Colombia en el diván




Voy a hablarles de la esperanza: a propósito de los premios de la fundación Alejandro Ángel Escobar


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br>En la mitología griega, Zeus creó la primera mujer, Pandora, y la entregó a Epimeteo, el irresponsable hermano de Prometeo. Los dioses habían colocado en una caja todos los males: Pandora la abrió y todas las enfermedades, todas las calamidades, todos los horrores se regaron por el mundo. Lo único que quedó en la caja fue la esperanza, que para bien o para mal, siguió bajo el control de los hombres. Al contar con ella, los hombres conservaron al menos la posibilidad de enfrentarse a lo terrible y estar abiertos al porvenir.

En efecto, la esperanza es una condición de la vida humana, en la medida en que ésta solo es posible sobre la base de una mínima confianza en el futuro: si no cuento con que los demás responderán a mis actos retribuyéndolos en forma coherente, éstos carecen de sentido. La esperanza de la retribución, la idea de que los demás me pagarán con la misma moneda, es la base de la solidaridad humana, de las acciones en las que olvido, así sea temporalmente, mis intereses y deseos egoístas para crear lazos con los demás.

Según el conocido refrán, la esperanza es lo último que se pierde, y por ello confiamos en que, no importa lo que pase, existe una base mínima de reciprocidad entre los hombres que mantiene funcionando la sociedad. Sin embargo, en un país como Colombia la esperanza en que los demás actuarán de acuerdo con nuestros actos, en que retribuirán el bien con el bien, se ha ido perdiendo. La arbitrariedad del mal, la violencia injustificada, nos amenazan todos los días, y nadie puede creer que si renuncia a algo en favor de los derechos de los demás, si es solidario con ellos, si abandona su satisfacción inmediata en aras del grupo o de la sociedad, su sacrificio de hoy será compensado mañana con la solidaridad de los demás. La transacción implícita en la renuncia del egoísmo en favor del otro no se cumple en forma adecuada, pues a mi renuncia no sigue la renuncia del otro, sino la actitud invasora, la anulación de mis derechos. Los que tratan de sacar lo bueno que tienen dentro, descubren con sorpresa que los demás responden simplemente aprovechándose de su ingenuidad.

Esto, que es cierto en la vida adulta, es aún más cierto en la temprana infancia. Los niños aman porque desean y necesitan ser amados y reconocidos, y si su amor carece de reciprocidad, viven en la desesperación y el odio. En este caso, al crecer el niño anda por el mundo sin esperanza, sobre todo sin la esperanza de ser bueno, de poder dar bondad a los otros, pues lo único que lo habita es el odio y la desesperanza.

En nuestra sociedad, tan llena de conflictos y frustraciones, los niños crecen cada vez más sin amor, sin reconocimiento y sin afecto. Las exigencias de la vida y la cultura actual llevan a la crisis de la familia, a que las madres no quieran a sus hijos, a que la identidad de cada persona se fragmente y debilite. La sexualidad se separa del amor, los afectos se vuelven inexpresables y la agresividad se impone sobre las demás formas de sentir y relacionarse. Por ello, para un sector cada vez más amplio de la sociedad, vivir en forma solidaria, realizar sacrificios por los demás, actuar sin pensar en el propio beneficio, es algo absurdo, insensato.

Y sin embargo, esa acción insensata parece producirse con mayor energía cuando menos lógica parece. La Fundación Alejandro Ángel Escobar, que premia anualmente a las entidades que realizan acciones solidarias, recibe centenares de candidaturas para cada concurso, y los jurados se ven en dificultades para escoger entre tantas personas que realizan sus acciones en bien de los demás sin esperar ninguna retribución, ninguna reciprocidad.

Este año, la Fundación ha destacado tres instituciones cuyos actos se orientan precisamente a atender situaciones en las cuales la esperanza se encuentra casi perdida. La Fundación Eudes atiende a los enfermos de SIDA. Ninguna labor como esta podría estar más saturada de desesperanza, pues se trata de personas condenadas irremediablemente a una muerte próxima. Además, son víctimas de la ignorancia social, que hace que sean estigmatizados y perseguidos. Personas que han sufrido la tragedia de una enfermedad que conjuga la sexualidad, fuente de vida y continuidad de la especie, con la muerte. Hay víctimas totalmente gratuitas, como los niños que han recibido el virus en el útero de la madre. Otros, son el producto justamente de situaciones familiares -la ausencia de una figura paterna, la omnipresencia de una madre abrumadora- que terminan arrojando a los jóvenes -que como todas las personas, viven el sexo como pueden y no como quieren- a una sexualidad inquieta y peligrosa.

La Fundación Claret ha creado decenas de hogares para atender a quienes sufren de drogadicción. En su origen, otra vez se encuentra la crisis de los hogares, la violencia familiar, la falta de afecto, de reconocimiento. Muchos jóvenes, cuya infancia los dejó sin la preparación emocional para enfrentar un mundo hostil, buscan reinventar con la droga los afectos perdidos de la infancia, un edén que evoque el idilio del amor con la madre.

Fungrata, que ha recibido mención especial, atiende a los locos de la calle: esquizofrénicos y paranoicos sin apoyo familiar, sin ningún recurso económico. Sabemos que en sus orígenes están, agravadas muchas veces por la miseria de hogares sin perspectivas, las carencias del afecto materno, la inexistencia de un lugar en el mundo, la concentración en una persona de los conflictos de la familia.

En todas estas instituciones, que hacen lo que no quiere hacer un estado cada vez más ausente, se unen profesionales y voluntarios a luchar contra lo imposible: a reconstruir, no sólo con una actitud profesional rigurosa, sino ante todo con una pasión sin límites, con una dedicación llena de afecto, los lazos que hagan que estas víctimas de la vida vuelvan a estar atadas a ella, vuelvan a creer que pueden vivir o incluso morir con dignidad.

Quienes han tenido la fortuna de crecer en un medio sano, lleno de confianza, logran, sublimando y transformando sus impulsos, desarrollar al menos una modesta pero valiosísima capacidad de actuar en favor de los demás, de cumplir las normas de la solidaridad social, de reconocer sus compromisos como ciudadanos y personas, de encontrar a veces la satisfacción en el bienestar, la sonrisa del otro. Todos debemos aspirar a fortalecer esta modesta capacidad de ser buenos, que se origina en nuestro deseo de ser queridos y reconocidos.

Pero nada más conmovedor que poder reconocer en otros un desbordamiento, un exceso de esta capacidad, como el que muestran quienes se dedican a esta forma de apostolado, casi de santidad, de no buscar en la vida más que el bien de otro. La retribución que todos esperamos por nuestros actos, es para estas personas algo que se logra simplemente mediante la satisfacción de ver que el otro, la víctima total, el más desgraciado de todos, empieza a recuperar la capacidad de vivir tranquilo, de morir tranquilo, de verse a sí mismo como alguien capaz de bondad y por lo tanto de luchar contra lo que le hace daño, de reconstruir los núcleos sanos de su psicología. Ante lo que realizan estas personas y estas instituciones, la esperanza sigue viva, el don supremo de la mujer que los griegos denominaron irónicamente, la portadora de todos los bienes, Pandora.

Bogotá, septiembre de 1997


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