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EL PRINCIPE

NICOLAS MAQUIAVELO

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AL MAGNIFICO LORENZO DE MEDICIS

Los que desean congraciarse con un pr�ncipe suelen present�rsele

con aquello que reputan por m�s precioso entre lo que poseen, o

con lo que juzgan m�s ha de agradarle; de ah� que se vea que muchas

veces le son regalados caballos, armas, telas de oro, piedras preciosas

y parecidos adornos dignos de su grandeza. Deseando, pues,

presentarme ante Vuestra Magnificencia con alg�n testimonio de mi

sometimiento, no he encontrado entre lo poco que poseo nada que me

sea m�s caro o que tanto estime como el conocimiento de las acciones

de los hombres, adquirido gracias a una larga experiencia de las

cosas modernas y a un incesante estudio de las antiguas1. Acciones

que, luego de examinar y meditar durante mucho tiempo y con gran

seriedad, he encerrado en un corto volumen, que os dirijo.

Y aunque juzgo esta obra indigna de Vuestra Magnificencia, no

por eso conf�o menos en que sabr�is aceptarla, considerando que no

puedo haceros mejor regalo que poneros en condici�n de poder entender,

en brev�simo tiempo, todo cuanto he aprendido en muchos

a�os y a costa de tantos sinsabores y peligros. No he adornado ni

hinchado esta obra con cl�usulas interminables, ni con palabras

ampulosas y magn�ficas, ni con cualesquier atractivos o adornos

extr�nsecos, cual muchos suelen hacer con sus cosas,2 porque he

querido, o que nada la honre, o que s�lo la variedad de la materia y

la gravedad del tema la hagan grata. No quiero que se mire como

presunci�n el que un hombre de humilde cuna se atreva a examinar y

criticar el gobierno de los pr�ncipes. Porque as� como aquellos que

dibujan un paisaje se colocan en el llano para apreciar mejor los

montes y los lugares altos, y para apreciar mejor el llano escalan los

1 Las dos escuelas de los grandes hombres. (Cristina de Suecia)

2 Como T�cito y Gibbon (G).

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mentes,3 as� para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que

ser pr�ncipe, y para conocer la de los pr�ncipes hay que pertenecer al

pueblo.

Acoja, pues, Vuestra Magnificencia este modesto obsequio con

el mismo �nimo con que yo lo hago; si lo lee y medita con atenci�n,

descubrir� en �l un viv�simo deseo m�o: el de que Vuestra Magnificencia

llegue a la grandeza que el destino y sus virtudes le auguran.

Y si Vuestra Magnificencia, desde la c�spide de su altura, vuelve

alguna vez la vista hacia este llano, comprender� cu�n inmerecidamente

soporto una grande y constante malignidad de la suerte.

3 Con esto empec� y con ello conviene empezar. Se conoce mucho mejor el

fondo de los valles cuando se est� en la cumbre de la monta�a (RC).

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CAPITULO I

DE LAS DISTINTAS CLASES DE

PRINCIPADOS Y DE LA FORMA EN QUE SE

ADQUIEREN

Todos los Estados, todas las dominaciones que han ejercido y

ejercen soberan�a sobre los hombres, han sido y son rep�blicas o principados.

Los principados son, o hereditarios, cuando una misma familia

ha reinado en ellos largo tiempo, o nuevos. Los nuevos, o lo son

del todo4, como lo fue Mil�n bajo Francisco Sforza, o son como

miembros agregados al Estado hereditario del pr�ncipe que los adquiere,

como es el reino de N�poles para el rey de Espa�a. Los dominios

as� adquiridos est�n acostumbrados a vivir bajo un pr�ncipe o a ser

libres; y se adquieren por las armas propias o por las ajenas, por la

suerte o por la virtud.

4 Tal ser� el m�o si Dios me da vida (G).

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CAPITULO II

DE LOS PRINCIPADOS HEREDITARIOS

Dejar� a un lado el discurrir sobre las rep�blicas porque ya en

otra ocasi�n lo he hecho extensamente. Me dedicar� s�lo a los principados,

5 para ir tejiendo la urdimbre de mis opiniones y establecer

como pueden gobernarse y conservarse tales principados.

En primer lugar, me parece que es mas f�cil conservar un Estado

hereditario, acostumbrado a una dinast�a, que uno nuevo,6 ya que

basta con no alterar el orden establecido por los pr�ncipes anteriores, y

contemporizar despu�s con los cambios que puedan producirse.7 De

tal modo que, si el pr�ncipe es de mediana inteligencia, se mantendr�

siempre en su Estado, a menos que una fuerza arrolladora lo arroje de

�l; 8 y aunque as� sucediese, s�lo tendr�a que esperar, para reconquistarlo,

a que el usurpador sufriera el primer tropiezo.9 10

5 S�lo hay esto de bueno, pese a lo que digan, pero me es preciso cantar y

cantar en el mismo tono que ellos (los republicanos) hasta nueva orden (G).

6 Procurar� evitarlo haci�ndome el decano de los soberanos de Europa (G).

7 No es suficiente. (Cristina de Suecia.)

8 Es dif�cil que los pr�ncipes hereditarios sean despojados. (Cristina de Suecia.)

9 Tiene raz�n. (Cristina de Suecia.)

10 Lo veremos. Lo que me favorece es que no se lo he tornado a �l, sino a un

tercero que no era m�s una insufrible ci�naga de republicanismo. La odiosidad

de la usurpaci�n no recae sobre m�; los forjadores de frases a sueldo m�o

lo han persuadido ya: No ha destronado �l m�s que a la anarqu�a. Mis derechos

al trono de Francia no est�n mal establecidos en la novela de Lemont...

En cuanto al trono de Italia, tendr� una disertaci�n de Montga... Esto les es

necesario a los italianos, que presumen de oradores. Bastaba una novela para

los franceses. El pueblo bajo, que no lee, tendr� las homil�as de los obispos y

curas que yo haya nombrado, y adem�s un catecismo aprobado por el nuncio

apost�lico. No se resistir� a esta magia. No le falta nada, supuesto que el

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Tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara, que no resisti�

los asaltos de los venecianos en el 84 (1484) ni los del papa julio

en el 10 (1510), por motivos distintos de la antig�edad de su soberan�a

en el dominio.

Porque el pr�ncipe natural tiene menos razones y menor necesidad de

ofender: de donde es l�gico que sea m�s amado; y a menos que vicios

excesivos le atraigan el odio,11 es razonable que le quieran con naturalidad

los suyos. Y en la antig�edad y continuidad de la dinast�a se

borran los recuerdos y los motivos que la trajeron, pues un cambio

deja siempre la piedra angular para la edificaci�n de otro.12

papa ha ungido mi frente imperial, bajo cuyo aspecto debo parecer todav�a

m�s inconmovible que todos los Borbones (RI).

11 No son aborrecidos todo lo que debieran los vicios de los pr�ncipes reinantes.

(Cristina de Suecia.)

12 �Cu�ntas piedras angulares se me dejan! La mayor�a est� todav�a all�, y

ser�a necesario que no quedase ni uno solo para que yo perdiese toda esperanza.

Volver� a hallar all� mis �guilas, mis N, mis bustos, mis estatuas y aun

quiz� la carroza imperial de mi coronaci�n. Todo esto habla incesantemente a

los ojos del pueblo en mi favor y me trae a su memoria (E).

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CAPITULO III

DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS

Pero las dificultades existen en los principados nuevos. Y si no

es nuevo del todo, sino corno miembro agregado a un conjunto anterior,

que puede llamarse as� mixto,13 sus incertidumbres nacen en

primer lugar de una natural dificultad que se encuentra en todos los

principados nuevos. Dificultad que estriba en que los hombres cambian

con gusto de se�or, creyendo mejorar;14 y esta creencia los impulsa

a tomar las armas contra �l; en lo cual se enga�an, pues luego la

experiencia les ense�a que han empeorado. Esto resulta de otra necesidad

natural y com�n que hace que el pr�ncipe se vea obligado a

ofender a sus nuevos s�bditos, con tropas o con mil vejaciones que el

acto de la conquista lleva consigo.15 De modo que tienes por enemigos

a todos los que has ofendido al ocupar el principado, y no puedes conservar

como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo, porque

no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, y puesto que les est�s

obligado, tampoco puedes emplear medicinas fuertes contra ellos;16

porque siempre, aunque se descanse en ej�rcitos poderos�simos, se

tiene necesidad de la colaboraci�n de los �provincianos� para entrar

en una provincia. Por estas razones, Luis XII, rey de Francia, ocup�

r�pidamente a Mil�n, y r�pidamentc lo perdi�;17 y bastaron la primera

13 Como lo ser� el m�o sobre Piamonte, Toscana, Roma, etc. (RC.)

14 "Minore discrimine sumi principem quaem quaeri" (Hay menores inconvenientes

en conservar el rey que se tiene que buscar otro). El aserto es de

T�cito. Yo creo que tiene raz�n. (Cristina de Suecia.)

15 Poco me importa: el �xito justifica (RC).

16 �Bribones! Me dan a conocer cruelmente esta verdad. Si no lograra librarme

de su tiran�a, me sacrificar�an (RI).

17 No me lo habr�an quitado los austro-rusos si yo hubiera permanecido all�

en 1798 (RC) .

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vez para arrebat�rsele las mismas fuerzas de Ludovico; porque los

pueblos que le hab�an abierto las puertas, al verse defraudados en las

esperanzas que sobre el bien futuro hab�an abrigado18 no pod�an soportar

con resignaci�n las imposiciones del nuevo pr�ncipe.

Bien es cierto que los territorios rebelados se pierden con m�s

dificultad cuando se conquistan por segunda vez, porque el se�or,

aprovech�ndose de la rebeli�n, vacila menos en asegurar su poder

castigando a los delincuentes, vigilando a los sospechosos y reforzando

las partes m�s d�biles.19 De modo que, si para hacer perder Mil�n a

Francia bast� la primera vez con duque Ludovico que hiciese un poco

de ruido en las fronteras, para hac�rselo perder la segunda se necesit�

que todo el mundo se concertase en su contra, y que sus ej�rcitos fuesen

aniquilados y arrojados de Italia, lo cual se explica por las razones

antedichas.20

Desde luego, Francia perdi� a Mil�n tanto la primera como la

segunda vez. Las razones generales de la primera ya han sido discurridas;

quedan ahora las de la segunda, y queda el ver los medios de

que dispon�a o de que hubiese podido disponer alguien que se encontrara

en el lugar de Luis XII para conservar la conquista mejor que

�l.21

Estos Estados, que al adquirirse se agregan a uno m�s antiguo, o

son de la misma provincia y de la misma lengua, o no lo son. Cuando

lo son, es muy f�cil conservarlos, sobre todo cuando no est�n acostumbrados

a vivir libres;22 y para afianzarse en el poder, basta con

18 Por lo menos, yo no habla frustrado las esperanzas de quienes me hab�an

abierto sus puertas en 1796 (RC).

19 A lo que me dediqu� al recuperar este pa�s en 1800. Preg�ntese al pr�ncipe

Carlos si me result� bien (RI).

20 No suceder� esto ya (RC).

21 S� M�s que Maquiavelo sobre este particular (RC). Estos medios no tienen

ellos ni siquiera visos de sospecharlos, y les aconsejan otros contrarios. Mejor

que mejor (E).

22 Aun cuando lo estuvieran, sabr�a yo reducirlos (G).

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haber borrado la l�nea del pr�ncipe que los gobernaba,23 porque, por lo

dem�s, y siempre que se respeten sus costumbres y las ventajas de que

gozaban, los hombres permanecen sosegados, como se ha visto en el

caso de Borgo�a, Breta�a, Gascu�a y Normand�a, que est�n unidas a

Francia desde hace tanto tiempo;24 y aun cuando hay alguna diferencia

de idioma, sus costumbres son parecidas y pueden convivir en

buena armon�a. Y quien los adquiera, si desea conservarlos, debe

tener dos cuidados: primero que la descendencia del anterior pr�ncipe

desaparezca;25 despu�s, que ni sus leyes ni sus tributos sean alterados.

26 Y se ver� que en brev�simo tiempo el principado adquirido pasa

a constituir un solo y mismo cuerpo con el principado conquistador.27

Pero cuando se adquieren Estados en una provincia con idioma,

costumbres y organizaci�n diferentes, surgen entonces las dificultades28

y se hace precisa mucha suerte y mucha habilidad para conservarlos;

y uno de los mejores y m�s eficaces remedios ser�a que la

persona que los adquiriera fuese a vivir en ellos. Esto har�a m�s segura

y m�s duradera la posesi�n. Como ha hecho el Turco con Grecia;

ya que, a despecho de todas las disposiciones tomadas para conservar

aquel Estado, no habr�a conseguido retenerlo si no hubiese ido a establecerse

all�.29 Porque, de esta manera, ven nacer los des�rdenes y se

los puede reprimir con prontitud; pero, residiendo en otra parte, se

entera uno cuando ya son grandes y no tienen remedio. Adem�s, los

23 No me olvidar� de esto en cuantas partes establezca mi dominaci�n (G).

24 B�lgica, que reci�n lo est�, suministra, gracias a m�, un bello ejemplo

(RC).

25 Le ayudar�n (G).

26 Simpleza de Maquiavelo. �Pod�a conocer �l tan bien como yo todo el dominio

de la fuerza? Le dar� bien pronto una lecci�n opuesta en su mismo pa�s,

en Toscana, como tambi�n en Piamonte, Parma, Roma, ete. (RI).

27 Conseguir� los mismos resultados sin estas precauciones de la debilidad

(RI).

28 Otra simpleza. �La fuerza! (RI).

29 Lo suplir� con virreyes o reyes que no ser�n m�s que dependientes m�os.

No har�n nada sino por orden m�a, o de lo contrario: "destituidos" (RI).

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11

representantes del pr�ncipe no pueden saquear la provincia,30 y los

s�bditos est�n m�s satisfechos porque pueden recurrir a �l f�cilmente

y tienen m�s oportunidades para amarlo,31 si quieren ser buenos, y

para temerlo, si quieren proceder de otra manera. Los extranjeros que

desearan apoderarse del Estado tendr�an m�s respeto; de modo que,

habitando en �l, s�lo con much�sima dificultad podr� perderlo.32

Otro buen remedio es mandar colonias a uno o dos lugares que

sean como llaves de aquel Estado; porque es preciso hacer esto o

mantener numerosa tropas.33 En las colonias no se gasta mucho, y con

esos pocos gastos se las gobierna y conserva, y s�lo se perjudica a

aquellos a quienes se arrebatan los campos y las casas para darlos a

los nuevos habitantes, que forman una m�nima parte de aquel Estado.

Y como los damnificados son pobres y andan dispersos, jam�s pueden

significar peligro;34 35y en cuanto a los dem�s, como por una parte no

tienen motivos para considerarse perjudicados, y por la otra temen

incurrir en falta y exponerse a que les suceda lo que a los despojados,

se quedan tranquilos.36 Concluyo que las colonias no cuestan, que son

m�s fieles y entra�an menos peligro; y que los damnificados no pueden

causar molestias, porque son pobres y est�n aislados, como ya he

dicho.37

30 Conviene, ciertamente que se enriquezcan si, por otra parte. me sirven a mi

antojo (RC).

31 T�manme, y me basta (RI).

32 Imposible con respecto a m�. El terror de mi nombre equivaldr� a mi presencia

(RC).

33 Ad abundantiam juris. Se hace uno Y otro (RC).

34 Es menester cuidarse de aquellos que, aunque no tienen nada que perder,

tienen coraz�n. (Cristina de Suecia.)

35 Es harto buena la reflexi�n y me aprovechar� de ella (RC).

36 He aqu� como los quiero (RC).

37 Ejecutar� todo esto en el Piamonte, al reunirlo a Francia. All� tendr� para

mis colonias aquellos bienes confiscados con anterioridad a mi llegada y que

se ha convenido en denominar "nacionales" (G).

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Ha de notarse, pues, que a los hombres hay que conquistarlos o

eliminarlos,38 porque si se vengan de las ofensas leves,39 de las graves

no pueden; as� que la ofensa que se haga al hombre debe ser tal, que le

resulte imposible vengarse.40

Si en vez de las colonias se emplea la ocupaci�n militar, el gasto

es mucho mayor, porque el mantenimiento de la guardia absorbe las

rentas del Estado41 y la adquisici�n se convierte en p�rdida, y, adem�s,

se perjudica e incomoda a todos con el frecuente cambio del

alojamiento de las tropas. Incomodidad y perjuicio que todos sufren, y

por los cuales todos se vuelven enemigos; y son enemigos que deben

temerse, aun cuando permanezcan encerrados en sus casas42. La ocupaci�n

militar es, pues, desde cualquier punto de vista, tan in�til como

�tiles son las colonias.

El pr�ncipe que anexe una provincia de costumbres, lengua y organizaci�n

distintas a las de la suya, debe tambi�n convertirse en

palad�n y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para

debilitar a los de mayor poder�o43 y cuidarse de que, bajo ning�n pretexto,

entre en su Estado un extranjero tan poderoso como �l. Porque

siempre sucede que el reci�n llegado se pone de parte de aquellos que,

por ambici�n o por miedo, est�n descontentos de su gobierno;44 como

ya se vio cuando los etolios llamaron a los romanos a Grecia: los inva-

38 Todo esto ser�a torpe si no fuese imp�o. (Cristina de Suecia.)

39 No veo hacerlas m�s que ligeras a los m�os por esp�ritu de benignidad; no

se vengar�n menos de ellos en beneficio m�o. �Se sabe el abec� del arte de

reinar cuando se ignora que desagradando un poco es como si se desagradara

con mucho? (E)

40 No he observado bastante bien esta regla; pero ellos arman a los que ofenden,

y estos ofendidos me pertenecen (E).

41 Las carga uno muy bien a fin de que quede algo para s� (RC).

42 No los temo, cuando los fuerzo a quedarse en ellas y de las que no saldr�n,

al menos para reunirse contra m� (RC).

43 Para ello no hay mejor medio que desposeerlos y apoderarse de sus despojos.

M�dena, Plasencia, Parma, N�poles, Roma y Florencia proporcionaron

otros nuevos (RC).

44 Sobre esto espero a Austria, en Lombard�a (G).

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sores entraron en las dem�s provincias llamados por sus propios habitantes.

45 Lo que ocurre com�nmente es que, no bien un extranjero

poderoso entra en una provincia, se le adhieren todos los que sienten

envidia del que es m�s fuerte entre ellos;46 de modo que el extranjero

no necesita gran fatiga para ganarlos a su causa, ya que enseguida y

de buena gana forman un bloque con el Estado invasor.47 S�lo tiene

que preocuparse de que despu�s sus aliados no adquieran demasiada

fuerza y autoridad, cosa que puede hacer f�cilmente con sus tropas,

que abatir�n a los poderosos y lo dejar�n �rbitro �nico de la provincia.

48 El que, en lo que a esta parte se refiere, no gobierne bien perder�

muy pronto lo que hubiere conquistado, y aun cuando lo conserve,

tropezar� con infinitas dificultades y obst�culos.49

Los romanos, en las provincias de las cuales se hicieron due�os,

observaron perfectamente estas reglas. Establecieron colonias, respetaron

a los menos poderosos sin aumentar su poder, avasallaron a los

poderosos y no permitieron adquirir influencia en el pa�s a los extranjeros

poderosos.50 Y quiero que me baste lo sucedido en la provincia

de Grecia como ejemplo. Fueron respetados acayos y etolios, fue sometido

el reino de los macedonios, fue expulsado Ant�oco,51 y nunca

los m�ritos que hicieron acayos o etolios los llevaron a permitirles

expansi�n alguna52 ni las palabras de Filipo los indujeron a tenerlo

corno amigo sin someterlo, ni el poder de Ant�oco pudo hacer que

45 Los que pueden llamarse en Lombard�a no son romanos (G).

46 �Qu� buen socorro hallar�a Austria, contra m� en las flojas potencias actuales

de Italia! (G).

47 �Ganarlos! No me tomar� este trabajo. Estar�n obligados con mi fuerza a

formar cuerpo conmigo, especialmente en mi plan de Confederaci�n del Rin

(RI).

48 Bueno de consultar para mis proyectos sobre Italia y Alemania (G).

49 Maquiavelo se admirar�a del arte con que supe ahorr�rmelos (RI).

50 Se cuida de desacreditarlos all� (RC).

51 �Por qu� no todos los dem�s! (RC).

52 No era esto bastante: los hijos de R�mulo ten�an todav�a necesidad de m�

escuela (RI).

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consintiesen en darle ning�n Estado en la provincia.53 Los romanos

hicieron en estos casos lo que todo pr�ncipe prudente debe hacer, lo

cual no consiste simplemente en preocuparse de los des�rdenes presentes,

sino tambi�n de los futuros, y de evitar los primeros a cualquier

precio. Porque previni�ndolos a tiempo se pueden remediar con

facilidad; pero si se espera que progresen, la medicina llega a deshora,

pues la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede lo que los m�dicos

dicen del t�sico: que al principio su mal es dif�cil de conocer, pero

f�cil de curar,54 mientras que, con el transcurso del tiempo, al no

haber sido conocido ni atajado, se vuelve f�cil de conocer, pero dif�cil

de curar. As� pasa en las cosas del Estado: los males que nacen en �l,

cuando se los descubre a tiempo, lo que s�lo es dado al hombre sagaz,

se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos

advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los

ve.

Pero como los romanos vieron con tiempo los inconvenientes, los

remediaron siempre, y jam�s les dejaron seguir su curso por evitar una

guerra, porque sab�an que una guerra no se evita, sino que se difiere

para provecho ajeno.55 La declararon, pues, a Filipo y a Ant�oco en

Grecia, para no verse obligados a sostenerla en Italia; y aunque entonces

pod�an evitarla tanto en una como en otra parte, no lo quisieron.

Nunca fueron partidarios de ese consejo, que est� en boca de todos los

sabios de nuestra �poca:56 �hay que esperarlo todo del tiempo�;57 prefirieron

confiar en su prudencia y en su valor, no ignorando que el

53 Es lo mejor que ellos hicieron (RC).

54 Maquiavelo ten�a el �nimo enfermo al escribir esto, o hab�a visto a su

m�dico (RI).

55 Importante m�xima, de que me es preciso formar una de las principales

reglas de mi marcial y pol�tica conducta (G).

56 He aqu� la pol�tica de los reyes, la �nica s�lida. (Cristina de Suecia.)

57 Son unos cobardes, y si se pusieran en mi presencia alguno consejeros de

este templo, los... (RC).

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15

tiempo puede traer cualquier cosa consigo, y que puede engendrar

tanto el bien como el mal, y tanto el mal como el bien.58

Pero volvamos a Francia y examinemos si se ha hecho algo de lo

dicho. Hablar�, no de Carlos, sino de Luis, es decir, de aquel que, por

haber dominado m�s tiempo en Italia, nos ha permitido apreciar mejor

su conducta.

Y se ver� como ha hecho lo contrario de lo que debe hacerse para

conservar un estado de distinta nacionalidad.59

El rey Luis fue llevado a Italia por la ambici�n de los venecianos,

que quer�an, gracias a su intervenci�n, conquistar la mitad de Lombard�a.

Yo no pretendo censurar la decisi�n por el rey, porque si ten�a

el prop�sito de empezar a introducirse en Italia, y carec�a de amigos, y

todas las puertas se le cerraban a causa de los desmanes del rey Carlos,

no pod�a menos que aceptar las amistades que se le ofrec�an.60 Y

habr�a triunfado en su designio si no hubiera cometido error alguno en

sus medidas posteriores. Conquistada, pues, la Lombard�a, el rey

pronto recobr� para Francia la reputaci�n que Carlos le hab�a hecho

perder. G�nova cedi�; los florentinos le brindaron su amistad; el marqu�s

de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la se�ora de

Forli, los se�ores de Faenza de P�saro, de R�mini, de Camerino y de

Piombino, los luqueses, los pisanos y los sieneses, todos trataron de

convertirse en sus amigos.61 Y entonces pudieron comprender los

venecianos la temeridad de su ocurrencia: para apoderarse de dos

58 Es menester saber dominar sobre uno y otro (G).

59 Prescribir� all� el uso de la lengua francesa, comenzando por Piamonte, que

es la provincia m�s pr�xima a Francia. Ninguna cosa m�s eficaz para introducir

las costumbres de un pueblo en otro extranjero que acreditar all� su lengua

(G).

60 Me era mucho m�s f�cil comprar a los genoveses, que, por especulaci�n

fiscal, me dieron entrada en Italia (G).

61 He sabido proporcionarme ya el mismo honor, y no cometer�, ciertamente,

las mismas faltas (G).

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16

ciudades de Lombard�a, hicieron el rey due�o de las dos terceras partes

de Italia.62

Consid�rese ahora con qu� facilidad el rey pod�a conservar su

influencia en Italia, con tal de haber observado las reglas enunciadas y

defendido a sus amigos, que, por ser numerosos y d�biles, y temer

unos a los venecianos y otros a la Iglesia, estaban siempre necesitados

de su apoyo; y por medio de ellos contener sin dificultad a los pocos

enemigos grandes que quedaban.63 Pero pronto obr� al rev�s en Mil�n,

al ayudar al papa Alejandro para que ocupase la Roma�a. No

advirti� de que con esta medida perd�a a sus amigos y a los que se

hab�an puesto bajo su protecci�n, y al par que debilitaba sus propias

fuerzas, engrandec�a a la Iglesia, 64 a�adiendo tanto poder temporal al

espiritual, que ya bastante autoridad le daba.65 Y cometido un primer

error, hubo que seguir por el mismo camino; y para poner fin a la

ambici�n de Alejandro e impedir que se convirtiese en se�or de Toscana,

se vio obligado a volver a Italia. No le bast� haber engrandecido

a la Iglesia y perdido a sus amigos, sino que, para gozar tranquilo del

reino de N�poles, lo comparti� con el rey de Espa�a;66 y donde �l era

antes �rbitro �nico, puso un compa�ero para que los ambiciosos y

descontentos de la provincia tuviesen a quien recurrir; y donde pod�a

haber dejado a un rey tributario67 llam� a alguien que pod�a echarlo a

�l.68

62 Los lombardos, a quienes aparent� dar la Valtelina, el Bergamasco, Mantuano,

Bresciano, etc., comunic�ndoles la man�a republicana, me hicieron ya

el mismo servicio. Due�o una vez de su territorio, tendr� bien pronto el resto

de Italia (G).

63 No tendr� necesidad de ellos para conseguir esta ventaja (G).

64 Falta enorme (G).

65 Es indispensable que yo embote los dos filos de su cuchilla. Luis XII no era

m�s que un idiota (G).

66 Lo hare tambi�n, pero la repartici�n que haga no me quitar� la supremac�a,

y mi buen Jos� no me la disputar� (RI)

67 Como lo ser� el que yo ponga all�. (RI).

68 Vi�ndome precisado a retirar de all� a mi Jos�, no estoy sin temores sobre

el sucesor que le doy (RI).

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17

El ansia de conquista es, sin duda, un sentimiento muy natural y

com�n, y siempre que lo hagan los que pueden, antes ser�n alabados

que censurados; pero cuando intentan hacerlo a toda costa los que no

pueden, la censura es l�cita.69 Si Francia pod�a, pues, con sus fuerzas

apoderarse de N�poles, deb�a hacerlo; y si no pod�a, no deb�a dividirlo.

Si el reparto que hizo de Lombard�a con los venecianos era excusable

porque le permiti� entrar en Italia, lo otro, que no70 estaba

justificado por ninguna necesidad, es reprobable. Luis cometi�, pues,

cinco faltas: aniquil� a los d�biles,71 aument� el poder de un poderoso

de Italia, introdujo en ella a un extranjero m�s poderoso a�n, no se

estableci� en el territorio conquistado y no fund� colonias. Y, sin

embargo, estas faltas, por lo menos en vida de �l, pod�an no haber

tra�do consecuencias desastrosas si no hubiese cometido la sexta, la de

despojar de su Estado a los venecianos.72 Porque, en vez de hacer fuerte

a la Iglesia y de poner a Espa�a en Italia, era muy razonable y hasta

necesario que los sometiese; pero cometido el error, nunca debi� consentir

en la ruina de los venecianos, pues poderosos como eran, habr�an

mantenido a los otros siempre distantes de toda acci�n contra

Lombard�a, ya porque no lo hubiesen permitido sino para ser ellos

mismos los due�os, ya porque los otros no hubiesen querido arrebat�rsela

a Francia para d�rsela a los venecianos, y para atacar a ambos a

la vez les hubiera faltado audacia.73 Y si alguien dijese que el rey Luis

cedi� la Roma�a a Alejandro y el Reino a Espa�a para evitar la guerra,

contestar�a con las razones arriba enunciadas: que para evitar una

guerra nunca se debe dejar que sin desorden siga su curso, porque no

se la evita, sino se la posterga en perjuicio propio74. Y si otros alega-

69 No faltar� nada a las m�as (G).

70 Se busca que no lo sea (G).

71 No era una, si no hubiera cometido las otras (G).

72 Su falta consisti� en no haber tomado bien el tiempo de ello (G).

73 El raciocinio es bastante bueno para aquel tiempo (RI).

74 Al primer descontento, declarada la guerra: conocido una vez esta

prontitud de resoluci�n hace circunpectos a nuestros enemigos.

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18

sen que el rey hab�a prometido al papa ejecutar la empresa en su favor

para obtener la disoluci�n de su matrimonio y el capelo de Ru�n,

responder�a con lo que m�s adelante se dir� acerca de la fe de los

pr�ncipes y del modo de observarla.75

El rey Luis ha perdido, pues, la Lombard�a por no haber seguido

ninguna de las normas que siguieron los que conquistaron provincias

y quisieron conservarlas. No se trata de milagro alguno, sino de un

hecho muy natural y l�gico. As� se lo dije en Nantes al cardenal de

Ru�n llamado �el Valentino� como era llamado por el pueblo C�sar

Borgia, hijo del papa Alejandro, ocupaba la Roma�a. Como me dijera

el cardenal de Ru�n que los italianos no entend�an nada de las cosas

de la guerra, yo tuve que contestarle que los franceses entend�an menos

de las que se refieren al Estado, porque de lo contrario no hubiesen

dejado que la Iglesia adquiriese tanta influencia.76 Y ya se ha visto

c�mo, despu�s de haber contribu�do a crear la grandeza de la Iglesia y

de Espa�a en Italia, Francia fue arruinada por ellas.77 De lo cual se

infiere una regla general que rara vez o nunca falla: que el que ayuda

a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina.78 Porque es natural

que el que se ha vuelto poderoso recele de la misma astucia o de la

misma fuerza gracias a las cuales se lo ha ayudado.79

75 Aqu� est� el mayor arte de la pol�tica: y mi dictamen es que no podemos

poseerlo bastante lejos (G).

76 �Era menester m�s para que Roma anatematizara a Maquiavelo? (G).

77 Ellos me lo pagar�n caro (RI).

78 Lo que no har� nunca (G).

79 Los enemigos no aparentan recelarlo (G).

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19

CAPITULO IV

POR QUE EL REINO DE DARIO, OCUPADO POR

ALEJANDRO, NO SE SUBLEVO CONTRA LOS

SUCESORES DE ESTE, DESPUES DE SU

MUERTE:80

Consideradas las dificultades que encierra el conservar un Estado

recientemente adquirido, alguien podr�a preguntarse con asombro a

qu� se debe que, hecho Alejandro Magno due�o de Asia en pocos

a�os81 y muerto apenas ocupada, sus sucesores, en circunstancias en

que hubiese sido muy natural que el Estado se rebelase, lo retuvieron

en sus manos82 sin otros obst�culos que los que por ambici�n surgieron

entre ellos.83 Contesto que todos los principados de que se guarda

memoria han sido gobernados de dos modos distintos: o por un pr�ncipe

que elige de entre sus siervos, que lo son todos, los ministros que

lo ayudar�n a gobernar, o por un pr�ncipe asistido por nobles que, no a

la gracia del se�or, sino a la antig�edad de su linaje, deben la posici�n

que ocupan. Estos nobles tienen Estados y s�bditos propios, que los

reconocen por se�ores y les tienen natural afecci�n.84 Mientras que, en

los Estados gobernados por un pr�ncipe asistido por siervos, el pr�ncipe

goza de mayor autoridad: porque en toda la provincia no se reconoce

soberano sino a �l, y si se obedece a otro, a quien adem�s no se

80 Atenci�n a esto: no puedo casi prometerme m�s que treinta a�os de reinado

y quiero tener hijos id�neos para sucederme (RI).

81 Seis a�os. (Cristina de Suecia.)

82 Le conten�a el poder del solo nombre de Alejandro (RI)

83 Carlomagno se mostr� m�s sabio de lo que hab�a sido aquel loco de Alejandro,

que quiso que sus herederos celebrasen sus exequias con las armas en

la mano (RI).

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20

tiene particular amor, s�lo se lo hace por tratarse de un ministro y

magistrado del pr�ncipe.85 Los ejemplos de estas dos clases de gobierno

se hallan hoy en el Turco y en el rey de Francia.86 Toda Turqu�a

est� gobernada por un solo se�or, del cual los dem�s habitantes son

siervos; un se�or que divide su reino en sanjacados, nombra sus administradores

y los cambia y reemplaza a su antojo.87 En cambio, el rey

de Francia est� rodeado por una multitud de antiguos nobles que tienen

sus prerrogativas, que son reconocidos y amados por sus s�bditos

y que son due�os de un Estado que el rey no puede arrebatarles sin

exponerse.88 As�, si se examina uno y otro gobierno, se ver� que hay,

en efecto, dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero que,

una vez conquistado, es muy f�cil conservarlo. Las razones de la dificultad

para apoderarse del reino del Turco residen en que no se puede

esperar ser llamado por los pr�ncipes del Estado, ni confiar en que su

rebeli�n facilitar� la empresa.89 Porque, siendo esclavos y deudores

del pr�ncipe, no es nada f�cil sobornarlos; y aunque se lo consiguiese,

de poca utilidad ser�a, ya que, por las razones enumeradas, los traidores

no podr�an arrastrar consigo al pueblo.90 De donde quien piense en

atacar al Turco reflexione antes en que hallar� el Estado unido, y

conf�e m�s en sus propias fuerzas que en las intrigas ajenas.91 Pero

una vez vencido y derrotado en campo abierto de manera que no pue-

84 Antigualla feudal que temo ciertamente verme obligado a resucitar, al mis

generales persisten en hacerme ley de ello (RI).

85 �Famoso! Har� todo para lograrlo (RI).

86 Ya no existe diferencia entre Turqu�a y Francia. El gobierno de Francia es

el de Turqu�a, pero en miniatura. (Cristina de Suecia.) (Cristina se refiere al

gobierno de Luis XIV. Conviene mencionar que tanto �ste como Francia en

aquella �poca impresionaron desfavorablemente a la reina sueca.)

87 Son respetables siempre los antojos de los emperadores. Tienen ellos sus

motivos para concebirlos (RI).

88 No tengo a lo menos este estorbo, aunque si otros equivalentes (RI).

89 Discurramos medios extraordinarios, porque es de gran necesidad que el

Imperio de Oriente vuelva a reunirse con el de Occidente (RI).

90 �Ojal� que en Francia me hallara yo en una situaci�n parecida! (RC)

91 Mis fuerzas y mi nombre (RI).

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21

da rehacer sus ej�rcitos, ya no hay que temer sino a la familia del

pr�ncipe; y extinguida �sta,92 no queda nadie que signifique peligro,

pues nadie goza de cr�dito en el pueblo; y como antes de la victoria el

vencedor no pod�a esperar nada de los ministros del pr�ncipe, nada

debe temer despu�s de ella.93

Lo contrario sucede en los reinos organizados como el de Francia,

donde, si te traes a algunos de los nobles, que siempre existen

descontentos y amigos de las mudanzas, f�cil te ser� entrar.94 Estos,

por las razones ya dichas, pueden abrirte el camino y facilitarte la

conquista; pero si quieres mantenerla, tropezar�s despu�s con infinitas

dificultades y tendr�s que luchar contra los que te han ayudado y contra

los que has oprimido.95 96No bastar� que extermines la raza del

pr�ncipe: quedar�n los nobles, que se har�n cabecillas de los nuevos

movimientos, y como no podr�s conformarlos ni matarlos a todos97

perder�s el Estado en la primera oportunidad que se les presente.98

Ahora, si se medita sobre la naturaleza del gobierno de Dar�o, se

advertir� que se parec�a mucho al del Turco.99 Por eso fue preciso que

Alejandro lo derrotar� completamente y le cortara la campa�a. Despu�s

de la victoria, y muerto Dar�o, Alejandro qued� due�o tranquilo

del Estado, por las razones discurridas. Y si los sucesores hubiesen

permanecido unidos, habr�an podido gozar en paz de la conquista,

porque no hubo en el reino otros tumultos que los que ellos mismos

suscitaron. Pero es imposible conservar con tanta seguridad un Estado

92 Dudo si el imperio del mundo vale tal precio. (Cristina de Suecia.)

93 �Por qu� no puedo hacer mudar juntamente de lugar a Turqu�a y a Francia?

(RI).

94 Cortarles los brazos o levantarles la tapa de los sesos (RC).

95 Considero a Francia f�cil de conquistar y no dif�cil de conservar. (Cristina

de Suecia.)

96 No lo echo de ver m�s que mucho (RI).

97 Se habla comenzado tan bien en 1793... (RI).

98 Esto no es sino muy cierto (RI)

99 Pero Dar�o no era el igual de Alejandro como... (RC).

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organizado como el de Francia.100 Por ejemplo, los numerosos principados

que hab�a en Espa�a, Italia y Grecia explican las recuentes

revueltas contra los romanos y mientras perdur� el recuerdo de su

existencia, los romanos nunca estuvieron seguros de su conquista;

pero una vez el recuerdo borrado, se convirtieron, gracias a la duraci�n

y al poder del imperio, en sus seguros dominadores.101 Y as�

despu�s pudieron, pele�ndose entre s�, sacar la parte que les fue posible

en aquellas provincias, de acuerdo con la autoridad que ten�an en

ellas; porque, habi�ndose extinguido la familia de sus antiguos se�ores,

no se reconoc�an otros due�os que los romanos. Considerando,

pues, estas cosas, no se asombrar� nadie de la facilidad con que Alejandro

conserv� el Estado de Asia, y de la dificultad con que los otros

conservaron lo adquirido como Pirro y muchos otros. Lo que no depende

de la poca o mucha virtud del conquistador, sino de la naturaleza

de lo conquistado.

100 He provisto a esto y proveer� m�s todav�a (RI).

101 Cuento con la misma ventaja en lo que me concierne (RI).

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23

CAPITULO V

DE QUE MODO HAY QUE GOBERNAR LAS

CIUDADES O PRINCIPADOS QUE, ANTES DE SER

OCUPADOS, SE REGIAN POR SUS PROPIAS

LEYES

Hay tres modos de conservar un Estado que, antes de ser adquirido,

estaba acostumbrado a regirse por sus propias leyes y a vivir en

libertad: primero, destruirlo;102 despu�s, radicarse en �l; por �ltimo,

dejarlo regir por sus leyes,103 obligarlo a pagar un tributo y establecer

un gobierno compuesto por un corto n�mero de personas, para que se

encargue de velar por la conquista. Como ese gobierno sabe que nada

puede sin la amistad y poder del pr�ncipe, no ha de reparar en medios

para conservarle el Estado. Porque nada hay mejor para conservar -si

se la quiere conservar- una ciudad acostumbrada a vivir libre que

hacerla gobernar por sus mismos ciudadanos.104

Ah� est�n los espartanos y romanos como ejemplo de ello. Los

espartanos ocuparon a Atenas y Tebas, dejaron en ambas ciudades un

gobierno olig�rquico, y, sin embargo, las perdieron. Los romanos,

para conservar a Capua, Cartago y Numancia, las arrasaron, y no las

perdieron. Quisieron conservar a Grecia como lo hab�an hecho los

espartanos, dej�ndole sus leyes y su libertad, y no tuvieron �xito: de

modo que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de aquella

provincia para no perderla. Porque, en verdad, el �nico medio seguro

102 Esto no vale nada en el siglo en que estamos (G).

103 Mala m�xima; la continuaci�n es lo que hay de mejor (G).

104 En Mil�n, una comisi�n ejecutiva de tres adietos, como mi triunvirato

directorial de G�nova (RC).

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24

de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla.105

Quien se haga due�o de una ciudad as� y no la aplaste, espere a ser

aplastado por ella. Sus rebeliones siempre tendr�n por baluarte el

nombre de libertad y sus antiguos estatutos, cuyo h�bito nunca podr�

hacerle perder el tiempo ni los beneficios. Por mucho que se haga y se

prevea, si los habitantes no se separan ni se dispersan, nadie se olvida

de aquel nombre ni de aquellos estatutos, y a ellos inmediatamente

recurren en cualquier contingencia, como hizo Pisa luego de estar un

siglo bajo el yugo florentino.106 Pero cuando las ciudades o provincias

est�n acostumbradas a vivir bajo un pr�ncipe, y por la extinci�n de

�ste y su linaje queda vacante el gobierno, como por un lado los habitantes

est�n habituados a obedecer y por otro no tienen a qui�n, y no

se ponen de acuerdo para elegir a uno de entre ellos, ni saben vivir en

libertad, y por �ltimo tampoco se deciden a tomar las armas contra el

invasor, un pr�ncipe puede f�cilmente conquistarlas y retenerlas.107 En

las rep�blicas, en cambio, hay m�s vida, m�s odio, m�s ansias de venganza.

El recuerdo de su antigua libertad no les concede, no puede

concederles un solo momento de reposo. Hasta tal punto que el mejor

camino es destruirlas108 o radicarse en ellas.109

105 Pero puede hacerce esto a la letra de muchas modos, sin destruirla, mudando,

sin embargo, su constituci�n (G).

106 G�nova podr�a darme alguna inquietud, pero nada tengo que temer de los

venecianos (RC).

107 Especialmente cuando se dice que se trae la libertad e igualdad al pueblo

(G).

108 Basta con atemperar o revolucionar (G).

109 Esto no es necesario cuando uno los ha revolucionado y, dici�ndoles que

son libres, los tiene firmemente bajo su mando (G).

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25

CAPITULO VI

DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE

SE ADQUIEREN CON LAS ARMAS PROPIAS Y EL

TALENTO PERSONAL

Nadie se asombre de que, al hablar de los principados de nueva

creaci�n y de aquellos en los que s�lo es nuevo el pr�ncipe, traiga yo a

colaci�n ejemplos ilustres. Los hombres siguen casi siempre el camino

abierto por otros y se empe�an en imitar las acciones de los dem�s.110

Y aunque no es posible seguir exactamente el mismo camino ni alcanzar

la perfecci�n del modelo, todo hombre prudente debe entrar en el

camino seguido por los grandes e imitar a los que han sido excelsos,

para que, si no los iguala en virtud, por lo menos se les acerque;111 y

hacer como los arqueros experimentados, que, cuando tienen que dar

en blanco muy lejano, y dado que conocen el alcance de su arma,

apuntan por sobre �l, no para llegar a tanta altura, sino para acertar

donde se lo propon�an con la ayuda de mira tan elevada.112

Los principados de nueva creaci�n, donde hay un pr�ncipe nuevo,

son m�s o menos dif�ciles de conservar seg�n que sea m�s o menos

h�bil el pr�ncipe que los adquiere. Y dado que el hecho de que un

hombre se convierta de la nada en pr�ncipe presupone necesariamente

talento o suerte,113 es de creer que una u otra de estas dos cosas allana,

en parte, muchas dificultades. Sin embargo, el que menos ha confiado

en el azar es siempre el que m�s tiempo se ha conservado en su conquista.

Tambi�n facilita enormemente las cosas el que un pr�ncipe, al

110 Podr�, por cierto, a veces hacerte mentir (G).

111 Pas� por esto (G).

112 Har� ver que, aparentando asestar m�s abajo, se puede llegar all� f�cilmente

(G).

113 El valor es m�s necesario que la fortuna: �l la hace nacer (G).

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no poseer otros Estados, se vea obligado a establecerse en el que ha

adquirido. Pero quiero referirme a aquellos que no se convirtieron en

pr�ncipes por el azar, sino por sus virtudes114. Y digo entonces que

entre ellos, los m�s ilustres han sido Mois�s, Ciro, R�mulo, Teseo y

otros no menos grandes. Y aunque Mois�s s�lo fue un simple agente

de la voluntad de Dios, merece, sin embargo, nuestra admiraci�n,

siquiera sea por la gracia que lo hac�a digno de hablar con Dios.115

Pero tambi�n son admirables Ciro y todos los dem�s que han adquirido

o fundado reinos;116 y si juzgamos sus hechos y su gobierno, hallaremos

que no deslucen ante los de Mois�s, que tuvo tan gran

preceptor.II Y si nos detenemos a estudiar su vida y sus obras, descubriremos

que no deben a la fortuna sino el haberles proporcionado la

ocasi�n propicia, que fue el material al que ellos dieron la forma conveniente.

117 Verdad es que, sin esa ocasi�n, sus m�ritos de nada hubieran

valido; pero tambi�n es cierto que, sin sus m�ritos, era in�til que

la ocasi�n se presentar�.118 Fue, pues, necesario que Mois�s hallara al

pueblo de Israel esclavo y oprimido por los egipcios para que ese pueblo,

ansioso de salir de su sojuzgamiento, se dispusiera a seguirlo.119

Se hizo menester que R�mulo no pudiese vivir en Alba y estuviera

expuesto desde su nacimiento, para que llegase a ser rey de Roma y

fundador de su patria.120 Ciro tuvo que ver a los persas descontentos

de la dominaci�n de los medas, y a los medas flojos e indolentes como

consecuencia de una larga paz.121 No habr�a podido Teseo poner de

manifiesto sus virtudes sino hubiese sido testigo de la dispersi�n de los

114 Esto mira a m� (G).

115 No aspiro a tanta altura, sin la que me paso (G).

116 Aumentar� esta lista (G).

117 No me es necesario m�s. Ella vendr�; estemos dispuestos a cogerla (G).

118 El valor ante todo (G).

119 Es la condici�n y la situaci�n actual de los franceses (G)

120 Mi ben�fica loba estuvo en Briene. �R�mulo, te eclipsar�n! (G).

121 �Quita all�! (G).

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27

atenienses.122 Por lo tanto, estas ocasiones permitieron que estos hombres

realizaran felizmente sus designios, y, por otro lado, sus m�ritos

permitieron que las ocasiones rindieran provecho, con lo cual llenaron

de gloria y de dicha a sus patrias.123

Los que, por caminos semejantes a los de aqu�llos, se convierten

en pr�ncipes adquieren el principado con dificultades, pero lo conservan

sin sobresaltos. Las dificultades nacen en parte de las nuevas leyes

y costumbres que se ven obligados a implantar para fundar el Estado y

proveer a su seguridad.124 Pues debe considerarse que no hay nada

m�s dif�cil de emprender, ni m�s dudoso de hacer triunfar, ni m�s

peligroso de manejar, que el introducir nuevas leyes.125 Se explica: el

innovador se transforma en enemigo de todos los que se beneficiaban

con las leyes antiguas,126 y no se granjea sino la amistad tibia de los

que se beneficiar�n con las nuevas. O Tibieza en �stos, cuyo origen es,

por un lado, el temor a los que tienen de su parte a la legislaci�n antigua,

y por otro, la incredulidad de los hombres, que nunca f�an en las

cosas nuevas hasta que ven sus frutos.127 De donde resulta que, cada

vez que los que son enemigos tienen oportunidad para atacar, lo hacen

en�rgicamente, y aquellos otros asumen la defensa con tibieza, de

modo que se expone uno a caer con ellos.128 Por consiguiente, si se

quiere analizar en esta parte, es preciso ver si esos innovadores lo son

por s� mismos, o si dependen de otros; es decir, si necesitan recurrir a

la s�plica para realizar su obra, o si pueden imponerla por la fuerza.

En el primer caso, fracasan siempre, y nada queda de sus intencio-

122 �Pobre h�roe! (G).

123 Bastar�a su punta de sabidur�a hoy en d�a! (G)

124 Se logra esto con alguna astucia (RC).

125 No sabe tener uno, pues, a sus �rdenes, algunos maniqu�es legislativos?

(G).

126 Sabr� inutilizar su actividad (G).

127 El buen hombre no sab�a como uno se proporciona entonces acalorados

defensores, que hacen desistir a los otros (RC).

128 Esto no sucede m�s que a los pueblos algo sabios y que conservan todav�a

alguna libertad (RC).

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nes,129 pero cuando s�lo dependen de s� mismos y pueden actuar con

la ayuda de la fuerza, entonces rara vez dejan de conseguir sus prop�sitos.

De donde se explica que todos los profetas armados hayan

triunfado,130 131y fracasado todos los que no ten�an armas. 132Hay que

agregar, adem�s, que los pueblos son tornadizos; y que, si es f�cil

convencerlos de algo, es dif�cil mantenerlos fieles a esa convicci�n,133

por lo cual conviene estar preparados de tal manera, que, cuando ya

no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza.134 Mois�s, Ciro, Teseo

y R�mulo no habr�an podido hacer respetar sus estatutos durante mucho

tiempo si hubiesen estado desarmados. Como sucedi� en nuestros

tiempos a fray Jer�nimo Savonarola, que fracas� en sus innovaciones

en cuanto la gente empez� a no creer en ellas, pues se encontr� con

que carec�a de medios tanto para mantener fieles en su creencia a los

que hab�an cre�do como para hacer creer a los incr�dulos. Hay que

reconocer que estos revolucionarios tropiezan con serias dificultades,

que todos los peligros surgen en su camino y que s�lo con gran valor

pueden superarlos;135 pero vencidos los obst�culos, y una vez que han

hecho desaparecer a los que ten�an envidia de sus virtudes, viven

poderosos, seguros, honrados y felices!136

A tan excelsos ejemplos hay que agregar otro de menor jerarqu�a,

pero que guarda cierta proporci�n con aqu�llos y que servir�

para todos los de igual clase. Es el de Hier�n de Siracusa,137 que de

129 Estoy a cubierto de todo ello (RC).

130 La fuerza es la clave de que todo salga bien (Cristina de Suecia.)

131 Los or�culos son entonces infalibles (G).

132 Cosa ninguna m�s natural (G).

133 Me tienen ellos hoy en d�a, especialmente despu�s del testimonio del

papa, por un p�o restaurador de la religi�n y un enviado del cielo (RC).

134 Tendr� siempre medios para ello (RC).

135 Esto no me crea obst�culos (G).

136 Este �ltimo punto no est� todav�a bien en claro para m� y debo contentarme

con los otros tres (RI).

137 No ha salido �l nunca de mi pensamiento, desde los estudios de mi ni�ez.

Era de un pa�s inmediato al m�o y soy quiz� de la misma familia (G).

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simple ciudadano lleg� a ser pr�ncipe sin tener otra deuda con el azar

que la ocasi�n; pues los siracusanos, oprimidos, lo nombraron su

capit�n, y fue entonces cuando hizo m�ritos suficientes para que lo

eligieran pr�ncipe.138 Y a pesar de no ser noble, dio pruebas de tantas

virtudes, que quien ha escrito de �l ha dicho: �Quod, nihil illi deerat

ad regnandum praeter regnum�.139 140 Licenci� el antiguo ej�rcito y

cre� uno nuevo; dej� las amistades viejas y se hizo de otras; y as�,

rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir sobre tales

cimientos cuanto edificio quiso; y lo que tanto le hab�a costado adquirir,

poco le cost� conservar.141

138 Con alguna ayuda, sin duda. H�teme aqu� como �l (RC).

139 Justino: "Que nada le faltaba para reinar sino el reino."

140 Mi madre dijo a menudo lo mismo de m�, y la amo a causa de sus prop�sitos

(RI).

141 Es de buen augurio (RI).

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30

CAPITULO VII

DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE

ADQUIEREN CON ARMAS Y FORTUNA DE

OTROS

Los que s�lo por la suerte se convierten en pr�ncipes poco esfuerzo

necesitan para llegar a serlo,142 pero no mantienen sino con much�simo143.

Las dificultades no surgen en su camino, porque tales

hombres vuelan, pero se presenta una vez instalados144. Me refiero a

los que compran un Estado o a los que lo obtienen como regalo, tal

cual sucedi� a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto,

donde fueron hechos part�cipes por Dar�o a fin de que le

conservasen dichas ciudades para su seguridad y gloria145 y como

sucedi� a muchos emperadores que llegaban al trono corrompiendo

los soldados. Estos pr�ncipes no se sostienen sino por la voluntad y la

fortuna -cosas ambas mudables e inseguras de quienes los elevaron; y

no saben ni pueden conservar aquella dignidad:146 No saben porque, si

no son hombres de talento y virtudes superiores, no es presumible que

conozcan el arte del mando, ya que han vivido siempre como simples

ciudadanos;147 no pueden porque carecen de fuerzas que puedan serles

adictas y fieles.148 Por otra parte, los Estados que nacen de pronio,

como todas las cosas de la naturaleza -que brotan y crecen precoz-

142 Como tontos que se dejan llevar y no saben hacer nada por s� mismos (G).

143 Es imposible (E).

144 Todo debe ser obst�culo para gente de esta categor�a (E).

145 Los aliados no llevaron m�s mira que �sta (E).

146 Hay otros muchos que se hallan en este caso (E).

147 Como simple particular y lejos de los Estados en que uno es exaltado: es

lo mismo (E).

148 En esto los aguardo (E).

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31

mente, no pueden tener ra�ces ni sostenes que los defiendan del tiempo

adverso;149 salvo que quienes se han convertido en forma tan s�bita

en pr�ncipes se pongan a la altura de lo que la fortuna ha depositado

en sus manos, y sepan prepararse inmediatamente para conservarlo, y

echen los cimientos que cualquier otro echa antes de llegar al principado.

150

Acerca de estos dos modos de llegar a ser pr�ncipe -por m�ritos o

por suerte-,151 quiero citar dos ejemplos que perduran en nuestra memoria:

el de Francisco Sforza y el de C�sar Borgia. Francisco, con los

medios que, correspond�an y con un gran talento, de la nada se convirti�

en duque de Mil�n,152 y conserv� con poca fatiga lo que con mil

afanes hab�a conquistado. En el campo opuesto, C�sar Borgia, llamado

duque Valentino por el vulgo, adquiri� el Estado con la fortuna de

su padre, y con la de �ste lo perdi�, a pesar de haber empleado todos

los medios imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente

y h�bil debe hacer para arraigar en un Estado que se ha obtenido

con armas y apoyo ajenos.153 Porque, como ya he dicho, el que no

coloca los cimientos con anticipaci�n podr�a colocarlos luego si tiene

talento,154 aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar

149 Por m�s ilustre suerte que se haya tenido al nacer, cuando uno ha vivido

23 a�os en la vida privada, como en familia, lejos de un pueblo cuya �ndole

ha sido mudada casi por completo, y es transportado despu�s de repente a �l

en alas de la fortuna y por manos extranjeras para reinar all�, se halla en un

Estado nuevo de la especie de los que menciona Maquiavelo. Los antiguos

prestigios morales de convenci�n se han interrumpido all� muy largamente,

para existir de otro modo que de nombre. Este or�culo es m�s seguro que el

de Calchas (E).

150 Yo hab�a echado los m�os antes de serlo (E)

151 Mi caso y el de ellos (E)

152 �A qui�n me asemejo m�s? �Excelente augurio! (RC).

153 A menudo bien, algunas veces mal (G).

154 Talento para reinar, se entiende. Los otros talentos no son m�s que sobresalientes

insulseces (E).

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el edificio.155 Si se examinan los progresos del duque, se ver� que ya

hab�a echado las bases para su futura grandeza,156 y creo que no es

superfluo hablar de ello,157 porque no sabr�a qu� mejores consejos dar

a un pr�ncipe nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por �l.

Que si no le dieron el resultado apetecido, no fue culpa suya, sino

producto de un extraordinario y extremado rigor de la suerte.158

Para hacer poderoso al duque, su hijo, ten�a Alejandro VI que luchar

contra grandes dificultades presentes y futuras. En primer lugar,

no ve�a manera de hacerlo se�or de alg�n Estado que no fuese de la

Iglesia; y sab�a, por otra parte, que ni el duque de Mil�n ni los venecianos

le consentir�an que desmembrase los territorios de la Iglesia159

porque ya Faenza y R�mini estaban bajo la protecci�n de los

venecianos. Y despu�s ve�a que los ej�rcitos de Italia, y especialmente

aquellos de los que hubiera podido servirse, estaban en manos de

quienes deb�an temer el engrandecimiento del papa; y mal pod�a fiarse

de tropas mandadas por los Orsini, los Colonna y sus aliados. Era,

pues, necesario remover aquel estado de cosas y desorganizar aquellos

territorios160 para apoderarse sin riesgos de una parte de ellos.161 Lo

que le fue f�cil, porque los venecianos, movidos por otras razones,162

hab�an invitado a los franceses a volver a Italia: lo cual no s�lo no

155 Especialmente cuando no los forma uno m�s que a tientas, con timidez...

(E)

156 �Mejor que yo? Es dif�cil (G)

157 Quisiera yo, ciertamente, que no lo hubieras dicho a otros m�s que a m�.

Pero no saben leerte, lo que es lo mismo (G).

158 Tengo que quejarme de ella, pero la corregir� (E).

159 �Saldr� yo mejor de un mayor obst�culo da esta especie, para dar reinos a

mi Jos�, a mi Jer�nimo...? En cuanto a Luis, ser� si queda alguno del que yo

no sepa qu� hacer (RE). Llevaba yo mucha raz�n en vacilar tocante a �ste.

�Pero el ingrato, cobarde y traidor Joaqu�n!.. El reparar� sus faltas (E).

160 El Alejandro con tiara no me reconocer�a m�s que el Alejandro con casco

(RI).

161 �Su parte! Es poqu�simo para m� (RI).

162 He sabido dar origen a otras m�s dignas de m� y de mi siglo y m�s de mi

conveniencia (RI).

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impidi�, sino facilit� con la disoluci�n del primer matrimonio del rey

Luis. De suerte que el rey entr� en Italia con la ayuda de los

163venecianos164 y el consentimiento de Alejandro. Y no hab�a llegado

a�n a Mil�n cuando el papa obtuvo tropas de aqu�l para la empresa de

la Roma�a, a la que nadie se opuso gracias a la autoridad del rey.

Adquirida, pues, la Roma�a por el duque, y derrotados los Colonna;

se presentaban dos obst�culos que imped�an conservarla y seguir adelante:

uno, sus tropas, que no le parec�an adictas; el otro, la voluntad

de Francia. Tem�a que las tropas de los Orsini, de las cuales se hab�a

valido, le faltasen en el momento preciso, y no s�lo le impidiesen

conquistar m�s, sino que le arrebatasen lo conquistado; y otro tanto

tem�a del rey.165 Tuvo una prueba de lo que sospechaba de los Orsini

cuando, despu�s de la toma de Faenza, asalt� a Bolonia, en cuyas

circunstancias los vio batirse con frialdad. En lo que respecta al rey,

descubri� sus intenciones cuando, ya due�o del ducado de Urbino, se

vio obligado a renunciar a la conquista de Toscana por su intervenci�n.

Y entonces decidi� no depen5der m�s de la fortuna y las armas

ajenas.166 Lo primero que hizo fue debilitar a los Orsini y a los Colonna

en Roma, gan�ndose a su causa a cuantos nobles les eran adictos,

167 a los cuales se�al� crecidos sueldos y honr� de acuerdo con sus

m�ritos con mandos y administraciones, de modo que en pocos meses

el afecto que ten�an por aqu�llos se volvi� por entero hacia el du-

163 La prueba que hice ya, cediendo el ducado de Urbino para lograr la firma

del concordato, me convence de que en Roma, como en otras partes, hoy en

d�a como entonces, una mano lava la otra, y esto promete (RC).

164 Los genoveses me abrieron las puertas de Italia con la loca esperanza de

que sus inmensas rentas sobre Francia se pagar�an sin reducci�n: �Quid non

cogit auri sacra fames? Ellos, al menos, tendr�n siempre mi simpat�a con

preferencia a los otros italianos (RC).

165 Caro me ha costado el no haber tenido igual desconfianza con respecto a

mis favorecidos de Alemania (E).

166 �Por que no pude hacer de otro modo! (E)

167 Mis Colonna son los realistas; mis Orsini, los Jacobinos, y mis nobles

ser�n los jefes de unos y otros (G).

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que.168 Despu�s de lo cual, y dispersados que hubo a los Colonna,

esper� la ocasi�n de terminar con los Orsini.169 Oportunidad que se

present� y que �l aprovech� mejor. Los Orsini, que se present� bien y

que �l aprovech� mejor. Los Orsini que muy tarde hab�an comprendido

que la grandeza del duque y de la Iglesia generaba su ruina, celebraron

una reuni�n en Magione, en el territorio de Perusa, de la que

nacieron la rebeli�n de Urbino, los tumultos de Roma�a y los infinitos

peligros por los cuales atraves� el duque;170 pero �ste supo conjurar

todo con la ayuda de los franceses.171 Y restaurada su autoridad, el

duque, que no pod�a fiarse de los franceses ni de las dem�s fuerzas

extranjeras, y que no se atrev�a a desafiarlas, recurri� a la astucia; y

supo disimular tan bien sus prop�sitos,172 que los Orsini, por intermedio

del se�or Paulo -a quien el duque colm� de favores para conquistarlo,

sin escatimarle dinero, trajes ni caballos-, se reconciliaron

inmediatamente, hasta tal punto, que su candidez los llev� a caer en

sus manos en Sinigaglia.173 Exterminados, pues, estos jefes y convertidos

los partidarios de ellos en amigos suyos,174 el duque ten�a constru�dos

s�lidos cimientos para su poder futuro, m�xime cuando pose�a

toda la Roma�a y el ducado de Urbino y cuando se hab�a ganado la

168 Hab�a empezado yo todo esto ya en parte, aun antes (le llegar al consulado,

en que me fue bien con haber completado, al punto todas estas operaciones

(RI).

169 La he liallacio en el senadoconsulto de la maquinaci�n infernal de nivoso

y en mi maquinaci�n de Arena y Topino en la �pera (RC).

170 V� otros parecidos... Pichegru, Mallet. De todos triunf� sin necesitar de

los extranjeros (RI).

171 Lo hice sin necesitar de ninguno (RI).

172 Qui nescit dissimulare, nescit regnare. Luis XI no sab�a bastante; deb�a

decir: Qui nescit fallere, nescit regnare (RI).

173 Lo que quedaba contra m� de m�s formidable entre mis Colonna y Orsini

no se escap� mejor (RI)

174 Creo haber hecho bien una y otra cosa (RI).

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buena la voluntad de esos pueblos, a los cuales empezaba a gustar el

bienestar de su gobierno.175

Y porque esta parte es digna de menci�n y de ser imitada por

otros, conviene no pasarla por alto.176 Cuando el duque se encontr�

con que la Roma�a conquistada estaba bajo el mando de se�ores

ineptos que antes despojaban a sus s�bditos que los gobernaban,177 y

que m�s les daban motivos de desuni�n que de uni�n,178 por lo cual se

suced�an continuamente los robos, las ri�as y toda clase de des�rdenes179

juzg� necesario, si se quer�a pacificarla y volverla d�cil a la

voluntad del pr�ncipe, dotarla de un gobierno severo.180 Eligi� para

esta misi�n a Ramiro de Orco, hombre cruel y expeditivo, a quien dio

plenos poderes.181 En poco tiempo impuso �ste su autoridad, restableciendo

la paz y la uni�n.182 Juzg� entonces el duque innecesaria tan

excesiva autoridad,183 que pod�a hacerse odiosa, y cre� en el centro de

la provincia, bajo la presidencia de un hombre virtuos�simo, un tribunal

civil en el cual cada ciudadano ten�a su abogado. 184Y como sab�a

que los rigores pasados hab�an engendrado alg�n odio contra su persona,

quiso demostrar, para aplacar la animosidad de sus s�bditos y

atra�rselos, que, si alg�n acto de crueldad se hab�a cometido, no se

175 Hab�a conocido Francia 20 a�os atr�s el orden de que roza hoy y que s�lo

mi brazo pod�a restablecer? (RI).

176 Ella es mil veces m�s provechosa para los pueblos que lo que es odiosa a

algunos forjadores de frases (RI).

177 Como los art�fices de Rep�blicas francesas (RC).

178 Como en la Francia republicana (RC).

179 Enteramente como en Francia, antes que yo reinara en ella (RC).

180 �No es lo que hice? Hab�a necesidad de firmeza y dureza para reprimir la

anarqu�a (RI).

181 F...,ser�s mi Orco (RC).

182 No necesitaba yo de t� para esto (RI).

183 Por esto suprimo tu ministerio y te agrego a la jubilaci�n de mi senado

(RC).

184 El crear una comisi�n senatorial de la libertad individual que, sin embargo,

no har� m�s que lo que yo quiera (RI).

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deb�a a �l, sino a la salvaje naturaleza del ministro.185 Y llegada la

ocasi�n,186 una ma�ana lo hizo exponer en la plaza de Cesena, dividido

en dos pedazos clavados en un palo y con un cuchillo cubierto

de sangre al lado.187 La ferocidad de semejante espect�culo dej� al

pueblo a la vez satisfecho y estupefacto.

Pero volvamos al punto de partida. Encontr�base el duque bastante

poderoso y a cubierto en parte de todo peligro presente, luego de

haberse atinado en la necesaria medida y de haber aniquilado los

ej�rcitos que encerraban peligro inmediato, pero le faltaba, si quer�a

continuar sus conquistas, obtener el respeto de rey de Francia, pues

sab�a que el rey, aunque advertido tarde de su error, tratar�a de subsanarlo.

Empez� por ello a buscarse amistades nuevas, y a mostrarse

indeciso 188 con los franceses cuando �stos se dirigieron al reino de

N�poles para luchar contra los espa�oles que sitiaban a Gaeta. Y si

Alejandro hubiese vivido a�n, su prop�sito de verse libre de ellos no

habr�a tardado en cumplirse.189

Este fue su comportamiento en lo que se refiere a los hechos presentes.

En cuanto a los futuros, ten�a sobre todo que evitar que el nuevo

sucesor en el Papado fuese enemigo suyo y le quitase lo que

Alejandro le hab�a dado190 Y pens� hacerlo par cuatro medios distintos:

191 primero, exterminando a todos los descendientes de los se�ores

a quienes hab�a despojado, para que el papa no tuviera oportunidad de

restablecerlos192. Segundo, atray�ndose a todos los nobles de Roma,

para oponerse, con su ayuda, a los designios del papa. Tercero, redu-

185 Ninguno est� m�s condenado que �l por la opinion p�blica a ser mi chivo

emisario (RI).

186 Rabio de no poder hacerlo caer en desgracia sin inutilizarle (RI).

187 Buen tiempo aqu�l, en que se pod�an hacer estos castigos que �l hubiera

hallado meritorios (RI).

188 Bien y muy bien obrado (RC).

189 Estos malditos "s�" me impacientan (RC).

190 Es menester prever estos contratiempos (RC).

191 Grandemente bien hallados (RC).

192 No faltes a esto cuando puedas y haz de modo que lo puedas (RC)

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ciendo el Colegio193 a su voluntad, hasta donde pudiese. Cuarto, adquiriendo

tanto poder, antes que el papa muriese,194 que pudiera por s�

mismo resistir un primer ataque. De estas cuatro cosas, ya hab�a realizado

tres a la muerte de Alejandro, y la cuarta estaba por concluirla.

Porque se�ores despojados mat� a cuantos pudo alcanzar, y muy pocos

se salvaron;195 y contaba con nobles romanos ganados a su causa;196 y

en el Colegio gozaba de gran influencia. Y por lo que toca a las nuevas

conquistas, tramaba apoderarse de Toscana, de la cual ya pose�a a

Perusa Piombino, aparte de Pisa, que se hab�a puesto bajo su protecci�n.

Y en cuanto no tuviese que guardar m�s miramientos con los

franceses (que de hecho no ten�a por qu� guard�rselos, puesto que ya

los franceses hab�an sido despojados del Reino por lo espa�oles, y que

unos y otros necesitaban comprar su amistad,197 se echar�a sobre Pisa.

Despu�s de lo cual Luca y Siena no tardar�an en ceder, primero por

odio contra los florentinos, y despu�s por miedo al duque; y los florentinos

nada podr�an hacer. Si hubiese logrado esto (aunque fuera el

mismo a�o de la muerte de Alejandro), habr�a adquirido tanto poder y

tanta autoridad, que se hubiera sostenido por s� solo, y no habr�a dependido

m�s de la fortuna ni de las fuerzas ajenas,198 sino de su poder

y de sus m�ritos.199

Pero Alejandro muri� cinco a�os despu�s de que el hijo empezara

a desenvainar la espada. Lo dejaban con tan s�lo un Estado afianzado:

el de Roma�a, y con todos los dem�s en el aire, entre dos

193 De los cardenales. (N. del T.)

194 Francisco II... (RI).

195 No estoy todav�a tan adelantado como �l (RI).

196 No he podido hacer todav�a m�s que la mitad de esta maniobra: si vuol

tempo... (RI).

197 Supuesto que he atra�do a esto a todos los pr�ncipes de Alemania, pensemos

en mi famoso proyecto del norte. Acaecer� lo mismo con resultados que

ning�n conquistador conoci� (RI).

198 Libre de toda condici�n semejante, ir� mucho m�s lejos (RI).

199 Conviene no conocer otra dependencia (RI).

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poderosos ej�rcitos enemigos, y enfermo de muerte.200 Pero hab�a en el

duque tanto vigor de alma y de cuerpo, tan bien sab�a como se gana y

se pierde a los hombres, y los cimientos que echara en tan poco tiempo

eran tan s�lidos, que, a no haber tenido dos ej�rcitos que lo rodeaban,

o simplemente a haber estado sano, se hubiese sostenido contra todas

las dificultades. Y si los cimientos de su poder eran seguros o no, se

vio en seguida, pues la Roma�a lo esper� m�s de un mes:201 y, aunque

estaba medio muerto, nada se intent� contra �1,202 a pesar de que los

Baglioni, los Vitelli y los Orsini hab�an ido all� con ese prop�sito; y si

no hizo papa a quien quer�a, obtuvo por lo menos que no lo fuera

quien �l no quer�a que lo fuese.203 Pero todo le hubiese sido f�cil a no

haber estado enfermo a la muerte de Alejandro. El mismo me dijo, el

d�a en que fue elegido Julio II, que hab�a previsto todo lo que pod�a

suceder a la muerte de su padre, y para todo preparado remedio; pero

que nunca hab�a pensado que en semejante circunstancia �l mismo

pod�a hallarse moribundo.204

No puedo, pues, censurar ninguno de los actos del duque; por el

contrario, me parece que deben imitarlos todos aquellos que llegan al

trono mediante la fortuna y las armas ajenas.205 Porque no es posible

conducirse de otro modo cuando se tienen tanto valor y tanta ambi-

200 Peor que peor para �l; es menester saber no estar nunca enfermo y hacerse

invulnerable en todo (RI).

201 Como Francia me aguard� despu�s de mis desastres de Mosc� (E).

202 Por m�s moribundo que estaba, hablando pol�ticamente, en Smolensk, no

tuve nada que temer de los m�os (E).

203 No he tenido dificultad en esto. La sola noticia de mi desembarco en

Frejus apartaba las elecciones que me hubieran sido contrarias (RC)

204 En resumidas (...) no pensar en ello cuando se quiere reinar gloriosamente.

Este pensamiento hubiera helado mis m�s atrevidos proyectos (RI).

205 Son bien ignorantes los escritorcillos que dijeron que �l lo hab�a propuesto

a todos los pr�ncipes aun a los que no se hallan ni pueden hallarse en el mismo

caso. No conozco otro que yo en toda Europa a quien este modelo pudiera

convenir (RI).

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ci�n.206 Y si sus prop�sitos no se realizaron, tan s�lo fue por su enfermedad

y por la brevedad de la vida de Alejandro.207 El pr�ncipe

nuevo208 que crea necesario defenderse de enemigos, conquistar amigos,

vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los

habitantes, respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan

perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo

y amable, magn�nimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear

nuevas, conservar la amistad de reyes y pr�ncipes de modo que lo

favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos; el que juzgue

indispensable hacer todo esto, digo, no puede hallar ejemplos m�s

recientes que los actos del duque:209 S�lo se lo puede criticar en lo que

respecta a la elecci�n del nuevo popt�fice,210 porque, si bien no pod�a

hacer nombrar a un papa adicto,211 pod�a impedir que lo fuese este o

aquel de los cardenales, y nunca debi� consentir en que fuera elevado

al Pontificado alguno de los cardenales a quienes hab�a ofendido o de

aquellos que, una vez papas, tuviesen que temerle.212 Pues los hombres

ofenden por miedo o por odio. Aquellos a quienes hab�a ofendido

eran, entre otros, San Pedro Adv�ncula, Colonna, San Giorgio y Ascagno;

213 todos los dem�s, llegados al solio, deb�an temerle214 salvo el

de Ru�n, dado su poder, que nac�a del de Francia, y los espa�oles,

206 Lo que hice de an�logo me lo impon�a como una necesidad mi situaci�n, y

como una obligaci�n por consiguiente (E).

207 Mis reveses dependen de causas an�logas, sobre las que mi ingenio nada

pod�a (E).

208 Esto es cuanto me es necesario (G).

209 Considero que soy un ejemplo, no s�lo m�s fresco, sino cambien m�s

perfecto y sublime (RI).

210 Cabeza debilitada con su enfermedad (RI).

211 Le habr�a denuesto bien pronto, si se hubiera elegido contra mi gusto

(RC).

212 Todos, menos el que fue elegido, sab�an o preve�an que deb�an temerme

(RC).

213 Paso ya el tiempo en que pod�a temerse su resentimiento (RI).

214 Mi solo nombre los hizo temblar y los har� traer como corderos al pie de

mi trono (RC).

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ligados a �l por afinidad de raza y obligaciones rec�procas.215 por

consiguiente, el duque deb�a tratar ante todo de ungir papa a un espa�ol,

y, a no serle posible, aceptar al cardenal de Ru�n antes que a San

Pedro Adv�ncula. Pues se enga�a quien cree que entre personas eminentes

los beneficios nuevos hacen olvidar las ofensas antiguas.216 Se

equivoc� el duque en esta elecci�n, causa �ltima de su definitiva ruina.

215 �Bello motivo para contar con esta gente! Maquiavelo ten�a muy buena fe

(RI).

216 Parecen olvidar cuando su pasi�n lo quiere, pero no nos fiemos de ello

(RI).

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CAPITULO VIII

DE LOS QUE LLEGARON AL PRINCIPADO

MEDIANTE CRIMENES

Pero puesto que hay otros dos modos de llegar a pr�ncipe que no

se pueden atribuir enteramente a la fortuna o a la virtud, corresponde

no pasarlos por alto, aunque sobre ellos se discurra con m�s detenimiento

donde se trata de las rep�blicas.217 Me refiero, primero, al caso

en que se asciende al principado por un camino de perversidades y

delitos;218 y despu�s, al caso en que se llega a ser pr�ncipe por el favor

de los conciudadanos.219 Con dos templos, uno antiguo y otro contempor�neo,

ilustrar� el primero de estos modos, sin entrar a profundizar

demasiado en la cuesti�n, porque creo que bastan para los que se hallan

en la necesidad de imitarlos.220

El siciliano Ag�tocles, hombre no s�lo de condici�n oscura, sino

baja y abyecta, se convirti� en rey de Siracusa.221 Hijo de un alfarero,

llev� una conducta reprochable en todos los per�odos de su vida;222

223sin embargo, acompa�� siempre sus maldades con tanto �nimo y

tanto vigor f�sico,224 que entrando en la milicia lleg� a ser, as-

217 Se lo dispenso (G).

218 La expresi�n es duramente reprobatoria. �Qu� importa el camino, con tal

de que se llegue? Maquiavelo comete una falta al hacer de moralista sobre

semejante materia (G).

219 Puede aparentarlo siempre (G).

220 Discreci�n de moralista, muy intempestiva en materia de Estado (G).

221 Este, vecino m�o, corno Hier�n, y de una �poca m�s cercana que la de �l,

tambi�n con mayor seguridad en la genealog�a de mis ascendientes (G).

222 Raramente se es malvado de alma y de coraz�n. (Cristina de Suecia.)

223 La constancia en esta especie es el m�s seguro indicio de mi genio determinado

y atrevido (G).

224 El �nimo especialmente, que es lo esencial (G).

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cendiendo grado por grado, pretor de Siracusa.225 Una vez elevado a

esta dignidad, quiso ser pr�ncipe y obtener por la violencia, sin deb�rselo

a nadie, lo que de buen grado le hubiera sido concedido.226 Se

puso de acuerdo con el cartagin�s Am�lcar, que se hallaba con sus

ej�rcitos en Sicilia,227 y una ma�ana reuni� al pueblo y al Senado,

como si tuviese que deliberar sobre cosas relacionadas con la rep�blica,

y a una se�al convenida sus soldados mataron a todos los senadores

y a los ciudadanos m�s ricos de Siracusa. Ocup� entonces y supo

conservar como pr�ncipe aquella ciudad, sin que se encediera ninguna

guerra civil por su causa.228 Y aunque los cartagineses lo sitiaron dos

veces y lo derrotaron por �ltimo, no s�lo pudo defender la ciudad, sino

que, dejando parte de sus tropas para que contuvieran a los sitiadores,

con el resto invadi� el Africa; y en poco tiempo levant� el sitio de

Siracusa y puso a los cartagineses en tales aprietos, que se vieron

obligados a pactar con �l, a conformarse con sus posesiones del Africa

y a dejarle la Sicilia.229 Quien estudie, pues, las acciones de Ag�tocles

y juzgue sus m�ritos, muy poco o nada encontrar� que pueda atribuir a

la suerte; no adquiri� la soberan�a por el favor de nadie, como he

dicho m�s arriba, sino merced a sus grados militares, que se hab�a

ganado a costa de mil sacrificios y peligros;230 y se mantuvo en m�rito

a sus en�rgicas y temerarias medidas.231 Verdad que no se puede llamar

virtud el matar a los conciudadanos, el traicionar a los amigos y

el carecer de fe, de piedad y de religi�n, con cuyos medios se puede

225 Llegar� a �l (G)

226 Acu�rdenme por diez a�os el consulado; me lo har� ceder bien pronto

como vitalicio, �y se ver�! (G).

227 No necesito de semejante socorro, aunque s� de otros, sin embargo. Pero

son f�ciles de lograr (G).

228 �V�anse mi 18 brumario y sus efectos! Tiene la superioridad de un modo

m�s amplio, sin ninguno de estos cr�menes (RC).

229 He conseguido mucho m�s. Ag�tocles no es m�s que un enano en comparaci�n

conmigo (RI).

230 A igual costo la he adquirido (RI).

231 Hice mis pruebas en esta especie (RI).

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adquirir poder, pero no gloria.232 Pero si se examinan el valor de

Ag�tocles al arrastrar y salir triunfante de los peligros y su grandeza

de alma para soportar y vencer los acontecimientos adversos233 no se

explica uno por qu� tiene que ser considerado inferior a los capitanes

m�s famosos.234 Sin embargo, su falta de humanidad, sus crueldades y

maldades sin n�mero, no consienten que se lo coloque entre los hombres

ilustres.235 236No se puede, pues, atribuir a la fortuna o a la virtud

lo que consigui� sin la ayuda de una ni de la otra.237

En nuestros tiempos, bajo el papa Alejandro VI, Oliverotto, da

Fermo,238 hu�rfano desde corta edad, fue educado por uno de sus t�os

maternos, llamado Juan Fogliani, y confiado despu�s, en su primera

juventud, a Pablo Vitelli, a fin de que llegase, gracias a sus ense�anzas,

a ocupar un grado elevado en las armas.239 Muerto Pablo, pas� a

militar bajo Vitellozzo, su hermano; y en poco tiempo, como era inteligente

y de esp�ritu y cuerpo gallardos, se convirti� en el primer

hombre de su ej�rcito. Pero como le pareci� indigno servir a los dem�s,

pens� apoderarse de Fermo con el consentimiento de Vitellozzo

y la ayuda de algunos habitantes de la ciudad a quienes era m�s cara

la esclavitud que la libertad de su patria.240 Escribi� a Juan Fogliani

dici�ndole que, luego de tantos a�os de ausencia, deseaba ver de nuevo

a su patria y a �l, y, en parte, tambi�n conocer el estado de su patrimonio;

y que, como no se hab�a fatigado sino por conquistar gloria,

232 �Preocupaciones pueriles todo esto! La gloria acompa�a siempre al acierto,

de cualquier modo que suceda (RI).

233 �Los venci� mejor que yo? (RI).

234 D�gnise exceptuarme (RI).

235 Al contrario, todos estos cr�menes no significan que careciera de virtud y

de suerte. (Cristina de Suecia.)

236 �Otra vez moral! El buen nombre de Maquiavelo carec�a de audacia (RI).

237 Yo ten�a el concurso de ambas en mi favor (RI).

238 �Astuto personaje! Me hizo concebir excelentes ideas desde mi ni�ez (G).

239 Vaubois, fuiste mi Vitelli. S� mostrarme agradecido en su oportunidad

(G).

240 Reflexi�n republicano (G).

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quer�a, para demostrar a sus compatriotas que no hab�a perdido el

tiempo, entrar con todos los honores y acompa�ado por cien caballeros,

amigos y servidores suyos.241 Rog�bale, pues, que tratase de que

los ciudadanos de Fermo lo acogiesen de un modo honroso, que con

ello no s�lo lo honraba a �l, sino que se honraba a s� mismo, ya que

hab�a sido su maestro. No olvid� Juan ninguno de los honores debidos

a su sobrino, y lo hizo recibir dignamente por los ciudadanos de Fermo,

en cuyas casas se aloj� con su comitiva. Transcurridos algunos

d�as, y preparado todo cuanto era necesario para su premeditado crimen,

Oliverotto dio un banquete solemne al que invit� a Juan Fogliani

y a los principales hombres de Fermo.242 Despu�s de consumir los

manjares y de concluir con los entretenimientos que son de uso en

tales ocasiones, Oliverotto, deliberadamente, hizo recaer la conversaci�n,

dando ciertos peligrosos argumentos, sobre la grandeza y los

actos del papa Alejandro y de C�sar, su hijo; y como a esos argumentos

contestaron Juan y los otros, se levant� de pronto diciendo que

conven�a hablar de semejantes temas en lugar m�s seguro, y se retir� a

una habitaci�n a la cual lo siguieron Juan y los dem�s ciudadanos. Y

aun �stos no hab�an tomado asiento cuando de algunos escondrijos

salieron soldados que dieron muerte a Juan y a todos los dem�s. Consumado

el crimen, mont� Oliverotto a caballo, atraves� la ciudad y

siti� en su palacio al magistrado supremo. Los ciudadanos no tuvieron

entonces m�s remedio que someterse y constituir un gobierno del cual

Oliverotto se hizo nombrar jefe.243 Muertos todos los que hubieran

241 �Travieso! Hay, en toda esta historia de Oliverotto, muchas cosas que

sabr� aprovechar cuando llegue el momento (G).

242 Se asemejaba ello al famoso banquete de la Iglesia de San Sulpicio, que

me hice ofrecer por los diputados a mi regreso de Italia, despu�s de fructidor,

mas la pera no estaba todav�a madura (RC).

243 Perfeccion� bastante bien esta maniobra el 18 brumario, y sobre todo al

d�a siguiente de Saint Cloud (RC).

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podido significar un peligro para �1,244 se preocup� por reforzar su

poder con nuevas leyes civiles245 y militares246 de manera que, durante

el a�o que gobern�,247 no s�lo estuvo seguro en Fermo, sino que se

hizo temer por todos los vecinos. Y habr�a sido tan dif�cil de derrocar

como Ag�tocles si no se hubiese dejado enga�ar por C�sar Borgia y

prender, junto con los Orsini y los Vitelli, en Sinigaglia, donde, un

a�o despu�s de su parricidio,248 fue estrangulado en compa��a de

Vitellozzo, su maestro en haza�as y cr�menes.249

Podr�a alguien preguntarse a qu� se debe que, mientras Ag�tocles

y otros de su cala�a, a pesar de sus traiciones y rigores sin n�mero,

pudieron vivir durante mucho tiempo y a cubierto de su patria, sin

temer conspiraciones, y pudieron a la vez defenderse de los enemigos

de afuera, otros, en cambio, no s�lo mediante medidas tan extremas

no lograron conservar su Estado en �pocas dudosas de guerra, sino

tampoco en tiempos de paz. Creo que depende del bueno o mal uso

que se hace de la crueldad250 Llamar�a bien empleadas a las crueldades

(si a lo malo se lo puede llamar bueno) cuando se aplican de una

244 Me bastaba, por de pronto, espantarlos, dispersarlos y hacerles huir. Era

necesario sostener lo que hab�a mandado decir a Barr�s, solamente: que no

me gustaba la sangre (RC)

245 �Que acaben, pues, bien pronto ese C�digo Civil, al que quiero dar mi

nombre! (RC)

246 Esto depend�a enteramente de m� y he provisto a todo en forma c�moda Y

progresiva (RC).

247 Tonto que se deja quitar la vida con la soberan�a (E).

248 Con esta palabra de reprobaci�n aparenta Maquiavelo transformarle en un

crimen. �Pobre hombre! (RC).

249 La gente bonachona dir� que Oliverotto lo ten�a bien merecido y que

Borgia hab�a sido el instrumento de un justo castigo. Lo siento, sin embargo,

por Oliverotto. Este episodio no ser�a de buen ag�ero para m� si hubiera en la

tierra otro C�sar Borgia que yo (RI).

250 Hay sin duda algunos males que se curan s�lo con el hierro y el fuego. En

pol�tica, como en cirug�a, los cirujanos piadosos no curan ciertas llagns, sino

que matan a los enfermos. (Cristina de Suecia.)

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sola vez251 por absoluta necesidad de asegurarse252 y cuando no se

insiste en ellas253 sino, por el contrario, se trata de que las primeras se

vuelvan todo lo beneficiosas posible para los s�bditos.254 Mal empleadas

son las que, aunque poco graves al principio, con el tiempo antes

crecen que se extinguen.255 Los que observan el primero de estos procedimientos

pueden, como Ag�tocles, con la ayuda de Dios y de los

hombres, poner alg�n remedio a su situaci�n; los otros es imposible

que se conserven en sus Estados.256 De donde se concluye que, al

apoderarse de un Estado, todo usurpador debe reflexionar sobre los

cr�menes que le es preciso cometer, y ejecutarlos todos a la vez,257

para que no tenga que renovarlos d�a a d�a y, al no verse en esa necesidad,

pueda conquistar a los hombres a fuerza de beneficios. Quien

procede de otra manera, por timidez258 o por haber sido mal aconsejado259

se ve siempre obligado a estar con el cuchillo en la mano,260 y

mal puede contar con s�bditos a quienes sus ofensas continuas y todav�a

recientes llenan de desconfianza. Porque las ofensas deben inferir-

251 Si hubieran comenzado con esto, como Carlos II y otros muchos, estaba

perdida mi causa. Todos contaban con ello: ninguno hubiera censurado; bien

pronto el pueblo no hubiese pensado m�s en eso y me habr�a olvidado (E).

252 Por fortuna, esto es lo que menos los ocupa (E).

253 Si se acaloran mucho tiempo en esta operaci�n, van contra sus intereses.

Cuando la memoria de la acci�n que debe castigarse ha envejecido, el que la

castigue s�lo parecer� un hombre genialmente cruel, porque lo que hace justo

el castizo estar� como olvidado (E).

254 Era f�cil (E).

255 Este m�todo, el �nico que les queda a los ministros, no puede menos de

serme favorable (E).

256 Se ver� bien pronto una nueva prueba de ello (E).

257 La consecuencia es justa, y el precepto de rigor (E).

258 Todo lo que se hace por timidez est� mal hecho. (Cristina de Suecia.)

259 Una y otra causa de ruina est�n a su lado; la segunda esta casi toda a mi

disposici�n (E).

260 Cuando se lo permiten (E).

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se de una sola vez para que, durando menos, hieran menos;261 mientras

que los beneficios deben proporcionarse poco a poco; a fin de que

se saboreen mejor.262 263Y, sobre todas las cosas, un pr�ncipe vivir�

con sus s�bditos de manera tal, que ning�n acontecimiento, favorable

o adverso, lo haga variar;264 pues la necesidad que se presenta en los

tiempos dif�ciles y que no se ha previsto, t� no puedes remediarla;265 y

el bien que t� hagas ahora de nada sirve266 ni nadie te lo agradece,

porque se considera hecho a la fuerza.

261 Los que, empezados muy tarde, se inician timidamente, prob�ndose sobre

los m�s d�biles, hacen clamar y rebelarse a los m�s fuertes. Aprovech�monos

de ello (E).

262 Es necesario hacerse temer y amar. Este el �nico secreto. (Cristina de

Suecia.)

263 Cuando los derraman a manos llenas, los recogen muchos que son indignos,

y no los agradecen los otros (E).

264 �Y parece que uno est� sobre un eje! (E).

265 Lo experimentar�n (E).

266 Y entonces, por m�s que se d� y se prometa, no servir� de nada, porque el

pueblo permanece naturalmente con indiferencia ante quien cae por dilapidador

y falto de previsi�n (E).

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CAPITULO IX

DEL PRINCIPADO CIVIL

Trataremos ahora del segundo caso: aquel en que un ciudadano,

no por cr�menes ni violencia,267 sino gracias al favor de sus compatriotas,

se convierte en pr�ncipe. El Estado as� constituido puede llamarse

principado civil. El llegar a �l no depende por completo de los

m�ritos o de la suerte; depende, m�s bien, de una cierta habilidad

propiciada por la fortuna.268 y que necesita, o bien del apoyo del pueblo,

o bien del de los nobles.269 Porque en toda ciudad se encuentran

estas dos fuerzas contrarias una de las cuales lucha por mandar y

oprimir a la otra que no quiere ser mandada ni oprimida. Y del choque

de las dos corrientes surge uno de estos tres efectos: o principado,

o libertad, o licencia.

El principado pueden implantarlo tanto el pueblo como los nobles,

seg�n que la ocasi�n se presente a uno o a otros. Los nobles,

cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo,270 concentran

toda la autoridad e uno de ellos271 y lo hacen pr�ncipe272 para poder, a

su sombra, dar rienda suelta a sus apetitos. El pueblo, cuando a su vez

comprueba que no puede hacer frente a lo grandes, cede su autoridad a

uno y lo hace pr�ncipe para que lo defienda.273 Pero el que llega al

267 Es lo que querr�a, pero es cosa dif�cil (G).

268 Este recurso no est�, sin embargo, fuera de mi alcance y me ha servido ya

con bastante acierto (G).

269 Trataremos, por lo menos, de reunir las apariencias de uno y de otros (G).

270 Es la situaci�n del partido directorial; valg�monos de �l para aumentar mi

consideraci�n en el concepto del pueblo (G).

271 Se ver�n arrasados (G).

272 Acepto este vaticinio (G).

273 Le haremos trabajar en este sentido a fin de que, por un motivo totalmente

opuesto, se dirija al mismo fin que los directoriales (G).

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principado con la ayuda de los nobles se mantiene con m�s dificultad

que el que ha llegado mediante el apoyo del pueblo274 porque los que

lo rodean se consideran sus iguales275 y en tal caso se le hace dif�cil

mandarlos y manejarlos como quisiera. Mientras que el que llega por

el favor popular276 es �nica autoridad, y no tiene en derredor a nadie o

casi nadie que no est� dispuesto a obedecer.277 Por otra parte, no puede

honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los dem�s;278

pero, en cambio, puede satisfacer al pueblo, porque la finalidad del

pueblo es m�s honesta que la de los grandes, queriendo estos oprimir,

y aqu�l no ser oprimido.

Agr�guese a esto que un pr�ncipe jam�s podr� dominar a un pueblo

cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman;

a los nobles, como se trata de pocos, le ser� f�cil. Lo peor que un

pr�ncipe puede esperar de un pueblo que no lo ame es el ser abandonado

por �l; de los nobles, si los tiene por enemigos, no s�lo debe

temer que lo abandonen, sino su se rebelen contra �l; pues, m�s astutos

y clarividentes siempre est�n a tiempo para ponerse en salvo, a la

vez los que no dejan nunca de congratularse con el que es esperan

resultar� vencedor.279 Por �ltimo, es una necesidad para el pr�ncipe

274 Aparentar� haberla conseguido s�lo por �l y para �l (G).

275 Me han estorbado siempre con crueldad (E).

276 Porque no pude acertar a hacer creer que me hallaba en este caso. Me

compondr� para parecerlo mejor a mi regreso (E).

277 Y, sin embargo, los hab�a atra�do a este punto (E).

278 Los m�os eran insaciables. Estos hombres de revoluci�n no tienen

jam�s bastante. No la hicieron m�s que para enriquecerse, y su codicia

crece con sus adquisiciones. Si se anticipan al partido que va a triunfar

y le favorecen, es s�lo para tener sus favores. Despu�s, destruir�n

al que hayan elevado, cuando la no tenga m�s que darles, porque

querran recibir siempre. Siempre habr� el mayor peligro en servirse

de tales partidarios. Pero �c�mo pasarse sin ellos? �Especialmente yo,

que carezco de otro apoyo! �Ah, si tuviera el t�tulo de sucesi�n al trono,

estos hombres no podr�an venderme ni perjudicarme! (E).

279 �C�mo no prev� que estos ambiciosos, siempre prontos a anticiparse al

curso de la fortuna, me abandonar�an y a�n me entregar�an una vez que estuwww.

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vivir siempre con el mismo pueblo, pero no con los mismos nobles,

supuesto que puede crear nuevos o deshacerse de los que ten�a, y quitarles

o concederles autoridad a capricho.280

Para aclarar mejor esta parte en lo que se refiere los grandes, digo

que se deben considerar en dos aspectos principales: o proceden de

tal manera que se unen por completo a su suerte, o no. A aquellos que

se unen y no son rapaces281 se les debe honrar y amar; a aquellos que

no se unen, se les tiene que considerar de dos maneras: si hacen esto

por pusilanimidad y defecto natural del �nimo, entonces t� debes

servirte en especial de aquellos que son de buen criterio, porque en la

prosperidad te honrar�n y en la adversidad no son de temer;282 pero

cuando no se unen sino por c�lculo y por ambici�n es se�al de que

piensan m�s en s� mismos que en t�, y de ellos se debe cuidar el pr�ncipe

y temerles como si se tratase de enemigos declarados, porque

esperar�n la adversidad para contribuir a su ruina.283

El que llegue a pr�ncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse

en conservar su afecto, cosa f�cil, pues el pueblo s�lo pide no ser

oprimido. Pero el que se convierta en pr�ncipe por el favor de los nobles

y contra el pueblo proceder� bien si se empe�a ante todo en conquistarlo,

lo que s�lo le ser� f�cil si lo toma bajo su protecci�n.284 Y

dado que los hombres se sienten m�s agradecidos cuando reciben bien

viera en la adversidad? Har�n otro tanto en mi favor, contra �l, en cuanto me

vean en posici�n c�moda, pero listos para volver a empezar contra m�, oportunamente,

si llego a vacilar. �Por que no pude formar grandes hombres nuevos!

(E).

280 Esto no es muy f�cil; por lo menos, no tanto, no tanto como yo quisiera y

debiera hacerlo. Lo tent� con respecto a... y a F...; ellos fueron m�s peligrosos

a raiz de esto. El primero me entreg�; el segundo, de quien necesito, ha permanecido

sin definirse, pero lo tendremos de un modo u otro (E).

281 No tengo casi ninguno de esta especie (RI).

282 No tengo mal de esta �ndole (RI)

283 No habla conocido bien esta verdad; el �xito me la ha hecho comprender

con dureza. �Podr� aprovecharme de ello en lo venidero? (E).

284 Procurar� hacerlo creer (G).

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de quien s�lo esperaban mal,285 se somete el pueblo m�s a su bienhechor

que si lo hubiese conducido al principado por su voluntad. El

pr�ncipe puede ganarse a su pueblo de muchas maneras, que no mencionar�

porque es imposible dar reglas fijas sobre algo que var�a tanto

seg�n las circunstancias. Insistir� tan s�lo en que un pr�ncipe necesita

contar con la amistad del pueblo,286 pues de lo contrario no tiene remedio

en la adversidad.287

Nabis, pr�ncipe de los espartanos, resisti� el ataque de toda Grecia

y de un ej�rcito romano invicto, y le bast�, surgido el peligro,

asegurarse de muy pocos para defender contra aqu�llos su patria y su

Estado, que si hubiese tenido por enemigo al pueblo, no le bastara. Y

que no se pretenda desmentir mi opini�n con el gastado proverbio de

que quien conf�a en el pueblo edifica sobre arena;288 porque el proverbio

s�lo es verdadero cuando se trata de un simple ciudadano que

conf�a en el pueblo como si el pueblo tuviese el deber de liberarlo

cuando los enemigos o las autoridades lo oprimen. Quien as� lo interpretara

se enga�ar�a a menudo, como los Gracos en Roma y Jorge

Scali en Florencia. Pero si es un pr�ncipe quien conf�a en �l, y un

pr�ncipe valiente que sabe mandar, que no se acobarda en la adversidad

y mantiene con su �nimo y sus medidas el �nimo de todo su pueblo,

no s�lo no se ver� nunca defraudado, sino que se felicitar� de

haber depositado en �l su confianza.289 290

Estos principados peligran, por lo general, cuando quieren pasar

le principado civil a principado absoluto; pues estos pr�ncipes gobiernan

por s� mismos o por intermedio de magistrados. En el �ltimo

285 Necesito, sin embargo, fuertes contribuciones y numerosos soldados (RC).

286 Este era mi lado flaco (C).

287 Me lo han dado a conocer cruelmente (C).

288 S� y s�, cuando el pueblo no es m�s que arena (C).

289 Es dudoso y s�lo resulta cierto cuando se es �l m�s fuerte. (Cristina de

Suecia.)

290 De todo esto s�lo me falt� la ventaja de ser amado por el pueblo y sin

embargo... Pero el hacerse amar en la situaci�n en que me hallaba, con las

necesidades que ten�a era muy dif�cil (C).

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caso, su permanencia es m�s insegura y peligrosa, porque depende de

la voluntad de los ciudadanos que ocupan el cargo de magistrados, los

cuales, y sobre todo en �pocas adversas pueden arrebatarle muy f�cilmente

el poder, ya dejando de obedecerle, ya sublevando al pueblo

contra ellos.291 Y el pr�ncipe, rodeado de peligros, no tiene tiempo

para asumir la autoridad absoluta, ya que los ciudadanos y los s�bditos,

acostumbrados a recibir nada m�s que de los magistrados, no

est�n en semejantes trances dispuestos a obedecer las suyas.292 Y no

encontrar� nunca, en los tiempos dudosos, gentes en quien poder

conf�an,293 puesto que tales pr�ncipes no pueden tomar como ejemplo

lo que sucede en tiempos normales, cuando los ciudadanos tienen

necesidad del Estado, y corren y prometen y quieren morir por �l,

porque la muerte est� lejana;294 pero en los tiempos adversos, cuando

el Estado tiene necesidad de los ciudadanos, hay pocos que quieran

acudir en su ayuda. Y esta experiencia es tanto m�s peligrosa cuanto

que no puede intentarse sino una vez.295 Por ello, un pr�ncipe h�bil

debe hallar una manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda

ocasi�n tengan necesidad del Estado y de �l.296 Y as� le ser�n siempre

fieles.297

291 Se va a ver como sucede (E).

292 Cuento con �ste (E).

293 �En d�nde las hallar�? (E).

294 No lo vislumbran en esas protestas de amistad y cartas de congratulaci�n

que los tranquilizan. �No saben, pues, todav�a, como se produce esto! (E).

295 Si saliera bien del apuro la primera vez, me desquitar�a con ventaja, en

cuanto pudiera, por m� o por otro (E).

296 No se piensa nunca bastante en esta verdad (E).

297 En este mundo no se pueden pasar los unos sin los otros. Muy rara, vez es

imprescindible fiarse de alguien, a menudo es imprescindible aparentar que

uno se f�a. (Cristina de Suecia.)

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CAPITULO X

COMO DEBEN MEDIRSE LAS FUERZAS DE

TODOS LOS PRINCIPADOS

Conviene, al examinar la naturaleza de estos principados, hacer

una consideraci�n m�s, a saber: si un pr�ncipe posee un Estado tal que

pueda, en caso necesario, sostenerse por s� mismo,298 o si tiene, en tal

caso, que recurrir a la ayuda de otros.299 Y para aclarar mejor este

punto, digo que considero capaces de poder sostenerse por s� mismos a

los que, o por abundancia de hombres o de dinero, pueden levantar un

ej�rcito respetable y presentar batalla a quienquiera que se atreva a

atacarlos;300 y considero que tienen siempre necesidad de otros a los

que no pueden presentar batalla al enemigo en campo abierto, sino

que se ven obligados a refugiarse dentro de sus muros para defenderlos.

301 Del primer caso ya se ha hablado, y se agregar� m�s adelante lo

que sea oportuno. Del segundo caso no se puede decir nada, salvo

aconsejar a los pr�ncipes que fortifiquen y abastezcan la ciudad en que

residan y que se despreocupen de la compa��a.302 Quien tenga bien

fortificada su ciudad, y con respecto a sus s�bditos se haya conducido

de acuerdo con lo ya expuesto y con lo que expondr� m�s adelante,

dif�cilmente ser� asaltado; porque los hombres son enemigos de las

empresas demasiado arriesgadas, y no puede reputarse por f�cil el

asalto a alguien que tiene su ciudad bien forticada y no es odiado por

298 Como Francia con las conscripciones, embargos, etc. (G)

299 No vale nada (G).

300 Con mayor raz�n cuando pueden atacar y hacer temblar a todos los otros

(G).

301 �Triste cosa! No la querr�a yo (G).

302 Esto no me incumbe (G).

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el pueblo.303 Las ciudades de Alemania son lib�rrimas; tienen poca

campa�a, y obedecen al emperador cuando les place,304 pues no le

temen, as� como no temen a ninguno de los poderosos que las rodean.

La raz�n es simple: est�n tan bien fortificadas que no puede menos de

pensarse que el asedio ser�a arduo y prolongado.305 Tienen muros y

fosos adecuados, tanta artiller�a como necesitan, y guardan en sus

almacenes lo necesario para beber, comer y encender fuezo durante un

a�o;306 aparte de lo cual, y para poder mantener a los obreros sin que

ello sea una carga para el erario p�blico, disponen siempre de trabajo

para un a�o en esas obras que son el nervio y la vida de la ciudad. Por

�ltimo, tienen en alta estima los ejercicios militares, que reglamentan

con infinidad de ordenanzas.307

Un pr�ncipe, pues, que gobierne una plaza fuerte, y a quien el

pueblo no odie, no puede ser atacado; pero si lo fuese, el atacante se

ver�a obligado a retirarse sin gloria, porque son tan variables las cosas

de este mundo que es imposible que alguien permanezca con sus ej�rcitos

un a�o sitiando ociosamente una ciudad.308 Y al que me pregunte

si el pueblo tendr� paciencia, y el largo asedio y su propio inter�s no le

har�n olvidar al pr�ncipe, contesto que un pr�ncipe poderoso y valiente

superar� siempre estas dificultades, ya dando esperanza a sus s�bditos

de que el mal no durar� mucho, ya infundi�ndoles terror con la amenaza

de las vejaciones del enemigo, o ya asegur�ndose diestramente

303 Me he encontrado, sin embargo, en este caso; pero me aprovechar� de la

primera ocasi�n para fortificar mi capital, sin que adivinen el verdadero

motivo (E).

304 Son venales. (Cristina de Suecia.)

305 Bueno para el tiempo pasado. Adem�s, no se trata aqu� de agresores franceses

(G).

306 �Qu� plaza resistir� tanto tiempo si es atacada en forma sin ser socorrida?

(Cristina de Suecia.)

307 De qu� sirvieron estas precauciones contra nuestro ardor en Alemania y

Suiza? (RC).

308 No ando rondando un a�o, sin hacer nada, bajo los muros ajenos (RC).

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de los que le parezcan demasiado osados.309 A�adiremos a esto que es

muy probable que el enemigo devaste y saquee la comarca a su llegada,

que es cuando los �nimos est�n m�s caldeados y m�s dispuestos a

la defensa; momento propicio para imponerse, porque, pasados algunos

d�as, cuando los �nimos se hayan enfriado, los da�os estar�n hechos,

las desgracias se habr�n sufrido y no quedar� ya remedio

alguno. Los s�bditos se unen por el lo m�s estrechamente a su pr�ncipe,

como si el haber sido incendiadas sus casas y devastadas sus

posesiones en defensa del se�or obligara a �ste a protegerlos.310 Est�

en la naturaleza de los hombres el quedar reconocidos lo mismo por

los beneficios que hacen que por los que reciben. De donde, si se considera

bien todo, no ser� dif�cil a un pr�ncipe sabio mantener firme el

�nimo de sus ciudadanos durante el asedio, siempre y cuando no carezcan

de v�veres ni de medios de defensa.311

309 El mejor y aun el �nico medio es contenerlos a todos por igual empleando

el terror; oprimidos, y no se sublevaran ni osar�n respirar (RI).

310 Sea o no as�, me da lo mismo. No lo necesito (RI).

311 Con qu� defenderse, que es lo esencial (RI).

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CAPITULO XI

DE LOS PRINCIPADOS ECLESIASTICOS

S�lo nos resta discurrir sobre los principados eclesi�sticos, respecto

a los cuales todas las dificultades existen antes de poseerlos,

pues se adquieren o por valor o por suerte, y se conservan sin el uno ni

la otra, dado que se apoyan en antiguas instituciones religiosas que

son tan potentes y de tal calidad, que mantienen a sus pr�ncipes en el

poder sea cual fuere el modo en que �stos procedan y vivan.312

Estos son los �nicos que tienen Estados y no los defienden; s�bditos,

y no los gobiernan.313. Y los Estados, a pesar de hallarse indefensos,

no les son arrebatados, y los s�bditos, a pesar de carecer de

go1bierno, no se preocupan, ni piensan, ni podr�n sustraerse a su

soberan�a. Son, por consiguiente, los �nicos principados seguros y

felices.314 Pero como est�n regidos por leyes superiores, inasequibles a

la mente humana, y como han sido inspirados por el Se�or, ser�a oficio

de hombre presuntuoso y temerario el pretender hablar de ellos.315

Sin embargo, si alguien me preguntase a qu� se debe que la Iglesia

haya llegado a adquirir tanto poder temporal, ya que antes de Alejandro,

316no s�lo las potencias italianas, sino hasta los nobles y se�ores

312 �Ah, si yo pudiera en Francia convertirme en Augusto y supremo pont�fice

de la religi�n (G).

313 Todos los pr�ncipes de hoy son eclesi�sticos en este sentido. Toda Italia se

halla en esta situaci�n, y tambi�n gran parte de Europa. (Cristina de Suecia.)

314 �Es posible ser m�s desdichado de lo que lo son tos pueblos del Estado

eclesi�stico bajo Inocencio XI? (Cristina de Suecia.)

315 Esta iron�a merec�a, por cierto, todos los rayos espirituales de la potestad

temporal del Vaticano (G)

316 Alejandro VI fue un gran papa, a pesar de lo que se diga. (Cristina de

Suecia.)

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de menor importancia respetaban muy poco su fuerza temporal,317

mientras que ahora ha hecho temblar a un rey de Francia, y aun pudo

arrojarlo de Italia, y ha arruinado a los venecianos, no considerar�a

in�til recordar las circunstancias, aunque sean bastante conocidas.318

Antes que Carlos, rey de Francia, entrase en Italia, esta provincia

estaba bajo la dominaci�n del papa, de los venecianos, del rey de N�poles,

del duque de Mil�n y de los florentinos. Estas potencias deb�an

tener dos cuidados principales: evitar que un ej�rcito extranjero invadiese

a Italia y procurar que ninguna de ellas preponderara. Los que

despertaban m�s recelos eran los venecianos y el papa. Para contener

a aqu�llos era necesaria una coalici�n de todas las dem�s potencias,

como se hizo para la defensa de Ferrara.319 Para contener al papa,

bastaban los nobles romanos, que, divididos en dos facciones, los

Orsini y los Colonna, disputaban continuamente y acud�an a las armas

a la vista misma del pont�fice, con lo cual la Santa Sede estaba siempre

d�bil y vacilante.320 Y aunque alguna vez surgiese un papa en�rgico,

como lo fue Sixto, ni la suerte ni la experiencia pudieron servirle

jam�s de manera decisiva, a causa de la brevedad de su vida, pues los

diez a�os que, como t�rmino medio, vive un papa bastaban apenas

para debilitar una de las facciones. Y si, por ejemplo, un papa hab�a

casi conseguido exterminar a los Colonna, resurg�an �stos bajo otro

enemigo de los Orsini, a quienes tampoco hab�a tiempo para hacer

desaparecer por completo; por todo lo cual las fuerzas temporales del

papa eran poco temidas en Italia.321 Vino por fin Alejandro VI y pro-

317 Hoy ya no se teme ni al poder temporal ni el espiritual. (Cristina de Suecia.)

318 Entiendes mal los intereses de tu reputaci�n, y la corte de Roma no te

perdonar� esta historia indiscreta (G).

319 Segunda guerra contra el ducado de Ferrara (1510-12), en la que participaron,

coligados, el papa, Espa�a, Inglaterra y los venecianos. El duque de

Ferrara, a quien en esa ocasi�n ayudaron los franceses, fue vencido y despojado

de la mayor (...)

320 Juiciosas reflexiones dignas de meditarse (G).

321 Lo mismo hago (G).

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b�, como nunca lo hab�a probado ning�n pont�fice, de cu�nto era

capaz un papa con fuerzas y dinero;322 pues tomando al duque Valentino

por instrumento, y la llegada de los franceses como motivo, hizo

todas esas cosas que he contado al hablar sobre las actividades del

duque. Y aunque su prop�sito no fue engrandecer a la Iglesia, sino al

duque, no es menos cierto que lo que realiz� redund� en beneficio de

la Iglesia, la cual, despu�s de su muerte y de la del duque, fue heredera

de sus fatigas. Lo sucedi� el papa Julio, quien, con una Iglesia engrandecida

y due�a de toda la Roma�a, con los nobles romanos

dispersos por las persecuciones de Alejandro,323 y abierto el camino

para procurarse dinero, cosa que nunca hab�a ocurrido antes de Alejandro,

no s�lo mantuvo las conquistas de su predecesor, sino que las

acrecent�; y despu�s de proponerse la adquisici�n de Bolonia, la ruina

de los venecianos y la expulsi�n de los franceses de Italia,324 lo llev� a

cabo con tanta m�s gloria cuanto que lo hizo para engrandecer la

Iglesia y no a ning�n hombre. Dej� las facciones Orsini y Colonna en

el mismo estado en que las encontr�;325 y aunque ambas tuvieron jefes

capaces de rebelarse, se quedaron quietas por dos razones: primero

por la grandeza de la Iglesia, que los atemorizaba, y despu�s, por

carecer de cardenales que perteneciesen a sus partidos, origen siempre

de discordia entre ellos. Que de nuevo se repetir�n toda vez que tengan

cardenales326 que los representasen, pues �stos fomentan dentro y

fuera de Roma la creaci�n de partidos que los nobles de una y otra

familia se ven obligados a apoyar. Por lo cual cabe decir que las disensiones

y disputas entre los nobles son originadas por la ambici�n de

los prelados327. Ha hallado, pues, Su Santidad el papa Le�n una Igle-

322 En su tiempo y pa�s (G).

323 Me hubiera gustado poder hacer lo mismo en Francia (G).

324 He aqu� lo que se llama obrar como grande hombre (C).

325 Es lo �nico que me conviene hacer en Francia (RC).

326 No har�a mal en tener all� muchos cardenales que me debieran su birrete

encarnado (RC).

327 Me valdr� de ella para el triunfo de la m�a (RC).

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sia potent�sima; y se puede esperar que as� como aqu�llos la hicieron

grande por las armas, �ste la har� a�n m�s poderosa y venerable por

su bondad y sus mil otras virtudes.

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CAPITULO XII

DE LAS DISTINTAS CLASES DE MILICIAS Y DE

LOS SOLDADOS MERCENARIOS

Despu�s de haber discurrido detalladamente sobre la naturaleza

de los principados de los cuales me hab�a propuesto tratar, y de haber

se�alado en parte las causas de su prosperidad o ruina y los medios

con que muchos quisieron adquirirlos y conservarlos, r�stame ahora

hablar de las formas de ataque y defensa que pueden ser necesarias en

cada uno de los Estados a que me he referido.

Ya he explicado antes como es preciso que un pr�ncipe eche los

cimientos de su poder, porque, de lo contrario, fracasar�a inevitablemente.

Y los cimientos indispensables a todos los Estados, nuevos,

antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas tropas; y como

aqu�llas nada pueden donde faltan �stas, y como all� donde hay buenas

tropas por fuerza ha de haber buenas leyes, pasar� por alto las

leyes y hablar� de las tropas.

Digo, pues, que las tropas con que un pr�ncipe defiende sus Estados

son propias, mercenarias, auxiliares o mixtas. Las mercenarias y

auxiliares son in�tiles y peligrosas;328 y el pr�ncipe cuyo gobierno

descanse en soldados mercenarios no estar� nunca seguro ni tranquilo,

porque est�n desunidos, porque son ambiciosos, desleales, valientes

entre los amigos, pero cobardes cuando se encuentran frente a los

enemigos; porque no tienen d�sciplina, como tienen temor de Dios ni

buena fe con los hombres; de modo que no se difiere la ruina sino

mientras se difiere la ruptura; y ya durante la paz despojan a su pr�ncipe

tanto como los enemigos durante la guerra, pues no tienen otro

amor ni otro motivo que los lleve a la batalla que la paga del pr�ncipe,

328 Cuando uno no tiene tropas propias o cuando las mercenarias o auxiliares

son m�s numerosas, es evidente (G).

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la cual, por otra parte, no es suficiente para que deseen morir por �l.

Quieren ser sus soldados mientras el pr�ricipe no hace la guerra; pero

en cuanto la guerra sobreviene, o huyen o piden la baja.329 Poco me

costar�a probar esto, pues la ruina actual de Italia no ha sido causada

sino por la confianza depositada durante muchos a�os en las tropas

mercenarias, que hicieron al principio, y gracias a ciertos jefes, algunos

progresos que les dieron fama de bravas; pero que demostraron lo

que val�an en cuanto aparecieron a la vista ej�rcitos extranjeros. De tal

suerte que Carlos, rey de Francia, se apoder� de Italia con un trozo de

tiza. Y los que afirman que la culpa la ten�an nuestros pecados, dec�an

la verdad, aunque no se trataba de los pecados que imaginaban, sino

de los que he expuesto. Y como estos pecados los cometieron los pr�ncipes,

sobre ellos recay� el castigo.330

Quiero dejar mejor demostrada la ineficacia de estos ej�rcitos.

Los capitanes mercenarios o son hombres de m�rito o no lo son; no se

puede confiar en ellos si lo son porque aspirar�n siempre a forjar su

propia grandeza, ya tratando de someter al pr�ncipe su se�or, ya tratando

de oprimir a otros al margen de los designios del pr�ncipe;331 y

mucho menos si no lo son,332 pues con toda seguridad llevar�n al

pr�ncipe a la ruina. Y a quien objetara que esto podr�a hacerlo cualquiera,

mercenario o no, replicar�a con lo siguiente: que un principado

o una rep�blica deben tener sus milicias propias; que, en un principado,

el pr�ncipe debe dirigir las milicias en persona y hacer el oficio de

capit�n;333 y en las rep�blicas, un ciudadano; y si el ciudadano nombrado

no es apto, se lo debe cambiar; y si es capaz para el puesto, suje-

329 Except�o, sin embargo, a los suizos (E).

330 En tiempos del buen hombre cualquier falta, ya pol�tica, ya moral, se

llamaba pecado, y no era m�s indulgente con las faltas de los estadistas que lo

que lo son hoy los jansenistas con los pecado del vulgo (G).

331 Ej�rcito formados por un predecesor enemigo, y que s�lo est�n realmente

a vuestro servicio porque les pag�is, no son m�s que mercenarios (E).

332 Ellos le tienen entre sus fieles (E).

333 Lo s�; ellos deber�an saberlo. Pero �lo puede �l? (E).

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tarlo por medio de leyes.334 La experiencia ense�a que s�lo los pr�ncipes

y rep�blicas armadas pueden hacer grandes progresos, y que las

armas mercenarias s�lo acarrean da�os.335 Y es m�s dif�cil que un

ciudadano someta a una rep�blica que est� armada con armas propias336

que una armada con armas extranjeras.

Roma y Esparta se conservaron libres durante muchos siglos

porque estaban armadas. Los suizos son muy libres porque disponen

de armas propias. De las armas mercenarias de la antig�edad son un

ejemplo los cartagineses, los cuales estuvieron a punto de ser sometidos

por sus tropas mercenarias, despu�s de la primera guerra con los

romanos, a pesar de que los cartagineses ten�an por jefes a sus mismos

conciudadanos. Filipo de Macedonia, nombrado capit�n de los tebanos

a la muerte de Epaminondas, les quit� la libertad despu�s de la victoria.

Los milaneses, muerto el duque Felipe, tomaron a sueldo a Francisco

Sforza para combatir a los venecianos; y Sforza venci� al

enemigo en Caravaggio y se ali� despu�s con �l para sojuzgar a los

milaneses, sus amos.337 El padre de Francisco Sforza, estando al servicio

de la reina Juana de N�poles, la abandon� inesperadamente; y

ella, al quedar sin tropas que la defendiesen, se vio obligada, para no

perder el reino, a entregarse en manos del rey de Arag�n.338 Y si los

florentinos y venecianos extendieron sus dominios gracias a esas mili-

334 No hay decreto ni orden que pueda estorbarle. No se hace la ley, sino que

�l la da (G).

335 Contad con esto, si no ten�is m�s que mercenarios (E).

336 Pero puede caer al fin (G).

337 Puede hacerse lo mismo con tropas que s�lo reciben sueldo del Estado. Se

trata de infundirles el esp�ritu que tienen las tropas mercenarias; lo que es

f�cil cuando uno tiene el presupuesto militar a su disposici�n, por las contribuciones

que hace entrar en �l. La facilidad es a�n mayor cuando uno est� con

sus tropas en pa�ses lejanos, donde no pueden recibir otro influjo que el de su

general. Aprov�chese de ello (G).

338 En cualesquiera brazos que os ech�is, aunque colmen vuestro principal

deseo, terminar�n por haceros m�s mal que bien (E).

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cias, y si sus capitanes los defendieron en vez de someterlos339 se debe

exclusivamente a la suerte; porque de aquellos capitanes a los que

pod�an temer unos no vencieron nunca,340 otros encontraron oposici�n341

y los �ltimos orientaron sus ambiciones hacia otra parte.342 En

el n�mero de los primeros se cont� Juan Aucut cuya fidelidad mal

pod�a conocerse cuando nunca obtuvo una victoria; pero nadie dejar�

de reconocer que, si hubiese triunfado, quedaban los florentinos librados

a su discreci�n. Francisco Sforza tuvo siempre por adversario a los

Bracceschi, y se vigilaron mutuamente;343 al fin, Francisco volvi� sus

miras hacia la Lombard�a, y Braccio hacia la Iglesia344 y el reino de

N�poles.

Pero atendamos a lo que ha sucedido hace poco tiempo.345 Los

florentinos nombraron capit�n de sus milicias a Pablo Vitelli, var�n

muy prudente que, de condici�n modesta, hab�a llegado a adquirir

gran fama. A haber tomado a Pisa, los florentinos se hubiesen visto

obligados a sostenerlo, porque estaban perdidos si se pasaba a los

enemigos, y si hubieran querido que se quedara, habr�an debido obedecerle.

346 Si se consideran los procedimientos de los venecianos, se

ver� que obraron con seguridad y gloria mientras hicieron la guerra

con sus propios soldados, lo que sucedi� antes que tentaran la suerte

en tierra firme, cuando contaban con nobles y plebeyos que defend�an

339 Apenas tuvo otro t�tulo que el de hombre honrado aquel famoso Bartolom�

Coleoni que, con tantas oportunidades para hacerse rey de Venecia, no quiso.

�Qu� bober�a haber aconsejado a los venecianos, al morir, que no dejaran en

manos de otro tanto poder militar como le hab�an conferido a �l! (G).

340 Con �ste conviene empezar (G).

341 Veremos despu�s si las hay insuperables (G).

342 Lo importante es ver lo que promete m�s (G).

343 Era menester saber destruirlo (G).

344 �Sublime! Es el mejor modelo (G).

345 �Por qu� no pudiste seguirme! (RC).

346 El Directorio murmurar� y decretar� lo que guste perseguir� siendo lo que

soy y ser� preciso, en verdad, que mi ej�rcito me obedezca (G).

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lo suyo;347 pero bast� que empezaran a combatir en tierra firme para

que dejaran aquella virtud y adoptaran las costumbres del resto de

Italia. Al principio de sus empresas por tierra firme, nada ten�an que

temer de sus capitanes, as� por lo reducido del Estado como por la

gran reputaci�n de que gozaban; pero cuando bajo Carmagnola el

territorio se fue ensanchando, notaron el error en que hab�an ca�do.

Porque viendo que aquel hombre, cuya capacidad conoc�an, despu�s

de haber derrotado al duque de Mil�n, hac�a la guerra con tanta tibieza,

comprendieron que ya nada pod�a esperarse de �l, puesto que no

lo quer�a;348 y dado que no pod�an licenciarlo, pues perd�an lo que

hab�an conquistado, no les quedaba otro recurso, para vivir seguros,

que matarlo.349 Tuvieron luego por capitanes a Bartolom� de B�rgamo,

a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y a otros de

quienes no ten�an que temer las victorias, sino las derrotas, como les

sucedi� luego en Vail�, donde en un d�a perdieron lo que con tanto

esfuerzo hab�an conquistado en ochocientos a�os.350 Porque estas

milicias, o traen lentas, tard�as y mezquinas adquisiciones, o s�bitas y

fabulosas p�rdidas.

Y ya que estos ejemplos me han conducido a referirme a Italia,

estudiemos la historia de las tropas mercenarias que durante tantos

a�os la gobernaron, y remont�monos a los tiempos m�s antiguos, para

que, vistos su origen y sus progresos, puedan corregirse mejor los

errores.351

Es de saber que, en �pocas no recientes, cuando el emperador

empez� a ser arrojado de Italia352 y el poder temporal del papa a acre-

347 Gran beneficio de las conscripciones (RC).

348 Hubiera visto esto mucho m�s pronto (RI).

349 Es, en realidad, lo m�s seguro. Hubiera debido hacerlo yo con m�s frecuencia

de lo que lo hice. Dos veces no bastaban; tengo que temerlo todo por

no haberlo hecho tres veces por lo menos (RI).

350 Peor que peor para ellos; todav�a no lo han visto todo (G).

351 Digresi�n superflua para m� (G).

352 Restablecer� all� el imperio (G).

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centarse, Italia se dividi� en gran n�mero de Estados353 porque muchas

de las grandes ciudades tornaron las contra sus se�ores, que,

favorecidos antes por el emperador, las ten�an avasalladas; y el papa,

para beneficiarse, ayud� en cuanto pudo a esas rebeliones.354 De donde

Italia pas� casi por entero a las manos de la Iglesia y de varias rep�blicas355

pues algunas de las ciudades hab�an nombrado pr�ncipes a

sus ciudadanos;356 y como estos sacerdotes y estos ciudadanos no conoc�an

el arte de la guerra, empezaron a tomar extranjeros a sueldo.

El primero que dio reputaci�n a estas milicias fue Alberico de Conio,

de la Roma�a, a cuya escuela pertenecen, entre otros, Braccio y Sforza,

que en sus tiempos fueron �rbitros de Italia.

Tras ellos vinieron todos los que hasta nuestros tiempos han dirigido

esas tropas.357 Y el resultado de su virtud lo hallamos en esto:

que Italia fue recorrida libremente por Carlos, saqueada por Luis,

violada por Fernando e insultada por los suizos.358 El m�todo que

estos capitanes siguieron para adquirir primero el de quitarle importancia

a la infanter�a. Y lo hicieron porque, no poseyendo tierras y

teniendo que vivir de su industria, con pocos infantes no pod�an imponerse

y les era imposible alimentar a muchos, �mientras que, con un

n�mero reducido de jinetes, se ve�an honrados sin que fuese un problema

el proveer a su sustentaci�n. Las cosas hab�an llegado a tal

extremo, que en un ej�rcito de veinte mil hombres no hab�a dos mil

infantes.359 Por otra parte, se hab�an ingeniado para ahorrarse y ahorrar

a sus soldados la fatiga y el miedo con la consigna de no matar en

353 La divisi�n desaparecer� (G).

354 Gregorio VII, especialmente, fue muy h�bil en esto (G).

355 Todo esto se cambiar� (RC).

356 Hacer obrar s�lo para m� esos tres m�viles a un tiempo (G).

357 �Lastimosos caudillos de forajidos! (G).

358 A los que hago temblar, despu�s de haber hecho yo solo tanto como estos

tres monarcas juntos, y eso contra tropas mucho m�s formidables (RC).

359 �Miserable! �Lastimoso! (G)

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las refriegas, sino tomar prisioneros, sin degollarlos.360 No asaltaban

de noche las ciudades, ni los campesinos atacaban las tiendas; no

levantaban empalizadas ni abr�an fosos alrededor del campamento, ni

viv�an en �l durante el invierno. Todas estas cosas, permitidas por sus

c�digos militares, las inventaron ellos, como he dicho, para evitarse

fatigas y peligros.361 Y con ellas condujeron a Italia a la esclavitud y a

la deshonra.362

360 �Cobard�a! �Necedad! Acuchillar, hacer a�icos, despedazar, anilquilar,

aterrar (G).

361 Cuando es posible, es menester hacer lo contrario, para tener buenas

tropas (G).

362 Deb�a suceder necesariamente (G).

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CAPITULO XIII

DE LOS SOLDADOS AUXILIARES,

MIXTOS Y PROPIOS

Las tropas auxiliares, otras de las tropas in�tiles de que he hablado,

son aquellas que se piden a un pr�ncipe poderoso para que nos

socorra y defienda,363 tal como hizo en estos �ltimos tiempos el papa

julio, cuando, a ra�z del pobre papel que le toc� representar con sus

tropas mercenarias en la empresa de Ferrara, tuvo que acudir a las

auxiliares y convenir con Fernando, rey de Espa�a, que �ste ir�a en su

ayuda con sus ej�rcitos. Estas tropas pueden ser �tiles y buenas para

sus amos364 pero para quien las llama son casi siempre funestas; pues

si pierden, queda derrotado, y si gana, se convierte en su prisionero.365

Y aunque las historias antiguas est�n llenas de estos ejemplos366 quiero,

sin embargo, detenerme: en el caso reciente de Julio II, que no

pudo haber cometido imprudencia mayor para conquistar a Ferrara

que el entregarse por completo en manos de un extranjero. Pero su

buena estrella hizo surgir una tercera causa, que, de lo contrario, hubiera

pagado las consecuencias de su mala elecci�n,367 Porque derrotados

sus auxiliares en Ravena, aparecieron los suizos, que, contra la

opini�n de todo el mundo, incluso la suya, pusieron en fuga a los

vencedores, de modo que no qued� prisionero de los enemigos, que

hab�an hu�do, ni de los auxiliares, ya que hab�a triunfado con otras

363 �In�tiles! Es mucho. Imaginar el medio de infundirles la idea de una

incorporaci�n a las propias armas, por medio de la estratagema de una

confederaci�n o uni�n al gran imperio (RC).

364 Me basta (RC)

365 Mi sistema de alianza debe prevenir estos dos incovenientes (RC).

366 �Deb�a confirmarla yo cuando en realidad me vela destinado a desmentirla!

(E).

367 Estas terceras causas s�lo dieron chascos pesados a mi buena fortuna (E).

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tropas.368 Los florentinos, que carec�an de ej�rcitos propios, trajeron

diez mil franceses para conquistar a Pisa; y esta resoluci�n les hizo

correr m�s peligros de los que corrieran nunca en ninguna �poca. El

emperador de Constantinopla, para ayudar a sus vecinos, puso en

Grecia diez mil turcos, los cuales, una vez concluida la guerra, se

negaron a volver a su patria;369 de donde empez� la servidumbre de

Grecia bajo el yugo de los infieles.370

Se concluye de esto que todo el que no quiera vencer371 no tiene

m�s que servirse de esas tropas, much�simo m�s peligrosas que las

mercenarias, porque est�n perfectamente unidas y obedecen ciegamente

a sus jefes, con lo cual la ruina es inmediata; mientras que las

mercenarias, para someter al pr�ncipe, una vez, que han triunfado,

necesitan esperar tiempo y ocasi�n, pues no constituyen un cuerpo

unido y, por a�adidura, est�n a sueldo del pr�ncipe. En ellas, un tercero

a quien el pr�ncipe haya hecho jefe no puede cobrar en seguida

tanta autoridad como para perjudicarlo. En suma, en las tropas mercenarias

hay que temer sobre todo las derrotas; en las auxiliares, los

triunfos.372

Por ello, todo pr�ncipe prudente ha desechado estas tropas y se ha

refugiado en las propias, y ha preferido perder con las suyas a vencer

con las otras, considerando que no es victoria verdadera la que se

obtiene con armas ajenas. No me cansar� nunca373 de elogiar a C�sar

Borgia y su conducta. Empez� el duque por invadir la Roma�a con

tropas auxiliares, todos soldados franceses, y con ellas tom� a Imola y

Forli.374 Pero no pareci�ndoles seguros, se volvi� a las mercenarias,

368 Es ser afortunado y vencer como papa (G).

369 Por cierto haremos lo mismo en Italia, en la que entramos s�lo echando a

los coligados (G).

370 Le ha ido mucho mejor a Italia con ello (RI).

371 �Necio! �Puede haber otros de esta fuerza! (G).

372 Sublime y de gran profundidad (RI).

373 �Ah! �Por qu� te cansar�as? �Por qu� no apreciabas sus dotes morales,

odiadas por muchos tontos? Pero, �qu� hace esto en pol�tica? (G).

374 �Qu� no se toma con estas tropas? Pero, �se conserva tan f�cilmente? (G).

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seg�n �l menos peligrosas; y tom� a sueldo a los Orsini y los Vitelli.

Por �ltimo, al notar que tambi�n �stas eran inseguras, infieles y peligrosas,

las disolvi� y recurri� a las propias.375 Y de la diferencia que

hay entre esas distintas milicias se puede formar una idea considerando

la autoridad que ten�a el duque cuando s�lo contaba con los franceses

y cuando se apoyaba en los Orsini y Vitelli, y la que tuvo cuando

se qued� con sus soldados y descans� en s� mismo: que era, sin duda

alguna, mucho mayor, porque nunca fue tan respetado como cuando

se vio que era el �nico amo de sus tropas.

Me hab�a propuesto no salir de los ejemplos italianos y recientes;

pero no quiero olvidarine de Hier�n de Siracusa, ya que en otra parte

lo he citado.376 Convertido, como expliqu�, en jefe de los ej�rcitos de

Siracusa, advirti� en seguida de la inutilidad de las milicias mercenarias,

cuyos jefes ten�an los mismos defectos que nuestros italianos; y

corno no cre�a conveniente conservarlas ni licenciarlas, elimin� a sus

jefes.377 E hizo la guerra con sus tropas y no con las ajenas.378 Quiero

tambi�n recordar un episodio del Viejo Testamento que viene muy al

caso.379 Ofreci�ndose David a Sa�l para combatir a Goliat, provocador

filisteo, Sa�l, para darle valor, lo arm� con sus armas; pero una vez

que se vio cargado con �stas, David las rechaz�, diciendo que con

ellas no podr�a sacar partido de s� mismo y que prefer�a ir al encuentro

del enemigo con su honda y su cuchillo.

En fin, sucede siempre que las armas ajenas o se caen de los

hombros del pr�ncipe, o le pesan, o le oprimen. Carlos VII, padre del

rey Luis XI, una vez que con su fortuna y valor liber� a Francia de los

375 Siempre �stas, antes que cualesquiera otras (G).

376 Maquiavelo me halaga haciendo nueva menci�n de este h�roe de mi genealog�a(

G).

377 Feliz de haberlo podido y m�s a�n de haberlo hecho (RI).

378 No conviene nunca pasar a otros, por deber, la menor parte de la gloria y

poder adquiridos (G).

379 La elecci�n de este ejemplo es una simpleza (G).

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ingleses, conoci� esta necesidad de armarse con sus propias armas380 y

orden� en su reino la creaci�n de milicias de caballer�a e infanter�a.

Despu�s, el rey Luis, su hijo, disolvi� los de infanter�a y empez� a

tomar a sueldo a suizos,381 error que renovado por otros, es, como

ahora se ve, el motivo de los males de aquel reino. Porque al acreditar

a los suizos, desacredit� todas sus armas, ya que hizo desaparecer la

infanter�a y depender la caballer�a de las tropas ajenas. Acostumbrada

�sta a ir a la guerra en compa��a de los suizos, no cree poder vencer

sin ellos.382 Lo cual explica que los franceses no puedan contra los

suizos, y que sin los suizos no se atrevan a enfrentar a otros. Los ej�rcitos

de Francia son, pues, mixtos, dado que se componen de tropas

mercenarias y prop�as; y, en su conjunto, son mucho mejores que las

milicias exclusivamente mercenarias o exclusivamente auxiliares,

pero muy inferiores a las propias.383 Bastar� el ejemplo citado para

hacer comprender que el reino de Francia ser�a hoy invencible si se

hubiese respetado la disposici�n de Carlos;384 pero la escasa perspicacia

de los hombres hace que comiencen algo que parece bueno por el

hecho de que no manifiesta el veneno que esconde debajo, como he

dicho que sucede con la tisis.

Por lo tanto, aquel que en un principado no descubre los males

sino una vez nacidos, no es verdaderamente sabio; pero �sta es virtud

que tienen pocos.385 Si se examinan las causas de la decadencia del

Imperio Romano,

380 Necesitan del tiempo y de funestas experiencias para comprender lo que

les es indispensable (E).

381 �necio! Pero a veces no; todo su consejo estaba en su cabeza. Miraba a

Francia como a un prado que pod�a segar todos los a�os tan a fondo como

quisiera. Tuvo tambi�n su hombre de Saint-Jean d�ngeli y se condujo harto

bien en el negocio de Odet (RC).

382 �Qu� diferencia! No hay ni un soldado m�o que no crea poder vencer por s�

solo (RI).

383 En una grand�sima parte (G).

384 Lo es, porque le he dado otras mucho me (RI).

385 Todav�a en este siglo de tantas luces... (E).

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71

se advierte que la principal estrib� en empezar a tomar a sueldo a los

godos, pues desde entonces las fuerzas del imperio fueron debilit�ndose,

386 y toda la virtud que ellas perd�an la adquir�an los otros.

Concluyo, pues, que sin milicias propias no hay principado seguro;

387 m�s a�n: est� por completo en manos del azar, al carecer de

medios de defensa contra la adversidad. Que fue siempre opini�n y

creencia de los hombres prudentes �quod nihil zit tam infirmum aut

instabile, quam fama potentiae non sua vi nixa�.388 Y milicias propias

son las compuestas, o por s�bditos, o por ciudadanos, o por servidores

del pr�ncipe. Y no ser� dif�cil rodearse de ellas389 si se siguen los

ejemplos de los cuatro a quienes he citado, y se examina la forma en

que Filipo, padre de Alejandro Magno, y muchas rep�blicas y pr�ncipes

organizaron sus tropas. Conducta a la cual me remito por entero.

390

386 Lo mismo pens� la primera vez que le�, siendo ni�o la historia de esta

decadencia (G).

387 Las vuestras no son vuestras sino m�s (E).

388 "Que nada hay tan d�bil e instable como la fama de poder que no se apoya

en las propias fuerzas." T�cito: "Anales."

389 No para ellos. Por lo menos no tan pronto (E).

390 Est� bien, pero ese posible, todav�a mejor, referirse a m� (RC).

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CAPITULO XIV

DE LOS DEBERES DE UN PRINCIPE

PARA CON LA MILICIA

Un pr�ncipe no debe entonces tener otro objeto ni pensamiento ni

preocuparse de cosa alguna fuera del arte de la guerra y lo que a pues

es lo �nico que compete a quien manda. Y su virtud es tanta, que no

s�lo conserva en su puesto a los que han nacido pr�ncipes, sino que

muchas veces eleva a esta dignidad a hombres de condici�n modesta;

391 mientras que, por el contrario, ha hecho perder el Estado a pr�ncipes

que han pensado m�s en las diversiones que en las armas.392

Pues la raz�n principal de la p�rdida de un Estado se halla siempre en

el olvido de este arte, en tanto que la condici�n primera para adquirirlo

es la de ser experto en �l.

Francisco Sforza, por medio de las armas, lleg� a ser duque de

Mil�n, de simple ciudadano que era;393 y sus hijos, por escapar a las

incomodidades de las armas, de duques pasaron a ser simples ciudadanos.

394 Aparte de otros males que trae, el estar desarmado hace

despreciable,395 verg�enza que debe evitarse por lo que luego explicar�.

Porque entre uno armado y otro desarmado no hay comparaci�n

posible, y no es razonable que quien est� armado obedezca de buen

grado a quien no lo est�,396 y que el pr�ncipe desarmado se sienta

391 Dicen que voy a tomar la pluma para escribir mis "Memorias". �Yo escribir?

Me tomar�an por un bobo. Es ya mucho que mi hermano Luciano haga

versos. Entretenerse en tales puerilidades es renunciar a reinar (RI).

392 He demostrado lo uno y lo otro (RI).

393 Es indefectible (E).

394 �Y yo, pues! (E).

395 Como ellos bien pronto (E).

396 La espada y las charreteras solas no lo evitan si no hay algo m�s (RI).

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seguro entre servidores armados;397 porque, desde�oso uno y desconfiado

el otro, no es posible que marchen de acuerdo.398 Por todo ello

un pr�ncipe que, aparte de otras desgracias, no entienda de cosas militares,

no puede ser estimado por sus soldados ni puede confiar en

ellos.399

En consecuencia, un pr�ncipe jam�s debe dejar de ocuparse del

arte militar, y durante los tiempos de paz debe ejercitarse m�s que en

los de guerra; lo cual puede hacer de dos modos: con la acci�n y con el

estudio. En lo que ata�e a la acci�n, debe, adem�s de ejercitar y tener

bien organizadas sus tropas, dedicarse constantemente a la caza con el

doble objeto de acostumbrar el cuerpo a las fatigas y de conocer la

naturaleza de los terrenos, la altitud de las monta�as, la entrada de los

valles, la situaci�n de las llanuras, el curso de los r�os y la extensi�n

de los pantanos. En esto �ltimo pondr� much�sima seriedad,400 pues

tal estudio presta dos utilidades: primero, se aprende a conocer la

regi�n donde se vive y a defenderla mejor; despu�s, en virtud del conocimiento

pr�ctico de una comarca, se hace m�s f�cil el conocimiento

de otra donde sea necesario actuar, porque las colinas, los

valles, las llanuras, los r�os y los pantanos que hay, por ejemplo, en

Toscana, tienen cierta similitud con los de las otras provincias, de

manera que el conocimiento de los terrenos de una provincia sirve

para el de las otras.401 El pr�ncipe que carezca de esta pericia carece

de la primera cualidad que distingue a un capit�n, pues tal condici�n

es la que ense�a a dar con el enemigo, a tomar los alojamientos, a

conducir los ej�rcitos, a preparar un plan de batalla y a atacar con

ventaja.402

397 �No lo veis, pues? (E).

398 �Y creen estarlo! (E).

399 Maquiavelo, �qu� secreto les revelas! Pero no te leen ni leyeron jam�s (E).

400 Me he aprovechado de los consejos (R).

401 A��danse a esto buenas cartas topogr�ficas (G).

402 �Aprovech� bien tus consejos? (G)

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Filop�menes, pr�ncipe de los aqueos, ten�a, entre otros m�ritos

que los historiadores le concedieron, el de que en los tiempos de paz

no pensaba sino en las cosas que incumben a la guerra;403 y cuando

iba de paseo por la campa�a, a menudo se deten�a y discurr�a as� con

los amigos: �Si el enemigo estuviese en aquella colina y nosotros nos

encontr�semos aqu� con nuestro ej�rcito, �de qui�n ser�a la ventaja?

�C�mo podr�amos ir a su encuentro, conservando el orden? Si quisi�ramos

retirarnos, �c�mo deber�amos proceder? �Y c�mo los persiguir�amos,

si los que se retirasen fueran ellos?�.404 Y les propon�a,

mientras caminaba, todos los casos que pueden present�rsele a un

ej�rcito; escuchaba sus opiniones, emit�a la suya y la justificaba. Y

gracias a este continuo razonar, nunca, mientras gui� sus ej�rcitos,

pudo surgir accidente alguno para el que no tuviese remedio previsto.

405

En cuanto al ejercicio de la mente, el pr�ncipe debe estudiar la

historia,406 examinar las acciones de los hombres ilustres, ver como se

han conducido en la guerra analizar el por qu� de sus victorias y derrotas

para evitar �stas y tratar de lograr aqu�llas; y sobre todo hacer

lo que han hecho en el pasado algunos hombres egregios que, tomando

a los otros por modelos, ten�an siempre presentes sus hechos m�s

celebrados.407 Como se dice que Alejandro Magno hac�a con Aquiles,

C�sar con Alejandro, Escipi�n con Ciro. Quien lea la vida de Ciro,

escrita por Jenofonte, reconocer� en la vida de Excipi�n la gloria que

le report� el imitarlo, y como, en lo que se refiere a castidad, afabilidad,

clemencia y liberalidad, Escipi�n se ci�� por completo a lo que

403 En ella pienso, aun durmiendo... si, no obstante, duermo alguna vez (G).

404 �Cu�ntas veces he hecho lo mismo desde mi juventud (RI).

405 No se prev�n nunca todos, pero se halla de repente el remedio, por m�s

que cueste (G).

406 �Desgraciado el estadista que no la lee! (E).

407 �Por qu� no tomar m�s de uno, que pueda ser superior a todos los otros?

Carlomagno me ha complacido, pero C�sar, Atila, Tamerl�n, no son de despreciar

(G).

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Jenofonte escribi� de Ciro.408 Esta es la conducta que debe observar un

pr�ncipe prudente: no permanecer inactivo nunca en los tiempos de

paz, sino, por el contrario, hacer acopio de ense�anzas para valerse de

ellas en la adversidad, a fin de que, si la fortuna cambia, lo halle preparado

para resistirle.

408 Necia observaci�n (G).

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CAPITULO XV

DE AQUELLAS COSAS POR LAS CUALES LOS

HOMBRES ESPECIALMENTE LOS PRINCIPES,

SON ALABADOS O CENSURADOS

Queda ahora por analizar como debe comportarse un pr�ncipe en

el trato con s�bditos y amigos. Y porque s� que muchos han escrito

sobre el tema, me pregunto, al escribir ahora yo, si no ser� tachado de

presuntuoso, sobre todo al comprobar que en esta materia me aparto

de sus opiniones.409 Pero siendo mi prop�sito escribir cosa �til para

quien la entiende, me ha parecido m�s conveniente ir tras la verdad

efectiva de la cosa 410 que tras su apariencia.411 Porque muchos se han

imaginado como existentes de veras a rep�blicas y principados que

nunca han sido vistos ni conocidos;412 porque hay tanta diferencia

entre como se vive y como se deber�a vivir, que aquel que deja lo que

se hace por lo que deber�a hacerse marcha a su ruina en vez de beneficiarse;

pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesi�n de

bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son.413 Por lo

409 Primera advertencia que ha de hacerse para comprender bien a Maquiavelo

(RC).

410 En todos los casos, ver las cosas como ellas son (RC).

411 La imaginaci�n de Plat�n vale, en la pr�ctica, casi tanto como la de Juan

Jacobo (RC).

412 Con arreglo a ellos juzgan a los estadistas los vicionarios de moral y de

filosof�a (RC).

413 Si todos no son malos, los que lo son tienen tales recursos y actividad, que

hace como si todos lo fueran. Los m�s perversos son, a menudo, los que a tu

lado aparentan ser los mejores (RI).

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cual es necesario que todo pr�ncipe que quiera mantenerse aprenda a

no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad.414

Dejando, pues, a un lado las fantas�as, y preocup�ndonos s�lo de

las cosas reales, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos,

y en particular los pr�ncipes, por ocupar posiciones m�s elevadas, son

juzgados por algunas de estas cualidades que les valen o censura o

elogio. Uno es llamado pr�digo, otro taca�o (y empleo un t�rmino

toscano, porque �avaro�, en nuestra lengua, es tambi�n el que tiende a

enriquecerse por medio de la rapi�a, mientras que llamamos �taca�o�

al que se abstiene demasiado de gastar lo suyo); uno es considerado

dadivoso, otra rapaz; uno cruel, otro clemente; uno traidor, otro leal;

uno afeminado y pusil�nime, otro decidido y animoso; uno humano,

otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno

duro, otro d�bil; uno grave, otro fr�volo; uno religioso, otro incr�dulo,

y as� sucesivamente.415 S� que no habr�a nadie que no opinase que

ser�a cosa muy loable que, de entre todas las cualidades nombradas,

un pr�ncipe poseyese las que son consideradas buenas;416 pero como

no es posible poseer las todas, ni observarlas siempre, porque la naturaleza

humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa

evitar la verg�enza de aquellas que le significar�an la p�rdida del

Estado, y, si puede, aun de las que no se lo har�a perder,417 pero si no

puede no debe preocuparse gran cosa418 y mucho menos de incurrir en

la infamia de vicios sin los cuales dif�cilmente podr�a salvar el Estado,

porque si consideramos esto con frialdad, hallaremos que, a veces, lo

que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio s�lo acaba

por traer el bien estar y la seguridad.

414 Se dir� lo que se quiera. Lo esencial es mantenerse y conservar el buen

orden del Estado (RC).

415 Escoged si pod�is (RC).

416 S�, como Luis XVI. Pero tambi�n acaba uno perdiendo su reino y su cabeza

(RI).

417 Consejo de moralista (RI).

418 En cuanto a esto, me burlo del "qu� dir�n" (RI).

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CAPITULO XVI

DE LA PRODIGALIDAD Y DE LA AVARICIA

Empezando por las primeras de las cualidades nombradas, digo

que estar�a bien ser tenido por pr�digo. Sin embargo, la prodigalidad,

practicada de manera que se sepa que uno es pr�digo, perjudica; y por

otra, parte, si se la practica virtuosamente y tal como se la debe practicar,

la prodigalidad no ser� conocida419 y se creer� que existe el vicio

contrario. Pero como el que quiere conseguir fama de pr�digo entre

los hombres no puede pasar por alto ninguna clase de lujos, suceder�

siempre que un pr�ncipe as� acostumbrado a proceder consumir� en

tales obras todas sus riquezas y se ver� obligado, a la postre, si desea

conservar su reputaci�n, a imponer excesivos tributos, a ser riguroso

en el cobro y a hacer todas las cosas que hay que hacer para procurarse

dinero. Lo cual empezar� a tornarlo odioso a los ojos de sus s�bditos,

420 y nadie lo estimar�, ya que se habr� vuelto pobre. Y como con

su prodigalidad ha perjudicado a muchos y beneficiado a pocos, se

resentir� al primer inconveniente421 y peligrar� al menor riesgo.422 Y

si entonces advierte su falla y quiere cambiar de conducta, ser� tachado

de taca�o.423

Ya que un pr�ncipe no puede practicar p�blicamente esta virtud

sin que se perjudique, convendr�, si es sensato, que no se preocupe si

es tildado de taca�o; porque, con el tiempo, al ver que con su avaricia

le bastan las entradas para defenderse de quien le hace la guerra, y

419 Es tambi�n muy evang�lico. �De qu� servir�a ser liberal si no lo fuera uno

por inter�s y vanidad? (RC).

420 Esto me afecta algo, pero recuperare la estimaci�n con enga�osas haza�as

(RI).

421 Ir� en busca de dinero a todos los pa�ses del exterior (RI).

422 �Ave de mal ag�ero, habr�s mentido en esto! (RI).

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puede acometer nuevas empresas sin gravar al pueblo,424 ser� tenido

siempre por m�s pr�digo, pies practica la generosidad con todos

aquellos a quienes no quita, que son innumerables, y la avaricia con

todos aquellos a quienes no da, que son pocos.425

En nuestros tiempos s�lo hemos visto hacer grandes cosas a los

hombres considerados taca�os; los dem�s siempre han fracasado. El

papa Julio II, despu�s de servirse del nombre de pr�digo para llegar al

Pontificado,426 no se cuid�, a fin de poder hacer la guerra, d� conservar

semejante farria. El actual rey de Francia ha sostenido tantas guerras

sin imponer tributos extraordinarios a sus s�bditos porque, con su

extremada econom�a, provey� a los gastos superfluos.427 El actual rey

de Espa�a, si hubiera sido espl�ndido, no habr�a realizado ni vencido

en tantas empresas.428

En consecuencia, un pr�ncipe debe reparar poco -con tal de que

ello le permita defenderse, no robar a los s�bditos, no volverse pobre y

despreciable, no mostrarse expoliador- en incurrir en el vicio de taca�o;

porque �ste es uno de los vicios que hacen posible reinar.429 Y si

alguien dijese: �Gracias a su prodigalidad, C�sar lleg� al Imperio430 y

muchos otros, por haber sido y haberse ganado fama de pr�digos,

escalaron alt�simas posiciones�, contestar�a: �O ya eres pr�ncipe, o

est�s en camino de serlo; en el primer caso, la liberalidad es pernicio-

423 Yo apenas me inquietar�a por ello (RI).

424 �Animo apocado! (RI).

425 �Buen hombre! (RI).

426 La palabra liberal, tornada metaf�sicamente, me sirvi� casi lo mismo. Las

expresiones "ideas liberales", "modo de pensar liberal", que per lo menos no

arruinan y embelesan a todos los ide�logos, son, sin embargo, de mi invenci�n,

inventado por m� este talism�n, s�lo servir� a mi causa y abogar� siempre

por mi reinado, aun en poder de los que me destronaron (E).

427 Idea mezquina (RI).

428 Tonter�a (RI).

429 No es con �ste con quien yo m�s contar�a (RC).

430 Mis generales saben lo que les di antes y adonde tendr�a que llegar para

conferirles ducados y bastones de mariscal (RI).

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sa; en el segundo, necesaria.431 Y C�sar era uno de los que quer�an

llegar al principado de Roma; pero si despu�s de lograrlo hubiese

sobrevivido y no se hubiera moderado en los gastos, habr�a llevado el

imperio a la ruina�. Y si alguien replicase: �Ha habido muchos pr�ncipes,

reputados por liberal�simos, que hicieron grandes cosas con las

armas�,432 dir�a yo: �O el pr�ncipe gasta lo suyo y lo de los s�bditos, o

gasta lo ajeno; en el primer caso debe ser medido; en el otro, no debe

cuidarse del despilfarro.433 Porque el pr�ncipe que va con sus ej�rcitos

y que vive del bot�n, de los saqueos y de las contribuciones, necesita

de esa esplendidez a costa de los enemigos, ya que de otra manera los

soldados no lo segu�rian.434 Con aquello que no es del pr�ncipe ni de

sus s�bditos se puede ser extremadamente generoso, como lo fueron

Ciro, C�sar y Alejandro;435 porque el derrochar lo ajeno, antes concede

que quita reputaci�n;436 s�lo el gastar lo de uno perjudica. No hay

cosa que se consuma tanto a s� misma como la prodigalidad, pues

cuanto m�s se la practica m�s se pierde la facultad de practicarla; y se

vuelve el pr�ncipe pobre y despreciable437 o si quiere escapar de la

pobreza, expoliador y odioso.438 Y si hay algo que deba evitarse, es el

ser despreciado y odioso, y a ambas cosas conduce la prodigalidad.

Por lo tanto, es m�s prudente contentarse con el tilde de taca�o, que

implica una verg�enza sin odio, que, por ganar fama de pr�digo, incurrir

en el de expoliador, que implica una verg�enza con odio.439

431 Fui liberal en acciones y palabras. �A cu�ntos necios no se enga�a con el

falso oropel de las ideas liberales! (RC).

432 Vas a juzgarme (RC).

433 �Qui�n lo hizo mejor que yo? (RI).

434 He aqu� el secreto del permiso que di para los saqueos y pillajes. Les daba

cuanto pod�an tomar; de ah� su inmutable apego a mi persona (E).

435 Y yo (RI).

436 Que sirve para aumentar la otra (RI).

437 Cuando uno no sabe otros med�os para mantenerla (RI)

438 Esto casi no me inquieta (RI).

439 Poco me importa, en resumidas cuentas. Tendr� siempre el aprecio y el

amor de mis saldados..., de mis senadores, prefectos, etc. (RI).

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CAPITULO XVII

DE LA CRUELDAD Y LA CLEMENCIA; Y SI ES

MEJOR SER AMADO QUE TEMIDO, O SER

TEMIDO QUE AMADO

Paso a las otras cualidades ya citadas y declaro que todos los

pr�ncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles. Y,

sin embargo, deben cuidarse de emplear mal esta clemencia440 C�sar

Borgia era cruel, pese a lo cual fue su crueldad la que impuso el orden

en la Roma�a, la que logr� su uni�n y la que la volvi� a la paz y a la

fe.441 Que, si se examina bien, se ver� que Borgia fue mucho m�s

clemente que el pueblo florentino, que, para evitar ser tachado de

cruel, dej� destruir a Pistoya. Por lo tanto, un pr�ncipe no debe preocuparse

porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga

por objeto el mantener unidos y fieles a los s�bditos;442 porque con

pocos castigos ejemplares ser� m�s clemente que aquellos que, por

excesiva clemencia, dejan multiplicar los des�rdenes, causa de matanzas

y saqueos que perjudican a toda una poblaci�n, mientras que

las medidas extremas adoptadas por el pr�ncipe s�lo van en contra de

uno.443 Y es sobre todo un pr�ncipe nuevo el que no debe evitar los

440 Lo que siempre sucede, cuando uno llega a la gloria de la clemencia con

grandes pretensiones (E).

441 No ces�is de clamar que este Borgia era un monstruo de quien es menester

apartar la vista; no ces�is, a fin de que no aprendan de �l lo que podr�a desbaratar

mis planes (E).

442 Gu�rdate bien de dec�rselo. Por otra parte, no parecen dispuestos a comprenderte

(E).

443 Tengo necesidad de que todos est�n ofendidos, aunque m�s no sea que con

la impunidad de algunos (E).

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actos de crueldad,444 pues toda nueva dominaci�n trae consigo infinidad

de peligros. As� se explica que Virgilio445 ponga en boca de

Dido:

Res dura el regni novitai me talia cogunt

Mofiri, el late fines custode tueri

Sin embargo, debe ser cauto en el creer y el obrar, no tener miedo

de s� mismo446 y proceder con moderaci�n, prudencia y humanidad,

de modo que una excesiva confianza, no lo vuelva imprudente, y

una desconfianza exagerada, intolerable.447

Surge de esto una cuesti�n: si vale m�s ser amado que temido, o

temido que amado. 448"Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero

puesto que es dif�cil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro

que es m�s seguro ser temido que amado.449 Porque de la generalidad

de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores,

cobardes ante el peligro y �vidos de lucro.450 Mientras les

haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes,

su vida y sus hijos,451 pues -como antes expliqu�- ninguna necesidad

tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan. Y el

pr�ncipe que ha descansado por entero en su palabra452 va a la ruina al

no haber tomado otras providencias; porque las amistades que se ad-

444 Son nuevos, el Estado es nuevo para ellos y s�lo quieren ser clementes

(E).

445 Pero, dichosamente, no es Virgilio el poeta m�s gustado (E).

446 Es f�cil de decir (RC).

447 �Perfecto! �Sublime! (RC).

448 No es cuesti�n para m� (RC).

449 No necesito m�s que de uno (RC).

450 Los que dec�an que todos los hombres son buenos quer�an enga�ar a los

princ�pes (RC).

451 Cuenta con ello (E).

452 �Buen billete tiene La Ch�tre!

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quieren con el dinero y no con la altura y nobleza de almas453 son

amistades merecidas, pero de las cuales no se dispone, y llegada la

oportunidad no se las puede utilizar. Y los hombres tienen menos

cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga

terner;454 porque el amor es un v�nculo de gratitud que los hombres,

perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse;

pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca.455 No obstante

lo cual, el pr�ncipe debe hacerse temer de modo que, si no se

granjea el amor, evite el odio,456 pues no es imposible ser a la vez

temido y no odiado; y para ello bastar� que se abstenga de apoderarse

de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y s�bditos457 y que no

proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificaci�n conveniente

y motivo manifiesto;458 pero sobre todo abstenerse de los bienes

ajenos,459 porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la

p�rdida del patrimonio.460 Luego, nunca faltan excusas para despojar

a los dem�s de sus bienes,461 y el que empieza a vivir de la rapi�a

siempre encuentra pretextos para apoderarse de lo ajeno, y, por el

contrario, para quitar la vida, son m�s raros y desaparecen con m�s

rapidez.462

Pero cuando el pr�ncipe est� al frente de sus ej�rcitos y tiene que

gobernar a miles de soldados, es absolutamente necesario que no se

453 Pero es menester saber en qu� consiste ella en el pr�ncipe de un Estado

tan dificultoso (E).

454 Creen todo lo contrario (E).

455 Es preciso que �ste les castigue de continuo (RC).

456 Es muy embarazoso (RI).

457 Es tambi�n restrigir mucho las prerrogativas de los pr�ncipes (RI).

458 Cuando no los hay reales, los forja uno mismo. Para mis grandes providencias

gubernativas, tengo hombres m�s sabios que Gabriel Naud� (RC).

459 Es el �nico p�rfido chasco que su carta me ha dado (E).

460 Observaci�n profunda que se me hab�a escapado (E).

461 Esta facilidad para hallar pretextos es una de las ventajas de mi autoridad

(RC).

462 �Ignorante! No sab�a que uno los engendra (RC).

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preocupe si merece fama de cruel, porque sin esta fama jam�s podr�

tenerse ej�rcito alguno unido y dispuesto a la lucha.463 Entre las infinitas

cosas admirables de An�bal se cita la de que, aunque contaba con

un ej�rcito grand�simo, formado por hombres de todas las razas a los

que llev� a combatir en tierras extranjeras,464 jam�s surgi� discordia

alguna entre ellos ni contra el pr�ncipe, as� en la mala como en la buena

fortuna.465 Y esto no pod�a deberse sino a su crueldad inhumana,

que, unida a sus muchas otras virtudes, lo hac�a venerable y terrible en

el concepto de los soldados; que, sin aqu�lla, todas las dem�s no le

habr�an bastado para ganarse este respeto.466 Los historiadores poco

reflexivos admiran, por una parte, semejante orden, y, por la otra,

censuran su raz�n principal.467 Que si es verdad o no que las dem�s

virtudes no le habr�an bastado puede verse en Escipi�n -hombre de

condiciones poco comunes, no s�lo dentro de su �poca, sino dentro de

toda la historia de la humanidad-,468 cuyos ej�rcitos se rebelaron en

Espa�a. Lo cual se produjo por culpa de su excesiva clemencia, que

hab�a dado a sus soldados m�s licencia de la que a la disciplina militar

conven�a.469 Falta que Fabio M�ximo le reproch� en el Senado, llam�ndolo

corruptor de la milicia romana. Los logros, habiendo sido

ultrajados por un enviado de Escipi�n, no fueron desagraviados por

�ste ni la insolencia del primero fue castigada naciendo todo de aquel

su blando car�cter. Y a tal extremo, que alguien que lo quiso justificar

ante el Senado dijo que pertenec�a a la clase de hombres que saben

mejor no equivocarse que enmendar las equivocaciones ajenas.470 Este

463 Principi� con esto para hacer marchar a Italia el ej�rcito cuyo mando se

me confiri� en 1796 (G).

464 El m�o no presentaba menos elementos de discordia y rebeli�n cuando le

hice entrar en Italia (G).

465 Puede decirse otro tanto del m�o (G).

466 Indudable (G).

467 As� nos juzgamos siempre (G).

468 Admiraci�n muy necia (G).

469 S�lo debe uno dejarla cuando as� halla su beneficio (G).

470 Lo segundo vale m�s que lo primero (G).

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car�cter, con el tiempo habr�a acabado por empa�ar su fama y su

honor, a haber llegado Escipi�n al mando absoluto; pero como estaba

bajo las �rdenes del Senado, no s�lo qued� escondida esta mala cualidad

suya, sino que se convirti� en su gloria.471

Volviendo a la cuesti�n de ser amado o temido, concluyo que,

como el amor depende de la voluntad de los hombres y el temer de la

voluntad del pr�ncipe, un pr�ncipe prudente debe apoyarse en lo suyo472

y no en lo ajeno, pero, como he dicho, tratando siempre de evitar

el odio.473

471 �Extravagante gloria! (G).

472 Es lo m�s seguro, siempre (RC).

473 A no ser que cause mucho trabajo y estorbo (RC).

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CAPITULO XVIII

DE QUE MODO LOS PRINCIPES DEBEN

CUMPLIR SUS PROMESAS

Nadie deja de comprender cu�n digno de alabanza es el pr�ncipe

que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez;474

pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros

tiempos, que son precisamente los pr�ncipes que han hecho menos

caso de la fe jurada, envuelto a los dem�s con su astucia y re�do de los

que han confiado en su lealtad,475 los �nicos que han realizado grandes

empresas.476

Digamos primero que hay dos maneras de combatir: una, con las

leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda,

de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso

recurrir a la segunda.477 Un pr�ncipe debe saber entonces

comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos

escritores ense�aron a los pr�ncipes de un modo velado cuando dijeron

que Aquiles y muchos otros de los pr�ncipes antiguos fueron confiados

al centauro Quir�n para que los criara y educase.478 Lo cual significa

que, como el preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un pr�ncipe

debe saber emplear las cualidades de ambas naturalezas, y que una no

puede durar mucho tiempo sin la otra.

474 Maquiavelo, admirando hasta este punto la buena fe, franqueza y honradez,

ya no parece estadista(G).

475 Arte que puede ser perfecciondo todav�a (G). Los tontos est�n aqu� abajo

para nuestros gastos secretos (G).

476 Los grandes ejemplos le fuerzan a discurrir seg�n mi modo de dar otros

semejantes (G).

477 Es la mejor, considerando que uno s�lo trata con bestias (RC).

478 Explicaci�n que nadie supo dar antes de Maquiavelo (G).

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87

De manera que, ya que se ve obligado a comportarse como bestia,

conviene que el pr�ncipe se transforme en zorro y en le�n, porque

el le�n no sabe protegerse de las trampas ni el zorro protegerse de los

lobos.479 Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y le�n para

espantar a los lobos. Los que s�lo se sirven de las cualidades del le�n

demuestran poca experiencia.480 Por lo tanto, un pr�ncipe prudente no

debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra

de sus intereses y cuando haya desaparecido las razones que le

hicieron prometer.481 Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto

no ser�a bueno,482 pero como son perversos,483 y no la observar�an

contigo, tampoco t� debes observarla con ellos484 Nunca faltaron

a un pr�ncipe razones leg�timas para disfrazar la inobservancia. 485Se

podr�an citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y

promesas vueltos in�tiles por la infidelidad de los pr�ncipes.486 Que el

que mejor ha sabido ser zorro, �se ha triunfado. Pero hay que saber

disfrazarse bien y ser h�bil en fingir y en disimular.487 Les hombres

son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento,

que aquel que enga�a encontrar� siempre quien se deje enga�ar.

488

479 Todo esto es muy cierto en la aplicaci�n que le da Maquiavelo en la pol�tica

(G).

480 El modelo es admirable, sin embargo (G).

481 No hay otro partido que tomar (G).

482 P�blica retractaci�n de moralista (G).

483 Esto alcanza para no fiarse, pero no justifica a quienes son como el resto:

malvados y falsos. (Cristina de Suecia.)

484 Par pari refertur (G).

485 Tengo hombres ingeniosos para esto (RI).

486 En general hay all� m�s beneficio para los vasallos que esc�ndalo (RI).

487 Los m�s h�biles no son capaces de superarme. El papa dar� fe de ello

(RC).

488 Mientes atrevidamente; el mundo est� compuesto de necios. Entre la

multitud, esencialmente cr�dula, se contar�n poqu�simas gentes que duden, y

�stas no se atrever�n a declararlo (RC).

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88

No quiero callar uno de los ejemplos contempor�neos. Alejandro

VI nunca hizo ni pens� en otra cosa que en enga�ar a los hombres, y

siempre hall� oportunidad para hacerlo.489 jam�s hubo hombre que

prometiese con m�s desparpajo ni que hiciera tantos juramentos sin

cumplir ninguno; y, sin embargo, los enga�os siempre le salieron a

pedir de boca, porque conoc�a bien esta parte del mundo.490

No es preciso que un pr�ncipe posea todas las virtudes citadas,

pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atrever� a

decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el

aparentar tenerlas, �til.491 Est� bien mostrarse piadoso, fiel, humano,

recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente:492 pero se debe estar

dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. Y ha de sentirse

presente que un pr�ncipe, y sobre todo un pr�ncipe nuevo, no puede

observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son considerados

buenos, porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve

arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religi�n.

493 Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse

a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte

del bien mientras pueda,494 pero que, en caso de necesidad, no titubee

en entrar en el mal.

Por todo esto un pr�ncipe debe tener much�simo cuidado de que

no le brote nunca de los labios algo que no est� empapado de las cinco

virtudes citadas, y de que, al verlo y o�rlo, parezca la clemencia, la fe,

489 No faltan (RC).

490 �Hombre terrible! Si no honr� la tierra, por lo menos extendi� sus dominios,

y la Santa Sede le debe muchos favores. �Ha llegado la hora del contrapunto!

(RI).

491 Los necios que creyeron que este consejo era para todos no saben la enorme

diferencia que hay entre el pr�ncipe y los vasallos (RI).

492 En los tiempos que corren, vale mucho m�s parecer hombre honrado que

serio realmente (RI).

493 Suponiendo que tenga una (RC).

494 Maquiavelo es severo (RC).

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89

la rectitud y la religi�n misma,495 sobre todo esta �ltima.496 Pues los

hombres, en general, juzgan m�s con los ojos que con las manos porque

todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que parece ser,

mas pocos saben lo que eres;497 498y estos pocos no se atreven a oponerse

a la opini�n de la mayor�a, que se escuda detr�s de la majestad

del Estado.499 Y en las acciones de los hombres, y particularmente de

los pr�ncipes, donde no hay apelaci�n posible, se atiende a los resultados.

Trate, pues, un pr�ncipe de vencer y conservar el Estado, que los

medios siempre ser�n honorables y loados por todos; porque el vulgo

se deja enga�ar por las apariencias y por el �xitoo;500 y en el mundo

s�lo hay vulgo, ya que las minor�as no cuentan sino cuando las mayor�as

no tienen donde apoyarse.501 Un pr�ncipe de estos tiempos, a

quien no es oportuno nombrar, jam�s predica otra cosa que concordia

y buena fe; y es enemigo ac�rrimo de ambas, ya que, si las hubiese

observado, habr�a perdido m�s de una vez la fama y las tierras.

495 Es tambi�n mucho exigir. La cosa no es tan f�cil; se hace lo que se puede

(RC).

496 Bueno para su tiempo (RC).

497 No se puede aparentar mucho tiempo lo que no se es. (Cristina de Suecia.)

498 �Ah!, aun cuando lo comprendieran ellos... (RC).

499 Con esto cuento (RI).

500 Triunfad siempre, no importa como, y siempre tendr�is raz�n (RI).

501 �Fatal y mil veces fatal retirada de Mosc�! (E).

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CAPITULO XIX

DE QUE MODO DEBE EVITARSE SER

DESPRECIADO Y ODIADO

Como de entre las cualidades mencionadas ya habl� de las m�s

importantes, quiero ahora, bajo este t�tulo general, referirme brevemente

a las otras. Trate el pr�ncipe de huir de las cosas que lo hagan

odioso o despreciable,502 y una vez logrado, habr� cumplido con su

deber y no tendr� nada que temer de los otros vicios.503 Hace odioso,

sobre todo, como ya he dicho antes, el ser expoliador y el apoderarse

de los bienes y de las mujeres de los s�bditos, de todo lo cual convendr�

abstenerse.504 Porque la mayor�a de los hombres, mientras no se

ven privados de sus bienes y de su honor, viven contentos; y el pr�ncipe

queda libre para combatir la ambici�n de los menos, que puede

cortar f�cilmente505 y de mil maneras distintas. Hace despreciable el

ser considerado voluble, fr�volo, afeminado, pusil�nime e irresoluto,

defectos de los cuales debe alejarse como una nave de un escollo, e

ingeniarse para que en sus actos se reconozca grandeza, valent�a,

seriedad y fuerza.506 Y con respecto a los asuntos privados de los s�bditos,

debe procurar que sus fallas sean irrevocables507 y empe�arse en

502 No tengo que temer el menosprecio. Hice grandes cosas, y me admirar�n a

pesar suyo. En cuanto al odio, le pondr� vigorosos contrapesos (RC).

503 Esto me es necesario (RC).

504 Modus est in rebus (PC).

505 No con tanta facilidad (RI).

506 �Ingeniarse? �Imposible! Cuando no se ha empezado as� (E).

507 Esencial para quitar toda esperanza de perd�n a los conspiradores, sin lo

cual perecer�s (RC).

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adquirir tal autoridad que nadie piense en enga�arlo ni en envolverlo

con intrigas.508

El pr�ncipe que conquista semejante autoridad es siempre respetado,

pues dif�cilmente se conspira contra quien, por ser respetado, tiene

necesariamente que ser bueno y querido por los suyos.509 Y un pr�ncipe

debe temer dos cosas: en el interior, que se le subleven los s�bditos;

en el exterior, que lo ataquen las potencias extranjeras. De �stas se

defender� con buenas armas y buenas alianzas, y siempre tendr� buenas

alianzas el que tenga buenas armas,510 as� como siempre en el

interior estar�n seguras cosas cuando lo est�n en el exterior, a menos

que no hubiesen sido previamente perturbadas por una conspiraci�n.

511 Y aun cuando los enemigos de afuera amenazasen, si ha vivido

como he aconsejado y no pierde la presencia de esp�ritu, resistir�

todos los ataques, como he contado que hizo el espartano Nabis. En lo

que se refiere a los s�bditos, y a pesar de que no exista amenaza extranjera

alguna, ha de cuidar que no conspiren secretamente; pero de

este peligro puede asegurarse evitando que lo odien o lo desprecien y,

como ya antes he repetido, empe��ndose por todos los medios en tener

satisfecho al pueblo.512 Porque el no ser odiado por el pueblo es uno de

los remedios m�s eficaces de que dispone un pr�ncipe contra las conjuraciones.

El conspirador siempre cree que el pueblo quedar� contento

con la muerte del pr�ncipe513 y jam�s, si sospecha que se producir� el

efecto contrario, se decide a tomar semejante partido, pues son infinitos

los peligros que corre el que conspira.514 La experiencia nos demuestra

que hubo much�simas conspiraciones y que muy pocas

508 Se tiene mucho m�s que el pensamiento: se tiene la esperanza y la facilidad,

con la certeza del triunfo (E).

509 Hay siempre valentones que no lo estiman (E).

510 He dado admirables pruebas de esto, y mi casamiento es la m�s alta

expresi�n (RI).

511 Destruir las que se presentaron (RI).

512 Tonter�a (RI).

513 No se relaciona conmigo (RC).

514 Me tranquilizas (RC).

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92

tuvieron �xito. Porque el que conspira no puede obrar solo ni buscar la

complicidad de los que no cree descontentos;515 y no hay descontento

que no se regocije en cuanto le hayas confesado tus prop�sitos,516

porque de la revelaci�n de tu secreto puede esperar toda clase de beneficios;

y es preciso que sea muy amigo tuyo o enconado enemigo del

pr�ncipe para que, al hallar en una parte ganancias seguras y en la

otra dudosas y llenas de peligro,517 te sea leal. Y para reducir el problema

a sus �ltimos t�rminos, declaro que de parte del conspirador

s�lo hay recelos sospechas y temor al castigo, mientras que el pr�ncipe

cuenta con la majestad del principado, con las leyes y con la ayuda de

los amigos518 de tal manera que, si se ha granjeado la simpat�a popular,

es imposible que haya alguien que sea tan temerario como para

conspirar.519 Pues si un conspirador est� por lo com�n rodeado de

peligros antes de consumar el hecho, lo estar� a�n m�s despu�s de

ejecutado520 porque no encontrar� amparo en ninguna parte.

Sobre este particular podr�an citarse innumerables ejemplos;521

pero me dar� por satisfecho con mencionar uno que pertenece a la

�poca de nuestros padres. Micer An�bal Bentivoglio, abuelo del actual

micer An�bal, que era pr�ncipe de Bolonia, fue asesinado por los Canneschi,

que se hab�an conjurado contra �l, no quedando de los suyos

m�s que micer Juan, que era una criatura. Inmediatamente despu�s de

semejante crimen se sublev� el pueblo y extermin� a todos los Conneschi.

Esto nace de la simpat�a popular que la casa de los Bentivoglio

ten�a en aquellos tiempos, y que fue tan grande que, no quedando de

ella nadie en Bolonia que pudiese, muerto An�bal, regir el Estado, y

515 Se le echa un hermano falso y luego se dice que el resultado es obra de la

Providencia (RC).

516 En especial si le he comprado antes (RC).

517 Puede contar con una buena gratificaci�n (RC).

518 Todo que temer, por una parte, y todo que ganar, por otra (RC).

519 Quedan siempre, por cierto, bastantes �mulos, �pero los celadores! (RI).

520 �El pueblo! �No es ingrato y no se pone siempre del lado del que triunfa,

en especial cuando �ste le deslumbra? (RI).

521 El afeminado esp�ritu de nuestra edad no permite que se renueven (RC).

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habiendo indicios de que en Florencia exist�a un descendiente de los

Bentivoglio, que se consideraba hasta entonces hijo de un cerrajero,

vinieron los bolo�eses en su busca a Florencia y le entregaron el gobierno

de aquella ciudad, la que fue gobernada por �l hasta que micer

Juan hubo llegado a una edad adecuada para asumir el mando.522

Llego, pues, a la conclusi�n de que un pr�ncipe, cuando es apreciado

por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones;523

pero que debe temer todo y a todos cuando lo tiene por encinigo y es

aborrecido por �l.524 Los Estados bien organizados y los pr�ncipes

sabios siempre han procurado no exasperar a los nobles525 y, a la vez,

tener satisfecho y contento al pueblo.526 Es �ste uno de los puntos a

que m�s debe atender un pr�ncipe.

En la actualidad, entre los reinos bien organizados, cabe nombrar

el de Francia, que cuenta con muchas instituciones buenas que

est�n al servicio de la libertad y de la seguridad del rey, de las cuales

la primera es el Parlamento.527 Como el que organiz� este reino conoc�a,

por una parte, la ambici�n y la violencia de los poderosos y la

necesidad de tenerlos como de una brida para corregirlos, y, por otra,

el odio a los nobles que el temor hac�a nacer en el pueblo -temor que

hab�a que hacer desaparecer, dispuso que no fuese cuidado exclusivo

del rey esa tarea, para evitarle los inconvenientes que tendr�a con los

nobles si favorec�a al pueblo y los que tendr�a con el pueblo si favorec�a

a los nobles. Cre� entonces un tercer poder que, sin responsabili-

522 �Si fueran capaces de ir a hacer una cosa semejante en Viena, ya que no lo

han sido de venirme a buscar camus et non! (E).

523 Maquiavelo olvida aqu� que ha dicho que los hombres eran malos (RI).

524 El sue�o huye lejos de m� (RI).

525 Pero los grandes que me vi obligado a hacer se ponen furiosos en cuanto

ceso un instante de colmarlos de bienes (RI).

526 No puede aquietar a estos ambiciosos m�s que descontentando al pueblo

(RI).

527 Llevas raz�n en admirarte de esto: pero era menester destruirlo para conseguir

la destrucci�n del trono de los Borbones, sin lo cual; en resumidas

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dades para el rey, castigase a los nobles y beneficiase al pueblo.528 No

pod�a tomarse medida mejor ni m�s juiciosa, ni que tanto proveyese a

la seguridad del rey y del reino. De donde puede extraerse esta consecuencia

digna de menci�n: que los pr�ncipes deben encomendar a los

dem�s las tareas gravosas y reservarse las agradables.529 Y vuelvo a

repetir que un pr�ncipe debe estimar a los nobles, pero sin hacerse

odiar por el pueblo.

Acaso podr� parecer a muchos que el ejemplo de la vida y

muerte de ciertos emperadores romanos contradice mis opiniones,

porque hubo quienes, a pesar de haberse conducido siempre virtuosamente

y de poseer grandes cualidades, perdieron el imperio o, peor

a�n, fueron asesinados por sus mismos s�bditos, conjurados en su

contra. Para contestar a estas objeciones examinar� el comportamiento

de algunos emperadores y demostrar� que las causas de su ruina no

difieren de las que he expuesto, y mientras tanto, recordar� los hechos

m�s salientes de la historia de aquellos tiempos.530 Me limitar� a tomar

a los emperadores que se sucedieron desde Marco el Fil�sofo

hasta Maximino: Marco, su hijo C�modo, Pertinax, Juliano, Severo,

su hijo Antonino Caracalia, Macrino, Heliog�balo, Alejandro y Maximino.

Pero antes conviene hacer notar que, mientras los pr�ncipes

de hoy s�lo tienen que luchar contra la ambici�n de los nobles y la

violencia de los pueblos, los emperadores romanos ten�an que hacer

frente a una tercera dificultad: la codicia y la crueldad de sus soldados,

motivo de la ruina de muchos. Porque era dif�cil531 dejar a la vez satisfechos

a los soldados y al pueblo, pues en tanto que el pueblo amaba

cuentas, no hubiera podido erigirse el m�o. Har� el mismo estatuto lo antes

posible (RI).

528 �Admirable! (RI).

529 En el actual Estado se dirigen a �l todas las cosas que exigen rigor, y sus

ministros se reservan la concesi�n de todas las gracias. A las mil maravillas

(E).

530 Que s�lo se lee como una novela (RC).

531 Lo se bien (RI).

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la paz y a los pr�ncipes sosegados532 las tropas prefer�an a los pr�ncipes

belicosos, violentos, crueles y rapaces, y mucho m�s si lo eran

contra el pueblo, ya que as� duplicaban la ganancia y ten�an ocasi�n

de desahogar su codicia y su perversidad.533 Esto explica por qu� los

emperadores que carec�an de autoridad suficiente para contener a unos

y a otros534 siempre fracasaban; y explica tambi�n por qu� la mayor�a,

y sobre todo los que no sub�an al trono por herencia, una vez conocida

la imposibilidad de dejar satisfechas a ambas partes, se decid�an por

los soldados,535 sin importarles pisotear al pueblo. Era el partido l�gico:

536 cuando el pr�ncipe no puede evitar ser odiado por una de las dos

partes537 debe inclinarse hacia el grupo m�s numeroso, y cuando esto

no es posible, inclinarse hac�a el m�s fuerte.538 De ah� que los emperadores

-que al serlo por razones ajenas al derecho ten�an necesidad de

apoyos extraordinarios buscasen contentar a los soldados antes que al

pueblo; lo cual, sin embargo, pod�a resultarles ventajoso o no seg�n

qu� supiesen o no ganarse y conservar su respeto.539

Por tales motivos, Marco, Pertinax y Alejandro, a pesar de su vida

moderada, a pesar de ser amantes de la justicia, enemigos de la

crueldad, humanitarios y ben�volos,540 tuvieron todos, salvo Marco,

532 Mi posici�n es dif�cil. Y no es necesario imputarme ambici�n guerrera a

m�, sino a mis soldados y generales, que me la convierten en una primera

necesidad. Me matar�an si les dejara m�s de dos a�os sin presentarles el cebo

de una guerra (RI).

533 A ello me obl1,gan por los mismos motivos. Los soldados son iguales en

todas partes, cuando uno depende de ellos (RI).

534 He logrado hacer lo uno y lo otro, pero no es bastante todav�a (RI).

535 No conviene desentenderse de ello; todav�a estoy en el mismo caso, en

todos los aspectos (RI).

536 Esta es m� disculpa a los ojos de la posteridad (RI).

537 Es una gran verdad (RI).

538 Es siempre el ej�rcito, cuando es tan numeroso como el m�o (RI).

539 Hacerlo todo para esto; me veo forzado a ello (RI).

540 Virtudes intempestivas en este caso. Es digno de compasi�n el que no

sabe sustituir las virtudes pol�ticas de acuerdo con las circunstancias (RI).

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triste fin.541 Y Marco vivi� y muri� amado gracias a que lleg� al trono

por derecho de herencia, sin deb�rselo al pueblo ni a los soldados;542 y

a que, como estaba adornado de muchas virtudes que lo hac�an venerable,

tuvo siempre, mientras vivi�, sometidos a unos y a otros a su

voluntad, y nunca fue odiado ni despreciado.543 Pero Pertinax fue

hecho emperador contra el parecer de los soldados, que, acostumbrados

a vivir en la mayor licencia bajo C�modo, no pod�an tolerar la

vida virtuosa que aqu�l pretend�a imponerle;544 y por esto fue odiado.

545 Y como al odio se agreg� el desprecio que inspira a su vejez,546

pereci� en los comienzos mismos de su reinado.

Y aqu� se debe se�alar que el odio se gana tanto con las buenas

acciones como con las perversas, por cuyo motivo, como dije antes, un

pr�ncipe que quiere conservar el poder es a menudo forzado a no ser

buenoI, porque cuando aquel grupo, ya sea pueblo, soldados o nobles,

del que t� juzgas tener necesidad para mantenerte, est� corrompido, te

conviene seguir su capricho para satisfacerlo,547 pues entonces las

buenas acciones ser�an tus enemigas.548

Deteng�monos ahora en Alejandro, hombre de tanta bondad que,

entre los elogios que se le tributaron, figura el de que en catorce a�os

que rein� no hizo matar a nadie sin juicio previo; pero su fama de

persona d�bil549 y que se dejaba gobernar por su madre550 le acarre� el

desprecio de los soldados, que se sublevaron y lo mataron.

541 Esto deb�a ser, y yo lo hubiera previsto (RI).

542 Esta fortuna s�lo est� reservada a mi hijo (RI).

543 Si me fuera dado renacer para suceder a mi hijo, seria adorado (RI).

544 No pueden excusarse de ello (E).

545 Es inevitable (E).

546 Esto no me afecta (E).

547 Y ellos no saben dejar de serio (E).

548 Es por cierto, lo que quieren hacer, pero bastardean y desconocen la fuerza

de su partido (E).

549 Cuando uno es siempre bueno no puede evitar esta reputaci�n (E).

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Por el contrario, C�modo, Severo, Antonino Caracalla y Maximino

fueron ejemplos de crueldad y despotismo llevados al extremo.

Para congraciarse con los soldados, no ahorraron ultrajes al pueblo. Y

todos, a excepci�n de Severo, acabaron mal. Severo, aunque oprimi�

al pueblo, pudo reinar felizmente551 en m�rito al apoyo de los soldados

y a sus grandes cualidades, que lo hac�an tan admirable a los ojos del

pueblo y del ej�rcito que �ste quedaba reverente y satisfecho,552 y

aqu�l, atemorizado y estupefacto. Y como sus acciones fueron notables

para un pr�ncipe nuevo, quiero explicar brevemente lo bien que supo

proceder como zorro y como le�n, cuyas cualidades, como ya he dicho,

deben ser imitadas por todos los pr�ncipes.553

Enterado de que el emperador Juliano era un cobarde, Severo

convenci� al ej�rcito que estaba bajo su mando en Esclavonia de que

era necesario ir a Roma para vengar la muerte de Pertinax, a quien los

pretorianos hab�an asesinado.554 Y con este pretexto, sin dar a conocer

sus aspiraciones al imperio, condujo al ej�rcito contra Roma y estuvo

en Italia antes que se hubiese tenido noticia de su partida.555 Una vez

en Roma, dio muerte a Juliano;556 y el Senado, lleno de espanto, lo

eligi� emperador.557 Pero para adue�arse del Estado quedaban a�n a

Severo dos dificultades: la primera en Oriente, donde N�ger, jefe de

550 Es peor a�n cuando uno tiene la de serlo por ministros ineptos y que carecen

de estima (RI).

551 �Modelo sublime que no he cesado de contemplar! (RI).

552 El respeto y la admiraci�n hacen que se contengan como si lo estuvieran

(RI).

553 Y de lo que siempre estuve convencido (RI).

554 Quise imitar este rasgo en fructidor de 1797, cuando dec�a a mis soldados

de Italia que el cuerpo legislativo hab�a asesinado la libertad republicana en

Francia; pero no pude conducirlos all� ni ir yo. Errado el tiro entonces, no lo

fue luego (RI).

555 En esto ser� reconocida mi vuelta de Egipto (RI).

556 Mi Didio no era m�s que el Directorio, y bastaba disolverle para destruirle

(RI).

557 Se me nombr� jefe de todas las tropas reunidas en Par�s e Inmediaciones

y, por de pronto, �rbitro de ambos consejos (RI).

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los ej�rcitos asi�ticos, se hab�a hecho proclamar emperador; la segunda

en Occidente, donde se hallaba Albino, quien tambi�n ten�a pretensiones

al imperio.558 Y como juzgaba peligroso declararse a la vez

enemigo de los dos, resolvi� atacar a N�ger y enga�ar a Albino,559

para lo cual escribi� a �ste que, elegido emperador por el Senado,

quer�a compartir el trono con �l; le mand� el t�tulo de C�sar y, por

acuerdo del Senado, lo convirti� en su colega,560 distinci�n que Albino

acept� sin vacilar, Pero una vez que hubo vencido y muerto a N�ger, y

pacificadas las cosas en Oriente, volvi� a Roma y se quej� al Senado

de que Albino, olvid�ndose de los beneficios que le deb�a, hab�a tratado

vilmente de matarlo, por lo cual era preciso que castigara su ingratitud.

Fue entonces a buscarlo a las Galias y le quit� la vida y el

Estado.561

Quien examine, pues, detenidamente las acciones de Severo, ver�

que fue un feroz le�n562 y un zorro muy astuto, y advertir� que todos

lo temieron y respetaron y que el ej�rcito no lo odi�; y no se asombrar�

de que �l, pr�ncipe nuevo, haya podido ser amo de un imperio tan

vasto, porque su ilimitada autoridad563 lo protegi� siempre del odio

que sus depredaciones pod�an haber hecho nacer en el pueblo.

558 Mi Niger era simplemente Barr�s, y mi Albino no fue m�s que Sieyes. No

eran formidables. Cada uno de ellos no obraba por su propia cuenta, y yo

quer�a que se diferenciasen en sus prop�sitos, El primero deb�a querer el

restablecimiento del rey, el segundo, entronizar al elector de Brunswick. Pero

yo quer�a otra cosa, y S�ptimo, en mi lugar, no hubiera actuado mejor (RI).

559 Me bastaba con retirar a mi Niger y me era f�cil enga�ar a mi Albino (RI).

560 As� hice nombrar a Sieyes colega m�o en la comisi�n consular, y Roger-

Ducca, al que admit� tambi�n en ella, solo pod�a ser un contrapeso a mi

disposici�n (RI).

561 No me eran necesarias tan grandes maniobras para desembarazarme de

Sleyes. M�s zorro que �l, lo logr� f�cilmente en mi junta del 22 frimario, en

que yo mismo arregl� la Constituci�n que me hizo primer c�nsul y releg� a

los dos colegas a la jubilaci�n de mi Senado (RI).

562 No me censurar�n por no haberlo sido ni por asomo en esta coyuntura

(RI).

563 La m�a no puede ser mayor por ahora y la sostendr� (RI).

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Pero Antonino, su hijo, tambi�n fue hombre de cualidades que lo

hac�an admirable en el concepto del pueblo y grato en el de los soldados.

Var�n de genio guerrero, dur�simo a la fatiga, enemigo de la

molicie y de los placeres de la mesa, no pod�a menos de ser querido

por todos los soldados.564 Sin embargo, su ferocidad era tan grande e

inaudita que, despu�s de innumerables asesinatos aislados, extermin�

a gran parte del pueblo de Roma y a todo el de Alejandr�a. Por este

motivo se hizo odioso a todo el mundo,565 empez� a ser temido por los

mismos que lo rodeaban y a la postre fue muerto por un centuri�n en

presencia de todo el ej�rcito. Conviene notar al respecto que no est� en

manos de ning�n pr�ncipe evitar esta clase de atentados, producto de

la firme decisi�n de un hombre de car�cter, porque al que no le importa

morir no le asusta quitar la vida a otro; pero no los tema el pr�ncipe,

pues son rar�simos,566 y preoc�pese, en cambio, por no inferir

ofensas graves a nadie que est� junto a �l567 para el servicio del Estado.

Es lo que no hizo Antonino, ya que, a pesar de haber asesinado en

forma ignominiosa a un hermano del centuri�n, y de amenazar a �ste

diariamente con lo mismo lo conservaba en su guardia particular:

tranquilidad temeraria568 que ten�a que traerle la muerte, y se la trajo.

Pasemos a C�modo569 a quien, por ser hijo de Marco y haber recibido

el imperio, en herencia, f�cil le hubiera sido conservarlo, dado

que con s�lo seguir las huellas de su padre hubiese tenido satisfecho a

pueblo y ej�rcito. Pero fue un hombre cruel y brutal que, para desahogar

su ansia de rapi�a contra el pueblo, trat� de captarse la bene-

564 Aprovech� todas las oportunidades para adquirir su amor por este medio

(RI).

565 Poco h�bil (RI).

566 No suceden nunca, cuando el pr�ncipe impone respeto con una grande y

genial entereza (RI).

567 Cuando uno los ha ofendido, es indispensable apartarlos, trasladarlos,

desterrarlo, honrosamente o no (RI).

568 Necio, est�pido, embrutecido (RI).

569 Da l�stima. No es digno de que yo detenga un solo instante mis miradas

en �l (RI).

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volencia de las tropas permiti�ndoles toda clase de licencias; por otra

parte, olvidado de la d1,gnidad que invest�a, baj� muchas veces a la

arena para combatir con los gladiadores y cometi� vilezas incompatibles

con la majestad imperial, con lo cual se acarre� el desprecio de

los soldados. De modo que, odiado por un grupo y aborrecido por el

otro, fue asesinado a consecuencia de una conspiraci�n.570

Nos quedan por examinar las cualidades de Maximino. Fastidiadas

las tropas por la inactividad de Alejandro, de quien ya he hablado,

elevaron al imperio, una vez muerto �ste, a Maximino, hombre de

esp�ritu extraordinariamente belicoso, que no se conserv� en el poder

mucho tiempo porque hubo dos cosas que lo hicieron odioso y despreciable:

571 la primera, su baja condici�n572 pues nadie ignoraba que

hab�a sido pastor en Tracia, y esto produc�a universal disgusto; la otra,

su fama de sanguinario; hab�a diferido su marcha a Roma para tomar

posesi�n del mando, y, en el intervalo, hab�a cometido, en Roma y en

todas partes del imperio, por intermedio de sus prefectos, un sinf�n de

depredaciones.573 Menospreciado por la bajeza de su origen y odiado

por el temor a su ferocidad, era natural que todo el mundo se sintiese

inquieto y, en consecuencia, que el Africa se rebelase y que el Senado

y luego el pueblo de Roma y toda Italia conspirasen contra �l. Su propio

ej�rcito, mientras sitiaba a Aquilea sin poder tomarla, cansado de

sus crueldades y temi�ndolo menos al verlo rodeado de tantos enemigos,

se pleg� al movimiento y lo mat�.574

No quiero referirme a Heliog�balo, Macrino y Juliano, que, por

ser harto despreciables, tuvieron pronto fin, y atender� a las conclusiones

de este discurso. Los pr�ncipes actuales no se encuentran ante

la dificultad de tener que satisfacer en forma desmedida a los solda-

570 Era justo. No es posible ser m�s indigno para reinar (RI).

571 El ser despreciado es el peor de los males (RI).

572 Hay siempre medios para encubrir esto (RI).

573 �Por qu� no las desaprobaba luego mandando castigarlos? (RI).

574 Es digno de esto quien deja llegar las cosas a tal extremo (RI).

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101

dos.575 pues aunque haya que tratarlos con consideraci�n, el caso es

menos grave, dado que estos pr�ncipes no tienen ej�rcitos propios,

vinculados estrechamente con los gobiernos y las administraciones

provinciales,576 como estaban los ej�rcitos del Imperio Romano. Y si

entonces hab�a que inclinarse a satisfacer a los soldados antes que al

pueblo, se explica, porque los soldados eran m�s poderosos que el

pueblo, mientras que ahora todos los pr�ncipes, salvo el Turco y el

Sult�n, tienen que satisfacer antes al pueblo que a los soldados, porque

aqu�l puede m�s que �stos.577 Except�o al Turco, que, por estar siempre

rodeado por doce mil infantes y quince mil jinetes, de los cuales

dependen la seguridad y la fuerza del reino,578 necesita posponer toda

otra preocupaci�n a la de conservar la amistad de las tropas.579 Del

mismo modo, conviene que el Sult�n, cuyo reino est� por completo en

manos del ej�rcito, conserve las simpat�as de �ste, sin tener consideraciones

para con el pueblo.580 Y advi�rtase que este Estado del

Sult�n es muy distinto de todos los principados y s�lo parecido al

pontificado cristiano, al que no puede llam�rsele principado hereditario

ni principado nuevo,581 porque no son los hijos de! pr�ncipe viejo

los herederos y futuros pr�ncipes, sino el elegido para ese puesto por

los que tienen autoridad.582 Y como se trata de una instituci�n antigua,

no le corresponde el nombre de principado nuevo, aparte de que

575 No me causa dificultades, en efecto (RI).

576 Cambiar a menudo las guarniciones (RI).

577 Mi inter�s quiere que se mantenga entre unos y otros un cierto equilibrio,

sin mayor inclinaci�n ni de un lado ni de otro (RC).

578 Mi guardia imperial puede, en caso necesario, hacer las veces de gen�zaros

(RI).

579 Debo hacer otro tanto (RI).

580 Consideraciones o no, es preciso tener una fuerte guardia, con la que uno

puede contar, aun cuando haya desertores entre las otras, que se hallan todav�a

muy apegadas al pueblo (RI).

581 La comparaci�n es curiosa, atrevida, pero verdadera a los ojos de todo

meditador pol�tico (RI).

582 Los cardenales crean, efectivamente, el gobierno temporal de Roma, como

los magnates de Egipto creaban su sult�n (RI).

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no se encuentran en �l los obst�culos que existen en los nuevos, pues

si bien el pr�ncipe es nuevo, la constituci�n del Estado es antigua y el

gobernante recibido como quien lo es por derecho hereditario.583

Pero volvamos a nuestro asunto. Cualquiera que meditase este

discurso hallar�a que la causa de la ruina de los emperadores citados

ha sido el odio o el desprecio, y descubrir�a a qu� se debe que, mientras

parte de ellos procedieron de un modo y parte de otro, en ambos

modos hubo dichosos y desgraciados. Pertinax y Alejandro fracasaron

porque, siendo pr�ncipes nuevos, quisieron imitar a Marco, que hab�a

llegado al imperio por derecho de sucesi�n;584 y lo mismo le sucedi� a

Caracalla, C�modo y Maximino al intentar seguir las huellas de Severo

cuando carec�an de sus cualidades. Se concluye de esto que un

pr�ncipe nuevo en un principado nuevo no puede imitar la conducta de

Marco ni tampoco seguir los pasos de Severo585 sino que debe tomar

de �ste las cualidades necesarias para fundar un Estado, y, una vez

establecido y firme, las cualidades de aqu�l que mejor tiendan a conservarlo.

586

583 Serio as� es lo mejor de la rueda de la fortuna (RI).

584 Hay algo bueno en cada uno de estos modelos; es menester saber elegir.

Unicamente los tontos pueden atenerse a uno solo e imitarlo en todo (RI).

585 �Qui�n ser� capaz de seguir los m�os? (RI).

586 Conclusi�n perfecta; pero todav�a no puedo desistir de los procedimientos

de Severo (RI).

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CAPITULO XX

SI LAS FORTALEZAS, Y MUCHAS OTRAS COSAS

QUE LOS PRINCIPES HACEN CON FRECUENCIA

SON UTILES O NO

Hubo pr�ncipes que, para conservar sin inquietudes el Estado,

desarmaron a sus s�bditos; pr�ncipes que dividieron los territorios

conquistados; pr�ncipes que favorecieron a sus mismos enemigos;

pr�ncipes que se esforzaron por atraerse a aquellos que les inspiraban

recelos al comienzo de su gobierno; pr�ncipes, en fin, que construyeron

fortalezas, y pr�ncipes que las arrasaron.587 Y aunque sobre

todas estas cosas no se pueda dictar sentencia sin conocer las caracter�sticas

del Estado donde habr�a de tomarse semejante resoluci�n,

hablar�, sin embargo, del modo m�s amplio que la materia permita.588

Nunca sucedi� que un pr�ncipe nuevo desarmase a sus s�bditos;

por el contrario, los arm� cada vez que los encontr� desarmados.589

De este modo, las armas del pueblo se convirtieron en las del pr�ncipe,

los que recelaban se hicieron fieles, los fieles continuaron si�ndolo y

los s�bditos se hicieron partidarios. Pero como no es posible armar a

todos los s�bditos, resultan favorecidos aquellos a quienes el pr�ncipe

587 Un mismo pr�ncipe puede verse obligado a hacer todo esto en el transcurso

de su reinado, seg�n la �poca y las circunstancias (RI).

588 Habla, y me encargo de las consecuencias pr�cticas (RI).

589 As� obraron los h�biles protectores de la Revoluci�n. Erigi�ndose en

pr�ncipes de Francia, transformaron los Estados Generales mediante una

asamblea nacional y armaron de inmediato a todo el pueblo, para formar un

ej�rcito nacional en provecho suyo. �Por qu� conservan la guardias urbanas y

comunales este t�tulo de nacionales que no les conviene hoy en d�a? �Guarda,

acaso, cada una de ellas a la naci�n entera? Es menester que lo pierdan, pero

gradualmente. No son ni deben ser m�s que guardias urbanas o provinciales:

as� lo exigen el buen orden y el sano juicio (RI).

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arma, y se puede vivir m�s tranquilo con respecto a los dem�s,590 por

esta distinci�n, de que reconocen deudores al pr�ncipe, los primeros se

consideran m�s obligados a �l, y los otros lo disculpan comprendiendo

que es preciso que gocen de m�s beneficios los que tienen m�s deberes

y se exponen a m�s peligros. Pero cuando se los desarma, se empieza

a ofenderlo, puesto que se les demuestra que, por cobard�a o desconfianza,

se tiene poca fe en su lealtad591; y cualquiera de estas dos opiniones

engendra odio contra el pr�ncipe. Y como el pr�ncipe no puede

quedar desarmado, es forzoso que recurra a las milicias mercenarias,

de cuyos defectos ya he hablado;592 pero aun cuando s�lo tuviesen

virtudes, no pueden ser tantas como para defenderlo de los enemigos

poderosos y de los s�bditos descontentos.593 Por eso, como he dicho,

un pr�ncipe nuevo en un principado nuevo no ha dejado nunca de

organizar su ej�rcito,594 seg�n lo prueben los ejemplos de que est�

llena la historia. Ahora bien: cuando un pr�ncipe adquiere un Estado

nuevo que a�ade al que ya pose�a, entonces s� que conviene que desarme

a sus nuevos s�bditos, excepci�n hecha de aquellos que se declararon

partidarios suyos durante la conquista;595 y aun a �stos, con el

transcurso del tiempo y aprovechando las ocasiones que se le brinden,

es preciso debilitarlos y reducirlos a la inactividad596 y arreglarse de

590 Los grandes forjadores de la Revoluci�n Francesa quer�an armar, realmente,

s�lo al pueblo. Los pocos nobles a quienes dejaron introducirse en su

guardia nacional no los espantaban. Sab�an muy bien que no tardar�an en

echarlos y teni�ndose el pueblo por el �nico favorecido, fue s�lo de ellos (RI).

591 �C�mo saldr�n de este dificil paso habiendo muchas guardias nacionales

que no les responden? (E).

592 No los hay ya de esta especie (E).

593 Dudo de que los aliados que est�n en Francia puedan impedir esto, y, por

otra parte, saldr�n muy pronto (E).

594 Imposible para ellos en este momento, y ser�a urgente. Pero conservan la

m�a, para la que soy todo (E).

595 Puse atenci�n en esto en Italia (RC).

596 Con gusto los vi fastidiarse del servicio, y estaba convencido de que,

pasado el 1� de febrero, se cansar�an de e�l (RC).

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105

modo que el ej�rcito del Estado se componga de los soldados que

rodeaban al pr�ncipe en el Estado antiguo.597

Nuestros antepasados, y particularmente los que ten�an fama de

sabios, sol�an decir que para conservar a Pistoya bastaban las disensiones,

y para conservar a Pisa, las fortalezas; por tal motivo, y para

gobernarlas m�s f�cilmente, fomentaban la discordia en las tierras

sometidas, medida muy l�gica en una �poca en que las fuerzas de

Italia estaban equilibradas; pero no me parece que pueda darse hoy

por precepto, porque no creo que las divisiones traigan beneficio alguno;

598 al contrario, juzg� inevitable que las ciudades enemigas se pierdan

en cuanto el enemigo se aproxime, pues siempre el partido m�s

d�bil se unir� a las fuerzas externas, y el otro no podr� resistir.

Movidos por estas razones, seg�n creo, los venecianos fomentaban

en las ciudades conquistadas la creaci�n de g�elfos y gibelinos; y

aunque no los dejaban llegar al derramamiento de sangre, alimentaban,

sin embargo, estas discordias entre ellos, a fin de que, ocupados

en sus diferencias, no se uniesen contra el enemigo com�n.599 Pero,

como hemos visto, este proceder se volvi� en su contra, pues derrotados

en Vail�, uno de los partidos cobr� valor y les arrebat� todo el

Estado. Semejantes recursos inducen a sospechar la existencia de

alguna debilidad en el pr�ncipe600 porque un pr�ncipe fuerte jam�s

597 No poner, para guardar el pa�s conquistado, m�s que regimientos de cuyo

apego estoy seguro (RC).

598 No debe tomarse literalmente este raciocinio, porque en tiempos de Maquiavelo

los ciudadanos eran tambi�n soldados en caso de ataque a su ciudad.

No se cuenta ya hoy con los ciudadanos para el caso de defender una ciudad

atacada, sino con las buenas tropas que han sido colocadas en ella. Pienso,

pues, como los antiguos florentinos, que es bueno mantener partidos de cualquier

�ndole en las ciudades y provincias, para ocuparlas cuando son de naturaleza

turbulenta. Bien entendido que ninguno se dirija contra m� (RC).11

599 Estratagema que me result� acertada a menudo. Les echo, a veces, algunas

semillas de discordia particulares, cuando quiero distraerlos de ocuparse

en los negocios de Estado o cuando preparo en secreto alguna extraordinaria

medida de gobierno (RI).

600 Quiz� tambi�n, a veces, algo de prudencia y de arte (RI).

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tolerar� tales divisiones, que podr�n serle �tiles en tiempos de paz,

cuando, gracias a ellas, manejar� m�s f�cilmente a sus s�bditos,601

pero que mostrar�n su ineficacia en cuanto sobrevenga la guerra.

Indudablemente, los pr�ncipes son grandes cuando superan las

dificultades y la oposici�n que se les hace.602 Por esta raz�n, y sobre

todo cuando quiere hacer grande a un pr�ncipe nuevo, a quien le es

m�s necesario adquirir fama que a uno hereditario, la fortuna le suscita

enemigos y guerras en su contra para darle oportunidad de que las

supere y pueda, sirvi�ndose de la escala que los enemigos le han tra�do,

603 elevarse a mayor altura. Y hasta hay quienes afirman que un

pr�ncipe h�bil debe fomentar con astucia ciertas resistencias para que,

al aplastarlas, se acreciente su gloria.604

Los pr�ncipes, sobre todo los nuevos, han hallado m�s consecuencia

y m�s utilidad en aquellos que al principio de su gobierno les

eran sospechosos que en aquellos en quienes confiaban.605 Pandolfo

Petrucci, pr�ncipe de Siena, gobernaba su Estado m�s con los que le

hab�an sido sospechosos que con los otros. Pero de este punto no se

pueden extraer conclusiones generales porque var�an seg�n el caso.606

S�lo dir� esto: que los hombres que al principio de un reinado han

sido enemigos, si su car�cter es tal que para continuar la lucha necesitan

apoyo ajeno, el pr�ncipe podr� siempre y muy f�cilmente conquistarlos

a su causa;607 y lo servir�n con tanta m�s fidelidad cuanto

601 En tiempos de guerra es menester distraerlos de otro modo para contentarlos

(RI).

602 �Pod�an ser superadas m�s de lo que lo hice yo?(RI).

603 �Cu�ntas escalas me trajeron! Me aprovech� bien. (RI).

604 Maquiavelo debe estar contento del provecho que saqu� de este consejo

(RI).

605 Esto puede ser verdad para otros, pero casi no lo es para m� (RI).

606 Enhorabuena (RI).

607 Como gan� a ciertos nobles que, por ambici�n o median�a de fortuna,

necesitaban puestos, y a los emigrados, a las puertas de Francia

y restitu� a quienes volv� a abrir las puertas de Francia y restirtu� sus

bienes... (RI).

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que saben que les es preciso borrar con buenas obras la mala opini�n

en que se los ten�a;608 y as� el pr�ncipe saca de ellos m�s provecho que

ele los que, por serle demasiado fieles,609 descuidan sus obligaciones.

Y puesto que el tema lo exige, no dejar� de recordar al pr�ncipe

que adquiera un Estado nuevo mediante la ayuda de los ciudadanos

que examine bien el motivo que impuls� a �stos a favorecerlo, porque

si no se trata de afecto natural, sino de descontento anterior del Estado,

dif�cil y fatigosamente podr� conservar su amistad, pues tampoco

�l podr� contentarlos.610 Con los ejemplos que los hechos antiguos y

modernos proporcionan, med�tese serenamente en la raz�n de todo

esto, y se ver� que es m�s f�cil conquistar la amistad de los enemigos,

que lo son porque estaban satisfechos con el gobierno anterior,611 que

la de los que, por estar descontentos612 se hicieron amigos del nuevo

pr�ncipe y le ayudaron a conquistar el Estado.613

Los pr�ncipes, para conservarse ir�s seguramente en el poder,

acostumbraron construir fortalezas que fuesen rienda y freno para

quienes se atreviesen a obrar en su contra614 y refugio seguro para

ellos en caso de un ataque imprevisto.615 Alabo esta costumbre de los

608 �Qu� no hicieron conmigo con ese fin? (RI).

609 Es necesario saber turbar esa tranquilidad cuando se sospecha que aflojan;

y, aun cuando no hubiera motivos, para sospecharlo, algunos intempestivos

arranques surten siempre un buen efecto (RI).

610 Solo me quisieron para que los llenara de bienes y como son insaciables,

querr�an lo mismo a nuestro pr�ncipe que me sustituyera, a fin de verse colmados

tambi�n por �l. Su alma es el tonel de las Danaides, y su ambici�n, el

buitre de Prometeo (RI).

611 Tales como los realistas moderados (RI).

612 Por despecho de ambici�n (RI).

613 Reflexi�n muy profunda (RI).

614 As� fueron construidos la Bastilla, en el reinado de Carlos el Sabio, para

asegurarse de los parisienses, y el Castillo Trompeta, de Burdeos, en el de

Carlos VIII, para asegurarse de los bordeleses. No perdamos esto de vista

(RI).

615 En la primera. ocasi�n me har� una en las alturas de Montmartre, para

imponer respeto a los parisienses. �Pero no la tuve cuando ellos se entregaron

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antiguos. Pero rep�rese en que en estos tiempos se ha visto a Nicol�s

Vitelli arrasar dos fortalezas en Citt� di Castello para conservar la

plaza. Guido Ubaldo, duque de Urbino, al volver a sus Estados, de

donde lo arroj� C�sar Borgia, destruy� hasta los cimientos todas las

fortalezas de aquella provincia, convencido de que sin ellas ser�a m�s

dif�cil arrebatarle el Estado.616 Lo mismo hicieron los Bentivoglio al

volver a Bolonia. Por consiguiente, las fortalezas pueden ser �tiles o

no seg�n los casos, pues si en unas ocasiones favorecen, en otras perjudican.

Podr�a resolverse la cuesti�n de esta manera: el pr�ncipe que

teme m�s al pueblo que a los extranjeros debe construir fortalezas;617

pero el que teme m�s a los extranjeros que al pueblo debe pasarse sin

ellos. El castillo levantado por Francisco Sforza en Mil�n ha tra�do y

traer� m�s sinsabores a la casa Sforza que todas las revueltas que se

produzcan en el Estado. Pero, en definitiva, no hay mejor fortaleza

que el no ser odiado por el pueblo618 porque si el pueblo aborrece al

pr�ncipe, no lo salvar�n todas las fortalezas que posea619 pues nunca

faltan al pueblo, una vez que ha empu�ado las armas, extranjeros que

lo socorran.620

En nuestros tiempos no se ha visto que hayan favorecido a ning�n

pr�ncipe, salvo a la condesa de Forli, despu�s de la muerte del

conde Jer�nimo, su marido; porque gracias a ellas pudo escapar al

furor popular, esperar el socorro de Mil�n y recuperar el Estado.621

Pero entonces las circunstancias eran tales que los extranjeros no

cobardemente a los aliados! El Castillo Trompeta contendr� a los traidores del

Garona (E).

616 Destruir todas las de Italia, excepto las de Mantua y Alejandr�a, que fortificar�

todo lo m�s que pueda (G).

617 Cuando se teme a los unos tanto como a los otros, conviene tenerlas y en

tantos sitios como se teme (E).

618 Pero, si os aborrecen, os hacen a menudo m�s da�o que el bien que podr�an

haceros cien amigos (E).

619 No lo creo (E).

620 Entonces, como entonces. �Hoy ver�amos! (E).

621 Esto es, por cierto, bastante para la justificaci�n de las fortalezas (E).

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pod�an auxiliar al pueblo.622 Y despu�s su fortaleza, de nada le sirvi�,

cuando C�sar Borgia la asalt� y el pueblo se pleg� a �l por odio a la

condesa.623 Por lo tanto, mucho m�s seguro le hubiera sido, entonces y

siempre, no ser odiada por el pueblo que tener fortalezas.624

Consideradas, pues estas cosas, elogiar� tanto a quien construya

fortalezas como a quien no las construya, pero censurar� a todo el que,

confiando en las fortalezas, tenga en poco el ser odiado por el pueblo.

625

622 No ten�a un ej�rcito como el m�o (E).

623 Si no ten�a m�s que esto para defenderse, lo creo muy bien (E).

624 �No ser aborrecido por el pueblo? Vuelve siempre a esta pucriliclad. Las

fortalezas equivalen, sin duda, al amor del pueblo (E).

625 Puedes alabarme anticipadamente (E).

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CAPITULO XXI

COMO DEBE COMPORTARSE UN PRINCIPE

PARA SER ESTIMADO

Nada hace tan estimable a un pr�ncipe como las grandes empresas

y el ejemplo de raras virtudes.626 Prueba de ello es Fernando de

Arag�n, actual rey de Espa�a a quien casi puede llamarse pr�ncipe

nuevo,627 pues de rey sin importancia se ha convertido en el primer

monarca de la cristiandad.628 Sus obras, como puede comprobarlo

quien las examine, han sido todas grandes, y algunas extraordinarias.

629 En los comienzos de su reinado tom� por asalto a Granada,630

punto de partida de sus conquistas. Hizo la guerra cuando estaba en

paz con los vecinos, y, sabiendo que nadie se opondr�a, distrajo con

ella la atenci�n de los nobles de Castilla, que, pensando en esa guerra,

no pensaban en catribios pol�ticos, y por este medio adquiri� autoridad

y reputaci�n sobre ellos y sin ,que ellos se diesen cuenta.631 Con dinero

del pueblo y de la Iglesia pudo mantener sus ej�rcitos, a los que

templ� en aquella larga guerra y que tanto lo honraron despu�s.632

M�s tarde, para poder iniciar empresas de mayor envergadura, se

entreg�, sirvi�ndose siempre de la Iglesia, a una piadosa persecuci�n y

626 Con ellas me he elevado y �nicamente con ellas puedo sostenerme. Si no

hiciera otras nuevas que sobrepujaran a las anteriores, decaer�a (RI).

627 Los hay de muchas especies (E).

628 Llegar� a serlo (E).

629 No m�s que las m�as (RI).

630 Hacer otro tanto con Espa�a (RC).

631 Mis circunstancias se diferenciaban mucho de las suyas en mi empresa de

Espa�a, para que tuviera iguales triunfos. Por lo dem�s, me pod�a pasar sin

ellos (RI).

632 Fernando fue m�s feliz que yo o tuvo ocasiones m�s favorables. El hacer

obrar a mi hermano (�ah, qu� hermano!), no es como si yo mismo obrara?

(RI).

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111

despoj� y expuls� de su reino a los �marranos�.633 No puede haber

ejemplo m�s admirable y maravilloso. Con el mismo pretexto invadi�

el Africa, llev� a cabo la campa�a de Italia y �ltimamente atac� a

Francia, porque siempre medit� y realiz� haza�as extraordinarias que

provocaron el constante estupor de los s�bditos y mantuvieron su

pensamiento ocupado por entero en el �xito de sus aventuras.634 Y

estas acciones suyas nacieron de tal modo una tras otra635 que no dio

tiempo a los hombres para poder preparar con tranquilidad algo en su

perjuicio.636

Tambi�n concurre en beneficio del pr�ncipe el hallar medidas

sorprendentes en lo que se refiere a la administraci�n,637 como se

cuenta que las hallaba Bernab� de Mil�n. Y cuando cualquier s�bdito

hace algo notable, bueno o malo, en la vida civil, hay que descubrir un

modo de recompensarlo638 o castigarlo639 que d� amplio tema de conversaci�n

a la gente. Y, por encima de todo640 el pr�ncipe debe ingeniarse

por parecer grande e ilustre en cada uno de sus actos.

Asimismo se estima al pr�ncipe capaz de ser amigo o enemigo

franco, es decir, al que, sin temores de ninguna �ndole, sabe declararse

633 Mi devoci�n por el concordato no pudo autorizarme m�s que para echar a

los curas que me hab�an mostrado antes y que se mostraban todav�a reacios a

las promesas y juramentos. No los necesitaba sino d�ciles y bien jesu�ticos.

De cuando en cuando agraviar� a los "Padres de la fe". �Fesh los proteger�, y

ellos lo har�n papa! (RC).

634 El tener siempre embobados a mis pueblos, dandoles que hablar de continuo

sobre mis triunfos o mis proyectos engrandecidos por el genio de la ambici�n,

no puede menos que serme de gran utilidad (RC).

635 A ello me dediqu� especialmente en mis tratados de paz, haciendo insertar

siempre alguna cl�usula propia, para engendrar el pretexto de una nueva

guerra inmediata (RI).

636 Es tambi�n uno de mis fines en la r�pida sucesi�n de mis empresas (RI).

637 Pero conviene, por cierto, que estas cosas deslumbren con el fausto y que

no carezcan por completo de algunas apariencias de utilidad p�blica (RI).

638 La instituci�n de mis premios decenales (RI).

639 Ya no puede inventarse nada en este ramo (RI).

640 Te comprendo y me conformo con tus consejos (RI).

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abiertamente en favor de uno y en contra de otro641 El abrazar un

partido es siempre m�s conveniente que el permanecer neutral.642

Porque si dos vecinos poderosos se declaran la guerra, el pr�ncipe puede

encontrarse en uno de estos casos: que, por ser los adversarios

fuertes, tenga que temer a cualquiera de los dos que gane la guerra, o

que no;643 en uno o en otro caso siempre fe ser� m�s �til decidirse por

una de las partes y hacer la guerra.644 Pues, en el primer caso, si no se

define, ser� presa del vencedor.645 con placer y satisfacci�n del vencido;

646 y no hallar� compasi�n en aqu�l ni asilo en �ste, porque el que

vence no quiere amigos sospechosos y que no lo ayuden en la adversidad,

y el que pierde no puede ofrecer ayuda a quien no quiso empu�ar

las armas y arriesgarse en su favor.647

Ant�oco, llamado a Grecia por los etolios para arrojar de all� a

los romanos, mand� embajadores a los acayos, que eran amigos de los

romanos, para convencerlos de que permaneciesen neutrales. Los

romanos, por el contrario, les ped�an que tomaran las armas a su favor.

648 Se debati� el asunto en el consejo de los acayos, y cuando el

enviado de Ant�oco solicit� neutralidad, el representante romano replic�:

�Quod autem isti dicunt non interponendi vos bello, nihil magis

alienum rebus vestris est, sine gratia, sine dignitate, praemium victoris

erifis�.

641 Salvo el hacer luego al rev�s (RC).

642 Indicio de la mayor debilidad en armas y genio (RC).

643 Pase; no temo a ninguno en particular, y los tendr� divididos hasta que

pueda reunirlos conmigo (RC).

644 No hay otro (RI).

645 As� es como los neutrales de las alianzas anteriores fueron despojos m�os

(RI).

646 Disposiciones de que me aprovecho siempre a costa suya (RI).

647 Buena reflexi�n para otros en especia para quienes no tuvieron nunca

bastante sano juicio para hacerla (RI).

648 As� hare hablar a los pr�ncipes de Alemania, cuando se se trate de mi

famosa expedici�n a Rusia. Har� marchar a los otros sin esto (RI).

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113

Y siempre ver�s que aquel que no es tu amigo te exigir� la neutralidad,

y aquel que es amigo tuyo te exigir� que demuestres tus sentimientos

con las armas. Los pr�ncipes irresolutos, para evitar los

peligros presentes, siguen las m�s de las veces el camino de la neutralidad,

y las m�s de las veces fracasan.649 Pero cuando el pr�ncipe se

declara valientemente por una de las partes si triunfa aquella a la que

se une, aunque sea poderosa y �l quede a su discreci�n, estar�n unidos

por un v�nculo de reconocimiento y de afecto; y los hombres nunca

son tan malvados que, dando una prueba de tama�a ingratitud, lo

sojuzguen.650 Al margen de esto, las victorias nunca son tan decisivas

como para que el vencedor no tenga que guardar alg�n miramiento.

sobre todo con respecto a la justicia.651 Y si el aliado pierde, el pr�ncipe

ser� amparado, ayudado por �l en la medida de lo posible y se har�

compa�ero de una fortuna que puede resurgir.652 En el segundo caso,

cuando los que combaten entre s� no pueden inspirar ning�n temor,

mayor es la necesidad de definirse, pues no hacerlo significa la ruina

de uno de ellos, al que el pr�ncipe, si fuese prudente, deber�a salvar,653

porque si vence queda a su discreci�n654 y es imposible que con su

ayuda no venza.

Conviene advertir que un pr�ncipe nunca debe aliarse con otro

m�s poderoso para atacar a terceros, sino, de acuerdo con lo dicho,

cuando las circunstancias lo obligan,655 porque si venciera queda en su

649 Se mostraron d�biles, y por esto mismo pod�an considerarse perdidos (RI).

650 �Val�an, pues, los hombres de entonces m�s que los de ahora, en que

semejantes consideraciones ni cuadran ni se hacen? Nuestro siglo de luces

dilat� maravillosamente la esfera de la ciencia pol�tica (RI).

651 Cada uno la entiende a su modo (RI).

652 Bueno para los principillos (RI).

653 Rusia no vio esto cuando abandon� a Austria a mis armas. Ver� mejor

cuando se trate de obrar contra Rusia, Austria y Prusia, por m�s interesadas

que est�n en su conservaci�n, pueden dejarse por m� (RI).

654 Todas ellas llegar�n a esto (RI).

655 Ofrecer� tal cuando me convenga (RI).

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114

poder,656 y los pr�ncipes deben hacer lo posible por no quedar a disposici�n

de otros.657 Los venecianos, que, pudiendo abstenerse de intrevenir,

se aliaron con los franceses contra el duque de Mil�n, labraron

su propia ruina.658 Pero cuando no se puede evitar, como sucedi� a los

florentinos en oportunidad del ataque de los ej�rcitos del papa y de

Espa�a contra la Lombard�a, entonces, y por las mismas razones expuestas,

el pr�ncipe debe someterse a los acontecimientos. Y que no se

crea que los Estados pueden inclinarse siempre por partidos esguros;

659 por el contrario, pi�nsese que todos son dudosos; porque acontece

en el orden de las cosas que, cuando se quiere evitlir un inconveniente,

se incurre en otro.660 Pero la prudencia estriba en saber

conocer la naturaleza de los inconvenientes y aceptar el menos malo

por bueno.

El pr�ncipe tambi�n se mostrar� amante de la virtud y honrar� a

los que se distingan en las artes.661 Asimismo, dar� seguridades a los

ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones,

al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que

unos.no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se

las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los impuestos.662

Lejos de esto, instituir� premios para recompensar a quienes lo hagan

y a quienes traten, por cualquier medio, de engrandecer la ciudad o el

Estado.663 Todas las ciudades est�n divididas en gremios o corporaciones664

a los cuales conviene que el pr�ncipe conceda su atenci�n.

665 Re�nase de vez en vez con ellos666 y d� pruebas de sencillez y

656 Lo ser�n (RI).

657 No es necesario que puedan evitarlo (RI).

658 Mis�rrimo ejemplo (RC).

659 Puede contar uno con su suerte (RC).

660 Los hay siempre m�s numerosos o m�s graves de una parte de otra (RC).

661 Multplicas las apetnets de invenci�n (RC).

662 Los tributos no espantan nunca a la codicia mercantil (RC).

663 �Se multiplicaron alguna ves tanto como lo hice yo?

664 Es muy popular (RC).

665 Basta, por cierto, con mostrarse en las reuniones teatrales. (RC).

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generosidad, sin olvidarse, no obstante, de la dignidad que inviste, que

no debe faltarle en ninguna ocasi�n.

666 Es menester ser sobrio en ello (RC).

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116

CAPITULO XXII

DE LOS SECRETARIOS DEL PRINCIPE

No es punto carente de importancia la elecci�n de los ministros,

que ser� buena o mala la cordura del pr�ncipe.667 La primera opini�n

que se tiene del juicio de un pr�ncipe se funda en los hombres que lo

rodean668 si son capaces y fieles,669 podr� reput�rselo por sabio, pues

supo hallarlos capaces y mantenerlos fieles;670 pero cuando no lo son,

no podr� considerarse prudente a un pr�ncipe que el primer error que

comete lo comete en esta elecci�n.671

No hab�a nadie que, al saber que Antonio da Venafro era ministro

de Pandolfo Petrucci, pr�ncipe de Siena, no juzgase hombre muy

inteligente a Pandolfo, por tener por ministro a quien ten�a.672 Pues

hay tres clases de cerebros: el primero discierne por s�;673 el segundo

entiende lo que los otros disciernen674 y el tercero no discierne ni

entiende lo que los otros disciernen.675 El primero es excelente, el

667 Pero esta cordura debe acomodarse tambi�n a las circunstancias. Las hay

tales que el m�s difamado es el m�s recomendable (RP).

668 �Qu� habr�an pensado de m� si hubiera tomado por ministros y consejeres

a varios amigos declarados de los Borbones, condecorados con sus cruces de

San Luis y colmados de mercedes por aquel a quien yo sustitu�a y que aspiraba

a su lantarme? (RI).

669 Puede hallar todo esto en un individuo desacreditado mucho mejor que en

aquel cuya reputaci�n huele como b�lsamo (RC).

670 Aqu� est� la dificultad, y en ello hallar�s su ruina (E).

671 No sabe evitarlo el que no conoce a los hombres y deja dirigir por otro en

sus elecciones (E).

672 Ved sus elecciones y juzgad (E).

673 A esto me apego m�s (RC).

674 No falto a ello, pero siempre con visos de una gran superioridad intelectual

(RC)

675 Son unos est�pidos y animales. Maquiavelo olvid� los esp�ritus sistem�ticos

y encaprichados con sus sistemas (RC).

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117

segundo bueno y el tercero in�til.676 Era, pues, absolutamente indispensable

que, si Pandolfo no se hallaba en el primer caso, se hallase

en el segundo. Porque con tal que un pr�ncipe tenga el suficiente discernimiento

para darse cuenta de lo bueno o malo que hace y dice,

reconocer�, aunque de por s� no las descubra, cu�les son las obras

buenas y cu�les las malas de un ministro, y podr� corregir �stas y

elogiar las otras; y el ministro, que no podr� confiar en enga�arlo, se

conservar� honesto y fiel.

Para conocer a un ministro hay un modo que no falla nunca.

Cuando se ve que un ministro piensa m�s en �l que en uno y que en

todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro

que nunca ser� bueno y en quien el pr�ncipe nunca podr� confiar.677

Porque el que tiene en sus manos el Estado de otro jam�s debe pensar

en s� mismo, sino en el pr�ncipe,678 y no recordarle sino las cosas que

pertenezcan a �l.679 Por su parte, el pr�ncipe, para mantenerlo constante

en su fidelidad, debe pensar en el ministro. Debe honrarlo, enriquecerlo

y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no

puede estar sin �l, y que los muchos honores no le hagan desear m�s

honores, las muchas riquezas no le hagan ansiar m�s riquezas680 y los

muchos cargos le hagan temer los cambios pol�ticos.681 Cuando los

ministros, y los pr�ncipes con respecto a los ministros, proceden as�,

pueden confiar unos en otros;682 pero cuando procedan de otro modo,

676 Los cuartos se pierden creyendo con soberbia que hacen lo mejor (E).

677 Hacer todo cuanto sea posible para que no pueda pensar en sus intereses

sino ocup�ndose de los tuyos (RC).

678 No es posible: es muy severo. Pero, si piensa m�s en s� que en m�, lo

notar� al punto, y v�a, v�a (RC).

679 �C�mo saben encubrir sus intereses bajo los de m� reinado! (RI).

680 Cuando no son como los m�os, gentes que tienen tragada toda verg�enza,

queda m�s honradez en mi reino de Italia (RI).

681 �Trapaceros! Han aprendido ahora a hacerse importanles en todos los

gobiernos, aun en los m�s disparatados y opuestos (E).

682 Buenos para otros tiempos o para otros lugares distintos de Francia (RI).

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las consecuencias son perjudiciales tanto para unos como para

otros.683

683 �Qui�n hubiera cre�do que ser�a yo? Reparar� esto (E).

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119

CAPITULO XXIII

COMO HUIR DE LOS ADULADORES

No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en

que con facilidad caen los pr�ncipes si no son muy prudentes o no

saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas

las cortes.684 Porque los hombres se complacen tanto en sus propias

obras, y de tal modo se enga�an, que no atinan a defenderse de aquella

calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de

hacerse despreciables.685 Pues no hay otra manera de evitar la adulaci�n

que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la

verdad;686 y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad,687 faltan

al respeto. Por lo tanto, un pr�ncipe prudente debe preferir un tercer

modo: rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, �nicos a

los que dar� libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre

las cuales sean interrogados y s�lo en ellas.688 Pero debe interrogarlos

sobre todos los t�picos,689 escuchar sus opiniones con paciencia y

despu�s resolver por s� y a su albedr�o.690 Y con estos consejeros comportarse

de tal manera que nadie ignore que ser� tanto m�s estimado

cuanto m�s libremente hable. Fuera de ellos, no escuchar a ning�n

otro poner en seguida en pr�ctica lo resuelto y ser obstinado en su

684 Son necesarios. Un pr�ncipe necesita de su incienso; pero no debe dejarse

desvanecer. y esto es lo dif�cil (RI).

685 Si no me alabaran con ponderaci�n, el pueblo me tendr�a por inferior a un

hombre vuklgar (RI).

686 Consiento en ello, pero �querr�n dec�rmela? (RC).

687 Es ya demasiado el permitirlo a dos o tres (RC).

688 Prohibici�n a estos mismos, de abrir la boca si no son interrogados (RC).

689 Es mucho (RC).

690 No descuide esto, y me va bien (RI).

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120

cumplimiento.691 Quien no procede as� se pierde por culpa de los

aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.692

Quiero a este prop�sito citar un ejemplo moderno. Fray Lucas

[Rinaldi], embajador ante el actual emperador Maximiliano, dec�a,

hablando de Su Majestad, que no ped�a consejos a nadie y que, sin

embargo, nunca hac�a lo que quer�a.693 Y esto precisamente por proceder

en forma contraria a la aconsejada. Porque el emperador es un

hombre reservado que no comunica a nadie pensamientos ni pide

pareceres; pero como, al querer ponerlos en pr�ctica, empiezan a

conocerse y descubrirse, y los que lo rodean opinan en contra,694 f�cilmente

desiste de ellos.695 De donde resulta que lo que hace hoy lo

deshace ma�ana, que no se entiende nunca lo que desea o intenta

hacer y que no se puede confiar en sus determinaciones.696

Por este motivo, un pr�ncipe debe pedir consejo siempre, pero

cuando �l lo considere conveniente y no cuando lo consideren conveniente

los dem�s, por lo cual debe evitar que nadie emita pareceres

mientras no sea interrogado.697 Debe preguntar a menudo, escuchar

con paciencia la verdad acerca de las cosas sobre las cuales ha interrogado

y ofenderse cuando se entera de que alguien no se la ha dicho

691 Soy yo, por cierto (RI).

692 A�adase la fuerza de las actuales circunstancias que le hacen m�s

inevitables estos dos peligros, y le veis ya en aquel fin al que los aduladores

arrastran (E).

693 Tuvo buenos pensamientos, especialmente cuando quiso ser el colega y el

igual del papa, aun en materia de religi�n, y tom� con esta mira el t�tulo de

"pontifex maximus". Pero no ten�a mi entereza genial. Se content� con decir

que "si fuera Dios y tuveira dos hijos, el primero ser�a Dios y el segundo rey

de Francia". En cuanto a m�, omnipotente en Europa, har� que mi hijo, si

queda �nico, tenga por s� solo la soberan�a de la Santa Sede junto con la del

imperio (RI).

694 Desgraciado del que lo imaginara siquiera (RI).

695 Bella imaginaci�n en una cabeza d�bil (RI).

696 No somos realmente auxiliados m�s que cuando las gentes por quienes

queremos serlo saben que somos invariables (RI).

697 He sabido hacer perder por completo la voluntad de ello (RI).

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121

por temor.698 Se enga�an los que creen que un pr�ncipe es juzgado

sensato gracias a los buenos consejeros que tiene en derredor y no

gracias a sus propias cualidades.699 Porque �sta es una regla general

que no falla nunca: un pr�ncipe que no es sabio no puede ser bien

aconsejado y, por ende, no puede gobernar, a menos que se ponga bajo

la tutela de un hombre muy prudente que lo gu�e en todo.700 Y aun en

este caso, durar�a poco en el poder, pues el ministro no tardar�a en

despojarlo del Estado. Y si pide consejo a m�s de uno, los consejos

ser�n siempre distintos, y un pr�ncipe que no sea sabio701 no podr�

conciliarlos. Cada uno de los consejeros pensar� en lo suyo, y �l no

podr� saberlo ni corregirlo.702 Y es imposible hallar otra clase de

consejeros, porque los hombres se comportar�n siempre mal mientras

la necesidad no los obligue a lo contrario.703 De esto se concluye que

es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren,

nazcan de la prudencia del pr�ncipe, y no la prudencia del pr�ncipe de

los buenos consejos.704

698 Maquiavelo exige mucho. S� mejor que �l lo que conviene en mi situaci�n

(RI).

699 La opini�n est� fijada. Se sabe que puedo decir como Luis XI: "Mi verdadero

consejo est� en mi cabeza" (RI).

700 Sed un Luis XIII hoy en d�a y ver�is bien pronto que Armand har�, como

Pepino (RI).

701 No debe cargarse, entonces, con el peso de otro (RI).

702 Esto se verifica (E).

703 Verdad irrefragable, que bastar� que los ministros y cortesanos alejen el

pr�ncipe toda lectura de Maquiavelo (E).

704 �En d�nde est� la cabeza reinante capaz de ello? En un islote del Mediterr�neo

(E).

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122

CAPITULO XXIV

POR QUE LOS PRINCIPES DE ITALIA

PERDIERON SUS ESTADOS705

Las reglas que acabo de exponer, llevadas a la pr�ctica con prudencia,

hacen parecer antiguo a un pr�ncipe nuevo y lo consolidan y

afianzan en seguida en el Estado corno si fuese un pr�ncipe hereditario.

706 Por la raz�n de que se observa mucho m�s celosamente la conducta

de un pr�ncipe nuevo que la de uno hereditario, si los hombres

la encuentran virtuosa, se sienten m�s agradecidos y se apegan m�s a

�l que a uno de linaje antiguo.707 Porque los hombres se ganan mucho

mejor con las cosas presentes que con las pasadas,708 y cuando en las

presentes hallan provecho, las gozan sin inquirir nada; y mientras el

pr�ncipe no se desmerezca en las otras cosas,709 estar�n siempre dispuestos

a defenderlo.710 As�, el pr�ncipe tendr� la doble gloria de haber

creado un principado nuevo y de haberlo mejorado y fortificado

con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos.711

Del mismo modo que ser� doble la deshonra del que habiendo nacido

pr�ncipe, pierde el trono por su falta de prudencia.712

705 El cap�tulo m�s curioso (E).

706 Hice la prueba (RI).

707 El apego que la mayor�a de sus nobles me manifiesta, me prueba que los

tienen casi olvidados (RI

708 Especialmente cuando son emigrados a quienes han sido restituidos sus

bienes a hidalguillos pobres a los que se hizo ricos. Y aun los rico me agradecen

el haberlos ayudado a aumentar su caudal (RI).

709 Me echar�n en cara esta falta para justificarse de haberme vuelto la espalda

(E).

710 Hago la feliz experiencia suya (RI).

711 No me falta ninguna de estas glorias (RI).

712 Esto me interesa (RI).

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123

Si se examina el comportamiento de los pr�ncipes de Italia que

en nuestros tiempos perdieron sus Estados, como el rey de N�poles, el

duque de Mil�n y algunos otros, se advertir�, en primer lugar, en lo

que se refiere a las armas, una falta com�n a todos: la de haberse

apartado de las reglas antes expuestas. Despu�s se ver� que unos tuvieron

al pueblo por enemigo,713 y que el que lo tuvo por amigo no

supo asegurarse de los nobles.714 Porque sin estas faltas no se pierden

los Estados que tienen recursos suficientes para permitir levantar un

ej�rcito de campa�a,715 Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro,

sino el que fue vencido por Tito Quincio, dispon�a de un ej�rcito

reducido en comparaci�n con el de los griegos y los romanos, que lo

atacaron juntos; sin embargo, como era guerrero y hab�a sabido congraciarse

con el pueblo y contener a los nobles716 pudo resistir una

lucha de muchos a�os; y si al fin perdi� algunas ciudades, conserv�,

en cambio, el reino.717

Por consiguiente, estos pr�ncipes nuestros que ocupaban el poder

desde hac�a muchos a�os no acusen a la fortuna por haberlo perdido,

sino a su ineptitud. Como en �pocas de paz nunca pensaron que podr�an

cambiar las cosas (es defecto com�n de los hombres no preocuparse

por la tempestad durante la bonanza),718 cuando se presentaron

tiempos adversos, atinaron a huir y no a defenderse,719 y esperaron

713 El tener como enemiga a s�lo una parte debe bastar (E).

714 Esto le es imposible con los que le rodean (E).

715 S�, pero en caso de que pueda disponer de ellos... (E).

716 De igual modo asumir� mejor postura con respecto a la confederaci�n, si

es que se renueva (E).

717 Aun cuando aceptara la cesi�n ya hecha de los pa�ses conquistados por m�

y me restringiera a los l�mites establecidos, siempre ser�a emperador de los

franceses (E).

718 V�ase c�mo se verifica esto: cuanto les rodea se pavonea en medio de sus

satisfacciones, y temer�an hacer una mala digesti�n si dieran cabida a la

menor inquietud. Aun supuesto que si volvieran a verme no querr�an creer

todav�a en la posibilidad de mi regreso. Su natural disposici�n se presta

grandemente a mis estratagemas narc�ticos (E).

719 No tendr�n ya lugar para hacerlo (E).

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124

que el pueblo, cansado de los ultrajes de los vencedores, volviese a

llamarlos.720 Partido que es bueno cuando no hay otros; pero est� muy

mal dejar los otros por �se, pues no debemos dejarnos caer por el simple

hecho de creer que habr� alguien que nos recoja. Porque no lo hay;

y si lo hay y acude, no es para salvaci�n nuestra, dado que la defensa

ha sido indigna y no ha dependido de nosotros.721 Y las �nicas defensas

buenas, seguras v durables son las que dependen de uno mismo y

de sus virtudes.722

720 Contestar� como un pr�ncipe que se ha vuelto moderado, humano, sabio

(E).

721 �Tendr�n ellos otra? Es posible que los desamparen al ver mi buena presencia;

y, por otra parte, me asegurar� activamente (E).

722 Nunca cont� m�s que con �stas..., �y las tendr�! (E).

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CAPITULO XXV

DEL PODER DE LA FORTUNA EN LAS COSAS

HUMANAS Y DE LOS MEDIOS PARA OPONERSE

No ignoro que muchos creen y han cre�do que las cosas del mundo

est�n regidas por la fortuna y por Dios de tal modo que los hombres

m�s prudentes no pueden modificar�as; y, m�s a�n, que no tienen

remedio alguno contra ellas.723 De lo cual podr�an deducir que no vale

la pena fatigarse mucho en las cosas, y que es mejor dejarse gobernar

por la suerte. Esta opini�n ha gozado de mayor cr�dito en nuestros

tiempos por los cambios extraordinarios, fuera de toda conjetura humana,

que se han visto y se ven todos los d�as.724 Y yo, pensando alguna

vez en ello, me he sentido algo inclinado a compartir el mismo

parecer. Sin embargo, y a fin de que no se desvanezca nuestro libre

albedr�o, acepto por cierto que la fortuna sea Juez de la mitad de

nuestras acciones pero que nos deja gobernar la otra mitad, o poco

menos.725 Y la comparo con uno de esos r�os antiguo que, cuando se

embravecen,726 inundan las llanuras, derriaban los �rboles y las casas

y arrastran la tierra de un sitio para llevarla a otro; todo el mundo

huye delante de ellos, todo el mundo cede a su furor. Y aunque esto

sea inevitable, no obsta para que los hombres, en las �pocas en que no

hay nada que temer, tomen sus precauciones con diques y reparos,727

de manera que si el r�o crece otra vez, o tenga que deslizarse por un

723 Sistema de los perezosos o d�biles. Con ingenio y actividad se sobrepone

uno a la m�s adversa fortuna (E).

724 Los habr�a visto, mayores y m�s numerosos que los que engendr� y que

puedo producir todav�a (E).

725 San Agust�n no discurri� mejor sobre el libre albedr�o. El m�o ha domado

a Europa y a la naturaleza (RI).

726 Esta es mi fortuna: soy yo en persona (RI).

727 No les dej� lugar mi facilidad para ello (RI).

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126

canal o su fuerza no sea tan desenfrenada ni tan perjudicial.728 As�

sucede con la fortuna729 que se manifiesta con todo su poder all� donde

no hay virtud preparada para resistirle y dirige sus �mpetus all� donde

sabe que no se han hecho diques ni reparos para contenerla. Y si ahora

contemplamos a Italia, teatro d� estos cambios y punto que los ha

engendrado, veremos que es una llanura sin diques ni reparos de ninguna

clase; y que si hubiese estado defendida por la virtud necesaria,

730 como lo est�n Alemania, Espa�a y Francia, o esta inundaci�n

no habr�a provocado las grandes transformaciones que ha provocado731

o no se habr�a producido.732 Y que lo dicho sea suficiente sobre

la necesidad general de oponerse a la fortuna.733

Pero ci��ndome m�s a los detalles me pregunto por qu� un pr�ncipe

que hoy vive en la prosperidad, ma�ana se encuentra en la desgracia,

sin que se haya operado ning�n cambio en su car�cter ni en su

conducta.734 A mi juicio, esto se debe, en primer lugar, a las razones

que expuse con detenimiento en otra parte, es decir, a que el pr�ncipe

que conf�a ciegamente en la fortuna perece en cuanto ella cambia.735

Creo tambi�n que es feliz el que concilia su manera de obrar con la

�ndole de las circunstancias, y que del mismo modo es desdichado el

que no logra armonizar una cosa con la otra.736 Pues se ve que los

hombres, para llegar al fin que se proponen, esto es, a la gloria y las

riquezas, proceden en forma distinta: uno con cautela, el otro con

�mpetu; uno por la violencia, el otro por la astucia; uno con paciencia,

el otro con su contrario; y todos pueden triunfar por medios tan dispa-

728 No es mi estrella la que puede reducirse as� (RI).

729 Como ser�a la de mis enemigos (RI).

730 Lo ser� (G)

731 Ver� otras muchas (G).

732 �Si me vieras en medio de ella y conocieras mis planes!... (G).

733 A pesar de tu discreci�n, te adivino y sacar� provecho (G)

734 �Pobres formalistas! (RI).

735 Es menester adaptarse a sus variaciones, sin contar con ella por completo,

aunque aparentando que se est� seguro del �xito (RC).

736 Jam�s la benignidad estuvo m�s en discordancia con mi situaci�n (E)

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127

res.737 Se observa tambi�n que, de dos hombres cautos, el uno consigue

su prop�sito y el otro no, y que tienen igual fortuna dos que han

seguido caminos encontrados, procediendo el uno con cautela y el otro

con �mpetu,: lo cual no se debe sino a la �ndole de las circunstancias,

que concilia o no con la forma de comportarse.738 De aqu� resulta lo

que he dicho: que dos que act�an de distinta manera obtienen el mismo

resultado; y que de dos que act�an de igual manera, uno alcanza

su objeto y el otro no. De esto depende asimismo el �xito, pues si las

circunstancias y los acontecimientos se presentan de tal modo que el

pr�ncipe que es cauto y paciente se ve favorecido, su gobierno ser�

bueno y �l ser� feliz; mas si cambian, est� perdido, porque no cambia

al mismo tiempo su proceder. Pero no existe hombre lo suficientemente

d�ctil como para adaptarse a todas las circunstancias, ya porque

no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina,739 ya

porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha

sido pr�spero.740 El hombre cauto fracasa cada vez que es preciso ser

impetuoso.741 Que si cambiase de conducta junto con las circunstancias,

no cambiarla su fortuna.

El papa Julio II se condujo impetuosamente en todas sus acciones,

742 y las circunstancias se presentaron tan de acuerdo con su modo

de obrar que siempre tuvo �xito. Consid�rese su primera empresa

contra Bolonia, cuando aun viv�a Juan Bentivoglio. Los venecianos lo

ve�an con desagrado, y el rey de Espa�a deliberaba con el de Francia

737 Se obtiene si seguimos nuestro espont�neo modo de ser y no obramos

interrospectivamente (RC).

738 El variar seg�n las circunstancias y las �pocas, sin perder nada del propio

vigor, es lo m�s dif�cil del mundo y lo que requiere mayor entereza. Dentro de

poco se ver� la calidad y la adaptabilidad de la m�a (E).

739 Es dificil, pero lo he de conseguir (E).

740 Mostrarse bueno durante el reinado por el solo hecho de haberse mostrado

tal antes, cuando se ten�a el prop�sito de llegar al trono es el �todo m�s

ruinoso (E).

741 Espero hacerlo con absoluta confianza en mi buena estrella (E).

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sobre las medidas por tomar; pero Julio II, llevado por su ardor y su

�mpetu, inici� la expedici�n poni�ndose �l mismo al frente de las

tropas.743 Semejante paso dej� suspensos a Espa�a y a los venecianos;

y �stos por miedo, y aqu�lla con la esperanza de recobrar todo el reino

de N�poles, no se movieron; por otra parte, el rey de Francia se puso

de su lado, pues al ver que Julio II hab�a iniciado la campa�a, y como

quer�a ganarse su amistad para humillar a los venecianos744 juzg� no

poder negarle sus tropas sin ofenderlo en forma manifiesta. As�, pues,

Julio II, con su impetuoso ataque, hizo lo que ning�n pont�fice hubiera

logrado con toda la prudencia humana;745 porque si �l hubiera esperado

para partir de Roma a tener todas las precauciones tomadas y ultimados

todos los detalles, como cualquier otro pont�fice hubiese

hecho,746 jam�s habr�a triunfado, porque el rey de Francia hubiera

tenido mil pretextos y los otros amenazados con mil represalias.747

Prefiero pasar por alto sus dem�s acciones, todas iguales a aquella y

todas premiadas por el �xito, pues la brevedad de su vida748 no le

permiti� conocer lo contrario. Que, a sobrevenir circunstancias en las

que fuera preciso conducirse con prudencia, corriera a su ruina, pues

742 Por suerte ya no hay papas como �ste, que arroj� al Tiber las llaves de San

Pedro para utilizar s�lo la espada de San Pablo (G).

743 He seguido esta t�ctica, pero no por arrebato, como �l, sino por c�lculo y

de acuerdo con la oportunidad (RI).

744 Inventar� algo semejante con respecto a los aliados, seg�n el curso de su

pol�tica (E).

745 Las imprudencias son, a menudo, necesarias, pero conviene calcularlas

(E).

746 �Cu�ntos reyes, aun sin ser del clero, obran con esa lenta y necia prudencia!

(E).

747 Si no consigo evitar todo esto, autorizo a que me juzguen indigno de reinar

(E).

748 Es estupendo, sin embargo, poder continuar con �xito y durante diez a�os

el mismo m�todo. Maquiavelo hubiera tenido que decir que Julio II sab�a

distraer con pactos amistosos a las potencias que quer�a sorprender (RC).

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129

nunca se hubiese apartado de aquel modo de obrar al cual lo inclinaba

su naturaleza.749

Se concluye entonces que, como la fortuna var�a y los hombres se

obstinan en proceder de un mismo modo, ser�n felices mientras vayan

de acuerdo con la suerte e infelices cuando est�n de desacuerdo con

ella. Sin embargo, considero que es preferible ser impetuoso y no

cauto,750 porque la fortuna es mujer y se hace preciso, si se la quiere

tener sumisa, golpearla y zaherirla. Y se ve que se deja dominar por

�stos antes que por los que act�an con tibieza. Y, como mujer, es

amiga de los j�venes, porque son menos prudentes y m�s fogosos y se

imponen con m�s audacia.751

749 Cuando salimos siempre bien con tal conducta y ella est� de acuerdo con

nuestra �ndole, tenemos motivos poderosos para no despreciarla, aunque

mezcl�ndole algo e est�pida moderaci�n diplom�tica (RI).

750 As� es. Las reiteradas experiencias hechas impiden toda duda al respecto

(E).

751 Lo comprob� muchas veces, y si fuera menos joven no contarla ya con

ella. Debo apresurarme (E).

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CAPITULO XXVI

EXHORTACION A LIBERAR A ITALIA DE LOS

BARBAROS752

Despu�s de meditar en todo lo expuesto, me preguntaba si en

Italia, en la actualidad, las circunstancias son propicias para que un

nuevo pr�ncipe pueda adquirir gloria, y si se encuentra en ella cuanto

es necesario a un hombre prudente y virtuoso para instaurar una nueva

forma de gobierno, por la cual, honr�ndose a s� mismo, hiciera la

felicidad de los italianos.753 Y no pude menos que responderme que

eran tantas las circunstancias que concurr�an en favor de un pr�ncipe

nuevo, que dif�cilmente podr�a hallarse momento m�s adecuado.754 Y

si, como he dicho, fue preciso para que Mois�s pusiera de manifiesto

sus virtudes que el pueblo de Israel estuviese esclavizado en Egipto, y

para conocer la grandeza de Ciro que los persas fuesen oprimidos por

los medas, y la excelencia de Teseo que los atenienses se dispersaran,

del mismo modo, para conocer la virtud de un esp�ritu italiano, era

necesario que Italia se viese llevada al extremo en que yace hoy, y que

estuviese m�s esclavizada que los hebreos, m�s oprimida que los persas

y m�s desorganizada que los atenienses; que careciera de jefe y de

leyes, que se viera castigada, despojada, escarnecida e invadida, y que

752 Maquiavelo hablaba como romano y pensaba siempre en los franceses.

Para m�, en cambio, los b�rbaros a quienes hay que echar de Italia son Austria,

Espa�a, el papa, etc. (G).

753 Magn�fico proyecto, cuya ejecuci�n me estaba reservada. Con italianos

afeminados como hoy, hubiera sido imposible. Pero siendo yo italiano, puedo

hacerlo con franceses a mis �rdenes de quienes los italianos aprender�n el

valor militar (G).

754 Los tiempos actuales son mucho m�s propicios todav�a, puesto que, al ser

rechazada all� la Revoluci�n, se produjeron hondas conmociones pol�ticas y

una gran agitaci�n en los esp�ritus (G).

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soportara toda clase de vejaciones.755 Y aunque hasta ahora se haya

notado en este o en aquel hombre alg�n destello de genio como para

creer que hab�a sido enviado por Dios para redimir estas tierras756 no

tard� en advertirse que la fortuna lo abandonaba en lo m�s alto de su

carrera. De modo que, casi sin un soplo de vida, espera Italia al que

debe curarla de sus heridas, poner fin a los saqueos de Lombard�a y a

las contribuciones del Reame y de Toscana y cauterizar sus llagas

desde tanto tiempo gangrenadas.757

Vedla c�mo ruega a Dios que le env�e a alguien que la redima de

esa crueldad e insolencia de los b�rbaros.758 Vedla pronta y dispuesta

a seguir una bandera mientras haya quien la empu�e. Y no se ve en la

actualidad en quien uno pueda, confiar m�s que en vuestra ilustre

casa,759 para que con su fortuna y virtud, preferida de Dios y de la

Iglesia, de la cual es ahora pr�ncipe, pueda hacerse jefe de esta redenci�n.

760 Y esto no os parecer� dif�cil si ten�is presentes la vida y acciones

de los pr�ncipes mencionados.761 Y aunque aqu�llos fueron

hombres raros y maravillosos, no dejaron de ser hombres;762 y no tuvo

ninguno ocasi�n tan favorable como la presente; porque sus empresas

no fueron m�s justas ni m�s f�ciles que �sta, ni Dios les fue m�s benigno

de lo que lo es con vos. Que es justicia grande: iustum enim esi

bellum quibus necessarium, et pia arma ubi nulla nisi in armis spes

est. Aqu� hay disposici�n favorable; y donde hay disposici�n favorable

755 Conviene volverla a poner en el mismo estado, para restablecerla luego

bajo un cetro �nico (G).

756 No tanto como yo, por cierto (G).

757 Heme aqu�, pero antes de salvarla para m� es menester que introduzca el

hierro y el fuego en sus heridas (G).

758 Al mando de esos mismos b�rbaros escuchar� tus ruegos (G).

759 As� hubiera sido a haber formado yo parte de ella entonces (G)

760 De emprenderla, si, pero no de consumarla, por incapacidad para hacer

m�s de lo que hizo (G).

761 Pero es preciso tener su fuerza para imitarlos bien (G).

762 Mal razonamiento, pues hay hombres y hombres (G).

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132

no puede haber grandes dificultades,763 y s�lo falta que vuestra casa se

inspire en los ejemplos de los hombres que he propuesto por modelos.

Adem�s, se ven aqu� acontecimientos extraordinarios, sin precedentes,

ejecutados por voluntad divina: las aguas del mar se han separado,

una nube os ha mostrado el camino, ha brotado agua de la piedra y ha

llovido man�;764 todo concurre a vuestro engrandecimiento. A vos os

toca lo dem�s765 Dios no quiere hacerlo todo para no quitarnos el libre

albedr�o ni la parte de gloria que nos corresponde.766

No es asombroso que ninguno de los italianos a quienes he citado

haya podido hacer lo que es de esperar que haga vuestra ilustre casa,

ni es extra�o que despu�s de tantas revoluciones y revueltas guerreras

parezca extinguido el valor militar de nuestros compatriotas. Pero se

debe a que la antigua organizaci�n militar no era buena y a que nadie

ha sabido modificarla.767 Nada honra tanto a un hombre que se acaba

de elevar al poder como las nuevas leyes y las nuevas instituciones

ideadas por �l,768 que si est�n bien cimentadas y llevan algo grande en

s� mismas, lo hacen digno de respeto y admiraron. E Italia no carece

de arcilla modelable.769 Que si falta valor en los jefes, s�brales a los

soldados. Fijaos en los duelos y en las ri�as, y advertid cu�n superiores

son los italianos en fuerza, destreza y astucia. Pero en las batallas,

y por culpa exclusiva de la debilidad de los jefes, su papel no es nada

brillante; porque los capaces no son obedecidos; y todos se creen capa-

763 Hay algo de verdad en todo esto, pero lo que veo con mayor claridad es el

ardor extremo que Maquiavelo despliega al plantear tal soluci�n (G).

764 Otros tantos mil agros que se renovaron en m� favor con mayor realidad

que para Lorenzo (RC

765 As� ser� (RC).

766 Se ve que Maquiavelo quer�a tener su participaci�n. Yo se la concedo

porque me ha sido �til con sus advertencias (RI).

767 Con las m�as, tan gloriosamente probadas en Francia y que ellos tendr�n a

su vez, el triunfo es inevitable (RC).

768 La t�ctica que empleo es invento m�o, y ante sus efectos se han rendido

todos los magnates de Europa (RI).

769 Esto siempre es un aliento (G).

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ces, pero hasta ahora no hubo nadie que supiese imponerse por su

valor y su fortuna, y que hiciese ceder a los dem�s.770 A esto hay que

atribuir el que, en tantas guerras habidas durante los �ltimos veinte

a�os, los ej�rcitos italianos siempre hayan fracasado, como lo demuestra

Taro, Alejandr�a, Capua, G�nova, Vail�, Bolonia y Mestri.

Si vuestra ilustre casa quiere emular a aquellos eminentes varones

que libertaron a sus pa�ses, es preciso, ante todo, y como preparativo

indispensable a toda empresa, que se rodee de armas propias;

porque no puede haber soldados m�s fieles, sinceros y mejores que los

de uno. Y si cada uno de ellos es bueno, todos juntos, cuando vean que

quien los dirige, los honra y los trata paternalmente es un pr�ncipe en

persona, ser�n mejores.771 Es, pues, necesario organizar estas tropas

para defenderse, con el valor italiano, de los extranjeros.772 Y aunque

las infanter�as suiza y espa�ola tienen fama de temibles, ambas adolecen

de defectos, de manera que un tercer orden podr�a no s�lo contenerlas,

sino vencerlas.773 Porque los espa�oles no resisten a la

caballer�a, y los suizos tienen miedo de la infanter�a que se muestra

tan porfiada como ellos en la batalla. De aqu� que se haya visto y volver�

a verse que los espa�oles no pueden hacer frente a la caballer�a

francesa, y que los suizos se desmoronan ante la infanter�a espa�ola.

Y por m�s que de esto �ltimo no tengamos una prueba definitiva,

podemos darnos una idea por lo sucedido en la batalla de Ravena,

donde la infanter�a espa�ola dio la cara a los batallones alemanes, que

siguen la misma t�ctica que los suizos; pues los espa�oles, �giles de

cuerpo, con la ayuda de sus broqueles hab�an penetrado por entre las

picas de los alemanes y los acuchillaban sin riesgo y sin que �stos tu-

770 Al siglo XVIII �nicamente le estaba reservado el producir a este hombre

(G).

771 �Qu� no har� cuando disponga como pr�ncipe suyo, de un ej�rcito italiano

asimilado a otro franc�s! (G).

772 Maquiavelo no habla m�s que de defenderse de los extranjeros. Yo aspiro

a conquistarlos y a hacerlos mis s�bditos (G).

773 Procedimiento rid�culo que la p�lvora hizo olvidar. Aquellos pretendidos

maestros del arte militar eran s�lo unos chiquillos (G).

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viesen defensa, y a no haber embestido la caballer�a, no hubiese quedado

alem�n con vida. Por lo tanto, conociendo los defectos de una y

otra infanter�a, es posible crear una tercera que resista a la caballer�a y

a la que no asusten los soldados de a pie, lo cual puede conseguirse

con nuevas armas y nueva disposici�n de los combatientes.774 Y no ha

de olvidarse que son estas cosas las que dan autoridad y gloria a un

pr�ncipe nuevo.775

No se debe, pues, dejar pasar esta ocasi�n para que Italia, despu�s

de tanto tiempo, vea por fin a su redentor.776 No puedo expresar

con cu�nto amor, con cu�nta sed de venganza, con cu�nta obstinada

fe, con cu�nta ternura, con cu�ntas l�grimas, ser�a recibido en todas

las provincias que han sufrido el aluvi�n de los extranjeros. �Qu�

puertas se le cerrar�an? �Qu� pueblos negar�anle obediencia? �Qu�

envidias se le opondr�an? �Qu� italiano le rehusar�a su homenaje?777

A todos repugna esta dominaci�n de los b�rbaros. Abrace, pues, vuestra

ilustre familia esta causa con el ardor y la esperanza con que se

abrazan las causas justas, a fin de que bajo su ense�a la patria se ennoblezca778

y bajo sus auspicios se realice la aspiraci�n de Petrarca:

Virt� contro a furore

Prender� l'arme; e fia �l conbatter corto,

Ch� l'antico valore

Negl'italici cuor non � ancor morto.779

774 Todo lo he preparado ya (G).

775 Mi t�ctica, cuyo secreto no poseen a�n mis enemigos, me las procurar� en

una forma muy superior a la que le hubiera ido posible a Lorenzo (G).

776 Italia lo ha visto, al fin, en m� (RI).

777 Todas estas predicciones se han cumplido. Hasta los habitantes de la

Ciudad Eterna se vanaglorian de estar bajo mi cetro (RI).

778 Lo conseguir� todo, siempre que no haya riesgo para m� (RI).

779 Hoy, gracias a mi, revive casi por completo. Me cuidar�, sin embargo, de

permitir que se re�nan en una sola naci�n, a no ser que pretenda destruir a

Francia, a Alemania y a Europa entera (RI).

 

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