Colombia en el diván



Cuando te hablen de amor y de ilusiones....




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En una película danesa de Gabriel Axel, El Festín de Babette, unos campesinos puritanos invitados a una exquisita cena terminan disfrutándola con entusiasmo, pero sus preceptos y prejuicios los obligan a hablar de otras cosas, pues no pueden reconocer un placer que les resulta prohibido y pecaminoso.

Un contraste inverso parece darse en Colombia, donde el país se despedaza en un festín de guerra, violencia y sangre, pero los comensales, aterrados, sólo hablan de paz y de amor. Precisamente dentro de unos días se reunirá en Bogotá un encuentro sobre el amor y la literatura, en el que participarán algunos de los escritores latinoamericanos y colombianos más prestigiosos. Todos creemos que en el amor -esa deliciosa mentira que decía León de Greiff- alguien tiene lo que usted busca y alguien busca lo que usted tiene, lo que sólo ocurre en las páginas amarillas del directorio telefónico, cuando más bien alguien busca lo que usted no tiene y alguien no tiene lo que usted busca... Bueno, eso lo discutirán los escritores...

Sin duda, es bueno que, en medio de las dificultades del país, se pueda hablar del amor. La palabra puede servir para que la realidad no se imponga en forma abrumadora sobre la gente, para que, en la distancia que establece con los problemas, se puedan esbozar soluciones, discutirlas y a veces lograr llevarlas a la práctica. La literatura es, en ese sentido, una derivación del juego de los niños, en el que las pasiones se expresan y viven sin consecuencias ni responsabilidades, un espacio en el que se construyen mundos ilusorios en los que de paso se ejercita en forma imaginaria el dominio de las dificultades.

Sin embargo, en Colombia se ha vuelto habitual que la palabra sustituya la acción, llene los vacíos y las faltas. Se usa, muchas veces en forma de promesas, para aplazar las soluciones, para crearse la imagen de que los problemas se resolvieron, como los niños a los que la pereza de madrugar les hace soñar que ya están en el colegio, y despiertan cuando los ha dejado el bus. Nos eximimos de actuar hablando, y los políticos tratan de resolver los problemas con palabras, mágicamente, con una ley o una declaración.

Así como cuando falta el amor muchos lo sustituyen con fantasías y palabras, en nuestra violenta sociedad, en vez de resolver los problemas de fondo que la aquejan, la desigualdad, la mala calidad de la educación, la corrupción, el delirio militar de los grupos armados, se habla sin cesar de la paz. Como nadie quiere ceder nada, nadie quiere renunciar a los pequeños o grandes privilegios de que disfruta, nos dedicamos con entusiasmo a utilizar el lenguaje de la paz como sedante. Y esto, en ambos casos, es pura paja!

 

 


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