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La propuesta de ensayar una noche sin hombres ha provocado, sobre todo entre los que escriben en la prensa, reacciones de una solemnidad ignorante y casi cómica: hasta señal de fascismo(!) han visto en ella. Pocos han tomado el asunto como un simple juego -la actividad más seria de los humanos-, que busca hacernos pensar en la violencia y dar oportunidad de verla desde ángulos inesperados, de aprender jugando a manejarla en la realidad. Y eso no es raro, y tal vez sea una de las causas de la tensión en que vivimos: la gente ya no quiere o no sabe jugar.

Es evidente que la violencia real, la que produce muertos y heridos, es ante todo obra de los hombres. Las tradiciones culturales los preparan para ello, la sociedad los entrena para usar la fuerza, las armas (para defenderse, aseguran) están en sus manos.

Las mujeres han tenido que ver con otras formas de violencia, sutiles y de carácter más psicológico y simbólico. La de mayor impacto es quizás la de las madres, que en nombre del amor tratan de impedir el crecimiento, la independencia, la autonomía de sus hijos varones. La mujer ha tenido por un momento el privilegio de albergar los dos sexos en sus entrañas, al dar a luz al pequeño hombrecito, y ha entrevisto ese placer sublime del que da testimonio el hermafrodita dormido del Louvre, la estatua que representa en forma más tangible la plenitud y placidez de la felicidad del que todo lo tiene, pues posee los dos sexos. Por eso se aferra a sus hijos, no quiere dejarlos partir, y sueña con ser madre para siempre, hasta el punto de limpiarlos, empolvarlos y ponerles pañales en su vejez, como hacía Fermina Daza con el doctor Urbina en El amor en los tiempos del cólera.

El terror de los hombres a esas madres que los devoran, a ese amor generoso que los ahoga y sofoca, que lo tolera todo (infidelidades, golpes, traiciones, todo menos la tapa mojada del baño) se ha convertido, como un mecanismo de defensa, en machismo, odio y desprecio a la mujer. La literatura de los hombres, desde la antigüedad a hoy, ha sido prodiga en condenas a ella. San Pablo creía que solo el hombre estaba hecho a imagen de Dios, y prohibía a las mujeres cantar y hablar en los actos religiosos. San Agustín y otros encontraron en ella la fuente del pecado, la tentadora y madre de toda corrupción. Durante siglos, la medicina atribuyó a su corrupción originaria la sífilis y las demás enfermedades sexuales, de las cuales el hombre era pura victima, contagiado pero no contagioso.

Muchos la vieron como vana e inconstante: Virgilio recomienda a Eneas no cumplir sus promesas de amor a Dido y fugarse, pues "la mujer es animal siempre cambiante y variable". Hamlet, que no es capaz de comprometerse, encuentra el querer de Ofelia "breve, como amor de mujer", y la canción de Verdi nos dice que la mujer es móvil como la pluma al viento. Que es bruta, lo sabemos: el refrán medieval, retomado por Schopenhauer, decía que tenía cabellos largos e ideas cortas. En resumen, fuente de todos los males (como decía Sirio, un mimo y escritor romano, la mujer es superior al hombre solo en su capacidad para urdir el mal), es el viejo enemigo del hombre en el verso de Guillermo Valencia. No es sino oír un tango... Mejor dicho, como decía un "señor bien" de Medellín: "el hombre que nació mujer que se pegue un tiro por doquier".

En fin, tal vez volviendo esto juego, como hacen los niños para dominar el miedo al coco ("juguemos el juego del coco: usted no me come ni yo tampoco"), podremos librarnos algo de la tiranía del género, como dicen ahora...

 

 


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