Colombia en el diván



¿Gamines?




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El espectáculo de las inmensas colas que esperan visa en consultados y embajadas da ganas de llorar. La gente, dicen, duerme a veces en la calle, para satisfacer el sueño de irse de su propio país. Un sueño que se convierte con frecuencia en pesadilla, cuando los devuelven de un aeropuerto, o viven como extranjeros, en medio del recelo y la desconfianza con que se recibe siempre al que es diferente. Aunque logren conseguir trabajo, establecerse y mandar sus dólares a la endeudada familia desde esas oficinas que anuncian sucursales en Envigado, Pereira y Manrique, se van llenando de añoranza y de motivos de rencor, pues a cada momento se sientan maltratados. Pero no se animan a devolverse: por algo se han ido. Ni me devuelvo, ni me voy ni me quedo, es el terrible impasse en el que terminan viviendo.

Los niños raras veces se van de su casa: por más dificultades que enfrenten, están aferrados a la familia. Tienen que haber recibido una dosis insoportable de desamor, descuido y falta de educación, carecer de la imagen de un padre protector al que quieran parecerse, sentir que la madre les falló por completo, y finalmente sufrir el rechazo y el maltrato, para lanzarse a la calle. Allí -como los colombianos que también sienten que su madre los ha abandonado- los reciben mal, y no les queda sino volverse gamines, y evocar lo perdido en el thiner o robando lo que sienten que no se les dio.

Lo grave de este exilio masivo no es que los demás países no lo reciban a uno: lo grave es que la gente se tenga que ir. Que sientan que su país los maltrata y abandona. ¿Que han hecho o dejado de hacer los colombianos para que su patria no sea ya su madre? Han hecho, es cierto, una nación donde muchos no consiguen trabajo, donde la educación ha sido de una calidad deprimente, donde crece cada día la violencia y donde, sobre todo, no parece que haya salidas, porque nadie siente que puede identificarse con sus dirigentes. No hay ya políticos a quienes admirar, ni como estadistas, ni como dirigentes sociales, ni siquiera como buenos oradores: votar se ha convertido en el ejercicio de escoger al menos malo, que resulta más malo de lo que se creía. La desesperanza se apodera de todos, y la rebelión final es simplemente volarse de la casa. Una situación que hace recordar la frase de Freud: "innecesario es decir que una cultura que deja insatisfechos a un numero tan gran de sus miembros, empujándolos a la rebelión, no tiene perspectivas de mantenerse ni lo merece".

 


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