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La fiscalía, en brillante
muestra de eficiencia, logró describir con precisión los delitos de la telenovela que
acaba de terminar: fraude procesal, abuso de confianza, estafa, falsedad documental,
violaciones de la ley que permitieron que a la postre se salvara la empresa de modas y
Betty y Armando iniciaran su vida de familia en la prosperidad. La única que según la
fiscalía no era culpable era la peliteñida, oportunista y falsa, pero cuyo único pecado
-que más bien parece en Colombia una virtud social- es no pagar sus deudas. Las telenovelas atraen a los televidentes con la falsa apariencia de defender a las víctimas. En ellas las pobres o de familias sin prosapia muestran con su talento empresarial, su abnegación o su bondad, como en el caso de Café, que pueden aspirar a casarse con un galán de buena familia. En este caso esta trama se desplazó a las feas, para mostrar que sus derechos humanos eran iguales a los de las bonitas. Como siempre, a última hora resulta que la mujer del pueblo es hija oculta de un notable, o que la que parecía fea era simplemente mal forrada. Betty se deja seducir por el empresario inmoral, se presta a toda clase de chanchullos, y recibe al final el premio que le corresponde: acaba casándose con un ejecutivo tonto, corrupto, sin carácter, que se deja manipular en todo por un amigo perverso: el premio gordo, la idea de la felicidad, es unir su vida al más "güevón" de todos. Esto es lo que se considera un final feliz: lo mismo pasó en Café, donde la protagonista, descrita como la más capaz y eficiente, encuentra su felicidad casándose con un bobo que nunca fue capaz de tomar una decisión correcta en la vida o los negocios. La idea de que Betty hubiera escogido a quien le ofrecía una vida propia, el francés generoso y respetuoso, aunque igualmente obvia, era seguramente muy chocante para estos promotores de lugares comunes. En estas novelas los hombres son usualmente corruptos, perversos o bordean el retraso mental, mientras la protagonista es una mujer superior a todos, pero al final, igual de tonta, se queda con el peor. En Betty las mujeres, representadas por el cuartel de secretarias, son unas pobres sin vida propia, que casi no trabajan, por estar pendientes de los amores de la jefe y de las intrigas de la empresa. ¿Es este un retrato de los colombianos, o una sátira de sus vicios y defectos?. ¿Es posible que nuestra vida de empresa sea así de corrupta, que los hombres sean aquí tan tontos y las mujeres tan limitadas? Es más probable que los productores hayan descubierto simplemente que con el señuelo de un argumento igualitario, puedan promover el mensaje de sus patrocinadores: que la única felicidad ya no está en el cielo (como tratan de hacer creer las religiones) sino que se logra identificándose con los empresarios de la publicidad y la moda, y convirtiendo el consumo en única religión. Por ello, nada tiene de extraño que en Betty todo haya sido publicidad, mezclada sin pudor con los vericuetos del argumento. Para Marx la religión era el opio del pueblo. Ahora al ángel de la guarda lo reemplazó Serena con Alas, el opio del pueblo es el consumo, y su templo la televisión.
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