RENE
DESCARTES
DE
LAS PASIONES EN GENERAL Y ACCIDENTALMENTE
DE
TODA LA NATURALEZA DEL HOMBRE
Art.1.Lo
que es pasión respecto a un sujeto es siempre acción en algún otro aspecto
Nada
pone tan bien de manifiesto cuán defectuosas son las ciencias que recibimos de
los antiguos como lo que éstos han escrito de las pasiones; pues, por más que
se trate de una materia que siempre se puso gran empeño en conocer y que no
parece ser de las más difíciles, ya que, sintiéndolas cada cual en sí mismo,
no es menester recurrir a ninguna observación ajena para descubrir su
naturaleza, lo que los antiguos han enseñado de ellas es tan poco, y tan poco
creíble en general, que sólo alejándome de los caminos seguidos por ellos
puedo abrigar alguna esperanza de aproximarme a la verdad. Por esta razón me
veré obligado a escribir aquí como si se tratara de una materia que nadie,
antes que yo, hubiera tocado; y para comenzar, considero que todo lo que se hace
u ocurre de nuevo es generalmente llamado por los filósofos una pasión
respecto al sujeto a quien ello ocurre, y una acción respecto a aquel que hace
que ocurra; de suerte que, aunque el agente y el paciente sean con frecuencia
muy diferentes, la acción y la pasión no dejan de ser siempre una misma cosa
que tiene estos dos nombres, por los dos diversos sujetos a los cuales puede
referirse.
Art.2. Para conocer las pasiones del alma es preciso distinguir sus
funciones de las del cuerpo
Considero, además, que no reparamos en que ningún sujeto
obra más inmediatamente contra nuestra alma que. el cuerpo al que está unida,
y que por consiguiente debemos pensar que lo que en ella es una pasión es
generalmente en él una acción; de suerte que no hay mejor camino para llegar
al conocimiento de nuestras pasiones que examinar la diferencia existente entre
el alma y el cuerpo, a fin de conocer a cuál de los dos se debe atribuir cada
una de las funciones que hay en nosotros.
Art.
3. Qué regla se debe seguir para este fin
Lo cual no resultará muy difícil si se tiene en cuenta que
todo aquello cuya existencia experimentamos en nosotros y que vemos que puede
también existir en cuerpos completamente inanimados, no debe ser atribuido más
que a nuestro cuerpo; y, por el contrario, todo lo que hay en a nosotros y que
no concebimos en modo alguno pueda pertenecer a un cuerpo, debe ser atribuido a
nuestra alma.
Art.
4. El calor y el movimiento de los miembros proceden del cuerpo;
los pensamientos, del alma
Así,
pues, como no concebimos que el cuerpo piense de ninguna manera, debemos creer
que toda suerte de pensamientos que existen en nosotros pertenecen al alma; y
como no dudamos que hay cuerpos inanimados que pueden moverse de tantas o más
diversas maneras que los nuestros, y que tienen tanto o más calor (lo que la
experiencia muestra en la llama, que tiene en si misma mucho más calor y
movimiento que ninguno de nuestros miembros), debemos creer que todo el calor y
todos los movimientos que hay en nosotros, en tanto no dependen del pensamiento,
no pertenecen sino al cuerpo.
Art.
5. Es erróneo creer que el alma da movimiento y calor al cuerpo
Con lo cual evitaremos un error muy considerable en el que han
caído algunos, de suerte que, a mi juicio, es ésta la primera causa de que no
se hayan podido hasta ahora explicar bien las pasiones y las demás cosas
pertenecientes al alma. Ello consiste en que, viendo que todos los cuerpos
muertos quedan privados de calor y luego de movimientos, se ha imaginado que era
la ausencia del alma lo que hacía cesar esos movimientos y ese calor; y, en
consecuencia, se ha creído sin razón que nuestro calor natural y todos los
movimientos de nuestros cuerpos dependen del alma, mientras que se debía
pensar, al contrario, que el alma se ausenta, cuando el individuo muere, a causa
de que cesa ese calor y de que se corrompen los órganos que sirven para mover
el cuerpo.
Art. 6. Qué diferencia existe entre un cuerpo vivo y un
cuerpo muerto
Consideremos, pues, para evitar este error, que la muerte no
ocurre nunca por ausencia del alma, sino porque alguna de las principales partes
del cuerpo se corrompe; y pensemos que el cuerpo de un hombre vivo difiere del
de un hombre muerto como difiere un reloj u otro autómata (es decir, otra máquina
que se mueve por si misma), cuando está montado y tiene en sí el principio
corporal de los movimientos para los cuales fue creado, con todo lo necesario
para su funcionamiento, del mismo reloj, u otra máquina, cuando se ha roto y
deja de actuar el principio de su movimiento.
Art.
7. Breve explicación de las partes del cuerpo y de algunas de sus funciones
Para hacer esto más inteligible, explicaré aquí en pocas
palabras la manera como está compuesta la máquina de nuestro cuerpo. No hay
nadie ya que no sepa que hay en nosotros un corazón, un cerebro, un estómago,
músculos, nervios, arterias, venas y cosas semejantes; se sabe también que los
alimentos que comemos descienden al estómago y a las tripas, donde su jugo,
yendo al hígado y a todas las venas, se mezcla con la sangre que éstas
contienen, aumentando así la cantidad de la misma. Los que han oído hablar de
medicina, por poco que sea, saben además cómo está constituido el corazón y
cómo toda la sangre de las venas puede fácilmente circular de la vena cava al
lado derecho del corazón, y de aquí pasar al pulmón por el vaso que se llama
vena arterial, tornar luego del pulmón al lado izquierdo del corazón por el
vaso llamado arteria venosa, y pasar finalmente de aquí a la gran arteria,
cuyas ramificaciones se extienden por todo el cuerpo. Y todos los que no están
enteramente ciegos por la autoridad de los antiguos y que han querido abrir los
ojos para examinar la opinión de Hervaeus sobre la circulación de la sangre,
están convencidos de que todas las venas y las arterias del cuerpo son como
arroyos por donde corre la sangre continua y rápidamente, saliendo de la
cavidad derecha del corazón por la vena arterial, cuyas ramificaciones se
distribuyen por todo el pulmón y se unen a las de la arteria venosa, por la
cual pasa del pulmón al lado izquierdo del corazón; de aquí va luego a la
gran arteria, cuyas ramificaciones, esparcidas por todo el resto del cuerpo, se
unen a las ramificaciones de la vena que llevan la misma sangre a la cavidad
derecha del corazón; de suerte que estas dos cavidades son como esclusas por
cada una de las cuales pasa toda la sangre a cada vuelta que ésta da en el
cuerpo. Se sabe también que todos los movimientos de los miembros dependen de
los músculos, y que estos músculos están opuestos unos a otros, de tal suerte
que cuando uno de ellos se contrae, tira hacia sí la parte del cuerpo a que va
unido, lo cual hace distenderse al mismo tiempo el músculo opuesto; luego, si
este último se contrae, hace que el otro se distienda y atraiga hacia sí la
parte a que ambos están unidos. Se sabe, asimismo, que todos estos movimientos
de los músculos, lo mismo que todos los sentidos, dependen de los nervios, que
son como unas cuerdecitas o como unos tubitos que salen, todos, del cerebro, y
contienen, como éste, cierto aire o viento muy sutil que se llama los espíritus
animales.
Art. 8. Cuál es
el principio de todas estas funciones
Pero
no es corriente saber de qué manera contribuyen estos espíritus animales y
estos nervios a los movimientos y a los sentidos; por eso, aunque ya me he
referido un poco a esta cuestión en otros escritos, he de decir aquí
sucintamente que, mientras vivimos, hay un calor continuo en nuestro corazón,
que es una especie de fuego mantenido en él por la sangre de las venas, y que
este fuego es el principio corporal de todos los movimientos de nuestros
miembros.
Art.
9. Cómo se produce el movimiento del corazón
Su
primer efecto es que dilata la sangre de que están llenas las cavidades del
corazón, y esto determina que, impelida por la necesidad de buscar mayor
espacio, pase con impetuosidad de la cavidad derecha a la vena arterial, y de la
izquierda a la gran arteria; luego, al cesar esa dilatación, entra
inmediatamente nueva sangre de la vena cava a la cavidad derecha del corazón, y
de la arteria venosa a la izquierda; pues hay a la entrada de estos cuatro vasos
unas membranitas dispuestas de tal modo que la sangre no puede entrar en el
corazón sino por las dos últimas, ni salir más que por las otras dos. La
sangre nueva entra en el corazón y se rarifica inmediatamente, de la misma
manera que la precedente; y sólo en esto consiste el pulso o latido del corazón
y de las arterias; de suerte que este latido se reitera tantas veces como entra
sangre nueva en el corazón. Esta es también la única causa que da a la sangre
su movimiento y hace que circule sin cesar muy rápidamente por todas las
arterias y las venas, llevando así el calor que quiere en el corazón a todas
las demás partes del cuerpo y les sirve de alimento.
Art. 10. Cómo se producen en el cerebro los espíritus
animales
Pero lo más considerable que hay en esto es que todas las
partes más vivas y más sutiles de la sangre que el calor ha rarificado en el corazón entran continuamente en gran
cantidad en las cavidades del cerebro. Y la razón por la cual van a parar a él
antes que a ningún otro lugar es que la sangre que sale del corazón por la
gran arteria se dirige en línea recta hacia el cerebro, y que, no pudiendo
entrar toda en él, debido a que no hay más que unos pasos
estrechos, entran sólo las partes más agitadas y más sutiles, mientras
que el resto va a todos los demás lugares del cuerpo. Ahora bien, estas partes
muy sutiles de la sangre componen los espíritus animales, y para ello no
necesitan recibir ningún otro cambio en el cerebro, sino que en él quedan
separadas de las demás partes de la sangre menos sutiles; pues lo que aquí
llamo espíritus no son sino cuerpos, y no tienen otra propiedad que la de ser
cuerpos muy pequeños y que se mueven muy rápidamente, como las partes de la
llama que sale de una antorcha; de suerte que no se detienen en ningún
sitio y, a medida que algunos de ellos entran en la cavidad del cerebro, salen
también algunos otros por los poros que hay en su sustancia, los cuales los
conducen a los nervios, y de aquí a los músculos, lo que les permite mover el
cuerpo de todas las diversas maneras como puede ser movido.
Art.
11. Cómo se producen los movimientos de los músculos
Pues
la única causa de todos los movimientos de los miembros es que algunos músculos
se contraen y que sus opuestos se dilatan, como hemos dicho ya; y la única
causa que hace que un músculo se contraiga antes que su opuesto es que van
hacia el primero más espíritus del cerebro que hacia el otro. No es que los
espíritus que proceden inmediatamente del cerebro basten para mover ellos solos
estos músculos, sino que determinan a los otros espíritus que están ya en los
músculos a salir con gran rapidez de uno de ellos y a pasar al otro, con 1º
cual aquel de donde salen se estira y se afloja, y aquel otro
en el que entran, rápidamente inflado por
ellos, se contrae y tira del miembro al que va unido. Lo cual es fácil
de concebir, con tal de saber que hay muy pocos espíritus animales que vayan
continuamente del cerebro a cada músculo, pero que hay siempre otros muchos
encerrados en el mismo músculo que se mueve en él muy rápidamente, a veces
girando sólo en el lugar donde están, a saber, cuando no encuentran pasos
abiertos para, salir, y a veces pasando al músculo opuesto, pues en cada uno de
estos músculos hay pequeños orificios por donde 1os espíritus pueden pasar de
uno a otro, y están dispuestos d tal modo que, cuando los espíritus que van
del cerebro hacia uno de esos músculos tienen más fuerza que los que van al
otro, por pequeña que sea la diferencia, abren todas la entradas por donde los
espíritus del otro músculo pueden pasar a éste, y cierran al mismo tiempo
todas aquellas por donde los espíritus
de éste pueden pasar al otro; mediante lo cual, todos los espíritus antes
contenidos en estos do músculos se juntan en uno de ellos muy rápidamente, y
de este modo lo inflan y lo
contraen, mientras que el otro se estira y se afloja.
Art. 12. Como actúan
los objetos exteriores sobre los órganos de los sentidos
Falta
saber aquí las causas por las cuales los espíritus no siempre van del cerebro
a los músculos de la misma manera y van a veces más hacia unos que hacia
otros. Pues, además de la acción del alma, que es verdaderamente en nosotros
una de esas causas, como explicaré luego, hay además otras dos que dependen sólo
del cuerpo, causas que es necesario señalar. La primera consiste en la
diversidad de los movimientos que son provocados en los órganos de los sentidos
por sus objetos, causa que ya he explicado con bastante amplitud en la Dióptrica; mas para que los que lean este escrito no tengan necesidad de
haber leído otros, repetiré aquí que en los nervios hay que considerar tres
cosas, a saber: su médula, o sustancia interior, que se extiende en forma de
hilitos desde el cerebro, donde nace, hasta los extremos de los otros miembros a
que están unidos esos hilos; luego las membranas que los rodean y que, siendo
contiguas a las que envuelven el cerebro, forman unos tubitos dentro de los
cuales están esos hilitos; por último, los espíritus animales, que,
conducidos por esos mismos tubos desde el cerebro hasta los músculos, hacen que
esos hilos permanezcan en ellos enteramente libres y extendidos de tal suerte
que la menor cosa que mueva la parte del cuerpo a la que va unido el extremo de
alguno de ellos hace mover por el mismo medio la parte del cerebro de donde
procede, de igual manera que cuando se tira de uno de los cabos de una cuerda se
mueve el otro.
Art. 13. Esta acción de los objetos exteriores puede conducir
de diversa manera los espíritus a los músculos
Y
he explicado en la Dióptrica cómo todos los objetos de la vista no se
comunican a nosotros de otro modo que moviendo localmente, por medio de los
cuerpos transparentes que hay entre ellos y nosotros, los hilillos de los
nervios ópticos que están en el fondo de nuestros ojos, y luego los lugares
del cerebro donde nacen esos nervios; que los mueven, digo, de tantas maneras
diferentes como diversidades en las cosas nos hacen ver, y que no son los
movimientos que se producen en el ojo, sino los que se producen en el cerebro
los que representan al alma esos objetos. Por este ejemplo es fácil concebir
que los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el dolor, el hambre, la sed
y en general todos los objetos, tanto de nuestros otros sentidos exteriores como
de nuestros apetitos interiores, provocan también en nuestros nervios algún
movimiento, que pasa por este medio al cerebro; y estos diversos movimientos del
cerebro, además de hacer ver a nuestra alma diversos sentimientos, pueden también
hacer sin ella que los espíritus se dirijan a ciertos músculos más bien que a
otros, y que muevan así nuestros miembros, lo que probaré aquí solamente con
un ejemplo. Si alguien dispara rápidamente
su mano contra nuestros ojos, como para pegamos, aunque sepamos que es nuestro
amigo, que sólo hace eso en broma y que se guardará muy bien de causamos mal
alguno, nos es sin embargo muy difícil no cerrarlos; lo que demuestra que no se
cierran por intervención de nuestra alma, puesto que ello ocurre contra nuestra
voluntad, la cual es su única o al menos su principal acción; sino que se
cierran porque la máquina de nuestro cuerpo está constituida de tal modo que
el movimiento de esa mano hacia nuestros ojos provoca otro movimiento en nuestro
cerebro, que conduce los espíritus animales a los músculos que hacen bajar los
párpados.
Art.
14. La diversidad que existe entre los espíritus puede también
diversificar su curso
La otra causa por la que los espíritus animales siguen
diferente curso en los músculos es la desigual agitación de estos espíritus y
la diversidad de sus partes. Pues cuando algunas de sus partes son más grandes
y más movibles que las otras, pasan antes en línea recta a las cavidades y a
los poros del cerebro, y por este medio son conducidas a otros músculos adonde
no lo serían si tuvieran menos fuerza.
Art.
15. Cuáles son las causas de su diversidad
Y
esta desigualdad puede proceder de las diversas materias de que están
constituidas, como se ve en los que han bebido mucho vino, que los vapores de
este vino, entrando rápidamente en la sangre, suben del corazón al cerebro,
donde se convierten en espíritus, los cuales, más fuertes y más abundantes
que los que en él se encuentran de ordinario, son capaces de mover el cuerpo de
varias extrañas maneras. Esta desigualdad de los espíritus puede también
proceder de las diversas disposiciones del corazón, del hígado, del estómago,
del bazo y de todas las demás partes que contribuyen a su producción; pues hay
que tener en cuenta principalmente aquí ciertos pequeños nervios insertos en
la base del corazón que sirven para dilatar y contraer los orificios de estas
concavidades, mediante lo cual la sangre, dilatándose en ellas más o menos,
produce espíritus diversamente dispuestos. Hay que observar también que,
aunque la sangre que entra en el corazón proviene de todos los demás lugares
del cuerpo, ocurre sin embargo muchas veces que es impulsada hacia él con más
fuerza de unas partes que de otras, porque los nervios y los músculos que
responden a las primeras la presionan o la agitan más, y porque, según la
diversidad de las partes de las que acude más sangre, se dilata de diferente
modo en el corazón, y luego produce espíritus que tienen cualidades
diferentes. Así, por ejemplo, la sangre que proviene de la parte inferior del hígado,
donde está la bilis, se dilata en el corazón de modo diferente que la que
procede del bazo, y ésta de manera distinta que la que proviene de las venas
del brazo o de las piernas, y, por último, ésta muy diferentemente que el jugo
de los alimentos cuando, al salir nuevamente del estómago y de los intestinos,
pasa rápidamente por el hígado hasta el corazón.
Art.
16. Cómo todos los miembros pueden ser movidos por los objetos
de los sentidos y por los espíritus sin ayuda del alma
Por
último, es preciso observar que la máquina de nuestro cuerpo esté compuesta
de tal modo que todos los cambios que ocurren en el movimiento de los espíritus
pueden determinar que abran algunos poros del cerebro más que los otros, y recíprocamente
que, cuando alguno de estos poros está más o menos abierto que de costumbre,
aunque sea poco, por la acción de los nervios que sirven a los sentidos, esto
cambia algo el movimiento de los espíritus, y hace que sean conducidos a los músculos
que sirven para mover el cuerpo como se mueve ordinariamente en circunstancia
tal; de suerte que todos los movimientos que realizamos sin que nuestra voluntad
intervenga en ello (como ocurre a menudo cuando respiramos, cuando andamos,
cuando comemos y, en fin, cuando ejecutamos todos los actos que nos son comunes
con los animales),o dependen más que de la conformación de nuestros miembros y
del curso que los espíritus, excitados por el calor del cuerpo, siguen
naturalmente en el cerebro, en los nervios y en los músculos, de la misma
manera que el movimiento de un reloj es producido únicamente por la fuerza de
su resorte v la forma de sus ruedas.
Art. 17. Cuáles son las funciones del alma
Una vez consideradas todas las funciones que pertenecen únicamente
al cuerpo, fácil es conocer que no queda en nosotros nada que debamos atribuir
a nuestra alma, aparte nuestros pensamientos, los cuales son principalmente de
dos géneros, a saber: unos son las acciones del alma, otros son sus pasiones.
Las que llamo sus acciones son todas nuestras voluntades, porque experimentamos
que provienen directamente de nuestra alma, y parecen no depender sino de ella;
como, por el contrario, se puede generalmente llamar sus pasiones a todas las
clases de percepciones o conocimientos que se encuentran en nosotros, porque
muchas veces no es nuestra alma la que las hace tales como son y porque siempre
las recibe de las cosas que son representadas por ellas.
Art.
18. De la voluntad
Nuestras voluntades son también de dos clases; pues unas son
acciones del alma que terminan en el alma misma, como cuando queremos amar a
Dios o generalmente aplicar nuestro pensamiento a algún objeto que no es
material; otras son acciones que terminan en nuestro cuerpo, como, por el simple
hecho de que tenemos la voluntad de pasearnos, nuestras piernas se mueven y
andamos.
Art.
19. De las percepciones
Nuestras percepciones son también de dos clases, y unas
tienen por causa el alma, otras el cuerpo. Las que tienen por causa el alma son
las percepciones de nuestras voluntades y de todas las imaginaciones u otros
pensamientos que de ella dependen; pues es indudable que no podríamos querer
ninguna cosa que no percibiéramos por el mismo medio que la queremos; y aunque,
con respecto a nuestra alma, querer algo sea una acción, puede decirse que, en
ella, percibir que quiere es también una pasión; no obstante, como esta
percepción y esta voluntad no son en realidad más que una misma cosa, la
denominación se hace siempre por lo que es más noble, y por eso no se
acostumbra llamarla una pasión, sino sólo una acción.
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Art.
27. Definición de las pasiones del alma
Después de haber considerado en qué difieren las pasiones
del alma de todos los demás pensamientos de la misma, creo que se puede en
general definirlas como percepciones, o los sentimientos, o las emociones del
alma, que se refieren particularmente a ella, y que son causadas, sostenidas y
fortificadas por algún movimiento de los espíritus.
Art. 28. Explicación de la primera parte de esta definición
Podemos llamarlas percepciones cuando empleamos en general
esta palabra para designar todos los pensamientos que no son acciones del alma o
w>luntades, pero no cuando la usamos solamente para designar conocimientos
evidentes; pues la experiencia demuestra que no son los más agitados por sus
pasiones los que mejor las conocen, y que éstas figuran entre las percepciones
que la estrecha alianza que existe entre el alma y el cuerpo hace confusas y
oscuras. Podemos también llamarlas sentimientos, porque son recibidas en el
alma de la misma manera que los objetos de los sentidos exteriores, y el alma no
las conoce de otro modo; pero podemos mejor aún llamarlas emociones del alma,
no sólo porque este nombre puede ser dado a todos los cambios que ocurren en
ella, o sea a todos los diversos pensamientos que le llegan, sino
particularmente porque, de todas las clases de pensamientos que el alma puede
tener, ninguno la agita y la conmueve tan fuertemente como estas pasiones.
Art.29.
Explicación de la otra parte
Añado que se refieren particularmente al alma, para
distinguirlas de los otros sentimientos que se refieren, unos a los objetos
exteriores, como los olores, los sonidos, los colores; otros a nuestro cuerpo,
como el hambre, la sed, el dolor. Añado también que son causadas, sostenidas y
reforzadas por algún movimiento de los espíritus, a fin de distinguirlas de
nuestras voluntades, que podemos llamar emociones del alma que se refieren a
ella, pero que son causadas por ella misma, y también a fin de explicar su última
y más próxima causa, que las distingue también de los otros sentimientos.
Art.
30.El alma está unida a todas las partes del cuerpo conjuntamente
Pero para entender más perfectamente todas estas cosas, hay
que saber que el alma está verdaderamente unida a todo el cuerpo, y que no se
puede propiamente decir que esté en alguna de sus partes con exclusión de las
demás, porque es uno y en cierto modo indivisible, en razón de la disposición
de sus órganos, de tal modo relacionados entre sí que, cuando uno de ellos es
suprimido, ello hace defectuoso todo el cuerpo; y porque el alma es de una
naturaleza que no tiene relación alguna con la extensión ni con las
dimensiones o con las propiedades de la materia de que el cuerpo se compone,
sino solamente con todo el conjunto de sus órganos, como resulta del hecho de
que no se podría en modo alguno concebir la mitad o la tercera parte de un alma
ni qué extensión ocupa, y de que no deviene más pequeña si se mutila alguna
parte del cuerpo, sino que se separa enteramente de él cuando se disuelve el
conjunto de sus órganos.
Art.
31. Hay en el cerebro una pequeña glándula en la que el alma ejerce sus
funciones más particularmente que en las demás partes
Es
preciso saber también que, aunque el alma esté unida a todo el cuerpo, hay sin
embargo en él alguna parte en la cual ejerce sus funciones más particularmente
que en todas las demás; y se cree generalmente que esta parte es el cerebro, o
acaso el corazón: el cerebro, porque con él se relacionan los órganos de los
sentidos, y el corazón porque parece como si en él se sintieran las pasiones.
Mas examinando la cosa con cuidado, paréceme haber reconocido evidentemente que
la parte del cuerpo en la que e alma ejerce inmediatamente sus funciones no es
en modo alguno el corazón, ni tampoco todo el cerebro, sino sola mente la más
interior de sus partes, que es cierta glándula muy pequeña, situada en el
centro de su sustancia y de tal modo suspendida sobre el conducto por el cual se
comunican los espíritus de sus cavidades anteriores con los de la posterior,
que los menores movimientos que se producen en ésta tienen un gran poder para
cambiar el curso de estos espíritus, y recíprocamente, los menores cambios que
s producen en el curso de los espíritus lo tienen igualmente para variar los
movimientos de esta glándula
Art. 32. Cómo se conoce que esta glándula es la principal
sede del alma
La
razón que me convence de que el alma no puede tener en todo el cuerpo ningún
otro lugar que esta glándula donde ejerce inmediatamente sus funciones, es que
considero que las otras partes de nuestro cerebro son todas dobles, de la misma
manera que tenemos dos ojos, dos manos, dos oídos, y todos los órganos de
nuestros sentidos son dobles; y que, puesto que no tenemos más que un único y
simple pensamiento de una misma cosa al mismo tiempo, por fuerza ha de haber algún
lugar donde las dos imágenes que vienen por los dos ojos, o las otras dos
impresiones que vienen de un solo objeto por los dobles órganos de los otros
sentidos se puedan juntar en una antes de llegar al alma, a fin de que no le
representen dos objetos en lugar de uno; y se puede concebir fácilmente que
estas imágenes u otras impresiones se juntan en esta glándula por medio de los
espíritus que llenan las cavidades del cerebro, pero no hay en el cuerpo ningún
otro lugar donde puedan unirse así, sino después de haberse unido en esta glándula.
Art.
33. Las pasiones no residen en el corazón
En cuanto a la opinión de los que piensan que el alma recibe
sus pasiones en el corazón, no es nada consistente, pues se funda sólo en que
las pasiones hacen sentir en él alguna alteración; y es fácil observar que
esta alteración únicamente se siente como en el corazón por medio de un pequeño
nervio que baja del cerebro a él, así como el dolor se siente como en el pie
por medio de los nervios del pie, y los astros los percibimos como en el cielo
por medio de su luz y de los nervios ópticos: de suerte que no es necesario que
nuestra alma ejerza inmediatamente sus funciones en el corazón para sentir en
él sus pasiones, como no lo es que el alma esté en el cielo para ver en él
los astros.
Art.
34. Cómo obran una contra otro el alma y el cuerpo
Concebimos,
pues, que el alma tiene su sede principal en la pequeña glándula que está en
medio del cerebro, de donde irradia a todo el resto del cuerpo por medio de los
espíritus, de los nervios y hasta de la sangre, que, participando de las
impresiones de los espíritus, las puede llevar por las arterias a todos los
miembros; y recordando lo dicho antes sobre la máquina de nuestro cuerpo, es
decir, que los hilillos de nuestros nervios están de tal modo distribuidos en
todas sus partes que, en los diversos movimientos que en ellos provocan los
objetos sensibles, abren diversamente los poros del cerebro, y esto hace que los
espíritus animales contenidos en esas cavidades entren diversamente en los músculos,
mediante lo cual pueden mover los miembros de todas las diferentes maneras como
éstos pueden ser movidos, y también que todas las demás causas que pueden de
diversas maneras mover los espíritus bastan para conducirlos a diversos músculos,
añadamos aquí que la pequeña glándula que es la sede principal del alma está
de tal modo suspendida entre las cavidades que contienen estos espíritus, que
puede ser movida por ellos de tantas maneras diferentes como diferencias
sensibles hay en los objetos; pero que puede también ser diversamente movida
por el alma, la cual es de tal naturaleza que recibe tantas diferentes
percepciones como diversos movimientos se producen en esta glándula; y recíprocamente,
la máquina del cuerpo está constituida de tal modo que, por el simple hecho de
que esta glándula es diversamente movida por el alma o por cualquier otra causa
que pueda serlo, impulsa los espíritus que la rodean hacia los poros del
cerebro, que los conducen por los nervios a los músculos, mediante lo cual les
hace mover los miembros.
Art.
35. Ejemplo de la manera como las impresiones de los objetos se
unen en la glándula que está en medio del cerebro
Así,
por ejemplo, si vemos un animal venir hacia nosotros, la luz refleja de su
cuerpo pinta dos imágenes del mismo, una en cada uno de nuestros ojos, y estas
dos imágenes forman otras dos, por medio de los nervios ópticos, en la
superficie interior del cerebro correspondiente a esas cavidades; luego, de aquí,
por medio de los espíritus que llenan esas cavidades, las imágenes irradian de
tal suerte hacia la pequeña glándula rodeada por esos espíritus, que el
movimiento que compone cada punto de una de las imágenes tiende el movimiento
que forma el punto de la otra imagen, la cual representa la misma parte del
animal, y así, las dos imágenes que están en el cerebro componen un sola en
la glándula, que, actuando inmediatamente contra el alma, le hace ver la figura
del animal.
Art. 36. Ejemplo
de cómo se producen las pasiones en el alma
Y, además de esto, si esta figura es muy extraña y muy
espantosa, es decir, si tiene mucha relación con las cosas que han sido antes
nocivas al cuerpo, ello provoca en el alma la pasión del temor, y luego la del
valor, o bien la del miedo y del terror, según los diferentes temperamentos del
cuerpo o la fuerza del alma, y según que antes nos hayamos preservado mediante
la huida o mediante la defensa contra las cosas nocivas con las que tiene relación
la impresión presente; pues esto dispone de tal modo el cerebro en algunos
hombres, que los espíritus reflejos de la imagen así formada en la glándula
van de ésta a manifestarse, parte en los nervios que sirven para volver la
espalda o mover las piernas para huir, y parte en los que dilatan o contraen de
tal modo los orificios del corazón, o bien que agitan de tal suerte las otras
partes de donde le llega la sangre, que, rarificada esta sangre de modo
inhabitual, envía al cerebro espíritus propios para mantener e intensificar la
pasión del miedo, es decir, propios para mantener abiertos o abrir de nuevo
los poros del cerebro que los conducen a los mismos nervios; pues estos
espíritus, sólo con entrar en dichos poros, provocan un movimiento particular
en esa glándula, la cual está creada por la naturaleza para hacer sentir al
alma tal pasión; y como estos poros se relacionan principalmente con los pequeños
nervios que sirven para achicar o agrandar los orificios del corazón, esto hace
que el alma la sienta principalmente como en el corazón.