Epilogo

 

La ciencia en el banquillo de los acusados

 

En el panorama cultural y en el propio campo de la epistemología se advierten en la actualidad tesis adversas hacia la ciencia y sus aplicaciones, tanto desde el punto de vista político y sociológico como del filosófico, ámbito es­te último en el que se pretende a veces negar los valores que tradicionalmente se le han adjudicado a la ciencia en cuanto a su objetividad, su racionalidad o su per­tinencia para la construcción del conocimiento. Buena prueba de ello es el pensa­miento del segundo Feyerabend, que hemos tratado en el Capitulo 23. Dado que es­tas actitudes suelen ser difundidas por diversos medios masivos de comunicación, no podemos abandonar al lector sin analizarlas brevemente y exponer las razones por las cuales no las compartimos. Admitimos por tanto sin tapujos que, frente a la opinión escéptica de ciertos pensadores "innovadores" (y a la de otros que no me­recen siquiera el primer apelativo), preferimos sostener la tesis "reaccionaria" de quienes piensan que en la historia de la ciencia se advierte una marcha zigzagueante pero progresiva hacia resultados cognoscitivos y prácticos cada vez más confia­bles, de importancia crucial para la comprensión de la realidad natural, humana y social, y a la vez para el diseño de estrategias destinadas a actuar sobre ellas en be­neficio de nuestra especie.

Una serie de argumentos pretende "demitificar" el papel de la experiencia como controladora del conocimiento científico y pone por tanto en duda que tal instancia otorgue objetividad a la ciencia, es decir, la vuelva independiente de prejuicios y creencias subjetivas que puedan tener el investigador o su comunidad. En este libro hemos admitido el aspecto hipotético de las afirmaciones acerca de la experiencia, pero debemos señalar que, cuando se adoptan tales hipótesis y determinados discur­sos y conceptos basados en ellas, no todo lo que subsigue en materia metodológica es arbitrario y mera opinión. Admitimos en nuestra práctica y en nuestras acciones ciertos modos de discurso y de dividir el continuo de la realidad en objetos y acon­tecimientos. Es indudable que determinada manera de ver la realidad quedaría auto­máticamente eliminada aun por el mero hecho de que biológicamente no nos resulta­da útil. Se diga lo que se quiera acerca de la naturaleza de nuestros conceptos, no es lo mismo conceptuar un león como un animal peligroso del cual conviene huir que decir que estamos viendo un continuo de formas pictóricas, una emoción expresada visualmente o alguna otra forma teórica o conceptual de captar la experiencia. De al­gún modo la realidad "hace presión" sobre nosotros a través de los hechos que nos permiten establecer relaciones con ella. Por consiguiente la experiencia no es arbitra­ria: nos permite adoptar una base empírica; luego se verá si ésta es adecuada o no.

Estamos convencidos de que han sido la experiencia, la observación y la prácti­ca las que han eliminado, a lo largo de la historia, una gran cantidad de hipótesis y teorías inadecuadas, erróneas e incluso tontas, y que, de no ser por el control em­pírico, hubieran permanecido como prejuicios o meras creencias infundadas. Una vez adoptada razonablemente una base empírica, los hechos y sucesos que ella in- [399] volucra actúan de una manera sui generis para dar sustento a ciertas teorías en de­trimento de otras. Para Leucipo y Demócrito la creencia en los átomos bien pudo haber sido una opinión sobre la realidad, pero actualmente, después de casi dos si­glos de teoría atómica, desde Dalton, pasando por Niels Böhr, la aparición de la me­cánica cuántica, la invención de instrumentos como las cámaras de niebla y otras técnicas de detección de partículas elementales, ya no se puede afirmar que el atomismo sea una simple visión subjetiva o un prejuicio filosófico. No creemos, por tan­to, que las objeciones al valor probatorio de la experiencia tengan entidad suficien­te para negar la objetividad de la ciencia.

Una problemática algo distinta de la anterior surge de preguntarse si la ciencia posee objetividad o es meramente el resultado de la actividad subjetiva del sujeto cognoscente. No cabe duda de que el aparato lingüístico y de pensamiento del que disponemos interviene decisivamente en la construcción del conocimiento a través de conceptos y teorías. No somos partidarios de una concepción de la epistemología se­gún la cual el conocimiento científico es un mero reflejo o resultante del modo en que los objetos reales actúan sobre nosotros. Adherirnos a la idea de Piaget de que en la construcción del conocimiento intervienen tres dimensiones concurrentes: la ac­tividad del sujeto, los propios objetos y las estructuras reconocibles por el primero. Es muy probable, por tanto, que haya como consecuencia elementos ineliminables que no provienen de los objetos. El conocimiento científico no es por tanto objetivo en un sentido ingenuo, sino que deriva de una conjunción de actividades que corres­ponden al sujeto con otras que la realidad impone. Pero esto no significa que cual­quier estructura o cualquier actividad del sujeto puedan adaptarse a la naturaleza de los objetos o de la realidad en estudio; por el contrario, ciertos conceptos y teorías se muestran inadecuados y van a parar definitivamente al desván de los recuerdos. Por consiguiente, la objetividad de la ciencia se pone de manifiesto en esta capaci­dad eliminatoria del método científico y no en los ingenuos reflejos de la realidad en nuestras concepciones. Las estructuras que finalmente adoptamos para la construc­ción del conocimiento no son antojadizas, y se comprende que en algún sentido son isomorfas con las reales o al menos aproximadamente representativas de ellas. Tam­bién es cierto que determinadas actividades del sujeto son inapropiadas, pues, por ejemplo, teorizar es una actividad más fructífera para la construcción del conocimien­to que rezar, hacer exorcismos o practicar meditación trascendental. La objetividad de la ciencia, tal como se la entiende actualmente, radica en utilizar el método científico, con sus características estructurales y sus limitaciones. Ello es lo que impide que la ciencia se transforme en mera opinión, en igualdad de condiciones con opiniones emanadas de otro tipo de fuentes, y por tal razón no podemos acompañar el relativismo de Feyerabend o el de ciertos pensadores como Rorty. Creemos, por el contrario, que existen en el método científico algunos ingredientes que garantizan la objetividad de la ciencia.

Sin que se lo haya esgrimido explícitamente como argumento en contra de la ob­jetividad científica, existe un punto de vista convencionalista a propósito de las teorías (mencionado en el Capítulo 18) según el cual las afirmaciones científicas no tie­nen capacidad informativa, ya que serían meras convenciones acerca de cómo "con­viene hablar" de la experiencia. Las leyes científicas serían, de un modo un tanto [ 4OO ] oculto, definiciones para discurrir acerca del mundo y, de ser así, no tendría senti­do preguntarse por la verdad o la adecuación de un conocimiento. Creemos que de nuestra descripción del método científico se desprende que este punto de vista no puede ser adoptado de manera total. Popper no lo acepta y trata al convencionalis­mo como a una especie de bestia peligrosa que amenaza a quienes contemplan a la ciencia con un espíritu iluminista y ven en ella un modo de acceder a la realidad. Hay que reconocer, sin embargo, que cierto aspecto convencionalista existe en la ciencia. Hemos visto que es posible describir la realidad según teorías alternativas y puede ocurrir que, durante cierto tiempo, no se logre producir una situación de ex­periencia crucial que permita adoptar una teoría en lugar de otra. Más aún, pueden coexistir teorías que, si bien tienen igual capacidad explicativa y predictiva, no estén compuestas por los mismos principios. Ante esta situación, que suele llamarse “subdeterminación de teorías por la experiencia", el que se adopte una teoría y no otra introduce un elemento convencional. Pero en la mayoría de los casos en que se pre­sentan teorías rivales la experiencia y la práctica permiten eliminar una de ellas, lo cual nos obliga a escoger la teoría alternativa. Cuando esto ocurre, la permanencia de la teoría sobreviviente en el campo científico no es asunto de convención, sino que re­sulta del modo en que la realidad y la experiencia han presionado sobre nuestras concepciones. Afirmar como argumento implícito en contra de la ciencia que ésta no ofrece conocimiento sino meros “modos de hablar" no se corresponde con su verda­dera naturaleza: el convencionalismo, entendido como posición epistemológica abso­luta y escéptica, parece insostenible.

Nuestra tesis acerca de que la ciencia no es mera opinión sino que se fundamen­ta en una metodología que le otorga objetividad nos permite afirmar, además, que el pensamiento científico posee racionalidad. El empleo metódico de estructuras lógicas, la actividad del científico sobre la base de ciertos procedimientos (no cualesquie­ra) y el respeto a la experiencia como piedra de toque para sostener ciertas afirma­ciones, separa el conocimiento científico, expresado por medio de teorías, de las creencias o visiones del mundo a las que pudiésemos adherir por razones estéticas, religiosas o ideológicas. De tal modo, la objetividad de la ciencia es, en cierto senti­do, una definición de su racionalidad, un valioso ingrediente quizá responsable de que, pese a las opiniones de Kuhn y Feyerabend, se pueda hablar todavía de que en la historia ha habido progreso del conocimiento.

Ya hemos dicho que la ciencia no renuncia a la utilización del lenguaje ordinario, de donde resulta la objeción de que, dada la ineliminable vaguedad e imprecisión de éste, no podría hablarse de "nitidez" en materia de teorías científicas; éstas tendrían, por consiguiente, una capacidad sólo aproximada como descripción del universo. Es posible que haya un grano de verdad en el argumento, pero en modo alguno se lo puede utilizar para negar las pretensiones cognoscitivas de la ciencia. Es inherente al método científico el decidir los límites y alcances de las hipótesis que se utilizan. Cuando se hipotetiza, generalmente se describe un fenómeno "macro", que va más allá de las imprecisiones de tamaño que pudiesen estar presentes en nuestro lengua­je; en otros casos, la teoría de errores ofrece una acotación confiable a lo que afir­man las leyes científicas. Por otra parte, cuando el lenguaje resulta demasiado vago, es posible construir modelos aproximativos, rigurosos y nítidos, con el auxilio de la [ 401] lógica y de la matemática. En estos modelos la imprecisión no existe y se los utilizarán solamente en tanto el número de explicaciones y predicciones obtenidos con ellos sea lo suficientemente interesante como para conservarlos. Además, como ya lo hemos señalado a propósito del psicoanálisis, cuando la vaguedad y la polisemia atenten contra la eficacia de una teoría, ésta podrá ser reemplazada por otras cada vez más rigurosas, con términos teóricos cuyo poder semántico será más adecuado que el del lenguaje ordinario.

Se sostiene a veces que en el discurso científico y en la construcción de teorías hay presupuestos valorativos o ideológicos ocultos, como consecuencia de lo cual quien los adopte queda inhibido para cierto tipo de comprensión de la realidad. De ser así, podríamos clasificar a las teorías científicas en "progresistas" y "reaccionarias". Estas últimas serian aquellas que, en virtud de los conceptos que utilizan y de las hipótesis que ofrecen, obligan a quienes las adoptan e implementan acciones con ellas a seguir direcciones ideológicamente prefijadas, porque no son capaces, con ese instrumento, de concebir, comprender y captar aspectos de la "verdadera" realidad, que tales teorías ocultan. Sería necesario, por tanto, en el examen del contexto de descubrimiento, poner en evidencia los aspectos ideológicos y políticos que llevan a un investigador o a una comunidad a adoptar una teoría y no otra. De otro modo podría ocurrir, por ejemplo, que en la investigación científica se empleasen teorías de tal o cual sesgo ideológico indeseable, destinadas a ocultar aspectos del funciona­miento de nuestra sociedad en favor de los intereses de ciertos sectores, grupos o clases. Discutiremos esta tesis desde dos puntos de vista.

En primer lugar, aunque hubiese conexiones entre aspectos valorativos e ideológicos, por un lado, y la elección de teorías científicas, por otro, el método científico ofrece criterios para analizar y criticar una teoría como aportadora de conocimiento que son independientes de los factores ideológicos que la teoría pudiese contener. Curiosamente, cuando se niega la afirmación anterior y se sostiene en cambio que de­trás de toda teoría hay una posición ideológica, suele ocurrir que la ideología que se critica no es la ideología del crítico. Esta tesis ha servido muchas veces para dar lugar a los episodios más lamentables de persecución y de inhibición del desarrollo de la ciencia, y que serían, hablando al modo de Bachelard, verdaderos obstáculos epistemológicos. A Galileo se lo condenó porque la hipótesis del movimiento de la Tierra era "absurda y falsa filosóficamente, y errónea en la fe", lo cual presupone la existencia de criterios doctrinales por los cuales se puede reconocer que una teoría científica no es meramente falsa o inadecuada, sino que contradice "verdades ab­solutas', filosóficas y teológicas, que deben ser defendidas a toda costa en beneficio de la humanidad y en detrimento de la innovación. Según los antidarwinistas, la teoría de Darwin sería éticamente perjudicial porque nos llevaría a una concepción "ani­mal" de la naturaleza humana, que niega u oculta sus aspectos divinos y espirituales. Estos ejemplos históricos podrían multiplicarse. Sócrates fue condenado a muerte pues sus opiniones filosóficas habrían corrompido a la juventud griega y difundido el ateísmo. El propio Aristóteles, uno de los fundadores del espíritu científico y él mismo investigador relevante, contribuyó a deformar y ocultar las teorías atomistas de su época, pues una admisión de un universo formado por átomos y vacío seria in­compatible con los aspectos éticos y espirituales del ser humano. Curiosamente, él [ 4O2 ] mismo debió huir de Atenas un año antes de su muerte ante el temor (así lo afirma) de sufrir el mismo destino de Sócrates. La astrónoma Hipatía, seguidora de la filosofía “pagana” griega, fue asesinada en el siglo V por los seguidores del arzobispo San Cirilo de Alejandría en nombre del cristianismo. ¿Y qué decir de la actualidad? En la ex Unión Soviética, la persecución al biólogo Vavilov (que murió en un campo de concentración) por sostener la genética "occidental" en detrimento de la de Lysenko se fundamentó en una tesis ideológica: aquélla impediría el desarrollo del conoci­miento de acuerdo con los cánones del pensamiento materialista dialéctico oficial. Por razones similares se trató de impedir allí el desarrollo de la lógica moderna, de la mecánica cuántica y de la informática, lo cual, dicho sea de paso, retrasó en un principio el desarrollo soviético en esta última disciplina entre 10 y 15 años, lapso na­da desdeñable en materia de investigación científica. De la trágica distinción entre "ciencia aria" y "ciencia judía” del período nazi en Alemania (propuesta nada menos que por dos premios Nobel) fue víctima el propio Einstein, acusado de dar a la física un sesgo demasiado teórico y alejado de los intereses técnicos inmediatos del Ter­cer Reich. (Ante el argumento de que tal distinción no era atinente y violentaba la necesaria objetividad de la ciencia, los físicos nazis respondieron que no pretendían ser objetivos sino alemanes.) Finalmente, podemos recurrir a un caso vernáculo: en la época de la última dictadura militar argentina (1976-1983) se intentó prohibir la enseñanza de la llamada "matemática moderna" por una serie de razones, una de las cuales era que el método axiomático ofrece la posibilidad de construir distintos sis­temas matemáticos y ello generaba escepticismo entre los alumnos, pues perderían la confianza en la noción de conocimiento que Aristóteles había introducido en su metodología: los axiomas constituyen un conocimiento absoluto, indubitable y eterno. No está demás recordar que este episodio motivó el alejamiento de las cátedras de muchos profesores, quienes incluso, en algunos casos, fueron perseguidos y conver­tidos en desaparecidos, entre otras razones, por sostener la necesidad de enseñar conjuntos y vectores. La moraleja es inmediata: quien asuma la tesis del contenido valorativo de las teorías y su clasificación en términos políticos, ideológicos, filosóficos o religiosos, corre el riesgo de promover, quizás inadvertidamente, la reiteración de algunas de estas infames experiencias.

La objeción anterior contra la ciencia puede ser analizada en otros términos, más epistemológicos y menos coyunturales, a partir de la siguiente pregunta: ¿hay o no, desde el punto de vista lógico-semántico, aspectos valorativos en las teorías científicas? No queremos entrar en la complicada discusión de si existen o no nexos lógi­cos de carácter deductivo o inferencial entre tesis fácticas y tesis éticas. No conside­ramos imposible que los haya y, aún más, creemos que esto de hecho ocurre. Pero las teorías científicas pueden ser estimadas desde dos puntos de vista un tanto inde­pendientes: a) el de sus conexiones con aspectos éticos y valoratiros, y b) el de su valor epistemológico como constituyentes de conocimiento. En este libro hemos tra­tado de mostrar que, pese a las controversias que despierta, el método hipotético de­ductivo tiene capacidad de eliminación de las teorías equivocadas frente a otras, que podrán ser llamadas "más objetivas”'. Como ya hemos señalado, las teorías no son meras opiniones, pues existen instrumentos lógicos y empíricos, independientes de la esfera valorativa, que las ponen a prueba, que estiman sus méritos y defectos. Si [ 403] esto es así, el problema de decidir si una teoría resulta una forma aceptable de conocimiento es una cuestión que puede ser resuelta antes de analizar sus aspectos valorativos. Una vez establecido el valor epistemológico de una teoría, podríamos pro­ceder a poner en evidencia las implicancias políticas y éticas de la misma, lo cual, probablemente, obligará a abandonar prejuicios, valoraciones o creencias erróneas sostenidas hasta ese momento histórico por la sociedad. Esto ha ocurrido muchas veces. Una gran cantidad de valoraciones sociales tradicionales han resultado ser meros prejuicios a la luz de los resultados de la investigación médica y psicológica (piénsese. como único ejemplo, en la tesis de la inmoralidad intrínseca de los homosexuales, tesis cuyo abandono ha tenido fuertes implicancias desde el punto de vista ético y jurídico). A nuestro entender, el argumento que estamos analizando tiene por objeto instalar a la ciencia en un nivel subsidiario con relación a la política, pero creemos que debería acontecer exactamente lo contrario. Puede repetirse aquí, mutatis mutandis, aquello que afirmaba Piaget: así como no se puede hacer epistemología o filosofía sin un tránsito previo por la ciencia, tampoco es posible emitir juicios ideológicos o políticos sin atravesar previamente las horcas caudinas del método científico. Es verdad, además, que podríamos agregar en favor de nuestro punto de vista un argumento de carácter lógico: si se afirma que todo discurso, sin excepción, es relativo a componentes valorativos, ¿no estará también valorativamente sesgado el discurso de quien ello sostiene? Se presentaría aquí lo que los lógicos llaman la "pa­radoja del escéptico": la tesis de nuestro contendor sería en realidad una autocontradicción. Pero el análisis de este punto nos llevaría a una discusión muy intrincada de la cual no queremos hacer victima al lector.

Una frecuente objeción, esta vez de carácter cultural y social, sostiene que la ciencia ha perjudicado nuestro modo de vida y que pone en peligro a la especie hu­mana. En este caso se mencionan, como es habitual, desde el armamentismo y la contaminación ambiental hasta la pérdida de visiones alternativas del mundo. Pero el autor desafía a quienes sustentan esta tesis a que examinen la historia de la ciencia y de la tecnología con el propósito de detectar los innumerables y positivos instru­mentos benéficos que ellas han ofrecido a la humanidad, en el terreno de la medici­na, de las comunicaciones, de la producción de alimentos o de la socialización de la cultura a través de técnicas que permiten registrar palabras, música y elementos pictóricos. Bastaría sin embargo mencionar un solo caso aislado a modo de ejemplo: la obra de Pasteur impidió la destrucción de la economía nacional de Francia porque salvó la industria del vino, de la cerveza, de la seda, del ganado caprino y de las aves, lo que no es poco decir. Sucede que es necesario discriminar entre el conoci­miento científico y la utilización que se pueda hacer de él con fines mezquinos, degradantes o aun siniestros, responsabilidad que cabe a los actores del sector político. (En cuyas decisiones, lo aclaramos, es necesario que influya la sociedad .toda.) La ciencia y la tecnología modernas no pueden ser concebidas como cuerpos extraños e indeseables que se han instalado malévolamente en nuestra sociedad y, por tanto, tampoco pueden ser señaladas con un dedo acusador. Sin duda, sería conveniente que éste apuntase en otra dirección.

 

4O4

 

Como el lector habrá advertido, y al margen de que nuestras convicciones perso­nales sean o no acertadas, el espectro de opiniones críticas con respecto a la ciencia es muy amplio y merece un análisis detallado, interdisciplinario, que implica dispo­ner de sólidos conocimientos a propósito de cuestiones muy diversas: filosofía, lógi­ca, lingüística, ética, epistemología, metodología, etc., amén del de las diversas cien­cias particulares. Sin embargo, entre ciertos partidarios del posmodernismo o de quienes adhieren a las tesis de lo que vagamente ha sido llamada la New Age, con su propuesta de "ciencias alternativas", se advierte una actitud anticientífica cuyo ori­gen parece radicar, lisa y llanamente, en la ignorancia. La comprensión de las teorías matemáticas, físicas, químicas, biológicas, psicológicas o sociológicas, así como la de los métodos con los cuales han sido edificadas, requiere un arduo esfuerzo, y lo mis­mo corresponde afirmar de los marcos teóricos necesarios para situar las discusio­nes sobre ciencia y conocimiento, ciencia y ética, ciencia y sociedad. Más sencillo es recurrir a la negación fácil, no fundamentada con argumentos, que otorga, para cier­ta dimensión un tanto snob de la cultura contemporánea, una aureola de "vanguar­dia". En el fondo, estas actitudes parecen resultar de lo que un psicoanalista kleiniano denominaría una posición de “envidia” y configuran un procedimiento tajante, si es que los hay, para sacarse de encima una competidora trabajosa y “legitimar” la pertinencia de visiones alternativas, distintas de la científica, en materia cognoscitiva y práctica. De tal modo cada partidario de esta o aquella "ciencia alternativa" podría reinar a la Feyerabend en el ámbito de su elección particular, con la mayor comodi­dad, en compañía de sus acólitos y sin necesidad de justificar sus creencias y proce­dimientos. Al cabo de la lectura de este libro, el lector comprenderá por qué este género de críticas basadas en la ignorancia no nos merecen mayores comentarios y por qué creemos, según afirmábamos en el prólogo, que debemos delegar en tal género de opositores a la ciencia la tarea de fundamentar sus convicciones. [405]

 

KLIMOVSKY, Gregorio, Las desventuras del conocimiento científico

Hosted by www.Geocities.ws

1