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Decentes, inteligentes, trabajadoras, honestas y hasta pispas y elegantes: así son las ministras nombradas por el presidente. Los hombres son más feos y hasta cargan carriel, pero, por lo que parece, fueron escogidos porque conocían su tema. La idea de que para hacer algo se necesita saber no parece haber importado al escoger las mujeres, con alguna notable excepción. En este caso, predominó la idea de uno de los duros del empalme, de que había que dar oportunidades de aprender. Después de escoger un grupo de indudable calidad, los cargos parecen distribuidos jugando a la cachiporra. Pero la inteligencia, la capacidad administrativa, la honradez no son suficientes: no basta ser muy honesto y muy inteligente para dirigir una orquesta sinfónica, ni es posible que los aprendices de vuelo comiencen manejando jets. En este caso, detrás de la inmensa sonrisa que les prodigó el presidente, a pesar de que sus labios casi no le alcanzan para sonreír, hay una gran injusticia: al entregarles, sobre todo en los casos en los que el conocimiento técnico o la experiencia en el área son muy importantes, unas tareas difíciles cuyos intríngulis no conocen, las condena a ser unas ministras tal vez buenas y eficientes, capaces de cuidar el dinero y mejorar la administración, pero sin la oportunidad de introducirle a sus cargos la excelencia, la diferencia que da el conocimiento, la perfección de quien puede evaluar con dominio los informes más complejos de sus asesores, ver todas las implicaciones y sutilezas de una estrategia o introducir cambios eficaces en las políticas impuestas por la rutina o los intereses creados. El país, hay que insistir, está ante una de las crisis más duras de su historia. Es el momento de tratar de hacerlo todo de la mejor manera posible, de buscar la perfección: cero corrupción, cero politiquería, cero improvisación, cero tolerancia a las cosas hechas a medias. El país no puede repetir la época en la que la chambonería fue convertida en virtud. El derecho a errar, que todos alegamos con el cuento de que el que tiene boca se equivoca (errare humanum est, dirán los eruditos), no debe reconocerse en estas épocas a quienes gobiernan a Colombia. Por eso, resulta desconsolador oír a una de las recién nombradas diciendo que no tiene idea de los temas de su cargo, pero que ella es buena para todo. Esto sigue la irónica teoría del filósofo Estanislao Zuleta, quien decía que en Colombia uno se debe posesionar en cualquier cargo que le den, menos de telegrafista, pues es el único empleo para el que hace falta saber. Clarita Gómez de Melo |
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