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Los colombianos tenemos el
país que pintan los medios: existe lo que sale en la pantalla de televisión o en la
prensa. Lo que vemos es horror y frivolidad, el anuncio de una masacre rubricado por una
sonrisa de hiena, en medio de toronjas de silicona, que hacen pensar que a los bebes de
hoy la leche les sabe a plástico. Pasamos de violencia, corrupción y catástrofes a
farándula y moda, y no existe nada más. Políticos, bandidos, asesinos y actrices,
periodistas y reinas de belleza. Los medios nos dicen lo que es importante y lo único que
vale, fuera de las malas noticias, son los medios y la farándula. Pienso esto al recordar a Víctor Manuel Patiño, un biólogo (¡gran hombre!) al que conocí en Cali, y que llevaba décadas leyéndose todo lo que existe sobre la naturaleza colombiana, investigando el chontaduro, interesándose en las plantas y animales, creando jardines botánicos, sin parar un instante, hasta el punto de que cuando le dio un infarto montó una mesa en la cama para poner la máquina de escribir. Muchos colombianos usan el borojó para estimular los deseos sexuales, tan desalentados ante la obviedad de senos plásticos y "colas" exuberantes: los botánicos lo llaman el Borojoa Patiñoi Cuatr. , en memoria de quien la estudio. Pero pocos, fuera de los especialistas, saben quien es Patiño, o mejor quien fué, pues murió hace pocas semanas, sin que lo informaran los medios de la capital. Al fin y al cabo, no cantaba, no corría detrás de una pelota, no secuestraba a nadie, no hacía discursos en el capitolio, no vivía en Bogotá. Para enseñarles a los colombianos a descubrir su país, a amarlo y conservarlo, escribió unos treinta libros, sobre plantas, animales, literatura, poesía, folclore, más conocidos en las universidades de Europa o Estados Unidos que entre nosotros. Casi tan ignorada fue doña Virginia Gutiérrez de Pineda, cuyo libro sobre la familia retrató con exactitud, maestría y humor, los rasgos de las distintas culturas, la vida sexual en Buenaventura, por qué Antioquia es un matriarcado, las actitudes de los hombres en Santander, cómo educan a los niños en la costa. Y Ernesto Guhl, un geógrafo alemán que se dedico a conocer la tierra colombiana, que la caminó todita a pie, y Luis Duque Gómez, quien nos dio a conocer la cultura de San Agustín. Gente que quiso a Colombia, que se esforzó en descubrir lo bueno de nuestro país. Ignorados y olvidados, pues se dedicaron, brutos y testarudos que eran, a cosas que no dan plata ni fama, que no interesan a los que inventan a Colombia en la pantalla o el periódico. Estamos creyendo que ya nuestro país no vale la pena, que nos estamos hundiendo, y lo único que nos ofrecen los medios para consolarnos es la selección Colombia o algún cantante. Nos llevan de la ternilla al matadero, y dejamos que caiga en el olvido lo que vale. Como en el verso del bogotano Adolfo León Gómez, un poeta "demasiado" romántico (diríamos en Medellin): Irónico a los genios de la vida/Les formuló el Destino esta pregunta:/ - ¿Qué es lo que más aterra de la muerte, /Qué es lo más espantoso de la tumba? ... ... ¡El olvido señores, el olvido, /Es lo más espantoso de la tumba !
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