¿CULTURA SIN EMOTIVIDAD?

                                  “He reemplazado la religión por la cultura, cuyos ritos se celebran       

                                      en los museos, entre los restos y las cenizas de la belleza”

                                      El Diablo ( de “Les 36 preuves de l’existence du diable”, por André 

                                      Frossard)

 

Si el Diablo fuera realmente el Príncipe de este mundo: ¿qué pasaría? -se pregunta Frossard. La respuesta es simple, casi obvia: pasarla lo que pasa. Y pasa que en lugar de darle una mano a la naturaleza preferimos destruirla, pasa que los políticos dicen una cosa y hacen otra, pasa que no te­nemos conciencia del peligro nuclear, pasa que no cesan los genocidios (pienso ahora en el éxodo kurdo), pasa que se desnaturaliza la democracia, etcétera. En cuanto a la cultura -hermana de la religión aunque a veces no se comporten entre sí muy fraternalmente-, ha sido en buena medida despojada de emotividad. La "diabolización" del esnobismo le ha robado sus características míticas y mís­ticas, convirtiéndola en una es­pecie de representación de si misma, carente de íntimo con­tenido humano.

Tomemos como ejemplo al lenguaje, vehículo de comuni­cación y por ende de cultura. Cuando hace unos años el objetivismo (o I'école du regard, si se prefiere), quiso imponer a la palabra escrita como simple cosa con valores propios, pres­cindiendo de sus valores comunicantes, aparecieron novelas que todavía hoy tienen imitadores. Páginas y páginas que hace unos treinta años leímos con el respeto que la moda im­pone a la juventud -sobre todo la moda intelectual- y que hoy nos parecen absolutamente vacías. Muchísimos padres se quejan de que sus hijos no leen, y tienen razón. Pero yo me asustaría mucho más si cual­quiera de mis engendros se me presentara comentando a Robbe-Grillet. Pensaría que no es un chico sino una momia. Y a nadie le gusta ser el papá de una momia. Admito que el arte,sin el cual ninguna cultura es posible, intente revoluciones que vayan más allá del simple naturalismo. Puedo admirar a (Klimt o a Miró (admirar a Miró, la aliteración fue sin querer). Porque también puedo emocionarme con ellos. Y lo mismo me pasa con los pintores "geométricos" creadores. La emoción no reside solamente en esa in­terna comparación entre la obra y nuestros propios senti­mientos, sino también en sentirla estéticamente. Y es así po­sible experimentar la música dodecafónica, aunque uno se estremezca con Brahms y llore con La Bohème. ¿El teatro? También el experimento es válido desde el punto de vista sen­timental, si se lo trasmite sin olvidar que el espectador no sólo tiene cerebro. También corazón y otras vísceras. Lo mismo vale para el cine.

Admito sin ninguna ver­güenza haber derramado al­gunas lágrimas cuando por pri­mera vez desemboqué en la plaza de la Señoría, de Florencia. Y ante "El príncipe de las flores de lis", en Creta. Pero también admito que el alma se me hace remolinos cuando escucho La Valse, de Ravel. Y que el que late se me sube a la garganta releyendo a Alejandra Pizarnik. Y que otra emoción, la risa, me arrebata todavía en carcajadas con Rabelais.

Las manifestaciones artísticas de la verdadera cultura tienen un trasfondo religioso. No dogmático, por supuesto, sino (repito) mítico y místico. La diosa de esa religión es la be­lleza, lo cual no excluye al "feísmo", siempre que no se lo use como mera agresión. ¿Cultura sin emotividad? No, no es cul­tura. Es provocación. Provoca­ción al aburrimiento. Provoca­ción diabólica a la indiferencia.

                                                         Eduardo Gudiño Kieffer (en  Revista La Nación;  Domingo  12/5/91)

 

 

 

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