Colombia en el diván

 

El Caballo de Troya

 


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La historia humana es una historia de violencia: la capacidad de hacer la guerra y asesinar a sus congéneres ha sido una de las claras diferencias entre el hombre y los brutos. El primer hecho que narra el Génesis fuera del paraíso es el asesinato de Abel por Caín, que se sentía discriminado por el Padre Eterno, quien veía con mejores ojos la ofrenda del pastor y despreciaba la del sembrador. El mito bíblico recoge una experiencia universal: el surgimiento de la rivalidad y el odio en el seno de toda familia, cuando el nacimiento de un nuevo hermano pone en peligro la exclusividad en el afecto y el reconocimiento de los padres. Esta experiencia familiar se consolida en la sociedad, en medio de los conflictos y frustraciones de la vida.

En esa historia de la guerra humana que puede leerse en La breve historia del mundo de Ernst Gombrich, se ve como los hombres, al enfrentarse, han invocado siempre la superioridad de su raza, nación, pueblo, religión o cultura, o el derecho a reaccionar de quien ha sido discriminado o menospreciado. Griegos, romanos, bárbaros, árabes, ingleses, norteamericanos se han sentido con el derecho de poner el orden, a sangre y fuego, entre las razas o religiones inferiores.

Mientras tanto, la cultura ha hecho todo lo posible, desde épocas inmemoriales, por sojuzgar la tendencia a la violencia que surge de la rivalidad humana. No matarás, es el mandamiento esencial. Pero es una prohibición para los individuos: estados, naciones, pueblos, iglesias, movimientos revolucionarios, se han considerado por encima de esta prohibición. Solamente en épocas recientes la gente se pregunta por el derecho a la guerra, y se pone en cuestión el derecho de las naciones. Al mismo tiempo, está pasando la confianza en que la violencia es un arma justa de protesta del oprimido y una herramienta adecuada para construir una buena sociedad. La voladura de las torres gemelas es un acto de violencia que, aunque se apoye en las injusticias que han sufrido los palestinos, sólo servirá a sus enemigos: la violencia ciega y arbitraria del oprimido se convierte casi siempre en justificación de sus dominadores, y se vuelve contra los que pretende defender; es una violencia que solo encuentra la complacencia de algunos que sueñan aún con lograr la justicia con la sangre de los otros. Por otra parte, la respuesta norteamericana, así pretenda ser la respuesta legítima contra una amenaza y un acto terrorista, tendrá que tener mesura y limitación, o perderá justificación moral y, a la larga, eficacia.

Gombrich menciona la opinión de un amigo budista, que le hacia ver que el mundo considera ridículo y vergonzoso que una persona presuma que es la más inteligente, la más fuerte, la más valiente, la mejor dotada, pero que si alguien dice "somos los más inteligentes, los más valientes, los mejor dotados, los más poderosos" lo consideran un buen patriota. "Mientras más gente caiga en esta insensatez, concluye Gombrich, tanto más peligrará la paz" Para que alguna vez la prohibición del asesinato se aplique a naciones y movimientos sociales, deberá superarse este narcicismo de las pequeñas diferencias, el narcisismo de los nacionalismos. Porque como decía Jehová: "El peligro no está en tu hermano. Todos vosotros sois el peligro. Ayudáos."

 


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