DE LA HISTORIA NATURAL AL SIGLO XXI

 

 

 

 

 

La domesticación de animales y el cultivo de vegetales en la prehistoria

 

           Los orígenes de los estudios de Historia Natural podemos buscarlos remontándonos en el tiempo, casi tan lejos como lo intentemos. El asombro ante la naturaleza, y el afán de conocer, motivó la búsqueda de explicaciones ante las diversas manifestaciones de aquella. Nunca podremos saber cuando se reconoció el hecho de la herencia. Sin embargo, ciertos datos arqueológicos (arte primitivo, huesos y cráneos conservados, semillas desecadas, etc.) han proporcionado muchos indicios. En esta línea hay que considerar una tablilla de cerámica encontrada en Susa en la que aparecen dibujadas algunas cabezas de caballo alineadas en varias series horizontales y que, probablemente, corresponda a una tabla genealógica destinada a la cría de caballos. Las cabezas de los caballos muestran, al menos, tres perfiles diferentes (convexo, recto, cóncavo) y en las crines se observan otras tres formas distintas (de punta, caída y sin melena).

 

           Tales indicios apoyan que la domesticación exitosa de animales y el cultivo de vegetales ocurrió hace miles de años. Por ejemplo, entre los 8.000 y 1.000 a.C se domesticaron y utilizaron para diversas tareas caballos, camellos, bueyes y numerosas razas de perros (derivados de la familia de los lobos). Se cree que plantas como el maíz, el trigo, el arroz y la palmera datilera, se vienen cultivando desde el 5.000 a.C. En el arte asirio se representa la polinización artificial de la palmera datilera, que se cree que se originó en Babilonia. Esta selección deliberada de variantes individuales influyó indudablemente en el tipo actual de palmeras que se encuentran en la región.

 

         Actualmente, hay unas 400 variedades de palmeras datileras en sólo cuatro oasis del Sahara, que difieren entre sí en caracteres como el sabor del datil. No hay duda de que nuestros antecesores pronto aprendieron que los caracteres deseables e indeseables pasaban de una generación a otra y que podían seleccionar variedades más deseables de animales y vegetales. Parece que el conocimiento de la herencia existió desde tiempos prehistóricos.

 

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La influencia griega

 

         Pero es en los textos de los autores griegos donde encontramos las primeras conjeturas sobre la herencia. Algunos admiten la pangénesis, o sea, la herencia de los caracteres determinada por la suma de un gran número de partículas o pangenes. Entre ellos, Alcmeón de Crotona (s. VI a.C) que piensa que el esperma se originaba en una porción del cerebro (enkefálon meron), lo que explicaría que se heredase el conocimiento. Sostiene que tanto el macho como la hembra intervendrían en la formación del embrión y dependiendo de la cantidad aportada por cada uno de ellos el descendiente sería macho o hembra y presentaría una u otras características somáticas. También Anaxágoras (s. V a.C), si bien sólo consideraba al semen paterno como el engendrador de todas las partes del feto preformado, pues en él, y bajo la forma de homeomerías, estaban preformadas todas las partes del feto.

 

         Aristóteles (384 a.C-332 a.C), a quien debemos considerar el primer gran naturalista de la historia, tiene un libro titulado “De la generación de los animales” en el que reflexiona sobre los mecanismos de reproducción de los animales y en el que examina los pros y los contra de la pangénesis. Aristóteles propuso que el semen masculino está formado por la sangre, en lugar de por cada órgano, y que su poder generador residía en un “calor vital” propio. Este calor vital tenía la capacidad de producir descendientes con la misma “forma” (es decir, estructura básica y capacidades) que sus padres. Creía que generaba descendientes cociendo y dando forma a la sangre menstrual que produce la mujer, que era la “materia” de los descendientes. La teoría aristotélica de que el semen o esperma era una excreción proveniente del alimento superfluo, de la cuarta alimentación de la sangre, fue adoptada por la mayoría de los naturalistas de los siglos siguientes, entre ellos, Isidoro de Sevilla (560-636), el árabe Avicena (980-1037) y el bizantino Miguel Psellos (1017-1078). Estas ideas constituyeron sólo una parte de la filosofía aristotélica sobre el orden del mundo vivo.

 

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El nacimiento de la biología moderna: 1600-1850

 

           La Historia Natural de los siglos XVII y XVIII va a verse inmersa en un combate ideológico en el que, junto a las viejas doctrinas creacionistas, vamos a encontrar las nuevas ideas mecanicistas. Las observaciones realizadas con el microscopio por autores del XVII como Jan Swammerdam (1637-1680), Anton van Leeuwenhoëk (1632-1723) o Marcello Malpighi (1628-1694), apuntaban la idea de que en el huevo o en los espermatozoides (descubiertos precisamente por Leeuwenhoëk) se encontraba preformado el embrión (“homunculus”). Sin embargo, la aparición de ejemplares anómalos era una objeción a esta doctrina de la preformación.

 

           Algunos autores, muy influenciados por los trabajos de Newton, como los franceses Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759) y George Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) y el inglés John T. Needham (1713-1781) van a negar la preformación y avanzar hipótesis epigenetistas. El término epigénesis había sido utilizado por primera vez por William Harvey (1578-1657) para significar que el embrión adquiere su forma definitiva de manera gradual. Así Maupertuis señaló que la herencia debía de transmitirse por partículas procedentes tanto del padre como de la madre y que dichas partículas se juntaban en parejas por afinidades. Sería no obstante, el alemán Caspar Friedrich Wolf (1733-1794) quien asestó el golpe definitivo a la preformación. Examinó al microscopio los embriones de las plantas, llegando a la conclusión de que, excepto el tallo, todas las partes de la planta se corresponden a hojas modificadas. Igualmente siguió el desarrollo embrionario del pollo, comprobando que los intestinos se desarrollaban a partir de un tejido homogéneo. De ahí que Wolff en su Teoria generationis, publicada en 1759, sostuviera que algunos órganos especializados se formaban a partir de tejidos sin especializar.

 

           En estos años, los centrales del siglo XVIII, agricultores y horticultores practicaban la hibridación a gran escala, pues mediante polinización cruzada obtenían nuevas variedades que, en algunos casos, podían reproducirse vegetativamente. Además, las técnicas de hibridación atraían la atención de una serie de investigadores, la mayoría alemanes, que trataban de demostrar la existencia de la sexualidad vegetal. Entrando el siglo XIX, seguía discutiéndose sobre la sexualidad de las plantas. Al no haberse aclarado definitivamente el papel que correspondía a cada uno de los dos sexos en la fecundación y en la transmisión de las características a los híbridos, una serie de instituciones científicas europeas convocaron concursos con objeto de incentivar investigaciones que arrojaran luz sobre estos asuntos. Carl Friedrich Gärtner (1772-1850), ganador en uno de ellos, realizó un amplio trabajo con el resultado de sus 9.000 experimentos, en donde demostraba que la mezcla de pólenes no provocaba la mezcla de caracteres en el producto y que la aparición de nuevas especies por hibridación no podía sobrepasar los límites de estabilidad que eran característicos de la especie vegetal. El botánico francés Charles Naudin (1815-1899), llegó a conclusiones sobre la transmisión de caracteres parentales a los híbridos muy similares a las que obtendría Mendel, pero sin el tratamiento estadístico que dio este último.

 

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La aventura del monje Mendel

 

            Es en este ambiente, en el que se conjugaba el interés por los híbridos con cierta confusión sobre el mecanismo de la fecundación vegetal, es en el que el monje agustino Gregor Johann Mendel (1822-1884) iba a llevar a cabo sus transcendentales experimentos sobre hibridación en plantas. Reconocido hoy en día como uno de los investigadores más sagaces de la historia, Mendel fue en su época un modesto docente que no superó en ninguna de las dos ocasiones en que lo intentó, los exámenes que le habilitaran como profesor titular. Además, la aceptación en 1868 del cargo de abad del monasterio agustiniano de Brün (ahora Brno, Checoslovaquia) hizo que fuera abandonando, cada vez más, las tareas docentes e investigadoras.

 

            Fue en 1853, al regresar al monasterio después de haber estudiado física durante dos años en la Universidad de Viena, cuando Mendel, que era conocedor de la abundante bibliografía que sobre experimentos realizados con híbridos se había publicado en los últimos años, resolvió dedicarse al estudio de la transmisión de caracteres en plantas de jardín. En su opinión, ninguno de los experimentos hechos hasta ese momento, lo había sido con una extensión suficientemente grande como para que, a partir de él, fuera posible determinar el número diferente de formas que cabría esperar en la descendencia de los híbridos.

 

            Mendel proyectó un plan, que sabía que le iba a ocupar durante bastantes años, y que se dispuso llevar a cabo en el pequeño huerto del monasterio agustiniano de Brno de dimensiones próximas a los 35 x 7 metros. Su primer objetivo consistió en seleccionar el tipo de plantas a las que iba a someter a experimentación: Mendel reunió 34 cepas de plantas de guisantes de viveros de toda Europa y durante varios años afinó cuidadosamente sus selecciones hasta que obtuvo verdaderas plantas reproductoras que diferían entre sí en siete pares de rasgos (1. forma de la semilla madura, 2. color de los cotiledones, 3. color del tegumento seminal, 4. forma de la legumbre madura (vaina), 5. color de la legumbre no madura (vaina), 6. posición de las flores, 7. longitud del tallo).

 

            Mendel fue el primer biólogo matemático ya que aplicó un enfoque cuantitativo y extrajo una explicación mecanicista de las leyes de la herencia. En 1850 el estaba literalmente en las fronteras de la ciencia con muy poco de lo cual depender excepto de su propio sentido innato de la lógica rigurosa y la creatividad. En una cruza entre plantas surgidas de semillas verdes y otras surgidas de semillas amarillas, los descendientes no mostraron una mezcla de esos colores sino que eran todas amarillas. El rasgo verde había desaparecido aparentemente. Mendel cruzó entonces miembros de esta primera generación de semillas entre sí. Las semillas verdes reaparecieron junto con las amarillas. Pero eso no era todo. Las plantas de semillas amarillas y verdes se formaron en una relación específica de 3 a 1. Mendel sabía que el análisis estadístico era imposible sin un número adecuado de plantas. En un experimento típico como el recién descrito, leemos en los registros de Mendel que había cultivado y comparado 8.023 híbridos, de éstos, 6.022 tenían semillas amarillas y 2.001 eran verdes.

 

            Denominó al rasgo amarillo que aparecía en la primera generación dominante y al rasgo verde que estaba enmascarado por él, recesivo. El rasgo recesivo verde no se había perdido, sino que reapareció en lo que resultó ser un número predecible y repetible en la generación siguiente. El análisis de Mendel era el siguiente. Cada rasgo, como el color de la semilla, debía estar controlado por factores invisibles, o en su término original, “factores”. Cada planta tendría dos de estos factores, habiendo recibido uno de cada padre. Había dos factores posibles, uno dominante que simbolizó por A y uno recesivo, caracterizado por a. El factor dominante A siempre se expresaría como rasgo visible, en este caso el color amarillo de la semilla, presente en el par AA o Aa. El a recesivo sólo se expresaría cuando está en combinación con otro igual, en la combinación aa.

 

            En esta instancia específica, la planta madre verdaderamente reproductora con semillas amarillas contendría dos factores dominantes, o AA, mientras que la de semillas verdes contendría dos recesivos, aa. Ahora vino el paso crítico. Propuso que en la formación de las células reproductoras (más tarde llamadas gametos) el grano de polen recibiría sólo uno de esos factores y el óvulo femenino también recibiría sólo uno. Cuál recibirían sería por entero al azar: en el caso de una planta verdaderamente reproductora tal como AA o aa, sólo gametos con A o a son posibles. Si el polen que contiene un factor A se cruza con óvulos que contienen un factor a, las semillas resultantes contendrían una combinación de factores Aa y serían amarillas. El cruzamiento de los gametos de las plantas con A o a en el polen y los óvulos dan AA, Aa o aa. Debido a la naturaleza dominante del factor A esto resultaría en una proporción de amarillo a verde 3 a 1.

 

             El paso siguiente de Mendel fue considerar dos características a la vez. Cruzó plantas verdaderamente reproductoras que tenían semillas amarillas redondas con otras que producían semillas verdes arrugadas.  Las semillas de la primera generación eran todas redondas y amarillas, es decir, BBAA x bbaa que produjeron BbAa. La segunda generación que surgió del cruzamiento de BbAa con BbAa dio semillas redondas amarillas, redondas verdes, arrugadas amarillas y arrugadas verdes en una proporción 9:3:3:1. Mendel extrajo correctamente varias conclusiones a partir de estos y muchos otros experimentos, llamándolas “leyes descubiertas para los guisantes”:

 

 

 

 

            En 1865 Mendel presentó los resultados de ocho años de investigación en una reunión de la Sociedad de Ciencia Natural de Brün a una audencia de entusiastas científicos locales. Las minutas de la reunión, es decir, el borrador de los temas tratados en la misma que sorprendentemente todavía existen, registran que no se hizo ni una pregunta (en las palabras de L.C. Dunn, “uno de los más extraños silencios en la historia de la Biología”). Los oyentes rápidamente se enfrascaron en una discusión del tema “caliente” del día: Sobre el origen de las especies, de Darwin, que había sido publicado seis años antes. El artículo de Mendel se publicó en la revista de la Sociedad al año siguiente.

 

            Mendel envió su artículo a muchos científicos bien conocidos. Sólo el afamado botánico alemán Karl von Naegeli respondió. Le sugirió que intentase sus técnicas de reproducción con orejas de ratón, una de las plantas experimentales favoritas de Naegeli, para ver si la reproducción de esa planta común confirmaba los resultados obtenidos con los guisantes. Mendel humildemente siguió el consejo del eminente Naegeli. Empleó cinco frustrantes años, que lo distrajeron de sus otros estudios, y arruinó su vista. Las orejas de ratón mostraron “una conducta exactamente opuesta a la de los guisantes”. No se supo hasta 45 años después que esta hierba intratable con frecuencia produce semillas por apogamia, esto es, producción de un embrión sin fecundación a partir de cualquiera de las células del saco embrionario distinta de la ovocélula, de modo que a veces se forman descendientes por cruzamiento, pero no siempre.

 

            Esta profunda desilusión presagió el fin del trabajo científico de Mendel. En 1868 fue elegido abad de su monasterio. Sus crecientes responsabilidades administrativas hasta la muerte, en 1884, pusieron fin a sus experimentos. Su insistencia, paradójicamente fortuita pero novedosa, en el análisis matemático, combinada con su modestia innata y reticencia, contribuyó a que no fuese reconocido. Su meta era ver si había “una ley aplicable en forma general que rigiese la formación del desarrollo de híbridos”. Así lo hizo, pero pasarían más de treinta años antes de que la significación de su trabajo fuese reconocida.

 

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De Mendel a la era postgenómica

 

            Cuando comenzaba el siglo XX, ocurrió una coincidencia notable. Tres hombres, el alemán Karl Correns (1864-1933), el austriaco Erich Tschermak-Seysenegg (1871-1962) y el holandés Hugo De Vries (1848-1935), redescubrieron, trabajando independientemente, y casi simultáneamente el trabajo de Gregor Mendel. De ahí que se considere el año 1900 como el inicio de la ciencia genética. En Los cromosomas de la herencia, de abril de 1903, Sutton predijo los aspectos fundamentales del ligamiento genético y demostró el paralelismo entre el comportamiento de cromosomas en meiosis y las leyes de segregación de Mendel.

 

           La idea de Sutton ganó fuerza con la demostración de Thomas Hunt Morgan (1910) de la asociación entre la herencia de ciertos genes de la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) con los cromosomas que determinan el sexo. Posteriores experimentos de Morgan (1911) y uno de sus estudiantes, Alfred Sturtevant (1913), pusieron de manifiesto paralelismos de herencia entre los propios genes, sugiriendo que esos genes estaban en el mismo cromosoma (concepto de ligamiento). No obstante, Sturtevant estaba intrigado. Genes que se habían comprobado que estaban asociados en el mismo cromosoma ocasionalmente aparecían localizados en un cromosoma diferente. Sabía que sólo unos pocos años antes, en 1909, un artículo del citólogo belga F. A. Jannsens había incluído una descripción de preparaciones de cromosomas de anfibios, que, durante la formación de los gametos (meiosis), exhibían una superposición distintiva, o sobrecruzamiento de cromosomas, que él denominó quiasmas. Jannsens interpretó este fenómeno como una verdadera fusión de dos cromosomas seguida por la ruptura y reunión que conduce a un intercambio de las correspondientes regiones cromosómicas. Esto permitiría la posibilidad de que genes que normalmente están en un cromosoma terminen en otro.

 

         Esta conclusión era completamente teórica, pero Sturtevant y Morgan se aferraron a ella como una posible explicación de las molestas excepciones a su meticuloso esquema de genes asociados. Si eso ocurría realmente, el sentido común les decía que los genes que estuvieran más lejos entre sí en los cromosomas tendrían seguramente una probabilidad mayor de ser intercambiados cuando los cromosomas se cruzaban, rompían y recombinaban, que los genes que estuviesen ubicados uno cerca del otro.

 

           Sturtevant inmediatamente diseñó experimentos con esta teoría en mente, y para 1913 había mostrado que 6 genes, todos localizados en el cromosoma X, a veces aparecían intercambiados durante la meiosis. Trabajó con 6 loci: cuerpo amarillo (y), ojos blancos (w), ojos eosina (we), ojos bermellón (v), alas miniatura (m) y alas rudimentarias (r). (Ojos blancos y ojos eosina son en realidad alélicos; Sturtevant no encontró entrecruzamiento entre los dos loci). Al hacerlo, produjo el primer mapa de un cromosoma. Los seis genes podían ser dispuestos sobre el cromosoma X, en base a sus frecuencias de sobrecruzamiento, en un orden lineal:

 

         y      w/we                                                                   v                         m                                                       r    

        0'0     1'0                                                                     30'7                     33'7                                                  57'6

     ---/------/------------------------...--------------------------------/--------------------/----------------------...--------------------/---

    (0'0)*  (1'5)                                                                    (33'0)                 (36'1)                                               (54'5)

 

         * Los números entre paréntesis son las distancias de mapa más precisas aceptadas hoy en día. (Se utiliza el porcentaje de recombinación como una estima de la distancia entre loci en un cromosoma: un 1% de descendientes recombinantes equivale a una unidad de mapa (o centimorgan).

 

           En 1916, otro estudiante de Morgan, Calvin Bridges, demostró, más allá de cualquier duda razonable, que los genes están en los cromosomas. Empleando moscas del vinagre con un cromosoma de más, demostró que la herencia anormal de ciertos genes podía explicarse sólo si formaban parte del cromosoma extra. Finalmente, en 1931, Harriet Creighton y Barbara McClintock demostraron que la formación de nuevas combinaciones de genes en el mismo cromosoma se correlacionaba realmente con el intercambio físico de tramos de los cromosomas.

 

           En 1927, Hermann Muller demostró que puede producirse una alta frecuencia de mutaciones tratando las células con rayos X, lo cual supuso la primera demostración de un agente mutagénico ambiental. El trabajo de Muller sobre la inducción de mutaciones abrió la puerta al empleo de las mismas como técnica genética de disección de procesos biológicos, técnica que hoy en día sigue siendo ampliamente utilizada. En 1943, Salvador Luria y Max Delbrück emplearon bacterias para demostrar que la mutación es un suceso aleatorio, que puede ocurrir en cualquier célula y en cualquier momento.

 

            La Genética molecular se inició en 1941 cuando George Beadle y Edward Tatum utilizaron el hongo Neurospora crassa para demostrar que ciertos genes implicados en la química celular ejercían su labor mediante la determinación de proteínas catalíticas denominadas enzimas. Poco después, Oswald Avery, C. M. McLeod y M. McCarthy (1944) demostraron que podía modificarse la dotación genética de una célula bacteriana añadiendo DNA exógeno (el primer caso de transgénesis), demostrando así que los genes bacterianos están hechos de DNA, descubrimiento que sería luego extendido a todos los organismos. En 1952 Alfred Hershey y Martha Chase  demostraron que, cuando los virus inyectaban su información genética en las células huésped, el DNA penetraba en la célula, mientras que la cápside proteica permanecía en el exterior. La información genética introducida en las bacterias las había instruido para fabricar muchos nuevos bacteriófagos. El DNA era, de hecho, una macromolécula que suministraba información.

 

            En 1953 se produjo un acontecimiento decisivo cuando James Watson y Francis Crick propusieron un modelo de doble hélice para la estructura de DNA, basándose en hallazgos cristalográficos (Rosalind Franklin) y químicos (Edwin Chargaff). Se proponía que cada una de las hebras entrelazadas de DNA era una cadena de grupos químicos denominados nucleótidos de los que se conocían cuatro tipos. Como las proteínas son cadenas de aminoácidos se sugería que una secuencia específica de nucleótidos de DNA (un gen) contenía información cifrada para determinar la secuencia de aminoácidos, y por tanto, la estructura de una proteína.

 

           Era probable, por tanto, que el propio gen fuera realmente una estructura lineal, como proponían Watson y Crick en su modelo. Parecía razonable también que el DNA de los genes fuera parte de una molécula contínua (de DNA), el cromosoma, y así se demostraría un tiempo después.

 

           El mecanismo de separación de las cadenas para replicar el DNA (llamado mecanismo semiconservativo) fue demostrado experimentalmente por primera vez, en 1958, por Matthew Meselson y Frank Stahl. Al finalizar la replicación del DNA aparecen dos moléculas. Cada una de ellas es una molécula híbrida, compuesta de una cadena parental entrelazada con una cadena sintetizada de novo, de ahí el término semiconservativo. En 1961, Francis Crick y Sidney Brenner demostraron que la secuencia de nucleótidos debe ser traducida en grupos de tres por cada aminoácido. El código genético completo, los 64 tripletes posibles que pueden utilizarse como unidades codificadoras (codones) y los aminoácidos específicos que determinan cada uno de ellos, fue deducido en 1966 por Marshall Nirenberg y Gobind Khorana:

 

1*
Base
Segunda base 3*
Base
U C A G
U UUU Phe UCU Ser UAU Tyr UGU Cys U
UUC UCC UAC UGC C
UUA Leu UCA Ser UAA Stop UGA Stop A
UUG UCG UAG UGG Trp G
C CUU Leu CCU Pro CAU His CGU Arg U
CUC CCC CAC CGC C
CUA Leu CCA Pro CAA Gln CGA Arg A
CUG CCG CAG CGG G
A AUU Ile ACU Thr AAU Asn AGU Ser U
AUC ACC AAC AGC C
AUA Ile ACA Thr AAA Lys AGA Arg A
AUG Met ACG AAG AGG G
G GUU Val GCU Ala GAU Asp GGU Gly U
GUC GCC GAC GGC C
GUA Val GCA Ala GAA Glu GGA Gly A
GUG GCG GAG GGG G

            Estudios posteriores de muchos organismos demostraron que la estructura de doble hélice del DNA, su modo de replicación y el "diccionario" de codones son los mismos en prácticamente todos los seres vivos, sean plantas, animales, hongos o bacterias.

            Francois Jacob y Jacques Monod, en 1961, establecieron el modelo prototípico de regulación génica, demostrando que los genes bacterianos pueden ser conectados (para dar lugar a transcritos de RNA) y desconectados mediante la acción de unión de proteínas reguladoras a regiones de DNA situadas justo al lado del sitio donde se inicia la síntesis de RNA.

            Los progresos técnicos han jugado un papel importante en el avance de nuestros conocimientos genéticos. Daniel Nathans y Hamilton Smith, en 1970, descubrieron una clase especial de enzimas, llamadas enzimas de restricción, que cortan el DNA en puntos "diana" que tienen una secuencia nucleotídica específica. Este descubrimiento permitió fabricar a Paul Berg, en 1972, la primera molécula de DNA recombinante artificial, compuesta de DNA de dos organismos distintos. Aisló moléculas de DNA de distintos orígenes, las cortó y las unió en el tubo de ensayo. Estos avances hicieron posible que, en 1973, Herbert Boyer y Stanley Cohen aislaran genes individuales y los replicaran hasta obtener un número alto de copias. Para ello, unieron los genes a moléculas de DNA autorreplicativas (plásmidos de varios tipos) y los introdujeron en células vivas.

           De estos procedimientos deriva toda la tecnología del DNA recombinante que domina la Genética actual. En 1977 se inventaron dos métodos distintos para determinar la secuencia de nucleótidos del DNA, uno por Allan Maxam y Walter Gilbert y otro por Fred Sanger. Fue posible, entonces, examinar la estructura de los genes directamente, mediante secuenciación, confirmando muchas de las inferencias sobre ellos realizadas originalmente de forma indirecta.

          En 1985, Kary Mullis desarrolló una técnica, llamada reacción en cadena de la polimerasa (PCR), que permite encontrar y replicar tramos específicos de DNA en mezclas complejas. Cantidades diminutas de DNA pueden ser copiadas millones de veces en unas pocas horas.

          Las décadas de los 80 y 90 han visto el inicio de proyectos para secuenciar por completo genomas de varios organismos importantes en investigación genética. El 1 de Octubre de 1990 comenzó  el proyecto de secuenciar el genoma humano (PGH). En 1995 se publicó la primera secuencia completa del genoma de un organismo procariota, Haemophilus influenzae. La primera secuencia eucariótica completa fue la de la levadura de panadería, Saccharomyces cerevisiae, publicada en 1996. Finalmente, el 26 de Junio de 2.000 (día que Bill Clinton y Tony Blair calificaron de histórico) se presentó el primer borrador de la secuencia del genoma humano.

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