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La influencia del psicoanálisis sobre la educación de los niños, por fuera del contexto estricto y exigente de la sesión terapéutica, ha sido muy variada y discutida. En los primeros años, fueron muchas las esperanzas que se expresaron sobre el impacto liberador e iluminador que podrían tener las teorías psicoanalíticas en manos de educadores y sobre todo, de los padres. Todavía en 1932, Freud consideraba que de todos los temas estudiados por el psicoanálisis, el de la "aplicación a la pedagogía, a la educación de las generaciones venideras", era el que tenía "una importancia máxima, en vista de las magníficas perspectivas que ofrece para el futuro". La historia de los intentos de aplicar el psicoanálisis en la educación, sea divulgando entre los padres y educadores las principales concepciones psicoanalíticas, sea tratando de que ellos mismos, sometiéndose a análisis, encuentren un camino a la solución de sus problemas que tenga un impacto profiláctico sobre la formación de los niños que tienen a su cargo, es bastante compleja y sería difícil de resumir. Sin embargo, es evidente que muchos principios psicoanalíticos, muchas concepciones derivadas con mayor o menor rigor de sus descubrimientos y teorías, han entrado a hacer parte del saber común de nuestra cultura, en mayor o menor grado. No hay duda de que buena parte de la reacción contra las formas más autoritarias de crianza del niño se ha debido al mejor conocimiento de las necesidades psicológicas y emocionales del mismo, o incluso al reconocimiento de que la agresividad y la sexualidad hacen parte natural y necesaria del proceso de desarrollo del pequeño ser humano. En forma creciente a nuestra cultura la ha ido permeando una mayor permisividad sexual, un reconocimiento mayor del espacio que es necesario dejar al niño para que crezca sin perturbaciones y una sensación creciente de que la actitud de los padres es un elemento decisivo en la formación del infante. Sin embargo, la popularización de las nociones psicoanalíticas no constituye un beneficio inequívoco. Para muchos padres, la adopción de unas reglas educativas, de unos principios formales derivados de sus lecturas o de los consejos de los educadores y terapeutas constituye una defensa contra sus propias ansiedades hacia el niño, y reemplaza con un formalismo antiautoritario, por ejemplo, la relación menos ritual y más real con el niño, en la que los afectos e incluso las formas de agresividad de los padres puedan expresarse sanamente. El temor a ejercer alguna forma de autoridad, apoyado en la visión popular del peligro de "traumatizar" a los niños, somete a muchos padres a una pasividad que deja a los niños sin referencias, les evita en el ambiente familiar toda clase de frustraciones, los lleva muchas veces a inventar una conciencia moral incluso más rígida que la de los padres, o los deja sin recursos para enfrentarse a un mundo del cual hacen parte omnipresente las frustraciones, los conflictos y la agresividad. Igualmente, como se verá más adelante, las invitaciones a una mayor libertad sexual, a un intercambio menos asustado de conocimientos e informaciones sobre este tema, se desvía hacia conductas que resultan más bien seductoras de los niños y promueven en éstos toda clase de reacciones negativas. En esta exposición, me sitúo más en el plano de la educación psicoanalítica que del psicoanálisis propiamente dicho. En vez de estudiar, en forma relativamente técnica y apelando al lenguaje propio de aquella disciplina, algunos aspectos de las relaciones entre padres e hijos que de algún modo pueden vincularse a una dinámica de violencia, trataré de utilizar el lenguaje común de padres y educadores para describir algunas conductas paternas que pueden resultar perturbadoras para los niños, con la esperanza de que una mayor conciencia del sentido de estas conductas pueda llevar a una actitud más abierta y más compleja de los adultos hacia los menores. Este afán que pudiéramos llamar didáctico servirá de excusa para la falta de rigor técnico que pueda encontrarse en esta exposición, y para la ausencia de una discusión más sólida de los fundamentos, en la teoría psicoanalítica o en la práctica clínica, de algunos de los puntos de vista que voy a exponer. Violencia abierta y violencia imperceptible La historia del trato del niño por los adultos puede ser pintada como un cuadro de horrores goyescos. Hasta el siglo XVIII, en casi todas las sociedades encontramos una pintura de indiferencia y maltrato físico a los niños que resulta a veces increíble. El infanticidio fue practicado amplia y rutinariamente para esconder los frutos de la violación o la seducción, y afectaba con especial frecuencia a las mujeres. Los niños vivían sus primeros dos años de vida "chumbados", sin poder mover sus miembros, para reducir las molestias de los adultos, hasta el punto de que ha podido calcularse que, en ese mismo siglo XVIII, la edad promedio en que los niños caminaban se acercaba a los dos años. Los castigos violentos, el fuete y los golpes, que muchas veces causaban la muerte de los niños, hacían parte de los sistemas usuales de educación y coacción al niño. Los niños eran criados con mucha frecuencia lejos de sus familias, trabajando si se trataba de grupos sociales pobres, o donde amas de cría en los medios más pudientes. La seducción sexual, la utilización de los niños en prácticas sexuales, eran vistas con mucha mayor tolerancia que en la actualidad. ¿No objetó Aristóteles la educación colectiva de los niños aduciendo que esto podría producir el molesto inconveniente de que, al tener los adultos relaciones sexuales con ellos, podría ocurrir que lo hicieran con sus propios hijos? Los testimonios de Rousseau y de muchos otros muestran que muchas de estas prácticas se mantenían en su época. El abandono, el regalo de niños, la venta, eran todavía comunes en la Europa anterior a la revolución francesa. Rousseau, Pestalozzi y muchos otros contribuyeron a una revolución en las costumbres de atención a los niños que modificaron radicalmente la situación anterior. Las formas de violencia más abiertas hacia los niños fueron rechazadas, y poco a poco se fue difundiendo entre los diversos grupos sociales una actitud que empezaba a reconocer al niño una entidad independiente, y a buscar en éste sus necesidades y deseos, para tratar de encontrar una forma de educación que no respondiera únicamente a los deseos de los padres sino también a lo que se suponía eran las necesidades propias del niño. Todo esto estuvo ligado a una serie de cambios en los códigos morales y en las costumbres sociales que, en medio de las críticas a las formas de violencia física, ejercían e inventaban nuevas formas de violencia más sutiles. La forma de ver al niño, aunque reconoce mejor sus derechos, desea la formación de un niño disciplinado, productivo, dispuesto a aprender. Las madres comienzan a hacer de la educación de la limpieza y de la represión de la sexualidad infantil, poco vista en los siglos anteriores pero apenas controlada, los ejes de la educación sentimental del siglo XI. A las deformaciones físicas producidas por golpes y violencias, deben haber sucedido las deformaciones psicológicas producidas por una educación que creía conocer las necesidades del niño pero no hacia sino proyectar a este los temores sexuales y los ideales más puritanos de los padres. La masturbación infantil, contra la que no parecen haberse dado prohibiciones ni reglas hasta el siglo pasado, se convierte en una obsesión: los médicos, apoderándose de las formas de violencia que empiezan a negarse a padres o educadores, promueven y practican masivamente la circuncisión o la clitoridectomía de niños y niñas que juegan con demasiada frecuencia con sus genitales. A los niños se les amenaza abiertamente con estas operaciones, se les exhiben los instrumentos con los que podrán ejecutarse o, en el mejor de los casos, se les amenaza con el diablo, el coco o la pudrición de sus miembros. Así, en la contradictoria historia de las relaciones entre la sociedad y los niños, a la disminución gradual de la violencia física que se encuentra en las sociedades de origen europeo en el siglo XIX y XX (y que no debe hacer olvidar que todavía no ha terminado: en la década del 60 una encuesta mostraba que el 60% de los padres alemanes recurría con frecuencia al rejo), parece corresponder un aumento en la coacción moral y psicológica, en la represión de las pulsiones más elementales de los niños, so capa de realizar una educación que los preparara para la vida en sociedad. Sin duda, el niño recibe ahora mayores expresiones de afecto, y en vez de la distancia aterrorizada que probablemente sentían muchos padres en pocas anteriores, se va convirtiendo más y más en la encarnación de los deseos de los padres, en el “pequeño adulto" que llenará las esperanzas de los padres al convertirse en un hombre disciplinado, que come a horas, defeca por reloj, reduce la sexualidad -al menos aparentemente- a la reproducción de la especie y se prepara para una vida de trabajo y abnegación. Estas formas de violencia, abiertas y extremas, han podido ser refrenadas por una sociedad que valora en forma diferente a los niños. Incluso la coacción educativa del siglo XIX ha dado paso, en muchos medios sociales, aunque sería difícil decir qué tan amplios, a una actitud que reconoce más y más el derecho del niño a ser él mismo. Sin embargo, bien lo sabemos, los fantasmas inconscientes de los padres se mantienen aferrados a arquetipos arcaicos, y las madres y padres de hoy, probablemente como los de antes, sienten las mismas fantasías agresivas o seductoras, los mismos deseos de muerte hacia sus hijos. Pero el paso a la acción ha sido refrenado, y sólo en los grupos más psicóticos, en los sectores sociales sometidos a tensiones más extremas o a formas de miseria más opresoras, siguen siendo habituales y frecuentes las formas de violencia física más abiertas. Muchos estudios han tratado los problemas anteriores. En Colombia, es evidente, todavía el trato del niño es en muchos sectores abiertamente violento. Le prensa, las oficinas de medicina legal, los pediatras y los médicos de los departamentos de urgencias pueden dar testimonio de la frecuencia con la que todavía los niños son golpeados hasta el agotamiento del agresor, sujetos a practicas sádicas, chuzados o quemados. Juzgados u oficinas de bienestar familiar recogen los casos de violaciones por adultos y familiares. Y el trabajo infantil, estudiado hace algunos años por Cecilia Muñoz, con todas las variantes en la intensidad, los grados de explotación y la violencia misma con la que se exigen resultados, son parte fundamental de la economía colombiana, para no hablar de la actividad informal y delictiva a que se lleva a muchos niños colombianos. Los niños, además, viven en un ambiente de violencia abierta que los llena de fobias y temores y son testigos de escenas que superan su capacidad para integrarlas en una forma adecuada. ¿Cuántos de los violentos actuales no fueron violentados durante la época de la violencia? ¿Y cuántos de los niños que hoy crecen sometidos a tensiones extremas no harán parte de los que impondrán la violencia dentro de 15 ó 20 años? Hasta en el puro espectáculo de los medios de comunicación, los niños encuentran el material para recubrir sus conflictos con nuevos protagonistas. Un niño, en mi consulta, lee obsesivamente los periódicos y revistas para enterarse de todos los riesgos de guerra, de todas las bombas, de todos los peligros que amenazan al mundo. El coco y los demás fantasmas de nuestra infancia comienzan a cambiarse por Jomeini, Kadaffi, los guerrilleros o los militares. En estos fenómenos hay material inagotable para toda clase de científicos sociales y para el psicoanálisis mismo. Sin embargo, mi tema es muy diferente. Pues al lado de estas formas abiertas de violencia, que varían en formas más o menos amplia con los cambios sociales, se mantienen con frecuencia formas más sutiles de violencia y coacción hacia los niños, que corresponden a estructuras más profundas de la psicología de padres e hijos, y que, aunque menos dramáticas y a veces -aunque no siempre- menos destructoras que las formas de violencia física, se manifiestan imperceptible e insidiosamente en prácticamente todas las relaciones entre padres e hijos. Voy a tratar de ofrecer una primera aproximación a este tipo de violencias -y quizás valga la pena señalar que he entendido por violencia ante todo las formas de coacción, física o moral, ejercidas sobre alguien relativamente indefenso. Para el contexto de esta exposición, no es propiamente violencia el enfrentamiento de dos personas igualmente armadas y preparadas: eso es la guerra, o el boxeo, o un enfrentamiento entre dos niños que dirimen a puños una disputa. La violencia la ejerce el adulto sobre el niño, o el que actúa sobre una víctima indefensa, impotente o sorprendida. El derecho a ser independiente Estas formas de violencia a las que me refiero se centran en los obstáculos o presiones que impiden a los niños ir desarrollando progresivamente su capacidad para actuar en forma independiente, para romper su cordón umbilical con los padres y para emanciparse gradualmente tanto de la autoridad expresa de éstos como de los fantasmas más o menos inconscientes que pueden mantenerlos atados a los deseos e ideales, también más o menos inconscientes, de aquéllos. Los padres impiden u obstaculizan ese desarrollo hacia la independencia de varias formas: 1. Mediante las formas de seducción que conducen a mantener en mayor o menor grado la simbiosis con la madre. 2. Mediante todas las formas de conducta que tienden a reemplazar el cuidado y la atención de las necesidades del niño por la satisfacción de los deseos inconscientes de los padres o que proyectan en los niños los temores de los padres. 3. Mediante las formas de conducta que colocan al niño en una situación de doble mensaje, de presiones contradictorias, inconsistentes e imprevisibles de los padres. La primera de estas formas de violencia imperceptible es quizá la más importante desde el punto de vista del desarrollo del niño, pues en ella se encuentra la raíz de muchas de las formas de comportamiento de los adultos que fundan otras formas de violencia, en particular la guerra entre los sexos, el machismo y las demás formas de agresión ligadas a la afirmación de la masculinidad. El niño y la madre omnipotente Aunque las primeras formulaciones psicoanalíticas sobre el desarrollo emocional de los niños pusieron el acento ante todo en los conflictos ligados a la fase propiamente edípica -es decir los años en que el niño, de cuatro a seis años, entra en un complejo de relaciones de hostilidad y amor con sus padres- muy pronto se fue abriendo el camino al reconocimiento del papel fundamental que tiene en el desarrollo humano la relación original y más temprana con la madre. En efecto, el cachorro humano, como pueden llamarlo los etólogos, nace en una situación de dependencia e indefensión mucho mayor que las crías de otras especies animales. Durante el primer año de vida, un período extraordinariamente largo, se encuentra en una vinculación prácticamente simbiótica con la madre, y las experiencias de este primer año de vida contribuyen substancialmente a configurarlo. Durante este período, la madre es la fuente casi única de todas las satisfacciones del niño, llena sus necesidades y es fuente de placer. La duración amplia de este periodo de dependencia hace particularmente difíciles los esfuerzos para que el ser humano vaya adquiriendo la capacidad de ser independiente: de algún modo el recuerdo de esa tibieza de la madre omnipotente, de ese útero cálido y confortable se convierte en un nirvana deseado que hace que el niño, y aun el adulto, esté marcado por la tendencia a volver al seno materno, a retornar a ese mundo sin conflicto. En esta época tanto el niño como la niña comparten, como ya lo señaló Freud hacia el final de su vida, esa relación absorbente con la madre. Por su parte la madre, el otro polo de esta relación que realmente, como lo veremos, tiene tres elementos, puede fácilmente colocarse en una posición que refuerce la tendencia del niño a permanecer atado a ella. En efecto, la madre, además del niño, con el cual puede tener relaciones marcadas inconscientemente por fantasmas muy diferentes, por temores y satisfacciones que animan su propia historia, desde cuando era también una niña, está inscrita en una relación fundamental con el padre. La madurez y equilibrio de sus relaciones con el esposo influyen decisivamente en la manera de enfrentar su relación con los hijos. Ahora bien, en nuestra sociedad habitualmente estas relaciones están selladas por múltiples dificultades. La sociedad ha asignado las funciones de hombres y mujeres, de modo que usualmente el hombre es un trabajador, encargado de proveer los recursos de vida, pero relativamente ajeno y ausente de los asuntos familiares. Esta solo unos pocos instantes en la casa, y sus propios fantasmas pueden aumentar la distancia hacia su esposa y su hijo recién nacido: no quiere tener nada que ver con esos asuntos de mujeres. El mismo período del embarazo y los meses que siguen al parto, con sus efectos sobre las relaciones sexuales, pueden aumentar la distancia entre los padres, si es que desde antes las perturbaciones sexuales habituales en nuestra sociedad, con sus patrones divergentes para hombres y mujeres, no han abierto ya un abismo entre los dos. La esposa, que como niña -según lo veremos- probablemente se sintió indeseada e inferiorizada, rechazada como pareja sexual por su padre, es ahora rechazada o ignorada por su propio esposo. El hijo se convierte entonces, y todos los psicoanalistas han encontrado esta situación en su práctica en forma habitual, en el único hombre de la madre, en el objeto de todos sus afectos y de todos sus impulsos sexuales Sin entrar en las posibles implicaciones más profundas de esto, el hecho es que, dentro de estos esquemas sociales y educativos, y dados los contenidos del inconsciente de los padres, se configura una especialización en las funciones del padre y la madre, que colocan al hijo en una situación de dependencia prolongada hacia esta última. Objeto de los deseos de ésta, única fuente de satisfacción de su libido, la madre rechaza las manifestaciones de independencia del hijo y las ve como una agresión. Casi todas las funciones de la crianza y de la educación quedan en sus manos, y ella es la presencia omnipotente que lo da y lo niega todo en los primeros años del niño, es la que regaña y amenaza, la madre cantaletuda que controla y seduce, llora y grita. El padre es usualmente el gran ausente, aunque su distancia permite su intervención ocasional para imponer los castigos más severos, las prohibiciones más creíbles, pues la relación entre el niño y la madre se va llenando de ambigüedades y manipulaciones mutuas en las que el niño, oscuramente consciente de su importancia para la madre, la seduce a su vez y destruye su autoridad. Este cuadro, un poco difuso y exagerado, que no destaca las múltiples formas que puede adquirir esta relación, ni las diferencias que pueden presentarse, según los diferentes niveles de equilibrio y de satisfacción de ambos padres, apunta a un hecho central: el niño, cualquiera que sea su sexo, es criado ante todo por la madre, y el padre es usualmente el gran ausente. Esta ausencia del padre es fundamental: a él corresponde, como lo han mostrado, en lenguaje a veces oscuro, los lacanianos, imponer la ley. Es el padre el que debe, con su presencia, debilitar la relación simbiótica entre madre e hijo, y, con su autoridad, imponer la separación creciente entre ellos. En cierto modo, con su misma presencia en su esposa, es decir al poder ofrecer a ésta las satisfacciones que requiere, establece la separación, al retenerla como su pareja y evitar que escoja al hijo como pareja. Es fácil decir entonces que, en cierto modo, la violencia que funda la perturbación del niño, su prolongada inmadurez, que se manifestara como adulto en múltiples patologías, es la ausencia del padre. Y sería fácil recomendar simplemente que el padre aprenda a cooperar con la esposa, rompa las convenciones acerca de las funciones de los sexos, atienda, alimente, limpie, acaricie al niño como lo hace la mujer, e imponga la ley de la separación. Sin embargo, como puede saberlo todo analista, la posibilidad de que se establezcas una relación sana entre el padre y la madre y el hijo depende de demasiadas cosas, pues este padre y esta madre son hijos de una crianza similar: el padre, tuvo también una madre absorbente y un padre ausente, y el hijo despierta toda clase de temores en él. Esta descripción, como puede advertirse, apunta a la ley fundamental de la cultura humana, la ley del incesto. Muchas explicaciones se han dado de los orígenes, históricos o míticos, de la prohibición del incesto. Para algunos, como es sabido, se origina en la necesidad de ampliar la familia para construir sociedades más amplias: el intercambio de esposas entre diversos grupos genera, en las hipotéticas agrupaciones de los primeros hombres, la posibilidad de fundar sociedades más extensas, capaces de sobrevivir en un medio que amenaza continuamente con extinguir la especie. Freud, por su parte, creó el mito poderoso de la muerte del padre por los hermanos excluidos del goce de la mujer, en expiación de la cual la prohibición del incesto prohibe el acceso a la propia madre y las hermanas. Independientemente de sus posibles orígenes, en la vida individual la prohibición del incesto establece es la ley del desarrollo independiente y la prohibición de la permanencia en la simbiosis materna: es la orden de crecer y separarse de la familia, para poder ser psicológicamente adulto. Unas consideraciones adicionales nos pueden mostrar otras consecuencias de esta situación simbiótica. En efecto, hay que destacar que, a pesar de la relación similar de dependencia hacia la madre, el niño y la niña entran en formas sutilmente diferentes en ella. El niño, por ser del sexo deseado por la madre, recibe su atención en forma preferencial. La observación detenida de las formas de atender el niño, de amamantarlo, etc., ha revelado muchas de estas diferencias, y lo muestra la diferente frecuencia de perturbaciones alimenticias, de fenómenos de angustia, durante los primeros meses. La niña, desde que nace, es vista con menos aprecio por la madre, y es víctima de una temprana discriminación. Una de las funciones centrales de la madre, el despertar con su ternura la vida sexual del niño, se realiza en forma diferente según el sexo de este: la niña no es un objeto sexual satisfactorio. Esta diferenciación se mantiene durante los años siguientes, y más adelante da un carácter muy diferente a las relaciones edípicas: mientras el niño apoya su deseo de la madre en una relación que de alguna manera ya ha sido vivida y aceptada, la niña debe renunciar a la madre y buscar su pareja sexual imaginaria en aquel al que la madre desea: debe hacerse como la madre, parecerse a ésta, decorarse, maquillarse, hacer las tareas hogareñas, para que el padre la mire y la desee. Sin embargo, esta estrategia no es del todo satisfactoria: el padre esta demasiado ausente, y la niña crece usualmente marcada por la insatisfacción. Incluso en el reconocimiento de su cuerpo, el niño resulta deseado por lo que tiene, amado porque es un pequeño hombrecito. La niña descubre que no tiene lo que hace que la madre la desee, y tampoco -y ésta es una hipótesis, quizás discutible, de Christiane Olivier- lo que hace deseable a la madre: no tiene todavía los atributos sexuales de aquélla. Por su parte, el niño que comienza a tener su propia vida, tropieza con la resistencia de la madre a dejarlo crecer. Aunque aveces se enorgullezca de que crezca, usualmente se asusta, no quiere que tenga vellos, que cambie de voz: la sexualidad manifiesta puede angustiarla. Y quiere que el niño siga siendo su niño. Este, usualmente, se desarrolla entonces menos rápidamente que la niña: sus perturbaciones de regresión -mojarse en la cama, encopresis (ensuciar los pantalones)- son mucho más frecuentes. La madre lo invita de mil maneras a que siga siendo un bebe. Ser independiente se va convirtiendo en algo contra la madre, en un triunfo contra la mujer invasora. Los amigos son cómplices en esta lucha, y la barra de adolescencia es un elemento típico de ello (que se prolonga en el adulto en la barra de amigos que beben tragos mientras se aterran por la perspectiva del regaño de la esposa). “Ser independientes” es excluir a la mujer, mantenerla a su vez encerrada en un mundo propio, en la casa, la guardería, las funciones de cuidado de los niños. El hombre pasa por la vida marcado por el temor a la simbiosis con la mujer, sin experimentar ni conocer el compañerismo con ésta, subrayando sus diferencias y afirmándose en el mundo del poder y la competencia. La ternura y el afecto violan en algo la psicología del varón, y sólo en esas psicosis temporales que lo afectan, en las "tragas" y en los episodios de amor romántico, acepta los gestos y palabras que reviven la relación con la madre, las medias lenguas y las caricias. Pero normalmente la virilidad aparece como una afirmación de independencia de lo femenino, como una capacidad para imponer los deseos propios, aun por medio de la violencia. Este adulto, como padre, no podrá compartir las tareas de educación del niño que aparecen como cosas de mujeres. En el mejor de los casos, si puede establecer una relación de compañerismo con el hijo, será para introducirlo a las cosas de los hombres, para enseñarle fútbol o llevarlo a las tareas de la finca (cosa que no hará con las hijas). Esos niños que tratan de escapar a la madre caen a veces en la quietud y la abulia, como aceptando su derrota ante la omnipresencia de la madre. Otras veces se defienden con la agresividad, que se traslada a su ambiente: en la guardería o el colegio se asumen como matones, contra las otras mujercitas y contra los compañeros. Por su lado las niñas crecen buscando la mirada del hombre, pues no han sido deseadas profundamente ni por la madre ni por el padre. Se definen en buena parte por la mirada del otro y estarán amenazadas siempre por la tendencia a someterse al varón. En la adolescencia, la sexualidad genera angustia y el cuerpo aparece como un desafío: hay que adornarlo para atraer la mirada, o renunciar a él y esconderlo: entre las mujeres, pero raras veces entre los hombres, al menos hasta ahora, se da ese torbellino suicida de la anorexia, usualmente entre las niñas más inteligentes: la afirmación del intelecto aparece contrapuesta a la de la belleza y en las imágenes sociales la bachillera será por excelencia la mujer fea. Los celos con la madre se trasladan a las compañeras, y la rivalidad marcará siempre las relaciones con otras mujeres. Luego, creerá haber encontrado a su hombre, con el que forma una pareja. Pero el hombre la elude: se ha casado en buena parte para huir de la familia y de la madre, que sin embargo tiende a aparecer en la pareja, por lo menos mientras nacen los hijos: los conflictos con las suegras, que quieren vigilar que su hijo siga cuidado y atendido como lo hacían ellas, hacen su aparición. El hombre se está yendo siempre, y al nacer el hijo la mujer se fija a él y reinicia el ciclo. El poder de la madre, apoyado en la ausencia del padre, genera entonces la misoginia de los hombres y la sumisión femenina. En la experiencia clínica resulta sorprendente la presencia de dos o tres conductas típicas de los padres, que se enmarcan claramente dentro de las conductas que tratan de retener a los niños y de impedirles su independencia: son aquéllas que de alguna manera invitan a violar la ley del incesto, a seducir al niño, a invitarlo inconscientemente a definir al padre como la pareja sexual válida. Paradójicamente, estas conductas se apoyan en buena parte en la actitud más abierta de los padres hacia la sexualidad. O dicho de otra manera, podría decirse que los padres encuentran a veces en las opiniones más amplias acerca de la sexualidad una oportunidad para realizar sus fantasías de seducción de los niños. Una de las experiencias más repetidas, que en mi propia practica ofrecen decenas de ejemplos, son los hábitos de mostrarse desnudos ante los niños. Los padres usualmente lo hacen pensando que el sexo no es ningún tabú, que hay que acostumbrar a los niños a ver el sexo sin temores. Esta es una de las formas de violencia psicológica más extendida en nuestro medio. El niño, que esta lleno de fantasías inconscientes sexuales hacia el padre del sexo opuesto, recibe entonces oleadas de excitación que superan su capacidad de manejo. La excitación sexual, marcada por sus propios sentimientos de culpa, se expresa entonces en toda clase de perturbaciones de la conducta: la masturbación compulsiva, la agresividad, la hiperquinesia, pesadillas, etc. Los pacientes reconocen con facilidad la fuente de su angustia, la expresan a veces trasparentemente. Y sienten que están enfrentados al padre del mismo sexo: una niña dice, al reconocer sus deseos hacia su padre: "Pero no le vaya a decir nada a mi mamá, porque me mata". Desde otro punto de vista, esto es un claro ejemplo de doble mensaje, pues, en todo caso, muchos de los contenidos de las relaciones de los padres con los hijos se orientan a afirmar la necesidad de independizarse y de salir del incesto, mientras que al desnudarse frente a ellos parecen invitarlos a que obtengan ese placer prohibido con ellos. Muchas son las variantes de las reacciones de los niños a esta situación: las niñas, que reconocen en los órganos sexuales del padre lo que desea la madre, lo que la satisface, se llenan de angustia por su tamaño, y sus fantasías se ligan a las imágenes del sexo como un acto violento y sádico. Los niños, a veces, se sienten humillados por la comparación con su padre, en un momento en el que compiten con éste por conquistar a la madre. Esto puede conducir a fobias infantiles y quizás a perturbaciones más serias en el adulto. Similar violencia al niño se ejerce con otras conductas cuya frecuencia también resulta sorprendentemente alta: la inserción del niño en la pareja de los padres. Esto se da de muy distintas maneras. Un padre viejo y sin mucho deseo sexual tolera e incita a la hijita para que duerma con ellos; pronto la niña se ha convertido en una barrera entre los padres, los separa. Como rival de la madre logra por lo menos sustraería al padre, y toda clase de fantasías comienzan a perturbarla, mientras la madre entra en una relación cada vez más hostil con la niña. Este es un ejemplo, pero podrían darse muchos de situaciones similares, en la que los niños son colocados en el lecho de los padres para ayudarles a resolver sus problemas. Todos, por lo demás, estamos familiarizados con la formación de llaves o trincas, en la que la madre coloca al hijo o hija como aliado frente al padre, se opone a la intervención de éste, no deja regañar a su niño. Este se va convirtiendo en un instrumento en las relaciones entre los padres, que sirve para separarlos, es el pretexto para sus enfrentamientos y finalmente debe asumir la culpa, cuando se separan o se entregan a la violencia. Todos estos niños aprenden rápidamente a tiranizar a los padres, y los convierten a su vez en instrumentos de sus conflictos y fantasías. Los anteriores ejemplos están inscritos dentro del conjunto de conductas que tienden a mantener al niño dentro del mundo de la simbiosis original, que impiden su desarrollo, basado en la separación de la madre. Otras formas típicas de violentar el desarrollo del niño son aquellas en las que los padres actúan con base en sus propias fantasías y temores, mientras pretenden obrar en beneficio del niño. En general, como lo ha mostrado Susan Isaacs, cuando los padres dicen que algo es "malo" probablemente lo que ocurre es que eso les molesta; cuando quieren mostrar las habilidades del niño, lo que exhiben es su propio narcisismo y usan al niño como un juguete, dicen que algo lo hacen por el bien del niño, están ocultando una rabia que no se atreven a confesar. Los conflictos con los adolescentes, alrededor de la elección de carrera, de amigos o de pareja, muchas veces remueven los problemas de los padres, que los disfrazan de consideración por los hijos. La madre que se esfuerza por obligar al niño a adoptar los hábitos de control de limpieza, en muchos casos lo hace porque sus propios problemas ante la limpieza entran en juego. El padre que rechaza los cabellos largos del hijo, tiene problemas con su propia identificación sexual. En todos los casos de este tipo, que podrían ampliarse indefinidamente, son los problemas de los padres los que, engañosamente, tratan de hacerse pasar por preocupación por las necesidades del hijo. Muchas conductas aparentemente anodinas tienen su elemento de violencia moral o psicológica: las burlas y sarcasmos de los padres, los sermones morales, que el niño no comprende pero satisfacen la propia rigidez de los padres; la desatención a lo que los niños dicen; hablar frente a los niños como si no comprendieran lo que los adultos dicen; interrumpir lo que hacen; apegarse rígidamente a las reglas; las alharacas de preocupación o inquietud cuando el niño tiene un inconveniente, no come, etc. ; las presiones morales ("esto lo hago por su bien"); la carga por lo que tienen que hacer los padres ("nos matamos por ustedes"); la amenaza moral, que adopta la forma de una amenaza de abandono (" me les voy, me les muero"). Por ultimo, hay que mencionar brevemente, dentro de la insidiosa violencia de los padres, su inconsistencia: todas las conductas que envían mensajes contradictorios, en las que las normas expresas contradicen la conducta real de los padres, y todas aquéllas que muestran una alteración imprevisible en la actitud de los padres hacia los hijos, impiden ese grado de confianza en la realidad, de firmeza ontológica que es indispensable para la formación y el desarrollo normal de los niños. Los padres que alternan actitudes de tolerancia y de intolerancia, indiferencia y preocupación, afecto y furia inmotivada, destruyen el afianzamiento del niño en el afecto y la certeza de los padres. Ya lo he mencionado: los padres educan a los hijos con sus experiencias, con su historia y sus fantasmas. Lo que he dicho intenta introducir algún grado de autorreflexión en la conducta de los padres, pero es poco probable que para aquéllos que están agobiados por sus problemas el conocimiento más o menos abstracto de lo conveniente pueda cambiar mucho conductas arraigadas en niveles muy profundos de la psicología paterna. Sin embargo, si queremos tener una sociedad en la que los niños puedan vivir, que les dé el campo necesario para crecer, tenemos que tratar de ofrecerles una sociedad menos violenta, tenemos que tratar de que puedan enfrentar con realismo las violencias y frustraciones que siempre los amenazarán y, en el terreno más íntimo de las relaciones educativas familiares, tenemos que desterrar las formas insidiosas de imperceptible violencia sobre las que se apoyan y de las que se alimentan las violencias más visibles. Quizás valga la pena concluir con una vieja frase de San Agustín: “dadme otras madres, y os daré otro mundo”. Pero esta frase necesita ser completada: para tener otras madres, necesitamos también otros padres. Clarita de Melo |
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