Colombia en el diván



¿Inmunodeficiencia?




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Una de las más terribles enfermedades es el SIDA: el sistema de defensa del organismo se daña y no informa los peligros que lo amenazan. Bacterias y virus entran impunemente, pues las células encaregadas de dar la alarma confunden a amigos y enemigos. Parecidas son las enfermedades autoinmunes, como la artritis y el lupus, en las que los defensores se confunden y atacan al propio organismo.

Colombia padece estos males. La capacidad de responder a quienes tratan de destruirla casi no existe: ya nadie reacciona, y prefiere mirar para otra parte cuando la violencia golpea. Muchas veces, las autoridades tratan de engañar a la sociedad, banalizando la tragedia, tratando de demostrar, con aire de feria, que nada ha pasado, que los ataques no tienen importancia, que todo seguirá igual mañana por la mañana. Actos de violencia que en otros países producen la protesta inmediata y solidaria, llevan aquí sólo a unas declaraciones de optimismo y a que el gobierno diga que esta vez - a diferencia de los casos anteriores- si se descubrirán los responsables.

Pero no distinguimos a los responsables. Frente a bombas y atentados, las hipótesis que se lanzan muestran que tan difícil es identificar al enemigo. Los ciudadanos, cuando ven un retén o alguien llega a su casa al amanecer, no saben si son los globulos blancos o los microbios, pues todos usan el mismo uniforme. Despues de una bomba, un secuestro o un atentado, algún comunicado se encarga de asumir la responsabilidad a nombre de un grupo diferente al que lo hizo, mientras éste niega tener que ver con él. Los mismos delincuentes no saben a quien enfrentarse, y en vez de responder a los que les hacen algo atacan a sus conciudadanos, a los visitantes casuales de un centro comercial. En el campo, guerrilleros y paramilitares masacran, según se dice, a campesinos inocentes y ajenos al conflicto. El fusil o el explosivo se dirige contra quien, en la vida diaria, sería el vecino, el amigo, el miembro del mismo grupo social, de la misma barra.

Pero quienes usan la violencia muestran una arrogancia sin límites: al matar o al poner una bomba creen que están eliminando al comunista o al colaborador del sistema, y contribuyendo a la solución de los problemas del país. Como todos los que creen tener la verdad, se sienten con derecho a eliminar a los portadores del error. ¿No fuimos educados por una religión que enseñaba que el error no tiene derechos, y que metió la intolerancia en la cabeza de todos? Una arrogancia omnipotente pero sin razón: ¿como cree alguien tener una verdad política o social tan clara que justifique matar a otro, cuando el ser humano es tan fragil que puede ahogarse con una saliva gruesa?

Hay quienes dicen que no hay que preocuparse, pues los países no se acaban. Pero cuando una nación se come a si misma, dispara ciegamente, ataca a todo el que parece enemigo, cuando pierde su capacidad de reaccionar y de distinguir los responsables de la violencia, puede acabarse, como se acabó Yugoeslavia y como se han acabado muchas naciones a lo largo de la historia. La inmunodeficiencia es el comienzo del fín: contra ella no hay más remedio que la prevención, que empieza por reconocer que el virus invasor se alimenta de la arrogancia de creer que uno es dueño de la verdad.

 


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