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La Navidad, con sus luces, promociones, canciones y buenos deseos, produce en muchos adultos cierta tristeza, algo de nostalgia y melancolía. Muchos no logran participar en la "alegría navideña" a la que se sienten obligados, sino convirtiendo las fiestas en un acelerado e intenso itinerario de cenas, visitas, regalos, novenas, pólvora y trago. Por supuesto, la Navidad es una fiesta para niños. Los adultos tratan de explicarles que celebramos el nacimiento de Dios, que se ha hecho hombre para redimir este mundo. Los niños, que esperan los regalos que les traerá ese Dios recién nacido, sienten que sus padres, perfectos, sabios y poderosos, hacen girar el mundo alrededor de ellos, para su comodidad y su satisfacción. La omnipotencia infantil, la sensación de que los padres lo harán todo por ellos, se refuerza con la idea de que también Dios, el ser que todo lo puede, nace para ellos, se preocupa por sus regalos, incluso cuando, como los niños pobres, solo reciben un pobre juguete. Es bien curioso que los seres humanos, los adultos, crean que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, que hizo el mundo y la naturaleza para que estuvieran al servicio del hombre, y que además nace para morir por los hombres. Que el sol y las estrellas brillan para los hombres. Una tremenda soberbia, sin duda, que trata de mantener, bajo la forma de la ilusión, la satisfacción producida por esa sensación de omnipotencia infantil Pero una soberbia difícil de mantener, que ha recibido muchos golpes en la historia: ya el sol y las estrellas no giran alrededor de la tierra, ni Dios parece atender mucho el mundo. La Navidad, al evocar ese momento en que éramos todopoderosos, convierte en nostalgia, más o menos desencantada, la visión de nuestras limitaciones, nuestra impotencia de adultos, nuestra infinita pequeñez en el universo. ¿Como creer que Dios hizo el mundo para nosotros, si además de contemplar el sol y las estrellas, debemos enfrentar la angustia de los niños que mueren de SIDA o asesinados por la violencia? ¿Cómo mantener el optimismo y la alegría en la bondad de la creación, cuando somos testigos de tanta violencia, de tanto Hitler y tanto Stalin, para no mencionar ejemplos más colombianos? Por supuesto, si el adulto es sano, sabe que la vida sigue, y que el bien y el mal no son el resultado de ningún regalo, sino de lo que hagan los hombres. El podrá asumir su responsabilidad, y deberá enfrentar las consecuencias de lo que hacen los demás, en un mundo en el que la magia en la que creía como niño, no tiene ya, por fuera del mundo de Harry Potter, ningún efecto |
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