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Pocas protestas tan absurdas
y confusas como el reciente paro de maestros. No se dice la verdad. El gobierno impulsa su
proyecto de transferencias con informaciones inexactas, promesas de nuevos aportes que
contradicen la reforma, informes sensacionalistas sobre malversación de fondos que no
tienen que ver con el tema, pues la ley no hará nada para evitarlas. Pero la gran mentira es de los maestros que pararon, afortunadamente pocos: han dicho a padres y alumnos que en el futuro habrá menos dinero para la educación que hoy, que va a disminuir la cobertura, que les cobrarán matrícula. La opinión no sabe que pensar, pues gobierno y maestros solo juegan con los sentimientos y temores de la gente. El paro es ejemplo de esa conducta ciega del que corta la rama del árbol donde está sentado: estos maestros hablan de defensa de la educación pública, pero hacen lo que han hecho durante años para que la gente no crea en ella, para que los padres, aunque no tengan con qué, lleven los niños a la escuela privada y no pierdan tiempo precioso en su formación. Parecen creer que la mejor protesta se hace dañando a los niños, y oponiéndose a lo que busca defender la educación pública convirtiéndola, contra la inercia del sindicalismo educativo, en educación de buena calidad. A esta rutina han añadido este año una forma de manipulación que contradice la ética y la lógica de la docencia: engañar a los niños y adolescentes, aprovechar su rebeldía, y enseñarles con el ejemplo y la práctica, que es lo que más educa, a violar las reglas de la democracia, a buscar el mejoramiento de la educación no mediante el apoyo de la sociedad y a base del diálogo, de la acción política legítima o de formas pacíficas de protesta, sino a través de la violencia. Nada más triste y deprimente en este país, que debe reaprender conductas de paz, que ver niños, bajo la tutela de sus maestros, tirando piedra, lanzando bombas papas, atacando los bienes públicos. Aprendiendo, como los niños que recluta la guerrilla, que la ley no debe cumplirse sino cuando lo beneficia a uno: que si lo perjudica o lo afecta, es legítimo responder con violencia, con piedra o con armas. Y esto contradice la esencia de la docencia, pues la función de la escuela es educar, más que instruir, y educar es transformar lo instintivo en social, estimular al niño para que adquiera el gusto por el esfuerzo, controle sus impulsos, desarrolle su carácter, aprenda a convivir en paz. Educar es informar al niño por adelantado de lo que la experiencia le probará, para que comprenda que las reglas deben cumplirse, no por miedo, sino porque son condición para vivir en comunidad sin que unos dañen a otros, y por el deseo del niño de lograr el amor de los demás, con el maestro como modelo. En suma, es ejercer buenas influencias. ¿Pero maestros que engañan, manipulan e incitan a la violencia, qué modelos pueden ser? Claro que es posible lavarse las manos, y decir que no dictaron clase porque niños y padres, en defensa de la educación, no los dejaron. Que si hubo piedra, papas y vandalismo, fueron infiltrados. Y cuando uno lee en este periódico que saquearon unas librerías, piensa que tal vez sea cierto, pues esos maestros que usan a los niños no deben ser muy adictos a la lectura...
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