LO
INCONSCIENTE
Desde
muy diversos sectores se nos ha discutido el derecho a aceptar la existencia de
un psiquismo inconsciente y a laborar cientifíficamente con esta hipótesis.
Contra esta opinión podemos argüir que la hipótesis
de la existencia de lo incosciente es necesaria y legítima y, además,
que poseemos múltiples pruebas de su exactitud. Es necesaria, porque los datos
de la conciencia son altamente incompletos. Tanto en los sanos como en los
enfermos surgen con frecuencia actos psíquicos cuya explicación presupone
otros de los que la conciencia no nos ofrece tesimonio alguno. Actos de este género
son no sólo los actos fallidos y los sueños de los individuos sanos, sino
también todos aquellos que calificamos de un síntoma psíquico o de una obsesión
en los enfermos. Nuestra cotidiana experiencia personal nos muestra ocurrencias
cuyo origen desconocemos y conclusiones intelectuales cuyas elaboraciones
ignoramos. Todos estos actos conscientes resultarán faltos de sentido y
coherencia si mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros actos psíquicos
ha de sernos dada a conocer por nuestra conciencia y, en cambio, quedarán ordenados dentro de un conjunto
coherente e inteligible si interpolamos entre ellos los actos inconscientes que hemos inferido. Esta ganancia de sentido
constituye, de por sí, motivo justificado para traspasar los límites de la
experiencia directa. Y si luego comprobamos que tomando como base la existencia
de un psiquismo incosciente podemos estructurar un procedimiento eficacísimo,
por medio del cual influir adecuadamente sobre el curso de los procesos
conscientes, este éxito nos dará una prueba irrebatible de la exactitud de
nuestra hipótesis. Habremos de situarnos entonces en el punto de vista de que
no es sino una pretensión insostenible el exigir que todo lo que sucede en lo
psíquico haya de ser conocido por la conciencia.(FREUD, Sigmund; LO
INCONSCIENTE, año 1915)