Colombia en el diván



A las armas con la esperma




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Internet ha llegado al mundo de la inseminación artificial, que empezó hace más de 150 años para ahorrar toros costosos, se extendió a los seres humanos desde 1881, para llenar los deseos de padres estériles, y se hizo más fácil desde hace unos 50 años, cuando comenzó a congelarse el semen de algunos donantes. Ahora, con un poco de dinero y un buen manejo del ratón, las mujeres pueden escoger el donante combinando diversas características, mirando la foto del donante, oyendo su voz y marcando el color de la piel, la raza, el peso y hasta rasgos no heredables, como la religión, los idiomas que habla o sus hobbies.

Los norteamericanos son los mayores donantes, pues con su paranoia usual creen que contribuirán a mejorar la humanidad extendiendo sus rasgos a tanta raza inferior que hay en el planeta; al mismo tiempo, son los más solicitados, junto con los daneses, por las interesadas. Un buen complemento eugenésico al papel como los mayores exportadores de armas del mundo.

Esto, en muchos casos, ha abierto la posibilidad de que mujeres solteras, lesbianas o que por cualquier otra razón no pueden o desean tener una pareja, tengan sus hijos, hijos que crecerán, por opción de las madres, sin padre. Con ello, dan una señal más de una cultura en la que la decadencia de la figura del padre, que hace 100 años llevó a Freud a inventar el psicoanálisis, parece acentuarse. En vez de un hijo que se tiene como la tarea más importante que un hombre y una mujer acometen juntos, apoyados en el amor, estos niños se encargan como entretenciones para las madres, como instrumentos para satisfacer un deseo de éstas, como garantías contra la soledad o la vejez de una madre sin pareja. Con todas las dificultades de la pareja, solo en ellas se desarrolla con éxito la función del padre: marcar al niño con su individualidad, le da su nombre (el nombre-del- padre, como dice Jacques Lacan) al separarlo de la madre, al evitar que se mantenga como un simple apéndice de esta. Al querer a su pareja, la madre deja al hijo libre para que crezca independientemente, para que sea él mismo y no un pedazo o un juguete de la madre. Tener un hijo es algo muy serio, y si se va a tener para llenar las necesidades egoístas de la madre hay alternativas más simples: una mascota, por ejemplo.

Otro problema es la forma de seleccionar al niño. La inseminación artificial tuvo, durante años, la ventaja de que era tan incierta como la vida. El médico conseguía el donante (luego podría descubrirse que estos médicos habían engendrado centenares de descendientes). Pero elegir un hijo a partir de las ambiciones de los padres -belleza, inteligencia, color de los ojos, habilidades atléticas- reintroduce los problemas de la eugenesia racista. Es concebir un niño como lo quiera la madre, una imagen de su narcisismo, un espectáculo para lucirse. Y ese hijo será observado toda la vida para ver si cumple: si el padre era un genio musical, cada día el niño será medido contra ese patrón, hecho de rasgos arbitrarios y parciales. Estas madres , o las parejas estériles que buscan hijos para sus ambiciones, producirán engendros de laboratorio, no seres humanos complejos, abiertos a la incertidumbre, a la creatividad

Si el donante no es, como en la Biblia, el Espíritu Santo, una ciencia dedicada a mejorar el color de los ojos no es una gran ayuda.

 

 


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