Hermann Hesse
Siddaharta
A mi esposa Ninón
Hermann Hesse
Siddharta
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PRIMERA PARTE
EL HIJO DEL BRAHMÁN
Siddharta, el agraciado hijo del
brahmán, el joven halcón, creció junto a su amigo Govinda al lado de la sombra
de la casa, con el sol de la orilla del río, junto a las barcas, en lo umbrío
del bosque de sauces y de higueras. EI sol bronceaba sus hombros brillantes al
borde del río, en el baño, en las abluciones sagradas, en los sacrificios
religiosos. La sombra se adentraba por sus negros ojos en el boscaje de mangos,
en los juegos de los niños, en el canto de su madre, en los sacrificios
religiosos, en las enseñanzas de su padre y sus maestros, en la conversación de
los sabios. Ya hacía mucho tiempo que Siddharta participaba en las conferencias
de los sabios. Con Govinda se entrenaba en las lides de la palabra, en el arte
de la contemplación, de saber ensimismarse. Ya podía pronunciar quedamente el
Om la palabra por excelencia. Había conseguido decirlo en silencio, aspirando
hacia adentro; aprendió a enunciarlo calladamente, aspirando hacia afuera,
concentrando su alma y con la frente envuelta en el brillo de la inteligencia.
Ya sabía entender el interior de su atman indestructible en el mundo material.
La alegría invadía el corazón de
su padre al ver al hijo inteligente, con deseos de saber; observaba cómo crecía
en Siddharta un gran sabio y sacerdote, un príncipe entre los brahmanes.
Una deliciosa sensación llenaba
el pecho de su madre cuando le veía andar, sentarse y
levantarse. Siddharta el fuerte,
el hermoso, el que caminaba sobre piernas delgadas, el que
saludaba con perfectos modales.
EI corazón de las hijas de los
brahmanes rebosaba amor cuando Siddharta paseaba por las
callejuelas de la ciudad con la
frente iluminada, con mirada real, con caderas estrechas.
Pero Govinda era el que más amaba
a Siddharta, su amigo, el hijo del brahmán. Sentía afecto por
la mirada de Siddharta y por su
cálida voz; gustaba de su manera de andar y de sus armoniosos
movimientos; apreciaba todo lo
que Siddharta hacía y decía. Pero lo que veneraba más era su
inteligencia, sus altos
pensamientos ardientes, su férrea voluntad y su vocación sublime. Govinda lo
presentía: Este no será un
brahmán corriente, ni un oscuro funcionario de los sacrificios, ni un ávido
comerciante de fórmulas mágicas,
ni tampoco un orador vano y vacío, o un sacerdote malicioso. Sin
embargo, tampoco será una mansa y
estúpida oveja entre la masa del rebaño. No, y tampoco él,
Govinda, quería ser así, un brahmán
como hay diez mil. Quería seguir a Siddharta, el amado, el
maravilloso. Y si Siddharta un
día se convertía en dios, si un día entraba en el imperio de la luz,
Govinda le seguiría entonces,
como su amigo, su acompañante, su criado, su escudero, su sombra.
Todos querían así a Siddharta. A
todos daba alegría y gozo.
No obstante, el propio Siddharta
no sentía alegría ni gozo de sí mismo. Su corazón no compartía
ese júbilo general cuando andaba
por los caminos rosados del jardín de higueras, o se hallaba
sentado a la sombra azul del
bosque de la contemplación, cuando lavaba sus miembros en el diario
baño propiciatorio, o hacía
sacrificios entre las profundas sombras del bosque de mangos.
Incesantemente se le aparecían
sueños y pensamientos en que veía la corriente del río, el brillo de
las estrellas nocturnas, el
resplandor del sol. El ánimo se le intranquilizaba con pesadillas salidas del
humo de los sacrificios, de los
versos del Rig Veda, de las doctrinas de los viejos brahmanes.
Siddharta había empezado a
alimentar el descontento en su interior. Comenzó por comprender
que el amor de su padre, el
cariño de su madre, y también el afecto de su amigo, Govinda, no le
harían feliz para toda la vida.
No le satisfacía ni le bastaba. Había empezado a presentir que su
venerable padre y los otros
profesores, junto con los sabios brahmanes, ya le habían comunicado la
parte más importante de su
sabiduría. Adivinaba que ya habían henchido hasta la plétora el
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Siddharta
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recipiente, y, sin embargo, el
recipiente no se encontraba lleno. El espíritu no se hallaba satisfecho,
el alma no estaba tranquila, el
corazón no se sentía saciado. Las abluciones eran buenas, pero eran
agua; no lavaban el pecado, no
curaban la sed del espíritu, no tranquilizaban el temor del corazón.
Los sacrificios y la invocación
de los dioses eran excelentes... Pero, ¿lo eran todo? ¿Daban los
sacrificios la felicidad? ¿Y qué
sucedía con los dioses? ¿Realmente era Prajapati el creador del
mundo? ¿No era el atman, lo
único, lo indivisible? ¿Acaso los dioses no eran unos seres creados
como yo y como tú, súbditos del
tiempo, pasajeros? ¿Tenía sentido, entonces, ofrecer sacrificios a
los dioses? ¿A quién más se
debían ofrecer sacrificios y mostrar devoción, que no fuera al único, al
atman? ¿Y dónde se podía
encontrar el atman? ¿Dónde vivía, dónde latía su corazón eterno? ¿Dónde
sino en el propio yo, en nuestro
interior, en lo indestructible que cada uno lleva dentro de sí? ¿Pero
dónde se hallaba este yo, este
interior, este último? No es carne ni es hueso, no es pensamiento ni
conciencia: así lo enseñan los
grandes sabios. Entonces, ¿dónde? ¿Dónde se encontraba? ¿Existía
otro camino para llegar al yo, al
atman..., un camino que valía la pena buscar?
¡Pero nadie enseñaba ese camino!
¡Nadie lo conocía! ¡Ni el padre, ni los profesores y sabios, ni
los sagrados ritos de los
sacrificios! Todo lo sabían los brahmanes y sus libros religiosos. Lo conocían
todo. Se habían preocupado de
todo; lo referente a la creación del mundo, al origen de la oración,
de los elementos, de la
aspiración, de la espiración, a las órdenes de los sentidos, a los hechos de
los dioses. Sabían infinidad de
cosas. Pero, ¿tenía algún valor saber todo eso, si se desconocía al
Uno, al Unico, al más Importante,
al únicamente Importante?
Ciertamente, muchos versos de los
libros sagrados, sobre todo los Upanishandas de Samaveda,
hablaban de este interior y
último. Maravillosos versos.
«Tu alma es el mundo entero», se
leía allí.
Y escrito está que el hombre,
mientras duerme, durante el sueño profundo, entra en su propio
interior y vive en el atman. ¡Qué
maravillosa sabiduría entrañaban esos versos! Todo el conocimiento
de los grandes sabios se había
reunido en estas palabras mágicas, puras como la miel de las
abejas. No, no se debían
menospreciar los enormes conocimientos que aquí se guardaban, reunidos
por innumerables generaciones de
sabios y penitentes, que habían logrado no sólo conocer este
profundo saber, sino también
vivirlo. ¿Dónde se encontraba el experto que era capaz de retener el
atman desde el sueño hasta el
despertar, durante la vida, con cada paso, palabra o hecho?
Siddharta conocía a muchos
brahmanes venerables, sobre todo a su padre, el puro, el sabio, el
más reverenciado. Su padre era
digno de admiración; su comportamiento resultaba sosegado y
noble, su vida era pura, su
palabra sabia, los pensamientos de su frente delicados y aristocráticos.
Pero él, que sabía tanto, ¿vivía
en la bienaventuranza, tenía la paz? ¿Acaso no era también uno de
los que buscan siempre,
sedientos? ¿No necesitaba beber continuamente en las fuentes sagradas,
en los sacrificios, en los
libros, en los diálogos con los brahmanes? ¿Por qué él, que era
irreprochable, tenía que lavar
diariamente sus pecados, esforzarse cada día en la purificación,
repetirla cotidianamente? ¿No
estaba el atman en él, no fluía la primera fuente de su propio
corazón? ¡Esa primera fuente
debía, tenía que encontrarse en el propio yo! ¡Era necesario poseerla!
Todo lo restante era una simple
búsqueda, un rodeo, un desvarío.
Tales eran los pensamientos de
Siddharta. Esa era su sed, su sufrimiento.
A menudo pronunciaba las palabras
de un Chandogya-Upanishad:
-Quizás el nombre del brahmán sea
Satyam... Quien lo sabe con certeza entra diariamente en el
mundo celestial.
Siddharta parecía estar a menudo
cerca del mundo celeste, pero nunca lo había alcanzado
completamente, jamás había
saciado la última sed. Tampoco ninguno de todos los más sabios que
Siddharta conociera, y de cuyas
enseñanzas disfrutó, había conseguido ese mundo celestial que
apaga la sed eterna para siempre.
-Govinda -dijo Siddharta a su
amigo-, Govinda, ven conmigo a la higuera de los banianos.
Tenemos que practicar el arte de
la meditación.
Se fueron a la higuera de los
banianos. Se sentaron. Aquí Siddharta y veinte pasos más allá
Govinda. Acomodado y dispuesto a
decir el Om, Siddharta repitió el verso murmurando:
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Om es el arco, la flecha, es el
alma,
la meta de la flecha es el
brahmán,
al que sin cesar se debe
alcanzar.
Cuando había pasado el tiempo
acostumbrado para el ejercicio del arte de ensimismarse, Govinda
se levantó. Se había hecho tarde;
ya era la hora de efectuar la ablución de la noche. Llamó a
Siddharta por su nombre.
Siddharta no contestó. Siddharta se hallaba sentado, con la mirada fija en
una meta lejana, con la punta de
la lengua saliendo un poco entre los dientes; parecía que no
respiraba. Así sentado, logrado
el arte de ensimismarse, pensaba en el Om, enviaba su alma como
una flecha hacia el brahmán.
Un día, por la ciudad de
Siddharta pasaron unos samanas, ascetas peregrinos; eran tres hombres
enjutos y apagados, ni viejos ni
jóvenes, con hombros ensangrentados y llenos de polvo, casi
desnudos, quemados por el sol,
rodeados de soledad, forasteros y enemigos del mundo, extraños y
flacos chacales en un reino de
hombres. Tras ellos venía un ardiente hálito de silenciosa pasión, de
servicio destructivo, de despersonalización
implacable.
Por la noche, después de la hora
de la contemplación, Siddharta declaró a Govinda:
-Mañana de madrugada, amigo,
Siddharta irá con los samanas. Será un nuevo samana.
Govinda palideció al oír tales
palabras y al leer en la cara inmóvil de su amigo aquella decisión
imposible de desviar, como la
flecha disparada por el arco. De pronto, y con la primera mirada,
Govinda se dio cuenta: esto es
sólo el principio; ahora Siddharta iniciará su camino, ahora empieza
a despertar su destino. Y con el
suyo, también el mío. Y se tomó lívido como la piel seca de un
plátano.
-Siddharta -invocó-. ¿Te lo
permitirá tu padre?
Siddharta le observó como uno que
empieza a despertarse. Raudo como una flecha leyó en el
alma de Govinda, adivinó el
miedo, advirtió la sumisión.
-Govinda -afirmó en voz baja-, no
debemos malgastar palabras. Mañana de madrugada empezaré
la vida de los samanas. No se
hable más.
Siddharta entró en la habitación
donde se encontraba su padre sentado encima de una estera de
maguey; se colocó tras él y
aguardó hasta que se diera cuenta de que alguien se hallaba a sus
espaldas.
El brahmán preguntó:
-¿Eres tú, Siddharta? Pues
manifiesta lo que has venido a decirme.
Empezó Siddharta:
-Con tu permiso, padre. He venido
a comunicarte que deseo abandonar mañana tu casa para
irme con los ascetas. Mi deseo es
convertirme en un samana. Espero que mi padre no se oponga.
El brahmán quedó en silencio y
permaneció así tanto tiempo que, por la pequeña ventana,
pasaron las estrellas y cambiaron
su figura antes de que se rompiera el silencio de aquella
habitación. Callado y sin moverse
se hallaba el hijo, con los brazos cruzados; callado y sin moverse
el padre seguía sentado sobre la
estera. Y las estrellas pasaban por el cielo. Entonces declaró el
padre:
-No es conveniente que un brahmán
pronuncie palabras violentas y furiosas. Pero la indignación
estremece mi alma. No quiero oír
de tu boca este deseo por segunda vez.
Lentamente se levantó el brahmán.
Siddharta continuaba callado, con los brazos cruzados.
-¿Qué esperas? -preguntó el
padre.
Siddharta contestó:
-Tú ya sabes.
Buscó su cama y se tendió en ella
lleno de ira.
Después de una hora, el sueño no
había conseguido cerrarle los ojos, se levantó el brahmán,
paseó de un lado a otro y por fin
salió de la casa. A través de la pequeña ventana de la habitación
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miró hacia el interior y vio a
Siddharta en el mismo sitio, con los brazos cruzados. Pálido, con su
clara túnica reluciente. El padre
regresó a su lecho con el corazón intranquilo.
Después de una hora sin conseguir
conciliar el sueño, se levantó otra vez, paseó de un lado a
otro, salió de la casa y observó
que la luna había salido. A través de la ventana de la alcoba
contempló el interior; y allí se
encontraba Siddharta sin haberse movido, con los brazos cruzados,
con la luz de la luna
reflejándose en sus desnudas piernas. Con el corazón abrumado, regresó a su
cama.
Y volvió después de una hora, de
dos horas; miró a través de la pequeña ventana y vio a
Siddharta a la luz de la luna, de
las estrellas, en la oscuridad. Y lo repitió a cada hora, en silencio;
miraba hacia la alcoba y veía que
Siddharta no se movía. Su corazón se llenó de ira, se colmó de
intranquilidad, se saturó de
miedo, se nutrió de pena.
Y en la última hora de la noche,
antes de que empezara el día, regresó; entró en el cuarto y
observó al joven, que le pareció
más alto, como un extraño.
- Siddharta - invoco-. ¿ Qué
esperas?
-Tú ya sabes.
-¿Te quedarás siempre así y
aguardarás hasta que se haga de día, hasta el mediodía, hasta la
noche?
-Me quedaré así y esperaré.
-Te cansarás, Siddharta.
-Me cansaré.
-Te dormirás, Siddharta.
-No me dormiré.
-Te morirás, Siddharta.
-Me moriré.
-¿Y prefieres morir antes que
obedecer a tu padre?
-Siddharta siempre ha obedecido a
su padre.
-Así pues, ¿deseas abandonar tu
idea?
-Siddharta hará lo que su padre
le diga.
La primera luz del día entró en
la habitación. El brahmán vio que las rodillas de Siddharta
temblaban. Sin embargo, en el
rostro de su hijo no vio ninguna duda, sus ojos miraban hacia muy
lejos. Entonces el padre se dio
cuenta de que Siddharta ya desde ahora no se hallaba a su lado, en
su tierra. Ahora ya le había
abandonado.
El padre tocó el hombro de
Siddharta.
-Irás al bosque -dijo-, y serás
un samana. Si encuentras la bienaventuranza en el bosque,
regresa y enséñamela. Si hallas
el desengaño, vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los
dioses. Ahora ve, besa a tu madre
y dile adónde vas. Ya es mi hora de ir al río, a efectuar la primera
ablución.
Retiró la mano del hombro de su
hijo y salió. Siddharta vaciló en el momento en que intentó
andar. Dominó sus miembros, se
inclinó ante su padre y se dirigió hacia su madre para obrar tal
como le había pedido el
progenitor.
Con la primera luz del día,
Siddharta abandonó lentamente la silenciosa ciudad, con las piernas
entumecidas aún. En la última
choza apareció una sombra que se había escondido allí, y que se unió
al peregrino: era Govinda.
-Has venido -declaró Siddharta,
sonriente.
-He venido -respondió Govinda.
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CON LOS SAMANAS
El mismo día, por la noche,
alcanzaron a los ascetas, los enjutos samanas, y les ofrecieron su
compañía y obediencia. Fueron
aceptados.
Siddharta regaló su túnica a un
pobre de la carretera. Desde entonces, sólo vistió el taparrabos y
la descosida capa de color
tierra. Comió solamente una vez al día y jamás alimentos cocinados.
Ayunó durante quince días. Ayunó
durante veintiocho días. La carne desapareció de sus muslos y
mejillas. Ardientes sueños
oscilaban en sus ojos dilatados; en sus dedos huesudos crecían largas
uñas, y del mentón le nacía una
barba reseca y despeinada. La mirada se le tornaba fría cuando una
mujer cruzaba por su camino; la
boca expresaba desprecio, cuando atravesaba la ciudad con
personas vestidas elegantemente.
Vio negociar a los comerciantes, y cazar a los príncipes; presenció
el llanto de los familiares de un
difunto; advirtió cómo las prostitutas se ofrecían, cómo los médicos
se preocupaban de los enfermos,
cómo los sacerdotes determinaban el día de la siembra, se percató
de que los amantes se querían, de
que las madres daban el pecho a sus hijos. Y todo ello no era
digno de la mirada de sus ojos,
todo mentía, todo apestaba; olía todo a hipocresía, todo aparentaba
tener sentido y felicidad y
belleza, mas, sin embargo, todo era ignorancia y putrefacción.
Siddharta tenía un fin, una meta
única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños,
sin alegría ni penas. Deseaba
morirse para alejarse de sí mismo, para no ser yo, para encontrar la
tranquilidad en el corazón vacío,
para permanecer abierto al milagro a través de los pensamientos
despersonalizados: ése era su
objetivo. Cuando todo el yo se encontrase vencido y muerto, cuando
se callasen todos los vicios y
todos los impulsos en su corazón, entonces tendría que despertar lo
último, lo más íntimo del ser, lo
que ya no es el yo, sino el gran secreto.
Siddharta permanecía en silencio
bajo el calor vertical del sol ardiente de dolor, de sed; y se
quedaba así hasta que ya no
sentía dolor ni sed. Se hallaba en silencio durante la estación lluviosa el
agua corría desde su cabello
hasta sus hombros que sentían el frío hasta sus caderas y hasta sus
piernas heladas, y el penitente
continuaba así hasta que los hombros y las piernas ya no sentían
frío, hasta que se acallaban Se
mantenía sentado en silencio sobre el bardal, hasta que le goteaba
sangre de la piel caliente, y
después de las úlceras. Y Siddharta continuaba erguido, inmóvil, hasta
que ya no le goteaba la sangre,
hasta que nada le punzaba hasta que nada le quemaba.
Siddharta estaba sentado con
rigidez y trataba de ahorrar aliento de vivir con poco aire, de
detener la respiración. Aprendía
a tranquilizar el latido de su corazón con el aliento, aprendía a
disminuir los latidos de su
corazón hasta que eran mínimos, casi nulos.
Instruido por el más anciano
samana, Siddharta se entrenaba en la despersonalización, en el arte
de ensimismarse según las nuevas
reglas de los samanas. Una garza voló sobre el bosque de bambú
y Siddharta absorbió a la garza
en su alma; voló con ella sobre el bosque y las montañas; era garza,
comía peces, sufría el hambre de
la garza, hablaba el idioma de la garza, sentía la muerte de la
garza. Un chacal muerto se
hallaba en la orilla arenosa, y Siddharta entraba en el cadáver: era
chacal muerto, yacía en la playa,
se hinchaba, apestaba, se descomponía; sintióse descuartizado por
las hienas, decapitado por los
cuervos; se tomó esqueleto, y polvo, y el vendaval se lo llevó.
El alma de Siddharta regresó;
había muerto, se había convertido en polvo..., había probado la
triste borrachera del ciclo.
Ahora aguardaba con una sed nueva, como un cazador, el hueco donde
podría escapar del ciclo, donde
empezaría el fin de las causas y de la eternidad, del dolor. Mataba
sus sentidos, destrozaba su
memoria, salía de su yo y entraba en mil configuraciones extrañas: era
animal, carroña, piedra, madera,
agua. Y cada vez se encontraba así mismo al despertar; brillaba el
sol o la luna, de nuevo era él,
se movía en el ciclo, sentía sed, vencía la sed, y volvía a tener sed.
Siddharta estudió mucho con los
samanas. Aprendió a andar por diversos caminos para alejarse
del yo. Anduvo por el camino de
la despersonalización a través del dolor, a través del sufrimiento
voluntario y del vencimiento del
dolor, del hambre, de la sed, del cansancio. Caminó por la
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despersonalización a través del
pensamiento, de vaciar la mente de toda imaginación. Se enteró de
estos y otros métodos, mil veces
abandonó su yo; durante horas y días permanecía en el no-yo.
Pero aunque los caminos se
alejaban del yo, su final conducía siempre de nuevo hacia el yo. Aunque
Siddharta huyó mil veces del yo,
permanecía en el vacío, en el animal, en la piedra, no podía evitar
el regreso, como era imposible
escapar de la hora en que vuelve uno a encontrarse bajo el brillo del
sol o de la luz de la luna, en la
sombra o en la lluvia. Y de nuevo era el yo y Siddharta, y sentía otra
vez la tortura del ciclo
impuesto.
A su lado vivía Govinda, su
sombra; iba por los mismos caminos, se sometía a los mismos
ejercicios. Pocas veces hablaban
juntos de otra cosa que no fuera lo que exigía el servicio y los
ejercicios. A veces los dos
paseaban por los pueblos para pedir alimentos para ellos y sus
profesores.
-¿Qué piensas, Govinda? -inquirió
Siddharta en ocasión de una de estas salidas-. ¿Crees que
hemos adelantado? ¿Hemos logrado
algún fin?
Govinda contestó:
-Hemos aprendido y seguiremos
aprendiendo. Tú serás un gran samana, Siddharta. Has
aprendido rápidamente todos los
ejercicios, y a menudo has dejado admirados a los viejos samanas.
Algún día serás un santo,
Siddharta.
Y Siddharta replicó:
-No soy de la misma opinión,
amigo. Lo que hasta el día de hoy he aprendido de los samanas,
Govinda, lo hubiera podido
aprender más rápidamente y con mayor sencillez en otro lugar. Se puede
aprender en cualquier taberna de
un barrio de prostitutas, amigo mío, entre arrieros y jugadores.
Govinda exclamo:
-Siddharta, ¿quieres burlarte de
mí? ¿Cómo hubieras podido aprender el arte de abstraerte, de
contener la respiración, de
insensibilizarte contra el hambre y el dolor allí, entre aquellos
miserables?
Y Siddharta dijo en voz baja,
como si hablara consigo mismo:
-¿Qué significa el arte de
ensimismarse? ¿Qué es el abandono del cuerpo? ¿Qué representa el
ayuno? ¿Qué se pretende al
detener la respiración? Se trata sólo de huir del yo. Es un breve
escaparse del dolor de ser yo,
una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida. La misma
huida, la misma breve narcosis
encuentra el arriero en el albergue cuando bebe algunas copas de
aguardiente de arroz o de leche
de coco fermentada. Entonces ya no siente su yo, ya no
experimenta los dolores de la
vida; en aquel momento ha encontrado una breve narcosis. Dormido
sobre su copa de aguardiente de
arroz alcanza lo mismo que Siddharta y Govinda después de largos
ejercicios: escapar de su cuerpo
y permanecer en el no-yo. Así sucede, Govinda.
Govinda repuso:
-Así hablas, amigo, y sin embargo
sabes que Siddharta no es ningún arriero y que un samana no
es un borracho. Verdad es que el
borracho encuentra su narcosis, alcanza una breve huida y un
descanso, pero regresa de la vana
ilusión y se halla igual; no se ha hecho más sabio, no ha ganado
conocimientos.
Siddharta declaró sonriente:
-No lo sé, nunca he estado
borracho. Pero sí sé que yo, Siddharta, en mis ejercicios y en el arte
de ensimismarme sólo encuentro
una breve narcosis, y me hallo tan alejado de la sabiduría y de la
redención como cuando de niño, en
el vientre de mi madre. Govinda, esto puedo afirmarlo.
Y en otra ocasión, cuando
abandonó el bosque Siddharta con Govinda a fin de pedir alimentos en
el pueblo para sus hermanos y
profesores, empezó a hablar de nuevo.
-Govinda -dijo-, ¿cómo podemos
saber si vamos por el buen camino? ¿Nos acercamos a la
ciencia? ¿Aceleramos nuestra
redención? O, ¿acaso andamos en círculo, nosotros, los que
pretendemos evadirnos del ciclo?
Govinda alegó:
-Hemos aprendido mucho,
Siddharta, y mucho queda por aprender. No damos vueltas, vamos
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hacia arriba; las vueltas son en
espiral y ya hemos subido muchos peldaños.
Siddharta pregunto:
-¿Cuántos años crees que tiene el
más anciano de los samanas, nuestro venerable profesor?
Dijo Govinda:
-Quizá tenga unos sesenta.
Y Siddharta:
-Tiene sesenta años y no ha
llegado al nirvana. Tendrá setenta, y ochenta años, como tú y yo los
tendremos, y seguiremos con los
ejercicios y ayunaremos, y meditaremos. Pero nunca llegaremos al
nirvana. Ni él, ni nosotros.
Govinda, creo que seguramente ni uno de todos los samanas llegará al
nirvana. Ni uno. Encontramos
consuelo, alcanzamos la narcosis, aprendemos artes para engañarnos.
Pero lo esencial, el camino de
los caminos, ése no lo hallaremos.
Insinuó Govinda:
-Desearía que no pronunciaras
palabras tan horribles, Siddharta. ¿Por qué ninguno encontrará el
camino de los caminos de entre
tantos sabios, tantos brahmanes, tantos rígidos samanas
venerables, tantos hombres que
buscan, tantos dedicados a profundizar, tantos hombres sagrados?
Sin embargo, Siddharta contestó
en voz baja, en tono triste e irónico a la vez:
-Govinda, tu amigo abandonará
pronto la senda de los samanas, por la que tanto tiempo ha
caminado contigo. Sufrí sed,
Govinda, y durante este largo trayecto con los samanas mi sed nada ha
disminuido. Siempre me hallé
sediento de ciencia y lleno de preguntas. He interrogado a los
brahmanes año tras año, he
indagado entre los sagrados Vedas año tras año. Quizá, Govinda, si
hubiera preguntado al cálao o al
chimpancé me habrían instruido tan bien, tan útilmente, con tanta
inteligencia. Govinda, ¡he
necesitado tiempo para aprender, y aún no he conseguido entender que
no se puede aprender nada! Creo que
realmente no existe eso que nosotros llamamos «aprender».
Sólo existe, amigo mío, un saber
que está en todas partes, es decir, el atman. Este se halla en mí y
en ti, y en cada ser. Y empiezo a
creer que este saber no tiene peor enemigo que el querer saber,
que el desear aprender.
Entonces Govinda se detuvo en el
camino, levantó las manos y exclamó:
-¡Siddharta, desearía que no
intranquilizaras a tu amigo con semejantes palabras! Tus teorías
despiertan verdadero temor en mi
corazón. Y piensa únicamente: ¿Qué sería de la santidad, de las
oraciones, de la venerable clase
de los brahmanes, de la religiosidad de los samanas, si sucediera
como tú dices, si no existiese el
aprender? ¿Qué sería, Siddharta, de todo lo que es sagrado, valioso
y venerable en este mundo?
Y Govinda murmuró unos versos de
un Upanishanda:
Al que medite con la mente
purificada y
se absorba en el atman,
la bienaventuranza de su corazón
no será
explicable con palabras.
Pero Siddharta permanecía
callado. Pensaba en las palabras que Govinda le había dicho, y las
meditó en lo más recóndito de su
significado.
Sí, pensó Siddharta con la cabeza
inclinada. ¿Qué quedaría de todo lo que parece sagrado? ¿Qué
quedaría? ¿Qué respondería a las
esperanzas? Y sacudió la cabeza.
Una vez, cuando los jóvenes hacía
ya aproximadamente tres años que vivían con los samanas y
habían participado en todos sus
ejercicios, les llegó de lejos una noticia, un rumor, una leyenda:
había surgido un hombre, llamado
Gotama, el majestuoso, el buda, que en su persona había
superado el dolor del mundo y
había parado la rueda de las reencarnaciones. Enseñando, rodeado
de discípulos, recorría el país
sin propiedades, sin casa, sin mujer, tan sólo con el ropaje amarillo del
asceta, pero con la frente
alegre, como un bienaventurado, y los brahmanes y los príncipes se
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inclinaban ante él y se
convertían en sus discípulos.
Esta leyenda, este rumor, este
cuento sonó en el aire, perfumó la atmósfera aquí y allá. Los
brahmanes hablaban de ello en las
ciudades, los samanas en el bosque; siempre se repetía el
nombre de Gotama, el buda, a los
oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas e
improperios.
Como cuando una nación sufre la
peste y se dice que allí o allá hay un hombre, un sabio, un
experto cuya palabra y aliento es
suficiente para curar a todos los enfermos, y esta noticia recorre el
país y todos hablan de ella, unos
la creen, otros dudan, pero muchos se ponen rápidamente en
camino para buscar al sabio, al
salvador, así también con aquel rumor perfumado de Gotama, el
buda, el sabio de la tribu de los
Sakias. Los creyentes decían que Gotama poseía la máxima ciencia,
se acordaba de sus vidas pasadas,
había alcanzado el nirvana y jamás volvería al ciclo, jamás se
hundiría de nuevo en la turbia
corriente de las configuraciones. Se decía de él muchas cosas
maravillosas e increíbles, había
hecho milagros, había superado al demonio, había hablado con los
dioses.
Pero sus enemigos y los
incrédulos afirmaban que este Gotama era un vano seductor, que pasaba
sus días, holgadamente,
despreciaba los sacrificios, no era sabio y desconocía los ejercicios y la
mortificación.
La leyenda del buda era dulce,
los informes llevaban el perfume del encanto. Ciertamente el
mundo se hallaba enfermo y la
vida era difícil de soportar. Y no obstante, pongan atención: una
fuente parece sonar como un suave
mensaje, lleno de consuelo y de nobles promesas. En todas
partes adonde llegaba la voz del
buda, en todas las regiones de
interés, sentían anhelo,
esperanza; cualquier peregrino o forastero recibía excelente acogida entre
los hijos de los brahmanes de las
ciudades, si traía noticias de Gotama, el majestuoso, el Sakiamuni.
La leyenda también había llegado
hasta los samanas del bosque, hasta Siddharta y Govinda.
Lentamente, goteando. Cada gota
iba cargada de esperanza, de duda. Hablaban poco de ese
asunto, ya que el más anciano de
los samanas no era amigo de la leyenda. Había oído que aquel
presunto buda había sido antes un
asceta y había vivido en el bosque, pero que después había
vuelto a la vida holgada y a los
placeres mundanos, y su opinión sobre este Gotama era negativa.
-Siddharta -dijo un día Govinda a
su amigo-. Hoy he estado en el pueblo, y un brahmán me invitó
a entrar en su casa, y en ella
estaba el hijo de un brahmán de Magada que había visto con sus
propios ojos al buda, y le había
oído predicar. Con certeza me dolía el aliento en el pecho, y pensé:
¡Que yo también, que nosotros
dos, Siddharta y yo, podamos vivir la hora en que escuchemos la
doctrina de los labios de aquel
perfecto! Dime, amigo, ¿no deberíamos ir asimismo nosotros hacia
allí para escuchar las enseñanzas
de los mismos labios del buda?
Siddharta contestó:
-Govinda, siempre pensé que
Govinda se quedaría con los samanas; siempre había imaginado
que su meta era tener sesenta y
setenta años, y seguir con las artes y los ejercicios que ennoblecen
a un samana. Pero mira por dónde
no conocía bien a Govinda, sabía muy poco de su corazón. Así
pues, querido amigo, ahora
quieres tomar un sendero y marchar hacia donde el buda predica su
doctrina.
Govinda alegó:
-¡Te gusta burlarte! ¡Pues
búrlate como siempre, Siddharta! ¿Acaso no se ha despertado también
en tu interior un deseo, una
afición por escuchar semejante doctrina? ¿Y no dijiste una vez que ya
no pensabas andar mucho tiempo
por el camino de los samanas?
Entonces Siddharta rió de la
ocurrencia. Luego en su voz, apareció una sombra de tristeza y de
ironía, y declaró:
-Bien, Govinda, has hablado con
mucha propiedad, te has acordado con suma agudeza. Sin
embargo, desearía que también
recordaras el resto de lo que oíste de mí; o sea, que desconfío de
todo porque estoy cansado de las
doctrinas y de aprender, y que es muy pequeña mi fe en las
palabras que nos llegan de
profesores. Pero adelante, querido amigo, estoy dispuesto a escuchar
aquellas enseñanzas, aunque
dentro de mi corazón creo que ya hemos probado el mejor fruto de
esa doctrina.
Hermann Hesse
Siddharta
11
Govinda manifestó:
-Tu decisión alegra mi alma. Pero
dime, ¿cómo es posible? ¿Cómo puede darnos su mejor fruto Ja
doctrina de Gotama, aun antes de
haberla escuchado?
Siddharta afirmó:
-¡Gocemos de ese fruto y
esperemos la continuación, Govinda! ¡Lo que hemos de agradecer a
Gotama, en primer lugar, es que
nos aleje de los samanas! Si además nos puede dar otra cosa
mejor, amigo, esperemos con el
corazón tranquilo.
Ese mismo día, Siddharta hizo
saber al más anciano samana su decisión de abandonarles. Se lo
reveló con la cortesía y modestia
que corresponden a un joven discípulo. No obstante, el samana se
enfureció porque los dos jóvenes
le querían abandonar, y empezó a vociferar y a maldecir.
Govinda se asustó y desconcertó.
Pero Siddharta acercó su boca a la oreja de Govinda y musitó
en voz baja:
-Ahora le demostraré al viejo que
he aprendido algo de sus enseñanzas.
Se colocó ante el samana y
concentró su alma; captó la mirada del anciano con sus ojos, la
paralizó, le hizo callar, le dejó
sin voluntad, le sometió a su razón y le ordenó ejecutar en silencio lo
que le exigía. El anciano
enmudeció, sus ojos se quedaron fijos, su voluntad paralizada, sus brazos
relajados e impotentes junto a su
cuerpo: había sido vencido por el hechizo de Siddharta.
Y los pensamientos de Siddharta
se apoderaron del samana y éste tuvo que hacer lo que los dos
le mandaban. Y así, el anciano se
inclinó varias veces, hizo gestos de bendición y pronunció
vacilante un piadoso deseo para
el viaje. Y los jóvenes replicaron agradeciendo las reverencias:
devolvieron el deseo, y tras
saludar, se marcharon.
Por el camino comentó Govinda:
-Siddharta, has aprendido de los
samanas más de lo que yo creía. Es difícil, muy difícil hechizar a
un viejo samana. Seguro que site
quedas allí, pronto habrías aprendido a andar por encima del
agua.
-No deseo andar por encima del
agua -confesó Siddharta- ¡Que los viejos samanas se contenten
con semejantes artimañas!
Hermann Hesse
Siddharta
12
GOTAMA
En la ciudad de Savathi todos los
niños conocían el nombre del majestuoso buda, y cada casa
estaba preparada para llenar el
plato de limosnas a los discípulos de Gotama, que pedían en silencio.
Cerca de la ciudad se encontraba
el lugar preferido de Gotama, el bosque Jetavana, que había sido
regalado para Gotama y los suyos
por el rico comerciante Anathapindika, un devoto admirador del
majestuoso.
Hacia aquella región también se
habían encaminado, gracias a los relatos y respuestas que
recibieron, los dos jóvenes
ascetas en su búsqueda del Gotama. Y cuando llegaron a Savathi, ya en
la primera casa ante cuya puerta
se detuvieron se les ofreció comida, y ellos la aceptaron. Siddharta
preguntó a la mujer que les daba
de comer:
-Buena mujer, nos gustaría mucho
que nos dijeras dónde se halla el buda, el más venerable,
pues somos dos samanas del bosque
y hemos venido para ver al perfecto, y escuchar la doctrina de
sus labios.
La mujer contestó:
-Realmente os habéis detenido
aquí, en el lugar preciso, samanas del bosque. Debéis saber que
el majestuoso se encuentra en
Jetavana, en el jardín de Anathapindika. Allí, peregrinos, podréis
pasar la noche, pues hay
suficiente espacio, incluso para los incontables que llegan a escuchar la
doctrina de sus labios.
Esto alegró a Govinda, que lleno
de gozo exclamó:
- ¡Bien, pues hemos llegado a
nuestra meta, y nuestro camino ha terminado! Pero dinos tú,
madre de los peregrinos, ¿conoces
al buda, le has visto con tus propios ojos?
La mujer repuso:
-Muchas veces he visto al
majestuoso. Muchos días le he observado cuando pasa por las
callejuelas, en silencio, con su
ropaje amarillo, cuando presenta en silencio su plato de limosnas en
la puerta de las casas, y cuando
se lleva el plato lleno.
Govinda escuchaba encantado y
quería preguntar y oír mucho mas. Pero Siddharta acordó seguir
el camino. Dieron las gracias y
se fueron. Ni siquiera tuvieron que preguntar por el lugar, pues eran
muchos los peregrinos y monjes de
la doctrina de Gotama que hacían el camino hacia Jetavana. Y
cuando de noche arribaron allí,
observaron que había un continuo llegar, exclamar y hablar entre
aquellos que buscaban y recibían
albergue. Los dos samanas, acostumbrados a la vida del bosque,
encontraron rápidamente y en
silencio un amparo, y descansaron allí hasta la manana siguiente.
Al salir el sol, vieron con
asombro el gran número de fieles y curiosos que habían pernoctado en
aquel lugar. Por todas las sendas
del maravilloso bosque caminaban monjes con su vestidura
amarilla; estaban sentados debajo
de los árboles, entregados a la contemplación o dedicados a la
conversación intelectual. Los
umbrosos jardines parecían una ciudad llena de personas, que
pululaban como abejas. La mayoría
de los monjes salían con el plato de limosnas, a buscar en la
ciudad alimento para la hora de
la comida del mediodía, la única de la jornada. También el mismo
buda, el inspirado, solía pedir
limosnas por la mañana.
Siddharta le vio y le conoció en
seguida, como si un dios se lo hubiera mostrado. Lo contempló:
un hombre modesto, con su hábito
amarillo, con el plato de las limosnas en la mano, caminando en
silencio.
-¡Mira allí! -gritó Siddharta en
voz baja a Govinda-. Ese es el buda.
Govinda miró con atención al
monje de vestiduras amarillas, que no parecía diferenciarse en nada
de los centenares de otros
monjes. No obstante, reconoció también Govinda: Este es. Y le siguieron
y le observaron.
Hermann Hesse
Siddharta
13
El buda continuó su camino
modestamente, entregado a sus pensamientos; su rostro sereno no
era ni alegre ni triste: parecía
sonreír levemente en su interior. Caminaba el buda con una sonrisa
escondida, sosegada, tranquila,
parecida a la de un niño sano; llevaba el hábito y hacía sus pasos
igual que todos los monjes, según
unas reglas exactas. Pero su cara y su manera de andar, su
mirada tranquila y discreta, su
mano lacia y colgante, y aun cada dedo de esa mano hablaban de
paz, de perfección; no buscaba,
no imitaba; respiraba suavemente, con una tranquilidad
imperturbable, con una luz
imperecedera, con una paz intangible.
Así caminaba Gotama hacia la
ciudad para pedir limosnas y los dos samanas sólo le conocieron
por la perfección de su alma, por
el sosiego de su figura, en la que no había búsqueda, ni voluntad,
ni imitación, ni esfuerzo, sólo
luz y paz.
-Hoy escucharemos la doctrina de
sus labios -comentó Govinda.
Siddharta no contestó.
Sentía poca curiosidad por esa
doctrina, no creyó que llegara a enseñarle nada nuevo, ya que él,
al igual que Govinda, había
escuchado una y otra vez el contenido de esa doctrina del buda, aunque
por informes que habían pasado en
general de boca en boca.
Pero ahora miró con atención la
cabeza de Gotama, sus hombros, sus pies, su mano
tranquilamente relajada; y a
Siddharta le pareció que cualquier miembro de cualquier dedo de esa
mano era doctrina; respiraba y
brillaba todo él verdad. Ese hombre era un santo. Jamás Siddharta
había admirado y amado tanto a un
hombre como a aquél.
Los dos siguieron al buda hasta
la ciudad y volvieron en silencio, pues ellos mismos pensaban
renunciar a los alimentos de
aquel día. Contemplaron a Gotama de regreso; lo observaron rodeado
de sus discípulos, tomando el
almuerzo; lo que comía ni siquiera bastaba a un pájaro, y vieron cómo
se retiraba luego a la sombra de
los mangos.
Pero por la noche, cuando se
apagó el calor y el campamento se llenó de vida, escucharon la
doctrina del buda. Oyeron su voz,
que también era perfecta, tranquila y llena de sosiego. Gotama
enseñó la doctrina del
sufrimiento; habló sobre el origen del dolor y sobre el camino para reducir ese
dolor. Su oración era sencilla y
serena. La vida era dolor, el mundo estaba lleno de sufrimiento, pero
se había hallado la liberación
del dolor: tal liberación estaba en manos del que seguía el camino del
buda.
El majestuoso predicaba con voz
suave, pero firme, enseñaba las cuatro frases principales,
mostraba el octavo sendero,
repetía con paciencia y constancia la enseñanza, los ejemplos; su voz
flotaba clara y sosegada sobre
los oyentes, como una luz, como un cielo de estrellas.
Ya era de noche cuando el buda
terminó su oración. Muchos peregrinos se le acercaron y rogaron
que les aceptara en la comunidad,
pues querían refugiarse en la doctrina. Y Gotama los aceptó
diciendo:
-Se os ha enseñado la doctrina y
vosotros la habéis escuchado con atención. Acercaos, pues, y
caminad hacia la santidad, para
preparar el fin de todos los dolores.
También se adelantó Govinda, el
tímido, y declaró:
-Yo también me refugio en el
majestuoso y su doctrina.
Y así Govinda pidió que le
aceptaran entre los discípulos, y fue admitido.
Inmediatamente después, cuando el
buda ya se había retirado para descansar durante la noche,
Govinda se dirigió a Siddharta y
manifestó con solicitud:
-Siddharta, no tengo derecho a
reprocharte nada. Los dos hemos escuchado al majestuoso, los
dos nos hemos enterado de su
doctrina. Govinda ha oído la predicación y se ha refugiado en ella.
Pero tú, a quien admiro, ¿acaso
no quieres caminar por el sendero de la liberación? ¿Prefieres
vacilar? ¿Deseas esperar aún?
Siddharta despertó como de un
sueño, al escuchar semejantes palabras de Govinda. Durante
largo tiempo observó el rostro del
amigo. Luego habló en voz baja, sin ironía.
-Govinda, mi amigo -le dijo-,
ahora has dado el paso, ahora has elegido tu camino. Siempre,
Govinda, has sido mi amigo,
siempre has andado un paso tras de mí. A menudo he pensado: ¿No
dará Govinda nunca un paso solo,
sin mí, por su propia iniciativa? Y ahora te has hecho hombre y
Hermann Hesse
Siddharta
14
eliges tú mismo el camino. ¡Que
lo andes hasta el fin, amigo! ¡Que encuentres la liberación!
Govinda, que aún no comprendía
bien la situación, repitió su pregunta con tono impaciente:
-¡Por favor, habla! ¡Te lo ruego,
amigo! ¡Dime que no me engaño, que tú también, mi sabio
amigo, te refugiarás junto al
majestuoso buda!
Siddharta colocó una mano sobre
el hombro de Govinda y repuso:
-¿No has escuchado mi bendición,
Govinda? Te la repito: ¡Que
recorras ese sendero hasta el
fin! ¡Que encuentres la liberación! En ese momento, Govinda se
percató de que su amigo le
abandonaba, y empezó a llorar.
- ¡ Siddharta! - exclamó entre
sollozos. Siddharta se expresó con cariño:
-¡No olvides, Govinda, que ahora
perteneces a los samanas del buda! Has renunciado a tu casa y
a tus padres; has negado tu
origen y tu propiedad, has repudiado tu propia voluntad, has rechazado
la amistad. Así lo quiere la
doctrina, así opina el majestuoso. Así has elegido tu mismo. Mañana,
Govinda, me marcharé.
Todavía caminaron durante mucho
tiempo los dos amigos por el bosque; se tendieron por largo
tiempo sin encontrar el sueño.
Govinda no dejaba de insistir una y otra vez a su amigo para que le
dijera por qué no se refugiaba en
la doctrina de Gotama, qué falta encontraba a esa doctrina. Pero
Siddharta cada vez le rechazaba
alegando:
-¡Quédate contento, Govinda! Muy
buena es la doctrina del majestuoso, ¿cómo podría encontrarle
una objeción?
De madrugada, un seguidor del
buda, uno de sus más antiguos monjes, pasó por el jardín y llamó
a todos aquellos que se habían
refugiado en la doctrina, como novicios, para ponerles las vestiduras
amarillas e instruirlos en las
primeras enseñanzas y obligaciones de su clase. Y Govinda se levantó,
abrazó una vez más al amigo de su
juventud y siguió a los restantes novicios.
Siddharta, sin embargo, se quedó
meditando en el bosque.
Entonces se cruzó en su camino
Gotama, el majestuoso; le saludó con profundo respeto y al ver
la mirada del buda tan llena de
paz y bondad, el joven tuvo valor para solicitar al venerable que le
permitiera hablarle. En silencio,
el majestuoso le concedió el permiso.
Siddharta balbuceó:
-Ayer, majestuoso, tuve el honor
de escuchar tu singular doctrina. Vine desde muy lejos con mi
amigo para escucharte. Y ahora mi
amigo se quedará con los tuyos, se ha refugiado en ti. Yo, sin
embargo, empiezo de nuevo mi
peregrinación.
-Como tú prefieras -dijo el
venerable, con cortesía.
-Quizá mis palabras resulten
demasiado atrevidas -continuó Siddharta-, pero no quisiera
abandonar al majestuoso sin
haberle comunicado mis pensamientos con sinceridad. ¿Quiere aún
prestarme el venerable un momento
de atención?
En silencio el buda se lo
concedió.
Siddharta explicó:
-Venerable, he admirado sobre
todo una cosa en tu doctrina. Todo en ella está perfectamente
claro y comprobado; muestras el
mundo como una cadena perfecta que nunca se interrumpe, como
una eterna cadena hecha de causas
y efectos. Jamás se había visto eso con tanta claridad, nunca
había sido demostrado tan
indiscutiblemente; en verdad, el corazón del brahmán palpita con más
fuerza cuando ve el mundo a
través de tu doctrina, como perfecta relación, ininterrumpida, lúcida
como un cristal, independiente de
la casualidad, libre de los dioses. Queda en tela de juicio si el
mundo es bueno o malo, si la vida
en él es sufrimiento o alegría; quizá sea porque ello no es
esencial. Pero la unidad del
mundo, la relación entre todo lo que sucede, el enlace de todo lo grande
y lo pequeño por la misma
corriente, por la misma ley de las causas del nacer y morir, todo eso
brilla con luz propia en tu
majestuosa doctrina. No obstante, según tu propia teoría, esa unidad y
consecuencia lógica de todas las
cosas, a pesar de todo se encuentra cortada en un punto, en un
pequeño vacío donde entra en este
mundo de la unidad algo extraño, algo nuevo, algo que antes no
existía, y que no puede ser
enseñado ni demostrado: ésa es tu doctrina de la superación del mundo,
Hermann Hesse
Siddharta
15
de la redención. Pero con este
pequeño vacío, con esa pequeña fisura, la eterna ley uniforme del
mundo queda destruida y anulada
otra vez. Perdóname, si pongo tal objeción.
Gotama le había escuchado con
tranquilidad, sin moverse. Con voz bondadosa, cortés y clara le
contestó ahora:
-Tú has escuchado la doctrina,
hijo de brahmán ¡Dichoso de ti por haber pensado en ella! Tú has
encontrado un vacío, una falta.
Sigue pensando en la doctrina. Pero deja que te avise, tú que tienes
tanto afán por saber acerca de la
dificultad de las opiniones y la desavenencia de las palabras. No
importan las opiniones, sean
buenas o malas, inteligentes o insensatas; cualquiera puede defenderlas
o rechazarlas. Pero la doctrina
que has oído de mis labios no es mi opinión, ni su objetivo es
explicar el mundo para los que
tienen afán de saber. Su fin es otro: es la redención de los
sufrimientos. Eso es lo que
enseña Gotama, nada más.
-No me guardes rencor, majestuoso
-exclamó el joven-. No te he hablado así para buscar un
desacuerdo o la desavenencia con
palabras. Desde luego, tienes razón, y poco importan las
opiniones. Pero déjame decir una
cosa más: ni un momento he dudado de ti. Ni un momento he
dudado de que tú fueras el buda,
de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tantos
brahmanes e hijos de brahmanes se
hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La
has hallado con tu misma
búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos,
ensimismaciones, ciencia,
reflexión, inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una
doctrina! Yo pienso, majestuoso,
¡que nadie encuentra la redención a través de la doctrina! ¡A nadie,
venerable, le podrás comunicar
con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en
el momento de tu inspiración!
Mucho es lo que contiene la doctrina del inspirado buda, a muchos les
enseña a vivir honradamente, a
evitar lo malo. Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no
contiene un elemento: el secreto
de lo que el majestuoso mismo ha vivido, él solo, entre centenares
de miles de personas. Esto es lo
que he pensado y comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y
por ello, continúo mi
peregrinación. No para buscar otra doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino
para dejar todas las doctrinas y
a todos los profesores, y para llegar solo a mi meta, o morirme. Sin
embargo, a menudo me acordaré de
este día, majestuoso, y de esta hora en que mis ojos vieron a
un santo.
Los ojos del buda miraron sosegadamente
hacia el suelo; en su rostro impenetrable resplandecía
la tranquilidad del alma.
-¡Que tus creencias no sean
erróneas! -invocó el venerable lentamente-. ¡Que alcances tu fin!
Pero antes dime: ¿Has visto el
conjunto de mis samanas, de mis muchos hermanos, que se han
refugiado en la doctrina? ¿Y
crees tú, samana forastero, que para todos ellos sería mejor abandonar
la doctrina y volver a la vida
del mundo y de los placeres?
-Tal pensamiento se encuentra muy
distante de mí -alegó Siddharta-. ¡Que todos ellos se queden
con la doctrina, que alcancen su
meta! ¡No tengo derecho a juzgar la vida de otro! Tan sólo para mí,
únicamente para mí he de juzgar,
elegir, rechazar. Nosotros, los samanas, buscamos la redención
del yo, majestuoso. Si ahora
fuera uno de tus discípulos, venerable, temo que me ocurriera que sólo
aparentemente mi yo consiguiera
la tranquilidad y la redención; pero me engañaría, pues viviría con
la verdad y me haría más
importante, ya que entonces escondería dentro de mi yo la doctrina, la
imitación, mi amor hacia ti y
hacia la comunidad de los monjes.
Con media sonrisa y con una
amabilidad clara e inalterable, Gotama fijó sus ojos en la mirada del
forastero y le despidió con un
gesto apenas perceptible.
-Eres inteligente, samana
-declaró el venerable-; sabes hablar muy bien, amigo. ¡Guárdate de
una inteligencia demasiado
grande!
El buda continuó su camino. Su
mirada y su media sonrisa se grabaron para siempre en la
memoria de Siddharta.
«Así todavía no he visto mirar ni
sonreír, sentarse o caminar a ninguna persona -pensó
Siddharta-; de verdad, que
también me gustaría poder mirar y sonreír, sentarme y caminar tan
libremente, con tanta veneración,
tan escondido, abierto, infantil y misterioso a la vez. Es verdad
que sólo mira y camina así una
persona que ha penetrado en lo más interior de su propio ser. Bien,
también yo intentaré penetrar en
lo más recóndito de mí mismo.
Hermann Hesse
Siddharta
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«He visto a una persona -meditó
Siddharta-, a una sola, ante la cual he tenido que bajar la
mirada. Ante nadie más quiero
bajar mis ojos, ante nadie más. Ninguna doctrina me tentará, ya que
la doctrina de este hombre no me
ha tentado.
«EI buda me ha robado -reflexionó
Siddharta-. Me ha robado, pero más aún me ha regalado. Me
ha robado un amigo que creía en
mí y que ahora cree en él, que era mi sombra y que ahora es la
sombra de Gotama. Pero me ha
regalado a Siddharta, a mí mismo.»
Hermann Hesse
Siddharta
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DESPERTAR
Cuando Siddharta abandonó el bosque,
dejó al buda, el perfecto, y también a Govinda; sintió que
en ese bosque se quedaba asimismo
su vida actual, que se separaba de él. Caminando despacio,
pensó en este sentimiento que le
llenaba por completo. Razonó hondamente, se dejó deslizar como
a través de unas aguas profundas,
dejóse caer hasta el fondo de ese sentimiento, hasta allí donde
se encuentran las causas. Creía
que comprender las causas era precisamente pensar, y que sólo a
través de la razón, los
sentimientos pueden convertirse en comprensión, es decir, que no se
pierden, sino que se transforman
en sustancias y empiezan a derramar su contenido.
Mientras caminaba lentamente,
Siddharta meditó. Se dio cuenta de que ya no era un joven, sino
que se había convertido en
hombre. Sentía que algo le había abandonado, como la vieja piel
desampara a la serpiente;
comprendió que algo ya no existía en él, algo que siempre le había
acompañado y que había sido parte
interesante de su ser durante toda su juventud: el deseo de
tener profesores y de recibir
enseñanzas. Incluso había abandonado al buda, el último profesor que
se cruzara en su camino; también
él, el más grande y más sabio de los profesores, el más sagrado
se vio obligado a separarse de
él, no había podido aceptar su doctrina.
Pensativo, Siddharta retrasó
todavía más su paso, mientras se preguntaba a sí mismo:
«¿Qué has querido aprender de las
doctrinas y de los profesores? ¿Qué es lo que ellos no han
podido enseñarte, a pesar de lo
mucho que te han ilustrado?»
Y se contestó:
«Era el yo, cuyo sentido y
carácter quería aprender. Era el yo, del cual me quería librar, al que
quería superar. Pero no lo
conseguí, tan sólo podía engañarlo, únicamente podía huir de él,
esconderme. ¡Ciertamente, ninguna
cosa del mundo me ha obsesionado tanto como este mi yo, este
enigma de vivir: que soy un
individuo separado y aislado de todos los demás, que soy Siddharta! ¡Y
de ninguna otra cosa del mundo sé
tan poco como de mí, de Siddharta!»
El pensador, que caminaba
lentamente, se detuvo dominado por esta idea; y de pronto, saltó de
este pensamiento a otro, uno
nuevo que decía:
«Unicamente hay una causa, una
sola causa que explique por qué yo no sé nada de mí, que
Siddharta me sea tan extraño y
desconocido: ¡Yo tenía miedo de mí mismo, huía de mí mismo!
Buscaba el atman a Brahma; estaba
dispuesto a despedazar y a descamar mi yo para encontrar en
su interior el núcleo de todo, el
atman, la vida, lo divino, lo último. Pero me he perdido a mí
mismo.»
Siddharta abrió los ojos y miró a
su alrededor; una sonrisa iluminó su rostro y recorrió todo su
cuerpo, hasta la yema de los
dedos: era el profundo sentimiento del despertar, después de largos
sueños. De repente se encontró
andando otra vez, con paso rápido, como el de un hombre que sabe
lo que tiene que hacer.
«¡Oh! -pensó respirando
profundamente-. ¡Ahora ya no permitiré que se escape Siddharta! Ya no
quiero empezar mis reflexiones y
mi vida con el atman y con la pena del mundo. Ya no deseo
matarme ni despedazarme para
hallar un misterio detrás de las ruinas. Ya no me enseñará el yogaveda,
ni el atharva-veda, ni los
ascetas, ni cualquier otra doctrina. Quiero aprender de mí mismo,
deseo ser mi discípulo,
conocerme, adentrarme en el misterio de Siddharta.»
Miraba a su alrededor, como si
viese al mundo por primera vez. ¡Era hermoso el mundo, y de
variados colores! El mundo se le
presentaba curioso y enigmático. Aquí azul, allí amarillo, allá verde,
el cielo y el río corrían, el
bosque y el monte mezclaban su belleza, misteriosa y mágica, y allí, en
medio, Siddharta, que se
despertaba, que se ponía en camino hacia sí mismo. A través del ojo de
Siddharta entró por primera vez
todo eso, el amarillo y el azul, el río y el bosque, ya no era la magia
de Mara, ni el velo de Maja; ya
no era la multiplicidad inútil y casual del mundo visible y
Hermann Hesse
Siddharta
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despreciable para el brahmán
profundo, que desprecia lo múltiple y busca la unidad. Azul, era azul,
río era río, aunque dentro del
azul y del río y de Siddharta vivía escondido lo único y lo divino;
precisamente, pues, el carácter y
la esencia de lo divino era el ser aquí amarillo, allí azul, allá cielo,
acullá bosque y aquí Siddharta.
El sentido y el carácter no estaban detrás de las cosas, estaban
dentro de ellos, dentro de todo.
«¡Qué sordo y torpe he sido!
-meditó a paso ligero-. Si alguien lee un escrito para buscarle un
sentido, no desprecia los signos
y las letras, ni los llama engaño, casualidad o cáscara inútil; al
contrario, los lee, los estudia,
los ama letra por letra. Sin embargo, yo quería leer el libro del mundo
y el de mi propio carácter; sin
embargo, he despreciado los signos y las letras en favor de un
sentido imaginado ya de antemano;
llamaba al mundo visible un engaño, consideraba mi ojo y mi
lengua como apariencias casuales
y sin valor. No, esto ha pasado ya: ahora me he despertado,
realmente he conseguido
desvelarme; y hoy, por fin, he nacido.»
Mientras Siddharta reflexionaba
así, de nuevo se detuvo, ahora de repente, como si se le hubiera
cruzado una serpiente en el
camino.
Y es que de improviso había
comprendido también lo siguiente:
él, realmente, era como una
persona que se despierta o como un recién nacido, tenía que
comenzar de nuevo su vida desde
un principio. Aquella misma mañana, al abandonar el bosque de
Jatavana, el de aquel majestuoso,
y empezar a despertarse, a caminar hacia sí mismo, le había
parecido natural su intención de
regresar a su tierra y a su casa paterna, después de los años de
ascetismo. Pero ahora, en este
momento, cuando se detuvo como si se le hubiera cruzado una
serpiente en el camino, también
se despertaron sus sospechas.
«Ya no soy el que fui -se dijo-;
ya no soy asceta, ni sacerdote, ni brahmán. ¿Qué haría en casa
de mi padre? ¿Estudiar?
¿Sacrificar? ¿Ejercer el arte de reflexionar? Todo ello ya es pasado, ya no se
halla en mi camino.»
Siddharta estaba inmóvil y, por
un momento, su corazón sintió frío; cuando se dio cuenta de lo
solo que se hallaba, sintió en su
pecho un escalofrío, como si se tratara de un animal pequeño, un
pájaro o una liebre. Durante años
no había tenido casa, y no la había necesitado. Ahora si. Siempre,
incluso en la máxima entrega,
había sido el hijo de su padre, había sido brahmán, de elevada casta,
un sacerdote. Ahora, únicamente
era Siddharta, el que se había despertado: nada más. Respiró
profundamente y, por un momento,
al sentir frío, se estremeció. Nadie estaba tan solo como él. No
existía el noble que no
perteneciese a la nobleza, ni el artesano que no formara parte del gremio de
los artesanos y que no encontrara
refugio entre ellos, que no participase en su vida y hablase su
idioma. Todos los brahmanes se
hallaban entre los brahmanes y vivían con ellos; el asceta, que no
encuentra refugio en la clase de
los samanas, e incluso el ermitaño perdido en el bosque, no era un
solitario: también a éste le
rodeaba su pertenencia, también compartía con una casta, que era el
suelo patrio. Govinda se había
convertido en monje, y mil monjes eran sus hermanos, llevaban su
mismo vestido, tenían su misma
fe, hablaban su idioma. ¿Pero él, Siddharta, a qué pertenecía? ¿La
vida de quién compartiría? ¿Qué
idioma hablaría?
A partir de este momento surgió
un Siddharta con un yo más profundo, más concentrado; y fue
precisamente en el instante en
que el mundo de su alrededor se fundía, cuando se encontró solo
como una estrella en el
firmamento, al experimentar frío y desaliento. Siddharta percibía; había sido
el último estremecimiento del
despertar, la última contracción del parto. Y de pronto, volvió a
caminar, echó a andar
rápidamente, con impaciencia; ya no se dirigía a su casa, ni iba hacia su
padre, ni marchaba hacia atrás.
Hermann Hesse
Siddharta
19
SEGUNDA PARTE
KAMALA
A cada paso del camino aprendía
Siddharta cosas nuevas, pues el mundo se encontraba
cambiado, y su corazón se
solazaba. Veía salir el sol por encima de los montes verdes y lo veía
ponerse sobre la lejana playa de
palmeras. Por la noche contemplaba las estrellas, ordenadas en el
cielo, y la luna creciente
flotando en el azul, como una barca. Observaba los árboles, los astros, los
animales, las nubes, las lejanas
y altas montañas, azules y suaves; los pájaros y las abejas que
zumbaban, el viento que soplaba sobre
los campos de arroz. Todo ello siempre había existido de mil
maneras diferentes y en multitud
de colores, siempre había brilIado el sol y la luna; siempre los ríos
habían murmurado y las abejas
habían zumbado.
Sin embargo, en otros tiempos,
todo ello no fue más que un velo pasajero y engañoso para el ojo
de Siddharta, que observaba con
desconfianza; como penetraba en todo con el pensamiento, y no
queriendo destruir lo que no era
sustancia, resultó que la sustancia se le colocó más allá de lo
visible. Pero ahora, su ojo libre
veía más cerca, observaba y comprendía lo que se hallaba ante su
vista; buscaba su patria en este
mundo, y no en la sustancia; su fin ya no estaba en el más allá. El
mundo era bello, si se lo
contemplaba con la sencillez de un niño. Hermosas eran la luna y las
estrellas, el riachuelo y la
orilla, el bosque y la roca, la oveja y el cárabo dorado, la flor y la
mariposa. Bello y gozoso era el
caminar por este mundo, de manera tan infantil, tan despierta, tan
abierta a lo cercano, tan confiada.
El calor del sol sobre la cabeza
era diferente, igual que el frescor de la sombra del bosque, el
sabor del riachuelo y de la
cisterna, de la calabaza y del plátano. Los días eran cortos, y también las
noches; cada hora huía con
rapidez, como una vela sobre el mar, la de un barco repleto de riquezas,
de alegrías. Siddharta veía una
familia de monos saltando por las copas de los árboles y escuchaba
un canto ávido y salvaje.
Siddharta miraba cómo un carnero perseguía a una oveja y cómo luego se
juntaron. En el lago cubierto de
cañas observó al lucio hambriento cazando de noche; delante de él
saltaban en el agua los peces
jóvenes, llenos de miedo, y los remolinos que originaba el impetuoso
cazador llevaban el hálito
imperioso de la fuerza y la pasión.
Todo eso siempre había existido,
y él no se había percatado, no había participado del mundo.
Ahora sí. Por su ojo pasaba la
luz y la sombra, por su corazón circulaban las estrellas y la luna.
Por el camino, Siddharta también
recordó todo lo que había vivido en el jardín de Jetavana, la
doctrina que había escuchado
allí, de labios del divino buda, la despedida de Govinda, la
conversación con el majestuoso.
Acordóse de nuevo de las propias palabras que había dirigido al
majestuoso, de cada frase,
comprendió con asombro que había dicho cosas que hasta entonces
realmente no sabía. Lo que dijera
a Gotama: que el tesoro y el secreto del buda no eran la doctrina,
sino lo inexplicable, lo que no
podía enseñarse, lo que él había vivido en la hora de su inspiración,
esto era precisamente lo que él
pensaba vivir ahora, lo que en aquel momento comenzaba a vivir.
Ahora tenía que existir consigo
mismo. Incluso antes supo que su propio yo era atman, hecho de la
misma sustancia eterna del
Brahma. Pero nunca había encontrado ese yo, realmente, porque quería
pescarlo con la red del
pensamiento.
No obstante, lo más seguro es que
el cuerpo no fuera el yo, ni en el juego del sentido tampoco lo
era el pensar, ni la inteligencia
ni la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar
conclusiones y de construir
nuevos pensamientos por entre las teorías ya enunciadas. No, también
el mundo de los pensamientos se
encontraba aún de este lado, y no conducía a ningún fin; se
Hermann Hesse
Siddharta
20
mataba al fugaz yo de los
sentidos, y, sin embargo, se alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la
sabiduría.
Ambos, los pensamientos como los
sentidos, eran cosas hermosas; detrás de ambas se escondía
el último sentido; debía
escucharse a los dos, se tenía que jugar con ambos, no se debía
menospreciar ni atribuir
demasiado valor a ninguno de ellos; era necesario escuchar las voces
interiores y secretas de ambos.
Tan sólo deseo que la voz no me
mande detenerme en otra parte que no sea la que desee la voz,
pensaba. ¿Porqué Gotama en la
hora de las horas se había sentado bajo aquel árbol donde tuvo la
inspiración? Había oído una voz,
un grito en su propio corazón que le ordenaba descansar debajo de
aquel árbol; y Gotama no había
preferido la mortificación, ni el sacrificio, ni el baño, ni la oración, ni
la comida ni la bebida, ni el
sueño, sino que había obedecido a la voz. Obedecer así, no era
doblegarse a una orden exterior,
sino sólo a la voz interior; estar tan dispuesto era lo mejor, lo
necesario, lo más conveniente.
Durante la noche, cuando dormía
en la choza de paja de un barquero, junto al río, Siddharta tuvo
un sueño: Govinda estaba delante
de él con su vestidura amarilla de asceta. Govinda tenía un
aspecto triste y con melancolía
le preguntaba: «¿Por qué me has abandonado?» Entonces Siddharta
abrazó a Govinda, lo tomó entre
sus brazos, lo estrechó contra su pecho y lo besó... ya no era
Govinda, sino una mujer, y del
vestido le salía un seno turgente. Tendiase Siddharta, y bebía. La
leche de ese pecho sabía dulce y
fuerte. Su sabor era de mujer y de hombre, de sol y de bosque, de
flor y de animal, de todas las
frutas y todos los placeres; embriagaba y hacía perder el sentido.
Cuando Siddharta despertó, el río
pálido brillaba a través de la puerta de la choza, y en el bosque
se oía grave y sonoro el grito
sombrío de un búho.
Al amanecer, Siddharta rogó a su
anfitrión, el barquero, que le llevara al otro lado del río. El
barquero le trasladó en su balsa
de bambú. El agua ancha resplandecía con el color cobrizo del
crepúsculo matutino.
-Este es, en verdad, un hermoso
río -dijo a su acompañante.
-Sí -respondió el barquero-; es
un río espléndido. Es lo que más quiero. A menudo le he
escuchado, me he mirado en sus
ojos, y siempre he aprendido algo nuevo de él. Se puede aprender
mucho de un río.
-Te doy las gracias, mi
bienhechor -exclamó Siddharta, cuando saltó a la otra orilla-. No tengo
ningún regalo para darte, amigo,
ni puedo pagarte. Soy un vagabundo, un hijo de un brahmán y un
samana.
-Ya me di cuenta de ello
-contestó el barquero-. Y no esperaba de ti sueldo ni regalo. Me harás el
obsequio en otra ocasión. ¿Así lo
crees? -preguntó alegre Siddharta.
-Desde luego. También eso lo he
aprendido del río: ¡todo vuelve! Tú también volverás, samana.
Ahora, ¡adiós! Que tu amistad sea
mi paga. ¡ Que pienses en mí, cuando sacrifiques ante los dioses!
Sonrientes se despidieron.
Siddharta sintióse contento por la amistad y la amabilidad del
barquero.
«Es como Govinda -pensó
Siddharta, jocoso-: todos los que encuentro en mi camino son como
Govinda. Todos son agradecidos, a
pesar de que ellos mismos podrían pedir agradecimiento. Todos
son sumisos, a todos les gusta
ser amigos, les agrada obedecer, pensar poco. Los hombres son
como niños.»
Al mediodía pasó por un pueblo.
Delante de las cabañas de barro, los pequeños se revolcaban en
la calle, jugaban con pipas de
calabazas y con caracolas, se gritaban y se peleaban, pero todos
huían tímidos ante el samana
forastero. Al final del pueblo, en el camino por el que cruzaba un
riachuelo, una joven estaba
arrodillada, lavando vestidos a la orilla del torrente. Cuando Siddharta la
saludó, la muchacha alzó la
cabeza y le miró con una sonrisa que hizo brillar la blancura de sus
dientes.
Siddharta pronunció la bendición
de los peregrinos y preguntó cuánto faltaba para llegar a la gran
ciudad. Entonces la joven
levantóse y se le acercó; el brillo de su boca húmeda resplandecía en el
rostro juvenil. Echó a andar
junto a Siddharta y entre bromas le preguntó si ya había comido, y si
Hermann Hesse
Siddharta
21
era verdad que los samanas
dormían solos por la noche en el bosque, y que no podían tener una
mujer. En esto, la muchacha
colocó su pie izquierdo sobre el derecho de Siddharta, e hizo un
ademán, el que hace la mujer
cuando invita al hombre al placer sensual que los libros llaman «la
subida al árbol».
Siddharta sintió cómo se le
caldeaba la sangre, y en aquel instante recordó su sueño. Inclinóse
un poco hacia la mujer y besó con
los labios el botón oscuro de su pecho. Luego levantó la mirada y
vio que la joven le sonreía con
vivo anhelo, y que con los ojos le suplicaba.
También Siddharta sintió el deseo
y notó cómo en su interior brotaba la fuente del sexo: nunca
había tocado a una mujer. Vaciló
un momento, a pesar de que sus manos ya estaban dispuestas a
tomarla. Y en aquel mismo
instante, escuchó estremecido la voz de su interior; y la voz dijo no.
Entonces desapareció el encanto
del rostro de la joven; Siddharta tan sólo veía la húmeda mirada de
una hembra animal en celo.
Afectuosamente pasó la mano por su mejilla y se separó de la
muchacha. Con pasos ligeros
desapareció por el bosque de bambú, dejando atrás a la joven
desengañada.
El mismo día, antes de hacerse de
noche, llegó a una gran ciudad y se alegró, pues tenía ganas
de hallarse entre personas. Había
vivido mucho tiempo en el bosque, y la choza de paja del
barquero, donde durmiera la noche
pasada, había sido su primer lecho después de mucho tiempo.
Delante de la ciudad, junto a un
hermoso bosque rodeado por una valía, el caminante se encontró
con un grupo de criados y siervos
cargados de cestos. En medio del grupo iba el ama, una mujer
reclinada en una litera adornada
y que llevaban cuatro esclavos; iba encima de rojos almohadones,
y bajo una sombrilla de colores.
Siddharta se detuvo a la entrada del bosque y observó el
espectáculo: vio a los criados,
las siervas, los cestos, la litera; observó a la dama dentro de su silla
de mano. Debajo de sus cabellos
negros, recogidos en un alto peinado, pudo ver un rostro muy
blanco, muy delicado, muy
inteligente; y una boca de un rojo pálido, como un higo recién abierto;
también vio unas cejas cuidadas y
pintadas en forma de alto arco, unos ojos inteligentes y
despiertos; un cuello esbelto que
salía de un vestido verde y oro; unas manos largas y delgadas,
con anchos aros de oro en las
muñecas.
Siddharta se dio cuenta de lo
hermosa que era aquella dama, y su corazón sonrió. Cuando se
acercó la litera, inclinóse y,
seguidamente, al enderezarse, vio el rostro bello y sereno; por un
momento leyó en sus ojos
inteligentes, bajo las altas cejas, y aspiró un perfume que desconocía.
La hermosa dama sonrió un instante
y luego desapareció en el parque, y con ella los criados.
Siddharta entró en la ciudad bajo
un signo mágico. Tuvo deseos de entrar inmediatamente en el
parque, pero reflexionó y recordó
cómo le habían observado los criados y criadas; con qué
desprecio, desconfianza,
repulsión.
Pensó que era un samana, un
asceta, un mendigo. «No puedo seguir así, no -se dijo-. Me sería
imposible entrar en el parque.» Y
se echó a reír.
A la primera persona que se cruzó
en su camino le preguntó por el parque y por el nombre de
aquella mujer; así se enteró de
que aquél era el parque de Kamala, la famosa cortesana, y que,
además del parque, ella poseía
una casa en la ciudad.
Seguidamente entró en la
población. Ahora tenía un objetivo.
Siguiendo su meta se dejó
absorber por la ciudad; siguió por las callejuelas, se detuvo en las
plazas, descansó en las escaleras
de piedra, a la orilla del río. Por la noche hizo amistad con un
barbero al que había visto
trabajar a la sombra, en una bodega, y que volvió a encontrar rezando en
un templo de Vishnú; le narró
entonces la historia de Vishnú y de los Laksmios. Durante la noche
durmió junto a las barcas del
río, y por la mañana, de madrugada, antes de que llegaran los
primeros clientes a su tienda, el
barbero le cortó el cabello, le afeitó la barba, le peinó y le dio
fricciones con aceites
perfumados. Luego Siddharta se fue a bañar al río.
Cuando por la tarde la bella
Kamala se acercó al parque, en su litera, a la entrada se encontraba
Siddharta, el cual hizo una
reverencia y recibió el saludo de la cortesana. Siddharta hizo una señal al
último criado del séquito y le
rogó que comunicara a su ama que un joven brahmán deseaba hablar
con ella. Después de un tiempo
regresó el criado y le rogó que le siguiera. En silencio le condujo a
un pabellón donde Kamala
descansaba sobre un diván, y le dejó a solas con ella.
Hermann Hesse
Siddharta
22
-¿No estabas ya ayer ahí fuera, y
me saludaste? -preguntó Kamala.
-Sí, te vi ayer y te saludé.
-¿Pero ayer no llevabas barba, y
el cabello largo y lleno de polvo?
-Observaste bien, no perdiste
ningún detalle. Viste a Siddharta, al hijo del brahmán, que
abandonó su casa para convertirse
en samana, y que durante tres años ha sido un samana. Pero
ahora he abandonado aquel camino
y he venido a esta ciudad. La primera persona que se cruzó en
mi senda, aun antes de entrar en
la población, fuiste tú. ¡He venido a decirte todo esto, Kamala!
Eres la primera mujer a la que
Siddharta habla sin bajar la vista. Nunca jamás quiero bajar mi vista
cuando me encuentre con una mujer
hermosa.
Kamala sonreía y jugaba con su
abanico de plumas de pavo real. Le preguntó:
-¿Y para decirme eso has venido
hasta mí, Siddharta?
-Para decirte eso, y para darte
las gracias por ser tan bella. Y si no te disgustara, Kamala, te
rogaría que fueras mi amiga y
maestra, pues todavía no sé nada del arte que tú dominas.
Entonces Kamala se echó a reír.
-¡Jamás me había ocurrido, amigo,
que un samana del bosque viniera a aprender de mí! ¡Jamás
me había sucedido que un samana
de cabellos largos, vestido con un taparrabos viejo y raído se me
acercara! Muchos jóvenes vienen a
verme, y entre ellos también los hay que son hijos de
brahmanes; pero vienen con
atavíos elegantes, con finos zapatos, cabellos perfumados y dinero en
el bolsillo. Así son, samana, los
jóvenes que me visitan.
Siddharta contesto:
-Ya empiezo a aprender de ti.
También ayer me enseñaste algo. Ya me he afeitado la barba, me
he peinado, y llevo aceite en el
cabello. Es poco lo que me falta: vestidos elegantes, finos zapatos,
dinero en el bolsillo. Quiero que
sepas que Siddharta se ha propuesto cosas más difíciles que esas
pequeñeces, y lo ha logrado. ¿Por
qué no voy a conseguir lo que me propuse ayer, ser tu amigo y
aprender de ti los placeres del
amor? Me verás dócil, Kamala; he aprendido cosas más difíciles que
lo que tú me puedas enseñar. Y
ahora, dime: ¿No te basta con Siddharta tal como está, con aceite
en el cabello, pero sin vestidos,
ni zapatos, ni dinero?
Kamala exclamó riendo:
-No, querido, no me basta. Tienes
que ir vestido con ropas elegantes, y debes llevar finos zapatos
y mucho dinero encima, y traer
también regalos para Kamala. ¿Vas aprendiendo? ¿Te fijas, samana
del bosque?
-Naturalmente, me fijo -repuso
Siddharta-. ¿Cómo podría desatender las palabras de esa boca?
Tus labios son como un higo
recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca y hará juego
con la tuya, lo verás. Pero dime,
bella Kamala, ¿no temes ni siquiera un poco al samana del bosque,
que ha venido a aprender el amor?
-¿Cómo podría tener miedo de un
samana? ¿De un necio samana del bosque, que habita con los
chacales y que todavía desconoce
lo que es una mujer?
-¡Ah! Pero el samana es fuerte y
no se arredra ante nada. Podría forzarte, bella muchacha.
Robarte, hacerte daño.
-No, samana, no temo nada de eso.
¿Alguna vez un samana o un brahmán ha temido que alguien
le pudiera robar su sabiduría, su
devoción o su profundidad de pensamiento? No, pues es suyo, y
sólo da lo que quiere dar y a
quien quiere. Lo mismo, exactamente, pasa con Kamala y las alegrías
del amor. La boca de Kamala es
bonita y encarnada, pero intenta besarla contra la voluntad de
Kamala, y no disfrutarás ni una
sola gota de la dulzura que sabe dar. Tú tienes facilidad para
aprender, Siddharta, pues aprende
también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como
obsequio, encontrar en la calle,
¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es
erróneo. Sería una lástima que un
joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.
Siddharta se inclinó sonriendo y
contestó:
-¡Sería una lástima! ¡Ti enes
razón! Sería una verdadera lástima. ¡No, de tu boca no se debe
perder ni una sola gota de
dulzura, ni tú de la mía! Quedamos, pues, así, en que Siddharta volverá
Hermann Hesse
Siddharta
23
cuando tenga lo que le falta:
vestidos, zapatos, dinero. Pero antes, bella Kamala, ¿no podrías darme
un pequeño consejo, todavía?
-¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién
se negaría a dar un consejo a un pobre e ignorante samana
que viene de los chacales del
bosque?
-Dime, pues, querida Kamala:
¿Dónde debo ir para encontrar rápidamente esas cosas?
-Amigo, eso es lo que muchos
quisieran saber. Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por
elIo dinero, vestidos y zapatos.
De otra forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar.
¿Nada más?
-Nada más... Pues sí, también sé
hacer poesías. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
-Si me gusta la poesía, sí. ¿Cómo
se llama?
Siddharta, después de pensar un
instante, empezó a recitar estos versos:
En un umbrío parque entró la
bella Kamala,
a la entrada de la fronda
hallábase el moreno samana.
Al ver la flor de loto se inclinó
profundamente,
y, sonriendo, se lo agradeció
Kamala.
A ella prefiero, en vez de
sacrificar ante
los dioses, pensó el joven.
Sí, prefiero ofrecer los
sacrificios a la bella Kamala.
Kamala aplaudió tan fuerte que
sus pulseras de oro resonaron argentinas.
-Me gustan tus versos, moreno
samana. Y, en verdad, no pierdo nada, si te doy un beso.
Con los ojos le atrajo; Siddharta
inclinó el rostro sobre el de Kamala y depositó su boca sobre la
del higo recién abierto. El beso
de Kamala fue largo; con profundo asombro, Siddharta se dio cuenta
de que le enseñaba, pues era
sabia; le dominaba, le rechazaba, le atraía, y tras el primer beso le
esperaba una larga sucesión de
besos bien ordenados, bien probados, cada uno distinto del siguiente.
Respiró profundamente y en ese
momento sintióse sorprendido como un niño, ante la
abundancia de cosas nuevas y
dignas de aprender que se descubrían ante sus ojos.
-Tus versos son muy bellos
-exclamó Kamala-; si yo fuera rica te los pagaría a precio de oro. Pero
te será difícil ganar con versos
tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho, si
quieres ser amigo de Kamala.
-¡Cómo sabes besar, Kamala!
-balbució Siddharta.
-Sí, eso lo sé hacer; por ello
tampoco no me faltan vestidos, ni zapatos ni pulseras, ni otras cosas
bonitas. ¿Pero qué será de ti?
¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
-También sé las canciones de los
sacrificios -comentó Siddharta-, pero ya no las quiero cantar.
También conozco las fórmulas
mágicas, pero ya no las quiero pronunciar. He leído las escrituras...
-¡Alto! -le interrumpió Kamala-.
¿Sabes leer? ¿Sabes escribir?
-Sí, naturalmente. Hay muchos que
saben.
-La mayoría no. Tampoco yo lo sé.
Es muy interesante que sepas leer y escribir, muy interesante.
También te servirán las fórmulas
mágicas.
En ese instante entró corriendo
una sirvienta y dijo unas palabras al oído de su ama.
-Tengo visita -exclamó Kamala-.
¡Date prisa! ¡Vete, Siddharta, nadie debe encontrarte por aquí,
no lo olvides! Mañana te veré de
nuevo.
Y ordenó a la sierva que
entregara al devoto brahmán una túnica blanca. Sin saber lo que ocurría,
Siddharta se vio conducido por la
criada a otro pabellón, a través de un camino desconocido; luego
fue obsequiado con una túnica, y
ya en la espesura, le dijeron que se alejara del parque tan pronto
como pudiera, y sin ser visto.
Hermann Hesse
Siddharta
24
Contento hizo lo que se le había
mandado. Acostumbrado al bosque, salió del parque por encima
del seto, sin hacer ruido. Alegre
regresó a la ciudad, con la túnica bajo el brazo. En un albergue
frecuentado por viajeros, se
colocó a un lado de la puerta y pidió comida con un gesto; recibió un
trozo de pastel de arroz. «Quizá
mañana ya no tenga que pedir más comida», se dijo.
De repente, se le encendió el
orgullo. Ya no era un samana, ya no debía pedir limosnas. Arrojó el
pastel de arroz a un perro y se
quedó sin comer.
«La vida que se vive en este
mundo es simple -reflexionó Siddharta-. Cuando todavía era un
samana, todo era difícil, y al
final desesperado. Ahora todo es fácil, tan sencillo como las enseñanzas
en el arte de besar, que me
ofrece Kamala. Necesito vestidos y dinero, nada más; son dos metas
pequeñas y cercanas, que no
quitan el sueño.»
Hace tiempo que se había enterado
del lugar en que estaba la casa de Kamala, en la ciudad, y allí
se presentó al día siguiente.
-Todo va bien -le dijo Kamala-.
Te espera Kamaswami, el más rico comerciante de la ciudad. Si le
gustas, te empleará. Sé
inteligente, moreno samana. He hecho que otros le hablaran de ti. Sé
amable con él, es muy influyente.
¡Pero no seas demasiado modesto! No quiero que te conviertas en
su criado; has de ser su igual,
si no, no estaré contenta de ti. Kamaswami empieza a envejecer y a
volverse comodón. Si le gustas,
te confiará muchos asuntos.
Siddharta le dio las gracias y
sonrió. Cuando Kamala se enteró que en dos días no había comido,
mandó traer pan y fruta y se las
ofreció.
-Has tenido suerte -comentó
Kamala, al despedirse-; se te abre una puerta tras otra. ¿Por qué
será? ¿Eres un mago?
Siddharta replicó:
-Ayer te conté que sé pensar,
esperar y ayunar, y tú encontraste que todo ello no servía para
nada. Sin embargo, sirve para
mucho. Te darás cuenta de que los ignorantes samanas aprenden en
el bosque y saben muchas cosas
hermosas, que vosotros no sabéis. Anteayer todavía era un
mendigo sucio; ayer besé a
Kamala; y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas las cosas
que a ti te gusten.
-Eso es cierto -reconoció
Kamala-. Pero, ¿qué sería de ti, si no fuera por Kamala? ¿Qué serías tú
sin mi ayuda?
-Querida Kamala -manifestó
Siddharta, al tiempo que se incorporaba-, cuando entré en tu
parque, di el primer paso. Me
había propuesto aprender el amor de la más bella de las mujeres. Y
desde el momento en que me lo
propuse, también sabía que lo lograría. Sabía que tú me ibas a
ayudar; lo supe desde tu primera
mirada, a la entrada del bosque.
-¿Y si yo no hubiese querido?
-Pero has querido. Mira, Kamala:
si echas una piedra al agua, ésta se precipita hasta el fondo por
el camino más rápido. Lo mismo
ocurre cuando Siddharta tiene un fin, cuando se propone algo.
Siddharta no hace nada, sólo
espera, piensa, ayuna, sin hacer nada, sin moverse: se deja llevar, se
deja caer. Su meta le atrae, pues
él no permite que entre en su alma nada que pueda contrariar su
objetivo. Eso es lo que Siddharta
ha aprendido de los samanas. Es lo que los necios llaman magia y
creen que es obra de demonios.
Nada es obra de los malos espíritus, éstos no existen. Cualquiera
puede ejercer la magia si sabe
pensar, esperar, ayunar.
Kamala le escuchó. Amaba su voz,
le gustaba la mirada de sus ojos.
-Quizá sea así como dices, amigo
-musitó en voz baja-. Pero quizá también es porque Siddharta
es hermoso, porque su mirada
gusta a las mujeres, y por ello tiene suerte.
Siddharta se despidió con un
beso.
-Así sea, profesora mía. ¡Que mi
mirada te agrade siempre! ¡Que a tu lado siempre tenga suerte!
Hermann Hesse
Siddharta
25
CON LOS HUMANOS
Siddharta marchó a casa del
comerciante Kamaswami. Le habían enviado a una rica mansión; los
criados le guiaron sobre valiosas
alfombras hasta un salón, donde debía esperar al dueño de la casa.
Entró Kamaswami. Era un hombre
ágil y atlético, con el cabello muy canoso, unos ojos sabios y
prudentes, una boca exigente.
Amablemente se saludaron anfitrión y huésped.
-Me han dicho -empezó el
comerciante- que tú eres un brahmán, un sabio, pero que buscas
empleo en casa de un comerciante.
¿Acaso te encuentras en la miseria, brahmán, y por eso buscas
empleo?
-No -contestó Siddharta-, no me
encuentro en la miseria, y jamás me he encontrado así. Has de
saber que vengo de entre los
samanas con los que he vivido mucho tiempo.
-Si vienes de los samanas, ¿cómo
no vas a estar en la miseria? Los samanas no poseen nada,
¿verdad?
-Nada tengo -repuso Siddharta-,
si es lo que quieres decir. Desde luego que no. Sin embargo, eso
ocurre porque así lo quiero; por
lo tanto, no estoy en la miseria.
-Pero, ¿de qué piensas vivir, si
no posees nada?
-Nunca he pensado en ello, señor.
Durante más de tres años no he poseído nada, y jamás pensé
de qué debía vivir.
-Es decir, que has vivido a
expensas de los demás.
-Supongo que así es. También el
comerciante vive a expensas de los otros.
-Bien dicho. Pero no les quita a
los otros lo suyo sin darles nada: en compensación les entrega
mercancías.
-Así parecen ir las cosas. Todos
quitan, todos dan: ésa es la vida.
-Conforme, pero, dime, por favor:
si no posees nada, ¿qué quieres dar?
-Cada uno da lo que tiene. El
guerrero da fuerza; el comerciante, mercancía; el profesor,
enseñanza; el campesino, arroz;
el pescador, peces.
-Muy bien. ¿Y qué es, pues, lo
que tú puedes dar? ¿Qué es lo que has aprendido? ¿Qué sabes
hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar.
-¿Y eso es todo?
-¡Creo que es todo!
-¿Y para qué sirve? Por ejemplo,
el ayuno... ¿Para qué vale?
-Es muy útil, señor. Cuando una
persona no tiene nada que comer, lo más inteligente será que
ayune. Si, por ejemplo, Siddharta
no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar
cualquier empleo, sea en tu casa
o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin
embargo, Siddharta puede esperar
tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria; puede
contener el asedio del hambre
durante mucho tiempo y, además, puede echarse a reír. Para eso
sirve el ayuno, señor.
-Tienes razón, samana. Espera un
momento.
Kamaswami salió y al momento
regresó con un papel enrollado que entregó a su huésped al
tiempo que le preguntaba:
-¿Sabes leer lo que dice aquí?
Siddharta observó el documento,
que contenía un contrato de compra, y empezó a leerlo.
Hermann Hesse
Siddharta
26
-Perfecto -exclamó Kamaswami-.
¿Quieres escribirme algo en este papel?
Le entregó una hoja y un lápiz;
Siddharta escribió y le devolvió la hoja.
Kamaswami leyó:
«Escribir es bueno, pensar es
mejor. La inteligencia es buena, la paciencia es mejor.»
-Sabes escribir excelentemente
-alabó el comerciante-. Aún tenemos que hablar de muchas
cosas. Por hoy te ruego que seas
mi invitado y que te alojes en esta casa.
Siddharta le dio las gracias y
aceptó; y se alojó en casa del comerciante. Le entregaron vestidos y
zapatos, y un criado le preparaba
diariamente el baño. Dos veces al día servían un ágape
abundante, pero Siddharta tan
sólo asistía una vez, y nunca comía carne ni bebía vino.
Kamaswami le habló de sus
negocios, le enseñó la mercancía y los almacenes, le mostró las
cuentas.
Siddharta llegó a conocer muchas
cosas nuevas, escuchaba mucho y hablaba poco. Sin
desatender las palabras de
Kamala, jamás se subordinó al comerciante, sino que le obligó a que le
tratara como a un igual, e
incluso como a un superior. Kamaswami llevaba sus negocios con
cuidado, y a menudo, incluso, con
pasión; Siddharta, por el contrario, lo observaba todo como si se
tratara de un juego cuyas reglas
se esforzaba por aprender, pero sin que afectase a su corazón el
contenido.
No hacía mucho tiempo que se
encontraba en casa de Kamaswami, cuando ya participaba en los
negocios del dueño de la casa.
Pero diariamente, a la hora indicada, visitaba a la bella Kamala con
vestidos elegantes, finos
zapatos, y pronto también le llevó regalos. Aprendía mucho de la roja boca
inteligente. Mucho le enseñó la
mano suave y delicada.
Siddharta, en el amor, todavía
era un chiquillo inclinado a hundirse con ceguera insaciable en el
placer, como en un precipicio.
Kamala le enseñó, desde el principio, que no se puede recibir placer
sin darlo; que todo gesto,
caricia, contacto, mirada, todo lugar del cuerpo, tiene su secreto, que al
despertarse produce felicidad al
entendido. También le dijo que los amantes, después de celebrar el
rito del amor, no pueden
separarse sin que se admiren mutuamente, sin sentirse a la vez vencido y
vencedor; de ese modo, ninguno de
los dos notará saciedad, monotonía, ni tendrá la mala impresión
de haber abusado o de haber
padecido abuso. Pasaba Siddharta maravillosas horas con la bella
mujer; se convirtió en su
discípulo, su amante, su amigo. Allí, junto a Kamala, encontraba el valor y
el sentido a su vida, no en los
negocios de Kamaswami.
El comerciante encargaba a
Siddharta las cartas y los contratos importantes, y se acostumbró a
pedirle consejo en todos los
asuntos trascendentales. Pronto se dio cuenta de que Siddharta
entendía poco de arroz y de lana,
de navegación y de negocios; y, no obstante, la ayuda de
Siddharta era eficaz, e incluso
superaba al comerciante en tranquilidad, serenidad y en el arte de
saber escuchar y penetrar en el
alma de los extraños.
-Este brahmán -comentó Kamaswami
a un amigo- no es un verdadero comerciante, y jamás lo
será; los negocios nunca
apasionan a su alma. Pero posee el secreto de las personas que tienen
éxito sin esforzarse, ya sea por
su buena estrella, por magia, o por algo que habrá aprendido de los
samanas. Siempre parece que juega
a los negocios; jamás se siente ligado o dominado por ellos;
nunca teme al fracaso, ni le
preocupa una pérdida.
El amigo aconsejó al comerciante:
-De los negocios que te lleva,
entrégale una tercera parte de los beneficios, pero deja que
también pague la misma
participación en las pérdidas que se produzcan. Así lograrás que se
interese más.
Kamaswami siguió su consejo. No
obstante, Siddharta se inmutó muy poco. Si conseguía
beneficios, los recibía con
indiferencia; si existía una pérdida, se echaba a reír y exclamaba:
-¡Pues mira, esto no ha salido
bien!
A decir verdad, Siddharta
continuaba siendo indiferente con los negocios. En una ocasión fue a un
pueblo a comprar una gran cosecha
de arroz. Sin embargo, al llegar, supo que el arroz ya había sido
vendido a otro comerciante. A
pesar de ello, Siddharta se quedó varios días en la aldea, invitó a los
campesinos, regaló monedas de
cobre a sus hijos, asistió a una de sus bodas y regresó contentísimo
Hermann Hesse
Siddharta
27
del viaje.
Kamaswami le reprobó por no
volver en seguida y por haber malgastado tiempo y dinero.
Siddharta contestó:
-¡No te enfades, amigo! Jamás se
ha logrado nada con enfados. Si hemos tenido una pérdida,
asumo la responsabilidad. Estoy
contento de ese viaje. He conocido a muchas personas, un brahmán
me otorgó su amistad, los niños
han cabalgado sobre mis rodillas, los campesinos me han enseñado
sus campos; nadie me tuvo por
comerciante.
-Todo eso está muy bien -exclamó
Kamaswami indignado-. ¡Pero en realidad eres un
comerciante, o al menos eso creo
yo! ¿O acaso has viajado por placer?
-Naturalmente -sonrió Siddharta-,
naturalmente que he viajado por placer. ¿Por qué, si no? He
conocido nuevas personas y
lugares, he recibido amabilidad y confianza, he encontrado amistad.
Mira, amigo, si yo hubiese sido
Kamaswami, al ver frustrada la venta habría regresado en seguida,
fastidiado y con prisas; entonces
sí que realmente se habría perdido tiempo y dinero. Ahora, sin
embargo, he pasado unos días
gratos, he aprendido, he tenido alegría y no he perjudicado a nadie
con mi fastidio y mis prisas. Y
si alguna vez vuelvo allí, quizá para comprar otra cosecha o con
cualquier otro fin, me recibirán
personas amables, llenas de alegría y cordialidad, y yo me sentiré
orgulloso por no haber demostrado
entonces prisa o mal humor. Así, pues, amigo, sé bueno y no te
perjudiques con enfados. El día
que creas que ese Siddharta te perjudica, di una sola palabra y
Siddharta se marchará. Pero hasta
entonces, deja que vivamos mutuamente contentos.
También eran vanos los intentos
del comerciante por convencer a Siddharta de que se comía su
pan, el de Kamaswami. Siddharta
comía su propio pan -decía él-, o más bien, ambos comían el pan
de otros, el de todos. Jamás
Siddharta prestó oídos a las preocupaciones de Kamaswami, y eso que
tenía muchos problemas. Nunca
Kamaswami pudo convencer a su colaborador de la utilidad de
gastar palabras en regaños o
aflicciones, de fruncir el ceño o dormir mal cuando algún negocio
amenazaba con un fracaso, o si se
presentaba la pérdida de una cantidad de mercancías, o cuando
parecía que un deudor no podía
pagar. Si en alguna ocasión Kamaswami le reprochaba que todo lo
que Siddharta sabia, lo había
aprendido de él, éste contestaba:
-Veo que te gustan las bromas. De
ti he aprendido cuánto vale un cesto de pescado y cuánto
interés se puede pedir por un
dinero prestado. Estas son tus ciencias. Pero pensar, eso no lo he
aprendido de ti, amigo Kamaswami;
mas tú harías muy bien, si lo aprendieras de mí.
Realmente, el alma de Siddharta
no se hallaba en el comercio. Los negocios eran buenos para
lograr el dinero para Kamala, y
le proporcionaban mucho más de lo que necesitaba. Por lo demás, el
interés y la curiosidad de
Siddharta sólo recaía en las personas, mas sus negocios, oficios,
preocupaciones, alegrías y
necedades, podían serle tan extraños y lejanos como la luna. A pesar de
la facilidad que tenía para
alternar con todos, para vivir y aprender de todos, Siddharta notaba que
existía algo que le separaba de
los otros: su ascetismo. Observaba que los humanos vivían de una
manera infantil, casi animal, que
él a la vez amaba y despreciaba. Los veía esforzarse, sufrir y
encanecer por asuntos que no
merecían ese precio: por dinero, pequeños placeres y discretos
honores; contemplaba cómo se
insultaban mutuamente, se quejaban de sus penas, de las que un
samana se reía, y sufrían por algo
que a un samana tiene sin cuidado.
Siddharta acogía a todas las
personas. Daba la bienvenida al comerciante que le ofrecía tela, al
que estaba cargado de deudas y
buscaba un crédito, al mendigo que durante una hora le explicaba
la historia de su pobreza, a
pesar de que no era la mitad de pobre que un samana.
No diferenciaba en el trato a un
rico comerciante extranjero, del barbero que le afeitaba o del
vendedor ambulante que le
engañaba en el cambio de las pequeñas monedas. Cuando Kamaswami
se le quejaba de sus
preocupaciones o le reprochaba algún negocio, él escuchaba con curiosidad,
serenamente; luego se asombraba,
intentaba entenderle, le daba un poco la razón -únicamente la
que le parecía imprescindible-, y
le dejaba para ocuparse del siguiente asunto.
Y eran muchos, muchos los que
llegaban a la ciudad para negociar con Siddharta, para engañarle
o sondearle; muchos también para
suscitar su compasión, o escuchar su consejo. Siddharta los
compadecía, aconsejaba, regalaba,
y se dejaba engañar un poquito. Y ahora ocupaba su
pensamiento todo ese juego y la
pasión con que lo jugaban los seres humanos, como antes lo
Hermann Hesse
Siddharta
28
ocuparon los dioses y Brahma.
A veces le llegaba del fondo de
su pecho una débil voz, casi moribunda, que le avisaba y se
lamentaba; pero era tan endeble
que apenas se notaba. Cuando la oía, por una hora tenía
conciencia de que llevaba una
vida especial, de que hacía cosas que únicamente eran un juego; sí,
se sentía sereno y aveces alegre,
pero la verdadera vida pasaba de largo y no le tocaba.
Como un jugador de pelota domina
su arte, así también Siddharta jugaba con sus negocios, con
las personas que había a su
alrededor; los observaba, y ellos le alegraban. No obstante, su corazón,
la fuente del ser, no
participaba. La fuente corría por alguna parte, pero lejos de él, se deslizaba
invisible, y ya no pertenecía en
nada a su propia vida. Ante tales pensamientos alguna vez se
asustó; entonces deseó participar
también, en lo posible, en la actividad pueril del día, con ardor y
con el corazón: quería vivir de
verdad, obrar auténticamente, disfrutar realmente, vivir en vez de
permanecer como espectador
solitario.
No obstante, continuaba sus
visitas a la bella Kamala, aprendía el arte del amor, se entrenaba en
el culto al placer, donde más que
en ningún otro asunto, el dar y el recibir es una misma cosa.
Charlaba con Kamala, aprendía
mejor que Govinda en los tiempos pasados; Kamala se parecía más
a Siddharta que el viejo amigo.
En una ocasión manifestó él:
-Tú eres como yo, diferente de la
mayoría de los seres humanos. Tú eres Kamala, nada más; y
dentro de ti hay un sosiego y un
refugio donde puedes retirarte en cualquier momento, como yo
puedo hacerlo. Pocas personas lo
tienen, y, sin embargo, lo podrían poseer todas.
-No todo el mundo es inteligente
-opinó Kamala.
-No -replicó Siddharta-, no es
por eso. Kamaswami es tan inteligente como yo, y, sin embargo,
no lleva ese refugio en su
interior. Otros lo tienen, pero si medimos su inteligencia son igual que
chiquillos. La mayoría de los
seres humanos, Kamala, son corno
las hojas que caen de los
árboles,
que vuelan y revolotean por el
aire, vacilan y por último se precipitan al suelo. Otros, por el
contrario, casi son como
estrellas: siguen un camino fijo, ningún viento les alcanza, pues llevan en
su interior su ley y su meta.
Entre todos los samanas y los sabios -y yo he conocido a muchos-,
había uno de esos últimos, una
persona perfecta. Jamás lo podré olvidar. Se trata del Gotama, el
majestuoso, el predicador de
aquella doctrina. Diariamente escuchan sus palabras más de mil
discípulos, y a todas horas
siguen sus consejos; pero los otros son hojas de las que caen, pues no
llevan en sí mismos la doctrina y
la ley.
Kamala objetó sonriente:
-Otra vez vuelves a hablar de él.
Nuevamente tienes pensamientos de samana.
Siddharta no contestó. Continuó
con el juego del amor, uno los treinta o cuarenta juegos
diferentes que conocía Kamala. El
cuerpo de ella era elástico como el de una pantera, como el arco
de un cazador; quien aprendía el
amor con Kamala, sabía muchos placeres, muchos secretos.
Durante mucho tiempo jugaba con
Siddharta: le atraía, le rechazaba, le obligaba, le abrazaba; se
alegraba de su maestría hasta que
él, vencido y agotado, descansaba junto a Kamala.
La hetera se inclinó sobre
Siddharta, observando largamente su cara y los ojos cansados.
-Eres el mejor amante que he
conocido -declaró pensativa-. Eres más fuerte que otros, más
flexible y espontáneo. Has
aprendido mi arte muy bien, Siddharta. Algún día, cuando yo sea mayor,
quiero tener un hijo tuyo. Y sin
embargo, querido, sé que sigues siendo un samana, que no me
quieres, que no amas a nadie. ¿No
es eso verdad?
-Puede que lo sea -contestó
cansado-. Pero soy como tú: tampoco amas... ¿Cómo podrías ejercer
el amor, como un arte? Las
personas de nuestra naturaleza quizá no sepan amar. Los seres
humanos que no pasan de la edad
pueril sí que saben: ése es su secreto.
Hermann Hesse
Siddharta
29
SANSARA
Durante largo tiempo Siddharta
había vivido la vida del mundo y de los placeres, pero sin formar
parte de esa existencia. Se le
habían despertado los sentidos que adormeció en los ardientes años
de samana; había probado la
riqueza, la voluptuosidad, el poder; no obstante, durante mucho
tiempo permaneció siendo un
samana dentro del corazón. Se dio cuenta de ello la misma Kamala, la
inteligente. La vida de Siddharta
seguía estando presidida por tres cosas: pensar, esperar y ayunar;
todavía la gente del mundo, los
seres humanos le eran extraños, igual que él lo era para los demás.
Los años pasaban, y Siddharta,
rodeado de bienestar, apenas se daba cuenta. Se había hecho
rico; ya poseía su propia casa
con los correspondientes criados, y un jardín en las afueras de la
ciudad, junto al río. La gente le
quería; le iban a ver cuando necesitaban dinero o consejos. Pero, a
excepción de Kamala, nadie
consiguió ser su amigo íntimo.
Poco a poco se había convertido
en recuerdo aquel estado alto y sereno de renacido -el que sintió
en su juventud, días después del
sermón de Gotama y de la separación de Govinda-, aquella
esperanza expectante, aquel
orgullo de soledad sin profesores ni doctrinas, aquella disposición dócil
a oír la voz divina en su propio
interior; todo fue pasajero; la fuente sagrada murmuraba en la
lejanía y con voz muy débil -la
que antes estuvo muy cerca-, en su propio interior. Sin embargo, le
había quedado todavía mucho de lo
que aprendió de los samanas, de Gotama, de su padre, el
brahmán: la vida moderada, el
placer de pensar, las horas de meditación, el conocer secretamente
el yo, el eterno yo, que no es
cuerpo ni conciencia.
Sí, le había quedado algo de todo
aquel pasado, pero ello se encontraba en el olvido, cubierto de
polvo. Era como la rueda del
alfarero que, una vez en marcha, no se detiene bruscamente, sino que
con lentitud y cansancio aminora
la marcha hasta pararse del todo. En el alma de Siddharta, la
rueda del ascetismo, de la
reflexión, había girado durante mucho tiempo; y ahora todavía daba
vueltas, pero muy despacio,
vacilando: se hallaba a punto de detenerse. Paulatinamente, como la
humedad penetra en la corteza del
árbol y la invade y la pudre, así el mundo y la pereza habían
penetrado en el alma de
Siddharta; con insidia le llenaban el alma, daban pesadez a su cuerpo, le
cansaban, le adormecían. Por el
contrario, sus sentidos se habían despertado, habían aprendido
mucho, poseían gran experiencia.
Siddharta había aprendido a
comerciar, a ejercitar su poder sobre las personas, a divertirse con
una mujer; se había aficionado a
vestir ropas elegantes, a ordenar a los servidores, a bañarse en
aguas perfumadas. Le gustaba
comer sabrosos platos preparados con cuidado; platos de pescado,
carne, aves, especias y dulces, y
bebía el vino que da pereza y ayuda a olvidar. Había progresado en
el juego de los dados, en el
tablero de ajedrez, en el saber mirar a las bailarinas; sabía dejarse
llevar en una litera, y dormir en
una cama blanda.
Pero aún no se sentía diferente o
superior a los demás; siempre los observaba con un poco de
ironía y desprecio, precisamente
con ese desdén que siente un samana por la gente de mundo.
Cuando Kamaswami se encontraba
enfermo, cuando le perseguían las preocupaciones de los
negocios, Siddharta siempre le
lanzaba una mirada burlona. Sólo que, lentamente, sin que se notara
en el continuo ritmo de las
cosechas y estaciones de lluvia, su ironía se había cansado, su
superioridad había conseguido
calmarse. Y despacio, en medio de su riqueza creciente, Siddharta se
había adaptado un poco a las
maneras de los pueriles seres humanos, a su candidez, a sus temores.
Y sin embargo, los envidiaba.
Sentía cada vez más celos, a medida que se iba pareciendo más a
ellos. Codiciaba lo único que a
él le faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban
dar a su existencia, la pasión de
sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y la felicidad de sus
amoríos. Los envidiaba a ellos, a
sus mujeres, a sus hijos, a su honor o su dinero; esos seres
siempre se hallaban llenos de
planes y esperanzas.
Pero precisamente era eso lo que
no conseguía disimular: esa alegría y necedad infantiles.
Hermann Hesse
Siddharta
30
Aprendía de ellos tan sólo lo
desagradable, lo que despreciaba. Cada vez con más frecuencia le
ocurría que tras pasar una noche
en sociedad, a la mañana siguiente se quedaba mucho tiempo en
la cama, se sentía estúpido, y
cansado. Cada vez más a menudo se enfadaba y perdía la paciencia
cuando Kamaswami le aburría con
sus preocupaciones.
Primero, cuando perdía en el
juego de los dados reía demasiado fuerte. Su rostro aún parecía
más inteligente y sereno que el
de los otros. Pero luego empezó a reír poco y adoptó uno tras otro
aquellos gestos que se veían con
frecuencia en los rostros de los potentados, los gestos de
descontento, de dolor, del mal
humor, de desidia, de dureza del corazón. Paulatinamente le atacó la
enfermedad de los hombres ricos.
Lentamente el cansancio cubría a
Siddharta como un velo, con una niebla fina; cada día un poco
más turbia, cada año algo más
pesada. Como un vestido nuevo que con el tiempo se vuelve viejo,
pierde su color brillante, se
mancha, se arruga, se gasta en los dobladillos y muestra algunos
deshilachados, así fue la vida
que Siddharta empezó tras la separación de Govinda; había
envejecido, y al compás de los
años perdía su brillo, se manchaba y se arrugaba, escondiendo en el
fondo el desengaño y el asco.
Siddharta no lo advertía. Sólo notaba que aquella voz clara y segura
de su interior, la que le
acompañó en los tiempos de brillantez desde que se despertara, habíase
silenciado ahora.
Le habían capturado el mundo, el
placer, las exigencias, la pereza y, por último, también, aquel
vicio que por ser el más
insensato, siempre había despreciado más: la codicia. Por fin, las ansias de
posesión y de riqueza se habían
apoderado de Siddharta; ya no era un juego, sino una carga y una
cadena.
Siddharta había llegado a esta
triste servidumbre por un camino raro y lleno de sinsabores: el
juego de los dados. Desde el
momento en que su corazón dejó de ser el de un samana, empezó a
jugar por dinero y por objetos
valiosos, con pasión, con furia creciente; era el mismo juego que
antes había considerado, entre
sonrisas e ironías, como una costumbre más de los seres humanos.
Como jugador le temían; pocos se
atrevían con él; a tanta altura habían llegado sus atrevidas
apuestas. Jugador, inducido por
la miseria de su corazón, al malgastar el dichoso dinero
experimentaba una salvaje
alegría; de ninguna otra forma podía demostrar con más claridad y
sarcasmo su desdén por la
riqueza, la diosa de los comerciantes.
Así, pues, jugaba mucho y sin
miramientos; se odiaba a sí mismo, se burlaba del dinero; ganaba
a miles, perdía por millares;
disipaba el dinero, las joyas, una casa de campo; y volvía a resarcirse,
y volvía a perder.
Le gustaba aquel miedo, aquella
angustia terrible que sentía en el juego de los dados, tras haber
apostado mucho; buscaba poder
renovarlo siempre, aumentarlo cada vez más, pues sólo esa sensación
le producía algo parecido a una
felicidad, a un entusiasmo, a una vida elevada en medio de la
mediocridad, de la existencia
gris e indiferente. Y después de una gran pérdida buscaba nuevas
riquezas, hacía los negocios con
más diligencia, obligaba a saldar las deudas con más severidad,
pues quería seguir jugando,
malgastando, demostrando su desprecio por el dinero. Mas cuando le
iba mal en el juego, perdía la
tranquilidad, agotaba su paciencia contra los mendigos, ya no poseía
el placer de regalar ni de
prestar cómo antes.
¡Siddharta, el que en una sola
jugada perdía diez mil, y además se reía, ahora en los negocios
cada vez se volvía más severo y
pedante! ¡Y por la noche soñaba con dinero! Y Siddharta huía cada
vez que se despertaba de ese
espantoso letargo, cuando veía su cara envejecida y fea reflejada en
el espejo de la pared de su
dormitorio, y le atacaban la vergüenza y la repugnancia; huía hacia
nuevos juegos de fortuna, hacia
el embeleso de la lujuria y del vino; y de ahí regresaba otra vez al
principio del círculo vicioso,
para ganar y amontonar riquezas. En esa noria sin sentido se agotaba,
envejecía y enfermaba.
Un día tuvo un sueño fatídico.
Había pasado las horas de la tarde con Kamala, en el hermoso
parque. Se habían sentado bajo
los árboles, a conversar; Kamala pronunció palabras melancólicas,
detrás de las que se escondía la
tristeza y el cansancio. Le había rogado que le hablara de Gotama,
y no se cansó de escuchar sobre
la pureza de su mirada, la bella tranquilidad de sus labios, la
bondad de su sonrisa, la paz de
su andar. Durante mucho tiempo le había tenido que contar los
hechos del majestuoso buda;
Kamala suspiró y manifestó:
Hermann Hesse
Siddharta
31
-Algún día, quizá pronto, también
yo seguiré a ese buda. Le regalaré mi parque y me refugiaré en
su doctrina.
Sin embargo, volvió después a
seducir a Siddharta en el juego del amor. Le cautivó con
vehemencia dolorosa, entre
mordiscos y lágrimas, como si quisiera exprimir, una vez más, la última
y dulce gota de ese placer vano y
pasajero.
Nunca, como entonces, Siddharta
se había dado cuenta con tanta claridad del cercano parentesco
que hay entre la voluptuosidad y
la muerte. Entonces sentóse junto a Kamala, su cara junto a la de
ella; bajo sus ojos y cerca de
los labios había notado un trazo inquietante, más diáfano que nunca,
como una escritura de finas
líneas, de leves arrugas, un alfabeto que recordaba el otoño y la
vejez..., igual que había notado
Siddharta alguna cana en sus cabellos negros, a pesar de que sólo
tenía cuarenta años. El cansancio
escribía ya en el rostro de Kamala; era la fatiga de un largo
camino sin objetivo concreto; el
agotamiento que llevaba consigo el principio de la decadencia y un
temor escondido, todavía no muy
pronunciado, quizá ni siquiera conocido: el temor a la vejez, al
otoño, a la muerte.
Siddharta se había despedido de
Kamala sollozando, con el alma repleta de hastío y de recóndito
temor.
Después Siddharta había pasado la
noche en su casa, bebiendo vino con las bailarinas; le gustaba
representar el papel de personaje
superior a sus semejantes, aunque en realidad no lo era; bebió
demasiado vino, y pasada la
medianoche, cansado y excitado a la vez, buscó el lecho con ansias de
llorar, queriendo desesperarse.
Durante largo tiempo procuró en vano conciliar el sueño, pero su
corazón se encontraba repleto de
una pena insoportable, de un asco profundo por el vino demasiado
fuerte, por la música demasiado
suave y monótona, por la sonrisa frágil de las bailarinas, el perfume
dulzón de sus cabellos y sus
senos. No obstante, lo que más le repelía era su propia persona, su
pelo perfumado, su boca con olor
a alcohol, su piel cansada, marchita, deshidratada.
Como cuando uno come y bebe
excesivamente y con facilidad vomita sintiéndose después
contento y aliviado, así también
Siddharta, sin conseguir conciliar el sueño, deseaba en medio de
multitud de hastíos, deshacerse
de esos placeres, esas costumbres, de toda su vida inútil, e incluso
de sí mismo. Por fin, al
amanecer, cuando la vida empezaba a desperezarse en la calle, en su
ciudad, consiguió dormirse. Poco
después tuvo un sueño. Era así:
Kamala poseía en una jaula de oro
un exótico pajarillo cantor. Soñó con ese pájaro. De
madrugada, ~ pájaro se encontraba
en silencio; le llamó la atención, pues siempre cantaba a esa
hora; se acercó y vio el pequeño
pájaro muerto en el suelo de la jaula. Lo sacó, lo acarició un
momento entre sus manos y
seguidamente lo arrojó a la calle; en ese mismo instante se asustó
terriblemente y sintió que el
corazón le dolía tanto como si con el pájaro muerto hubiera arrojado
todo lo bueno y valioso de su
vida.
Al despertarse del sueño le
invadió una profunda tristeza. Le parecía sin valor y sin sentido toda
su vida pasada. No le había
quedado nada viviente, nada que poseyera exquisitez, nada que
mereciese la pena de guardar. Se
encontraba solo y vacío, como un náufrago en una desierta orilla.
Tristemente, Siddharta se marchó
a un parque que le pertenecía, cerró la puerta y se sentó bajo
un árbol; se hallaba sentado allí
y sentía que en su interior habitaba la muerte, existía lo marchito,
el fin. Paulatinamente concentró
sus pensamientos; recorrió con su mente todo el camino de su
vida, desde los primeros días que
aún podía recordar. ¿Cuándo había disfrutado de felicidad, de una
auténtica alegría? Sí, varias
veces. En sus años de adolescente la había probado cuando ganaba el
elogio de los brahmanes, al
adelantarse a todos los chicos de su misma edad para recitar los versos
sagrados; o en las discusiones
con los sabios, o como ayudante en los sacrificios. Entonces oía decir
a su corazón:
«Hay un camino ante ti, y es tu
vocación; los dioses te esperan.» Y también sintió ese gozo con
más fuerza, cuando sus
meditaciones, cada vez más elevadas, le habían destacado de la mayoría de
los que como él buscaban la
felicidad, cuando luchaba con ansia por sentir a Brahma, cuando a cada
nuevo conocimiento se le
despertaba una sed mayor en su interior. Entonces, en medio de aquella
sed, en medio del dolor, había
escuchado las mismas palabras:
«¡Adelante! ¡Adelante! ¡Es tu
vocación!»
Hermann Hesse
Siddharta
32
Esta voz la había oído al
abandonar a sus padres para elegir la vida de samana y, otra vez, al ir
de los samanas hacia aquel ser
perfecto, y nuevamente al ir del majestuoso hasta lo inseguro.
Contento con los pequeños
placeres, pero nunca satisfecho, había pasado mucho tiempo sin oír la
voz, sin llegar a ninguna cumbre;
durante largos años el camino había sido monótono y llano, sin
elevado objetivo, sin sed, sin
elevación. Sin saberlo siquiera el propio Siddharta se había esforzado
por parecer un ser humano como
todos los que le rodeaban, como esos ninos; pero la vida de ellos
era mucho más mísera y pobre que
la suya; sus fines no eran los de él, ni tampoco sus
preocupaciones. Todo aquel mundo
de Kamaswami, para Siddharta tan sólo había sido un juego, un
baile, una comedia. Unicamente
había apreciado y amado a Kamala. Pero, ¿aún la necesitaba, o
Kamala le necesitaba a él? ¿No
jugaban un juego sin fin? ¿Era necesario vivir para eso?
¡No, no lo era! Ese juego se
llamaba sansara, un juego de niños, quizá grato de jugar una vez,
dos, diez veces... ¿Pero una y
otra vez para siempre?
Siddharta se daba cuenta de que
el juego ya había terminado, y que ya no podía jugar.
Estremecióse y sintió en su
interior que algo había muerto.
Todo aquel día lo pasó sentado
bajo el árbol, pensando en su padre, en Govinda, en Gotama.
¿Había tenido que abandonar a
aquéllos para convertirse en un Kamaswami? Aún estaba allí cuando
se hizo de noche. Al levantar la
mirada y observar las estrellas, pensó:
«Aquí estoy sentado bajo el
árbol, bajo el mango, en mi parque.»
Sonrióse un poco.
«¿Pero es necesario? ¿No es un
juego necio el poseer un mango un jardín?»
También murieron estas palabras
en su interior. Se levantó y despidióse del mango y del parque.
Como se había pasado el día sin
comer, sentía un hambre feroz; pensó en su casa de la ciudad, en
su habitación, en su cama, en su
mesa llena de viandas. Cansado sonrió, se agitó un poco y
despidióse de todo ello.
No hacía una hora que Siddharta
abandonara el jardín, cuando también abandonó la ciudad, y
nunca más volvió a ella. Durante
mucho tiempo Kamaswami ordenó buscarle, pues creía que había
caído en manos de los bandoleros.
Kamala no le buscó. Cuando supo
que Siddharta había desaparecido, ni siquiera se sorprendió.
¿No esperó eso siempre? ¿No se
trataba de un samana, de un hombre sin patria, de un peregrino?
Se dio cuenta perfectamente de
ello en el último encuentro; y en medio del dolor por aquella
pérdida, se alegraba de que
todavía la última vez la hubiera estrechado con ardor contra su pecho, y
de haber sentido una vez más cómo
Siddharta la poseía y cómo Kamala se fundía con él.
Cuando recibió la noticia de la
desaparición de Siddharta, se acercó a la ventana en que tenía la
jaula de oro con el exótico
pájaro cantor. Abrió la portezuela, sacó el pájaro y lo dejó volar
libremente. Durante mucho tiempo
siguió con la mirada el vuelo del ave.
A partir de ese día, Kamala ya no
recibió más visitas, y cerró la casa. Después de un tiempo se
dio cuenta de que había quedado
encinta después del último encuentro con Siddharta.
Hermann Hesse
Siddharta
33
JUNTO AL RÍO
Ya lejos de la ciudad, Siddharta
caminó por el bosque. Sólo sabía una cosa con certeza: que no
podía volver, que la vida que
había llevado durante años había pasado, concluido, y que la había
gozado hasta hastiarse.
Había muerto el pájaro cantor con
el que soñara. El ave de su corazón había dejado de existir.
Fue un profundo cautivo del
sansara, se embebió de asco y muerte por todas partes, como una
esponja absorbe agua hasta
empaparse. Siddharta estaba lleno de fastidio, de miseria y muerte; ya
no existía nada en el mundo que
pudiese alegrarle o consolarle.
Con ansiedad deseaba no saber
nada de sí mismo, permanecer tranquilo, muerto. «¡Que caiga un
rayo y me mate! -pensaba-. ¡Que
venga un tigre y me coma! ¡Que tome un vino, un veneno que me
adormezca, que haga olvidar y dé
un sueño sin final! ¿Queda alguna suciedad con la que todavía no
me haya manchado? ¿Un pecado o
una necedad que no haya cometido? ¿Un vacío del alma sin
sentir? ¿Era posible respirar y
aspirar una y otra vez, sentir hambre, volver a comer, dormir,
permanecer junto a una mujer? ¿No
se había agotado ya ese círculo para Siddharta?»
Llegó junto a la orilla del gran
río del bosque, el mismo que le hizo cruzar un barquero cuando
todavía era joven y venía de la
ciudad de Gotama. Se detuvo vacilante a la orilla del río. El
cansancio y el hambre le habían
debilitado. ¿Para qué seguir adelante? ¿Hacia dónde ir? ¿A qué
destino? No, ya no existían
objetivos; lo único que palpitaba era una ansiedad profunda y dolorosa
de arrojar ese sueño confuso, de
escupir ese vino soso, de zanjar esa vida miserable y vergonzosa.
Un árbol se inclinaba sobre la
ribera del río: era un cocotero, en cuyo tronco apoyó Siddharta el
hombro; Siddharta abrazó luego el
tronco y observó el agua verde que se deslizaba a sus pies; miró
hacia abajo y sintió deseos de
soltarse y de desaparecer bajo el agua. Un vacío estremecedor se
reflejaba entre las ondas, al que
replicaba el terrible hueco de su alma. Sí, estaba acabado. Sí, para
Siddharta, con la vida destrozada
y sin meta, con su formación malograda, ya no quedaba otra
solución que lanzar su existencia
a los pies de los dioses con una sonrisa irónica.
Ese era su deseo: ¡La muerte, la
destrucción de la forma odiada! ¡Que los peces devoren ese
perro de Siddharta, ese demente,
ese cuerpo desmantelado y podrido, esa alma decadente! ¡Que los
cocodrilos se lo coman! ¡Que los
demonios lo descuarticen!
Con el rostro desencajado clavó
su vista en el agua: al ver el reflejo de su cara escupió en el
agua. Lleno de abatimiento separó
el brazo que apoyaba en el tronco y se volvió un poco para
deslizarse y hundirse de una vez
para siempre. Se hundía hacia la muerte con los ojos cerrados.
En ese instante sintió una voz
llegar desde remotos lugares de su alma, del pasado de su agotada
existencia. Era una palabra, una
sílaba que repetía maquinalmente una voz balbuciente; se trataba
de la vieja palabra, principio y
fin de todas las oraciones de los brahmanes: el sagrado Om, que
significa «lo perfecto» o «la
perfección». Y en el momento en que la palabra Om alcanzó el oído de
Siddharta, de repente despertóse
su espíritu adormecido y reconoció la necedad de su intención.
Siddharta se asustó
profundamente, y pensó cómo había podido llegar a aquel punto; se
encontraba perdido, confuso,
abandonado de toda sabiduría. Había intentado buscar la muerte. Un
deseo tan pueril había podido
crecer en su interior: ¡Encontrar la tranquilidad apagando su vida! Lo
que no habían logrado en todo ese
tiempo la tortura, el despecho y la desesperación, lo consiguió el
Om al penetrar en su conciencia.
Siddharta reconoció su miseria y su error.
-Om -repetía-. ¡Om!
Y de nuevo volvió a tener
conciencia del Brahma, del carácter indestructible de la vida... que
había llegado a olvidar.
Pero ese momento tan sólo duró un
segundo, como un rayo. Siddharta se desvaneció al pie del
Hermann Hesse
Siddharta
34
cocotero, quedó su cabeza junto a
la raíz y durmió profundamente.
Su sueño era hondo y libre de
pesadillas; hacia mucho tiempo que no conseguía dormir así.
Cuando despertó, después de
varias horas, le pareció que habían pasado diez años: escuchó el ruido
del agua; no recordaba dónde se
encontraba ni cómo había llegado hasta allí. Abrió los ojos y con
asombro observó sobre su cabeza
los árboles y el firmamento; lo pasado parecía estar cubierto por
un velo inmensamente lejano e
indiferente.
Sólo sabía que la vida abandonada
había sido una encarnación pasada, anterior a su actual yo;
comprendía que había conseguido
apartarse de su anterior existencia, y se hallaba tan lleno de asco
y de miseria que hasta había
pretendido quitarse la vida; allí, junto a un río, bajo un cocotero, volvió
en sí. Se había quedado dormido
con la palabra sagrada Om, en los labios, y ahora se despertaba y
contemplaba el mundo como un ser
nuevo.
Con voz baja pronunció el
vocablo, con el que se había quedado adormecido; le pareció que en
todo su largo sueño no hizo otra
cosa que hablar del Om, pensar en el Om, hundirse y penetrar en
el Om, en lo indecible, en lo
perfecto.
¡Qué sueño tan maravilloso!
¡Jamás le había refrescado tanto un sueño, y renovado y
rejuvenecido! ¿Acaso estaba
muerto realmente, o se había hundido y había vuelto a nacer con una
nueva encarnación? Pero no,
Siddharta se reconocía: sus manos y sus pies, el lugar donde se
encontraba, el yo en su interior,
el Siddharta caprichoso, raro; no obstante, Siddharta había
cambiado, se había renovado, se
encontraba descansado, despierto, alegre y curioso.
Siddharta se incorporó y vio
frente a él a una persona: un forastero, un monje vestido con la
túnica amarilla y la cabeza
afeitada, en postura de meditación. Contempló al hombre, que no tenía
cabello ni barba, y no tardó
mucho en advertir que el monje era Govinda, el amigo de su juventud.
Govinda, el que se había
refugiado con el majestuoso.
También había envejecido Govinda,
como él, pero su rostro aún mantenía los mismos rasgos,
expresaba diligencia, lealtad,
búsqueda y temor. Y cuando Govinda levantó la mirada al sentirse
observado, Siddharta se dio
cuenta inmediatamente de que su amigo no le reconocía. Govinda se
alegró al verle despierto;
evidentemente, hacía mucho tiempo que esperaba que despertase, aunque
no le conocía.
-Me he dormido -manifestó
Siddharta-. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
-Sí, ya te he visto dormir
-contestó Govinda-. Y no es muy recomendable hacerlo en estos sitios,
pues a menudo hay serpientes, y
además éste es el camino de los animales del bosque. Yo, señor,
soy un discípulo del majestuoso
buda, del Sakia Muni, pasaba por aquí, con otros de mis
compañeros, cuando te vi dormir
en lugar tan peligroso. Por ello intenté despertarte, señor, y al
comprobar que tu sueño era muy
profundo, me rezagué y me senté a un lado. Y mientras deseaba
vigilar tu sueño, creo que yo
también me he dormido. Mal cumplí mi servicio, pues el cansancio me
venció. Pero ya que ahora estás
despierto, dame licencia para reunirme con mis compañeros.
-Te agradezco mucho, samana, que
vigilaras mi sueño -continuó Siddharta-. Los discípulos del
majestuoso sois muy amables.
Ahora ya puedes irte.
-Me marcho, con tu permiso. Que
el Señor proteja tu salud.
-Gracias, samana.
Govinda hizo la señal del saludo
y declaró:
-Adiós.
-Adiós, Govinda -contestó
Siddharta.
El monje se detuvo.
-Permíteme, señor. ¿De dónde
conoces mi nombre?
Siddharta sonrió.
-Govinda, te conozco de la casa
de tu padre y de la escuela de los brahmanes, de los sacrificios,
de nuestro viaje con los samanas,
y de aquella hora cuando tú, en el bosque de Jetavana, te
refugiaste en el majestuoso.
-¡Eres Siddharta! -exclamó
Govinda-. Ahora te reconozco, y no comprendo cómo antes no me he
Hermann Hesse
Siddharta
35
dado cuenta inmediatamente. Bien
venido, Siddharta. Siento un gran gozo al volver a verte.
-También yo me alegro de verte
otra vez. Has sido el vigilante de mi sueño: una vez más te doy
las gracias, aunque no hubiera
necesitado una custodia. ¿Adónde vas, amigo?
-No me dirijo a ninguna parte, en
concreto. Los monjes siempre caminamos, mientras no es la
estación de las lluvias; vamos
siempre de un sitio a otro, vivimos según la regla, pregonamos la
doctrina, recibimos limosnas y
continuamos nuestro viaje. Siempre así. ¿Pero tú, Siddharta, adónde
vas?
Contestó Siddharta
-Yo hago lo mismo que tú, amigo.
No voy a ninguna parte. Sólo estoy en camino. Soy un
peregrino.
Govinda replicó:
-Dices que eres un peregrino, y
te creo. Pero, perdóname, Siddharta, no tienes aspecto de
peregrino. Llevas el atuendo de
un hombre rico, calzas zapatos de aristócrata, y tu cabello
perfumado no es el de un samana.
-Muy bien, amigo, has observado
con agudeza, no has perdido detalle. Pero yo no he dicho que
sea un samana. Tan sólo dije: soy
un peregrino. Y así es.
-Es posible -respondió Govinda-.
Pero pocos peregrinan con esas ropas, con esos zapatos, con
esos cabellos. Jamás he
encontrado un peregrino así, en todos los años que camino. -Te
creo, Govinda. Pero hoy has
encontrado un peregrino con estos zapatos y así vestido. Acuérdate,
amigo, que el mundo de las formas
es pasajero, temporal, sobre todo con nuestros vestidos,
nuestro cabello y todo nuestro
cuerpo. Llevo el ropaje de un rico, te has fijado bien. Lo llevo porque
he sido rico. Y llevo el pelo
como la gente mundana y los libertinos, porque he sido también uno de
ellos.
-¿Y ahora, Siddharta? ¿Qué eres
ahora?
-No lo sé. Lo ignoro tanto como
tú. Estoy en camino. He sido un potentado, y ya no lo soy. Y no
sé lo que seré mañana.
-Te has arruinado?
-He perdido las riquezas o ellas
me arruinaron a mi. Digamos que se me han extraviado.
Govinda, la rueda de lo ingrato
gira con extremada rapidez. ¿Dónde se halla el brahma Siddharta?
¿Dónde se encuentra el samana
Siddharta? ¿Dónde quedó el rico Siddharta? Lo temporal cambia
muy aprisa, Govinda. Tú bien lo
sabes.
Govinda contempló durante largo
tiempo al amigo de su juventud, y en sus ojos apareció una
duda. Entonces le saludó como se
saluda a los aristócratas, y se puso en marcha.
Siddharta, con el rostro
sonriente, le siguió con la mirada. ¡Todavía amaba a ese hombre fiel y
temeroso! ¡Cómo habría sido
posible no amar a nadie o a nada, después de un sueño tan
maravilloso, tan lleno del Om!
Precisamente el encantamiento estaba allí: en el sueño se le había
preparado para amarlo todo; se
encontraba lleno de amor hacia todo lo que contemplaba. Y
justamente ésa fue su enfermedad
anterior, según le parecía ahora: el no saber amar a nada ni a
nadie.
Sonriente, continuaba observando
Siddharta al monje que se alejaba. El sueño le había devuelto
las fuerzas, pero le seguía
molestando el hambre, ya que ahora hacía dos días que no comía y el
tiempo en que solía ayunar se
encontraba muy lejano. Con preocupación, pero feliz, recordó aquel
pasado.
Fue entonces cuando recordó cómo
había glorificado ante Kamala tres artes que antes había
dominado perfectamente: ayunar,
esperar, pensar. Esta había sido su fortuna, su poder y su fuerza.
Había aprendido esas artes en los
años penosos y difíciles de su juventud, nada más. Y ahora le
habían abandonado, ninguna de las
tres artes le pertenecía ya: ni el ayunar, ni el esperar, ni el
pensar. ¡Las había trocado por lo
más miserable y más pasajero, por los deleites de los sentidos, el
bienestar físico, las riquezas!
Realmente le había sucedido algo extraño. Y ahora parecía que de
nuevo se había convertido en un
ser humano.
Siddharta reflexionó acerca de su
situación. Le costó meditar; en el fondo no le apetecía, pero se
Hermann Hesse
Siddharta
36
obligó a sí mismo.
Pensó:
«Ahora que por fin han sucumbido
todas las cosas pasajeras, ahora que vuelvo a estar bajo el
sol, como cuando fui un
chiquillo, me doy cuenta de que no sé nada, de que no soy capaz de nada,
de que no he aprendido nada. ¡Qué
raro es todo esto! ¡Ahora voy a empezar de nuevo, como un
niño, a pesar de que ya no soy
joven y que mis cabellos empiezan a encanecer -sonrió otra vez-. Sí,
tu destino será muy singular.»
Siddharta se perdía, pero ahora
volvía a encontrarse en este mundo y se veía vacío, desnudo e
ignorante. Y sin embargo, no
podía sentir pena por lo sucedido. No. Al contrario, tenía deseos de
reír, de burlarse de sí mismo, de
chancearse de todo ese mundo tan necio y tan absurdo.
«¡Estás en decadencia!», se acusó
a sí mismo., y seguidamente echóse a reír.
Al pronunciar estas palabras,
miró al río, que también se deslizaba por una pendiente, siempre
hacia abajo, sin dejar de estar
alegre y de canturrear. Eso gustó a Siddharta que sonrió amablemente
al río. ¿No era el mismo río en
el que había querido ahogarse, hacía ya tiempo, quizás unos
cien años? ¿O tal vez lo soñó?
Siddharta continuó meditando:
«Realmente mi vida ha seguido un curso muy espécial, dando
muchos rodeos. De chiquillo sólo
oía hablar de dioses y sacrificios. De mozo sólo me entretenía con
ascetas, pensamientos,
meditaciones, buscando a Brahma, venerando al eterno atman. Ya de joven
seguía los ascetas, viví en el
bosque, sufrí calor y frío, aprendí a pasar hambre, aprendí a apagar mi
cuerpo. Entonces la doctrina del
gran buda me pareció una maravilla; sentí circular en mi interior
todo el sabor de la unidad del
mundo, corno si se tratara de mi propia sangre. No obstante, tuve
que alejarme del mismo buda y del
gran saber. Me fui y aprendí el arte del amor con Kamala, el
comercio con Kamaswami; amontoné
dinero, malgasté, aprendí a contentar a mi estómago, a
lisonjear a mis sentidos. He
necesitado muchos años para perder mi espíritu, para olvidarme del
pensar y la unidad.
«¿No parece que he precisado dar
grandes rodeos para convertirme paulatinamente en un
hombre, para dejar de ser
filósofo y vivir como una persona vulgar?» Y, a pesar de todo, ha sido un
buen camino, no ha muerto
completamente el pájaro que se alberga en mi interior. Pero, ¡qué
camino es ése! He tenido que
sobrevivir a tanta ignorancia, vicio, error, asco y desengaño, tan sólo
para volver a ser un hombre que
no piensa, como los niños, y así, poder empezar de nuevo. No
obstante, todo ha ido bien, mi
corazón se alegra, mis ojos ríen. He tenido que sufrir con
desesperación, me he visto
obligado a rebajarme hasta la idea más necia, la del suicidio, para poder
recibir la gracia de sentir el
Om, para volver a dormir bien y a despertarme mejor. Tuve que
convertirme en un ignorante para
poder encontrar al atman en mi interior. He tenido que pecar para
volver a resucitar.
«¿Hacia dónde me seguirá llevando
este camino? Mi sendero sigue un itinerario absurdo, da
rodeos, y quizá también vueltas.
¡Que siga por donde quiera! ¡YO lo seguiré!»
Sintió en su pecho una alegría
maravillosa.
«¿De dónde sale esa alegría tan
grande? -preguntó a su corazón-. ¿Acaso te viene de ese largo
sueño, que tanto bien te hizo?
¿O proviene de la palabra Om, que
pronuncié? ¿O acaso es porque he conseguido escapar, he
logrado la fuga y por fin me
encuentro otra vez libre, como un chiquillo bajo el cielo?
«¡Qué maravilla es poder huir,
ser libre! ¡Qué aire más limpio y puro se respira aquí! ¡ Qué delicia
aspirarlo! Allí, de donde escapé,
todo olía a cremas, especias, vino, saciedad, ocio. ¡Cómo odiaba
ese mundo de ricos, vividores y
jugadores! ¡Cómo me aborrecía, me robaba, envenenaba, torturaba,
envejecía y maldecía! ¡No, jamás
creeré en mí, como antes, cuando me gustaba pensar que
Siddharta era un sabio! Sin
embargo, ahora sí que he obrado bien; ¡me gusta, puedo elogiar mi
obra! ¡Ahora termina el odio
contra mí mismo, contra esa vida necia y monótona! Te felicito,
Siddharta, ya que después de
tantos años de ocio has vuelto a tener una nueva idea, has obrado,
has oído cantar al pájaro en tu
pecho, ¡y le has seguido!»
De esta forma se elogió y se
sintió satisfecho de sí mismo, a la vez que oía los rugidos del
hambre en su estómago. Un retazo
de pena, un mendrugo de miseria: eso era lo que ahora
Hermann Hesse
Siddharta
37
percibía; en los últimos días
había apurado hasta el máximo y luego lo escupió todo; se sació hasta
la desesperación y la muerte.
Así era mejor. Hubiera podido
quedarse mucho más tiempo con Kamaswami, ganar dinero,
malgastarlo, hinchar su barriga y
dejar que su alma muriese de sed; habría podido vivir todavía
mucho tiempo en aquel infierno
suave y bien acolchado, si no le hubiera llegado el momento del
desconsuelo total, de la desesperación.
Fue aquel instante, cuando se balanceaba por encima de la
corriente del agua, dispuesto a
destruirse. Había sentido esa desesperación, esa profunda
repugnancia, pero no se dejó
vencer; el pájaro, la fuente y la voz de su interior continuaban con
vida. Esa era su alegría, su
risa; por eso brillaba su rostro bajo las canas.
«Es bueno -pensó- probar
personalmente todo lo que hace falta aprender. Desde niño, desde
mucho tiempo, sabía que los
placeres mundanos y las riquezas no acarrean ningún bien; pero ahora
lo he vivido. Y ahora lo sé, no
sólo porque me lo enseñaron, sino porque lo han visto mis ojos, mi
corazón, mi estómago. ¡Qué bello
es saberlo!»
Mucho tiempo permaneció meditando
acerca del cambio que se había producido en su ser.
Escuchó al pájaro que trinaba
alegre. ¿No había muerto el pájaro en su interior, no había sufrido su
muerte? No; en Siddharta había
muerto algo muy distinto, que desde hacía tiempo deseaba
sucumbir. ¿No era lo mismo que en
sus ardientes años de asceta había querido apagar? ¿No era su
yo, el yo pequeño, temeroso,
orgulloso, con que había luchado durante tantos días, el que siempre
le vencía, el que después de cada
penitencia, volvía a surgir, y le quitaba la alegría, y le daba
temor? ¿Acaso no era eso lo que
por fin hoy había encontrado la muerte, allí en el bosque, junto a
ese río idílico? ¿No era esa
muerte por lo que Siddharta había vuelto a ser un niño, y sintió
confianza, alegría y temeridad?
Ahora también comprendió por qué
había luchado inútilmente contra ese yo, mientras era
brahmán o asceta. ¡Se lo había
impedido el exceso de sabiduría, de versos sagrados, de reglas para
sacrificios, de mortificaciones,
la excesiva ambición! Con arrogancia, siempre había sido el primero,
el más inteligente, el más sabio,
el más diligente; siempre se encontraba un paso más adelante de
los demás compañeros, sabios,
sacerdotes o eruditos. Su yo se había escondido en ese sacerdocio,
en aquella erudición e
intelectualidad; estaba allí y crecía, mientras Siddharta creía apagarlo con
ayunos y penitencias. Ahora se
daba cuenta y observaba que la voz secreta tenía razón: ningún
profesor se lo hubiera podido
reprimir jamas.
Por ello tuvo que lanzarse al
mundo, perderse entre los placeres y el poder, la mujer y el dinero;
se había tenido que convertir en
comerciante, jugador, bebedor, glotón, hasta que el brahmán y el
samana de su interior se
murieran. Por tal causa había tenido que soportar esos años monstruosos,
ese hastío, vacío y absurdo de
una vida monótona y perdida, hasta que por fin, como una
desesperacion, el vividor y el
Siddharta ávido habían llegado a sucumbir. Muerto, un nuevo
Siddharta había resucitado.
También este se volvería viejo, también tendría que morir algún día;
Siddharta era transitorio, como
pasajera es toda formación. Pero hoy se hallaba en plena forma,
joven como un chiquillo, un nuevo
Siddharta. Estaba lleno de alegría.
Meditaba todas estas ideas,
escuchaba sonriente su estómago y agradecía el zumbido de una
abeja. Miraba con alegría la
corriente del río: jamás un agua le había gustado tanto, jamás había
percibido la voz y el ejemplo de
la corriente con tanta fuerza. Le parecía que ese río poseía algo
especial, algo que aún
desconocía, pero que le esperaba. En ese río se había querido ahogar
Siddharta, y en él había
sucumbido el Siddharta viejo, cansado, desesperado. Sin embargo, el nuevo
Siddharta sentía por esa
corriente un profundo amor que le obligaba a no abandonarla con prisas.
Hermann Hesse
Siddharta
38
EL BARQUERO
«Junto a este río deseo quedarme
-pensó Siddharta-. Es el mismo por el que un amable barquero
me condujo al camino de los
humanos, de los niños. Me dirigiré a su vivienda. Desde su choza me
encaminó entonces hacia una nueva
vida, que ahora ya está vieja y muerta. ¡Que mi nuevo camino
también empiece desde allí.»
Observaba la corriente con
cariño, su verde transparencia, sus ondas cristalinas, con dibujos
llenos de misterio. Contempló las
perlas claras que subían desde el fondo, las burbujas que flotaban
en la superficie, el espejo del
azul del cielo. El río también le miraba con sus mil ojos, verdes,
blancos, ambarinos, celestes.
¡Cuánto amaba aquella corriente! ¡Cuántas cosas le agradecía! Desde
el interior de su corazón
escuchaba la voz que despertaba de nuevo y le decía:
«Ama a este río! ¡Quédate con él!
¡Aprende de él!»
¡ Oh, sí! Siddharta quería
aprender del río, deseaba escucharlo. Le parecía que el que
comprendiera a esta corriente y
sus secretos, también entendería muchas otras cosas, muchos
secretos, todos los misterios.
Hoy únicamente podía conocer un
secreto del río: el que se apoderó de su alma. Se daba cuenta
de que el agua corría y corría,
siempre se deslizaba y, sin embargo, siempre se encontraba allí, en
todo momento. ¡Y no obstante,
siempre era agua nueva! ¿Quién podía comprenderlo? Siddharta, no;
tan sólo tenía una vislumbre,
escuchaba un recuerdo lejano, unas voces divinas.
Siddharta se levantó. El rugido
del hambre en el estómago se hacía insoportable. Mientras sufría,
continuó su camino a lo largo de
la ribera, contra la corriente, escuchando el rumor y los alaridos de
su estómago.
Cuando llegó a la lancha de
cruce, la halló dispuesta para la salida.
A su lado estaba el mismo
barquero que había conducido al joven samana. Siddharta le reconoció
al momento; también el barquero
había envejecido mucho.
-¿Quieres pasarme? -preguntó.
El barquero se sorprendió al ver
a un hombre tan distinguido viajar solo y a pie. Le acogió en su
barca y abandonó la orilla.
-Has elegido una vida muy bella
-declaró el viajero-. Debe de ser muy hermoso vivir junto a estas
aguas y deslizarse por su
superficie.
El remero se balanceó sonriente y
repuso:
-Es hermoso, señor, como tú
dices, ¿pero acaso no es bella la vida toda y todos los trabajos?
-Quizá. Pero yo envidio el tuyo.
-¡Oh! Pronto te cansarías. Esto
no es para gentes elegantes.
Siddharta sonrió.
-Ya me miraste una vez por mis
ropajes y además, con desconfianza. ¿No te gustaría aceptarlos,
barquero, puesto que a mí me
molestan? Debes saber que no tengo con qué pagarte.
-El señor bromea -dijo el
barquero, festivo.
-No bromeo, amigo. Mira, ya una
vez crucé en tu barca por el río, gracias a tu bondad. Hazlo
también hoy y acepta mis vestidos
como pago.
-¿Y el señor piensa seguir su
viaje sin vestidos?
-Lo que me gustaría es no
proseguir el viaje. Lo que más me apetecería, barquero, es que me
dieras un delantal, y así podría
quedarme como ayudante tuyo, o mejor, como tu aprendiz, pues
primero debo aprender a llevar la
barca.
Hermann Hesse
Siddharta
39
Durante largo tiempo el barquero
observó al forastero, como si buscara algo.
-Ahora te reconozco -manifestó
por fin-. En otra ocasión dormiste en mi choza, hace mucho
tiempo, quizá más de veinte años.
Yo te llevé al otro lado del río y nos despedimos como buenos
amigos. ¿No fuiste un samana? De
tu nombre no me acuerdo.
-Me llamo Siddharta, y era un
samana cuando me viste por última vez.
-Bien venido seas, Siddharta. Yo
me llamo Vasudeva. Espero que también hoy seas mi invitado,
que duermas en mi choza y me
cuentes de dónde vienes y por qué te molestan tus elegantes ropas.
Habían alcanzado el centro del
río y Vasudeva tuvo que remar con más fuerza para ir contra la
corriente. Su trabajo era
tranquilo, y él bogaba con su mirada fija en la proa de la barca, con sus
brazos curtidos.
Siddharta se hallaba sentado y le
observaba; recordó entonces que ya en aquel su último día de
samana, habíase despertado en su
corazón el amor hacia aquel hombre. Agradecido aceptó la invitación
de Vasudeva. Cuando llegaron a la
orilla le ayudó a atar la barca en los postes; después el
barquero le invitó a entrar en la
cabaña y le ofreció pan y agua. Siddharta lo comió con gusto, como
también los frutos del mango, que
le ofreció el barquero.
Ya cerca del atardecer se
sentaron los dos en un tronco de la orilla y Siddharta contó al barquero
su origen y su vida, tal y como
la había visto hoy en aquella hora de desesperación. El relato duró
hasta altas horas de la noche.
Vasudeva escuchó con suma
atención. Lo comprendió todo, el origen, la niñez, todo el
aprendizaje, la búsqueda, la
alegría y la miseria. Entre las muchas virtudes del barquero, destacaba
la de saber escuchar como pocas
personas. Sin decir palabras, Siddharta notó que Vasudeva
asimilaba todas sus
explicaciones, sosegado, abierto, esperando sin perder una sola palabra, sin
impaciencias, sin críticas ni
elogios: únicamente escuchaba.
Siddharta sintió la felicidad de
confesarse a tal oyente, de hundir en su corazón su propia vida, la
propia búsqueda, el propio
sufrimiento.
Al finalizar el relato, sin
embargo, cuando habló del árbol junto al río y de su profundo
desfallecimiento, del sagrado Om
y de cómo después del sueño se había sentido mucho mejor, el
barquero escuchó con doble
atención, totalmente entregado, con los ojos cerrados.
No obstante, Siddharta enmudeció,
transcurrió un largo silencio hasta que Vasudeva empezó a
decir:
-Es lo que yo me imaginaba. El
río te ha hablado. También es amigo tuyo, también él te habla.
Esa es una buena señal, muy
buena. Quédate conmigo, Siddharta, amigo. Tenía una esposa, su
cama está junto a la mía; pero ha
muerto ya hace mucho tiempo, y vivo solo. Convive conmigo: hay
sitio y comida para ambos.
-Te lo agradezco -declaró
Siddharta-. Te lo agradezco y acepto. Y también te doy las gracias por
haberme escuchado tan bien. Hay
pocas personas que sepan escuchar, y no encontré a nadie que lo
hiciera como tú. También quiero
aprender esto de ti.
-Lo aprenderás -contestó
Vasudeva-, pero no de mí. Yo lo aprendí del río, a ti también te lo
enseñará. El río lo sabe todo y
todo se puede aprender de él. Mira, ya te has enterado por el agua
de que es necesario dirigirse
hacia abajo, descender, buscar la profundidad. El rico y distinguido
Siddharta se convierte en remero;
el sabio brahmán Siddharta se convierte en barquero; también
eso te lo ha enseñado el río.
Progresarás asimismo con el resto.
Después de una larga pausa,
preguntó Siddharta:
-¿Qué resto, Vasudeva?
-Se ha hecho tarde -contestó-.
Vayamos a dormir. No te puedo decir yo el «resto», amigo. Ya lo
sabrás, quizá ya los has
estudiado. Mira, yo no soy un sabio, y no sé hablar y tampoco pensar. Sólo
sé escuchar y ser piadoso: no he
aprendido otra cosa. Si lo supiera decir y enseñar, quizá fuera un
sabio; así, sin embargo, sólo soy
un barquero y mi deber es cruzar a la gente por este río. He
cruzado a muchos, a miles, y para
todos ellos mi río sólo ha sido un obstáculo en sus itinerarios.
Viajaban por dinero y negocios,
iban a bodas y romerías; el río se interponía en su camino y el
barquero estaba allí para
pasarlos rápidamente sobre ese obstáculo. Pero para algunos entre miles,
Hermann Hesse
Siddharta
40
para muy pocos, el río dejaba de
ser un obstáculo; ellos han oído su voz, la han escuchado, y el río
se ha convertido para ellos en
algo sagrado, igual que para mí. Y ahora vámonos a descansar,
Siddharta.
Siddharta se quedó con el
barquero y aprendió a manejar la barca; y si no tenía trabajo con la
barca, ayudaba a Vasudeva en el
campo de arroz, recogía la madera, cosechaba los frutos del
bananero. Aprendió a construir un
remo, y a reparar la embarcación, y a trenzar cestos. Estaba
alegre por todo lo que aprendía y
los días y los meses pasaban con rapidez.
Pero, más de lo que podía
enseñarle Vasudeva, le instruía el río. De él aprendía continuamente.
Sobre todo le enseñó a escuchar,
a atender con el corazón tranquilo, con el alma serena y abierta,
sin pasión, sin deseo, sin juicio
ni opinión.
Le gustaba vivir al lado de
Vasudeva, y a veces cambiaba unas palabras, pocas, pero bien
pensadas. Vasudeva no era amigo
de palabras: pocas veces lograba hacerle hablar.
-¿También has aprendido tú -le
preguntó una vez-, has aprendido del río el secreto de que no
existe el tiempo?
El rostro de Vasudeva se iluminó
con una radiante sonrisa.
-Sí, Siddharta -contestó-. ¿Quieres
decir esto: que el río está en todas partes a la vez? ¿ En su
fuente y en la desembocadura, en
la cascada, en la balsa, en la catarata, en el mar, en la montaña,
en todas partes a la vez? ¿Y que
para él sólo existe el presente y desconoce la sombra del futuro?
-Eso es -repuso Siddharta-. Y
cuando lo conocí, descubrí mi vida, que también era un niño, y el
niño Siddharta, el hombre
Siddharta, el viejo Siddharta sólo estaban separados por sombras, por
nada real. Y tampoco los
nacimientos anteriores de Siddharta eran pasado, ni su muerte y su
renacimiento al Brahma han sido
futuro. Nada fue, ni será; todo es, todo tiene esencia y presente.
Siddharta hablaba encantado: la
inspiración le había producido una profunda felicidad. Mas, ¿no
era tiempo todo el sufrimiento?
¿No era todo él temor y tortura, el tiempo? ¿No se superaba y
alejaba todo lo difícil y hostil
en el mundo, si se superaba el tiempo, si se lo anulaba? Había hablado
gozoso. Pero Vasudeva le sonrió
con el rostro iluminado e hizo un gesto de afirmación. En silencio
pasó su mano por el hombro de
Siddharta y regresó a su trabajo.
Y otra vez, cuando en la estación
de las lluvias el río crecía y el rugido aumentaba poderoso,
manifestó Siddharta:
-¿Verdad, amigo, que el río tiene
muchas, muchísimas, voces? ¿No posee la voz de un rey y de
un guerrero, la de un toro y la
de un pájaro nocturno, la de una pantera y la de un hombre que
suspira, y otras voces más?
-Así es -declaró Vasudeva-. Todas
las voces de la creación están en el río.
~Y puedes descifrar lo que dicen
-continuó Siddharta- cuando oyes sus diez mil tonos a la vez?
El rostro de Vasudeva sonreía
feliz, se inclinó hacia Siddharta y le dijo al oído lo que el sagrado
Om le había comunicado: lo mismo
que antes había dicho a Siddharta.
La sonrisa de Siddharta se
parecía cada vez más a la del barquero; era casi igual de brillante,
expresaba casi la misma
felicidad, brillaba igual en sus mil pequeñas arrugas; era equivalente en
inocencia y en madurez.
Muchos de los viajeros, al ver a
los dos barqueros, los tenían por hermanos. A menudo se
sentaban por la noche en el
tronco, junto a la orilla; en silencio escuchaban el susurro del agua, que
para ellos ya no era la
corriente, sino la voz de la vida, de la existencia, de lo que siempre será. Y
a
veces ocurría que al escuchar
ambos al río, pensaban en las mismas cosas, en una conversación de
anteayer, en un viajero cuya cara
y destino les interesaba, en la muerte, en su niñez; y los dos, en
el mismo instante que habían
escuchado del río algo bueno, se miraban mutuamente, pensando
ambos exactamente igual, se
sentían felices ante la misma contestación por idéntica pregunta.
Algunos de los viajeros percibían
que de la barca y de los barqueros emanaba algo especial. A
veces ocurría que un viajero, después
de haber observado la cara de los barqueros, empezaba a
narrar su vida, sus pesares,
confesaba sus pecados y terminaba pidiendo consuelo y consejo. En
otras ocasiones, les pedían
permiso para quedarse una noche con ellos y así poder escuchar la voz
del río. También sucedía que
llegaban curiosos a los que les habían contado que en ese lugar vivían
Hermann Hesse
Siddharta
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dos sabios, o magos, o santos.
Los curiosos preguntaban entonces, pero no recibían ninguna
contestación; y tampoco
encontraban que fueran magos ni sabios, y sólo hallaban a dos ancianos
amables, que parecían mudos,
extraños y seniles. Los curiosos se reían y comentaban entre sí la
buena fe y la necedad de la
plebe, que propagaba rumores sin fundamento.
Los años pasaban y nadie se entretenía
en contarlos. Un día llegaron unos monjes, discípulos de
Gotama, del buda, y pidieron que
les cruzaran a la otra orilla del río; los barqueros se enteraron por
ellos que les había llegado la
noticia de que el majestuoso estaba enfermo de gravedad y pronto
moriría su última muerte humana,
para entrar en la redención.
No pasó mucho tiempo, y llegó un
nuevo grupo de monjes hasta la barca, y otro, y monjes y
viajeros no hablaban de otra cosa
sino de Gotama y su próxima muerte. De todas partes llegaba la
gente atraída como por arte de
magia, para presenciar la muerte del gran buda, como si se tratara
de ir a una campaña o a la
coronación de un rey; todos dirigían sus pasos hacia el lugar en donde
debería suceder algo prodigioso,
donde el más perfecto de ese tiempo debía entrar en la gloria.
Durante esos días, Siddharta
pensaba frecuentemente en el moribundo, en el gran profesor cuya
voz había avisado a los pueblos,
había despertado a millares de gentes; en ese tono que también
escuchó Siddharta, igual que
contempló su sagrado rostro. Pensaba en él como en un viejo amigo,
veía el camino de perfección ante
sus ojos, y sonriendo recordaba las palabras que de joven había
dirigido al majestuoso. Ahora le
parecían términos orgullosos e impertinentes: los recordaba
sonriente. Hacía ya mucho que no
se sentía separado de Gotama, cuya doctrina no había querido
aceptar. No, el que realmente
quiere encontrar, y por ello busca, no puede aceptar ninguna
doctrina. Pero el que ha
encontrado, ya puede aceptar cualquier doctrina, cualquier camino u
objetivo; a éste ya no le separa
nada de los miles restantes que viven en lo eterno, que respiran lo
divino.
Uno de esos días, cuando tantos
peregrinaban hacia el buda moribundo, también lo hizo Kamala,
que en otros tiempos fue la más
bella cortesana. Hacía ya tiempo que se había retirado de su vida
anterior; había regalado su
jardín a los monjes de Gotania, se había refugiado en su doctrina y
pertenecía al número de las amigas
y bienhechoras de los peregrinos. Junto con el pequeño
Siddharta, su hijo, se había
puesto en camino al recibir la noticia de la próxima muerte de Gotama.
Iba a pie y vestida con
sencillez. Con su chiquillo andaba por la orilla del río; pero el niño se cansó
pronto, quería regresar,
descansar, comer. Estaba impaciente y lloriqueaba. Kamala tuvo que
detenerse varias veces, el
pequeño se hallaba acostumbrado a imponer su voluntad, y Kamala debía
darle comida y consuelo. El niño
no comprendía por qué tenía que hacer aquella penosa y triste
peregrinación con su madre, hacia
un lugar desconocido, hacia un hombre extraño, pero que era un
santo y se estaba muriendo. ¿Qué
le importaba al chiquillo que se muriera?
Los peregrinos no se hallaban
lejos de la barca de Vasudeva cuando el pequeño Siddharta obligó
a descansar otra vez a su madre.
También Kamala se encontraba fatigada, y mientras el muchacho
se comía un plátano, sentóse ella
en el suelo, cerró un poco los ojos y se dispuso a descansar.
Pero de improviso, Kamala lanzó
un grito de dolor; el muchacho la miró asustado y vio cómo las
mejillas de su madre estaban
pálidas de horror. Debajo de su vestido asomó una pequeña serpiente
negra, que acababa de morder a
Kamala.
Los dos juntos echaron a correr
en busca de otros seres humanos, y pronto llegaron cerca de la
barca. Allí se desplomó Kamala,
pues no pudo continuar en pie. El niño abrazó y besó a su madre
mientras no cesaba de gritar;
también Kamala pidió socorro hasta que sus gritos llegaron a oídos de
Vasudeva, que se encontraba junto
a la barca. Se les acercó rápidamente, cogió a la mujer entre
sus brazos y la llevó a la barca,
mientras el pequeño corría a su lado. Pronto llegaron a la choza
donde se encontraba Siddharta
encendiendo el fuego de la cocina.
Levantó la vista y lo primero que
vio fue al niño, que le recordaba de una manera extraña cosas
pasadas. Seguidamente contempló a
Kamala, a la que reconoció inmediatamente, a pesar de
encontrarse desmayada en brazos del
barquero. Ahora comprendió también que el rostro del
pequeño le llamó la atención
porque era su propio hijo, y el corazón le saltó dentro del pecho.
Lavaron la herida de Kamala, pero
ya estaba negra, el vientre de la mujer se había hinchado. Le
dieron a beber una tisana. Poco a
poco Kamala volvió en sí; yacía en el lecho de Siddharta, en la
choza. Inclinado a su lado se
encontraba Siddharta, el que en otros tiempos la había amado tanto.
Hermann Hesse
Siddharta
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Le parecía un sueño. Sonriente
miró el rostro de su amigo; únicamente percatóse de su situación
poco después. Recordó la
mordedura... y llamó temerosa al pequeño.
-No te preocupes, está aquí
-declaró Siddharta.
Kamala le miró a los ojos. Empezó
a hablar con lengua pesada, debido a la paralización del
veneno.
-Te has vuelto viejo, querido
-dijo-. Tus cabellos ya son grises. Pero aún pareces el joven samana
que se acercó a mi jardín sin
vestido y con los pies polvorientos. Te asemejas más a él ahora que
cuando nos abandonaste a
Kamaswami y a mí. Sobre todo en los ojos, Siddharta. Sí, yo también me
he vuelto vieja... ¿Me has
reconocido?
Siddharta sonrío.
-Al momento, Kamala querida.
Kamala señaló a su hijo y
continuó:
-¿Y a él? Es tu hijo.
Siddharta desvió la mirada y
cerró los ojos.
El pequeño echóse a llorar.
Siddharta lo sentó en sus rodillas y le dejó que llorase. Acarició sus
cabellos y al contemplar el
rostro infantil, se acordó de una oración de los brahmanes que había
aprendido siendo niño. Empezó a
pronunciarla lentamente, como un cántico; el pasado y la niñez le
dictaban los versos. Y con ese
canto monótono el niño se tranquilizó. De vez en cuando todavía
lloriqueaba, pero por fin se
durmió.
Siddharta lo depositó en la cama
de Vasudeva. El barquero se hallaba en la cocina y preparaba un
poco de arroz. Siddharta le miró
y Vasudeva contestó con una leve sonrisa.
-Morirá -balbuceó Siddharta, en
voz baja.
Vasudeva afirmó con la cabeza. Su
amable rostro se hallaba iluminado por el fuego de la cocina.
Kamala volvió en sí otra vez. El
dolor le contraía el semblante, los ojos de Siddharta notaban el
sufrimiento en su boca y en sus
pálidas mejillas. Lo leía en silencio, con atención, esperando,
entregado al sufrimiento. Kamala
se percató y buscó su mirada.
Luego manifestó:
-Ahora me doy cuenta de que tus
ojos también han cambiado. ¿En qué conozco que tú eres
Siddharta? Lo eres y no lo eres.
Siddharta no habló. En silencio
fijó sus ojos en los de Kamala.
-¿Lo has conseguido? -preguntó
Kamala-. ¿Has encontrado la paz?
Siddharta sonrió y colocó su mano
sobre la de Kamala.
-Ya me doy cuenta -continuó
Kamala-. Ya lo veo. Yo también encontraré la paz.
-La has hallado -repuso
Siddharta, en un susurro.
Kamala continuaba con la mirada
fija en los ojos de Siddharta. Pensó que había querido
peregrinar hacia Gotama para ver
el rostro de una persona perfecta, para respirar la paz, y en vez
de Gotama se había encontrado con
Siddharta. Pero todo había salido bien, como si hubiera visto al
perfecto e iluminado. Quiso
decírselo a Siddharta, pero la lengua ya no le obedecía.
Continuó Siddharta mirándola en
silencio, y notó cómo la vida se apagaba en sus ojos. Cuando el
último dolor estremeció sus ojos
y los veló al contraerse sus miembros por última vez, Siddharta le
cerró los párpados con los dedos.
Durante mucho tiempo permaneció
sentado mirando la cara de Kamala. Contempló su boca,
cansada y vieja, con sus labios
delgados, y se acordó de que en la primavera de su vida la había
comparado con un higo recién
abierto. Durante mucho tiempo leyó en el rostro pálido las arrugas
del cansancio, se llenó de esa
imagen y vio entonces su propia cara, igual de blanca y de marchita;
a la vez pudo observar los dos
rostros jóvenes, de labios rojos, de ojos ardientes..., y la sensación
de presente y simultaneidad le
llenó totalmente, con un sentimiento de eternidad.
En ese momento sentía más
profundamente que nunca el carácter indestructible de toda la vida,
de la eternidad de cada instante.
Hermann Hesse
Siddharta
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Cuando se levantó, Vasudeva había
preparado un poco de arroz. Pero Siddharta no comió.
Prepararon un lecho en el
establo, donde se hallaba la cabra, y Vasudeva se marchó a dormir.
Siddharta, en cambio, salió y
pasó toda la noche delante de la cabaña, escuchando al río que
bañaba el pasado, rodeado a la
vez de todos los tiempos de su vida. De vez en cuando, se acercaba
a la puerta de la cabaña para
saber si dormía el niño.
Muy pronto, de madrugada, aun
antes de salir el sol, salió Vasudeva de la cuadra y se acercó a su
amigo.
-No has dormido -le dijo.
-No, Vasudeva. He permanecido
aquí y he escuchado la voz del río. Me ha dicho muchas cosas,
me ha llenado profundamente con
la idea de la unidad.
-Has sufrido, Siddharta, pero veo
que la tristeza no ha entrado en tu corazón.
-No, amigo. ¿Cómo podría estar
triste? Yo, que he sido rico y feliz, ahora lo soy todavía más. Me
han regalado a mi hijo.
-Bien venido sea tu hijo. Pero
ahora, Siddharta, empecemos a trabajar, pues hay mucho por
hacer. Kamala ha muerto en el
lecho en que murió mi esposa. También haremos fuego en la misma
colina en que encendí la hoguera
para mi mujer.
Y mientras el niño seguía
dormido, levantaron la pira.
Hermann Hesse
Siddharta
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EL HIJO
El niño había presenciado el
funeral de su madre con timidez y lloriqueos; asustado y sombrío
había escuchado a Siddharta, que
le saludaba como hijo y le daba la bienvenida a la choza de
Vasudeva.
Durante varios días quiso
permanecer en la colina de su madre muerta; se hallaba demacrado,
sin apetito. Cerraba los ojos y
el corazón; se rebelaba obstinadamente contra su destino.
Siddharta le trató con tacto y le
dejó hacer: respetó su duelo. Comprendió Siddharta que su hijo
no le conocía, y por lo tanto, no
podía amarle como a un padre. Paulatinamente, también se dio
cuenta de que ese niño, que ya
tenía once años, era una personilla mimada, pues fue criado entre
algodones, educado en las
costumbres de los adinerados: comidas exquisitas, cama blanda, órdenes
a los criados. Siddharta
comprendió que entre sus hábitos y la pena, no podía contentarse de
repente, con buena voluntad, ante
la pobreza.
No le obligó a hacer nada, le
sirvió paciente y le guardó siempre la mejor ración. Esperaba
ganarle poco a poco, con amable
paciencia.
Cuando llegó el niño, Siddharta
se creyó rico y feliz. Sin embargo, al observar que el tiempo
pasaba y el chico continuaba
siendo extraño y sombrío, al ver que mostraba un corazón orgulloso y
terco, que no quería trabajar ni
respetar a los viejos, pero sí robar de los árboles frutas de
Vasudeva, entonces Siddharta
empezó a entender que con su hijo no le había llegado la paz y la
felicidad, sino la pena y la
preocupación.
No obstante, Siddharta amaba al
muchacho, y prefería los disgustos del amor, a su anterior paz y
felicidad sin el pequeño.
Desde que el joven Siddharta
vivía en la cabaña, los viejos se habían tenido que repartir la tarea.
Vasudeva cumplía el deber de
barquero, otra vez solo, y Siddharta hacía el trabajo de la vivienda y
del campo, para mantenerse cerca
de su hijo.
Durante mucho tiempo, incluso
largos meses, Siddharta esperó inútilmente que su hijo le
comprendiera, que aceptara su
amor, que quizá le correspondiera. Vasudeva esperó durante
muchos meses; confiaba y callaba.
Un día el joven Siddharta vejó una vez más a su padre con su
testarudez y sus caprichos, y le
rompió dos fuentes de arroz; aquella noche, Vasudeva llamó a su
amigo y habló con él.
-Perdóname -empezó-. Te hablo con
el corazón de un amigo. Veo que tienes preocupaciones,
problemas. Tu hijo amado te
preocupa, y también me inquieta a mí. El joven pájaro está
acostumbrado a otra vida, a otro
nido. No se ha escapado, como tú, de la riqueza y de la ciudad por
hastío o aburrimiento, sino que
lo ha abandonado en contra de su voluntad. Pregunté al río, amigo;
muchas veces le he interrogado.
Pero la corriente se ríe de mí y de ti, y se burla de nuestra
necedad. El agua quiere estar
junto al agua, la juventud con la juventud. Tu hijo no se encuentra en
el lugar apropiado para poder
desarrollarse bien. ¡Pregunta también al río, y sigue su consejo!
Siddharta observó el amable
semblante, en cuyos innumerables surcos se albergaba una continua
serenidad.
-Pero, ¿puedo yo separarme de él?
-preguntó Siddharta en voz baja, avergonzado-. ¡Deja que
pase un tiempo, amigo! Mira, yo
lucho por ganar el corazón de mi hijo, me esfuerzo con paciencia y
amor, quiero conseguirlo. También
el río llegará a hablarle a él.; también tiene vocación.
La sonrisa de Vasudeva se hizo
más afectuosa.
-Pues claro, también el pequeño
tiene vocación y sirve para la vida eterna. No obstante,
¿sabemos nosotros, tú y yo, qué
vocación tiene, qué vida le espera, qué obras y qué sufrimientos?
Sus dolores no serán pocos, ya
que su corazón es orgulloso y duro, y esas personas tienen que
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Siddharta
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sufrir mucho, equivocarse
infinidad de veces, cometer innumerables injusticias, pecar una y otra
vez. Dime, amigo, ¿no educas a tu
hijo? ¿No le obligas? ¿No le pegas? ¿No le castigas?
-No, Vasudeva, no hago nada de
eso.
-Me lo imaginaba. No le obligas,
ni le pegas, ni le mandas, y es que sabes que lo blando es más
fuerte que lo duro, que el agua
es más potente que la roca, que el amor es más vigoroso que la
violencia. Conforme, y te elogio.
Sin embargo, ¿no te equivocas pensando que no le obligas ni
castigas? ¿No te atas con tu
amor? ¿ No le avergüenzas día a día y le dificultas sus obras con tu
bondad y paciencia? ¿No obligas
al muchacho arrogante y mimado a vivir en una choza con dos
viejos que se alimentan de
plátanos y para los que un plato de arroz es un bocado exquisito?
Nuestros pensamientos nunca
podrán ser los suyos, igual que nuestro corazón viejo y quieto lleva
otra marcha, que no es la suya.
¿No crees que ya ha sido bastante castigado con todo ello?
Siddharta bajó la cabeza,
consternado. En voz baja preguntó:
-¿Qué me aconsejas que debo
hacer?
Vasudeva continuo:
-Llévale a la ciudad, a casa de
su madre. Allá todavía estarán los criados; déjale con ellos. Y si no
los hay, condúcelo a casa de un
profesor, no por lo que le pueda enseñar, sino para que se halle
junto a otros chicos y chicas de
su edad, en ese mundo que es el suyo. ¿Nunca lo pensaste?
-Tú lees en mi corazón -repuso
Siddharta-. A menudo lo pensé. Pero oye, ¿cómo puedo
trasladarlo a ese mundo, si tiene
débil el corazón? ¿No se volverá disoluto, no se perderá entre los
placeres y el poder? ¿No repetirá
los errores de su padre? ¿No se hundirá para siempre en el
sansara?
La sonrisa del barquero se
iluminó. Suavemente oprimió el brazo de Siddharta y declaró:
- ¡Pregunta al río, amigo!
¡Escucha su risa! ¿Realmente crees que has cometido tú esas
necedades para ahorrárselas a tu
hijo? ¿Acaso puedes protegerlo contra el sansara? ¿Y cómo? ¿Con
la doctrina, con oraciones,
advertencias? Amigo, ¿has olvidado totalmente aquella historia, la del
hijo de un brahmán, llamado
Siddharta, que me contaste aquí mismo? ¿Quién ha protegido del
sansara al samana Siddharta?
¿Quién del pecado, de la codicia, de la necedad? ¿Le pudo custodiar la
piedad de su padre, las
advertencias de los profesores, sus propios conocimientos, su propia
búsqueda? ¿Qué padre o qué
profesor han conseguido evitar que él mismo viva la vida, se ensucie
con la existencia, se cargue de
culpabilidad, beba el brebaje amargo, encuentre su camino? Amigo,
¿ acaso crees que ese camino se
lo podías ahorrar a alguien? ¿Quizás a tu hijo, porque le amas y
desearías ahorrarle penas, dolor
y desilusiones? Aunque te murieras diez veces por él, no
conseguirías apartarle lo más
mínimo de su destino.
Jamás Vasudeva había gastado
tantas palabras. Siddharta se lo agradeció amablemente;
preocupado, regresó a la cabaña y
durante mucho tiempo no logró conciliar el sueño. Vasudeva no
le había dicho nada que antes no
hubiera advertido y reflexionado. Pero era una idea que no podía
poner en práctica; el amor hacia
el muchacho era más fuerte que el conocimiento de la realidad, su
cariño era más fuerte que el
temor a perderlo. ¿Se había preocupado antes su corazón tan
profundamente por algo? Jamás
había amado a una persona tan ciegamente, nunca sufrió tanto por
nadie, encontrándose feliz y
desdichado a la vez.
Siddharta no era capaz de seguir
el consejo de su amigo: no podía abandonar a su hijo. Se dejó
mandar y despreciar por el
muchacho. Callaba y esperaba; diariamente empezaba la lucha silenciosa
de la amabilidad, de la
paciencia. También Vasudeva se callaba y esperaba, amable, sabio,
indulgente. Ambos eran maestros
en la paciencia.
En una ocasión, como las
facciones del muchacho le recordaran mucho a Kamala, Siddharta se
vio obligado a pensar en una
frase que le dijo Kamala una vez.
«Tú no sabes amar», le había
manifestado.
Y Siddharta le había dado la
razón. Y entonces se comparó con una estrella, y a los humanos con
las hojas secas que se desprenden
de los árboles; mas a pesar de todo, Siddharta advirtió en
aquella frase un reproche.
Realmente, nunca había podido perderse ni entregarse totalmente a una
persona; olvidarse de sí mismo y
cometer necedades por amor a otro; no, jamás supo hacerlo y
Hermann Hesse
Siddharta
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ésta -así se lo parecía- había
sido la gran diferencia que le separaba de los pueriles humanos.
No obstante, ahora, desde que
tenía a su hijo, también Siddharta se había convertido en un ser
humano: sufría por una persona
ajena, la amaba, y perdido por su amor se había convertido en un
necio. También Siddharta sentía
ahora, por primera vez en su vida, aunque tarde, aquella pasión, la
más fuerte y especial pasión;
sufría por ella, penaba extraordinariamente, y sin embargo, a la vez
experimentaba una felicidad, una
renovación, una nueva riqueza.
Se daba perfecta cuenta de que
ese amor ciego hacia su hijo era una verdadera pasión; algo muy
humano, un sansara, una fuente
turbia, un agua oscura. A pesar de ello, a la vez sentía que le era
valioso, necesario, como su
propio ser. También se tenía que satisfacer aquel placer, también se
tenían que probar esos dolores,
también se debían cometer esas necedades.
Mientras tanto, el hijo le dejaba
cometer esas necedades, y consentía que se humillara
diariamente ante sus caprichos.
Ese padre no poseía nada que pudiera admirar el muchacho, nada
que le hiciera temer. Era un buen
hombre, bondadoso, amable, quizá piadoso, o un santo..., pero
estas cualidades no podían
convencer al joven. Le aburría ese padre que le encerraba en aquella
miserable choza; se cansaba que a
cada grosería suya le contestara con una sonrisa, a cada insulto
con un gesto de amabilidad, a
cada malicia con bondad. Eso era precisamente lo que más odiaba del
viejo. El muchacho habría
preferido que le amenazara, que le maltratase.
Y llegó el día en que estallaron
los sentimientos del joven Siddharta, y se dirigieron directamente
contra su padre. Le había dado
éste una orden que recogiera leña. Pero el chico no salía de la
choza; permaneció allí testarudo
y furioso; pataleó, apretó los puños, y en pleno acceso arrojó todo
su odio y desprecio a la cara del
padre.
-¡Busca tú mismo la leña! -le
gritó excitado-. Yo no soy tu criado. Ya sé que no me pegas, que no
te atreves; ya sé que con tu
piedad y paciencia continuamente me quieres castigar y seducir.
¡Deseas que sea como tú: piadoso,
amable, sabio! Sin embargo, escúchame: ¡Prefiero ser un ladrón
o un asesino e irme al infierno,
antes que ser como tú! ¡Te odio! ¡No eres mi padre, aunque hayas
sido diez veces el amante de mi
madre!
La ira y el disgusto le
desbordaron, cien palabras funestas se lanzaron contra el padre.
Seguidamente el muchacho
desapareció corriendo y no regresó hasta la última hora del crepúsculo.
Sin embargo, a la mañana
siguiente, había desaparecido; Tampoco hallaron el pequeño cesto de
mimbre de dos colores en el que
los barqueros guardaban las monedas de plata y cobre que
recibían, como paga de su
trabajo. Igualmente se había perdido la barca. Siddharta la vio en la otra
orilla del río. Su hijo se había
escapado.
-Debo seguirle -se dijo
Siddharta, que todavía temblaba por los insultos del muchacho, el día
anterior-. Un niño no puede
cruzar solo el bosque. Se perderá. Tendremos que construir un bote,
Vasudeva, para llegar a la otra
orilla.
-Haremos una lancha -contestó
Vasudeva- para ir a buscar la barca que el joven se ha llevado.
Pero a él deberías dejarle
correr, amigo. Ya no es un niño, sabrá arreglárselas. El muchacho busca el
camino de la ciudad, y tiene
razón, no lo olvides. Hace lo que tú mismo has olvidado hacer. Se
preocupa por sí mismo, sigue su
camino. Siddharta, veo que sufres, pero son tormentos de los que
uno puede reírse, y tú te
burlarás de ellos muy pronto.
Siddharta no contestó.
Ya tenía el hacha entre las manos
y empezó a construir un bote de bambú. Vasudeva le ayudaba
para atar las cañas con cuerdas
de hierbas. Entonces abandonaron la orilla, la corriente los llevó río
abajo; en la otra ribera
arrastraron al bote corriente arriba.
-¿Para qué te has traído el
hacha? -inquirió Siddharta.
Vasudeva contesto:
-Podría ocurrir que el remo de
nuestra embarcación se hubiera perdido.
Sin embargo, Siddharta sabía lo
que su amigo pensaba. Creía que el muchacho habría roto o
arrojado el remo para vengarse, y
a la vez impedir que le siguieran. Y, realmente, en la barca no
había remo.
Vasudeva señaló el suelo de la
barca y fijó la mirada en su amigo con una sonrisa, como si
Hermann Hesse
Siddharta
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quisiera decir:
«¿No ves lo que tu hijo desea
decirte? ¿No te das cuenta de que no quiere que le sigas?»
Pero no lo expuso con palabras.
Tomó el hacha y empezó a cortar
un nuevo remo. No obstante, Siddharta se despidió para ir a
buscar al fugitivo. Vasudeva no
se lo impidió.
Cuando Siddharta llevaba ya mucho
tiempo en el bosque, se dio cuenta de la inutilidad de la
búsqueda. Pensó que el zagal ya
se le habría adelantado mucho, llegando entonces a la ciudad, o
bien, si todavía estaba en
camino, se escondía de él. Al seguir reflexionando comprendió que
realmente no se preocupaba de su
hijo; en su interior tenía la certeza de que no le había sucedido
nada y que en el bosque no le
amenazaba ningún peligro. A pesar de ello, corría sin descanso, no ya
para salvarle, sino sólo por el
fuerte deseo de verle una vez más. Y así llegó hasta la ciudad.
En la carretera ancha, cerca de
la población, se detuvo ante la entrada del hermoso parque que
antes fuera propiedad de Kamala,
allí donde la vio por primera vez, sentada en su litera. Su alma
despertó. De nuevo se vio allí de
joven, un samana barbudo y desnudo, con el cabello polvoriento.
Siddharta se quedó durante mucho
tiempo ante la puerta y observó el interior del jardín. Pudo ver
allí monjes de hábito amarillo
paseándose bajo los frondosos árboles.
Permaneció en el mismo lugar un
buen rato; pensó, recordó la imagen, escuchó la historia de su
vida. Mucho tiempo contempló a
los monjes, pero viendo a los jóvenes Siddharta y Kamala bajo los
altos árboles. Con claridad
observó cómo Kamala le entregaba el primer beso; vio a Siddharta que
sentía desprecio y orgullo por su
antigua vida de brahmán, y buscaba afanosamente y con vanidad
la vida mundana.
También pudo percibir a
Kamaswami, a los criados, vio las fiestas, los jugadores de dados, los
músicos; sintió que el pájaro de
Kamala vivía otra vez, respiró el sansara, volvióse a encontrar viejo
y cansado, hastiado, deseoso de
suicidarse. Y por segunda vez le salvó el Om.
Después de permanecer junto a la
puerta del parque, Siddharta comprendió que era necio el
deseo que le había conducido hasta
aquel lugar: no podía ayudar a su hijo, no debía atarse a su
hijo.
Dentro de su corazón sentía el
profundo amor hacia el muchacho, como si se tratara de una
herida; pero, a la vez, esa
herida no era dolorosa, sino que se convertiría en una brillante flor.
Se puso triste porque hasta
entonces aún no había brotado la flor, ni siquiera brillaba. Ahora tan
sólo existía el vacío en aquel
mismo lugar en el que había ido a buscar a su hijo. Se sentó
tristemente, experimentó como si
algo muriese en su corazón; un vacío, una desilusión, una falta de
objetivo. Se encontraba allí
ensimismado, esperando. Lo había aprendido del río: aguardar, tener
paciencia, escuchar.
Y se hallaba allí, contemplando
el polvo del camino, atendiendo a su corazón triste y cansado:
esperaba la voz. Durante muchas
horas permaneció aguardando; ya no podía ver ninguna imagen,
estaba hundido en el vacío, se
hundía sin ver el camino.
Y cuando sentía el dolor de la
herida, hablaba en silencio con el Om se llenaba del Om. Los
monjes del jardín le vieron; al
notar que se quedaba allí durante horas y horas y que en su cabello
gris se depositaba el polvo, uno
de ellos se le acercó y le colocó a su lado dos frutos del bananero. El
anciano no los vio.
Una mano que tocó su hombro le
despertó del sueño. Inmediatamente reconoció aquel contacto
cariñoso; avergonzado volvió en
sí. Se levantó y saludó a Vasudeva, que le había seguido a
distancia. Al ver la cara cordial
de Vasudeva, con sus ojos serenos, arrugados por la sonrisa,
también sonrió Siddharta.
Ahora advirtió los frutos del
bananero; los levantó, dio uno al barquero y se comió el otro. En
silencio regresó con Vasudeva al
bosque, a la barca. Ninguno de los dos habló sobre lo sucedido,
nunca más nombraron al muchacho;
jamás se mencionó la fuga, en ningún momento se renovó la
herida.
Al llegar a la cabaña, Siddharta
se tendió encima del lecho. Poco después, Vasudeva se le acercó
para ofrecerle una copa de leche
de coco, pero Siddharta ya dormía.
Hermann Hesse
Siddharta
48
OM
Durante mucho tiempo aún se
resentía de la herida. Siddharta tuvo que pasar por el río muchos
viajeros que iban acompañados de
un hijo o una hija. Le era imposible fijarse en ellos sin sentir
envidia, sin pensar:
«Tantas personas, tantos miles de
personas poseen la más dulce felicidad. ¿Y por qué yo no?
Incluso son personas malas,
bandidos y ladrones, y tienen hijos y los aman, y son amados por ellos.
Unicamente yo no lo tengo.»
Pensaba con tanta simpleza, que
Siddharta ahora se parecía a esos seres humanos que nunca
pierden el fondo infantil.
Ahora observaba a las personas
desde otro ángulo distinto; quizá menos inteligente y menos
orgulloso, pero más cálido, mas
carinoso, con más interés. Cuando cruzaban viajeros corrientes,
gentes infantiles, comerciantes,
guerreros, mujeres..., ya no se mostraba tan asombrado de esas
personas como antes. Los
comprendía y se interesaba por su vida, que no se guiaba por raciocinios
y conocimientos, sino únicamente
por instintos y deseos. Ahora sentía igual que ellos.
Aunque Siddharta se encontraba
cerca de la perfección, llevaba consigo la última herida; ahora le
parecía que esos humanos pueriles
eran sus hermanos; sus vanidades, deseos y absurdos perdían
ante él lo ridículo, se volvían comprensibles,
simpáticos e incluso venerables. El amor ciego de una
madre hacia su hijo, el orgullo
estúpido de un padre presumido por su único vástago, el afán
ofuscado de una mujer joven y
frívola por las joyas, por la mirada de admiración de los hombres...,
todos esos instintos y pasiones
simples y necias, pero de enorme fuerza, se imponían ahora ante
Siddharta con un poder
avasallador; ya no eran chiquilladas. Se daba cuenta de que por todo ello la
gente vivía, deseaba lograr una
infinidad de metas, efectuaba viajes, combatía en guerras, sufría
infinitamente, soportaba hasta lo
indecible. Por ello, Siddharta los amaba; veía en ellos la vida, la
existencia, lo indestructibIe; el
Brahma se hallaba en cada una de sus pasiones, de sus obras. Esos
seres le eran simpáticos y
admirables por su ciega fidelidad, por su ofuscada fuerza y resistencia.
No les faltaba nada; y sin
embargo, el sabio y el filósofo sólo les aventajaba en un detalle
diminuto: la conciencia, la idea
consciente de la unidad de toda la vida.
Y Siddharta llegaba a veces a
dudar de si esa idea o conocimiento tenía valor, o si quizá se
trataba también de otra necedad
de los humanos pensadores. En todo lo demás, los seres
mundanos eran iguales a los
sabios, incluso a menudo los superaban, como también los animales, al
obrar con fortaleza y sin dejarse
inmutar.
Poco a poco maduraba en Siddharta
la plena conciencia de saber lo que realmente era sabiduría,
la meta de su larga búsqueda. Sin
embargo, no se trataba más que de una disposición de alma, de
una capacidad, de un arte secreto
de poder pensar la teoría de la unidad en cualquier momento, en
medio de la vida, de poder sentir
y respirar esa unidad.
Paulatinamente se abría esa flor
en su interior, se reflejaba en el arrugado rostro aniñado de
Vasudeva: armonía, conocimiento
de la eterna perfección del mundo, sonrisa, unidad.
No obstante, la herida le dolía
aún; Siddharta pensaba en su hijo con ansiedad y amargura,
mantenía su amor y afecto dentro
de su corazón, permitía que el dolor le consumiera, cometía todas
las necedades del amor. La llama
no se podía apagar por sí sola.
Y un día, cuando la herida le
desgarraba, Siddharta cruzó la otra orilla del río con ansiedad, se
bajó de la barca y se encontró
dispuesto a dirigirse a la ciudad, en busca de su hijo. El río se
deslizaba suavemente, en
silencio, ya que era el tiempo de la sequía. Sin embargo, su voz sonaba
de manera extraña: ¡Reía!
Hermann Hesse
Siddharta
49
Sencillamente, el río se reía.
Evidentemente se reía del viejo barquero. Siddharta se detuvo, se
inclinó hacia el agua para
poderla escuchar mejor, y vio reflejado su rostro; aquella cara le
recordaba cosas pasadas, y se dio
cuenta de lo siguiente: aquel rostro se parecía mucho a otro que
él había conocido, amado e
incluso temido. Se parecía al de su padre, el brahmán. Y recordó que
hacía mucho tiempo, de joven,
había obligado a su padre a que le dejara marcharse con los ascetas;
y luego fue su despedida, su
marcha y su aplazado regreso. ¿No había sufrido su padre la misma
pena que hoy sufría Siddharta por
su hijo? ¿No había muerto su padre hacía tiempo, solo, sin haber
visto a su hijo una vez más? ¿Por
qué no tenía que esperar Siddharta la misma suerte? ¿No se
trataba de una farsa, de una circunstancia
rara y estúpida, esa repetición, ese recorrer el mismo
círculo fatal?
El río se reía. Sí, así era; todo
lo que no se había terminado de sufrir y solucionar, regresaba de
nuevo. Siempre se volvían a
sufrir las mismas penas. Y Siddharta regresó a la barca, volvió a la
choza y siguió pensando en su
padre, en su hijo, en el río que se burlaba, en su enemistad consigo
mismo. Iba a desesperarse,
incluso a echarse a reír, con el propio río, de sí mismo y de todo el
mundo.
Sí, todavía no florecía la herida;
el corazón aún se defendía contra el destino. Todavía no brillaba
la serenidad y la victoria del
sufrimiento. Pero Siddharta sentía la esperanza, y al regresar a la choza
un deseo irresistible le obligó a
abrir su alma ante Vasudeva, a mostrarle todo, a contarle todo al
maestro de audiencia.
Vasudeva se encontraba en la
cabaña trenzando un cesto. Ya no conducía la barca, pues sus ojos
empezaban a volverse débiles; y
no tan sólo le fallaba la vista, sino también los brazos y las manos.
Lo único que no cambiaba era su
floreciente alegría y la serena benevolencia del rostro.
Siddharta se sentó junto al
anciano y empezó a hablar lentamente. Ahora contaba lo que nunca
había dicho: sobre su camino
hacia la ciudad, de la herida dolorosa, de su envidia al ver a otros
padres felices, de su
conocimiento, de la necedad ante tales deseos, de su inútil lucha contra todo
aquello. Lo contó todo; podía
decirle todo, incluso lo más delicado; a Vasudeva se le podía explicar
todo, mostrárselo, narrárselo. Le
mostró su herida, le contó su última fuga: cómo hoy se había
dirigido al otro lado del río,
como un niño fugitivo, dispuesto a ir a la ciudad. Y de cómo el río se le
había burlado.
Habló durante largo tiempo.
Mientras se desahogaba. Vasudeva escuchaba con su cara
sonrosada; Siddharta sentía que
esa atención de Vasudeva era más fuerte que nunca. Notó que sus
dolores y temores se le
transmitían, y cómo Vasudeva se los devolvía.
Mostrar la herida a ese oyente
era como bañarla en el río hasta que se refrescara la herida y el
cuerpo que la padecía. Y
Siddharta continuó hablando, reconociendo, confesando; cada vez se
percataba que el que le escuchaba
ya no era Vasudeva, ya no era aquel hombre inmóvil, que se
impregnaba de su confesión como
el árbol se empapa con la lluvia; ese ser inmóvil era el propio río,
el dios mismo, la eternidad. en
persona.
Y a la vez que Siddharta dejaba
de pensar en sí mismo y en su herida, empezaba a comprender
el cambio de Vasudeva; cuanto más
lo sentía y penetraba, menos sorprendente le parecía; percatábase
entonces de que todo era natural.
Vasudeva ya hacía tiempo que estaba así, casi desde
siempre, únicamente que Siddharta
no se había dado cuenta. También a Siddharta le faltaba muy
poco para llegar a ser igual que
Vasudeva. Sentía que ahora le miraba como el pueblo observa a los
dioses, y que esa situación no
podía durar; su corazón comenzó a despedirse de Vasudeva, mientras
su boca continuaba hablando sin
detenerse.
Cuando terminó, Vasudeva dirigió
a él su mirada amable, ya algo débil; no pronunció una
palabra, su rostro silencioso
expresaba amor y serenidad, comprensión y sabiduría. Tomó la mano
de Siddharta, la condujo al banco
junto a la orilla del río, y se sentó con él. Vasudeva sonrió a la
corriente.
-Le has oído reír -comentó-. Pero
no lo has oído todo. Escuchemos y verás cómo dice más cosas.
Y prestaron atención. El canto
polífono del agua se oía suavemente. Siddharta tenía la mirada fija
en el río y en la corriente se le
aparecieron imágenes: su padre solitario, llorando por el hijo;
Siddharta mismo, también
solitario y atado a su hijo con los lejanos brazos del anhelo; también su
Hermann Hesse
Siddharta
50
hijo, el joven Siddharta,
ansioso, corriendo por la ardiente senda de los jóvenes deseos. Cada uno
se hallaba dirigido hacia su
meta, obsesionado con su fin, sufriendo por su objetivo. El río lo narraba
todo con voz de sufrimiento, con
cantos ansiosos, tonalidades tristes, corrientes curiosas.
«¿Lo oyes?», preguntó la mirada
silenciosa de Vasudeva.
Siddharta negó con la cabeza.
-¡Escucha mejor! -susurró
Vasudeva.
Siddharta se esforzó por atender
mejor. La imagen de su padre, la suya y la de su hijo se
juntaban; también se le apareció
la figura de Kamala, pero se deshizo; igualmente vio la imagen de
Govinda y de otros, y todas se
entremezclaban y terminaban por desaparecer en el agua; todas
corrían como el río, hacia su
meta, ansiosos, sufriendo. Y la voz del río resonaba llena de ansiedad,
de dolor, de un deseo insaciable.
El río corría hacia su meta.
Siddharta observaba a ese río forjado por él, por los suyos, por todas
las personas a las que jamás
había visto. Todas las corrientes de agua se deslizaban con prisa,
sufriendo, hacia sus fines, y en
cada meta se encontraban con otra, y llegaban a todos los objetivos,
y siempre seguía otro más; y el
agua se convertía en vapor, subía al cielo, se transformaba en
lluvia, se precipitaba desde el
cielo, se convertía en fuente, en torrente, en río, y de nuevo se
deslizaba corriendo hacia su
próximo fin.
Pero aquella voz ansiosa había
cambiado. Aún sonaba con resabios de sufrimiento y ansiedad,
pero a ella se le unían otras
voces de alegría y sufrimiento, sonidos buenos y malos, que reían y
lloraban. Cien voces, mil voces.
Siddharta escuchaba. Ahora tan
sólo permanecía atento, totalmente entregado a esa sensación;
completamente vacío, sólo
dedicado a asimilar, se daba cuenta de que acababa de aprender a
escuchar. Ya, en muchas
ocasiones, había oído las voces, el río, pero hoy sonaban diferentes. Ya no
podía diferenciar las alegres de
las tristes, las del niño y las del hombre: todas eran una, el lamento,
el anhelo y la risa del sabio, el
grito de ira y el suspiro del moribundo. Todo era uno, todo
permanecía estrechamente
enlazado, y mil veces entremezclado.
Y todo aquello unido era el río,
todas las voces, los fines, los anhelos, los sufrimientos, los
placeres; el río era la música de
la vida. Y cuando Siddharta escuchaba con atención al río, podía oír
esa canción de mil voces; y sino
escuchaba el dolor ni la risa, si no ataba su alma a una de aquellas
voces y no penetraba su yo en
ella ni oía todas las tonalidades, entonces percibía únicamente el
total, la unidad. En aquel
momento, la canción de mil voces, consistía en una sola palabra: el Om, la
perfección.
«¿Lo oyes?», le preguntó
nuevamente la mirada de Vasudeva.
Su sonrisa era clara; todas las
arrugas de su vetusto rostro brillaban, como cuando el Om flota
sobre todas las voces del río. Su
sonrisa era diáfana cuando se dirigía al amigo; y ahora también el
rostro de Siddharta brillaba con
la misma clase de sonrisa. Su herida florecía, su sufrimiento se
iluminaba, su yo había entrado en
la unidad.
En aquel momento, Siddharta dejó
de luchar contra el destino, terminó el sufrir. En su cara se
dibujaba la serenidad que da la
sabiduría, a la que ya no se opone ninguna voluntad, la que conoce
toda la perfección, la que está
de acuerdo con el río de los sucesos, con la corriente de la vida, lleno
de igualdad de sentimientos,
entregado a la corriente, perteneciente a la unidad.
Cuando Vasudeva se levantó de su
asiento junto a la orilla, miró a los ojos de Siddharta y
observó en ellos el brillo y la
serenidad de la sabiduría; suavemente le tocó el hombro con la mano,
con cariño y cuidado, y declaró:
-He estado esperando este
momento, amigo. Ahora que ha llegado, por fin, dejad que me
marche. Durante mucho tiempo he
aguardado; ya he sido bastante tiempo el barquero Vasudeva.
¡Adiós, río! ¡Adiós, choza!
¡Adiós, Siddharta!
Siddharta se inclinó
profundamente ante Vasudeva.
-Lo sabía -manifestó en voz
baja-. ¿Te irás a los bosques?
-Me voy a los bosques, hacia la
unidad -contestó Vasudeva, y su rostro resplandecía.
Se alejó con rostro refulgante;
Siddharta le siguió con la mirada llena de profunda alegría, de
Hermann Hesse
Siddharta
51
honda serenidad; contempló su
caminar lleno de paz, observó su cabeza rodeada de resplandor, vio
su cuerpo rebosante de luz.
Hermann Hesse
Siddharta
52
GOVINDA
En una ocasión se encontraba
Govinda con otros monjes descansando en el jardín que la
cortesana Kamala había regalado a
los discípulos de Gotama. Oyó hablar de un viejo barquero que
vivía junto al río, a la
distancia de una jornada, y que era considerado como un sabio. Cuando llegó
el día en que tuvo que continuar
su camino, Govinda eligió el camino en dirección a la barca, ya que
deseaba conocer a aquel barquero.
Pues, a pesar de que él había vivido toda su existencia según las
reglas, y aunque los monjes
jóvenes le respetaban por su edad y modestia, dentro de su corazón no
se había apagado la llama de la
inquietud y la búsqueda.
Llegó al río, rogó al viejo que
le llevara al otro lado, y cuando bajaron de la barca, declaró:
-Mucho bien nos has hecho a
nosotros, los monjes y peregrinos, ya que a la mayoría nos cruzaste
por este río. ¿No eres tú
también, barquero, uno de los que buscan el camino de la verdad?
Los ojos viejos de Siddharta
sonrieron al contestar:
~Te encuentras también tú entre
los que buscan, venerable? Mas, ¿no tienes ya muchos años y
llevas el hábito de los monjes de
Gotama?
-Aunque soy viejo -repuso
Govinda-, no he dejado de buscar. Jamás dejaré de hacerlo: ése
parece ser mi destino. Y creo que
tú también has buscado. ¿Quieres darme un consejo, venerable?
Siddharta declaró:
-¿Qué podría decirte, venerable?
Quizá que has buscado demasiado. Que de tanto buscar, no
tienes ocasión para encontrar.
-¿Cómo es eso? -preguntó Govinda.
-Cuando alguien busca -continuó
Siddharta-, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo
que busca; pero como no lo halla,
tampoco deja entrar en su ser otra cosa, ya que únicamente
piensa en lo que busca, tiene un
fin y está obsesionado con esa meta. Buscar significa tener un
objetivo. Encontrar, sin embargo,
significa estar libre, abierto, no necesitar ningún fin. Tú,
venerable, quizás eres realmente
uno que busca, pues persiguiendo tu objetivo, no ves muchas
cosas que están a la vista.
-Todavía no te comprendo muy bien
-objetó Govinda-. ¿Qué quieres decir?
Y Siddharta contestó:
-Hace tiempo, venerable, hace
muchos años, que ya estuviste aquí una vez, junto a este río, y en
su ribera hallaste a una persona
durmiendo; entonces te sentaste a su lado para velar su sueño.
Pero no reconociste a la persona
que dormía, Govinda.
Sorprendido, y como hechizado, el
monje miró a los ojos del barquero.
-¿Eres tú, Siddharta? -preguntó
con voz temblorosa-. ¡Tampoco esta vez te habría reconocido!
¡Te saludo de corazón, Siddharta,
y me alegra profundamente volverte a ver! Has cambiado mucho,
amigo... ¿Así que te has
convertido en barquero?
Siddharta sonrió amablemente.
-Pues, sí, en barquero. Hay que
cambiar mucho, Govinda. Hay quien debe llevar muchos hábitos,
y yo soy uno de ellos, amigo. Sé
bien venido, Govinda, y quédate esta noche en mi choza.
Govinda permaneció aquella noche
en la cabaña y durmió en el lecho que antes fuera de
Vasudeva. Interrogó mucho a su
amigo de juventud, y Siddharta se vio obligado a contarle su vida.
Cuando a la mañana siguiente
había llegado la hora de empezar la marcha diaria, preguntó
vacilante Govinda:
-Antes de continuar mi camino,
Siddharta, permíteme una pregunta. ¿Tienes una doctrina?
Hermann Hesse
Siddharta
53
¿Tienes una fe o una creencia que
sigues, que te ayuda a vivir y a obrar bien?
Siddharta declaró:
-Tú ya sabes, amigo, que de
joven, cuando vivía con los ascetas, en el bosque, llegué a creer que
debía desconfiar de las doctrinas
y los profesores, y darles la espalda. No he cambiado de opinión.
No obstante, he tenido muchos
otros maestros desde entonces. Incluso una bella cortesana fue mi
instructora por un largo tiempo,
así como un rico comerciante y unos jugadores de dados. También
lo ha sido en una ocasión un
discípulo de Buda; estaba sentado a mi lado, en el bosque, cuando yo
me había adormecido en mi
peregrinar. También aprendí de él, y le estoy agradecido, de veras. Sin
embargo, de quien aprendí más fue
de este río y de mi antecesor, el barquero Vasudeva. Era una
persona muy sencilla; no se
trataba de ningún filósofo, y sin embargo, sabía tanto como Gotama:
era perfecto, un santo.
Govinda exclamo:
-¡Me parece, Siddharta, que
todavía te gusta la burla! Te creo y sé que no has seguido a ningún
profesor. ¿Pero, acaso no has
encontrado tú mismo esta doctrina, con algunos razonamientos o
conocimientos tuyos, que te
ayuden a vivir? Si quisieras decirme alguna de esas teorías, alegrarías
mi corazón. Siddharta repuso:
-He tenido ideas, sí, e incluso
razonamientos de vez en cuando. En alguna ocasión he creído
sentir en mí cómo se percibe la
vida en el corazón, pero tan sólo por una hora o un día. Eran
muchas las ideas, y me sería
difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cuestiones que
he descubierto: la sabiduría no
es comunicable. La sabiduría que un erudito intenta comunicar,
siempre suena a simpleza.
-¿Bromeas? -inquirió Govinda.
-No. Digo lo que he encontrado.
El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede
hallar, pero se la puede vivir,
nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni
enseñar. Esto era lo que ya de
joven pretendía, y lo que me apartó de los profesores.
«He encontrado otra idea que tú,
Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero,
en realidad, se trata de mi mejor
pensamiento. Es éste: ¡Lo contrario a cada verdad es igual de
auténtico! O sea: una verdad sólo
se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y
unilateral es todo lo que se
puede expresar con pensamientos y declarar con palabras; todo lo
unilateral, todo lo mediocre,
todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad».
«Cuando el venerable Gotama
enseñaba el mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en
sansara y nirvana en ilusión y
verdad, en sufrimiento y redención. No es posible otra forma para el
que desea enseñar. No obstante,
el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro
propio interior, nunca es
unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo sansara o del todo
nirvana nunca un ser es
completamente santo o pecador. Nos parece que es así porque nos
hacemos la ilusión de que el
tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda, lo he
experimentado muchísimas veces. Y
si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir
entre el mundo y la eternidad,
entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno,
es una ilusión».
-¿Qué quieres decir? -preguntó
Govinda angustiado.
-¡Escucha bien, amigo, escucha
bien! El pecador, que lo somos tú y yo, es pecador, pero algún
día volverá a ser Brahma, llegará
a nirvana será buda..., y ahora fíjate bien: ese «algún» es una
ilusión. ¡Es sólo metáfora! El
pecador no está en camino hacia el budismo, no se encuentra en un
desarrollo, aunque no nos lo
podemos imaginar de otra forma. No; en el pecador, ahora y hoy, ya
está presente el buda futuro,
todo su futuro, en él, en ti, en todo se debe respetar el posible buda
escondido.
«EI mundo, amigo Govinda, no es
imperfecto, ni se encuentra en un camino lento hacia la
perfección. No; él es perfecto en
cualquier momento. Todo pecado ya lleva en sí el perdón, todos los
lactantes, la muerte; todos los
moribundos, la vida eterna. Ningún ser humano es capaz de ver en el
otro en qué situación se halla
dentro de su camino: en el ladrón y en el jugador espera el buda, en
el brahmán espera el ladrón».
«En la profunda meditación existe
la posibilidad de anular el tiempo, de ver toda la vida pasada,
Hermann Hesse
Siddharta
54
presente y futura a la vez, y
entonces todo es bueno, perfecto: es brahma. Por ello, lo que existe
me parece bueno; creo que todo
debe ser así, tanto la muerte como la vida, el pecado o la santidad,
la inteligencia o la necedad;
todo necesita únicamente mi afirmación, mi buena voluntad, mi
conformidad de amante: entonces
es bueno para mí, y nunca podrá perjudicarme».
«He experimentado en mi propio
cuerpo, en mi misma alma, que necesitaba el pecado, la
voluptuosidad, el afán de
propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa
desesperación para aprender a
vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no
compararlo con algún mundo
deseado o imaginado, regido por una perfección inventada por mí, sino
dejarlo tal como es y amarlo y
vivirlo a gusto».
«Estas son, Govinda, algunas de
las ideas que se me han ocurrido».
Siddharta se inclinó, levantó una
piedra del suelo y la sopesó en la mano.
-Esto -declaró mientras jugaba-,
es una piedra, y dentro de un tiempo quizá sea polvo de la
tierra, y de la tierra pasará a
ser una planta, o animal o un ser humano. En otro tiempo hubiera
dicho:
«Esta piedra sólo es piedra, no
tiene valor, pertenece al mundo de Maja; pero como en el circuito
de las transformaciones también
puede llegar a ser un ente humano y un espíritu, por ello le doy
valor». Así, quizás, hubiera
pensado antes. Pero ahora razono: esta piedra es una piedra, también
un animal, también un dios,
también un buda; no la venero ni amo porque algún día pueda llegar a
ser esto o lo otro, sino porque
todo esto lo es desde hace tiempo, desde siempre. Y, precisamente,
esto que ahora se me presenta
como una piedra, que ahora y hoy veo que es una piedra,
justamente por ello la amo y le
doy un valor y un sentido en cada una de sus líneas y huecos, en el
amarillo, en el gris, en la
dureza, en el sonido que produce cuando la golpeo, en la sequedad o
humedad de su superficie.
»Hay piedras que al tocarlas
parecen aceite o jabón, y otras semejan hojas o arena, y cada una
es diferente y roza el Orn a su
manera; cada una es Brahma, pero a la vez es una piedra, está
grasienta o jabonosa, y
precisamente esto es lo que me gusta y me parece maravilloso y digno de
adoración.
»Pero no me hagas hablar más
sobre todo ello. Las palabras no son buenas para el sentido
secreto; en cuanto se pronuncia
algo ya cambia un poquito, se lo falsifica..., sí, y también esto es
muy bueno y me gusta asimismo,
estoy muy de acuerdo que lo que es tesoro y sabiduría de una
persona, parezca a otra una
locura.
Govinda escuchaba en silencio.
-¿Por qué me has dicho lo de la
piedra? -preguntó vacilante, tras una pausa.
-Lo dije con intención. O quizás
he querido declarar que amo precisamente a la piedra y al río, a
esas cosas que contemplamos y de
las que podemos aprender. Govinda, puedo amar a una piedra, a
un árbol o a su corteza. Son
objetos que pueden amarse. Pero no a las palabras. Por ello, las
doctrinas no me sirven, no tienen
dureza, ni blandura, no poseen colores, ni cantos, ni olor, ni
sabor, no encierran más que
palabras. Acaso sea eso lo que te impide encontrar la paz, quizá sean
tantas palabras. También
redención y virtud, lo mismo que sansara y nirvana son sólo palabras,
Govinda. Fuera del nirvana no
existe nada más: únicamente palpita el vocablo nirvana.
Govinda exclamó:
-Amigo, nirvana no es tan sólo un
término. Nirvana es un pensamiento.
Siddharta continuó:
-Un pensamiento, puede ser así.
Amigo, he de hacerte una confesión: no me gusta diferenciar
mucho entre pensamientos y
palabras. Para serte sincero, tampoco soy partidario de las teorías. Me
gustan más los objetos. Aquí, en
esta barca, por ejemplo, mi antecesor fue un hombre, un santo
que durante muchos años creyó
simplemente en el río, en nada más. Notó él que la voz del río le
hablaba; de ella aprendió, pues
el agua le educó y enseñó; el río le parecía un dios. Durante muchos
años ignoró que todo viento,
nube, pájaro o escarabajo, es igual de divino, y sabe tanto que
también puede enseñar como el
río. No obstante, cuando ese santo se marchó a los bosques, lo
sabía todo, más que tú y yo, y
sin profesor, ni libros; únicamente porque había creído en el río.
Hermann Hesse
Siddharta
55
Govinda replicó:
-Pero, lo que tú llamas «objeto»,
¿es realmente algo que tiene sustancia? ¿No se trata sólo de un
engaño de Maja: únicamente imagen
y apariencia? Tu piedra, tu árbol, tu río..., ¿son realidades?
-Tampoco eso me preocupa mucho
-repuso Siddharta-. ¡Qué más da que las cosas sean engaños
o no! Y silo son, también yo lo
seré entonces, y de ese modo nunca me importará. Este es el motivo
que me obliga a tenerles tanto
aprecio y veneración: son mis semejantes. Por ello puedo amarlos.
»Y ahora voy a exponerte una
teoría de la que te vas a reír: el amor, Govinda, me parece que es
lo más importante que existe.
Penetrar en el mundo, explicarlo y despreciarlo, puede ser cuestión de
interés para los grandes
filósofos. Pero para mí, únicamente me interesa el poder amar a ese
mundo, no despreciarlo; no
odiarlo ni aborrecerme a mí mismo; a mí sólo me atrae la contemplación
del mundo y de mí mismo, y de
todos los seres, con amor, admiración y respeto.
-Eso sí que lo comprendo
-interrumpió Govinda-. Pero precisamente fue este punto lo que el
majestuoso reconoció como engaño.
Gotama ordena benevolencia, respeto, compasión, tolerancia,
pero no amor; nos prohibió atar a
nuestro corazón en el amor hacia lo terrenal.
- Lo sé -repuso Siddharta. Y su
sonrisa tenía un brillo dorado-. Lo sé, Govinda. Y mira, ya nos
encontramos en medio de la
espesura de las opiniones, en la discusión por palabras. No puedo
negarlo: mis palabras sobre el
amor contradicen, mejor dicho, parece que contradicen a las palabras
de Gotama. Esa es la causa que me
hace desconfiar de los términos, pues sé que esta contradicción
es un engaño. Sé que estoy de
acuerdo con Gotama. ¡Es imposible que el majestuoso no conozca el
amor! ¡El, que ha llegado a
conocer todo lo humano en su carácter transitorio y vanidoso, y que a
pesar de ello amó tanto a los
seres humanos! ¡El, que empleó toda su larga y penosa vida
únicamente para ayudarles, para
enseñarles!
»También en Gotama, tu maestro,
prefiero sus hechos antes que sus palabras. Sus actos y su
vida me parecen más importantes
que sus oraciones, el gesto de su mano es más interesante que
sus opiniones. No veo su grandeza
en el hablar, ni en el pensar, sino en sus obras y su existencia.
Durante mucho tiempo
permanecieron callados los dos ancianos. Entonces Govinda dijo al
despedirse:
-Te agradezco, Siddharta, que me
hayas comunicado tus pensamientos. Por un lado son
extraños, y no todos los entendí
de primera intención. Pero sea como sea, te lo agradezco y deseo
que pases tus días en paz.
«Sin embargo -pensó para sus
adentros-, este Siddharta es una persona extraña, habla de raras
teorías y su doctrina me suena a
locura. La del majestuoso se ve más clara, distinta, pura,
comprensible; no contiene nada de
rarezas, ni locuras o ridiculeces. Pero ya no me parecen tan
distintos al majestuoso, las
manos y los pies de Siddharta, ni su frente, su aliento, su sonrisa, su
saludo, su manera de andar. Jamás
nadie, después de que nuestro majestuoso buda entrara en el
nirvana me obligó a exclamar:
¡Este es un santo! Sólo ante Gotama, y ahora ante Siddharta.
Aunque su doctrina sea extraña y
sus palabras suenen a locura, la mirada, la mano, la piel, el
cabello, todo él respira una
pureza, una tranquilidad, una serenidad y clemencia y santidad que no
he visto en ningún otro hombre,
después de la muerte de nuestro majestuoso profesor.»
Mientras Govinda pensaba así, en
su corazón mantenía un conflicto, y de nuevo se sintió atraído
a Siddharta por amor. Se inclinó
profundamente ante aquel hombre que se hallaba sentado, lleno de
serenidad.
-Siddharta -empezó-, hemos
llegado a ser hombres viejos. Difícilmente en esta vida volveremos a
encontrarnos. Veo, amigo, que has
hallado la paz. Yo te confieso que no la he conseguido. ¡Dime,
venerable, una palabra más! ¡Dame
algo para el camino, algo que pueda entender y comprender!
Concédeme algo para ese camino.
Frecuentemente mi marcha es difícil y sombría, Siddharta.
Siddharta no pronunció palabra;
le miró con sonrisa tranquila, siempre igual. Govinda clavó su
vista fijamente en su rostro, con
temor, con anhelo. Su mirada expresaba sufrimiento y una búsqueda
eterna y un eterno rastrear.
Siddharta le observó y sonrió.
- ¡ Acércate a mí! - susurró al
oído de Govinda -. ¡ Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y
Hermann Hesse
Siddharta
56
ahora, ¡besa mi frente, Govinda!
Y sucedió algo maravilloso
mientras Govinda obedecía sus palabras, entre un presentimiento y el
amor que le atraía: se le acercó
mucho y rozó su frente con los labios. Todo ocurrió mientras sus
pensamientos se ocupaban todavía
de las extrañas palabras de Siddharta, mientras se esforzaba
aún por quitar el tiempo en vano
y con resistencia de sus pensamientos, y de imaginarse el nirvana
y sansara como una misma cosa, a
la vez que sentía desprecio por las palabras de su amigo y
luchaba en su interior con un
enorme respeto y amor. Así fue.
Ya no contemplaba el rostro de su
amigo Siddharta, sino que veía otras caras, muchas, una larga
hilera, un río de rostros, de
centenares, de miles de facciones; todas venían y pasaban, y sin
embargo, parecía que todas
desfilaban a la vez, que se renovaban continuamente, y que al mismo
tiempo eran Siddharta. Observó la
cara de un pez, de una carpa, con la boca abierta por un inmenso
dolor, de un pez moribundo, con
los ojos sin vida..., vio la cara de un niño recién nacido, encarnada
y llena de arrugas, a punto de
echarse a llorar..., divisó el rostro de un asesino, le acechó mientras
hundía un cuchillo en el cuerpo
de una persona..., y al instante vislumbró a este criminal arrodillado
y maniatado, y cómo el verdugo le
decapitó con un golpe de espada..., distinguió los cuerpos de
hombres y mujeres desnudos y en
posturas de lucha, en un amor frenético..., entrevió cadáveres
quietos, fríos, vacíos..., reparó
en cabezas de animales, de jabalíes, de cocodrilos, de elefantes, de
toros, de pájaros..., observó a
los dioses, reconoció a Krishna y a Agni..., captó todas estas figuras y
rostros en mil relaciones entre
ellos, cada una en ayuda de la otra, amando, odiando, destruyendo y
creando de nuevo. Cada figura era
un querer morir, una confesión apasionada y dolorosa del
carácter transitorio; pero
ninguna moría, sólo cambiaban, siempre volvían a nacer con otro rostro
nuevo, pero sin tiempo entre cara
y cara... Y todas estas figuras descansaban, corrían, se creaban,
flotaban, se reunían, y encima de
todas ellas se mantenía continuamente algo débil, sin sustancia,
pero a la vez existente, como un
cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara,
un recipiente, un molde o una
máscara de agua; y esa máscara sonreía, y se trataba del rostro
sonriente de Siddharta, el que
Govinda rozaba con sus labios en aquel momento.
Así vio Govinda esa sonrisa de la
máscara, la sonrisa de la unidad por encima de las figuras, la
sonrisa de la simultaneidad sobre
las mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era
exactamente la misma del buda,
serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica,
siempre inteligente y múltiple,
la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces con profundo
respeto. Govinda lo sabía: así
sonríen los que han alcanzado la perfección.
Sin saber si existía el tiempo,
si había pasado un segundo o cien años, desconociendo si eran
realidad un Gotama, un Siddharta,
si vivía el yo y el tú, alcanzado su interior por una flecha divina
cuya herida es dulce, encantado y
roto su corazón..., Govinda permaneció todavía un tiempo
inclinado sobre el rostro
bronceado de Siddharta, el que besara hacía un momento, el que fuera
escenario de todas las
transformaciones, de todos los orígenes, de todo lo existente.
El rostro de Siddharta no había
cambiado tras cerrarse en su superficie la profundidad y la
multiplicidad; sonreía serena,
suavemente, quizá muy bondadoso, acaso irónico, exactamente como
había sonreído el majestuoso.
Govinda se inclinó profundamente:
las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas, sin que él
siquiera lo notara; sintió como
fuego su más profundo amor, su más modesta veneración en el
alma. Se inclinó ante Siddharta
casi hasta el suelo; Siddharta permanecía sentado, sin moverse, y
su sonrisa recordaba que jamás
había amado, que nunca en la vida había tenido algo que
considerase valioso y sagrado.
Fin
Primera parte
El hijo del brahmán
.........................................................................3
Con los samanas……………………………………………..…….7
Gotama..........................................................................................
12
Despertar
......................................................................................
17
Segunda Parte
Kamala..........................................................................................
19
Con los humanos
......................................................................... 25
Sansara
.......................................................................................
29
Junto al río
..................................................................................
33
El barquero
........................................................
..........................38
El hijo
..........................................................................................
44
Om...............................................................................................
48
Govinda .............................................................................
......... 52