Colombia en el diván




Droga y Criminalidad


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Confusiones y Distingos

Consumir droga por placer, ocasionalmente, como tomarse un trago o fumar un cigarrillo, es una cosa. Otra muy distinta y con consecuencias sociales muy diferentes, es la adicción. Aquí reside el verdadero problema de la droga, pues el adicto consume por compulsión, por necesidad. Es un enfermo que no puede prescindir de ella, como el diabético no puede hacerlo de su insulina: su consumo una necesidad fatal, que no tiene nada que ver con el bien y el mal.

Tiene que ver, eso sí, con la criminalidad. Y esto, porque el adicto, si no encuentra acceso a la droga, es capaz de hacer cualquier cosa por obtenerla, de delinquir y hasta de matar a su propia madre. Pero esta criminalidad no surge por la simple adicción: se origina más bien en la prohibición, que somete al enfermo a las leyes de la oferta y la demanda, pues por la prohibición la droga se vuelve inaccesible o muy cara. Como se volvería la insulina si alguien la prohibiera: tendríamos entonces insulinotraficantes, que se enriquecerían como los narcos, mafias que se disputarían los mercados, guerras con la justicia y con las autoridades, violencia y todo lo que ya conocemos. La prohibición crea el tráfico, y traficar con la necesidad fatal de un enfermo es lo más criminal de todo.

Si el problema del adicto es un problema médico, debe enfrentarse como tal, y no con el graznido moralista e hipócrita de los gansos del Capitolio. Un sistema que permitiera una distribución médica, controlada y barata de la droga de los adictos, eliminaría las consecuencias criminales de la drogadicción, la criminalidad del adicto desesperado y la criminalidad de los poderosos traficantes.

Graznidos de gansos

Algunos temen que dejar de tratar al adicto como un criminal aumente el consumo, haga que quienes no son adictos adquieran la adicción. Pero esto ignora que está es el resultado de experiencias particulares, y que quien es razonablemente sano no se convertirá en un adicto por el hecho de la droga no tenga el estigma de la prohibición criminal: por el contrario, la prohibición probablemente aumenta el atractivo para muchos.

La sociedad humana impone a sus miembros muchas frustraciones. Los hombres pueden, más o menos, sobrellevarlas sin enfermar si en sus primeros años han crecido con una madre y un padre amorosos. De los primeros años depende que el cachorro humano llegue a ser un ciudadano sano y equilibrado. En los primeros días, meses y años del bebé la presencia afectuosa de la madre, equilibrada con la garantía de un hombre que la satisface, le ofrece al niño un mundo amable y confiable, que neutraliza los impulsos agresivos y destructivos que siente en su interior y que todavía no controla. Es capaz, digo, de proporcionarle lo que el adulto conoce como paz interior.

Tener este ambiente sano y tranquilo, este equilibrio, es una rara fortuna. La mayoría ha carecido en mayor o menor grado de ella, y esto conduce a dificultades, inseguridades, problemas más o menos graves. Pero quien ha carecido total y radicalmente de ese ambiente, tiene siempre una inquietud, una inestabilidad, una desazón de muerte que es preciso acallar con cualquier tranquilizante, con cualquier analgésico espiritual, así sea temporal, que no produce ningún placer sino, en el mejor de los casos, un descanso, un olvido momentáneo. Y es con esto con lo que comercian los criminales que gracias a la prohibición trafican con el dolor humano.

Hay que distinguir, entonces, como decían los escolásticos. Hay que tratar al adicto como a un enfermo y dejar lo demás, lo que consume el individuo corriente sin una compulsión grave y para evadirse un poco de lo que la cultura le impone, como cosa personal, y nadie debe inmiscuirse si osa o no osa fumarse un cacho, un cigarro o tomarse un whisky. ¡Maldita la cosa!

Bogotá, mayo de 1994. Pocos días antes había renunciado Carlos Ossa Escobar a la junta del Banco de la República, después de que se le descubrió una mínima, casi impersonal dosis de marihuana en su equipaje.

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