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Hace tiempos
corría en Medellín la historia del estudiante recursivo que pudo pagar su pensión de 7
pesos empeñando por 4 un billete de 5. Salió con la boleta, y sin mucho esfuerzo, logró
vender ese recibo de 5 pesos por 3 a alguno de sus compañeros. Juntando los 4 y los 3
pagó el arrendamiento. A veces, una cuenta tan simple como esta confunde a la gente, que
no logra aclarar quien perdió y quien ganó, ni de donde salieron los 2 pesos
adicionales. Las cuentas de los taxis de Bogotá son igualmente simples y confusas. Si los taxis, cuyo número es excesivo, en vez de enfrentarse entre sí en una forma de capitalismo salvaje, se turnan solidariamente para atender al público, sus ingresos totales serán iguales o incluso superiores (pues un tráfico más suave hará más atractivo el taxi, que ahora es lento en comparación, por ejemplo, con Transmilenio). Pero los ingresos iguales estarán acompañados de menos gastos de gasolina y mantenimiento, para no hablar de los beneficios al medio ambiente y a la salud espiritual de los bogotanos. Iguales ingresos y menores costos producirán ganancias adicionales para propietarios o conductores Estos, sin embargo, parece que no entienden la aritmética, y prefieren seguir en la guerra mutua para repartirse los clientes despachando más taxis de los necesarios. Como los dueños de buses, creen que con la guerra del centavo ganan más (cuando lo que hacen es luchar entre ellos por quedarse con un pedacito más grande del botín, quitándoselo a los demás y a costa de los nervios de los pasajeros y uno que otro peatón atropellado) peleando por unos pasajeros que no van a ser menos porque el bus vaya más despacio y se detenga solo en los paraderos. Los que si entienden son los dirigentes patronales o sindicales, que quieren seguir mangoneando el transporte urbano. Ellos son los responsables de un día como el del jueves, pues hay formas diferentes de protestar y corregir una medida como esta que hacer daño a los demás: estamos llegando a un punto en que el niño al que se deja sin postre rompe los platos, alega que la culpa fue de su mamá y la amenaza con no volver a comer. Y no es difícil sacar la cuenta de quien pierde. Cuando la protesta se hace con violencia contra los ciudadanos -niños y enfermos incluidos- y no con argumentos, apoyos políticos, manifestaciones y paros pacíficos y los demás procedimientos de una democracia para mostrar lo mala o buena que es una medida, cuando se trata de imponer a la fuerza la opinión de un gremio, los perjudicados son todos los bogotanos. Pero que los taxistas y transportadores no se den cuenta de que también pierden ellos mismos, de que están cortando la rama del árbol en la que están sentados, muestra que hay una cosa peor que la fuerza bruta: la razón bruta, la que se resiste a entender
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