Colombia en el Diván



Reflexiones psicoanalíticas sobre el juego


Escríbame
mail-text.gif (1167 bytes)


índice Colombia en el diván
índice Colombia en el diván



Al hablar de juego, aparece a primera vista un reino de una amplitud inabarcable. Hablamos de juego cuando nos referimos a la actividad espontánea y aparentemente gratuita del niño, pero también cuando pensamos en los juegos de azar o en los juegos deportivos. El jugador nos sugiere el adulto entregado a una pulsión obsesiva que lo domina y de la que no puede escapar, como en la conocida novela de Dostoievski, así como a quien, en el momento descansa de los afanes del mundo, juega a las cartas. Decimos que los niños juegan cuando recrean, por su propia iniciativa y sin aparente sujeción a reglas, las actividades de los adultos, como en el juego de policías o ladrones o el juego a ser doctores, y también cuando frente a una pantalla de televisión responden a los estímulos de un programa de computador.

En otros idiomas, las contraposiciones semánticas definen un universo diferente para el jugar. En el inglés, el "play" es diferente al "game", que se reserva a los juegos de azar y a los juegos sujetos a unas reglas rigurosas, como el ajedrez o los juegos de video. Pero si el sustantivo es menos inclusivo, el verbo to play incluye toda clase de juegos y deportes, así como el desempeño de papeles teatrales o incluso la ejecución de un instrumento; similar amplitud de contenidos caracteriza al francés jouer, y un frecuente galicismo o anglicismo nos recuerda en español la afinidad del teatro y el juego: “jugar un papel importante”, se ha vuelto recientemente una expresión común en nuestro idioma.

Por otro lado, todos estamos de acuerdo en considerar al juego una acción que es propia de los niños más bien que de los adultos y, como adultos, contraponemos su falta de seriedad con la seriedad del trabajo: para el maestro o el padre, el tiempo que el niño destina a jugar es con frecuencia una pérdida de tiempo, un espacio que se roba al estudio o al trabajo. Se trata de desvalorizar así una actividad que ocasionalmente los poetas y filósofos han colocado entre los más altos actos del hombre.

¿No ha dicho Scheller que “el hombre no forma una totalidad sino cuando juega”? Nietzche, por su parte, en el Ecce Homo, trata de confrontar la contraposición rutinaria entre el juego y lo valioso: “No conozco, dice, método distinto al juego para enfrentar las tareas importantes”. Por su parte, Rilke intenta subrayar cómo el juego, por bastarse a sí mismo, por tener un sentido cerrado y perfecto, brinda al hombre un asilo contra el fluir amenazador del tiempo, un momento de revelación teñido de eternidad:

Horas de infancia en las que tras las imágenes,
ya no estaba el pasado ni, frente a nosotros, el porvenir.
Cierto, crecíamos y a veces nos apresurábamos a volvernos grandes,
un poco por amor de aquellos a quienes no quedaba más que ser grandes.
Y sin embargo, en nuestros pasos solitarios, gustábamos del goce que da lo que permanece,
y nos sosteníamos en el intervalo entre el universo y el juguete,
en un lugar que, desde siempre, se creó para el acontecer puro...
“Elegías al Duino” (Elegía cuarta).

Y Nietzche, para no extender esta seria de ejemplos, subraya la inocencia del juego, su ocurrencia en una zona a la que nada se puede exigir: “Devenir y desaparecer, construir y destruir, sin ninguna responsabilidad moral, con una inocencia eternamente igual, es algo que está reservado en este mundo únicamente a los juegos del artista y del niño” (La Filosofía en la Epoca Trágica de los Griegos). ¿A donde podría conducirnos esta idea de los juegos del artista?

Pero volviendo a la afirmación elemental de que el juego lo encontramos en su forma originaria en la actividad del niño, tratemos de colocarlo en el proceso de desarrollo de éste y de analizar su función y su sentido dentro de las realidades infantiles. Para ello es conveniente ver en qué momento de la evolución psicológica de del bebé aparece el juego. Me permitiré comenzar con una cita de Freud, algo extensa, pero que resulta importante porque constituye su comentario más explícito acerca del juego y porque se refiere a un ejemplo que se ha convertido en un clásico de la literatura psicoanalítica, por plantear con sorprendente agudeza alguno de los problemas principales del juego. En 1923, en Más allá del principio del placer, y en el contexto de una amplia y compleja discusión sobre una serie de fenómenos que parecían desmentir su tesis original acerca de la existencia de dos únicos principios fundamentales psíquicos, el principio del placer, que expresaba las pulsiones del ello, y el principio de realidad, que obligaba a transar con el mundo exterior, narró Freud el juego de un bebé de 18 meses, tranquilo y obediente, que soportaba con ánimo sereno, sin llorar ni desesperase, las ausencias, a veces muy largas, de su madre:

“Este maravilloso niño tenía sin embargo la costumbre de echar a un rincón de la habitación todos los objetos que caían de sus manos . . . Al lanzar lejos los objetos pronunciaba con un aire de interés y satisfacción el sonido prolongado (oooo) que, según los juicios acordes de la madre y el observador, no se trataba de una interjección, sino que era la palabra Fort (lejos). Finalmente, me di cuenta de que se trataba de un juego, ya que el niño no utilizaba sus juguetes sino para lanzarlos lejos. Un día advertí algo que confirmo mi idea. El niño tenía un carrete de madera con un cordel enrollado. Ni una vez le pasó por la cabeza la idea de arrastrar la bobina tras de sí, de jugar con ella como si fuera un coche, sino que sujetando el hilo, lanzaba la bobina con bastante puntería por encima de la barandilla de su cama rodeada con unas puntas, tras las que desaparecía. Entonces pronunciaba su invariable oooo, tiraba del cordel hasta que volvía la bobina a la cama y la saludaba con un alegre Da (Aquí está). Este era el juego completo que comportaba una desaparición y una reaparición, pero del que generalmente sólo se veía el primer acto, que repetía incansablemente, aunque era evidente que el que daba mayor alegría al niño era el segundo”.

Freud continúa:
“El gran esfuerzo que se imponía el niño significa una renuncia a la satisfacción de una tendencia que le permitía soportar sin protestas la marcha y ausencia de la madre. El niño se desquitaba, por así decirlo, de esta marcha y esta ausencia reproduciendo, con los objetos que tenía en la mano, la escena de la desaparición y la reaparición . . . Cierto que la marcha de la madre no era un hecho agradable, ni siquiera indiferente, para el niño. ¿Cómo conciliar entonces el hecho de que jugando reprodujera este acontecimiento doloroso, con el principio del placer? ¿Quizá podría pensarse que si el niño transformaba la marcha en un juego, era porque ésta procedía siempre y necesariamente la alegre vuelta, que debía ser el verdadero objeto del juego? Pero esta explicación no encaja demasiado con lo observado, ya que el primer acto, la marcha, formaba un juego independiente, y que el niño reproducía esta escena mucho más a menudo que la del retorno, e independientemente del mismo . . . De la impresión de que sí el niño ha hecho del suceso que nos ocupa un objeto de juego, ha sido por otras razones. Se encontraba ante esta situación [de marcha o retorno de la madre] en una actitud pasiva, la sufría por así decirlo; y he aquí que asume un papel activo, reproduciéndola en forma de juego, a pesar de su carácter desagradable. Podría decirse que el niño buscaba en esta forma satisfacer una tendencia al dominio, inclinación que habría tendido a afirmarse independientemente del carácter agradable o desagradable del recuerdo. Pero todavía podemos intentar otra interpretación. El hecho de lanzar un objeto haciéndolo desaparecer, podría servir para satisfacer un impulso de venganza respecto a la madre y significar más o menos lo siguiente: Si, si, vete, vete, no te necesito para nada, yo también te echo . . . Nos podemos pues permitir el preguntarnos si la tendencia a asimilar psíquicamente un acontecimiento que les impresiona [a los niños], a hacerse totalmente dueños de él, puede manifestarse por sí misma, independientemente del principio del placer.

Si, en el caso que nos ocupamos, el niño reproducía en el juego una impresión penosa, era quizás porque veía en esa reproducción, fuente de placer indirecto, el medio de obtener otro placer pero más directo.

De cualquier manera que estudiemos los juegos de los niños, no obtenemos ningún dato cierto que nos permita decidirnos entre estas dos maneras de ver las cosas. Puede verse que los niños reproducen en sus juegos todo lo que les ha impresionado en la vida por una especie de reacción contra la intensidad de la impresión que, por así decirlo, intentan dominar. Pero por otra parte, también es evidente que todos sus juegos están condicionados por un deseo que, a su edad, desempeña un papel predominante: el deseo de ser mayores . . . Se verifica también que el carácter desagradable de un acontecimiento no es incompatible con su transformación en objeto de juego, con su reproducción escénica. El que el médico le haya examinado la garganta o le haya hecho una pequeña operación, son recuerdos dolorosos que el niño no dejará de evocar en su próximo juego; pero puede verse muy bien qué placer puede mezclarse en esta reproducción y de qué fuente puede provenir: substituyendo con la actividad del juego la pasividad con que había sufrido el hecho doloroso, inflige a un compañero de juego los sufrimientos de que él había sido víctima y de esta forma ejerce sobre aquél la venganza que no pudo infligir al médico . . . A diferencia de lo que pasa en los juegos de los niños, el juego y la imitación artísticas a las que se entregan los adultos se orientan directamente hacia el espectador buscando comunicarle, como sucede en la tragedia, impresiones a menudo dolorosas que son sin embargo fuente de delicadas alegrías. Comprobamos que, a pesar del principio del placer, el lado penoso y desagradable de los acontecimientos encuentran todavía caminos y medios suficientes para imponerse al recuerdo y convertirse en objeto de elaboración psíquica . . .”

Este texto resulta demasiado complejo y lleno de sugerencias para que podamos someterlo a un análisis detallado. Limitémonos a subrayar algunos de sus aspectos más salientes:

1. El juego parece estar orientado a que el niño encuentre una forma de soportar un hecho que no puede controlar en la realidad: las ausencias de la madre.

2. El niño logra este objetivo mediante la transformación de una situación pasiva -incontrolable- en una actitud activa, que puede reproducir a voluntad, que de algún modo controla.

3. El juego también parece estar orientado a satisfacer un impulso de venganza hacia la madre, culpable de abandonar el niño. En otros juegos, el dolor que el niño ha sufrido se compensa pasando a ejercer, en juego, ese dolor sobre un compañero de juego.

4. Todos los juegos están vinculados a la satisfacción de un deseo común a los niños: el de ser mayores.

5. Los juegos tienen una similitud con las actividades artísticas y desempeñan una función similar, la de hacer soportable un hecho desagradable y convertirlo en placentero, aunque en el arte existe siempre la orientación hacia un espectador.

Fuera de estas consideraciones, que aparecen en una forma explícita en el texto de Freud, es preciso destacar que el mecanismo que hace posible el intento de dominar la situación dolorosa es que el carrete o la bobina puede tomar el lugar de la madre, haciendo de símbolo de ésta, de modo que al arrojarla o echarla es a la madre a la que se echa o arroja, y los efectos dirigidos a la madre se desplazan hacia el carretel o los juguetes. Igualmente, apunta Freud, sin hacerlo explícito, al mecanismo conocido como identificación con el agresor, que le permite jugar a ser el médico o el dentista. Finalmente, el juego aparece como una actividad que permite satisfacer un deseo, cuyo sentido no es consciente para el niño: Freud enuncia un deseo general, el de ser mayores, cuyo sentido profundo, podemos suponerlo, tiene que ver con el deseo de ocupar el lugar del padre en el triángulo edípico y por lo tanto, en el ejemplo concreto presentado, se liga el deseo de retener la madre.

En resumen, el texto de Freud nos señala cómo el juego sirve de mecanismo para enfrentar y dominar algunas formas de experiencia particularmente dolorosas. Sin embargo, es preciso recurrir a otros aspectos de la teoría psicoanalítica, elaborados por Freud o sus sucesores, para poder responder a la pregunta que se debe plantear en forma inmediata: ¿Por qué resulta privilegiado este mecanismo? ¿Por qué es el juego la conducta universal del niño? Por otro lado, es conveniente señalar que la observación posterior de la conducta infantil ha mostrado que juegos como el descrito por Freud aparecen en etapas mucho más tempranas del desarrollo infantil, lo que permite enlazar el surgimiento del juego en forma más estrecha con las condiciones generales del desarrollo del niño.

Como el mismo Freud lo señaló, el decir que es imposible separar al bebé de los cuidados maternos, hasta cierto momento del desarrollo infantil no podemos afirmar que el niño tenga una existencia separada, independiente de la madre. Inicialmente, se encuentra en una relación simbiótica con ésta, sin que pueda decirse que es capaz de separar sus sensaciones “internas” de una realidad externa. Durante esta etapa inicial, el niño depende por completo, para su supervivencia y para su bienestar, de la madre, que satisface sus necesidades a medida que las intuye o reconoce. El bebé tiene hambre, y la madre le da el pecho; llora, u la madre busca la manera de suprimir los motivos del llanto. La madre alimenta, mece, acaricia, controla la temperatura del bebé. Ninguno de estos actos es para el bebé un acto externo: nada le permite diferenciar lo propio y lo ajeno, lo interno y lo externo. Es como si esta etapa, de profunda dependencia, fuera también al tiempo una etapa de omnipotencia. Mágicamente la necesidad engendra la satisfacción, el deseo del niño produce lo que lo llena. El bebé es una prolongación de la madre y la madre una continuación del bebé: éste no tiene aún individualidad, su yo no se separa de lo que no es su yo, no puede reconocerse como sujeto ni reconocer a otro como objeto; su identidad no existe.

Ahora bien, con frecuencia la excitación del niño no logra resolverse, y el niño se sume en la frustración. La madre puede abandonarlo, dejarlo llorar sin darle de comer. En muchas ocasiones, como lo señaló Freud, el niño se calma solo e incluso sonríe: es como se lograra reemplazar a la madre ausente por una creación ilusoria, como si alucinara la madre, lo que produce la satisfacción temporal de su carencia. Pero el hambre o el dolor retornan y el niño cae de nuevo en una inquietud desconsolada, en una oscilación cada vez más dolorosa y desesperanzada. Para el bebé cometido a separaciones de la “madre” -que no es necesariamente la real- demasiado largas, esto puede llegar a producir unas carencias imposibles de llenar, una caída definitiva en la alucinación: el delirio se convierte en el prototipo de respuesta a las frustraciones impuestas por la realidad, y la psicosis amenazará a quien ha quedado marcado por esta brecha, por esta herida original.

Pero puede ocurrir que el tránsito de la ilusión de omnipotencia a una etapa en la que las frustraciones de la realidad sean aceptables se haga de un modo gradual. Donald Winnicott ha descrito este proceso, refiriéndose a la función de la “buena madre”. Según él, ésta es “la que se adapta activamente a las necesidades del niño, una adaptación activa que decrece gradualmente, ante la creciente habilidad del niño para enfrentar los fracasos adaptativos y para tolerar los resultados de la frustración . . . Comienza con una adaptación casi completa a las necesidades del niño, y con el paso del tiempo se adapta en forma cada vez menos completa, poco a poco, de acuerdo con la habilidad creciente del niño para manejar los fracasos de la madre. El niño cuenta, entre otros, con los siguientes medios para manejar los fracasos maternos:

1. La experiencia, repetida con frecuencia, de que existe un límite temporal para la frustración. Al comienzo, por supuesto, éste debe ser corto.
2. Un sentido creciente de “proceso”.
3. Los comienzos de la actividad mental.
4. El empleo de las satisfacciones autoeróticas.
5. Recordar, revivir experiencias, fantasear, soñar; la integración de pasado, presente y futuro”.

Como lo señala Winnicott, uno de los mecanismos del niño para enfrentar la falta de habilidad de la madre para adivinar sus deseos, para mantenerlo en la ilusión de omnipotencia, es el uso de actividades autoeróticas: el niño se chupa el dedo. O la madre, en una primera introducción de un objeto externo (desde su punto de vista) que debe reemplazarla en sus ausencias, le da el chupo, que logra también tranquilizarlo momentáneamente. O, descubre que el niño se tranquiliza con el movimiento, y lo mece. Durante las primeras semanas, la mecida, el pulgar o el chupo son las únicas formas como pueden intentar la madre y el niño compensar o responder a las frustraciones del bebé. Luego aparecen conductas más activas del niño, que manifiestan un creciente dominio de su cuerpo y un hallazgo de placer ante nuevos tipos de estímulos, internos o externos (para nosotros): el niño sonríe, balbucea y repite sus propios ruidos, reacciona a los rostros. La madre puede haberle dado un objeto que el niño acaricia o muerde o un sonajero que agita, un poco mecánicamente al comienzo y luego en forma más activa. Entre los 4 y los 8 ó 10 meses, sin mucha precisión cronológica pero sorprendente coherencia, el niño responde al juego que le propone el adulto de esconder y mostrar su cara y arroja a veces los juguetes que se le han dado, una y otra vez, como si buscara forzar a la madre a estar presente para recogerlos, al mismo tiempo, en la medida en que el juguete ha sido dado por ella, quisiera arrojar a la madre lejos.

Nos encontramos, en los casos anteriores, ante claros antecedentes del juego, que sería excesivo considerar ya como verdaderos juegos. Es cierto que la madre ofrece “juguetes”, objetos que ella propone como sustitutos suyos, que simultáneamente permitirán al niño empezar a lograr cierta autonomía, a estar sin ella, y de algún modo, como símbolos de ella, prolongan su permanencia con el niño. Es igualmente cierto que el niño recibe y acoge estos objetos, el sonajero o el chupo, en la medida en que su relación libidinal con la madre es satisfactoria, y por lo tanto en la medida en que "reconoce” en ellos el afecto de la madre. Pero mientras el niño no diferencia a la madre del juguete y de su propio cuerpo, se trata de una actividad puramente fantasmal, en la que, si mucho, podríamos decir que el niño “juega” a la madre, se pone en el lugar de la madre, sin que se den aún los elementos de simbolización que permitirán caracterizar realmente al juguete y al juego como tales. En efecto, y a pesar de las dificultades para interpretar la conducta del niño en este período, parece razonable sostener que solamente con posterioridad a la fase llamada del espejo, cuando el niño se comienza a diferenciar de su imagen, se diferencia también el mundo externo del mundo interno y es posible el juego, no la simple prolongación de la madre o del propio cuerpo en un objeto extraño, ni un simple fantasear alucinatorio. El juego parece exigir un status ambiguo, sin que pueda admitirse que se da únicamente en un mundo interno, como el fantasear, ni tampoco se coloque en un terreno de pura y neta realidad, como las acciones con propósito del adulto.

Para desarrollar la idea anterior es conveniente referirse a la idea de Winnicott de que, a más del espacio interior y del espacio externo, existe una zona o “espacio transicional”. Winnicott sostiene que junto a la experiencia claramente autoerótica del chupeteo del pulgar, y al mismo tiempo, el niño hace otros gestos como agarrar una sábana o frazada, acariciarse con trozos de lana, la hechura de ruidos, etc., que parecen confluir en muchos casos en la adopción de un objeto tranquilizador, usualmente blando, que sin estar todavía inscrito en relaciones de objeto, se convierte o adquiere una “importancia vital para el bebé en el momento de ponerse a dormir, y que es una defensa contra la ansiedad, en especial contra la del tipo depresivo . . .”. Este objeto transicional, desde el punto de vista del bebé, no proviene del exterior ni es una alucinación, y aunque puede ser entendido como símbolo de un objeto parcial, el pecho materno, más bien representa una etapa en el camino de la constitución del simbolismo. Finalmente, este objeto se inscribe en ese espacio particular, que describe Winnicott así: a más de la realidad interna con su separación del mundo externo, existe “una zona intermedia de experiencia a la cual contribuyen la realidad interior y la vida exterior. Se trata de una zona que no es objeto de desafío alguno (sin responsabilidad alguna, como señaló Nietzche), por que no se le presentan exigencias, salvo la de que exista como lugar de descanso para un individuo dedicado a la perpetua tarea humana de mantener separadas y a la vez interrelacionadas la realidad interna y la exterior”. Esta zona no está sometida a la prueba de realidad, y desde el punto de vista del bebé, está a medias entre su incapacidad para reconocer la realidad y una naciente pero creciente capacidad para ello. En ese mundo transicional se encuentra, concluye Winnicott, la base que nutre ese tercer sector del mundo, que se añade a la realidad psíquica interna y al mundo exterior, como puede ser establecido por la ciencia o las percepciones comunes: el mundo de la cultura, que incluye “el juego . . . la creación y apreciación artísticas, los sentimientos religiosos . . . los sueños, y también las mentiras y los hurtos . . . la adicción a las drogas, el talismán de los rituales obsesivos, etc.” . . .

Enlazando las diversas líneas argumentales esbozadas hasta ahora, postularíamos que el juego es una actividad que surge en el espacio transicional definido por Winnicott, en el momento de surgimiento de una diferenciación primaria entre el yo y el no yo, entre el niño y la madre, para responder a la demanda fundamental del desarrollo del niño: soportar y vivir la crisis de la omnipotencia alucinatoria que regía hasta entonces, es decir, poder dominar la frustración introducida por la ausencia creciente de la madre, poder existir con independencia de la madre, poder compensar el sacrificio hecho al no continuar con la simbiosis con la madre. Es más, el juego es la actividad por excelencia, la actividad natural de ese espacio transicional, y por lo tanto el prototipo de las actividades creadoras del adulto, en el más amplio sentido de este término: no sólo las artes sino toda afirmación de independencia vital frente a las imposiciones de la realidad externa, a la adaptación rutinaria al mundo. Por otra parte, todo este ejercicio de control o dominio de la realidad, que se hace con relación a la ausencia o presencia de la madre, se hace con ayuda del “juguete”, introducido por la madre como su representante, en la medida en que ésta colabore con el proceso de autonomía e independencia y definición de la propia identidad del niño. El juguete y los juegos adquirirán el carácter de símbolos, que representarán diversos contenidos. Y como lo muestra el juego analizado por Freud, y lo mostraremos con relación a otros ejemplos, el juego conforma una unidad significativa similar al sueño, en la que un deseo busca su realización y para ser aceptado por la censura (por el super yo o por los adultos) es deformado mediante los procedimientos que deforman los deseos para hacerlos aceptables a la conciencia: la proyección, la condensación, el desplazamiento, el simbolismo.

Pero si el juego es realización de deseos, estos se afirman en él en un terreno que no es, como lo hemos subrayado, ni el de la pura fantasía ni el de la realidad. El niño que juega normalmente sabe que el juego no es verdad: que cuando pretende ser el rey no es el rey, o que a la muñeca a la que acuna no es realmente una hija. Pero al mismo tiempo que sabe que es algo cuyo sentido le está dado por el mundo psíquico, le postula una realidad que la fantasía, que el fantasear, no tiene: debe inscribirse en un hacer real, en un conjunto de movimientos, que además en muchos casos deben coordinarse con los de otros participantes, con otros niños, y sujetos por lo tanto no sólo a las reglas de elaboración onírica sino a reglas originadas socialmente. El juego, no es pues ni verdad ni mentira, ni realidad ni fantasma: es “como sí”, y poderlo reconocer es condición del juego. Cuando el niño no reconoce el carácter simbólico del juguete o del juego, no puede jugar realmente; confrontado con las figuritas humanas que representan y actúan su deseo, la angustia lo invade y en vez de jugar con ellos actúa contra ellos, los destruye, y con frecuencia el llanto le impide jugar; cuando pierde es como si perdiera realmente, y por lo tanto no puede seguir las reglas del juego, porque los compañeros descubren que no puede perder o ganar sin destruir el juego. O prefiere darse a una exhibición del cuerpo propio, o tocar o buscar el contacto con los demás jugadores o, en la sesión analítica, con el analista: no hay propiamente juegos, sino búsqueda de satisfacción pulsional directa.

Los mecanismos del juego

El juego representa un drama en el que se despliegan diversos deseos del niño. Algunos, por no ser objetables ni por los adultos ni por la censura, parecen expresar directamente un deseo consciente: el niño juega a ser maestro, a ser bombero, a ser adulto. Sin embargo, detrás de la realización de este deseo consciente se esconde con certeza la realización de deseos que han sido censurados, de fantasmas configurados por la represión y la censura: el adulto que se representa es la madre o el padre, y el avatar del juego en el que se da muerte a un jugador puede representar el deseo de muerte del padre, o la ira contra la madre. Por estar en el “como sí”, en ese espacio transicional tolerable, pueden representarse y encarnarse pulsiones y deseos que no son aceptables directamente, y en este proceso es como si perdieran su violencia y como si el niño aprendiera a soportarlos o los resolviera. En el juego, el niño se enfrenta a la realidad, y va creando una realidad propia. Usa los mecanismos del juego y los mecanismos de defensa para demostrarse que también puede ser independiente, que no existe la impotencia, que no depende . . .

Estos mecanismos han sido analizados muchas veces, y basta presentarlos en forma muy somera. La proyección es el más universal de todos. El niño lanza sus afectos al mundo externo, coloca en el otro las características que le son propias. Y el objeto malo introyectado y amenazador se expulsa. La madre mala se encarna entonces en la muñeca odiosa o necia, o en la bruja, que después de dibujada o construida es objeto de agresión y se destruye. La angustia del niño por la dependencia de la madre se representa negándola en el exterior; no la necesito, puedo arrojarla lejos, que se vaya. Por otra parte, la proyección puede, en el niño perturbado, destruir el juego: el niño atribuye al otro el deseo de hacer trampa, o reconoce siempre en el otro la trampa o violación de las reglas, y el juego se convierte siempre en pelea o conflicto.

Así como la proyección es un mecanismo que aparece en todos los juegos el desplazamiento está también en la base de ellos. En primer lugar el desplazamiento de la madre al juguete; esté es inicialmente ante todo el representante y símbolo de la madre, y nunca pierde este carácter. Por otra parte, los afectos se desplazan de padre o la madre o los juguetes. Al jugar a los soldados, al matar en el fuego, los afectos hostiles se transfieren, en forma tolerada, al juguete. Inicialmente la plasticidad es casi ilimitada: el fantasma del niño encuentra forma de dramatizarse en casi cualquier objeto: si la furia y la frustración lo dominan, el más lejano de los significantes puede acoger los afectos en cuestión. Luego el juguete se va haciendo más especializado, y es su misma forma la que, siguiendo los sentidos simbólicos más o menos intersubjetivos, atrae los fantasmas del niño: las casas sirven para representar el cuerpo de la mujer, las espadas y revólveres aparecen como significantes del padre o del falo.

La identificación, cuyo prototipo se encuentra en las fases orales del desarrollo libidinal, constituye otro mecanismo de elección. Basada en la incorporación, es por supuesto la base de todos los juegos de representación: juguemos a que yo soy el médico, a que somos familia, a que yo soy el rey. En los juegos de títeres, cuando el niño los manipula y no es un simple espectador, la identificación hace a veces olvidar la diferencia y la emoción del niño pequeño puede ser insoportable: no acepta entonces que lo maten y se rompe esa separación entre no ser que cuando se rompe destruye el juego, ese saber simultáneo de que se es y no se es, de que se juega pero lo que se juega es más real que lo que se pretende. La identificación es muchas veces con el padre del mismo sexo, y el niño se pone los vestidos, los zapatos grandes. Con frecuencia la identificación con el otro sexo se hace manifiesta, y el niño quiere disfrazarse de niña o viceversa, o selecciona obsesiva y excluyentemente los juegos que culturalmente son habituales en el otro sexo: el niño juega con las muñecas o la niña se niega a hacerlo y sólo quiere jugar los juegos que sus compañeritos varones juegan, y de los que tratan rutinariamente de excluirla.

En muchas de las identificaciones es transparente el desquite al agresor. El niño se identifica con éste, pero para ridiculizarlo o destruirlo, o para volver activo el sufrimiento pasivo. El niño juega a ser dentista para soportar la angustia de ir a donde el dentista. O remeda al profesor que lo ha regañado, al padre que castiga, e incluye esto dentro de un juego relativamente elaborado.

Al lado de la identificación con el agresor aparece también la identificación con el objeto amado, y la niña asume el papel de madre o el niño juega a desempeñar el empleo del padre, o a conducir el automóvil como él. A veces la identificación es narcisista, y se realiza con lo parecido al niño: otro niño puede ser objeto de esta identificación, y en el juego el niño está pendiente de lo que le sucede al otro o forma una pareja privilegiada con él.

Los deseos del sueño

Hemos visto cómo los juegos originarios, típicos del segundo año de vida, encuentran su prototipo en el ejemplo analizado por Freud: tienden a expresar el intento de dominar la ausencia de la madre y por lo tanto expresan el deseo de poder controlarla, de ser como los adultos. Sin embargo, todo juego escenifica simultáneamente la realización de pulsiones y deseos parciales, ligados a la fase de desarrollo en la que se encuentre el niño. Es como si, fuera del sentido fundamental del juego, éste expresara conflictos más concretos del niño.

El surgir relativamente tardío del juego excluye casi por definición los juegos en los que predomina la oralidad: en esta fase la oralidad se satisface directamente con la excitación del órgano respectivo y con las fantasías de incorporación y asimilación. Cuando el juego aparece, es en el marco del paso a la fase anal, de las prohibiciones de los padres. Al mismo tiempo, es el momento en el que se pretende controlar a la madre. Como se sabe, una de las maneras de controlarla es no acoger sus normas higiénicas, reteniendo el bolo fecal, o convirtiendo el cumplimiento de las reglas en una especie de pacto con la madre. Casi que esta fase es por definición la fase del juego, la fase del simbolismo fundamental de la actividad lúdica, dadas las relaciones simbólicas estrechas entre el excremento, los regalos, y los rituales de regalos. Como lo dice Freud, “Los conceptos de excrementos (regalos, dinero), de niño y de pene, se separan difícilmente”. Además, la fase anal está caracterizada formalmente por el predominio de las acciones de repetición, que se convierten en una de las características centrales de la gramática de los juegos, y por el desarrollo de la agresividad y autonomía corporales (caminar, correr, saltar, dar voltacanelas, luchar) que serán la base de la transición del juego al deporte del adolescente y a la pasión del espectador, identificado con el jugador, en los adultos.

En la fase anal, entonces, resulta fácil encontrar los deseos parciales. El niño al que se le prohibe jugar con las heces, o al que se estimula para realizar sus funciones, encuentra en el modelaje con barro, en los juegos de arena y agua una salida para sus fantasmas. Como es usual, el niño que erotiza patológicamente su función, por ejemplo el encoprésico, juega con la dificultad, se aísla o se entrega a “juegos” obsesivos, por llamarlos así: a dibujar el mismo objeto repetidamente. Otras perturbaciones menores se advierten en la exageración de las características anales; el niño no juega con los juguetes por no desordenarlos, llora cuando alguien los mueve del sitio donde los ha colocado, se angustia si pasan una raya de la baldosa. Aprende a jugar a las cartas, pero no sigue las reglas, porque se niega a arrojarlas sobre la mesa, quiere conservarlas, o las ve en función de la imagen dibujada en ellas: no juega a la lotería, porque pretende conservar las fichas que le atraen.

A partir del momento en la prohibición edípica excluye al niño de la pareja, los juegos adquieren un carácter fálico, y el juguete tiende a revestirse de carácter fálico: funciona como intermediario, con mayor frecuencia, entre dos o más personas: mientras el juego anal es solitario y los niños juegan en simple contigüidad, el juego de este estadio es un juego en compañía. La curiosidad sexual motiva algunos de estos juegos: son juegos de ver y esconder, de mostrarse. El juego al doctor o a la enfermera permite reconocer, a veces para negarlas, las diferencias entre los sexos. Los juegos de búsqueda de un objeto que se oculta interesan a los niños. Antes de comenzarlo, como en el mito de Edipo, el que hará la búsqueda se ciega momentáneamente, en una representación transparente de la castración simbólica. Al acercarse al objeto o alejarse, los jugadores indican si está más caliente o frío. Cuando el que busca falla, la burla de los demás le corresponde. En otros juegos de búsqueda, como la gallina ciega, la búsqueda incluye una erótica más clara, pues hay que reconocer el buscado por sus rasgos, adivinados en medio de la ceguera por el tacto. Otros juegos actúan fantasmas agresivos en forma apenas deformada: policías y ladrones, donde algunos niños escogen ser policías y otros prefieren consistentemente la posición de ladrones, perseguidos pero en algún sentido rebeldes y violadores de la norma. En estos juegos, los niños emproblemados rompen con frecuencia las reglas y pasan del mundo simbólico al real, y la violencia, contenida por las normas del juego, se hace abierta.

Estos juegos se prolongan durante el período de latencia, y tienden a desaparecer en la adolescencia, cuando el juego deja de ser la base general de la actividad del niño, y se convierte en una actividad parcial: en cierto modo, el adolescente no quiere jugar más, se aísla y pretende la seriedad, o sólo usa los juegos como pretextos para resolver sus pulsiones y encontrar oportunidades sociales y de contacto. El deporte, basado en la satisfacción por el dominio del cuerpo y del espacio, reemplaza al juego propiamente dicho.

En conclusión

Este texto ha tratado de mostrar el sentido del juego y su función dentro del desarrollo del individuo, en el proceso que lleva de la dependencia original a una afirmación de la individualidad, de la independencia y sobre todo, ha tratado de mostrar cómo todos los mecanismos del juego convergen en un esfuerzo por permitirle al niño abrir una zona de creación, con una relación muy especial con el mundo psíquico interno y el mundo exterior. Esta zona creativa es la que, en la medida en que logra desarrollarse normalmente, permite a la persona escapar al dilema de someterse a la pura fuerza de sus fantasmas y sus pulsiones, y caer en el delirio que pretende imponer la experiencia subjetiva a los demás y a la realidad, lo que llamamos la locura y el sometimiento pasivo a la realidad exterior. Esta zona creativa es la que constituye la base, como lo señalamos en las citas iniciales, para otras actividades que siguen la misma dinámica. En el juego, el niño aprende a dominar la realidad externa, pero reconociéndola e incorporándola simbólicamente, aprende a soportar la separación de la madre y por lo tanto la soledad y el mundo.

Quienes no logran desarrollar esta zona no aprenden a manejar los mecanismos adecuados de defensa, y en la práctica clínica es posible reconocer las perturbaciones generales por las perturbaciones del juego. Cuando el niño ha sido invadido por la madre, en las fases iniciales del desarrollo, no recibe de ésta el regalo del juguete que abre el camino a la independencia: es una madre que no renuncia al bebé ni a sus connotaciones simbólicas; posiblemente su propia feminidad no ha sido aceptada, y el bebé, como pene imaginario, se trata de conservar estrechamente ligado: la madre impone al niño el delirio y eventualmente la psicosis, la incapacidad para distinguir entre lo imaginario y lo real; en tales casos, el padre no logra introducir la ley, el retiro paulatino de la madre y su reemplazo parcial por los objetos substitutos. En el otro extremo el niño abandonado no puede cargar adecuadamente su propio juego de libido, y no logra pasar por la etapa en que el cuerpo funciona como una especie de pre-juguete: la depresión es el resultado o a veces la psicopatía, según las constelaciones propias de cada caso. El aprender a jugar es entonces la señal fundamental de que el desarrollo del niño sigue un camino creador, y las dificultades para el juego, en cualquier momento del desarrollo, las irrupciones de una libido no simbolizada que impide jugar y transforma el “como si” en un proceso real o en un juego directamente libidinal, son un claro índice de perturbación general. Por supuesto, las perturbaciones del juego presentan diferentes grados de severidad: en algunos casos la incapacidad de jugar es prácticamente total, y esto remita a las dificultades originales de la incorporación de lo real y la instauración de lo simbólico. En otros casos son las perturbaciones parciales del desarrollo los conflictos propios de la fase anal y fálica los que se expresan, más que en una incapacidad total de juego en una conformación patológica del juego, como los juegos obsesivos, o excesivamente erotizados, o que se convierten recurrentemente en llanto o violencia.

Y si el saber y poder jugar es una de las vías reales de acceso a la salud, y el poderlo reconocer una de las vías de acceso al niño, como lo muestran las diferentes técnicas terapéuticas basadas en la interpretación del juego y, en el caso de las perturbaciones severas, en el intento de conducir al niño al juego, también para el adulto el conservar la capacidad de jugar señala la posibilidad de una vida creadora. Como lo señala Winnicott, el juego es lo originario, y el arte o el psicoanálisis, esa forma particular de juego mutuo entre analista y paciente, son un desarrollo secundario y sofisticado, que se apoya sobre la base de ese espacio transicional al que hemos aludido. El juego continúa abriendo el camino para la experiencia de felicidad sin condiciones, de una acción gratuita y creadora en la que el hombre se sustrae, momentáneamente pero con efectos perdurables, a la tiranía de sus pulsiones parciales o de las imposiciones reales. Citemos a Winnicott: “En otras palabras, lo universal es el juego, y corresponde a la salud, conduce a las relaciones de grupo; el jugar puede ser una forma de comunicación en la psicoterapia, y por último, el psicoanálisis ha sido desarrollado como una forma altamente especializada de jugar, al servicio de la comunicación con uno mismo y con otros (recuérdese que el psicoanálisis se apoya en recrear ese espacio transicional, ese abandono de los compromisos y las presiones en el que la asociación libre puede darse). Lo natural es jugar, y el fenómeno altamente sofisticado del siglo XX es el psicoanálisis. Vale la pena que al analista se le recuerde continuamente no sólo lo que le debe a Freud sino también todo lo que nosotros debemos a esa cosa natural y universal que es el jugar”.

Como adultos, la presión de la vida y el trabajo nos abruma en ocasiones: el esfuerzo de vivir nos lleva con frecuencia a entregarnos a las fuerzas externas, a no tratar de conformar la vida sino a dejarnos conformar, a adaptarnos. Incluso el psicoanálisis, en sus versiones adormiladas, se deja llevar por el afán de la adaptación, y no por reconstruir la capacidad de crear, de vivir y de jugar, para poder encontrar de nuevo ese espacio privilegiado en el que cantan y en el que juegan los niños. Permítanme concluir recordando la canción de Cat Stevens:

“Pues creo que está bien que construyamos aviones
o crucemos el aire en un tren cósmico,
encendiendo el verano desde un traganíquel.
Uno logra lo que quiere, si lo quiere,
pues uno logra cualquier cosa.
Sé que hemos avanzado mucho,
cambiamos día a día.
Pero díganme, ¿dónde juegan los niños?

Hemos roto los cielos, edificios llenan los aires,
y seguiremos construyendo cada vez más arriba
hasta que no quede espacio allá en lo alto.
Nos harán reír, nos harán llorar,
nos dirán cuando vivir y nos dirán cuando morir.
Sé que hemos avanzado mucho, cambiamos día a día.
Pero díganme, ¿dónde juegan los niños?”.

Clarita de Melo Bogotá, 1988 REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Aries, Philippe, Centuries of childhood (1962).
Caillois, Roger, Les jeux et les hommes (Paris, 1958).
Chateau, Jean: L’enfant et le jeu (Paris, 1950).
De Mause, Lloyd (de), The History of Childhood (Londres, 1974).
Erikson, Eric: Infancia y Sociedad (Buenos Aires, 1959).
Fink, Eugen, “Pour une ontologie du jeu” en Jean Wahl (ed.), L’art et le jeu (Neuchatel, 1957).
Freud, Ana: Le normal et le pathologique chez l’enfant (Paris, 1968).
Freud, Sigmund, Más alla del principio del placer (Madrid, 1948).
Gutton, Philippe: El juego de los niños (Barcelona).
Klein, Melanie: “Personificación en el juego de los niños”, en Contribuciones al psicoanálisis (Buenos Aires, 1964).
Levovici, Serge y Michel Soule, El conocimiento del niño a través del psiconálisis (México, 1973).
Nietzche, Frederich: La filosofía en la edad trágica de los griegos.
Nietzche, Frederich: Ecce Homo.
Rilke, Reiner María: Elegías del Duino.
Spitz, R.A.: El primer año de la vida del niño (Madrid, 1970).
Winnicott, D.W., “Por qué juegan los niños”, en D.W. Winnicott, El niño y el mundo externo (Buenos Aires, 1965).
Winnicott, D.W., Realidad y juego (Barcelona, 1979).
Winnicott, D.W., El proceso de maduración en el niño (Barcelona, 1975).


© Derechos Reservados de Autor
Colombia

Hosted by www.Geocities.ws

1