Colombia en el diván



¡No siamos bobos!




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En estos días unos amigos llevaron a su niño, de cinco años, al cerro Iguaque, a las lagunas donde según las leyendas chibchas nació la humanidad. Agobiado por el esfuerzo y la lluvia, el niño acabó sollozando: "¡y yo aquí perdiendo el tiempo, en vez de estar viendo televisión!". Iguaque es de una belleza sobrecogedora, frente a la cual la televisión es un sustituto muy pobre; es también un símbolo, el lugar donde comienza nuestra historia, pues allí nació Bachué, la madre de todos. Pero es un símbolo gratis: está aquí y no hubo que comprarlo, de manera que tiene un gran defecto: no se sabe cuanto cuesta. Si lo supiéramos, la fila de colombianos visitándolo sería interminable.

Algo parecido pasa con las pruebas corregidas de Cien Años de Soledad. Mucha gente poco adicta a la lectura está fascinada con la idea de que se pongan en una urna de algún museo, para mostrarlas a niños que preferirán la televisión a la novela. Otros piensan que vale la pena que los críticos estudien los errores de los tipógrafos y las mejoras del autor, para que muchos, en vez de la novela, lean más y más comentarios sobre ella. Claro que si la compra alguna universidad gringa no se demorará en publicar algún facsímil, que todos podrán estudiar más fácilmente que si está en alguna entidad colombiana.

Comprar estas pruebas tiene pues que ver sobre todo con el orgullo nacional, con el patriotismo, con la adquisición de un símbolo que nos permita a los colombianos hacernos la ilusión de que somos un poco más creadores, más genios y más escritores. Ahora bien, García Márquez regaló estos papeles a un amigo, cuyos herederos están tratando por todos los medios, con la ayuda de periódicos y revistas, de convertir ese obsequio amistoso en una mercancía, parte de cuyo atractivo está en que vale mucho, en que su precio lo deja a uno atónito o perplejo.

Por eso son sospechosos el patriotismo y la generosidad de tantos escritores que quieren que se paguen más de 1.500 millones de pesos, con la plata de los demás, a unas personas que nada hicieron para crear la obra de arte. Aquellos, que sin duda no están dispuestos a meterse seriamente la mano al dril para hacer una vaca y comprarlos -¿que tal una vaca entre los medios y los periodistas para regalar estos papeles a Colombia?-, quieren que se compren con lo que pagan los colombianos en impuestos. Y como es gasto cultural, que la plata salga del presupuesto del Ministerio de Cultura, el Ministerio de Educación o alguna entidad similar.

Siendo así, lo mejor sería que el maestro se luciera y las recuperara y regalara él mismo, para que los colombianos lo quieran más, lo que no pasaría si el gobierno las compra con una plata que podría dotar como ocho bibliotecas de las que ha abierto Bogotá en Suba o Servitá, o educar más de mil niños, precisamente para que aprendan a disfrutar de sus maravillosas novelas, y no piensen que es mejor ver televisión.

¿No será que al Nobel, por ser el autor, le hacen una rebajita?

 


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