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En una finca panelera, dos
niños del mayordomo cayeron en la paila donde hervía el jugo de caña para hacer
alfandoque. Doña Pepa, matrona paisa, heredera de la hacienda, muy querida y compungida,
hizo su visita de pésame a los padres y después de oír los pormenores de la desgracia y
de expresar su dolor, remató diciendo "¡Y por supuesto, se les dañaría el
alfandoque!". No es posible recordar la tragedia colombiana. En las últimas semanas, han muerto centenares de compatriotas. Las bombas explotan en Medellín, Cali o Bogotá, en centros comerciales o sedes políticas y periodísticas. En el campo, y ya se anuncia la marcha sobre las ciudades, paramilitares y guerrilleros descuartizan campesinos, arrasan pueblos, vuelan escuelas y oficinas bancarias. Los desplazados se arrastran por todo el país En la costa, la naturaleza compite con el hombre, mata y destruye., En las últimas dos décadas los colombianos han asesinado más de medio millón de colombianos, y no hay señales de que esto vaya a terminar. Hemos aprendido a no responder, nos hemos acostumbrado a convivir con esta catástrofe diaria, sin atrevernos a mostrar el dolor, sin detenernos a meditar si podemos hacer algo entre todos. No somos capaces de tener compasión, que según San Agustín es vivir en nuestro corazón el sufrimiento de los otros, para impulsarnos a remediarlo. Por eso, cuando la toma del Palacio de Justicia y la destrucción de Armero, lo importante era que no se dañara el reinado de belleza. Por eso, cuando explotan las bombas, no hay tiempo de que los familiares entierren a sus muertos, pues no tienen derecho a aguar la fiesta de los demás. Por eso, el gobierno ha puesto su empeño en que se realice la Copa América, dará a los visitantes una seguridad que no puede ofrecer a los colombianos, y en un país en el que hay centenares de pueblos sin un policía, veinte mil policías abandonarán sus actividades normales para que el espectáculo no se interrumpa y Shakira, solidaria con "las tragedias" de Avianca, lo inaugure, cantabailando el himno nacional con su timbre "reloco" de cabra recién nacida. El mecanismo de defensa que está detrás de esto es conocido: ante la impotencia, la incapacidad de encontrar salidas para la violencia, la respuesta es negarla, ignorarla, dejar de verla, o si mucho, mirarla como una simple coreografía, como un espectáculo ritual que pasa por la pantalla de televisión. La farándula, el fútbol, la frivolidad, dejan de ser simples diversiones, para volverse elementos centrales en el esfuerzo de mostrar que seguimos vivos. Como decía el actual alcalde de Bogotá, comparando al país con el Titanic, "el barco hundiéndose y todo el mundo borracho" Este mecanismo, por supuesto, no es
efectivo: es un delirio, una respuesta mágica, que nos excusa de enfrentar los males del
país, nos quita la responsabilidad por el camino que cojamos. ¿No será tiempo de que
tomemos en serio la tragedia colombiana, hagamos el duelo que tenemos que hacer,
enterremos de verdad a nuestros muertos? ¿No será tiempo de mostrar que nos importa lo
que está pasando en Colombia, exhibir nuestro dolor, vestirnos todos de negro- el 20 de
julio por ejemplo- , desfilar, con todos los niños con cintas negras en sus uniformes,
pedir que se detengan los relojes, que cese el juego?
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