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La Cámara de los Comunes ha
decidido prohibir la caza del zorro, un deporte asociado con la aristocracia y la realeza,
tanto inglesas como bogotanas. Mientras en Inglaterra la escena de caballeros de rojo y
perros que acaban descuartizando el zorro es todavía real, en Bogotá es al menos posible
admirar los grabados coloreados que la retratan en salones de clubes y casas de familias
elegantes. Aquí la cacería se acabó no por la defensa de los derechos de los animales que la amenazan en Inglaterra, sino porque la deforestación y la misma cacería acabaron con guaguas y venados, y porque la violencia rural pone en bastante riesgo a quien ande con una escopeta haciendo tiros. Por eso, los cachacos bogotanos deben estar muy tristes con el fin de la única cacería que les quedaba, la de las praderas y bosques ingleses. Esto es algo que los afecta personalmente, mucho más, supongo, que los conflictos del Putumayo o el Caquetá. Estos están en el sur, zona sin zorros y en últimas bastante loba. El norte siempre es lo play... Por supuesto, sorprende que tengan tal éxito las campañas para eliminar la crueldad con los animales, mientras sigue vigoroso el deporte de matar seres humanos. Y no solo está amenazada la cacería del zorro, sino la captura y cría de animales para usar sus pieles y otros deportes, como el toreo, atacado con frecuencia por su violencia. Precisamente Antonio Caballero, que irrita tanto a muchos porque los humanos, como decía T. S. Eliot, no soportan una dosis muy alta de realidad, y que a otros nos deslumbra con la exquisita brillantez de su pluma, acaba de escribir una columna en la que defiende el toreo: para él se trata de un juego, de un combate ritual, placentero y similar en última instancia al combate del artista. El juego y el arte, en realidad, tienen diferencias significativas con deportes como el toreo ( y la caza del zorro). Cuando los niños juegan, aprenden a manejar sus impulsos destructivos, en un contexto en donde lo que hacen no tiene consecuencias en la realidad. En el juego pueden expresar su agresividad, sus odios mortales, pueden darse el lujo de ser crueles y malos sin dejar de ser buenos. Los adultos tienen en el arte su forma de juego, en el que pueden actuar simbólicamente todos sus deseos sin dañar a nadie. El niño que juega con los animales, a
veces los provoca y martiriza, pero si el animal muere se asusta. El toreo, donde también
se juega violentamente con el animal, para irritarlo y llevarlo a luchar, termina sin
embargo en la muerte de un animal, cuando no, a veces, en la del torero: alguien debe
morir. Y esta muerte hace que el toreo, más que un juego o un desarrollo adulto del juego
infantil, un arte, tenga más de prolongación de la crueldad del niño, de la pequeña
maldad de quien goza enfureciendo un perro: está a medio camino entre el arte y la
violencia, y requiere la capacidad de disfrutar, junto con los movimientos estéticos del
toreo, con la crueldad del espectáculo.
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