DE LA CIENCIA A LA SABIDURÍA

                                                                                Por Víctor Massuh

                                                               Para La Nación (Domingo 4 de Junio de 2000, Sección 6 Cultura)

 

Ante una audiencia de calificados científicos no necesito hacer el elo­gio de los avances de la ciencia en nuestros días. Pero en esta oportunidad deseo llamar la atención sobre el hecho de que uno de los progresos mayo­res que hoy se espera de la ciencia es el que conduce hacia la sabidu­ría. Es decir, hacia un conocimien­to que, sin dejar de ser riguroso, se complete con algo más: la sensibi­lidad humana, la apertura al otro, a otras disciplinas, la ética, el arte, las letras, la vivencia religiosa. Es decir, abrirse hacia lo que no per­tenece a los predios tradicionales de la ciencia, aquello que florece en sus márgenes pero que, llegado el momento, contribuye a completarla. La ciencia, en este caso, vendría a ser el camino a la sabiduría.

 

1. Deseo referirme a un hecho en apariencia paradójico. Hoy en día la ciencia vive su etapa de máximo poder y prestigio. Pero al mismo tiempo se ve sacudida por una preo­cupada conciencia de sus propios límites. En la Conferencia Mundial de la Ciencia reunida por la UNESCO en Budapest, junio de 1999, tu­vo un énfasis inesperado la cues­tión siguiente: ¿en qué punto el científico considera que debería detener una investigación? Se dijo que la ciencia también es fiel a su naturaleza cuando se sustrae a la desmesura baconiana o fáustica de un saber ilimitado. Nuevamente es la prudencia --uno de los nombres de la sabiduría entre los clásicos griegos-- la que se propone reorien­tar su desarrollo. Esto se advierte con claridad en el examen de los te­mas de la bioética y el genoma hu­mano. En tales casos, la ciencia hoy sale de sí misma con el propósito de seguir siendo ciencia.

 

2. Hace décadas, en los momen­tos fundacionales de la física nuclear, también se hicieron hallazgos específicamente científicos estimulados por intuiciones éticas, estéticas o religiosas. Un examen cuidadoso de la vida y la obra de aquellos grandes protagonistas (Einstein, Eddington, Schroedinger, Max Planck, Heisenberg, Niels Bonr, Prigogyne, entre otros) lleva a constatar la fuerza que en ellos tuvo el sentimiento de lo be­llo y lo sagrado. A su modo, echa­ban las bases de una reflexión metafísica justo en el momento en que los filósofos la abandonaban porque consideraban de buen tono imitar a la ciencia.

Creo que hoy las circunstancias son propicias para que se legitime otra vez un diálogo de mutuo enri­quecimiento entre la ciencia y lo que está fuera de ella. En la actua­lidad un hallazgo sobre la composi­ción de la materia importa también para una comprensión de los dinamismos de la psiquis. Una teoría sobre el caos o el desequilibrio en física molecular puede ayudar a esclarecer un comportamiento histórico. Una búsqueda en el orden de lo infinitamente pequeño contri­buye a develar la estructura de lo infinitamente grande. ¿Qué significa esto? Que la ciencia fecunda campos ajenos: esconde una di­mensión que la lleva a la sabiduría y, a través de este rodeo, ella es más ciencia. Por supuesto, esto se alcanza cuando supera sus miras estrechas, su dogmatismo. Toda vez que la ciencia delira cae en el cientificismo.

 

3. Defino la sabiduría como un saber donde la verdad, el bien, la belleza y lo sagrado procuran inte­grar sus respuestas en un conjun­to coherente y un estilo de vida. La ciencia no es lo opuesto a la sabi­duría sino que ésta es su consuma­ción. Creo que no habría dificul­tad en sostener que, en su aspira­ción a la verdad, el conocimiento científico se abre no sólo a la experimentación sino también a la experiencia humana. De esta manera el conocimiento seria una in­novación que halla puntos comu­nes con la tradición, sería una cer­teza que hace de la duda una con­fidente a la que pide consejos. Me atrevería a decir que la sabiduría es la continuidad aventurera de la ciencia: traza planes imaginarios de lo que vendrá, siente como contemporáneas a las futuras genera­ciones. Se codea con la utopía pe­ro no participa de su borrachera cuando esta última imagina mun­dos sin los eternos visitantes sombríos del mundo: la enfermedad, la injusticia, el sufrimiento, el mal y la muerte. De donde se infiere que la sabiduría es el antídoto de la utopía porque intenta una viable convivencia con aquellas figuras de lo irremediable.

La ciencia, se sabe, une las abstracciones de la teoría con los im­perativos de la verificación empíri­ca: enfrenta problemas. La sabidu­ría prolonga esta actitud pero los convierte en enigmas que hieren la piel y, con frecuencia, quedan sin respuestas. En tales casos la sabiduría tiene la virtud de enseñarnos a convivir con lo irresuelto como un dato insoslayable de la imper­fección humana.

 

4. No es extraño que la sabidu­ría procure alertar contra la idolatría de la técnica convertida en hija predilecta de la ciencia. Sin duda que la tecnociencia cambia el mundo, pero es difícil asegurar que le da una dirección a ese cam­bio. En lo substancial ella es sólo un instrumento que se mejora a sí mismo, se vuelve más veloz que la mente, más eficaz, más pequeño, de menor costo. Pero no deja de ser un instrumento, un útil que se perfec­ciona para conver­tirse rápidamente en inútil.

La tecnociencia es expansiva, se mezcla con la na­turaleza y con lo humano, cautiva a la misma cien­cia que la creó. No es raro que la ciencia ceda a la coerción de instrumentos omnipotentes que termi­nen trazando los senderos de la in­vestigación.

Me apresuro a reconocer que los resultados de la tecnociencia son maravillosos y nadie osaría negar sus aportes al mejoramiento del contorno social. Pero tiene un cos­tado inquietante: implica un cam­bio incesante, una innovación que no se detiene, una sustitución de objetos que caducan sin haber en­vejecido, el vértigo de un movi­miento que tiende a independizar­se no sólo de la ciencia sino sobre todo de la sabiduría, es decir, de esas cuatro metas que la constitu­yen: la verdad, el bien, la belleza y lo sagrado. En tales casos el medio tiende a volverse un fin. El instru­mento se vuelve un ícono que es ob­jeto de idolatría o fetichismo: for­mas falseadas de una genuina de­voción.

 

5. La tecnociencia se apoya en un dinamismo saludable: la innova­ción. En cambio la sabiduría recla­ma un entronque con la tradición, es decir, la conti­nuidad de lo valio­so realizado por la criatura humana en el pasado. Se di­ría que siente el gusto de la repeti­ción. El sabio vuel­ve sin temor a lo arcaico cuando allí percibe una ju­ventud que no languidece. No apues­ta a lo nuevo sino a lo perdurable. Y si el sabio habla de innovación, no está pensando en romper con la tradición sino en incorporarse a ella.

Es cierto que al técnico le intere­sa menos el conocimiento que su aplicación. Aquí el técnico se aleja de la ciencia aunque no deje de aprovecharla porque necesita ali­mentarse de nuevos conocimientos para perfeccionar sus instrumen­tos. Quiere decir que la tecnociencia ahonda la brecha abierta entre el conocimiento científico y la lla­mada experiencia de la vida. Pues­to a elegir entre el conocimiento y la experiencia acumulada que profesionalmente deviene obsoleta, obviamente opta por el conocimiento porque es preciso, verifica­ble, rápido, actual; la experiencia de la vida es lenta, rezagada. El co­nocimiento es frescura, tiene la disponibilidad del olvido; la experien­cia es memoria, se enriquece con el paso de los años. El conocimiento es triunfalista, juvenil, levanta la bandera de lo nuevo; la experiencia es prudente, desengañada, trata de reunir sus semillas dispersas en un cultivo del atardecer al que precisa­mente llamamos sabiduría.

A pesar de las diferencias señaladas, considero que la ciencia está más cerca de la sabiduría que la técnica. Las dos primeras no se agotan

en un saber instrumental y, por otra parte, ambas han coincidido en hacer de la verdad una meta absoluta, un fin último. La ciencia y la sabiduría podrán dar una direc­ción a la tecnociencia, neutralizar su costado inquietante: la idolatría del instrumento y su mágica fasci­nación.

 

6.- Dije que ciencia y sabiduría convergen en la perspectiva de po­ner limites a la desmesura tecnológica. Pero esta convergencia tam­bién puede darse en el debate reactualizado por el posmodernismo filosófico en torno a las siguientes preguntas: ¿el principio de reali­dad reside en el fragmento o en la totalidad, en la partícula o en el or­ganismo, en la parte o en la estruc­tura, en el individuo o en el conjun­to? Tradicionalmente la ciencia se inclinaba por el primer término, la sabiduría por el segundo. Pero hoy sus lenguajes se aproximan en el sentido de recordar que nada en el ser humano es un fragmento. Por cualquier terreno que transitemos marcha con nosotros el horizonte de la totalidad. Sólo desde ella po­demos descender (o ascender) a la humilde partícula.

El fragmento no tiene rostro, tampoco conoce la solidaridad con otros fragmentos afines o complementarios, le es extraño constituir una red verdadera: el conjunto, la coherencia, la estructura. En el orden de lo humano no somos un pe­dazo inerte, una pieza, una parte suspendida en la nada de un olvi­do cósmico, una horfandad irreco­nocible, no. Somos la parte viva de un organismo, un conjunto, una tierra, un paisaje, un nosotros, una historia, una lengua, un mundo, un todo múltiple.

Tampoco somos un fragmento de tiempo, ni la coexistencia casual de sus tres instantes: pasado, presen­te, futuro. Nos constituyen esas tres dimensiones como una síntesis or­gánica. Se hiere una parte y queda afectado el conjunto. El tiempo no crece linealmente sino en expan­sión (de modo análogo al creci­miento del universo). Crecemos ha­cia atrás, hacia adelante, debajo y arriba del tiempo. En todo instan­te vivido con intensidad extrema, su onda expansiva lleva más lejos los limites del pasado y del futuro, los enriquece e ilumina. Cuando pensamos en nosotros mismos co­mo individuos o comunidad, muchas veces no caemos en la cuenta de que somos ciudadanos de todo-tiempo y que deberíamos asumir la contemporaneidad de sus momentos como el acceso a un nuevo y superior grado de conciencia.

 

7.- Me demoraré en el examen de esta idea del todo-tiempo porque va madurando en los entresijos de nuestra época como su rasgo más original. No habría que entenderla en el sentido religioso de una vivencia de lo intemporal sino en el que una simultaneidad actual de los distintos tiempos históricos.

Echemos una mirada sobre el pa­norama de la cultura contemporánea, desde las disciplinas teóricas hasta las letras, el arte, el cine y la moda. Su creatividad es exultante. Cualquiera sea el área donde se confronten sus ideas, estilos y ten­dencias, ellos poseen una variedad sorprendente, cuentan con sostenedores firmes que conviven en un pie de igualdad. Infinitas realizaciones del pasado que parecían olvidadas, hoy emergen con nueva vida. Críticas, comentarios, tesis universitarias de todo tipo, tonela­das de letra impresa y de material mediático, hacen su abigarrada co­secha en los campos del pasado científico, filosófico, artístico, literario y religioso. Todos estos conte­nidos de la memoria total constitu­yen el paisaje cotidiano del hombre de nuestros días.

Desde una perspectiva pesimista o decadente podría pensarse que la proliferación de investigaciones hoy desplegadas por todos los rin­cones de las más variadas culturas, es el dinamismo cancerígeno de una civilización enferma. Un exce­so de vida que haría pensar en la cercanía del desgaste, en la fragili­dad de la cultura, la corta vida de sus obras, su fácil sustitución, el acelerado envejecimiento. Esas obras se mostrarían perdurables y fruto de un formidable esfuerzo; pe­ro al mismo tiempo resultan perecederas porque las saca de escena un presente cada vez más volátil, tran­sitorio y desmemoriado. Esta vi­sión de la decadencia vendría a decirnos que la vida y la muerte se realimentan en un ciclo de olvido y renacimiento; ciclo cada vez más breve, es decir, más vertiginoso. Nos diría además algo atroz: que la disolución se anuncia a través de un exceso de vida.

Pero también podría pensarse lo contrario. Que esa misma flora­ción creativa es prueba de salud. El afán de penetrar en archivos olvi­dados, remover ruinas y detectar rastros de antiguos esplendores, dar la palabra a textos que duran­te siglos permanecieron mudos, a ideas que brillaron antaño como es­trellas, vienen a ser los síntomas de una anunciación, de una nueva vi­da. La misma ciencia médica ve cómo se entremezclan terapias diver­sas, arcaicas y modernas, muchas de ellas emergiendo de distintas épocas, niveles sociales y tradicio­nes exóticas. Todo ese esfuerzo no se hace para rescatar osamentas si­no la brasa de una verdad aun viva, el aliento de un alma olvidada, un heroísmo que quedó aplastado ba­jo el silencio de sus monumentos. En síntesis, se quiere resucitar el pasado del mundo y volcarlo sobre la vida presente.

 

8 .- Esta lectura me parece mucho más veraz que la versión pesimis­ta. La multitud de formas de la actualidad, más sus ventanas informativas y audiovisuales, nos obligan a convivir con la simultaneidad de lo diverso, de lo propio y lo ajeno, de lo que pasó al lado y en el otro extremo del mundo. Nuestro entorno es la historia del planeta, desde las primeras contracciones de la vida, la desaparición de los dinosaurios, las estructuras de las so­ciedades primitivas, la tradición de culturas distantes, los rastros de ciudades desaparecidas, la muerte y los genocidios, la lógica intuitiva de los mitos arcaicos confundiéndose con la razón discursiva, el mundo clásico enlazado con el mo­derno, las religiones que aparecen en escena mostrando sus virtudes y miserias, la lección del filósofo oc­cidental apoyándose en la sabidu­ría de un relato de la África recóndita.

La vestimenta multicolor de Arlequín, celebrada por el filósofo francés Michel Serres como símbolo de nuestra época, está presente en esa multiplicidad incesante de ideas e imágenes que ofrecen las publicaciones, libros, filmes, pro­gramas televisivos, exploraciones, viajes. Un lujo de colores y formas que implica un ensanchamiento de la mirada. El lector y el contemplador se siente hoy, acaso por vez primera, inmersos en la perspectiva de esa experiencia a la que me he referido; la de ser contemporáneos de todo-tiempo. No sólo del suyo propio, sino también del tiempo na­tural y cósmico. Con respecto a es­te último se ha recordado que el carbono de nuestro cuerpo nos vin­cula con la historia de las estrellas. Ellas serían nuestros verdaderos antepasados.

 

 

 

9. La marcha de la sabiduría con­temporánea necesita hacerse con la ayuda de una nueva cartografía que presente como simultáneas las riquezas del pasado del mundo. Anteriormente esa sabiduría acunaba sus versículos en textos sa­grados y filosofías venerables. Más tarde ella no pudo aislarse de la ciencia. Hoy también debe efec­tuar alianzas con la imaginación, el mito, la mística, la economía y la política. La vivencia de todo-tiempo requiere el concurso de una ra­zón que abandone la pureza abs­tracta de una reina que no gobier­na, esa soledad altiva que es una forma de la esterilidad y la sober­bia. La razón sabia bajará a las calles para oír el saber de los humildes, peregrinará en tierras vedadas por especialistas celosos, abri­rá bien los ojos para apresar el vue­lo de lo efímero así como no teme­rá seguir, llegado el caso, los llama­dos de la acción.

     ¡Formidable tarea es la forja de esta sabiduría que recupera su movimiento ágil saliendo al aire fresco de nuevos proyectos! La vivencia de todo-tiempo implica ir al encuentro de otras culturas, sangres, tradiciones, lenguas; es decir, llevar a buen término la experien­cia del mestizaje: esa aventura ma­yor en una época, como la nuestra, sobre la cual pesa la tentación de cerrar cada fragmento de humanidad en sí mismo. Frente a esta amenaza del miedo y del orgullo, es bueno que la razón sabia pro­yecte luces sobre el fecundo experimento del mestizaje físico y espi­ritual. Este encuentro con el otro diferente (genes, creencias, pasiones, estilos, ideas) no sólo es un ac­to de confianza en los secretos ta­lleres de la vida, sino también en el nacimiento de una identidad, la aparición de lo inédito, lo inespe­rado, un ensanchamiento del al­ma, una salida al espacio abierto, a un nuevo todo, a la simultánea diversidad del mundo.

 

10. Sin duda que esa tentativa es­piritual puede quedar incumplida. Incluso ya aparece desvirtuada en algunos mundialismos en boga que son más bien su caricatura. Si yo aludo a una sensibilidad planetaria, eso nada tiene que ver con la burda exaltación del apátrida como mode­lo del verdadero cosmopolita. Tampo­co con el afán imperial de una par­te que quiere imponer al todo su propia imagen de la totalización. Creo firmemente, es cierto, en el ide­al de lo humano universal, pero los caminos que llevan a ello no son la repetición ni la uniformidad. En tal caso se trataría de una universali­dad falseada porque sacrifica la diversidad que le es intrínseca.

La vivencia de todo-tiempo es, para mí, la promesa mayor de nuestra época, es un espacio de la mente sobre el cual se hace posible fundar una morada cultural. Im-plica un doble movimiento: el ejercicio de una memoria total y el re­conocimiento de que los limites del yo pueden unirse con los del mundo.

Es cierto que frente a esta dimen­sión de la esperanza, miles de in­dicios recuerdan que la historia es tragedia. A la vista están la derro­ta, el exterminio, la frustración. Pero nada es fatal en el quehacer humano: otros miles apuntan a aquella meta deseable. Ellos indi­can que esa meta no es extraña a la voluntad ni a la fuerza del cora­zón. Se trata de una experiencia ex­trema sobre cuyo fundamento po­drá asentarse una sabiduría reno­vada que nos permita vivir esos va­lores sin los cuales la criatura hu­mana es apenas un cosa: me refie­ro a la verdad, el bien, la belleza y lo sagrado. Vivirlos muy de cerca, en la mayor inmediatez, en el cara a cara de todos los días y sin inter­mediarios.

 

Apuntes

 

.- A parir del siglo XIX, la ciencia fue creándose un espacio propio frente a la filosofía y la religión.

.- En los momentos fundacionales de la física nuclear, la cien­cia, a través de hombres como Einstein, Eddington, Schroedinger, Max Planck, Heisenberg, Niels Bohr, hizo grandes hallazgos estimulada por intuiciones éticas, estéticas   y religiosas.

.-No hay que confundir la ciencia  con su hija predilecta, la tecnociencia. Aquélla radicaliza la verdad, la última, el  instrumento; los medios y no los fines. La ciencia  posee un parentesco mayor con la sabiduría.

.- La tecnociencia cambia el mundo, pero es difícil asegurar que le dé un rumbo a ese cambio. Sólo la ciencia y la sabiduría podrán dar un sentido a ese cambio y neutralizar su costado inquietante: la idolatría del instrumento, la caída en la magia de su desmesura. En esta lucha contra la tentación fáustica la ciencia no deja de serlo cuando se impone  sus propios límites.

 

 

 

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