Colombia en el diván



¿Sudor y lágrimas sin libros?



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En una tarde soleada de mi adolescencia, leyendo un libro en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, descubrí que Dios no existía. Esperé, aterrada, que me cayera un rayo, pero probablemente Dios no se iba a molestar, en una tarde como esa, en castigarme. No debió ser una experiencia única: muchos de los jóvenes de Medellín dedican gran parte de sus crisis juveniles a leer los poemas y novelas que les ayudan a entenderse: en esa época eran Albert Camus, Herman Hesse, Franz Kafka, sobre todo "La Carta al Padre", que llevada debajo del brazo evitaba tener que pelear con el papá... Todavía hoy los cafés vecinos a la Biblioteca se llenan, los viernes, de muchachos que se leen mutuamente poemas o discuten sobre los novelas que han prestado para leer en la casa.

En otras regiones del país esas crisis adolescentes tienen vías distintas de escape. Una de las más frecuentes es el baile, un área de la vida en la que los antioqueños somos bastante reprimidos, quizás por el exceso de faldas en el ambiente: faldas de cura (Monseñor Builes prohibía bailar, por ejemplo), o faldas tan pendientes en las montañas, que no dejan mantener el equilibrio, o faldas de las mamás, de las que los niños paisas se bajan con tanta dificultad. Hoy, quizás, esa represión "a nivel de pelvis", tan típica de los antioqueños, cuyo acento se reconoce fuera de su tierra tanto por el canto como por el baile, ha disminuido, y la Piloto comparte con los bailaderos de salsa el tratamiento de las angustias de los muchachos.

Según han dicho los periódicos, el gobierno ha decidido liquidar la Biblioteca Pública Piloto. Nada más absurdo. La cultura es, entre otras cosas, la mejor estrategia humana para que la tragedia y el dolor de la vida puedan soportarse. Mediante ella es posible convertir las dificultades, las frustraciones, en capacidad de crear, de soñar y hasta de cambiar lo que nos agobia. Si el ministro de hacienda está anunciando sudor y lágrimas, que es lo que los últimos gobiernos han dado en abundancia, no es buena idea que empiece, por ahorrarse unos pocos pesos, privando al país de los libros y el arte. Si hay que llorar y sudar, que no sea a costa de bloquear las posibilidades de ensueño, de mantener ilusiones y esperanzas. Cuentan que cuando Balzac tenía hambre, pintaba en la mesa las viandas que deseaba y quedaba más tranquilo, como los niños hambrientos que se adormecen con un chupo. Cerrar la válvula de la ilusión es aumentar más y más la presión angustiada de un país en crisis, una presión que acabará conspirando contra la paz que tanto se proclama.

 

 


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