Colombia en el Diván


¿Y quien es el enemigo?
A propósito de la visita de Fidel Castro


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La visita de Fidel Castro dio ocasión para que muchos colombianos se rasgaran las vestiduras y lanzaran sus lamentaciones. ¿Cómo invitar a nuestro país a alguien que había intervenido en los asuntos de otros países, que había promovido las guerrillas? Hasta hubo quien pensara que, por sus antecedentes del 9 de abril, había riesgo de que Castro prendiera algún incendio: si esto fuera así, muchos de los amigos políticos del señor Gabriel Melo Guevara, quien lanzó esta admonición, serían más peligrosos, pues también mostraron en esos tiempos, y hasta más recientemente, sus habilidades incendiarias.

Estas protestas las hacen quienes miran con simpatía las intervenciones igualmente abusivas de los Estados Unidos en todo el mundo: en Panamá para luchar contra la droga; en Irak para defender el petróleo amenazado por un dictador loco (pero no cuando el dictador proteje los bienes gringos); en Nicaragua para financiar unas guerrillas contra los sandinistas, y en cualquier otro lugar del mundo. Se trata de gentes que se alinean con el triunfador, y que ven censurable en Fidel lo que no juzgan censurable en quienes dominan hoy el mundo. Olvidan también, en este país de amnesia (¿cuál amnesia?), olvidan, digo, que Cuba ha sido víctima de un bloqueo brutal que incluye incluso el bloqueo a las drogas y a la ayuda humanitaria, iniciado para castigarla por haber violado el derecho de propiedad de las empresas gringas y nacionalizado los ingenios y hoteles y todos los sitios en que funcionaba el inmenso prostíbulo que habían montado los norteamericanos y que se estaba comiendo a la isla. Pero no importa, hoy el único culpable es Castro, y todos los demás somos buenos. La intervención en Cuba, ésa sí es legítima, porque está dirigida a impedir que los cubanos sean diferentes, hagan un sistema distinto a noventa millas de Miami.

En este tema, como en muchos, no hay santos, y resulta risible la prepotencia de todos los que se afirman como buenos, cuando en el fondo no hacen otra cosa que transar con los poderosos, con los ganadores. Ese es el principio del funcionamiento del ego, ese pequeño Plinio que todos tenemos adentro y que quiere estar con el poder, con el que domina, con el dueño del balón. Todos los hombres, todos los sistemas políticos, todas las razas están siempre tentadas al dominio, a la opresión del otro. En esto no hay que hacerse ilusiones con la condición humana: no hay vacunas contra ello. Es verdad que a veces los hombres, en un esfuerzo de la cultura, logran escuchar contra su propia arrogancia, y que a veces los sistemas sociales logran promover, más bien que la violencia y el dominio directo, una manera de vivir en la que el yo para sobrevivir y vivir bien, encuentra que debe ayudar, y no sólo sojuzgar a los demás. Pero cuando esto no es así, los que se dejan arrastrar por la fascinación del triunfo de los poderosos, los que se sienten identificados con ellos, y los mismos que a nombre de los débiles se oponen a aquellos, pero en el fondo buscan su propio poder, ignoran y esconden su íntima manera de ser, su personal enemigo interior, para decir que el enemigo es otro.


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