Gabriel García Márquez
CIEN AÑOS DE SOLEDAD
I.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento[1], el coronel Aureliano Buendía[U1] había de recordar
aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era
entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla
de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras
pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente[2],
que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías
con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos
desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de
pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán.
Un gitano corpulento, de barba montaraz[3]
y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades[U2] , hizo una truculenta demostración pública de lo que él
mismo llamaba: “la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia”.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se
espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes[4]
se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse[5],
y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se
les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los
fierros mágicos de Melquíades.
«Las cosas, tienen
vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de
despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía[U3] , cuya desaforada
imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más
allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella
invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no
creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y
una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula
Iguarán[U4] , su mujer, que
contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado[6]
patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro
para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en
demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región,
inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando
en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una
armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido,
cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.
Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron
desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que
llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
En marzo volvieron los
gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que
exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron
una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de
la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y
veía a la gitana al alcance de su mano.
«La ciencia ha
eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre
podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su
casa.» Un mediodía ardiente hicieron una asombrosa demostración con la lupa
gigantesca: pusieron un montón de hierba seca en mitad de la calle y le
prendieron
fuego mediante la
concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de
consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea de utilizar aquel
invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero
terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial
a cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte
de un cofre de monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de
privaciones, y que ella había enterrado debajo de la cama en espera de una
buena ocasión para invertirías. José Arcadio Buendía no trató siquiera de
consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación
de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración
de los rayos solares y sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y
tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su mujer, alarmada por
tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.
Pasaba largas horas en
su cuarto, haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma
novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad
didáctica y un poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades
acompañado de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos
de dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra, y se
extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de
perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de
conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje
a la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia
prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de
hacer demostraciones prácticas de su invento ante los poderes militares, y
adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la guerra solar. Durante
varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó
ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una
prueba convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De
su puño y letra escribió una apretada síntesis de los estudios del monje
Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera servirse del astrolabio, la
brújula y el sextante. José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia
encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie
perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones
domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los
astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de establecer un
método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar
por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con
seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en
que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso
de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta
cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena.
De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue
sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar
crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora
del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento.
Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad
con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre,
devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les
reveló su descubrimiento.
-La tierra es redonda
como una naranja.
Úrsula perdió la
paciencia. «Si has de volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates
de inculcar a los niños tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible,
no se dejó amedrentar por la desesperación de su mujer, que en un rapto de
cólera le destrozó el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el
cuartito a los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que José
Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las
cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por
pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la
práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su
admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en
el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.
Para esa época,
Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes
parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste
conservaba su fuerza descomunal[U5] , que le permitía
derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado[7]
por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él
mismo le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el
laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones,
pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas
y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en
Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría,
al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de
Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser
prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre,
envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro
lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas
de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos.
Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso
humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por
los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía
mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante
mediodía en que reveló sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de
que aquél era el principio de una grande amistad. Los niños se asombraron con
sus relatos fantásticos. Aureliano, [U6] que no tenía entonces
más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio
aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la
ventana, alumbrando con su pro-funda voz de órgano los territorios más oscuros
de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el
calor. José
Arcadio,[U7] su hermano mayor,
había de transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a
toda su descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella
visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por
distracción un frasco de bicloruro de mercurio.
-Es el olor del
demonio -dijo ella.
-En absoluto -corrigió
Melquíades-. Está comprobado que el demonio tiene propiedades sulfúricas, y
esto no es más que un poco de solimán.
Siempre didáctico,
hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio[8], pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los
niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre en su memoria,
vinculado al recuerdo de Melquíades.
Diccionario RAE:
Diccionario de sinónimos.
http://www.elmundo.es/diccionarios/
El rudimentario
laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y
coladores- estaba compuesto por un atanor[9] primitivo; una probeta de cristal de cuello largo
y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los
propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos
de María la judía. Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete
metales correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo
para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos
del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la
fabricación de la piedra filosofal. Seducido por la simplicidad de las fórmulas
para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias
semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y
aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogile. Úrsula cedió,
como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces
José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con
raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo
en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente
más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y
desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales
planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y
vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa
herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser
desprendido del fondo del caldero.
Cuando volvieron los gitanos,
Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población. Pero la curiosidad
pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea
haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras
el pregonero anunciaba la exhibición del más fabuloso hallazgo de los
nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago
de un centavo vieron un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una
dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el
escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de
pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano.
El pavor se convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes,
intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante
un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años
anteriores y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su
juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio Buendía consideró que los
conocimientos de Melquíades habían llegado a extremos intolerables, pero
experimentó un saludable alborozo cuando el gitano le explicó a solas el
mecanismo de su dentadura postiza. Aquello le pareció a la vez tan sencillo y
prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las
investigaciones de alquimia; sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a
comer en forma regular y se pasaba el día dando vueltas por la casa. «En el
mundo están ocurriendo cosas increíbles -le decía a Úrsula-. Ahí mismo, al otro
lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos
viviendo como los burros.» Quienes lo conocían desde los tiempos de la
fundación de Macondo, se asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia
de Melquíades.
Al principio, José
Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones
para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba
con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad.
Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras
fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien
iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos
dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un
corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las
gallinas. Los únicos animales prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el
poblado, eran los gallos de pelea.
La laboriosidad de
Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella
mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la
oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada
la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán.
Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar,
los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios,
y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de
albahaca.
José Arcadio Buendía,
que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había
dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse
al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan
buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En
pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de
las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea
feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de
la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo
llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa,
sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros distintos llegó a
ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con cera de abejas para no
perder el sentido de la realidad. La primera vez que llegó la tribu de
Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se
sorprendió de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor
de la ciénaga, y los gitanos confesaron que se habían orientado por el canto de
los pájaros.
Aquel espíritu de
iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los
imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y las ansias de
conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía
se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una
barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de
cocina. No faltó quien lo considerara víctima de algún extraño sortilegio. Pero
hasta los más convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para
seguirlo, cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el
concurso de todos para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con
los grandes inventos.
José Arcadio Buendía
ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que hacia el Oriente
estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de
Riohacha, donde en épocas pasadas -según le había contado el primer Aureliano
Buendía, su abuelo- sir Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a
cañonazos, que luego hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la
reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales
y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida
al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a
Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta
que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban
los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la
ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La
ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin
horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer,
que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales. Los
gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar el cinturón de
tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los
cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la
civilización era la ruta del Norte. De modo que dotó de herramientas de
desmonte y armas de cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la
fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus
mapas, y emprendió la temeraria aventura.
Los primeros días no
encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del
río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del
guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al
término de la primera semana, mataron y asaron un venado, pero se conformaron
con comer la mitad y salar el resto para los próximos días. Trataban de aplazar
con esa precaución la necesidad de seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul
tenía un áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no
volvieron a ver el sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza
volcánica, y la vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez
más lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el mundo
se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se sintieron
abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y
silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de
aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras
doradas. Durante una semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un
universo de pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue reverberación de
insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un sofocante olor de
sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se
volvía a cerrar en poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer
ante sus ojos. «No importa -decía José Arcadio Buendía-. Lo esencial es no
perder la orientación.» Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus
hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron salir de la región
encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba
impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía,
colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando
despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a
ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa
luz de la mañana, estaba un enorme galeón español.
Ligeramente volteado a
estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del
velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa
coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un
suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un
espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las
costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron
con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores.
El hallazgo del
galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José Arcadio
Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber buscado el mar
sin en-contrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo
encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo
insalvable. Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía volvió a travesar
la región, cuando era ya una ruta regular del correo, y lo único que encontró
de la nave fue el costillar carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo
entonces convencido de que aquella historia no había sido un engendro de la
imaginación de su padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse
hasta ese punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa
inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje, a doce
kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente a ese mar
color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y sacrificios de
su aventura.
-¡Carajo! -gritó-.
Macondo está rodeado de agua por todas partes.
La idea de un Macondo
peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa arbitrario que
dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su expedición. Lo trazó con rabia,
exa-gerando de mala fe las dificultades de comunicación, como para castigarse a
sí mismo por la absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. «Nunca
llegaremos a ninguna parte -se la-mentaba ante Úrsula-. Aquí nos hemos de
pudrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia.» Esa certidumbre,
rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el
proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta vez, Úrsula
se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e implacable labor de
hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra la veleidad de sus
hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza. José Arcadio Buendía no
supo en qué momento, ni en virtud de qué fuerzas adversas, sus planes se fueron
enredando en una maraña de pretextos, contratiempos y evasivas, hasta
convertirse en pura y simple ilusión. Úrsula lo observó con una atención
inocente, y hasta sintió por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró
en el cuartito del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza,
mientras colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó
terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un hisopo
entintado, sin ha-cerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él sabía (porque
se lo oyó decir en sus sordos monólogos) que los hombres del pueblo no lo
secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a desmontar la puerta del
cuartito, Úrsula se atrevió a preguntarle por qué lo hacía, y él le contestó
con una cierta amargura: «Puesto que nadie quiere irse, nos iremos solos.»
Úrsula no se alteró.
-No nos iremos -dijo-.
Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
-Todavía no tenemos un
muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo
la tierra.
Úrsula replicó, con
una suave firmeza:
-Si es necesario que
yo me muera para que se queden aquí, me muero.
José Arcadio Buendía
no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató de seducirla con
el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo prodigioso donde bastaba
con echar unos líquidos mágicos en la tierra para que las plantas dieran frutos
a voluntad del hombre, y donde se vendían a precio de baratillo toda clase de
aparatos para el dolor. Pero Úrsula fue insensible a su clarividencia.
-En vez de andar
pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos - eplicó-.
Míralos cómo están,
abandonados a la buena de Dios, igual que los burros.
José Arcadio Buendía
tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a través de la ventana y
vio a los dos niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresión de que
sólo en aquel instante habían empezado a existir, concebidos por el conjuro de
Úrsula. Algo ocurrió entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que
lo desarraigó de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región
inexplorada de los re cuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que
ahora estaba segura de no abandonar en el resto de su vida él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo suspiro
de resignación.
-Bueno -dijo-. Diles
que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el mayor
de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza cuadrada, el pelo
hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso
de crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces era evidente que carecía
de imaginación. Fue concebido y dado a luz durante la penosa travesía de la
sierra, antes de la fundación de Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo
al comprobar que no tenía ningún órgano de animal.
Aureliano, el primer
ser humano que nació en Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era
silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los
ojos abiertos.
Mientras le cortaban
el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto,
y examinaba el rostro de la gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente
a quienes se acercaban a conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo
de palma, que parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la
lluvia. Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un
día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en
el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo
hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba
bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el
anuncio, inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un
dinamismo interior, y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el
episodio a su marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba la
infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque siempre
estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas.
Pero desde la tarde en
que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del
laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas
paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos
fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló de las
maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino
forzando a extremos increíbles los límites de su imaginación. Fue así como los
niños terminaron por aprender que en el extremo meridional del África había
hombres tan inteligentes y pacíficos que su único entretenimiento era sentarse
a pensar, y que era posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en
isla hasta el puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal
modo impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un segundo
antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden de fuego al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió a vivir la tibia
tarde de marzo en que su padre interrumpió la lección de física, y se quedó
fascinado, con la mano en el aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia
los pífanos y tambores y sonajas de los gitanos que una vez más llegaban a la
aldea, pregonando el último y asombroso descubrimiento de los sabios de
Memphis.
Eran gitanos nuevos.
Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares
hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas
sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados
de todos los colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía
un centenar de huevos de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que
adivinaba el pensamiento, y la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para
pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos,
y el emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan
ingeniosas e insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la
máquina de la memoria para poder acordarse de todas. En un instante
transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo se encontraron de pronto
perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de
cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de
dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el
confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José
Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por todas partes,
para que le revelara los infinitos secretos de aquella pesadilla fabulosa. Se
dirigió a varios gitanos que no entendieron su lengua. Por último llegó hasta
el lugar donde Melquíades solía plantar su tienda, y encontró un armenio
taciturno que anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se
había tomado de un golpe una copa de la sustancia ambarina, cuando José Arcadio
Buendía se abrió paso a empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el
espectáculo, y alcanzó a hacer la pregunta. El gitano le envolvió en el clima
atónito de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente
y humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta:
«Melquíades murió.» Aturdido por la noticia, José Arcadio Buendía permaneció
inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción, hasta que el grupo se
dispersó reclamado por otros artificios y el charco del armenio taciturno se
evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos le confirmaron que en efecto
Melquíades había sucumbido a las fiebres en los médanos de Singapur, y su
cuerpo había sido arrojado en el lugar más profundo del mar de Java. A los
niños no les interesó la noticia. Estaban obstinados en que su padre los
llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de Memphis, anunciada a
la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón.
Tanto insistieron, que
José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de
la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo
de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando
un cofre de pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un
aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas
agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la
claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una
explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más
grande del mundo.
-No -corrigió el
gitano-. Es hielo.
José Arcadio Buendía,
sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la apartó.
«Cinco reales más para tocarlo», dijo. José Arcadio Buendía los pagó, y
entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos,
mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del
misterio. Sin saber qué decir, pagó otros diez reales para que sus hijos
vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo.
Aureliano, en cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en
el acto. «Está hirviendo», exclamó asustado. Pero su padre no le prestó
atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel momento se olvidó
de la frustración de sus empresas delirantes y del cuerpo de Melquíades
abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros cinco reales, y con la mano
puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado,
exclamó:
-Éste es el gran
invento de nuestro tiempo.
II.
Cuando el pirata
Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula
Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones,
que perdió el control de los nervios y se sentó en un fogón encendido. Las
quemaduras la dejaron convertida en una esposa inútil para toda la vida. No
podía sentarse sino de medio lado, acomodada en cojines, y algo extraño debió
quedarle en el modo de andar, porque nunca volvió a caminar en público.
Renunció a toda clase de hábitos sociales obsesionada por la idea de que su
cuerpo despedía un olor a chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin
atreverse a dormir, porque soñaba que los ingleses con sus feroces perros de
asalto se metían por la ventana del dormitorio y la sometían a vergonzosos
tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante aragonés con
quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y entretenimientos
buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último liquidó el negocio y
llevó la familia a vivir lejos del mar, en una ranchería de indios pacíficos
situada en las estribaciones de la sierra, donde le construyó a su mujer un
dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los piratas de
sus pesadillas.
En la escondida
ranchería vivía de mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco, don José
Arcadio Buendía, con quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan
productiva que en pocos años hicieron una fortuna. Varios siglos más tarde, el
tataranieto del criollo se casó con la tataranieta del aragonés. Por eso, cada
vez que Úrsula se salía de casillas con las locuras de su marido, saltaba por
encima de trescientos años de casualidades, y maldecía la hora en que Francis
Drake asaltó a Riohacha, Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad
estaban ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común
remordimiento de conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido juntos en la
antigua ranchería que los antepasados de ambos transformaron con su trabajo y sus
buenas costumbres en uno de los mejores pueblos de la provincia. Aunque su
matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando ellos expresaron
la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían el
temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas
pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente
tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía tuvo un
hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió
desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de
virginidad porque nació y creció con una cola cartilaginosa en forma de
tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de cerdo que no se
dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costo la vida cuando un carnicero
amigo le hizo el favor de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio
Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una
sola frase: «No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.» Así
que se casaron con una fiesta de banda y cohetes que duró tres días. Hubieran
sido felices desde entonces si la madre de Úrsula no la hubiera aterrorizado
con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta el
extremo de conseguir que rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el
corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de
acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y
reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante
con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses. Durante el día,
él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre.
Durante la noche, forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya
parecía un sustituto del acto de amor, hasta que la intuición popular olfateó
que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de que Úrsula seguía
virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio
Buendía fue el último que conoció el rumor.
-Ya ves, Úrsula, lo
que anda diciendo la gente -le dijo a su mujer con mucha calma.
-Déjalos que hablen
-dijo ella-. Nosotros sabemos que no es ciierto.
De modo que la situación
siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que José Arcadio
Buendía le gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por
la sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que
toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle.
-Te felicito -gritó-.
A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.
José Arcadio Buendía,
sereno, recogió su gallo. «Vuelvo en seguida», dijo a todos. Y luego, a
Prudencio Aguilar:
-Y tú, anda a tu casa
y ármate, porque te voy a matar.
Diez minutos después
volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se
había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo
de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un
toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía
exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta. Esa noche,
mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el
dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad.
Blandiendo la lanza
frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de
su marido. «Tú serás responsable de lo que pase», murmuró. José Arcadio Buendía
clavó la lanza en el piso de tierra.
-Si has de parir
iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo por
culpa tuya.
Era una buena noche de
junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta
el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con
el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.
El asunto fue
clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les quedó un malestar en la
conciencia. Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el
patio y vio a Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una
expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de esparto el hueco de su
garganta. No le produjo miedo, sino lástima. Volvió al cuarto a contarle a su
esposo lo que había visto, pero él no le hizo caso. «Los muertos no salen
-dijo-.
Lo que pasa es que no
podemos con el peso de la conciencia.» Dos noches después, Úrsula volvió a ver
a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cris-talizada
del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía,
fastidiado por las alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la
lanza. Allí estaba el muerto con su expresión triste.
-Vete al carajo -le
gritó José Arcadio Buendía-. Cuantas veces regreses volveré a matarte.
Prudencio Aguilar no
se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió arrojar la lanza. Desde entonces no
pudo dormir bien.
Lo atormentaba la
inmensa desolación con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la honda
nostalgia con que añoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa
buscando agua para mojar su tapón de esparto. «Debe estar sufriendo mucho -le
decía a Úrsula-. Se ve que está muy solo.» Ella estaba tan conmovida que la
próxima vez que vio al muerto destapando las ollas de la hornilla comprendió lo
que buscaba, y desde entonces le puso tazones de agua por toda la casa. Una
noche en que lo encontró lavándose las heridas en su propio cuarto, José
Arcadio Buendía no pudo resistir más.
-Está bien, Prudencio
-le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo mmás lejos que podamos, y no
regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.
Fue así como
emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía,
jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron
con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido.
Antes de partir, José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló
uno tras otro sus magníficos gallos de pelea, confiando en que en esa forma le
daba un poco de paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó Úrsula fue un
baúl con sus ropas de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el
cofrecito con las piezas de oro que heredé de su padre. No se trazaron un
itinerario definido. Solamente procuraban viajar en sentido contrario al camino
de Riohacha para no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida. Fue un
viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado por la carne de
mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes
humanas. Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada de un palo que
dos hombres llevaban en hombros, porque la hinchazón le desfiguró las piernas,
y las varices se le reventaban como burbujas. Aunque daba lástima verlos con
los vientres templados y los ojos lánguidos, los niños resistieron el viaje
mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les resultó divertido.
Una mañana, después de
casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales que vieron la vertiente
occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa
llanura acuática de la ciénaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo.
Pero nunca encontraron el mar. Una noche, después de varios meses de andar
perdidos por entre los pantanos, lejos ya de los últimos indígenas que
encontraron en el camino, acamparon a la orilla de un río pedregoso cuyas aguas
parecían un torrente de vidrio helado. Años después, durante la segunda guerra
civil, el coronel Aureliano Buendía trató de hacer aquella misma ruta para
tomarse a Riohacha por sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era
una locura. Sin embargo, la noche en que acamparon junto al río, las huestes de
su padre tenían un aspecto de náufragos sin escapatoria, pero su número había
aumentado durante la travesía y todos estaban dispuestos (y lo consiguieron) a
morirse de viejos. José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se
levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué
ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no
tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia
sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca
encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto
al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.
José Arcadio Buendia
no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el día en
que conoció el hielo. Entonces creyó entender su profundo significado. Pensó
que en un futuro próximo podrían fabricarse bloques de hielo en gran escala, a
partir de un material tan cotidiano como el agua, y construir con ellos las
nuevas casas de la aldea. Macondo dejaría de ser un lugar ardiente, cuyas
bisagras y aldabas se torcían de calor, para convertirse en una ciudad
invernal. Si no perseveró en sus tentativas de construir una fábrica de hielo,
fue porque entonces estaba positivamente entusiasmado con la educación de sus
hijos, en especial la de Aureliano, que había revelado desde el primer momento
una rara intuición alquímica. El laboratorio había sido desempolvado. Revisando
las notas de Melquíades, ahora serenamente, sin la exaltación de la novedad, en
prolongadas y pacientes sesiones trataron de separar el oro de Úrsula del
cascote adherido al fondo del caldero. El joven José Arcadio participó apenas
en el proceso. Mientras su padre sólo tenía cuerpo y alma para el atanor, el
voluntarioso primogénito, que siempre fue demasiado grande para su edad, se
convirtió en un adolescente monumental. Cambió de voz. El bozo se le pobló de
un vello incipiente. Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba
la ropa para dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y
piedad: era el primer hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba
tan bien equipado para la vida, que le pareció anormal. Úrsula, encinta por
tercera vez, vivió de nuevo sus terrores de recién casada.
Por aquel tiempo iba a
la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en los oficios
domésticos y sabía leer el porvenir en la baraja. Úrsula le habló de su hijo.
Pensaba que su desproporción era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo
del primo. La mujer soltó una risa expansiva que repercutió en toda la casa
como un reguero de vidrio. «Al contrario -dijo-.
Será feliz». Para
confirmar su pronóstico llevó los naipes a la casa pocos días después, y se
encerró con José Arcadio en un depósito de granos contiguo a la cocina. Colocó
las barajas con mucha calma en un viejo mesón de carpintería, hablando de
cualquier cosa, mientras el muchacho esperaba cerca de ella más aburrido que
intrigado. De pronto extendió la mano y lo tocó. «Qué bárbaro», dijo,
sinceramente asustada, y fue todo lo que pudo decir. José Arcadio sintió que
los huesos se le llenaban de espuma, que tenía un miedo lánguido y unos
terribles deseos de llorar. La mujer no le hizo ninguna insinuación. Pero José
Arcadio la siguió buscando toda la noche en el olor de humo que ella tenía en las
axilas y que se le quedó metido debajo del pellejo. Quería estar con ella en
todo momento, quería que ella fuera su madre, que nunca salieran del granero y
que le dijera qué bárbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qué bárbaro.
Un día no pudo soportar
más y fue a buscarla a su casa. Hizo una visita formal, incomprensible, sentado
en la sala sin pronunciar una palabra. En ese momento no la deseó. La
encontraba distinta, enteramente ajena a la imagen que inspiraba su olor, como
si fuera otra. Tomó el café y abandonó la casa deprimido. Esa noche, en el
espanto de la vigilia, la volvió a desear con una ansiedad brutal, pero
entonces no la quería como era en el granero, sino como había sido aquella
tarde.
Días después, de un
modo intempestivo, la mujer lo llamó a su casa, donde estaba sola con su madre,
y lo hizo entrar en el dormitorio con el pretexto de enseñarle un truco de
barajas.
Entonces lo tocó con
tanta libertad que él sufrió una desilusión después del
inicial, y experimentó
más miedo que placer. Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla. Él estuvo
de acuerdo, por salir del paso, sabiendo que no seria capaz de ir. Pero esa
noche, en la cama ardiente, comprendió que tenía que ir a buscarla aunque no
fuera capaz. Se vistió a tientas, oyendo en la oscuridad la reposada
respiración de su hermano, la tos seca de su padre en el cuarto vecino, el asma
de las gallinas en el patio, el zumbido de los mosquitos, el bombo de su
corazón y el desmesurado bullicio del mundo que no había advertido hasta entonces,
y salió a la calle dormido. Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera
atrancada, y no simplemente ajustada, como ella le había prometido. Pero estaba
abierta. La empujó con la punta de los dedos y los goznes soltaron un quejido
lúgubre y articulado que tuvo una resonancia helada en sus entrañas. Desde el
instante en que entró, de medio lado y tratando de no hacer ruido, sintió el
olor. Todavía estaba en la salita donde los tres hermanos de la mujer colgaban
las hamacas en posiciones que él ignoraba y que no podía determinar en las
tinieblas, así que le faltaba atravesarla a tientas, empujar la puerta del
dormitorio y orientarse allí de tal modo que no fuera a equivocarse de cama. Lo
consiguió. Tropezó con los hicos de las hamacas, que estaban más bajas de lo
que él había supuesto, y un hombre que roncaba hasta entonces se revolvió en el
sueño y dijo con una especie de desilusión: «Era miércoles.» Cuando empujó la
puerta del dormitorio, no pudo impedir que raspara el desnivel del piso. De
pronto, en la oscuridad absoluta, comprendió con una irremediable nostalgia que
estaba completamente desorientado. En la estrecha habitación dormían la madre,
otra hija con el marido y dos niños, y la mujer que tal vez no lo esperaba.
Habría podido guiarse por el olor si el olor no hubiera estado en toda la casa,
tan engañoso y al mismo tiempo tan definido como había estado siempre en su
pellejo. Permaneció inmóvil un largo rato, preguntándose asombrado cómo había
hecho para llegar a ese abismo de desamparo, cuando una mano con todos los
dedos extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le tropezó la cara. No se
sorprendió, porque sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se confió a
aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó llevar hasta un lugar
sin formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y
lo voltearon al derecho y al revés, en una oscuridad insondable en la que le
sobraban los brazos, donde ya no olía más a mujer, sino a amoníaco, y donde
trataba de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de
Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que desde hacía
mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado
que en realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no
sabía dónde es-taban los pies v dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la
cabeza de quién, y sintiendo que no podía resistir más el rumor glacial de sus
riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia atolondrada de huir y
al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y aquella
soledad espantosa.
Se llamaba Pilar
Ternera. Había formado parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo,
arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce
años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer
pública la situación porque era un hombre ajeno. Le prometió seguirla hasta el
fin del mundo, pero más tarde, cuando arreglara sus asuntos, y ella se había
cansado de esperarlo identificándolo siempre con los hombres altos y bajos,
rubios y morenos, que las barajas le prometían por los caminos de la tierra y
los caminos del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años. Había
perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito
de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón, Trastornado por
aquel juguete prodigioso, José Arcadio buscó su rastro todas las noches a
través del laberinto del cuarto. En cierta ocasión encontró la puerta
atrancada, y tocó varias veces, sabiendo que si había tenido el arresto de
tocar la primera vez tenía que tocar hasta la última, y al cabo de una espera
interminable ella le abrió la puerta.
Durante el día,
derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los recuerdos de la noche
anterior. Pero cuando ella entraba en la casa, alegre, indiferente,
dicharachera, él no tenía que hacer ningún esfuerzo para disimular su tensión,
porque aquella mujer cuya risa explosiva espantaba a las palomas, no tenía nada
que ver con el poder invisible que lo enseñaba a respirar hacia dentro y a
controlar los golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los
hombres le tienen miedo a la muerte. Estaba tan ensimismado que ni siquiera
comprendió la alegría de todos cuando su padre y su hermano alborotaron la casa
con la noticia de que habían logrado vulnerar el cascote metálico y separar el
oro de Úrsula.
En efecto, tras
complicadas y perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula estaba feliz,
y hasta dio gracias a Dios por la invención de la alquimia, mientras la gente
de la aldea
apretujaba en el
laboratorio, y les servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el
prodigio, y José Arcadio Buendía les dejaba ver el crisol con el oro rescatado,
como si acabara de inventarío. De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo
mayor, que en los últimos tiempos apenas se asomaba por el laboratorio. Puso
frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le preguntó: «¿Qué te
parece?» José Arcadio, sinceramente, contestó:
-Mierda de perro.
Su padre le dio con el
revés de la mano un violento golpe en la boca que le hizo saltar la sangre y
las lágrimas. Esa noche Pilar Ternera le puso compresas de árnica en la
hinchazón, adivinando el frasco y los algodones en la oscuridad, y le hizo todo
lo que quiso sin que él se molestara, para amarlo sin lastimarlo Lograron tal
estado de intimidad que un momento después, sin darse cuenta, estaban hablando
en murmullos.
-Quiero estar solo
contigo -decía él-. Un día de estos le cuento todo a todo el mundo y se acaban
los escondrijos.
Ella no trató de
apaciguarlo.
-Sería muy bueno
-dijo-. Si estamos solos, dejamos la lámpaara encendida para vernos bien, y yo
puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse y tú me dices
en la oreja todas las porquerías que se te ocurran.
Esta conversación, el
rencor mordiente que sentía contra su padre, y la inminente posibilidad del
amor desaforado, le inspiraron una serena valentía. De un modo espontáneo, sin
ninguna preparación, le contó todo a su hermano.
Al principio el
pequeño Aureliano sólo comprendía el riesgo, la inmensa posibilidad de peligro
que implicaban las aventuras de su hermano, pero no lograba concebir la
fascinación del objetivo.
Poco a poco se fue contaminando
de ansiedad. Se hacía contar las minuciosas peripecias, se identificaba con el
sufrimiento y el gozo del hermano, se sentía asustado y feliz. Lo esperaba
despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que parecía tener una estera
de brasas, y seguían hablando sin sueño hasta la hora de levantarse, de modo
que muy pronto padecieron ambos la misma somnolencia, sintieron el mismo
desprecio por la alquimia y la sabiduría de su padre, y se refugiaron en la
soledad. «Estos niños andan como zurumbáticos - ecía Úrsula-.
Deben tener
lombrices.» Les preparó una repugnante pócima de paico machacado, que ambos
bebieron con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus
bacinillas once veces en un solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que
mostraron a todos con gran júbilo, porque les permitieron desorientar a Úrsula
en cuanto al origen de sus distraimientos y languideces. Aureliano no sólo
podía entonces entender, sino que podía vivir como cosa propia las experiencias
de su hermano, porque en una ocasión en que éste explicaba con muchos
pormenores el mecanismo del amor, lo interrumpió para preguntarle: «¿Qué se
siente?» José Arcadio le dio una respuesta inmediata:
-Es como un temblor de
tierra.
Un jueves de enero, a
las dos de la madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara en el
cuarto, Úrsula la examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como una
lagartija, pero todas sus partes eran humanas, Aureliano no se dio cuenta de la
novedad sino cuando sintió la casa llena de gente. Protegido por la confusión
salió en busca de su hermano, que no estaba en la cama desde las once, y fue
una decisión tan impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo
haría para sacarlo del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias
horas, silbando claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo obligó a
regresar. En el cuarto de su madre, jugando con la hermanita recién nacida y
con una cara que se le caía de inocencia, encontró a José Arcadio.
Úrsula había cumplido
apenas su reposo de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos. Eran los
mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la
tribu de Melquíades, habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del
progreso, sino mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo,
no lo anunciaron en función de su utilidad en la vida de los hombres, sino como
una simple curiosidad de circo. Esta vez, entre muchos otros juegos de
artificio, llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un aporte
fundamental al desarrollo del transporte, como un objeto de recreo. La gente,
desde luego, desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo
fugaz sobre las casas de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden
colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios
dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron a sospechar que el amor podía
ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad desaforada pero
momentánea de sus noches secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto.
Estimulada por el
entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la forma y
la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima. «Ahora si eres un
hombre», le dijo. Y corno él no entendió lo que ella quería decirle, se lo
explicó letra por letra:
-Vas a tener un hijo.
José Arcadio no se
atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la risotada
trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio,
donde los ar-tefactos de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula.
José Arcadio Buendía recibió con alborozo al hijo extraviado y lo inició en la
búsqueda de la piedra filosofal, que había por fin emprendido. Una tarde se
entusiasmaron los muchachos con la estera voladora que pasó veloz al nivel de
la ventana del laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la
aldea que hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni
siquiera la miró. «Déjenlos que sueñen -dijo-. Nosotros volaremos mejor que
ellos con recursos más científicos que ese miserable sobrecamas.» A pesar de su
fingido interés, José Arcadio no entendió nunca los podere5 del huevo
filosófico, que simplemente le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar
de su preocupación. Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual
que su padre ante el fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno
que el propio José Arcadio Buendía lo relevó de los deberes en el laboratorio
creyendo que había tomado la alquimia demasiado a pecho. Aureliano, por
supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la
búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una confidencia.
Rabia perdido su antigua espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo
hermético y hostil. Ansioso de soledad, mordido por un virulento rencor contra
el mundo, una noche abandonó la cama como de costumbre, pero no fue a casa de
Pilar Ternera, sino a confundirse con el tumulto de la feria.
Después de deambular
por entre toda suerte de máquinas de artificio, Sin interesarse por ninguna, se
fijó en algo que no estaba en juego; una gitana muy joven, casi una niña,
agobiada de abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su
vida. Estaba entre la multitud que presenciaba el triste espectáculo del hombre
que se convirtió en víbora por desobedecer a sus padres.
José Arcadio no puso
atención. Mientras se desarrollaba el triste interrogatorio del hombre-víbora,
se había abierto paso por entre la multitud hasta la primera fila en que se
encontraba la gitana, y se había detenido detrás de ella. Se apretó contra sus
espaldas. La muchacha trató de separarse, pero José Arcadio se apretó con más
fuerza contra sus espaldas. Entonces ella lo sintió. Se quedó inmóvil contra
él, temblando de sorpresa y pavor, sin poder creer en la evidencia, y por
último volvió la cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos
gitanos metieron al hombre-víbora en su jaula y la llevaron al interior de la
tienda. El gitano que dirigía el espectáculo anunció:
-Y ahora, señoras y
señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que ser
decapitada todas las noches a esta hora durante ciento cincuenta años, como
castigo por haber visto lo que no debía.
José Arcadio y la
muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde se
besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La
gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de
encaje almidonado, de su inútil corsé alambrado, de su carga de abalorios, y
quedó prácticamente convertida en nada. Era una ranita lánguida, de senos
incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos
de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su
fragilidad. Sin embargo, José Arcadio no podía responderle porque estaban en
una especie de carpa pública, por donde los gitanos pasaban con sus cosas de
circo y arreglaban sus asuntos, y hasta se demoraban junto a la cama a echar
una partida de dados. La lámpara colgada en la vara central iluminaba todo el
ámbito. En una pausa de las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en la
cama, sin saber qué hacer, mientras la muchacha trataba de alentarlo. Una gitana
de carnes espléndidas entró poco después acompañada de un hombre que no hacia
parte de la farándula, pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a
desvestirse frente a la cama. Sin proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y
examinó con una especie de fervor patético su magnifico animal en reposo.
-Muchacho -exclamó-,
que Dios te la conserve.
La compañera de José
Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el
suelo, muy cerca de la cama.
La pasión de los otros
despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la
muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un
fichero de dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se
llenaron de lágrimas y todo su cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor
de lodo. Pero soportó el impacto con una firmeza de carácter y una valentía
admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo hacia un estado
de inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de
obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían
por la boca traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José
Arcadio se amarró un trapo rojo en la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando Úrsula
descubrió su ausencia, lo buscó por toda la aldea. En el desmantelado
campamento de los gitanos no había más que un reguero de desperdicios entre las
cenizas todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ahí
buscando abalorios entre la basura le dijo a Úrsula que la noche anterior había
visto a su hijo en el tumulto de la fa-rándula, empujando una carretilla con la
jaula del hombre- íbora. «¡Se metió de gitano!», le gritó ella a su marido,
quien no había dado la menor señal de alarma ante la desaparición.
-Ojalá fuera cierto
-dijo José Arcadio Buendía, machacando en el mortero la materia mil veces
machacada y recalentada y vuelta a machacar-. Así aprenderá a ser hombre.
Úrsula preguntó por
dónde se habían ido los gitanos. Siguió preguntando en el camino que le
indicaron, y creyendo que todavía tenía tiempo de alcanzarlos, siguió
alejándose de la aldea, hasta que tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no
pensó en regresar. José Arcadio Buendía no descubrió la falta de su mujer sino
a las ocho de la noche, cuando dejó la materia recalentándose en una cama de
estiércol, y fue a ver qué le pasaba a la pequeña Amaranta que estaba ronca de
llorar. En pocas horas reunió un grupo de hombres bien equipados, puso a
Amaranta en manos de una mujer que se ofreció para amamantaría, y se perdió por
senderos invisibles en pos de Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores
indígenas, cuya lengua desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no
habían visto pasar a nadie. Al cabo de tres días de búsqueda inútil, regresaron
a la aldea.
Durante varias
semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se ocupaba
como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba
a ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las
canciones que Úrsula nunca supo cantar. En cierta ocasión, Pilar Ternera se
ofreció para hacer los oficios de la casa mientras regresaba Úrsula. Aureliano,
cuya misteriosa intuición se había sensibilizado en la desdicha, experimentó un
fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún modo
inexplicable ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente
desaparición de su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable
hostilidad, que la mujer no volvió a la casa.
El tiempo puso las
cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué momento
estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al
atanor, entregados una vez más a la paciente manipulación de la materia dormida
desde hacía varios meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en
una canastilla de mimbre, observaba con curiosidad la absorbente labor de su
padre y su hermano en el cuartito enrarecido por los vapores del mercurio. En
cierta ocasión, meses después de la partida de Úrsula, em-pezaron a suceder
cosas extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en un
armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua
colocada en la mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta
evaporarse por completo. José Arcadio Buendía y su hijo observaban aquellos
fenómenos con asustado alborozo, sin lograr explicárselos, pero
interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de Amaranta
empezó a moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto,
ante la consternación de Aureliano, que se apresuró a detenerla. Pero su padre
no se alteró. Puso la canastilla en su puesto y la amarró a la pata de una
mesa, convencido de que el acontecimiento esperado era inminente. Fue en esa
ocasión cuando Aureliano le oyó decir:
-Si no temes a Dios,
témele a los metales.
De pronto, casi cinco
meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada, rejuvenecida,
con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendía
apenas si pudo resistir el impacto. «¡Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a
ocurrir.» Y lo creía de veras, porque en sus prolongados encierros, mientras
manipulaba la materia, rogaba en el fondo de su corazón que el prodigio
esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la
del soplo que hace
vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras
de la casa, sino lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula. Pero ella
no compartía su alborozo. Le dio un beso convencional, como si no hubiera
estado ausente más de una hora, y le dijo:
-Asómate a la puerta.
José Arcadio Buendía
tardó mucho tiempo para restablecerse la perplejidad cuando salió a la calle y
vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de
cabellos lacios y piel parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de
los mismos dolores. Traían mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes
con muebles y utensilios domésticos, puros y simples accesorios terrestres
puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la realidad cotidiana.
Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había
pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del
bienestar. Úrsula no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que
su marido no pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.
Diccionario RAE:
Diccionario de sinónimos.
http://www.elmundo.es/diccionarios/
[1] Esta entrada quizá debamos
recordarla como aquella del Quijote….”En
un lugar de la mancha de cuyo nombre….”
[2] Me fascina esta expresión, demasiado poética, nos traslada de inmediato a la época que la imaginación del lector quiera
[3] Adj: que anda o se ha criado en los montes///rudo, insociable , grosero
[4] Hornillo, infiernillo.
[5] Me gusta, me gusta la expresión.
[6] Que no llega alcanzar un desarrollo normal
[7] Estropeado, en si la
palabra no existe en el diccionario
[8]
[9] atanor.(Del
ár. hisp. attannúr, este del ár. clás. tannūr, horno,
atarjea o brocal, este del arameo tannūrā, y este del acadio tinūru[m]).1. m. Cañería para conducir el agua.2.
m. Cada uno de los tubos de barro cocido de que
suele formarse dicha cañería.
[U1]Primer personaje de la novela..Corenel al cual fusilan
[U2]Jefe de la familia de gitanos que año con año se presentaban en macondo en el mes de marzo para dar a conocer los nuevos inventos
[U3]Tercer personaje de la novela. Jefe de familia
[U4]Primer personaje femenino que aparece en la novela. Esposa de José Arcadio Buendia
[U5]Una característica importante de Jose Arcadio buendia.
[U6]Segundo hijo de José Arcadio
[U7]Hijo mayor de Jose Arcadio