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La crueldad de los niños es
siniestra y fascinante. Por siniestra, tendemos a negarla, a ignorar lo que contradiga su
presunta inocencia. Por fascinante, la literatura vuelve una y otra vez a un tema ya
reconocido por Shakespeare: Gloucester, en el Rey Lear, la compara a la terrible
violencia de los dioses: "Como las mariposas para los niños crueles, así somos para
los dioses: nos matan por jugar" William Golding describió en El Señor de las
Moscas como los niños, abandonados en una isla, construían una sociedad salvaje, que
mataba en lúdicos rituales; en Otra vuelta de Tuerca, de Henry James, no sabemos
que tan perversos son los dos infantes, y en Huracán en Jamaica de Richard Hughes
la niña asesina (y que ha sido apresada por piratas colombianos!) nunca pierde su
sonrisa, su inocencia. Los homicidios cometidos por niños, en Inglaterra, con víctimas torturadas y ahogadas, o en Estados Unidos, donde es frecuente que niños armados disparen contra sus compañeros o profesores, o en Colombia, donde a estas formas de delito se suma el horror de los niños guerrilleros, son también inquietantes e incomprensibles. Los estudios sobre el lactante han mostrado como, en la primera relación con el alimento, cuando se lanza contra el pecho de la madre, con avidez solo comprable a la de un senador de la república a punto de devorar el presupuesto, se manifiestan sus instintos y frustraciones y surgen la satisfacción y la agresión. A veces la madre lo rechaza, a veces no hay leche: el niño siente rabia y miedo, que se unen al placer de calmar el hambre y sentir el afecto materno. El bebe crece con el corazón lleno de lo bueno y lo malo. Así será siempre, y en todos los corazones humanos existirá la posibilidad de bondad y maldad. El niño, en un ambiente adecuado, en el que la madre, apoyada por el padre, crea ese marco en el que puede ejercer su agresividad sin destruir a nadie, aprende a controlar sus impulsos agresivos y a distinguir entre la realidad y su mundo interno, mezcla de sentimientos de amor y odio. El juego es uno de los instrumentos más importantes para ello: el niño que juega a dispararle al papá descarga su rabia, pero lo tranquiliza saber que nada pasa en el mundo externo, que desear la muerte de los otros no hace que mueran en realidad. Los niños víctimas de violencia
familiar, o que crecen en un mundo de padres ausentes, viendo solos, como en Estados
Unidos o entre nosotros, una televisión violenta en la que no logran distinguir lo real
de lo ficticio, -niños de la televisión, niños telefónicos - no aprenden a separar
fantasía y realidad, ni aprenden a jugar. La ausencia de una vida familiar equilibrada
inicia procesos que conducen a la delincuencia. Y los niños que no saben jugar, usan las
armas de verdad y se sorprenden cuando descubren que han matado a alguien. Los padres, que
creen que con cosas llenan sus necesidades de afecto, se preguntan, como una
norteamericana que recientemente citaban en este periódico: "Tenemos en nuestras
casas los últimos adelantos tecnológicos, plata en los bancos, comida de sobra en la
nevera, seguridad y, sin embargo, nuestros niños se matan como en ningún otro país del
mundo. ¿Que va a ser de nosotros?"
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