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El anuncio del
descubrimiento de buena parte del código genético humano, fue acompañado de entusiastas
declaraciones en las que los científicos se alegraban de haber confirmado lo obvio: que
todos los hombres hacen parte de la misma especie, que las diferencias genéticas entre
ellos no son muy grandes, y que estas casi no existen entre las llamadas razas humanas. La importancia de esta descripción es extraordinaria, pero es igual de notable que se hayan necesitado tantos siglos para redescubrir el agua caliente, y que a pesar de que durante doscientos años casi todos los sabios hayan afirmado esa igualdad, haya sido necesario que la gente pueda, como Santo Tomás, meter el dedo en la probeta de los científicos para convencerse de que no hay razas o pueblos superiores. Suponiendo que se convenzan, pues este tipo de creencias surge de razones profundas, que a veces no se dejan derrotar por la razón o la ciencia. Desde que unas sociedades se impusieron a otras y las sometieron, siempre trataron de convencerlas de que eran menos capaces, y de apoyar su explotación en la idea de que esta era un derecho de los mejores. Los indios, los australianos, los negros, fueron esclavizados o liquidados a nombre de la superioridad del hombre blanco, y todavía en Estados Unidos o Europa se mira a los negros y latinos como menos capaces que los blancos, como parecen confirmarlo las pruebas de inteligencia o los exámenes de las universidades. Detrás de estas creencias discriminatorias está la experiencia de los seres humanos, que les enseña desde la infancia que pueden perder el afecto de sus padres. El temor a que otros los desplacen, a perder la seguridad que da ser el único objeto del amor de la madre, establece el patrón de envidia y agresividad que servirá luego para juzgar a los demás y tratar de domesticar las diferencias convenciéndose de que los otros son inferiores y uno es mejor que ellos. Los sentimientos hostiles se proyectan hacia lo que es distinto, para no volverlos contra uno mismo o contra la gente de uno. Ahora, se sabe pues que todas las razas son iguales, y que la especie humana se diferencia muy poco de los animales. Quizás la diferencia más importante, que por supuesto no es genética, es precisamente que es el único que se dedica a ponerse por encima de los demás, a vivir de ellos, a hacerlos trabajar, a tratar de explotarlos sacando ventajas en sus intercambios y volviendo todo objeto de comercio. Ya el agua se volvió asunto comercial (hasta el símbolo químico tiene su equívoco y cuando yo estaba chiquita creía que H20 quería decir "huevos a veinte") y se discute el derecho a patentar los genes humanos. Ya hay demandas contra los que han usado este conocimiento sin pagar, y sin duda pronto las compañías de seguros y las oficinas de trabajo le pedirán a uno el mapa genético para no emplear o asegurar al que tenga muchos riesgos de enfermarse. Y se venderán los genes de las madres, para hacer niños con ciertas características. Lo que no está muy lejos de lo que decía el escritor antioqueño Efe Gómez: "estos paisas son capaces de cuajar la leche de la mama pa' vender quesitos.".
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