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Masacres, desplazados,
mendigos, violencia en las cárceles, niños maltratados, secuestros, desfiles de ropa con
los colores de la bandera "para celebrar la independencia de la moda",
asesinatos de periodistas, corrupción, hambre. Parecería, parafraseando a Kafka, que el
santo patrono de Colombia ya no es el Corazón de Jesús sino el Marqués de Sade. Pero ve uno con gusto que al menos parte de la basura del país se transforma. Daniel Bermúdez, un arquitecto bogotano, convirtió un edificio abandonado, donde se echaba basura para compactarla, en la sorprendente, la maravillosa biblioteca del Tintal: un edificio mágico, en el que la luz natural se filtra por los huecos por los que debía salir antes el olor de la descomposición; en una luminosa estructura blanca llena de libros y de niños. Un grupo de música juvenil actúo en la inauguración y en forma apropiada interpretó sus composiciones en canecas de basuras y otros instrumentos formados con objetos inservibles: lo desechable transfigurado en música, en oportunidad de creación. Un buen augurio para el reciclaje que ojalá se realice todos los días en las salas de esta biblioteca, en los cojines llenos de colores en los que los lectorcitos se recostarán a seguir la trama de algún cuento infantil. Los niños de este país, en proporción insoportable, son víctimas de la violencia, del abandono, de la falta de afecto, de las privaciones materiales. Crecen sin creer en la bondad, y este maltrato y esta miseria, que ya lleva, en su horrible intensidad reciente, varias décadas, nos promete más y más décadas de caos: cuando crezcan, alimentarán la violencia de entonces, probablemente en las zonas más ricas del país, para despistar a los economistas que proclamarán muy confiados que la pobreza no tiene nadie que ver con la violencia, pues se presenta es donde hay ricos a quienes atacar. Un destino inevitable para Colombia, a menos que haya buenas formas de reparación, que permitan al niño descubrir que existen posibilidades de bondad y de afecto. Los cuentos infantiles, y en formas más complejas, toda la literatura y la cultura, reelaboran el mal y la violencia para permitirnos algo de esperanza, para enseñarnos a ver más allá de nuestras experiencias terribles, para descubrir la riqueza del mundo y de los demás, para encontrar que hay otras madres, otras familias y otras formas de vivir. Después de las intrigas de las madrastras, de las hadas malas y de los ogros, después de que los lobos se han comido a los niños, aparece alguien que da afecto, que ayuda y salva. Al fin se justifica ser buenos. Esta visión elemental, descrita aquí en su más cruda simplificación, alimenta la mala y la buena literatura, los clásicos y las telenovelas, indexro y Corín Tellado, La Cenicienta y Pedro el Escamoso. Y permite a quienes descubren los placeres de la buena literatura, como lo harán sin duda muchos de los niños que serán abandonados cada día en la biblioteca del Tintal, reciclar a su manera el mal y el sufrimiento, transformar la muerte en posibilidad de vida. Viéndolo bien, ¡la mierda es abono y
hemos comido mucha!.
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