javier Ruiz, se presentó con catorce seguidores  en el predio llamado San José Majomut, frontero del caserío de Polhó. Portaban machetes, dice la PGR, “así como armas de fuego, y tomaron violentamente el banco de arena manifestando: ‘que todo lo que existe como patrimonio de la Nación es de todos y todo lo que concesiona el Gobierno será despojado por la gente que simpatiza con el EZLN’ ”. El banco de arena, vecino del ejido La Libertad,  en la antigua hacienda de Los Chorros,  pertenecía ahora al “pueblo en rebeldía” que  “es mayoría” y “simpatiza con el EZLN”, dijeron  los ocupantes.( PGR El libro blanco sobre Acteal.  Sección 2.4 El banco de arena de Majomut)

El  dieciséis de agosto siguiente , día de San Esteban  Húngaro, el municipio autónomo de Polhó informó al constitucional de San Pedro su decisión soberana, ya ejercida, de quedarse con la mina.    La nota decía:

 

     Por medio de la presente, el H. Ayuntamiento Municipal por acuerdo del pueblo en rebeldía le hace saber a usted el siguiente acuerdo.

         1. El banco de arena ubicado en el barrio Majomut del paraje Polhó será administrado por el H. Ayuntamiento Municipal por lo que queda estrictamente prohibido explotarlo, por particular y colectivo sin previa autorización del H. Ayuntamiento municipal a partir del día 16 de agosto de 1996.

      2. Esperamos que usted haga público este oficio con el resto de su gente que estén bajo su autoridad.

      3. Si por alguna razón no cumplieran con este acuerdo serán arrestados por el H. Ayuntamiento.

(Citado en Hirales,  Camino a Acteal, pp. 25 y 26. Conviene notar que, pese al encono manifiesto, el municipio autónomo de Polhó mantenía la comunicación formal con  las autoridades de San Pedro, aunque no fuera  sino para advertirle de sus decisiones,  las cuales juzgaba legítimas, pues entre las comunidades autoasignadas a la jurisdicción del municipio autónomo de Polhó, había quedado la de San José Majomut.)

         Pero el predio de Majomut  no sólo tenía dueños, sino que les había costado  veintidós años adueñarse de él.  En mil novecientos setenta y cuatro, en los tiempos en que la gente del campo  sin tierra podía  pedirla  al gobierno, el predio arenoso   de San José  de Majomut  había sido pedido por los habitantes de Los Chorros  para ampliar su ejido en favor de sus jóvenes. El  ejido de Los Chorros, uno de los primeros otorgados  en reparto gratuito por la reforma agraria mexicana, tenía cuatrocientos ejidatarios con derechos adquiridos y setecientos avecindados, en espera de nuevas dotaciones. Las autoridades tardaron veinte años en responder aquella petición, así que el  quince de febrero de  mil novecientos noventa y cuatro,  día de San Pablo Ermitaño, veintinueve jóvenes aventajados de Los Chorros ocuparon el predio demandado de San José Majomut, aprovechando, como muchos otros,  la  rebelión zapatista.  Izaron las banderas del EZLN para   tomar las tierras, pero para hacer las gestiones  ante el gobierno usaron  las siglas del Partido Cardenista de Reconstrucción Nacional. Por su   cercanía con estas siglas la gente de Los Chorros fue llamada “cardenista” mucho tiempo después incluso de que las siglas hubieran desaparecido del firmamento de siglas  de la política nacional.( Hacia finales de los años setenta, bajo la guía del    Partido Socialista de los Trabajadores (PST), se había dado en la región una ola de invasiones de fincas que después el gobierno dio a los campesinos como ejidos. El PST  despareció como partido, pero resurgió de sus cenizas en los años ochentas como el Partido Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional. Los campesinos  sanpedranos que habían peleado por sus tierras con  el PST,  asumieron las nuevas siglas para persistir en su antigua manera de hacerse de tierras, eso que la costumbre nacional llamaba justicia agraria.)         

        Un año después de aquellos hechos, el veintidós de enero de mil novecientos noventa y cinco, día de San Vicente Mártir, la secretaría de la Reforma Agraria  hizo a los invasores de Los Chorros, “la entrega precaria del predio denominado ‘San José Majomut’, ubicado en el municipio de Chenalhó”, con una superficie de sesenta y ocho hectáreas.  En  el río de fondos públicos con que el gobierno   federal trató de apagar  los fuegos del motín zapatista, hubo un filantrópico  Fideicomiso 95  que compraba predios invadidos para indemnizar al propietario a nombre de los invasores y ceder a éstos la propiedad legal. El Fideicomiso 95 dio dinero a la gente de  Los Chorros para  que pudieran comprar el predio al dueño despojado, Efraín Bartolomé Estrada,  y   empezar la explotación del banco de arena. Era una arena  asfáltica de altas calidades que en aquellos días  se tragaba a grandes tragos la ampliación   de la carretera de San  Pedro a Pantelhó, cabecera del municipio vecino, a razón de veinte nuevos pesos (tres dólares)  por cuatrocientas paladas de grava (seis metros cúbicos). Era la única riqueza no agrícola del   invariable desastre agrícola que era la historia de las hermosas tierras sanpedranas.

        Para escarbar en forma aquellas  arenas de oro, el  diez de octubre del mismo año de noventa y cinco, día de San Francisco Borja, sesenta y seis vecinos del predio Majomut se constituyeron ante el registro nacional agrario como la Sociedad de Solidaridad Social Campano Vitz (Campana del Cerro), y obtuvieron de la secretaría de Hacienda, el registro indispensable para expedir facturas a clientes, primer acto formal de disposición para el mercado  que se hubiera registrado  en la región por mucho tiempo. No gozaron ni un año de la plena posesión de su mina litigiosa, pues, como hemos visto, el municipio autónomo la quiso también para sí  y procedió a expropiarla el referido dieciséis de agosto de mil novecientos noventa y seis,  día de San Esteban Húngaro. De algún modo , en  la secuencia histórica de estos hechos, la serpiente del origen de la propiedad se mordía la cola: amparados en la causa zapatista los jóvenes de Los Chorros se habían apropiado de  la mina de arena de Majomut; amparados en su soberanía zapatista, las autoridades autónomas de Polhó les expropiaban la mina.

La apropiación del predio por los autónomos de Polhó,   “causó, como era de esperarse, gran malestar entre los miembros de la SSS de Yibeljoj y sus compañeros de Los Chorros”,  admite el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas. “El predio de San José de Majomut”, añade Gustavo Hirales, “además de contener la mina de arena, prácticamente constituía la entrada al ejido.  A partir de entonces, las familias que habitaban el terreno empezaron a buscar refugio en otras comunidades”. (CDHFBC, “Camino a la masacre. 2.3.Banco de arena; Hirales , Camino a Acteal, p. 26)

La disputa por la mina trajo amagos, agravios y agresiones. El veintiuno de noviembre de  mil novecientos noventa y seis, día de la presentación de la Virgen  Santísima en el Templo , los autónomos  secuestraron a los delegados de Gobierno y de Desarrollo Agrario del gobierno de Chiapas  para obligarlos a firmar un papel  cediéndoles el predio de Majomut.  Dos meses después, el diecinueve de enero de  mil novecientos noventa y siete, día de San Macario de Alejandría, los afectados con la expropiación de Majomut  denunciaron la portación ilegal de armas de dos mayoles (policías)  de Polhó,  entre ellos el hermano del alcalde,  Javier Ruiz, los cuales fueron    detenidos, llevados al penal de Cerro Hueco y soltados después, con  la molestia imaginable de sus acusadores.( Hirales, Ibid. p. 27: CDHFBC: Ibid.)

        Al  finalizar  el año  de  mil novecientos noventa y seis, había expulsiones  de pobladores  en distintas aldeas  de Chenalhó. Familias acusadas de ser “priístas” o de ser “zapatistas”  eran despojadas de sus pertenencias y  sus siembras, y echadas de sus pueblos. Al empezar mil novecientos noventa y siete la comarca sanpedrana  tenía ya los síntomas de una  tierra dividida: se era “autónomo” y “zapatista” o  “priísta” y “cardenista”, y en ser una u otra cosa iba de por medio la seguridad de  cada quien. La coacción física,  la amenaza, la  burla y la vejación de desafectos,   eran   usos en auge de los grupos rivales.  

 

                       

 

                     3

 

Siguió una   primavera ardiente en los parajes de la selva fría. El  veintidós de mayo de mil novecientos noventa y siete, día de  Santa Rita de Casia, un grupo zapatista quemó nueve casas en Yashjemel (“Tierra mojada” en tzotzil), provocando la huida de  ochenta lugareños hacia la priísta colonia Puebla. A la mañana siguiente,  día de San Bautista Rossi, tres  zapatistas  “encapuchados” fueron detenidos en  la colonia Puebla y uno de ellos golpeado y atado a un poste de la cancha de basquetbol  en escarmiento para  sus correligionarios.  A la mañana siguiente,  veinticuatro de mayo, día de María Auxiliadora,  los autónomos  de Polhó enviaron  una comisión de dieciséis  personas a  San Pedro, la cabecera,  para negociar el rescate de los retenidos en la colonia Puebla. Pero justamente  cuando  pasaban  por la colonia Puebla, fueron interceptados por priístas armados que les prohibían usar el camino.  Siguió lo que los priístas describieron como un enfrentamiento y los autónomos como una emboscada, con resultado   de dos heridos y un muerto, todos de Polhó.  El muerto,  aseguraron los  de Polhó, había sido Cristóbal Pérez Medio, un  profesor bilingüe, respetado en la zona, cuyo cuerpo no pudo rescatarse en el fragor de la refriega, ni hallarse en los días siguientes.  Los emisarios de Polhó se dispersaron por el monte. En los siguientes días, temiendo  represalias recíprocas, casi dos mil priístas dejaron sus aldeas para refugiarse en el ejido Puebla, y unos mil quinientos zapatistas dejaron las suyas  para refugiarse en Naranjatik Alto y Poconichim.

        Veintinueve familias de Las Abejas,  que se proclamaban neutrales y contrarias a la violencia en un territorio  donde se iban acabando los matices, fueron intimidadas con disparos, exigiéndoles que se volvieran priístas, y retenidas en Yashjemel por órdenes del presidente municipal de  San Pedro Chenalhó, Jacinto Arias Pérez. Las Abejas eran una organización de productores rurales cuyos miembros vivían por igual dentro de las comunidades autónomas y dentro de las priístas. Eran la organización   favorita de la diócesis de San Cristóbal, su organización , en un territorio competido, religiosa y organizativamente , que empezaba a mostrar fracturas   políticas tajantes.  

Una parte  de las pugnas comunitarias, no su eje , era la competencia pastoral, el  alineamiento religioso. Desde los años cincuentas las iglesias presbiterianas habían hecho su camino en los pueblos de los Altos,  explica  Juan Pedro Viqueira, abriendo la posibilidad de una “afiliación voluntaria  a una institución  que no se organizaba, como la Iglesia católica, con base en los municipios”, sino que abría  modestas ermitas en cualquier lugar donde alguien quisiera rezar y oír la prédica de otro.  La oleada evangélica transformó  sencilla y profundamente la vida religiosa y el espacio público de los pueblos.( Viqueira:  Encrucijadas…, p. 356-7))

Es difícil mejorar la relación  también sencilla y profunda de ese proceso hecha por Juan Pedro Viqueira:

 

Convertirse a la nueva fe suponía no sólo optar por pertenecer voluntariamente a un grupo de adscripción (y en la práctica de ayuda mutua) del que no formaban parte la mayoría de los vecinos, sino también romper con el sistema de cargos religiosos, que había sido un componente fundamental del poder político local. De hecho, un importante efecto colateral de estas conversiones fue reforzar el poder de la presidencia municipal, que así se convirtió en la única institución de gobierno considerada legítima por todos los habitantes.  Además de introducir una diversidad de adscripciones abiertas y voluntarias entre los indígenas que rompían con la ficción de la unidad comunal, estas iglesias constituyeron sus propias jerarquías religiosas que escapaban al ámbito municipal. Al dedicar largas horas a la lectura y estudio de la biblia e impartir cursos de capacitación (de enfermería, entre otros) crearon una nueva élite indígena, capaz de relacionarse eficazmente con la administración federal y estatal.

  La oleada evangélica desafió la  hegemonía de  la diócesis católica, sigue Viqueira, que respondió con la misma moneda, fundando “capillas en los parajes” y  creando una “nueva jerarquía religiosa” de  sacerdotes descalzos. Catequistas, diáconos y prediáconos proliferaron hasta tocar con el credo redentorista de la teología de la liberación las más remotas aldeas, dando  a la diócesis  liberacionista  y a su apóstol  guanajuatense Samuel Ruiz  capacidad de   “movilizar a miles de indígenas con una eficacia sólo comparable a la del estado y la era del PRI”. (Viqueira, Encrucijadas. . . p. 358)

        El veinticinco de mayo, día de San Gregorio VII (San Gregorio Papa), la contienda sorda de los pueblos dio un salto. Fue secuestrado  el priísta Manuel Pérez Takimut, hombre  de  cincuenta y dos años, respetado    nativo del paraje de  Yabteclum, donde  había sido “pasión” (detentador del cargo tradicional de las fiestas de la pasión), y era ahora gestor de los dineros que el gobierno federal canalizaba a  las comunidades rurales pobres mediante el programa llamado Procampo.  Pérez Takimut había salido  al mediodía  de su casa en el barrio de Natuluc,  precisamente para acudir en Yabteclum a una reunión  sobre el Procampo.  Cuando regresaba de la reunión, como a las cuatro de la tarde, cien metros antes de llegar a su casa, fue interceptado por los zapatistas Agustín Capote, Tomás García Gutiérrez, José Ruiz y  cuatro más, del mismo paraje de Yabteclum. No lo dejaron llegar a su casa, lo obligaron a ir con ellos al campamento que tenían los zapatistas en Xolomtoj, y ahí lo amarraron y encapucharon y lo tuvieron así cuatro días, hasta el mediodía del  veintinueve de mayo, de San Maximino de Aquitania, en que lo mataron, y lo fueron a enterrar en Polhó. Nadie supo por qué lo detuvieron ni lo que exigían o reprochaban de él, nadie supo siquiera de su paradero,  sino que se le tuvo por desaparecido hasta que poco después de su muerte un zapatista arrepentido, testigo de los hechos, se los confió a su viuda Marcela Pérez Jiménez.(Muertos antes del 22 de Diciembre a manos de simpatizantes del EZLN y del Ayuntamiento Autónomo de Polhó”, en Sistema de Información Campesino, loc. cit.)

        El mismo día que mataron a Pérez Takimut, sin saber todavía su paradero,   los  de San Pedro  cursaron una invitación  múltiple a la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), a la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), a la Secretaría para la Atención de los Pueblos Indígenas, a la subsecretaría general de Gobierno y  hasta al subcomandante Marcos, para reunirse  en Yashjemel y aclarar lo ocurrido. La reunión se llevó a cabo el tres de junio, día de San Carlos Luanga y los Mártires de Uganda , sin el subcomandante,  que no acudió. Las partes acordaron suspender las agresiones, guardarse respeto mutuo, no obstaculizar la libertad de tránsito en el municipio y tratar de mantener la estabilidad y la paz. El acuerdo duró  exactamente seis días, hasta  el día nueve de junio, de San Efrén Poeta,   cuando hubo en Pechiquil  un choque armado  entre agentes de seguridad estatal y miembros  no tan pacíficos del grupo Las Abejas. Según los priístas se trató de una emboscada puesta por Las Abejas a los agentes. Según Las Abejas fue una agresión de los priístas. El choque decidió a Las Abejas a suspender su retorno a la comunidad de Yashjemel, aduciendo que no había condiciones de seguridad para ello. Al día siguiente, de la Beata Ana María Taigi, los de  San Pedro pidieron una audiencia al gobernador del estado, Julio César Ruiz Ferro, para explicarle las cosas y pedir su intervención en materia de seguridad pública. No obtuvieron respuesta, pese a que en esos momentos, quien fungía como secretario  para la Atención de los Pueblos Indígenas en el gobierno del estado era el doctor Jacinto Arias Pérez, tío del entonces alcalde de Chenalhó. 

El  veinticuatro  de junio, de San Juan Bautista, hubo un nuevo acercamiento entre  los de San Pedro y los de Polhó para discutir sus temas pendientes: el banco de arena, los amagos a Las Abejas en Yashjemel y la desaparición de Pérez Takimut,  de quien no se sabía el paradero, pero sí el secuestro.  Las pláticas no fueron lejos porque agentes rurales de San Pedro  detuvieron  como sospechosos del secuestro  de Takimut a Federico Ruiz Pérez y Ernesto Gómez Santiz,  dos  vecinos autónomos de Polhó, y los llevaron a San Pedro para interrogarlos .Los soltaron al día siguiente, sin probarles nada, pero    el diálogo quedó roto.( Hirales, Camino… pp.30-31 CDHFBC: Camino a la masacre 4. Del banco de arena a la guerra.)

Se instaló entonces una tensa calma   en  la región,  interrumpida sólo por el  boicot zapatista a las elecciones  federales del seis de julio de aquel año, día de Santa María Goreti, Virgen y Mártir. Doce de las dieciocho casillas electorales de Chenalhó  no pudieron instalarse ese día. Fueron quemadas o destruidas para cumplir la consigna zapatista de boicotear “pacíficamente” las elecciones. (Hirales,  Camino a Acteal, p. 28.)

Los zapatistas atacaron y quemaron un gran número de casillas en las Montañas Mayas y en la Selva Lacandona. En Oxchuc, un anciano tzeltzal a quien le había tocado ser funcionario de casilla intentó proteger con su cuerpo una urna que los neozapatistas pretendían destruir .A raíz de la paliza que estos le propinaron, falleció unos días después en un hospital de Tuxtla Gutiérrez. Huelga decir que el PRI obtuvo el primer lugar en todos los municipios de las Montañas Mayas y de la Selva Lacandona. (Viqueira,  Encrucijadas…p. 94)

                

La batalla electoral se disolvió, pero no la otra. El veintidós de julio, día de  Santa María Magdalena, los autónomos  expulsaron  a veintisiete familias de diferentes rancherías vecinas de Polhó por no ser de la causa zapatista. A fines de julio,  un regidor de San Pedro,   José Ruiz Pérez, se presentó en Los Chorros a   invitar a los ejidatarios a recuperar la mina de Majomut. Fue una visita decisiva.

 “Esta propiedad pertenece al ejido”, dijo el regidor a los  habitantes de Los Chorros. “Necesitamos apoyarnos para recuperar el banco de arena y el ejido”. “Algunos pobladores estuvieron de acuerdo en la recuperación” dice  en su relato el Centro Fray Bartolomé de las Casas, y apoyaron las acciones encaminadas al enfrentamiento con los miembros del municipio autónomo de Polhó”. (CDHFBC: Camino a la masacre. 2.Del banco de arena a la guerra.)

El primer enfrentamiento no fue provocado, sin embargo, por los cardenistas de Los Chorros, sino por los zapatistas de Polhó. El  día veinte de agosto,  de San Bernardo  Doctor de la Iglesia, diez zapatistas armados detuvieron, amarraron y amenazaron de muerte a Norberto  Gutiérrez Guzmán, uno de los pocos cardenistas que permanecían avecindados en el predio de Majomut, contiguo a la mina de arena. Cinco días después, los autónomos de Polhó  abrieron los mojones, es decir, suprimieron los linderos entre  la mina y el predio de Majomut donde seguían viviendo ocho familias cardenistas. Nada más ocho: el resto había buscado refugio en otras comunidades. “La respuesta no se hizo esperar”,  dice el centro el  Fray Bartolomé de las Casas, centro de derechos humanos de la diócesis. “Al día siguiente en la comunidad de Los Chorros fueron amenazadas varias familias leales al municipio de Polhó con ser desalojadas”. Los zapatistas armados”, añade  Gustavo Hirales , contaban ya para esas fechas con al menos once campos de entrenamiento en Chenalhó.  Tres de ellos en Poconichim, dos en Polhó y uno en Barrio Xolotloy, Tulantic, Chimix, Xcumumal, Chayemal y  Naranjatik.( CDHFBC: Camino a la masacre.. Del banco de arena a la guerra…  Hirales,   Camino… p… 36)

 

 

                            4

El día treinta de agosto,  del Beato Tomás de Kempis, las autoridades de Los Chorros convocaron a una asamblea en la casa ejidal para discutir el nuevo avance de los autónomos sobre el predio de Majomut. No se llegó a ningún acuerdo pero la tensión y las recriminaciones calentaron la asamblea. Refiere el  centro Fray Bartolomé de las Casas:  

un grupo de miembros de Las Abejas dijeron que no querían más problemas, ni más muertos, pero no fueron escuchados. Durante la Asamblea, los pobladores los señalaban diciéndoles: "ustedes son zapatistas y vamos a ver cómo los vamos a pescar". Durante la tarde de ese día, un grupo de campesinos armados de esa colonia dispararon balas al aire en señal de desafío contra sus vecinos de Polhó. (CDHFBC: Camino a la masacre. 4. Del banco de arena a la guerra…)

El  domingo siete de septiembre, de Santa Regina Virgen y Mártir, apareció en estado de avanzada descomposición el cuerpo de Cristóbal Pérez Medio , muerto el  veintidós de mayo en el tiroteo del ejido Puebla.  Lo descubrió su viuda, Antonia Luna López, cuando colocaba una veladora en la tumba de su suegra. Vio un bulto a cinco metros de la sepultura, en el cementerio de Polhó,  y lo notificó a las autoridades. Al abrirlo encontraron un cráneo con tiros,

dos zapatos crucero carcomidos, una trusa, una camisa podrida, un pantalón podrido, una ánfora de plástico de un litro, un mechón suelto de pelo, un peine y dos trozos de mecate de metro y medio... El día nueve de septiembre la señora Antonia  reconoció ante el Ministerio Público que tramita la investigación que la osamenta presentada coincide con la de su esposo. Las incrustaciones dentales fueron los elementos que tuvo para poder determinar la coincidencia con él. El perito médico forense de la PGJ determinó que la probable causa de la muerte es el shock neurológico causado por proyectil de arma de fuego”. (CDHFBC. “Comunicado de prensa del 12 de septiembre de 1997”, en Camino a la masacre. 4. Del banco de arena a la guerra.)

En su comunicado de prensa, el Centro Fray Bartolomé de las Casas explicó:

Lamentamos las circunstancias en que perdiera la vida el profesor Cristóbal Pérez medio, en un conflicto intracomunitario, en donde por razones de intolerancia política no se permitió el desarrollo de un diálogo y encuentro entre las partes. Posturas que deben ser revisadas por las distintas corrientes políticas que conviven en un mismo territorio y que cometen actos vandálicos. (CDHFBC:, “ Comunicado de prensa del 12 de septiembre, Camino a la masacre. )

 

Había sido una larga incubación de  aquellos actos vandálicos y  aquellos conflictos intracomunitarios. La posibilidad de diálogo se desvanecía en la región. Crecían la afrenta y el duelo. Un relato de primera mano mezcla los ingredientes desde adentro:

 Los “autónomos" eran soberbios, presumían que no había nadie que venciera a los zapatistas, que los guerrilleros zapatistas eran muy poderosos, que uno solo de ellos podía matar a mil soldados y que no le pasaba nada, que eran tan poderosos que podían transformarse en mariposas y huir de sus enemigos, que podían ver sin ser vistos y matar sin ser matados. . . Empezaron los robos y los crímenes impunes contra la población civil. . . Se instalaron los campamentos de entrenamiento de los zapatistas en Xcumunal, en Tulantic, en Polhó, en Poconichim. Por cientos los simpatizantes zapatistas se preparaban para la guerra, hombres y mujeres se entrenaban, recibían preparación militar. Semanas enteras pasaban en las montañas, ni las mujeres que estaban criando descansaban. Empezaron a circular visiones terribles. Que si los niños de pecho lloraban eran ahorcados y arrojados a las simas o a los ríos para que no estorbaran a las mujeres en sus prácticas o en sus combates. Se formaron los destacamentos de Milicianos, luego los Insurgentes, todos comandados por los "guerrilleros", ladinos y extranjeros, que tenían fama de poderosos e invencibles. Joaquín Vázquez Pérez, el hijo del poderoso "Mol Vicente", cacique temido de Los Chorros, junto con otros habitantes de los Chorros fueron en varias ocasiones a Polhó a suplicar que no siguiera el enfrentamiento. Se humillaron, los ancianos de Los Chorros se humillaron frente a los comuneros de Polhó, sin ningún resultado. Los ejidatarios estaban ya cansados de los asesinatos, del hostigamiento, de la falta de respeto de los zapatistas y decidieron tomar la justicia en su propia mano.  . .Los viejos subieron a rezar a las montañas, entraron a las cuevas a llevar velas, fueron a los ojos de agua; los religiones rezaron a Dios, y a todos les comunicaron que los "chenalhoes” no iban a ser vencidos, que iban a triunfar, que iban a sufrir, que iban a ser perseguidos que quizá algunos iban a morir pero que al final triunfarían". Así les hablaron las voces.( “Historia reciente de Chenalhó y la matanza de Acteal”, en Sistema de Información Campesina, loc. cit. Juan Pedro Viqueira me hace notar que sonon interesantes las expresiones sobre los rezos: “Los viejos subieron a rezar a las montañas”, dice el testigo. Se refiere con ello a los viejos de las religiones tradicionales ancestrales de la memoria indígena. “Los religiones rezaron a Dios”. Sigue, y se refiere con ello por igual a católicos y evangélicos. La expresión sugiere que el alineamiento religioso no era lo fundamental en el conflicto, pues había tradicionalistas, presbiterianos y católicos en los dos bandos. Los dividía  la violencia política, más que la religión. Juan Pedro Viqueira, conversación con HAC  8 septiembre 2007)

        A mediados de septiembre los comisariados ejidaless de las comunidades de Puebla y Los Chorros convocaron asambleas. El catorce de septiembre, día  de la exaltación de la Santa Cruz (verificar), tuvo lugar la del ejido Puebla, que estableció un pago de diez pesos por familia para “la compra de cartuchos y la reparación de armas” (26Seis negaron a cooperar. Fueron detenidos, golpeados  y liberados sólo después de que otros, sus parientes, pagaron por ellos.

        El dieciséis de septiembre, día del señor de los Milagros de Buga, en medio de  intensos rumores de que los zapatistas asaltarían y arrasarían la comunidad de Los Chorros, tuvo lugar la asamblea en este ejido, el poblado de mayor  tradición y orgullo de la región.  La gente de Los Chorros se había hecho  de sus tierras a pulso, invadiendo los predios y resistiendo por décadas las agresiones de los caciques , hasta arrebatarles la casa mayor de la hacienda de Los Chorros y la finca  de café  de La Esperanza,la más grande de la zona. Los Chorros tenía fama de pueblo de brujos, dueños de la memoria de la tierra , del recuerdo de los antiguos señores, vecinos aventajados de los hechiceros  de Cancuc y Pantelhó, que les habían mostrado la magia, y   de los guerreros de Tenejapa, que les habían mostrado la guerra.

        La asamblea se instaló sin sobresaltos. El presidente del comisariado ejidal,   Alfonso López Luna, y el agente municipal de Los Chorros, Agustín Santiz Etzin, explicaban a los asistentes que los zapatistas preparaban un ataque a la comunidad,  cuando de pronto, seguido de treinta hombres, irrumpió en la asamblea  Antonio López Santiz, hombre  rico e influyente en la zona , al que “mucha gente busca para pedirle prestado”. Antonio tomó la palabra, refiere Gustavo Hirales, para decir que los zapatistas ya estaban entrando a los pueblos , que los iban a matar y que  Las Abejas ayudaban a los rebeldes.  Sacó entonces una pistola y dijo:

“Tenemos que tener nuestras armas para defendernos. Yo no tengo miedo a que lleguen los zapatistas porque tengo mi arma y me puedo defender”. Luego alzó del suelo unos trapos de los que desenvolvió un rifle AK-47.  Siguió hablando: “Todos debemos tener un arma. Tenemos que comprar armas para defendernos, todos tenemos que cooperar. El que no quiera lo vamos a matar por traidor”.

       Antonio y sus hombres se apoderaron a partir de ese momento de la dirección de la comunidad y empezaron a organizar a la gente para la autodefensa. Se  fijó una paga obligatoria de cien pesos por familia  para comprar armas y municiones, con penas de castigos y multas para los que se negaran

Sesenta familias  del grupo Las Abejas  que vivían en Los Chorros, presentes en la asamblea,   no estuvieron de acuerdo y defendieron su neutralidad en la contienda, oponiéndose por principio a la violencia. Las sesenta familias  dejaron el pueblo al día siguiente para refugiarse en Naranjatik Alto.Sus casas fueron  quemadas y siete  de sus miembros encarcelados por “autónomos”. (Hirales, Camino a Acteal p. 39-41: CDHFBC: Camino a la Masacre... “Declaración de guerra”. Sistema de Información Campesina, “Historia reciente…”, loc. cit.)

Antonio López  Santiz  dispuso cavar trincheras en los alrededores del ejido y que se hicieran guardias  nocturnas, del anochecer al alba,  en espera del ataque de los zapatistas  que se juzgaba inminente. La comunidad de Los Chorros se cerró, se convirtió en una fortaleza . Por directivas del mismo Santiz,   se reclutó y armó a  media docena de jóvenes, el mayor de veintitrés años, el menor de diecisiete, para que hicieran rondas y velaran en defensa del lugar. Era  un “grupo compacto, aparentemente sin grados ni jerarquías”,  al que llamaron los pojwanej, que significa “defensores” en la lengua tzotzil. Les compraron armas y les asignaron un pago de setecientos pesos a la quincena.( Libro Blanco sobre Acteal 3.3 Grupos  de civiles armados simpatizantes del Ayuntamiento de Chenalhó y del Partido Cardenista.Hirales, Camino. . . p. 42-3;  Sistema de Información Campesina. “Historia reciente…”, loc. cit)

 

 

                                      

5 

 

         La impreparación guerrera de los tristes poblados  sanpedranos era clara. Sabían de carabinas  viejas y de rifles  calibre veintidós para cazar en el monte. Debían aprender todo lo demás que hacía falta para defender sus pueblos contra grupos mejor entrenados, que se asumían como un ejército y habían presumido tener al menos algo remotamente parecido a eso: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Según el sistema de Información Campesina,  citado por Gustavo Hirales,

los pojwanej empezaron preguntando a los mismos vendedores como se manejaban las armas; éstos, solícitos al ver la posibilidad de un próspero negocio les enseñaron los rudimentos.  Después con los que habían entrado a trabajar de soldados y algunos a la seguridad pública les decían algunas otras informaciones fragmentarias e incompletas, pero así empezaron a prepararse.  

 

    Tuvieron sus propios reclutas, sigue Hirales, que algo sabían de armas:

 

Marcos Arias Pérez y Pablo Hernández Pérez, indígenas originarios de La Esperanza y Pechiquil respectivamente, habían prestado sus servicios en el 83º Batallón de Infantería del Ejército Mexicano hasta 1994. Ellos se hicieron cargo del adiestramiento de los defensores en el manejo de las armas.  Hernández Pérez tenía el encargo adicional de guardar las armas en su casa, a un costado del templo presbiteriano.

 

Y reclutaron lo que faltaba:

 

Se comisionó a Tomás Pérez Méndez a reclutar personas con conocimientos en el manejo de armas y defensa personal (ex militares o policías), a los cuales se les llegó a pagar, según versiones cercanas a la Diócesis de San Cristóbal, hasta cinco o seis mil pesos por dos o tres días de trabajo.  (Las citas enirales,  Camino… pp. 43-44)

 

 Los ecos de la junta de los Chorros  crearon gran tensión en la zona y versiones falsas de todos tipos sobre lo que sucedía.  El  Frayba, por ejemplo, recibió de sus informantes la noticia de que un simpatizante zapatista, Armando Pérez, había sido asesinado y denunció el hecho en un boletín del 20 de septiembre. El boletín desató reacciones violentas entre los zapatistas, dando lugar  a la ejecución de dos  simpatizantes priístas, Joaquín Vázquez Pérez y Mariano Vázquez Jiménez. Por este incidente, tres días después, las autoridades  municipales de Chenalhó acusarían al  Frayba de instigar la violencia en la zona.( Hirales,  Camino…  p. 42, CDH FBC Camino a la masacre. 4.2 La declaración de guerra, pp. 18-19)   

Los hechos de sangre decisivos, sin embargo, se dieron en torno al litigio por el predio Majomut y su mina. A petición del partido cardenista, dada la inminente disputa armada en su torno, el secretario de gobierno de Chiapas,  Homero Tovilla, se  comprometió a que el veintiuno de septiembre  haría llegar un destacamento de seguridad pública a custodiar el predio. Ese día, treinta ejidatarios de Los Chorros  salieron a Majomut para atestiguar la maniobra. Llevaron desde luego su pozol de faena, pero también sus escopetas, rifles y pistolas. Llegaron al mediodía a la mina, un cerro excavado en un recodo del monte y del camino, y comenzaron a limpiar el terreno que  volvían a sentir suyo. Pero el destacamento no llegó. Como a las tres de la tarde   se apareció en cambio por el lugar un grupo armado de zapatistas que se asumían también dueños del lugar.  Siguió un tiroteo  que dejó dos muertos por bando. En la entrada de la mina quedó muerto el priísta Joaquín Vázquez Pérez, el joven hijo de Vicente Vázquez , ex presidente del comisariado ejidal de Los Chorros y fundador del ejido.  A unos metros de Joaquín quedó el cadáver de otro jovencito, Mariano Vázquez  Jiménez,  tránsfuga del bando zapatista  a quien, según una versión, le dio muerte su propio hermano. (Mariano Vázquez Jiménez . . . estaba harto de las humillaciones y la explotación de los nuevos caciques y se había decidido a participar junto con los ejidatarios. A él, su propio hermano, miliciano zapatista, lo mató. SIC. “Historia reciente...”; Hirales: Camino…p. 45-46)

    Los muertos zapatistas fueron levantados del campo por sus propios compañeros, como al parecer  era su costumbre  para desaparecer sus bajas de la vista pública y alimentar la leyenda de invencibles, aún de inmortales, que difundían en las zonas donde actuaban. Por esta razón, sus muertes no fueron consignadas en el informe oficial que dio cuenta del hecho. El Centro Fray Bartolomé de las Casas reprochó la omisión y dio a conocer que  habían caído  también dos “simpatizantes del Municipio Autónomo de Polhó”: Antonio Pérez Castro y Agustín Luna Gómez, éste último , un “joven  que  acababa de regresar de la ciudad de México después de haber participado en la marcha-caravana de los 1,111 zapatistas que exigieron al gobierno el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés firmados el  16 de febrero de 1996” (CDHFCB Camino a la masacre, 4.3 La  escalada.)

La refriega de Majomut ha sido vista por Gustavo Hirales, como el primer enfrentamiento en forma entre los  nacientes grupos de autodefensa y los zapatistas armados. La escaramuza cara a cara con los zapatistas prestigió a los de Los Chorros,  dice Hirales, cuya actitud de batalla  pareció  inspirar  a las comunidades no zapatistas  de la zona.  A partir de entonces, los grupos de autodefensa prosperaron, y fueron temidos. “Este hecho”, refiere el Frayba, “provocó gran zozobra en la zona y decenas de familias dejaron sus casas”.( El  Centro Fray Bartolomé de las Casas reportó así aquel incidente detonante: “El 22 de septiembre la Subprocuraduría para Asuntos Indígenas informó oficialmente de la muerte de Joaquín Vázquez Pérez y Mariano Vázquez Jiménez -priístas- en las cercanías del entronque que va a Los Chorros. Sin embargo omitió decir que también habían muerto en el mismo enfrentamiento Antonio Pérez Castellanos (24) y Agustín Luna Gómez[ (22) simpatizantes del Municipio Autónomo de Polhó. Estas muertes se dieron en un enfrentamiento aparentemente cuando el grupo armado de Los Chorros atacó las inmediaciones de la comunidad de Polhó” Ibid.)

La ausencia de fuerza pública  multiplicó las fuerzas privadas. Siguiendo el ejemplo de Antonio López Santiz y Tomás Méndez Pérez, que habían organizado el grupo de autodefensa en Los Chorros, Javier Gutiérrez Méndez  organizó  el de  Chimix,  Miguel Luna Pérez el de Queshtic,  Antonio Pérez Gómez el de Canolal, Hilario Guzmán Luna y Antonio Lima Ruz el de Pechiquil, Pablo Hernández Pérez el de Tzajalhuncum.

Los defensores hacían rondas nocturnas en sus poblaciones armados primero con rifles veintidós, luego con armas de calibres mayores, hasta que pudieron mostrar  algunas escopetas, fusiles semiautomáticos AR-15  y algunos temibles cuernos de chivo. A  partir de ese momento,  la rivalidad entre zapatistas/perredistas y priistas/cardenistas derivó hacia la confrontación armada. “Los comandos zapatistas se adiestraban en Xcumumal,  Tulantic, Poconichim y Polhó,” sigue Hirales, mientras que  “los grupos de autodefensa comunal lo hacían en Los Chorros, Pechiquil y Tzajalhuncum”. (Hirales,   Camino…,  p. 57)

Y los muertos siguieron, y el encono.   

 

 (Nexos noviembre:  II. El Camino de los muertos)

 

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