|
Hoy me siento vac�o de nuevo. Observando, desde el otro lado de unas oxidadas rejas, contemplo mis ilusiones vagando fantasmales sobre el cementerio donde yacen mis esperanzas.
Levanto mi rostro hacia el cielo, ya no es azul con un sol que brilla reinante, ahora es una b�veda negra, cubierta de oscuros nubarrones que no dejan ver la luna siquiera.
"�A�n me queda el coraz�n!", pienso resignado mientras escucho sus latidos fuertes como explosiones. Llevo mi mano derecha hasta mi alma y solo encuentro un hueco, contemplo con horror que en su interior solo hay una acorazonada piedra, gris, fr�a, �spera. Pero entonces �c�mo puedo escuchar sus latidos si no est�?, �no!, no son los latidos, los truenos de la tormenta me han confundido.
Quiero llorar, necesito llorar, pero un alma p�trea, sin ilusiones, sin esperanzas, no puede desahogar su rabia con pueriles emociones... �Dios m�o, ni l�grimas tengo ya!.
El cielo llora por m�, me moja con su fr�a indiferencia en forma de gotas que se clavan en mi piel. No provocan heridas, pero duelen como afilados clavos. Me rindo, me acurruco a un lado del camino a esperar la parca, ahora ser�a mi dulce salvadora.
La tormenta grita fuerte, me reprocha chillando todas esas oportunidades pasadas que no aprovech�. Sus reproches retumban en mis o�dos, se confunden unos con otros hasta formar risas, carcajadas. Los remordimientos giran en torno a m�, me se�alan con huesudos �ndices, se burlan al verme inerme, rendido, a un lado del camino. "�No os mof�is de m�, ingratos remordimientos!. �Dejadme solo, olvidadme!. �Acaso por ser de coraz�n fr�o y alma p�trea no merezco mayor compasi�n por ello?. �Acaso no merece el m�s pobre de esp�ritu morir con la dignidad del m�s acaudalado?. �Qu� mi muerte sea en la paz que no tuve en vida!".
Vieja, ven con tu guada�a a segar mi triste existencia, ya que no puedo sentir sin coraz�n, ya que no puedo seguir sin ilusi�n, ya que no puedo vivir sin esperanza...
Visi�n del purgatorio. Yo, Claudio. A�o de nuestro Se�or de 1195.
Cipri |
|