Gabriel García Márquez
I.
Muchos años después, frente al pelotón
de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una
aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de
aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y
enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos
los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su
carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a
conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades,
hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava
maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa
arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los
calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las
maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de
desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían
por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta
detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
«Las cosas, tienen vida propia
-pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el
ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos
que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó
que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de
la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no
sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de
los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos
lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales
para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo.
«Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido.
Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas.
Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los
dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo
único que logró desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes
soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro
hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro
un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre
con un rizo de mujer.
En marzo volvieron los gitanos. Esta
vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron
como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una gitana
en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa.
Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la
gitana al alcance de su mano.
«La ciencia ha eliminado las
distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que
ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» Un mediodía
ardiente hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron
un montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la
concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de
consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea de utilizar aquel
invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero
terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial
a cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte
de un cofre de monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de
privaciones, y que ella había enterrado debajo de la cama en espera de una
buena ocasión para invertirías. José Arcadio Buendía no trató siquiera de
consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación
de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los
efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración
de los rayos solares y sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y
tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su mujer, alarmada por
tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.
Pasaba largas horas en su cuarto,
haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa,
hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado de
numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos
explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra, y se extravió
en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de perecer
bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de conseguir
una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a la
capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia
prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de
hacer demostraciones prácticas de su invento ante los poderes militares, y
adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la guerra solar. Durante
varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó
ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una
prueba convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y
le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De
su puño y letra escribió una apretada síntesis de los estudios del monje
Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera servirse del astrolabio, la
brújula y el sextante. José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia
encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie
perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones
domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los
astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de establecer un
método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y
manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar
por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con
seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en
que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso
de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta
cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena.
De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue
sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar
crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora
del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento.
Los niños habían de recordar por el
resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera
de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el
encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.
-La tierra es redonda como una naranja.
Úrsula perdió la paciencia. «Si has de
volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates de inculcar a los niños
tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó el
astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a los hombres
del pueblo y les demostró, con teorías que para todos resultaban
incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida navegando
siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio
Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en
su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura
especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la
práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su
admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en
el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.
Para esa época, Melquíades había
envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes parecía tener la
misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su fuerza
descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el
gitano parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado
de múltiples y raras enfermedades contraídas en sus incontables viajes
alrededor del mundo. Según él mismo le contó a José Arcadio Buendia mientras lo
ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes,
husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un
fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano.
Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia,
a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en
Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el
estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de
Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada
asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero
grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de
terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa
sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición
terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida
cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes
percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el
escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que reveló
sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el principio
de una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos.
Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el
resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica
y reverberante de la ventana, alumbrando con su pro-funda voz de órgano los
territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la
grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de
transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su
descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita,
porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción
un frasco de bicloruro de mercurio.
-Es el olor del demonio -dijo ella.
-En absoluto -corrigió Melquíades-.
Está comprobado que el demonio tiene propiedades sulfúricas, y esto no es más
que un poco de solimán.
Siempre didáctico, hizo una sabia
exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo caso,
sino que se llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre
en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades.
El rudimentario laboratorio -sin contar
una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores- estaba compuesto
por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto,
imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios
gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María
la judía. Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales
correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo para el
doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del Gran
Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la
fabricación de la piedra filosofal. Seducido por la simplicidad de las fórmulas
para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias
semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas
tantas veces como era posible subdividir el azogile. Úrsula cedió, como ocurría
siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio
Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de
cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un
caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más
parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados
procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada
con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca
de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó
reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del
caldero.
Cuando volvieron los gitanos, Úrsula
había predispuesto contra ellos a toda la población. Pero la curiosidad pudo
más que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo
un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras el
pregonero anunciaba la exhibición del más fabuloso hallazgo de los
nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago
de un centavo vieron un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura
nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto,
sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante
aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se
convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos, engastados
en las encías, y se los mostró al público por un instante un instante fugaz en
que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años anteriores y se los puso
otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su juventud restaurada.
Hasta el propio José Arcadio Buendía consideró que los conocimientos de
Melquíades habían llegado a extremos intolerables, pero experimentó un
saludable alborozo cuando el gitano le explicó a solas el mecanismo de su
dentadura postiza. Aquello le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que
de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia;
sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se
pasaba el día dando vueltas por la casa. «En el mundo están ocurriendo cosas
increíbles -le decía a Úrsula-. Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase
de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros.»
Quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban
de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades.
Al principio, José Arcadio Buendía era
una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y
consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el
trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue
desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su
imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en
forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con
un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en
comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de
pelea.
La laboriosidad de Úrsula andaba a la
par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios
inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía
estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre
perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los
pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles
de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos
arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.
José Arcadio Buendía, que era el hombre
más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la
posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de
agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna
casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue
una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta
entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era
mayor de treinta años y donde nadie había muerto.
Desde los tiempos de la fundación, José
Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales,
canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de la
aldea. El concierto de tantos pájaros distintos llegó a ser tan aturdidor, que
Úrsula se tapó los oídos con cera de abejas para no perder el sentido de la
realidad. La primera vez que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de
vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran
podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos
confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros.
Aquel espíritu de iniciativa social
desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, los
cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y las ansias de conocer las
maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se
convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una
barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de
cocina. No faltó quien lo considerara víctima de algún extraño sortilegio. Pero
hasta los más convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para
seguirlo, cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el
concurso de todos para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con
los grandes inventos.
José Arcadio Buendía ignoraba por
completo la geografía de la región. Sabía que hacia el Oriente estaba la sierra
impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde
en épocas pasadas -según le había contado el primer Aureliano Buendía, su
abuelo- sir Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que
luego hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En
su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de
enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo
de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no
tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le
interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los
pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la
ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La
ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin
horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer,
que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales. Los
gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra
firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de
José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era
la ruta del Norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo;
echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la
temeraria aventura.
Los primeros días no encontraron un
obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del río hasta el
lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí
penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al término de la
primera semana, mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la
mitad y salar el resto para los próximos días. Trataban de aplazar con esa
precaución la necesidad de seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un
áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver
el sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más lejanos los
gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvió triste
para siempre. Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus
recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al
pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites humeantes y los
machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras doradas. Durante una
semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un universo de
pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos
y con los pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían
regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en
poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos. «No
importa -decía José Arcadio Buendía-. Lo esencial es no perder la orientación.»
Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte
invisible, hasta que lograron salir de la región encantada. Era una noche
densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y
limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a
fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto,
se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y
palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un
enorme galeón español.
Ligeramente volteado a estribor, de su
arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora
petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras.
Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de
olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el
interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había
nada más que un apretado bosque de flores.
El hallazgo del galeón, indicio de la
proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José Arcadio Buendía. Consideraba
como una burla de su travieso destino haber buscado el mar sin en-contrarlo, al
precio de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo encontrado entonces
sin buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo insalvable. Muchos años
después, el coronel Aureliano Buendía volvió a travesar la región, cuando era
ya una ruta regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el
costillar carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces
convencido de que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación
de su padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto
en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa inquietud cuando
encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje, a doce kilómetros de
distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente a ese mar color de ceniza,
espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y sacrificios de su aventura.
-¡Carajo! -gritó-. Macondo está rodeado
de agua por todas partes.
La idea de un Macondo peninsular
prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa arbitrario que dibujó
José Arcadio Buendía al regreso de su expedición. Lo trazó con rabia,
exa-gerando de mala fe las dificultades de comunicación, como para castigarse a
sí mismo por la absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. «Nunca
llegaremos a ninguna parte -se la-mentaba ante Úrsula-. Aquí nos hemos de pudrir
en vida sin recibir los beneficios de la ciencia.» Esa certidumbre, rumiada
varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el proyecto de
trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta vez, Úrsula se anticipó
a sus designios febriles. En una secreta e implacable labor de hormiguita
predispuso a las mujeres de la aldea contra la veleidad de sus hombres, que ya
empezaban a prepararse para la mudanza. José Arcadio Buendía no supo en qué
momento, ni en virtud de qué fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando
en una maraña de pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura
y simple ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió
por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito del fondo
comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras colocaba en sus cajas
originales las piezas del laboratorio. Lo dejó terminar. Lo dejó clavar las
cajas y poner sus iniciales encima con un hisopo entintado, sin ha-cerle ningún
reproche, pero sabiendo ya que él sabía (porque se lo oyó decir en sus sordos
monólogos) que los hombres del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo
cuando empezó a desmontar la puerta del cuartito, Úrsula se atrevió a
preguntarle por qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: «Puesto
que nadie quiere irse, nos iremos solos.» Úrsula no se alteró.
-No nos iremos -dijo-. Aquí nos
quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.
-Todavía no tenemos un muerto -dijo
él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.
Úrsula replicó, con una suave firmeza:
-Si es necesario que yo me muera para
que se queden aquí, me muero.
José Arcadio Buendía no creyó que fuera
tan rígida la voluntad de su mujer. Trató de seducirla con el hechizo de su
fantasía, con la promesa de un mundo prodigioso donde bastaba con echar unos
líquidos mágicos en la tierra para que las plantas dieran frutos a voluntad del
hombre, y donde se vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el
dolor. Pero Úrsula fue insensible a su clarividencia.
-En vez de andar pensando en tus
alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos - eplicó-.
Míralos cómo están, abandonados a la
buena de Dios, igual que los burros.
José Arcadio Buendía tomó al pie de la
letra las palabras de su mujer. Miró a través de la ventana y vio a los dos
niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel
instante habían empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo
ocurrió entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de los re
cuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba segura de no
abandonar en el resto de su vida él permaneció contemplando a los niños con
mirada absorta hasta que los ojos se le humedecieron y se los secó con el dorso
de la mano, y exhaló un hondo suspiro de resignación.
-Bueno -dijo-. Diles que vengan a
ayudarme a sacar las cosas de los cajones.
José Arcadio, el mayor de los niños,
había cumplido catorce años. Tenía la cabeza cuadrada, el pelo hirsuto y el
carácter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso de
crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces era evidente que carecía de
imaginación. Fue concebido y dado a luz durante la penosa travesía de la
sierra, antes de la fundación de Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo
al comprobar que no tenía ningún órgano de animal.
Aureliano, el primer ser humano que
nació en Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído.
Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.
Mientras le cortaban el ombligo movía
la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el
rostro de la gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes
se acercaban a conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma,
que parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia.
Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que
el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento
en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo.
El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien
puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio,
inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un
dinamismo interior, y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el
episodio a su marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue
siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba la
infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque siempre
estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas.
Pero desde la tarde en que llamó a los
niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del laboratorio, les dedicó
sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron llenando
poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a leer y
escribir y a sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo no sólo
hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino forzando a extremos
increíbles los límites de su imaginación. Fue así como los niños terminaron por
aprender que en el extremo meridional del África había hombres tan inteligentes
y pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era
posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el puerto de
Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo impresas en la
memoria de los niños, que muchos años más tarde, un segundo antes de que el
oficial de los ejércitos regulares diera la orden de fuego al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió a vivir la tibia tarde de
marzo en que su padre interrumpió la lección de física, y se quedó fascinado,
con la mano en el aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos
y tambores y sonajas de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea,
pregonando el último y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.
Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres
jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel
aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en las calles
un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados de todos los colores
que recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía un centenar de huevos
de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el
pensamiento, y la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar
botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el
emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas
e insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la
memoria para poder acordarse de todas. En un instante transformaron la aldea.
Los habitantes de Macondo se encontraron de pronto perdidos en sus propias
calles, aturdidos por la feria multitudinaria.
Llevando un niño de cada mano para no
perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de dientes acorazados de
oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de estiércol
y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José Arcadio Buendía andaba como un loco
buscando a Melquíades por todas partes, para que le revelara los infinitos
secretos de aquella pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no
entendieron su lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía
plantar su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano
un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la
sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por
entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la
pregunta. El gitano le envolvió en el clima atónito de su mirada, antes de
convertirse en un charco de alquitrán pestilente y humeante sobre el cual quedó
flotando la resonancia de su respuesta: «Melquíades murió.» Aturdido por la
noticia, José Arcadio Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la
aflicción, hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el
charco del armenio taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos
le confirmaron que en efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en los
médanos de Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar más profundo
del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia. Estaban obstinados en
que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de
Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al
rey Salomón.
Tanto insistieron, que José Arcadio
Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa,
donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre
en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre
de pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento
glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas
internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del
crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación
inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más grande del mundo.
-No -corrigió el gitano-. Es hielo.
José Arcadio Buendía, sin entender,
extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la apartó. «Cinco reales
más para tocarlo», dijo. José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano
sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se
le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir,
pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia.
El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en cambio, dio un paso
hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto. «Está hirviendo», exclamó
asustado. Pero su padre no le prestó atención. Embriagado por la evidencia del
prodigio, en aquel momento se olvidó de la frustración de sus empresas
delirantes y del cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares.
Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un
testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:
-Éste es el gran invento de nuestro
tiempo.
II.
Cuando el pirata Francis Drake asaltó a
Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula Iguarán se asustó tanto con
el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el control de los
nervios y se sentó en un fogón encendido. Las quemaduras la dejaron convertida
en una esposa inútil para toda la vida. No podía sentarse sino de medio lado,
acomodada en cojines, y algo extraño debió quedarle en el modo de andar, porque
nunca volvió a caminar en público. Renunció a toda clase de hábitos sociales
obsesionada por la idea de que su cuerpo despedía un olor a chamusquina. El
alba la sorprendía en el patio sin atreverse a dormir, porque soñaba que los
ingleses con sus feroces perros de asalto se metían por la ventana del
dormitorio y la sometían a vergonzosos tormentos con hierros al rojo vivo. Su
marido, un comerciante aragonés con quien tenía dos hijos, se gastó media
tienda en medicinas y entretenimientos buscando la manera de aliviar sus
terrores. Por último liquidó el negocio y llevó la familia a vivir lejos del
mar, en una ranchería de indios pacíficos situada en las estribaciones de la
sierra, donde le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no
tuvieran por donde entrar los piratas de sus pesadillas.
En la escondida ranchería vivía de
mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco, don José Arcadio Buendía,
con quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan productiva que en
pocos años hicieron una fortuna. Varios siglos más tarde, el tataranieto del
criollo se casó con la tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula
se salía de casillas con las locuras de su marido, saltaba por encima de
trescientos años de casualidades, y maldecía la hora en que Francis Drake
asaltó a Riohacha, Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad estaban
ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común
remordimiento de conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido juntos en la
antigua ranchería que los antepasados de ambos transformaron con su trabajo y
sus buenas costumbres en uno de los mejores pueblos de la provincia. Aunque su
matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando ellos expresaron
la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían el
temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas
pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente
tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía tuvo un
hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió
desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de
virginidad porque nació y creció con una cola cartilaginosa en forma de
tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de cerdo que no se
dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costo la vida cuando un carnicero
amigo le hizo el favor de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio
Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una
sola frase: «No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.» Así
que se casaron con una fiesta de banda y cohetes que duró tres días. Hubieran
sido felices desde entonces si la madre de Úrsula no la hubiera aterrorizado
con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta el
extremo de conseguir que rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el
corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de
acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y
reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante
con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses. Durante el día,
él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre.
Durante la noche, forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya
parecía un sustituto del acto de amor, hasta que la intuición popular olfateó
que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de que Úrsula seguía virgen
un año después de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio Buendía
fue el último que conoció el rumor.
-Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo
la gente -le dijo a su mujer con mucha calma.
-Déjalos que hablen -dijo ella-.
Nosotros sabemos que no es cierto.
De modo que la situación siguió igual
por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que José Arcadio Buendía le
gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la sangre
de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la
gallera pudiera oír lo que iba a decirle.
-Te felicito -gritó-. A ver si por fin
ese gallo le hace el favor a tu mujer.
José Arcadio Buendía, sereno, recogió
su gallo. «Vuelvo en seguida», dijo a todos. Y luego, a Prudencio Aguilar:
-Y tú, anda a tu casa y ármate, porque
te voy a matar.
Diez minutos después volvió con la
lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había
concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de
defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro
y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó
a los tigres de la región, le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se
velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio
cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad.
Blandiendo la lanza frente a ella, le
ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de su marido. «Tú
serás responsable de lo que pase», murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza
en el piso de tierra.
-Si has de parir iguanas, criaremos
iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.
Era una buena noche de junio, fresca y
con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer,
indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de
los parientes de Prudencio Aguilar.
El asunto fue clasificado como un duelo
de honor, pero a ambos les quedó un malestar en la conciencia. Una noche en que
no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio y vio a Prudencio
Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una expresión muy triste,
tratando de cegar con un tapón de esparto el hueco de su garganta. No le
produjo miedo, sino lástima. Volvió al cuarto a contarle a su esposo lo que
había visto, pero él no le hizo caso. «Los muertos no salen -dijo-.
Lo que pasa es que no podemos con el
peso de la conciencia.» Dos noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio
Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cris-talizada
del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía,
fastidiado por las alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la
lanza. Allí estaba el muerto con su expresión triste.
-Vete al carajo -le gritó José Arcadio
Buendía-. Cuantas veces regreses volveré a matarte.
Prudencio Aguilar no se fue, ni José
Arcadio Buendía se atrevió arrojar la lanza. Desde entonces no pudo dormir
bien.
Lo atormentaba la inmensa desolación
con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que
añoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando agua para
mojar su tapón de esparto. «Debe estar sufriendo mucho -le decía a Úrsula-. Se
ve que está muy solo.» Ella estaba tan conmovida que la próxima vez que vio al
muerto destapando las ollas de la hornilla comprendió lo que buscaba, y desde
entonces le puso tazones de agua por toda la casa. Una noche en que lo encontró
lavándose las heridas en su propio cuarto, José Arcadio Buendía no pudo
resistir más.
-Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos
iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora
vete tranquilo.
Fue así como emprendieron la travesía
de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía, jóvenes como él,
embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres
y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir,
José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus
magníficos gallos de pelea, confiando en que en esa forma le daba un poco de
paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó Úrsula fue un baúl con sus ropas
de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con las piezas de
oro que heredé de su padre. No se trazaron un itinerario definido. Solamente
procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para no dejar
ningún rastro ni encontrar gente conocida. Fue un viaje absurdo. A los catorce
meses, con el estómago estragado por la carne de mico y el caldo de culebras,
Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes humanas. Había hecho la mitad del
camino en una hamaca colgada de un palo que dos hombres llevaban en hombros,
porque la hinchazón le desfiguró las piernas, y las varices se le reventaban
como burbujas. Aunque daba lástima verlos con los vientres templados y los ojos
lánguidos, los niños resistieron el viaje mejor que sus padres, y la mayor
parte del tiempo les resultó divertido.
Una mañana, después de casi dos años de
travesía, fueron los primeros mortales que vieron la vertiente occidental de la
sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa llanura acuática de la
ciénaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron
el mar. Una noche, después de varios meses de andar perdidos por entre los
pantanos, lejos ya de los últimos indígenas que encontraron en el camino,
acamparon a la orilla de un río pedregoso cuyas aguas parecían un torrente de
vidrio helado. Años después, durante la segunda guerra civil, el coronel
Aureliano Buendía trató de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por
sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin
embargo, la noche en que acamparon junto al río, las huestes de su padre tenían
un aspecto de náufragos sin escapatoria, pero su número había aumentado durante
la travesía y todos estaban dispuestos (y lo consiguieron) a morirse de viejos.
José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una ciudad
ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le
contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado
alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día
siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó
derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco
de la orilla, y allí fundaron la aldea.
José Arcadio Buendia no logró descifrar
el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el día en que conoció el
hielo. Entonces creyó entender su profundo significado. Pensó que en un futuro
próximo podrían fabricarse bloques de hielo en gran escala, a partir de un
material tan cotidiano como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de
la aldea. Macondo dejaría de ser un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se
torcían de calor, para convertirse en una ciudad invernal. Si no perseveró en
sus tentativas de construir una fábrica de hielo, fue porque entonces estaba
positivamente entusiasmado con la educación de sus hijos, en especial la de
Aureliano, que había revelado desde el primer momento una rara intuición
alquímica. El laboratorio había sido desempolvado. Revisando las notas de
Melquíades, ahora serenamente, sin la exaltación de la novedad, en prolongadas
y pacientes sesiones trataron de separar el oro de Úrsula del cascote adherido
al fondo del caldero. El joven José Arcadio participó apenas en el proceso.
Mientras su padre sólo tenía cuerpo y alma para el atanor, el voluntarioso
primogénito, que siempre fue demasiado grande para su edad, se convirtió en un
adolescente monumental. Cambió de voz. El bozo se le pobló de un vello
incipiente. Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba la ropa
para dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad: era el
primer hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan bien
equipado para la vida, que le pareció anormal. Úrsula, encinta por tercera vez,
vivió de nuevo sus terrores de recién casada.
Por aquel tiempo iba a la casa una
mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en los oficios domésticos y
sabía leer el porvenir en la baraja. Úrsula le habló de su hijo. Pensaba que su
desproporción era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo del primo. La
mujer soltó una risa expansiva que repercutió en toda la casa como un reguero
de vidrio. «Al contrario -dijo-.
Será feliz». Para confirmar su
pronóstico llevó los naipes a la casa pocos días después, y se encerró con José
Arcadio en un depósito de granos contiguo a la cocina. Colocó las barajas con
mucha calma en un viejo mesón de carpintería, hablando de cualquier cosa,
mientras el muchacho esperaba cerca de ella más aburrido que intrigado. De
pronto extendió la mano y lo tocó. «Qué bárbaro», dijo, sinceramente asustada,
y fue todo lo que pudo decir. José Arcadio sintió que los huesos se le llenaban
de espuma, que tenía un miedo lánguido y unos terribles deseos de llorar. La
mujer no le hizo ninguna insinuación. Pero José Arcadio la siguió buscando toda
la noche en el olor de humo que ella tenía en las axilas y que se le quedó
metido debajo del pellejo. Quería estar con ella en todo momento, quería que
ella fuera su madre, que nunca salieran del granero y que le dijera qué
bárbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qué bárbaro.
Un día no pudo soportar más y fue a
buscarla a su casa. Hizo una visita formal, incomprensible, sentado en la sala
sin pronunciar una palabra. En ese momento no la deseó. La encontraba distinta,
enteramente ajena a la imagen que inspiraba su olor, como si fuera otra. Tomó
el café y abandonó la casa deprimido. Esa noche, en el espanto de la vigilia,
la volvió a desear con una ansiedad brutal, pero entonces no la quería como era
en el granero, sino como había sido aquella tarde.
Días después, de un modo intempestivo,
la mujer lo llamó a su casa, donde estaba sola con su madre, y lo hizo entrar
en el dormitorio con el pretexto de enseñarle un truco de barajas.
Entonces lo tocó con tanta libertad que
él sufrió una desilusión después del
inicial, y experimentó más miedo que
placer. Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla. Él estuvo de acuerdo, por
salir del paso, sabiendo que no seria capaz de ir. Pero esa noche, en la cama
ardiente, comprendió que tenía que ir a buscarla aunque no fuera capaz. Se
vistió a tientas, oyendo en la oscuridad la reposada respiración de su hermano,
la tos seca de su padre en el cuarto vecino, el asma de las gallinas en el
patio, el zumbido de los mosquitos, el bombo de su corazón y el desmesurado
bullicio del mundo que no había advertido hasta entonces, y salió a la calle
dormido. Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera atrancada, y no
simplemente ajustada, como ella le había prometido. Pero estaba abierta. La
empujó con la punta de los dedos y los goznes soltaron un quejido lúgubre y
articulado que tuvo una resonancia helada en sus entrañas. Desde el instante en
que entró, de medio lado y tratando de no hacer ruido, sintió el olor. Todavía
estaba en la salita donde los tres hermanos de la mujer colgaban las hamacas en
posiciones que él ignoraba y que no podía determinar en las tinieblas, así que
le faltaba atravesarla a tientas, empujar la puerta del dormitorio y orientarse
allí de tal modo que no fuera a equivocarse de cama. Lo consiguió. Tropezó con
los hicos de las hamacas, que estaban más bajas de lo que él había supuesto, y
un hombre que roncaba hasta entonces se revolvió en el sueño y dijo con una
especie de desilusión: «Era miércoles.» Cuando empujó la puerta del dormitorio,
no pudo impedir que raspara el desnivel del piso. De pronto, en la oscuridad
absoluta, comprendió con una irremediable nostalgia que estaba completamente
desorientado. En la estrecha habitación dormían la madre, otra hija con el
marido y dos niños, y la mujer que tal vez no lo esperaba. Habría podido
guiarse por el olor si el olor no hubiera estado en toda la casa, tan engañoso
y al mismo tiempo tan definido como había estado siempre en su pellejo.
Permaneció inmóvil un largo rato, preguntándose asombrado cómo había hecho para
llegar a ese abismo de desamparo, cuando una mano con todos los dedos
extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le tropezó la cara. No se
sorprendió, porque sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se confió a
aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó llevar hasta un
lugar sin formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de
papas y lo voltearon al derecho y al revés, en una oscuridad insondable en la
que le sobraban los brazos, donde ya no olía más a mujer, sino a amoníaco, y
donde trataba de acordarse del rostro de ella y se encontraba con el rostro de
Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que desde hacía
mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado
que en realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no
sabía dónde es-taban los pies v dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la
cabeza de quién, y sintiendo que no podía resistir más el rumor glacial de sus
riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia atolondrada de huir y
al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y aquella
soledad espantosa.
Se llamaba Pilar Ternera. Había formado
parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo, arrastrada por su
familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió
amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la
situación porque era un hombre ajeno. Le prometió seguirla hasta el fin del
mundo, pero más tarde, cuando arreglara sus asuntos, y ella se había cansado de
esperarlo identificándolo siempre con los hombres altos y bajos, rubios y
morenos, que las barajas le prometían por los caminos de la tierra y los
caminos del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años. Había
perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito
de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón, Trastornado por
aquel juguete prodigioso, José Arcadio buscó su rastro todas las noches a
través del laberinto del cuarto. En cierta ocasión encontró la puerta
atrancada, y tocó varias veces, sabiendo que si había tenido el arresto de
tocar la primera vez tenía que tocar hasta la última, y al cabo de una espera
interminable ella le abrió la puerta.
Durante el día, derrumbándose de sueño,
gozaba en secreto con los recuerdos de la noche anterior. Pero cuando ella
entraba en la casa, alegre, indiferente, dicharachera, él no tenía que hacer
ningún esfuerzo para disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa
explosiva espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder invisible
que lo enseñaba a respirar hacia dentro y a controlar los golpes del corazón, y
le había permitido entender por qué los hombres le tienen miedo a la muerte.
Estaba tan ensimismado que ni siquiera comprendió la alegría de todos cuando su
padre y su hermano alborotaron la casa con la noticia de que habían logrado
vulnerar el cascote metálico y separar el oro de Úrsula.
En efecto, tras complicadas y
perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula estaba feliz, y hasta dio
gracias a Dios por la invención de la alquimia, mientras la gente de la aldea
apretujaba en el laboratorio, y les
servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el prodigio, y José
Arcadio Buendía les dejaba ver el crisol con el oro rescatado, como si acabara
de inventarío. De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo mayor, que en los
últimos tiempos apenas se asomaba por el laboratorio. Puso frente a sus ojos el
mazacote seco y amarillento, y le preguntó: «¿Qué te parece?» José Arcadio,
sinceramente, contestó:
-Mierda de perro.
Su padre le dio con el revés de la mano
un violento golpe en la boca que le hizo saltar la sangre y las lágrimas. Esa
noche Pilar Ternera le puso compresas de árnica en la hinchazón, adivinando el
frasco y los algodones en la oscuridad, y le hizo todo lo que quiso sin que él
se molestara, para amarlo sin lastimarlo Lograron tal estado de intimidad que
un momento después, sin darse cuenta, estaban hablando en murmullos.
-Quiero estar solo contigo -decía él-.
Un día de estos le cuento todo a todo el mundo y se acaban los escondrijos.
Ella no trató de apaciguarlo.
-Sería muy bueno -dijo-. Si estamos
solos, dejamos la lámpara encendida para vernos bien, y yo puedo gritar todo lo
que quiera sin que nadie tenga que meterse y tú me dices en la oreja todas las
porquerías que se te ocurran.
Esta conversación, el rencor mordiente
que sentía contra su padre, y la inminente posibilidad del amor desaforado, le
inspiraron una serena valentía. De un modo espontáneo, sin ninguna preparación,
le contó todo a su hermano.
Al principio el pequeño Aureliano sólo
comprendía el riesgo, la inmensa posibilidad de peligro que implicaban las
aventuras de su hermano, pero no lograba concebir la fascinación del objetivo.
Poco a poco se fue contaminando de
ansiedad. Se hacía contar las minuciosas peripecias, se identificaba con el
sufrimiento y el gozo del hermano, se sentía asustado y feliz. Lo esperaba
despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que parecía tener una estera
de brasas, y seguían hablando sin sueño hasta la hora de levantarse, de modo
que muy pronto padecieron ambos la misma somnolencia, sintieron el mismo
desprecio por la alquimia y la sabiduría de su padre, y se refugiaron en la soledad.
«Estos niños andan como zurumbáticos - ecía Úrsula-.
Deben tener lombrices.» Les preparó una
repugnante pócima de paico machacado, que ambos bebieron con imprevisto
estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas once veces en un
solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que mostraron a todos con gran
júbilo, porque les permitieron desorientar a Úrsula en cuanto al origen de sus
distraimientos y languideces. Aureliano no sólo podía entonces entender, sino
que podía vivir como cosa propia las experiencias de su hermano, porque en una
ocasión en que éste explicaba con muchos pormenores el mecanismo del amor, lo
interrumpió para preguntarle: «¿Qué se siente?» José Arcadio le dio una
respuesta inmediata:
-Es como un temblor de tierra.
Un jueves de enero, a las dos de la
madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara en el cuarto, Úrsula la
examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como una lagartija, pero todas sus
partes eran humanas, Aureliano no se dio cuenta de la novedad sino cuando
sintió la casa llena de gente. Protegido por la confusión salió en busca de su
hermano, que no estaba en la cama desde las once, y fue una decisión tan
impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse cómo haría para sacarlo
del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas, silbando
claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo obligó a regresar. En el
cuarto de su madre, jugando con la hermanita recién nacida y con una cara que
se le caía de inocencia, encontró a José Arcadio.
Úrsula había cumplido apenas su reposo
de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos. Eran los mismos saltimbanquis y
malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la tribu de Melquíades,
habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino
mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo
anunciaron en función de su utilidad en la vida de los hombres, sino como una
simple curiosidad de circo. Esta vez, entre muchos otros juegos de artificio,
llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un aporte fundamental
al desarrollo del transporte, como un objeto de recreo. La gente, desde luego,
desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo fugaz sobre
las casas de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden
colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios
dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron a sospechar que el amor podía
ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad desaforada pero
momentánea de sus noches secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto.
Estimulada por el entusiasmo con que
José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la forma y la ocasión, y de un
solo golpe le echó el mundo encima. «Ahora si eres un hombre», le dijo. Y corno
él no entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:
-Vas a tener un hijo.
José Arcadio no se atrevió a salir de
su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la risotada trepidante de Pilar
en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio, donde los ar-tefactos
de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía
recibió con alborozo al hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra
filosofal, que había por fin emprendido. Una tarde se entusiasmaron los
muchachos con la estera voladora que pasó veloz al nivel de la ventana del
laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que
hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la miró.
«Déjenlos que sueñen -dijo-. Nosotros volaremos mejor que ellos con recursos
más científicos que ese miserable sobrecamas.» A pesar de su fingido interés,
José Arcadio no entendió nunca los podere5 del huevo filosófico, que simplemente
le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su preocupación. Perdió
el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre ante el
fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el propio José
Arcadio Buendía lo relevó de los deberes en el laboratorio creyendo que había
tomado la alquimia demasiado a pecho. Aureliano, por supuesto, comprendió que
la aflicción del hermano no tenía origen en la búsqueda de la piedra filosofal,
pero no consiguió arrancarle una confidencia. Rabia perdido su antigua
espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso
de soledad, mordido por un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó
la cama como de costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse
con el tumulto de la feria.
Después de deambular por entre toda
suerte de máquinas de artificio, Sin interesarse por ninguna, se fijó en algo
que no estaba en juego; una gitana muy joven, casi una niña, agobiada de
abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su vida. Estaba
entre la multitud que presenciaba el triste espectáculo del hombre que se
convirtió en víbora por desobedecer a sus padres.
José Arcadio no puso atención. Mientras
se desarrollaba el triste interrogatorio del hombre-víbora, se había abierto
paso por entre la multitud hasta la primera fila en que se encontraba la
gitana, y se había detenido detrás de ella. Se apretó contra sus espaldas. La
muchacha trató de separarse, pero José Arcadio se apretó con más fuerza contra
sus espaldas. Entonces ella lo sintió. Se quedó inmóvil contra él, temblando de
sorpresa y pavor, sin poder creer en la evidencia, y por último volvió la
cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos gitanos metieron
al hombre-víbora en su jaula y la llevaron al interior de la tienda. El gitano
que dirigía el espectáculo anunció:
-Y ahora, señoras y señores, vamos a
mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que ser decapitada todas las
noches a esta hora durante ciento cincuenta años, como castigo por haber visto
lo que no debía.
José Arcadio y la muchacha no
presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde se besaron con
una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se
deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje
almidonado, de su inútil corsé alambrado, de su carga de abalorios, y quedó
prácticamente convertida en nada. Era una ranita lánguida, de senos incipientes
y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José
Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad. Sin
embargo, José Arcadio no podía responderle porque estaban en una especie de
carpa pública, por donde los gitanos pasaban con sus cosas de circo y arreglaban
sus asuntos, y hasta se demoraban junto a la cama a echar una partida de dados.
La lámpara colgada en la vara central iluminaba todo el ámbito. En una pausa de
las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en la cama, sin saber qué hacer,
mientras la muchacha trataba de alentarlo. Una gitana de carnes espléndidas
entró poco después acompañada de un hombre que no hacia parte de la farándula,
pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la
cama. Sin proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie
de fervor patético su magnifico animal en reposo.
-Muchacho -exclamó-, que Dios te la
conserve.
La compañera de José Arcadio les pidió
que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el suelo, muy cerca de la
cama.
La pasión de los otros despertó la
fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la muchacha
parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de
dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se llenaron de
lágrimas y todo su cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor de lodo.
Pero soportó el impacto con una firmeza de carácter y una valentía admirables.
José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo hacia un estado de
inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de
obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían
por la boca traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José
Arcadio se amarró un trapo rojo en la cabeza y se fue con los gitanos.
Cuando Úrsula descubrió su ausencia, lo
buscó por toda la aldea. En el desmantelado campamento de los gitanos no había
más que un reguero de desperdicios entre las cenizas todavía humeantes de los
fogones apagados. Alguien que andaba por ahí buscando abalorios entre la basura
le dijo a Úrsula que la noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de
la fa-rándula, empujando una carretilla con la jaula del hombre- íbora. «¡Se
metió de gitano!», le gritó ella a su marido, quien no había dado la menor
señal de alarma ante la desaparición.
-Ojalá fuera cierto -dijo José Arcadio
Buendía, machacando en el mortero la materia mil veces machacada y recalentada
y vuelta a machacar-. Así aprenderá a ser hombre.
Úrsula preguntó por dónde se habían ido
los gitanos. Siguió preguntando en el camino que le indicaron, y creyendo que
todavía tenía tiempo de alcanzarlos, siguió alejándose de la aldea, hasta que
tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no pensó en regresar. José Arcadio
Buendía no descubrió la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando
dejó la materia recalentándose en una cama de estiércol, y fue a ver qué le
pasaba a la pequeña Amaranta que estaba ronca de llorar. En pocas horas reunió
un grupo de hombres bien equipados, puso a Amaranta en manos de una mujer que
se ofreció para amamantaría, y se perdió por senderos invisibles en pos de
Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya lengua
desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie.
Al cabo de tres días de búsqueda inútil, regresaron a la aldea.
Durante varias semanas, José Arcadio
Buendía se dejó vencer por la consternación. Se ocupaba como una madre de la
pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba a ser amamantada
cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las canciones que Úrsula
nunca supo cantar. En cierta ocasión, Pilar Ternera se ofreció para hacer los
oficios de la casa mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa
intuición se había sensibilizado en la desdicha, experimentó un fulgor de
clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún modo inexplicable
ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de
su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que
la mujer no volvió a la casa.
El tiempo puso las cosas en su puesto.
José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué momento estaban otra vez en
el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor, entregados una
vez más a la paciente manipulación de la materia dormida desde hacía varios
meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de
mimbre, observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano
en el cuartito enrarecido por los vapores del mercurio. En cierta ocasión,
meses después de la partida de Úrsula, em-pezaron a suceder cosas extrañas. Un
frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en un armario se hizo tan
pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la mesa de
trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. José
Arcadio Buendía y su hijo observaban aquellos fenómenos con asustado alborozo,
sin lograr explicárselos, pero interpretándolos como anuncios de la materia. Un
día la canastilla de Amaranta empezó a moverse con un impulso propio y dio una
vuelta completa en el cuarto, ante la consternación de Aureliano, que se
apresuró a detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su
puesto y la amarró a la pata de una mesa, convencido de que el acontecimiento
esperado era inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó decir:
-Si no temes a Dios, témele a los
metales.
De pronto, casi cinco meses después de
su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada, rejuvenecida, con ropas nuevas
de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendía apenas si pudo
resistir el impacto. «¡Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a ocurrir.» Y lo
creía de veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la
materia, rogaba en el fondo de su corazón que el prodigio esperado no fuera el
hallazgo de la piedra filosofal, ni la
del soplo que hace vivir los metales,
ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras de la casa, sino
lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula. Pero ella no compartía su
alborozo. Le dio un beso convencional, como si no hubiera estado ausente más de
una hora, y le dijo:
-Asómate a la puerta.
José Arcadio Buendía tardó mucho tiempo
para restablecerse la perplejidad cuando salió a la calle y vio la muchedumbre.
No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de cabellos lacios y piel
parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de los mismos dolores.
Traían mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y
utensilios domésticos, puros y simples accesorios terrestres puestos en venta
sin aspavientos por los mercachifles de la realidad cotidiana. Venían del otro
lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había pueblos que recibían
el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no
había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo
descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.
III.
El hijo de Pilar Ternera fue llevado a
casa de sus abuelos a las dos semanas de nacido. Úrsula lo admitió de mala
gana, vencida una vez más por la terquedad de su marido que no pudo tolerar la
idea de que un retoño de su sangre quedara navegando a la deriva, pero impuso
la condición de que se ocultara al niño su verdadera identidad. Aunque recibió
el nombre de José Arcadio, terminaron por llamarlo simplemente Arcadio para
evitar confusiones. Había por aquella época tanta actividad en el pueblo y
tantos trajines en la casa, que el cuidado de los niños quedó relegado a un
nivel secundario. Se los encomendaron a Visitación, una india guajira que llegó
al pueblo con un hermano, huyendo de una peste de insomnio que flagelaba a su
tribu desde hacía varios años. Ambos eran tan dóciles y serviciales que Úrsula
se hizo cargo de ellos para que la ayudaran en los oficios domésticos. Fue así
como Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira antes que el castellano, y
aprendieron a tomar caldo de lagartijas y a comer huevos de arañas sin que
Úrsula se diera cuenta, porque andaba demasiado ocupada en un prometedor
negocio de animalitos de caramelo. Macondo estaba transformado. Las gentes que
llegaron con Úrsula divulgaron la buena calidad de su suelo y su posición
privilegiada con respecto a la ciénaga, de modo que la escueta aldea de otro
tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de
artesanía, y una ruta de comercio permanente por donde llegaran los primeros
árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por
guacamayas. José Arcadio Buendía no tuvo un instante de reposo. Fascinado por
una realidad inmediata que entonces le resultó más fantástica que el vasto
universo de su imaginación, perdió todo interés por el laboratorio de alquimia,
puso a descansar la materia extenuada por largos meses de manipulación, y
volvió a ser el hombre emprendedor de los primeros tiempos que decidía el
trazado de las calles y la posición de las nuevas casas, de manera que nadie
disfrutara de privilegios que no tuvieran todos. Adquirió tanta autoridad entre
los recién llegados que no se echaron cimientos ni se pararon cercas sin
consultárselo, y se determinó que fuera él quien dirigiera la repartición de la
tierra. Cuando volvieron los gitanos saltimbanquis, ahora con su feria
ambulante transformada en un gigantesco establecimiento de juegos de suerte y
azar, fueron recibidos con alborozo porque se pensó que José Arcadio regresaba
con ellos. Pero José Arcadio no volvió, ni llevaron al hombre- íbora que según
pensaba Úrsula era el único que podría darles razón de su hijo, así que no se
les permitió a los gitanos instalarse en el pueblo ni volver a pisarlo en el
futuro, porque se los consideró como mensajeros de la concupiscencia y la
perversión. José Arcadio Buendía, sin embargo, fue explícito en el sentido de
que la antigua tribu de Melquíades, que tanto contribuyó al engrandecimiento de
la aldea can su milenaria sabiduría y sus fabulosos inventos, encontraría
siempre las puertas abiertas. Pero la tribu de Melquíades, según contaron los
trotamundos, había sido borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado
los limites del conocimiento humano.
Emancipado al menos por el momento de
las torturas de la fantasía, José Arcadio Buendía impuso en poco tiempo un
estado de orden y trabajo, dentro del cual sólo se permitió una licencia: la
liberación de los pájaros que desde la época de la fundación alegraban el
tiempo con sus flautas, y la instalación en su lugar de relojes musicales en
todas las casas. Eran unos preciosos relojes de madera labrada que los árabes
cambiaban por guacamayas, y que José Arcadio Buendía sincronizó con tanta
precisión, que cada media hora el pueblo se alegraba con los acordes
progresivos de una misma pieza, hasta alcanzar la culminación de un mediodía exacto
y unánime con el valse completo. Fue también José Arcadio Buendía quien decidió
por esos años que en las calles del pueblo se sembraran almendros en vez de
acacias, y quien descubrió sin revelarlos nunca las métodos para hacerlos
eternos. Muchos años después, cuando Macondo fue un campamento de casas de
madera y techos de cinc, todavía perduraban en las calles más antiguas los
almendros rotos y polvorientas, aunque nadie sabía entonces quién los había
sembrado. Mientras su padre ponía en arden el pueblo y su madre consolidaba el
patrimonio doméstico con su maravillosa industria de gallitos y peces
azucarados que dos veces al día de la casa ensartadas en palos de balso,
Aureliano vivía horas interminables en el laboratorio abandonada, aprendiendo
por pura investigación el arte de la platería. Se había estirado tanto, que en
poco tiempo dejó de servirle la ropa abandonada por su hermano y empezó a usar
la de su padre, pero fue necesario que Visitación les cosiera alforzas a las
camisas y sisas a las pantalones, porque Aureliano no había sacada la
corpulencia de las otras. La adolescencia le había quitada la dulzura de la voz
y la había vuelta silencioso y definitivamente solitario, pero en cambio le
había restituido la expresión intensa que tuvo en los ajos al nacer. Estaba tan
concentrado en sus experimentos de platería que apenas si abandonaba el
laboratorio para comer. Preocupada por su ensimismamiento, José Arcadio Buendía
le dio llaves de la casa y un poco de dinero, pensando que tal vez le hiciera
falta una mujer. Pero Aureliano gastó el dinero en ácida muriático para
preparar agua regia y embelleció las llaves con un baño de oro. Sus
exageraciones eran apenas comparables a las de Arcadio y Amaranta, que ya
habían empezada a mudar los dientes y todavía andaban agarrados toda el día a
las mantas de los indios, tercos en su decisión de no hablar el castellano,
sino la lengua guajira. «No tienes de qué quejarte -le decía Úrsula a su
marido-. Los hijos heredan las locuras de sus padres.» Y mientras se lamentaba
de su mala suerte, convencida de que las extravagancias de sus hijos eran alga
tan espantosa coma una cola de cerdo, Aureliano fijó en ella una mirada que la
envolvió en un ámbito de incertidumbre.
-Alguien va a venir -le dijo.
Úrsula, como siempre que él expresaba
un pronóstico, trató de desalentaría can su lógica casera. Era normal que
alguien llegara. Decenas de forasteras pasaban a diaria por Macondo sin
suscitar inquietudes ni anticipar anuncios secretos. Sin embargo, por encima de
toda lógica, Aureliano estaba seguro de su presagio.
-No sé quién será -insistió-, pero el
que sea ya viene en camino.
El domingo, en efecto, llegó Rebeca. No
tenía más de once años. Había hecho el penoso viaje desde Manaure con unos
traficantes de pieles que recibieron el encargo de entregarla junto con una
carta en la casa de José Arcadio Buendía, pero que no pudieron explicar con
precisión quién era la persona que les había pedido el favor. Todo su equipaje
estaba compuesto por el baulito de la ropa un pequeño mecedor de madera can
florecitas de calores pintadas a mano y un talego de lona que hacía un
permanente ruido de clac clac clac, donde llevaba los huesos de sus padres. La
carta dirigida a José Arcadio Buendía estaba escrita en términos muy cariñosas
por alguien que lo seguía queriendo mucho a pesar del tiempo y la distancia y
que se sentía obligado por un elemental sentido humanitario a hacer la caridad
de mandarle esa pobre huerfanita desamparada, que era prima de Úrsula en
segundo grado y por consiguiente parienta también de José Arcadio Buendía,
aunque en grado más lejano, porque era hija de ese inolvidable amigo que fue
Nicanor Ulloa y su muy digna esposa Rebeca Montiel, a quienes Dios tuviera en
su santa reino, cuyas restas adjuntaba la presente para que les dieran
cristiana sepultura. Tanto los nombres mencionados como la firma de la carta
eran perfectamente legibles, pero ni José Arcadio Buendía ni Úrsula recordaban
haber tenida parientes con esos nombres ni conocían a nadie que se llamara cama
el remitente y mucha menos en la remota población de Manaure. A través de la
niña fue imposible obtener ninguna información complementaria. Desde el momento
en que llegó se sentó a chuparse el dedo en el mecedor y a observar a todas con
sus grandes ajos espantados, sin que diera señal alguna de entender lo que le
preguntaban. Llevaba un traje de diagonal teñido de negro, gastada por el uso,
y unas desconchadas botines de charol. Tenía el cabello sostenido detrás de las
orejas can moñas de cintas negras. Usaba un escapulario con las imágenes
barradas por el sudor y en la muñeca derecha un colmillo de animal carnívoro
montada en un soporte de cobre cama amuleto contra el mal de ajo. Su piel
verde, su vientre redondo y tenso como un tambor, revelaban una mala salud y un
hambre más viejas que ella misma, pera cuando le dieran de comer se quedó can
el plato en las piernas sin probarla. Se llegó inclusive a creer que era
sordomuda, hasta que los indios le preguntaran en su lengua si quería un poco
de agua y ella movió los ojos coma si los hubiera reconocido y dijo que si can
la cabeza.
Se quedaron con ella porque no había
más remedio. Decidieran llamarla Rebeca, que de acuerda con la carta era el
nombre de su madre, porque Aureliano tuvo la paciencia de leer frente a ella
todo el santoral y no logró que reaccionara can ningún nombre. Como en aquel
tiempo no había cementerio en Macondo, pues hasta entonces no había muerta
nadie, conservaron la talega con los huesos en espera de que hubiera un lugar
digno para sepultarías, y durante mucho tiempo estorbaron por todas partes y se
les encontraba donde menos se suponía, siempre con
cloqueante cacareo de gallina clueca.
Pasó mucho tiempo antes de que Rebeca se incorporara a la vida familiar. Se
sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincón más apartado de la
casa. Nada le llamaba la atención, salvo la música de los relojes, que cada
media hora buscaba con ajos asustados, como si esperara encontrarla en algún
lugar del aire. No lograron que comiera en varios días. Nadie entendía cómo no
se había muerta de hambre, hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo
porque recorrían la casa sin cesar can sus pies sigilosos, descubrieron que a
Rebeca sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal que
arrancaba de las paredes con las uñas. Era evidente que sus padres, o
quienquiera que la hubiese criado, la habían reprendido por ese hábito, pues lo
practicaba a escondidas y con conciencia de culpa, procurando trasponer las
raciones para comerlas cuando nadie la viera.
Desde entonces la sometieron a una
vigilancia implacable. Echaban hiel de vaca en el patio y untaban ají picante
en las paredes, creyendo derrotar con esos métodos su vicio perniciosa, pero
ella dio tales muestras de astucia e ingenio para procurarse la tierra, que
Úrsula se vio forzada a emplear recursos más drásticas. Ponía jugo de naranja
con ruibarbo en una cazuela que dejaba al serena toda la noche, y le daba la
pócima al día siguiente en ayunas. Aunque nadie le había dicho que aquél era el
remedio específico para el vicio de comer tierra, pensaba que cualquier
sustancia amarga en el estómago vacío tenía que hacer reaccionar al hígado.
Rebeca era tan rebelde y tan fuerte a pesar de su raquitismo, que tenían que
barbearía como a un becerro para que tragara la medicina, y apenas si podían
reprimir sus pataletas y soportar los enrevesados jeroglíficos que ella
alternaba con mordiscas y escupitajos, y que según decían las escandalizadas
indígenas eran las obscenidades más gruesas que se podían concebir en su
idioma. Cuando Úrsula lo supo, complementó el tratamiento con correazos. No se
estableció nunca si lo que surtió efecto fue el ruibarbo a las tollinas, o las
dos cosas combinadas, pero la verdad es que en pocas semanas Rebeca empezó a
dar muestras de restablecimiento. Participó en los juegos de Arcadio y
Amaranta, que la recibieron coma una hermana mayor, y comió con apetito
sirviéndose bien de los cubiertos. Pronto se reveló que hablaba el castellano
con tanta fluidez cama la lengua de los indios, que tenía una habilidad notable
para los oficias manuales y que cantaba el valse de los relojes con una letra
muy graciosa que ella misma había inventado. No tardaron en considerarla como
un miembro más de la familia. Era con Úrsula más afectuosa que nunca lo fueron
sus propios hijos, y llamaba hermanitos a Amaranta y a Arcadio, y tío a
Aureliano y abuelito a José Arcadio Buendía. De modo que terminó por merecer
tanto como los otros el nombre de Rebeca Buendía, el único que tuvo siempre y
que llevó can dignidad hasta la muerte.
Una noche, por la época en que Rebeca
se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los
otros niños, la india que dormía con ellos despertó par casualidad y oyó un
extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que
había entrada un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor,
chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la
oscuridad.
Pasmada de terror, atribulada por la
fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la
enfermedad cuya amenaza los había obligada, a ella y a su hermano, a
desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era
la peste del insomnio.
Cataure, el indio, no amaneció en la
casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le indicaba que la
dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la
tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor
-decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero
la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la
imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su
inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería
decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a
borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la
noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la
conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado.
José Arcadio Buendía, muerta de risa, consideró que se trataba de una de tantas
dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si
acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.
Al cabo de varias semanas, cuando el
terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía se encontró una
noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Úrsula, que también había
despertado, le preguntó qué le pasaba, y él le contestó:
«Estoy pensando otra vez en Prudencia
Aguilar.» No durmieron un minuto, pero al día siguiente se sentían tan
descansadas que se olvidaron de la mala noche. Aureliano comentó asombrado a la
hora del almuerzo que se sentía muy bien a pesar de que había pasado toda la
noche en el laboratorio dorando un prendedor que pensaba regalarle a Úrsula el
día de su cum-pleaños.
No se alarmaran hasta el tercer día,
cuando a la hora de acostarse se sintieron sin sueño, y cayeran en la cuenta de
que llevaban más de cincuenta horas sin dormir.
-Los niños también están despiertos
-dijo la india con su convicción fatalista-. Una vez que entra en la casa,
nadie escapa a la peste.
Habían contraído, en efecto, la
enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su madre el valor
medicinal de las plantas, preparó e hizo beber a todos un brebaje de acónito,
pero no consiguieran dormir, sino que estuvieron todo el día soñando
despiertos. En ese estada de alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de
sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros.
Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes. Sentada en su mecedor en
un rincón de la cocina, Rebeca soñó que un hombre muy parecido a ella, vestido de
lino blanco y con el cuello de la camisa cerrado por un botón de aro, le
llevaba una rama de rosas. Lo acompañaba una mujer de manas delicadas que
separó una rosa y se la puso a la niña en el pelo. Úrsula comprendió que el
hombre y la mujer eran los padres de Rebeca, pero aunque hizo un grande
esfuerzo por reconocerlos, confirmó su certidumbre de que nunca los había
visto.
Mientras tanto, por un descuido que
José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados
en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Niñas y adultos chupaban
encantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos peces
rosados del insomnio y los tiernos caballitos amarillos del insomnio, de modo
que el alba del lunes sorprendió despierto a todo el pueblo. Al principio nadie
se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque entonces había tanto
que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto, que
pronto no tuvieran nada más que hacer, y se encontraron a las tres de la
madrugada con los brazos cruzados, contando el número de notas que tenía el
valse de los relajes. Los que querían dormir, no por cansancio, sino por
nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se
reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismas
chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo
capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que
les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador
decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les
contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador
decía que no les había pedida que dijeran que no, sino que si querían que les
contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador
decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que
les contara el cuento del gallo capón, Y nadie podía irse, porque el narrador
decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les
contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso
que se prolongaba por noches enteras.
Cuando José Arcadio Buendía se dio
cuenta de que la peste había invadida el pueblo, reunió a las jefes de familia
para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron
medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la
ciénaga.
Fue así como se quitaron a los chivos
las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas y se pusieron a la
entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas
de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que
por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su
campanita para que los enfermos supieran que estaba sano. No se les permitía
comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la
enfermedad sólo sé transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber
estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita
al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en
que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida
de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la
inútil costumbre de dormir.
Fue Aureliano quien concibió la fórmula
que había de defenderlos durante varias meses de las evasiones de la memoria.
La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de las
primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba
buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó
su nombre. Su padre se lo dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel
que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no
olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera
manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar.
Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi
todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo,
de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su
padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más
impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio
Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso a todo el
pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla,
reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las
plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Paca a poca,
estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía
llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no
se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en
la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes
de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay
que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que
herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron
viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras,
pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra
escrita.
En la entrada del camino de la ciénaga
se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle
central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrita claves para
memorizar los objetas y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta
vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una
realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica
pero más reconfortante. Pilar Ternera fue quien más contribuyó a popularizar
esa mistificación, cuando concibió el artificio de leer el pasado en las
barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes
empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los
naipes, donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había
llegada a principios de abril y la madre se recordaba apenas como la mujer
trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y donde una fecha de
nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el
laurel. Derrotado por aquellas prácticas de consolación, José Arcadio Buendía
decidió entonces construir la máquina de la memoria que una vez había deseado
para acordarse de los maravillosos inventos de los gitanos. El artefacto se
fundaba en la posibilidad de repasar todas las mañanas, y desde el principio
hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida.
Lo imaginaba como un diccionario
giratorio que un individuo situada en el eje pudiera operar mediante una
manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las naciones más
necesarias para vivir. Había logrado escribir cerca de catorce mil fichas,
cuando apareció par el camino de la ciénaga un anciano estrafalario con la
campanita triste de los durmientes, cargando una maleta ventruda amarrada can
cuerdas y un carrito cubierto de trapos negros. Fue directamente a la casa de
Jasé Arcadio Buendía.
Visitación no lo conoció al abrirle la
puerta, y pensó que llevaba el propósito de vender algo, ignorante de que nada
podía venderse en un pueblo que se hundía sin remedio en el tremedal del
olvido. Era un hombre decrépito. Aunque su voz estaba también cuarteada par la
incertidumbre y sus manas parecían dudar de la existencia de las cosas, era
evidente que venían del mundo donde todavía los hombres podían dormir y
recordar. José Arcadio Buendía lo encontró sentado en la sala, abanicándose con
un remendado sombrero negra, mientras leía can atención compasiva los letreros
pegados en las paredes. Lo saludó con amplias muestras de afecto, temiendo
haberla conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante
advirtió su falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del
corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien,
porque era el olvido de la muerte. Entonces comprendió. Abrió la maleta
atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín con
muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color
apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de
llanto, antes de verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetas estaban
marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las
paredes, y aun antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante
resplandor de alegría. Era Melquíades.
Mientras Macondo celebraba la
reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron
el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo.
Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresada porque no pudo
soportar la soledad. Repudiada par su tribu, desprovisto de toda facultad
sobrenatural como castigo por su fidelidad a la vida, decidió refugiarse en
aquel rincón del mundo todavía no descubierto por la muerte, dedicada a la
explotación de un laboratorio de daguerrotipia. José Arcadio Buendía no había
oído hablar nunca de ese invento. Pero cuando se vio a sí mismo y a toda su
familia plasmadas en una edad eterna sobre una lámina de metal tornasol, se
quedó mudo de estupor.
De esa época databa el oxidado
daguerrotipo en el que apareció José Arcadio Buendía con el pelo erizada y
ceniciento, el acartonada cuello de la camisa prendido con un botón de cobre, y
una expresión de solemnidad asombrada, y que Úrsula describía muerta de risa
como «un general asustado. En verdad, José Arcadio Buendía estaba asustado la
diáfana mañana de diciembre en que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba
que la gente se iba gastando poca a poca a medida que su imagen pasaba a las
placas metálicas. Por una curiosa inversión de la costumbre, fue Úrsula quien
le sacó aquella idea de la cabeza, como fue también ella quien olvidó sus
antiguos resquemores y decidió que Melquíades se quedara viviendo en la casa,
aunque nunca permitió que le hicieran un daguerrotipo porque (según sus propias
palabras textuales) no quería quedar para burla de sus nietos. Aquella mañana
vistió a los niños con sus rapas mejores, les empolvó la cara y les dio una
cucharada de jarabe de tuétano a cada uno para que pudieran permanecer
absolutamente inmóviles durante casi das minutos frente a la aparatosa cámara
de Melquíades. En el daguerrotipo familiar, el único que existió jamás,
Aureliano apareció vestido de terciopelo negra, entre Amaranta y Rebeca. Tenía
la misma languidez y la misma mirada clarividente que había de tener años más
tarde frente al pelotón de fusilamiento. Pero aún no había sentido la
premonición de su destino. Era un orfebre experto, estimado en toda la ciénaga
por el preciosismo de su trabajo. En el taller que compartía con el disparatado
laboratorio de Melquíades, apenas si se le oía respirar. Parecía refugiado en
otro tiempo, mientras su padre y el gitano interpretaban a gritos las
predicciones de Nostradamus, entre un estrépito de frascos y cubetas, y el
desastre de los ácidos derramados y el bromuro de plata perdido por los codazos
y traspiés que daban a cada instante. Aquella consagración al trabajo, el buen
juicio can que administraba sus intereses, le habían permitido a Aureliano
ganar en poco tiempo más dinero que Úrsula con su deliciosa fauna de caramelo,
pero todo el mundo se extrañaba de que fuera ya un hambre hecho y derecho y no
se le hubiera conocido mujer. En realidad no la había tenido.
Meses después volvió Francisco el
Hombre, un anciano trotamundos de casi doscientos años que pasaba con
frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas par él mismo. En
ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias
ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de
la ciénaga, de modo que si alguien tenía un recado que mandar a un
acontecimiento que divulgar, le pagaba das centavos para que lo incluyera en su
repertorio. Fue así como se enteró Úrsula de la muerte de su madre par pura
casualidad, una noche que escuchaba las canciones con la esperanza de que
dijeran algo de su hijo José Arcadio. Francisca el Hombre, así llamado porque
derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero
nombre no conoció nadie, desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y
una noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de Catarino. Todo el
pueblo fue a escucharlo para saber qué había pasado en el mundo. En esa ocasión
llegaron con él una mujer tan gorda que cuatro indios tenían que llevarla
cargada en un mecedor, y una mulata adolescente de aspecto desamparado que la
protegía del sol con un paraguas. Aureliano fue esa noche a la tienda de
Catarme. Encontró a Francisco el Hombre, como un camaleón monolítico, sentado
en medio de un círculo de curiosas. Cantaba las noticias con su vieja voz
descordada, acompañándose con el mismo acordeón arcaico que le regaló Sir
Walter Raleigh en
-Entra tú también -le dijo-. Sólo
cuesta veinte centavos. Aureliano echó una moneda en la alcancía que la matrona
tenía en las piernas y entró en el cuarto sin saber para qué. La mulata
adolescente, con sus teticas de perra, estaba desnuda en la cama. Antes de
Aureliano, esa noche, sesenta y tres hombres habían pasado por el cuarto. De
tanto ser usado, y amasado en sudores y suspiros, el aire de la habitación
empezaba a convertirse en lodo. La muchacha quitó la sábana empapada y le pidió
a Aureliano que la tuviera de un lado. Pesaba como un lienzo. La exprimieron,
torciéndola por los extremos, hasta que recobró su peso natural. Voltearan la
estera, y el sudor salía del otro lado. Aureliano ansiaba que aquella operación
no terminara nunca. Conocía la mecánica teórica del amar, pero no podía tenerse
en pie a causa del desaliento de sus rodillas, y aunque tenía la piel erizada y
ardiente no podía resistir a la urgencia de expulsar el peso de las tripas.
Cuando la muchacha acabó de arreglar la cama y le ordenó que se desvistiera, él
le hizo una explicación atolondrada: «Me hicieron entrar. Me dijeron que echara
veinte centavos en la alcancía y que no me demorara.» La muchacha comprendió su
ofuscación.
«Si echas otros veinte centavos a la
salida, puedes demorarte un poca más», dijo suavemente.
Aureliano se desvistió, atormentado por
el pudor, sin poder quitarse la idea de que su desnudez no resistía la
comparación can su hermano. A pesar de los esfuerzas de la muchacha, él se
sintió cada vez más indiferente, y terriblemente sola. «Echaré otros veinte
centavos», dijo con voz de-solada.
La muchacha se lo agradeció en
silencio. Tenía la espalda en carne viva. Tenía el pellejo pegado a las
costillas y la respiración alterada por un agotamiento insondable. Dos años
antes, muy lejos de allí, se había quedado dormida sin apagar la vela y había
despertado cercada por el fuego. La casa donde vivía can la abuela que la había
criada quedó reducida a cenizas. Desde entonces la abuela la llevaba de pueblo
en pueblo, acostándola por veinte centavos, para pagarse el valor de la casa
incendiada. Según los cálculos de la muchacha, todavía la faltaban unos diez
años de setenta hombres por noche, porque tenía que pagar además los gastos de
viaje y alimentación de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el
mecedor. Cuando la matrona tocó la puerta por segunda vez, Aureliano salió del
cuarto sin haber hecho nada, aturdido por el deseo de llorar. Esa noche no pudo
dormir pensando en la muchacha, con una mezcla de deseo y conmiseración. Sentía
una necesidad irresistible de amarla y protegerla. Al amanecer, extenuado por
el insomnio y la fiebre, tomó la serena decisión de casarse con ella para
liberarla del des-potismo de la abuela y disfrutar todas las noches de la
satisfacción que ella le daba a setenta hombres. Pera a las diez de la mañana,
cuando llegó a la tienda de Catarino, la muchacha se había ido del pueblo.
El tiempo aplacó su propósito
atolondrado, pero agravó su sentimiento de frustración. Se refugió en el
trabajo. Se resignó a ser un hombre sin mujer toda la vida para ocultar la
vergüenza de su inutilidad. Mientras tanto, Melquíades terminó de plasmar en
sus placas todo lo que era plasmable en Macondo, y abandonó el laboratorio de
daguerrotipia a los delirios de José Arcadio Buendía, quien había resuelto
utilizarlo para obtener la prueba científica de la existencia de Dios.
Mediante un complicada proceso de
exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la casa, estaba
segura de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existía, o poner
término de una vez por todas a la suposición de su existencia. Melquíades
profundizó en las interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde,
asfixiándose dentro de su descolorido chaleco de terciopelo, garrapateando
papeles con sus minúsculas manas de gorrión, cuyas sortijas habían perdido la
lumbre de otra época. Una noche creyó encontrar una predicción sobre el futuro
de Macondo. Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no
quedaba ningún rastro de la estirpe de las Buendía. «Es una equivocación -tronó
José Arcadio Buendía-.
No serán casas de vidrio sino de hielo,
coma yo lo soñé y siempre habrá un Buendía, por los siglos de los siglos.» En
aquella casa extravagante, Úrsula pugnaba por preservar el sentido común,
habiendo ensanchado el negocio de animalitos de caramelo con un horno que
producía toda la noche canastos y canastos de pan y una prodigiosa variedad de
pudines, merengues y bizcochuelos, que se esfumaban en pocas horas por los
vericuetos de la ciénaga. Había llegado a una edad en que tenía derecho a
descansar, pero era, sin embargo, cada vez más activa. Tan ocupada estaba en
sus prósperas empresas, que una tarde miró por distracción hacia el patio,
mientras la india la ayudaba a endulzar la masa, y vio das adolescentes
desconocidas y hermosas bardando en bastidor a la luz del crepúsculo. Eran
Rebeca y Amaranta. Apenas se habían quitado el luto de la abuela, que guardaron
con inflexible rigor durante tres años, y la ropa de color parecía haberles
dado un nuevo lugar en el mundo. Rebeca, al contrario de lo que pudo
es-perarse, era la más bella. Tenía un cutis diáfano, unos ojos grandes y
reposados, y unas manos mágicas que parecían elaborar con hilos invisibles la
trama del bordado. Amaranta, la menor, era un poco sin gracia, pero tenía la
distinción natural, el estiramiento interior de la abuela muerta.
Junta a ellas, aunque ya revelaba el
impulso físico de su padre, Arcadio parecía una niña. Se había dedicado a
aprender el arte de la platería con Aureliano, quien además lo había enseñado a
leer y escribir. Úrsula se dio cuenta de pronto que la casa se había llenado de
gente, que sus hijos estaban a punto de casarse y tener hijos, y que se verían
obligadas a dispersarse por falta de espacio. Entonces sacó el dinero acumulado
en largos años de dura labor, adquirió compromisos con sus clientes, y
emprendió la ampliación de la casa. Dispuso que se construyera una sala formal
para las visitas, otra más cómoda y fresca para el uso diario, un comedor para
una mesa de doce puestas donde se sentara la familia con todos sus invitados;
nueve dormitorios con ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del
resplandor del mediodía por un jardín de rasas, con un pasamanos para poner
macetas de helechos y tiestos de begonias.
Dispuso ensanchar la cocina para
construir das hornos, destruir el viejo granero donde Pilar Ternera le leyó el
porvenir a José Arcadio, y construir otro das veces más grande para que nunca
faltaran los alimentos en la casa. Dispuso construir en el patio, a la sombra
del castaño, un baño para las mujeres y otra para los hombres, y al fondo una caballeriza
grande, un gallinero alambrado, un establo de ordeña y una pajarera abierta a
los cuatro vientos para que se instalaran a su gusta los pájaros sin rumbo.
Seguida por docenas de albañiles y carpinteros, como si hubiera contraído la
fiebre alucinante de su esposa, Úrsula ordenaba la posición de la luz y la
conducta del calor, y repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites.
La primitiva construcción de los fundadores se llenó de herramientas y
materiales, de obreros agobiados por el sudar, que le pedían a todo el mundo el
favor de no estorbar, sin pensar que eran ellos quienes estorbaban, exasperados
por el talego de huesas humanos que los perseguía por todas partes can su sorda
cascabeleo. En aquella incomodidad, respirando cal viva y melaza de alquitrán,
nadie entendió muy bien cómo fue surgiendo de las entrañas de la tierra no sólo
la casa más grande que habría nunca en el pueblo, sino la más hospitalaria y
fresca que hubo jamás en el ámbito de la ciénaga. José Arcadio Buendía, tratando
de sorprender a
-¿Quién es este tipo? -preguntó.
-El corregidor -dijo Úrsula
desconsolada-. Dicen que es una autoridad que mandó el gobierno.
Don Apolinar Moscote, el corregidor,
había llegado a Macondo sin hacer ruido. Se bajó en el Hotel de Jacob -
nstalado por uno de los primeras árabes que llegaron haciendo cambalache de
chucherías por guacamayas- y al día siguiente alquiló un cuartito con puerta
hacia la calle, a dos cuadras de la casa de los Buendía. Puso una mesa y una
silla que les compró a Jacob, clavó en la pared un escudo de la república que
había traído consigo, y pintó en la puerta el letrero: Co-rregidor.
Su primera disposición fue ordenar que
todas las casas se pintaran de azul para celebrar el aniversario de la
independencia nacional. José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la
mano, lo encontró durmiendo la siesta en una hamaca que había colgada en el escueto
despacho.
«¿Usted escribió este papel?», le
preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión
sanguínea, contestó que sí. «¿Can qué derecho?», volvió a preguntar José
Arcadio Buendía. Don Apolinar Moscote buscó un papel en la gaveta de la mesa y
se lo mostró: «He sido nombrada corregidor de este pueblo. » José Arcadio
Buendía ni siquiera miró el nombramiento.
-En este pueblo no mandamos con papeles
-dijo sin perder la calma-. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos
ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir.
Ante la impavidez de don Apolinar
Mascote, siempre sin levantar la voz, hizo un pormenorizada recuento de cómo
habían fundado la aldea, de cómo se habían repartido la tierra, abierto los
caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la necesidad, sin
haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara. «Somos tan
pacíficos que ni siquiera nos hemos muerto de muerte natural -dijo-. Ya ve que
todavía no tenemos cementerio.» No se dolió de que el gobierno no los hubiera
ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta entonces las hubiera dejado
crecer en paz, y esperaba que así los siguiera dejando, porque ellas no habían
fundado un pueblo para que el primer advenedizo les fuera a decir lo que debían
hacer. Don Apolinar Moscote se había puesto un saco de dril, blanco como sus
pantalones, sin perder en ningún momento la pureza de sus ademanes.
-De modo que si usted se quiere quedar
aquí, como otro ciudadana común y corriente, sea muy bienvenido - oncluyó José
Arcadio Buendía-. Pero si viene a implantar el desorden obligando a la gente
que pinte su casa de azul, puede agarrar sus corotos y largarse por donde vino.
Porque mi casa ha de ser blanca como una paloma.
Don Apolinar Moscote se puso pálido.
Dio un paso atrás y apretó las mandíbulas para decir con una cierta aflicción:
-Quiero advertirle que estoy armado.
José Arcadio Buendía no supo en qué
momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo.
Agarró a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levantó a la altura de sus
ajos.
-Esto lo hago -le dijo- porque prefiero
cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto por el resto de mi vida.
Así la llevó por la mitad de la calle,
suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus das pies en el camino
de la ciénaga. Una semana después estaba de regreso con seis soldados descalzos
y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su
mujer y sus siete hijas. Más tarde llegaran otras das carretas con los muebles,
los baúles y los utensilios domésticas. Instaló la familia en el Hotel de
Jacob, mientras conseguía una casa, y volvió a abrir el despacho protegido por
los soldados. Los fundadores de Macondo, resueltos a expulsar a los invasores,
fueron can sus hijas mayores a ponerse a disposición de José Arcadio Buendía.
Pera él se opuso, según explicó, porque don Apolinar Moscote había vuelto can
su mujer y sus hijas, y no era cosa de hombres abochornar a otros delante de su
familia. Así que decidió arreglar la situación por las buenas.
Aureliano lo acompañó. Ya para entonces
había empezado a cultivar el bigote negro de puntas engomadas, y tenía la voz
un poco estentórea que había de caracterizarlo en la guerra.
Desarmadas, sin hacer caso de la
guardia, entraron al despacho del corregidor. Don Apolinar Moscote no perdió la
serenidad. Les presentó a dos de sus hijas que se encontraban allí por
casualidad: Amparo, de dieciséis años, morena como su madre, y Remedios, de
apenas nueve años, una preciosa niña can piel de lirio y ojos verdes. Eran
graciosas y bien educadas. Tan pronto cama ellos entraron, antes de ser
presentadas, les acercaron sillas para que se sentaran.
Pera ambas permanecieron de pie.
-Muy bien, amiga -dijo José Arcadio
Buendía-, usted se queda aquí, pero no porque tenga en la puerta esos
bandoleros de trabuco, sino por consideración a su señora esposa y a sus hijas.
Don Apolinar Moscote se desconcertó,
pero José Arcadio Buendía no le dio tiempo de replicar.
«Sólo le ponemos das condiciones
-agregó-. La primera: que cada quien pinta su casa del color que le dé la gana.
La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el
orden.» El corregidor levantó la mano derecha can todas los dedos extendidos.
-¿Palabra de honor?
-Palabra de enemigo -dijo José Arcadio
Buendía. Y añadió en un tono amargo-: Porque una cosa le quiero decir: usted y
yo seguimos siendo enemigas.
Esa misma tarde se fueran los soldados.
Pacos días después José Arcadio Buendía le consiguió una casa a la familia del
corregidor. Todo el mundo quedó en paz, menos Aureliano. La imagen de Remedios,
la hija menor del corregidor, que por su edad hubiera podido ser hija suya, le
quedó doliendo en alguna parte del cuerpo. Era una sensación física que casi le
molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.
IV.
La casa nueva, blanca como una paloma,
fue estrenada con un baile. Úrsula había concebido aquella idea desde la tarde
en que vio a Rebeca y Amaranta convertidas en adolescentes, y casi puede decirse
que el principal motivo de la construcción fue el deseo de procurar a las
muchachas un lugar digno donde recibir las visitas. Para que nada restara
esplendor a ese propósito, trabajó coma un galeote mientras se ejecutaban las
reformas, de modo que antes de que estuvieran terminadas había encargado
costosas menesteres para la decoración y el servicio, y el invento maravilloso
que había de suscitar el asombro del pueblo y el júbilo de la juventud: la
pianola. La llevaron a pedazos, empacada en varios cajones que fueron
descargados junto con los muebles vieneses, la cristalería de Bohemia, la
vajilla de
Pietro Crespi era joven y rubio, el
hombre más hermoso y mejor educada que se había visto en Macondo, tan
escrupuloso en el vestir que a pesar del calor sofocante trabajaba con la
almilla brocada y el grueso saca de paño oscuro. Empapado en sudar, guardando
una distancia reverente con los dueños de la casa, estuvo varias semanas
encerrado en la sala, con una consagración similar a la de Aureliano en su
taller de orfebre. Una mañana, sin abrir la puerta, sin convocar a ningún
testigo del milagro, colocó el primer rollo en la pianola, y el martilleo atormentador
y el estrépito constante de los listones de madera cesaron en un silencio de
asombro, ante el orden y la limpieza de la música. Todos se precipitaron a la
sala. José Arcadio Buendía pareció fulminado no por la belleza de la melodía,
sino par el tecleo autónomo de la pianola, e instaló en la sala la cámara de
Melquíades con la esperanza de obtener el daguerrotipo del ejecutante
invisible. Ese día el italiano almorzó con ellos. Rebeca y Amaranta, sirviendo
la mesa, se intimidaron con la fluidez con que manejaba los cubiertos aquel
hombre angélico de manos pálidas y sin anillos. En la sala de estar, contigua a
la sala de visita, Pietro Crespi las enseñó a bailar. Les indicaba los pasos
sin tocarlas, marcando el compás con un metrónomo, baja la amable vigilancia de
Úrsula, que no abandonó la sala un solo instante mientras sus hijas recibían
las lecciones. Pietro Crespi llevaba en esos días unos pantalones especiales,
muy flexibles y ajustados, y unas zapatillas de baile. «No tienes por qué
preocuparte tanto -le decía José Arcadio Buendía a su mujer-. Este hombre es
marica.» Pero ella no desistió de la vigilancia mientras no terminó el
aprendizaje y el italiano se marchó de Macondo. Entonces empezó la organización
de la fiesta. Úrsula hizo una lista severa de los invitados, en la cual los
únicos escogidos fueron los descendientes de los fundadores, salvo la familia
de Pilar Ternera, que ya había tenido otros dos hijos de padres desconocidos.
Era en realidad una selección de clase, sólo que determinada por sentimientos
de amistad, pues los favorecidos no sólo eran los más antiguos allegados a la
casa de José Arcadio Buendía desde antes de emprender el éxodo que culminó con
la fundación de Macondo, sino que sus hijos y nietos eran los compañeros
habituales de Aureliano y Arcadio desde la infancia, y sus hijas eran las
únicas que visitaban la casa para bordar con Rebeca y Amaranta. Don Apolinar
Moscote, el gobernante benévolo cuya actuación se reducía a sostener con sus
escasos recursos a dos policías armados con bolillos de palo, era una autoridad
ornamental. Para sobrellevar los gastos domésticos, sus hijas abrieron un
taller de costura, donde lo mismo hacían flores de fieltro que bocadillos de
guayaba y esquelas de amor por encargo. Pero a pesar de ser recatadas y
serviciales, las más bellas del pueblo y las más diestras en los bailes nuevos,
no consiguieron que se les tomara en cuenta para la fiesta.
Mientras Úrsula y las muchachas
desempacaban muebles, pulían las vajillas y colgaban cuadros de doncellas en barcas
cargadas de rosas, infundiendo un soplo de vida nueva a los espacios pelados
que construyeron los albañiles, José Arcadio Buendía renunció a la persecución
de la imagen de Dios, convencido de su inexistencia, y destripó la pianola para
descifrar su magia secreta. Dos días antes de la fiesta, empantanado en un
reguero de clavijas y martinetes sobrantes, chapuceando entre un enredijo de
cuerdas que desenrollaba por un extremo y se volvían a enrollar por el otro,
consiguió malcomponer el instrumento. Nunca hubo tantos sobresaltos y
correndillas como en aquellos días, pero las nuevas lámparas de alquitrán se
en-cendieron en la fecha y a la hora previstas. La casa se abrió, todavía
olorosa a resinas y a cal húmeda, y los hijos y nietos de los fundadores conocieron
el corredor de los helechos y las begonias, los aposentos silenciosos, el
jardín saturado por la fragancia de las rosas, y se reunieron en la sala de
visita frente al invento desconocido que había sido cubierto con una sábana
blanca. Quienes conocían el pianoforte, popular en otras poblaciones de la
ciénaga, se sintieron un poco descorazonados, pero más amarga fue la desilusión
de Úrsula cuando colocó el primer rollo para que Amaranta y Rebeca abrieran el
baile, y el mecanismo no funcionó.
Melquíades, ya casi ciego,
desmigajándose de decrepitud, recurrió a las artes de su antiquísima sabiduría
para tratar de componerlo. Al fin José Arcadio Buendía logró mover por
equivocación un dispositivo atascado, y la música salió primero a borbotones, y
luego en un manantial de notas enrevesadas. Golpeando contra las cuerdas
puestas sin orden ni concierto y templadas con temeridad, los martinetes se
desquiciaron. Pero los porfiados descendientes de los veintiún intrépidos que
desentrañaron la sierra buscando el mar por el Occidente, eludieron los
escollos del trastrueque melódico, y el baile se prolongó hasta el amanecer.
Pietro Crespi volvió a componer la
pianola. Rebeca y Amaranta lo ayudaron a ordenar las cuerdas y lo secundaron en
sus risas por lo enrevesado de los valses. Era en extremo afectuoso, y de
índole tan honrada, que Úrsula renunció a la vigilancia. La víspera de su viaje
se improvisó con la pianola restaurada un baile para despedirlo, y él hizo con
Rebeca una demostración virtuosa de las danzas modernas. Arcadio y Amaranta los
igualaron en gracia y destreza. Pero la exhibición fue interrumpida porque
Pilar Ternera, que estaba en la puerta con los curiosos, se peleó a mordiscos y
tirones de pelo con una mujer que se atrevió a comentar que el joven Arcadio
tenía nalgas de mujer. Hacia la medianoche, Pietro Grespi se despidió con un
discursito sentimental y prometió volver muy pronto. Rebeca lo acompañó hasta
la puerta, y luego de haber cerrado la casa y apagado las lámparas, se fue a su
cuarto a llorar. Fue un llanto inconsolable que se prolongó por varios días, y
cuya causa no conoció ni siquiera Amaranta. No era extraño su her- etismo.
Aunque parecía expansiva y cordial,
tenía un carácter solitario y un corazón impenetrable. Era una adolescente
espléndida, de huesos largos y firmes, pero se empecinaba en seguir usando el
mecedorcito de madera con que llegó a la casa, muchas veces reforzado y ya
desprovisto de brazos. Nadie había descubierto que aún a esa edad, conservaba
el hábito de chuparse el dedo. Por eso no perdía ocasión de encerrarse en el
baño, y había adquirido la costumbre de dormir con la cara vuelta contra la
pared. En las tardes de lluvia, bordando con un grupo de amigas en el corredor
de las begonias, perdía el hilo de la conversación y una lágrima de nostalgia
le salaba el paladar cuando veía las vetas de tierra húmeda y los montículos de
barro construidos por las lombrices en el jardín. Esos gustos secretos,
derrotados en otro tiempo por las naranjas con ruibarbo, estallaron en un
anhelo irreprimible cuando empezó a llorar. Volvió a comer tierra. La primera
vez lo hizo casi por curiosidad, segura de que el mal sabor sería el mejor
remedio contra la tentación. Y en efecto no pudo soportar la tierra en la boca.
Pero insistió, vencida por el ansia creciente, y poco a poco fue rescatando el
apetito ancestral, el gusto de los minerales primarios, la satisfacción sin
resquicios del alimento original. Se echaba puñados de tierra en los bolsillos,
y los comía a granitos sin ser vista, con un confuso sentimiento de dicha y de
rabia, mientras adiestraba a sus amigas en las puntadas más difíciles y
conversaba de otros hombres que no merecían el sacrificio de que se comiera por
ellos la cal de las paredes. 'Los puñados de tierra hacían menos remoto y más cierto
al único hombre que merecía aquella degradación, como si el suelo que él pisaba
con sus finas botas de charol en otro lugar del mundo, le transmitiera a ella
el peso y la temperatura de su sangre en un sabor mineral que dejaba un
rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón. Una tarde, sin
ningún motivo, Amparo Moscote pidió permiso para conocer la casa. Amaranta y
Rebeca, desconcertadas por la visita imprevista, la atendieron con un
formalismo duro. Le mostraron la mansión reformada, le hicieron oír los rollos
de la pianola y le ofrecieron naranjada con galletitas. Amparo dio una lección
de dignidad, de encanto personal, de buenas maneras, que impresionó a Úrsula en
los breves instantes en que asistió a la visita. Al cabo de dos horas, cuando
la conversación empezaba a languidecer, Amparo aprovechó un descuido de
Amaranta y le entregó una carta a Rebeca. Ella alcanzó a ver el nombre de la
muy distinguida señorita doña Rebeca Buendía, escrito con la misma letra
metódica, la misma tinta verde y la misma disposición preciosista de las
palabras con que estaban escritas las instrucciones de manejo de la pianola, y
dobló la carta con la punta de los dedos y se la escondió en el corpiño mirando
a Amparo Moscote con una expresión de gratitud sin término ni condiciones y una
callada promesa de complicidad hasta la muerte.
La repentina amistad de Amparo Moscote
y Rebeca Buendía despertó las esperanzas de Aureliano. El recuerdo de la
pequeña Remedios no había dejado de torturaría, pero no encontraba la ocasión
de verla. Cuando paseaba por el pueblo con sus amigos más próximos, Magnífico
Visbal y Gerineldo Márquez -hijos de los fundadores de iguales nombres-, la
buscaba con mirada ansiosa en el taller de costura y sólo veía a las hermanas
mayores. La presencia de Amparo Moscote en la casa fue como una premonición.
«Tiene que venir con ella -se decía Aureliano en voz baja-. Tiene que venir.»
Tantas veces se lo repitió, y con tanta convicción, que una tarde en que armaba
en el taller un pescadito de oro, tuvo la certidumbre de que ella había
respondido a su llamado. Poco después, en efecto, oyó la vocecita infantil, y
al levantar la vista con el corazón helado de pavor, vio a la niña en la puerta
con vestido de organdí rosado y botitas blancas.
-Ahí no entres, Remedios -dijo Amparo
Moscote en el corredor-. Están trabajando.
Pero Aureliano no le dio tiempo de
atender. Levantó el pescadito dorado prendido de una cadenita que le salía por
la boca, y le dijo:
-Entra.
Remedios se aproximó e hizo sobre el
pescadito algunas preguntas, que Aureliano no pudo contestar porque se lo
impedía un asma repentina. Quería quedarse para siempre, junto a ese cutis de
lirio, junto a esos ojos de esmeralda, muy cerca de esa voz que a cada pregunta
le decía señor con el mismo respeto con que se lo decía a su padre. Melquíades
estaba en el rincón, sentado al escritorio, garabateando signos indescifrables.
Aureliano lo odió. No pudo hacer nada, salvo decirle a Remedios que le iba a
regalar el pescadito, y la niña se asustó tanto con el ofrecimiento que
abandonó a toda prisa el taller. Aquella tarde perdió Aureliano la recóndita
paciencia con que había esperado la ocasión de verla, Descuidó el trabajo. La
llamó muchas veces, en desesperados esfuerzos de concentración, pero Remedios
no respondió. La buscó en el taller de sus hermanas, en los visillos de su
casa, en la oficina de su padre, pero solamente la encontró en la imagen que
saturaba su propia y terrible soledad. Pasaba horas enteras con Rebeca en la
sala de visita escuchando los valses de la pianola. Ella los escuchaba porque
era la música con que Pietro Crespi la había enseñado a bailar. Aureliano los
escuchaba simplemente porque todo, hasta la música, le recordaba a Remedios.
La casa se llenó de amor. Aureliano lo
expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos
pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de
sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire
soporífero de las dos de la tarde, Remedios 8n la callada respiración de las
rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor
del pan al amanecer, Remedios en todas partes y Remedios para siempre. Rebeca
esperaba el amor a las cuatro de la tarde bordando junto a la ventana. Sabía
que la mula del correo no llegaba sino cada quince días, pero ella la esperaba
siempre, convencida de que iba a llegar un día cualquiera por equivocación.
Sucedió todo lo contrario: una vez la mula no llegó en la fecha prevista. Loca
de desesperación, Rebeca se levantó a media noche y comió puñados de tierra en
el jardín, con una avidez suicida, llorando de dolor y de furia, masticando
lombrices tiernas y astillándose las muelas con huesos de caracoles.
Vomitó hasta el amanecer. Se hundió en
un estado de postración febril, perdió la conciencia, y su corazón se abrió en
un delirio sin pudor. Úrsula, escandalizada, forzó la cerradura del baúl, y
encontró en el fondo, atadas con cintas color de rosa, las dieciséis cartas
perfumadas y los esqueletos de hojas y pétalos conservados en libros antiguos y
las mariposas disecadas que al tocarlas se convirtieron en polvo.
Aureliano fue el único capaz de
comprender tanta desolación. Esa tarde, mientras Úrsula trataba de rescatar a
Rebeca del manglar del delirio, él fue con Magnífico Visbal y Gerineldo
Már-quez a la tienda de Catarino. El establecimiento había sido ensanchado con
una galería de cuartos de madera donde vivían mujeres solas olorosas a flores
muertas. Un conjunto de acordeón y tambores ejecutaba las canciones de
Francisco el Hombre, que desde hacía varios años había desaparecido de Macondo.
Los tres amigos bebieron guarapo fermentado. Magnífico y Gerineldo,
contemporáneos de Aureliano, pero más diestros en las cosas del mundo, bebían
metódicamente con las mujeres sentadas en las piernas. Una de ellas, marchita y
con la dentadura orificada, le hizo a Aureliano una caricia estremecedora. Él
la rechazó. Había descubierto que mientras más bebía más se acordaba de
Remedios, pero soportaba mejor la tortura de su recuerdo. No supo en qué
momento empezó a flotar. Vio a sus amigos y a las mujeres navegando en una
reverberación radiante, sin peso ni volumen, diciendo palabras que no salían de
sus labios y haciendo señales misteriosas que no correspondían a sus gestos.
Catarino le puso una mano en la espalda y le dijo: «Van a ser las once.»
Aureliano volvió la cabeza, vio el enorme rostro desfigurado con una flor de
fieltro en la oreja, y entonces perdió la memoria, como en los tiempos del
olvido, y la volvió a recobrar en una madrugada ajena y en un cuarto que le era
completamente extraño, donde estaba Pilar Ternera en combinación, descalza,
desgreñada, alumbrándolo con una lámpara y pasmada de incredulidad.
-1Aureliano!
Aureliano se afirmó en los pies y
levantó la cabeza. Ignoraba cómo había llegado hasta allí, pero sabía cuál era
el propósito, porque lo llevaba escondido desde la infancia en un estanco
inviolable del corazón.
-Vengo a dormir con usted -dijo.
Tenía la ropa embadurnada de fango y de
vómito. Pilar Ternera, que entonces vivía solamente con sus dos hijos menores,
no le hizo ninguna pregunta. Lo llevó a la cama. Le limpió la cara con un
estropajo húmedo, le quitó la ropa, y luego se desnudó por completo y bajó el
mosquitero para que no la vieran sus hijos si despertaban. Se había cansado de
esperar al hombre que se quedó, a los hombres que se fueron, a los incontables
hombres que erraron el camino de su casa confundidos por la incertidumbre de
las barajas. En la espera se le había agrietado la piel, se le habían vaciado
los senos, se le había apagado el rescoldo del corazón. Buscó a Aureliano en la
oscuridad, le puso la mano en el vientre y lo besó en el cuello con una ternura
maternal. «Mi pobre niñito», murmuró. Aureliano se estremeció. Con una destreza
reposada, sin el menor tropiezo, dejó atrás los acantilados del dolor y
encontró a Remedios convertida en un pantano sin horizontes, olorosa a animal
crudo y a ropa recién planchada. Cuando salió a flote estaba llorando. Primero
fueron unos sollozos involuntarios y entrecortados. Después se vació en un
manantial desatado, sintiendo que algo tumefacto y doloroso se había reventado
en su interior.
Ella esperó, rascándole la cabeza con
la yema de los dedos, hasta que su cuerpo se desocupó de la materia oscura que
no lo dejaba vivir. Entonces Pilar Ternera le preguntó: «¿Quién es?» Y
Aureliano se lo dijo. Ella soltó la risa que en otro tiempo espantaba a las
palomas y que ahora ni siquiera despertaba a los niños. «Tendrás que acabar de
criaría», se burló. Pero debajo de la burla encontró Aureliano un remanso de
comprensión. Cuando abandonó el cuarto, dejando allí no sólo la incertidumbre
de su virilidad sino también el peso amargo que durante tantos meses soportó en
el corazón, Pilar Ternera le había hecho una promesa espontánea.
-Voy a hablar con la niña -le dijo-, y
vas a ver que te la sirvo en bandeja.
Cumplió. Pero en un mal momento, porque
la casa había perdido la paz de otros días. Al descubrir la pasión de Rebeca,
que no fue posible mantener en secreto a causa de sus gritos, Amaranta sufrió
un acceso de calenturas. También ella padecía la espina de un amor solitario.
Encerrada en el baño se desahogaba del
tormento de una pasión sin esperanzas escribiendo cartas febriles que se
conformaba con esconder en el fondo del baúl. Úrsula apenas si se dio abasto
para atender a las dos enfermas. No consiguió en prolongados e insidiosos
interrogatorios averiguar las causas de la postración de Amaranta. Por último,
en otro instante de inspiración, forzó la cerradura del baúl y encontró las
cartas atadas con cintas de color de rosa, hinchadas de azucenas frescas y
todavía húmedas de lágrimas, dirigidas y nunca enviadas a Pietro Crespi.
Llo-rando de furia maldijo la hora en que se le ocurrió comprar la pianola, prohibió
las clases de bordado y decretó una especie de luto sin muerto que había de
prolongarse hasta que las hijas desistieron de sus esperanzas. Fue inútil la
intervención de José Arcadio Buendía, que había rectificado su primera
impresión sobre Pietro Crespi, y admiraba su habilidad para el manejo de las
máquinas musicales. De modo que cuando Pilar Ternera le dijo a Aureliano que
Remedios estaba decidida a casarse, él comprendió que la noticia acabaría de
atribular a sus padres. Pero le hizo frente a la situación. Convocados a la
sala de visita para una entrevista formal, José Arcadio Buendía y Úrsula
escucharon impávidos la declaración de su hijo. Al conocer el nombre de la
novia, sin embargo, José Arcadio Buendía enrojeció de indignación. «El amor es una
peste -tronó-.
Habiendo tantas muchachas bonitas y
decentes, lo único que se te ocurre es casarte con la hija del enemigo.» Pero
Úrsula estuvo de acuerdo con la elección. Confesó su afecto hacia las siete
hermanas Moscote, por su hermosura, su laboriosidad, su recato y su buena
educación, y celebró el acierto de su hijo. Vencido por el entusiasmo de su
mujer, José Arcadio Buendía puso entonces una condición: Rebeca, que era la
correspondida, se casaría con Pietro Crespi. Úrsula llevaría a Amaranta en un viaje
a la capital de la provincia, cuando tuviera tiempo, para que el contacto con
gente distinta la aliviara de su desilusión. Rebeca recobró la salud tan pronto
como se enteró del acuerdo, y escribió a su novio una carta jubilosa que
sometió a la aprobación de sus padres y puso al correo sin servirse de
intermediarios. Amaranta fingió aceptar la decisión y poco a poco se
restableció de las calenturas, pero se prometió a sí misma que Rebeca se
casaría solamente pasando por encima de su cadáver.
El sábado siguiente, José Arcadio
Buendía se puso el traje de paño oscuro, el cuello de celuloide y las botas de
gamuza que había estrenado la noche de la fiesta, y fue a pedir la mano de
Remedios Moscote. El corregidor y su esposa lo recibieron al mismo tiempo complacidos
y conturbados, porque ignoraban el propósito de la visita imprevista, y luego
creyeron que él había confundido el nombre de la pretendida. Para disipar el
error, la madre despertó a Remedios y la llevó en brazos a la sala, todavía
atarantada de sueño. Le preguntaron si en verdad estaba decidida a casarse, y
ella contestó lloriqueando que solamente quería que la dejaran dormir. José
Arcadio Buendía, comprendiendo el desconcierto de los Moscote, fue a aclarar
las cosas con Aureliano. Cuando regresó, los esposos Moscote se habían vestido
con ropa formal, habían cambiado la posición de los muebles y puesto flores
nuevas en los floreros, y lo esperaban en compañía de sus hijas mayores.
Agobiado por la ingratitud de la ocasión y por la molestia del cuello duro,
José Arcadio Buendía confirmó que, en efecto, Remedios era la elegida. «Esto no
tiene sentido - ijo consternado don Apolinar Moscote-. Tenemos seis hijas más,
todas solteras y en edad de merecer, que estarían encantadas de ser esposas
dignísimas de caballeros serios y trabajadores como su hijo, y Aurelito pone
sus ojos precisamente en la única que todavía se arma en la cama.» Su esposa,
una mujer bien conservada, de párpados y ademanes afligidos, le reprochó su
incorrección. Cuando terminaron de tomar el batido de frutas, habían aceptado
com- lacidos la decisión de Aureliano. Sólo que la señora de Moscote suplicaba
el favor de hablar a solas con Úrsula. Intrigada, protestando de que la
enredaran en asuntos de hombres, pero en realidad intimidada por la emoción,
Úrsula fue a visitarla al día siguiente. Media hora después regresó con la
noticia de que Remedios era impúber. Aureliano no lo consideró como un tropiezo
grave. Había esperado tanto, que podía esperar cuanto fuera necesario, hasta
que la novia estuviera en edad de concebir.
La armonía recobrada sólo fue
interrumpida por la muerte de Melquíades. Aunque era un acontecimiento
previsible, no lo fueron las circunstancias. Pocos meses después de su regreso
se había operado en él un proceso de envejecimiento tan apresurado y critico,
que pronto se le tuvo por uno de esos bisabuelos inútiles que deambulan como
sombras por los dormitorios, arrastrando los pies, recordando mejores tiempos
en voz alta, y de quienes nadie se ocupa ni se acuerda en realidad hasta el día
en que amanecen muertos en la cama. Al principio, José Arcadio Buendía lo
secundaba en sus tareas, entusiasmado con la novedad de la daguerrotipia y las
predicciones de Nostradamus. Pero poco a poco lo fue abandonando a su soledad,
porque cada vez se les hacía más difícil la comunicación. Estaba perdiendo la
vista y el oído, parecía confundir a los interlocutores con personas que
conoció en épocas remotas de la humanidad, y contestaba a las preguntas con un
intrincado batiburrillo de idiomas. Caminaba tanteando el aire, aunque se movía
por entre las cosas con una fluidez inexplicable, como si estuviera dotado de
un instinto de orientación fundado en presentimientos inmediatos. Un día olvidó
ponerse la dentadura postiza, que dejaba de noche en un vaso de agua junto a la
cama, y no se la volvió a poner. Cuando Úrsula dispuso la ampliación de la
casa, le hizo construir un cuarto especial contiguo al taller de Aureliano,
lejos de los ruidos y el trajín domésticos, con una ventana inundada de luz y
un estante donde ella misma ordenó los libros casi deshechos por el polvo y las
polillas, los quebradizos papeles apretados de signos indescifrables y el vaso
con la dentadura postiza donde habían prendido unas plantitas acuáticas de
minúsculas flores amarillas. El nuevo lugar pareció agradar a Melquíades,
porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de
Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en
los pergaminos que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida
que se resquebrajaba como hojaldres. Allí tomaba los alimentos que Visitación
le llevaba dos veces al día, aunque en los últimos tiempos perdió el apetito y
sólo se alimentaba de legumbres. Pronto adquirió el aspecto de desamparo propio
de los vegetarianos. La piel se le cubrió de un musgo tierno, semejante al que
prosperaba en el chaleco anacrónico que no se quitó jamás, y su respiración
exhaló un tufo de animal dormido. Aureliano terminó por olvidarse de él,
absorto en la redacción de sus versos, pero en cierta ocasión creyó entender
algo de lo que decía en sus bordoneantes monólogos, y le prestó atención. En
realidad, lo único que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el
in-sistente martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el
nombre de Alexander Von Humboldt. Arcadio se aproximó un poco más a él cuando
empezó a ayudar a Aureliano en la platería. Melquíades correspondió a aquel
esfuerzo de comunicación soltando a veces frases en castellano que tenían muy poco
que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareció iluminado por una
emoción repentina. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio
había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias
páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al
ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas. Luego sonrió por primera
vez en mucho tiempo y dijo en castellano: «Cuando me muera, quemen mercurio
durante tres días en mi cuarto.» Arcadio se lo cantó a José Arcadio Buendía, y
éste trató de obtener una información más explícita, pero sólo consiguió una
respuesta: «He alcanzado la inmortalidad.» Cuando la respiración de Melquíades
empezó a oler, Arcadio lo llevó a bañarse al río los jueves en la mañana.
Pareció mejorar. Se desnudaba y se metía en el agua junto con las muchachos, y
su misterioso sentido de orientación le permitía elu-dir los sitios profundos y
peligrosos. «Somos del agua», dijo en cierta ocasión. Así pasó mucho tiempo sin
que nadie lo viera en la casa, salvo la noche en que hizo un conmovedor
esfuerzo por componer la pianola, y cuando iba al río con Arcadio llevando bajo
el brazo la totuma y la bola de jabón de corozo envueltas en una toalla. Un
jueves, antes de que lo llamaran para ir al río, Aureliano le oyó decir: «He
muerto de fiebre en los médanos de Singapur.» Ese día se metió en el agua par
un mal camino y no lo encontraron hasta la mañana siguiente, varios kilómetros
más abajo, varado en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en
el vientre. Contra las escandalizadas protestas de Úrsula, que lo lloró con más
dolor que a su propio padre, José Arcadio Buendía se opuso a que lo enterraran.
«Es inmortal -dijo- y él mismo reveló la fórmula de la resurrección.» Revivió el
olvidado atanor y puso a hervir un caldero de mercurio junto al cadáver que
poco a poco se iba llenado de burbujas azules. Don Apolinar Moscote se atrevió
a recordarle que un ahogado insepulto era un peligro para la salud pública.
«Nada de eso, puesto que está vivo», fue la réplica de José Arcadio Buendía,
que completó las setenta y dos horas de sahumerios mercuriales cuando ya el
cadáver empezaba a reventarse en una floración lívida, cuyos silbidos tenues
impregnaron la casa de un vapor pestilente. Sólo entonces permitió que lo
enterraran, pero no de cualquier modo, sino con los honores reservados al más
grande benefactor de Macondo. Fue el primer entierro y el más concurrido que se
vio en el pueblo, superado apenas un siglo después por el carnaval funerario de
El italiano, cuya cabeza cubierta de
rizos charoladas suscitaba en las mujeres una irreprimible necesidad de
suspirar, trató a Amaranta como una chiquilla caprichosa a quien no valía la
pena tomar demasiado en cuenta.
Tengo un hermano menor -le dijo-. Va a
venir a ayudarme en la tienda.
Amaranta se sintió humillada y le dijo
a Pietro Crespi con un rencor virulenta, que estaba dispuesta a impedir la boda
su hermana aunque tuviera que atravesar en la puerta su propio cadáver. Se
impresionó tanto el italiano con el dramatismo de la amenaza, que no resistió
la tentación de comentarla con Rebeca. Fue así como el viaje de Amaranta,
siempre aplazado par las ocupaciones de Úrsula, se arregló en menos de una
semana. Amaranta no opuso resistencia, pero cuando le dio a Rebeca el beso de
despedida, le susurró al oído:
-No te hagas ilusiones. Aunque me
lleven al fin del mundo encontraré la manera de impedir que te cases, así tenga
que matarte.
Con la ausencia de Úrsula, can la
presencia invisible de Melquíades que continuaba su deambular sigiloso por las
cuartos, la casa pareció enorme y vacía. Rebeca había quedado a cargo del orden
doméstico, mientras la india se ocupaba de la panadería. Al anochecer, cuando
llegaba Pietro Crespi precedido de un fresco hálito de espliego y llevando
siempre un juguete de regalo, su novia le recibía la visita en la sala principal
can puertas y ventanas abiertas para estar a salvo de toda suspicacia. Era una
precaución innecesaria, porque el italiano había demostrado ser tan respetuoso
que ni siquiera tocaba la mano de la mujer que seria su esposa antes de un año.
Aquellas visitas fueron llenando la casa de juguetes prodigiosos. Las
bailarinas de cuerda, las cajas de música, los manas acróbatas, los caballos
trotadores, los payasos tamborileros, la rica y asombrosa fauna mecánica que
llevaba Pietro Crespi, disiparan la aflicción de José Arcadio Buendía por la
muerte de Melquíades, y la transportaron de nuevo a sus antiguas tiempos de
alquimista. Vivía entonces en un paraíso de animales destripados, de mecanismos
deshechos, tratando de perfeccionarías can un sistema de movimiento continua
fundado en los principios del péndulo. Aureliano, por su parte, había
descuidado el taller para enseñar a leer y escribir a la pequeña Remedios. Al
principia, la niña prefería sus muñecas al hambre que llegaba todas las tardes,
y que era el culpable de que la separaran de sus juegos para bañarla y vestirla
y sentaría en la sala a recibir la visita. Pero la paciencia y la devoción de
Aureliano terminaron par seducirla, hasta el punto de que pasaba muchas horas
con él estudiando el sentido de las letras y dibujando en un cuaderno con
lápices de colores casitas can vacas en los corrales y sales redondos con rayas
amarillas que se ocultaban detrás de las lomas.
Sólo Rebeca era infeliz con la amenaza
de Amaranta. Conocía el carácter de su hermana, la altivez de su espíritu, y la
asustaba la virulencia de su rencor. Pasaba horas enteras chupándose el dedo en
el baño, aferrándose a un agotador esfuerzo de voluntad para no comer tierra.
En busca de un alivio a la zozobra llamó a Pilar Ternera para que le leyera el
porvenir. Después de un sartal de imprecisiones convencionales, Pilar Ternera
pronosticó:
-No serás feliz mientras tus padres
permanezcan insepultos. Rebeca se estremeció. Cama en el recuerdo de un sueño
se vio a sí misma entrando a la casa, muy niña, con el baúl y el mecedorcito de
madera y un talego cuyo contenido no conoció jamás. Se acordó de un caballero
calvo, vestido de lino y con el cuello de la camisa cerrado con un botón de
aro, que nada tenía que ver con el rey de capas. Se acordó de una mujer muy
joven y muy bella, de manos tibias y perfumadas, que nada tenían en común can
las manos reumáticas de la sota de oros, y que le ponía flores en el cabello
para sacarla a pasear en la tarde por un pueblo de calles verdes.
-No entienda -dijo.
Pilar Ternera pareció desconcertada:
-Yo tampoco, pero eso es lo que dicen
las cartas.
Rebeca quedó tan preocupada con el
enigma, que se lo cantó a José Arcadio Buendía y éste la reprendió por dar
crédito a pronósticos de barajas, pera se dio a la silenciosa tarea de
registrar armarios y baúles, remover muebles y voltear camas y entabladas,
buscando el talega de huesos.
Recordaba no haberla visto desde los
tiempos de la reconstrucción. Llamó en secreta a los albañiles y una de ellas
reveló que había emparedado el talego en algún dormitorio porque le estorbaba
para trabajar. Después de varios días de auscultaciones, can la oreja pegada a
las paredes, percibieron el clac clac profundo. Perforaron el muro y allí
estaban los huesos en el talego intacto. Ese mismo día lo sepultaron en una
tumba sin lápida, improvisada junta a la de Melquíades, y Jasé Arcadio Buendía
regresó a la casa liberado de una carga que por un momento pesó tanto en su
conciencia como el recuerdo de Prudencio Aguilar. Al pasar por la cocina le dio
un beso en la frente a Rebeca.
-Quítate las malas ideas de la cabeza
-le dijo-. Serás feliz. La amistad de Rebeca abrió a Pilar Ternera las puertas
de la casa, cerradas por Úrsula desde el nacimiento de Arcadio. Llegaba a
cualquier hora del día, como un tropel de cabras, y descargaba su energía
febril en los oficios más pesados. A veces entraba al taller y ayudaba a
Arcadio a sensibilizar las láminas del daguerrotipo con una eficacia y una
ternura que terminaron par confundirlo. Lo aturdía esa mujer. La resolana de su
piel, su alar a humo, el desorden de su risa en el cuarto oscuro, perturbaban
su atención y la hacían tropezar con las cosas.
En cierta ocasión Aureliano estaba
allí, trabajando en orfebrería, y Pilar Ternera se apoyó en la mesa para admirar
su paciente laboriosidad. De pronto ocurrió. Aureliano comprobó que Arcadio
estaba en el cuarto oscuro, antes de levantar la vista y encontrarse can los
ojos de Pilar Ternera, cuyo pensamiento era perfectamente visible, como
expuesto a la luz del mediodía.
-Bueno -dijo Aureliano-. Dígame qué es.
Pilar Ternera se mordió los labios can
una sonrisa triste.
-Que eres bueno para la guerra -dijo-.
Donde pones el ojo pones el plomo.
Aureliano descansó con la comprobación
del presagio. Volvió a concentrarse en su trabaja, como si nada hubiera pasado,
y su voz adquirió una repasada firmeza.
-Lo reconozco -dijo-. Llevará mi
nombre.
José Arcadio Buendía consiguió par fin
lo que buscaba: conectó a una bailarina de cuerda el mecanismo del reloj, y el
juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante tres días.
Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas
descabelladas. No volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los
cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por su imaginación hacia un estado de
delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba las noches dando
vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los
principios del péndulo a las carretas de bueyes, a las rejas del arado, a toda
la que fuera útil puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio,
que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes
inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo
identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio
Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio - xclamó-, ¡cómo has
venido a parar tan lejos!» Después de muchos años de muerte, era tan intensa la
añoranza de las vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora
la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio
Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigas. Tenía mucho tiempo
de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los
muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y
nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos
hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en las abigarrados
mapas de la muerte. José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta
el amanecer. Pocas horas después, estragado par la vigilia, entró al taller de
Aureliano y le preguntó: «¿Qué día es hay?» Aureliano le contestó que era
martes. «Eso mismo pensaba ya -dijo José Arcadio Buendía- Pera de pronto me he dado cuenta de que sigue
siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias.
También hoy es lunes. » Acostumbrada a
sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José
Arcadio Buendía volvió al taller. «Esta es un desastre -dijo-. Mira el aire,
oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.» Esa
noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin
gracia de los viejos, llorando par Prudencio Aguilar, por Melquíades, por los
padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que podía recordar y que
entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un aso de cuerda que caminaba en
das patas por un alambre, pero no consiguió distraerla de su obsesión. Le
preguntó qué había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la
posibilidad de construir una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para
volar, y él contestó que era imposible porque el péndulo podía levantar
cualquier cosa en el aire pero no podía levantarse a sí mismo. El jueves volvió
a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. «¡La
máquina del tiempo se ha descompuesto -casi sollozó- y Úrsula y Amaranta tan
lejos!» Aureliano lo reprendió coma a un niño y él adaptó un aire sumiso. Pasó
seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el
aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún
cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama
con los ojos abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los
muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes,
antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la
naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes.
Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza
descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el
gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un
endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero com-pletamente
incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano
pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbaría, catorce
para amarraría, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde la
dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la
baca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba atado de pies y manos al
tronco del castaño, empapada de lluvia y en un estado de inocencia total. Le
hablaran, y él las miró sin reconocerlas y les dijo alga incomprensible. Úrsula
le soltó las muñecas y los tobillos, ulceradas por la presión de las sagas, y
lo dejó amarrado solamente por la cintura. Más tarde le construyeron un
cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.
V.
Aureliano Buendía y Remedios Moscote se
casaron un domingo de marzo ante el altar que el padre Nicanor Reyna hizo
construir en la sala de visitas. Fue la culminación de cuatro semanas de
sobresaltos en casa de los Moscote, pues la pequeña Remedios llegó a la
pubertad antes de superar los hábitos de la infancia. A pesar de que la madre
la había aleccionado sobre los cambios de la adolescencia, una tarde de febrero
irrumpió dando gritos de alarma en la sala donde sus hermanas conversaban con
Aureliano, y les mostró el calzón embadurnado de una pasta achocolatada. Se
fijó un mes para la boda. Apenas si hubo tiempo de enseñarla a lavarse, a
vestirse sola, a comprender los asuntos elementales de un hogar. La pusieron a
orinar en ladrillos calientes para corregirle el hábito de mojar la cama. Costó
trabajo convencerla de la inviolabilidad del secreto conyugal, porque Remedios
estaba tan aturdida y al mismo tiempo tan maravillada con la revelación, que
quería comentar con todo el mundo los pormenores de la noche de bodas.
Fue un esfuerzo agotador, pero en la
fecha prevista para la ceremonia la niña era tan diestra en las cosas del mundo
como cualquiera de sus hermanas. Don Apolinar Moscote la llevó del brazo por la
calle adornada con flores y guirnaldas, entre el estampido de los cohetes y la
música de varias bandas, y ella saludaba con la mano y daba las gracias con una
sonrisa a quienes le deseaban buena suerte desde las ventanas. Aureliano,
vestido de paño negro, con los mismos botines de charol con ganchos metálicos
que había de llevar pocos años después frente al pelotón de fusilamiento, tenía
una palidez intensa y una bola dura en la garganta cuando recibió a su novia en
la puerta de la casa y la llevó al altar. Ella se comportó con tanta
naturalidad, con tanta discreción, que no perdió la compostura ni siquiera
cuando Aureliano dejó caer el anillo al tratar de ponérselo. En medio del
murmullo y el principio de confusión de los convidados, ella mantuvo en alto el
brazo con el mitón de encaje y permaneció con el anular dispuesto, hasta que su
novio logró parar el anillo con el botín para que no siguiera rodando hasta la
puerta, y regresó ruborizado al altar. Su madre y sus hermanas sufrieron tanto
con el temor de que la niña hiciera una incorrección durante la ceremonia, que
al final fueron ellas quienes cometieron la impertinencia de cargarla para
darle un beso. Desde aquel día se reveló el sentido de res-ponsabilidad, la
gracia natural, el reposado dominio que siempre había de tener Remedios ante
las circunstancias adversas. Fue ella quien de su propia iniciativa puso aparte
la mejor porción que cortó del pastel de bodas y se la llevó en un plato con un
tenedor a José Arcadio Buendía.
Amarrado al tronco del castaño,
encogido en un banquito de madera bajo el cobertizo de palmas, el enorme
anciano descolorido por el sol y la lluvia hizo una vaga sonrisa de gratitud y
se comió el pastel con los dedos masticando un salmo ininteligible. La única
persona infeliz en aquella celebración estrepitosa, que se prolongó hasta el
amanecer del lunes, fue Rebeca Buendía. Era su fiesta frustrada. Por acuerdo de
Úrsula, su matrimonio debía celebrarse en la misma fecha, pero Pietro Crespi
recibió el viernes una carta con el anuncio de la muerte inminente de su madre.
La boda se aplazó. Pietro Crespi se fue para la capital de la provincia una
hora después de recibir la carta, y en el camino se cruzó con su madre que
llegó puntual la noche del sábado y cantó en la boda de Aureliano el aria
triste que había preparado para la boda de su hijo. Pietro Crespi regresó a la
media noche del domingo a barrer las cenizas de la fiesta, después de haber
reventado cinco caballos en el camino tratando de estar en tiempo para su boda.
Nunca se averiguó quién escribió la carta. Atormentada por Úrsula, Amaranta
lloró de indignación y juró su inocencia frente al altar que los carpinteros no
habían acabado de desarmar.
El padre Nicanor Reyna -a quien don
Apolinar Moscote había llevado de la ciénaga para que oficiara la boda- era un
anciano endurecido por la ingratitud de su ministerio. Tenía la piel triste,
casi en los puros huesos, y el vientre pronunciado y redondo y una expresión de
ángel viejo que era más de inocencia que de bondad. Llevaba el propósito de
regresar a su parroquia después de la boda, pero se espantó con la aridez de
los habitantes de Macondo, que prosperaban en el escándalo, sujetos a la ley
natural, sin bautizar a los hijos ni santificar las fiestas. Pensando que a
ninguna tierra le hacía tanta falta la simiente de Dios, decidió quedarse una
semana más para cristianizar a circuncisos y gentiles, legalizar concubinarios
y sacramentar moribundos. Pero nadie le prestó atención. Le contestaban que
durante muchos años habían estado sin cura, arreglando negocios del alma
directamente con Dios, y habían perdido la malicia del pecado mortal. Cansado
de predicar en el desierto, el padre Nicanor se dispuso a emprender la
construcción de un templo, el más grande del mundo con santos de tamaño natural
y vidrios de colores en las paredes, para que fuera gente desde Roma a honrar a
Dios en el centro de la impiedad. Andaba por todas partes pidiendo limosnas con
un platillo de cobre. Le daban mucho, pero él quería más, porque el templo
debía tener una campana cuyo clamor sacara a flote a los ahogados. Suplicó
tanto, que perdió la voz. Sus huesos empezaron a llenarse de ruidos. Un sábado,
no habiendo recogido ni siquiera el valor de las puertas, se dejó confundir por
la desesperación. Improvisó un altar en la plaza y el domingo recorrió el
pueblo con una campanita, como en los tiempos del insomnio, convocando a la
misa campal. Muchos fueron por curiosidad. Otros por nostalgia. Otros para que
Dios no fuera a tomar como agravio personal el desprecio a su intermediario.
Así que a las ocho de la mañana estaba medio pueblo en la plaza, donde el padre
Nicanor cantó los evangelios con voz lacerada por la súplica. Al final, cuando
los asistentes empezaron a desbandarse, levantó los brazos en señal de
atención.
-Un momento -dijo-. Ahora vamos a
presenciar una prueba irrebatible del infinito poder de Dios.
El muchacho que había ayudado a misa le
llevó una taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó sin respirar.
Luego se limpió los labios con un pañuelo que sacó de la manga, extendió los
brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros
sobre el nivel del suelo. Fue un recurso convincente. Anduvo varios días por
entre las casas, repitiendo la prueba de la levitación mediante el estímulo del
chocolate, mientras el monaguillo recogía tanto dinero en un talego, que en
menos de un mes emprendió la construcción del templo. Nadie puso en duda el
origen divino de la demostración, salvo José Arcadio Buendía, que observó sin
inmutarse el tropel de gente que una mañana se reunió en torno al castaño para
asistir una vez más a la revelación. Apenas se estiró un poco en el banquillo y
se encogió de hombros cuando el padre Nicanor empezó a levantarse del suelo
junto con la silla en que estaba sentado.
-Hoc est simplicisimun -dijo José
Arcadio Buendía-: homo iste statum quartum materiae invenit.
El padre Nicanor levantó la mano y las
cuatro patas de la silla se posaron en tierra al mismo tiempo.
-Nego -dijo-. Factum hoc existentiam
Dei probat sine dubio.
Fue así como se supo que era latín la
endiablada jerga de José Arcadio Buendía. El padre Nicanor aprovechó la
circunstancia de ser la única persona que había podido comunicarse con él, para
tratar de infundir la fe en su cerebro trastornado. Todas las tardes se sentaba
junto al castaño, predicando en latín, pero José Arcadio Buendía se empecinó en
no admitir vericuetos retóricos ni transmutaciones de chocolate, y exigió como
única prueba el daguerrotipo de Dios. El padre Nicanor le llevó entonces
medallas y estampitas y hasta una reproducción del paño de
Era tan terco, que el padre Nicanor
renunció a sus propósitos de evangelización y siguió visitándolo por
sentimientos humanitarios. Pero entonces fue José Arcadio Buendía quien tomó la
iniciativa y trató de quebrantar la fe del cura con martingalas racionalistas.
En cierta ocasión en que el padre Nicanor llevó al castaño un tablero y una
caja de fichas para invitarlo a jugar a las damas, José Arcadio Buendía no
aceptó, según dijo, porque nunca pudo entender el sentido de una contienda
entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios. El padre
Nicanor, que jamás había visto de ese modo el juego de damas, no pudo volverlo
a jugar. Cada vez más asombrado de la lucidez de José Arcadio Buendía, le
preguntó cómo era posible que lo tuvieran amarrado de un árbol.
-Hoc est simplicisimun -contestó él-:
porque estoy loco. Desde entonces, preocupado por su propia fe, el cura no
volvió a visitarlo, y se dedicó por completo a apresurar la construcción del
templo. Rebeca sintió renacer la esperanza. Su porvenir estaba condicionado a
la terminación de la obra, desde un domingo en que el padre Nicanor almorzaba
en la casa y toda la familia sentada a la mesa habló de la solemnidad y el
esplendor que tendrían los actos religiosos cuando se construyera el templo.
«La más afortunada será Rebeca», dijo Amaranta. Y como Rebeca no entendió lo
que ella quería decirle, se lo explicó con una sonrisa inocente:
-Te va a tocar inaugurar la iglesia con
tu boda.
Rebeca trató de anticiparse a cualquier
comentario. Al paso que llevaba la construcción, el templo no estaría terminado
antes de diez años. El padre Nicanor no estuvo de acuerdo: la creciente
generosidad de los fieles permitía hacer cálculos más optimistas. Ante la sorda
indignación de Rebeca, que no pudo terminar el almuerzo, Úrsula celebró la idea
de Amaranta y contribuyó con un aporte considerable para que se apresuraran los
trabajos. El padre Nicanor consideró que con otro auxilio como ese el templo
estaría listo en tres años. A partir de entonces Rebeca no volvió a dirigirle
la palabra a Amaranta, convencida de que su iniciativa no había tenido la
inocencia que ella supo aparentar. «Era lo menos grave que podía hacer -le
replicó Amaranta en la virulenta discusión que tuvieron aquella noche-. Así no
tendré que matarte en los próximos tres años.» Rebeca aceptó el reto.
Cuando Pietro Crespi se enteró del
nuevo aplazamiento, sufrió una crisis de desilusión, pero Rebeca le dio una
prueba definitiva de lealtad. «Nos fugaremos cuando tú lo dispongas», le dijo.
Pietro Crespi, sin embargo, no era
hombre de aventuras. Carecía del carácter impulsivo de su novia, y consideraba
el respeto a la palabra empeñada como un capital que no se podía dilapidar.
Entonces Rebeca recurrió a métodos más
audaces. Un viento misterioso apagaba las lámparas de la sala de visita y
Úrsula sorprendía a los novios besándose en la oscuridad. Pietro Crespi le daba
explicaciones atolondradas sobre la mala calidad de las modernas lámparas de
alquitrán y hasta ayudaba a instalar en la sala sistemas de iluminación más
seguros. Pero otra vez fallaba el combustible o se atascaban las mechas, y
Úrsula encontraba a Rebeca sentada en las rodillas del novio. Terminó por no
aceptar ninguna explicación. Depositó en la india la responsabilidad de la
panadería y se sentó en un mecedor a vigilar la visita de los novios, dispuesta
a no dejarse derrotar por maniobras que ya eran viejas en su juventud. «Pobre
mamá -decía Rebeca con burlona indignación, viendo bostezar a Úrsula en el
sopor de las visitas-. Cuando se muera saldrá penando en ese mecedor.» Al cabo
de tres meses de amores vigilados, aburrido con la lentitud de la construcción
que pasaba a inspeccionar todos los días, Pietro Crespi resolvió darle al padre
Nicanor el dinero que le hacía falta para terminar el templo. Amaranta no se
impacientó. Mientras conversaba con las amigas que todas las tardes iban a
bordar o tejer en el corredor, trataba de concebir nuevas triquiñuelas. Un
error de cálculo echó a perder la que consideró más eficaz:
quitar las bolitas de naftalina que
Rebeca había puesto a su vestido de novia antes de guardarlo en la cómoda del
dormitorio. Lo hizo cuando faltaban menos de dos meses para la terminación del
templo. Pero Rebeca estaba tan impaciente ante la proximidad de la boda, que
quiso preparar el vestido con más anticipación de lo que había previsto
Amaranta. Al abrir la cómoda y desenvolver primero los papeles y luego el
lienzo protector, encontró el raso del vestido y el punto del velo y hasta la
corona de azahares pulverizados por las polillas. Aunque estaba segura de haber
puesto en el envoltorio dos puñados de bolitas de naftalina, el desastre
parecía tan accidental que no se atrevió a culpar a Amaranta. Faltaba menos de
un mes para la boda, pero Amparo Moscote se comprometió a coser un nuevo
vestido en una semana. Amaranta se sintió desfallecer el mediodía lluvioso en
que Amparo entró a la casa envuelta en una espumarada de punto para hacerle a
Rebeca la última prueba del vestido. Perdió la voz y un hilo de sudor helado
descendió por el cauce de su espina dorsal. Durante largos meses había temblado
de pavor esperando aquella hora, porque si no concebía el obstáculo definitivo
para la boda de Rebeca, estaba segura de que en el último instante, cuando
hubieran fallado todos los recursos de su imaginación, tendría valor para
envenenaría. Esa tarde, mientras Rebeca se ahogaba de calor dentro de la coraza
de raso que Amparo Moscote iba armando en su cuerpo con un millar de alfileres
y una paciencia infinita, Amaranta equivocó varias veces los puntos del crochet
y se pinchó el dedo con la aguja, pero decidió con espantosa frialdad que la
fecha sería el último viernes antes de la boda, y el modo sería un chorro de
láudano en el café.
Un obstáculo mayor, tan insalvable como
imprevisto, obligó a un nuevo e indefinido aplazamiento. Una semana antes de la
fecha fijada para la boda, la pequeña Remedios despertó a media noche empapada
en un caldo caliente que exploté en sus entrañas con una especie de eructo
desgarrador, y murió tres días después envenenada por su propia sangre con un
par de gemelos atravesados en el vientre. Amaranta sufrió una crisis de
conciencia. Había suplicado a Dios con tanto fervor que algo pavoroso ocurriera
para no tener que envenenar a Rebeca, que se sintió culpable por la muerte de
Remedios. No era ese el obstáculo por el que tanto había suplicado. Remedios
había llevado a la casa un soplo de alegría. Se había instalado con su esposo
en una alcoba cercana al taller, que decoró con las muñecas y juguetes de su
infancia reciente, y su alegre vitalidad desbordaba las cuatro paredes de la
alcoba y pasaba como un ventarrón buena salud por el corredor de las begonias.
Cantaba desde el amanecer. Fue ella la única persona que se atrevió a mediar en
las disputas de Rebeca y Amaranta. Se echó encima la dispendiosa tarea de
atender a José Arcadio Buendía. Le llevaba los alimentos, lo asistía en sus
necesidades cotidianas, lo lavaba con jabón y estropajo, le mantenía limpio de
piojos y liendres los cabellos y la barba, conservaba en buen estado el
cobertizo de palma y lo reforzaba con lonas impermeables en tiempos de
tormenta. En sus últimos meses había logrado comunicarse con él en frases de
latín rudimentario. Cuando nació el hijo de Aureliano y Pilar Ternera y fue
llevado a la casa y bautizado en ceremonia íntima con el nombre de Aureliano
José, Remedios decidió que fuera considerado como su lujo mayor. Su instinto
maternal sorprendió a Úrsula. Aureliano, por su parte, encontró en ella la
justificación que le hacía falta para vivir. Trabajaba todo el día en el taller
y Remedios le llevaba a media mañana un tazón de café sin azúcar. Ambos
visitaban todas las noches a los Moscote. Aureliano jugaba con el suegro
interminables partidos de dominó, mientras Remedios conversaba con sus hermanas
o trataba con su madre asuntos de gente mayor. El vínculo con los Buendía
consolidó en el pueblo la autoridad de don Apolinar Moscote. En frecuentes
viajes a la capital de la provincia consiguió que el gobierno construyera una
escuela para que la atendiera Arcadio, que había heredado el entusiasmo
didáctico del abuelo. Logró por medio de la persuasión que la mayoría de las
casas fueran pintadas de azul para la fiesta de la independencia nacional. A
instancias del padre Nicanor dispuso el traslado de la tienda de Catarino a una
calle apartada, y clausuró varios lugares de escándalo que prosperaban en el
centro de la población. Una vez regresó con seis policías armados de fusiles a
quienes encomendó el mantenimiento del orden, sin que nadie se acordara del
compromiso original de no tener gente armada en el pueblo. Aureliano se
complacía de la eficacia de su suegro. «Te vas a poner tan gordo como él», le
decían sus amigos. Pero el sedentarismo que acentuó sus pómulos y concentró el
fulgor de sus ojos, no aumentó su peso ni alteró la parsimonia de su carácter,
y por el contrario endureció en sus labios la línea recta de la meditación
solitaria y la decisión implacable. Tan hondo era el cariño que él y su esposa
habían logrado despertar en la familia de ambos, que cuando Remedios anunció
que iba a tener un hijo, hasta Rebeca y Amaranta hicieron una tregua para tejer
en lana azul, por si nacía varón, y en lana rosada, por si nacía mujer. Fue
ella la última persona en que pensó Arcadio, pocos años después, frente al
pelotón de fusilamiento.
Úrsula dispuso un duelo de puertas y
ventanas cerradas, sin entrada ni salida para nadie como no fuera para asuntos
indispensables; prohibió hablar en voz alta durante un ano, y puso el
daguerrotipo de Remedios en el lugar en que se veló el cadáver, con una cinta
negra terciada y una lámpara de aceite encendida para siempre. Las generaciones
futuras, que nunca dejaron extinguir la lámpara, habían de desconcertarse ante
aquella niña de faldas rizadas, botitas blancas y lazo de organdí en la cabeza,
que no lograban hacer coincidir con la imagen académica de una bisabuela.
Amaranta se hizo cargo de Aureliano José. Lo adoptó como un hijo que había de
compartir su soledad, y aliviarla del láudano involuntario que echaron sus
súplicas desatinadas en el café de Remedios. Pietro Crespi entraba en puntillas
al anochecer, con una cinta negra en el sombrero, y hacía una visita silenciosa
a una Rebeca que parecía desangrarse dentro del vestido negro con mangas hasta
los puños. Habría sido tan irreverente la sola idea de pensar en una nueva
fecha para la boda, que el noviazgo se convirtió en una relación eterna, un
amor de cansancio que nadie volvió a cuidar, como si los enamorados que en
otros días descomponían las lámparas para besarse hubieran sido abandonados al
albedrío de la muerte. Perdido el rumbo, completamente desmoralizada, Rebeca
volvió a comer tierra.
De pronto cuando el duelo llevaba tanto
tiempo que ya se habían reanudado las sesiones de punto de cruz- alguien empujó
la puerta de la calle a las dos de la tarde, en el silencio mortal del calor, y
los horcones se estremecieron con tal fuerza en los cimientos, que Amaranta y
sus amigas bordando en el corredor, Rebeca chupándose el dedo en el dormitorio,
Úrsula en la cocina, Aureliano en el taller y hasta José Arcadio Buendía bajo
el castaño solitario, tuvieron la impresión de que un temblor de tierra estaba
desquiciando la casa. Llegaba un hombre descomunal. Sus espaldas cuadradas
apenas si cabían por las puertas. Tenía una medallita de
«Buenas», dijo. Úrsula se quedó una
fracción de segundo con la boca abierta, lo miró a los ojos, lanzó un grito y
saltó a su cuello gritando y llorando de alegría. Era José Arcadio. Regresaba
tan pobre como se fue, hasta el extremo de que Úrsula tuvo que darle dos pesos
para pagar el alquiler del caballo. Hablaba el español cruzado con jerga de
marineros. Le preguntaron dónde había estado, y contestó: «Por ahí.» Colgó la
hamaca en el cuarto que le asignaron y durmió tres días. Cuando despertó, y
después de tomarse dieciséis huevos crudos, salió directamente hacia la tienda
de Catarino, donde su corpulencia monumental provocó un pánico de curiosidad
entre las mujeres. Ordenó música y aguardiente para todos por su cuenta. Hizo
apuestas de pulso con cinco hombres al mismo tiempo. «Es imposible», decían, al
convencerse de que no lograban moverle el brazo. «Tiene niños-en-cruz.»
Catarino, que no creía en artificios de fuerza, apostó doce pesos a que no
movía el mostrador. José Arcadio lo arrancó de su sitio, lo levantó en vilo
sobre la cabeza y lo puso en la calle. Se necesitaron once hombres para
meterlo. En el calor de la fiesta exhibió sobre el mostrador su masculinidad
inverosímil, enteramente tatuada con una maraña azul y roja de letreros en
varios idiomas. A las mujeres que lo asediaron con su codicia les preguntó
quién pagaba más. La que tenía más ofreció veinte pesos. Entonces él propuso
rifarse entre todas a diez pesos el número. Era un precio desorbitado, porque
la mujer más solicitada ganaba ocho pesos en una noche, pero todas aceptaron.
Escribieron sus nombres en catorce papeletas que metieron en un sombrero, y
cada mujer sacó una. Cuando sólo faltaban por sacar dos papeletas, se
estableció a quiénes correspondían.
-Cinco pesos más cada una -propuso José
Arcadio- y me reparto entre ambas.
De eso vivía. Le había dado sesenta y
cinco veces la vuelta al mundo, enrolado en una tripulación de marineros
apátridas. Las mujeres que se acostaron con él aquella noche en la tienda de
Catarino lo llevaron desnudo a la sala de baile para que vieran que no tenía un
milímetro del cuerpo sin tatuar, por el frente y por la espalda, y desde el
cuello hasta los dedos de los pies. No lograba incorporarse a la familia.
Dormía todo el día y pasaba la noche en el barrio de tolerancia haciendo
suertes de fuerza. En las escasas ocasiones en que Úrsula logró sentarlo a la
mesa, dio muestras de una simpatía radiante, sobre todo cuando contaba sus
aventuras en países remotos. Había naufragado y permanecido dos semanas a la
deriva en el mar del Japón, alimentándose con el cuerpo de un compañero que
sucumbió a la insolación, cuya carne salada y vuelta a salar y cocinada al sol
tenía un sabor granuloso y dulce. En un mediodía radiante del Golfo de Bengala
su barco había vencido un dragón de mar en cuyo vientre encontraron el casco,
las hebillas y las armas de un cruzado. Había visto en el Caribe el fantasma de
la nave corsario de Víctor Hugues, con el velamen desgarrado por los vientos de
la muerte, la arboladura carcomida por cucarachas de mar y equivocado para
siempre el rumbo de
Una tarde, cuando todos dormían la
siesta, no resistió más y fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos,
despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de
amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que
sintió el impulso de retroceder. «Perdone -se excusó-. No sabía que estaba
aquí.» Pero apagó la voz para no despertar a nadie. «Ven acá», dijo él. Rebeca
obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le
formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos
con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos,
murmurando: «Ay, hermanita: ay, hermanita.» Ella tuvo que hacer un esfuerzo
sobrenatural para no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente
regulada la levantó por la cintura y la despojó de su intimidad con tres
zarpazos y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por
haber nacido, antes de perder la conciencia el placer inconcebible de aquel
dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que
absorbió como un papel secante la explosión de su sangre.
Tres días después se casaron en la misa
de cinco. José Arcadio había ido el día anterior a la tienda de Pietro Crespi.
Lo había encontrado dictando una lección de cítara y no lo llevó aparte para
hablarle. «Me caso con Rebeca», le dijo. Pietro Crespi se puso pálido, le
entregó la cítara a uno de los discípulos, y dio la clase por terminada. Cuando
quedaron solos en el salón atiborrado de instrumentos músicos y juguetes de
cuerda, Pietro Crespi dijo:
-Es su hermana.
-No me importa -replicó José Arcadio.
Pietro Crespi se enjugó la frente con
el pañuelo impregnado de espliego.
-Es contra natura -explicó- y, además,
la ley lo prohibe. José Arcadio se impacientó no tanto con la argumentación
como con la palidez de Pietro Crespi.
-Me cago dos veces en natura -dijo-. Y
se lo vengo a decir para que no se tome la molestia de ir a preguntarle nada a
Rebeca.
Pero su comportamiento brutal se
quebrantó al ver que a Pietro Crespi se le humedecían los ojos.
-Ahora -le dijo en otro tono-, que si
lo que le gusta es la familia, ahí le queda Amaranta.
El padre Nicanor reveló en el sermón
del domingo que José Arcadio y Rebeca no eran hermanos. Úrsula no perdonó nunca
lo que consideró como una inconcebible falta de respeto, y cuando regresaron de
la iglesia prohibió a los recién casados que volvieran a pisar la casa. Para
ella era como si hubieran muerto. Así que alquilaron una casita frente al
cementerio y se instalaron en ella sin más muebles que la hamaca de José
Arcadio. La noche de bodas a Rebeca le mordió el pie un alacrán que se había
metido en su pantufla. Se le adormeció la lengua, pero eso no impidió que
pasaran una luna de miel escandalosa. Los vecinos se asustaban con los gritos
que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres
veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a
perturbar la paz de los muertos.
Aureliano fue el único que se preocupó
por ellos. Les compró algunos muebles y les proporcionó dinero, hasta que José
Arcadio recuperó el sentido de la realidad y empezó a trabajar las tierras de
nadie que colindaban con el patio de la casa. Amaranta, en cambio, no logró
superar jamás su rencor contra Rebeca, aunque la vida le ofreció una
satisfacción con que no había soñado: por iniciativa de Úrsula, que no sabía
cómo re- arar la vergüenza, Pietro Crespi siguió almorzando los martes en la
casa, sobrepuesto al fracaso con una serena dignidad.
Conservó la cinta negra en el sombrero
como una muestra de aprecio por la familia, y se complacía en demostrar su
afecto a Úrsula llevándole regalos exóticos: sardinas portuguesas, mermelada de
rosas turcas y, en cierta ocasión, un primoroso mande Manila. Amaranta lo
atendía con una cariñosa diligencia.
Adivinaba sus gustos, le arrancaba los
hilos descosidos en los puños de la camisa, y bordó una docena de pañuelos con
sus iniciales para el día de su cumpleaños. Los martes, después del almuerzo,
mientras ella bordaba en el corredor, él le hacía una alegre compañía. Para
Pietro Crespi, aquella mujer que siempre consideró y trató como una niña, fue
una revelación. Aunque su tipo carecía de gracia, tenía una rara sensibilidad
para apreciar las cosas del mundo, y una ternura secreta. Un martes, cuando
nadie dudaba de que tarde o temprano tenía que ocurrir, Pietro Crespi le pidió
que se casara con él. Ella no interrumpió su labor. Esperó a que pasara el
caliente rubor de sus orejas e imprimió a su voz un sereno énfasis de madurez.
-Por supuesto, Crespi -dijo-, pero
cuando uno se conozca mejor. Nunca es bueno precipitar las cosas.
Úrsula se ofuscó. A pesar del aprecio
que le tenía a Pietro Crespi, no lograba establecer si su decisión era buena o
mala desde el punto de vista moral, después del prolongado y ruidoso noviazgo
con Rebeca. Pero terminó por aceptarlo como un hecho sin calificación, porque
nadie compartió sus dudas. Aureliano, que era el hombre de la casa, la
confundió más con su enigmática y terminante opinión:
-Éstas no son horas de andar pensando
en matrimonios.
Aquella opinión que Úrsula sólo comprendió
algunos meses después era la única sincera que podía expresar Aureliano en ese
momento, no sólo con respecto al matrimonio, sino a cualquier asunto que no
fuera la guerra. Él mismo, frente al pelotón de fusilamiento, no había de
entender muy bien cómo se fue encadenando la serie de sutiles pero irrevocables
casualidades que lo llevaron hasta ese punto. La muerte de Remedios no le
produjo la conmoción que temía. Fue más bien un sordo sentimiento de rabia que
paulatinamente se disolvió en una frustración solitaria y pasiva, semejante a
la que experimentó en los tiempos en que estaba resignado a vivir sin mujer.
Volvió a hundirse en el trabajo, pero
conservó la costumbre de jugar dominó con su suegro. En una casa amordazada por
el luto, las conversaciones nocturnas consolidaron la amistad de los dos
hombres. «Vuelve a casarte, Aurelito -le decía el suegro-. Tengo seis hijas
para escoger.» En cierta ocasión, en vísperas de las elecciones, don Apolinar
Moscote regresó de uno de sus frecuentes viajes, preocupado por la situación
política del país. Los liberales estaban decididos a lanzarse a la guerra. Como
Aureliano tenía en esa época nociones muy confusas sobre las diferencias entre
conservadores y liberales, su suegro le daba lecciones esquemáticas. Los liberales,
le decía, eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los
curas, de im-plantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales
derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en
un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema. Los
conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios,
propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los
defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban
dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas.
Por sentimientos humanitarios, Aureliano simpatizaba con la actitud liberal
respecto de los derechos de los hijos naturales, pero de todos modos no en-tendía
cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse
con las manos. Le pareció una exageración que su suegro se hiciera enviar para
las elecciones seis soldados armados con fusiles, al mando de un sargento, en
un pueblo sin pasiones políticas. No sólo llegaron, sino que fueron de casa en
casa decomisando armas de cacería, machetes y hasta cuchillos de cocina, antes
de repartir entre los hombres mayores de veintiún años las papeletas azules con
los nombres de los candidatos conservadores, y las papeletas rojas con los
nombres de los candidatos liberales. La víspera de las elecciones el propio don
Apolinar Moscote leyó un bando que prohibía desde la medianoche del sábado, y
por cuarenta y ocho horas, la venta de bebidas alcohólicas y la reunión de más
de tres personas que no fueran de la misma familia. Las elecciones
transcurrieron sin incidentes. Desde las ocho de la mañana del domingo se
instaló en la plaza la urna de madera custodiada por los seis soldados. Se votó
con entera libertad, como pudo comprobarlo el propio Aureliano, que estuvo casi
todo el día con su suegro vigilando que nadie votara más de una vez. A las
cuatro de la tarde, un repique de redoblante en la plaza anunció el término de
la jornada, y don Apolinar Moscote selló la urna con una etiqueta cruzada con
su firma. Esa noche, mientras jugaba dominó con Aureliano, le ordenó al
sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas
rojas como azules, pero el sargento sólo dejó diez rojas y completó la
diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una etiqueta nueva
y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital de la
provincia. «Los liberales irán a la guerra», dijo Aureliano. Don Apolinar no
desatendió sus fichas de dominó. «Si lo dices por los cambios de papeletas, no
irán -dijo-. Se dejan algunas rojas para que no haya reclamos.» Aureliano
comprendió las desventajas de la oposición. «Si yo fuera liberal -dijo- iría a
la guerra por esto de las papeletas.» Su suegro lo miró por encima del marco de
los anteojos.
-Ay, Aurelito -dijo-, si tú fueras
liberal, aunque fueras mi yerno, no hubieras visto el cambio de las papeletas.
Lo que en realidad causó indignación en
el pueblo no fue el resultado de las elecciones, sino el hecho de que los
soldados no hubieran devuelto las armas. Un grupo de mujeres habló con
Aureliano para que consiguiera con su suegro la restitución de los cuchillos de
cocina. Don Apolinar Moscote le explicó, en estricta reserva, que los soldados
se habían llevado las armas decomisadas como prueba de que los liberales se
estaban preparando para la guerra. Lo alarmó el cinismo de la declaración. No
hizo ningún comentario, pero cierta noche en que Gerineldo Márquez y Magnífico
Visbal hablaban con otros amigos del incidente de los cuchillos, le preguntaron
si era liberal o conservador. Aureliano no vaciló:
-Si hay que ser algo, seria liberal
-dijo-, porque los conservadores son unos tramposos.
Al día siguiente, a instancias de sus
amigos, fue a visitar al doctor Alirio Noguera para que le tratara un supuesto
dolor en el hígado. Ni siquiera sabía cuál era el sentido de la patraña. El
doctor Alirio Noguera había llegado a Macondo pocos años antes con un botiquín
de globulitos sin sabor y una divisa médica que no convenció a nadie: Un Clavo
saca otro clavo. En realidad era un farsante. Detrás de su inocente fachada de
médico sin prestigio se escondía un terrorista que tapaba con unas cáligas de
media pierna las cicatrices que dejaron en sus tobillos cinco años de cepo.
Capturado en la primera aventura federalista, logró escapar a Curazao
disfrazado con el traje que más detestaba en este mundo: una sotana. Al cabo de
un prolongado destierro, embullado por las exaltadas noticias que llevaban a
Curazao los exiliados de todo el Caribe, se embarcó en una goleta de
contrabandistas y apareció en Riohacha con los frasquitos de glóbulos que no
eran más que de azúcar refinada, y un diploma de
Así que fue una simple casualidad que
revelara sus sentimientos políticos, y fue un puro golpe de curiosidad el que
lo metió en la ventolera de visitar al médico para tratarse un dolor que no
tenía.
En el cuchitril oloroso a telaraña
alcanforada se encontró con una especie de iguana polvorienta cuyos pulmones
silbaban al respirar. Antes de hacerle ninguna pregunta el doctor lo llevó a la
ventana y le examinó por dentro el párpado inferior. «No es ahí», dijo
Aureliano, según le habían indicado. Se hundió el hígado con la punta de los
dedos, y agregó: «Es aquí donde tengo el dolor que no me deja dormir.» Entonces
el doctor Noguera cerró la ventana con el pretexto de que había mucho sol, y le
explicó en términos simples por qué era un deber patriótico asesinar a los
conservadores. Durante varios días llevó Aureliano un frasquito en el bolsillo
de la camisa. Lo sacaba cada dos horas, ponía tres globulitos en la palma de la
mano y se los echaba de golpe en la boca para disolverlos lentamente en la
lengua. Don Apolinar Moscote se burló de su fe en la homeopatía, pero quienes
estaban en el complot re-conocieron en él a uno más de los suyos.
Casi todos los hijos de los fundadores
estaban implicados, aunque ninguno sabía concretamente en qué consistía la
acción que ellos mismos tramaban. Sin embargo, el día en que el médico le
reveló el secreto a Aureliano, éste le sacó el cuerpo a la conspiración. Aunque
entonces estaba convencido de la urgencia de liquidar al régimen conservador,
el plan lo horrorizó. El doctor Noguera era un místico del atentado personal.
Su sistema se reducía a coordinar una serie de acciones individuales que en un
golpe maestro de alcance nacional liquidara a los funcionarios del régimen con
sus respectivas familias, sobre todo a los niños, para exterminar el
conservatismo en la semilla. Don Apolinar Moscote, su esposa y sus seis hijas,
por supuesto, estaban en la lista.
-Usted no es liberal ni es nada -le
dijo Aureliano sin alterarse-. Usted no es más que un matarife.
-En ese caso -replicó el doctor con
igual calma- devuélveme el frasquito. Ya no te hace falta.
Sólo seis meses después supo Aureliano
que el doctor lo había desahuciado como hombre de acción, por ser un
sentimental sin porvenir, con un carácter pasivo y una definida vocación
solitaria. Trataron de cercarlo temiendo que denunciara la conspiración.
Aureliano los tranquilizó:
no diría una palabra, pero la noche en
que fueran a asesinar a la familia Moscote lo encontrarían a él defendiendo la
puerta. Demostró una decisión tan convincente, que el plan se aplazó para una
fecha indefinida. Fue por esos días que Úrsula consultó su opinión sobre el
matrimonio de Pietro Crespi y Amaranta, y él contestó que las tiempos no
estaban para pensar en eso. Desde hacía una semana llevaba bajo la camisa una
pistola arcaica. Vigilaba a sus amigos. Iba par las tardes a tomar el café con
José Arcadio y Rebeca, que empezaban a ordenar su casa, y desde las siete
jugaba dominó con el suegro. A la hora del almuerzo conversaba con Arcadio, que
era ya un adolescente monumental, y lo encontraba cada vez más exaltado can la
inminencia de la guerra.
En la escuela, donde Arcadio tenía
alumnos mayores que él revueltos can niños que apenas em-pezaban a hablar,
había prendido la fiebre liberal. Se hablaba de fusilar al padre Nicanor, de
convertir el templo en escuela, de implantar el amor libre. Aureliano procuró
atemperar sus ímpetus. Le recomendó discreción y prudencia. Sordo a su
razonamiento sereno, a su sentido de la realidad, Arcadio le reprochó en
público su debilidad de carácter, Aureliano esperó. Par fin, a principios de
diciembre, Úrsula irrumpió trastornada en el taller.
-¡Estalló la guerra!
En efecto, había estallado desde hacía
tres meses. La ley marcial imperaba en todo el país. El único que la supo a
tiempo fue don Apolinar Moscote, pero no le dio la noticia ni a su mujer,
mientras llegaba el pelotón del ejército que había de ocupar el pueblo por
sorpresa. Entraron sin ruido antes del amanecer, can das piezas de artillería
ligera tiradas por mulas, y establecieron el cuartel en la escuela. Se impuso
el toque de queda a las seis de la tarde. Se hizo una requisa más drástica que
la anterior, casa por casa, y esta vez se llevaron hasta las herramientas de
labranza.
Sacaron a rastras al doctor Noguera, la
amarraron a un árbol de la plaza y la fusilaron sin fórmula de juicio. El padre
Nicanor trató de impresionar a las autoridades militares can el milagro de la
levitación, y un soldado lo descalabró de un culatazo. La exaltación liberal se
apagó en un terror silencioso. Aureliano, pálido, hermético, siguió jugando dominó
con su suegro. Comprendió que a pesar de su título actual de jefe civil y
militar de la plaza, don Apolinar Moscote era otra vez una autoridad
decorativa. Las decisiones las tomaba un capitán del ejército que todas las
mañanas re-caudaba una manlieva extraordinaria para la defensa del orden
público. Cuatro soldados al mando suyo arrebataron a su familia una mujer que
había sido mordida por un perro rabioso y la mataron a culatazos en plena
calle. Un domingo, dos semanas después de la ocupación, Aureliano entró en la
casa de Gerineldo Márquez y con su parsimonia habitual pidió un tazón de café
sin azúcar. Cuando los dos quedaron solos en la cocina, Aureliano imprimió a su
voz una autoridad que nunca se le había conocido. «Prepara los muchachos
-dijo-. Nos vamos a la guerra.» Gerineldo Márquez no lo creyó.
-¿Con qué armas? -preguntó.
-Con las de ellos -contestó Aureliano.
El martes a medianoche, en una
operación descabellada, veintiún hombres menores de treinta años al mando de
Aureliano Buendía, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron
por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio
al capitán y los cuatro soldados que habían asesinado a la mujer.
Esa misma noche, mientras se escuchaban
las descargas del pelotón de fusilamiento, Arcadio fue nombrado jefe civil y
militar de la plaza. Los rebeldes casados apenas tuvieron tiempo de despedirse
de sus esposas, a quienes abandonaron a sus propios recursos. Se fueron al
amanecer, aclamados por la población liberada del terror, para unirse a las
fuerzas del general revolucionario Victorio Medina, que según las últimas
noticias andaba por el rumbo de Manaure.
Antes de irse, Aureliano sacó a don
Apolinar Moscote de un armario. «Usted se queda tranquilo, suegro -le dijo-. El
nuevo gobierno garantiza, bajo palabra de honor, su seguridad personal y la de
su familia.» Don Apolinar Moscote tuvo dificultades para identificar aquel
conspirador de botas altas y fusil terciado a la espalda con quien había jugado
dominó hasta las nueve de la noche.
-Esto es un disparate, Aurelito
-exclamó.
-Ningún disparate -dijo Aureliano-. Es
la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano
Buendía.
VI.
El coronel Aureliano Buendía promovió
treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos
varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro
en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó
a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de
fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría
bastado para matar un caballo. Rechazó
-Ahí te dejamos a Macondo -fue todo
cuanto le dijo a Arcadio antes de irse-. Te lo dejamos bien, procura que lo
encontremos mejor.
Arcadio le dio una interpretación muy
personal a la recomendación. Se inventó un uniforme con galones y charreteras
de mariscal, inspirado en las láminas de un libro de Melquíades, y se colgó al
cinto el sable con borlas doradas del capitán fusilado. Emplazó las dos piezas
de artillería a la entrada del pueblo, uniformó a sus antiguos alumnos,
exacerbados por sus proclamas incendiarias, y los dejó vagar armados por las
calles para dar a los forasteros una impresión de invulnerabilidad. Fue un
truco de doble filo, porque el gobierno no se atrevió a atacar la plaza durante
diez meses, pero cuando lo hizo descargó contra ella una fuerza tan
desproporcionada que liquidó la resistencia en media hora. Desde el primer día
de su mandato Arcadio reveló su afición por los bandos. Leyó hasta cuatro
diarios para ordenar y disponer cuanto le pasaba por la cabeza. Implantó el
servicio militar obligatorio desde los dieciocho años, declaró de utilidad
pública los animales que transitaban por las calles después de las seis de la
tarde e impuso a los hombres mayores de edad la obligación de usar un brazal
rojo. Recluyó al padre Nicanor en la casa cural, bajo amenaza de fusilamiento,
y le prohibió decir misa y tocar las campanas como no fuera para celebrar las
victorias liberales. Para que nadie pusiera en duda la severidad de sus
propósitos, mandó que un pelotón de fusilamiento se entrenara en la plaza
pública disparando contra un espantapájaros. Al principio nadie lo tomó en
serio. Eran, al fin de cuentas, los muchachos de la escuela jugando a gente
mayor. Pero una noche, al entrar Arcadio en la tienda de Catarino, el
trompetista de la banda lo saludó con un toque de fanfarria que provocó las
risas de la clientela, y Arcadio lo hizo fusilar por irrespeto a la autoridad.
A quienes protestaron, los puso a pan y agua con los tobillos en un cepo que
instaló en un cuarto de la escuela. «¡Eres un asesino! -le gritaba Úrsula cada
vez que se enteraba de alguna nueva arbitrariedad-. Cuando Aureliano lo sepa te
va a fusilar a ti y yo seré la primera en alegrarme.» Pero todo fue inútil.
Arcadio siguió apretando los
torniquetes de un rigor innecesario, hasta convertirse en el más cruel de los
gobernantes que hubo nunca en Macondo. «Ahora sufran la diferencia - ijo don
Apolinar Moscote en cierta ocasión-. Esto es el paraíso liberal.» Arcadio lo
supo. Al frente de una patrulla asaltó la casa, destrozó los muebles, vapuleó a
las hijas y se llevó a rastras a don Apolinar Moscote. Cuando Úrsula irrumpió
en el patio del cuartel, después de haber atravesado el pueblo clamando de
vergüenza y blandiendo de rabia un rebenque alquitranado, el propio Arcadio se
disponía a dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento.
-¡Atrévete, bastardo! -gritó Úrsula.
Antes de que Arcadio tuviera tiempo de
reaccionar, le descargó el primer vergajazo. «Atrévete, asesino - ritaba-. Y
mátame también a mí, hijo de mala madre. Así no tendré ojos para llorar la
vergüenza de haber criado un fenómeno.» Azotándolo sin misericordia, lo
persiguió hasta el fondo del patio, donde Arcadio se enrolló como un caracol.
Don Apolinar Moscote estaba inconsciente, amarrado en el poste donde antes
tenían al espantapájaros despedazado por los tiros de entrena-miento.
Los muchachos del pelotón se
dispersaron, temerosos de que Úrsula terminara desahogándose con ellos. Pero ni
siquiera los miró. Dejó a Arcadio con el uniforme arrastrado, bramando de dolor
y rabia, y desató a don Apolinar Moscote para llevarlo a su casa. Antes de
abandonar el cuartel, soltó a los presos del cepo.
A partir de entonces fue ella quien
mandó en el pueblo. Restableció la misa dominical, suspendió el uso de los
brazales rojos y descalificó los bandos atrabiliarios. Pero a despecho de su
fortaleza, siguió llorando la desdicha de su destino. Se sintió tan sola, que
buscó la inútil compañía del marido olvidado bajo el castaño. «Mira en lo que
hemos quedado -le decía, mientras las lluvias de junio amenazaban con derribar
el cobertizo de palma-. Mira la casa vacía, nuestros hijos desperdigados por el
mundo, y nosotros dos solos otra vez como al principio.» José Arcadio Buendía,
hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus lamentos. Al comienzo de
su locura anunciaba con latinajos apremiantes sus urgencias cotidianas. En
fugaces escampadas de lucidez, cuando Amaranta le llevaba la comida, él le
comunicaba sus pesares más molestos y se prestaba con docilidad a sus ventosas
y sinapismos. Pero en la época en que Úrsula fue a lamentarse a su lado había
perdido todo contacto con la realidad. Ella lo bañaba por partes sentado en el banquito,
mientras le daba noticias de la familia. «Aureliano se ha ido a la guerra, hace
ya más de cuatro meses, y no hemos vuelto a saber de él -le decía,
restregándole la espalda con un estropajo enjabonado. José Arcadio volvió,
hecho un hombrazo más alto que tú y todo bordado en punto de cruz, pero sólo
vino a traer la vergüenza a nuestra casa.» Creyó observar, sin embargo, que su
marido entristecía con las malas noticias. Entonces optó por mentirle. «No me
creas lo que te digo -decía, mientras echaba cenizas sobre sus excrementos para
recogerlos con la pala-. Dios quiso que José Arcadio y Rebeca se casaran, y
ahora son muy felices.» Llegó a ser tan sincera en el engaño que ella misma
acabó consolándose con sus propias mentiras.
«Arcadio ya es un hombre serio -decía-,
y muy valiente, y muy buen mozo con su uniforme y su sable.» Era como hablarle
a un muerto, porque José Arcadio Buendía estaba ya fuera del alcance de toda
preocupación. Pero ella insistió. Lo veía tan manso, tan indiferente a todo,
que decidió soltarlo. Él ni siquiera se movió del banquito. Siguió expuesto al
sol y la lluvia, como si las sogas fueran innecesarias, porque un dominio
superior a cualquier atadura visible lo mantenía amarrado al tronco del
castaño. Hacia el mes de agosto, cuando el invierno empezaba a eternizarse,
Úrsula pudo por fin darle una noticia que parecía verdad.
-Fíjate que nos sigue atosigando la
buena suerte -le dijo-. Amaranta y el italiano de la pianola se van a casar.
Amaranta y Pietro Crespi, en efecto,
habían profundizado en la amistad, amparados por la confianza de Úrsula, que
esta vez no creyó necesario vigilar las visitas. Era un noviazgo crepus-cular.
El italiano llegaba al atardecer, con
una gardenia en el ojal, y le traducía a Amaranta sonetos de Petrarca. Permanecían
en el corredor sofocado por el orégano y las rosas, él leyendo y ella tejiendo
encaje de bolillo, indiferentes a los sobresaltos y las malas noticias de la
guerra, hasta que los mosquitos los obligaban a refugiarse en la sala. La
sensibilidad de Amaranta, su discreta pero envolvente ternura habían ido
urdiendo en torno al novio una telaraña invisible, que él tenía que apartar
materialmente con sus dedos pálidos y sin anillos para abandonar la casa a las
ocho. Habían hecho un precioso álbum con las tarjetas postales que Pietro
Crespi recibía de Italia. Eran imágenes de enamorados en parques solitarios,
con viñetas de corazones flechados y cintas doradas sostenidas por palomas. «Yo
conozco este parque en Florencia -decía Pietro Crespi repasando las postales-.
Uno extiende la mano y los pájaros bajan a comer.» A veces, ante una acuarela
de Venecia, la nostalgia transformaba en tibios aromas de flores el olor de
fango y mariscos podridos de los canales. Amaranta suspiraba, reía, soñaba con
una segunda patria de hombres y mujeres hermosos que hablaban una lengua de
niños, con ciudades antiguas de cuya pasada grandeza sólo quedaban los gatos
entre los escombros. Después de atravesar el océano en su búsqueda, después de
haberlo confundido con la pasión en los manoseos vehementes de Rebeca, Pietro
Crespi había encontrado el amor. La dicha trajo consigo la prosperidad. Su
almacén ocupaba entonces casi una cuadra, y era un invernadero de fantasía, con
reproducciones del campanario de Florencia que daban la hora con un concierto
de carillones, y cajas musicales de Sorrento, y polveras de China que cantaban
al destaparías tonadas de cinco notas, y todos los instrumentos músicos que se
podían imaginar y todos los artificios de cuerda que se podían con-cebir.
Bruno Crespi, su hermano menor, estaba
al frente del almacén, porque él no se daba abasto para atender la escuela de
música. Gracias a él, la calle de los Turcos, con su des- umbrante exposición
de chucherías, se transformó en un remanso melódico para olvidar las arbitrariedades
de Arcadio y la pesadilla remota de la guerra. Cuando Úrsula dispuso la
rea-nudación de la misa dominical, Pietro Crespi le regaló al templo un armonio
alemán, organizó un coro infantil y preparó un repertorio gregoriano que puso
una nota espléndida en el ritual taciturno del padre Nicanor. Nadie ponía en
duda que haría Amaranta una esposa feliz. Sin apresurar los sentimientos,
dejándose arrastrar por la fluidez natural del corazón, llegaron a un punto en
que sólo hacia falta fijar la fecha de la boda. No encontrarían obstáculos.
Úrsula se acusaba íntimamente de haber torcido con aplazamientos reiterados el
destino de Rebeca, y no estaba dispuesta a acumular remordimientos. El rigor
del luto por la muerte de Remedios había sido relegado a un lugar secundario
por la mortificación de la guerra, la ausencia de Aureliano, la brutalidad de
Arcadio y la expulsión de José Arcadio y Rebeca. Ante la inminencia de la boda,
el propio Pietro Crespi había insinuado que Aureliano José, en quien fomentó un
cariño casi paternal, fuera considerado como su hijo mayor. Todo hacía pensar
que Amaranta se orientaba hacia una felicidad sin tropiezos. Pero al contrario
de Rebeca, ella no revelaba la menor ansiedad.
Con la misma paciencia con que
abigarraba manteles y tejía primores de pasamanería y bordaba pavorreales en
punto de cruz, esperó a que Pietro Crespi no soportara más las urgencias del
corazón. Su hora llegó con las lluvias aciagas de octubre. Pietro Crespi le
quitó del regazo la canastilla de bordar y le apretó la mano entre las suyas.
«No soporto más esta espera -le dijo-.
Nos casamos el mes entrante.» Amaranta
no tembló al contacto de sus manos de hielo. Retiró la suya, como un animalito
escurridizo, y volvió a su labor.
-No seas ingenuo, Crespi -sonrió-, ni
muerta me casaré contigo.
Pietro Crespi perdió el dominio de sí
mismo. Lloró sin pudor, casi rompiéndose los dedos de desesperación, pero no
logró quebrantarla. «No pierdas el tiempo -fue todo cuanto dijo Amaranta-. Si
en verdad me quieres tanto, no vuelvas a pisar esta casa.» Úrsula creyó
enloquecer de vergüenza. Pietro Crespi agotó los recursos de la súplica. Llegó
a increíbles extremos de humillación. Lloró toda una tarde en el regazo de
Úrsula, que hubiera vendido el alma por consolarlo. En noches de lluvia se le
vio merodear por la casa con un paraguas de seda, tratando de sorprender una
luz en el dormitorio de Amaranta. Nunca estuvo mejor vestido que en esa época.
Su augusta cabeza de emperador atormentado adquirió un extraño aire de
grandeza.
Importunó a las amigas de Amaranta, las
que iban a bordar en el corredor, para que trataran de persuadirla. Descuidó
los negocios. Pasaba el día en la trastienda, escribiendo esquelas desatinadas,
que hacía llegar a Amaranta con membranas de pétalos y mariposas disecadas, y
que ella devolvía sin abrir. Se encerraba horas y horas a tocar la cítara. Una
noche cantó.
Macondo despertó en una especie de
estupor, angelizado por una cítara que no merecía ser de este mundo y una voz
como no podía concebirse que hubiera otra en la tierra con tanto amor.
Pietro Crespi vio entonces la luz en
todas las ventanas del pueblo, menos en la de Amaranta. El dos de noviembre,
día de todos los muertos, su hermano abrió el almacén y encontró todas las
lámparas encendidas y todas las cajas musicales destapadas y todos los relojes
trabados en una hora interminable, y en medio de aquel concierto disparatado
encontró a Pietro Crespi en el escritorio de la trastienda, con las muñecas
cortadas a navaja y las dos manos metidas en una palangana de benjuí.
Úrsula dispuso que se le velara en la
casa. ~ padre Nicanor se oponía a los oficios religiosos y a la sepultura en
tierra sagrada. Úrsula se le enfrentó. «De algún modo que ni usted ni yo
podemos entender, ese hombre era un santo -dijo-. Así que lo voy a enterrar,
contra su voluntad, junto a la tumba de Melquíades.» Lo hizo, con el respaldo
de todo el pueblo, en funerales magníficos. Amaranta no abandonó el dormitorio.
Oyó desde su cama el llanto de Úrsula, los pasos y murmullos de la multitud que
invadió la casa, los aullidos de las plañideras, y luego un hondo silencio
oloroso a flores pisoteadas. Durante mucho tiempo siguió sintiendo el hálito de
lavanda de Pietro Crespi al atardecer, pero tuvo fuerzas para no sucumbir al
delirio. Úrsula la abandonó. Ni siquiera levantó los ojos para apiadarse de
ella, la tarde en que Amaranta entró en la cocina y puso la mano en las brasas
del fogón, hasta que le dolió tanto que no sintió más dolor, sino la
pestilencia de su propia carne chamuscada. Fue una cura de burro para el
remordimiento.
Durante varios días anduvo por la casa
con la mano metida en un tazón con claras de huevo, y cuando sanaron las quema
duras pareció como si las claras de huevo hubieran cicatrizado también las
úlceras de su corazón. La única huella ex-terna que le dejó la tragedia fue la
venda de gasa negra que se puso en la mano quemada, y que había de llevar hasta
la muerte.
Arcadio dio una rara muestra de
generosidad, al proclamar mediante un bando el duelo oficial por la muerte de
Pietro Crespi. Úrsula lo interpretó como el regreso del cordero extraviado.
Pero se equivocó. Había perdido a Arcadio, no desde que vistió el uniforme
militar, sino desde siempre.
Creía haberlo criado como a un hijo,
como crió a Rebeca, sin privilegios ni discriminaciones. Sin embargo, Arcadio
era un niño solitario y asustado durante la peste del insomnio, en medio de la
fiebre utilitaria de Úrsula, de los delirios de José Arcadio Buendía, del
hermetismo de Aureliano, de la rivalidad mortal entre Amaranta y Rebeca.
Aureliano le enseñó a leer y escribir, pensando en otra cosa, como lo hubiera
hecho un extraño. Le regalaba su ropa, para que Visitación la redujera, cuando
ya estaba de tirar. Arcadio sufría con sus zapatos demasiado grandes, con sus
pantalones remendados, con sus nalgas de mujer. Nunca logró comunicarse con
nadie mejor que lo hizo con Visitación y Cataure en su lengua. Melquíades fue
el único que en realidad se ocupó de él, que le hacía escuchar sus textos
incomprensibles y le daba instrucciones sobre el arte de la daguerrotipia.
Nadie se imaginaba cuánto lloró su muerte en secreto, y con qué desesperación
trató de revivirlo en el estudio inútil de sus papeles. La escuela, donde se le
ponía atención y se le respetaba, y luego el poder, con sus bandos terminantes
y su uniforme de gloria, lo liberaron del peso de una antigua amargura. Una
noche, en la tienda de Catarino, alguien se atrevió a decirle:
«No mereces el apellido que llevas.» Al
contrario de lo que todos esperaban, Arcadio no lo hizo fusilar.
-A mucha honra -dijo-, no soy un
Buendía.
Quienes conocían el secreto de su
filiación, pensaron por aquella réplica que también él estaba al corriente,
pero en realidad no lo estuvo nunca. Pilar Ternera, su madre, que le había
hecho hervir la sangre en el cuarto de daguerrotipia, fue para él una obsesión
tan irresistible como lo fue primero para José Arcadio y luego para Aureliano.
A pesar de que había perdido sus encantos y el esplendor de su risa, él la
buscaba y la encontraba en el rastro de su olor de humo. Poco antes de la
guerra, un mediodía en que ella fue más tarde que de costumbre a buscar a su
hijo menor a la escuela, Arcadio la estaba esperando en el cuarto donde solía
hacer la siesta, y donde después instaló el cepo. Mientras el niño jugaba en el
patio, él esperó en la hamaca, temblando de ansiedad, sabiendo que Pilar
Ternera tenía que pasar por ahí. Llegó. Arcadio la agarró por la muñeca y trató
de meterla en la hamaca. «No puedo, no puedo -dijo Pilar Ternera horrorizada-.
No te imaginas cómo quisiera
complacerte, pero Dios es testigo que no puedo.» Arcadio la agarró por la
cintura con su tremenda fuerza hereditaria, y sintió que el mundo se borraba al
contacto de su piel. «No te hagas la santa -decía-. Al fin, todo el mundo sabe
que eres una puta.» Pilar se sobrepuso al asco que le inspiraba su miserable
destino.
-Los niños se van a dar cuenta
-murmuró-. Es mejor que esta noche dejes la puerta sin tranca.
Arcadio la esperó aquella noche
tiritando de fiebre en la hamaca. Esperó sin dormir, oyendo los grillos
alborotados de la madrugada sin término y el horario implacable de los
alcaravanes, cada vez más convencido de que lo habían engañado.
De pronto, cuando la ansiedad se había
descompuesto en rabia, la puerta se abrió. Pocos meses después, frente al
pelotón de fusilamiento, Arcadio había de revivir los pasos perdidos en el
salón de clases, los tropiezos contra los escaños, y por último la densidad de
un cuerpo en las tinieblas del cuarto y los latidos del aire bombeado por un
corazón que no era el suyo. Extendió la mano y encontró otra mano con dos
sortijas en un mismo dedo, que estaba a punto de naufragar en la oscuridad.
Sintió la nervadura de sus venas, el pulso de su infortunio, y sintió la palma
húmeda con la línea de la vida tronchada en la base del pulgar por el zarpazo
de la muerte.
Entonces comprendió que no era esa la
mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y
tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo pétreo y
redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era
virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de
Pero desde aquel día se enroscó como un
gato al calor de su axila. Ella iba a la escuela a la hora de la siesta, con el
consentimiento de sus padres, a quienes Pilar Ternera había pagado la otra
mitad de sus ahorros. Más tarde, cuando las tropas del gobierno los desalojaron
del local, se amaban entre las latas de manteca y los sacos de maíz de la
trastienda. Por la época en que Arcadio fue nombrado jefe civil y militar,
tuvieron una hija.
Los únicos parientes que se enteraron,
fueron José Arcadio y Rebeca, con quienes Arcadio mantenía entonces relaciones
íntimas, fundadas no tanto en el parentesco como en la com-plicidad.
José Arcadio había doblegado la cerviz
al yugo matrimonial. El carácter firme de Rebeca, la voracidad de su vientre,
su tenaz ambición, absorbieron la descomunal energía del marido, que de holgazán
y mujeriego se convirtió en un enorme animal de trabajo. Tenían una casa limpia
y ordenada. Rebeca la abría de par en par al amanecer, y el viento de las
tumbas entraba por las ventanas y salía por las puertas del patio, y dejaba las
paredes blanqueadas y los muebles curtidos por el salitre de los muertos. El
hambre de tierra, el doc doc de los huesos de sus padres, la impaciencia de su
sangre frente a la pasividad de Pietro Crespi, estaban relegados al desván de
la memoria. Todo el día bordaba junto a la ventana, ajena a la zozobra de la
guerra, hasta que los potes de cerámica empezaban a vibrar en el aparador y
ella se levantaba a calentar la comida, mucho antes de que aparecieran los
escuálidos perros rastreadores y luego el coloso de polainas y espuelas y con
escopeta de dos cañones, que a veces llevaba un venado al hombro y casi siempre
un sartal de conejos o de patos silvestres. Una tarde, al principio de su
gobierno, Arcadio fue a visitarlos de un modo intempestivo. No lo veían desde
que abandonaron la casa, pero se mostró tan cariñoso y familiar que lo
invitaron a compartir el guisado.
Sólo cuando tomaban el café reveló
Arcadio el motivo de su visita: había recibido una denuncia contra José
Arcadio. Se decía que empezó arando su patio y había seguido derecho por las
tierras contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con sus bueyes, hasta
apoderarse por la fuerza de los mejores predios del contorno. A los campesinos
que no había despojado, porque no le interesaban sus tierras, les impuso una contribución
que cobraba cada sábado con los perros de presa y la escopeta de dos cañones.
No lo negó. Fundaba su derecho en que las tierras usurpadas habían sido
distribuidas por José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y creía
posible demostrar que su padre estaba loco desde entonces, puesto que dispuso
de un patrimonio que en realidad pertenecía a la familia. Era un alegato
innecesario, porque Arcadio no había ido a hacer justicia. Ofreció simplemente
crear una oficina de registro de la propiedad para que José Arcadio legalizara
los títulos de la tierra usurpada, con la condición de que delegara en el
gobierno local el derecho de cobrar las contribuciones. Se pusieron de acuerdo.
Años después, cuando el coronel Aureliano Buendía examinó los títulos de
propiedad, encontró que estaban registradas a nombre de su hermano todas las
tierras que se divisaban desde la colina de su patio hasta el horizonte,
inclusive el cementerio, y que en los once meses de su mandato Arcadio había
cargado no sólo con el dinero de las contribuciones, sino también con el que
cobraba al pueblo por el derecho de enterrar a los muertos en predios de José
Arcadio.
Úrsula tardó varios meses en saber lo
que ya era del dominio público, porque la gente se lo ocultaba para no aumentarle
el sufrimiento. Empezó por sospecharlo. «Arcadio está construyendo una casa -le
confió con fingido orgullo a su marido, mientras trataba de meterle en la boca
una cucharada de jarabe de totumo. Sin embargo, suspiró involuntariamente: No
sé por qué todo esto me huele mal.» Más tarde, cuando se enteró de que Arcadio
no sólo había terminado la casa sino que se había encargado un mobiliario
vienés, confirmó la sospecha de que estaba disponiendo de los fondos públicos.
«Eres la vergüenza de nuestro apellido», le gritó un domingo después de misa,
cuando lo vio en la casa nueva jugando barajas con sus oficiales. Arcadio no le
prestó atención. Sólo entonces supo Úrsula que tenía una hija de seis meses, y
que Santa Sofía de
Pero los acontecimientos que se
precipitaron por aquellos días no sólo impidieron sus propósitos, sino que la
hicieron arrepentirse de haberlos concebido. La guerra, que hasta en-tonces no
había sido más que una palabra para designar una circunstancia vaga y remota,
se concretó en una realidad dramática. A fines de febrero llegó a Macondo una anciana
de aspecto ceniciento, montada en un burro cargado de escobas. Parecía tan
inofensiva, que las patrullas de vigilancia la dejaron pasar sin preguntas,
como uno más de los vendedores que a menudo llegaban de los pueblos de la
ciénaga. Fue directamente al cuartel. Arcadio la recibió en el local donde
antes estuvo el salón de clases, y que entonces estaba transformado en una
especie de campamento de retaguardia, con hamacas enrolladas y colgadas en las
argollas y petates amontonados en los rincones, y fusiles y carabinas y hasta
escopetas de cacería dispersos por el suelo. La anciana se cuadró en un saludo
militar antes de identificarse:
-Soy el coronel Gregorio Stevenson.
Llevaba malas noticias. Los últimos
focos de resistencia liberal, según dijo, estaban siendo exterminados. El
coronel Aureliano Buendía, a quien había dejado batiéndose en retirada por los
lados de Riohacha, le encomendó la misión de hablar con Arcadio. Debía entregar
la plaza sin resistencia, poniendo como condición que se respetaran bajo
palabra de honor la vida y las propiedades de los liberales. Arcadio examinó
con una mirada de conmiseración a aquel extraño mensajero que habría podido
confundirse con una abuela fugitiva.
-Usted, por supuesto, trae algún papel
escrito -dijo.
-Por supuesto -contestó el emisario-,
no lo traigo. Es fácil comprender que en las actuales circunstancias no se
lleve encima nada comprometedor.
Mientras hablaba, se sacó del corpiño y
puso en la mesa un pescadito de oro. «Creo que con esto será suficiente», dijo.
Arcadio comprobó que en efecto era uno de los pescaditos hechos por el coronel
Aureliano Buendía. Pero alguien podía haberlo comprado antes de la guerra, o
haberlo robado, y no tenía por tanto ningún mérito de salvoconducto. El
mensajero llegó hasta el extremo de violar un secreto de guerra para acreditar
su identidad. Reveló que iba en misión a Curazao, donde esperaba reclutar
exiliados de todo el Caribe y adquirir armas y pertrechos suficientes para
intentar un desembarco a fin de año. Confiando en ese plan, el coronel
Aureliano Buendía no era partidario de que en aquel momento se hicieran
sacrificios inútiles.
Arcadio fue inflexible. Hizo encarcelar
al mensajero, mientras comprobaba su identidad, y resolvió defender la plaza
hasta la muerte.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Las
noticias del fracaso liberal fueron cada vez más concretas. A fines de marzo,
en una madrugada de lluvias prematuras, la calma tensa de las semanas
anteriores se resolvió abruptamente con un desesperado toque de corneta,
seguido de un cañonazo que desbarató la torre del templo. En realidad, la
voluntad de resistencia de Arcadio era una locura. No disponía de más de
cincuenta hombres mal armados, con una dotación máxima de veinte cartuchos cada
uno. Pero entre ellos, sus antiguos alumnos, excitados con proclamas
altisonantes, estaban decididos a sacrificar el pellejo por una causa perdida.
En medio del tropel de botas, de órdenes contradictorias, de cañonazos que
hacían temblar la tierra, de disparos atolondrados y de toques de corneta sin
sentido, el supuesto coronel Stevenson consiguió hablar con Arcadio. «Evíteme
la indignidad de morir en el cepo con estos trapes de mujer -le dijo-. Si he de
morir, que sea peleando.» Logró convencerlo. Arcadio ordenó que le entregaran
un arma con veinte cartuchos y lo dejaron con cinco hombres defendiendo el
cuartel, mientras él iba con su estado mayor a ponerse al frente de la
resistencia. No alcanzó a llegar al camino de la ciénaga. Las barricadas habían
sido despedazadas y los defensores se batían al descubierto en las calles,
primero hasta donde les alcanzaba la dotación de los fusiles, y luego con
pistolas contra fusiles y por último cuerpo a cuerpo. Ante la inminencia de la
derrota, algunas mujeres se echaron a la calle armadas de palos y cuchillos de
cocina. En aquella confusión, Arcadio encontró a Amaranta que andaba buscándolo
como una loca, en camisa de dormir, con dos viejas pistolas de José Arcadio
Buendía. Le dio su fusil a un oficial que había sido desarmado en la refriega,
y se evadió con Amaranta por una calle adyacente para llevarla a casa Úrsula
estaba en la puerta, esperando, indiferente a las descargas que habían abierto
una tronera en la fachada de la casa vecina. La lluvia cedía, pero las calles
estaban resbaladizas y blandas como jabón derretido, y había que adivinar las
distancias en la oscuridad. Arcadio dejó a Amaranta con Úrsula y trató de
enfrentarse a do8 soldados que soltaron una andanada ciega desde la esquina.
Las viejas pistolas guardadas muchos
años en un ropero no ;f~½cionaron. Protegiendo a Arcadio con su cuerpo, Úrsula
intentó arrastrarlo hasta la casa.
-Ven, por Dios -le gritaba-. ¡Ya basta
de locuras!
Los soldados los apuntaron.
-¡Suelte a ese hombre, señora -gritó
uno de ellos-, o no respondemos!
Arcadio empujó a Úrsula hacia la casa y
se entregó. Poco después terminaron los disparos y empezaron a repicar las
campanas. La resistencia había sido aniquilada en menos de media hora.
Ni uno solo de los hombres de Arcadio
sobrevivió al asalto, pero antes de morir se llevaron por delante a trescientos
soldados. El último baluarte fue el cuartel. Antes de ser atacado, el supuesto
coronel Gregorio Stevenson puso en libertad a los presos y ordenó a sus hombres
que salieran a batirse en la calle. La extraordinaria movilidad y la puntería
certera con que disparó sus veinte cartuchos por las diferentes ventanas,
dieron la impresión de que el cuartel estaba bien resguardado, y los atacantes
lo despedazaron a cañonazos. El capitán que dirigió la operación se asombró de
encontrar los escombros desiertos, y un solo hombre en calzoncillos, muerto,
con el fusil sin carga, todavía agarrado por un brazo que había sido arrancado
de cuajo. Tenía una frondosa cabellera de mujer enrollada en la nuca con una
peineta, y en el cuello un escapulario con un pescadito de oro. Al voltearlo
con la puntera de la bota para alumbrarle la cara, el capitán se quedó
perplejo. «Mierda», exclamó. Otros oficiales se acercaron.
Miren dónde vino a aparecer este hombre
-les dijo el capitán-. Es Gregorio Stevenson, Al amanecer, después de un
consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio.
En las dos últimas horas de su vida no logró entender por qué había
desaparecido el miedo que lo atormentó desde la infancia. Impasible, sin preocuparse
siquiera por demostrar su reciente valor, escuchó los interminables cargos de
la acusación. Pensaba en Úrsula, que a esa hora debía estar bajo el castaño
tomando el café con José Arcadio Buendía. Pensaba en su hija de ocho meses, que
aún no tenía nombre, y en el que iba a nacer en agosto, Pensaba en Santa Sofía
de
No habló mientras no le preguntaron
cuál era su última voluntad.
-Díganle a mi mujer -contestó con voz
bien timbrada- que le ponga a la, niña el nombre de Úrsula -hizo una pausa y
confirmó-: Úrsula, como la abuela. Y díganle también que si el que va a nacer
nace varón, que le pongan José Arcadio, pero no por el tío, sino por el abuelo.
Antes de que lo llevaran al paredón, el
padre Nicanor trató de asistirlo. «No tengo nada de qué arrepentirme», dijo
Arcadio, y se puso a las órdenes del pelotón después de tomarse una taza de
café negro. El jefe del pelotón, especialista en ejecuciones sumarias, tenía un
nombre que era mucho más que una casualidad: capitán Roque Carnicero. Camino
del cementerio, bajo la llovizna persistente, Arcadio observó que en el
horizonte despuntaba un miércoles radiante. La nostalgia se desvanecía con la
niebla y dejaba en su lugar una inmensa curiosidad. Sólo cuando le ordenaron
ponerse de espaldas al muro, Arcadio vio a Rebeca con el pelo mojado y un
vestido de flores rosadas abriendo la casa de par en par. Hizo un esfuerzo para
que le reconociera. En efecto, Rebeca miró casualmente hacia el muro y se quedó
paralizada de estupor, y apenas pudo reaccionar para hacerle a Arcadio una
señal de adiós con la mano. Arcadio le contestó en la misma forma. En ese
instante lo apuntaron las bocas ahumadas de los fusiles y oyó letra por letra
las encíclicas cantadas de Melquíades y sintió los pasos perdidos de Santa
Bofia de
-¡Cabrones! -gritó-. ¡Viva el partido
liberal!
VII.
En mayo terminó la guerra. Dos semanas
antes de que el gobierno hiciera el anuncio oficial, en una proclama
altisonante que prometía un despiadado castigo para los promotores de la
rebelión, el coronel Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de
alcanzar la frontera occidental disfrazado de hechicero indígena. De los
veintiún hombres que lo siguieron en la guerra, catorce murieron en combate,
seis estaban heridos, y sólo uno lo acompañaba en el momento de la derrota
final: el coronel Gerineldo Márquez. La noticia de la captura fue dada en
Macondo con un bando extraordinario. «Está vivo -le informó Úrsula a su
marido-. Roguemos a Dios para que sus enemigos tengan clemencia.» Después de
tres días de llanto, una tarde en que batía un dulce de leche en la cocina, oyó
claramente la voz de su hijo muy cerca del oído. «Era Aureliano - ritó, corriendo
hacia el castaño para darle la noticia al esposo-. No sé cómo ha sido el
milagro, pero está vivo y vamos a verlo muy pronto.» Lo dio por hecho. Hizo
lavar los pisos de la casa y cambiar la posición de los muebles. Una semana
después, un rumor sin origen que no sería respaldado por el bando, confirmó
dramáticamente el presagio. El coronel Aureliano Buendía había sido condenado a
muerte, y la sentencia sería ejecutada en Macondo, para escarmiento de la
población. Un lunes, a las diez y veinte de la mañana, Amaranta estaba
vistiendo a Aureliano José, cuando percibió un tropel remoto y un toque de
corneta, un segundo antes de que Úrsula irrumpiera en el cuarto con un grito:
«Ya lo traen.» La tropa pugnaba por someter a culatazos a la muchedumbre
desbordada. Úrsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a
empellones, y entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa
desgarrada, el cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin
sentir el polvo abrasante, con las manos amarradas a la espalda con una soga
que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a caballo. Junto a él,
también astroso y derrotado, llevaban al coronel Gerineldo Márquez. No estaban
tristes. Parecían más bien turbados por la muchedumbre que gritaba a la tropa
toda clase de improperios.
-¡Hijo mío! -gritó Úrsula en medio de
la algazara, y le dio un manotazo al soldado que trató de detenerla. El caballo
del oficial se encabritó. Entonces el coronel Aureliano Buendía se detuvo,
trémulo, esquivó los brazos de su madre y fijó en sus ojos una mirada dura.
-Váyase a casa, mamá -dijo-. Pida
permiso a las autoridades y venga a verme a la cárcel.
Miró a Amaranta, que permanecía
indecisa a dos pasos detrás de Úrsula, y le sonrió al preguntarle: «¿Qué te
pasó en la mano?» Amaranta levantó la mano con la venda negra. «Una quemadura»,
dijo, y apartó a Úrsula para que no la atropellaran los caballos. La tropa
disparó.
Una guardia especial rodeó a los
prisioneros y los llevó al trote al cuartel.
Al atardecer, Úrsula visitó en la
cárcel al coronel Aureliano Buendía. Había tratado de conseguir el permiso a
través de don Apolinar Moscote, pero éste había perdido toda autoridad frente a
la omnipotencia de los militares. El padre Nicanor estaba postrado por una
calentura hepática. Los padres del coronel Gerineldo Márquez, que no estaba
condenado a muerte, habían tratado de verlo y fueron rechazados a culatazos.
Ante la imposibilidad de conseguir intermediarios, convencida de que su hijo
sería fusilado al amanecer, Úrsula hizo un envoltorio con las cosas que quería
llevarle y fue sola al cuartel.
-Soy la madre del coronel Aureliano
Buendía -se anunció. Los centinelas le cerraron el paso.
«De todos modos voy a entrar -les
advirtió Úrsula-. De manera que si tienen orden de disparar, empiecen de una
vez.» Apartó a uno de un empellón y entró a la antigua sala de clases, donde un
grupo de soldados desnudos engrasaban sus armas, Un oficial en uniforme de
campaña, sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos,
hizo a los centinelas una señal para que se retiraran.
-Soy la madre del coronel Aureliano
Buendía -repitió Úrsula.
-Usted querrá decir -corrigió el
oficial con una sonrisa amable- que es la señora madre del señor Aureliano
Buendía.
Úrsula reconoció en su modo de hablar
rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo, los cachacos.
-Como usted diga, señor -admitió-,
siempre que me permita verlo.
Había órdenes superiores de no permitir
visitas a los condenados a muerte, pero el oficial asumió la responsabilidad de
concederle una entrevista de quince minutos. Úrsula le mostró lo que llevaba en
el envoltorio: una muda de ropa limpia los botines que se puso su hijo para la
boda, y el dulce de leche que guardaba para él desde el día en que presintió su
regreso. Encontró al coronel Aureliano Buendía en el cuarto del cepo, tendido
en un catre y con los brazos abiertos, porque tenía las axilas empedradas de
golondrinos. Le habían permitido afeitarse. El bigote denso de puntas
retorcidas acentuaba la angulosidad de sus pómulos. A Úrsula le pareció que
estaba más pálido que cuando se fue, un poco más alto y más solitario que
nunca. Estaba enterado de los pormenores de la casa: el suicidio de Pietro
Crespi, las arbitrariedades y el fusilamiento de Arcadio, la impavidez de José
Arcadio Buendía bajo el castaño. Sabía que Amaranta había consagrado su viudez
de virgen a la crianza de Aureliano José, y que éste empezaba a dar mues-tras
de muy buen juicio y leía y escribía al mismo tiempo que aprendía a hablar.
Desde el momento en que entró al cuarto, Úrsula se sintió cohibida por la
madurez de su hijo, por su aura de dominio, por el resplandor de autoridad que
irradiaba su piel. Se sorprendió que estuviera tan bien informado. «Ya sabe
usted que soy adivino -bromeó él. Y agregó en serio-:
Esta mañana, cuando me trajeron, tuve
la impresión de que ya había pasado por todo esto.» En verdad, mientras la
muchedumbre tronaba a su paso, él estaba concentrado en sus pen-samientos,
asombrado de la forma en que había envejecido el pueblo en un año. Los
almendros tenían las hojas rotas. Las casas pintadas de azul, pintadas luego de
rojo y luego vueltas a pintar de azul, habían terminado por adquirir una
coloración indefinible.
-¿Qué esperabas? -suspiró Úrsula-. El
tiempo pasa.
-Así es -admitió Aureliano-, pero no
tanto.
De este modo, la visita tanto tiempo
esperada, para la que ambos habían preparado las preguntas e inclusive previsto
las respuestas, fue otra vez la conversación cotidiana de siempre.
Cuando el centinela anunció el término
de la entrevista, Aureliano sacó de debajo de la estera del catre un rollo de
papeles sudados. Eran sus versos. Los inspirados por Remedios, que había
llevado consigo cuando se fue, y los escritos después, en las azarosas pausas
de la guerra.
«Prométame que no los va a leer nadie
-dijo-. Esta misma noche encienda el horno con ellos.» Úrsula lo prometió y se
incorporó para darle un beso de despedida.
-Te traje un revólver -murmuró.
El coronel Aureliano Buendia comprobó
que el centinela no estaba a la vista. «No me sirve de nada -replicó en voz
baja-. Pero démelo, no sea que la registren a la salida.» Úrsula sacó el
revólver del corpiño y él lo puso debajo de la estera del catre. «Y ahora no se
despida -concluyó con un énfasis calmado-. No suplique a nadie ni se rebaje
ante nadie. Hágase el cargo que me fusilaron hace mucho tiempo.» Úrsula se
mordió los labios para no llorar.
-Ponte piedras calientes en los
golondrinos -dijo.
Dio media vuelta y salió del cuarto. El
coronel Aureliano Buendía permaneció de pie, pensativo, hasta que se cerró la
puerta. Entonces volvió a acostarse con los brazos abiertos. Desde el principio
de la adolescencia, cuando empezó a ser consciente de sus presagios, pensó que
la muerte había d< anunciarse con una señal definida, inequívoca,
irrevocable, pero le faltaban pocas horas para morir, y la señal no llegaba. En
cierta ocasión una mujer muy bella entró a su campamento de Tucurinca y pidió a
los centinelas que le permitieran verlo. La dejaron pasar, porque conocían el
fanatismo de algunas madres que enviaban a sus hijas al dormitorio de los
guerreros más notables, según ellas mismas decían, para mejorar la raza. El
coronel Aureliano Buendía estaba aquella noche terminando e poema del hombre
que se había extraviado en la lluvia, cuando la muchacha entró al cuarto. Él le
dio la espalda para poner la hoja en la gaveta con llave donde guardaba sus
versos. Y entonces lo sintió. Agarró la pistola en la gaveta sin volver la
cara.
-No dispare, por favor -dijo.
Cuando se volvió con la pistola
montada, la muchacha había bajado la suya y no sabía qué hacer. Así había
logrado eludir cuatro de once emboscadas. En cambio, alguien que nunca fu
capturado entró una noche al cuartel revolucionario de Manaure y asesinó a
puñaladas a su intimo amigo, el coronel Magnífico Visbal, a quien había cedido
el catre para que sudar una calentura. A pocos metros, durmiendo en una hamaca
e el mismo cuarto, él no se dio cuenta de nada. Eran inútiles sus esfuerzos por
sistematizar los presagios. Se presentaban d pronto, en una ráfaga de lucidez
sobrenatural, como una convicción absoluta y momentánea, pero inasible. En
ocasione eran tan naturales, que no las identificaba como presagios sin cuando
se cumplían.
Otras veces eran terminantes y no se
cumplían. Con frecuencia no eran más que golpes vulgares de superstición. Pero
cuando lo condenaron a muerte y le pidieron expresar su última voluntad, no
tuvo la menor dificultad par identificar el presagio que le inspiró la
respuesta:
-Pido que la sentencia se cumpla en
Macondo -dijo. El presidente del tribunal se disgustó.
-No sea vivo, Buendía -le dijo-. Es una
estratagema par ganar tiempo.
-Si no la cumplen, allá ustedes -dijo
el coronel-, pero esa es mi última voluntad.
Desde entonces lo habían abandonado los
presagios. El día en que Úrsula lo visitó en la cárcel, después de mucho
pensar, llegó a la conclusión de que quizá la muerte no se anunciaría aquella
vez, porque no dependía del azar sino de la voluntad de sus verdugos. Pasó la
noche en vela atormentado por el dolor de los golondrinos. Poco antes del alba
oyó pasos en el corredor. «Ya vienen», se dijo, y pensó sin motivo en José
Arcadio Buendía, que en aquel momento estaba pensando en él, bajo la madrugada
lúgubre del castaño. No sintió miedo, ni nostalgia, sino una rabia intestinal
ante la idea de que aquella muerte artificiosa no le permitiría conocer el
final de tantas cosas que dejaba sin terminar. La puerta se abrió y entró el
centinela con un tazón de café. Al día siguiente a la misma hora todavía estaba
como entonces, rabiando con el dolor de las axilas, y ocurrió exactamente lo
mismo. El jueves compartió el dulce de leche con los centinelas y se puso la
ropa limpia, que le quedaba estrecha, y los botines de charol. Todavía el
viernes no lo habían fusilado.
En realidad, no se atrevían a ejecutar
la sentencia. La rebeldía del pueblo hizo pensar a los militares que el
fusilamiento del coronel Aureliano Buendía tendría graves consecuencias
políticas no sólo en Macondo sino en todo el ámbito de la ciénaga, así que consultaron
a las autoridades de la capital provincial. La noche del sábado, mientras
esperaban la respuesta, el capitán Roque Carnicero fue con otros oficiales a la
tienda de Catarino. Sólo una mujer, casi presionada con amenazas, se atrevió a
llevarlo al cuarto. «No se quieren acostar con un hombre que saben que se va a
morir -le confesó ella-. Nadie sabe cómo será, pero todo el mundo anda diciendo
que el oficial que fusile al coronel Aureliano Buendía, y todos los soldados
del pelotón, uno por uno, serán asesinados sin remedio, tarde o temprano, así
se escondan en el fin del mundo.» El capitán Roque Carnicero lo comentó con los
otros oficiales, y éstos lo comentaron con sus superiores. El domingo, aunque
nadie lo había revelado con franqueza, aunque ningún acto militar había turbado
la calma tensa de aquellos días, todo el pueblo sabía que los oficiales estaban
dispuestos a eludir con toda clase de pretextos la responsabilidad de la
ejecución. En el correo del lunes llegó la orden oficial: la ejecución debía cumplirse
en el término de veinticuatro horas. Esa noche los oficiales metieron en una
gorra siete papeletas con sus nombres, y el inclemente destino del capitán
Roque Carnicero lo señaló con la papeleta premiada. «La mala suerte no tiene
resquicios -dijo él con profunda amargura-. Nací hijo de puta y muero hijo de
puta.» A las cinco de la mañana eligió el pelotón por sorteo, lo formó en el
patio, y despertó al condenado con una frase premonitoria:
-Vamos Buendía -le dijo-. Nos llegó la
hora.
-Así que era esto -replicó el coronel-.
Estaba soñando que se me habían reventado los golondrinos.
Rebeca Buendía se levantaba a las tres
de la madrugada desde que supo que Aureliano sería fusilado. Se quedaba en el
dormitorio a oscuras, vigilando por la ventana entreabierta el muro del
cementerio, mientras la cama en que estaba sentada se estremecía con los
ronquidos de José Arcadio. Esperó toda semana con la misma obstinación
recóndita con que en otra época esperaba las cartas de Pietro Crespi. «No lo
fusilarán aquí» -le decía José Arcadio-. Lo fusilarán a media noche en cuartel
para que nadie sepa quién formó el pelotón, y lo enterrarán allá mismo.» Rebeca
siguió esperando. «Son tan brutos que lo fusilarán aquí» -decía-. Tan segura
estaba, que había previsto la forma en que abriría la puerta para decirle adiós
con la mano. «No lo van a traer por la calle -insistía José Arcadio-, con sólo
seis soldados asustados, sabiendo que gente está dispuesta a todo.» Indiferente
a la lógica de su marido, Rebeca continuaba en la ventana.
-Ya verás que son así de brutos
-decía-.
El martes a las cinco de la mañana José
Arcadio había tomado el café y soltado los perros, cuando Rebeca cerró la
ventana se agarró de la cabecera de la cama para no caer. «Ahí lo trae
-suspiró-.
Qué hermoso está.» José Arcadio se
asomó a la ventana, y lo vio, trémulo en la claridad del alba, con unos
pantalones que habían sido suyos en la juventud. Estaba ya de espaldas al muro
y tenía las manos apoyadas en la cintura porque los nudos ardientes de las
axilas le impedían bajar los brazos «Tanto joderse uno - urmuraba el coronel
Aureliano Buendía-. Tanto joderse para que lo maten a uno seis maricas si poder
hacer nada,» Lo repetía con tanta rabia, que casi parece fervor, y el capitán
Roque Carnicero se conmovió porque creyó que estaba rezando. Cuando el pelotón
lo apuntó, la rabia se había materializado en una sustancia viscosa y amarga
que le adormeció la lengua y lo obligó a cerrar los ojos. Entonces desapareció
el resplandor de aluminio del amanecer, y volvió verse a sí mismo, muy niño,
con pantalones cortos y un lazo en el cuello, y vio a su padre en una tarde
espléndida conduciéndolo al interior de la carpa, y vio el hielo. Cuando oyó el
grito, creyó que era orden final al pelotón. Abrió los ojos con una curiosidad
de escalofrío, esperando encontrarse con la trayectoria incandescente de los
proyectiles, pero sólo encontró capitán Roque Carnicero con los brazos en alto,
y a José Arcadio atravesando la calle con su escopeta pavorosa lista para
disparar.
-No haga fuego -le dijo el capitán a
José Arcadico. Usted viene mandado por
Allí empezó otra guerra. El capitán
Roque Carnicero y sus seis hombres se fueron con el coronel Aureliano Buendía a
liberar al general revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte en
Riohacha. Pensaron ganar tiempo atravesando la sierra por el camino que siguió
José Arcadio Buendía para fundar a Macondo, pero antes de una semana se
convencieron de que era una empresa imposible. De modo que tuvieron que hacer
la peligrosa ruta de las estribaciones, sin más municiones que las del pelotón
de fusilamiento. Acampaban cerca de los pueblos, y uno de ellos, con un
pescadito de oro en la mano, entraba disfrazado a pleno día y hacia contacto
con los liberales en reposo, que a la mañana siguiente salían a cazar y no
regresaban nunca. Cuando avistaron a Riohacha desde un recodo de la sierra, el
general Victorio Medina había sido fusilado.
Los hombres del coronel Aureliano
Buendía lo proclamaron jefe de las fuerzas revolucionarias del litoral del
Caribe, con el grado de general. Él asumió el cargo, pero rechazó el ascenso, y
se puso a sí mismo la condición de no aceptarlo mientras no derribaran el
régimen conservador. Al cabo de tres meses habían logrado armar a más de mil
hombres, pero fueron exterminados. Los sobrevivientes alcanzaron la frontera
oriental. La próxima vez que se supo de ellos habían desembarcado en el Cabo de
¡Qué bueno! -exclamó-. Ya tenemos
telégrafo en Macondo.
Su respuesta fue terminante. En tres
meses esperaba establecer su cuartel general en Macondo. Si entonces no
encontraba vivo al coronel Gerineldo Márquez, fusilaría sin fórmula de juicio a
toda la oficialidad que tuviera prisionera en ese momento, empezando por los
generales, e impartiría órdenes a sus subordinados para que procedieran en
igual forma hasta el término de la guerra. Tres meses después, cuando entró
victorioso a Macondo, el primer abrazo que recibió en el camino de la ciénaga
fue el del coronel Gerineldo Márquez.
La casa estaba llena de niños. Úrsula
había recogido a Santa Sofía de
Contra la última voluntad del fusilado,
bautizó a la niña con el nombre de Remedios. «Estoy segura que eso fue lo que
Arcadio quiso decir -alegó-. No la pondremos Úrsula, porque se sufre mucho con
ese nombre.» A los gemelos les puso José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.
Amaranta se hizo cargo de todos. Colocó
asientitos de madera en la sala, y estableció un parvulario con otros niños de
familias vecinas. Cuando regresó el coronel Aureliano Buendía, entre estampidos
de cohetes y repiques de campanas, un coro infantil le dio la bienvenida en la
casa. Aureliano José, largo como su abuelo, vestido de oficial revolucionario, le
rindió honores militares.
No todas las noticias eran buenas. Un
año después de la fuga del coronel Aureliano Buendía, José Arcadio y Rebeca se
fueron a vivir en la casa construida por Arcadio. Nadie se enteró de su
intervención para impedir el fusilamiento. En la casa nueva, situada en el
mejor rincón de la plaza, a la sombra de un almendro privilegiado con tres
nidos de petirrojos, con una puerta grande para las visitas V cuatro ventanas
para la luz, establecieron un hogar hospitalario. Las antiguas amigas de
Rebeca, entre ellas cuatro hermanas Moscote que continuaban solteras,
reanudaron las sesiones de bordado interrumpidas años antes en el corredor de
las begonias.
José Arcadio siguió disfrutando de las
tierras usurpadas cuyos títulos fueron reconocidos por el gobierno conservador.
Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perros montunos y su
escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la montura. Una
tarde de septiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano
que de costumbre.
Saludó a Rebeca en el comedor, amarró
los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para sacarlos más tarde
y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su
marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de
nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y
nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había
hecho feliz. Ese fue tal vez el único misterio que nunca se esclareció en
Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el
estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo
de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo
por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de
largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la
izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por
debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes
para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva
amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin
ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética
a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde
Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.
-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.
Siguió el hilo de sangre en sentido
contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de
las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y
tres son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por
la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la calle de
los Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y
las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa
donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó
con el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en
el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original
del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho. No
encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el arma. Tampoco
fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron
tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego
con ceniza y limón, y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron
reposar seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje
empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso desesperado de sazonarlo
con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día entero a fuego lento
ya había empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo
encerraron herméticamente en un ataúd especial de dos metros y treinta
centímetros de largo y un metro y diez centímetros de ancho, reforzado por
dentro con planchas de hierro y atornillado con pernos de acero, y aun así se
percibía el olor en las calles por donde pasó el entierro. El padre Nicanor,
con el hígado hinchado y tenso como un tambor, le echó la bendición desde la
cama. Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos
y echaron entre ellos ceniza apelmazada, aserrín y cal viva, el cementerio
siguió oliendo a pólvora hasta muchos años después, cuando los ingenieros de la
compañía bananera recubrieron la sepultura con una coraza de hormigón. Tan
pronto como sacaron el cadáver, Rebeca cerró las puertas de su casa y se
enterró en vida, cubierta con una gruesa costra de desdén que ninguna tentación
terrenal consiguió romper. Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con
unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la
época en que pasó por el pueblo el Judío Errante y provocó un calor tan intenso
que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para morir en los
dormitorios. La última vez que alguien la vio con vida fue cuando mató de un
tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta de su casa. Salvo
Argénida, su criada y confidente, nadie volvió a tener contacto con ella desde
entonces. En un tiempo se supo que escribía cartas al Obispo, a quien
consideraba como su primo hermano, pero nunca se dijo que hubiera recibido
respuesta. El pueblo la olvidó.
A pesar de su regreso triunfal, el
coronel Aureliano Buendía no se entusiasmaba con las apariencias. Las tropas
del gobierno abandonaban las plazas sin resistencia, y eso suscitaba en la
población liberal una ilusión de victoria que no convenía defraudar, pero los
revolucionarios conocían la verdad, y más que nadie el coronel Aureliano
Buendía. Aunque en ese momento mantenía más de cinco mil hombres bajo su mando
y dominaba dos estados del litoral, tenía conciencia de estar acorralado contra
el mar, y metido en una situación política tan confusa que cuando ordenó
restaurar la torre de la iglesia desbaratada por un cañonazo del ejército, el
padre Nicanor comentó en su lecho de enfermo: «Esto es un disparate: los
defensores de la fe de Cristo destruyen el templo y los masones lo mandan
componer.» Buscando una tronera de escape pasaba horas y horas en la oficina
telegráfica, conferenciando con los jefes de otras plazas, y cada vez salía con
la impresión más definida de que la guerra estaba estancada. Cuando se recibían
noticias de nuevos triunfos liberales se proclamaban con bandos de júbilo, pero
él medía en los mapas su verdadero alcance, y comprendía que sus huestes
estaban penetrando en la selva, defendiéndose de la malaria y los mosquitos,
avanzando en sentido contrario al de la realidad. «Estamos perdiendo el tiempo
-se quejaba ante sus oficiales-. Estaremos perdiendo el tiempo mientras los
carbones del partido estén mendigando un asiento en el congreso.» En noches de
vigilia, tendido boca arriba en la hamaca que colgaba en el mismo cuarto en que
estuvo condenado a muerte, evocaba la imagen de los abogados vestidos de negro
que abandonaban el palacio presidencial en el hielo de la madrugada con el
cuello de los abrigos levantado hasta las orejas, frotándose las manos,
cuchicheando, refugiándose en los cafetines lúgubres del amanecer, para
especular sobre lo que quiso decir el presidente cuando dijo que sí, o lo que
quiso decir cuando dijo que no, y para suponer inclusive lo que el presidente
estaba pensando cuando dijo una cosa enteramente distinta, mientras él
espantaba mosquitos a treinta y cinco grados de temperatura, sintiendo
aproximarse al alba temible en que tendría que dar a sus hombres la orden de
tirarse al mar.
Una noche de incertidumbre en que Pilar
Ternera cantaba en el patio con la tropa, él pidió que le leyera el porvenir en
las barajas. «Cuídate la boca -fue todo lo que sacó en claro Pilar Ternera
después de extender y recoger los naipes tres veces-. No sé lo que quiere
decir, pero la señal es muy clara:
cuídate la boca.» Dos días después
alguien le dio a un ordenanza un tazón de café sin azúcar, y el ordenanza se lo
pasó a otro, y éste a otro, hasta que llegó de mano en mano al despacho del
coronel Aureliano Buendía. No había pedido café, pero ya que estaba ahí, el
coronel se lo tomó.
Tenía una carga de nuez vómica
suficiente para matar un caballo. Cuando lo llevaron a su casa estaba tieso y
arqueado y tenía la lengua partida entre los dientes. Úrsula se lo disputó a la
muerte. Después de limpiarle el estómago con vomitivos, lo envolvió en frazadas
calientes y le dio claras de huevos durante dos días, hasta que el cuerpo
estragado recobró la temperatura normal. Al cuarto día estaba fuera de peligro.
Contra su voluntad, presionado por Úrsula y los oficiales, permaneció en la
cama una semana más. Sólo entonces supo que no habían quemado sus versos. «No
me quise precipitar -le explicó Úrsula-. Aquella noche, cuando iba a prender el
horno, me dije que era mejor esperar que trajeran el cadáver.» En la neblina de
la convalecencia, rodeado de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel
Aureliano Buendia evocó en la lectura de sus versos los instantes decisivos de
su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas horas, al margen de los
sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus
experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron
tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés. Una noche le preguntó
al coronel Gerineldo Márquez:
-Dime una cosa, compadre: ¿por qué
estás peleando?
-Por qué ha de ser, compadre contestó
el coronel Genireldo Márquez-: por el gran partido liberal.
-Dichoso tú que lo sabes contestó él-.
Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo
Márquez.
Al coronel Aureliano Buendia le
divirtió su alarma. «Naturalmente -dijo-. Pero en todo caso, es mejor eso, que
no saber por qué se pelea.» Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo:
-O que pelear como tú por algo que no
significa nada para nadie.
Su orgullo le había impedido hacer
contactos con los grupos armados del interior del país, mientras los dirigentes
del partido no rectificaran en público su declaración de que era un ban-dolero.
Sabía, sin embargo, que tan pronto como
pusiera de lado esos escrúpulos rompería el círculo vicioso de la guerra. La
convalecencia le permitió reflexionar. Entonces consiguió que Úrsula le diera
el resto de la herencia enterrada y sus cuantiosos ahorros; nombró al coronel
Gerineldo Márquez jefe civil y militar de Macondo, y se fue a establecer
contacto con los grupos rebeldes del interior.
El coronel Gerineldo Márquez no sólo
era el hombre de más confianza del coronel Aureliano Buendía, sino que Úrsula
lo recibía como un miembro de la familia. Frágil, tímido, de una buena
educación natural, estaba, sin embargo, mejor constituido para la guerra que
para el gobierno.
Sus asesores políticos lo enredaban con
facilidad en laberintos teóricos. Pero consiguió imponer en Macondo el ambiente
de paz rural con que soñaba el coronel Aureliano Buendia para morirse de viejo
fabricando pescaditos de oro. Aunque vivía en casa de sus padres, almorzaba
donde Úrsula dos o tres veces por semana. Inició a Aureliano José en el manejo
de las armas de fuego, le dio una instrucción militar prematura y durante
varios meses lo llevó a vivir al cuartel, con el consentimiento de Úrsula, para
que se fuera haciendo hombre. Muchos años antes, siendo casi un niño, Gerineldo
Márquez había declarado su amor a Amaranta. Ella estaba entonces tan ilusionada
con su pasión solitaria por Pietro Crespi, que se rió de él. Gerineldo Márquez
esperó.
En cierta ocasión le envió a Amaranta
un papelito desde la cárcel, pidiéndole el favor de bordar una docena de
pañuelos de batista con las iniciales de su padre. Le mandó el dinero. Al cabo
de una semana, Amaranta le llevó a la cárcel la docena de pañuelos bordados,
junto con el dinero, y se quedaron varias horas hablando del pasado. «Cuando
salga de aquí me casaré contigo», le dijo Gerineldo Márquez al despedirse.
Amaranta se rió, pero siguió pensando en él mientras enseñaba a leer a los
niños, y deseé revivir para él su pasión juvenil por Pietro Crespi. Los
sábados, día de visita a los presos, pasaba por casa de los padres de Gerineldo
Márquez y los acompañaba a la cárcel. Uno de esos sábados, Úrsula se sorprendió
al verla en la cocina, esperando a que salieran los bizcochos del horno para
escoger los mejores y envolverlos en una servilleta que había bordado para la
ocasión.
-Cásate con él -le dijo-. Difícilmente
encontrarás otro hombre como ese.
Amaranta fingió una reacción de
disgusto.
-No necesito andar cazando hombres
-replicó-. Le llevo estos bizcochos a Gerineldo porque me da lástima que tarde
o temprano lo van a fusilar.
Lo dijo sin pensarlo, pero fue por esa
época que el gobierno hizo pública la amenaza de fusilar al coronel Gerineldo
Márquez si las fuerzas rebeldes no entregaban a Riohacha. Las visitas se
suspendieron. Amaranta se encerró a llorar, agobiada por un sentimiento de
culpa semejante al que la atormenté cuando murió Remedios, como si otra vez
hubieran sido sus palabras irreflexivas las responsables de una muerte. Su madre
la consoló. Le aseguré que el coronel Aureliano Buendía haría algo por impedir
el fusilamiento, y prometió que ella misma se encargaría de atraer a Gerineldo
Márquez, cuando terminara la guerra. Cumplió la promesa antes del término
previsto. Cuando Gerineldo Márquez volvió a la casa investido de su nueva
dignidad de jefe civil y militar, lo recibió como a un hijo, concibió
exquisitos halagos para retenerlo, y rogó con todo el ánimo de su corazón que
recordara su propósito de casarse con Amaranta. Sus súplicas parecían certeras.
Los días en que iba a almorzar a la casa, el coronel Gerineldo Márquez se
quedaba la tarde en el corredor de las begonias jugando damas chinas con
Amaranta. Úrsula les llevaba café con leche y bizcochos y se hacía cargo de los
niños para que no los molestaran.
Amaranta, en realidad, se esforzaba por
encender en su corazón las cenizas olvidadas de su pasión juvenil. Con una
ansiedad que llegó a ser intolerable esperé los días de almuerzos, las tardes
de damas chinas, y el tiempo se le iba volando en compañía de aquel guerrero de
nombre nostálgico cuyos dedos temblaban imperceptiblemente al mover las fichas.
Pero el día en que el coronel Gerineldo Márquez le reiteré su voluntad de
casarse, ella lo rechazó.
-No me casaré con nadie -le dijo-, pero
menos contigo. Quieres tanto a Aureliano que te vas a casar conmigo porque no
puedes casarte con él.
El coronel Gerineldo Márquez era un
hombre paciente. «Volveré a insistir -dijo-. Tarde o temprano te convenceré.»
Siguió visitando la casa. Encerrada en el dormitorio, mordiendo un llanto
secreto, Amaranta se metía los dedos en los oídos para no escuchar la voz del
pretendiente que le contaba a Úrsula las últimas noticias de la guerra, y a
pesar de que se moría por verlo, tuvo fuerzas para no salir a su encuentro.
El coronel Aureliano Buendía disponía
entonces de tiempo para enviar cada dos semanas un informe pormenorizado a
Macondo. Pero sólo una vez, casi ocho meses después de haberse ido, le escribió
a Úrsula. Un emisario especial llevó a la casa un sobre lacrado, dentro del
cual había un papel escrito con la caligrafía preciosista del coronel: Cuiden
mucho a papá porque se va a morir. Úrsula se alarmó: «Si Aureliano lo dice,
Aureliano lo sabe», dijo. Y pidió ayuda para llevar a José Arcadio Buendía a su
dormitorio. No sólo era tan pesado como siempre, sino que en 511 prolongada
estancia bajo el castaño había desarrollado la facultad de aumentar de peso
volunta-riamente, hasta el punto de que siete hombres no pudieron con él y
tuvieron que llevarlo a rastras a la cama. Un tufo de hongos tiernos, de flor
de palo, de antigua y reconcentrada intemperie impregnó el aire del dormitorio
cuando empezó a respirarlo el viejo colosal macerado por el sol y la lluvia. Al
día siguiente no amaneció en la cama. Después de buscarlo por todos los
cuartos, Úrsula lo encontré otra vez bajo el castaño. Entonces lo amarraron a
la cama. A pesar de su fuerza intacta, José Arcadio Buendía no estaba en
condiciones de luchar. Todo le daba lo mismo. Si volvió al castaño no fue por
su voluntad sino por una costumbre del cuerpo. Úrsula lo atendía, le daba de
comer, le llevaba noticias de Aureliano. Pero en realidad, la única persona con
quien él podía tener contacto desde hacía mucho tiempo, era Prudencio Aguilar.
Ya casi pulverizado por la profunda decrepitud de la muerte, Prudencio Aguilar
iba dos veces al día a conversar con él. Hablaban de gallos. Se prometían
establecer un criadero de animales magníficos, no tanto por disfrutar de unas
victorias que entonces no les harían falta, sino por tener algo con qué
distraerse en los tediosos domingos de la muerte. Era Prudencio Aguilar quien
lo limpiaba, le daba de comer y le llevaba noticias espléndidas de un
desconocido que se llamaba Aureliano y que era coronel en la guerra. Cuando
estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos
infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro
cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón
de mimbre y el mismo cuadrito de
-He venido al sepelio del rey.
Entonces entraron al cuarto de José
Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le
pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo.
Poco después, cuando el carpintero le
tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba
cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche
sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron
las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas
flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha
compacta, y tuvieron que despejarías con palas y rastrillos para que pudiera
pasar el entierro.
VIII.
Sentada en el mecedor de mimbre, con la
labor interrumpida en el regazo, Amaranta contemplaba a Aureliano José con el
mentón embadurnado de espuma, afilando la navaja barbera en la penca para
afeitarse por primera vez. Se sangré las espinillas, se corté el labio superior
tratando de modelarse un bigote de pelusas rubias, y después de todo quedó igual
que antes, pero el laborioso proceso le dejé a Amaranta la impresión de que en
aquel instante había empezado a envejecer.
-Estás idéntico a Aureliano cuando
tenía tu edad -dijo-. Ya eres un hombre.
Lo era desde hacía mucho tiempo, desde
el día ya lejano en que Amaranta creyó que aún era un niño y siguió
desnudándose en el baño delante de él, como lo había hecho siempre, como se
acostumbré a hacerlo desde que Pilar Ternera se lo entregó para que acabara de
criarlo. La primera vez que él la vio, lo único que le llamó la atención fue la
profunda depresión entre los senos. Era entonces tan inocente que preguntó qué
le había pasado, y Amaranta fingió excavarse el pecho con la punta de los dedos
y contesté: «Me sacaron tajadas y tajadas y tajadas.» Tiempo después, cuando
ella se restableció del suicidio de Pietro Crespi y volvió a bañarse con
Aureliano José, éste ya no se fijé en la depresión, sino que experimenté un
estremecimiento desconocido ante la visión de los senos espléndidos de pezones
morados. Siguió examinándola, descubriendo palmo a palmo el milagro de su
intimidad, y sintió que su piel se erizaba en la contemplación, como se erizaba
la piel de ella al contacto del agua. Desde muy niño tenía la costumbre de
abandonar la hamaca para amanecer en la cama de Amaranta, cuyo contacto tenía
la virtud de disipar el miedo a la oscuridad. Pero desde el día en que tuvo
conciencia de su desnudez, no era el miedo a la oscuridad lo que lo impulsaba a
meterse en su mosquitero, sino el anhelo de sentir la respiración tibia de
Amaranta al amanecer. Una madrugada, por la época en que ella rechazó al
coronel Gerineldo Márquez, Aureliano José despertó con la sensación de que le
faltaba el aire.
Sintió los dedos de Amaranta como unos
gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre.
Fingiendo dormir cambió de posición
para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la venda negra
buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. Aunque
aparentaron ignorar lo que ambos sabían, y lo que cada uno sabía que el otro
sabía, desde aquella noche quedaron mancornados por una complicidad inviolable.
Aureliano José no podía conciliar el sueño mientras no escuchaba el valse de
las doce en el reloj de la sala, y la madura doncella cuya piel empezaba a entristecer
no tenía un instante de sosiego mientras no sentía deslizarse en el mosquitero
aquel sonámbulo que ella había criado, sin pensar que sería un paliativo para
su soledad. Entonces no sólo durmieron juntos, desnudos, intercambiando
caricias agotadoras, sino que se perseguían por los rincones de la casa y se
encerraban en los dormitorios a cualquier hora, en un permanente estado de
exaltación sin alivio. Estuvieron a punto de ser sorprendidos por Úrsula, una
tarde en que entró al granero cuando ellos empezaban a besarse.
«¿Quieres mucho a tu tía?», le preguntó
ella de un modo inocente a Aureliano José. Él contestó que sí. «Haces bien»,
concluyó Úrsula, y acabó de medir la harina para el pan y regresó a la cocina.
Aquel episodio sacó a Amaranta del delirio. Se dio cuenta de que había llegado
demasiado lejos, de que ya no estaba jugando a los besitos con un niño, sino
chapaleando en una pasión otoñal, peligrosa y sin porvenir, y la cortó de un
tajo. Aureliano José, que entonces terminaba su adiestramiento militar, acabó
por admitir la realidad y se fue a dormir al cuartel. Los sábados iba con los
soldados a la tienda de Catarino. Se consolaba de su abrupta soledad, de su
adolescencia prematura, con mujeres olorosas a flores muertas que él idealizaba
en las tinieblas y las convertía en Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de
imaginación.
Poco después empezaron a recibirse
noticias contradictorias de la guerra. Mientras el propio gobierno admitía los
progresos de la rebelión, los oficiales de Macondo tenían informes
confidenciales de la inminencia de una paz negociada. A principios de abril, un
emisario especial se identificó ante el coronel Gerineldo Márquez. Le confirmó
que, en efecto, los dirigentes del partido habían establecido contactos con
jefes rebeldes del interior, y estaban en vísperas de concertar el armisticio a
cambio de tres ministerios para los liberales, una representación minoritaria
en el parlamento y la amnistía general para los rebeldes que depusieran las
armas. El emisario llevaba una orden altamente confidencial del coronel
Aureliano Buendía, que estaba en desacuerdo con los términos del armisticio. El
coronel Gerineldo Márquez debía seleccionar a cinco de sus mejores hombres y
prepararse para abandonar con ellos el país. La orden se cumplió dentro de la
más estricta reseña. Una semana antes de que se anunciara el acuerdo, y en
medio de una tormenta de rumores contradictorios, el coronel Aureliano Buendía
y diez oficiales de confianza, entre ellos el coronel Roque Carnicero, llegaron
sigilosamente a Macondo después de la medianoche, dispersaron la guarnición,
enterraron las armas y destruyeron los archivos. Al amanecer habían abandonado
el pueblo con el coronel Gerineldo Márquez y sus cinco oficiales.
Fue una operación tan rápida y
confidencial, que Úrsula no se enteró de ella sino a última hora, cuando
alguien dio unos golpecitos en la ventana de su dormitorio y murmuró: «Si
quiere ver al coronel Aureliano Buendía, asómese ahora mismo a la puerta.»
Úrsula saltó de la cama y salió a la puerta en ropa de dormir, y apenas alcanzó
a percibir el galope de la caballada que abandonaba el pueblo en medio de una
muda polvareda. Sólo al día siguiente se enteró de que Aureliano José se había
ido con su padre.
Diez días después de que un comunicado
conjunto del gobierno y la oposición anunció el término de la guerra, se
tuvieron noticias del primer levantamiento armado del coronel Aureliano Buendía
en la frontera occidental. Sus fuerzas escasas y mal armadas fueron dispersadas
en menos de una semana. Pero en el curso de ese ano, mientras liberales y
conservadores trataban de que el país creyera en la reconciliación, intentó
otros siete alzamientos. Una noche cañoneó a Riohacha desde una goleta, y la
guarnición sacó de sus camas y fusiló en represalia a los catorce liberales más
conocidos de la población. Ocupó por más de quince días una aduana fronteriza,
y desde allí dirigió a la nación un llamado a la guerra general. Otra de sus
expediciones se perdió tres meses en la selva, en una disparatada tentativa de atravesar
más de mil quinientos ki-lómetros de territorios vírgenes para proclamar Ja
guerra en los suburbios de la capital. En cierta ocasión estuvo a menos de
veinte kilómetros de Macondo, y fue obligado por las patrullas del gobierno a
internarse en las montañas muy cerca de la región encantada donde su padre
encontró muchos años antes el fósil de un galeón español.
Por esa época murió Visitación. Se dio
el gusto de morirse de muerte natural, después de haber renunciado a un trono
por temor al insomnio, y su última voluntad fue que desenterraran de debajo de
su cama el sueldo ahorrado en más de veinte años, y se lo mandaran al coronel
Aureliano Buendía para que siguiera la guerra. Pero Úrsula no se tomó el
trabajo de sacar ese dinero, porque en aquellos días se rumoraba que el coronel
Aureliano Buendía había sido muerto en un desembarco cerca de la capital
provincial. El anuncio oficial -el cuarto en menos de dos años- fue tenido por
cierto durante casi seis meses, pues nada volvió a saberse de él. De pronto,
cuando ya Úrsula y Amaranta habían superpuesto un nuevo luto a los anteriores,
llegó una noticia insólita. El coronel Aureliano Buendía estaba vivo, pero
aparentemente había desistido de hostigar al gobierno de su país, y se había
sumado al federalismo triunfante en otras repúblicas del Caribe. Aparecía con
nombres distintos cada vez más lejos de su tierra. Después había de saberse que
la idea que entonces lo animaba era la unificación de las fuerzas federalistas
de
La primera noticia directa que Úrsula
recibió de él, varios años después de haberse ido, fue una carta arrugada y
borrosa que le llegó de mano en mano desde Santiago de Cuba.
-Lo hemos perdido para siempre -exclamó
Úrsula al leerla-. Por ese camino pasará
La persona a quien se lo dijo, que fue
la primera a quien mostró la carta, era el general conservador José Raquel
Moncada, alcalde de Macondo desde que terminó la guerra. «Este Aureliano
-comentó el general Moncada-, lástima que no sea conservador.» Lo admiraba de
veras. Como muchos civiles conservadores, José Raquel Moncada había hecho la
guerra en de-fensa de su partido y había alcanzado el título de general en el campo
de batalla, aunque carecía de vocación militar. Al contrario, también como
muchos de sus copartidarios, era antimilitarista.
Consideraba a la gente de armas como
holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a
los civiles para medrar en el desorden. Inteligente, simpático, sanguíneo,
hombre de buen comer y fanático de las peleas de gallos, había sido en cierto
momento el adversario más temible del coronel Aureliano Buendía. Logró imponer
su autoridad sobre los militares de carrera en un amplio sector del litoral.
Cierta vez en que se vio forzado por conveniencias estratégicas a abandonar una
plaza a las fuerzas del coronel Aureliano Buendía, le dejó a éste dos cartas.
En una de ellas, muy extensa, lo invitaba a una campaña conjunta para humanizar
la guerra. La otra carta era para su esposa, que vivía en territorio liberal, y
la dejó con la súplica de hacerla llegar a su destino. Desde entonces, aun en
los períodos más encarnizados de la guerra, los dos comandantes concertaron
treguas para intercambiar prisioneros. Eran pausas con un cierto ambiente
festivo que el general Moncada aprovechaba para enseñar a jugar a ajedrez al
coronel Aureliano Buendía. Se hicieron grandes amigos. Llegaron inclusive a
pensar en la posibilidad de coordinar a los elementos populares de ambos
partidos para liquidar la in-fluencia de los militares y los políticos
profesionales, e instaurar un régimen humanitario que aprovechara lo mejor de
cada doctrina. Cuando terminó la guerra, mientras el coronel Aureliano Buendía
se escabullía por los desfiladeros de la subversión permanente, el general
Moncada fue nombrado corregidor de Macondo. Vistió su traje civil, sustituyó a
los militares por agentes de la policía desarmados, hizo respetar las leyes de
amnistía y auxilió a algunas familias de liberales muertos en campaña.
Consiguió que Macondo fuera erigido en municipio y fue por tanto su primer
alcalde, y creó un ambiente de confianza que hizo pensar en la guerra como en
una absurda pesadilla del pasado. El padre Nicanor, consumido por las fiebres
hepáticas, fue reemplazado por el padre Coronel, a quien llamaban El Cachorro,
veterano de la primera guerra federalista. Bruno Crespi, casado con Amparo
Moscote, y cuya tienda de juguetes e instrumentos musicales no se cansaba de
prosperar, construyó un teatro, que las compañías españolas incluyeron en sus
itinerarios. Era un vasto salón al aire libre, con escaños de madera, un telón
de terciopelo con máscaras griegas, y tres taquillas en forma de cabezas de
león por cuyas bocas abiertas se vendían los boletos. Fue también por esa época
que se restauró el edificio de la escuela. Se hizo cargo de ella don Melchor
Escalona, un maestro viejo mandado de la ciénaga, que hacía caminar de rodillas
en el patio de caliche a los alumnos desaplicados y les hacía comer ají picante
a los lenguaraces, con la complacencia de los padres. Aureliano Segundo y José
Arcadio Segundo, los voluntariosos gemelos de Santa Sofía de
Cuando Amaranta lo vio entrar, sin que
él hubiera dicho nada, supo de inmediato por qué había vuelto. En la mesa no se
atrevían a mirarse a la cara. Pero dos semanas después del regreso estando
Úrsula presente, él fijó sus ojos en los de ella y le dijo: «Siempre pensaba
mucho en ti.» Amaranta le huía. Se prevenía contra los encuentros casuales.
Procuraba no se-pararse de Remedios, la bella. Le indignó el rubor que doró sus
mejillas el día en que el sobrino le preguntó hasta cuándo pensaba llevar la
venda negra en la mano, porque interpretó la pregunta como una alusión a su
virginidad. Cuando él llegó, ella pasó la aldaba en su dormitorio, pero durante
tantas noches percibió sus ronquidos pacíficos en el cuarto contiguo, que
descuidó esa precaución. Una madrugada, casi dos meses después del regreso lo
sintió entrar en el dormitorio.
Entonces, en vez de huir, en vez de
gritar como lo había previsto, se dejó saturar por una suave sensación de
descanso. Lo sintió deslizarse en el mosquitero, como lo había hecho cuando era
niño, como lo había hecho desde siempre, y no pudo reprimir el sudor helado y
el crotaloteo de los dientes cuando se dio cuenta de que él estaba
completamente desnudo. «Vete -murmuró, ahogándose de curiosidad-. Vete o me
pongo a gritar.» Pero Aureliano José 5<bía entonces lo que tenía que hacer,
porque ya no era un nill 0 asustado por la oscuridad sino un animal de
cam-pamento.
Desde aquella noche se reiniciaron las
sordas batallas sin consecuencias que se prolongaban hasta el amanecer. «Soy tu
tía -murmuraba Amaranta, agotada-. Es casi como si fuera tu madre, no sólo por
la edad, sino porque lo único que me faltó fue darte de mamar.» Aureliano
escapaba al alba y regresaba a la madrugada siguiente, cada vez más excitado
por la comprobación de que ella no pasaba la aldaba. No había dejado de
desearla un solo instante. La encontraba en los oscuros dormitorios de los
pueblos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y la materializaba en el tufo
de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo del
peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando
de aniquilar su recuerdo no sólo con la distancia, sino con un encarnizamiento
aturdido que sus compañeros de armas calificaban de temeridad, pero mientras
más revolcaba su imagen en el muladar de la guerra, más la guerra se parecía a
Amaranta. Así padeció el exilio, buscando la manera de matarla con su propia
muerte, hasta que le oyó contar a alguien el viejo cuento del hombre que se
casó con una tía que además era su prima y cuyo hijo terminó siendo abuelo de
sí mismo.
-¿Es que uno se puede casar con una
tía? -preguntó él, asombrado.
-No sólo se puede -le contestó un
soldado- sino que estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se
pueda casar con su propia madre.
Quince días después desertó. Encontró a
Amaranta más ajada que en el recuerdo, más melancólica y pudibunda, y ya
doblando en realidad el último cabo de la madurez, pero más febril que nunca en
las tinieblas del dormitorio y más desafiante que nunca en la agresividad de su
resistencia. «Eres un bruto -le decía Amaranta, acosada por sus perros de
presa-. No es cierto que se le pueda hacer esto a una pobre tía, como no sea
con dispensa especial del Papa.» Aureliano José prometía ir a Roma, prometía
recorrer a Europa de rodillas, y besar las sandalias del Sumo Pontífice sólo
para que ella bajara sus puentes levadizos.
-No es sólo eso-rebatía Amaranta-. Es
que nacen los hijos con cola de puerco.
Aureliano José era sordo a todo
argumento.
-Aunque nazcan armadillos -suplicaba.
Una madrugada, vencido por el dolor
insoportable de la virilidad reprimida, fue a la tienda de Catarino. Encontró
una mujer de senos fláccidos, cariñosa y barata, que le apaciguó el vientre por
algún tiempo. Trató de aplicarle a Amaranta el tratamiento del desprecio. La
veía en el corredor, cosiendo en una máquina de manivela que había aprendido a
manejar con habilidad admirable, y ni siquiera le dirigía la palabra. Amaranta
se sintió liberada de un lastre, y ella misma no com-prendió por qué volvió a
pensar entonces en el coronel Gerineldo Márquez, por qué evocaba con tanta
nostalgia las tardes de damas chinas, y por qué llegó inclusive a desearlo como
hombre de dormitorio. Aureliano José no se imaginaba cuánto terreno había
perdido, la noche en que no pudo resistir más la farsa de la indiferencia, y
volvió al cuarto de Amaranta. Ella lo rechazó con una determinación inflexible,
inequívoca, y echó para siempre la aldaba del dormitorio.
Pocos meses después del regreso de
Aureliano José, se presentó en la casa una mujer exuberante, perfumada de
jazmines, con un niño de unos cinco años. Afirmó que era hijo del coronel
Aureliano Buendía y lo llevaba para que Úrsula lo bautizara. Nadie puso en duda
el origen de aquel niño sin nombre: era igual al coronel, por los tiempos en
que lo llevaron a conocer el hielo. La mujer contó que había nacido con los
ojos abiertos mirando a la gente con criterio de persona mayor, y que le
asustaba su manera de fijar la mirada en las cosas sin parpadear. «Es idéntico
-dijo Úrsula-. Lo único que falta es que haga rodar las sillas con sólo
mirarlas.» Lo bautizaron con el nombre de Aureliano, y con el apellido de su
madre, porque la ley no le permitía llevar el apellido del padre mientras éste
no lo reconociera. El general Moncada sirvió de padrino. Aunque Amaranta
insistió en que se lo dejaran para acabar de criarlo, la madre se opuso.
Úrsula ignoraba entonces la costumbre
de mandar doncellas a los dormitorios de los guerreros, como se les soltaba
gallinas a los gallos finos, pero en el curso de ese año se enteró: nueve hijos
más del coronel Aureliano Buendía fueron llevados a la casa para ser
bautizados. El mayor, un extraño moreno de ojos verdes que nada tenía que ver
con la familia paterna, había pasado de los diez años. Llevaron niños de todas
las edades, de todos los colores, pero todos varones, y todos con un aire de
soledad que no permitía poner en duda el parentesco. Sólo dos se distinguieron
del montón. Uno, demasiado grande para su edad, que hizo añicos los floreros y
varias piezas de la vajilla, porque sus manos parecían tener la propiedad de despedazar
todo lo que tocaban. El otro era un rubio con los mismos ojos garzos de su
madre, a quien habían dejado el cabello largo y con bucles, como a una mujer.
Entró a la casa con mucha familiaridad, como si hubiera sido criado en ella, y
fue directamente a un arcón del dormitorio de Úrsula, y exigió:
«Quiero la bailarina de cuerda.» Úrsula
se asustó. Abrió el arcón, rebuscó entre los anticuados y polvorientos objetos
de los tiempos de Melquiades y encontró envuelta en un par de medias la
bailarina de cuerda que alguna vez llevó Pietro Crespi a la casa, y de la cual
nadie había vuelto a acordarse. En menos de doce años bautizaron con ~ nombre
de Aureliano, y con el apellido de la madre, a todos los hijos que diseminó el
coronel a lo largo y a le ancho de sus territorios de guerra; diecisiete. Al
principio, Úrsula les llenaba los bolsillos de dinero y Amaranta intentaba
quedarse con ellos. Pero terminaron por limitarse a hacerles un regalo y a
servirles de madrinas.
«Cumplimos con bautizarlos», decía
Úrsula, anotando en una libreta el nombre y la dirección de las madres y el
lugar y fecha de nacimiento de los niños. «Aureliano ha de llevar bien sus
cuen-tas, así que será él quien tome las determinaciones cuando regrese.» En el
curso de un almuerzo, comentando con el general Moncada aquella desconcertante
proliferación, expresó el deseo de que el coronel Aureliano Buendía volviera
alguna vez para reunir a todos sus hijos en la casa.
-No se preocupe, comadre -dijo
enigmáticamente el general Moncada-. Vendrá más pronto de lo que usted se
imagina.
Lo que el general Moncada sabía, y que
no quiso revelar en el almuerzo, era que el coronel Aureliano Buendía estaba ya
en camino para ponerse al frente de la rebelión más prolongada, radical y
sangrienta de cuantas se habían intentado hasta entonces.
La situación volvió a ser tan tensa
como en los meses que precedieron a la primera guerra. Las riñas de gallos,
animadas por el propio alcalde, fueron suspendidas. El capitán Aquiles Ricardo,
comandante de la guarnición, asumió en la práctica el poder municipal. Los
liberales lo señalaron como un provocador. «Algo tremendo va a ocurrir -le
decía Úrsula a Aureliano José. No salgas a la calle después de las seis de la
tarde.» Eran súplicas inútiles. Aureliano José, al igual que Arcadio en otra
época, había dejado de pertenecerle. Era como si el regreso a la casa, la
posibilidad de existir sin molestarse por las urgencias cotidianas, hubieran
despertado en él la vo-cación concupiscente y desidiosa de su tío José Arcadio.
Su pasión por Amaranta se extinguió sin dejar cicatrices. Andaba un poco al
garete, jugando billar, sobrellevando su soledad con mujeres ocasionales,
saqueando los resquicios donde Úrsula olvidaba el dinero traspuesto. Terminó
por no volver a la casa sino para cambiarse de ropa. «Todos son iguales -se
lamentaba Úrsula-. Al principio se crían muy bien, son obedientes y formales y
parecen incapaces de matar una mosca, y apenas les sale la barba se tiran a la
perdición.» Al contrario de Arcadio, que nunca conoció su verdadero origen, él
se enteró de que era hijo de Pilar Ternera, quien le había colgado una ha-maca
para que hiciera la siesta en su casa. Eran, más que madre e hijo, cómplices en
la soledad.
Pilar Ternera había perdido el rastro
de toda esperanza. Su risa había adquirido tonalidades de órgano, sus senos
habían sucumbido al tedio de las caricias eventuales, su vientre y sus muslos
habían sido víctimas de su irrevocable destino de mujer repartida, pero su
corazón envejecía sin amargura. Gorda, lenguaraz, con ínfulas de matrona en
desgracia, renunció a la ilusión estéril de las barajas y encontró un remanso
de consolación en los amores ajenos. En la casa donde Aureliano José dormía la
siesta, las muchachas del vecindario recibían a sus amantes casuales.
«Me prestas el cuarto, Pilar», le
decían simplemente, cuando ya estaban dentro. «Por supuesto», decía Pilar. Y si
alguien estaba presente, le explicaba:
-Soy feliz sabiendo que la gente es
feliz en la cama.
Nunca cobraba el servicio. Nunca negaba
el favor, como no se lo negó a los incontables hombres que la buscaron hasta en
el crepúsculo de su madurez, sin proporcionarle dinero ni amor, y sólo algunas
veces placer. Sus cinco hijas, herederas de una semilla ardiente, se perdieron
por los vericuetos de la vida desde la adolescencia. De los dos varones que
alcanzó a pillar, uno murió peleando en las huestes del coronel Aureliano
Buendía y otro fue herido y capturado a los catorce años, cuando intentaba
robarse un huacal de gallinas en un pueblo de la ciénaga. En cierto modo,
Aureliano José file el hombre alto y moreno que durante medio siglo le anunció
el rey de copas, y que como todos los enviados de las barajas llegó a su
corazón cuando ya estaba marcado por el signo de la muerte. Ella lo vio en los
naipes.
-No salgas esta noche -le dijo-.
Quédate a dormir aquí, que Carmelita Montiel se ha cansado de rogarme que la
meta en tu cuarto.
Aureliano José no captó el profundo
sentido de súplica que tenía aquella oferta.
-Dile que me espere a la medianoche
-dijo.
Se fue al teatro, donde una compañía
española anunciaba El puñal del Zorro, que en realidad era la obra de Zorrilla
con el nombre cambiado por orden del capitán Aquiles Ricardo, porque los
liberales les llamaban godos a los conservadores. Sólo en el momento de entregar
el boleto en la puerta, Aureliano José se dio cuenta de que el capitán Aquiles
Ricardo, con dos soldados armados de fusiles, estaba cateando a la
concurrencia. «Cuidado, capitán -le advirtió Aureliano José-. To-davía no ha
nacido el hombre que me ponga las manos encima.» El capitán intentó catearlo
por la fuerza, y Aureliano José, que andaba desarmado, se echó a correr. Los
soldados desobedecieron la orden de disparar. «Es un Buendía», explicó uno de
ellos. Ciego de furia, el capitán le arrebató entonces el fusil, se abrió en el
centro de la calle, y apuntó.
-¡Cabrones! -alcanzó a gritar-. Ojalá
fuera el coronel Aureliano Buendía.
Carmelita Montiel, una virgen de veinte
años, acababa de bañarse con agua de azahares y estaba regando hojas de romero
en la cama de Pilar Ternera, cuando sonó el disparo. Aureliano José estaba
destinado a conocer con ella la felicidad que le negó Amaranta, a tener siete
hijos y a morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil que le entró
por la espalda y le despedazó el pecho, estaba dirigida por una mala
interpretación de las barajas. El capitán Aquiles Ricardo, que era en realidad
quien estaba destinado a morir esa noche, murió en efecto cuatro horas antes
que Aureliano José. Apenas sonó el disparo fue derribado por dos balazos
simultáneos, cuyo origen no se estableció nunca, y un grito multitudinario
estremeció la noche.
-¡Viva el partido liberal! ¡Viva el
coronel Aureliano Buendía!
A las doce, cuando Aureliano José acabó
de desangrarse y Carmelita Montiel encontró en blanco los naipes de su
porvenir, más de cuatrocientos hombres habían desfilado frente al teatro y
habían descargado sus revólveres contra el cadáver abandonado del capitán
Aquiles Ricardo. Se necesitó una patrulla para poner en una carretilla el
cuerpo apelmazado de plomo, que se desbarataba como un pan ensopado.
Contrariado por las impertinencias del
ejército regular, el general José Raquel Moncada movilizó sus influencias
políticas, volvió a vestir el uniforme y asumió la jefatura civil y militar de
Macondo. No esperaba, sin embargo, que su actitud conciliatoria pudiera impedir
lo inevitable.
Las noticias de septiembre fueron
contradictorias. Mientras el gobierno anunciaba que mantenía el control en todo
el país, los liberales recibían informes secretos de levantamientos armados en
el interior. El régimen no admitió el estado de guerra mientras no se proclamó
en un bando que se le había seguido consejo de guerra en ausencia al coronel
Aureliano Buendía y había sido condenado a muerte. Se ordenaba cumplir la
sentencia a la primera guarnición que lo capturara.
«Esto quiere decir que ha vuelto», se
alegró Úrsula ante el general Moncada. Pero él mismo lo ig-noraba.
En realidad, el coronel Aureliano
Buendía estaba en el país desde hacía más de un mes.
Precedido de rumores contradictorios,
supuesto al mismo tiempo en los lugares más apartados, el propio general
Moncada no creyó en su regreso sino cuando se anunció oficialmente que se había
apoderado de dos estados del litoral. «La felicito, comadre -le dijo a Úrsula,
mostrándole el telegrama-. Muy pronto lo tendrá aquí.» Úrsula se preocupó
entonces por primera vez. «¿Y usted qué hará, compadre?», preguntó. El general
Moncada se había hecho esa pregunta muchas veces.
-Lo mismo que él, comadre -contestó-:
cumplir con mi deber, El primero de octubre, al amanecer, el coronel Aureliano
Buendía con mil hombres bien armados atacó a Macondo y la guarnición recibió la
orden de resistir hasta el final. A mediodía, mientras el general Moncada
almorzaba con Úrsula, un cañonazo rebelde que retumbó en todo el pueblo
pulverizó la fachada de la tesorería municipal. «Están tan bien armados como
nosotros - uspiró el general Moncada-, pero además pelean con más ganas.» A las
dos de la tarde, mientras la tierra temblaba con los cañonazos de ambos lados,
se despidió de Úrsula con la certidumbre de que estaba librando una batalla
perdida.
-Ruego a Dios que esta noche no tenga a
Aureliano en la casa -dijo-. Si es así, déle un abrazo de mi parte, porque yo
no espero verlo más nunca.
Esa noche fue capturado cuando trataba de fugarse de Macondo, después de escribirle una extensa carta al coronel Aureliano Buendía, en la cual le recordaba los propósitos comunes de humanizar la guerra, y le deseaba una victoria definitiva contra la corrupción de los militares y las ambiciones de los políticos de ambos partidos. Al día siguiente el coronel Aureliano Buendía almorzó con él en casa de Úrsula, donde fue recluido hasta que un consejo de guerra revolucionario decidiera su destino. Fue una reunión familiar. Pero mientras los adversarios olvidaban la guerra para evocar recuerdos del pasado, Úrsula tuvo la sombría impresión de que su hijo era un intruso. La había tenido desde que lo vio entrar protegido por un ruidoso aparato militar que volteó los dormitorios al derecho y al revés hasta convencerse de que no había ningún riesgo. El coronel Aureliano Buendía no sólo lo aceptó, sino que impartió órdenes de una severidad terminante, y no permitió que nadie se le acercara a menos de tres metros, ni siquiera Úrsula, mientras los miembros de su escolta no terminaron de establecer las guardias alrededor de la casa. Vestía un uniforme de dril ordinario, sin insignias de ninguna clase, y unas botas altas con espuelas embadurnadas de barro y sangre seca. Llevaba al cinto una escuadra con la funda desabrochada, y la mano siempre apoyada en la culata revelaba la misma tensión vigilante y resuelta de la mirada. Su cabeza, ahora con entradas profundas, parecía horneada a fuego lento.
Su rostro cuarteado por la sal del
Caribe había adquirido una dureza metálica. Estaba preservado contra la vejez
inminente por una vitalidad que tenía algo que ver con la frialdad de las
entrañas.
Era más alto que cuando se fue, más
pálido y óseo, y manifestaba los primeros síntomas de resistencia a la
nostalgia. «Dios mío -se dijo Úrsula, alarmada-. Ahora parece un hombre capaz
de todo.» Lo era. El rebozo azteca que le llevó a Amaranta, las evocaciones que
hizo en el almuerzo, las divertidas anécdotas que contó, eran simples rescoldos
de su humor de otra época.
No bien se cumplió la orden de enterrar
a los muertos en la fosa común, asignó al coronel Roque Carnicero la misión de
apresurar los juicios de guerra, y él se empeñó en la agotadora tarea de
imponer las reformas radicales que no dejaran piedra sobre piedra en la
revenida estructura del régimen conservador. «Tenemos que anticiparnos a los
políticos del partido -decía a sus asesores-. Cuando abran los ojos a la
realidad se encontrarán con los hechos consumados.» Fue entonces cuando decidió
revisar los títulos de propiedad de la tierra, hasta cien años atrás, y
descubrió las tropelías legalizadas de su hermano José Arcadio. Anuló los
registros de una plumada. En un último gesto de cortesía, desatendió sus
asuntos por una hora y visitó a Rebeca para ponerla al corriente de su
determinación.
En la penumbra de la casa, la viuda
solitaria que en un tiempo fue Ja confidente de sus amores reprimidos, y cuya
obstinación le salvó la vida, era un espectro del pasado. Cerrada de negro
hasta los puños, con el corazón convertido en cenizas, apenas si tenía noticias
de la guerra. El coronel Aureliano Buendía tuvo la impresión de que la
fosforescencia de sus huesos traspasaba la piel, y que ella se movía a través
de una atmósfera de fuegos fatuos, en un aire estancado donde aún se percibía
un recóndito olor a pólvora. Empezó por aconsejarle que moderara el rigor de su
luto, que ventilara la casa, que le perdonara al mundo la muerte de José
Arcadio. Pero ya Rebeca estaba a salvo de toda vanidad. Después de buscarla
inútilmente en el sabor de la tierra, en las cartas perfumadas de Pietro
Crespi, en la cama tempestuosa de su marido, había encontrado la paz en aquella
casa donde los recuerdos se materializaron por la fuerza de la evocación
implacable, y se paseaban como seres humanos por los cuartos clausurados.
Estirada en su mecedor de mimbre, mirando al coronel Aureliano Buendia como si
fuera él quien pareciera un espectro del pasado Rebeca ni si quiera se conmovió
con la noticia de que las tierras usurpadas por José Arcadio serían restituidas
a sus dueños legítimos -Se hará lo que tú dispongas, Aureliano suspiro Siempre
creí, y lo confirmo ahora, que eres un descastado.
La revisión de los títulos de propiedad
se consumó al mismo tiempo que los juicios sumarios, presididos por el coronel
Gerineldo Márquez, y que concluyeron con el fusilamiento de toda la oficialidad
del ejército regular prisionera de los revolucionarios. El último consejo de
guerra fue el del general José Raquel Moncada. Úrsula intervino. «Es el mejor
gobernante que hemos tenido en Macondo -le dijo al coronel Aureliano Buendía-.
Ni siquiera tengo nada que decirte de su buen corazón, del afecto que nos
tiene, porque tú lo conoces mejor que nadie.» El coronel Aureliano Buendía fijó
en ella una mirada de re- robación:
-No puedo arrogarme la facultad de
administrar justicia -replicó-. Si usted tiene algo que decir, dígalo ante el
consejo de guerra.
Úrsula no sólo lo hizo, sino que llevó
a declarar a todas las madres de los oficiales revolucionarios que vivían en
Macondo. Una por una, las viejas fundadoras del pu6blo, varias de las cuales
habían participado en la temeraria travesía de la sierra, exaltaron las
virtudes del general Moncada. Úrsula fue la última en el desfile. Su dignidad
luctuosa, el peso de su nombre, la convincente vehemencia de su declaración
hicieron vacilar por un momento el equilibrio de la justicia. «Ustedes han
tomado muy en serio este juego espantoso, y han hecho bien, porque están
cumpliendo con su deber -dijo a los miembros del tribunal-. Pero no olviden que
mientras Dios nos dé vida, nosotras seguiremos siendo madres, y por muy
revolucionarios que sean tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles
una cueriza a la primera falta de respeto.» El jurado se retiró a deliberar cuando
todavía resonaban estas palabras en el ámbito de la escuela convertida en
cuartel. A la media noche, el general José Raquel Moncada fue sentenciado a
muerte. El coronel Aureliano Buendía, a pesar de las violentas recriminaciones
de Úrsula, se negó a conmutarle la pena. Poco antes del amanecer, visitó al
sentenciado en el cuarto del cepo.
-Recuerda, compadre -le dijo-, que no
te fusilo yo. Te fusila la revolución.
El general Moncada ni siquiera se
levantó del catre al verlo entrar.
-Vete a la mierda, compadre -replicó.
Hasta ese momento, desde su regreso, el
coronel Aureliano Buendía no se había concedido la oportunidad de verlo con el
corazón. Se asombró de cuánto había envejecido, del temblor de sus manos, de la
conformidad un poco rutinaria con que esperaba la muerte, y entonces
experimentó un hondo desprecio por sí mismo que confundió con un principio de
misericordia.
-Sabes mejor que yo -dijo- que todo
consejo de guerra es una farsa, y que en verdad tienes que pagar los crímenes
de otros, porque esta vez vamos a ganar la guerra a cualquier precio. Tú, en mi
lugar, ¿no hubieras hecho lo mismo?
El general Moncada se incorporó para
limpiar los gruesos anteojos de carey con el faldón de la camisa.
«Probablemente -dijo-. Pero lo que me preocupa no es que me fusiles, porque al
fin y al cabo, para la gente como nosotros esto es la muerte natural.» Puso los
lentes en la cama y se quitó el reloj de leontina. «Lo que me preocupa -agregó-
es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en
ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal en la vida que
merezca tanta abyección.» Se quitó el anillo matrimonial y la medalla de
-A este paso -concluyó- no sólo serás
el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia, sino que fusilarás
a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia.
El coronel Aureliano Buendía permaneció
impasible. El general Moncada le entregó entonces los lentes, la medalla, el
reloj y el anillo, y cambió de tono.
-Pero no te hice venir para regañarte
-dijo-. Quería suplicarte el favor de mandarle estas cosas a mi mujer.
El coronel Aureliano Buendía se las
guardó en los bolsillos.
-¿Sigue en Manaure?
-Sigue en Manaure -confirmó el general
Moncada-, en la misma casa detrás de la iglesia donde mandaste aquella carta.
-Lo haré con mucho gusto, José Raquel
-dijo el coronel Aureliano Buendía.
Cuando salió al aire azul de neblina,
el rostro se le humedeció como en otro amanecer del pasado, y sólo entonces
comprendió por qué había dispuesto que la sentencia se cumpliera en el patio, y
no en el muro del cementerio. El pelotón, formado frente a la puerta, le rindió
honores de jefe de estado.
-Ya pueden traerlo -ordenó.
IX.
El coronel Gerineldo Márquez fue el
primero que percibió el vacío de la guerra. En su condición de jefe civil y
militar de Macondo sostenía dos veces por semana conversaciones telegráficas
con el coronel Aureliano Buendía. Al principio, aquellas entrevistas determinaban
el curso de una guerra de carne y hueso cuyos contornos perfectamente definidos
permitían establecer en cualquier momento el punto exacto en que se encontraba,
y prever sus rumbos futuros. Aunque nunca se dejaba arrastrar al terreno de las
confidencias, ni siquiera por sus amigos más próximos, el coronel Aureliano
Buendía conservaba entonces el tono familiar que permitía identificarlo al otro
extremo de la línea. Muchas veces prolongó las conversaciones más allá del
término previsto y las dejó derivar hacia comentarios de carácter doméstico.
Poco a poco, sin embargo, y a medida que la guerra se iba intensificando y
extendiendo, su imagen se fue borrando en un universo de irrealidad. Los puntos
y rayas de su voz eran cada vez más remotos e inciertos, y se unían y
combinaban para formar palabras que paulatinamente fueron perdiendo todo
sentido. El coronel Gerineldo Márquez se limitaba entonces a escuchar, abrumado
por la im- resión de estar en contacto telegráfico con un desconocido de otro
mundo.
-Comprendido, Aureliano -concluía en el
manipulador-. ¡Viva el partido liberal!
Terminó por perder todo contacto con la
guerra. Lo que en otro tiempo fue una actividad real, una pasión irresistible
de su juventud, se convirtió para él en una referencia remota: un vacío. Su
único refugio era el costurero de Amaranta. La visitaba todas las tardes. Le
gustaba contemplar sus manos mientras rizaba espumas de olán en la máquina de
manivela que hacía girar Remedios, la bella. Pasaban muchas horas sin hablar,
conformes con la compañía recíproca, pero mientras Amaranta se complacía
íntimamente en mantener vivo el fuego de su devoción, él ignoraba cuáles eran
los secretos designios de aquel corazón indescifrable. Cuando se conoció la
noticia de su regreso, Amaranta se había ahogado de ansiedad. Pero cuando lo
vio entrar en la casa confundido con la ruidosa escolta del coronel Aureliano
Buendía, y lo vio maltratado por el rigor del destierro, envejecido por la edad
y el olvido, sucio de sudor y polvo, oloroso a rebaño, feo, con el brazo
izquierdo en cabestrillo, se sintió desfallecer de desilusión. «Dios mío
-pensó-:
no era éste el que esperaba.» Al día
siguiente, sin embargo, él volvió a la casa afeitado y limpio, con el bigote
perfumado de agua de alhucema y sin el cabestrillo ensangrentado. Le llevaba un
breviario de pastas nacaradas.
-Qué raros son los hombres -dijo ella,
porque no encontró otra cosa que decir-. Se pasan la vida peleando contra los
curas y regalan libros de oraciones.
Desde entonces, aun en los días más
críticos de la guerra, la visitó todas las tardes. Muchas veces, cuando no
estaba presente Remedios, la bella, era él quien le daba vueltas a la rueda de
la máquina de coser. Amaranta se sentía turbada por la perseverancia, la
lealtad, la sumisión de aquel hombre investido de tanta autoridad, que, sin
embargo, se despojaba de sus armas en la sala para entrar indefenso al
costurero. Pero durante cuatro años él le reiteró su amor, y ella encontró
siempre la manera de rechazarlo sin herirlo, porque aunque no conseguía
quererlo ya no podía vivir sin él. Remedios, la bella, que parecía indiferente
a todo, y de quien se pensaba que era retrasada mental, no fue insensible a
tanta devoción, e intervino en favor del coronel Gerineldo Márquez. Amaranta
descubrió de pronto que aquella niña que había criado, que apenas despuntaba a
la adolescencia, era ya la criatura más bella que se había visto en Macondo.
Sintió renacer en su corazón el rencor que en otro tiempo experimentó contra
Rebeca, y rogándole a Dios que no la arrastrara hasta el extremo de desearle la
muerte, la desterró del costurero. Fue por esa época que el coronel Gerineldo
Márquez empezó a sentir el hastío de la guerra. Apeló a sus reservas de
persuasión, a su inmensa y reprimida ternura, dispuesto a renunciar por
Amaranta a una gloria que le había costado el sacrificio de sus mejores años.
Pero no logró convencerla. Una tarde de agosto, agobiada por el peso
insoportable de su propia obstinación, Amaranta se encerró en el dormitorio a
llorar su soledad hasta la muerte, después de darle la respuesta definitiva a
su pretendiente tenaz:
-Olvidémonos para siempre -le dijo-, ya
somos demasiado viejos para estas cosas.
El coronel Gerineldo Márquez acudió
aquella tarde a un llamado telegráfico del coronel Aureliano Buendía. Fue una
conversación rutinaria que no había de abrir ninguna brecha en la guerra
estancada. Al terminar, el coronel Gerineldo Márquez contempló las calles
desoladas, el agua cristalizada en los almendros, y se encontró perdido en la
soledad.
-Aureliano -dijo tristemente en el
manipulador-, está lloviendo en Macondo.
Hubo un largo silencio en la línea. De
pronto, los aparatos saltaron con los signos despiadados del coronel Aureliano
Buendía.
-No seas pendejo, Gerineldo -dijeron
los signos-. Es natural que esté lloviendo en agosto.
Tenían tanto tiempo de no verse, que el
coronel Gerineldo Márquez se desconcertó con la agresividad de aquella
reacción. Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano Buendía
volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se
sorprendió de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en
una manta a pesar del calor, y con tres amantes que instaló en una misma casa,
donde pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca. Apenas si leía
los despachos telegráficos que informaban de operaciones rutinarias. En cierta
ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la evacuación
de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto
in-ternacional.
-No me molestes por pequeñeces -le
ordenó él-. Consúltalo con
Era tal vez el momento más critico de
la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la
revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes
conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los
políticos que capitalizaban la guerra desde el exilio habían repudiado
públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano Buendía, pero
hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer
sus versos, que ocupaban más de cinco tomos, y que permanecían olvidados en el
fondo del baúl. De noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una
de sus mujeres y obtenía de ella una satisfacción rudimentaria, y luego dormía
con un sueño de piedra que no era perturbado por el más ligero indicio de
preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba condenado
para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del
regreso, por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la
grandeza. Se complacía en mantener a la diestra al duque de Marlborough, su
gran maestro en las artes de la guerra, cuyo atuendo de pieles y uñas de tigre
suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños.
Fue entonces cuando decidió que ningún
ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menas de tres metros. En el
centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él
llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e
inapelables el desti-no del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después
del fusilamiento del general Moncada se apresuró a cumplir la última voluntad
de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la medalla, el reloj y el anillo,
pero no le permitió pasar de la puerta.
-No entre, coronel -le dijo-. Usted
mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.
El coronel Aureliano Buendía no dio
ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró el sosiego cuando su
guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. «Cuídate el
corazón, Aureliano -le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez-. Te estás
pudriendo vivo.» Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales
comandantes rebeldes. Encontró de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros,
resentidos sociales y hasta delincuentes comunes.
Había, inclusive, un antiguo
funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un juicio por
malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio
de aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a
punto de provocar una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa:
el general Teófilo Vargas. Era un indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de
una malicia taciturna y una vocación mesiánica que suscitaba en sus hombres un
fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la reunión con el
propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos.
El general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas
desbarató la coalición de los comandantes mejor calificados y se apoderó del
mando central. «Es una fiera de cuidado -les dijo el coronel Aureliano Buendía
a sus oficiales-. Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el ministro de
-Es muy simple, coronel -propuso-: hay
que matarlo.
El coronel Aureliano Buendía no se
alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma en que se anticipó
una fracción de segundo a su propio pensamiento.
-No esperen que yo dé esa orden -dijo.
No la dio, en efecto. Pero quince días
después el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada
y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central.
La misma noche en que su autoridad fue
reconocida por todos los comandos rebeldes, despertó sobresaltado, pidiendo a
gritos una manta. Un frío interior que le rayaba las huesos y lo mortificaba
inclusive a pleno salle impidió dormir bien varias meses, hasta que se le
convirtió en una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en
ráfagas de desazón.
Buscando un remedio contra el frío,
hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del general Teófilo
Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aun antes de que él
las concibiera, y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera
atrevido a hacerlas llegar.
Extraviado en la soledad de su inmenso
poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente que lo aclamaba en los
pueblos vencidos, y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo.
Por todas partes encontraba
adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con su propia
voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a
ellos, y que decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido, y más
solitario que nunca. Tuvo la convicción de que sus propios oficiales le
mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. «El mejor amigo -solía decir
entonces- es el que acaba de morir.» Se cansó de la incertidumbre, del círculo
vicioso de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo
lugar, sólo que cada vez más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni
cómo, ni hasta cuándo. Siempre había alguien fuera del circulo de tiza. Alguien
a quien le hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o que quería
irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a
mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de
energía para informar:
«Todo normal, mi coronel.» Y la
normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra infinita: que no
pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que había de
acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de
sus recuerdos más antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron
la llegada de una comisión de su partido autorizada para discutir la
encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin despertar por
completo.
-Llévenlos donde las putas -dijo.
Eran seis abogados de levita y chistera
que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de noviembre. Úrsula los
hospedó en la casa. Se pasaban la mayor parte del día encerrados en el
dormitorio, en conciliábulos herméticos, y al anochecer pedían una escolta y un
conjunto de acordeones y tomaban por su cuenta la tienda de Catarino. «No los
molesten -ordenaba el coronel Aureliano Buendía-. Al fin y al cabo, yo sé lo
que quieren.» A principios de diciembre, la entrevista largamente esperada, que
muchos habían previsto coma una discusión interminable, se resolvió en menos de
una hora.
En la calurosa sala de visitas, junto
al espectro de la pianola amortajada con una sábana blanca, el coronel
Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron
sus edecanes. Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la
manta de lana escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios.
Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de los títulos de propiedad
de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían,
en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para
obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las
aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos
para preservar la integridad de los hogares.
-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano
Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos luchando por el poder.
-Son reformas tácticas -replicó uno de
los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la
guerra. Después veremos.
Uno de los asesores políticos del coronel
Aureliano Buendía se apresuró a intervenir.
-Es un contrasentido -dijo-. Si estas
reformas son buenas, quiere decir que es bueno el régimen conservador. Si con
ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes,
quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en
síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra los
sentimientos de la nación.
Iba a seguir, pero el coronel Aureliano
Buendía lo interrumpió con una señal. «No pierda el tiempo, doctor - ijo-. Lo
importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder.» Sin dejar de
sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a
firmar.
-Puesto que es así -concluyó-, no
tenemos ningún inconveniente en aceptar.
Sus hombres se miraron consternados.
-Me perdona, coronel -dijo suavemente
el coronel Genireldo Márquez-, pero esto es una traición.
El coronel Aureliano Buendía detuvo en
el aire la pluma entintada, y descargó sobre él todo el peso de su autoridad.
-Entrégueme sus armas -ordenó.
El coronel Gerineldo Márquez se levantó
y puso las armas en la mesa.
-Preséntese en el cuartel -le ordenó el
coronel Aureliano Buendía-. Queda usted a disposición de los tribunales
revolucionarios.
Luego firmó la declaración y entregó
las pliegas a las emisarias, diciéndoles:
-Señores, ahí tienen sus papeles. Que
les aprovechen.
Dos días después, el coronel Gerineldo
Márquez, acusado de alta traición, fue condenado a muerte. Derrumbado en su
hamaca, el coronel Aureliano Buendía fue insensible a las súplicas de
clemencia. La víspera de la ejecución, desobedeciendo la arden de no
molestarlo, Úrsula lo visitó en el dormitorio. Cerrada de negro, investida de
una rara solemnidad, permaneció de pie los tres minutos de la entrevista. «Sé
que fusilarás a Gerineldo -dijo serenamente-, y no puedo hacer nada por
impedirlo. Pero una cosa te advierto: tan pronto como vea el cadáver, te lo
juro por los huesos de mi padre y mi madre, por la memoria de José Arcadio
Buendía, te lo juro ante Dios, que te he de sacar de donde te metas y te mataré
con mis propias manos.» Antes de abandonar el cuarto, sin esperar ninguna
réplica, concluyó:
-Es lo mismo que habría hecho si
hubieras nacido con cola de puerco.
Aquella noche interminable, mientras el
coronel Gerineldo Márquez evocaba sus tardes muertas en el costurero de
Amaranta, el coronel Aureliano Buendía rasguñó durante muchas horas, tratando
de romperla, la dura cáscara de su soledad. Sus únicos instantes felices, desde
la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían
transcurrido en el taller de platería, donde se le iba el tiempo armando
pescaditos de oro. Había tenido que promover 32 guerras, y había tenido que
violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar
de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios
de la simplicidad.
Al amanecer, estragado por la
tormentosa vigilia, apareció en el cuarto del cepo una hora antes de la
ejecución. «Terminó la farsa, compadre -le dijo al coronel Gerineldo Márquez-.
Vámonos de aquí, antes de que acaben de
fusilarte los mosquitos.» El coronel Gerineldo Márquez no pudo reprimir el
desprecio que le inspiraba aquella actitud.
-No, Aureliano -replicó-. Vale más
estar muerto que verte convertido en un chafarote.
-No me verás -dijo el coronel Aureliano
Buendía-. Ponto los zapatos y ayúdame a terminar con esta guerra de mierda.
Al decirlo, no imaginaba que era más
fácil empezar una guerra que terminarla. Necesitó casi un año de rigor
sanguinario para forzar al gobierno a proponer condiciones de paz favorables a
los rebeldes, y otro año para persuadir a sus partidarios de la conveniencia de
aceptarlas. Llegó a inconcebibles extremos de crueldad para sofocar las
rebeliones de sus propios ofíciales, que se resistían a feriar la victoria y
terminó apoyándose en fuerzas enemigas para acabar de someterlos.
Nunca fue mejor guerrero que entonces.
La certidumbre de que por fin peleaba por su propia liberación, y no por
ideales abstractos, por consignas que los políticos podían voltear al derecho y
al revés según las circunstancias, le infundió un entusiasmo enardecido. El
coronel Gerineldo Márquez, que luchó por el fracaso con tanta convicción y
tanta lealtad como antes había luchado por el triunfo, le reprochaba su
temeridad inútil. «No te preocupes -sonreía él-. Morirse es mucho más difícil
de lo que uno cree.» En su caso era verdad. La seguridad de que su día estaba
señalado lo invistió de una inmunidad misteriosa, una inmortalidad a término
fijo que lo hizo invulnerable a los riesgos de la guerra, y le permitió
finalmente conquistar una derrota que era mucho más difícil, mucho más
sangrienta y costosa que la victoria.
En casi veinte años de guerra, el
coronel Aureliano Buendía había estado muchas veces en la casa, pero el estado
de urgencia en que llegaba siempre, el aparato militar que lo acompañaba a
todas partes, el aura de leyenda que doraba su presencia y a la cual no fue
insensible ni la propia Úrsula, terminaron por convertirlo en un extraño. La
última vez que estuvo en Macondo, y tomó una casa para sus tres concubinas, no
se le vio en la suya sino dos o tres veces, cuando tuvo tiempo de aceptar
invitaciones a comer. Remedios, la bella, y los gemelos nacidos en plena
guerra, apenas si lo conocían. Amaranta no lograba conciliar la imagen del
hermano que pasó la adolescencia fabricando pescaditos de oro, con la del
guerrero mítico que había interpuesto entre él y el resto de la humanidad una
distancia de tres metros. Pero cuando se conoció la proximidad del armisticio y
se pensó que él regresaba otra vez convertido en un ser humano, rescatado por
fin para el corazón de los suyos, los afectos familiares aletargados por tanto
tiempo renacieron con más fuerza que nunca.
-Al fin -dijo Úrsula- tendremos otra
vez un hombre en la casa.
Amaranta fue la primera en sospechar
que lo habían perdido para siempre. Una semana antes del armisticio, cuando él
entró en la casa sin escolta, precedido por dos ordenanzas descalzos que
depositaron en el corredor los aperos de la mula y el baúl de los versos, único
saldo de su antiguo equipaje imperial, ella lo vio pasar frente al costurero y
lo llamó. El coronel Aureliano Buendía pareció tener dificultad para
reconocerla.
-Soy Amaranta -dijo ella de buen humor,
feliz de su regreso, y le mostró la mano con la venda negra-. Mira.
El coronel Aureliano Buendía le hizo la
misma sonrisa de la primera vez en que la vio con la venda, la remota mañana en
que volvió a Macondo sentenciado a muerte.
-¡Qué horror -dijo-, cómo se pasa el
tiempo!
El ejército regular tuvo que proteger
la casa. Llegó vejado, escupido, acusado de haber recrudecido la guerra sólo
para venderla más cara. Temblaba de fiebre y de frío y tenía otra vez las
axilas empedradas de golondrinos. Seis meses antes, cuando oyó hablar del
armisticio, Úrsula había abierto y barrido la alcoba nupcial, y había quemado
mirra en los rincones, pensando que él regresaría dispuesto a envejecer
despacio entre las enmohecidas muñecas de Remedios. Pero en realidad, en los
dos últimos años él le había pagado sus cuotas finales a la vida, inclusive la
del envejecimiento. Al pasar frente al taller de platería, que Úrsula había
preparado con especial diligencia, ni siquiera advirtió que las llaves estaban
puestas en el candado. No percibió los minúsculos y desgarradores destrozos que
el tiempo había hecho en la casa, y que después de una ausencia tan prolongada
habrían parecido un desastre a cualquier hombre que conservara vivos sus
recuerdos. No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios
algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las
nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de
las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia. Se sentó en el corredor,
envuelto en la manta y sin quitarse las botas, como esperando apenas que
escampara, y permaneció toda la tarde viendo llover sobre las begonias. Úrsula
comprendió entonces que no lo tendría en la casa por mucho tiempo. «Si no es la
guerra -pensó- sólo puede ser la muerte.» Fue una suposición tan nítida, tan
convincente, que la identificó como un presagio.
Esa noche, en la cena, el supuesto
Aureliano Segundo desmigajó el pan con la mano derecha y tomó la sopa con la
izquierda. Su hermano gemelo, el supuesto José Arcadio Segundo, desmigajó el
pan con la mano izquierda y tomó la sopa con la derecha. Era tan precisa la
coordinación de sus movimientos que no parecían dos hermanos sentados el uno
frente al otro, sino un artificio de espejos. El espectáculo que los gemelos
habían concebido desde que tuvieron conciencia de ser iguales fue repetido en
honor del recién llegado. Pero el coronel Aureliano Buendía no lo advirtió.
Parecía tan ajeno a todo que ni
siquiera se fijó en Remedios, la bella, que pasó desnuda hacia el dormitorio.
Úrsula fue la única que se atrevió a perturbar su abstracción.
-Si has de irte otra vez -le dijo a
mitad de la cena-, por lo menos trata de recordar cómo éramos esta noche.
Entonces el coronel Aureliano Buendía
se dio cuenta, sin asombro, que Úrsula era el único ser humano que había
logrado desentrañar su miseria, y por primera vez en muchos anos se atrevió a
mirarla a la cara. Tenía la piel cuarteada, los dientes carcomidos, el cabello
marchito y sin color, y la mirada atónita. La comparó con el recuerdo más
antiguo que tenía de ella, la tarde en que él tuvo el presagio de que una olla
de caldo hirviendo iba a caerse de la mesa, y la encontró despedazada. En un
instante descubrió los arañazos, los verdugones, las mataduras, las úlceras y
cicatrices que había dejado en ella más de medio siglo de vida cotidiana, y
comprobó que esos estragos no suscitaban en él ni siquiera un sentimiento de
piedad. Hizo entonces un último esfuerzo para buscar en su corazón el sitio
donde se le habían podrido los afectos, y no pudo encontrarlo. En otra época,
al menos, experimentaba un confuso sentimiento de vergüenza cuando sorprendía
en su propia piel el olor de Úrsula, y en más de una ocasión sintió sus
pensamientos interferidos por el pensamiento de ella. Pero todo eso había sido
arrasado por la guerra. La propia Remedios, su esposa, era en aquel momento la
imagen borrosa de alguien que pudo haber sido su hija. Las incontables mujeres
que conoció en el desierto del amor, y que dispersaron su simiente en todo el
litoral, no habían dejado rastro alguno en sus sentimientos. La mayoría de
ellas entraba en el cuarto en la oscuridad y se iban antes del alba, y al día
siguiente eran apenas un poco de tedio en la memoria corporal. El único afecto
que prevalecía contra el tiempo y la guerra, fue el que sintió por su hermano
José Arcadio, cuando ambos eran niños, y no estaba fundado en el amor, sino en
la complicidad.
-Perdone -se excusó ante la petición de
Úrsula-. Es que esta guerra ha acabado con todo.
En los días siguientes se ocupó de destruir
todo rastro de su paso por el mundo. Simplificó el taller de platería hasta
sólo dejar los objetos impersonales, regaló sus ropas a los ordenanzas y
enterró sus armas en el patio con el mismo sentido de penitencia con que su
padre enterró la lanza que dio muerte a Prudencio Aguilar. Sólo conservó una
pistola, y con una sola bala. Úrsula no intervino. La única vez que lo disuadió
fue cuando él estaba a punto de destruir el daguerrotipo de Remedios que se
conservaba en la sala, alumbrado por una lámpara eterna. «Ese retrato dejó de
pertenecerte hace mucho tiempo -le dijo-. Es una reliquia de familia.» La
víspera del armisticio, cuando ya no quedaba en la casa un solo objeto que
permitiera recordarlo, llevó a la panadería el baúl con los versos en el momento
en que Santa Bofia de
-Préndalo con esto -le dijo él,
entregándole el primer rollo de papeles amarillento-. Arde mejor, porque son
cosas muy viejas.
Santa Sofía de
-Son papeles importantes -dijo.
-Nada de eso -dijo el coronel-. Son
cosas que se escriben para uno mismo.
-Entonces -dijo ella- quémelos usted
mismo, coronel.
No sólo lo hizo, sino que despedazó el
baúl con una hachuela y echó las astillas al fuego. Horas antes, Pilar Ternera
había estado a visitarlo. Después de tantos años de no verla, el coronel
Aureliano Buendía se asombró de cuánto había envejecido y engordado, y de
cuánto había perdido el esplendor de su risa, pero se asombró también de la
profundidad que había logrado en la lectura de las barajas. «Cuídate la boca»,
le dijo ella, y él se preguntó si la otra vez que se lo dijo, en el apogeo de la
gloria, no había sido una visión sorprendentemente anticipada de su destino.
Poco después, cuando su médico personal acabó de extirparle los golondrinos, él
le preguntó sin demostrar un interés particular cuál era el sitio exacto del
corazón. El médico lo auscultó y le pintó luego un circulo en el pecho con un
algodón sucio de yodo.
El martes del armisticio amaneció tibio
y lluvioso. El coronel Aureliano Buendía apareció en la cocina antes de las
cinco y tomó su habitual café sin azúcar. «Un día como este viniste al mundo
-le dijo Úrsula-. Todos se asustaron con tus ojos abiertos.» Él no le puso
atención, porque estaba pendiente de los aprestos de tropa, los toques de
corneta y las voces de mando que estropeaban el alba. Aunque después de tantos
años de guerra debían parecerle familiares, esta vez experimentó el mismo
desaliento en las rodillas, y el mismo cabrilleo de la piel que había
experimentado en su juventud en presencia de una mujer desnuda. Pensó
confusamente, al fin capturado en una trampa de la nostalgia, que tal vez si se
hubiera casado con ella hubiera sido un hombre sin guerra y sin gloria, un
artesano sin nombre, un animal feliz. Ese estremecimiento tardío, que no
figuraba en sus previsiones, le amargó el desayuno. A las siete de la mañana, cuando
el coronel Gerineldo Márquez fue a buscarlo en compañía de un grupo de
oficiales rebeldes, lo encontró más taciturno que nunca, más pensativo y
solitario. Úrsula trató de echarle sobre los hombros una manta nueva. «Qué va a
pensar el gobierno -le dijo-. Se imaginarán que te has rendido porque ya no
tenias ni con qué comprar una manta.» Pero él no la aceptó. Ya en la puerta,
viendo que seguía la lluvia, se dejó poner un viejo sombrero de fieltro de José
Arcadio Buendía.
-Aureliano -le dijo entonces Úrsula-,
prométeme que si te encuentras por ahí con la mala hora, pensarás en tu madre.
Él le hizo una sonrisa distante,
levantó la mano con todos los dedos extendidos, y sin decir una palabra
abandonó la casa y se enfrentó a los gritos, vituperios y blasfemias que habían
de perseguirlo hasta la salida del pueblo. Úrsula pasó la tranca en la puerta
decidida a no quitarla en el resto de su vida. «Nos pudriremos aquí dentro
-pensó-. Nos volveremos ceniza en esta casa sin hombres, pero no le daremos a
este pueblo miserable el gusto de vernos llorar.» Estuvo toda la mañana
buscando un recuerdo de su hijo en los más secretos rincones, y no pudo
encontrarlo.
El acto se celebró a veinte kilómetros
de Macondo, a la sombra de una ceiba gigantesca en torno a la cual había de
fundarse más tarde el pueblo de Neerlandia. Los delegados del gobierno y los
partidos, y la comisión rebelde que entregó las armas, fueron servidos por un
bullicioso grupo de novicias de hábitos blancos, que parecían un revuelo de
palomas asustadas por la lluvia.
El coronel Aureliano Buendía llegó en
una mula embarrada. Estaba sin afeitar, más atormentado por el dolor de los
golondrinos que por el inmenso fracaso de sus sueños, pues había llegado al
término de toda esperanza, más allá de la gloria y de la nostalgia de la
gloria. De acuerdo con lo dispuesto por él mismo, no hubo música, ni cohetes,
ni campanas de júbilo, ni vítores, ni ninguna otra manifestación que pudiera
alterar el carácter luctuoso del armisticio. Un fotógrafo ambulante que tomó el
único retrato suyo que hubiera podido conservarse, fue obligado a destruir las
placas sin revelarías.
El acto duró apenas el tiempo
indispensable para que se estamparan las firmas. En torno de la rústica mesa
colocada en el centro de una remendada carpa de circo, donde se sentaron los
delegados, estaban los últimos oficiales que permanecieron fieles al coronel
Aureliano Buendía.
Antes de tomar las firmas, el delegado
personal del presidente de la república trató de leer en voz alta el acta de la
rendición, pero el coronel Aureliano Buendía se opuso. «No perdamos el tiempo
en formalismos», dijo, y se dispuso a firmar los pliegos sin leerlos. Uno de
sus oficiales rompió entonces el silencio soporífero de la carpa.
-Coronel -dijo-, háganos el favor de no
ser el primero en firmar.
El coronel Aureliano Buendía accedió.
Cuando el documento dio la vuelta completa a la mesa, en medio de un silencio
tan nítido que habrían podido descifrarse las firmas por el garrapateo de la
pluma en el papel, el primer lugar estaba todavía en blanco. El coronel
Aureliano Buendía se dispuso a ocuparlo.
-Coronel -dijo entonces otro de sus
oficiales-, todavía tiene tiempo de quedar bien.
Sin inmutarse, el coronel Aureliano
Buendía firmó la primera copia. No había acabado de firmar la última cuando
apareció en la puerta de la carpa un coronel rebelde llevando del cabestro una
mula cargada con dos baúles. A pesar de su extremada juventud, tenía un aspecto
árido y una expresión paciente. Era el tesorero de la revolución en la
circunscripción de Macondo. Había hecho un penoso viaje de seis días,
arrastrando la mula muerta de hambre, para llegar a tiempo al armisticio. Con
una parsimonia exasperante descargó los baúles, los abrió, y fue poniendo en la
mesa, uno por uno, setenta y dos ladrillos de oro. Nadie recordaba la
existencia de aquella fortuna. En el desorden del último año, cuando el mando
central saltó en pedazos y la revolución degeneró en una sangrienta rivalidad
de caudillos, era imposible determinar ninguna res- onsabilidad.
El oro de la rebelión, fundido en
bloques que luego fueron recubiertos de barro cocido, quedó fuera de todo
control. El coronel Aureliano Buendía hizo incluir los setenta y dos ladrillos
de oro en el inventario de la rendición, y clausuró el acto sin permitir discursos.
El escuálido adolescente permaneció frente a él, mirándolo a los ojos con sus
serenos ojos color de almíbar.
-¿Algo más? -le preguntó el coronel
Aureliano Buendía.
El joven coronel apretó los dientes.
-El recibo -dijo.
El coronel Aureliano Buendía se lo
extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de limonada y un pedazo de
bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de cam-paña que
le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó
en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de
pistola en el circulo de yodo que su médico personal le había pintado en el
pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la olla de la leche en el fogón,
extrañada de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena de gusanos
-¡Han matado a Aureliano! -exclamó.
Miró hacia el patio, obedeciendo a una
costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio Buendía, empapado,
triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió. «Lo han matado a traición
-precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer
vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que
cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte.
Estaba todavía bajo el castaño,
sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al coronel Aureliano
Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos
de rabia.
Estaba fuera de peligro. El proyectil
siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó
por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le dijo
satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar
ningún centro vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias
misericordiosas que entonaban salmos desesperados por el eterno descanso de su
alma, y entonces se arrepintió de no haberse dado el tiro en el paladar como lo
tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.
-Si todavía me quedara autoridad -le
dijo al doctor-, lo haría fusilar sin fórmula de juicio. No por salvarme la
vida, sino por hacerme quedar en ridículo.
El fracaso de la muerte le devolvió en
pocas horas el prestigio perdido. Los mismos que inventaron la patraña de que
había vendido la guerra por un aposento cuyas paredes estaban construidas con
ladrillos de oro, definieron la tentativa de suicidio como un acto de honor, y
lo proclamaron mártir. Luego, cuando rechazó
El coronel Aureliano Buendía abandonó
el cuarto en diciembre, y le bastó con echar una mirada al corredor para no
volver a pensar en la, guerra. Con una vitalidad que parecía imposible a sus
años, Úrsula había vuelto a rejuvenecer la casa. «Ahora van a ver quién soy yo
-dijo cuando supo que su hijo viviría-. No habrá una casa mejor, ni más abierta
a todo el mundo, que esta casa de locos.» La hizo lavar y pintar, cambió los
muebles, restauró el jardín y sembró flores nuevas, y abrió puertas y ventanas
para que entrara hasta los dormitorios la deslumbrante claridad del verano.
Decretó el término de los numerosos lutos superpuestos, y ella misma cambió los
viejos trajes rigurosos por ropas juveniles. La música de la pianola volvió a
alegrar la casa. Al oírla, Amaranta se acordó de Pietro Crespi, de su gardenia
crepuscular y su olor de lavanda, y en el fondo de su marchito corazón floreció
un rencor limpio, purificado por el tiempo.
Una tarde en que trataba de poner orden
en la sala, Úrsula pidió ayuda a los soldados que cus-todiaban la casa. El
joven comandante de la guardia les concedió el permiso. Poco a poco, Úrsula les
fue asignando nuevas tareas. Los invitaba a comer, les regalaba ropas y zapatos
y les enseñaba a leer y escribir. Cuando el gobierno suspendió la vigilancia,
uno de ellos se quedó viviendo en la casa, y estuvo a su servicio por muchos
años. El día de Año Nuevo, enloquecido por los desaires de Remedios, la bella,
el joven comandante de la guardia amaneció muerto de amor junto a su ventana.
X.
Años después, en su lecho de agonía,
Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que entró en
el dormitorio a conocer a su primer hijo. Aunque era lánguido y llorón, sin
ningún rasgo de un Buendía, no tuvo que pensar dos veces para ponerle nombre.
-Se llamará José Arcadio -dijo.
Fernanda del Carpio, la hermosa mujer
con quien se había casado el año anterior, estuvo de acuerdo. En cambio Úrsula
no pudo ocultar un vago sentimiento de zozobra. En la larga historia de la
familia, la tenaz repetición de los nombres le había permitido sacar
conclusiones que le parecían terminantes. Mientras los Aurelianos eran
retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y
emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico. Los únicos casos de
clasificación imposible eran los de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.
Fueron tan parecidos y traviesos
durante la infancia que ni la propia Santa Sofía de
Despertaban al mismo tiempo, sentían
deseos de ir al baño a la misma hora, sufrían los mismos trastornos de salud y
hasta sonaban las mismas cosas. En la casa, donde se creía que coordinaban sus
actos por el simple deseo de confundir, nadie se dio cuenta de la realidad
hasta un día en que Santa Sofía de
La diferencia decisiva se reveló en
plena guerra cuando José Arcadio Segundo le pidió al coronel Gerineldo Márquez
que lo llevara a ver los fusilamientos. Contra el parecer de Úrsula, sus deseos
fueron satisfechos. Aureliano Segundo, en cambio, se estremeció ante la sola
idea de presenciar una ejecución. Prefería la casa. A los doce años le preguntó
a Úrsula qué había en el cuarto clausurado. «Papeles -le contestó ella-. Son
los libros de Melquíades y las cosas raras que escribía en sus últimos años.»
La respuesta, en vez de tranquilizarlo, aumentó su curiosidad.
Insistió tanto, prometió con tanto ahínco
no maltratar las cosas, que Úrsula le dio las llaves.
Nadie había vuelto a entrar al cuarto
desde que sacaron el cadáver de Melquíades y pusieron en la puerta el candado
cuyas piezas se soldaron con la herrumbre. Pero cuando Aureliano Segundo abrió
las ventanas entró una luz familiar que parecía acostumbrada a iluminar el
cuarto todos los días, y no había el menor rastro de polvo o telaraña, sino que
todo estaba barrido y limpio, mejor barrido y más limpio que el día del
entierro, y la tinta no se había secado en el tintero ni el óxido había
alterado el brillo de los metales, ni se había extinguido el rescoldo del
atanor donde José Arcadio Buendía vaporizó el mercurio. En los anaqueles
estaban los libros empastados en una materia acartonada y pálida como la piel
humana curtida, y estaban los manuscritos intactos. A pesar del encierro de
muchos años, el aire parecía más puro que en el resto de la casa. Todo era tan
reciente, que varias semanas después, cuando Úrsula entró al cuarto con un cubo
de agua y una escoba para lavar los pisos, no tuvo nada que hacer. Aureliano
Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y
el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una
mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que prendía con
alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un
plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un
diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las
alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era
verdad, y ella le contentó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban a
Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.
-Lo que pasa -suspiró- es que el mundo
se va acabando poco a poco y ya no vienen esas cosas.
Cuando terminó el libro, muchos de
cuyos cuentos estaban inconclusos porque faltaban páginas, Aureliano Segundo se
dio a la tarea de descifrar los manuscritos. Fue imposible. Las letras parecían
ropa puesta a secar en un alambre, y se asemejaban más a la escritura musical
que a la literaria. Un mediodía ardiente, mientras escrutaba los manuscritos,
sintió que no estaba solo en el cuarto. Contra la reverberación de la ventana,
sentado con las manos en las rodillas, estaba Melquíades. No tenía más de
cuarenta años. Llevaba el mismo chaleco anacrónico y el sombrero de alas de
cuervo, y por sus sienes pálidas chorreaba la grasa del cabello derretida por
el calor, como lo vieron Aureliano y José Arcadio cuando eran niños. Aureliano
Segundo lo reconoció de inmediato, porque aquel recuerdo hereditario se había
transmitido de generación en generación, y había llegado a él desde la memoria
de su abuelo.
-Salud -dijo Aureliano Segundo.
-Salud, joven -dijo Melquíades.
Desde entonces, durante varios años, se
vieron casi todas las tardes. Melquíades le hablaba del mundo, trataba de
infundirle su vieja sabiduría, pero se negó a traducir los manuscritos.
«Nadie debe conocer su sentido mientras
no hayan cumplido cien años», explicó. Aureliano Segundo guardó para siempre el
secreto de aquellas entrevistas. En una ocasión sintió que su mundo privado se
derrumbaba, porque Úrsula entró en el momento en que Melquíades estaba en el
cuarto. Pero ella no lo vio.
-¿Con quién hablas? -le preguntó.
-Con nadie -dijo Aureliano Segundo.
-Así era tu bisabuelo -dijo Úrsula-.
También él hablaba solo.
José Arcadio Segundo, mientras tanto,
había satisfecho la ilusión de ver un fusilamiento. Por el resto de su vida
recordaría el fogonazo lívido de los seis disparos simultáneos y el eco del
estampido que se despedazó por los montes, y la sonrisa triste y los ojos
perplejos del fusilado, que permaneció erguido mientras la camisa se le
empapaba de sangre, y que seguía sonriendo aún cuando lo desataron del poste y
lo metieron en un cajón lleno de cal. «Está vivo -pensó él-.
Lo van a enterrar vivo.» Se impresionó
tanto, que desde entonces detestó las prácticas militares y la guerra, no por
las ejecuciones sino por la espantosa costumbre de enterrar vivos a los
fusilados. Nadie supo entonces en qué momento empezó a tocar las campanas en la
torre, y a ayudarle a misa al padre Antonio Isabel, sucesor de El Cachorro, y a
cuidar gallos de pelea en el patio de la casa cural. Cuando el coronel Gerineldo
Márquez se enteró, lo reprendió duramente por estar aprendiendo oficios
repudiados por los liberales. «La cuestión - ontestó él- es que a mí me parece
que he salido conservador.» Lo creía como si fuera una determinación de la
fatalidad.
El coronel Gerineldo Márquez,
escandalizado, se lo contó a Úrsula.
-Mejor -aprobó ella-. Ojalá se meta de
cura, para que Dios entre por fin a esta casa.
Muy pronto se supo que el padre Antonio
Isabel lo estaba preparando para la primera comunión. Le enseñaba el catecismo
mientras le afeitaba el pescuezo a los gallos. Le explicaba con ejemplos
simples, mientras ponían en sus nidos a las gallinas cluecas, cómo se le
ocurrió a Dios en el segundo día de la creación que los pollos se formaran
dentro del huevo. Desde entonces manifestaba el párroco los primeros síntomas
del delirio senil que lo llevó a decir, años más tarde, que probablemente el
diablo había ganado la rebelión contra Dios, y que era aquél quien estaba
sentado en el trono celeste, sin revelar su verdadera identidad para atrapar a
los incautos. Fogueado por la intrepidez de su preceptor, José Arcadio Segundo
llegó en pocos meses a ser tan ducho en martingalas teológicas para confundir
al demonio, como diestro en las trampas de la gallera. Amaranta le hizo un traje
de lino con cuello y corbata, le compró un par de zapatos blancos y grabó su
nombre con letras doradas en el lazo del sirio. Dos noches antes de la primera
comunión, el padre Antonio Isabel se encerró con él en la sacristía para
confesarlo, con ayuda de un diccionario de pecados. Fue una lista tan larga,
que el anciano párroco, acos-tumbrado a acostarse a las seis, se quedó dormido
en el sillón antes de terminar. El interrogatorio fue para José Arcadio Segundo
una revelación. No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho
cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con
la pregunta de si las había hecho con animales. El primer viernes de mayo
co-mulgó torturado por la curiosidad. Más tarde le hizo la pregunta a Petronio,
el enfermo sacristán que vivía en la torre y que según decían se alimentaba de
murciélagos, y Petronio le constó: «Es que hay cristianos corrompidos que hacen
sus cosas con las burras.» José Arcadio Segundo siguió demostrando tanta
curiosidad, pidió tantas explicaciones, que Petronio perdió la paciencia.
-Yo voy los martes en la noche
-confesó-. Si prometes no decírselo a nadie, el otro martes te llevo.
El martes siguiente, en efecto,
Petronio bajó de la torre con un banquito de madera que nadie supo hasta
entonces para qué servía, y llevó a José Arcadio Segundo a una huerta cercana.
El muchacho se aficionó tanto a aquellas incursiones nocturnas, que pasó mucho
tiempo antes de que se le viera en la tienda de Catarino. Se hizo hombre de
gallos. «Te llevas esos animales a otra parte -le ordenó Úrsula la primera vez
que lo vio entrar con sus finos animales de pelea-. Ya los gallos han traído
demasiadas amarguras a esta casa para que ahora vengas tú a traernos otras.»
José Arcadio Segundo se los llevó sin discusión, pero siguió criándolos donde
Pilar Ternera, su abuela, que puso a su disposición cuanto le hacía falta, a
cambio de tenerlo en la casa. Pronto demostró en la gallera la sabiduría que le
infundió el padre Antonio Isabel, y dispuso de suficiente dinero no sólo para
enriquecer sus crías, sino para procurarse satisfacciones de hombre. Úrsula lo
comparaba en aquel tiempo con su hermano y no podía entender cómo los dos
gemelos que parecieron una sola persona en la infancia habían terminado por ser
tan distintos. La perplejidad no le duró mucho tiempo, porque muy pronto empezó
Aureliano Segundo a dar muestras de holgazanería y disipación. Mientras estuvo
encerrado en el cuarto de Melquíades fue un hombre ensimismado, como lo fue el
coronel Aureliano Buendía en su juventud. Pero poco antes del tratado de
Neerlandia una casualidad lo sacó de su ensimismamiento y lo enfrentó a la
realidad del mundo. Una mujer joven, que andaba vendiendo números para la rifa
de un acordeón, lo saludó con mucha familiaridad. Aureliano Segundo no se
sorprendió porque ocurría con frecuencia que lo confundieran con su hermano.
Pero no aclaró el equívoco, ni siquiera cuando la muchacha trató de ablandarle
el corazón con lloriqueos, y terminó por llevarlo a su cuarto. Le tomó tanto cariño
desde aquel primer encuentro, que hizo trampas en la rifa para que él se ganara
el acordeón. Al cabo de dos semanas, Aureliano Segundo se dio cuenta de que la
mujer se había estado acostando alternativamente con él y con su hermano,
creyendo que eran el mismo hombre, y en vez de aclarar la situación se las
arregló para prolongarla. No volvió al cuarto de Melquiades. Pasaba las tardes
en el patio, aprendiendo a tocar de oídas el acordeón, contra las protestas de
Úrsula que en aquel tiempo había prohibido la música en la casa a causa de los
lutos, y que además menospreciaba el acordeón como un instrumento propio de los
vagabundos herederos de Francisco el Hombre. Sin embargo, Aureliano Segundo
llegó a ser un virtuoso del acordeón y siguió siéndolo después de que se casó y
tuvo hijos y fue uno de los hombres más respetados de Macondo.
Durante casi dos meses compartió la
mujer con su hermano. Lo vigilaba, le descomponía los planes, y cuando estaba
seguro de que José Arcadio Segundo no visitaría esa noche la amante común, se
iba a dormir con ella. Una mañana descubrió que estaba enfermo. Dos días
después encontró a su hermano aferrado a una viga del baño empapado en sudor y
llorando a lágrima viva, y entonces comprendió. Su hermano le confesó que la
mujer lo había repudiado por llevarle lo que ella llamaba una enfermedad de la
mala vida. Le contó también cómo trataba de curarlo Pilar Ternera. Aureliano
Segundo se sometió a escondidas a los ardientes lavados de permanganato y las
aguas diuréticas, y ambos se curaron por separado después de tres meses de
sufrimientos secretos. José Arcadio Segundo no volvió a ver a la mujer.
Aureliano Segundo obtuvo su perdón y se quedó con ella hasta la muerte.
Se llamaba Petra Cotes. Había llegado a
Macondo en plena guerra, con un marido ocasional que vivía de las rifas, y
cuando el hombre murió, ella siguió con el negocio. Era una mulata limpia y
joven, con unos ojos amarillos y almendrados que le daban a su rostro la
ferocidad de una pantera, pero tenía un corazón generoso y una magnífica
vocación para el amor. Cuando Úrsula se dio cuenta de que José Arcadio Segundo
era gallero y Aureliano Segundo tocaba el acordeón en las fiestas ruidosas de
su concubina, creyó enloquecer de confusión. Era como si en ambos se hubieran
concentrado los defectos de la familia y ninguna de sus virtudes. Entonces
decidió que nadie volviera a llamarse Aureliano y José Arcadio. Sin embargo,
cuando Aureliano Segundo tuvo su primer hijo, no se atrevió a contrariarlo.
-De acuerdo -dijo Úrsula-, pero con una
condición: yo me encargo de criarlo.
Aunque ya era centenaria y estaba a
punto de quedarse ciega por las cataratas, conservaba intactos el dinamismo
físico, la integridad del carácter y el equilibrio mental. Nadie mejor que ella
para formar al hombre virtuoso que había de restaurar el prestigio de la
familia, un hombre que nunca hubiera oído hablar de la guerra, los gallos de
pelea, las mujeres de mala vida y las empresas delirantes, cuatro calamidades
que, según pensaba Úrsula, habían determinado la decadencia de su estirpe.
«Éste será cura -prometió
solemnemente-. Y si Dios me da vida, ha de llegar a ser Papa.» Todos rieron al
oírla, no sólo en el dormitorio, sino en toda la casa, donde estaban reunidos
los bulliciosos amigotes de Aureliano Segundo. La guerra, relegada al desván de
los malos recuerdos, fue momentáneamente evocada con los taponazos del
champaña.
-A la salud del Papa -brindó Aureliano
Segundo.
Los invitados brindaron a coro. Luego
el dueño de casa tocó el acordeón, se reventaron cohetes y se ordenaron
tambores de júbilo para el pueblo. En la madrugada, los invitados ensopados en
champaña sacrificaron seis vacas y las pusieron en la calle a disposición de la
muchedumbre. Nadie se escandalizó. Desde que Aureliano Segundo se hizo cargo de
la casa, aquellas festividades eran cosa corriente, aunque no existiera un
motivo tan justo como el nacimiento de un Papa. En pocos años, sin esfuerzos, a
puros golpes de suerte, había acumulado una de las más grandes fortunas de la
ciénaga, gracias a la proliferación sobrenatural de sus animales. Sus yeguas
parían trillizos, las gallinas ponían dos veces al día, y los cerdos engordaban
con tal desenfreno, que nadie podía explicarse tan desordenada fecundidad, como
no fuera por artes de magia. «Economiza ahora -le decía Úrsula a su atolondrado
bisnieto-. Esta suerte no te va a durar toda la vida. » Pero Aureliano Segundo
no le ponía atención. Mientras más destapaba champaña para ensopar a sus
amigos, más alocadamente parían sus animales, y más se convencía él de que su
buena estrella no era cosa de su conducta sino influencia de Petra Cotes, su
concubina, cuyo amor tenía la virtud de exasperar a la naturaleza. Tan
persuadido estaba de que era ese el origen de su fortuna, que nunca tuvo a
Petra Cotes lejos de sus crías, y aun cuando se casó y tuvo hijos, siguió
viviendo con ella con el consentimiento de Fernanda.
Sólido, monumental como sus abuelos,
pero con un gozo vital y una simpatía irresistible que ellos no tuvieron,
Aureliano Segundo apenas si tenía tiempo de vigilar sus ganados. Le bastaba con
llevar a Petra Cotes a sus criaderos, y pasearla a caballo por sus tierras,
para que todo animal marcado con su hierro sucumbiera a la peste irremediable
de la proliferación.
Como todas las cosas buenas que les
ocurrieron en su larga vida, aquella fortuna desmandada tuvo origen en la
casualidad. Hasta el final de las guerras, Petra Cotes seguía sosteniéndose con
el producto de sus rifas, y Aureliano Segundo se las arreglaba para saquear de
vez en cuando las alcancías de Úrsula. Formaban una pareja frívola, sin más
preocupaciones que la de acostarse todas las noches, aun en las fechas
prohibidas, y retozar en la cama hasta el amanecer. «Esa mujer ha sido tu
perdición -le gritaba Úrsula al bisnieto cuando lo veía entrar a la casa como
un sonámbulo-. Te tiene tan embobado, que un día de estos te veré retorciéndote
de cólicos, con un sapo metido en la barriga.» José Arcadio Segundo, que demoró
mucho tiempo para descubrir la suplantación, no lograba entender la pasión de
su hermano. Recordaba a Petra Cotes como una mujer convencional, más bien
perezosa en la cama, y completamente desprovista de recursos para el amor.
Sordo al clamor de Úrsula y a las burlas de su hermano, Aureliano Segundo sólo
pensaba entonces en encontrar un oficio que le permitiera sostener una casa
para Petra Cotes, y morirse con ella, sobre ella y debajo de ella, en una noche
de desafuero febril. Cuando el coronel Aureliano Buendía volvió a abrir el
taller, seducido al fin por los encantos pacíficos de la vejez, Aureliano
Segundo pensó que sería un buen negocio dedicarse a la fabricación de
pescaditos de oro. Pasó muchas horas en el cuartito caluroso viendo cómo las
duras láminas de metal, trabajadas por el coronel con la paciencia inconcebible
del desengaño, se iban convirtiendo poco a poco en escamas doradas. El oficio
le pareció tan laborioso, y era tan persistente y apremiante el recuerdo de
Petra Cotes, que al cabo de tres semanas desapareció del taller. Fue en esa
época que le dio a Petra Cotes por rifar conejos. Se reproducían y se volvían
adultos con tanta rapidez, que apenas daban tiempo para vender los números de
la rifa. Al principio, Aureliano Segundo no advirtió las alarmantes
proporciones de la proliferación. Pero una noche, cuando ya nadie en el pueblo
quería oír hablar de las rifas de conejos, sintió un estruendo en la pared del
patio. «No te asustes -dijo Petra Cotes-. Son los conejos.» No pudieron dormir
más, atormentados por el tráfago de los animales. Al amanecer, Aureliano
Segundo abrió la puerta y vio el patio empedrado de conejos, azules en el
resplandor del alba. Petra Cotes, muerta de risa, no resistió la tentación de
hacerle una broma.
-Estos son los que nacieron anoche
-dijo.
-¡Qué horror! -dijo él-. ¿Por qué no
pruebas con vacas? Pocos días después, tratando de desahogar su patio, Petra
Cotes cambió los conejos por una vaca, que dos meses más tarde parió trillizos.
Así empezaron las cosas. De la noche a la mañana, Aureliano Segundo se hizo
dueño de tierras y ganados, y apenas si tenía tiempo de ensanchar las
caballerizas y pocilgas desbordadas.
Era una prosperidad de delirio que a él
mismo le causaba risa, y no podía menos que asumir ac-titudes extravagantes
para descargar su buen humor. «Apártense, vacas, que la vida es corta»,
gritaba. Úrsula se preguntaba en qué enredos se había metido, si no estaría
robando, si no había terminado por volverse cuatrero, y cada vez que lo veía
destapando champaña por el puro placer de echarse la espuma en la cabeza, le
reprochaba a gritos el desperdicio. Lo molestó tanto, que un día en que
Aureliano Segundo amaneció con el humor rebosado, apareció con un cajón de
dinero, una lata de engrudo y una brocha, y cantando a voz en cuello las viejas
canciones de Francisco el Hombre, empapeló la casa por dentro y por fuera, y de
arriba abajo, con billetes de a peso. La antigua mansión, pintada de blanco
desde los tiempos en que llevaron la pianola, adquirió el aspecto equivoco de
una mezquita. En medio del alboroto de la familia, del escándalo de Úrsula, del
júbilo del pueblo que abarrotó la calle para presenciar la glorificación del
despilfarro, Aureliano Segundo terminó por empapelar desde la fachada hasta la
cocina, inclusive los baños y dormitorios y arrojó los billetes sobrantes en el
patio.
-Ahora -dijo finalmente- espero que
nadie en esta casa me vuelva a hablar de plata.
Así fue. Úrsula hizo quitar los
billetes adheridos a las grandes tortas de cal, y volvió a pintar la casa de
blanco. «Dios mío -suplicaba-. Haznos tan pobres como éramos cuando fundamos
este pueblo, no sea que en la otra vida nos vayas a cobrar esta dilapidación.»
Sus súplicas fueron escuchadas en sentido contrario. En efecto, uno de los
trabajadores que desprendía los billetes tropezó por descuido con un enorme San
José de yeso que alguien había dejado en la casa en los últimos años de la
guerra, y la imagen hueca se despedazó contra el suelo. Estaba atiborrada de
monedas de oro. Nadie recordaba quién había llevado aquel santo de tamaño
natural. «Lo trajeron tres hombres -explicó Amaranta-. Me pidieron que lo
guardáramos mientras pasaba la lluvia, y yo les dije que lo pusieran ahí, en el
rincón, donde nadie fuera a tropezar con él, y ahí lo pusieron con mucho
cuidado, y ahí ha estado desde entonces, porque nunca volvieron a buscarlo.» En
los últimos tiempos, Ursula le había puesto velas y se había postrado ante él,
sin sospechar que en lugar de un santo estaba adorando casi doscientos
kilogramos de oro. La tardía comprobación de su involuntario paganismo agravó
su desconsuelo. Escupió el espectacular montón de monedas, lo metió en tres
sacos de lona, y lo enterró en un lugar secreto, en espera de que tarde o
temprano los tres desconocidos fueran a reclamaría. Mucho después, en los años
difíciles de su decrepitud, Úrsula solía intervenir en las conversaciones de
los numerosos viajeros que entonces pasaban por la casa, y les preguntaba si
durante la guerra no habían dejado allí un San José de yeso para que lo
guardaran mientras pasaba la lluvia.
Estas cosas, que tanto consternaban a
Úrsula, eran corrientes en aquel tiempo. Macondo naufragaba en una prosperidad
de milagro. Las casas de barro y cañabrava de los fundadores habían sido
reemplazadas por construcciones de ladrillo, con persianas de madera y pisos de
cemento, que hacían más llevadero el calor sofocante de las dos de la tarde. De
la antigua aldea de José Arcadio Buendía sólo quedaban entonces los almendros
polvorientos destinados a resistir a las circunstancias más arduas y el río de
aguas diáfanas cuyas piedras prehistóricas fueron pulverizadas por las
enloquecidas almádenas de José Arcadio Segundo, cuando se empeñó en despejar el
cauce para establecer un servicio de navegación. Fue un sueño delirante,
comparable apenas a los de su bisabuelo, porque el lecho pedregoso y los
numerosos tropiezos de la corriente impedían el tránsito desde Macondo hasta el
mar. Pero José Arcadio Segundo, en un imprevisto arranque de temeridad, se
empecinó en el proyecto. Hasta entonces no había dado ninguna muestra de
imaginación. Salvo su precaria aventura con Petra Cotes, nunca se le había
conocido mujer. Úrsula lo tenía como el ejemplar más apagado que había dado la
familia en toda su historia, incapaz de destacarse ni siquiera como alborotador
de galleras, cuando el coronel Aureliano Buendía le contó la historia del
galeón español encallado a doce kilómetros del mar, cuyo costillar carbonizado
vio él mismo durante la guerra. El relato, que a tanta gente durante tanto
tiempo le pareció fantástico, fue una revelación para José Arcadio Segundo.
Remató sus gallos al mejor postor, reclutó hombres y compró herramientas, y se
empeñó en la descomunal empresa de romper piedras, excavar canales, despejar
escollos y hasta emparejar cataratas. «Ya esto me lo sé de memoria -gritaba
Úrsula-. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al
principio.» Cuando estimó que el río era navegable, José Arcadio Segundo hizo a
su hermano una exposición pormenorizada de sus planes, y éste le dio el dinero
que le hacía falta para su empresa. Desapareció por mucho tiempo. Se había
dicho que su proyecto de comprar un barco no era más que una triquiñuela para
alzarse con el dinero del hermano, cuando se divulgó la noticia de que una
extraña nave se aproximaba al pueblo. Los habitantes de Macondo, que ya no
recordaban las empresas colosales de José Arcadio Buendía, se precipitaron a la
ribera y vieron con ojos pasmados de incredulidad la llegada del primer y
último barco que atracó jamás en el pueblo. No era más que una balsa de
troncos, arrastrada mediante gruesos cables por veinte hombres que caminaban
por la ribera. En la proa, con un brillo de satisfacción en la mirada, José
Arcadio Segundo dirigía la dispendiosa maniobra. Junto con él llegaba un grupo
de matronas espléndidas que se protegían del sol abrasante con vistosas
sombrillas y tenían en los hombros preciosos pañolones de seda, y ungüentos de
colores en el rostro, flores naturales en el cabello, y serpientes de oro en
los brazos y diamantes en los dientes. La balsa de troncos fue el único
vehículo que José Arcadio Segundo pudo remontar hasta Macondo, y sólo por una
vez, pero nunca reconoció el fracaso de su empresa sino que proclamó su hazaña
como una victoria de la voluntad. Rindió cuentas escrupulosas a su hermano, y
muy pronto volvió a hundirse en la rutina de los gallos. Lo único que quedó de
aquella desventurada iniciativa fue el soplo de renovación que llevaron las
matronas de Francia, cuyas artes magníficas cambiaron los métodos tradicionales
del amor, y cuyo sentido del bienestar social arrasó con la anticuada tienda de
Catarino y transformó la calle en un bazar de farolitos japoneses y organillos
nostálgicos.
Fueron ellas las promotoras del
carnaval sangriento que durante tres días hundió a Macondo en el delirio, y
cuya única consecuencia perdurable fue haberle dado a Aureliano Segundo la
oportunidad de conocer a Fernanda del Carpio.
Remedios, la bella, fue proclamada
reina. Úrsula, que se estremecía ante la belleza inquietante de la bisnieta, no
pudo impedir la elección. Hasta entonces había conseguido que no saliera a la
calle, como no fuera para ir a misa con Amaranta, pero la obligaba a cubrirse
la cara con una mantilla negra. Los hombres menos piadosos, los que se
disfrazaban de curas para decir misas sacrílegas en la tienda de Catarino,
asistían a la iglesia con el único propósito de ver aunque fuera un instante el
rostro de Remedios, la bella, de cuya hermosura legendaria se hablaba con un
fervor sobrecogido en todo el ámbito de la ciénaga. Pasó mucho tiempo antes de
que lo consiguieran, y más les hubiera valido que la ocasión no llegara nunca,
porque la mayoría de ellos no pudo recuperar jamás la placidez del sueño. El
hombre que lo hizo posible, un forastero, perdió para siempre la serenidad, se
enredó en los tremedales de la abyección y la miseria, y años después fue
despedazado por un tren nocturno cuando se quedó dormido sobre los rieles.
Desde el momento en que se le vio en la
iglesia, con un vestido de pana verde y un chaleco bordado, nadie puso en duda
que iba desde muy lejos, tal vez de una remota ciudad del exterior, atraído por
la fascinación mágica de Remedios, la bella. Era tan hermoso, tan gallardo y
reposado, de una prestancia tan bien llevada, que Pietro Crespi junto a él
habría parecido un sietemesino, y muchas mujeres murmuraron entre sonrisas de
despecho que era él quien verdaderamente merecía la mantilla. No alternó con
nadie en Macondo. Aparecía al amanecer del domingo, como un príncipe de cuento,
en un caballo con estribos de plata y gualdrapas de terciopelo, y abandonaba el
pueblo después de la misa.
Era tal el poder de su presencia, que
desde la primera vez que se le vio en la iglesia todo el mundo dio por sentado
que entre él y Remedios, la bella, se había establecido un duelo callado y
tenso, un pacto secreto, un desafío irrevocable cuya culminación no podía ser
solamente el amor sino también la muerte. El sexto domingo, el caballero
apareció con una rosa amarilla en la mano. Oyó la misa de pie, como lo hacía
siempre, y al final se interpuso al paso de Remedios, la bella, y le ofreció la
rosa solitaria. Ella la recibió con un gesto natural, como si hubiera estado
preparada para aquel homenaje, y entonces se descubrió el rostro por un
instante y dio las gracias con una sonrisa. Fue todo cuanto hizo. Pero no sólo
para el caballero, sino para todos los hombres que tuvieron el desdichado
privilegio de vivirlo, aquel fue un instante eterno.
El caballero instalaba desde entonces
la banda de música junto a la ventana de Remedios, la bella, y a veces hasta el
amanecer. Aureliano Segundo fue el único que sintió por él una compasión
cordial, y trató de quebrantar su perseverancia. «No pierda más el tiempo -le
dijo una noche-. Las mujeres de esta casa son peores que las mulas.» Le ofreció
su amistad, lo invitó a bañarse en champaña, trató de hacerle entender que las
hembras de su familia tenían entrañas de pedernal, pero no consiguió vulnerar
su obstinación. Exasperado por las interminables noches de música, el coronel
Aureliano Buendía lo amenazó con curarle la aflicción a pistoletazos. Nada lo hizo
desistir, salvo su propio y lamentable estado de desmoralización. De apuesto e
impecable se hizo vil y harapiento. Se rumoraba que había abandonado poder y
fortuna en su lejana nación, aunque en verdad no se conoció nunca su origen. Se
volvió hombre de pleitos, pendenciero de cantina, y amaneció revolcado en sus
propias excrecencias en la tienda de Catarino. Lo más triste de su drama era
que Remedios, la bella, no se fijó en él ni siquiera cuando se presentaba a la
iglesia vestido de príncipe. Recibió la rosa amarilla sin la menor malicia, más
bien divertida por la extravagancia del gesto, y se levantó la mantilla para
verle mejor la cara y no para mostrarle la suya.
En realidad, Remedios, la bella, no era
un ser de este mundo. Hasta muy avanzada la pubertad, Santa Sofía de
-Ya ven -comentó-. Era completamente
simple. Parecía como si una lucidez penetrante le permitiera ver la realidad de
las cosas más allá de cualquier formalismo. Ese era al menos el punto de vista
del coronel Aureliano Buendía, para quien Remedios, la bella, no era en modo
alguno retrasada mental, como se creía, sino todo lo contrario. «Es como si
viniera de regreso de veinte años de guerra», solía decir. Úrsula, por su
parte, le agradecía a Dios que hubiera premiado a la familia con una criatura
de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la conturbaba su hermosura,
porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el centro
de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de
toda tentación terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre
de su madre, estaba a salvo de cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza
la idea de que la eligieran reina de la belleza en el pandemónium de un
carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de disfrazarse de
tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de
que el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición
católica. Finalmente con-vencida, aunque a regañadientes, dio el consentimiento
para la coronación.
La noticia de que Remedios Buendía iba
a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas los límites de la
ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio
de su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su
apellido como un símbolo de la subversión. Era una inquietud infundada. Si
alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era el envejecido y desencantado
coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo todo contacto
con la realidad de la nación. Encerrado en su taller, su única relación con el
resto del mundo era el comercio de pescaditos de oro. Uno de los antiguos
soldados que vigilaron su casa en los primeros días de la paz, iba a venderlos
a las poblaciones de la ciénaga, y regresaba cargado de monedas y de noticias.
Que el gobierno conservador, decía, con el apoyo de los liberales, estaba
reformando el calendario para que cada presidente estuviera cien años en el
poder. Que por fin se había firmado el concordato con
Nuestro asunto es vender pescaditos.»
El rumor público de que no quería saber nada de la situación del país porque se
estaba enriqueciendo con su taller, provocó las risas de Úrsula cuando llegó a
sus oídos. Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio
del coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía
las monedas de oro en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que
trabajar cada vez más a medida que más vendía, para satisfacer un círculo
vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no era el negocio
sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas,
incrustar minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que
no le quedaba un solo vacío para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan
absorbente era la atención que le exigía el preciosismo de su artesanía, que en
poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra, y la posición le
torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la
concentración implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que
se le vio atender algún asunto relacionado con la guerra, fue cuando un grupo
de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo para la aprobación de las
pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de partida.
«Olvídense de eso -les dijo él-. Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme
la tortura de estaría esperando hasta la muerte.» Al principio, el coronel
Gerineldo Márquez lo visitaba al atardecer, y ambos se sentaban en la puerta de
la calle a evocar el pasado. Pero Amaranta no pudo soportar los recuerdos que
le suscitaba aquel hombre cansado cuya calvicie lo precipitaba al abismo de una
ancianidad prematura, y lo atormentó con desaires injustos, hasta que no volvió
sino en ocasiones especiales, y desapareció finalmente anulado por la
parálisis.
Taciturno, silencioso, insensible al
nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel Aureliano Buendía
apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un
pacto honrado con la soledad. Se levantaba a las cinco después de un sueño
superficial, tomaba en la cocina su eterno tazón de café amargo, se encerraba
todo el día en el taller, y a las cuatro de la tarde pasaba por el corredor
arrastrando un taburete, sin fijarse siquiera en el incendio de los rosales, ni
en el brillo de la hora, ni en la impavidez de Amaranta, cuya melancolía hacia
un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer, y se sentaba en la
puerta de la calle hasta que se lo permitían los mosquitos. Alguien se atrevió
alguna vez a perturbar su soledad.
-¿Cómo está, coronel? -le dijo al
pasar.
-Aquí -contestó él-. Esperando que pase
mi entierro. De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su
apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento
real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo
amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa
explosión de alegría. El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura,
Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y
andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando
apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en
andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la
imaginación. Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron
las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y
capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no
simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó quien
tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una
provocación. Pero Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad,
declaró huéspedes de honor a los recién llegados, y sentó salomónicamente a
Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo pedestal. Hasta la
medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y
hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas
que hicieron pen-sar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de
la fiesta, alguien rompió el delicado equilibrio.
-¡Viva el partido liberal! -gritó-.
¡Viva el coronel Aureliano Buendía!
Las descargas de fusilería ahogaron el
esplendor de los fuegos artificiales, y los gritos de terror anularon la
música, y el júbilo fue aniquilado por el pánico. Muchos años después seguiría
afirmándose que la guardia real de la soberana intrusa era un escuadrón del
ejército regular que debajo de sus ricas chilabas escondían fusiles de
reglamento. El gobierno rechazó el cargo en un bando extraordinario y prometió
una investigación terminante del episodio sangriento. Pero la verdad no se
esclareció 1 nunca, y prevaleció para siempre la versión de que la guardia
real, sin provocación de ninguna índole, tomó posiciones de combate a una seña
de su comandante y disparó sin piedad contra la muchedumbre. Cuando se restableció
la calma, no quedaba en el pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron
tendidos en la plaza, entre muertos y heridos, nueve payasos, cuatro
colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de
Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio
Segundo logró poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en
brazos a la casa a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de
armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían
seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más hermosas del
país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de
Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar
de poner en duda su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después
de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las
últimas flores en la fosa común, Aureliano Segundo fue a buscarla a la distante
ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en Macondo, en una
fragorosa parranda de veinte días.
XI.
El matrimonio estuvo a punto de
acabarse a los dos meses porque Aureliano Segundo, tratando de desagraviar a
Petra Cotes, le hizo tomar un retrato vestida de reina de Madagascar.
Cuando Fernanda lo supo volvió a hacer
sus baúles de recién casada y se marchó de Macondo sin despedirse. Aureliano
Segundo la alcanzó en el camino de la ciénaga. Al cabo de muchas súplicas y
propósitos de enmienda logró llevarla de regreso a la casa, y abandonó a la
concubina.
Petra Cotes, consciente de su fuerza,
no dio muestras de preocupación. Ella lo había hecho hombre. Siendo todavía un
niño lo sacó del cuarto de Melquíades, con la cabeza llena de ideas fantásticas
y sin ningún contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo. La
naturaleza lo había hecho reservado y esquivo, con tendencias a la meditación
solitaria, y ella le había moldeado el carácter opuesto, vital, expansivo,
desabrochado, y le había infundido el júbilo de vivir y el placer de la
parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por dentro y por fuera, en el
hombre con que había soñado para ella desde la adolescencia. Se había casado,
pues, como tarde o temprano se casan los hijos. Él no se atrevió a anticiparle
la noticia. Asumió una actitud tan infantil frente a la situación que fingía
falsos rencores y resentimientos imaginarios, buscando el modo de que fuera
Petra Cotes quien provocara la ruptura. Un día en que Aureliano Segundo le hizo
un reproche injusto, ella eludió la trampa y puso las cosas en su puesto.
-Lo que pasa -dijo- es que te quieres
casar con la reina.
Aureliano Segundo, avergonzado, fingió
un colapso de cólera, se declaró incomprendido y ultrajado, y no volvió a
visitarla. Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnífico dominio de
fiera en reposo, oyó la música y los cohetes de la boda, el alocado bullicio de
la parranda pública, como si todo eso no fuera más que una nueva travesura de
Aureliano Segundo. A quienes se compadecieron de su suerte, los tranquilizó con
una sonrisa. «No se preocupen -les dijo-. A mí las reinas me hacen los
mandados,» A una vecina que le llevó velas compuestas para que alumbrara con
ellas el retrato del amante perdido, le dijo con una seguridad enigmática:
-La única vela que lo hará venir está
siempre encendida.
Tal como ella lo había previsto,
Aureliano Segundo volvió a su casa tan pronto como pasó la luna de miel. Llevó
a sus amigotes de siempre, un fotógrafo ambulante y el traje y la capa de
armiño sucia de sangre que Fernanda había usado en el carnaval. Al calor de la
parranda que se prendió esa tarde, hizo vestir de reina a Petra Cotes, la
coronó soberana absoluta y vitalicia de Madagascar, y repartió copias del
retrato entre sus amigos. Ella no sólo se prestó al juego, sino que se
compadeció íntimamente de él, pensando que debía estar muy asustado cuando
concibió aquel extravagante recurso de reconciliación. A las siete de la noche,
todavía vestida de reina, lo recibió en la cama. Tenía apenas dos meses de
casado, pero ella se dio cuenta enseguida de que las cosas no andaban bien en
el lecho nupcial, y experimentó el delicioso placer de la venganza consumada.
Dos días después, sin embargo, cuando él no se atrevió a volver, sino que mandó
un intermediario para que arreglara los términos de la separación, ella
comprendió que iba a necesitar más paciencia de la prevista, porque él parecía
dispuesto a sacrificarse por las apariencias. Tampoco entonces se alteró.
Volvió a facilitar las cosas con una sumisión que confirmó la creencia
generalizada de que era una pobre mujer, y el único recuerdo que conservó de
Aureliano Segundo fue un par de botines de charol que, según él mismo había
dicho, eran los que quería llevar puestos en el ataúd. Los guardó envueltos en
trapos en el fondo de un baúl, y se preparó para apacentar una espera sin
desesperación.
-Tarde o temprano tiene que venir -se
dijo-, aunque sólo sea a ponerse estos botines.
No tuvo que esperar tanto como suponía.
En realidad Aureliano Segundo comprendió desde la noche de bodas que volvería a
casa de Petra Cotes mucho antes de que tuviera necesidad de ponerse los botines
de charol: Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y crecido
a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra
traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes.
Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa
señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire
había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas colgaduras de los
dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de los nardos. Fernanda no
tuvo hasta la pubertad otra noticia del que los melancólicos ejercicios de
piano ejecutados en alguna casa vecina por alguien que durante años y años se
permitió el albedrío de no hacer la siesta. En el cuarto de su madre enferma,
verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales, escuchaba las escalas
metódicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa música estaba en el mundo
mientras ella se consumía tejiendo coronas de palmas fúnebres. Su madre,
sudando la calentura de las cinco, le hablaba del esplendor del pasado. Siendo
muy niña, una noche de luna, Fernanda vio una hermosa mujer vestida de blanco
que atravesó el jardín hacia el oratorio. Lo que más le inquietó de aquella
visión fugaz fue que la sintió exactamente igual a ella, como si se hubiera
visto a sí misma con veinte años de anticipación. «Es tu bisabuela, la reina
-le dijo su madre en las treguas de la tos-. Se murió de un mal aire que le dio
al cortar una vara de nardos.» Muchos años después, cuando empezó a sentirse
igual a su bisabuela, Fernanda puso en duda la visión de la infancia, pero la
madre la reprochó su incredulidad.
-Somos inmensamente ricos y poderosos
-le dijo-. Un día serás reina.
Ella lo creyó, aunque sólo ocupaban la
larga mesa con manteles de lino y servicios de plata, para tomar una taza de
chocolate con agua y un pan de dulce. Hasta el día de la boda soñó con un
reinado de leyenda, a pesar de que su padre, don Fernando, tuvo que hipotecar
la casa para comprarle el ajuar. No era ingenuidad ni delirio de grandeza. Así
la educaron. Desde que tuvo uso de razón recordaba haber hecho sus necesidades
en una bacinilla de oro con el escudo de armas de la familia. Salió de la casa
por primera vez a los doce años, en un coche de caballos que sólo tuvo que
recorrer dos cuadras 11 para llevarla al convento. Sus compañeras de clases se
sorprendieron de que la tuvieran apartada, en una silla de espaldar muy alto, y
de que ni siquiera se mezclara con ellas durante el recreo. «Ella es distinta
-explicaban las monjas-. Va a ser reina.» Sus compañeras lo creyeron, porque ya
entonces era la doncella más hermosa, distinguida y discreta que habían visto
jamás. Al cabo de ocho años, habiendo aprendido a versificar en latín, a tocar
el clavicordio, a conversar de cetrería con los caballeros y de apologética con
los arzobispos, a dilucidar asuntos de estado con los gobernantes extranjeros y
asuntos de Dios con el Papa, volvió a casa de sus padres a tejer palmas
fúnebres. La encontró saqueada. Quedaban apenas los muebles indispensables, los
candelabros y el servicio de plata, porque los útiles domésticos habían sido
vendidos, uno a uno, para sufragar los gastos de su educación. Su madre había
sucumbido a la calentura de las cinco. Su padre, don Fernando, vestido de
negro, con el cuello laminado y una leontina de oro atravesada en el pecho, le
daba los lunes una moneda de plata para los gastos domésticos, y se llevaba las
coronas fúnebres terminadas la semana anterior.
Pasaba la mayor parte del día encerrado
en el despacho, y en las pocas ocasiones en que salía a la calle regresaba
antes de las seis, para acompañarla a rezar el rosario. Nunca llevó amistad
íntima con nadie. Nunca oyó hablar de las guerras que desangraron el país.
Nunca dejó de oír los ejercicios de piano a las tres de la tarde. Empezaba
inclusive a perder la ilusión de ser reina, cuando sonaron dos aldabonazos
perentorios en el portón, y le abrió a un militar apuesto, de ademanes
ceremoniosos, que tenía una cicatriz en la mejilla y una medalla de oro en el
pecho. Se encerró con su padre en el despacho. Dos horas después, su padre fue
a buscarla al costurero.
«Prepare sus cosas -le dijo-. Tiene que
hacer un largo viaje.» Fue así como la llevaron a Macondo. En un solo día, con
un zarpazo brutal, la vida le echó encima todo el peso de una realidad que
durante años le habían escamoteado sus padres. De regreso a casa se encerró en
el cuarto a llorar, indiferente a las súplicas y explicaciones de don Fernando,
tratando de borrar la quemadura de aquella burla inaudita. Se había prometido
no abandonar el dormitorio hasta la muerte, cuando Aureliano Segundo llegó a
buscarla. Fue un golpe de suerte inconcebible, porque en el aturdimiento de la
indignación, en la furia de la vergüenza, ella le había mentido para que nunca
conociera su verdadera identidad. Las únicas pistas reales de que disponía
Aureliano Segundo cuando salió a buscarla eran su inconfundible dicción del páramo
y su oficio de tejedora de palmas fúnebres. La buscó sin piedad. Con la
temeridad atroz con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar a
Macondo, con el orgullo ciego con que el coronel Aureliano Buendía promovió sus
guerras inútiles, con la tenacidad insensata con que Úrsula aseguró la
supervivencia de la estirpe, así buscó Aureliano Segundo a Fernanda, sin un
solo instante de desaliento. Cuando preguntó dónde vendían palmas fúnebres, lo
llevaron de casa en casa para que escogiera las mejores. Cuando preguntó dónde
estaba la mujer más bella que se había dado sobre la tierra, todas las madres
le llevaron a sus hijas. Se extravió por desfiladeros de niebla, por tiempos
reservados al olvido, por laberintos de desilusión. Atravesó un páramo amarillo
donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos
premonitorios. Al cabo de semanas estériles, llegó a una ciudad desconocida
donde todas las campanas tocaban a muerto. Aunque nunca los había visto, ni
nadie se los había descrito, reconoció de inmediato los muros carcomidos por la
sal de los huesos, los decrépitos balcones de maderas destripadas por los
hongos, y clavado en el portón y casi borrado por la lluvia el cartoncito más
triste del mundo:
Se venden palmas fúnebres. Desde
entonces hasta la mañana helada en que Fernanda abandonó la casa al cuidado de
Fernanda llevaba un precioso calendario
con llavecitas doradas en el que su director espiritual había marcado con tinta
morada las fechas de abstinencia venérea. Descontando
-Esto es lo más obsceno que he visto en
mi vida -gritó, con una carcajada que resonó en toda la casa-. Me casé con una
hermanita de la caridad.
Un mes después, no habiendo conseguido
que la esposa se quitara el camisón, se fue a hacer el retrato de Petra Cotes
vestida de reina. Más tarde, cuando logró que Fernanda regresara a casa, ella
cedió a sus apremios en la fiebre de la reconciliación, pero no supo
proporcionarle el reposo con que él soñaba cuando fue a buscarla a la ciudad de
los treinta y dos campanarios.
Aureliano Segundo sólo encontró en ella
un hondo sentimiento de desolación. Una noche, poco antes de que naciera el
primer hijo, Fernanda se dio cuenta de que su marido había vuelto en secreto al
lecho de Petra Cotes.
-Así es -admitió él. Y explicó en un
tono de postrada resignación-: tuve que hacerlo, para que siguieran pariendo
los animales.
Le hizo falta un poco de tiempo para
convencerla de tan peregrino expediente, pero cuando por fin lo consiguió,
mediante pruebas que parecieron irrefutables, la única promesa que le impuso
Fernanda fue que no se dejara sorprender por la muerte en la cama de su
concubina. Así continuaron viviendo los tres, sin estorbarse, Aureliano Segundo
puntual y cariñoso con ambas, Petra Cotes pavoneándose de la reconciliación, y
Fernanda fingiendo que ignoraba la verdad.
El pacto no logró, sin embargo, que
Fernanda se incorporara a la familia. En vano insistió Úrsula para que tirara
la golilla de lana con que se levantaba cuando había hecho el amor, y que
provocaba los cuchicheos de los vecinos. No logró convencerla de que utilizara
el baño, o el beque nocturno, y de que le vendiera la bacinilla de oro al
coronel Aureliano Buendía para que la convirtiera en pescaditos. Amaranta se
sintió tan incómoda con su dicción viciosa, y con su hábito de usar un
eufemismo para designar cada cosa, que siempre hablaba delante de ella en
jerigonza.
-Esfetafa -decía- esfe defe lasfa quefe
lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa mifierfedafa.
Un día, irritada con la burla, Fernanda
quiso saber qué era lo que decía Amaranta, y ella no usó eufemismos para
contestarle.
-Digo -dijo- que tú eres de las que
confunden el culo con las témporas.
Desde aquel día no volvieron a
dirigirse la palabra. Cuando las obligaban las circunstancias, se mandaban
recados, o se decían las cosas indirectamente. A pesar de la visible hostilidad
la familia, Fernanda no renunció a la voluntad de imponer los hábitos de sus
mayores. Terminó con la costumbre de comer en la cocina, y cuando cada quien
tenía hambre, e impuso la obligación de hacerlo a horas exactas en la mesa
grande del comedor arreglada con manteles de lino, y con los candelabros y el
servicio de plata. La solemnidad de un acto que Úrsula había considerado
siempre como el más sencillo de la vida cotidiana creó un ambiente de
estiramiento contra el cual se reveló primero que nadie el callado José Arcadio
Segundo. Pero la costumbre se impuso, así como la de rezar el rosario antes de
la cena, y llamó tanto la atención de los vecinos, que muy pronto circuló el
rumor de que los Buendía no se sentaban a la mesa como los otros mortales, sino
que habían convertido el acto de comer en una misa mayor. Hasta las
supersticiones de Úrsula, surgidas más bien de la inspiración momentánea que de
la tradición, entraron en conflicto con las que Fernanda heredó de sus padres,
y que estaban perfectamente definidas y catalogadas para cada ocasión. Mientras
Úrsula disfrutó del dominio pleno de sus facultades, subsistieron algunos de
los antiguos hábitos y la vida de la familia conservó una cierta influencia de
sus corazonadas, pero cuando perdió la vista y el peso de los años la relegó a
un rincón, el círculo de rigidez iniciado por Fernanda desde el momento en que
llegó terminó por cerrarse completamente, y nadie más que ella determinó el
destino de la familia. El negocio de repostería y animalitos de caramelo, que
Santa Sofía de
Al principio, Fernanda no hablaba de su
familia, pero con el tiempo empezó a idealizar a su padre. Hablaba de él en la
mesa como un ser excepcional que había renunciado a toda forma de vanidad, y se
estaba convirtiendo en santo. Aureliano Segundo, asombrado de la intempestiva
magnificación del suegro, no resistía a la tentación de hacer pequeñas burlas a
espaldas de su esposa. El resto de la familia siguió el ejemplo. La propia
Úrsula, que era en extremo celosa de la armonía familiar y que sufría en
secreto con las fricciones domésticas, se permitió decir alguna vez que el
pequeño tataranieto tenía asegurado su porvenir pontifical, porque era «nieto
de santo e hijo de reina y de cuatrero». A pesar de aquella sonriente
conspiración, los niños se acostumbraron a pensar en el abuelo como en un ser
legendario, que les transcribía versos piadosos en las cartas y les mandaba en
cada Navidad un cajón de regalos que apenas si cabía por la puerta de la calle.
Eran, en realidad, los últimos desperdicios del patrimonio señorial. Con ellos
se construyó en el dormitorio de los niños un altar con santos de tamaño
natural, cuyos ojos de vidrio les imprimían una inquietante apariencia de vida
y cuyas ropas de paño artísticamente bordadas eran mejores que las usadas jamás
por ningún habitante de Macondo. Poco a poco, el esplendor funerario de la
antigua y helada mansión se fue trasladando a la luminosa casa de los Buendía.
«Ya nos han mandado todo el cementerio familiar - omentó Aureliano Segundo en
cierta ocasión-. Sólo faltan los sauces y las losas sepulcrales.» Aunque en los
cajones no llegó nunca nada que sirviera a los niños para jugar, éstos pasaban
el año esperando a diciembre, porque al fin y al cabo los anticuados y siempre
imprevisibles regalos constituían una novedad en la casa.
En la décima Navidad, cuando ya el
pequeño José Arcadio se preparaba para viajar al seminario, llegó con más
anticipación que en los años anteriores el enorme cajón del abuelo, muy bien
clavado e impermeabilizado con brea, y dirigido con el habitual letrero de
caracteres góticos a la muy distinguida señora doña Fernanda del Carpio de
Buendía. Mientras ella leía la carta en el dormitorio, los niños se apresuraron
a abrir la caja. Ayudados como de costumbre por Aureliano Segundo, rasparon los
sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron el aserrín protector, y
encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado con pernos de cobre.
Aureliano Segundo quitó los ocho pernos, ante la impaciencia de los niños, y
apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y hacerlos a un lado, cuando levantó la
plataforma de plomo y vio a don Fernando vestido de negro y con un crucifijo en
el pecho, con la piel reventada en eructos pestilentes y cocinándose a fuego
lento en un espumoso y borboritante caldo de perlas vivas.
Poco después del nacimiento de la niña,
se anunció el inesperado jubileo del coronel Aureliano Buendía, ordenado por el
gobierno para celebrar un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia.
Fue una determinación tan inconsecuente
con la política oficial, que el coronel se pronunció violentamente contra ella
y rechazó el homenaje. «Es la primera vez que oigo la palabra jubileo -decía-.
Pero cualquier cosa que quiera decir,
no puede ser sino una burla.» El estrecho taller de orfebrería se llenó de
emisarios. Volvieron, mucho más viejos y mucho más solemnes, los abogados de
trajes oscuros que en otro tiempo revolotearon como cuervos en torno al
coronel.
Cuando éste los vio aparecer, como en
otro tiempo llegaban a empantanar la guerra, no pudo soportar el cinismo de sus
panegíricos. Les ordenó que lo dejaran en paz, insistió que él no era un prócer
de la nación como ellos decían, sino un artesano sin recuerdos, cuyo único
sueño era morirse de cansancio en el olvido y la miseria de sus pescaditos de
oro. Lo que más le indignó fue la noticia de que el propio presidente de la
república pensaba asistir a los actos de Macondo para imponerle
-Demasiado tarde me convenzo -le dijo-
que te habría hecho un gran favor si te hubiera dejado fusilar.
De modo que el jubileo se llevó a cabo
sin asistencia de ninguno de los miembros de la familia.
Fue una casualidad que coincidiera con
la semana de carnaval, pero nadie logró quitarle al coronel Aureliano Buendía
la empecinada idea de que también aquella coincidencia había sido prevista por
el gobierno para recalcar la crueldad de la burla. Desde el taller solitario
oyó las músicas marciales, la artillería de aparato, las campanas del Te Deum,
y algunas frases de los discursos pronunciados frente a la casa cuando
bautizaron la calle con su nombre. Los ojos se le humedecieron de indignación,
de rabiosa impotencia, y por primera vez desde la derrota se dolió de no tener
los arrestos de la juventud para promover una guerra sangrienta que borrara
hasta el último vestigio del régimen conservador. No se habían extinguido los
ecos del homenaje, cuando Úrsula llamó a la puerta del taller.
-No me molesten -dijo él-. Estoy
ocupado.
-Abre -insistió Úrsula con voz
cotidiana-. Esto no tiene nada que ver con la fiesta.
Entonces el coronel Aureliano Buendía
quitó la tranca, y vio en la puerta diecisiete hombres de los más variados
aspectos, de todos los tipos y colores, pero todos con un aire solitario que
habría bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra. Eran sus
hijos. Sin ponerse de acuerdo, sin conocerse entre sí, habían llegado desde los
más apartados rincones del litoral cautivados por el ruido del jubileo. Todos
llevaban con orgullo el nombre de Aureliano, y el apellido de su madre. Durante
los tres días que permanecieron en la casa, para satisfacción de Úrsula y
escándalo de Fernanda, ocasionaron trastornos de guerra. Amaranta buscó entre
antiguos papeles la libreta de cuentas donde Úrsula había apuntado los nombres
y las fechas de nacimiento y bautismo de todos, y agregó frente al espacio
correspondiente a cada uno el domicilio actual. Aquella lista habría permitido
hacer una recapitulación de veinte años de guerra.
Habrían podido reconstruirse con ella
los itinerarios nocturnos del coronel, desde la madrugada en que salió de
Macondo al frente de veintiún hombres hacia una rebelión quimérica, hasta que
regresó por última vez envuelto en la manta acartonada de sangre. Aureliano
Segundo no des-perdició la ocasión de festejar a los primos con una estruendosa
parranda de champaña y acordeón, que se interpretó como un atrasado ajuste de
cuentas con el carnaval malogrado por el jubileo. Hicieron añicos media
vajilla, destrozaron los rosales persiguiendo un toro para mantearlo, mataron
las gallinas a tiros, obligaron a bailar a Amaranta los valses tristes de
Pietro Crespi, consiguieron que Remedios, la bella, se pusiera unos pantalones
de hombre para subirse a la cucaña, y soltaron en el comedor un cerdo
embadurnado de sebo que revolcó a Fernanda, pero nadie lamentó los percances,
porque la casa se estremeció con un terremoto de buena salud. El coronel
Aureliano Buendía, que al principio los recibió con desconfianza y hasta puso
en duda la filiación de algunos, se divirtió con sus locuras, y antes de que se
fueran le regaló a cada uno un pescadito de oro. Hasta el esquivo José Arcadio
Segundo les ofreció una tarde de gallos, que estuvo a punto de terminar en
tragedia, porque varios de los Aurelianos eran tan duchos en componendas de
galleras que descubrieron al primer golpe de vista las triquiñuelas del padre
Antonio Isabel Aureliano Segundo, que vio las ilimitadas perspectivas de
parranda que ofrecía aquella desaforada parentela, decidió que todos se quedaran
a trabajar con él. El único que acepto fue Aureliano Triste, un mulato grande
con los ímpetus y el espíritu explorador del abuelo, que ya había probado
fortuna en medio mundo, y le daba lo mismo quedarse en cualquier parte Los
otros, aunque todavía estaban solteros, consideraban resuelto su destino. Todos
eran artesanos hábiles, hombres de su casa gente de paz. El miércoles de
ceniza, antes de que volvieran a dispersarse en el litoral, Amaranta consiguió
que se pusieran ropas dominicales y la acompañaran a la iglesia Mas divertidos
que piadosos, se dejaron conducir hasta el comulgatorio donde el padre Antonio
Isabel les puso en la frente la cruz de ceniza De regreso a casa, cuando el
menor quiso limpiarse la frente descubrió que la mancha era indeleble, y que lo
eran también las de sus hermanos. Probaron con agua y jabón con tierra y
estropajo, y por último con piedra pómez y lejía y no con siguieron borrarse la
cruz. En cambio, Amaranta y los demás que fueron a misa se la quitaron sin
dificultad. «Así van mejor -los despidió Úrsula-. De ahora en adelante nadie
podrá confundirlos.» Se fueron en tropel, precedidos por la banda de músicos y
reventando cohetes, y dejaron en el pueblo la impresión de que la estirpe de
los Buendía tenía semillas para muchos siglos. Aureliano Triste, con su cruz de
ceniza en la frente, instaló en las afueras del pueblo la fábrica de hielo con
que soñó José Arcadio Buendía en sus delirios de inventor.
Meses después de su llegada, cuando ya
era conocido y apreciado, Aureliano Triste andaba buscando una casa para llevar
a su madre y a una hermana soltera (que no era hija del coronel) y se interesó
por el caserón decrépito que parecía abandonado en una esquina de la plaza.
Preguntó quién era el dueño. Alguien le
dijo que era una casa de nadie, donde en otro tiempo vivió una viuda solitaria
que se alimentaba de tierra y cal de las paredes, y que en sus últimos años
sólo se le vio dos veces en la calle con un sombrero de minúsculas flores
artificiales y unos zapatos color de plata antigua, cuando atravesó la plaza
hasta la oficina de correos para mandarle cartas al obispo. Le dijeron que su
única compañera fue una sirvienta desalmada que mataba perros y gatos y cuanto
animal penetraba a la casa, y echaba los cadáveres en mitad de la calle para
fregar al pueblo con la hedentina de la putrefacción. Había pasado tanto tiempo
desde que el sol momificó el pellejo vacío del último animal, que todo el mundo
daba por sentado que la dueña de casa y la sirvienta habían muerto mucho antes
de que terminaran las guerras, y que si todavía la casa estaba en pie era
porque no habían tenido en años recientes un invierno riguroso o un viento
demoledor. Los goznes desmigajados por el óxido, las puertas apenas sostenidas
por cúmulos de telaraña, las ventanas soldadas por la humedad y el piso roto
por la hierba y las flores silvestres, en cuyas grietas anidaban los lagartos y
toda clase de sabandijas, parecían confirmar la versión de que allí no había
estado un ser humano por lo menos en medio siglo. Al impulsivo Aureliano Triste
no le hacían falta tantas pruebas para proceder. Empujó con el hombro la puerta
principal, y la carcomida armazón de madera se derrumbó sin estrépito, en un
callado cataclismo de polvo y tierra de nidos de comején. Aureliano Triste permaneció
en el umbral, esperando que se desvaneciera la niebla, y entonces vio en el
centro de la sala a la escuálida mujer vestida todavía con ropas del siglo
anterior, con unas pocas hebras amarillas en el cráneo pelado, y con unos ojos
grandes, aún hermosos, en los cuales se habían apagado las últimas estrellas de
la esperanza, y el pellejo del rostro agrietado por la aridez de la soledad.
Estremecido por la visión de otro
mundo, Aureliano Triste apenas se dio cuenta de que la mujer lo estaba
apuntando con una anticuada pistola de militar.
-Perdone -murmuro.
Ella permaneció inmóvil en el centro de
la sala atiborrada de cachivaches, examinando palmo a palmo al gigante de
espaldas cuadradas con un tatuaje de ceniza en la frente, y a través de la
neblina del polvo lo vio en la neblina de otro tiempo, con una escopeta de dos
cañones terciada a la espalda y no sartal de conejos en la mano.
-¡Por el amor de Dios -exclamó en voz
baja-, no es justo que ahora me vengan con este recuerdo!
-Quiero alquilar la casa -dijo
Aureliano Triste.
La mujer levantó entonces la pistola,
apuntando con pulso firme la cruz de ceniza, y montó el gatillo con una
determinación inapelable.
-Váyase -ordenó.
Aquella noche, durante la cena,
Aureliano Triste le contó el episodio a la familia, y Úrsula lloró de
consternación. «Dios santo -exclamó apretándose la cabeza con las manos-.
¡Todavía está viva!» El tiempo, las guerras, los incontables desastres
cotidianos la habían hecho olvidarse de Rebeca. La única que no había perdido
un solo instante la conciencia de que estaba viva, pudriéndose en su sopa de
larvas, era la implacable y envejecida Amaranta. Pensaba en ella al amanecer,
cuando el hielo del corazón la despertaba en la cama solitaria, y pensaba en
ella cuando se jabonaba los senos marchitos y el vientre macilento, y cuando se
ponía los blancos pollerines y corpiños de olán de la vejez, y cuando se
cambiaba en la mano la venda negra de la terrible expiación. Siempre, a toda
hora dormida y despierta, en los instantes más sublimes y en los mas abyectos,
Amaranta pensaba en Rebeca, porque la soledad le había seleccionado los
recuerdos, y había incinerado los entorpece dores montones de basura nostálgica
que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y
eternizado los otros, los más amargos. Por ella sabia Remedios la bella, de la
existencia de Rebeca. Cada vez que pasaban por la casa decrépita le contaba un
incidente ingrato una fábula de oprobio, tratando en esa forma de que su
extenuante rencor fuera compartido por la sobrina, y por consiguiente
prolongado más allá de la muerte, pero no consiguió sus propósitos porque
Remedios era inmune a toda clase de sentimientos apasionados, y mucho más a los
ajenos. Úrsula, en cambio, que había sufrido un proceso contrario al de
Amaranta, evocó a Rebeca con un recuerdo limpio de impurezas, pues la imagen de
la criatura de lástima que llevaron a la casa con el talego de huesos de sus
padres prevaleció sobre la ofensa que la hizo indigna de continuar vinculada al
tronco familiar. Aureliano Segundo resolvió que había que llevarla a la casa y
protegerla pero su buen propósito fue frustrado por la inquebrantable
intransigencia de Rebeca, que había necesitado muchos anos de sufrimiento y
miseria para conquistar los privilegios de la soledad y no estaba dispuesta a
renunciar a ellos a cambio de una vejez perturbada por los falsos encantos de
la misericordia.
En febrero, cuando volvieron los
dieciséis hijos del coronel Aureliano Buendía, todavía marcados con la cruz de
ceniza, Aureliano Triste les habló de Rebeca en el fragor de la parranda, y en
medio día restauraron la apariencia de la casa, cambiaron puertas y ventanas,
pintaron la fachada de colores alegres, apuntalaron las paredes y vaciaron
cemento nuevo en el piso, pero no obtuvieron autorización para continuar las
reformas en el interior. Rebeca ni siquiera se asomó a la puerta. Dejó que
terminaran la atolondrada restauración, y luego hizo un cálculo de los costos y
les mandó con Argénida, la vieja sirvienta que seguía acompañándola, un puñado
de monedas retiradas de la circulación desde la última guerra, y que Rebeca
seguía creyendo útiles. Fue entonces cuando se supo hasta qué punto
inconcebible había llegado su desvinculación con el mundo, y se comprendió que
sería imposible rescatarla de su empecinado encierro mientras le quedara un
aliento de vida.
En la segunda visita que hicieron a
Macondo los hijos del coronel Aureliano Buendía, otro de ellos, Aureliano
Centeno, se quedó trabajando con Aureliano Triste. Era uno de los primeros que
habían llegado a la casa para el bautismo, y Úrsula y Amaranta lo recordaban
muy bien porque había destrozado en pocas horas cuanto objeto quebradizo pasó
por sus manos. El tiempo había moderado su primitivo impulso de crecimiento, y
era un hombre de estatura mediana marcado con cicatrices de viruela, pero su
asombroso poder de destrucción manual continuaba intacto.
Tantos platos rompió, inclusive sin
tocarlos, que Fernanda optó por comprarle un servicio de peltre antes de que
liquidara las últimas piezas de su costosa vajilla, y aun los resistentes
platos metálicos estaban al poco tiempo desconchados y torcidos. Pero a cambio
de aquel poder irreme-diable, exasperante inclusive para él mismo, tenía una
cordialidad que suscitaba la confianza inmediata, y una estupenda capacidad de
trabajo. En poco tiempo incrementó de tal modo la producción de hielo, que
rebasó el mercado local, y Aureliano Triste tuvo que pensar en la posibilidad
de extender el negocio a otras poblaciones de la ciénaga. Fue entonces cuando
concibió el paso decisivo no sólo para la modernización de su industria, sino
para vincular la población con el resto del mundo.
-Hay que traer el ferrocarril -dijo.
Fue la primera vez que se oyó esa
palabra en Macondo. Ante el dibujo que trazó Aureliano Triste en la mesa, y que
era un descendiente directo de los esquemas con que José Arcadio Buendía
ilustró el proyecto de la guerra solar, Úrsula confirmó su impresión de que el
tiempo estaba dando vueltas en redondo. Pero al contrario de su abuelo, Aureliano
Triste no perdía el sueño ni el apetito, ni atormentaba a nadie con crisis de
mal humor, sino que concebía los proyectos más desatinados como posibilidades
inmediatas, elaboraba cálculos racionales sobre costos y plazos y los llevaba a
término sin intermedios de exasperación. Aureliano Segundo, que si algo tenía
del bisabuelo y algo le faltaba del coronel Aureliano Buendía era una absoluta
impermeabilidad para el escarmiento, soltó el dinero para llevar el ferrocarril
con la misma frivolidad con que lo soltó para la absurda compañía de navegación
del hermano. Aureliano Triste consultó el calendario y se fue el miércoles
siguiente para estar de vuelta cuando pasaran las lluvias. No se tuvieron más
noticias. Aureliano Centeno, desbordado por las abundancias de la fábrica,
había empezado ya a experimentar la elaboración de hielo con base de jugos de
frutas en lugar de agua, y sin saberlo ni proponérselo concibió los fundamentos
esenciales de la invención de los helados, pensando en esa forma diversificar
la producción de una empresa que suponía suya, porque el hermano no daba
señales de regreso después de que pasaron las lluvias y transcurrió todo un
verano sin noticias. A principios del otro invierno, sin embargo, una mujer que
lavaba ropa en el río a la hora de más calor, atravesó la calle central
lanzando alaridos en un alarmante estado de conmoción.
-Ahí viene -alcanzó a explicar- un
asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo.
En ese momento la población fue
estremecida por un silbato de resonancias pavorosas y una descomunal
respiración acezante. Las semanas precedentes se había visto a las cuadrillas
que tendieron durmientes y rieles, y nadie les prestó atención porque pensaron
que era un nuevo artificio de los gitanos que volvían con su centenario y
desprestigiado dale que dale de pitos y sonajas pregonando las excelencias de
quién iba a saber qué pendejo menjunje de jarapellinosos genios
jerosolimitanos. Pero cuando se restablecieron del desconcierto de los
silbatazos y resoplidos, todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a
Aureliano Triste saludando con la mano desde la locomotora, y vieron hechizados
el tren adornado de flores que por primera vez llegaba con ocho meses de
retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y
tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había
de llevar a Macondo.
XII.
Deslumbrada por tantas y tan
maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a
asombrarse, Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas
alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del
tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se
indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi
proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje
muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas
de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente.
El público que pagaba dos centavos para
compartir las vicisitudes de los personajes, no piado soportar aquella burla
inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi,
explicó mediante un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía
los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación,
muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de
gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían
bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres
imaginarios. Algo semejante ocurrió con los gramófonos de cilindros que
llevaron las alegres matronas de Francia en sustitución de los anticuados
organillos, y que tan hondamente afectaron por un tiempo los intereses de la
banda de músicos. Al principio, la curiosidad multiplicó la clientela de la
calle prohibida, y hasta se supo de señoras respetables que se disfrazaron de
villanos para observar de cerca la novedad del gramófono, pero tanto y de tan
cerca lo observaron, que muy pronto llegaron a la conclusión de que no era un
molino de sortilegio, como todos pensaban y como las matronas decían, sino un
truco mecánico que no podía compararse con algo tan conmovedor tan humano y tan
lleno de verdad cotidiana como una banda de músicos. Fue una desilusión tan
grave, que cuando los gramófonos se popularizaron hasta el punto de que hubo
uno en cada casa, todavía no se les tuvo como objetos para entretenimiento de
adultos sino como una cosa buena para que la destriparan los niños En cambio
cuando alguien del pueblo tuvo oportunidad de comprobar la cruda realidad del
teléfono instalado en la estación del ferrocarril, que a causa de la manivela
se consideraba como una versión rudimentaria del gramófono, hasta los mas
incrédulos se desconcertaron. Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba
toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un
permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación,
hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los
límites de la realidad. Era un intrincado frangollo de verdades y espejismos,
que convulsionó de impaciencia al espectro de José Arcadio Buendía bajo el
castaño y lo obligó a caminar por toda la casa aun a pleno día. Desde que el
ferrocarril fue inaugurado oficialmente y empezó a llegar con regularidad los
miércoles a las once, y se construyó la primitiva estación de madera con un
escritorio, el teléfono y una ventanilla para vender los pasajes, se vieron por
las calles de Macondo hombres y mujeres que fingían actitudes comunes y
corrientes, pero que en realidad parecían gente de circo. En un pueblo
escaldado por el escarmiento de los gitanos no había un buen porvenir para aquellos
equilibristas del comercio ambulante que con igual desparpajo ofrecían una olla
pitadora que un régimen de vida para la salvación del alma al séptimo día; pero
entre los que se dejaban convencer por cansancio y los incautos de siempre,
obtenían estupendos beneficios. Entre esas criaturas de farándula, con
pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con armaduras
de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos miércoles
llegó a Macondo y almorzó en la casa el rechoncho y sonriente míster Herbert.
Nadie lo distinguió en la mesa mientras
no se comió el primer racimo de bananos. Aureliano Segundo lo había encontrado
por casualidad, protestando en español trabajoso porque no había un cuarto
libre en el Hotel de Jacob, y como lo hacía con frecuencia con muchos
forasteros se lo llevó a la casa. Tenía un negocio de globos cautivos, que
había llevado por medio mundo con excelentes ganancias, pero no había
conseguido elevar a nadie en Macondo porque consideraban ese invento como un
retroceso, después de haber visto y probado las esteras voladoras de los
gitanos. Se iba, pues, en el próximo tren. Cuando llevaron a la mesa el
atigrado racimo banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo,
arrancó la primera fruta sin mucho entusiasmo. Pero siguió comiendo mientras
hablaba, saboreando, masticando, más bien con dis- racción de sabio que con
deleite de buen comedor, y al terminar el primer racimo suplicó que le llevaran
otro. Entonces sacó de la caja de herramientas que siempre llevaba consigo un
pequeño estuche de aparatos ópticos. Con la incrédula atención de un comprador
de diamantes examinó meticulosamente un banano seccionando sus partes con un
estilete especial, pesándolas en un granatorio de farmacéutico y calculando su
envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó de la caja una serie de
instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad de la
atmósfera y la intensidad de la luz. Fue una ceremonia tan intrigante, que
nadie comió tranquilo esperando que míster Herbert emitiera por fin un juicio
revelador, pero no dijo nada que permitiera vislumbrar sus intenciones.
En los días siguientes se le vio con
una malta y una canastilla cazando mariposas en los alrededores del pueblo. El
miércoles llegó un grupo de ingenieros, agrónomos, hidrólogos, topógrafos y
agrimensores que durante varias semanas exploraron los mismos lugares donde
míster Herbert cazaba mariposas. Más tarde llegó el señor Jack Brown en un
vagón suplementario que engancharon en la cola del tren amarillo, y que era
todo laminado de plata, con poltronas de terciopelo episcopal y techo de
vidrios azules. En el vagón especial llegaron también, revolo-teando en torno
al señor Brown, los solemnes abogados vestidos de negro que en otra época
siguieron por todas partes al coronel Aureliano Buendía, y esto hizo pensar a
la gente que los agrónomos, hidrólogos, topógrafos y agrimensores, así como
míster Herbert con sus globos cautivos y sus mariposas de colores, y el señor
Brown con su mausoleo rodante y sus feroces perros alemanes, tenían algo que
ver con la guerra. No hubo, sin embargo, mucho tiempo para pensarlo, porque los
suspicaces habitantes de Macondo apenas empezaban a preguntarse qué cuernos era
lo que estaba pasando, cuando ya el pueblo se había transformado en un
campamento de casas de madera con techos de cinc, poblado por forasteros que
llegaban de medio mundo en el tren, no sólo en los asientos y plataformas, sino
hasta en el techo de los vagones. Los gringos, que después llevaron mujeres
lánguidas con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, hicieron un
pueblo aparte al otro lado de la línea del tren, con calles bordeadas de
palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las
terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados
azules con pavorreales y codornices. El sector estaba cercado por una malta
metálica, como un gigantesco gallinero electrificado que en los frescos meses
del verano amanecía negro de golondrinas achicharradas.
Nadie sabía aún qué era lo que
buscaban, o si en verdad no eran más que filántropos, y ya habían ocasionado un
trastorno colosal, mucho más perturbador que el de los antiguos gitanos, pero
menos transitorio y comprensible. Dotados de recursos que en otra época
estuvieron reservados a
-Miren la vaina que nos hemos buscado
solía decir entonces el coronel Aureliano Buendía-, no mas por invitar un
gringo a comer guineo.
Aureliano Segundo, en cambio, no cabía
de contento con la avalancha de forasteros. La casa se llenó de pronto de
huéspedes desconocidos, de invencibles parranderos mundiales, y fue preciso
agregar dormitorios en el patio, ensanchar el comedor y cambiar la antigua mesa
por una de dieciséis puestos, con nuevas vajillas y servicios, y aun así hubo
que establecer turnos para almorzar. Fernanda tuvo que atragantarse sus
escrúpulos y atender como a reyes a invitados de la más perversa condición, que
embarraban con sus botas el corredor, se orinaban en el jardín, extendían sus
petates en cualquier parte para hacer la siesta, y hablaban sin fijarse en
susceptibilidades de damas ni remilgos de caballeros. Amaranta se escandalizó
de tal modo con la invasión de la plebe, que volvió a comer en la cocina como
en los viejos tiempos. El coronel Aureliano Buendía, persuadido de que la
mayoría de quienes entraban a saludarlo en el taller no lo hacían por simpatía
o estimación, sino por la curiosidad de conocer una reliquia histórica, un
fósil de museo, optó por encerrarse con tranca y no se le volvió a ver sino en
muy escasas ocasiones sentado en la puerta de la calle. Úrsula, en cambio, aun
en los tiempos en que ya arrastraba los pies y caminaba tanteando en las
paredes, experimentaba un alborozo pueril cuando se aproximaba la llegada del
tren. «Hay que hacer carne y pescado», ordenaba a las cua-tro cocineras, que se
afanaban por estar a tiempo bajo la imperturbable dirección de Santa Sofía de
Era tal el desorden, que Fernanda se
exasperaba con la idea de que muchos comían dos veces, y en más de una ocasión
quiso desahogarse en improperios de verdulera porque algún comensal confundido
le pedía la cuenta. Había pasado más de un año desde la visita de míster Herbert,
y lo único que se sabía era que Tos gringos pensaban sembrar banano en la
región encantada que José Arcadio Buendía y sus hombres habían atravesado
buscando la ruta de los grandes inventos.
Otros dos hijos del coronel Aureliano
Buendía, con su cruz de ceniza en la frente, llegaron arrastrados por aquel
eructo volcánico, y justificaron su determinación con una frase que tal vez
explicaba las razones de todos.
-Nosotros venimos -dijeron- porque todo
el mundo viene. Remedios, la bella, fue la única que permaneció inmune a la
peste del banano. Se estancó en una adolescencia magnífica, cada vez más
impermeable a los formalismos, más indiferente a la malicia y la suspicacia,
feliz en un mundo propio de realidades simples. No entendía por qué las mujeres
se complicaban la vida con corpiños y pollerines, de modo que se cosió un
balandrán de cañamazo que sencillamente se metía por la cabeza y resolvía sin
más trámites el problema del vestir, sin quitarle la impresión de estar
desnuda, que según ella entendía las cosas era la única forma decente de estar
en casa. La molestaron tanto para que se cortara el cabello de lluvia que ya le
daba a las pantorrillas, y para que se hiciera moños con peinetas y trenzas con
lazos colorados, que simplemente se rapó la cabeza y les hizo pelucas a los
santos. Lo asombroso de su instinto simplificador era que mientras más se
desembarazaba de la moda buscando la comodidad, y mientras más pasaba por
encima de los convencionalismos en obediencia a la espontaneidad, más
perturbadora resultaba su belleza increíble y más provocador su comportamiento
con los hombres. Cuando los hijos del coronel Aureliano Buendía estuvieron por
primera vez en Macondo, Úrsula recordó que llevaban en las venas la misma
sangre de la bisnieta, y se estremeció con un espanto olvidado. «Abre bien los
ojos -la previnió-. Con cualquiera de ellos, los hijos te saldrán con cola de
puerco.» Ella hizo tan poco caso de la advertencia, que se vistió de hombre y
se revolcó en arena para subirse en la cucaña, y estuvo a punto de ocasionar
una tragedia entre los diecisiete primos trastornados por el insoportable
espectáculo. Era por eso que ninguno de ellos dormía en la casa cuando
visitaban el pueblo, y los cuatro que se habían quedado vivían por disposición
de Úrsula en cuartos de alquiler. Sin embargo, Remedios, la bella, se habría
muerto de risa si hubiera conocido aquella precaución. Hasta el último instante
en que estuvo en la tierra ignoró que su irreparable destino de hembra
perturbadora era un desastre cotidiano. Cada vez que aparecía en el comedor,
contrariando las órdenes de Úrsula, ocasionaba un pánico de exasperación entre
los forasteros.
Era demasiado evidente que estaba
desnuda por completo bajo el burdo camisón, y nadie podía entender que su
cráneo pelado y perfecto no era un desafío, y que no era una criminal
provocación el descaro con que se descubría 105 muslos para quitarse el calor,
y el gusto con que se chupaba Tos dedos después de comer con las manos. Lo que
ningún miembro de la familia supo nunca, fue que los forasteros no tardaron en
darse cuenta de que Remedios, la bella, soltaba un hálito de perturbación, una
ráfaga de tormento, que seguía siendo perceptible varias horas después de que
ella había pasado. Hombres expertos en trastornos de amor, probados en el mundo
entero, afirmaban no haber padecido jamás una ansiedad semejante a la que
producía el olor natural de Remedios, la bella. En el corredor de las begonias,
en la sala de visitas, en cualquier lugar de la casa, podía señalarse el lugar
exacto en que estuvo y el tiempo transcurrido desde que dejó de estar. Era un
rastro definido, inconfundible, que nadie de la casa podía distinguir porque
estaba incorporado desde hacía mucho tiempo a los olores cotidianos, pero que
los forasteros identificaban de inmediato. Por eso eran ellos los únicos que
entendían que el joven comandante de la guardia se hubiera muerto de amor, y
que un caballero venido de otras tierras se hubiera echado a la desesperación.
Inconsciente del ámbito inquietante en que se movía, del insoportable estado de
íntima calamidad que provocaba a su paso, Remedios, la bella, trataba a los
hombres sin la menor malicia y acababa de trastornarlos con sus inocentes
complacencias.
Cuando Úrsula logró imponer la orden de
que comiera con Amaranta en la cocina para que no la vieran los forasteros,
ella se sintió más cómoda porque al fin y al cabo quedaba a salvo de toda
disciplina. En realidad, le daba lo mismo comer en cualquier parte, y no a
horas fijas sino de acuerdo con las alternativas de su apetito. A veces se
levantaba a almorzar a las tres de la madrugada, dormía todo el día, y pasaba
varios meses con los horarios trastrocados, hasta que algún incidente casual
volvía a ponerla en orden. Cuando las cosas andaban mejor, se levantaba a las
once de la mañana, y se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el
baño, matando alacranes mientras se despejaba del denso y prolongado sueño.
Luego se echaba agua de la alberca con una totuma. Era un acto tan prolongado,
tan meticuloso, tan rico en situaciones ceremoniales, que quien no la conociera
bien habría podido pensar que estaba entregada a una merecida adoración de su
propio cuerpo. Para ella, sin embargo, aquel rito solitario carecía de toda
sensualidad, y era simplemente una manera de perder el tiempo mientras le daba
hambre.
Un día, cuando empezaba a bañarse, un
forastero levantó una teja del techo y se quedó sin aliento ante el tremendo
espectáculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a través de las tejas
rotas y no tuvo una reacción de vergüenza, sino de alarma.
-Cuidado -exclamó-. Se va a caer.
-Nada más quiero verla -murmuró el
forastero.
-Ah, bueno -dijo ella-. Pero tenga
cuidado, que esas tejas están podridas.
El rostro del forastero tenía una
dolorosa expresión de estupor, y parecía batallar sordamente contra sus
impulsos primarios para no disipar el espejismo. Remedios, la bella, pensó que
estaba sufriendo con el temor de que se rompieran las tejas, y se bañó más de
prisa que de costumbre para que el hombre no siguiera en peligro. Mientras se
echaba agua de la alberca, le dijo que era un problema que el techo estuviera
en ese estado, pues ella creía que la cama de hojas podridas por la lluvia era
lo que llenaba el baño de alacranes. El forastero confundió aquella cháchara
con una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empezó a
jabonarse cedió a la tentación de dar un paso adelante.
-Déjeme jabonarla -murmuró.
-Le agradezco la buena intención -dijo
ella-, pero me basto con mis dos manos.
-Aunque sea la espalda -suplicó el
forastero.
-Sería una ociosidad -dijo ella-. Nunca
se ha visto que la gente se jabone la espalda.
Después, mientras se secaba, el
forastero le suplicó con los ojos llenos de lágrimas que se casara con él. Ella
le contestó sinceramente que nunca se casaría con un hombre tan simple que
perdía casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, sólo por ver bañarse a
una mujer. Al final, cuando se puso el balandrán, el hombre no pudo soportar la
comprobación de que en efecto no se ponía nada debajo, como todo el mundo
sospechaba, y se sintió marcado para siempre con el hierro ardiente de aquel
secreto. Entonces quitó dos tejas más para descolgarse en el interior del baño.
-Está muy alto -lo previno ella,
asustada-. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron en un estrépito
de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se
rompió el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento. Los forasteros que
oyeron el estropicio en el comedor, y se apresuraron a llevarse el cadáver, percibieron
en su piel el sofocante olor de Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con
El cuerpo, que las grietas del cráneo no manaban sangre sino un aceite ambarino
impregnado de aquel perfume secreto, y entonces comprendieron que el olor de
Remedios, la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la muerte,
hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de
horror con los otros dos hombres que habían muerto por Remedios, la bella.
Faltaba todavía una víctima para que los forasteros, y muchos de los antiguos
habitantes de Macondo, dieran crédito a la leyenda de que Remedios Buendía no
exhalaba un aliento de amor, sino un flujo mortal La ocasión de comprobarlo se
presentó meses después una tarde en que Remedios, la bella, fue con un grupo de
amigas a conocer las nuevas plantaciones. Para la gente de Macondo era una
distracción reciente recorrer las húmedas e interminables avenidas bordeadas de
bananos, donde el silencio parecía llevado de otra parte, todavía sin usar, y
era por eso tan torpe para transmitir la voz. A veces no se entendía muy bien
lo dicho a medio metro de distancia, y, sin embargo, resultaba perfectamente
comprensible al otro extremo de la plantación. Para las muchachas de Macondo
aquel juego novedoso era motivo de risas y sobresaltos, de sustos y burlas, y
por las noches se hablaba del paseo como de una experiencia de sueño. Era tal
el prestigio de aquel silencio, que Úrsula no tuvo corazón para privar de la
diversión a Remedios, la bella, y le permitió ir una tarde, siempre que se
pusiera un sombrero y un traje adecuado. Desde que el grupo de amigas entró a
la plantación, el aire se impregnó de una fragancia mortal. Los hombres que
trabajaban en las zanjas se sintieron poseídos por una rara fascinación, amenazados
por un peligro invisible, y muchos sucumbieron a los terribles deseos de
llorar. Remedios, la bella, y, sus espantadas amigas, lograron refugiarse en
una casa próxima cuando estaban a punto de ser asaltadas por un tropel de
machos feroces. Poco después fueron rescatadas por los cuatro Aurelianos, cuyas
cruces de ceniza infundían un respeto sagrado, como si fueran una marca de
casta, un sello de invulnerabilidad. Remedios, la bella, no le contó a nadie
que uno de los hombres, aprovechando el tumulto, le alcanzó a agredir El
vientre con una mano que más bien parecía una garra de águila aferrándose al
borde de un precipicio. Ella se enfrentó al agresor en una especie de
deslumbramiento instantáneo, y vio los ojos desconsolados que quedaron impresos
en su corazón como una brasa de lástima. Esa noche, el hombre se jactó de su
audacia y presumió de su suerte en
La suposición de que Remedios, la
bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos
irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se compla-cían en decir
que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora
mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no
sólo para rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría bastado con
un sentimiento tan primitivo y simple como el amor, pero eso fue lo único que
no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió o ocuparse de ella. En otra época,
cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró
que se interesara por los asuntos elementales de la casa. «Los hombres piden
más de lo que tú crees -le decía enigmáticamente. Hay mucho que cocinar, mucho
que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo que crees.» En el
fondo se engañaba a si misma tratando de adiestraría para la felicidad doméstica,
porque estaba convencida de que una vez satisfecha la pasión, no había un
hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia
que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio,
y su inque-brantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla
desistir de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte,
confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde
había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar con
ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de
convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando
la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de
coser, llegó a la conclusión simple de que era boba. «Vamos a tener que
rifarte», le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los
hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella,
asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que
aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy pronto habría un
hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto débil de
su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un
pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe,
renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de
comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval
sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio
comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio
de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una
vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y
repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había
conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad
para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella,
se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas,
madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus
comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos,
hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas
de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado,
cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una
palidez intensa.
-¿Te sientes mal? -le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada
la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me he
sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda
sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las
desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los
encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el
instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega,
fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento
irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la
bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las
sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los
escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban
las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires
donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
Los forasteros, por supuesto, pensaron
que Remedios, la bella, había sucumbido por fin a su irrevocable destino de
abeja reina, y que su familia trataba de salvar la honra con la patraña de la
levitación. Fernanda, mordida por la envidia, terminó por aceptar el prodigio,
y durante mucho tiempo siguió rogando a Dios que le devolviera las sábanas. La
mayoría creyó en el milagro, y hasta se encendieron velas y se rezaron
novenarios. Tal vez no se hubiera vuelto a hablar de otra cosa en mucho tiempo,
si el bárbaro exterminio de los Aurelianos no hubiera sustituido el asombro por
el espanto. Aunque nunca lo identificó como un presagio, el coronel Aureliano
Buendía había previsto en cierto modo el trágico final de sus hijos. Cuando
Aureliano Serrador y Aureliano Arcaya, los dos que llegaron en el tumulto,
manifestaron la voluntad de quedarse en Macondo, su padre trató de disuadirlos.
No entendía qué iban a hacer en un pueblo que de la noche a la mañana se había
convertido en un lugar de peligro. Pero Aureliano Centeno y Aureliano Triste,
apoyados por Aureliano Segundo, les dieron trabajo en sus empresas. El coronel
Aureliano Buendía tenía motivos todavía muy confusos para no patrocinar aquella
determinación.
Desde que vio al señor Brown en el
primer automóvil que llegó a Macondo -un convertible anaranjado con una corneta
que espantaba a los perros con sus ladridos-, el viejo guerrero se indignó con
los serviles aspavientos de la gente, y se dio cuenta de que algo había
cambiado en la índole de los hombres desde los tiempos en que abandonaban
mujeres e hijos y se echaban una escopeta al hombro para irse a la guerra. Las
autoridades locales, después del armisticio de Neerlandia, eran alcaldes sin
iniciativa, jueces decorativos, escogidos entre los pacíficos y cansados conservadores
de Macondo. «Este es un régimen de pobres diablos comentaba el coronel
Aureliano Buendía cuando veía pasar a los policías descalzos armados de
bolillos de palo-.
Hicimos tantas guerras, y todo para que
no nos pintaran la casa de azul.» Cuando llegó la compañía bananera, sin
embargo, los funcionarios locales fueron sustituidos por forasteros
autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir en el gallinero
electrificado, para que gozaran, según explicó, de la dignidad que correspondía
a su investidura, y no padecieran el calor y los mosquitos y las incontables
incomodidades y privaciones del pueblo. Los antiguos policías fueron
reemplazados por sicarios de machetes. Encerrado en el taller, el coronel
Aureliano Buendía pensaba en estos cambios, y por primera vez en sus callados
años de soledad lo atormentó la definida certidumbre de que había sido un error
no proseguir la guerra hasta sus últimas consecuencias. Por esos días, un
hermano del olvidado coronel Magnífico Visbal llevó su nieto de siete años a
tomar un refresco en los carritos de la plaza, y porque el niño tropezó por
accidente con un cabo de la policía y le derramó el refresco en el uniforme, el
bárbaro lo hizo picadillo a machetazos y decapitó de un tajo al abuelo que
trató de impedirlo. Todo el pueblo vio pasar al decapitado cuando un grupo de
hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una mujer llevaba
cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde habían metido los pedazos
de niño.
Para el coronel Aureliano Buendía fue
el límite de la expiación. Se encontró de pronto padeciendo la misma
indignación que sintió en la juventud, frente al cadáver de la mujer que fue
muerta a palos porque la mordió un perro con mal de rabia. Miró a los grupos de
curiosos que estaban frente a la casa y con su antigua voz estentórea,
restaurada por un hondo desprecio contra sí mismo, les echó encima la carga de
odio que ya no podía soportar en el corazón.
-¡Un día de estos -gritó- voy a armar a
mis muchachos para que acaben con estos gringos de mierda!
En el curso de esa semana, por
distintos lugares del litoral, sus diecisiete hijos fueron cazados como conejos
por criminales invisibles que apuntaron al centro de sus cruces de ceniza.
Aureliano Triste salía de la casa de su madre a las siete de la noche, cuando
un disparo de fusil surgido de la oscuridad le perforó la frente. Aureliano
Centeno fue encontrado en la hamaca que solía colgar en la fábrica, con un
punzón de picar hielo clavado hasta la empuñadura entre las cejas.
Aureliano Serrador había dejado a su
novia en casa de sus padres después de llevarla al cine, y regresaba por la
iluminada calle de los Turcos cuando alguien que nunca fue identificado entre
la muchedumbre disparó un tiro de revólver que lo derribó dentro de un caldero
de manteca hirviendo. Pocos minutos después, alguien llamó a la puerta del
cuarto donde Aureliano Arcaya estaba encerrado con una mujer, y le gritó:
«Apúrate, que están matando a tus hermanos.» La mujer que estaba con él contó
después que Aureliano Arcaya saltó de la cama y abrió la puerta, y fue esperado
con una descarga de máuser que le desbarató el cráneo. Aquella noche de muerte,
mientras la casa se preparaba para velar los cuatro cadáveres, Fernanda
recorrió el pueblo como una loca buscando a Aureliano Segundo, a quien Petra
Cotes encerró en un ropero creyendo que la consigna de exterminio incluía a
todo el que llevara el nombre del coronel. No le dejó salir hasta el cuarto
día, cuando los telegramas recibidos de distintos lugares del litoral
permitieron comprender que la saña del enemigo invisible estaba dirigida
solamente contra los hermanos marcados con cruces de ceniza. Amaranta buscó la
libreta de cuentas donde había anotado los datos de los sobrinos, y a medida
que llegaban los telegramas iba tachando nombres, hasta que sólo quedó el del
mayor. Lo recordaban muy bien por el contraste de su piel oscura con los
grandes ojos verdes. Se llamaba Aureliano Amador, era carpintero, y vivía en un
pueblo perdido en las estribaciones de la sierra. Después de esperar dos
semanas el telegrama de su muerte, Aureliano Segundo le mandó un emisario para
prevenirlo, pensando que ignoraba la amenaza que pesaba sobre él. El emisario
regresó con la noticia de que Aureliano Amador estaba a salvo. La noche del
exterminio habían ido a buscarlo dos hombres a su casa, y habían descargado sus
revólveres contra él, pero no le habían acertado a la cruz de ceniza. Aureliano
Amador logró saltar la cerca del patio, y se perdió en los laberintos de la
sierra que conocía palmo a palmo gracias a la amistad de los indios con quienes
comerciaba en maderas. No había vuelto a saberse de él.
Fueron días negros para el coronel
Aureliano Buendía. El presidente de la república le dirigió un telegrama de
pésame, en el que prometía una investigación exhaustiva, y rendía homenaje a
los muertos. Por orden suya, el alcalde se presentó al entierro con cuatro
coronas fúnebres que pretendió colocar sobre los ataúdes, pero el coronel lo
puso en la calle. Después del entierro, redactó y llevó personalmente un telegrama
violento para el presidente de la república, que el telegrafista se negó a
tramitar. Entonces lo enriqueció con términos de singular agresividad, lo metió
en un sobre y lo puso al correo. Como le había ocurrido con la muerte de su
esposa, como tantas veces le ocurrió durante la guerra con la muerte de sus
mejores amigos, no experimentaba un sentimiento de pesar, sino una rabia ciega
y sin dirección, una extenuante impotencia. Llegó hasta denunciar la
complicidad del padre Antonio Isabel, por haber marcado a sus hijos con ceniza
indeleble para que fueran identificados por sus enemigos. El decrépito
sacerdote que ya no hilvanaba muy bien las ideas y empezaba a espantar a los
feligreses con las disparatadas interpretaciones que intentaba en el púlpito, apareció
una tarde en la casa con el tazón donde preparaba las cenizas del miércoles, y
trató de ungir con ellas a toda la familia para demostrar que se quitaban con
agua. Pero el espanto de la desgracia había calado tan hondo, que ni la misma
Fernanda se prestó al experimento, y nunca más se vio un Buendía arrodillado en
el comulgatorio el miércoles de ceniza.
El coronel Aureliano Buendía no logró
recobrar la serenidad en mucho tiempo. Abandonó la fabricación de pescaditos,
comía a duras penas, y andaba como un sonámbulo por toda la casa, arrastrando
la manta y masticando una cólera sorda. Al cabo de tres meses tenía el pelo
ceniciento, el antiguo bigote de puntas engomadas chorreando sobre los labios
sin color, pero en cambio sus ojos eran otra vez las dos brasas que asustaron a
quienes lo vieron nacer y que en otro tiempo hacían rodar las sillas con sólo
mirarlas. En la furia de su tormento trataba inútilmente de provocar los
presagios que guiaron su juventud por senderos de peligro hasta el desolado yermo
de la gloria. Estaba perdido, extraviado en una casa ajena donde ya nada ni
nadie le suscitaba el menor vestigio de afecto. Una vez abrió el cuarto de
Melquíades, buscando los rastros de un pasado anterior a la guerra, y sólo
encontró los escombros, la basura, los montones de porquería acumulados por
tantos años de abandono. En las pastas de los libros que nadie había vuelto a
leer, en los viejos pergaminos macerados por la humedad había prosperado una
flora lívida, y en el aire que había sido el más puro y luminoso de la casa
flotaba un insoportable olor de recuerdos podridos. Una mañana encontró a
Úrsula llorando bajo el castaño, en las rodillas de su esposo muerto. El
coronel Aureliano Buendía era el único habitante de la casa que no seguía
viendo al potente anciano agobiado por medio siglo de intemperie. «Saluda a tu
padre», le dijo Úrsula. Él se detuvo un instante frente al castaño, y una vez
más comprobó que tampoco aquel espacio vacío le suscitaba ningún afecto.
-¿Qué dice? -preguntó.
-Está muy triste -contestó Úrsula-
porque cree que te vas a morir.
-Dígale -sonrió el coronel- que uno no
se muere cuando debe, sino cuando puede.
El presagio del padre muerto removió el
último rescoldo de soberbia que le quedaba en el corazón, pero él lo confundió
con un repentino soplo de fuerza. Fue por eso que asedió a Úrsula para que le
revelara en qué lugar del patio estaban enterradas las monedas de oro que
encontraron dentro del San José de yeso. «Nunca lo sabrás -le dijo ella, con
una firmeza inspirada en un viejo escarmiento-. Un día -agregó- ha de aparecer
el dueño de esa fortuna, y sólo él podrá desenterraría.» Nadie sabía por qué un
hombre que siempre fue tan desprendido había empezado a codiciar el dinero con
semejante ansiedad, y no las modestas cantidades que le habrían bastado para
resolver una emergencia, sino una fortuna de magnitudes desatinadas cuya sola
mención dejó sumido en un mar de asombro a Aureliano Segundo. Los viejos
copartidarios a quienes acudió en demanda de ayuda, se escondieron para no recibirlo.
Fue por esa época que se le oyó decir: «La única diferencia actual entre
liberales y conservadores, es que los liberales van a misa de cinco y los
conservadores van a misa de ocho.» Sin embargo, insistió con tanto ahínco,
suplicó de tal modo, quebrantó a tal punto sus principios de dignidad, que con
un poco de aquí y otro poco de allá, deslizándose por todas partes con una
diligencia sigilosa y una perseverancia despiadada, consiguió reunir en ocho
meses más dinero del que Úrsula tenía enterrado. Entonces visitó al enfermo
coronel Gerineldo Márquez para que lo ayudara a promover la guerra total.
En un cierto momento, el coronel
Gerineldo Márquez era en verdad el único que habría podido mover, aun desde su
mecedor de paralítico, los enmohecidos hilos de la rebelión. Después del
armisticio de Neerlandia, mientras el coronel Aureliano Buendía se refugiaba en
el exilio de sus pescaditos de oro, él se mantuvo en contacto con los oficiales
rebeldes que le fueron fieles hasta la derrota. Hizo con ellos la guerra triste
de la humillación cotidiana, de las súplicas y los memoriales, del vuelva
mañana, del ya casi, del estamos estudiando su caso con la debida atención; la
guerra perdida sin remedio contra los muy atentos y seguros servidores que
debían asignar y no asignaron nunca las pensiones vitalicias. La otra guerra,
la sangrienta de veinte años, no les causó tantos estragos como la guerra
corrosiva del eterno aplazamiento. El propio coronel Gerineldo Márquez, que
escapó a tres atentados, sobrevivió a cinco heridas y salió ileso de
incontables batallas, sucumbió al asedio atroz de la espera y se hundió en la
derrota miserable de la vejez, pensando en Amaranta entre los rombos de luz de
una casa prestada. Los últimos veteranos de quienes se tuvo noticia aparecieron
retratados en un periódico, con la cara levantada de indignidad, junto a un
anónimo presidente de la república que les regaló unos botones con su efigie
para que los usaran en la solapa, y les restituyó una bandera sucia de sangre y
de pólvora para que la pusieran sobre sus ataúdes. Los otros, los más dignos,
todavía esperaban una carta en la penumbra de la caridad pública, muriéndose de
hambre, sobreviviendo de rabia, pudriéndose de viejos en la exquisita mierda de
la gloria. De modo que cuando el coronel Aureliano Buendía lo invitó a promover
una conflagración mortal que arrasara con todo vestigio de un régimen de
corrupción y de escándalo sostenido por el invasor extranjero, el coronel
Gerineldo Márquez no pudo reprimir un estremecimiento de compasión.
-Ay, Aureliano -suspiró-, ya sabía que
estabas viejo, pero ahora me doy cuenta que estás mucho más viejo de lo que
pareces.
XIII.
En el aturdimiento de los últimos años,
Úrsula había dispuesto de muy escasas treguas para atender a la formación papal
de José Arcadio, cuando éste tuvo que ser preparado a las volandas para irse al
seminario. Meme, su hermana, repartida entre la rigidez de Fernanda y las
amarguras de Amaranta, llegó casi al mismo tiempo a la edad prevista para
mandarla al colegio de las monjas donde harían de ella una virtuosa del
clavicordio. Úrsula se sentía atormentada por graves dudas acerca de la
eficacia de los métodos con que había templado el espíritu del lánguido
aprendiz de Sumo Pontífice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante
vejez ni a los nubarrones que apenas le permitían vislumbrar el contorno de las
cosas, sino a algo que ella misma no lograba definir pero que concebía
confusamente como un progresivo desgaste del tiempo. «Los años de ahora ya no
vienen como los de antes», solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se
le escapaba de las manos. Antes, pensaba, los niños tardaban mucho para crecer.
No había sino que recordar todo el tiempo que se necesitó para que José
Arcadio, el mayor, se fuera con los gitanos, y todo lo que ocurrió antes de que
volviera pintado como una culebra y hablando como un astrónomo, y las cosas que
ocurrieron en la casa antes de que Amaranta y Arcadio olvidaran la lengua de
los indios y aprendieran el castellano. Había que ver las de sol y sereno que
soportó el pobre José Arcadio Buendía bajo el castaño, y todo lo que hubo que
llorar su muerte antes de que llevaran moribundo a un coronel Aureliano Buendía
que después de tanta guerra y después de tanto sufrir por él, aún no cumplía
cincuenta años. En otra época, después de pasar todo el día haciendo animalitos
de caramelo, todavía le sobraba tiempo para ocuparse de los niños, para verles
en el blanco del ojo que estaban necesitando una pócima de aceite de ricino. En
cambio, ahora, cuando no tenía nada que hacer y andaba con José Arcadio
acaballado en la cadera desde el amanecer hasta la noche, la mala clase del
tiempo le había obligado a dejar cosas a medias. La verdad era que Úrsula se
resistía a envejecer aun cuando ya había perdido la cuenta de su edad, y
estorbaba por todos lados, y trataba de meterse en todo, y fastidiaba a los
forasteros con la preguntadora de si no habían dejado en la casa, por los
tiempos de la guerra, un San José de yeso para que lo guardara mientras pasaba
la lluvia. Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. Todavía
en sus últimos años, cuando ya no podía levantarse de la cama, parecía
simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie descubrió que
estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José
Arcadio. Al principio creyó que se trataba de una debilidad transitoria, y
tomaba a escondidas jarabe de tuétano y se echaba miel de abeja en los ojos,
pero muy pronto se fue convenciendo de que se hundía sin remedio en las tinieblas,
hasta el punto de que nunca tuvo una noción muy clara del invento de la luz
eléctrica, porque cuando instalaron los primeros focos sólo alcanzó a percibir
el resplandor. No se lo dijo a nadie, pues habría sido un reconocimiento
público de su inutilidad. Se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias
de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria
cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. Más tarde había de
descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las
tinieblas con una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color, y
la salvaron definitivamente de la vergüenza de una renuncia. En la oscuridad
del cuarto podía ensartar la aguja y tejer un ojal, y sabía cuándo estaba la
leche a punto de hervir, Conoció con tanta seguridad el lugar en que se
encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega.
En cierta ocasión, Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo
matrimonial, y Úrsula lo encontró en una repisa del dormitorio de los niños.
Sencillamente, mientras los otros andaban descuidadamente por todos lados, ella
los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la tomaran por sorpresa, y
al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía todos
los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi
repetía las mismas palabras a la misma hora. Sólo cuando se salían de esa
meticulosa rutina corrían el riesgo de perder algo. De modo que cuando oyó a
Fernanda consternada porque había perdido el anillo, Úrsula recordó que lo
único distinto que había hecho aquel día era asolear las esteras de los niños
porque Meme había descubierto una chinche la noche anterior. Como los niños
asistieron a la limpieza, Úrsula pensó que Fernanda había puesto el anillo en
el único lugar en que ellos no podían alcanzarlo: la repisa. Fernanda, en
cambio, lo buscó únicamente en los trayectos de su itinerario cotidiano, sin
saber que la búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos
rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas.
La crianza de José Arcadio ayudó a
Úrsula en la tarea agotadora de mantenerse al corriente de los mínimos cambios
de la casa. Cuando se daba cuenta de que Amaranta estaba vistiendo a los santos
del dormitorio, fingía que le enseñaba al niño las diferencias de los colores.
-Vamos a ver -le decía-, cuéntame de
qué color está vestido San Rafael Arcángel.
En esa forma, el niño le daba la
información que le negaban sus ojos, y mucho antes de que él se fuera al
seminario ya podía Úrsula distinguir por la textura los distintos colores de la
ropa de los santos. A veces ocurrían accidentes imprevistos. Una tarde estaba
Amaranta bordando en el corredor de las begonias, y Úrsula tropezó con ella.
-Por el amor de Dios -protestó
Amaranta-, fíjese por donde camina.
-Eres tú -dijo Úrsula-, la que estás
sentada donde no debe ser.
Para ella era cierto. Pero aquel día
empezó a darse cuenta de algo que nadie había descubierto, y era que en el
transcurso del año el sol iba cambiando imperceptiblemente de posición, y
quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco
y sin advertirlo. A partir de entonces, Úrsula no tenía sino que recordar la
fecha para conocer el lugar exacto en que estaba sentada Amaranta. Aunque el
temblor de las manos era cada vez más perceptible y no podía con el peso de los
pies, nunca se vio su menudita figura en tantos lugares al mismo tiempo. Era
casi tan diligente como cuando llevaba encima todo el peso de la casa. Sin
embargo, en la impenetrable soledad de la decrepitud dispuso de tal
clarividencia para examinar hasta los más insignificantes acontecimientos de la
familia, que por primera vez vio con claridad las verdades que sus ocupaciones
de otro tiempo le habían impedido ver. Por la época en que preparaban a José
Arcadio para el seminario, ya había hecho una recapitulación infinitesimal de
la vida de la casa desde la fundación de Macondo, y había cambiado por completo
la opinión que siempre tuvo de sus descendientes. Se dio cuenta de que el
coronel Aureliano Buendía no le había perdido el cariño a la familia a causa
del endurecimiento de la guerra, como ella creía antes, sino que nunca había
querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables mujeres
de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbró que
no había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había
renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creta,
sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa
soberbia. Llegó a la conclusión de que aquel hijo por quien ella habría dado la
vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche, cuando lo
tenía en el vientre, lo oyó llorar. Fue un lamento tan definido, que José
Arcadio Buendía despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a
ser ventrílocuo. Otras personas pronosticaron que sería adivino. Ella, en
cambio, se estremeció con la certidumbre de que aquel bramido profundo era un
primer indicio de la temible cola de cerdo, y rogó a Dios que le dejara morir
la criatura en el vientre. Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y
así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la
madre no es un anuncio de ventriloquia ni de facultad adivinatoria, sino una
señal inequívoca de incapacidad para el amor.
Aquella desvalorización de la imagen
del hijo le suscitó de un golpe toda la compasión que le estaba debiendo.
Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada
amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más
tierna que había existido jamás, y comprendió con una lastimosa clarividencia
que las injustas torturas a que había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas
por una voluntad de venganza, como todo el mundo creía, ni el lento martirio
con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez había sido determinado
por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creía, sino que ambas
acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una
cobardía invencible, y había triunfado finalmente el miedo irracional que
Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón. Fue por esa época
que Úrsula empezó a nombrar a Rebeca, a evocaría con un viejo cariño exaltado
por el arrepentimiento tardío y la admiración repentina, habiendo comprendido
que solamente ella, Rebeca, la que nunca se aumentó de su leche sino de la
tierra de la tierra y la cal de las paredes, la que no llevó en las venas
sangre de sus venas sino la sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos
seguían cloqueando en la tumba, Rebeca, la del corazón impaciente, la del
vientre desaforado, era la única que tuvo la valentía sin frenos que Úrsula
había deseado para su estirpe.
-Rebeca -decía, tanteando las paredes-,
¡qué injustos hemos sido contigo!
En la casa, sencillamente, creían que
desvariaba, sobre todo desde que le dio por andar con el brazo derecho
levantado, como el arcángel Gabriel. Fernanda se dio cuenta, sin embargo, de
que había un sol de clarividencia en las sombras de ese desvarío, pues Úrsula
podía decir sin titubeos cuánto dinero se había gastado en la casa durante el
último año. Amaranta tuvo una idea semejante cierto día en que su madre meneaba
en la cocina una olla de sopa, y dijo de pronto, sin saber que la estaban
oyendo, que el molino de maíz que le compraron a los primeros gitanos, y que
había desaparecido desde antes de que José Arcadio le diera sesenta y cinco
veces la vuelta al mundo, estaba todavía en casa de Pilar Ternera. También casi
centenaria, pero entera y ágil a pesar de la inconcebible gordura que espantaba
a los niños como en otro tiempo su risa espantaba a, las palomas, Pilar Ternera
no se sorprendió del acierto de Úrsula, porque su propia experiencia empezaba a
indicarle que una vejez alerta puede ser más atinada que las averiguaciones de
barajas.
Sin embargo, cuando Úrsula se dio
cuenta de que no le había alcanzado el tiempo para consolidar la vocación de
José Arcadio, se dejó aturdir por la consternación. Empezó a cometer errores,
tratando de ver con los ojos las cosas que la intuición le permitía ver con
mayor claridad.
Una mañana le echó al niño en la cabeza
el contenido de un tintero creyendo que era agua florida. Ocasionó tantos
tropiezos con la terquedad de intervenir en todo, que se sintió trastornada por
ráfagas de mal humor, y trataba de quitarse las tinieblas que por fin la
estaban enredando como un camisón de telaraña. Fue entonces cuando se le
ocurrió que su torpeza no era la primera victoria de la decrepitud y la
oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que antes, cuando Dios no hacía
con los meses y los años las mismas trampas que hacían los turcos al medir una
yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no sólo crecían los niños más
de prisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo. No bien
Remedios, la bella, había subido al cielo en cuerpo y alma, y ya la
desconsiderada Fernanda andaba refunfuñando en los rincones porque se había
llevado las sábanas. No bien se habían enfriado los cuerpos de los Aurelianos
en sus tumbas, y ya Aureliano Segundo tenía otra vez la casa prendida, llena de
borrachos que tocaban el acordeón y se ensopaban en champaña, como si no
hubieran muerto cristianos sino perros, y como si aquella casa de locos que
tantos dolores de cabeza y tantos animalitos de caramelo había costado,
estuviera predestinada a convertirse en un basurero de perdición. Recordando
estas cosas mientras alistaban el baúl de José Arcadio, Úrsula se preguntaba si
no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la
tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la
gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y
preguntando y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos
irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de
permitirse por fin un instante rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas
veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una
vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que
había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.
-¡Carajo! -gritó.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa
en el baúl, creyó que la había picado un alacrán.
-¡Dónde está! -preguntó alarmada.
-¿Qué?
-¡El animal! -aclaró Amaranta.
Úrsula se puso un dedo en el corazón.
-Aquí -dijo.
Un jueves a las dos de la tarde, José
Arcadio se fue al seminario. Úrsula había de evocarlo siempre como lo imaginó
al despedirlo, lánguido y serio y sin derramar una lágrima, como ella le había
enseñado, ahogándose de calor dentro del vestido de pana verde con botones de
cobre y un lazo almidonado en el cuello. Dejó el comedor impregnado de la
penetrante fragancia de agua de florida que ella le echaba en la cabeza para
poder seguir su rastro en la casa. Mientras duró el almuerzo de despedida, la
familia disimuló el nerviosismo con expresiones de júbilo, y celebró con
exagerado entusiasmo las ocurrencias del padre Antonio Isabel. Pero cuando se
llevaron el baúl forrado de terciopelo con esquinas de plata, fue como si
hubieran sacado de la casa un ataúd. El único que se negó a participar en la
despedida fue el coronel Aureliano Buendía.
-Esta era la última vaina que nos
faltaba -refunfuñó-: ¡un Papa!
Tres meses después, Aureliano Segundo y
Fernanda llevaron a Meme al colegio, y regresaron con un clavicordio que ocupó
el lugar de la pianola. Fue por esa época que Amaranta empezó a tejer su propia
mortaja. La fiebre del banano se había apaciguado. Los antiguos habitantes de
Macondo se encontraban arrinconados por los advenedizos, trabajosamente asidos
a sus precarios recursos de antaño, pero reconfortados en todo caso por la
impresión de haber sobrevivido a un naufragio. En la casa siguieron recibiendo
invitados a almorzar, y en realidad no se restableció la antigua rutina
mientras no se fue, años después, la compañía bananera. Sin embargo, hubo
cambios radicales en el tradicional sentido de hospitalidad, porque entonces
era Fernanda quien imponía sus leyes. Con Úrsula relegada a las tinieblas, y
con Amaranta abstraída en la labor del sudario, la antigua aprendiza de reina
tuvo libertad para seleccionar a los comensales e imponerles las rígidas normas
que le inculcaran sus padres. Su severidad hizo de la casa un reducto de
costumbres revenidas, en un pueblo convulsionado por la vulgaridad con que los
forasteros despilfarraban sus fáciles fortunas. Para ella, sin más vueltas, la
gente de bien era la que no tenía nada que ver con la compañía bananera. Hasta
José Arcadio Segundo, su cuñado, fue víctima de su celo discriminatorio, porque
en el embullamiento de la primera hora volvió a rematar sus estupendos gallos
de pelea y se empleó de capataz en la compañía bananera.
-Que no vuelva a pisar este hogar -dijo
Fernanda-, mientras tenga la sarna de los forasteros.
Fue tal la estrechez impuesta en la
casa, que Aureliano Segundo se sintió definitivamente más cómodo donde Petra
Cotes. Primero, con el pretexto de aliviarle la carga a la esposa, trasladó las
parrandas. Luego, con el pretexto de que los animales estaban perdiendo
fecundidad, trasladó los establos y caballerizas. Por último, con el pretexto
de que en casa de la concubina hacía menos calor, trasladó la pequeña oficina
donde atendía sus negocios. Cuando Fernanda se dio cuenta de que era una viuda
a quien todavía no se le había muerto el marido, ya era demasiado tarde para
que las cosas volvieran a su estado anterior. Aureliano Segundo apenas si comía
en la casa, y las únicas apariencias que seguía guardando, como las de dormir
con la esposa, no bastaban para convencer a nadie. Una noche, por descuido, lo
sorprendió la mañana en la cama de Petra Cotes.
Fernanda, al contrario de lo que él
esperaba. no le hizo el menor reproche ni soltó el más leve suspiro de
resentimiento, pero ese mismo día le mandó a casa de la concubina sus dos
baúles de ropa. Los mandó a pleno sol y con instrucciones de llevarlos por la
mitad de la calle, para que todo el mundo los viera, creyendo que el marido
descarriado no podría soportar la vergüenza y volvería al redil con la cabeza
humillada. Pero aquel gesto heroico fue apenas una prueba más de lo mal que
conocía Fernanda no sólo el carácter de su marido, sino la índole de una
comunidad que nada tenía que ver con la de sus padres, porque todo el que vio
pasar los baúles se dijo que al fin y al cabo esa era la culminación natural de
una historia cuyas intimidades no ignoraba nadie, y Aureliano Segundo celebró
la libertad regalada con una parranda de tres días. Para mayor desventaja de la
esposa, mientras ella empezaba a hacer una mala madurez con sus sombrías
vestiduras talares, sus medallones anacrónicos y su orgullo fuera de lugar, la
concubina parecía reventar en una segunda juventud, embutida en vistosos trajes
de seda natural y con los ojos atigrados por la candela de la reivindicación.
Aureliano Segundo volvió a entregarse a ella con la fogosidad de la
adolescencia, como antes, cuando Petra Cotes no lo quería por ser él sino
porque lo confundía con su hermano gemelo, y acostándose con ambos al mismo
tiempo pensaba que Dios le había deparado la fortuna de tener un hombre que
hacía el amor como si fueran dos.
Era tan apremiante la pasión
restaurada, que en más de una ocasión se miraron a los ojos cuando se disponían
a comer, y sin decirse nada taparon los platos y se fueron a morirse de hambre
y de amor en el dormitorio. Inspirado en las cosas que había visto en sus
furtivas visitas a las matronas francesas, Aureliano Segundo le compró a Petra
Cotes una cama con baldaquín arzobispal, y puso cortinas de terciopelo en las
ventanas y cubrió el cielorraso y las paredes del dormitorio con grandes
espejos de cristal de roca. Se le vio entonces más parrandero y botarate que
nunca. En el tren, que llegaba todos los días a las once, recibía cajas y más
cajas de champaña y de brandy. Al regreso de la estación arrastraba a la
cumbiamba improvisada a cuanto ser humano encontraba a su paso, nativo o
forastero, conocido o por conocer, sin distinciones de ninguna clase. Hasta el
escurridizo señor Brown, que sólo alternaba en lengua extraña, se dejó seducir
por las tentadoras señas que le hacía Aureliano Segundo, y varias veces se
emborrachó a muerte en casa de Petra Cotes y hasta hizo que los feroces perros
alemanes que lo acompañaban a todas partes bailaran canciones texanas que él
mismo masticaba de cualquier modo al compás del acordeón.
-Apártense vacas -gritaba Aureliano
Segundo en el paroxismo de la fiesta-. Apártense que la vida es corta.
Nunca tuvo mejor semblante, ni lo
quisieron más, ni fue más desaforado el paritorio de sus animales. Se
sacrificaban tantas reses, tantos cerdos y gallinas en las interminables
parrandas, que la tierra del patio se volvió negra y lodosa de tanta sangre.
Aquello era un eterno tiradero de huesos y tripas, un muladar de sobras, y
había que estar quemando recámaras de dinamita a todas horas para que los
gallinazos no les sacaran los ojos a los invitados. Aureliano Segundo se volvió
gordo, violáceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al
de José Arcadio cuando regresó de la vuelta al mundo. El prestigio de su
desmandada voracidad, de su inmensa capacidad de despilfarro, de su
hospitalidad sin precedente, rebasó los límites de la ciénaga y atrajo a los
glotones mejor calificados del litoral. De todas partes llegaban tragaldabas
fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y
resistencia que se organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el
comedor invicto, hasta el sábado de infortunio en que apareció Camila
Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero con el buen nombre de
El duelo se prolongó hasta el amanecer
del martes. En las primeras veinticuatro horas, habiendo despachado una ternera
con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media de champaña,
Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria. Se veía más entusiasta,
más vital que la imperturbable adversaria, poseedora de un estilo evidentemente
más profesional, pero por lo mismo menos emocionante para el abigarrado público
que desbordó la casa. Mientras Aureliano Segundo comía a dentelladas, desbocado
por la ansiedad del triunfo,
Era gigantesca y maciza, pero contra la
corpulencia colosal prevalecía la ternura de la femineidad, y tenía un rostro
tan hermoso, unas manos tan finas y bien cuidadas y un encanto personal tan
irresistible, que cuando Aureliano Segundo la vio entrar a la casa comentó en
voz baja que hubiera preferido no hacer el torneo en la mesa sino en la cama.
Más tarde, cuando la vio consumir el cuadril de la ternera sin violar una sola
regla de la mejor urbanidad, comentó seriamente que aquel delicado, fascinante
e insaciable proboscidio era en cierto modo la mujer ideal. No estaba
equivocado. La fama de quebrantahuesos que precedió a
-Si no puede, no coma más -dijo
Lo dijo de corazón, comprendiendo que
tampoco ella podía comer un bocado más por el remordimiento de estar
propiciando la muerte del adversario. Pero Aureliano Segundo lo interpretó como
un nuevo desafío, y se atragantó de pavo hasta más allá de su increíble
capacidad. Perdió el conocimiento. Cayó de bruces en el plato de huesos,
echando espumarajos de perro por la boca, y ahogándose en ronquidos de agonía.
Sintió, en medio de las tinieblas, que lo arrojaban desde lo más alto de una
torre hacia un precipicio sin fondo, y en un último fogonazo de lucidez se dio
cuenta de que al término de aquella inacabable caída lo estaba esperando la
muerte.
-Llévenme con Fernanda -alcanzó a
decir.
Los amigos que lo dejaron en la casa
creyeron que le había cumplido a la esposa la promesa de no morir en la cama de
la concubina. Petra Cotes había embetunado los botines de charol que él quería
tener puestos en el ataúd, y ya andaba buscando a alguien que los llevara,
cuando fueron a decirle que Aureliano Segundo estaba fuera de peligro. Se
restableció, en efecto, en menos de una semana, y quince días después estaba
celebrando con una parranda sin precedentes el acontecimiento de la
supervivencia. Siguió viviendo en casa de Petra Cotes, pero visitaba a Fernanda
todos los días y a veces se quedaba a comer en familia, como si el destino
hubiera invertido la situación, y lo hubiera dejado de esposo de la concubina y
de amante de la esposa.
Fue un descanso para Fernanda. En los
tedios del abandono, sus únicas distracciones eran los ejercicios de
clavicordio a la hora de la siesta, y las cartas de sus hijos. En las
detalladas esquelas que les mandaba cada quince días, no había una sola línea
de verdad. Les ocultaba sus penas.
Les escamoteaba la tristeza de una casa
que a pesar de la luz sobre las begonias, a pesar de la sofocación de las dos
de la tarde, a pesar de las frecuentes ráfagas de fiesta que llegaban de la
calle, era cada vez más parecida a la mansión colonial de sus padres. Fernanda
vagaba sola entre tres fantasmas vivos y el fantasma muerto de José Arcadio
Buendía, que a veces iba a sentarse con una atención inquisitiva en la penumbra
de la sala, mientras ella tocaba el clavicordio. El coronel Aureliano Buendía
era una sombra. Desde la última vez que salió a la calle a proponerle una
guerra sin porvenir al coronel Gerineldo Márquez, apenas si abandonaba el
taller para orinar bajo el castaño. No recibía más visitas que las del
peluquero cada tres semanas. Se alimentaba de cualquier cosa que le llevaba
Úrsula una vez al día, y aunque seguía fabricando pescaditos de oro con la
misma pasión de antes, dejó de venderlos cuando se enteró de que la gente no
los compraba como joyas sino como reliquias históricas. Había hecho en el patio
una hoguera con las muñecas de Remedios, que decoraban su dormitorio desde el
día de su matrimonio. La vigilante Úrsula se dio cuenta de lo que estaba
haciendo su hijo, pero no pudo impedirlo.
-Tienes un corazón de piedra -le dijo.
-Esto no es asunto del corazón -dijo
él-. El cuarto se está llenando de polillas.
Amaranta tejía su mortaja. Fernanda no
entendía por qué le escribía cartas ocasionales a Meme, y hasta le mandaba
regalos, y en cambio ni siquiera quería hablar de José Arcadio. «Se morirán sin
saber por qué», contestó Amaranta cuando ella le hizo la pregunta a través de
Úrsula, y aquella respuesta sembró en su corazón un enigma que nunca pudo
esclarecer. Alta, espadada, altiva, siempre vestida con abundantes pollerines
de espuma y con un aire de distinción que resistía a los años y a los malos
recuerdos, Amaranta parecía llevar en la frente la cruz de ceniza de la
virginidad. En realidad la llevaba en la mano, en la venda negra que no se
quitaba ni para dormir, y que ella misma lavaba y planchaba. La vida se le iba
en bordar el sudario. Se hubiera dicho que bordaba durante el día y desbordaba
en la noche, y no con la esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino
todo lo contrario, para sustentaría.
La mayor preocupación que tenía
Fernanda en sus años de abandono, era que Meme fuera a pasar las primeras
vacaciones y no encontrar a Aureliano Segundo en la casa. La congestión puso
término a aquel temor. Cuando Memo volvió, sus padres se habían puesto de
acuerdo no sólo para que la niña creyera que Aureliano Segundo seguía siendo un
esposo domesticado, sino también para que no notara la tristeza de la casa.
Todos los años, durante dos meses, Aureliano Segundo representaba su papel de
marido ejemplar, y promovía fiestas con helados y galletitas, que la alegre y
vivaz estudiante amenizaba con el clavicordio. Era evidente desde entonces que
había heredado muy poco del carácter de la madre. Parecía más bien una segunda
versión de Amaranta, cuando ésta no conocía a la amargura y andaba alborotando
la casa con sus pasos de baile, a los doce, a los catorce años, antes de que la
pasión secreta por Pietro Crespi torciera definitivamente el rumbo de su
corazón. Pero al contrario de Amaranta, al contrario de todos, Memo no revelaba
todavía el sino solitario de la familia, y parecía enteramente conforme con el
mundo, aun cuando se encerraba en la sala a las dos de la tarde a practicar el
clavicordio con una disciplina inflexible. Era evidente que le gustaba la casa,
que pasaba todo el año soñando con el alboroto de adolescentes que provocaba su
llegada, y que no andaba muy lejos de la vocación festiva y los desafueros
hospitalarios de su padre. El primer signo de esa herencia calamitosa se reveló
en las terceras vacaciones, cuando Memo apareció en la casa con cuatro monjas y
sesenta y ocho compañeras de clase, a quienes invitó a pasar una semana en
familia, por propia iniciativa y sin ningún anuncio.
-¡Qué desgracia! -se lamentó Fernanda-.
¡Esta criatura es tan bárbara como su padre!
Fue preciso pedir camas y hamacas a los
vecinos, establecer nueve turnos en la mesa, fijar horarios para el baño y
conseguir cuarenta taburetes prestados para que las niñas de uniformes azules y
botines de hombre no anduvieran todo el día revoloteando de un lado a otro. La
invitación fue un fracaso, porque las ruidosas colegialas apenas acababan de
desayunar cuando ya tenían que empezar los turnos para el almuerzo, y luego
para la cena, y en toda la semana sólo pudieron hacer un paseo a las
plantaciones. Al anochecer, las monjas estaban agotadas, incapacitadas para
moverse, para impartir una orden más, y todavía el tropel de adolescentes
incansables estaba en el patio cantando desabridos himnos escolares. Un día
estuvieron a punto de atropellar a Úrsula, que se empeñaba en ser útil
precisamente donde más estorbaba. Otro día, las monjas armaron un alboroto
porque el coronel Aureliano Buendía orinó bajo el castaño sin preocuparse de
que las colegialas estuvieran en el patio. Amaranta estuvo a punto de sembrar
el pánico, porque una de las monjas entró a la cocina cuando ella estaba
salando la sopa, y lo único que se le ocurrió fue preguntar qué eran aquellos
puñados de polvo blanco.
-Arsénico -dijo Amaranta.
La noche de su llegada, las estudiantes
se embrollaron de tal modo tratando de ir al excusado antes de acostarse, que a
la una de la madrugada todavía estaban entrando las últimas.
Fernanda compró entonces setenta y dos
bacinillas, pero sólo consiguió convertir en un problema matinal el problema
nocturno, porque desde el amanecer había frente al excusado una larga fila de
muchachas, cada una con su bacinilla en la mano, esperando turno para lavarla.
Aunque algunas sufrieron calenturas y a varias se les infectaron las picaduras
de los mosquitos, la mayoría demostró una resistencia inquebrantable frente a
las dificultades más penosas, y aun a la hora de más calor correteaban en el
jardín. Cuando por fin se fueron, las flores estaban destrozadas, los muebles
partidos y las paredes cubiertas de dibujos y letreros, pero Fernanda les
perdonó los estragos en el alivio de la partida. Devolvió las camas y taburetes
prestados y guardó las setenta y dos bacinillas en el cuarto de Melquíades. La
clausurada habitación, en torno a la cual giró en otro tiempo la vida
espiritual de la casa, fue conocida desde entonces como el cuarto de las
bacinillas. Para el coronel Aureliano Buendía, ese era el nombre más apropiado,
porque mientras el resto de la familia seguía asombrándose de que la pieza de
Melquíades fuera inmune al polvo y la destrucción, él la veía convertida en un
muladar. De todos modos, no parecía importarle quién tenía la razón, y si se
enteró del destino del cuarto fue porque Fernanda estuvo pasando y perturbando
su trabajo una tarde entera para guardar las bacinillas.
Por esos días reapareció José Arcadio
Segundo en la casa. Pasaba de largo por el corredor, sin saludar a nadie, y se
encerraba en el taller a conversar con el coronel. A pesar de que no podía
verlo, Úrsula analizaba el taconeo de sus botas de capataz, y se sorprendía de
la distancia insalvable que lo separaba de la familia, inclusive del hermano
gemelo con quien jugaba en la infancia ingeniosos juegos de confusión, y con el
cual no tenía ya ningún rasgo común. Era lineal, solemne, y tenía un estar
pensativo, y una tristeza de sarraceno, y un resplandor lúgubre en el rostro
color de otoño. Era el que más se parecía a su madre, Santa Sofía de
En realidad, José Arcadio Segundo no
era miembro de la familia, ni lo sería jamás de otra, desde la madrugada
distante en que el coronel Gerineldo Márquez lo llevó al cuartel, no para que
viera un fusilamiento, sino para que no olvidara en el resto de su vida la
sonrisa triste y un poco burlona del fusilado. Aquél no era sólo su recuerdo
más antiguo, sino el único de su niñez. El otro, el de un anciano con un
chaleco anacrónico y un sombrero de alas de cuervo que contaba maravillas
frente a una ventana deslumbrante, no lograba situarlo en ninguna época. Era un
recuerdo incierto, enteramente desprovisto de enseñanzas o nostalgia, al
contrario del recuerdo del fusilado, que en realidad había definido el rumbo de
su vida, y regresaba a su memoria cada vez más nítido a medida que envejecía,
como si el transcurso del tiempo lo hubiera ido aproximando. Úrsula trató de
aprovechar a José Arcadio Segundo para que el coronel Aureliano Buendía
abandonara su encierro. «Convéncelo de que vaya al cine -le decía-. Aunque no
le gusten las películas tendrá por lo menos una ocasión de respirar aire puro.»
Pero no tardó en darse cuenta de que él era tan insensible a sus súplicas como
hubiera podido serlo el coronel, y que estaban acorazados por la misma
impermeabilidad a los afectos. Aunque nunca supo, ni lo supo nadie, de qué
hablaban en los prolongados encierros del taller, entendió que fueran ellos los
únicos miembros de la familia que parecían vinculados por las afinidades.
La verdad es que ni José Arcadio
Segundo hubiera podido sacar al coronel de su encierro. La invasión escolar
había rebasado los límites de su paciencia. Con el pretexto de que el
dormitorio nupcial estaba a merced de las polillas a pesar de la destrucción de
las apetitosas muñecas de Remedios, colgó una hamaca en el taller, y entonces
lo abandonó solamente para ir al patio a hacer sus necesidades. Úrsula no
conseguía hilvanar con él una conversación trivial. Sabía que no miraba los
platos de comida, sino que los ponía en un extremo del mesón mientras terminaba
el pescadito, y no le importaba si la sopa se llenaba de nata y se enfriaba la
carne. Se endureció cada vez más desde que el coronel Gerineldo Márquez se negó
a secundario en una guerra senil.
Se encerró con tranca dentro de sí
mismo, y la familia terminó por pensar en él como si hubiera muerto. No se le
volvió a ver una reacción humana, hasta un once de octubre en que salió a la
puerta de la calle para ver el desfile de un circo. Aquella había sido para el
coronel Aureliano Buendía una jornada igual a todas las de sus últimos años. A
las cinco de la madrugada lo despertó el alboroto de los sapos y los grillos en
el exterior del muro. La llovizna persistía desde el sábado, y él no hubiera
tenido necesidad de oír su minucioso cuchicheo en las hojas del jardín, porque
de todos modos lo hubiera sentido en el frío de los huesos. Estaba, como
siempre, arropado con la manta de lana, y con los largos calzoncillos de
algodón crudo que seguía usando por comodidad, aunque a causa de su polvoriento
anacronismo él mismo los llamaba «calzoncillos de godo». Se puso los pantalones
estrechos, pero no se cerró las presillas ni se puso en el cuello de la camisa
el botón de oro que usaba siempre, porque tenía el propósito de darse un baño.
Luego se puso la manta en la cabeza,
como un capirote, se peinó con los dedos el bigote chorreado, y fue a orinar en
el patio. Faltaba tanto para que saliera el sol que José Arcadio Buendía
dormitaba todavía bajo el cobertizo de palmas podridas por la llovizna. Él no
lo vio, como no lo había visto nunca, ni oyó la frase incomprensible que le
dirigió el espectro de su padre cuando despertó sobresaltado por el chorro de
orín caliente que le salpicaba los zapatos. Dejó el baño para más tarde, no por
el frío y la humedad, sino por la niebla opresiva de octubre. De regreso al
taller percibió el olor de pabilo de los fogones que estaba encendiendo Santa
Sofía de
-¡Qué lluvia! -dijo Úrsula.
-Octubre -dijo él.
Al decirlo, no levantó la vista del
primer pescadito del día, porque estaba engastando los rubíes de los ojos. Sólo
cuando lo terminó y lo puso con los otros en el tarro, empezó a tomar la sopa.
Luego se comió, muy despacio, el pedazo
de carne guisada con cebolla, el arroz blanco y las tajadas de plátano fritas,
todo junto en el mismo plato. Su apetito no se alteraba ni en las mejores ni en
las más duras circunstancias. Al término del almuerzo experimentó la zozobra de
la ociosidad. Por una especie de superstición científica, nunca trabajaba, ni
leía, ni se bañaba, ni hacía el amor antes de que transcurrieran dos horas de
digestión, y era una creencia tan arraigada que varias veces retrasó
operaciones de guerra para no someter la tropa a los riesgos de una congestión.
De modo que se acostó en la hamaca, sacándose la cera de los oídos con un
cortaplumas, y a los pocos minutos se quedó dormido. Soñó que entraba en una
casa vacía, de paredes blancas, y que lo inquietaba la pesadumbre de ser el
primer ser humano que entraba en ella. En el sueño recordó que había soñado lo
mismo la noche anterior y en muchas noches de los últimos años, y supo que la
imagen se habría borrado de su memoria al despertar, porque aquel sueño
recurrente tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño. Un
momento después, en efecto, cuando el peluquero llamó a la puerta del taller,
el coronel Aureliano Buendía despertó con la impresión de que involuntariamente
se había quedado dormido por breves segundos, y que no había tenido tiempo de
soñar nada.
-Hoy no -le dijo al peluquero-. Nos
vemos el viernes.
Tenía una barba de tres días, moteada
de pelusas blancas, pero no creía necesario afeitarse si el viernes se iba a
cortar el pelo y podía hacerlo todo al mismo tiempo. El sudor pegajoso de la
siesta indeseable revivió en sus axilas las cicatrices de los golondrinos.
Había escampado, pero aún no salía el sol. El coronel Aureliano Buendía emitió
un eructo sonoro que le devolvió al paladar la acidez de la sopa, y que fue
como una orden del organismo para que se echara la manta en los hombros y fuera
al excusado. Allí permaneció más del tiempo necesario, acuclillado sobre la
densa fermentación que subía del cajón de madera, hasta que la costumbre le
indicó que era hora de reanudar el trabajo. Durante el tiempo que duró la
espera volvió a recordar que era martes, y que José Arcadio Segundo no había
estado en el taller porque era día de pago en las fincas de la compañía
bananera. Ese recuerdo, como todos los de los últimos años, lo llevó sin que
viniera a cuento a pensar en la guerra. Recordó que el coronel Gerineldo
Márquez le había prometido alguna vez conseguirle un cabal lo con una estrella
blanca en la frente, y que nunca se había vuelto a hablar de eso. Luego derivó
hacia episodios dispersos, pero los evocó sin calificarlos, porque a fuerza de
no poder pensar en otra cosa había aprendido a pensar en frío, para que los
recuerdos ineludibles no le lastimaran ningún sentimiento. De regreso al
taller, viendo que el aire empezaba a secar, decidió que era un buen momento
para bañarse, pero Amaranta se le había anticipado. Así que empezó el segundo
pescadito del día. Estaba engarzando la cola cuando el sol salió con tanta
fuerza que la claridad crujió como un balandro. El aire lavado por la llovizna
de tres días se llenó de hormigas voladoras. Entonces cayó en la cuenta de que
tenía deseos de orinar, y los estaba aplazando hasta que acabara de armar el
pescadito.
Iba para el patio, a las cuatro y diez,
cuando oyó los cobres lejanos, los retumbos del bombo y el júbilo de los niños,
y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la
nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a
conocer el hielo.
Santa Sofía de
-Es el circo -gritó.
En vez de ir al castaño, el coronel
Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se mezcló con los
curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote
de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que
marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio los payasos
haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad
miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la
calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados
al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue al castaño, pensando en el
circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no
encontró el recuerdo.
Metió la cabeza entre los hombros, como
un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.
La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando
Santa Sofía de
XIV.
Las últimas vacaciones de Meme
coincidieron con el luto por la muerte del coronel Aureliano Buendía. En la
casa cerrada no había lugar para fiestas. Se hablaba en susurros, se comía en
silencio, se rezaba el rosario tres veces al día, y hasta los ejercicios de
clavicordio en el calor de la siesta tenían una resonancia fúnebre. A pesar de
su secreta hostilidad contra el coronel, fue Fernanda quien impuso el rigor de
aquel duelo, impresionada por la solemnidad con que el gobierno exaltó la
memoria del enemigo muerto. Aureliano Segundo volvió como de costumbre a dormir
en la casa mientras pasaban las vacaciones de su hija, y algo debió hacer
Fernanda para recuperar sus privilegios de esposa legítima, porque el año
siguiente encontró Meme una hermanita recién nacida, a quien bautizaron contra
la voluntad de la madre con el nombre de Amaranta Úrsula.
Meme había terminado sus estudios. El
diploma que la acreditaba como concertista de clavicordio fue ratificado por el
virtuosismo con que ejecutó temas populares del siglo XVII en la fiesta
organizada para celebrar la culminación de sus estudios, y con la cual se puso
término al duelo. Los invitados admiraron, más que su arte, su rara dualidad.
Su carácter frívolo y hasta un poco infantil no parecía adecuado para ninguna
actividad seria, pero cuando se sentaba al clavicordio se transformaba en una
muchacha diferente, cuya madurez imprevista le daba un aire de adulto. Así fue
siempre. En verdad no tenía una vocación definida, pero había logrado las más
altas calificaciones mediante una disciplina inflexible, para no contrariar a
su madre. Habrían podido imponerle el aprendizaje de cualquier otro oficio y
los resultados hubieran sido los mismos. Desde muy niña le molestaba el rigor
de Fernanda, su costumbre de decidir por los demás, y habría sido capaz de un
sacrificio mucho más duro que las lecciones de clavicordio, sólo por no
tropezar con su intransigencia. En el acto de clausura la impresión de que el
pergamino con letras góticas y mayúsculas historiadas la liberaba de un
compromiso que había aceptado no tanto por obediencia como por comodidad, y
creyó que a partir de entonces ni la porfiada Fernanda volvería a preocuparse
por un instrumento que hasta las monjas consideraban como un fósil de museo. En
los primeros años creyó que sus cálculos eran errados, porque después de haber
dormido a media ciudad no sólo en la sala de visitas, sino en cuantas veladas
benéficas, sesiones escolares y conmemoraciones patrióticas se celebraban en
Macondo, su madre siguió in-vitando a todo recién llegado que suponía capaz de
apreciar las virtudes de la hija. Sólo después de la muerte de Amaranta, cuando
la familia volvió a encerrarse por un tiempo en el luto, pudo Meme clausurar el
clavicordio y olvidar la llave en cualquier ropero, sin que Fernanda se
molestara en averiguar en qué momento ni por culpa de quién se había
extraviado. Meme resistió las exhibiciones con el mismo estoicismo con que se
consagró al aprendizaje. Era el precio de su libertad. Fernanda estaba tan
complacida con su docilidad y tan orgullosa de la admiración que despertaba su
arte, que nunca se opuso a que tuviera la casa llena de amigas, y pasara la
tarde en las plantaciones y fuera al cine con Aureliano Segundo o con señoras
de confianza, siempre que la película hubiera sido autorizada en el púlpito por
el padre Antonio Isabel. En aquellos ratos de esparcimiento se revelaban los
verdaderos gustos de Meme. Su felicidad estaba en el otro extremo de la
disciplina, en las fiestas ruidosas, en los comadreos de enamorados, en los
pro-longados encierros con sus amigas, donde aprendían a fumar y conversaban de
asuntos de hombres, y donde una vez se les pasó la mano con tres botellas de
ron de caña y terminaron desnudas midiéndose y comparando las partes de sus
cuerpos. Meme no olvidaría jamás la noche en que entró en la casa masticando
rizomas de regaliz, y sin que advirtieran su trastorno se sentó a la mesa en
que Fernanda y Amaranta cenaban sin dirigirse la palabra. Había pasado dos
horas tremendas en el dormitorio de una amiga, llorando de risa y de miedo, y
en el otro lado de la crisis había encontrado el raro sentimiento de valentía
que le hizo falta para fugarse del colegio y decirle a su madre con esas o con
otras palabras que bien podía ponerse una lavativa de clavicordio. Sentada en
la cabecera de la mesa, tomando un caldo de pollo que le caía en el estómago
como un elixir de resurrección, Meme vio entonces a Fernanda y Amaranta
envueltas en el halo acusador de la realidad. Tuvo que hacer un grande esfuerzo
para no echarles en cara sus remilgos, su pobreza de espíritu, sus delirios de
grandeza. Desde las segundas vacaciones se había enterado de que su padre sólo
vivía en la casa por guardar las apariencias, y conociendo a Fernanda como la
conocía y habiéndoselas arreglado más tarde para conocer a Petra Cotes, le
concedió la razón a su padre. También ella hubiera preferido ser la hija de la
concubina. En el embotamiento del alcohol, Meme pensaba con deleite en el
escándalo que se habría suscitado si en aquel momento hubiera expresado sus
pensamientos, y fue tan intensa la íntima satisfacción de la picardía, que
Fernanda la advirtió.
-¿Qué te pasa? -preguntó.
-Nada -contestó Meme-. Que apenas ahora
descubro cuánto las quiero.
Amaranta se asustó con la evidente
carga de odio que llevaba la declaración. Pero Fernanda se sintió tan conmovida
que creyó volverse loca cuando Meme despertó a medianoche con la cabeza
cuarteada por el dolor, y ahogándose en vómitos de hiel. Le dio un frasco de
aceite de castor, le puso cataplasmas en el vientre y bolsas de hielo en la
cabeza, y la obligó a cumplir la dieta y el encierro de cinco días ordenados
por el nuevo extravagante médico francés que, después de examinarla más de dos
horas, llegó a la conclusión nebulosa de que tenía un trastorno propio de
mujer. Abandonada por la valentía, en un miserable estado de desmoralización, a
Meme no le quedó otro recurso que aguantar. Úrsula, ya completamente ciega,
pero todavía activa y lúcida, fue la única que intuyó el diagnóstico exacto.
«Para mí -pensó-, estas son las mismas cosas que les dan a los borrachos.» Pero
no sólo rechazó la idea, sino que se reprochó la ligereza de pensamiento.
Aureliano Segundo sintió un retortijón de conciencia cuando vio el estado de
postración de Meme, y se prometió ocuparse más de ella en el futuro. Fue así
como nació la relación de alegre camaradería entre el padre y la hija, que lo
liberó a él por un tiempo de la amarga soledad de las parrandas, y la liberó a
ella de la tutela de Fernanda sin tener que provocar la crisis doméstica que ya
parecía inevitable. Aureliano Segundo aplazaba entonces cualquier compromiso
para estar con Meme, por llevarla al cine o al circo, y le dedicaba la mayor
parte de su ocio. En los últimos tiempos, el estorbo de la obesidad absurda que
ya no le permitía amarrarse los cordones de los zapatos, y la satisfacción
abusiva de toda clase de apetitos, habían empezado a agriarle el carácter. El
descubrimiento de la hija le restituyó la antigua jovialidad, y el gusto de
estar con ella lo iba apartando poco a poco de la disipación. Meme despuntaba
en una edad frutal. No era bella, como nunca lo fue Amaranta, pero en cambio era
simpática, descomplicada, y tenía la virtud de caer bien desde el primer
momento. Tenía un espíritu mo-derno que lastimaba la anticuada sobriedad y el
mal disimulado corazón cicatero de Fernanda, y que en cambio Aureliano Segundo
se complacía en patrocinar. Fue él quien resolvió sacarla del dormitorio que
ocupaba desde niña, y donde los pávidos ojos de los santos seguían alimentando
sus terrores de adolescente, y le amuebló un cuarto con una cama tronal, un
tocador amplio y cortinas de terciopelo, sin caer en la cuenta de que estaba
haciendo una segunda versión del aposento de Petra Gotes. Era tan pródigo con
Meme que ni siquiera sabía cuánto dinero le proporcionaba, porque ella misma se
lo sacaba de los bolsillos, y la mantenía al tanto de cuanta novedad
embellecedora llegaba a los comisariatos de la compañía bananera. El cuarto de
Meme se llenó de almohadillas de piedra pómez para pulirse las uñas, rizadores
de cabellos, brilladores de dientes, colirios para languidecer la mirada, y
tantos y tan novedosos cosméticos y artefactos de belleza que cada vez que
Fernanda entraba en el dormitorio se escandalizaba con la idea de que el
tocador de la hija debía ser igual al de las matronas francesas. Sin embargo,
Fernanda andaba en esa época con el tiempo dividido entre la pequeña Amaranta
Úrsula, que era caprichosa y enfermiza, y una emocionante correspondencia con
los médicos invisibles. De modo que cuando advirtió la complicidad del padre
con la hija, la única promesa que le arrancó a Aureliano Segundo fue que nunca
llevaría a Meme a casa de Petra Cotes. Era una advertencia sin sentido, porque
la concubina estaba tan molesta con la camaradería de su amante con la hija que
no quería saber nada de ella. La atormentaba un temor desconocido, como si el
instinto le indicara que Meme, con sólo desearlo, podría conseguir lo que no
pudo conseguir Fernanda:
privarla de un amor que ya consideraba
asegurado hasta la muerte. Por primera vez tuvo que soportar Aureliano Segundo
las caras duras y las virulentas cantaletas de la concubina, y hasta temió que
sus traídos y llevados baúles hicieran el camino de regreso a casa de la
esposa. Esto no ocurrió. Nadie conocía mejor a un hombre que Petra Cotes a su
amante, y sabía que los baúles se quedarían donde los mandaran, porque si algo
detestaba Aureliano Segundo era com-plicarse la vida con rectificaciones y
mudanzas. De modo que los baúles se quedaron donde estaban, y Petra Cotes se
empeñó en reconquistar al marido afilando las únicas armas con que no podía
disputárselo la hija. Fue también un esfuerzo innecesario, porque Meme no tuvo
nunca el propósito de intervenir en los asuntos de su padre, y seguramente si
lo hubiera hecho habría sido en favor de la concubina. No le sobraba tiempo
para molestar a nadie. Ella misma barría el dormitorio y arreglaba la cama,
como le enseñaron las monjas. En la mañana se ocupaba de su ropa, bordando en
el corredor o cosiendo en la vieja máquina de manivela de Amaranta. Mientras
los otros hacían la siesta, practicaba dos horas el clavicordio, sabiendo que
el sacrificio diario mantendría calmada a Fernanda. Por el mismo motivo seguía
ofreciendo conciertos en bazares eclesiásticos y veladas escolares, aunque las
solicitudes eran cada vez menos frecuentes. Al atardecer se arreglaba, se ponía
sus trajes sencillos y sus duros borceguíes, y si no tenía algo que hacer con
su padre iba a casas de amigas, donde permanecía hasta la hora de la cena. Era
excepcional que Aureliano Segundo no fuera a buscarla entonces para llevarla al
cine.
Entre las amigas de Meme había tres
jóvenes norteamericanas que rompieron el cerco del gallinero electrificado y
establecieron amistad con muchachas de Macondo. Una de ellas era Patricia
Brown. Agradecido con la hospitalidad de Aureliano Segundo, el señor Brown le
abrió a Meme las puertas de su casa y la invitó a los bailes de los sábados,
que eran los únicos en que los gringos alternaban con los nativos. Cuando
Fernanda lo supo, se olvidó por un momento de Amaranta Úrsula y los médicos
invisibles, y armó todo un melodrama. «Imagínate -le dijo a Meme- lo que va a
pensar el coronel en su tumba.» Estaba buscando, por supuesto, el apoyo de
Úrsula. Pero la anciana ciega, al contrario de lo que todos esperaban,
consideró que no había nada reprochable en que Meme asistiera a los bailes y cultivara
amistad con las norteamericanas de su edad, siempre que conservara su firmeza
de criterio y no se dejara convertir a la religión protestante. Meme captó muy
bien el pensamiento de la tatarabuela, y al día siguiente de los bailes se
levantaba más temprano que de costumbre para ir a misa. La oposición de
Fernanda resistió hasta el día en que Meme la desarmó con la noticia de que los
norteamericanos querían oírla tocar el clavicordio. El instrumento fue sacado
una vez más de la casa y llevado a la del señor Brown, donde, en efecto, la
joven concertista recibió los aplausos más sinceros y las fe-licitaciones más
entusiastas. Desde entonces no sólo la invitaron a los bailes, sino también a
los baños dominicales en la piscina, y a almorzar una vez por semana. Meme
aprendió a nadar como una profesional, a jugar al tenis y a comer jamón de
Virginia con rebanadas de piña. Entre bailes, piscina y tenis, se encontró de
pronto desenredándose en inglés. Aureliano Segundo se entusiasmó tanto con los
progresos de la hija que le compró a un vendedor viajero una enciclopedia
inglesa en seis volúmenes y con numerosas láminas de colores, que Meme leía en
sus horas libres. La lectura ocupó la atención que antes destinaba a los
comadreos de enamorados o a los encierros experimentales con sus amigas, no
porque se lo hubiera impuesto como disciplina, sino porque ya había perdido
todo interés en comentar misterios que eran del dominio público. Recordaba la
borrachera como una aventura infantil, y le parecía tan divertida que se la
contó a Aureliano Segundo, y a éste le pareció más divertida que a ella. «Si tu
madre lo supiera», le dijo, ahogándose de risa, como le decía siempre que ella
le hacía una confidencia. Él le había hecho prometer que con la misma confianza
lo pondría al corriente de su primer noviazgo, y Meme le había contado que
simpatizaba con un pelirrojo norteamericano que fue a pasar vacaciones con sus
padres. «Qué barbaridad -rió Aureliano Segundo-. Si tu madre lo supiera.» Pero
Meme le contó también que el muchacho había regresado a su país y no había
vuelto a dar señales de vida. Su madurez de criterio afianzó la paz doméstica.
Aureliano Segundo dedicaba entonces más horas a Petra Cotes, y aunque ya el
cuerpo y el alma no le daban para parrandas como las de antes, no perdía
ocasión de promoverías y de desenfundar el acordeón, que ya tenía algunas
teclas amarradas con cordones de zapatos. En la casa, Amaranta bordaba su
interminable mortaja, y Úrsula se dejaba arrastrar por la decrepitud hacia el
fondo de las tinieblas, donde lo único que seguía siendo visible era el
espectro de José Arcadio Buendía bajo el castaño. Fernanda consolidó su
autoridad. Las cartas mensuales a su hijo José Arcadio no llevaban entonces una
línea de mentira, y solamente le ocultaba su correspondencia con los mé-dicos
invisibles, que le habían diagnosticado un tumor benigno en el intestino grueso
y estaban preparándola para practicarle una intervención telepática.
Se hubiera dicho que en la cansada
mansión de los Buendía había paz y felicidad rutinaria para mucho tiempo si la
intempestiva muerte de Amaranta no hubiera promovido un nuevo escándalo.
Fue un acontecimiento inesperado.
Aunque estaba vieja y apartada de todos, todavía se notaba firme y recta, v con
la salud de piedra que tuvo siempre. Nadie conoció su pensamiento desde la
tarde en que rechazó definitivamente al coronel Gerineldo Márquez y se encerró
a llorar. Cuando salió, había agotado todas sus lágrimas. No se le vio llorar
con la subida al cielo de Remedios, la bella, ni con el exterminio de los
Aurelianos, ni con la muerte del coronel Aureliano Buendía, que era la persona
que más quiso en este mundo, aunque sólo pudo demostrárselo cuando encontraron
su cadáver bajo el castaño. Ella ayudó a levantar el cuerpo. Lo vistió con sus arreos
de guerrero, lo afeitó, lo peiné, y le engomó el bigote mejor que él mismo no
lo hacía en sus años de gloria. Nadie pensó que hubiera amor en aquel acto,
porque estaban acostumbrados a la familiaridad de Amaranta con los ritos de la
muerte. Fernanda se escandalizaba de que no entendiera las relaciones del
catolicismo con la vida, sino únicamente sus relaciones con la muerte, como si
no fuera una religión, sino un prospecto de convencionalismos funerarios.
Amaranta estaba demasiado enredada en
el berenjenal de sus recuerdos para entender aquellas sutilezas apologéticas.
Había llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas. Cuando escuchaba los
valses de Pietro Crespi sentía los mismos deseos de llorar que tuvo en la
adolescencia, como si el tiempo y los escarmientos no sirvieran de nada. Los
rollos de música que ella misma había echado a la basura con el pretexto de que
se estaban pudriendo con la humedad, seguían girando y golpeando martinetes en
su memoria. Había tratado de hundirlos en la pasión pantanosa que se permitió
con su sobrino Aureliano José, y había tratado de refugiarse en la protección
serena y viril del coronel Gerineldo Márquez, pero no había conseguido
derrotarlos ni con el acto más desesperado de su vejez, cuando bañaba al
pequeño José Arcadio tres años antes de que lo mandaran al seminario, y lo
acariciaba no como podía hacerlo una abuela con un nieto, sino como lo hubiera
hecho una mujer con un hombre, como se contaba que lo hacían las matronas
francesas, y como ella quiso hacerlo con Pietro Crespi, a los doce, los catorce
años, cuando lo vio con sus pantalones de baile y la varita mágica con que
llevaba el compás del metrónomo. A veces le dolía haber dejado a su paso aquel
reguero de miseria, y a veces le daba tanta rabia que se pinchaba los dedos con
las agujas, pero más le dolía y más rabia le daba y más la amargaba el fragante
y agusanado guayabal de amor que iba arrastrando hacia la muerte. Como el
coronel Aureliano Buendía pensaba en la guerra, sin poder evitarlo, Amaranta
pensaba en Rebeca. Pero mientras su hermano había conseguido esterilizar los
recuerdos, ella sólo había conseguido escaldarlos. Lo único que le rogó a Dios
durante muchos años fue que no le mandara el castigo de morir antes que Rebeca.
Cada vez que pasaba por su casa y advertía los progresos de la destrucción se
complacía con la idea de que Dios la estaba oyendo. Una tarde, cuando cosía en
el corredor, la asaltó la certidumbre de que ella estaría sentada en ese lugar,
en esa misma posición y bajo esa misma luz, cuando le llevaran la noticia de la
muerte de Rebeca. Se sentó a esperarla, como quien espera una carta, y era
cierto que en una época arrancaba botones para volver a pegarlos, de modo que
la ociosidad no hiciera más larga y angustiosa la espera. Nadie se dio cuenta
en la casa de que Amaranta tejió entonces una preciosa mortaja para Rebeca. Más
tarde, cuando Aureliano Triste contó que la había visto convertida en una
imagen de aparición, con la piel cuarteada y unas pocas hebras amarillentas en
el cráneo, Amaranta no se sorprendió, porque el espectro descrito era igual al
que ella imaginaba desde hacía mucho tiempo. Había decidido restaurar el
cadáver de Rebeca, disimular con parafina los estragos del rostro y hacerle una
peluca con el cabello de los santos. Fabricaría un cadáver hermoso, con la
mortaja de lino y un ataúd forrado de peluche con vueltas de púrpura, y lo
pondría a disposición de los gusanos en unos funerales espléndidos. Elaboró el
plan con tanto odio que la estremeció la idea de que lo habría hecho de igual
modo si hubiera sido con amor, pero no se dejó aturdir por la confusión, sino
que siguió perfeccionando los detalles tan minuciosamente que llegó a ser más
que una especialista, una virtuosa en los ritos de la muerte. Lo único que no
tuvo en cuenta en su plan tremendista fue que, a pesar de sus súplicas a Dios,
ella podía morirse primero que Rebeca. Así ocurrió, en efecto. Pero en el
instante final Amaranta no se sintió frustrada, sino por el contrario liberada
de toda amargura, porque la muerte le deparó el privilegio de anunciarse con
varios años de anticipación. La vio un mediodía ardiente, cosiendo con ella en
el corredor, poco después de que Meme se fue al colegio. La reconoció en el
acto, y no había nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer vestida de
azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con un cierto
parecido a Pilar Ternera en la época en que las ayudaba en los oficios de
cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no la vio, a pesar de que era
tan real, tan humana, que en alguna ocasión le pidió a Amaranta el favor de que
le ensartara una aguja. La muerte no le dijo cuándo se iba a morir ni si su
hora estaba señalada antes que la de Rebeca, sino que le ordenó empezar a tejer
su propia mortaja el próximo seis de abril. La autorizó para que la hiciera tan
complicada y primorosa como ella quisiera, pero tan honradamente como hizo la
de Rebeca, y le advirtió que había de morir sin dolor, ni miedo, ni amargura,
al anochecer del día en que la terminara. Tratando de perder la mayor cantidad
posible de tiempo, Amaranta encargó las hilazas de lino bayal y ella misma
fabricó el lienzo. Lo hizo con tanto cuidado que solamente esa labor le llevó
cuatro años. Luego inició el bordado. A medida que se aproximaba el término
ineludible, iba comprendiendo que sólo un milagro le permitiría prolongar el
trabajo más allá de la muerte de Rebeca, pero la misma concentración le
proporcionó la calma que le hacía falta para aceptar la idea de una
frustración. Fue entonces cuando entendió el círculo vicioso de los pescaditos
de oro del coronel Aureliano Buendía. El mundo se redujo a la superficie de su
piel, y el interior quedó a salvo de toda amargura. Le dolió no haber tenido
aquella revelación muchos años antes, cuando aún fuera posible purificar los
recuerdos y reconstruir el universo bajo una luz nueva, y evocar sin
estremecerse el olor de espliego de Pietro Crespi al atardecer, y rescatar a
Rebeca de su salsa de miseria, no por odio ni por amor, sino por la comprensión
sin medidas de la soledad. El odio que advirtió una noche en las palabras de
Meme no la conmovió porque la afectara, sino porque se sintió repetida en otra
adolescencia que parecía tan limpia como debió parecer la suya y que, sin
embargo, estaba ya viciada por el rencor. Pero entonces era tan honda la
conformidad con su destino que ni siquiera la inquietó la certidumbre de que
estaban cerradas todas las posibilidades de rectificación. Su único objetivo
fue terminar la mortaja. En vez de retardaría con preciosismos inútiles, como
lo hizo al principio, apresuró la labor. Una semana antes calculó que daría la
última puntada en la noche del cuatro de febrero, y sin revelarle el motivo le
sugirió a Meme que anticipara un concierto de clavicordio que tenía previsto
para el día siguiente, pero ella no le hizo caso. Amaranta buscó entonces la
manera de retrasarse cuarenta y ocho horas, y hasta pensó que la muerte la
estaba complaciendo, porque en la noche del cuatro de febrero una tempestad
descompuso la planta eléctrica. Pero al día siguiente, a las ocho de la mañana,
dio la última puntada en la labor más primorosa que mujer alguna había
terminado jamás, y anunció sin el menor dramatismo que moriría al atardecer. No
sólo previno a la familia, sino a toda la población, porque Amaranta se había
hecho a la idea de que se podía reparar una vida de mezquindad con un último
favor al mundo, y pensó que ninguno era mejor que llevarles cartas a los
muertos.
La noticia de que Amaranta Buendía
zarpaba al crepúsculo llevando el correo de la muerte se divulgó en Macondo
antes del mediodía, y a las tres de la tarde había en la sala un cajón lleno de
cartas. Quienes no quisieron escribir le dieron a Amaranta recados verbales que
ella anotó en una libreta con el nombre y la fecha de muerte del destinatario,
«No se preocupe -tranquilizaba a los remitentes-. Lo primero que haré al llegar
será preguntar por él, y le daré su recado.» Parecía una farsa. Amaranta no
revelaba trastorno alguno, ni el más leve signo de dolor, y hasta se notaba un
poco rejuvenecida por el deber cumplido. Estaba tan derecha y esbelta como
siempre.
De no haber sido por los pómulos
endurecidos y la falta de algunos dientes, habría parecido mucho menos vieja de
lo que era en realidad. Ella misma dispuso que se metieran las cartas en una
caja embreada, e indicó la manera como debía colocarse en la tumba para
preservarla mejor de la humedad. En la mañana había llamado a un carpintero que
le tomó las medidas para el ataúd, de pie, en la sala, como si fueran para un
vestido. Se le despertó tal dinamismo en las últimas horas que Fernanda se
estaba burlando de todos. Úrsula, con la experiencia de que los Buendía se
morían sin enfermedad, no puso en duda que Amaranta había tenido el presagio de
la muerte, pero en todo caso la atormentó el temor de que en el trajín de las
cartas y la ansiedad de que llegaran pronto los ofuscados remitentes la fueran
a enterrar viva. Así que se empeñó en despejar la casa, disputándose a gritos
con los intrusos, y a las cuatro de la tarde lo había conseguido. A esa hora,
Amaranta acababa de repartir sus cosas entre los pobres, y sólo había dejado
sobre el severo ataúd de tablas sin pulir la muda de ropa y las sencillas
babuchas de pana que había de llevar en la muerte. No pasó por alto esa
precaución, al recordar que cuando murió el coronel Aureliano Buendía hubo que
comprarle un par de zapatos nuevos, porque ya sólo le quedaban las pantuflas
que usaba en el taller. Poco antes de las cinco, Aureliano Segundo fue a buscar
a Meme para el concierto, y se sorprendió de que la casa estuviera preparada
para el funeral. Si alguien parecía vivo a esa hora era la serena Amaranta, a
quien el tiempo le había alcanzado hasta para rebanarse los callos. Aureliano
Segundo y Meme se despidieron de ella con adioses de burla, y le prometieron
que el sábado siguiente harían la parranda de la resurrección.
Atraído por las voces públicas de que
Amaranta Buendía estaba recibiendo cartas para los muertos, el padre Antonio
Isabel llegó a las cinco con el viático, y tuvo que esperar más de quince
minutos a que la moribunda saliera del baño. Cuando la vio aparecer con un
camisón de madapolán y el cabello suelto en la espalda, el decrépito párroco
creyó que era una burla, y despachó al monaguillo. Pensó, sin embargo,
aprovechar la ocasión para confesar a Amaranta después de casi veinte años de
reticencia. Amaranta replicó, sencillamente, que no necesitaba asistencia
espiritual de ninguna clase porque tenía la conciencia limpia. Fernanda se
escandalizó.
Sin cuidarse de que no la oyeran, se preguntó
en voz alta qué espantoso pecado habría cometido Amaranta cuando prefería una
muerte sacrílega a la vergüenza de una confesión. Entonces Amaranta se acostó,
y obligó a Úrsula a dar testimonio público de su virginidad.
-Que nadie se haga ilusiones -gritó,
para que la oyera Fernanda-. Amaranta Buendía se va de este mundo como vino.
No se volvió a levantar. Recostada en
almohadones, como si de veras estuviera enferma, tejió sus largas trenzas y se
las enrolló sobre las orejas, como la muerte le había dicho que debía estar en
el ataúd. Luego le pidió a Úrsula un espejo, y por primera vez en más de
cuarenta años vio su rostro devastado por la edad y el martirio, y se
sorprendió de cuánto se parecía a la imagen mental que tenía de si misma.
Úrsula comprendió por el silencio de la alcoba que habla empezado a oscurecer.
-Despídete de Fernanda -le suplicó-. Un
minuto de reconciliación tiene más mérito que toda una vida de amistad.
-Ya no vale la pena -replicó Amaranta.
Meme no pudo no pensar en ella cuando
encendieron las luces del improvisado escenario y empezó la segunda parte del
programa. A mitad de la pieza alguien le dio la noticia al oído, y el acto se
suspendió. Cuando llegó a la casa, Aureliano Segundo tuvo que abrirse paso a
empujones por entre la muchedumbre, para ver el cadáver de la anciana doncella,
fea y de mal color, con la venda negra en la mano y envuelta en la mortaja
primorosa. Estaba expuesto en la sala junto al cajón del correo.
Úrsula no volvió a levantarse después
de las nueve noches de Amaranta. Santa Sofía de
-Ven acá -le dijo-. Ahora que estamos
solas, confiésale a esta pobre vieja lo que te pasa.
Memo eludió la conversación con una
risa entrecortada. Úrsula no insistió, pero acabó de confirmar sus sospechas
cuando Memo no volvió a visitarla. Sabía que se arreglaba más tem-prano que de
costumbre, que no tenía un instante de sosiego mientras esperaba la hora de
salir a la calle, que pasaba noches enteras dando vueltas en la cama en el
dormitorio contiguo, y que la atormentaba el revoloteo de una mariposa. En
cierta ocasión le oyó decir que iba a verse con Aureliano Segundo, y Úrsula se
sorprendió de que Fernanda fuera tan corta de imaginación que no sospeché nada
cuando su marido fue a la casa a preguntar por la hija. Era demasiado evidente
que Memo andaba en asuntos sigilosos, en compromisos urgentes, en ansiedades
reprimidas, desde mucho antes de la noche en que Fernanda alborotó la casa
porque la encontró besándose con un hombre en el cine.
La propia Meme andaba entonces tan
ensimismada que acusó a Úrsula de haberla denunciado.
En realidad se denuncié a sí misma.
Desde hacía tiempo dejaba a su paso un reguero de pistas que habrían despertado
al más dormido, y si Fernanda tardó tanto en descubrirlas fue porque también
ella estaba obnubilada por sus relaciones secretas con los médicos invisibles.
Aun así terminó por advertir los hondos silencios, los sobresaltos
intempestivos, las alternativas del humor y las contradicciones de la hija. Se
empeñé en una vigilancia disimulada pero implacable.
La dejó ir con sus amigas de siempre,
la ayudé a vestirse para las fiestas del sábado, y jamás le hizo una pregunta
impertinente que pudiera alertaría. Tenía ya muchas pruebas de que Meme hacía
cosas distintas de las que anunciaba, y todavía no dejó vislumbrar sus
sospechas, en espera de la ocasión decisiva. Una noche, Meme le anuncié que iba
al cine con su padre. Poco después, Fernanda oyó los cohetes de la parranda y
el inconfundible acordeón de Aureliano Se-gundo por el rumbo de Petra Cotes.
Entonces se vistió, entró al cine, y en la penumbra de las lunetas reconoció a
su hija. La aturdidora emoción del acierto le impidió ver al hombre con quien
se estaba besando, pero alcanzó a percibir su voz trémula en medio de la
rechifla y las risotadas ensordecedoras del público. «Lo siento, amor», le oyó
decir, y sacó a Meme del salón sin decirle una palabra, y le sometió a la
vergüenza de llevarla por la bulliciosa calle de los Turcos, y la encerró con
llave en el dormitorio.
Al día siguiente, a las seis de la
tarde, Fernanda reconoció la voz del hombre que fue a visitarla. Era joven,
cetrino, con unos ojos oscuros y melancólicos que no le habrían sorprendido
tanto si hubiera conocido a los gitanos, y un aire de ensueño que a cualquier
mujer de corazón menos rígido le habría bastado para entender los motivos de su
hija. Vestía de lino muy usado, con zapatos defendidos desesperadamente con
cortezas superpuestas de blanco de cinc, y llevaba en la mano un canotier
comprado el último sábado. En su vida no estuvo ni estaría más asustado que en
aquel momento, pero tenía una dignidad y un dominio que lo ponían a salvo de la
humillación, y una prestancia legítima que sólo fracasaba en las manos
percudidas y las uñas astilladas por el trabajo rudo. A Fernanda, sin embargo,
le basté el verlo una vez para intuir su condición de menestral. Se dio cuenta
de que llevaba puesta su única muda de los domingos, y que debajo de la camisa
tenía la piel carcomida por la sarna de la compañía bananera. No le permitió
hablar. No le permitió siquiera pasar de la puerta que un momento después tuvo
que cerrar porque la casa estaba llena de mariposas amarillas.
-Lárguese -le dijo-. Nada tiene que
venir a buscar entre la gente decente.
Se llamaba Mauricio Babilonia. Había
nacido y crecido en Macondo, y era aprendiz de mecánico en los talleres de la
compañía bananera. Meme lo había conocido por casualidad, una tarde en que fue
con Patricia Brown a buscar el automóvil para dar un paseo por las
plantaciones. Como el chófer estaba enfermo, lo encargaron a él de conducirlas,
y Meme pudo al fin satisfacer su deseo de sentarse junto al volante para
observar de cerca el sistema de manejo. Al contrario del chófer titular,
Mauricio Babilonia le hizo una demostración práctica. Eso fue por la época en
que Meme empezó a frecuentar la casa del señor Brown, y todavía se consideraba
indigno de damas el conducir un automóvil. Así que se conformó con la
información teórica y no volvió a ver a Mauricio Babilonia en varios meses. Más
tarde había de recordar que durante el paseo le llamó la atención su belleza
varonil, salvo la brutalidad de las manos, pero que después había comentado con
Patricia Brown la molestia que le produjo su seguridad un poco altanera. El
primer sábado en que fue al cine con su padre, volvió a ver a Mauricio
Babilonia con su muda de lino, sentado a poca distancia de ellos, y advirtió
que él se desinteresaba de la película por volverse a mirarla, no tanto por
verla como para que ella notara que la estaba mirando. A Meme le molestó la
vulgaridad de aquel sistema. Al final, Mauricio Babilonia se acercó a saludar a
Aureliano Segundo, y sólo entonces se enteró Meme de que se conocían, porque él
había trabajado en la primitiva planta eléctrica de Aureliano Triste, y trataba
a su padre con una actitud de subalterno. Esa comprobación la alivió del
disgusto que le causaba su altanería. No se habían visto a solas, ni se habían
cruzado una palabra distinta del saludo, la noche en que soñó que él la salvaba
de un naufragio y ella no experimentaba un sentimiento de gratitud sino de
rabia. Era como haberle dado una oportunidad que él deseaba, siendo que Meme
anhelaba lo contrario, no sólo con Mauricio Babilonia, sino con cualquier otro
hombre que se interesara en ella. Por eso le indignó tanto que después del
sueño, en vez de detestarlo, hubiera experimentado una urgencia irresistible de
verlo. La ansiedad se hizo más intensa en el curso de la semana, y el sábado
era tan apremiante que tuvo que hacer un grande esfuerzo para que Mauricio
Babilonia no notara al saludarla en el cine que se le estaba saliendo el
corazón por la boca. Ofuscada por una confusa sensación de placer y rabia, le
tendió la mano por primera vez, y sólo entonces Mauricio Babilonia se permitió
estrechársela. Meme alcanzó en una fracción de segundo a arrepentirse de su
impulso, pero el arrepentimiento se transformó de inmediato en una satisfacción
cruel, al com-probar que también la mano de él estaba sudorosa y helada. Esa
noche comprendió que no tendría un instante de sosiego mientras no le
demostrara a Mauricio Babilonia la vanidad de su aspiración, y pasó la semana
revoloteando en torno de esa ansiedad. Recurrió a toda clase de artimañas
inútiles para que Patricia Brown la llevara a buscar el automóvil. Por último,
se valió del pelirrojo norteamericano que por esa época fue a pasar vacaciones
en Macondo, y con el pretexto de conocer los nuevos modelos de automóviles se
hizo llevar a los talleres. Desde el momento en que lo vio, Meme dejó de
engañarse a sí misma, y comprendió que lo que pasaba en realidad era que no
podía soportar los deseos de estar a solas con Mauricio Babilonia, y la indigné
la certidumbre de que éste lo había comprendido al verla llegar.
-Vine a ver los nuevos modelos -dijo
Meme.
-Es un buen pretexto -dijo él.
Meme se dio cuenta de que se estaba
achicharrando en la lumbre de su altivez, y buscó desesperadamente una manera
de humillarlo. Pero él no le dio tiempo. «No se asuste -le dijo en voz baja-.
No es la primera vez que una mujer se vuelve loca por un hombre.» Se sintió tan
desamparada que abandoné el taller sin ver los nuevos modelos, y pasó la noche
de extremo a extremo dando vueltas en la cama y llorando de indignación. El
pelirrojo norteamericano, que en realidad empezaba a interesarle, le pareció
una criatura en pañales. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de las mariposas
amarillas que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia. Las había visto
antes, sobre todo en el taller de mecánica, y había pensado que estaban
fascinadas por el olor de la pintura. Alguna vez las había sentido revoloteando
sobre su cabeza en la penumbra del cine. Pero cuando Mauricio Babilonia empezó
a perseguiría, como un espectro que sólo ella identificaba en la multitud,
comprendió que las mariposas amarillas tenían algo que ver con él. Mauricio
Babilonia estaba siempre en el público de los conciertos, en el cine, en la
misa mayor, y ella no necesitaba verlo para descubrirlo, porque se lo indicaban
las mariposas. Una vez Aureliano Segundo se impacientó tanto con el sofocante
aleteo, que ella sintió el impulso de confiarle su secreto, como se lo había
prometido, pero el instinto le indicó que esta vez él no iba a reír como de
costumbre: «Qué diría tu madre si lo supiera.» Una mañana, mientras podaban las
rosas, Fernanda lanzó un grito de espanto e hizo quitar a Meme del lugar en que
estaba, y que era el mismo del jardín donde subió a los cielos Remedios, la bella.
Había tenido por un instante la impresión de que el milagro iba a repetirse en
su hija, porque la había perturbado un repentino aleteo. Eran las mariposas.
Meme las vio, como si hubieran nacido de pronto en la luz, y el corazón le dio
un vuelco. En ese momento entraba Mauricio Babilonia con un paquete que, según
dijo, era un regalo de Patricia Brown. Meme se atraganté el rubor, asimilé la
tribulación, y hasta consiguió una sonrisa natural para pedirle el favor de que
lo pusiera en el pasamanos porque tenía los dedos sucios de tierra. Lo único
que notó Fernanda en el hombre que pocos meses después había de expulsar de la
casa sin recordar que lo hubiera visto alguna vez, fue la textura biliosa de su
piel.
-Es un hombre muy raro -dijo Fernanda-.
Se le ve en la cara que se va a morir.
Meme pensé que su madre había quedado
impresionada por las mariposas. Cuando acabaron de podar el rosal, se lavé las
manos y llevó el paquete al dormitorio para abrirlo. Era una especie de juguete
chino, compuesto por cinco cajas concéntricas, y en la última una tarjeta
laboriosamente dibujada por alguien que apenas sabía escribir: Nos vemos el
sábado en el cine.
Meme sintió el estupor tardío de que la
caja hubiera estado tanto tiempo en el pasamanos al alcance de la curiosidad de
Fernanda, y aunque la halagaba la audacia y el ingenio de Mauricio Babilonia,
la conmovió su ingenuidad de esperar que ella le cumpliera la cita. Meme sabía
desde entonces que Aureliano Segundo tenía un compromiso el sábado en la noche.
Sin embargo, el fuego de la ansiedad la abrasó de tal modo en el curso de la
semana, que el sábado convenció a su padre de que la dejara sola en el teatro y
volviera por ella al terminar la función. Una mariposa nocturna revoloteó sobre
su cabeza mientras las luces estuvieron encendidas. Y entonces ocurrió.
Cuando las luces se apagaron, Mauricio
Babilonia se sentó a su lado. Meme se sintió chapaleando en un tremedal de
zozobra, del cual sólo podía rescatarla, como había ocurrido en el sueño, aquel
hombre oloroso a aceite de motor que apenas distinguía en la penumbra.
-Si no hubiera venido -dijo él-, no me
hubiera visto más nunca.
Meme sintió el peso de su mano en la
rodilla, y supo que ambos llegaban en aquel instante al otro lado del
desamparo.
-Lo que me choca de ti -sonrió- es que
siempre dices precisamente lo que no se debe.
Se volvió loca por él. Perdió el sueño
y el apetito, y se hundió tan profundamente en la soledad, que hasta su padre
se le convirtió en un estorbo. Elaboré un intrincado enredo de com-promisos falsos
para desorientar a Fernanda, perdió de vista a sus amigas, saltó por encima de
los convencionalismos para verse con Mauricio Babilonia a cualquier hora y en
cualquier parte. Al principio le molestaba su rudeza. La primera vez que se
vieron a solas, en los prados desiertos detrás del taller de mecánica, él la
arrastré sin misericordia a un estado animal que la dejó extenuada. Tardé algún
tiempo en darse cuenta de que también aquella era una forma de la ternura, y
fue entonces cuando perdió el sosiego, y no vivía sino para él, trastornada por
la ansiedad de hundirse en su entorpecedor aliento de aceite refregado con
lejía. Poco antes de la muerte de Amaranta tropezó de pronto con un espacio de
lucidez dentro de la locura, y tembló ante la incertidumbre del porvenir.
Entonces oyó hablar de una mujer que hacía pronósticos de barajas, y fue a
visitarla en secreto. Era Pilar Ternera. Desde que ésta la vio entrar, conoció
los recónditos motivos de Meme. «Siéntate, -le dijo-. No necesito de barajas
para averiguar el porvenir de un Buendía.» Meme ignoraba, y lo ignoré siempre,
que aquella pitonisa centenaria era su bisabuela. Tampoco lo hubiera creído
después del agresivo realismo con que ella le revelé que la ansiedad del
enamoramiento no encontraba reposo sino en la cama. Era el mismo punto de vista
de Mauricio Babilonia, pero Meme se resistía a darle crédito, pues en el fondo
suponía que estaba inspirado en un mal criterio de menestral. Ella pensaba
entonces que el amor de un modo derrotaba al amor de otro modo, porque estaba
en la índole de los hombres repudiar el hambre una vez satisfecho el apetito.
Pilar Ternera no sólo disipé el error, sino que le ofreció la vieja cama de
lienzo donde ella concibió a Arcadio, el abuelo de Meme, y donde concibió
después a Aureliano José. Le enseñé además cómo prevenir la concepción
indeseable mediante la vaporización de cataplasmas de mostaza, y le dio recetas
de bebedizos que en casos de percances hacían expulsar «hasta los
remordimientos de conciencia». Aquella entrevista le infundió a Meme el mismo
sentimiento de valentía que experimenté la tarde de la borrachera. La muerte de
Amaranta, sin embargo, la obligó a aplazar la decisión. Mientras duraron las
nueve noches, ella no se aparté un instante de Mauricio Babilonia, que andaba
confundido con la muchedumbre que invadió la casa. Vinieron luego el luto
prolongado y el encierro obligatorio, y se separaron por un tiempo. Fueron días
de tanta agitación interior, de tanta ansiedad irreprimible y tantos anhelos
reprimidos, que la primera tarde en que Meme logró salir fue directamente a la
casa de Pilar Ternera. Se entregó a Mauricio Babilonia sin resistencia, sin
pu-dor, sin formalismos, y con una vocación tan fluida y una intuición tan
sabia, que un hombre más suspicaz que el suyo hubiera podido confundirlas con
una acendrada experiencia. Se amaron dos veces por semana durante más de tres
meses, protegidos por la complicidad inocente de Aureliano Segundo, que
acreditaba sin malicia las coartadas de la hija, sólo por verla liberada de la
rigidez de su madre.
La noche en que Fernanda los sorprendió
en el cine, Aureliano Segundo se sintió agobiado por el peso de la conciencia,
y visitó a Meme en el dormitorio donde la encerró Fernanda, confiando en que
ella se desahogaría con él de las confidencias que le estaba debiendo. Pero
Meme lo negó todo. Estaba tan segura de sí misma, tan aferrada a su soledad,
que Aureliano Segundo tuvo la impresión de que ya no existía ningún vínculo
entre ellos, que la camaradería y la complicidad no eran más que una ilusión
del pasado. Pensó hablar con Mauricio Babilonia creyendo que su autoridad de
antiguo patrón lo haría desistir de sus propósitos, pero Petra Cotes lo
convenció de que aquellos eran asuntos de mujeres, así que quedó flotando en un
limbo de indecisión, y apenas sostenido por la esperanza de que el encierro
terminara con las tribulaciones de la hija.
Meme no dio muestra alguna de
aflicción. Al contrario, desde el dormitorio contiguo percibió Úrsula el ritmo
sosegado de su sueño, la serenidad de sus quehaceres, el orden de sus comidas y
la buena salud de su digestión. Lo único que intrigó a Úrsula después de casi
dos meses de castigo, fue que Meme no se bañara en la mañana, como lo hacían
todos, sino a las siete de la noche. Alguna vez pensó prevenirla contra los
alacranes, pero Meme era tan esquiva con ella por la convicción de que la había
denunciado, que prefirió no perturbaría con impertinencias de tatarabuela. Las
mariposas amarillas invadían la casa desde el atardecer. Todas las noches, al regresar
del baño, Meme encontraba a Fernanda desesperada, matando mariposas con la
bomba de insecticida. «Esto es una desgracia -decía-. Toda la vida me contaron
que las mariposas nocturnas llaman la mala suerte.» Una noche, mientras Meme
estaba en el baño, Fernanda entró en su dormitorio por casualidad, y había
tantas mariposas que apenas se podía respirar. Agarró cualquier trapo para
espantarlas, y el corazón se le helé de pavor al relacionar los baños nocturnos
de su hija con las cataplasmas de mostaza que rodaron por el suelo. No esperé
un momento oportuno, como lo hizo la primera vez. Al día siguiente invitó a
almorzar al nuevo alcalde, que como ella había bajado de los páramos, y le
pidió que estableciera una guardia nocturna en el traspatio, porque tenía la
impresión de que se estaban robando las gallinas. Esa noche, la guardia derribé
a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar en el baño donde
Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las
mariposas, como lo había hecho casi todas las noches de 105 últimos meses. Un
proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama por el resto de
su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin
una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las
mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente
repudiado como ladrón de gallinas.
XV.
Los acontecimientos que habían de darle
el golpe mortal a Macondo empezaban a vislumbrarse cuando llevaron a la casa al
hijo de Meme Buendía. La situación pública era entonces tan incierta, que nadie
tenía el espíritu dispuesto para ocuparse de escándalos privados, de modo que
Fernanda contó con un ambiente propicio para mantener al niño escondido como si
no hubiera existido nunca. Tuvo que recibirlo, porque las circunstancias en que
se lo llevaron no hacían posible el rechazo. Tuvo que soportarlo contra su
voluntad por el resto de su vida, porque a la hora de la verdad le faltó valor
para cumplir la íntima determinación de ahogarlo en la alberca del baño. Lo
encerró en el antiguo taller del coronel Aureliano Buendía. A Santa Sofía de
Fernanda no contaba con aquella
trastada de su incorregible destino. El niño fue como el regreso de una
vergüenza que ella creía haber desterrado para siempre de la casa. Apenas se
ha-bían llevado a Mauricio Babilonia con la espina dorsal fracturada, y ya
había concebido Fernanda hasta el detalle más ínfimo de un plan destinado a
eliminar todo vestigio del oprobio. Sin consultarlo con su marido, hizo al día
siguiente su equipaje, metió en una maletita las tres mudas que su hija podía
necesitar, y fue a buscarla al dormitorio media hora antes de la llegada del
tren.
-Vamos, Renata -le dijo.
No le dio ninguna explicación. Meme,
por su parte, no la esperaba ni la quería. No sólo ignoraba para dónde iban,
sino que le habría dado igual si la hubieran llevado al matadero. No había
vuelto a hablar, ni lo haría en el resto de su vida, desde que oyó el disparo
en el traspatio y el simultáneo aullido de dolor de Mauricio Babilonia. Cuando
su madre le ordenó salir del dormitorio, no se peiné ni se lavé la cara, y
subió al tren como un sonámbulo sin advertir siquiera las mariposas amarillas
que seguían acompañándola. Fernanda no supo nunca, ni se tomó el trabajo de
averiguarlo, si su silencio pétreo era una determinación de su voluntad, o si
se había quedado rauda por el impacto de la tragedia. Meme apenas se dio cuenta
del viaje a través de la antigua región encantada. No vio las umbrosas e
interminables plantaciones de banano a ambos lados de las líneas. No vio las
casas blancas de los gringos, ni sus jardines aridecidos por el polvo y el
calor, ni las mujeres con pantalones cortos y camisas de rayas azules que
jugaban barajas en los pórticos. No vio las carretas de bueyes cargadas de
racimos en los caminos polvorientos. No vio las doncellas que saltaban como
sábalos en los ríos transparentes para dejarles a los pasajeros del tren la
amargura de sus senos espléndidos, ni las barracas abigarradas y miserables de
los trabajadores donde revoloteaban las mariposas amarillas de Mauricio
Babilonia, y en cuyos portales había niños verdes y escuálidos sentados en sus
bacinillas, y mujeres embarazadas que gritaban improperios al paso del tren.
Aquella visión fugaz, que para ella era una fiesta cuando regresaba del
colegio, pasó por el corazón de Meme sin despabilarlo. No miró a través de la
ventanilla ni siquiera cuando se acabó la humedad ardiente de las plantaciones,
y el tren pasó por la llanura de amapolas donde estaba todavía el costillar
carbonizado del galeón español, y salió luego al mismo aire diáfano y al mismo
roar espumoso y sucio donde casi un siglo antes fracasaron las ilusiones de
José Arcadio Buendía.
A las cinco de la tarde, cuando llegaron
a la estación final de la ciénaga, descendió del tren porque Fernanda lo hizo.
Subieron a un cochecito que parecía un murciélago enorme, tirado por un caballo
asmático, y atravesaron la ciudad desolada, en cuyas calles interminables y
cuarteadas por el salitre, resonaba un ejercicio de piano igual al que escuchó
Fernanda en las siestas de su adolescencia. Se embarcaron en un buque fluvial,
cuya rueda de madera hacía un ruido de conflagración, y cuyas láminas de hierro
carcomidas por el óxido reverberaban como la boca de un horno. Meme se encerró
en el camarote. Dos veces al día dejaba Fernanda un plato de comida junto a la
cama, y dos veces al día se lo llevaba intacto, no porque Meme hubiera resuelto
morirse de hambre, sino porque le repugnaba el solo olor de los alimentos y su
estómago expulsaba hasta el agua. Ni ella misma sabía entonces que su
fertilidad había burlado a los vapores de mostaza, así como Fernanda no lo supo
hasta casi un año después, cuando le llevaron al niño. En el camarote sofocante,
trastornada por la vibración de las paredes de hierro y por el tufo
insoportable del cieno removido por la rueda del buque, Meme perdió la cuenta
de los días.
Había pasado mucho tiempo cuando vio la
última mariposa amarilla destrozándose en las aspas del ventilador y admitió
como una verdad irremediable que Mauricio Babilonia había muerto. Sin embargo,
no se dejó vencer por la resignación. Seguía pensando en él durante la penosa
travesía a lomo de mula por el páramo alucinante donde se perdió Aureliano Segundo
cuando buscaba a la mujer más hermosa que se había dado sobre la tierra, y
cuando remontaron la cordillera por caminos de indios, y entraron a la ciudad
lúgubre en cuyos vericuetos de piedra resonaban los bronces funerarios de
treinta y dos iglesias. Esa noche durmieron en la abandonada mansión co-lonial,
sobre los tablones que Fernanda puso en el suelo de un aposento invadido por la
maleza, y arropadas con piltrafas de cortinas que arrancaron de las ventanas y
que se desmigaban a cada vuelta del cuerpo. Meme supo dónde estaban, porque en
el espanto del insomnio vio pasar al caballero vestido de negro que en una
distante víspera de Navidad llevaron a la casa dentro de un cofre de plomo. Al
día siguiente, después de misa, Fernanda la condujo a un edificio sombrío que
Meme reconoció de inmediato por las evocaciones que su madre solía hacer del
convento donde la educaron para reina, y entonces comprendió que había llegado
al término del viaje. Mientras Fernanda hablaba con alguien en el despacho
contiguo, ella se quedó en un salón ajedrezado con grandes óleos de arzobispos
coloniales, temblando de frío, porque llevaba todavía un traje de etamina con
florecitas negras y los duros borceguíes hinchados por el hielo del páramo.
Estaba de pie en el centro del salón, pensando en Mauricio Babilonia bajo el
chorro amarillo de los vitrales, cuando salió del despacho una novicia muy
bella que llevaba su maletita con las tres mudas de ropa. Al pasar junto a Meme
le tendió la mano sin detenerse.
-Vamos, Renata -le dijo.
Meme le tomó la mano y se dejé llevar.
La última vez que Fernanda la vio, tratando de igualar su paso con el de la
novicia, acababa de cerrarse detrás de ella el rastrillo de hierro de la
clausura. Todavía pensaba en Mauricio Babilonia, en su olor de aceite y su
ámbito de mariposas, y seguiría pensando en él todos los días de su vida, hasta
la remota madrugada de otoño en que muriera de vejez, con sus nombres cambiados
y sin haber dicho nunca una palabra, en un tenebroso hospital de Cracovia.
Fernanda regresé a Macondo en un tren
protegido por policías armados. Durante el viaje advirtió la tensión de los
pasajeros, los aprestos militares en los pueblos de la línea y el aire
enrarecido por la certidumbre de que algo grave iba a suceder, pero careció de
información mientras no llegó a Macondo y le contaron que José Arcadio Segundo
estaba incitando a la huelga a los trabajadores de la compañía bananera. «Esto
es lo último que nos faltaba -se dijo Fernanda-.
Un anarquista en la familia.» La huelga
estalló dos semanas después y no tuvo las consecuencias dramáticas que se
temían. Los obreros aspiraban a que no se les obligara a cortar y embarcar
banano los domingos, y la petición pareció tan justa que hasta el padre Antonio
Isabel intercedió en favor de ella porque la encontró de acuerdo con la ley de
Dios. El triunfo de la acción, así como de otras que se promovieron en los
meses siguientes, sacó del anonimato al descolorido José Arcadio Segundo, de
quien solía decirse que sólo había servido para llenar el pueblo de putas
francesas. Con la misma decisión impulsiva con que rematé sus gallos de pelea
para establecer una empresa de navegación desatinada, había renunciado al cargo
de capataz de cuadrilla de la compañía bananera y tomó el partido de los
trabajadores. Muy pronto se le señaló como agente de una conspiración
internacional contra el orden público. Una noche, en el curso de una semana
oscurecida por rumores sombríos, escapé de milagro a cuatro tiros de revólver
que le hizo un desconocido cuando salía de una reunión secreta. Fue tan tensa
la atmósfera de los meses siguientes, que hasta Úrsula la percibió en su rincón
de tinieblas, y tuvo la impresión de estar viviendo de nuevo los tiempos
azarosos en que su hijo Aureliano cargaba en el bolsillo los glóbulos homeopáticos
de la subversión. Trató de hablar con José Arcadio Segundo para enterarlo de
ese precedente, pero Aureliano Segundo le informó que desde la noche del
atentado se ignoraba su paradero.
-Lo mismo que Aureliano -exclamó
Úrsula-. Es como si el mundo estuviera dando vueltas.
Fernanda permaneció inmune a la
incertidumbre de esos días. Carecía de contactos con el mundo exterior, desde
el violento altercado que tuvo con su marido por haber determinado la suerte de
Meme sin su consentimiento. Aureliano Segundo estaba dispuesto a rescatar a su
hija, con la policía si era necesario, pero Fernanda le hizo ver papeles en los
que se demostraba que había ingresado a la clausura por propia voluntad.
En erecto, Meme los había firmado
cuando ya estaba del otro lado del rastrillo de hierro, y lo hizo con el mismo
desdén con que se dejé conducir. En el fondo, Aureliano Segundo no creyó en la
legitimidad de las pruebas, como no creyó nunca que Mauricio Babilonia se
hubiera metido al patio para robar gallinas, pero ambos expedientes le
sirvieron para tranquilizar la conciencia, y pudo entonces volver sin
remordimientos a la sombra de Petra Cotes, donde reanudé las parrandas ruidosas
y las comilonas desaforadas. Ajena a la inquietud del pueblo, sorda a los
tremendos pronósticos de Úrsula, Fernanda le dio la última vuelta a las tuercas
de su plan consumado. Le escribió una extensa carta a su hijo José Arcadio, que
ya iba a recibir las órdenes menores, y en ella le comunicó que su hermana
Renata había expirado en la paz del Señor a consecuencia del vómito negro.
Luego puso a Amaranta Úrsula al cuidado de Santa Sofía de
-Diremos que lo encontramos flotando en
la canastilla -sonrió.
-No se lo creerá nadie -dijo la monja.
-Si se lo creyeron a las Sagradas
Escrituras -replicó Fernanda-, no veo por qué no han de creérmelo a mí.
La monja almorzó en casa, mientras pasaba
el tren de regreso, y de acuerdo con la discreción que le habían exigido no
volvió a mencionar al niño, pero Fernanda la señaló como un testigo indeseable
de su vergüenza, y lamentó que se hubiera desechado la costumbre medieval de
ahorcar al mensajero de malas noticias. Fue entonces cuando decidió ahogar a la
criatura en la alberca tan pronto como se fuera la monja, pero el corazón no le
dio para tanto y prefirió esperar con paciencia a que la infinita bondad de
Dios la liberara del estorbo.
El nuevo Aureliano había cumplido un
año cuando la tensión pública estalló sin ningún anuncio.
José Arcadio Segundo y otros dirigentes
sindicales que habían permanecido hasta entonces en la clandestinidad,
aparecieron intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones en
los pueblos de la zona bananera. La policía se conformó con vigilar el orden.
Pero en la noche del lunes los dirigentes fueron sacados de sus casas y
mandados, con grillos de cinco kilos en los pies, a la cárcel de la capital
provincial. Entre ellos se llevaron a José Arcadio Segundo y a Lorenzo Gavilán,
un coronel de la revolución mexicana, exiliado en Macondo, que decía haber sido
testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz. Sin embargo, antes de tres
meses estaban en libertad, porque el gobierno y la compañía bananera no
pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía alimentarlos en la cárcel. La
inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las
viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones
de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino
con vales que sólo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos
de la compañía. José Arcadio Segundo fue encarcelado porque reveló que el sistema
de los vales era un recurso de la compañía para financiar sus barcos fruteros,
que de no haber sido por la mercancía de los comisariatos hubieran tenido que
regresar vacíos desde Nueva Orleáns hasta los puertos de embarque del banano.
Los otros cargos eran del dominio público. Los médicos de la compañía no
examinaban a los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a
los dispensarios, y una enfermera les ponía en la lengua una píldora del color
del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o estreñimiento. Era una
terapéutica tan generalizada, que los niños se ponían en la lila varias veces,
y en vez de tragarse las píldoras se las llevaban a sus casas para señalar con
ellas lo números cantados en el juego de lotería. Los obreros de la compañía
estaban hacinados en tambos miserables. Los ingenieros, en vez de construir
letrinas, llevaban a los campamentos, por Navidad, un excusado portátil para
cada cincuenta personas, y hacían demostraciones públicas de cómo utilizarlos
para que duraran más. Los decrépitos abogados vestidos de negro que en otro
tiempo asediaron al coronel Aureliano Buendía, y que entonces eran apoderados
de la compañía bananera, desvirtuaban estos cargos con arbitrios que parecían
cosa de magia. Cuando los trabajadores redactaron un pliego de peticiones
unánime, pasó mucho tiempo sin que pudieran notificar oficialmente a la
compañía bananera. Tan pronto como conoció el acuerdo, el señor Brown enganchó
en el tren su suntuoso vagón de vidrio, y desapareció de Macondo junto con los
representantes más conocidos de su empresa. Sin embargo, varios obreros
encontraron a uno de ellos el sábado siguiente en un burdel, y le hicieron
firmar una copia del pliego de peticiones cuando estaba desnudo con la mujer
que se prestó para llevarlo a la trampa. Los luctuosos abogados demostraron en
el juzgado que aquel hombre no tenía nada que ver con la compañía, y para que
nadie pusiera en duda sus argumentos lo hicieron encarcelar por usurpador. Más
tarde, el señor Brown fue sorprendido viajando de incógnito en un vagón de
tercera clase, y le hicieron firmar otra copia del pliego de peticiones. Al día
siguiente compareció ante los jueces con el pelo pintado de negro y hablando un
castellano sin tropiezos. Los abogados demostraron que no era el señor Jack
Brown, superintendente de la compañía bananera y nacido en Prattville, Alabama,
sino un inofensivo vendedor de plantas medicinales, nacido en Macondo y allí
mismo bautizado con el nombre de Dagoberto Fonseca. Poco después, frente a una
nueva tentativa de los trabajadores, los abogados exhibieron en lugares
públicos el certificado de defunción del señor Brown, autenticado por cónsules
y cancilleres, y en el cual se daba fe de que el pasado nueve de junio había
sido atropellado en Chicago por un carro de bomberos. Cansados de aquel delirio
hermenéutico, los trabajadores repudiaron a las autoridades de Macondo y
subieron con sus quejas a los tribunales supremos. Fue allí donde los
ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de toda
validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido
nunca ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba
ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que se desbarató la patraña del
jamón de Virginia, las píldoras milagrosas y los excusados pascuales, y se
estableció por fallo de tribunal y se proclamó en bandos solemnes la
inexistencia de los trabajadores.
La huelga grande estalló. Los cultivos
se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de ciento
veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los
pueblos. La calle de los Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el
salón de billares del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro
horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anuncié que el
ejército había sido encargado de restablecer el orden público. Aunque no era
hombre de presagios, la noticia fue para él como un anuncio de la muerte, que
había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le
permitió ver un fusilamiento. Sin embargo, el mal augurio no alteró su
solemnidad. Hizo la jugada que tenía prevista y no erró la carambola. Poco
después, las descargas de redoblante, los ladridos del clarín, los gritos y el
tropel de la gente, le indicaron que no sólo la partida de billar sino la
callada y solitaria partida que jugaba consigo mismo desde la madrugada de la
ejecución, habían por fin terminado. Entonces se asomé a la calle, y los vio.
Eran tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de galeotes hacia trepidar
la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo impregnó de un vapor pestilente la
claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos.
Sudaban con sudor de caballo, y tenían
un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable
de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera
podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos
eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez
el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con
las bayonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del
honor. Ursula los oyó pasar desde su lecho de tinieblas y levantó la mano con
los dedos en cruz. Santa Sofía de
La ley marcial facultaba al ejército
para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no se hizo ninguna
tentativa de conciliación. Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los
soldados pusieron a un lado los fusiles, cortaron y embarcaron el banano y
movilizaron los trenes.
Los trabajadores, que hasta entonces se
habían conformado con esperar, se echaron al monte sin más armas que sus
machetes de labor, y empezaron a sabotear el sabotaje. Incendiaron fincas y
comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el tránsito de los trenes que
empezaban a abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres
del telégrafo y el teléfono. Las acequias se tiñeron de sangre. El señor Brown,
que estaba vivo en el gallinero electrificado, fue sacado de Macondo con su
familia y las de otros compatriotas suyos, y conducidos a territorio seguro
bajo la protección del ejército. La situación amenazaba con evolucionar hacia
una guerra civil desigual y sangrienta, cuando las autoridades hicieron un
llamado a los trabajadores para que se concentraran en Macondo. El llamado
anunciaba que el Jefe Civil y Militar de la provincia llegaría el viernes
siguiente, dispuesto a interceder en el conflicto.
José Arcadio Segundo estaba entre la
muchedumbre que se concentré en la estación desde la mañana del viernes. Había
participado en una reunión de los dirigentes sindicales y había sido
comisionado junto con el coronel Gavilán para confundirse con la multitud y
orientarla según las circunstancias. No se sentía bien, y amasaba una pasta
salitrosa en el paladar, desde que advirtió que el ejército había emplazado
nidos de ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la ciudad alambrada de
la compañía bananera estaba protegida con piezas de artillería. Hacia las doce,
esperando un tren que no llegaba, más de tres mil personas, entre trabajadores,
mujeres y niños, habían desbordado el espacio descubierto frente a la estación
y se apretujaban en las calles adyacentes que el ejército cerró con filas de
ametralladoras. Aquello parecía entonces, más que una recepción, una feria
jubilosa. Habían trasladado los puestos de fritangas y las tiendas de bebidas
de la calle de los Turcos, y la gente soportaba con muy buen ánimo el fastidio
de la espera y el sol abrasante. Un poco antes de las tres corrió el rumor de
que el tren oficial no llegaría hasta el día siguiente. La muchedumbre cansada
exhalé un suspiro de desaliento. Un teniente del ejército se subió entonces en
el techo de la estación, donde había cuatro nidos de ametralladoras enfiladas
hacia la multitud, y se dio un toque de silencio. Al lado de José Arcadio
Segundo estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y
siete años.
Cargó al menor, y le pidió a José
Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que oyera mejor lo
que iban a decir. José Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos
años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera,
que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto
Número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el
general Carlos Cortés Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García
Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas
cuadrilla de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala.
Leído el decreto, en medio de una
ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyó al teniente en el
techo de la estación, y con la bocina de gramófono hizo señas de que quería
hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio.
-Señoras y señores -dijo el capitán con
una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse.
La rechifla y los gritos redoblados
ahogaron el toque de clarín que anuncié el principio del plazo. Nadie se movió.
-Han pasado cinco minutos -dijo el
capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego.
José Arcadio Segundo, sudando hielo, se
bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. «Estos cabrones son
capaces de disparar», murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de
hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán
haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la
tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de
que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la
muerte, José Arcadio Segundo se empiné por encima de las cabezas que tenía
enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz.
-¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el
minuto que falta.
Al final de su grito ocurrió algo que
no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden
de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero
todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas
con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se
veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción,
ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía
petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De pronto, a un lado de la
estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: «Aaaay, mi madre.» Una
fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el
centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio
Segundo apenas tuvo tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro
era absorbida por la muchedumbre centrifugada por el pánico.
Muchos años después, el niño había de
contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo
chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se
dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre,
hacia una calle adyacente. La posición privilegiada del niño le permitió ver
que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila
de ametralladoras abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:
-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!
Ya los de las primeras líneas lo habían
hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de
tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio en-tonces
un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada
compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de
dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin
tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a
poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistemáticamente
recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y
metódicas de la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en
cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso
José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada en
sangre, antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la
mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo
donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo.
Cuando José Arcadio Segundo desperté
estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de que iba en un tren
interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre
seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a
dormir muchas horas, a salvo del terror y el horror, se acomodé del lado que
menos le dolía, y sólo entonces descubrió que estaba acostado sobre los
muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor central.
Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres
tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de
espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de
arrumos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano.
Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un
vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que
estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos
veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a
ser arrojados al mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció a una mujer
que vendía refrescos en la plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba
enrollado en la mano el cinturón con la hebilla de plata moreliana con que
trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando llegó al primer vagón dio
un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren
acabó de pasar. Era el más largo que había visto nunca, con casi doscientos
vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro.
No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y
se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se
veían los bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas.
Después de medianoche se precipité un
aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba dónde había saltado, pero
sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Ma-condo.
Al cabo de más de tres horas de marcha,
empapado hasta los huesos, con un dolor de cabeza terrible, divisé las primeras
casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró en una cocina
donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.
-Buenos -dijo exhausto-. Soy José
Arcadio Segundo Buendía.
Pronunció el nombre completo, letra por
letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien, porque la mujer había
pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida, sombría,
con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la
muerte. Lo conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la
ropa en el fogón, le calenté agua para que se lavara la herida, que era sólo un
desgarramiento de la piel, y le dio un pañal limpio para que se vendara la
cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le habían dicho
que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego.
José Arcadio Segundo no habló mientras
no terminó de tomar el café.
-Debían ser como tres mil -murmuré.
-¿Qué?
-Los muertos -aclaró él-. Debían ser
todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de
lástima. «Aquí no ha habido muertos -dijo-. Desde los tiempos de tu tío, el
coronel, no ha pasado nada en Macondo.» En tres cocinas donde se detuvo José
Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: «No hubo
muertos.» Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas
amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la
masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas
cerradas, sin vestigios de vida interior. La única noticia humana era el primer
toque para misa. Llamó en la puerta de la casa del coronel Gavilán. Una mujer
encinta, a quien había visto muchas veces, le cerró la puerta en la cara. «Se
fue -dijo asustada-. Volvió a su tierra.» La entrada principal del gallinero
alambrado estaba custodiada, como siempre, por dos policías locales que
parecían de piedra bajo la lluvia, con impermeables y cascos de hule. En su
callecita marginal, los negros antillanos cantaban a coro los salmos del
sábado. José Arcadio Segundo saltó la cerca del patio y entró en la casa por la
cocina. Santa Sofía de
Aureliano Segundo había dormido en casa
porque allí lo sorprendió la lluvia, y a las tres de la tarde todavía seguía
esperando que escampara. Informado en secreto por Santa Sofía de
-Será cuando escampe -dijo-. Mientras
dure la lluvia, suspendemos toda clase de actividades.
No llovía desde hacia tres meses y era
tiempo de sequía. Pero cuando el señor Brown anuncié su decisión se precipité
en toda la zona bananera el aguacero torrencial que sorprendió a José Arcadio
Segundo en el camino de Macondo. Una semana después seguía lloviendo. La versión
oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de
divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo
muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la
compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia. La ley
marcial continuaba, en previsión de que fuera necesario aplicar medidas de
emergencia para la calamidad pública del aguacero interminable, pero la tropa
estaba acuartelada. Durante el día los militares andaban por los torrentes de
las calles, con los pantalones enrollados a media pierna, jugando a los
naufragios con los niños. En la noche, después del toque de queda, derribaban
puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a
un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los
malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro,
pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que
desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. «Seguro que fue
un sueño -insistían los oficiales-. En Macondo no ha pasado nada, ni está
pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.» Así consumaron el exterminio
de los jefes sindicales.
El único sobreviviente fue José Arcadio
Segundo. Una noche de febrero se oyeron en la puerta los golpes inconfundibles
de las culatas. Aureliano Segundo, que seguía esperando que es-campara para
salir, les abrió a seis soldados al mando de un oficial. Empapados de lluvia,
sin pronunciar una palabra, registraron la casa cuarto por cuarto, armario por
armario, desde las salas hasta el granero. Úrsula despertó cuando encendieron
la luz del aposento, y no exhalé un suspiro mientras duró la requisa, pero
mantuvo los dedos en cruz, moviéndolos hacia donde los soldados se movían.
Santa Sofía de
Aureliano Segundo le regaló el
pescadito. El oficial se lo guardó en el bolsillo de la camisa, con un brillo
infantil en los ojos, y echó los otros en el tarro para ponerlos donde estaban.
-Es un recuerdo invaluable -dijo-. El
coronel Aureliano Buendía fue uno de nuestros más grandes hombres.
Sin embargo, el golpe de humanización
no modificó su conducta profesional. Frente al cuarto de Melquíades, que estaba
otra vez con candado, Santa Sofía de
-¿Cuántas personas viven en esta casa?
-preguntó.
-Cinco.
El oficial, evidentemente, no entendió.
Detuvo la mirada en el espacio donde Aureliano Segundo y Santa Sofía de
Cuando les habló a los soldados,
entendió Aureliano Segundo que el joven militar había visto el cuarto con los
mismos ojos con que lo vio el coronel Aureliano Buendía.
-Es verdad que nadie ha estado en ese
cuarto por lo menos en un siglo -dijo el oficial a los soldados-. Ahí debe
haber hasta culebras.
Al cerrarse la puerta, José Arcadio
Segundo tuvo la certidumbre de que su guerra había terminado. Años antes, el coronel
Aureliano Buendía le había hablado de la fascinación de la guerra y había
tratado de demostrarla con ejemplos incontables sacados de su propia
experiencia. Él le había creído. Pero la noche en que los militares lo miraron
sin verlo, mientras pensaba en la tensión de los últimos meses, en la miseria
de la cárcel, en el pánico de la estación y en el tren cargado de muertos, José
Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel Aureliano Buendía no
fue más que un farsante o un imbécil. No entendía que hubiera necesitado tantas
palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba:
miedo. En el cuarto de Melquíades, en cambio, protegido por la luz
sobrenatural, por el ruido de la lluvia, por la sensación de ser invisible, encontró
el reposo que no tuvo un solo instante de su vida anterior, y el único miedo
que persistía era el de que lo enterraran vivo. Se lo conté a Santa Sofía de
Apenas levantó la vista cuando sintió
abrirse la puerta, pero a su hermano le basté aquella mirada para ver repetido
en ella el destino irreparable del bisabuelo.
-Eran más de tres mil -fue todo cuanto
dijo José Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban
en la estación.
XVI.
Llovió cuatro años, once meses y dos
días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de
pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada,
pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento.
Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba
unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron
de raíz las últimas cepas de las plantaciones. Como ocurrió durante la peste
del insomnio, que Úrsula se dio a recordar por aquellos días, la propia
calamidad iba inspirando defensas contra el tedio. Aureliano Segundo fue uno de
los que más hicieron para no dejarse vencer por la ociosidad. Había ido a la
casa por algún asunto casual la noche en que el señor Brown convocó la
tormenta, y Fernanda traté de auxiliarlo con un paraguas medio desvarillado que
encontré en un armario. «No hace falta -dijo él-. Me quedo aquí hasta que
escampe.» No era, por supuesto, un compromiso ineludible, pero estuvo a punto
de cumplirlo al pie de la letra. Como su ropa estaba en casa de Petra Cotes, se
quitaba cada tres días la que llevaba puesta, y esperaba en calzoncillos
mientras la lavaban. Para no aburrirse, se entregó a la tarea de componer los
numerosos desperfectos de la casa. Ajusté bisagras, aceité cerraduras,
atornillé aldabas y nivelé fallebas. Durante varios meses se le vio vagar con
una caja de herramientas que debieron olvidar los gitanos en los tiempos de
José Arcadio Buendía, y nadie supo si fue por la gimnasia involuntaria, por el
tedio invernal o por la abstinencia obligada, que la panza se le fue
desinflando poco a poco como un pellejo, y la cara de tortuga beatífica se le
hizo menos sanguínea y menos protuberante la papada, hasta que todo él terminé
por ser menos paquidérmico y pudo amarrarse otra vez los cordones de los
zapatos.
Viéndolo montar picaportes y
desconectar relojes, Fernanda se preguntó si no estaría incurriendo también en
el vicio de hacer para deshacer, como el coronel Aureliano Buendía con los
pescaditos de oro, Amaranta con los botones y la mortaja, José Arcadio Segundo
con los pergaminos y Úrsula con los recuerdos. Pero no era cierto. Lo malo era
que la lluvia lo trastornaba todo, y las máquinas más áridas echaban flores por
entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres días, y se oxidaban los
hilos de los brocados y le nacían algas de azafrán a la ropa mojada. La
atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y
salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos. Una mañana
despertó Úrsula sintiendo que se acababa en un soponcio de placidez, y ya había
pedido que le llevaran al padre Antonio Isabel, aunque fuera en andas, cuando
Santa Sofía de
Fernanda creía de veras que su esposo
estaba esperando a que escampara para volver con la concubina. En los primeros
meses de la lluvia temió que él intentara deslizarse hasta su dormitorio, y que
ella iba a pasar por la vergüenza de revelarle que estaba incapacitada para la
reconciliación desde el nacimiento de Amaranta Úrsula. Esa era la causa de su
ansiosa correspondencia con los médicos invisibles, interrumpida por los
frecuentes desastres del correo.
Durante los primeros meses, cuando se
supo que los trenes se descarrilaban en la tormenta, una carta de los médicos
invisibles le indicó que se estaban perdiendo las suyas. Más tarde, cuando se
interrumpieron los contactos con sus corresponsales ignotos, había pensado
seriamente en ponerse la máscara de tigre que usó su marido en el carnaval
sangriento, para hacerse examinar con un nombre ficticio por los médicos de la
compañía bananera. Pero una de las tantas personas que pasaban a menudo por la
casa llevando las noticias ingratas del diluvio le había dicho que la compañía
estaba desmantelando sus dispensarios para llevárselos a tierras de escampada.
Entonces perdió la esperanza. Se
resignó a aguardar que pasara la lluvia y se normalizara el correo y, mientras
tanto, se aliviaba de sus dolencias secretas con recursos de inspiración,
porque hubiera preferido morirse a ponerse en manos del único médico que
quedaba en Macondo, el francés extravagante que se alimentaba con hierba para
burros. Se había aproximado a Úrsula, confiando en que ella conociera algún
paliativo para sus quebrantos. Pero la tortuosa costumbre de no llamar las
cosas por su nombre la llevó a poner lo anterior en lo posterior, y a sustituir
lo parido por lo expulsado, y a cambiar flujos por ardores para que todo fuera
menos vergonzoso, de manera que Úrsula concluyó razonablemente que los
trastornos no eran uterinos, sino intestinales, y le aconsejó que tomara en
ayunas una papeleta de calomel. De no haber sido por ese padecimiento que nada
hubiera tenido de pudendo para alguien que no estuviera también enfermo de
pudibundez, y de no haber sido por la pérdida de las cartas, a Fernanda no le
habría importado la lluvia, porque al fin de cuentas toda la vida había sido
para ella como si estuviera lloviendo. No modificó los horarios ni perdoné los
ritos. Cuando todavía estaba la mesa alzada sobre ladrillos y puestas las
sillas sobre tablones para que los comensales no se mojaran los pies, ella
seguía sirviendo con manteles de lino y vajillas chinas, y prendiendo los
candelabros en la cena, porque consideraba que las calamidades no podían
tomarse de pretexto para el relajamiento de las costumbres. Nadie había vuelto
a asomarse a la calle. Si de Fernanda hubiera dependido no habrían vuelto a
hacerlo jamás, no sólo desde que empezó a llover, sino desde mucho antes,
puesto que ella consideraba que las puertas se habían inventado para cerrarlas,
y que la curiosidad por lo que ocurría en la calle era cosa de rameras. Sin
embargo, ella fue la primera en asomarse cuando avisaron que estaba pasando el
entierro del coronel Gerineldo Márquez, aunque lo que vio entonces por la
ventana entreabierta la dejó en tal estado de aflicción que durante mucho
tiempo estuvo arrepintiéndose de su debilidad.
No habría podido concebirse un cortejo
más desolado. Habían puesto el ataúd en una carreta de bueyes sobre la cual
construyeron un cobertizo de hojas de banano, pero la presión de la lluvia era
tan intensa v las calles estaban tan empantanadas que a cada paso se atollaban
las ruedas y el cobertizo estaba a punto de desbaratarse. Los chorros de agua
triste que caían sobre el ataúd iban ensopando la bandera que le habían puesto
encima, y que era en realidad la bandera sucia de sangre y de pólvora,
repudiada por los veteranos más dignos. Sobre el ataúd habían puesto también el
sable con borlas de cobre y seda, el mismo que el coronel Gerineldo Márquez
colgaba en la percha de la sala para entrar inerme al costurero de Amaranta.
Detrás de la carreta, algunos descalzos y todos con los pantalones a media pierna,
chapaleaban en el fango los últimos sobrevivientes de la capitulación de
Neerlandia, llevando en una mano el bastón de carreto y en la otra una corona
de flores de papel descoloridas por la lluvia. Aparecieron como una visión
irreal en la calle que todavía llevaba el nombre del coronel Aureliano Buendía,
y todos miraron la casa al pasar, y doblaron por la esquina de la plaza, donde
tuvieron que pedir ayuda para sacar la carreta atascada. Úrsula se había hecho
llevar a la puerta por Santa Sofía de
-Adiós, Gerineldo, hijo mío -grité-.
Salúdame a mi gente y dile que nos vemos cuando escampe.
Aureliano Segundo la ayudé a volver a
la cama, y con la misma informalidad con que la trataba siempre le preguntó el
significado de su despedida.
-Es verdad -dijo ella-. Nada más estoy
esperando que pase la lluvia para morirme, El estado de las calles alarmó a
Aureliano Segundo. Tardíamente preocupado por la suerte de sus animales, se
echó encima un lienzo encerado y fue a casa de Petra Cotes. La encontró en el
patio, con el agua a la cintura, tratando de desencallar el cadáver de un
caballo. Aureliano Segundo la ayudé con una tranca, y el enorme cuerpo
tumefactos dio una vuelta de campana y fue arrastrado por el torrente de barro
líquido. Desde que empezó la lluvia, Petra Cotes no había hecho más que
desembarazar su patio de animales muertos. En las primeras semanas le mandó
recados a Aureliano Segundo para que tomara providencias urgentes, y él había
contestado que no había prisa, que la situación no era alarmante, que ya se
pensaría en algo cuando escampara.
Le mandé a decir que los potreros se
estaban inundando, que el ganado se fugaba hacia las tierras altas donde no
había qué comer, y que estaban a merced del tigre y la peste. «No hay nada que
hacer -le contestó Aureliano Segundo-. Ya nacerán otros cuando escampe.» Petra
Cotes los había visto morir a racimadas, y apenas si se daba abasto para
destazar a los que se quedaban atollados. Vio con una impotencia sorda cómo el
diluvio fue exterminando sin misericordia una fortuna que en un tiempo se tuvo
como la más grande y sólida de Macondo, y de la cual no quedaba sino la
pestilencia. Cuando Aureliano Segundo decidió ir a ver lo que pasaba, sólo
encontró el cadáver del caballo, y una muía escuálida entre los escombros de la
caballeriza. Petra Cotes lo vio llegar sin sorpresa, sin alegría ni
resentimiento, y apenas se permitió una sonrisa irónica.
-¡A buena hora! -dijo.
Estaba envejecida, en los puros huesos,
y sus lanceolados ojos de animal carnívoro se habían vuelto tristes y mansos de
tanto mirar la lluvia. Aureliano Segundo se quedó más de tres meses en su casa,
no porque entonces se sintiera mejor allí que en la de su familia, sino porque
necesité todo ese tiempo para tomar la decisión de echarse otra vez encima el
pedazo de lienzo encerado.
«No hay prisa -dijo, como había dicho
en la otra casa-. Esperemos que escampe en las próximas horas.» En el curso de
la primera semana se fue acostumbrando a los desgastes que habían hecho el
tiempo y la lluvia en la salud de su concubina, y poco a poco fue viéndola como
era antes, acordándose de sus desafueros jubilosos y de la fecundidad de
delirio que su amor provocaba en los animales, y en parte por amor y en parte
por interés, una noche de la segunda semana la despertó con caricias
apremiantes. Petra Cotes no reaccionó. «Duerme tranquilo -murmuró-.
Ya los tiempos no están para estas
cosas.» Aureliano Segundo se vio a sí mismo en los espejos del techo, vio la
espina dorsal de Petra Cotos como una hilera de carretes ensartados en un mazo
de nervios marchitos, y comprendió que ella tenía razón, no por los tiempos,
sino por ellos mismos, que ya no estaban para esas cosas.
Aureliano Segundo regresó a la casa con
sus baúles, convencido de que no sólo Úrsula, sino todos los habitantes de
Macondo, estaban esperando que escampara para morirse. Los había visto al
pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados,
sintiendo transcurrir un tiempo entero, un tiempo sin desbravar, porque era
inútil dividirlo en meses y años, y los días en horas, cuando no podía hacerse
nada más que contemplar la lluvia. Los niños recibieron alborozados a Aureliano
Segundo, quien volvió a tocar para ellos el acordeón asmático.
Pero el concierto no les llamó tanto la
atención como las sesiones enciclopédicas, de modo que otra vez volvieron a
reunirse en el dormitorio de Memo, donde la imaginación de Aureliano Segundo
convirtió el dirigible en un elefante volador que buscaba un sitio para dormir
entre las nubes. En cierta ocasión encontró un hombre de a caballo que a pesar
de su atuendo exótico conservaba un aire familiar, y después de mucho
examinarlo llegó a la conclusión de que era un retrato del coronel Aureliano
Buendía. Se lo mostró a Fernanda, y también ella admitió el parecido del jinete
no sólo con el coronel, sino con todos los miembros de la familia, aunque en
verdad era un guerrero tártaro. Así se le fue pasando el tiempo, entre el
coloso de Rodas y los encantadores de serpientes, hasta que su esposa le
anunció que no quedaban más de seis kilos de carne salada y un saco de arroz en
el granero.
-¿Y ahora qué quieres que haga?
-preguntó él.
-Yo no sé -contestó Fernanda-. Eso es
asunto de hombres.
-Bueno -dijo Aureliano Segundo-, algo
se hará cuando escampe.
Siguió más interesado en la
enciclopedia que en el problema doméstico, aun cuando tuvo que conformarse con
una piltrafa y un poco de arroz en el almuerzo. «Ahora es imposible hacer nada
-decía-. No puede llover toda la vida.» Y mientras más largas le daba a las
urgencias del granero, más intensa se iba haciendo la indignación de Fernanda, hasta
que sus protestas eventuales, sus desahogos poco frecuentes, se desbordaron en
un torrente incontenible, desatado, que empezó una mañana como el monótono
bordón de una guitarra, y que a medida que avanzaba el día fue subiendo de
tono, cada vez más rico, más espléndido. Aureliano Segundo no tuvo conciencia
de la cantaleta hasta el día siguiente, después del desayuno, cuando se sintió
aturdido por un abejorreo que era entonces más fluido y alto que el rumor de la
lluvia, y era Fernanda que se paseaba por toda la casa doliéndose de que la
hubieran educado como una reina para terminar de sirvienta en una casa de
locos, con un marido holgazán, idólatra, libertino, que se acostaba boca arriba
a esperar que le llovieran panes del cielo, mientras ella se destroncaba los
riñones tratando de mantener a flote un hogar emparapetado con alfileres, donde
había tanto que hacer, tanto que soportar y corregir desde que amanecía Dios
hasta la hora de acostarse, que llegaba a la cama con los ojos llenos de polvo
de vidrio y, sin embargo, nadie le había dicho nunca buenos días, Fernanda, qué
tal noche pasaste, Fernanda, ni le habían preguntado aunque fuera por cortesía
por qué estaba tan pálida ni por qué despertaba con esas ojeras de violeta, a
pesar de que ella no esperaba, por supuesto, que aquello saliera del resto de
una familia que al fin y al cabo la había tenido siempre como un estorbo, como
el trapito de bajar la olla, como un monigote pintado en la pared, y que
siempre andaban desbarrando contra ella por los rincones, llamándola
santurrona, llamándola farisea, llamándola lagarta, y hasta Amaranta, que en
paz descanse, había dicho de viva voz que ella era de las que confundían el
recto con las témporas, bendito sea Dios, qué palabras, y ella había aguantado
todo con resignación por las intenciones del Santo Padre, pero no había podido
soportar más cuando el malvado de José Arcadio Segundo dijo que la perdición de
la familia había sido abrirle las puertas a una cachaca, imagínese, una cachaca
mandona, válgame Dios, una cachaca hija de la mala saliva, de la misma índole
de los cachacos que mandó el gobierno a matar trabajadores, dígame usted, y se
refería a nadie menos que a ella, la ahijada del duque de Alba, una dama con
tanta alcurnia que le revolvía el hígado a las esposas de los presidentes, una
fijodalga de sangre como ella que tenía derecho a firmar con once apellidos
peninsulares, y que era el único mortal en ese pueblo de bastardos que no se
sentía emberenjenado frente a dieciséis cubiertos, para que luego el adúltero
do su marido dijera muerto de risa que tantas cucharas y tenedores, y tantos
cuchillos y cucharitas no era cosa de cristianos, sino de ciempiés, y la única
que podía determinar a ojos cerrados cuándo se servía el vino blanco, y de qué
lado y en qué copa, y cuándo se servía el vino rojo, y de qué lado y en qué
copa, y no como la montuna de Amaranta, que en paz descanse, que creía que el
vino blanco se servía de día y el vino rojo do noche, y la única en todo el
litoral que podía vanagloriarse de no haber hecho del cuerpo sino en bacinillas
de oro, para que luego el coronel Aureliano Buendía, que en paz descanse,
tuviera el atrevimiento do preguntar con su mala bilis de masón de dónde había
merecido ese privilegio, si era que olla no cagaba mierda, sino astromelias,
imagínense, con esas palabras, y para que Renata, su propia hija, que por
indiscreción había visto sus aguas mayores en el dormitorio, contestara que de
verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha heráldica, pero que lo que
tenía dentro era pura mierda, mierda física, y peor todavía que las otras
porque era mierda de cachaca, imagínese, su propia hija, de modo que nunca se
había hecho ilusiones con el resto de la familia, pero de todos modos tenía
derecho a esperar un poco de más consideración de parto do su esposo, puesto
que bien o mal era su cónyuge de sacramento, su autor, su legítimo
perjudicador, que se echó encima por voluntad libre y soberana la grave
responsabilidad de sacarla del solar paterno, donde nunca se privé ni se dolió
de nada, donde tejía palmas fúnebres por gusto de entretenimiento, puesto que
su padrino había mandado una carta con su firma y el sello de su anillo impreso
en el lacre, sólo para decir que las manos de su ahijada no estaban hechas para
menesteres de este mundo, como no fuera tocar el clavicordio y, sin embargo, el
insensato de su marido la había sacado de su casa con todas las admoniciones y
advertencias y la había llevado a aquella paila de infierno donde no se podía
respirar de calor, y antes de que ella acabara de guardar sus dietas de
Pentecostés ya se había ido con sus baúles trashumantes y su acordeón de
perdulario a holgar en adulterio con una desdichada a quien bastaba con verle
las nalgas, bueno, ya estaba dicho, a quien bastaba con verle menear las nalgas
de potranca para adivinar que era una, que era una, todo lo contrario de ella,
que era una dama en el palacio o en la pocilga, en la mesa o en la cama, una
dama de nación, temerosa de Dios, obediente de sus leyes y sumisa a su
designio, y con quien no podía hacer, por supuesto, las maromas y vagabundinas
que hacía con la otra, que por supuesto se prestaba a todo, como las matronas
francesas, y peor aún, pensándolo bien, porque éstas al menos tenían la
honradez de poner un foco colorado en la puerta, semejantes porquerías,
imagínese, ni más faltaba, con la hija única y bienamada de doña Renata Argote
y don Fernando del Carpio, y sobre todo de éste, por supuesto, un santo varón,
un cristiano de los grandes, Caballero de
-Eso sí no es cierto -la interrumpió
Aureliano Segundo-, cuando lo trajeron ya apestaba.
Había tenido la paciencia de escucharla
un día entero, hasta sorprendería en una falta.
Fernanda no le hizo caso, pero bajó la
voz. Esa noche, durante la cena, el exasperante zumbido de la cantaleta había
derrotado al rumor de la lluvia. Aureliano Segundo comió muy poco, con la
cabeza baja, y se retiré temprano al dormitorio. En el desayuno del día
siguiente Fernanda estaba trémula, con aspecto de haber dormido mal, y parecía
desahogada por completo de sus rencores Sin embargo, cuando su marido preguntó
si no sería posible comerse un huevo tibio, ella no contestó simplemente que
desde la semana anterior se habían acabado los huevos, sino que elaboré una
virulenta diatriba contra los hombres que se pasaban el tiempo adorándose el
ombligo y luego tenían la cachaza de pedir hígados de alondra en la mesa.
Aureliano Segundo llevó a los niños a ver la enciclopedia, como siempre, y
Fernanda fingió poner orden en el dormitorio de Memo, sólo para que él la oyera
murmurar que, por supuesto, se necesitaba tener la cara dura para decirles a
los pobres inocentes que el coronel Aureliano Buendía estaba retratado en la
enciclopedia. En la tarde, mientras los niños hacían la siesta, Aureliano
Segundo se sentó en el corredor, y hasta allá lo persiguió Fernanda, provocándolo,
atormentándolo, girando en torno de él con su implacable zumbido de moscardón,
diciendo que, por supuesto, mientras ya no quedaban más que piedras para comer,
su marido se sentaba como un sultán de Persia a contemplar la lluvia, porque no
era más que eso, un mampolón, un mantenido, un bueno para nada, más flojo que
el algodón de borla, acostumbrado a vivir de las mujeres, y convencido de que
se había casado con la esposa de Jonás, que se quedó tan tranquila con el
cuento de la ballena. Aureliano Segundo la oyó más de dos horas, impasible,
como si fuera sordo. No la interrumpió hasta muy avanzada la tarde cuando no
pudo soportar más la resonancia de bombo que le atormentaba la cabeza.
-Cállate ya, por favor -suplicó.
Fernanda, por el contrario, levantó el tono.
«No tengo por qué callarme -dijo-. El que no quiera oírme que se vaya.»
Entonces Aureliano Segundo perdió el dominio. Se incorporé sin prisa, como si
sólo pensara estirar los huesos, y con una furia perfectamente regulada y
metódica fue agarrando uno tras otro los tiestos de begonias, las macetas de
helechos, los potes de orégano, y uno tras otro los fue despedazando contra el
suelo. Fernanda se asusté, pues en realidad no había tenido hasta entonces una
conciencia clara de la tremenda fuerza interior de la cantaleta, pero ya era
tarde para cualquier tentativa de rectificación. Embriagado por el torrente
incontenible del desahogo, Aureliano Segundo rompió el cristal de la vidriera,
y una por una, sin apresurarse, fue sacando las piezas de la vajilla y las hizo
polvo contra el piso. Sistemático, sereno, con la misma parsimonia con que
había empapelado la casa de billetes, fue rompiendo luego contra las paredes la
cristalería de Bohemia, los floreros pintados a mano, los cuadros de las
doncellas en barcas cargadas de rosas, los espejos de marcos dorados, y todo
cuanto era rompible desde la sala hasta el granero, y terminó con la tinaja de
la cocina que se reventé en el centro del patio con una explosión profunda.
Luego se lavé las manos, se echó encima el lienzo encerado, y antes de
medianoche volvió con unos tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de
arroz y maíz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de plátanos. Desde
entonces no volvieron a faltar las cosas de comer.
Amaranta Úrsula y el pequeño Aureliano
habían de recordar el diluvio como una época feliz. A pesar del rigor de
Fernanda, chapaleaban en los pantanos del patio, cazaban lagartos para
descuartizarlos y jugaban a envenenar la sopa echándole polvo de alas de
mariposas en los descuidos de Santa Sofía de
Úrsula conversaba con sus antepasados
sobre acontecimientos anteriores a su propia existencia, gozaba con las
noticias que le daban y lloraba con ellos por muertos mucho más recientes que
los mismos contertulios. Los niños no tardaron en advertir que en el curso de
esas visitas fantasmales Úrsula planteaba siempre una pregunta destinada a
establecer quién era el que había llevado a la casa durante la guerra un San
José de yeso de tamaño natural para que lo guardaran mientras pasaba la lluvia.
Fue así como Aureliano Segundo se acordé de la fortuna enterrada en algún lugar
que sólo Úrsula conocía, pero fueron inútiles las preguntas y las maniobras
astutas que se le ocurrieron, porque en los laberintos de su desvarío ella
parecía conservar un margen de lucidez para defender aquel secreto, que sólo
había de revelar a quien demostrara ser el verdadero dueño del oro sepultado.
Era tan hábil y tan estricta, que cuando Aureliano Segundo instruyó a uno de
sus compañeros de parranda para que se hiciera pasar por el propietario de la
fortuna, ella lo enredó en un interrogatorio minucioso y sembrado de trampas
sutiles.
Convencido de que Úrsula se llevaría el
secreto a la tumba, Aureliano Segundo contrató una cuadrilla de excavadores con
el pretexto de que construyeran canales de desagüe en el patio y en el
traspatio, y él mismo sondeó el suelo con barretas de hierro y con toda clase
de detectores de metales, sin encontrar nada que se pareciera al oro en tres
meses de exploraciones exhaustivas.
Más tarde recurrió a Pilar Ternera con
la esperanza de que las barajas vieran más que los cavadores, pero ella empezó
por explicarle que era inútil cualquier tentativa mientras no fuera Úrsula
quien cortara el naipe. Confirmé en cambio la existencia del tesoro, con la
precisión de que eran siete mil doscientas catorce monedas enterradas en tres
sacos de lona con jaretas de alambre de cobre, dentro de un círculo con un
radio de ciento veintidós metros, tomando como centro la cama de Úrsula, pero
advirtió que no sería encontrado antes de que acabara de llover y los soles de
tres junios consecutivos convirtieran en polvo los barrizales. La profusión y
la meticulosa vaguedad de los datos le parecieron a Aureliano Segundo tan
semejantes a las fábulas espiritistas, que insistió en su empresa a pesar de
que estaban en agosto y habría sido necesario esperar por lo menos tres años
para satisfacer las condiciones del pronóstico. Lo primero que le causó
asombro, aunque al mismo tiempo aumentó su confusión, fue el comprobar que
había exactamente ciento veintidós metros de la cama de Úrsula a la cerca del
traspatio. Fernanda temió que estuviera tan loco como su hermano gemelo cuando
lo vio haciendo las mediciones, y peor aun cuando ordenó a las cuadrillas de
excavadores profundizar un metro más en las zanjas.
Presa de un delirio exploratorio
comparable apenas al del bisabuelo cuando buscaba la ruta de los inventos,
Aureliano Segundo perdió las últimas bolsas de grasa que le quedaban, y la
antigua semejanza con el hermano gemelo se fue otra vez acentuando, no sólo por
el escurrimiento de la figura, sino por el aire distante y la actitud
ensimismada. No volvió a ocuparse de los niños.
Comía a cualquier hora, embarrado de
pies a cabeza, y lo hacía en un rincón de la cocina, contestando apenas a las
preguntas ocasionales de Santa Bofia de
Macondo estaba en ruinas. En los
pantanos de las calles quedaban muebles despedazados, esqueletos de animales
cubiertos de lirios colorados, últimos recuerdos de las hordas de ad-venedizos
que se fugaron de Macondo tan atolondradamente como habían llegado. Las casas
paradas con tanta urgencia durante la fiebre del banano, habían sido
abandonadas. La compañía bananera desmantelé sus instalaciones. De la antigua
ciudad alambrada sólo quedaban los escombros. Las casas de madera, las frescas
terrazas donde transcurrían las serenas tardes de naipes, parecían arrasadas
por una anticipación del viento profético que años después había de borrar a
Macondo de la faz de la tierra. El único rastro humano que dejó aquel soplo
voraz, fue un guante de Patricia Brown en el automóvil sofocado por las
trinitarias. La región encantada que exploré José Arcadio Buendía en los
tiempos de la fundación, y donde luego prosperaron las plantaciones de banano,
era un tremedal de cepas putrefactas, en cuyo horizonte remoto se alcanzó a ver
por varios años la espuma silenciosa del mar. Aureliano Segundo padeció una
crisis de aflicción el primer domingo que vistió ropas secas y salió a
reconocer el pueblo. Los sobrevi-vientes de la catástrofe, los mismos que ya
vivían en Macondo antes de que fuera sacudido por el huracán de la compañía
bananera, estaban sentados en mitad de la calle gozando de los primeros soles.
Todavía conservaban en la piel el verde de alga y el olor de rincón que les
imprimió la lluvia, pero en el fondo de sus corazones parecían satisfechos de
haber recuperado el pueblo en que nacieron. La calle de los Turcos era otra vez
la de antes, la de los tiempos en que los árabes de pantuflas y argollas en las
orejas que recorrían el mundo cambiando guacamayas por chucherías, hallaron en Macondo
un buen recodo para descansar de su milenaria condición de gente trashumante.
Al otro lado de la lluvia, la mercancía de los bazares estaba cayéndose a
pedazos, los géneros abiertos en la puerta estaban veteados de musgo, los
mostradores socavados por el comején y las paredes carcomidas por la humedad,
pero los árabes de la tercera generación estaban sentados en el mismo lugar y
en la misma actitud de sus padres y sus abuelos, taciturnos, impávidos,
invulnerables al tiempo y al desastre, tan vivos o tan muertos como estuvieron
después de la peste del insomnio y de las treinta y dos guerras del coronel
Aureliano Buendía. Era tan asombrosa su fortaleza de ánimo frente a los
escombros de las mesas de juego, los puestos de fritangas, las casetas de tiro al
blanco y el callejón donde se interpretaban los sueños y se adivinaba el
porvenir, que Aureliano Segundo les preguntó con su informalidad habitual de
qué recursos misteriosos se habían valido para no naufragar en la tormenta,
cómo diablos habían hecho para no ahogarse, y uno tras otro, de puerta en
puerta, le devolvieron una sonrisa ladina y una mirada de ensueño, y todos le
dieron sin ponerse de acuerdo la misma repuesta:
-Nadando.
Petra Cotes era tal vez el único nativo
que tenía corazón de árabe. Había visto los últimos destrozos de sus establos y
caballerizas arrastrados por la tormenta, pero había logrado mantener la casa
en pie. En el último año, le había mandado recados apremiantes a Aureliano
Segundo, y éste le había contestado que ignoraba cuándo volvería a su casa,
pero que en todo caso llevaría un cajón de monedas de oro para empedrar el
dormitorio. Entonces ella había escarbado en su corazón, buscando la fuerza que
le permitiera sobrevivir a la desgracia, y había encontrado una rabia reflexiva
y justa, con la cual había jurado restaurar la fortuna despilfarrada por el
amante y acabada de exterminar por el diluvio. Fue una decisión tan
inquebrantable, que Aureliano Segundo volvió a su casa ocho meses después del
último recado, y la encontró verde, desgreñada, con los párpados hundidos y la
piel escarchada por la sarna, pero estaba escribiendo números en pedacitos de
papel, para hacer una rifa. Aureliano Segundo se quedé atónito, y estaba tan
escuálido y tan solemne, que Petra Cotes no creyó que quien había vuelto a
buscarla fuera el amante de toda la vida, sino el hermano gemelo.
-Estás loca -dijo él-. A menos que
pienses rifar los huesos. Entonces ella le dijo que se asomara al dormitorio, y
Aureliano Segundo vio la mula. Estaba con el pellejo pegado a los huesos, como
la dueña, pero tan viva y resuelta como ella. Petra Cotes la había alimentado
con su rabia, y cuando no tuvo más hierbas, ni maíz, ni raíces, la albergó en
su propio dormitorio y le dio a comer las sábanas de percal, los tapices persas,
los sobrecamas de peluche, las cortinas de terciopelo y el palio bordado con
hilos de oro y borlones de seda de la cama episcopal.
XVII.
Úrsula tuvo que hacer un grande
esfuerzo para cumplir su promesa de morirse cuando escampara. Las ráfagas de
lucidez que eran tan escasas durante la lluvia, se hicieron más fre-cuentes a
partir de agosto, cuando empezó a soplar el viento árido que sofocaba los
rosales y petrificaba los pantanos, y que acabé por esparcir sobre Macondo el
polvo abrasante que cubrió para siempre los oxidados techos de cinc y los
almendros centenarios. Úrsula lloré de lástima al descubrir que por más de tres
años había quedado para juguete de los niños. Se lavé la cara pintorreteada, se
quité de encima las tiras de colorines, las lagartijas y los sapos resecos y
las camándulas y antiguos collares de árabes que le habían colgado por todo el
cuerpo, y por primera vez desde la muerte de Amaranta abandonó la cama sin
auxilio de nadie para incorporarse de nuevo a la vida familiar. El ánimo de su corazón
invencible la orientaba en las tinieblas. Quienes repararon en sus
trastabilleos y tropezaron con su brazo arcangélico siempre alzado a la altura
de la cabeza, pensaron que a duras penas podía con su cuerpo, pero todavía no
creyeron que estaba ciega. Ella no necesitaba ver para darse cuenta de que los
canteros de flores, cultivados con tanto esmero desde la primera
reconstrucción, habían sido destruidos por la lluvia y arrasados por las
excavaciones de Aureliano Segundo, y que las paredes y el cemento de los pisos
estaban cuarteados, los muebles flojos y descoloridos, las puertas
desquiciadas, y la familia amenazada por un espíritu de resignación y
pesadumbre que no hubiera sido concebible en sus tiempos.
Moviéndose a tientas por los
dormitorios vacíos percibía el trueno continuo del comején taladrando las
maderas, y el tijereteo de la polilla en los roperos, y el estrépito devastador
de las enormes hormigas coloradas que habían prosperado en el diluvio y estaban
socavando los cimientos de la casa. Un día abrió el baúl de los santos, y tuvo
que pedir auxilio a Santa Sofía de
A este paso terminaremos devorados por
las bestias.» Desde entonces no tuvo un instante de reposo. Levantada desde
antes del amanecer, recurría a quien estuviera disponible, inclusive a los
niños. Puso al sol las escasas ropas que todavía estaban en condiciones de ser
usadas, ahuyentó las cucarachas con sorpresivos asaltos de insecticida, raspó
las venas del comején en puertas y ventanas y asfixió con cal viva a las
hormigas en sus madrigueras. La fiebre de restauración acabó por llevarla a los
cuartos olvidados. Hizo desembarazar de escombros y te-larañas la habitación
donde a José Arcadio Buendía se le secó la mollera buscando la piedra
filosofal, puso en orden el taller de platería que había sido revuelto por los
soldados, y por último pidió las llaves del cuarto de Melquíades para ver en
qué estado se encontraba. Fiel a la voluntad de José Arcadio Segundo, que había
prohibido toda intromisión mientras no hubiera un indicio real de que había
muerto, Santa Sofía de
-¡Bendito sea Dios! -exclamó, como si
lo hubiera visto todo-. Tanto tratar de inculcarte las buenas costumbres, para
que terminaras viviendo como un puerco.
José Arcadio Segundo seguía releyendo
los pergaminos. Lo único visible en la intrincada maraña de pelos, eran los
dientes rayados de lama verde y los ojos inmóviles. Al reconocer la voz de la
bisabuela, movió la cabeza hacia la puerta,, trató de sonreír, y sin saberlo
repitió una antigua frase de Úrsula.
-Qué quería -murmuro-, el tiempo pasa.
-Así es -dijo Úrsula-, pero no tanto.
Al decirlo, tuvo conciencia de estar
dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de
sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo
no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo.
Pero tampoco entonces le dio una oportunidad a la resignación. Regañó a José
Arcadio Segundo como si fuera un niño, y se empeñó en que se bañara y se
afeitara y le prestara su fuerza para acabar de restaurar casa. La simple idea
de abandonar el cuarto que le había proporcionado la paz, aterrorizó a José
Arcadio Segundo. Gritó que no había poder humano capaz de hacerlo salir, porque
no quería ver el tren de doscientos vagones cargados de muertos que cada
atardecer partía de Macondo hacia el mar. «Son todos los que estaban en la
estación -gritaba-. Tres mil cuatrocientos ocho.» Sólo entonces comprendió Úrsula
que él estaba en un mundo de tinieblas más impenetrable que el suyo, tan
infranqueable y solitario como el del bisabuelo. Lo dejó en el cuarto, pero
consiguió que no volvieran a poner el candado, que hicieran la limpieza todos
los días, que tiraran las bacinillas a la basura y sólo dejaran una, y que
mantuvieran a José Arcadio Segundo tan limpio y presentable como estuvo el
bisabuelo en su largo cautiverio bajo el castaño.
Al principio, Fernanda interpretaba
aquel ajetreo como un acceso de locura senil, y a duras penas reprimía la
exasperación. Pero José Arcadio le anunció por esa época desde Roma que pensaba
ir a Macondo antes de hacer los votos perpetuos, y la buena noticia le infundió
tal entusiasmo, que de la noche a la mañana se encontró regando las flores
cuatro veces al día para que su hijo no fuera a formarse una mala impresión de
la casa. Fue ese mismo incentivo el que la indujo a apresurar su
correspondencia con los médicos invisibles, y a reponer en el corredor las
macetas de helechos y orégano, y los tiestos de begonias, mucho antes de que
Úrsula se enterara de que habían sido destruidos por la furia exterminadora de
Aureliano Segundo. Más tarde vendió el servicio de plata, y compró vajillas de
cerámica, soperas y cucharones de peltre y cubiertos de alpaca, y empobreció
con ellos las alacenas acostumbradas a la loza de
Aureliano Segundo, que había vuelto a
llevarse sus baúles a casa de Petra Cotes, disponía apenas de los medios para
que la familia no se muriera de hambre. Con la rifa de la mula, Petra Cotes y
él habían comprado otros animales, con los cuales consiguieron enderezar un
rudimentario negocio de lotería. Aureliano Segundo andaba de casa en casa,
ofreciendo los billetitos que él mismo pintaba con tintas de colores para
hacerlos más atractivos y convincentes, y acaso no se daba cuenta de que muchos
se los compraban por gratitud, y la mayoría por compasión. Sin embargo, aun los
más piadosos compradores adquirían la oportunidad de ganarse un cerdo por
veinte centavos o una novilla por treinta y dos, y se entusiasmaban tanto con
la esperanza, que la noche del martes desbordaban el patio de Petra Cotes
esperando el momento en que un niño escogido al azar sacara de la bolsa el
número premiado. Aquello no tardó en convertirse en una feria semanal, pues
desde el atardecer se instalaban en el patio mesas de fritangas y puestos de
bebidas, y muchos de los favorecidos sacrificaban allí mismo el animal ganado
con la condición de que otros pusieran la música y el aguardiente, de modo que
sin haberlo deseado Aureliano Segundo se encontró de pronto tocando otra vez el
acordeón y participando en modestos torneos de voracidad. Estas humildes
réplicas de las parrandas de otros días, sirvieron para que el propio Aureliano
Segundo descubriera cuánto habían decaído sus ánimos y hasta qué punto se había
secado su ingenio de cumbiambero magistral. Era un hombre cambiado. Los ciento
veinte kilos que llegó a tener en la época en que lo desafió
Ambos evocaban entonces como un estorbo
las parrandas desatinadas, la riqueza aparatosa y la fornicación sin frenos, y
se lamentaban de cuánta vida les había costado encontrar el paraíso de la
soledad compartida. Locamente enamorados al cabo de tantos años de complicidad
estéril, gozaban con el milagro de quererse tanto en la mesa como en la cama, y
llegaron a ser tan felices, que todavía cuando eran dos ancianos agotados
seguían retozando como conejitos y peleándose como perros.
Las rifas no dieron nunca para más. Al
principio, Aureliano Segundo ocupaba tres días de la semana encerrado en su
antigua oficina de ganadero, dibujando billete por billete, pintando con un
cierto primor una vaquita roja, un cochinito verde o un grupo de gallinitas
azules, según fuera el animal rifado, y modelaba con una buena imitación de las
letras de imprenta el nombre que le pareció bueno a Petra Cotes para bautizar
el negocio: Rifas de
Aureliano Segundo andaba tan ocupado
tratando de consolidar el prestigio de sus rifas, que apenas le quedaba tiempo
para ver a los niños, Fernanda puso a Amaranta Úrsula en una escuelita privada
donde no se recibían más de seis alumnas, pero se negó a permitir que Aureliano
asistiera a la escuela pública. Consideraba que ya había cedido demasiado al
aceptar que abandonara el cuarto. Además, en las escuelas de esa época sólo se
recibían hijos legítimos de matrimonios católicos, y en el certificado de
nacimiento que habían prendido con una nodriza en la batita de Aureliano cuando
lo mandaron a la casa, estaba registrado como expósito. De modo que se quedó
encerrado, a merced de la vigilancia caritativa de Santa Sofía de
-Soy Aureliano Buendía -dilo él.
-Es verdad -replicó ella-. Ya es hora
de que empieces a aprender la platería.
Lo volvió a confundir con su hijo,
porque el viento cálido que sucedió al diluvio e infundió en el cerebro de
Úrsula ráfagas eventuales de lucidez, había acabado de pasar. No volvió
recobrar la razón. Cuando entraba al dormitorio, encontraba allí a Petronila
Iguarán, con el estorboso miriñaque y el saquito de mostacilla que se ponía
para las visitas de compromiso, y encontraba a Tranquilina María Miniata
Alacoque Buendía, su abuela, abanicándose con una pluma de pavorreal en su
mecedor de tullida, y a su bisabuelo Aureliano Arcadio Buendía con su falso
dormán de las guardias virreinales, y a Aureliano Iguarán, su padre, que había
inventado una oración para que se achicharraran y se cayeran los gusanos de las
vacas, y a la timorata de su madre, y al primo con la cola de cerdo, y a José
Arcadio Buendía y a sus hijos muertos, todos sentados en sillas que habían sido
recostadas contra la pared como si no estuvieran en una visita, sino en un
velorio.
Ella hilvanaba una cháchara colorida,
comentando asuntos de lugares apartados y tiempos sin coincidencia, de modo que
cuando Amaranta Úrsula regresaba de la escuela y Aureliano se cansaba de la
enciclopedia, la encontraban sentada en la cama, hablando sola, y perdida en un
laberinto de muertos. «¡Fuego!», gritó una vez aterrorizada, y por un instante
sembró el pánico en la casa, pero lo que estaba anunciando era el incendio de
una caballeriza que había presenciado a los cuatro años. Llegó a revolver de
tal modo el pasado con la actualidad, que en las dos o tres ráfagas de lucidez
que tuvo antes de morir, nadie supo a ciencia cierta si hablaba de lo que
sentía o de lo que recordaba. Poco a poco se fue reduciendo, fetizándose,
momificándose en vida, hasta el punto de que en sus últimos meses era una
ciruela pasa perdida dentro del camisón, y el brazo siempre alzado terminó por
parecer la pata de una marimonda. Se quedaba inmóvil varios días, y Santa Sofía
de
Un domingo de ramos entraron al
dormitorio mientras Fernanda estaba en misa, y cargaron a Úrsula por la nuca y
los tobillos.
-Pobre la tatarabuelita -dijo Amaranta
Úrsula-, se nos murió de vieja.
Úrsula se sobresaltó.
-¡Estoy viva! -dijo.
-Ya ves -dijo Amaranta Úrsula,
reprimiendo la risa-, ni siquiera respira.
-¡Estoy hablando! -gritó Úrsula.
-Ni siquiera habla -dijo Aureliano-. Se
murió como un grillito.
Entonces Úrsula se rindió a la
evidencia. «Dios mío -exclamó en voz baja-. De modo que esto es la muerte.»
Inició una oración interminable, atropellada, profunda, que se prolongó por más
de dos días, y que el martes había degenerado en un revoltijo de súplica a Dios
y de consejos prácticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa,
para que nunca dejaran apagar la lámpara frente al daguerrotipo de Remedios, y
para que cuidaran de que ningún Buendía fuera a casarse con alguien de su misma
sangre, porque nacían los hijos con cola de puerco. Aureliano Segundo trató de
aprovechar el delirio para que le confesara dónde estaba el oro enterrado, pero
otra vez fueron inútiles las súplicas. «Cuando aparezca el dueño -dijo Úrsula-
Dios ha de iluminarlo para que lo encuentre.» Santa Sofía de
Amaneció muerta el jueves santo. La
última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos
de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los
ciento veintidós años. La enterraron en una cajita que era apenas más grande
que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al
entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en
parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se
estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas
de las ventanas para morirse en los dormitorios.
Al principio se creyó que era una
peste. Las amas de casa se agotaban de tanto barrer pájaros muertos, sobre todo
a la hora de la siesta, y los hombres los echaban al río por carretadas. El
domingo de resurrección, el centenario padre Antonio Isabel afirmó en el
púlpito que la muerte de los pájaros obedecía a la mala influencia del Judío
Errante, que él mismo había visto la noche anterior. Lo describió como un
híbrido de macho cabrío cruzado con hembra hereje, una bestia infernal cuyo
aliento calcinaba el aire y cuya visita determinaría la concepción de engendros
por las recién casadas. No fueron muchos quienes prestaron atención a su
plática apocalíptica, porque el pueblo estaba convencido de que el párroco
desvariaba a causa de la edad, Pero una mujer despertó a todos al amanecer del
miércoles, porque encontró unas huellas de bípedo de pezuña hendida. Eran tan
ciertas e inconfundibles, que quienes fueron a verlas no pusieron en duda la
existencia de una criatura espantosa semejante a la descrita por el párroco, y
se asociaron para montar trampas en sus patios. Fue así como lograron la
captura. Dos semanas después de la muerte de Úrsula, Petra Cotes y Aureliano
Segundo despertaron sobresaltados por un llanto de becerro descomunal que les
llegaba del vecindario. Cuando se levantaron, ya un grupo de hombres estaba
desensartando al monstruo de las afiladas varas que habían parado en el fondo
de una fosa cubierta con hojas secas, y había dejado de berrear. Pesaba como un
buey, a pesar de que su estatura no era mayor que la de un adolescente, y de
sus heridas manaba una sangre verde y untuosa. Tenía el cuerpo cubierto de una
pelambre áspera, plagada de garrapatas menudas, y el pellejo petrificado por
una costra de rémora, pero al contrario de la descripción del párroco, sus
partes humanas eran más de ángel valetudinario que de hombre, porque las manos
eran tersas y hábiles, los ojos grandes y crepusculares, y tenía en los
omoplatos los muñones cicatrizados y callosos de unas alas potentes, que
debieron ser desbastadas con hachas de labrador. Lo colgaron por los tobillos
en un almendro de la plaza, para que nadie se quedara sin verlo y cuando empezó
a pudrirse lo incineraron en una hoguera, porque no se pudo determinar si su
naturaleza bastarda era de animal para echar en el río o de cristiano para
sepultar. Nunca se estableció si en realidad fue por él que se murieron los
pájaros, pero las recién casadas no concibieron los engendros anunciados, ni
disminuyó la intensidad del calor.
Rebeca murió a fines de ese año.
Argénida, su criada de toda la vida, pidió ayuda a las autoridades para derribar
la puerta del dormitorio donde su patrona estaba encerrada desde hacía tres
días, y la encontraron en la cama solitaria, enroscada como un camarón, con la
cabeza pelada por la tiña y el pulgar metido en la boca. Aureliano Segundo se
hizo cargo del entierro, y trató de restaurar la casa para venderla, pero la
destrucción estaba tan encarnizada en ella que las paredes se desconchaban
acabadas de pintar, y no hubo argamasa bastante gruesa para impedir que la
cizaña triturara los pisos y la hiedra pudriera los horcones.
Todo andaba así desde el diluvio. La
desidia de la gente contrastaba con la voracidad del olvido, que poco a poco
iba carcomiendo sin piedad los recuerdos, hasta el extremo de que por esos
tiempos, en un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia, llegaron a Macondo
unos emisarios del presidente de la república para entregar por fin la
condecoración varias veces rechazada por el coronel Aureliano Buendía, y
perdieron toda una tarde buscando a alguien que les indicara dónde podían
encontrar a algunos de sus descendientes. Aureliano Segundo estuvo tentado de
recibirla, creyendo que era una medalla de oro macizo, pero Petra Cotes lo
persuadió de la indignidad cuando ya los emisarios aprestaban bandos y
discursos para la ceremonia.
También por esa época volvieron los
gitanos, los últimos herederos de la ciencia de Melquíades, y encontraron el
pueblo tan acabado y a sus habitantes tan apartados del resto del mundo, que
volvieron a meterse en las casas arrastrando fierros imantados como si de veras
fueran el último descubrimiento de los sabios babilonios, y volvieron a
concentrar los rayos solares con la lupa gigantesca, y no faltó quien se
quedara con la boca abierta viendo caer peroles y rodar calderos, y quienes
pagaran cincuenta centavos para asombrarse con una gitana que se quitaba y se
ponía la dentadura postiza. Un desvencijado tren amarillo que no traía ni se
llevaba a nadie, y que apenas se detenía en la estación desierta, era lo único
que quedaba del tren multitudinario en el cual enganchaba el señor Brown su
vagón con techo de vidrio y poltronas de obispo, y de los trenes fruteros de
ciento veinte vagones que demoraban pasando toda una tarde. Los delegados
curiales que habían ido a investigar el informe sobre la extraña mortandad de
los pájaros y el sacrificio del Judío Errante, encontraron al padre Antonio
Isabel jugando con los niños a la gallina ciega, y creyendo que su informe era
producto de una alucinación senil, se lo llevaron a un asilo.
Poco después mandaron al padre Augusto
Ángel, un cruzado de las nuevas hornadas, intransigente, audaz, temerario, que
tocaba personalmente las campanas varias veces al día para que no se
aletargaran los espíritus, y que andaba de casa en casa despertando a los
dormilones para que fueran a misa, pero antes de un año estaba también vencido
por la negligencia que se respiraba en el aire, por el polvo ardiente que todo
lo envejecía y atascaba, y por el sopor que le causaban las albóndigas del
almuerzo en el calor insoportable de la siesta, A la muerte de Úrsula, la casa
volvió a caer en un abandono del cual no la podría rescatar ni siquiera una
voluntad tan resuelta y vigorosa como la de Amaranta Úrsula, que muchos arios
después, siendo una mujer sin prejuicios, alegre y moderna, con los pies bien
asentados en el mundo, abrió puertas y ventanas para espantar la ruina,
restauró el jardín, exterminó las hormigas coloradas que ya andaban a pleno día
por el corredor, y trató inútilmente de despertar el olvidado espíritu de
hospitalidad. La pasión claustral de Fernanda puso un dique infranqueable a los
cien años torrenciales de Úrsula. No sólo se negó a abrir las puertas cuando
pasó el viento árido, sino que hizo clausurar las ventanas con crucetas de
madera, obedeciendo a la consigna paterna de enterrarse en vida. La dispendiosa
correspondencia con los médicos invisibles terminó en un fracaso. Después de
numerosos aplazamientos, se encerró en su dormitorio en la fecha y la hora
acordadas, cubierta solamente por una sábana blanca y con la cabeza hacia el
norte, y a la una de la madrugada sintió que le taparon la cara con un pañuelo
embebido en un líquido glacial.
Cuando despertó, el sol brillaba en la
ventana y ella tenía una costura bárbara en forma de arco que empezaba en la
ingle y terminaba en el esternón. Pero antes de que cumpliera el reposo
previsto recibió una carta desconcertada de los médicos invisibles, quienes
decían haberla registrado durante seis horas sin encontrar nada que
correspondiera a los síntomas tantas veces y tan escrupulosamente descritos por
ella. En realidad, su hábito pernicioso de no llamar las cosas por su nombre
había dado origen a una nueva confusión, pues lo único que encontraron los
cirujanos telepáticos fue un descendimiento del útero que podía corregirse con
el uso de un pesario. La desilusionada Fernanda trató de obtener una
información más precisa, pero los co- responsales ignotos no volvieron a
contestar sus cartas. Se sintió tan agobiada por el peso de una palabra
desconocida, que decidió amordazar la vergüenza para preguntar qué era un
pesario, y sólo entonces supo que el médico francés se había colgado de una
viga tres meses antes, y había sido enterrado contra la voluntad del pueblo por
un antiguo compañero de armas del coronel Aureliano Buendía. Entonces se confió
a su hijo José Arcadio, y éste le mandó los pesarios desde Roma, con un
folletito explicativo que ella echó al excusado después de aprendérselo de
memoria, para que nadie fuera a conocer la naturaleza de sus quebrantos. Era
una precaución inútil, porque las únicas personas que vivían en la casa apenas
si la tomaban en cuenta. Santa Sofía de
Le había prometido mandarla a terminar
sus estudios en Bruselas, de acuerdo con una costumbre establecida en los
tiempos de la compañía bananera, y esa ilusión lo había llevado a tratar de
revivir las tierras devastadas por el diluvio. Las pocas veces que entonces se
le veía en la casa, era por Amaranta Úrsula, pues con el tiempo se había
convertido en un extraño para Fernanda, y el pequeño Aureliano se iba volviendo
esquivo y ensimismado a medida que se acercaba a la pubertad. Aureliano Segundo
confiaba en que la vejez ablandara el corazón de Fernanda, para que el niño
pudiera incorporarse a la vida de un pueblo donde seguramente nadie se hubiera
tomado el trabajo de hacer especulaciones suspicaces sobre su origen. Pero el
propio Aureliano parecía preferir el encierro y la soledad, y no revelaba la
menor malicia por conocer el mundo que empezaba en la puerta de la calle.
Cuando Úrsula hizo abrir el cuarto de Melquíades, él se dio a rondarlo, a
curiosear por la puerta entornada, y nadie supo en qué momento terminó
vinculado a José Arcadio Segundo por un afecto recíproco. Aureliano Segundo
descubrió esa amistad mucho tiempo después de iniciada, cuando oyó al niño
hablando de la matanza de la estación. Ocurrió un día en que alguien se lamentó
en la mesa de la ruina en que se hundió el pueblo cuando lo abandonó la
compañía bananera, y Aureliano lo contradijo con una madurez y una versación de
persona mayor. Su punto de vista, contrario a la interpretación general, era
que Macondo fue un lugar próspero y bien encaminado hasta que lo desordenó y lo
corrompió y lo exprimió la com-pañía bananera, cuyos ingenieros provocaron el
diluvio como un pretexto para eludir compromisos con los trabajadores. Hablando
con tan buen criterio que a Fernanda le pareció una parodia sacrílega de Jesús
entre los doctores, el niño describió con detalles precisos y convincentes cómo
el ejército ametralló a más de tres mil trabajadores acorralados en la
estación, y cómo cargaron los cadáveres en un tren de doscientos vagones y los
arrojaron al mar.
Convencida como la mayoría de la gente
de la verdad oficial de que no había pasado nada, Fernanda se escandalizó con
la idea de que el niño había heredado los instintos anarquistas del coronel
Aureliano Buendía, y le ordenó callarse. Aureliano Segundo, en cambio,
reconoció la ver-sión de su hermano gemelo. En realidad, a pesar de que todo el
mundo lo tenía por loco, José Arcadio Segundo era en aquel tiempo el habitante
más lúcido de la casa. Enseñó al pequeño Aureliano a leer y a escribir, lo
inició en el estudio de los pergaminos, y le inculcó una interpretación tan
personal de lo que significó para Macondo la compañía bananera, que muchos años
después, cuando Aureliano se incorporara al mundo, había de pensarse que
contaba una versión alucinada, porque era radicalmente contraria a la falsa que
los historiadores habían admitido, y consagrado en los textos escolares. En el
cuartito apartado, adonde nunca llegó el viento árido, ni el polvo ni el calor,
ambos recordaban la visión atávica de un anciano con sombrero de alas de cuervo
que hablaba del mundo a espaldas de la ventana, muchos años antes de que ellos
nacieran. Ambos descubrieron al mismo tiempo que allí siempre era marzo y
siempre era lunes, y entonces comprendieron que José Arcadio Buendía no estaba
tan loco como contaba la familia, sino que era el único que había dispuesto de
bastante lucidez para vislumbrar la verdad de que también el tiempo sufría
tropiezos y accidentes, y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción
eternizada. José Arcadio Segundo había logrado además clasificar las letras
crípticas de los pergaminos. Estaba seguro de que correspondían a un alfabeto
de cuarenta y siete a cincuenta y tres caracteres, que separados parecían
arañitas y garrapatas, y que en la primorosa caligrafía de Melquíades parecían
piezas de ropa puesta a secar en un alambre.
Aureliano recordaba haber visto una
tabla semejante en la enciclopedia inglesa, así que la llevó al cuarto para
compararla con la de José Arcadio Segundo. Eran iguales, en efecto.
Por la época en que se le ocurrió la
lotería de adivinanzas, Aureliano Segundo despertaba con un nudo en la
garganta, como si estuviera reprimiendo las ganas de llorar. Petra Cotes lo
interpretó como uno de los tantos trastornos provocados por la mala situación,
y todas las mañanas, durante más de un año, le tocaba el paladar con un hisopo
de miel de abejas y le daba jarabe de rábano. Cuando el nudo de la garganta se
le hizo tan opresivo que le costaba trabajo respirar, Aureliano Segundo visitó
a Pilar Ternera por si ella conocía alguna hierba de alivio. La inquebrantable
abuela, que había llegado a los cien años al frente de un burdelito
clandestino, no confió en supersticiones terapéuticas, sino que consultó el
asunto con las barajas. Vio el caballo de oro con la garganta herida por el
acero de la sota de espadas, y dedujo que Fernanda estaba tratando de que el
marido volviera a la casa mediante el desprestigiado sistema de hincar
alfileres en su retrato, pero que le había provocado un tumor interno por un
conocimiento torpe de sus malas artes. Como Aureliano Segundo no tenía más
retratos que los de la boda, y las copias estaban completas en el álbum
familiar, siguió buscando por toda la casa en los descuidos de la esposa, y por
fin encontró en el fondo del ropero media docena de pesarios en sus cajitas
originales. Creyendo que las rojas llantitas de caucho eran objetos de
hechicería, se metió una en el bolsillo para que la viera Pilar Ternera. Ella
no pudo determinar su naturaleza, pero le pareció tan sospechosa, que de todos
modos se hizo llevar la media docena y la quemó en una hoguera que prendió en
el patio. Para conjurar el supuesto maleficio de Fernanda, le indicó a
Aureliano Segundo que mojara una gallina clueca y la enterrara viva bajo el
castaño, y él lo hizo de tan buena fe, que cuando acabó de disimular con hojas
secas la tierra removida, ya sentía que respiraba mejor. Por su parte, Fernanda
interpretó la desaparición como una represalia de los médicos invisibles, y se
cosió en la parte interior de la camisola una faltriquera de jareta, donde
guardó los pesarios nuevos que le mandó su hijo.
Seis meses después del enterramiento de
la gallina, Aureliano Segundo despertó a medianoche con un acceso de tos, y
sintiendo que lo estrangulaban por dentro con tenazas de cangrejo. Fue entonces
cuando comprendió que por muchos pesarios mágicos que destruyera y muchas
gallinas de conjuro que remojara, la única y triste verdad era que se estaba
muriendo. No se lo dijo a nadie. Atormentad por el temor de morirse sin mandar
a Bruselas a Amaranta Úrsula, trabajó como nunca lo había hecho, y en vez de
una hizo tres rifas semanales. Desde muy temprano se le veía recorrer el
pueblo, aun en los barrios más apartados y miserables, tratando de vender los
billetitos con una ansiedad que sólo era concebible en un moribundo. «Aquí está
La noche de la rifa, los ganadores
hicieron una fiesta aparatosa, comparable apenas a las de los buenos tiempos de
compañía bananera, y Aureliano Segundo tocó en el acordeón por última vez las
canciones olvidadas de Francisco el Hombre, pero ya no pudo cantarlas.
Dos meses después, Amaranta Úrsula se
fue a Bruselas. Aureliano Segundo le entregó no sólo el dinero de la rifa
extraordinaria, sino el que había logrado economizar en los meses anteriores, y
el muy escaso que obtuvo por la venta de la pianola, el clavicordio y otros
corotos caídos en desgracia. Según sus cálculos, ese fondo le alcanzaba para
los estudios, así que sólo quedaba pendiente el valor del pasaje de regreso.
Fernanda se opuso al viaje hasta el último momento, escandalizada con la idea de
que Bruselas estuviera tan cerca de la perdición de París, pero se tranquilizó
con una carta que le dio el padre Ángel para una pensión de jóvenes católicas
atendida por religiosas, donde Amaranta Úrsula prometió vivir hasta el término
de sus estudios. Además, el párroco consiguió que viajara al cuidado de un
grupo de franciscanas que iban para Toledo, donde esperaban encontrar gente de
confianza para mandarla a Bélgica. Mientras se adelantaba la apresurada
correspondencia que hizo posible esta coordinación, Aureliano Segundo, ayudado
por Petra Cotes, se ocupó del equipaje de Amaranta Úrsula. La noche en que
prepararon uno de los baúles nupciales de Fernanda, las cosas estaban tan bien
dispuestas que la estudiante sabía de memoria cuáles eran los trajes y las
babuchas de pana con que debía hacer la travesía del Atlántico, y el abrigo de
paño azul con botones de cobre, y los zapatos de cordobán con que debía
desembarcar. Sabía también cómo debía caminar para no caer al agua cuando
subiera a bordo por la plataforma, que en ningún momento debía separarse de las
monjas ni salir del camarote como no fuera para comer, y que por ningún motivo
debía contestar a las preguntas que los des-conocidos de cualquier sexo le
hicieran en alta mar. Llevaba un frasquito con gotas para el mareo y un
cuaderno escrito de su puño y letra por el padre Ángel, con seis oraciones para
conjurar la tempestad. Fernanda le fabricó un cinturón de lona para que
guardara el dinero, y le indicó la forma de usarlo ajustado al cuerpo, de modo que
no tuviera que quitárselo ni siquiera para dormir. Trató de regalarle la
bacinilla de oro lavada con lejía y desinfectada con alcohol, pero Amaranta
Úrsula la rechazó por miedo de que se burlaran de ella sus compañeras de
colegio.
Pocos meses después, a la hora de la
muerte, Aureliano Segundo había de recordarla como la vio la última vez,
tratando de bajar sin conseguirlo el cristal polvoriento del vagón de segunda
clase, para escuchar las últimas recomendaciones de Fernanda. Llevaba un traje
de seda rosada con un ramito de pensamientos artificiales en el broche del
hombro izquierdo; los zapatos de cordobán con trabilla y tacón bajo, y las
medias satinadas con ligas elásticas en las pantorrillas. Tenía el cuerpo
menudo, el cabello suelto y largo y los ojos vivaces que tuvo Úrsula a su edad,
y la forma en que se despedía sin llorar pero sin sonreír, revelaba la misma
fortaleza de carácter.
Caminando junto al vagón a medida que
aceleraba, y llevando a Fernanda del brazo para que no fuera a tropezar,
Aureliano Segundo apenas pudo corresponderle con un saludo de la mano, cuando
la hija le mandó un beso con la punta de los dedos. Los esposos permanecieron
inmóviles bajo el sol abrasante, mirando cómo el tren se iba confundiendo con
el punto negro del horizonte, y tomados del brazo por primera vez desde el día
de la boda.
El nueve de agosto, antes de que se
recibiera la primera carta de Bruselas, José Arcadio Segundo conversaba con
Aureliano en el cuarto de Melquíades, y sin que viniera a cuento dijo:
-Acuérdate siempre de que eran más de
tres mil y que los echaron al mar.
Luego se fue de bruces sobre los
pergaminos, y murió con los ojos abiertos. En ese mismo instante, en la cama de
Fernanda, su hermano gemelo llegó al final del prolongado y terrible martirio
de los cangrejos de hierro que le carcomieron la garganta. Una semana antes
había vuelto a la casa, sin voz, sin aliento y casi en los puros huesos, con
sus baúles trashumantes y su acordeón de perdulario, para cumplir la promesa de
morir junto a la esposa. Petra Cotes lo ayudó a recoger sus ropas y lo despidió
sin derramar una lágrima, pero olvidó darle los zapatos de charol que él quería
llevar en el ataúd. De modo que cuando supo que había muerto, se vistió de
negro, envolvió los botines en un periódico, y le pidió permiso a Fernanda para
ver al cadáver.
Fernanda no la dejó pasar de la puerta.
-Póngase en mi lugar -suplicó Petra
Cotes-. Imagínese cuánto lo habré querido para soportar esta humillación.
-No hay humillación que no la merezca
una concubina -replicó Fernanda-. Así que espere a que se muera otro de los
tantos para ponerle esos botines.
En cumplimiento de su promesa, Santa
Sofía de
XVIII.
Aureliano no abandonó en mucho tiempo
el cuarto de Melquíades. Se aprendió de memoria las leyendas fantásticas del
libro desencuadernado, la síntesis de los estudios de Hermann, el tullido; los
apuntes sobre la ciencia demonológica, las claves de la piedra filosofal, las
centurias de Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que
llegó a la adolescencia sin saber nada de su tiempo, pero con los conocimientos
básicos del hombre medieval. A cualquier hora que entrara en el cuarto, Santa
Sofía de
-En sánscrito -dijo.
Melquíades le reveló que sus
oportunidades de volver al cuarto estaban contadas. Pero se iba tranquilo a las
praderas de la muerte definitiva, porque Aureliano tenía tiempo de aprender el
sánscrito en los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo
y pudieran ser descifrados. Fue él quien le indicó que en el callejón que
terminaba en el río, y donde en los tiempos de la compañía bananera se
adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueños, un sabio catalán tenía una
tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las
polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez
en su larga vida Santa Sofía de
Aureliano avanzaba en los estudios del
sánscrito, mientras Melquíades iba haciéndose cada vez menos asiduo y más
lejano, esfumándose en la claridad radiante del mediodía. La última vez que
Aureliano lo sintió era apenas una presencia invisible que murmuraba: «He
muerto de fiebre en los médanos de Singapur.» El cuarto se hizo entonces
vulnerable al polvo, al calor, al comején, a las hormigas coloradas, a las
polillas que habían de convertir en aserrín la sabiduría de los libros y los
pergaminos.
En la casa no faltaba qué comer. Al día
siguiente de la muerte de Aureliano Segundo, uno de los amigos que habían
llevado la corona con la inscripción irreverente le ofreció pagarle a Fernanda
un dinero que le había quedado debiendo a su esposo. A partir de entonces, un
mandadero llevaba todos los miércoles un canasto con cosas de comer, que
alcanzaban bien para una semana. Nadie supo nunca que aquellas vituallas las
mandaba Petra Cotes, con la idea de que la caridad continuada era una forma de
humillar a quien la había humillado. Sin embargo, el rencor se le disipó mucho
más pronto de lo que ella misma esperaba, y entonces siguió mandando la comida
por orgullo y finalmente por compasión. Varias veces, cuando le faltaron ánimos
para vender billetitos y la gente perdió el interés por las rifas, se quedó
ella sin comer para que comiera Fernanda, y no dejó de cumplir el compromiso
mientras no vio pasar su entierro.
Para Santa Sofía de
Sin tiempo ni recursos para impedir los
desafueros de la naturaleza, Santa Sofía de
Una mañana vio que las hormigas
coloradas abandonaron los cimientos socavados, atravesaron el jardín, subieron
por el pasamanos donde las begonias habían adquirido un color de tierra, y
entraron hasta el fondo de la casa. Trató primero de matarlas con una escoba,
luego con insecticida y por último con cal, pero al otro día estaban otra vez
en el mismo lugar, pasando siempre, tenaces e invencibles. Fernanda,
escribiendo cartas a sus hijos, no se daba cuenta de la arremetida incontenible
de la destrucción. Santa Sofía de
-Me rindo -le dijo a Aureliano-. Esta
es mucha casa para mis pobres huesos.
Aureliano le preguntó para dónde iba, y
ella hizo un gesto de vaguedad, como si no tuviera la menor idea de su destino.
Trató de precisar, sin embargo, que iba a pasar sus últimos años con una prima
hermana que vivía en Riohacha. No era una explicación verosímil. Desde la
muerte de sus padres, no había tenido contacto con nadie en el pueblo, ni
recibió cartas ni recados, ni se le oyó hablar de pariente alguno. Aureliano le
dio catorce pescaditos de oro, porque ella estaba dispuesta a irse con lo único
que tenía: un peso y veinticinco centavos. Desde la ventana del cuarto, él la
vio atravesar el patio con su atadito de ropa, arrastrando los pies y arqueada
por los años, y la vio meter la mano por un hueco del portón para poner la
aldaba después de haber salido. Jamás se volvió a saber de ella.
Cuando se enteró de la fuga, Fernanda
despotricó un día entero, mientras revisaba baúles, cómodas y armarios, cosa
por cosa, para convencerse de que Santa Sofía de
Ni Amaranta Úrsula, en Bruselas, ni
José Arcadio, en Roma, se enteraron jamás de esos insignificantes infortunios.
Fernanda les contaba que era feliz, y en realidad lo era, justamente porque se
sentía liberada de todo compromiso, como si la vida la hubiera arrastrado otra
vez hasta el mundo de sus padres, donde no se sufría con los problemas diarios
porque estaban resueltos de antemano en la imaginación. Aquella correspondencia
interminable le hizo perder el sentido del tiempo, sobre todo después de que se
fue Santa Bofia de
Habían transcurrido más de tres años
desde que Santa Sofía de
Era imposible concebir un hombre más
parecido a su madre. Llevaba un traje de tafetán luctuoso, una camisa de cuello
redondo y duro, y una delgada cinta de seda con un lazo en lugar de la corbata.
Era lívido, lánguido, de mirada atónita y labios débiles. El cabello negro,
lustrado y liso, partido en el centro del cráneo por una línea recta y exangüe,
tenía la misma apariencia postiza del pelo de los santos. La sombra de la barba
bien destroncada en el rostro de parafina parecía un asunto de la conciencia.
Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos parasitarios, y un
anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo.
Cuando le abrió la puerta de la calle
Aureliano no hubiera tenido necesidad de suponer quién era para darse cuenta de
que venía de muy lejos. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de agua
florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder
encontrarlo en las tinieblas. De algún modo imposible de precisar, después de
tantos años de ausencia José Arcadio seguía siendo un niño otoñal,
terriblemente triste y solitario. Fue directamente al dormitorio de su madre,
donde Aureliano había vaporizado mercurio durante cuatro meses en el atanor del
abuelo de su abuelo, para conservar el cuerpo según la fórmula de Melquíades.
José Arcadio no hizo ninguna pregunta. Le dio un beso en la frente al cadáver,
le sacó de debajo de la falda la faltriquera de jareta donde había tres
pesarios todavía sin usar, y la llave del ropero. Hacía todo con ademanes
directos y decididos, en contraste con su languidez. Sacó del ropero un
cofrecito damasquinado con el escudo familiar, y encontró en el interior
perfumado de sándalo la carta voluminosa en que Fernanda desahogó el corazón de
las incontables verdades que le había ocultado. La leyó de pie, con avidez pero
sin ansiedad, y en la tercera página se detuvo, y examinó a Aureliano con una
mirada de segundo reconocimiento.
-Entonces -dijo con una voz que tenía
algo de navaja de afeitar-, tú eres el bastardo.
-Soy Aureliano Buendía.
-Vete a tu cuarto -dijo José Arcadio.
Aureliano se fue, y no volvió a salir
ni siquiera por curiosidad cuando oyó el rumor de los funerales solitarios. A
veces, desde la cocina, veía a José Arcadio deambulando por la casa,
aho-gándose en su respiración anhelante, y seguía escuchando sus pasos por los
dormitorios en ruinas después de la medianoche. No oyó su voz en muchos meses,
no sólo porque José Arcadio no le dirigía la palabra, sino porque él no tenía
deseos de que ocurriera, ni tiempo de pensar en nada distinto de los
pergaminos. A la muerte de Fernanda, había sacado el penúltimo pescadito y
había ido a la librería del sabio catalán, en busca de los libros que le hacían
falta. No le interesó nada de lo que vio en el trayecto, acaso porque carecía
de recuerdos para comparar, y las calles desiertas y las casas desoladas eran
iguales a como las había imaginado en un tiempo en que hubiera dado el alma por
conocerlas. Se había concedido a si mismo el permiso que le negó Fernanda, y
sólo por una vez, con un objetivo único y por el tiempo mínimo indispensable,
así que recorrió sin pausa las once cuadras que separaban la casa del callejón
donde antes se interpretaban los sueños, y entró acezando en el abigarrado y
sombrío local donde apenas había espacio para moverse. Más que una librería,
aquélla parecía un basurero de libros usados, puestos en desorden en los
estantes mellados por el comején, en los rincones amelazados de telaraña, y aun
en los espacios que debieron destinarse a los pasadizos. En una larga mesa,
también agobiada de mamotretos, el propietario escribía una prosa incansable,
con una caligrafía morada, un poco delirante, y en hojas sueltas de cuaderno
escolar. Tenía una hermosa cabellera plateada que se le adelantaba en la frente
como el penacho de una cacatúa, y sus ojos azules, vivos y estrechos, revelaban
la mansedumbre del hombre que ha leído todos los libros. Estaba en
calzoncillos, empapado en sudor y no desentendió la escritura para ver quién
había llegado. Aure-liano no tuvo dificultad para rescatar de entre aquel
desorden de fábula los cinco libros que buscaba, pues estaban en el lugar
exacto que le indicó Melquíades. Sin decir una palabra, se los entregó junto
con el pescadito de oro al sabio catalán, y éste los examinó, y sus párpados se
contrajeron como dos almejas. «Debes estar loco» -dijo en su lengua, alzándose
de hombros, y le devolvió a Aureliano los cinco libros y el pescadito.
-Llévatelo -dijo en castellano-. El
último hombre que leyó esos libros debió ser Isaac el Ciego, así que piensa
bien lo que haces.
José Arcadio restauró el dormitorio de
Meme, mandó limpiar y remendar las cortinas de terciopelo y el damasco del
baldaquín de la cama virreinal, y puso otra vez en servicio el baño abandonado,
cuya alberca de cemento estaba renegrida por una nata fibrosa y áspera. A esos
dos lugares se redujo su imperio de pacotilla, de gastados géneros exóticos, de
perfumes falsos y pedrería barata. Lo único que pareció estorbarle en el resto
de la casa fueron los santos del altar doméstico, que una tarde quemó hasta
convertirlos en ceniza, en una hoguera que prendió en el patio. Dormía hasta
después de las once. Iba al baño con una deshilachada túnica de dragones
dorados y unas chinelas de borlas amarillas, y allí oficiaba un rito que por su
parsimonia y duración recordaba al de Remedios, la bella. Antes de bañarse,
aromaba la alberca con las sales que llevaba en tres pomos alabastrados. No se
hacía abluciones con la totuma, sino que se zambullía en las aguas fragantes, y
permanecía hasta dos horas flotando boca arriba, adormecido por la frescura y
por el recuerdo de Amaranta. A los pocos días de haber llegado abandonó el
vestido de tafetán, que además de ser demasiado caliente para el pueblo era el
único que tenía, y lo cambió por unos pantalones ajustados, muy parecidos a los
que usaba Pietro Crespi en las clases de baile, y una camisa de seda tejida con
el gusano vivo, y con sus iniciales bordadas en el corazón. Dos veces por
semana lavaba la muda completa en la alberca, y se quedaba con la túnica hasta
que se secaba, pues no tenía nada más que ponerse. Nunca comía en la casa.
Salía a la calle cuando aflojaba el calor de la siesta, y no regresaba hasta
muy entrada la noche.
Entonces continuaba su deambular
angustioso, respirando como un gato, y pensando en Amaranta. Ella, y la mirada
espantosa de los santos en el fulgor de la lámpara nocturna, eran los dos
recuerdos que conservaba de la casa. Muchas veces, en el alucinante agosto
romano, había abierto los ojos en mitad del sueño, y había visto a Amaranta
surgiendo de un estanque de mármol brocatel, con su pollerines de encaje y su
venda en la mano, idealizada por la ansiedad del exilio. Al contrario de
Aureliano José, que trató de sofocar aquella imagen en el pantano sangriento de
la guerra, él trataba de mantenerla viva en un cenagal de concupiscencia,
mientras entretenía a su madre con la patraña sin término de la vocación
pontificia. Ni a él ni a Fernanda se les ocurrió pensar nunca que su
correspondencia era un intercambio de fantasías. José Arcadio, que abandonó el
seminario tan pronto como llegó a Roma, siguió alimentando la leyenda de la
teología y el derecho canónico, para no poner en peligro la herencia fabulosa
de que le hablaban las cartas delirantes de su madre, y que había de rescatarlo
de la miseria y la sordidez que compartía con dos amigos en una buhardilla del
Trastevere. Cuando recibió la última carta de Fernanda, dictada por el
presentimiento de la muerte inminente, metió en una maleta los últimos
desperdicios de su falso esplendor, y atravesó el océano en una bodega donde
los emigrantes se apelotaban como reses de matadero, comiendo macarrones fríos
y queso agusanado. Antes de leer el testamento de Fernanda, que no era más que
una minuciosa y tardía recapitulación de infortunios, ya los muebles
desvencijados y la maleza del corredor le habían indicado que estaba metido en
una trampa de la cual no saldría jamás, para siempre exiliado de la luz de
diamante y el aire inmemorial de la primavera romana. En los insomnios
agotadores del asma, medía y volvía a medir la profundidad de su desventura,
mientras repasaba la casa tenebrosa donde los aspavientos seniles de Úrsula le
infundieron el miedo del mundo. Para estar segura de no perderlo en las
tinieblas, ella le había asignado un rincón del dormitorio, el único donde
podría estar a salvo de los muertos que deambulaban por la casa desde el
atardecer. «Cualquier cosa mala que hagas -le decía Úrsula- me la dirán los
santos.» Las noches pávidas de su infancia se redujeron a ese rincón, donde
permanecía inmóvil hasta la hora de acostarse, sudando de miedo en un taburete,
bajo la mirada vigilante y glacial de los santos acusetas. Era una tortura
inútil, porque ya para esa época él tenía terror de todo lo que lo rodeaba, y
estaba preparado para asustarse de todo lo que encontrara en la vida: las
mujeres de la calle, que echaban a perder la sangre; las mujeres de la casa,
que parían hijos con cola de puerco; los gallos de pelea, que provocaban
muertes de hombres y remordimientos de conciencia para el resto de la vida; las
armas de fuego, que con sólo tocarlas condenaban a veinte años de guerra; las
empresas desacertadas, que sólo conducían al desencanto y la locura, y todo, en
fin, todo cuanto Dios había creado con su infinita bondad, y que el diablo
había pervertido. Al despertar, molido por el torno de las pesadillas, la
claridad de la ventana y las caricias de Amaranta en la alberca, y el deleite
con que lo empolvaba entre las piernas con una bellota de seda, lo liberaban
del terror. Hasta Úrsula era distinta bajo la luz radiante del jardín, porque
allí no le hablaba de cosas de pavor, sino que le frotaba los dientes con polvo
de carbón para que tuviera la sonrisa radiante de un Papa, y le cortaba y le
pulía las uñas para que los peregrinos que llegaban a Roma de todo el ámbito de
la tierra se asombraran de la pulcritud de las manos del Papa cuando les echara
la bendición, y lo peinaba como un Papa, y lo ensopaba con agua florida para
que su cuerpo y sus ropas tuvieran la fragancia de un Papa. En el patio de
Castelgandolfo él había visto al Papa en un balcón, pronunciando el mismo
discurso en siete idiomas para una muchedumbre de peregrinos, y lo único que en
efecto le había- llamado la atención era la blancura de sus manos, que parecían
maceradas en lejía, el resplandor deslumbrante de sus ropas de verano, y su
recóndito hálito de agua de colonia.
Casi un año después del regreso a la
casa, habiendo vendido para comer los candelabros de plata y la bacinilla
heráldica que a la hora de la verdad sólo tuvo de oro las incrustaciones del
escudo, la única distracción de José Arcadio era recoger niños en el pueblo
para que jugaran en la casa. Aparecía con ellos a la hora de la siesta, y los
hacía saltar la cuerda en el jardín, cantar en el corredor y hacer maromas en
los muebles de la sala, mientras él iba por entre los grupos impartiendo
lecciones de buen comportamiento. Para esa época había acabado con los
pantalones estrechos y la camisa de seda, y usaba una muda ordinaria comprada
en los almacenes de los árabes, pero seguía manteniendo su dignidad lánguida y
sus ademanes papales. Los niños se tomaron la casa como lo hicieron en el
pasado las compañeras de Meme. Hasta muy entrada la noche se les oía cotorrear
y cantar y bailar zapateados, de modo que la casa parecía un internado sin
disciplina. Aureliano no se preocupó de la invasión mientras no fueron a
molestarlo en el cuarto de Melquíades. Una mañana, dos niños empujaron la
puerta, y se espantaron ante la visión del hombre cochambroso y peludo que
seguía descifrando los pergaminos en la mesa de trabajo. No se atrevieron a
entrar, pero siguieren rondando la habitación. Se asomaban cuchicheando por las
hendijas, arrojaban animales vivos por las claraboyas, y en una ocasión
clavetearon por fuera la puerta y la ventana, y Aureliano necesitó medio día
para forzarlas.
Divertidos por la impunidad de sus travesuras,
cuatro niños entraron otra mañana en el cuarto, mientras Aureliano estaba en la
cocina, dispuestos a destruir los pergaminos. Pero tan pronto como se
apoderaron de los pliegos amarillentos, una fuerza angélica los levantó del
suelo, y los mantuvo suspendidos en el aire, hasta que regresó Aureliano y les
arrebató los pergaminos.
Desde entonces no volvieron a
molestarlo.
Los cuatro niños mayores, que usaban
pantalones cortos a pesar de que ya se asomaban a la adolescencia, se ocupaban
de la apariencia personal de José Arcadio. Llegaban más temprano que los otros,
y dedicaban la mañana a afeitarle, a darle masajes con toallas calientes, a
cortarle y pulirle las uñas de las manos y los pies, a perfumarle con agua
florida. En varias ocasiones se metieron en la alberca, para jabonarlo de pies
a cabeza, mientras él flotaba boca arriba, pensando en Amaranta. Luego le
secaban, le empolvaban el cuerpo, y lo vestían. Une de los niños, que tenía el
cabello rubio y crespo, y los ojos de vidries rosados como les conejos, solía
dormir en la casa. Eran tan firmes los vínculos que lo unían a José Arcadio que
le acompañaba en sus insomnios de asmático, sin hablar, deambulando con él por
la casa en tinieblas. Una noche vieren en la alcoba donde dormía Úrsula un resplandor
amarillo a través del cemento cristalizado come si un sol subterráneo hubiera
convertido en vitral el piso del dormitorio. No tuvieren que encender el foco.
Les bastó con levantar las placas quebradas del rincón donde siempre estuve la
cama de Úrsula, y donde el resplandor era más intenso, para encontrar la cripta
secreta que Aureliano Segundo se cansó de buscar en el delirio de las
excavaciones. Allí estaban les tres sacos de lona cerrados con alambre de cobre
y, dentro de ellos, los siete mil doscientos catorce doblones de a cuatro, que
seguían relumbrando como brasas en la oscuridad.
El hallazgo del tesoro fue como una
deflagración. En vez de regresar a Roma con la intempestiva fortuna, que era el
sueño madurado en la miseria, José Arcadio convirtió la casa en un paraíso
decadente. Cambió por terciopelo nuevo las cortinas y el baldaquín del
dormitorio, y les hizo poner baldosas al piso del bañe y azulejos a las
paredes. La alacena del comedor se llenó de frutas azucaradas, jamones y
encurtidos, y el granero en desuse volvió a abrirse para almacenar vinos y
licores que el propio José Arcadio retiraba en la estación del ferrocarril, en
cajas marcadas con su nombre. Una noche, él y los cuatro niños mayores hicieren
una fiesta que se prolongó hasta el amanecer. A las seis de la mañana salieron
desnudos del dormitorio, vaciaron la alberca y la llenaron de champaña. Se
zambulleron en bandada, nadando come pájaros que volaran en un cielo dorado de
burbujas fragantes, mientras José Arcadio fletaba boca arriba, al margen de la
fiesta, evocando a Amaranta con los ojos abiertos. Permaneció así, ensimismado,
rumiando la amargura de sus placeres equívocos, hasta después de que los niños
se cansaren y se fueron en tropel al dormitorio, donde arrancaron las cortinas de
terciopelo para secarse, y cuartearon en el desorden la luna del cristal de
roca, y desbarataron el baldaquín de la cama tratando de acostarse en tumulto.
Cuando José Arcadio volvió del baño, los encontró durmiendo apelotonados,
desnudos, en una alcoba de naufragio Enardecido no tanto por los estragos como
por el asco y la lástima que sentía contra sí mismo en el desolado vacío de la
saturnal, se armó con unas disciplinas de perrero eclesiástico que guardaba en
el fondo del baúl, junte con un cilicio y otros fierros de mortificación y
penitencia, y expulsó a los niños de la casa, aullando come un loco, y
azotándoles sin misericordia, como no lo hubiera hecho con una jauría de
coyotes. Quedó demolido, con una crisis de asma que se prolongó por varios
días, y que le dio el aspecto de un agonizante. A la tercera noche de tortura,
vencido por la asfixia, fue al cuarto de Aureliano pedirle el favor de que le
comprara en una botica cercana unos polvos para inhalar. Fue así come hizo
Aureliano su segunda salida a la calle. Sólo tuve que recorrer dos cuadras para
llegar hasta la estrecha botica de polvorientas vidrieras con pomos de loza
marcados en latín, donde una muchacha con la sigilosa belleza de una serpiente
del Nilo le despachó el medicamento que José Arcadio le había escrito en un
papel. La segunda visión del pueblo desierto, alumbrado apenas por las
amarillentas bombillas de las calles, no despertó en Aureliano más curiosidad
que la primera vez. José Arcadio había alcanzado a pensar que había huido,
cuando lo vio aparecer de nuevo, un poco anhelante a causa de la prisa,
arrastrando las piernas que el encierro y la falta de movilidad habían vuelto
débiles y torpes. Era tan cierta su indiferencia por el mundo que peces días
después José Arcadio violó la promesa que había hecho a su madre, y le dejó en
libertad para salir cuando quisiera.
-No tengo nada que hacer en la calle
-le contestó Aureliano.
Siguió encerrado, absorto en los
pergaminos que peco a poco iba desentrañando, y cuyo sentido, sin embargo, no
lograba interpretar. José Arcadio le llevaba al cuarto rebanadas de ja-món,
flores azucaradas que dejaban en la boca un regusto primaveral, y en des
ocasiones un vaso de buen vino. No se interesó en los pergaminos, que
consideraba más bien como un entretenimiento esotérico, pero le llamó la
atención la rara sabiduría y el inexplicable conocimiento del mundo que tenía
aquel pariente desolado. Supo entonces que era capaz de comprender el inglés
escrito, y que entre pergamino y pergamino había leído de la primera página a
la última, come si fuera una novela, los seis tomos de la enciclopedia. A eso
atribuyó al principio el que Aureliano pudiera hablar de Roma como si hubiera
vivido allí muchos años, pero muy pronto se dio cuenta de que tenía
conocimientos que no eran enciclopédicos, como los precios de las cosas. «Todo
se sabe», fue la única respuesta que recibió de Aureliano, cuando le preguntó
cómo había obtenido aquellas informaciones. Aureliano, por su parte, se
sorprendió de que José Arcadio visto de cerca fuera tan distinto de la imagen
que se había formado de él cuando lo veía deambular por la casa. Era capaz de
reír, de permitirse de vez en cuando una nostalgia del pasado de la casa, y de
preocuparse por el ambiente de miseria en que se encontraba el cuarto de
Melquíades. Aquel acercamiento entre des solitarios de la misma sangre estaba
muy lejos de la amistad, pero les permitió a ambos sobrellevar mejor la
insondable soledad que al mismo tiempo los separaba y les unía. José Arcadio
pude entonces acudir a Aureliano para desenredar ciertos problemas domésticos
que lo exasperaban. Aureliano, a su vez, podía sentarse a leer en el corredor,
recibir las cartas de Amaranta Úrsula que seguían llegando con la puntualidad
de siempre, y usar el baño de donde lo había desterrado José Arcadio desde su
llegada.
Una calurosa madrugada ambos
despertaren alarmados por unes golpes apremiantes en la puerta de la calle. Era
un anciano oscuro, con unes ojos grandes y verdes que le daban a su rostro una
fosforescencia espectral, y con una cruz de ceniza en la frente. Las ropas en
piltrafas, los zapatos rotos, la vieja mochila que llevaba en el hombre como
único equipaje, le daban el aspecto de un pordiosero, pero su conducta tenía
una dignidad que estaba en franca contradicción con su apariencia. Bastaba con
verlo una vez, aun en la penumbra de la sala, para darse cuenta de que la
fuerza secreta que le permitía vivir no era el instinto de conservación, sino
la costumbre del miedo. Era Aureliano Amador, el único sobreviviente de les diecisiete
hijos del coronel Aureliano Buendía, que iba buscando una tregua en su larga y
azarosa existencia de fugitivo. Se identificó, suplicó que le dieran refugie en
aquella casa que en sus noches de paria había evocado como el último reducto de
seguridad que le quedaba en la vida. Pero José Arcadio y Aureliano no lo
recordaban. Creyendo que era un vagabundo, lo echaron a la calle a empellones.
Ambos vieron entonces desde la puerta el final de un drama que había empezado
desde antes de que José Arcadio tuviera uso de razón. Des agentes de la policía
que habían perseguido a Aureliano Amador durante años, que lo habían rastreado
como perros por medio mundo, surgieron de entre los almendros de la acera
opuesta y le hicieron des tiros de máuser que le penetraron limpiamente por la
cruz de ceniza.
En realidad, desde que expulsó a los
niños de la casa, José Arcadio esperaba noticias de un trasatlántico que
saliera para Nápoles antes de Navidad. Se lo había dicho a Aureliano, e
inclusive había hecho planes para dejarle montado un negocie que le permitiera
vivir, porque la canastilla de víveres no volvió a llegar desde el entierro de
Fernanda. Sin embargo, tampoco aquel sueño final había de cumplirse. Una mañana
de septiembre, después de tomar el café con Aureliano en la cocina, José
Arcadio estaba terminando su baño diario cuando irrumpieron por entre los
portillos de las tejas les cuatro niños que había expulsado de la casa. Sin
darle tiempo de defenderse, se metieren vestidos en la alberca, lo agarraron
por el pelo y le mantuvieren la cabeza hundida, hasta que cesó en la superficie
la borboritación de la agonía, y el silencioso y pálido cuerpo de delfín se
deslizó hasta el fondo de las aguas fragantes. Después se llevaron les tres
sacos de ere que sólo elles y su víctima sabían dónde estaban escondidos. Fue
una acción tan rápida, metódica y brutal, que pareció un asalte de militares.
Aureliano, encerrado en su cuarto, no se dio cuenta de nada. Esa tarde,
habiéndolo echado de menos en la cocina, buscó a José Arcadio por toda la casa,
y lo encontró fletando en les espejos perfumados de la alberca, enorme y
tumefacto, y todavía pensando en Amaranta. Sólo entonces comprendió cuánto
había empezado a quererlo.
XIX.
Amaranta Úrsula regresó con los
primeros ángeles de diciembre, empujada por brisas de velero, llevando al
espose amarrado por el cuello con un cordel de seda. Apareció sin ningún
anuncio, con un vestido color de marfil, un hilo de perlas que le daba casi a
las rodillas, sortijas de esmeraldas y topacios, y el cabello redondo y liso
rematado en las orejas con puntas de golondrinas. El hombre con quien se había
casado seis meses antes era un flamenco madure, esbelto, con aires de
navegante. No tuvo sino que empujar la puerta de la sala para comprender que su
ausencia había sido más prolongada y demoledora de le que ella suponía.
-Dios mío -gritó, más alegre que
alarmada-, ¡cómo se ve que no hay una mujer en esta casa!
El equipaje no cabía en el corredor.
Además del antiguo baúl de Fernanda con que la mandaron al colegio, llevaba des
roperos verticales, cuatro maletas grandes, un talego para las sombrillas, ocho
cajas de sombreros, una jaula gigantesca con medie centenar de canarios, y el
velocípedo del marido, desarmado dentro de un estuche especial que permitía
llevarlo come un violoncelo. Ni siquiera se permitió un día de descanso al cabo
del largo viaje. Se puso un gastado overol de lienzo que había llevado el
esposo con otras prendas de motorista, y emprendió una nueva restauración de la
casa. Desbandó las hormigas coloradas que ya se habían apoderado del corredor,
resucitó los rosales, arrancó la maleza de raíz, y volvió a sembrar helechos,
oréganos y begonias en los tiestos del pasamanos. Se puso al frente de una
cuadrilla de carpinteros, cerrajeros y albañiles que resanaron las grietas de
los pisos, enquiciaren puertas y ventanas, renovaron les muebles y blanquearen
las paredes por dentro y por fuera, de modo que tres meses después de su
llegada se respiraba otra vez el aire de juventud y de fiesta que hubo en les tiempos
de la pianola. Nunca se vio en la casa a nadie con mejor humor a toda hora y en
cualquier circunstancia, ni a nadie más dispuesto a cantar y bailar, y a tirar
la basura las cosas y las costumbres revenidas. De un escobazo acabó con los
recuerdos funerarios y los montones de cherembecos inútiles y aparatos de
superstición que se apelotonaban en los rincones, y lo único que conservó, por
gratitud a Úrsula, fue el daguerrotipo de Remedios en la sala. «Miren qué lujo
-gritaba muerta de risa-. ¡Una bisabuela de catorce años!» Cuando uno de les
albañiles le contó que la casa estaba poblada de aparecidos, y que el único
modo de espantarlos era buscando los tesoros que habían dejado enterrados, ella
replicó entre carcajadas que no creía en supersticiones de hombres. Era tan
espontánea, tan emancipada, con un espíritu tan moderno y libre, que Aureliano
no supo qué hacer con el cuerpo cuando la vio llegar. «¡Qué bárbaro! -gritó
ella, feliz, con los brazos abiertos-. ¡Miren cómo ha crecido mi adorado
antropófago!» Antes de que él tuviera tiempo de reaccionar, ya ella había
puesto un disco en el gramófono portátil que llevó consigo, y estaba tratando
de enseñarle los bailes de moda. Lo obligó a cambiarse les escuálidos
pantalones que heredó del coronel Aureliano Buendía, le regaló camisas
juveniles y zapatos de des colores, y lo empujaba a la calle cuando pasaba
mucho tiempo en el cuarto de Melquíades.
Activa, menuda, indomable, como Úrsula,
y casi tan bella y provocativa como Remedies, la bella, estaba dotada de un
raro instinto para anticiparse a la moda. Cuando recibía por correo les
figurines más recientes, apenas le servían para comprobar que no se había
equivocado en les modelos que inventaba, y que cosía en la rudimentaria máquina
de manivela de Amaranta.
Estaba suscrita a cuanta revista de
modas, información artística y música popular se publicaba en Europa, y apenas
les echaba una ojeada para darse cuenta de que las cosas iban en el mundo como
ella las imaginaba. No era comprensible que una mujer con aquel espíritu
hubiera regresado a un pueblo muerte, deprimido por el polvo y el calor, y
menos con un marido que tenía dinero de sobra para vivir bien en cualquier
parte del mundo, y que la amaba tanto que se había sometido a ser llevado y
traído por ella con el dogal de seda. Sin embargo, a medida que el tiempo
pasaba era más evidente su intención de quedarse, pues no concebía planes que
no fue-ran a largo plazo, ni tomaba determinaciones que no estuvieran
orientadas a procurarse una vida cómoda y una vejez tranquila en Macondo. La
jaula de canarios demostraba que esos propósitos no eran improvisados.
Recordando que su madre le había contado en una carta el exterminio de los
pájaros, habla retrasado el viaje varios meses hasta encontrar un barco que
hiciera escala en las islas Afortunadas, y allí seleccionó las veinticinco
parejas de canarios más finos para repoblar el cielo de Macondo. Esa fue la más
lamentable de sus numerosas iniciativas frustradas. A medida que los pájaros se
reproducían, Amaranta Úrsula los iba soltando por parejas, y más tardaban en
sentirse libres que en fugarse del pueblo. En vano procuró encariñarles con la
pajarera que construyó Úrsula en la primera restauración. En vano les falsificó
nidos de esparto en los almendros, y regó alpiste en los techos y alborotó a
los cautivos para que sus cantos disuadieran a los desertores, porque éstos se
remontaban a la primera tentativa y daban una vuelta en el cielo, apenas el
tiempo indispensable para encontrar el rumbo de regreso a las islas Afortunadas.
Un año después del retorne, aunque no
hubiera conseguido entablar una amistad ni promover una fiesta, Amaranta Úrsula
seguía creyendo que era posible rescatar aquella comunidad elegida por el
infortunio. Gastón, su marido, se cuidaba de no contrariaría, aunque desde el
mediodía mortal en que descendió del tren comprendió que la determinación de su
mujer había sido provocada por un espejismo de la nostalgia. Seguro de que
sería derrotada por la realidad, no se tomó siquiera el trabajo de armar el
velocípedo, sino que se dio a perseguir los huevos más lúcidos entre las
telarañas que desprendían les albañiles, y los abría con las uñas y se gastaba
las horas contemplando con una lupa las arañitas minúsculas que salían del
interior. Más tarde, creyendo que Amaranta Úrsula continuaba con las reformas
por no dar su brazo a torcer, resolvió armar el aparatoso velocípedo cuya rueda
anterior era mucho más grande que la posterior, y se dedicó a capturar y
disecar cuanto insecto aborigen encontraba en los contornos, que remitía en
frascos de mermelada a su antiguo profesor de histeria natural de
Se habían conocido tres años antes de
casarse, cuando el biplano deportivo en que él hacía piruetas sobre el colegio
en que estudiaba Amaranta Úrsula intentó una maniobra intrépida para eludir el
asta de la bandera, y la primitiva armazón de lona y papel de aluminio quedó
colgada por la cola en los cables de la energía eléctrica. Desde entonces, sin
hacer caso de su pierna entablillada, él iba los fines de semana a recoger a
Amaranta Úrsula en la pensión de religiosas donde vivió siempre, cuyo
reglamento no era tan severo como deseaba Fernanda, y la llevaba a su club
deportivo. Empezaron a amarse a
Buscando algo con que llenar sus horas
muertas, Gastón solía pasar la mañana en el cuarto de Melquíades, con el
esquivo Aureliano. Se complacía en evocar con él los rincones más íntimos de su
tierra, que Aureliano conocía como si hubiera estado en ella mucho tiempo.
Cuando Gastón le preguntó cómo había hecho para obtener informaciones que no
estaban en la enciclopedia, recibió la misma respuesta que José Arcadio:
«Todo se sabe.» Además del sánscrito,
Aureliano había aprendido el inglés y el francés, y algo del latín y del
griego. Como entonces salía todas las tardes, y Amaranta Úrsula le había
asignado una suma semanal para sus gastos personales, su cuarto parecía una
sección de la librería del sabio catalán. Leía con avidez hasta muy altas horas
de la noche, aunque por la forma en que se refería a sus lecturas, Gastón pensaba
que no compraba los libros para informarse sino para verificar la exactitud de
sus conocimientos, y que ninguno le interesaba más que los pergaminos, a los
cuales dedicaba las mejores horas de la mañana. Tanto a Gastón como a su esposa
les habría gustado incorporarlo a la vida familiar, pero Aureliano era hombre
hermético, con una nube de misterio que el tiempo iba haciendo más densa. Era
una condición tan infranqueable, que Gastón fracasó en sus esfuerzos por
intimar con él, y tuvo que buscarse otro entretenimiento para llenar sus horas
muertas. Fue por esa época que concibió la idea de establecer un servicio de
correo aéreo.
No era un proyecto nuevo. En realidad
lo tenía bastante avanzado cuando conoció a Amaranta Úrsula, sólo que no era
para Macondo sine para el Congo Belga, donde su familia tenía in-versiones en
aceite de palma. El matrimonio, la decisión de pasar unos meses en Macondo para
complacer a la esposa, lo habían obligado a aplazarle. Pero cuando vio que
Amaranta Úrsula estaba empeñada en organizar una junta de mejoras públicas, y
hasta se reía de él por insinuar la posibilidad del regreso, comprendió que las
cosas iban para largo, y volvió a establecer contacto con sus olvidados socios
de Bruselas, pensando que para ser pionero daba lo mismo el Caribe que el
África. Mientras progresaban las gestiones, preparó un campe de aterrizaje en
la antigua región encantada que entonces parecía una llanura de pedernal
resquebrajado, y estudió la dirección de les vientos, la geografía del litoral
y las rutas más adecuadas para la navegación aérea, sin saber que su
diligencia, tan parecida a la de míster Herbert, estaba infundiendo en el
pueble la peligrosa sospecha de que su propósito no era planear itinerarios
sino sembrar banano.
Entusiasmado con una ocurrencia que
después de todo podía justificar su establecimiento definitivo en Macondo, hizo
varios viajes a la capital de la provincia, se entrevistó con las autoridades,
y obtuvo licencias y suscribió contratos de exclusividad. Mientras tanto,
mantenía con los socios de Bruselas una correspondencia parecida a la de
Fernanda con los médicos invisibles, y acabó de convencerlos de que embarcaran
el primer aeroplano al cuidado de un mecánico experto, que lo armara en el
puerto más próximo y lo llevara velando a Macondo. Un año después de las
primeras mediciones y cálculos meteorológicos, confiando en las promesas
reiteradas de sus corresponsales, había adquirido la costumbre de pasearse por
las calles, mirando el cielo, pendiente de los rumores de la brisa, en espera
de que apareciera el aeroplano.
Aunque ella no lo había notado, el
regreso de Amaranta Úrsula determinó un cambio radical en la vida de Aureliano.
Después de la muerte de José Arcadio, se había vuelto un cliente asiduo de la
librería del sabio catalán. Además, la libertad de que entonces disfrutaba, y
el tiempo de que disponía, le despertaron una cierta curiosidad por el pueblo,
que conoció sin asombro. Recorrió las calles polvorientas y solitarias,
examinando con un interés más científico que humano el interior de las casas en
ruinas, las redes metálicas de las ventanas, rotas por el óxido y los pájaros
moribundos, y los habitantes abatidos por los recuerdos. Trató de reconstruir
con la imaginación el arrasado esplendor de la antigua ciudad de la compañía
bananera, cuya piscina seca estaba llena hasta los bordes de podridos zapatos
de hombre y zapatillas de mujer, y en cuyas casas desbaratadas por la cizaña
encontró el esqueleto de un perro alemán todavía atado a una argolla con una
cadena de acere, y un teléfono que repicaba, repicaba, repicaba, hasta que él
lo descolgó, entendió le que una mujer angustiada y remota preguntaba en
inglés, y le contestó que sí, que la huelga había terminado, que los tres mil
muertos habían sido echados al mar, que la compañía bananera se había ido, y
que Macondo estaba por fin en paz desde hacía muchos años. Aquellas correrías
lo llevaron al postrado barrio de tolerancia, donde en otros tiempos se
quemaban mazos de billetes para animar la cumbiamba, y que entonces era un
vericueto de calles más afligidas y miserables que las otras, con algunos focos
rojos todavía encendidos, y con yermos salones de baile adornados con piltrafas
de guirnaldas, donde las macilentas y gordas viudas de nadie, las bisabuelas
francesas y las matriarcas babilónicas, continuaban esperando junto a las
victrolas. Aureliano no encontró quien recordara a su familia, ni siquiera al
coronel Aureliano Buendía, salvo el más antiguo de los negros antillanos, un
anciano cuya cabeza algodonada le daba el aspecto de un negativo de fotografía,
que seguía cantando en el pórtico de la casa los salmos lúgubres del atardecer.
Aureliano conversaba con él en el enrevesado papiamento que aprendió en pocas
semanas, y a veces compartía el caldo de cabezas de gallo que preparaba la
bisnieta, una negra grande, de huesos sólidos, caderas de yegua y tetas de
melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por un duro capacete
de pelos de alambre, que parecía el almófar de un guerrero medieval. Se llamaba
Nigromanta. Por esa época, Aureliano vivía de vender cubiertos, palmatorias y
otros chécheres de la casa. Cuando andaba sin un céntimo, que era lo más
frecuente, conseguía que en las fondas del mercado le regalaran las cabezas de
gallo que iban a tirar en la basura, y se las llevaba a Nigromanta para que le
hiciera sus sopas aumentadas con verdolaga y perfumadas con hierbabuena. Al
morir el bisabuelo, Aureliano dejó de frecuentar la casa, pero se encontraba a
Nigromanta baje los oscuros almendros de la plaza, cautivando con sus silbos de
animal montuno a los escasos trasnochadores. Muchas veces la acompañó, hablando
en papiamento de las sopas de cabezas de gallo y otras exquisiteces de la
miseria, y hubiera seguido haciéndolo si ella no lo hubiera hecho caer en la cuenta
de que su compañía le ahuyentaba la clientela. Aunque algunas veces sintió la
tentación, y aunque a la propia Nigromanta le hubiera parecido una culminación
natural de la nostalgia compartida, no se acostaba con ella. De modo que
Aureliano seguía siendo virgen cuando Amaranta Úrsula regresó a Macondo y le
dio un abrazo fraternal que lo dejó sin aliento.
Cada vez que la veía, y peor aún cuando
ella le enseñaba los bailes de moda, él sentía el mismo desamparo de esponjas
en los huesos que turbó a su tatarabuelo cuando Pilar Ternera le puso pretextes
de barajas en el granero. Tratando de sofocar el tormento, se sumergió más a
fondo en los pergaminos y eludió los halagos inocentes de aquella tía que
emponzoñaba sus noches con efluvios de tribulación, pero mientras más la
evitaba, con más ansiedad esperaba su risa pedregosa, sus aullidos de gata
feliz y sus canciones de gratitud, agonizando de amor a cualquier hora y en los
lugares menos pensados de la casa. Una noche, a diez metros de su cama, en el
mesón de platería, los espesos del vientre desquiciado desbarataron la vidriera
y terminaren amándose en un charco de ácido muriático. Aureliano no sólo no
pudo dormir un minuto, sino que pasó el día siguiente con calentura, sollozando
de rabia. Se le hizo eterna la llegada de la primera noche en que esperó a
Nigromanta a la sombra de los almendros, atravesado por las agujas de hielo de
la incertidumbre, y apretando en el puño el peso con cincuenta centavos que le
había pedido a Amaranta Úrsula, no tanto porque los necesitara, como para
complicarla, envilecería y prostituiría de algún modo con su aventura.
Nigromanta lo llevó a su cuarto alumbrado con veladoras de superchería, a su
cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y su cuerpo de perra
brava, empedernida, desalmada, que se preparó para despacharía como si fuera un
niño asustado, y se encontró de pronto con un hombre cuyo poder tremendo exigió
a sus en-trañas un movimiento de reacomodación sísmica.
Se hicieron amantes. Aureliano ocupaba
la mañana en descifrar pergaminos, y a la hora de la siesta iba al dormitorio
soporífero donde Nigromanta lo esperaba para enseñarle a hacer primero como las
lombrices, luego come los caracoles y por último como los cangrejos, hasta que
tenía que abandonarlo para acechar amores extraviados. Pasaron varias semanas
antes de que Aureliano descubriera que ella tenía alrededor de la cintura un
cintillo que parecía hecho con una cuerda de violoncelo, pero que era duro como
el acero y carecía de remate, porque había nacido y crecido con ella. Casi
siempre, entre amor y amor, comían desnudos en la cama, en el calor alucinante
y baje las estrellas diurnas que el óxido iba haciendo despuntar en el techo de
cinc.
Era la primera vez que Nigromanta tenía
un hombre fijo, un machucante de planta, como ella misma decía muerta de risa,
y hasta empezaba a hacerse ilusiones de corazón cuando Aureliano le confió su
pasión reprimida por Amaranta Úrsula, que no había conseguido remediar con la
sustitución, sino que le iba torciendo cada vez más las entrañas a medida que
la experiencia ensanchaba el horizonte del amor. Entonces Nigromanta siguió
recibiéndolo con el mismo calor de siempre, pero se hizo pagar los servicios
con tanto rigor, que cuando Aureliano no tenía dinero se los cargaba en la
cuenta que no llevaba con números sine con rayitas que iba trazando con la uña
del pulgar detrás de la puerta. Al anochecer, mientras ella se quedaba
barloventeando en las sombras de la plaza, Aureliano pasaba por el corredor
como un extraño, saludando apenas a Amaranta Úrsula y a Gastón que de ordinario
cenaban a esa hora, y volvía a encerrarse en el cuarto, sin poder leer ni
escribir, ni siquiera pensar, por la ansiedad que le provocaban las risas, los
cuchichees, los retozos preliminares, y luego las explosiones de felicidad
agónica que colmaban las noches de la casa. Ésa era su vida dos años antes de
que Gastón empezara a esperar el aeroplano, y seguía siendo igual la tarde en
que fue a la librería del sabio catalán y encontró a cuatro muchachos despotricadores,
encarnizados en una discusión sobre los métodos de matar cucarachas en
Aquel fatalismo enciclopédico fue el
principio de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes
con los cuatro discutidores, que se llamaban Alvaro, Germán, Alfonso y Gabriel,
los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida. Para un hombre como él,
encastillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que
empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al
amanecer, fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta entonces
que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse
de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. Había de
transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta
arbitrariedad tenía erigen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la
sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una
manera nueva de preparar los garbanzos.
La tarde en que Aureliano sentó cátedra
sobre las cucarachas, la discusión terminó en la casa de las muchachitas que se
acostaban por hambre, un burdel de mentiras en los arrabales de Macondo. La
propietaria era una mamasanta sonriente, atormentada por la manía de abrir y
cerrar puertas. Su eterna sonrisa parecía provocada por la credulidad de los
clientes, que admitían como algo cierto un establecimiento que no existía sino
en la imaginación, porque allí hasta las cosas tangibles eran irreales: los
muebles que se desarmaban al sentarse, la victrola destripada en cuyo interior
había una gallina incubando, el jardín de flores de papel, los almanaques de
años anteriores a la llegada de la compañía bananera, los cuadros con
litografías recortadas de revistas que nunca se editaron. Hasta las putitas
tímidas que acudían del vecindario cuando la propietaria les avisaba que habían
llegado clientes, eran una pura invención.
Aparecían sin saludar, con los
trajecitos floreados de cuando tenían cinco años menos, y se los quitaban con
la misma inocencia con que se los habían puesto, y en el paroxismo del amor
exclamaban asombradas qué barbaridad, mira cómo se está cayendo ese techo, y
tan pronto como recibían su peso con cincuenta centavos se lo gastaban en un
pan y un pedazo de queso que les vendía la propietaria, más risueña que nunca,
porque solamente ella sabía que tampoco esa comida era verdad. Aureliano, cuyo
mundo de entonces empezaba en los pergaminos de Melquíades y terminaba en la
cama de Nigromanta encontró en el burdelito imaginario una cura de burro para
la timidez. Al principio no lograba llegar a ninguna parte, en unos cuartos
donde la dueña entraba en los mejores momentos del amor y hacía toda clase de
comentarios sobre los encantos íntimos de los protagonistas. Pero con el tiempo
llegó a familiarizarse tanto con aquellos percances del mundo, que una noche
más desquiciada que las otras se desnudó en la salita de recibo y recorrió la
casa llevando en equilibrio una botella de cerveza sobre su masculinidad
in-concebible.
Fue él quien puso de moda las
extravagancias que la propietaria celebraba con su sonrisa eterna, sin
protestar, sin creer en ellas, lo mismo cuando Germán trató de incendiar la
casa para demostrar que no existía, que cuando Alfonso le torció el pescuezo al
loro y le echó en la olla donde empezaba a hervir el sancoche de gallina.
Aunque Aureliano se sentía vinculado a
los cuatro amigos por un mismo cariñe y una misma solidaridad, hasta el punto
de que pensaba en ellos como si fueran uno solo, estaba más cerca de Gabriel
que de los otros. El vínculo nació la noche en que él habló casualmente del
coronel Aureliano Buendía, y Gabriel fue el único que no creyó que se estuviera
burlando de alguien.
Hasta la dueña, que no solía intervenir
en las conversaciones, discutió con una rabiosa pasión de comadrona que el
coronel Aureliano Buendía, de quien en efecto había oído hablar alguna vez, era
un personaje inventado por el gobierne como un pretexto para matar liberales.
Gabriel, en cambio, no ponía en duda la realidad del coronel Aureliano Buendía,
porque había sido compañero de armas y amigo inseparable de su bisabuelo, el
coronel Gerineldo Márquez. Aquellas veleidades de la memoria eran todavía más
críticas cuando se hablaba de la matanza de los trabajadores.
Cada vez que Aureliano tocaba el punto,
no sólo la propietaria, sino algunas personas mayores que ella, repudiaban la
patraña de los trabajadores acorralados en la estación, y del tren de
doscientos vagones cargados de muertos, e inclusive se obstinaban en lo que
después de todo había quedado establecido en expedientes judiciales y en los
textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido
nunca. De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados por una especie de
complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían
afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la
resaca de un mundo acabado, del cual sólo quedaba la nostalgia. Gabriel dormía
donde lo sorprendiera la hora.
Aureliano lo acomodó varias veces en el
taller de platería, pero se pasaba las noches en vela, perturbado por el
trasiego de los muertos que andaban basta el amanecer por los dormitorios.
Más tarde se lo encomendó a Nigromanta,
quien lo llevaba a su cuartito multitudinario cuando estaba libre, y le anotaba
las cuentas con rayitas verticales detrás de la puerta, en los pocos espacios
disponibles que habían dejado las deudas de Aureliano.
A pesar de su vida desordenada, todo el
grupo trataba de hacer algo perdurable, a instancias del sabio catalán. Era él,
con su experiencia de antiguo profesor de letras clásicas y su depósito de
libros raros, quien los había puesto en condiciones de pasar una noche entera
buscando la trigésimo séptima situación dramática, en un pueblo donde ya nadie
tenía interés ni posibilidades de ir más allá de la escuela primaria. Fascinado
por el descubrimiento de la amistad, aturdido por los hechizos de un mundo que
le había sido vedado por la mezquindad de Fernanda, Aureliano abandonó el
escrutinio de los pergaminos, precisamente cuando empezaban a revelársele como
predicciones en versos cifrados. Pero la comprobación posterior de que el
tiempo alcanzaba para todo sin que fuera necesario renunciar a los burdeles, le
dio ánimos para volver al cuarto de Melquíades, decidido a no flaquear en su
empeño hasta descubrir las últimas claves. Eso fue por los días en que Gastón
empezaba a esperar el aeroplano, y Amaranta Úrsula se encontraba tan sola, que
una mañana apareció en el cuarto.
-Hola, antropófago -le dijo-. Otra vez
en la cueva.
Era irresistible, con su vestido
inventado, y uno de los largos collares de vértebras de sábalo, que ella misma
fabricaba. Había desistido del sedal, convencida de la fidelidad del marido, y
por primera vez desde el regreso parecía disponer de un rato de ocio. Aureliano
no hubiera tenido necesidad de verla para saber que había llegado. Ella se
acodó en la mesa de trabajo, tan cercana e inerme que Aureliano percibió el
hondo rumor de sus huesos, y se interesó en los pergaminos.
Tratando de sobreponerse a la
turbación, él atrapó la voz que se le fugaba, la vida que se le iba, la memoria
que se le convertía en un pólipo petrificado, y le habló del destino levítico
del sánscrito, de la posibilidad científica de ver el futuro transparentado en
el tiempo como se ve a contraluz lo escrito en el reverso de un papel, de la
necesidad de cifrar las predicciones para que no se derrotaran a sí mismas, y
de las Centurias de Nostradamus y de la destrucción de Cantabria anunciada por
San Millán. De pronto, sin interrumpir la plática, movido por un impulso que
dormía en él desde sus orígenes, Aureliano puso su mano sobre la de ella,
creyendo que aquella decisión final ponía término a la zozobra. Sin embargo,
ella le agarró el índice con la inocencia cariñosa con que lo hizo muchas veces
en la infancia, y lo tuvo agarrado mientras él seguía contestando sus
preguntas. Permanecieron así, vinculados por un índice de hielo que no
transmitía nada en ningún sentido, hasta que ella despertó de su sueño
momentáneo y se dio una palmada en la frente. «¡Las hormigas!», exclamó. Y
entonces se olvidó de los manuscritos, llegó hasta la puerta con un paso de
baile, y desde allí le mandó a Aureliano con la punta de los dedos el mismo
beso con que se despidió de su padre la tarde en que la mandaron a Bruselas.
-Después me explicas -dijo-. Se me
había olvidado que hoy es día de echar cal en los huecos de las hormigas.
Siguió yendo al cuarto ocasionalmente,
cuando tenía algo que hacer por esos lados, y permanecía allí breves minutos,
mientras su marido continuaba escrutando el cielo. Ilusionado con aquel cambio,
Aureliano se quedaba entonces a comer en familia, como no lo hacía desde los
primeros meses del regrese de Amaranta Úrsula. A Gastón le agradó. En las
conversaciones de sobremesa, que solían prolongarse por más de una hora, se
dolía de que sus socios le estuvieran engañando. Le habían anunciado el
embarque del aeroplano en un buque que no llegaba, y aunque sus agentes
marítimos insistían en que no llegaría nunca porque no figuraba en las listas
de les barcos del Caribe, sus socios se obstinaban en que el despacho era
correcto, y hasta insinuaban la posibilidad de que Gastón les mintiera en sus
cartas. La correspondencia alcanzó tal grado de suspicacia recíproca, que
Gastón optó por no volver a escribir, y empezó a sugerir la posibilidad de un
viaje rápido a Bruselas, para aclarar las cosas, y regresar con el aeroplano.
Sin embargo, el proyecto se desvaneció tan pronto como Amaranta Úrsula reiteró
su decisión de no moverse de Macondo aunque se quedara sin marido. En los
primeros tiempos, Aureliano compartió la idea generalizada de que Gastón era un
tonto en velocípedo, y eso le suscitó un vago sentimiento de piedad. Más tarde,
cuando obtuvo en los burdeles una información más profunda sobre la naturaleza
de los hombres, pensó que la mansedumbre de Gastón tenía origen en la pasión
desmandada. Pero cuando lo conoció mejor, y se dio cuenta de que su verdadero
carácter estaba en contradicción con su conducta sumisa, concibió la maliciosa
sospecha de que hasta la espera del aeroplano era una farsa. Entonces pensó que
Gastón no era tan tonto como lo aparentaba, sino al contrario, un hombre de una
constancia, una habilidad y una paciencia infinitas, que se había propuesto
vencer a la esposa por el cansancio de la eterna complacencia, del nunca
decirle que no, del simular una conformidad sin límites, dejándola enredarse en
su propia telaraña, hasta el día en que no pudiera soportar más el tedio de las
ilusiones al alcance de la mano, y ella misma hiciera las maletas para volver a
Europa. La antigua piedad de Aureliano se transformó en una animadversión
virulenta. Le pareció tan perverso el sistema de Gastón, pero al mismo tiempo tan
eficaz, que se atrevió a prevenir a Amaranta Úrsula. Sin embargo, ella se burló
de su suspicacia, sin vislumbrar siquiera la desgarradora carga de amor, de
incertidumbre y de celos que llevaba dentro. No se le había ocurrido pensar que
suscitaba en Aureliano algo más que un afecto fraternal, hasta que se pinchó un
dedo tratando de destapar una lata de melocotones, y él se precipitó a chuparle
la sangre con una avidez y una devoción que le erizaron la piel.
-¡Aureliano! -rió ella, inquieta-. Eres
demasiado malicioso para ser un buen murciélago.
Entonces Aureliano se desbordó. Dándole
besitos huérfanos en el cuenco de la mano herida, abrió los pasadizos más
recónditos de su corazón, y se sacó una tripa interminable y macerada, el
terrible animal parasitario que había incubado en el martirio. Le contó cómo se
levantaba a medianoche para llorar de desamparo y de rabia en la ropa íntima
que ella dejaba secando en el baño. Le contó con cuánta ansiedad le pedía a
Nigromanta que chillara como una gata, y sollozara en su oído gastón gastón
gastón, y con cuánta astucia saqueaba sus frascos de perfume para encontrarles
en el cuello de las muchachitas que se acostaban por hambre. Espantada con la
pasión de aquel desahogo, Amaranta Úrsula fue cerrando los dedos, contrayéndolos
come un molusco, hasta que su mano herida, liberada de todo dolor y todo
vestigio de misericordia, se convirtió en un nudo de esmeraldas y topacios, y
huesos pétreos e insensibles.
-¡Bruto! -dijo, como si estuviera
escupiendo-. Me voy a Bélgica en el primer barco que salga.
Álvaro había llegado una de esas tardes
a la librería del sabio catalán, pregonando a voz en cuello su último hallazgo:
un burdel zoológico. Se llamaba El Niño de Oro, y era un inmenso salón al aire
libre, por donde se paseaban a voluntad no menos de doscientos alcaravanes que
daban la hora con un cacareo ensordecedor. En los corrales de alambre que
rodeaban la pista de baile, y entre grandes camelias amazónicas, había garzas
de colores, caimanes cebados como cerdos, serpientes de doce cascabeles, y una
tortuga de concha dorada que se zambullía en un minúsculo océano artificial.
Había un perrazo blanco, manso y pederasta, que sin embargo prestaba servicios
de padrote para que le dieran de comer. El aire tenía una densidad ingenua,
como si lo acabaran de inventar, y las bellas mulatas que esperaban sin
esperanza entre pétalos sangrientos y discos pasados de moda, conocían oficios
de amor que el hombre había dejado olvidados en el paraíso terrenal. La primera
noche en que el grupo visitó aquel invernadero de ilusiones, la espléndida y
taciturna anciana que vigilaba el ingreso en un mecedor de bejuco, sintió que
el tiempo regresaba a sus manantiales primarios, cuando entre los cinco que
llegaban descubrió un hombre óseo, cetrino, de pómulos tártaros, marcado para
siempre y desde el principio del mundo por la viruela de la soledad.
-¡Ay -suspiró- Aureliano!
Estaba viendo otra vez al coronel
Aureliano Buendía, como lo vio a la luz de una lámpara mucho antes de las
guerras, mucho antes de la desolación de la gloria y el exilio del desencanto,
la remota madrugada en que él fue a su dormitorio para impartir la primera
orden de su vida: la orden de que le dieran amor. Era Pilar Ternera. Años
antes, cuando cumplió los ciento cuarenta y cinco, había renunciado a la
perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su edad, y continuaba viviendo en
el tiempo estático y marginal de los recuerdes, en un futuro perfectamente
revelado y establecido, más allá de los futuros perturbados por las acechanzas
y las suposiciones insidiosas de las barajas.
Desde aquella noche, Aureliano se había
refugiado en la ternura y la comprensión compasiva de la tatarabuela ignorada.
Sentada en el mecedor de bejuco, ella evocaba el pasado, reconstruía la
grandeza y el infortunio de la familia y el arrasado esplendor de Macondo,
mientras Álvaro asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito, y
Alfonso inventaba la historia truculenta de los alcaravanes que les sacaron los
ojos a picotazos a cuatro clientes que se portaron mal la semana anterior, y
Gabriel estaba en el cuarto de la mulata pensativa que no cobraba el amor con
dinero, sino con cartas para un novio contrabandista que estaba preso al otro
lado del Orinoco, porque los guardias fronterizos lo habían purgado y lo habían
sentado luego en una bacinilla que quedó llena de mierda con diamantes. Aquel
burdel verdadero, con aquella dueña maternal, era el mundo con que Aureliano
había soñado en su prolongado cautiverio. Se sentía tan bien, tan próximo al
acompañamiento perfecto, que no pensó en otro refugio la tarde en que Amaranta
Úrsula le desmigajó las ilusiones. Fue dispuesto a desahogarse con palabras, a
que alguien le zafara los nudos que le oprimían el pecho, pero sólo consiguió
soltarse en un llanto fluido y cálido y reparador, en el regazo de Pilar
Ternera. Ella lo dejó terminar, rascándole la cabeza con la yema de los dedos,
y sin que él le hubiera revelado que estaba llorando de amor ella reconoció de
inmediato el llanto más antiguo de la historia del hombre.
-Bueno, niñito -lo consoló-: ahora dime
quién es.
Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar
Ternera emitió una risa profunda, la antigua risa expansiva que había terminado
por parecer un cucurrucuteo de palomas. No había ningún misterio en el corazón
de un Buendía que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de
experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de
repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando
vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e
irremediable del eje.
-No te preocupes -sonrió-, En cualquier
lugar en que esté ahora, ella te está esperando.
Eran las cuatro y media de la tarde,
cuando Amaranta Úrsula salió del baño. Aureliano la vio pasar frente a su
cuarto, con una bata de pliegues tenues y una toalla enrollada en la cabeza
como un turbante. La siguió casi en puntillas, tambaleándose de la borrachera y
entró al dormitorio nupcial en el momento en que ella se abrió la bata y se la
volvió a cerrar espantada.
Hizo una señal silenciosa hacia el
cuarto contiguo, cuya puerta estaba entreabierta, y donde Aureliano sabia que
Gastón empezaba a escribir una carta.
-Vete -dijo sin voz.
Aureliano sonrió, la levantó por la
cintura con las des manos, como una maceta de begonias, y la tiró boca arriba
en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño antes de que
ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién
lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar
recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos.
Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia,
comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja,
mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba
la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no
pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el
parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz,
una batalla a muerte, que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia,
porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales,
lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para
que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta
en el cuarto vecino, como si fueran des amantes enemigos tratando de
reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado
y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su
silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del
marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar.
Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero
defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco,
hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y
cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se
volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta
Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que
ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción
descomunal la inmovilizó en su centre de gravedad, la sembró en su sitie, y su
voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué
eran los silbos anaranjados y les globos invisibles que la esperaban al otro
lado de la muerte. Apenas tuve tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la
toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los
chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.
XX.
Pilar Ternera murió en el mecedor de
bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso. De acuerdo con
su última voluntad, la enterraron sin ataúd, sentada en el mecedor que ocho
hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la
pista de baile. Las mulatas vestidas de negro, pálidas de llanto, improvisaban
oficios de tinieblas mientras se quitaban los aretes, los prendedores y las
sortijas, y los iban echando en la fosa, antes de que la sellaran con una
lápida sin nombre ni fechas y le pusieran encima un promontorio de camelias
amazónicas. Después de envenenar a los animales, clausuraron puertas y ventanas
con ladrillos y argamasa, y se dispersaron por el mundo con sus baúles de
madera, tapizados por dentro con estampas de santos, cromos de revistas y
retratos de novios efímeros, remotos y fantásticos, que cagaban diamantes, o se
comían a los caníbales, o eran coronados reyes de barajas en altamar.
Era el final. En la tumba de Pilar
Ternera, entre salmos y abalorios de putas, se pudrían los escombros del
pasado, los pocos que quedaban después de que el sabio catalán remató la
librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la
nostalgia de una primavera tenaz. Nadie hubiera podido presentir su decisión.
Había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una
de tantas guerras, y no se le había ocurrido nada más práctico que instalar
aquella librería de incunables y ediciones originales en varios idiomas, que
los clientes casuales bojeaban con recelo, como si fueran libros de muladar,
mientras esperaban el turno para que les interpretaran los sueños en la casa de
enfrente. Estuvo media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su
escritura preciosista en tinta violeta y en hojas que arrancaba de cuadernos
escolares, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que escribía.
Cuando Aureliano lo conoció tenía dos cajones llenos de aquellas páginas
abigarradas que de algún modo hacían pensar en los pergaminos de Melquíades, y
desde entonces hasta cuando se fue había llenado un tercero, así que era
razonable pensar que no había hecho nada más durante su permanencia en Macondo.
Las únicas personas con quienes se relacionó fueron los cuatro amigos, a
quienes les cambió por libros los trompos y las cometas, y los puso a leer a
Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria. Trataba a los
clásicos con una familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna
época sus compañeros de cuarto, y sabia muchas cosas que simplemente no se
debían saber, como que San Agustín usaba debajo del hábito un jubón de lana que
no se quitó en catorce años, y que Arnaldo de Vilanova, el nigromante, se
volvió impotente desde niño por una mordedura de alacrán. Su fervor por la
palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera.
Ni sus propios manuscritos estaban a salvo de esa dualidad. Habiendo aprendido
el catalán para traducirlos, Alfonso se metió un rollo de páginas en los
bolsillos, que siempre tenía llenos de recortes de periódicos y manuales de
oficios raros, y una noche los perdió en la casa de las muchachitas que se
acostaban por hambre. Cuando el abuelo sabio se enteró, en vez de hacerle el
escándalo temido comentó muerto de risa que aquel era el destino natural de la
literatura. En cambio, no hubo poder humano capaz de persuadirlo de que no se
llevara los tres cajones cuando regresó a su aldea natal, y se soltó en
improperios cartagineses contra los inspectores del ferrocarril que trataban de
mandarlos como carga, hasta que consiguió quedarse con ellos en el vagón de
pasajeros. «El mundo habrá acabado de joderse -dijo entonces- el día en que los
hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.» Eso fue
lo último que se le oyó decir. Había pasado una semana negra con los
preparativos finales del viaje, porque a medida que se apro-ximaba la hora se
le iba descomponiendo el humor, y se le traspapelaban las intenciones, y las
cosas que ponía en un lugar aparecían en otro, asediado por los mismos duendes
que ator-mentaban a Fernanda.
-Collons -maldecía-. Me cago en el
canon 27 del sínodo de Londres.
Germán y Aureliano se hicieron cargo de
él. Lo auxiliaron como a un niño, le prendieron los pasajes y los documentos
migratorios en los bolsillos con alfileres de nodriza, le hicieron una lista
pormenorizada de lo que debía hacer desde que saliera de Macondo hasta que
desembarcara en Barcelona, pero de todos modos echó a la basura sin darse
cuenta un pantalón con la mitad de su dinero. La víspera del viaje, después de
clavetear los cajones y meter la ropa en la misma maleta con que había llegado,
frunció sus párpados de almejas, señaló con una especie de bendición procaz los
montones de libros con los que habla sobrellevado el exilio, y dijo a sus
amigos:
-¡Ahí les dejo esa mierda!
Tres meses después se recibieron en un
sobre grande veintinueve cartas y más de cincuenta retratos, que se le habían
acumulado en los ocios de altamar. Aunque no ponía fechas, era evidente el
orden en que había escrito las cartas. En las primeras contaba con su humor
habitual las peripecias de la travesía, las ganas que le dieron de echar por la
borda al sobrecargo que no le permitió meter los tres cajones en el camarote,
la imbecilidad lúcida de una señora que se aterraba con el número 13, no por
superstición sino porque le parecía un número que se había quedado sin
terminar, y la apuesta que se ganó en la primera cena porque reconoció en el
agua de a bordo el sabor a remolachas nocturnas de los manantiales de Lérida.
Con el transcurso de los días, sin embargo, la realidad de a bordo le importaba
cada vez menos, y hasta los acontecimientos más recientes y triviales le
parecían dignos de añoranza, porque a medida que el barco se alejaba, la
memoria se le iba volviendo triste. Aquel proceso de nostalgización pro-gresiva
era también evidente en los retratos. En los primeros parecía feliz, con su
camisa de inválido y su mechón nevado, en el cabrilleante octubre del Caribe.
En los últimos se le veía con un abrigo oscuro y una bufanda de seda, pálido de
sí mismo y taciturnado por la ausencia, en la cubierta de un barco de
pesadumbre que empezaba a sonambular por océanos otoñales. Germán y Aureliano
le contestaban las cartas. Escribió tantas en los primeros meses, que se
sentían entonces más cerca de él que cuando estaba en Macondo, y casi se
aliviaban de la rabia de que se hubiera ido. Al principio mandaba a decir que
todo seguía igual, que en la casa donde nació estaba todavía el caracol rosado,
que los arenques secos tenían el mismo sabor en la yesca de pan, que las
cascadas de la aldea continuaban perfumándose al atardecer. Eran otra vez las
hojas de cuaderno rezurcidas con garrapatitas moradas, en las cuales dedicaba
un párrafo especial a cada uno. Sin embargo, y aunque él mismo no parecía
advertirlo, aquellas cartas de recuperación y estímulo se iban transformando
poco a poco en pastorales de desengaño. En las noches de invierno, mientras
hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido
del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la
siesta, lo mismo que añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los
pregones del vendedor de café y las alondras fugaces de la primavera. Aturdido
por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido
de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de
Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón
humano, que se cagarán en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran
recordaran siempre que et pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos
de regreso, que toda la primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más
desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.
Álvaro fue el primero que atendió el
consejo de abandonar a Macondo. Lo vendió todo, hasta el tigre cautivo que se
burlaba de los transeúntes en el patio de su casa, y compró un pasaje eterno en
un tren que nunca acababa de viajar. En las tarjetas postales que mandaba desde
las estaciones intermedias, describía a gritos las imágenes instantáneas que
había visto por la ventanilla del vagón, y era como ir haciendo trizas y
tirando al olvido el largo poema de la fugacidad: los negros quiméricos en los
algodonales de
Gastón había vuelto a Bruselas. Cansado
de esperar el aeroplano, un día metió en una maletita las cosas indispensables
y su archivo de correspondencia y se fue con el propósito de regresar por el
aire, antes de que sus privilegios fueran cedidos a un grupo de aviadores
alemanes que habían presentado a las autoridades provinciales un proyecto más
ambicioso que el suyo. Desde la tarde del primer amor, Aureliano y Amaranta
Úrsula habían seguido aprovechando los escasos descuidos del esposo, amándose
con ardores amordazados en encuentros azarosos y casi siempre interrumpidos por
regresos imprevistos. Pero cuando se vieron solos en la casa sucumbieron en el
delirio de los amores atrasados. Era una pasión insensata, desquiciante, que hacía
temblar de pavor en su tumba a los huesos de Fernanda, y los mantenía en un
estado de exaltación per- etua.
Los chillidos de Amaranta Úrsula, sus
canciones agónicas, estallaban lo mismo a las dos de la tarde en la mesa del
comedor, que a las dos de la madrugada en el granero. «Lo que más me duele
-reía- es tanto tiempo que perdimos.» En el aturdimiento de la pasión, vio las
hormigas devastando el jardín, saciando su hambre prehistórica en las maderas
de la casa, y vio el torrente de lava viva apoderándose otra vez del corredor,
pero solamente se preocupó de combatirlo cuando lo encontró en su dormitorio.
Aureliano abandonó los pergaminos, no volvió a salir de la casa, y contestaba
de cualquier modo las cartas del sabio catalán. Perdieron el sentido de la
realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvieron a
cerrar puertas y ventanas para no demorarse en trámites de desnudamientos, y
andaban por la casa como siempre quiso estar Remedios, la bella, y se
revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y una tarde estuvieron a
punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo hicieron más
estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala,
rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de
campamento del coronel Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los
vaciaron en los pisos para sofocarse en tempestades de algodón. Aunque
Aureliano era un amante tan feroz como su rival, era Amaranta Úrsula quien
comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel paraíso de
desastres, como si hubiera concentrado en el amor la indómita energía que la
tatarabuela consagró a la fabricación de animalitos de caramelo. Además,
mientras ella cantaba de placer y se moría de risa de sus propias invenciones,
Aureliano se iba haciendo más absorto y callado, porque su pasión era
ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos de
virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltación le sacaban mejor partido
al cansancio.
Se entregaron a la idolatría de sus
cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades
inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. Mientras él amasaba con claras
de huevo los senos eréctiles de Amaranta Úrsula, o suavizaba con manteca de
coco sus muslos elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muñecas
con la portentosa criatura de Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmín
de labios y bigotes de turco con carboncillo de las cejas, y le ponía corbatines
de organza y sombreritos de papel plateado. Una noche se embadurnaron de pies a
cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se amaron como
locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas
carniceras que se disponían a devorarlos vivos.
En las pausas del delirio Amaranta
Úrsula contestaba las cartas de Gastón. Lo sentía tan distante y ocupado, que
su regreso le parecía imposible. En una de las primeras cartas él contó que en
realidad sus socios habían mandado el aeroplano, pero que una agencia marítima
de Bruselas lo había embarcado por error con destino a Tanganyika, donde se lo
entregaron a la dispersa comunidad de los Makondos. Aquella confusión ocasionó
tantos contratiempos que solamente la recuperación del aeroplano podía tardar
dos años. Así que Amaranta Úrsula descartó la posibilidad de un regreso
inoportuno. Aureliano, por su parte, no tenía más contacto con el mundo que las
cartas del sabio catalán, y las noticias que recibía de Gabriel a través de Mercedes,
la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había
hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los
periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un
hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano podía imaginarlo entonces con un
suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse
se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de
noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores
hervidas donde había de morir Rocamadour. Sin embargo, sus noticias se fueron
haciendo poco a poco tan inciertas, y tan esporádicas y melancólicas las cartas
del sabio, que Aureliano se acostumbró a pensar en ellos como Amaranta Úrsula
pensaba en su marido, y ambos quedaron flotando en un universo vacío, donde la
única realidad cotidiana y eterna era el amor.
De pronto, como un estampido en aquel
mundo de inconsciencia feliz, llegó la noticia del regreso de Gastón. Aureliano
y Amaranta Úrsula abrieron lo ojos, sondearon sus almas, se miraron a la cara
con la mano en el corazón, y comprendieron que estaban tan identificados que
preferían la muerte a la separación. Entonces ella le escribió al marido una
carta de verdades contradictorias, en la que le reiteraba su amor y sus ansias
de volver a verlo, al mismo tiempo que admitía como un designio fatal la
imposibilidad de vivir sin Aureliano. Al contrario de lo que ambos esperaban,
Gastón les mandó una respuesta tranquila, casi paternal, con dos hojas enteras
consagradas a prevenirlos contra las veleidades de la pasión, y un párrafo
final con votos inequívocos por que fueran tan felices como él lo fue en su
breve experiencia conyugal. Era una actitud tan imprevista, que Amaranta Úrsula
se sintió humillada con la idea de haber proporcionado al marido el pretexto
que él deseaba para abandonarla a su suerte. El rencor se le agravó seis meses
después, cuando Gastón volvió a escribirle desde Leopoldville, donde por fin
había recibido el aeroplano, sólo para pedir que le mandaran el velocípedo, que
de todo lo que había dejado en Macondo era lo único que tenía para él un valor
sentimental. Aureliano sobrellevó con paciencia el despecho de Amaranta Úrsula,
se esforzó por demostrarle que podía ser tan buen marido en la bonanza como en
la adversidad, y las urgencias cotidianas que los asediaban cuando se les
acabaron los últimos dineros de Gastón crearon entre ellos un vínculo de
solidaridad que no era tan deslumbrante y capitoso como la pasión, pero que les
sirvió para amarse tanto y ser tan felices como en los tiempos alborotados de
la salacidad. Cuando murió Pilar Ternera estaban esperando un hijo.
En el sopor del embarazo, Amaranta
Úrsula trató de establecer una industria de collares de vértebras de pescados.
Pero a excepción de Mercedes, que le compró una docena, no encontró a quién
vendérselos. Aureliano tuvo conciencia por primera vez de que su don de
lenguas, su sabiduría enciclopédica, su rara facultad de recordar sin
conocerlos los pormenores de hechos y lugares remotos, eran tan inútiles como
el cofre de pedrería legítima de su mujer, que entonces debía valer tanto como
todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los últimos habitantes
de Macondo. Sobrevivían de milagro. Aunque Amaranta Úrsula no perdía el buen
humor, ni su ingenio para las travesuras eróticas, adquirió la costumbre de
sentarse en el corredor después del almuerzo, en una especie de siesta insomne
y pensativa. Aureliano la acompañaba. A veces permanecían en silencio hasta el
anochecer, el uno frente a la otra, mirándose a los ojos, amándose en el
sosiego con tanto amor como antes se amaron en el escándalo. La incertidumbre
del futuro les hizo volver el corazón hacia el pasado. Se vieron a sí mismos en
el paraíso perdido del diluvio, chapaleando en los pantanos del patio, matando
lagartijas para colgárselas a Úrsula, jugando a enterrarla viva, y aquellas
evocaciones les revelaron la verdad de que habían sido felices juntos desde que
tenían memoria. Profundizando en el pasado, Amaranta Úrsula recordó la tarde en
que entró al taller de platería y su madre le contó que el pequeño Aureliano no
era hijo de nadie porque había sido encontrado flotando en una canastilla.
Aunque la versión les pareció inverosímil, carecían de información para
sustituirla por la verdadera. De lo único que estaban seguros, después de
examinar todas las posibilidades, era de que Fernanda no fue la madre de
Aureliano. Amaranta Úrsula se inclinó a creer que era hijo de Petra Cotes, de
quien sólo recordaba fábulas de infamia, y aquella suposición les produjo en el
alma una torcedura de horror.
Atormentado por la certidumbre de que
era hermano de su mujer, Aureliano se dio una escapada a la casa cural para
buscar en los archivos rezumantes y apolillados alguna pista cierta de su
filiación. La partida de bautismo más antigua que encontró fue la de Amaranta
Buendía, bautizada en la adolescencia por el padre Nicanor Reyna, por la época
en que éste andaba tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios
de chocolate. Llegó a ilusionarse con la posibilidad de ser uno de los
diecisiete Aurelianos, cuyas partidas de nacimiento rastreó a través de cuatro
tomos, pero las fechas de bautismo eran demasiado remotas para su edad.
Viéndolo extraviado en laberintos de
sangre, trémulo de incertidumbre, el párroco artrítico que lo observaba desde
la hamaca le preguntó compasivamente cuál era su nombre.
-Aureliano Buendía -dijo él.
-Entonces no te mates buscando -exclamó
el párroco con una convicción terminante-. Hace muchos años hubo aquí una calle
que se llamaba así, y por esos entonces la gente tenía la costumbre de ponerles
a los hijos los nombres de las calles.
Aureliano tembló de rabia.
-¡Ah! -dijo-, entonces usted tampoco
cree.
-¿En qué?
-Que el coronel Aureliano Buendía hizo
treinta y dos guerras civiles y las perdió todas - ontestó Aureliano-. Que el
ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron los
cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones.
El párroco lo midió con una mirada de
lástima.
-Ay, hijo suspiró-. A mi me bastaría
con estar seguro de que tú y yo existimos en este momento.
De modo que Aureliano y Amaranta Úrsula
aceptaron la versión de la canastilla, no porque la creyeran, sino porque los
ponía a salvo de sus terrores. A medida que avanzaba el embarazo se iban
convirtiendo en un ser único, se integraban cada vez más en la soledad de una
casa a la que sólo le hacía falta un último soplo para derrumbarse. Se habían
reducido a un espacio esencial, desde el dormitorio de Fernanda, donde
vislumbraron los encantos del amor sedentario, hasta el principio del corredor,
donde Amaranta Úrsula se sentaba a tejer botitas y sombreritos de recién
nacido, y Aureliano a contestar las cartas ocasionales del sabio catalán. El
resto de la casa se rindió al asedio tenaz de la destrucción. El taller de
platería, el cuarto de Melquíades, los reinos primitivos y silenciosos de Santa
Sofía de
Aureliano se la arrebató de las manos a
Amaranta Úrsula cuando se disponía a abrirla.
-Ésta no -le dijo-. No quiero saber lo
que dice.
Tal como él lo presentía, el sabio
catalán no volvió a escribir.
La carta ajena, que nadie leyó, quedó a
merced de las polillas en la repisa donde Fernanda olvidó alguna vez su anillo
matrimonial, y allí siguió consumiéndose en el fuego interior de su mala
noticia, mientras los amantes solitarios navegaban contra la corriente de
aquellos tiempos de postrimerías, tiempos impenitentes y aciagos, que se
desgastaban en el empeño inútil de hacerlos derivar hacia el desierto del
desencanto y el olvido. Conscientes de aquella amenaza, Aureliano y Amaranta Úrsula
pasaron los últimos meses tomados de la mano, terminando con amores de lealtad
el hijo empezado con desafueros de fornicación. De noche, abrazados en la cama,
no los amedrentaban las explosiones sublunares de las hormigas, ni el fragor de
las polillas, ni el silbido constante y nítido del crecimiento de la maleza en
los cuartos vecinos.
Muchas veces fueron despertados por el
tráfago de los muertos. Oyeron a Úrsula peleando con las leyes de la creación
para preservar la estirpe, y a José Arcadio Buendía buscando la verdad
quimérica de los grandes inventos, y a Fernanda rezando y al coronel Aureliano
Buendía embruteciéndose con engaños de guerras y pescaditos de oro, y a
Aureliano Segundo agonizando de soledad en el aturdimiento de las parrandas, y
entonces aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte,
y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguirían amándose
con sus naturalezas de aparecidos, mucho después de que otras especies de
animales futuros les arrebataran a los insectos el paraíso de miseria que los
insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres.
Un domingo, a las seis de la tarde,
Amaranta Úrsula sintió los apremios del parto. La sonriente comadrona de las
muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del comedor,
se le acaballó en el vientre, y la maltrató con galopes cerriles hasta que sus
gritos fueron acallados por los berridos de un varón formidable. A través de
las lágrimas, Amaranta Úrsula vio que era un Buendía de los grandes, macizo y
voluntarioso como los José Arcadios, con los ojos abiertos y clarividentes de
los Aurelianos, y predispuesto para empezar la estirpe otra vez por el
principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria,
porque era el único en un siglo que había sido engendrado con amor.
-Es todo un antropófago -dijo-. Se
llamará Rodrigo.
-No -la contradijo su marido-. Se
llamará Aureliano y ganará treinta y dos guerras.
Después de cortarle el ombligo, la
comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul que le cubría el
cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lámpara. Sólo cuando lo voltearon boca
abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se
inclinaron para examinarlo. Era una cola de cerdo.
No se alarmaron. Aureliano y Amaranta
Úrsula no conocían el precedente familiar, ni recordaban las pavorosas
admoniciones de Úrsula, y la comadrona acabó de tranquilizarlos con la
suposición de que aquella cola inútil podía cortarse cuando el niño mudara los
dientes. Luego no tuvieron ocasión de volver a pensar en eso, porque Amaranta
Úrsula se desangraba en un manantial incontenible. Trataron de socorrerla con
apósitos de telaraña y apelmazamientos de ceniza, pero era como querer cegar un
surtidor con las manos. En las primeras horas, ella hacía esfuerzos por
conservar el buen humor. Le tomaba la mano al asustado Aureliano, y le
suplicaba que no se preocupara, que la gente como ella no estaba hecha para
morirse contra la voluntad, y se reventaba de risa con los recursos truculentos
de la comadrona. Pero a medida que a Aureliano lo abandonaban las esperanzas,
ella se iba haciendo menos visible, como si la estuvieran borrando de la luz,
hasta que se hundió en el sopor. Al amanecer del lunes llevaron una mujer que rezó
junto a su cama oraciones de cauterio, infalibles en hombres y animales, pero
la sangre apasionada de Amaranta Úrsula era insensible a todo artificio
distinto del amor. En la tarde, después de veinticuatro horas de desesperación,
supieron que estaba muerta porque el caudal se agotó sin auxilios, y se le
afiló el perfil, y los verdugones de la cara se le desvanecieron en una aurora
de alabastro, y volvió a sonreír.
Aureliano no comprendió hasta entonces
cuánto quena a sus amigos, cuánta falta le hacían, y cuánto hubiera dado por
estar con ellos en aquel momento. Puso al niño en la canastilla que su madre le
había preparado, le tapó la cara al cadáver con una manta, y vagó sin rumbo por
el pueblo desierto, buscando un desfiladero de regreso al pasado. Llamó a la
puerta de la botica, donde no había estado en los últimos tiempos, y lo que
encontró fue un taller de carpintería. La anciana que le abrió la puerta con
una lámpara en la mano se compadeció de su desvarío, e insistió en que no, que
allí no había habido nunca una botica, ni había conocido jamás una mujer de
cuello esbelto. y ojos adormecidos que se llamara Mercedes. Lloró con la frente
apoyada en la puerta de la antigua librería del sabio catalán, consciente de
que estaba pagando los llantos atrasados de una muerte que no quiso llorar a
tiempo para no romper los hechizos del amor. Se rompió los puños contra los
muros de argamasa de El Niño de Oro, clamando por Pilar Ternera, indiferente a
los luminosos discos anaranjados que cruzaban por el cielo, y que tantas veces
había contemplado con una fascinación pueril, en noches de fiesta, desde el
patio de los alcaravanes. En el último salón abierto del desmantelado barrio de
tolerancia un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el
sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco el Hombre. El
cantinero, que tenía un brazo seco y como achicharrado por haberlo levantado
contra su madre, invitó a Aureliano a tomarse una botella de aguardiente, y
Aureliano lo invitó a otra. El cantinero le habló de la desgracia de su brazo.
Aureliano le habló de la desgracia de su corazón, seco y como achicharrado por
haberlo levantado contra su hermana.
Terminaron llorando juntos y Aureliano
sintió por un momento que el dolor había terminado. Pero cuando volvió a quedar
solo en la última madrugada de Macondo, se abrió de brazos en la mitad de la
plaza, dispuesto a despertar al mundo entero, y gritó con toda su alma:
-¡Los amigos son unos hijos de puta!
Nigromanta lo rescató de un charco de
vómito y de lágrimas. Lo llevó a su cuarto, lo limpió, le hizo tomar una taza
de caldo. Creyendo que eso lo consolaba, tachó con una raya de carbón los
incontables amores que él seguía debiéndole, y evocó voluntariamente sus
tristezas más solitarias para no dejarlo solo en el llanto. Al amanecer,
después de un sueño torpe y breve, Aureliano recobró la conciencia de su dolor
de cabeza. Abrió los ojos y se acordó del niño.
No lo encontró en la canastilla. Al
primer impacto experimentó una deflagración de alegría, creyendo que Amaranta
Úrsula había despertado de la muerte para ocuparse del niño. Pero el cadáver
era un promontorio de piedras bajo la manta. Consciente de que al llegar había
encontrado abierta la puerta del dormitorio, Aureliano atravesó el corredor
saturado por los suspiros matinales del orégano, y se asomó al comedor, donde
estaban todavía los escombros del parto: la olla grande, las sábanas
ensangrentadas, los tiestos de ceniza, y el retorcido ombligo del niño en un
pañal abierto sobre la mesa, junto a las tijeras y el sedal. La idea de que la
comadrona había vuelto por el niño en el curso de la noche le proporcionó una
pausa de sosiego para pensar. Se derrumbó en el mecedor, el mismo en que se
sentó Rebeca en los tiempos originales de la casa para dictar lecciones de
bordado, y en el que Amaranta jugaba damas chinas con el coronel Gerineldo
Márquez, y en el que Amaranta Úrsula cosía la ropita del niño, y en aquel
relámpago de lucidez tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su
alma el peso abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las
nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales
muertos, la perseverancia de la cizaña, la paciencia del aire en el radiante
amanecer de febrero. Y entonces vio al niño. Era un pellejo hinchado y reseco
que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus
madrigueras por el sendero de piedras del jardín. Aureliano no pudo moverse. No
porque lo hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante
prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades, y vio el
epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de
los hombres: El primero de lo estirpe está amarrado en un árbol y al último se
lo están comiendo las hormigas.
Aureliano no había sido más lúcido en
ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos,
y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para
no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que
en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró
intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los
insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de
los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que
allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos
en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a
descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades
hasta en sus detalles más triviales, con cien años de antici-pación.
La había redactado en sánscrito, que
era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada
del emperador Augusto, y los impares con claves militares lace- emonias.
La protección final, que Aureliano
empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula,
radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo
convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios
cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el
hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que
el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las
predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer
más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el
origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no
sólo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran
prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano
dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del
pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores
a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba
descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se
dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de
una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los
caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia
concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular,
donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por
rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del
viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las
ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos.
Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y
que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran
buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el
animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un
pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán
bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos
demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo,
descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de
descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un
espejo hablado Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y
averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de
llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto,
pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería
arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante
en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo
escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las
estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad
sobre la tierra.
FIN