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Para los seres humanos
buscar el peligro y violar las prohibiciones es un incentivo. Jehová, después de poner a
Adán en un paraíso lleno de delicias, le permitió gozarlas todas menos una: comer la
fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. Este se volvió su principal deseo, y
el de Eva; hasta que mordieron la manzana, y de allí provienen las calamidades de los
mortales. En la mitología griega, Pandora burló la prohibición de abrir la caja en la
que estaban todos los males, que se regaron por el mundo. Hasta en la literatura infantil
la prohibición es la fuente del deseo: Caperucita Roja, a la que su madre prohibió
conversar con desconocidos, aprovechó para hablar con el primero que encontró, nada
menos que el lobo. Y claro, se la comió. La sexualidad, inherente a la vida y que debiera manifestarse como la sensación placentera de estar vivo en el propio cuerpo, es la actividad humana más problemática, pues está sometida a prohibición y culpa y por ello muchos la viven con gran angustia. La culpa se agrava cuando erróneamente se atribuyen a las conductas sexuales castigos y enfermedades como el SIDA. Los jóvenes juegan otra vez con el peligro, al tener sus relaciones sin evitar los riesgos prevenibles: en medio de la excitación la prohibición, en vez de disuadir; atrae más, hace más fascinante el acto, como un deporte de alto riesgo. Los homosexuales enfrentan una doble prohibición: a la de la sexualidad se suma la que corresponde concretamente a su orientación sexual, que se ve como razón de un castigo adicional, confirmada por el hecho de que sean el grupo con mayor riesgo de SIDA. Esta visión, que refuerza las condenas y la segregación social, es irracional, y olvida que la homosexualidad no es una opción libre, escogida voluntariamente. Nadie puede decir un día cualquiera que va a elegir una orientación sexual: esta proviene de su historia individual, y es sobre todo el resultado de que muy temprano el desarrollo personal se congele por motivos familiares. Los niños tienen dificultades para ser independientes, pues deben separarse de una madre de cuyo interior provienen. Muchas madres dificultan este proceso, pues consienten demasiado a los niños, los convierten en su pareja. Mientras tanto los padres, o porque "quieren demasiado" a sus esposas y no quieren contrariarlas, o tienen otros asuntos en que interesarse, o no son "suficientemente testiculados", como decía uno de nuestros presidentes, permiten que los niños se metan en la pareja y claro, estos quedan pegados a la madre. Por allí, entre otras cosas, puede configurarse la homosexualidad. Si en una pareja el hombre ocupa el lugar que debe ocupar en la vida de una mujer y viceversa, el hijo no tiene porque quedarse pegado a ninguno de los dos y puede crecer independiente y con una sexualidad sana, es decir que no es fuente de angustia, culpabilidad y autocastigo. Es una tragedia que la sexualidad, fuente y expresión de la vida, genere hoy probabilidad tan alta de muerte. Los jóvenes, con su atracción por el peligro, tienden a tomar riesgos, o por gusto a la aventura, o porque, cuando se deja de insistir en el tema, creen que el peligro ha pasado. Pero las cifras recientes sobre el SIDA en Colombia muestran que el peligro sigue creciendo aceleradamente, y que las medidas tantas veces aconsejadas -sobre todo el uso del condón, aunque no sea ciento por ciento seguro- deben ser promovidas con mayor decisión.
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