Colombia en el diván

 

"Con arte se ablanda el hierro..."

 


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Pocos recuerdan a Candelario Obeso, un poeta negro del siglo XIX, momposino, de vida triste y final trágico, autor de la “Canción del boga ausente”:

“Que oscura que esta la noche

La noche que oscura está

No hay en el cielo una estrella

Remá remá..!

Con arte se ablanda el hierro

Se arrulla la mapaná...

Con arte se saca el peje

Del mar, del mar...”

Evoco estas frases al escuchar el discurso de Antonio Caballero, quien al recibir el premio de periodismo Simón Bolívar se declaró con orgullo caricaturista: “uno que, cuando describe la realidad, simplifica y exagera”, pero reivindicó la validez de su visión del mundo: el caricaturista descarta lo que no es esencial y exagera lo característico para mostrar lo vicioso o lo que tiende a ignorarse, a esconderse. Excelente dibujante y maestro de la palabra, Caballero nos muestra cómo ésta tiene el don de domesticar la realidad, sirve para tomar distancia de ella y así poder representarla. La caricatura, con su carga crítica y muchas veces destructiva, es una forma de acercarnos a la verdad. La violencia, la agresividad, los terribles conflictos de nuestra sociedad, encuentran expresión en la palabra que se hace arte como ironía, como sátira, como caricatura. De este modo la palabra sirve para dominar la agresividad, la propia tentación de violencia. La palabra sustituye la agresión, y quien logre usarla como un arte puede, así su obra parezca muy violenta, ser como en el caso de Antonio alguien tímido, suave y caballeroso.

Por supuesto, la palabra puede pervertirse para engañar o provocar: la propaganda, la seducción, el insulto. Pero la que trata de entender el mundo y representarlo, la que busca la complejidad y la belleza, siempre apoya la verdad, e invita al diálogo: solo en la comparación con otros textos, con otras palabras, se hace más integral la visión de la realidad, y se enfrentan los conflictos que hay entre los hombres. Para superar la acción violenta, los hombres han inventado el juego y el arte, formas de establecer distancia con las cosas y con los propios impulsos, de aplazar la respuesta violenta, de pensar el mundo antes de reaccionar.

Caballero, pesimista, dijo que lo que había hecho durante tantos años no había logrado nada. No estoy de acuerdo: si comparamos el impacto de los que han escogido la palabra, el diálogo y la crítica con el resultado de la acción y la violencia, podemos ver la diferencia. En Colombia, muchos han creído que los hechos son más importantes que la palabra, porque se ha vuelto muy común pervertirla, y han elegido la piedra, el fusil, la violencia, el secuestro, la masacre, como formas de protesta o defensa. Pero a la larga, probablemente los que la escogen y prefieren el diálogo mostrarán que tienen razón. Como los negros norteamericanos, que han luchado por medio de la educación y de la no violencia, y han ido avanzando poco a poco, pero con firmeza, hacia la igualdad.

Porque, como darle el premio a Caballero lo muestra, estamos reconociendo que aceptamos formas distintas de pensar y decir; estamos aprendiendo, así sea tímidamente, a admitir y tolerar las diferencias, estamos empezando a entrar, como él lo dice en su estupendo discurso, así sea muy tarde, en lo que ahora llaman la modernidad. ¿Y quien quita? a arrullar tanta mapaná...


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